La historia de Pablo Míguez, desaparecido de la ESMA cuando tenía catorce años

“NO SE SABÍA QUÉ HACER CON ÉL”

Era hijo de militantes políticos. Fue torturado delante de su madre porque ésta se negó a firmar la escritura de su casa. Estaba condenado porque “había visto demasiado”. Ni los sicarios de la ESMA se atrevían a cumplir la condena. Está desaparecido.

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Por Lila Pastoriza

 

T.gif (67 bytes) La madrugada en que fue secuestrado –12 de mayo de 1977–, Pablo Míguez tenía 14 años. Un grupo operativo del Ejército fue a buscar a la madre y a su pareja, militantes del ERP, y se llevó a todos al centro clandestino de detención conocido como “El Vesubio”, en el partido bonaerense de La Matanza. Allí comenzó para “Pablito”, como lo llamaban en los campos, un derrotero de espanto e incertidumbre cuyo final se pierde en la noche y la niebla del silencio y la impunidad. Luego de unos meses en el Vesubio lo trasladaron al más alto de los altillos de la ESMA, que compartimos juntos. Después, no se sabe. Quizás estuvo un tiempo en la comisaría de Valentín Alsina. O tal vez la Marina ya lo había “trasladado” en uno de sus vuelos. Pablo nunca apareció. ¿Quién decidió su suerte? Era un menor. ¿No sería para el general Martín Balza un caso arquetípico entre los que él consideró “actos repudiables que comprometieron la imagen institucional”? Hemos logrado reconstruir retazos de su deambular por los centros clandestinos. Hasta la niebla, claro. ¿Qué hicieron con Pablo Míguez? Desde hace 21 años, las Fuerzas Armadas deben la respuesta.

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Pedido de hábeas corpus presentado por el padre de Pablo en 1977 y rechazado por la Justicia. Derecha: certificado escolar.

Agosto del ’77, Escuela de Mecánica de la Armada. En el ultimo piso del edificio donde funcionaba el Casino de Oficiales –“capuchita”–, uno de los guardias con mas tiempo en ese sitio trae a un prisionero “nuevo”, le descubre la cabeza y comenta a otro: “mirá a lo que nos dedicamos ahora… 14 años tiene”. Están frente a mi cucheta y sólo logro atisbar la mitad inferior de un cuerpito dentro de un holgadísimo pantalón rosado. Creí que era una chica. Pero no, era Pablo. Lo instalaron al lado mío y colocaron sobre sus ojos un “tabique” blanco (de los que tenían los que serían liberados). Al rato nomás, y aprovechando la “guardia buena”, ya me había contado su historia, o al menos, la de los últimos tiempos.

Todo lo que él relató, a veces en detalle, lo fui corroborando luego, muchos años después, cuando supe que no había aparecido y comencé a rastrear, en los testimonios de sobrevivientes, su paso por los campos. Entonces descubrí que su historia había sido mucho más terrible y dolorosa que lo que sus palabras evocaban. Mucho más irresistible. Quizá por eso la contaba así.

 

Nacido en los sesenta

Pablo era el hijo mayor de Juan Carlos Míguez –por entonces comerciante– y de Irma Beatriz Márquez Sayago (apodada familiarmente “Nené” y en la militancia conocida como “Violeta”). Cuando la detuvieron, ella tenía 34 años, los últimos de los cuales había repartido entre la actividad política y sus hijos. Además de Pablo, estaba su hermanita, Graciela –dos años menor que él– y últimamente Eduardo, el hijo de Nené y su nuevo compañero.

Corrían los años sesenta. La familia era una de las tantas apasionadas por la política y la posibilidad de cambiarlo todo. Vivían en Palermo. Los chicos hicieron la primaria en la Escuela Armenia Argentina. Pero hacia el ’73 los padres se separaron y Nené y sus hijos cambiaron de escuela y de barrio. “Pablo comenzó el secundario en Lomas de Zamora y luego se fue al Industrial de Avellaneda, donde cursaba segundo año en la época que se lo llevaron”, relata el padre. “Era muy inquieto, muy rebelde… y seguía siendo infantil…”

En esos días, Pablo incursionaba por varias casas. La de su abuela, Teodomira Sayago, las de la familia paterna (padre, tíos y primos) muy vinculada al sindicato del turf y las carreras, un mundo que lo fascinaba. Pero donde vivía era en el departamento ubicado en Spur y Belgrano, en Avellaneda, con su mamá y su compañero, Jorge Capello (cuyo hermano fuera asesinado en el ’72 en Trelew). Era un hogar cuya dinámica estaba marcada por la militancia. En los primeros meses del ’77, cuando arreciaron los operativos represivos, a los chicos más pequeños los llevaron a lo de la abuela. Sólo Pablo quedó viviendo allí.

 

El viaje

El 12 de mayo de 1977, a las tres de la mañana, una de las patotas del aparato militar represivo irrumpió en el departamento de la calle Spur y se llevó a sus habitantes: a Irma, Capello, otro compañero –Luis Munitis– y a Pablo. El me contó que un primer momento lo habían dejado arriba pero que a los minutos volvieron a buscarlo y lo metieron en el baúl de uno de los coches. Allí comenzó su viaje por el submundo del horror. Lo supo ya en aquel trayecto y en los alaridos de los suyos, torturados apenas llegaron al Vesubio, un centro clandestino próximo a la intersección de Avenida Ricchieri y el Camino de Cintura.

“(Un niño), Pablo Míguez, y su mamá, a la que llamaban Violeta y que era Irma Beatriz Márquez de Míguez, llegaron al campo secuestrados con el compañero de Violeta, llamado Capello –relató Elena Alfaro, sobreviviente del Vesubio, en el Juicio a las Juntas–. Este nenito tendría 12 o 14 años, no recuerdo, pero era una criatura. Fue llevado con su madre. Ahí compartió con nosotros las “cuchas” y un día fue torturado. Los llevaron a la sala de tortura después de mucho tiempo de estar en el “chupadero”. Y cuando vuelve, Pablito nos dice “me dieron máquina”, y estaba totalmente lastimado… Entonces, la madre, que era una mujer realmente muy fuerte y de mucha calidad humana y de una gran fuerza moral nos explica que habían torturado a Pablito frente a ella y que todo esto era porque, aparentemente, Violeta no les había dado la escritura de su casa…”.

Otro sobreviviente, Hugo Pascual Luciani, un zapatero que vivía en Adrogué y que fue secuestrado dos veces durante ese año, habla de Pablo y de su madre en numerosos testimonios. “Allí había un chico, Pablito, que a veces repartía mate cocido y a veces llevaba los tachos con orín. Era hijo de Violeta, una mujer muy inteligente, muy bien parecida, que me daba ánimos. Este chico era Pablito, quien andaba un poco suelto aunque de noche le ponían cadenas. A Violeta la violaron mucho, así como a las otras mujeres… y el hijo tenía que estar mirando,…”. “Ella quedó en el chupadero, pobrecita, víctima de todos esos salvajes…”

Tres meses después Pablo seguía en el campo. “Era un chico de 12 años, alto, delgadito… Los guardias comentaban que no se sabía qué hacer con él, dado que era bastante grande y que había visto mucho. Se llamaba Pablo…” relata Virgilio W. Martínez, un uruguayo que estuvo en el Vesubio durante el mes de agosto.

En tanto, el cúmulo de gestiones que efectuaba Juan Carlos Míguez en busca de su hijo tenían como respuesta negativas, descompromiso o silencio. El 15 de junio, el juzgado de Instrucción Nº 4 rechazaba el hábeas corpus que presentó a pocos días del secuestro. El 20 de julio lo recibía el entonces subsecretario de Interior, coronel José Ruiz Palacios, quien, por supuesto,”carecía de información”, al igual que jefes militares y altos dignatarios eclesiásticos.

Otro chico de su edad, secuestrado en el Vesubio con su papá por la misma época, a los dos días había sido entregado a la familia. ¿Por qué Pablo estaba aún allí si era tan simple liberarlo, llevarlo con su padre, que no era militante político? A esta altura no queda más respuesta que una de esas que ni pueden ser pensadas porque traspasan el umbral de lo humanamente entendible: ya habían decidido su destino, ya habían firmado la sentencia. Pero ¿quién la ejecutaría? ¿Los que convivieron con él todo ese tiempo? ¿El mayor Durán Sáenz que, según me contó Pablo, muchas noches lo llamaba para jugar al ajedrez? Un “que lo hagan otros”, debe haber sido la decisión que arrastró a Pablito por el laberinto de los campos…

Hacia fines de agosto se lo llevaron del Vesubio. Mabel Alonso, secuestrada allí desde el 1º de septiembre, dice que entonces ya no estaba. “Estaba Violeta. Primero le contaron que el hijo se iba a la casa, que le habían dado plata para viajar. Luego le dijeron que lo habían llevado a un Instituto para rehabilitarlo.” Esta versión era, al parecer, la que tenían ciertos guardias, según relató uno de ellos (“el Sapo”) a Luciani tres años después.

 

Sobre el volcán

En el Vesubio –una casa quinta ya derruida–, el primer sitio por donde pasaban ineludiblemente todos los prisioneros era la “enfermería”, una sala con camas y tres pequeñas celdas de tortura con paredes forradas de telgopor atestado de cruces svásticas y frases como “nosotros somos Dios” o “Viva Videla”. Luego los detenidos eran llevados a las “cuchas”, espacios sobre el piso de no más de dos metros, separados por tabiques de madera; en cada una de ellas se amontonaban cuatro o cinco detenidos, siempre encapuchados e inmóviles por las cadenas que los aferraban a la pared.

Pegada a la “enfermería” se encontraba la Jefatura, que incluía tres dormitorios, dos cocinas, baño y, en palabras de Elena Alfaro, “una sala comedor donde se recibía a visitas importantes, como el general Suárez Mason, por ejemplo”. Allí se confeccionaban las carpetas con los datos de cada detenido que luego eran transportadas a otro lugar donde, según Luciani, una suerte de jueces “decidían quién viviría y quién debía morir. Se sentían dioses… sentenciaban a muerte a una persona sin siquiera conocerle la cara…”.

Los centenares de prisioneros que, como Pablo, estuvieron en el Vesubio convivieron con todas las vejaciones imaginables. Veían cómo manoseaban a las presas desnudas formadas en fila para ducharse, oían cuando las arrastraban a la “enfermería” para violarlas, sufrían con el dolor y los gritos arrancados por la tortura y los traslados. Los responsables de todo esto no eran los integrantes de alguna supuesta patota que escapaba al control de los mandos. Por el contrario, se trataba de un centro de detención perteneciente al Comando de la Zona 1 del Ejército Argentino bajo la directa responsabilidad del general Suárez Mason, seguido por el general Juan B. Sassiaiñ. El teniente coronel Luque (“el Indio”) y el mayor Pedro Alberto Durán Sáenz (“Delta”, el oficial de mayor jerarquía en el campo) eran los que tenían más contacto con los detenidos.

 

La ESMA y después

Pablo llegó a fines de agosto y estuvo alrededor de un mes en la capuchita de la ESMA, un lugar que era usado por diversos GT como “deposito” de sus prisioneros antes del “traslado” y, muy eventualmente, de la libertad. A Pablo nunca nadie del grupo que lo había traído vino a verlo ni tampoco fue interrogado por el G.T.3.3.2, la patota de los dueños de casa dirigida por el capitán Jorge “Tigre” Acosta. Soportó los traslados de los miércoles, los quejidos de los torturados en los cuartos que estaban frente a nuestras cuchetas y alguna vez que hubo “guardia buena” disfrutó del dulce de leche robado en la cocina. Cuando se lo llevaron, pese a que ese día habían trasladado a algunos detenidos, todos pensamos que lo habían dejado en libertad.

Juan Farías, un antiguo militante peronista que estuvo con él en el Vesubio, asegura que Pablo fue llevado en fecha incierta (entre septiembre y noviembre) a la comisaría de Valentín Alsina donde, como ocurrió con el propio Farías, se “blanqueaba” a los desaparecidos que iban a ser legalizados. Le contó al juez que Pablo decía que lo dejarían en libertad y que quedó allí cuando a él lo llevaron a la Unidad Penitenciaria Nº 9. Ese es el último rastro que encontramos. De Pablo nunca más se supo. Interrogantes sobran: si realmente estuvo allí, ¿por qué no lo liberaron? ¿Hubo una contraorden? ¿O es que la ESMA ya lo había “trasladado” en uno de sus vuelos? Estas y otras preguntas cruciales hace más de veinte años que esperan respuesta.

Un pibe con cara de travieso

Por L. P.

Cuando lo conocí, Pablo tenía 14 años pero no representaba más de doce con su carita de pibe travieso, sus pecas junto a la nariz, sus ojos de chispazos, su cuerpo esmirriado. Era tan chico, tan vivaz, aparecía tan indefenso en ese mundo alucinante, que no pocos guardias se conmovían por su presencia. Le habían puesto un “tabique” sobre los ojos que casi siempre usó como vincha y cada vez que podía se las arreglaba para salir de la cucheta, servir el mate cocido, leer una revista.

En ese largo y fugaz mes que estuvimos juntos, Pablo me contó del Vesubio, de los presos trasladados desde allí que luego un comunicado oficial dio como “abatidos en combate”, de su mamá, de quien no se despidió (“ella estaba en la cocina”), de la esperanza de que lo llevaran con su padre, de su vida en el mundo de afuera –el colegio, la natación, los hermanos, la abuela, los primos y el turf–, de sus amores y sus miedos. Habíamos encontrado una forma para hablar sin que se notara y con los ojos cubiertos, cada uno tirado boca abajo en la cucheta o arrodillándonos contra el tabique de madera que nos separaba. Lo doblaba en años pero nos cuidábamos mutuamente. Yo intentaba protegerlo, sobre todo alguna noche que despertaba lloroso, “soñé con mi mamá”. El también: cuando me contó que lo habían picaneado y me descontrolé, se desesperó por tranquilizarme, “tanto no me dolió”, decía.

Mientras estuvo allí, nadie apareció haciéndose cargo de su caso. Eso lo angustiaba. No sabía quién era “dueño” de su vida, a quién rogarle su libertad.

Se lo llevaron una tarde de fines de septiembre del 77. Yo venía del baño cuando en un instante vi que la puerta se cerraba tras él, que caminaba a ciegas, de la mano del jefe de guardia. Pensé que se trataba de algún trámite. Arriba, en “capuchita”, los otros presos me dijeron que no, que se lo habían llevado y que Pablo pedía verme. Quise creer entonces que lo liberarían. ¿Quién podía enviar a la muerte a un chico de 14 años? El día antes del Juicio a las Juntas, en Tribunales, alguien me dio un volante con su foto. “Pablo Míguez, desaparecido”, decía.

Hace muy poco estuve con su papá y le hablé de Pablo y de esta nota. El me contó lo que sabía y aportó documentos, fotos y recuerdos. “Es como si mi hijo me estuviera viendo”, dijo. Con esa ayuda y con la del Equipo Argentino de Antropología Forense logré escribir esta historia fragmentada que para mí, desde hace 21 años, es una asignatura pendiente.

Nota publicada en el suplemento Radar, de Página/12, el 24 de marzo de 1998.

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La caída de los dioses

Juicio en Nüremberg, de Stanley Kramer, 1961.

Juicio en Nüremberg, de Stanley Kramer, 1961.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por José Pablo Feinmann

¿Por qué se mató a tanta gente durante el Tercer Reich?

¿Por qué se juzgó a los jueces nacionalsocialistas que debían haber impartido justicia?

¿Por qué se los juzgó por haber impartido esa justicia de acuerdo a la violencia y a la masacre que constituía a ese Estado?

Usted cree que cuando alguien, subordinado a otro, mata por una orden que éste le dio, ¿es inocente o culpable? Tenemos que resolver eso.

¿Por qué la mayoría no dijo nada? ¿Por qué guardó silencio? ¿Por qué nadie hizo anda cuando se escuchaban los gritos en la noche? ¿Por qué no hubo solidaridad?

Todas estas preguntas se responden en una película excepcional. Y vamos a reflexionar sobre ella. Es una de las películas más profundas de la historia del cine, y nos toca a los argentinos directamente en el centro de nuestra conciencia moral.

Juicio en Nuremberg se estrenó en 1961 y fue dirigida por Stanley Kramer, con un elenco excepcional: Spencer Tracy, Burt Lancaster, Richard Widmark, Maximilian Schell, Judy Garland, Montgomery Clift y Marlene Dietrich.

Elegí esta película porque es la primera de importancia sobre el Holocausto. Ella trata sobre uno de los juicios de Nuremberg que transcurrieron entre 1945 y 1947. No es el famoso proceso que se le hizo a Goering, Hesse y compañía, sino que es el que se les siguió a los jueces del Tercer Reich, a aquellos que debían administrar justicia y no lo hicieron, o administraron la justicia que llevó a los condenados a los campos de concentración. La acusación que hace el fiscal, el coronel Ted Lawson, interpretado por Richard Widmark, es por crímenes de lesa humanidad, atrocidades, torturas, que no prescriben, y pueden juzgarse en cualquier oportunidad, más allá del tiempo transcurrido.

Aquí también se reflexiona sobre los campos de concentración, y los argentinos tuvimos 340 campos de concentración entre 1976 y 1983. En ninguna otra dictadura latinoamericana hubo campos de concentración. El Estadio Nacional de chile, en donde Pinochet mantuvo encerrados a miles de prisioneros políticos, podría asemejarse a algo así. Pero la temática de los campos de concentración nos atañe a nosotros. Los nazis llevaban a los campos de concentración a quienes querían exterminar, por eso se llamaban “campos de concentración y exterminio”. La tortura no era aplicada en esos lugares, pero sí era esencial en la Escuela de Mecánica de la Armada, la ESMA, por ejemplo, porque ahí los detenidos eran torturados para obtener información. En los campos de concentración argentinos, la tortura era búsqueda de información. De manera macabra se denominaba “trabajo de inteligencia”. Y la razón humana tiene mucho que ver en todas estas atrocidades. El nazismo no fue irracional, fue una planificación racional del horror. Nada más racional que la construcción organizada de campos de concentración.

El fiscal Lawson (Widmark) afirma: “Distorsionaban, pervertían y destruían el derecho y la justicia en Alemania. Ahora bien, esto es sin duda un delito grave. Pero la fiscalía no citó a los acusados para acusarlos de violar las garantías constitucionales, ni de impedir el debido proceso legal. La fiscalía los acusa de homicidio, salvajismo, tortura, y atrocidades. Ellos comparten con los demás dirigentes del Tercer Reich la responsabilidad de haber cometido los delitos más crueles, más premeditados y más destructivos en la historia de la humanidad. Y tal vez sean más culpables que algunos de los demás. Pues habían iniciado su vida adulta mucho antes del ascenso de Hitler. Las enseñanzas de los nazis no deformaron sus mentes en la niñez. Adoptaron la ideología del Tercer Reich siendo adultos educados, cuando, antes que nada, deberían haber valorado la justicia”.

Y uno de los acusados, el ex juez Ernst Janning (Burt Lancaster), le responde: “No es fácil decir la verdad. Pero si queda alguna salvación para Alemania, los que nos sabemos culpables debemos confesarlo. Aunque cause dolor… y humillación. Yo hay tenía un veredicto para el caso Feldestein antes de pisar la sala de Justicia. Lo iba a declarar culpable, sin importar las pruebas. Eso no fue un juicio. Fue un ritual de sacrificio donde Feldestein, el judío, fue una víctima indefensa”.

Y luego arroja una catarata de preguntas: “¿Dónde estábamos? ¿Dónde estábamos cuando Hitler comenzó a destilar odio en el Parlamento? ¿Dónde estábamos cuando se llevaban a nuestros vecinos por la fuerza en plena noche a Dachau? ¿Dónde estábamos cuando en cada aldea del país había una terminal que recibía vagones de carga para llenarlos de niños y despacharlos a los campos de exterminio? ¿Dónde estábamos cuando nos gritaban en la noche? ¿Estábamos sordos? ¿Mudos? ¿Ciegos?”.

Esos mismos interrogantes los podemos trasladar a la Argentina. ¿Dónde estábamos todos nosotros cuando se llevaban a la gente? Estábamos aterrorizados. Los alemanes también estaban aterrorizados. Pero los en los alemanes también hubo una adhesión multitudinaria a la figura del Führer. La pregunta del juez Janning, una eminencia jurídica alemana, es la pregunta más desgarradora, y tiene que ver con la culpa de los pueblos. Los pueblos son culpables de silencio, de tolerancia, de cobardía, de miedo, de falta de solidaridad, de falta de compenetración espiritual, humana, piadosa, con el otro. Y no es raro que una sociedad como la capitalista –la única que hay, la que ha triunfado- esté basada en la mónada social. ¿Qué quiero decir con esto? Una sociedad basada en la individualidad no genera compromiso con el otro, no produce generosidad. Nos callamos todos, y si se los llevaban “por algo será”. Durante toda la película el ex juez Janning está desesperado: ¿Por qué no hablamos? ¿Por qué no dijimos que sí, que oíamos los gritos en la noche? Y lo inadmisible: ¿por qué, encima, colaboramos?

El defensor de los ex jueces nacionalsocialistas es Hans Rolfe, interpretado por Maximilian Schell en una actuación descomunal que le valió un Oscar: “Su Señoría, es mi deber defender a Ernst Janning. Y sin embargo, Ernst Janning dijo que era culpable. No hay duda de que se siente culpable. Cometió un grave error al colaborar con el régimen nazi pensando que sería bueno para su país. Pero si él es declarado culpable, hay otras personas que colaboraron y serán igualmente culpables. Ernst Janning dijo: ´Nos fue mejor de los que jamás hubiéramos imaginado´. ¿Y por qué nos fue bien, Su Señoría? ¿Qué hay del resto del mundo? ¿No conocía las intenciones del Tercer Reich? ¿No había oído las palabras de Hitler transmitidas a todo el mundo? ¿No había leído su intención en Mein Kampf, que se publicó en todo el planeta? ¿Dónde quedó la responsabilidad de la Unión Soviética, que en 1939 firmó con Hitler el concordato que le dio su tremendo prestigio por primera vez? ¿Vamos a declarar culpable al Vaticano? ¿Dónde quedó la responsabilidad del líder mundial Winston Churchill, que en 1938 dijo en una carta abierta al periódico Times: ´Si Inglaterra sufriera un desastre internacional le rogaría a Dios que nos enviara a un hombre con la inteligencia y la voluntad de Hitler´? ¿Vamos a declarar culpable a Winston Churchill? ¿Dónde quedó la responsabilidad de los industriales estadounidenses que ayudaron a Hitler a reconstruir su armamento para ganar dinero? ¿Vamos a declarar culpables a esos industriales? No, Su Señoría. Alemania no es la única responsable. Todo el mundo es tan responsable por Hitler como Alemania. Es fácil condenar a un hombre que está en el banquillo. Es fácil condenar al pueblo alemán y hablar de la falta de carácter de los alemanes, que permitió el ascenso al poder de Hitler, así como es cómodo ignorar la falta de carácter que permitió a los rusos pactar con él, a Winston Churchill alabarlo, y a los industriales estadounidenses hacer negocios con él”.

Hans Rolfe dice que tiene que defender a Janning, pero él ya se declaró culpable de antemano. Entonces, va a preguntar por los otros culpables. En la Argentina también podemos preguntar por otros culpables, que habitualmente no son señalados, por ejemplo, los empresarios que apoyaron a Videla, los Walter Klein, los Martínez de Hoz, los Perriaux, los Smart… Hubo un respaldo civil, poderoso, que encumbró a Videla. Lo que dice Hans Rolfe, el brillante defensor de los ex jueces nacionalsocialistas, es: “Si tenemos que condenar a estos hombres, entonces vamos a hablar claro, tenemos que condenar al Vaticano, tenemos que condenar a los industriales norteamericanos]”. Debió haber dicho también “tendríamos que condenar a la familia Krupp”, por los que fantásticamente se ve en La caída de los dioses, de Luchino Visconti; tendríamos que realizar muchísimas condenas, porque todo el mundo había leído Mein Kampf y sabía lo que Hitler se proponía, hasta Churchill, el paladín de la democracia, el hombre que dice en 1945 que “ahora se viene la Guerra Fría”, y que en 1938, dice Hans Rolfe, aseguró que Inglaterra bien podría necesitar, en un momento de apuro, a un estadista del calibre de Hitler. Y, en consecuencia, se pregunta: “Por qué condenar a estos jueces?”.

En principio, porque esos jueces pertenecieron al Estado alemán. No se puede condenar a todo el mundo. Lo que hay que señalar es que para que una dictadura terrorífica surja en un país se necesitan apoyos de todo tipo, apoyos extranjeros también.- El canciller de Videla, el vicealmirante César Guzzetti se reunió con Henry Kissinger y le preguntó: “¿Qué es lo que usted quiere que hagamos? Nosotros necesitamos matar mucha gente”. Y Kissinger le dijo: “Bueno, pero que sea antes de Navidad”. Palabras más, palabras menos, ese apoyo que logró la dictadura argentina, Hitler también lo consiguió de muchísimos países y de los industriales norteamericanos del acero, de Churchill, del Vaticano, de la Unión Soviética.

En esta película en blanco y negro, no todo es blanco o negro. Acá los malos no son sólo los nazis. Cuando Maximilian Schell, el defensor Rolfe, va a ver a su celda a Burt Lancaster, el ex juez Janning, le dice: “No se deje asustar por las películas de los campos de concentración, yo tengo imágenes de Hiroshima y Nagasaki, que son mucho peores que las películas de los campos de concentración. Aquí, si es por imágenes, yo las tengo peores, porque ellos, los aliados, también hicieron sus genocidios”. Es por eso que Martin Heidegger, el gran filósofo alemán, cuando querían juzgarlo, dijo: “¿Quiénes me van a juzgar, los aliados, los que tiraron las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki? ¿Los aliados, los que liquidaron la ciudad de Dresden de una forma impiadosa, matando en una noche a más de 200 mil civiles?”.

La cuestión es densa, la culpa está repartida. Pero acá se trata de juzgar a los jueces que debieron impartir justicia durante el Tercer Reich y no la impartieron, que condenaron inocentes sabiendo que eran inocentes. Esto es fundamental. Un régimen de terror tiene que condenar inocentes, justamente para ser un régimen de terror. Una de las metodologías fundamentales del terror de Estado es condenar y matar inocentes. Esto es lo que hacía el nacionalsocialismo, y lo que hicieron todas las dictaduras genocidas desde entonces.

Los ex magistrados juzgados en Nuremberg traicionaron doblemente su función: como jueces que deben impartir justicia, porque el Estado debe ser justo a través de sus instituciones, y como jueces que se han sometido a una política genocida ejercida por el Estado, han sido lugartenientes de ese horror y han condenado a gente que se les señaló que debía ser condenada. “Vea, juez Janning, usted debe condenar a este”, se le ordenaba, y éste no preguntó si era inocente, lo condenó. Los otros jueces que están en el estrado también. Cuando le llevaban prisioneros decían “condene a esta persona” y nadie lo ponía en duda. La conciencia moral del juez se enterraba en el fango de la condición humana.

El testimonio final del juez estadounidense Dan Haywood, interpretado por Spencer Tracy, establece con claridad que en Nuremberg se juzga a la civilización. O vivimos en civilización o vivimos como asesinos. Son las dos opciones absolutas entre las que se debate la condición humana. O vivimos en civilización, como dijo Freud, el Eros, el Amor, o vivimos el universo de la pulsión de muerte, del Tánatos. Esa dicotomía que Freud estableció en El malestar en la cultura, Eros versus Tánatos, es lo que expresa el juez Haywood: “Afirmo que estas personas deben compartir la responsabilidad final por lo sucedido aquí en Alemania. Esto tiene cierto grado de verdad. La verdadera parte perjudicada en esta sala es la civilización. Pero el tribunal ha decidido que los hombres del banquillo son responsables de sus actos. Son hombres que vistieron la toga y juzgaron a otros hombres. Son hombres que participaron en la promulgación de leyes y decretos cuyo objetivo era el exterminio de seres humanos. Son hombres que, desde su puesto de ejecución, participaron de manera activa en la aplicación de esas leyes, que eran ilegales incluso para el derecho alemán. El principio del derecho penal en toda sociedad civilizada tiene un punto en común. Toda persona que influye sobre otra para que cometa un homicidio, toda persona que suministra el arma mortal para cometer un delito, toda persona que es cómplice por un delito, se considera culpable”.

Lo que aquí está en el banquillo de los acusados es la civilización. Y la civilización requiere que una sola vida, una sola vida, tenga un valor absoluto, dice el juez estadounidense. Porque si digo: “mataron seis millones de judíos”, es sólo una estadística. Un judío, un judío que sufrió, padeció, fue torturado, apartado de su familia, robado, saqueado, humillado, no queda expresado en la estadística, porque ésta no da la carnalidad del dolor, arroja un número impresionante que no permite ver la concretud del dolor. El dolor es algo concreto que se da persona a persona. Si nosotros decimos mataron 30.000 argentinos, no nos estamos dando cuenta de esas muertes, del modo que nos daríamos cuenta si nos muestran el cadáver de un muchacho de 14 o 16 años del Nacional de Buenos Aires, por ejemplo.

No hay obediencia debida. En un Estado criminal, es tan culpable el que da la orden como el que la recibe y la ejecuta. No puedo ampararme y decir “me lo ordenaron”. No se puede alegar que estaba dentro de una estructura, un Ejército, un Estado, y que se lo ordenó un superior. No hay superiores. Usted es responsable de todos los actos que hace, usted pudo haber denunciado, usted pudo haberse ido. Muchísimos se fueron, se escaparon, y hasta murieron por eso. Ahora, el que lo hace, aunque se lo ordenen, es culpable. La orden no le da ninguna inocencia. La orden no le libra de su culpabilidad. Ningún integrante de las SS que mató gitanos, judíos, opositores, en los campos de concentración, es inocente porque tenía órdenes para hacerlo. Son todos culpables, todos responsables.

Aquí, lo que está en juicio –como dice el juez Haywood- es la civilización. Y también está en juego la dignidad del ser humano. Las filmaciones de los campos de concentración son espeluznantes. Nosotros no tenemos filmaciones de los campos de concentración argentinos; quizás estén en algún lado… Los norteamericanos, como derrotaron totalmente a los alemanes, entraron y filmaron todo. Esas imágenes muestran la injuria más grande que se puede cometer contra la humanidad. Cuando se convierte a los hombres en basura, aunque sea a uno solo, todos están en peligro. Todos estamos en peligro. No pensemos “le pasó a fulano, le pasó a mengano, no me va a pasar a mí”. ¡No! Porque, o se vive en un régimen de juridicidad, que respete a la persona humana, o se vive bajo un régimen de terror, en el cual el Estado persigue, aterroriza y mata a sus ciudadanos.

“¿Qué vas a hacer mañana en el juicio?”, le pregunta el brigadier general Matt Merrin (Alan Baxter) al fiscal Lawson (Widmark). Y la respuesta es tajante: “Sabes muy bien lo que voy a hacer”. Y el diálogo sigue:

-Sé lo que quiere hacer. Quieres recomendar que los encierren y tiren la llave. ¿Sabes lo que está pasando aquí?

-Sí. Sé lo que está pasando.

-Eres un hombre del ejército. Sabes a lo que nos enfrentamos. Los otros tal vez no, pero tú sí. Te diré la verdad. No sé lo que va a pasar si abren fuego sobre uno de esos aviones. No sé lo que puede pasar. Pero lo que sí sé es esto: si toman Berlín, tomarán Alemania. Si toman Alemania, tomarán Europa. Mira, yo no soy tu superior. No puedo ni quiero influenciarte. Pero quiero decirte algo, y quiero decirlo sin vueltas. Necesitamos la ayuda del pueblo alemán. Y eso no se consigue si uno condena a sus líderes a prisión para castigarlos. Lo que importa es sobrevivir ¿no? Sobrevivir lo mejor posible, pero sobrevivir al fin.

-Dime algo divertido, Matt. ¿Para qué fue la guerra?

La advertencia que escucha el coronel Lawson es más o menos así: “No condenes a los jueces alemanes, necesitamos a Alemania en la guerra que se avecina, la Guerra Fría; Alemania debe estar de nuestro lado”. Churchill quería continuar la guerra, no quería detenerse hasta llegar a Moscú. Incluso, e general Patton pretendía incorporar a los soldados de las SS para emprender la verdadera guerra, contra el comunismo. Pensaban que el sistema a enfrentar no era el de Hitler, en definitiva un capitalismo de Estado, sino el régimen soviético.

“Cuando vi Juicio en Nuremberg en 1961 nunca imaginé, lamentablemente, que estaba viendo una película argentina. Esto significa que Juicio en Nuremberg a nosotros nos atañe muy particularmente. Esto significa que Juicio en Nuremberg es una película que tenemos que ver, no como algo que les pasó a los alemanes –a los que los norteamericanos juzgaron-, es un tema que tiene que ver con lo que el juez Haywood (Spencer Tracy) dice: ´Lo que aquí está en juicio es la civilización, lo que aquí está en juego es que cuando se pierde el valor de una sola vida humana, está todo perdido´”. Esto lo escribí hace varios años en Pasiones de celuloide. Y no perdió vigencia.

Aquellas palabras de Spencer Tracy aún resuenan. Hoy sigue estando en juego la civilización, siguen estando en juego los derechos humanos. Si los derechos humanos son respetados, el hombre va a poder vivir tranquilo. Ahora, ¿qué significa que los derechos humanos sean respetados? Los derechos humanos son los derechos que poseen los ciudadanos ante las arbitrariedades, los excesos y las atrocidades del Estado. Los delitos de lesa humanidad son aquellos que comete el Estado, porque –no está de más recordarlo- el Estado no está para cometer delitos, sino para prevenirlos y, en última instancia, para frenarlos. Pero, cuando el Estado se transforma en el que comete el delito, estos crímenes son de lesa humanidad. Las Brigadas Rojas cometían asesinatos, pero era un grupo civil, y cualquier grupo civil debe ser juzgado por el Estado. Pero, ¿quién juzga al Estado?, ¿quién juzga las atrocidades que comete el Estado?, ¿quién juzga a los policías que se ensañan contra un joven y lo matan en una comisaría de cualquier lugar del país? A ese tipo lo tienen que proteger las asociaciones de derechos humanos, que son las que se constituyen para defensa de los individuos frente al Estado. El Estado es un aparato poderoso, El Leviatán de Thomas Hobbes, una bestia bíblica. El Estado tiene todo el poder de la ley y tiene la obligación de aplicarla. Debe juzgar de acuerdo con la ley y con ese gran principio de todas las democracias del mundo: toda persona es inocente hasta que se demuestre que es culpable. El Estado, entonces, debe funcionar de acuerdo con la ley: no debe cometer asesinatos, ni torturar, ni robar niños, ni establecer campos de concentración. Si el Estado, a través de algunos de sus miembros, comete esos delitos, está cometiendo delitos de lesa humanidad, que son imprescriptibles. Si personas que se apartan de la ley, como en Italia ocurrió con las Brigadas Rojas, el Estado los tiene que arrestar y someter a juicio. Y no debe tocarles ni un pelo. Pero si, como en el caso del Estado argentino durante la última dictadura, es el ejecutor de delitos, se lo debe sentar en el banquillo de los acusados.

En la película, el juez Haywood afirma que todo aquel que comete un asesinato, aun cuando haya sido ordenado por un superior, es culpable. Nadie puede ampararse en ningún tipo de obediencia debida, nadie puede decir “yo no tengo la culpa, me ordenaron matarlo”. Usted debió decir “yo no mato a un hombre, aunque ustedes me lo ordenen”. Y si tenía que arriesgar su vida la tenía que arriesgar. Quien mató a alguien es responsable. ¿Por qué? Porque todos somos responsables de nuestras acciones.

Si todos obramos dentro de la ley, si todos respetamos los derechos humanos, si el Estado también los respeta, si aprendemos a vivir en democracia y que el valor de una vida es infinito, como el de todas las vidas humanas, quizás alguna vez, no sé cuándo, podamos vivir civilizadamente. Y eso sería necesario que alguna vez ocurriera, porque la barbarie sigue funcionando. No está Hitler, no hay millones de muertos, pero Estados Unidos está en Irak, hay torturas, matanzas atroces. Ningún dolor nos debe ser indiferente. El dolor de cualquier ser humano tiene que llegaros al corazón, porque, de alguna manera, también es nuestro dolor.

(De Siempre nos quedará París, el cine y la condición humana. Ed. Capital intelectual, 2011).

………………

 

Irma Montiel

                                               

                                     Tracción a sangre (*)

Fragmentos de la vida de Irma Montiel, la primera –y única- fotoperiodista todoterreno de Córdoba. Su lucha para ganarse un espacio en una profesión que no tiene piedad con los débiles y a la que todavía le cuesta resignar su costumbrismo machista.

Irma rompe el cerco. Foto: Martín Acosta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Alejo Gómez Jacobo

¿Qué tanto lo valía ese incendio en las sierras de Córdoba?

Los baqueanos puteaban de lo feo contra ese fresco que tiró la colilla encendida y se anotó una historia maleva.

Los bomberos también puteaban, pero porque la suya es una profesión de machos que escupen al suelo.

Suerte que atrás venía Irma –Irma Montiel: la única fotoperiodista todoterreno de Córdoba, una de las creadoras de la agencia de fotoperiodismo “Prensa visual”, con reconocimiento en todo el país- para que los bomberos no se la creyeran tanto. Esa tarde no sólo era la única mujer: también la única persona que usaba zapatillas de goma sobre pastizales calientes.

A nadie le caen bien los periodistas con pies ágiles.

Pero ahí iba ella, cámara al hombro y con la terquedad en la sangre que la caracteriza.

Eso cuentan de ella: que es tan terca que no va a morirse pronto.

Así, con ese pronóstico, cualquiera le saca un primer plano al fuego.

¡Clac clac clac!, dice ella que suena la cámara cuando dispara. El corazón del incendio seguía lejos para los clac, así que Irma se abalanzó en un carrito que tenía el paso permitido para llevarles agua a los bomberos. Sucede que con la boca seca es imposible escupir.

Lo que sigue lo cuenta ella:

“Era un incendio descomunal, ya no me acuerdo en qué año, pero viste que siempre algún pelotudo arma quilombo en las sierras. Me mandé en el carrito y quedé a metros de las llamas. Todo hervía y yo chorreaba transpiración. Saqué fotos como loca y en eso siento un cosquilleo en los pies. ¡Las zapatillas se me estaban derritiendo! Encima el viento cambió la dirección y las llamas se me vinieron encima. ¡Me fui corriendo a la mierda! Así que cuando llegué a la base, tenía la cara de cagazo, la ropa mojada y las zapatillas chamuscadas. En eso siento un sonido, levanto la cabeza y veo que llegaba un helicóptero de la Provincia con varios periodistas invitados a cubrir desde el aire. Y los vagos me miraban como diciendo ‘¿y a ésta, qué le pasó?’”.

Esa tarde, el remis de prensa que trasladaba a Irma tuvo un desperfecto y la fotógrafa se volvió a Córdoba a dedo. Tenía los pelos cruzados y mejores tomas del incendio que nadie.

Tenía razón Bibiana Fulchieri –fotógrafa, periodista- cuando insistió en que la anécdota del incendio era la ideal para describirla a Irma: “Ella es de las pocas que mantiene eso que se llama ‘tracción a sangre’: poner el cuerpo en el lugar de los hechos, ser la vanguardia, un cazador de guante blanco en el campo de batalla”.

***

Irma escucha la propuesta y ríe: se burla.

-Dejate de joder, pescado. ¿En serio te pidieron que escribas un perfil sobre mí? Dudo que te pueda salir algo interesante de eso. Pero bueno, venite a casa y vemos. Eso sí, no me preguntes pelotudeces sobre mi trabajo en la cancha. Estoy harta de que me pregunten si por ser la única mujer que cubre fútbol busco una estética distinta de los varones. Pregunta pelotuda, por favor.

Irma es la única fotoperiodista que cubre fútbol en Córdoba. Y no le gustan las preguntas pelotudas.

La fachada mostaza de la casa de Irma Montiel y Osvaldo Ruiz –fotoperiodista, uno de los pocos de Córdoba con experiencia en coberturas de guerra-, en barrio Alberdi, esconde dos patio quintas –frontal y trasero- repletos de plantas, parras, limoneros y enredaderas. También esconde otros secretos, como que el timbre no se escucha desde la calle y se traba apenas se lo toca.

Una figura deformada a través del vidrio abre el portón, y:

-¡Destrabá ese timbre, che, que retumba en toda la casa!

Irma Beatriz Montiel, hija de Raúl Montiel y Lidia Vélez, hermana del medio entre seis hermanos, 58 años, 30 de esos 58 dedicados a la fotografía, fotoperiodista de La Nación y Télam, concentra su intransigencia y su desobediencia en un cuerpo de 1,60 metros que además de bajito tiene pelo lacio corto oscuro, ojos oscuros y modos, para alguna gente, también oscuros.

-Es que para algunos soy una bruja. Una bruja loca. Otros me tildan como una guerrera. Será porque no soy buena negociadora con ciertos principios de trabajo. No.

Soy intransigente y desobediente. Y no me preguntes por qué, pero me muevo bien en el caos.

Mejor aclarar: a Irma le sienta bien el caos, pero mientras no interfiera con el orden monacal de una cocina con exageradas hornallas de hierro –de las de antes- y de un living-comedor con mesa y aparador macizos –de los de antes- y un sillón doble y dos individuales cubiertos con telas blancas para que Camila y Frida –las perras de la casa- se acuesten sin la culpa de los pelos sueltos.

Irma está sentada, ahora, en uno de los sillones individuales. Prendió el primer cigarrillo. Va a ser difícil abstraerse de esa radio con noticias que llegan desde la cocina y que serán como una tercera voz en la casa.

-Es la costumbre de años. Córdoba ya no es conflictiva como antes, pero hubo una época en que era imposible desprenderse de las noticias porque nunca sabía uno cuándo saldría corriendo al centro con la cámara al cuello y el culo en la mano.

***

Irma es hija de Lidia y de Raúl, pero hay mucho más de Lidia que de Raúl. Su padre murió cuando ella tenía 4 años y el sueldo de Lidia –sueldo de enfermera- se estiró lo que pudo para nutrir a los seis hermanos Montiel. Por entonces vivían en Alberdi y Lidia no concebía la educación sin disciplina y la disciplina sin cachetadas.

-Era brava mi vieja. Si veía que dos o tres de mis hermanos se peleaban, nos ponía a los seis en fila y nos decía “¿así que les gustan los golpes? Yo ahora les voy a dar unos cuantos”. Y cobrábamos incluso los que no estábamos metidos en la pelea.

Mucha escasez de todo, menos de rectitud. La cosa no estaba fácil.

-Es que yo era muy boluda y bastante fieraza. No era la princesita que ves ahora. Para colmo, mi vieja me ignoraba por completo. Por eso me fui antes.

Irse antes, en el caso de Irma, significó el inicio de su carácter autodidacta: la mudanza con una amiga, el trabajo a destajo en lo que viniera –vendedora, comerciante- y el inexpugnable armado de un caparazón que en adelante no permitiría cuestionamientos.

– Tomé conciencia de que irme de mi casa también significaba aprender a defenderme sola. Las circunstancias de lo que vendría fueron armando mi personalidad.

De modo que hasta que llegara eso que vendría, el caparazón seguía blando e Irma no podía darse el lujo de largar el remo. El año 1978 la tuvo como cajera en el bar “Vía Appia”, en avenida General Paz, a metros del diario Córdoba y a un instante de su futura profesión. El azar hacía de las suyas. Los periodistas del diario Córdoba -refunfuñones, lúcidos, borrachos a morir- hacían gala de su chapa a la antigua con esa cajera a la que le llamaba la atención el proceso de laboratorio necesario para obtener una fotografía.

Los periodistas del Córdoba estaban a sus anchas. Pero fue Osvaldo Ruiz, un fotoperiodista que por esa época se fue del diario Los Principios al Córdoba, hijo de fotógrafo, sobrino de fotógrafo, el que comenzó a caer más de la cuenta al “Vía Appia”. Algo debe haber tenido el hombre, porque:

-Me enseñó sobre técnicas de sensibilidad y luz con la cámara, y un par de años después nos fuimos a vivir juntos. Montamos un pequeño laboratorio y de a poquito empecé a conocer el proceso, aprender la técnica, leer. Eso sobre todo, leer.

El caparazón tomaba forma hacia afuera. Pero Irma, por dentro, quemaba:

-En el 81’ me descubrieron cáncer de mama. Cuando empezábamos a acomodarnos con Osvaldo, se me vino encima un año de quimioterapia que me dejó completamente pelada. Mi organismo era intolerable a la quimio y me pasaba el día vomitando.

Irma sabe moverse en el caos, pero esa situación ya era demasiado y todavía faltaba más: en el 82’, en plena quimioterapia, el diario Córdoba cerró y dejó a su gente –Osvaldo era una de esa gente- sin nada. La pareja dejó de pagar el alquiler y se mudó a una pensión. Quien entrara en esa habitación hubiera visto lo que parecía una derrota.

Y sin embargo:

-Las familias de los empleados del diario Córdoba nos la rebuscamos con rifas, peñas, comidas. Lo tendrían que haber visto a Miguel Clariá vendiendo cosas en la calle. Y vos sabés que todo eso, digo, el hambre feroz y la preocupación por manguear algo fue sacándome la enfermedad de la cabeza. Me olvidé de que tenía cáncer. Hasta que pasó el año de quimioterapia y un día me dijeron que ya estaba sana, que no volviera.

***

Osvaldo se asoma desde la cocina, saluda y empieza a preparar el almuerzo. No interrumpe. Irma lo llama.

-Gordito, ¿cómo se llamaba el lugar donde trabajábamos en la galería Cinerama con el “gorila” Acosta?

-“Prensa integral”.

-Ah, sí. Así-, dice Irma, y prende otro cigarrillo.

Pero hubo un antes a “Prensa integral”, y fue en 1982, cuando el Colegio de Médicos les encargó fotografías de las fachadas de todos los hospitales de la ciudad. Y ahí fue la pareja Ruiz-Montiel, con paciencia de marcha de feligrés.

-Es que no teníamos ni para movernos en colectivo. Así que caminamos alegremente toda la ciudad y le sacamos fotos a todas las fachadas de todos los hospitales.

Alegremente, también, improvisaron un laboratorio en el cuarto de la pensión y cada tarde esperaban a que se hiciera de noche para que la luz del sol no les velara los rollos.

Ya casi promediaba la década del ’80 cuando el periodista Eugenio “Gorila” Acosta convocó a un equipo de periodistas, fotógrafos y diagramadores del ex diario Córdoba para formar una mini empresa dedicada a publicaciones institucionales. En términos económicos y de buen corazón, lo de Acosta fue emplear a desempleados.

-La llevábamos un tanto mejor, pero todavía no nos alcanzaba para dejar la pensión. Osvaldo picoteaba acá y allá. Por esos años abrió el diario La Calle, pero duró lo que un pedo en un canasto. Nos la rebuscábamos.

Y sin embargo, el resultado fue más que lo que se espera de un rebusque: fue el germen de la innovación en el fotoperiodismo.

-De a poco, con Osvaldo comenzamos a venderles a las instituciones la cobertura periodística de la agencia en la que trabajábamos. Fuimos estableciendo un criterio de trabajo para ofrecer fotos periodísticas. No fue fácil hacerles entender a las instituciones que no se trataba sólo de sacar una foto, sino que era todo un proceso de elaboración, búsqueda, armado y publicación. De esa manera creamos “Prensa visual”, un nombre de algo que no había mucho en Córdoba.

Ese nombre tenía pasta de algo bueno, y así fue como a mediados de los ’80 el periodista Juan Marguch le ofreció a Osvaldo la corresponsalía del diario La Nación. Venga nomás, dijo Osvaldo, y ocupó casi todo su día en los pedidos que llegaban desde Buenos Aires, mientras Irma le metía a más no poder al aprendizaje de las fotografías publicitarias que encargaban las instituciones. Hasta que tuvo el ataque.

***

-Si querés hablar sobre Irma, te voy a dar el título: ella logra el equilibrio que Cartier Bresson dice que necesariamente debe haber entre ojo, mano, cerebro y corazón- refuerza Bibiana Fulchieri-. Es la persona que yo elegí para pegármele al lado a la hora de sacar, porque tiene olfato sobre cómo manejarse en circunstancias de extremo azar. Irma no te mira: te escanea. Una vez me dijo que es posible ver si una persona tiene ambiciones de poder por la forma en que camina. Aquellos que dan pasos cortitos, aprietan las manos y miran el suelo son ambiciosos de poder.

Hablando de poder, es la ocasión para contar la anécdota sobre Luciano Benjamín Menéndez, el jerarca de la matanza en el Tercer Cuerpo de Ejército durante la dictadura militar. Ocurrió antes de que recibiera seis condenas a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad, cuando todavía ostentaba algo de influencia; cuando todavía era alguien de temer. ¿Sería por eso que la Justicia ocultaba a los militares citados a declarar de los fotoperiodistas amuchados en los pasillos de Tribunales Federales? Eso le había costado a la jueza Cristina Garzón de Lascano, días antes, un enfrentamiento con Irma Montiel.

-Doctora, dejen de esconder a estos tipos. Los periodistas tenemos que cumplir con nuestro trabajo. Tenga en cuenta esto: el día que venga a declarar Menéndez, vamos a destrozar los pasillos para fotografiarlo y va a ser su responsabilidad.

Así que poder o no poder, la jueza ordenó que Menéndez –traje azul, mirada al frente, cara arrugada como una pasa- fuera hacia una oficina que conecta con un pasillo que estaba al alcance del enjambre de fotógrafos.

Trabajo cumplido, sí, pero no era suficiente: el militar se retiraba de Tribunales Federales y había que alcanzarlo de alguna manera. Eso discutían Irma Montiel y su discípulo y colega, Nicolás Bravo, con el remisero de prensa Marcos Filippes.

-¿Qué hacemos, Irma? ¿Por dónde vamos?

-No sé… ¡No sé!

-Hay que decidir ya.

-A ver, en frío: al viejo lo van a llevar al Regimiento de Paracaidistas. Seguro irán por la avenida Santa Ana.

-¡Vamos!

Sus buenas caras de sorpresa pusieron los guardias de la Federal que escoltaban a Menéndez en la furgoneta cuando un remis se les puso adelante y los obligó a “comerse” el rojo de los semáforos. Cada vez que eso pasaba, Montiel y Bravo bajaban corriendo del remis, apoyaban las cámaras en los vidrios de la furgoneta y hacían clac. Había que apoyarse en el vidrio para que el reflejo no quemara la imagen. Luego subían al remis y Filippes conducía con sangre de tortuga para calcular el rojo del semáforo siguiente.

-¿Qué pasa? ¿Quién va en esa camioneta?-, gritó un conductor.

-Menéndez.

-¡Ese viejo hijo de puta!-, reaccionaron varios.

Uno de esos varios, incluso, fue más allá: puso su vehículo a la par del de Filippes para evitar que la furgoneta huyera. Pocas veces un hombre de las sombras como Menéndez debe haberse sentido tan expuesto. Tan indefenso al flash.

***

El ataque de Irma fue porque se había hartado de esas putas fotos publicitarias.

Así lo dice ella:

-Me había hartado de esas putas fotos publicitarias. Era un quilombo hacerlas. Así que un día destrocé el armado de la luz contra la pared y juré no hacer más fotos publicitarias así me cagara de hambre.

El juramento sonaría a capricho si no fuera porque Irma sí sabía lo que era cagarse de hambre. De a poco fue ajustando el lente para lo que a ella le parecía natural: la foto periodística.

Pero para eso fue necesaria una reflexión previa:

-Era la única mujer a la que se le ocurrió meterse en fotoperiodismo. Así que tuve que aprender a defenderme sola o sino me pasarían por encima. Y me enfrenté a tanta discriminación y rechazo que me dije yo voy a demostrar que puedo hacer bien las cosas aunque tenga que sacar mi carácter y cambiar mi vestimenta. He dejado muchísimas cosas femeninas por mi profesión: me hice utilitaria en mi ropa y aprendí a no ser tan histérica. El varón es más racional que pasional, y de ellos aprendí eso: la racionalidad.

Una sola vez en 30 años Irma no tuvo tiempo de cambiarse una pollera y debió ir de urgencia a sacar fotos en la Casa de las Tejas. Fue la vez del comentario generalizado por la forma en que el gobernador Eduardo Angeloz le miraba las piernas.

El nombre Angeloz encaja perfecto para adelantar que los estallidos sociales de mediados de la década de 1990, que tuvieron su pico máximo en la renuncia del gobernador y la quema de la Casa Radical, encontrarían a Irma en la cresta de la ola por su furia adrenalínica de poner el cuerpo. Si la foto lo valía, era capaz de subirse a upa de un policía y bancarse que le soltaran los perros.

-Sí, pero esperá que te termino de contar. Muchas veces lloré y me dije que no servía para esto, pero la perseverancia me permitió ganar mi espacio a fuerza de hacer valer mis derechos. Más que por mí, fortalecí mi temperamento por los derechos del grupo de fotoperiodistas, que estamos siempre tan expuestos. Si tengo que plantarme ante un gobernador, lo hago. No especulo con las consecuencias: gano o pierdo, pero en la mía.

La perseverancia le permitió ganar también otro espacio: la cancha.

-Al principio, ella no quería saber nada –refuerza Osvaldo Ruiz-. Pero yo le dije mirá, si querés ser reportera gráfica, vas a tener que hacer de todo y bancártela. Ella lo entendió desde el comienzo y por eso los fotógrafos la reconocen como un igual.

***

Irma era una treintañera cuando se puso al lomo la corresponsalía de La Nación. Poco después se sumó Télam. Las maravillas del avance tecnológico –así les dice Irma: maravillas- permitieron que ya no fuera necesario un espacio físico de laboratorio, por lo que la pareja abandonó la galería Cinerama y armó su oficina de trabajo en un cuarto de la casa de Alberdi a la que acababa de mudarse. A todo esto, “Prensa visual” seguía trabajando con otras empresas -como Telecom- y otros diarios –pedidos ocasionales para La Mañana de Córdoba, Puntal de Río Cuarto, Puntal de Villa María, Hoy Día Córdoba, Diario de Bolsillo, Comercio y Justicia y la agencia internacional Associated Press-. La pareja no daba abasto y comenzó a contratar a fotógrafos –pichones y no tanto- y sin proponérselo dio lugar a una de las pocas –quizá la única, quizá la última- escuela involuntaria de fotoperiodistas en Córdoba.

Nicolás Bravo fue uno de esos involuntarios:

-Yo entré en “Prensa visual” justo para la época en que La Nación mandó a Irma siete meses a Catamarca para cubrir el juicio por el caso María Soledad Morales, asesinada en 1990 por los hijos del poder catamarqueño. Tenían sus estilos: Osvaldo era paciente y daba consejos; Irma directamente miraba la foto y me decía la próxima vez que me traigas algo así, te rompo el culo a patadas. Eran dos maneras de enseñar y las dos me sirvieron. Irma tiene ese carácter que te hace decir bueno, me puedo llevar al mundo por delante pero no a esta vieja. Y vos sabés que creo que ella tiene tanta pasión que se va a morir laburando, probablemente algún día en la cancha. Nada de rodeada de médicos ni tubos. Simplemente agarró y se murió. Ella tiene demasiado amor por lo que hace, y el amor es la energía más fuerte. Eso sí: se va a morir recién cuando ya no quede nadie a quien romperle las pelotas. Si no me creés, pedile que te cuente la anécdota de Osvaldo.

La anécdota de Osvaldo dice lo siguiente: que durante los siete meses en que Irma estuvo en Catamarca cubriendo el caso María Soledad, Osvaldo sufrió ataques de pánico y adelgazó en base a una alimentación a puro medicamento. Que cuando Irma regresó, juntó todos los remedios en una bolsa, les prendió fuego en el patio y le dijo a Osvaldo de ahora en más te vas a dejar de romper las pelotas y vas a comer lo que yo te sirva porque yo soy tu mujer y no tu enfermera. Que desde ese día, Osvaldo recuperó los kilos y la calle.

Hoy es otro día y en la casa de Alberdi no están Irma y sus perras: está Osvaldo y su cuarto con cientos de miles de negativos de más de 30 años de fotografías de los “Ruices”, como le pusieron los demás fotoperiodistas a la pareja.

-Yo a Irma le inculqué que hay cosas que iba a tener que hacer incluso para salvarse la vida en situaciones jodidas. Ella lo fue consiguiendo sola y nunca fue mi sombra. Yo separo a mi mujer de la cuestión profesional: en casa somos pareja, pero en la calle somos colegas y ninguno interfiere con las notas del otro. En realidad, nosotros no competimos: hacemos las cosas en conjunto, buscando el equilibrio que intentamos también en nuestra relación. Claro que al discutir una foto o en algún roce de pareja cada uno impone su carácter y eso nos lleva a chocar mucho, pero nunca al punto sin retorno. No es porque Irma sea mi señora, pero ella es la fotoperiodista más completa de Córdoba. Y eso que nosotros nunca la tuvimos fácil.

***

Ahora sí: la década del ’90 y la lluvia de brasas calientes sobre la provincia. Las finanzas del Estado hacían agua por la corrupción angelocista y desde el Cordobazo que no se veían protestas de semejante calibre. Profecías de destrucción masiva ponían a Córdoba en los títulos internacionales. Córdoba en carrera al precipicio. Córdoba macerada en impotencia. Por mucho menos que esto, cualquier periodista o fotógrafo se hubiera clavado un valium.

-Pero vos sabés que la gorda tiene autoridad y le mete el pecho a todo –refuerza Antonio Carrizo, fotoperiodista y editor de La Voz del Interior-. En algún momento parecía que ella no llegaba, pero rompió las barreras. Es una mina arrolladora: le da igual sacarle una foto a un bache o al Papa. Mirá que yo he visto a fotógrafos varones que entran en pánico cuando quedan ante una situación desgarradora y pierden la invisibilidad. Pero no la gorda, la gorda es admirable. Es que ella se formó en una época de mucho quilombo, mucho gremio, y entendió que el objetivo del fotoperiodismo es sacar de todo, todos los días: la foto que hoy va en tapa, mañana estará envolviendo huevos.

-Es cierto, ella es ¡puf, qué mujer!, pero de todas maneras te integra, te suma y te da -refuerza Marcela Marbián, fotoperiodista de La Voz del Interior-. Ella y Osvaldo son gauchos: gente bien, gente que no te va a soltar la mano.

Irma, ahora, tiene la mirada fija y cara de me voy a quebrar en cualquier momento cuando dice:

-¿Fue una virtud lo mío? No lo creo. Fue, eso sí, lucharla doble todos los días: por ser mujer y por ser del interior. En Buenos Aires fueron conociéndome por las coberturas del asesinato de María Soledad, las explosiones en Río Tercero, la caída de Angeloz y los partidos de fútbol. Hay momentos en que el miedo supera, pero no paraliza; al contrario, es como que me ayuda a moverme mejor. Me gusta vivir las pasiones de la gente, ¿sabés? Yo no pasaría media hora esperando a Susana Giménez, pero sí guardias enteras para fotografiar al violador serial. No me importa si me escupen, me patean o me cagan a trompadas: si la foto lo vale, no mido consecuencias. Nadie me va a decir qué hacer con mi trabajo, y por eso rompo los huevos con mis derechos para que las instituciones no nos encasillen ni nos impongan sus reglas los funcionarios públicos. Lo más triste es que la prensa cordobesa se va metiendo solita en un corralito y ni siquiera protesta. Pues yo me niego a ser una oveja. Me parecen vomitivos los periodistas que se desviven por comer un sanguchito con funcionarios. Yo no pretendo que me quieran; prefiero que me respeten, porque al menos así saben quién soy y con qué se van a encontrar. Los periodistas deberíamos estar para otra cosa; para entrar en contacto con la sensibilidad de la gente, la piel, el olor, la transpiración. Situaciones como la pobreza, la niñez o la vejez son las que te pueden llevar, a través de los días, a la comprensión.

El caparazón de Irma es dureza pura. Sensibilidad pura.

***

En la última movilización contra las reformas jubilatorias del gobernador José Manuel de la Sota, la Policía tuvo pulgar arriba para reprimir y una de las balas de goma hirió a Irma Montiel. Habíamos quedado en que la acompañaría a Belgrano-Newell’s para verla trabajar, por lo que me preocupó que se cayera la posibilidad. La llamé, y:

-Jajaja, pescado, cómo se te ocurre que no voy a ir a la cancha. Estoy un poco dolorida, pero son los gajes del oficio. ¡Nos vemos allá!

Irma en la cancha: lentes negros, chicle en la boca, cigarrillo en el labio, cámara Nikon con un lente 400: un lente insaciable.

Irma que se acomoda detrás del arco de Juan Carlos Olave y dice ojalá que éste haya traído las manos.

Irma que deja el cigarrillo en el césped y analiza que en este partido hay individualidades de fuerza, pero que los equipos no son contundentes.

Irma que hace clac en un córner y dice mirá, ésta me salió buena, ¿ves? Tiene mucho contexto.

Irma que revela los enemigos de la imagen transparente: la luz del sol, los carteles de publicidad, los alcanzapelotas, la hinchada de fondo, el hierro de los arcos, los movimientos excesivamente fugaces de una jugada.

Irma que menea la cabeza y pronostica esto pinta un cero a cero. Acá no pasa nada.

Irma que espera el silbato del árbitro, me abraza y corre al remis para llegar a su casa y enviar las imágenes a Buenos Aires. El correr de una mujer que no pierde el aliento.

(*) Nota aparecida en la revista El Sur, que dirige el escritor y periodista Hernán Vaca Narvaja, en su edición de septiembre de 2012.

……….

Discurso de Roberto Fontanarrosa, aceptación del doctorado  Honoris Causa de la Universidad Nacional de Córdoba, miércoles 9 de agosto de 2006.

Después de lo del sábado a la noche en el Chateau Carreras, casi no vengo.

Digo, si nos van a tratar así a los rosarinos, cuando uno va a Córdoba… Pero he pasado por cosas peores.

Yo me acuerdo que tuve que ir a dar una charla a Bogotá, poco después de que ellos nos habían ganado 5 a 0 en el Monumental. Me saludaban todos con la manito, para mostrarme los cinco dedos.

Me acuerdo que yo les decía: ¡Con los problemas que tenemos en la Argentina! ¿Ustedes se piensan que a nosotros nos puede preocupar el fútbol? ¿Que nos podemos estar fijando en esas nimiedades?

Lo cierto es que iba a estar respaldado acá, por Quino y por Caloi. Por diversas razones no han podido estar.

Entonces, si el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, tengo que enfrentar esta difícil situación que empecé a vivir hoy a la mañana cuando venía en auto hacia Córdoba, y que por supuesto me hacía acordar mucho a la enorme cantidad de veces que vine durante la década del ’70.

Venía semana por medio, me acuerdo. Paraba en la casa del Negro Crist. Y venía en un Citroën 13V verde. Verde Tahití era la definición. Y le llamábamos, con el Negro, el bólido de acero y lona. Venía despacio, seis, siete, ocho horas ya estaba en Villa María…

Después, se hacía un poco más lento el trayecto. Pero, claro, esos coches a veces se metían detrás de un camión…

Yo a veces salía de Rosario detrás de un camión y llegaba a Córdoba detrás del mismo camión. El camionero creía que le funcionaba mal el espejito retrovisor.

Pero miraba hoy los camiones que van por la ruta y que suelen tener leyendas escritas atrás y que siempre son desafiantes, o jactanciosas, ¿no?

“Donde para este galán, hacen cola las mujeres”. Y me acordaba de un cartelito que había visto una vez en Rosario hace mucho tiempo atrás, antes de que viniera a Córdoba.

En un carro verdulero, tirado por caballos ¿no?, bastante mal estado el carro.  Con un señor en musculosa pregonando arriba,  y atrás, en la parte de atrás, decía escrito con letra florida: “Si me vieras, Vieja…”.

Entonces, yo pensaba ahora, ¿no? acá, en la Universidad…

¡Si me vieras, Vieja…!

Rosita…

Rosita mi santa madre que desde que me dieron esa distinción en el Senado la tengo convencida de que soy senador.

Y que seguramente me estará viendo. Porque me dijeron que este acto se iba a televisar en directo a todo el país.

Y no creo que Rosita haya querido que yo fuera doctor. Pienso que le alcanzaba con que yo fuera lo mismo que yo pretendo para mi hijo, que sea feliz…

de la manera menos delictiva posible.

Pero no quisiera uno tener que recurrir a esa frase de Borges que decía “he cometido el peor de los pecados: no he sido feliz”. Yo podría decir, he cometido el peor de los pecados: no he sido millonario…

Pero tengo este tipo de retribuciones, como el que configura este acto de hoy, en una ciudad que, ya lo dijeron los muchachos que previamente hablaron…

Me emocionó mucho lo que dijo Emanuel, esos recuerdos…
Especialmente el 4 a 1 a Talleres allá, en Rosario, trajo lágrimas a mis ojos…

Pero Córdoba indudablemente para mí tiene una connotación muy muy especial.

Indudablemente yo crecí mucho profesionalmente y humanamente a través de la revista Hortensia. Y más que nada, de las amistades que hice: todos los dibujantes, y el descubrimiento de que había algo cierto en estas leyendas que rodean a las ciudades.

A mí me hablaban siempre del humor cordobés, del humor cordobés… Yo pensaba que era como el humor santiagueño, el humor tucumano…

Digo, son versos, son versos.

Y acá no te influía esa supuesta rivalidad con Córdoba que nunca ha existido realmente, al menos para mí.

Una vez sin embargo, después de uno de los censos, hace poco, me llaman de una radio de Córdoba. Me dicen ¿qué opina usted de que Córdoba tiene cien mil habitantes más que Rosario?

Le digo, jodansé…

¿Cuál es la ventaja de tener tantos habitantes, digo yo?

¿Cuál es la ventaja de la superpoblación?

Yo para que no lo tomen como una provocación inútil, les confieso: Rosario tiene fama de tener las mujeres más bellas, al menos de Santa Fe, de la zona de Rosario, digo… Pero es cierto, yo a veces lo atribuyo, porque uno siempre está buscando razones a lo inexplicable, a la soja.

El alimento influye en esa exposición física de las mujeres. Y después el declive de la ciudad hacia el río, que obliga a las mujeres a caminar muy erguidas, sacando pecho, estómago contraído, nalgas duras…

Sin embargo, señores, para aclarar los conceptos que uno puede tener sobre Córdoba aparte del Negro Crist, aparte de Cognini, de tantos otros: Cuel, Gulle, qué se yo, yo les digo… por Rosario Central pasó la Pepona Reinaldi, Milonguita Heredia,  y Mario Alberto Kempes…

Así que imaginen la imagen que yo tengo del fútbol cordobés.

Pero no sólo eso: mi mujer es cordobesa. Lo digo acá, que no salga de esta sala. Especialmente que no salga ella, porque por ahí cuando escucha esto se horroriza.

Todo este preámbulo que estoy haciendo yo, esta elipsis coloquial, es para tratar de acordarme qué es lo que quería decir. Porque iba hacia el punto de la formación mía con respecto a la fama del humor cordobés.

Cuando vine acá, descubrí que es cierto. Que había gente (suena un teléfono celular) que tenía celulares, por ejemplo…

Y que además trabajaba de hacer humor. O sea: contaban chistes. Había gente que trabajaba. Y había gente que… o sea, el Pelado Alonso, el Gordo Oviedo, el Sapo Cativa, esas especies… ¿no?, realmente, lo digo con todo el respeto… Porque el Sapo es una especie… es un batracio agudo a resorte… No se daban en Rosario. Comprendí que es cierto. Que eso da lugar a la revista Hortensia. La revista Hortensia no surge por generación espontánea. Era por todo el ambiente que había en derredor.

Es como dice el Flaco Menotti: Maradona no va a salir en Mónaco…

O sea, tiene que haber un entorno para que produzca eso. Y han dejado una marca que permanece con Doña Jovita, con el Chichilo Viale, y algunos que prefiero no nombrar.

Y hay otra razón que hace que me regocije mucho por esto: yo lo suelo repetir.

Y es que veo la amplitud de una Universidad como ésta.

Yo fui un pionero de la deserción escolar.

Pero no cuando me retiré de la escuela secundaria, prolijamente, como me habían enseñado, dejando los estudios en el mismo lugar donde los encontré; sino mucho antes.

Cuando yo fui por primera vez a la escuela primaria.

Fue en una época, estamos hablando del Siglo pasado, una época en que había primero inferior y primero superior. Lo que no había, era jardín de infantes. No había jardín de niños.

No había niños, tampoco.

Los niños eran muy grandes, ya.

Uno ve las fotos. Ve fotos de jugadores de fútbol de esa época, y tenían 18 años y parecía que tenían 47… Bigotes, gomina… Cuando uno decía un niño de pecho, era un niño de pecho peludo y voz arguardentosa.

Entonces, sorpresivamente a mí, desde el calor de mi hogar, me mandan a una escuela, Mariano Moreno, y me reúnen con una serie de salvajes supuestamente compañeros míos pares, pares míos, en un ámbito con otro tipo de disciplina y otras cosas.

Yo  me acuerdo, obviamente, era muy pequeño, que calculé la distancia desde el pupitre hasta la puerta.

En la puerta estaban mi Vieja, madres, muy emocionadas todas, y había maestras.

Y… en un momento salí corriendo y me fui hacia la puerta, y me atraparon.

Yo no tenía un plan B.

Seguramente, la idea mía era llegar a la puerta, y yo digo: si llego a la frontera con Paraguay me salvo, ¡ya!.

Y no. No. Pero, el paso por la escuela primaria fue digno. Fue digno. Incluso fui escolta de abanderado. Con toda la responsabilidad que eso implica. Porque si algo le pasa al abanderado, uno tiene que tomar el pendón y seguir adelante. Si el abanderado se sube al escenario y se rompe una pierna, ese tipo de cosas… Ese fue mi máximo galardón en la escuela primaria.

Cuando termina la primaria, uno no tiene la más mínima idea de lo que va a hacer, ¿no?

Y mi Viejo,  realmente ojo avizor, me dijo: el futuro del país está en la industria. Frase que después recogió Menem con otros propósitos… o la entendió mal… y….

Pero mi Viejo tenía una cierta razón.

Me dijo: si a vos te gusta el dibujo, tenés que ir al Industrial, porque ahí hay dibujo técnico…

Era como decirme: si a vos te gusta la pesca,  empleáte en un ballenero japonés y andá…

Fue un choque de culturas. Fue muy duro.  Fue muy duro. Aparecieron la proyección de un punto en el espacio, las normas iram y aparecieron las matemáticas.

Tuve un enfrentamiento desigual con las matemáticas. Porque a favor de la clara superioridad numérica de ellas, porque los números son millones, yo era uno solo… y muy chiquito. Muy chiquito.

Y después, ya un poco más adelante, cuando ya se veía venir la noche… porque yo no era un mal alumno. Yo era una especie de vegetal. Un ente vegetal.

O era como la jirafa: no emitía sonido alguno. Dibujaba, estaba ahí en el aula, no molestaba para nada. Pero, y por eso me sorprende que esta moción para entregarme esta distinción con –y estoy empleando muchos finales en ón– la aclaración acá del rector sobre qué es el Honoris Causa, porque yo creí que era algo así como un Habeas Corpus que me podía sacar de un apuro en cualquier momento, me conmueve que esa moción venga desde el polo petroquímico, ¿no?

Porque en tercer año, cuando abrí los libros de física y de química, me dí cuenta que se había terminado absolutamente todo.

Que eso era incompatible con mi metabolismo. Que no podía metabolizar eso.

Abría los libros, y como dicen acá, con cara de pollo mirando un bicho, o esa cara que ponen los perros cuando escuchan un sonido muy agudo… Y no había maldad. No había maldad en mí, no había maldad en mí.

De todas maneras, algo quedó de esa época. A favor y en contra. Primero, todos los esfuerzos que yo he hecho en mi vida, son para no levantarme temprano. Eso lo tengo clarísimo y no voy a entrar en este enojoso territorio.

Pero yo desde hace tiempo vengo planteando valientemente en la Argentina: ¿Por qué los niños se tienen que levantar tan temprano para ir a la escuela primaria?

Niños infantiles, como dice el Crist… Seis años…

Cuando, como dice el tango, afuera es noche y llueve tanto… Y hace un frío espantoso. Y los arrancan de sus camitas tibias, no para ir a Disneylandia. ¡Para ir a la escuela! Y yo he preguntado, pero no desde la maldad, ¿eh? pero ¿pero por qué eso?

Porque yo soy un  convencido de que todos los movimientos revolucionarios latinoamericanos se originan ahí.

El resentimiento de esos niños contra la sociedad…

Los hacían levantar muy temprano.

Eso me quedó en claro, y es un tema a debatir. Y espero que esta Universidad lo haga. Lo haga.

Y a favor me quedaron algunas definiciones.

De química, del polo petroquímico, el pico del pato y el oso chiquito…

Yo nunca interpreté bien si era una fórmula recordatoria, o una consigna política.

Pero supongo que las que terminaban en oso empezaban en pato… Casi una cosa de Walt Disney, ¿no?.

Y ojo, ¿eh? que en física me quedó que la aceleración es el incremento de la velocidad en la unidad de tiempo…

Veo que les ha impresionado, veo que les ha impresionado…

Y bueno, me retiré de los estudios, e inicié otro camino sin saber adónde iba.

Porque acá pueden decir: mirá qué fácil, este muchacho, le dan un doctorado y él tomó por un atajo…

No, no. Yo no sabía qué iba a hacer cuando me fui de la escuela. Pero de todas maneras me congratula que se distinga, en este caso en mi persona, al humor. Al humor.

Y a reírse.

Porque la risa tiene peor prensa que el llanto. El dramaturgo siempre tiene mayor jerarquía que el humorista.

Alguien distinguido acá también, Serrat, suele decir: lo más importante es reírse. Tengo entendido que ahora que se enteró que me dieron a mí la misma distinción, él va a devolver la suya.

Piensa que ya se lo dan a cualquiera.

Pero yo tengo un agradecimiento tan grande por todos aquellos que me han hecho reír y que me hacen reír, que creo que merecen… y esto no es ninguna aspiración ni una petición, pero es muy lindo reírse y es muy sano reírse.

Incluso se dice que hay terapias… Pero bueno, hay terapia de todo ahora: están las aroma terapia, el color terapia, el sonido terapia, y dicen que incluso con los animales… Parece que uno acaricia un carpincho y se le va el dolor de cabeza…Y ese tipo de cosas.

Pero la risa indudablemente a uno le cambia el estado de ánimo, lo pone feliz.

Aunque obviamente el humor que nosotros hacemos no modifique lo dificultoso y lo complicado de las noticias.

Por todo esto que les he relatado, no me queda más que agradecerles enormemente una vez más, una vez más a la ciudad de Córdoba.

Y ya que hablamos de cultura popular, me retiro parafraseando aquello de ese grande que fue Atahualpa Yupanqui, y que decía: “Yo me voy con mi destino pal láo donde el sol se pierde. Tal vez alguno se acuerde que aquí cantó un rosarino”.

Roberto “El Negro” Fontanarrosa.

(Nota al pie: En esos días organicé la visita del Negro y la entrega del Honoris Causa. Por distintos motivos, Caloi no pudo llegar a Córdoba para leer su discurso de homenaje al colega y amigo. Faltaban pocas horas para el acto en la Ciudad Universitaria y Emanuel Rodríguez me dijo que sí, apenas le mencioné el desafío de poner en palabras su admiración por el maestro. Recuerdo que esa noche, cuando nos tomábamos unos vinos, el Negro me reprochó entre bromas, “¡Pero qué me hiciste, Martita! Este pendejo hasta estuvo mejor que yo!”. Va el texto de Emanuel).

Hinchada hay una sola

Por Emanuel Rodríguez

¡Todos con el culo en la pared! Llegó la barra.

Llegó la barra del Negro Fontanarrosa. La hinchada que lo sigue a todas partes, la que espera que un día de estos se construya por fin una tribuna alrededor del escritorio de Roberto –porque la barra le dice Negro, o le dice Roberto, como si el Negro Roberto nos conociera a cada uno de nosotros y nos tuviera entre sus amigos más cercanos, como si fuéramos a la distancia y cada uno a la manera que puede, uno de los comensales de su mesa de galanes-. La barra espera ese tablón para dar la muestra definitiva de afecto que la obra del Negro no requiere pero de algún modo pergeña. Los hinchas hemos leído declaraciones suyas en las que, como un jugador responsable del espectáculo, ha afirmado que para él lo importante es que sus lectores se diviertan. Y la barra quiere agradecer esos gestos. Quiere cantar que alienta al Negro desde que uno de los blancos de Villegas, a la manera de Cruz en el Martín Fierro, se enfrentó a sus propios compañeros de la milicia para pelearlos al grito de “así no se mata a un valiente”, espalda con espalda con un gaucho renegado que tras la victoria se negaría a continuar su aventura junto a su nuevo amigo porque a eso ya lo había leído en otro lado, y él quería ser original. Son treinta y pico de años. No le pidan a la hinchada que haga cuentas.

No quiero que Roberto Fontanarrosa vaya a mi casa. Es claro que no hay ninguna razón por la que el Negro pudiera de repente tocar el timbre de mi casa, ya que no sabe dónde queda y de hecho no sabe quién demonios soy. Igual no quiero que vaya porque sus libros yacen al lado de mi cama, o junto a la PC, o –húmedos, deformes- en el baño. Están desarmados y a algunos les faltan tapas y páginas de cortesía. Hay un cuento de Uno nunca sabe que se llama Una Historia de Navidad. Bien. No sé cómo termina, porque le robé el libro a un amigo y desde que llegó a casa a ese libro le faltan las páginas 181 y 182. La recopilación de todas las historietas de Boogie el aceitoso pasa tanto tiempo en mi escritorio que en su primera página tengo anotados los teléfonos de mis amigos. Si Roberto Fontanarrosa entrara a mi casa en este momento tal vez se asustaría. Los libros rectangulares de Inodoro Pereyra ya no tienen forma de libros. Como al resto de las obras del Negro que he ido acumulando como quien colecciona las entradas de los partidos inolvidables a los que ha asistido, el cruel otoño de las lecturas las ha desojado de manera tal que cada tanto, cuando necesito inspiración o cuando directamente necesito copiarle algo a Fontanarrosa, los alrededores de mi lugar de trabajo se pueblan de páginas sueltas como cuando un equipo sale a la cancha y la tribuna arroja papelitos. No quiero que Roberto venga a casa, porque él podría creer que se trata de una escena armada.

Los hinchas de Fontanarrosa nos hablamos en un código particular. Empezamos las conversaciones diciendo “escucha y aprende”, como Boogie. O decimos a cada rato “Ahí ta’ el huevo y no lo pise”. O tenemos la respuesta justa para cuando nos preguntan cómo andamos: “Mal, pero acostumbrados”. Ante el menor inconveniente nos aconsejamos: “negociemos, Inodoro”, y aunque ninguno de nosotros haya pasado más de media hora en un campo, repetimos “canejo” y “maula” incluso en ocasiones en las que ninguna de las dos palabras típicas del gaucho mayor de la argentinidad encaja en modo alguno. Nos sentamos de piernas cruzadas, con un cigarrillo en la mano y pocillo de café al frente para contarnos nuestras aventuras sabiendo que cada uno las cuenta más o menos modificadas respecto de la verdad, si es que la verdad existe. Nos hacemos los duros y repetimos que sólo hay una cosa que odiamos más que a los sucios jipis: a Greenpeace. Y cuando actuamos sin pensar no nos excusamos. Decimos que si querían alguien que piense, hubieran contratado a Marcusse. Y sabemos que Don Quijote no estaba loco: que unos extraterrestres preparaban una invasión a la tierra en naves camufladas de molinos de viento y que desistieron de sus planes cuando el caballero andante les propinó una paliza con su pértiga ante la mirada condescendiente de Sancho Panza. Lo sabemos porque lo leímos en Los Clásicos según Fontanarrosa. También sabemos que el humor es fulero cuando es una impostura. Boogie, Inodoro, Mendieta, la crueldad facial de la Eulogia y los personajes de los innumerables cuentos de Fontanarrosa nos enseñaron que el humor es una consecuencia natural de la vida. La literatura humorística suele pecar de forzar el chiste, de llevar la construcción de la escena hacia una caricatura exigida que en general no supera la instancia de parodia. En los cuentos del Negro, en cambio, el humor es un resultado inevitable: una conversación entre hombres que discuten formaciones de equipos de fútbol de décadas atrás, entre hombres que no se conocen demasiado y que apenas si han compartido largas listas de nombres de pila, apodos, apellidos y puestos en la cancha, no puede no culminar en una situación graciosa. Y sin dejar de ser sublime. Porque los hinchas de Fontanarrosa hemos escuchado por ahí que se dice que cuando el Negro hace estas cosas une lo profano y lo sublime. Los hinchas sabemos, por experiencia de más de dos decenas de libros, que no hay nada más sublime que pasarla bien mientras uno lee.

No conozco Rosario. He estado en esa ciudad sólo una vez, cuando mi viejo me llevó a ver Rosario Central vs Talleres. Fue el 10 de octubre de 1986. Lo recuerdo porque en el viaje de ida papá sacaba conclusiones: “Central está peleando el descenso, viene de perder con Racing… es un partido absolutamente ganable”. Talleres perdió 4 a 1, claro, y unos meses después Rosario Central salió campeón. Mi padre prometió no volver a pisar tierras rosarinas. Yo no quería dejarlo solo e hice la misma promesa. En el viaje de vuelta incluso prometimos que no nos enamoraríamos de rosarina alguna, que no escucharíamos más a Juan Carlos Baglietto y que no viajaríamos a Buenos Aires sólo para no tener que pasar por Rosario. Mi viejo decretó además que desde ese momento quedaba prohibido el rezo del rosario en las inmediaciones de la casa, una medida sin significado alguno en casa de ateos, pero que suponía toda una toma de posición. Creo que somos 5 hermanos porque mi viejo decidió poblar Córdoba de manera que en el Censo esta ciudad salga segunda y destrone a la del monumento a la Bandera. Pasados los años y con las figuras de Bauza, Escudero y Palma en el recuerdo, asumir mi fanatismo por Fontanarrosa frente a mi padre fue como tener que ir a decirle “Padre, soy homosexual”. Nos habíamos separado unos años, así que yo no sabía cómo le iba a caer el hecho de que el estante principal de mi biblioteca esté ocupado por los libros ajados del Negro. Sin embargo, como buen hincha que promete cosas, al viejo ya se le había olvidado el juramento: se había ido a vivir con una rosarina y lo primero que me dijo al entrar fue “¿Viste cómo juega Juan Antonio Pizzi?”, por entonces fino delantero de la escuadra auriazul. Por supuesto: él también es fanático del Negro, y me pidió que le prestara 20 años con Inodoro Pereyra. Nos miramos a los ojos celebrando el reencuentro. Lagrimeamos como hombres sensibles. Me abrazó y quedé a la altura de su oído. Le dije, tiernamente: “No te lo presto ni mierda”.

Los hinchas, que te admiramos, te saludamos, Negro. Te decimos gracias por todas las emociones que nos hiciste pasar. Gracias por esa vez que Mendieta se enamoró de una perra de raza y se negó a recibir dinero para servirla. Gracias por los loros apátridas y por la nena que baila y se desvanece como un poema en Ultra. Gracias por Boogie en la Guerra del Golfo, y por el cuento que explica que la fábula de la liebre y la tortuga tiene un trasfondo de verdad. O por ese en el que parece que el pibe va a debutar sexualmente pero en realidad le confiesan que los reyes magos no existen. O por ese en el que dos extraterrestres se sientan en una mesa de un bar de la ruta junto a unos tipos que les convidan vino blanco y les preguntan qué crema usan para la cara. Y la lista sigue: que construyan una tribuna alrededor de tu escritorio y seguimos allá. Te queremos contar que ya no sabemos si tus cuentos se parecen a nuestras vidas o si nuestras vidas se parecen a tus cuentos. Que crecimos dibujando a Martín Fierro a imagen y semejanza de Inodoro Pereyra y que todos hemos tenido un perro al que llamamos Mendieta. Que los bares de la noche parecen salidos de tus libros y que nos paramos a ver cualquier partido de fútbol que se juegue en una plaza porque nos enseñaste que ahí está la papa y que en esa pelota se juega algo inexplicable, como una música.

Eso pedimos. Que construyan una tribuna alrededor de tu escritorio.

Mientras tanto: ¿Sabrás, Negro, que cuando dejes esta ciudad una grey de fieles lectores, una turba de fanáticos que nos hemos tatuado a tus personajes en la piel, estará cantándote por lo bajo aquello de “¡No te vayas campeóoooon…  quiero verte otra veeeeez!”?

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Megajuicio La Perla

La niña y la muñeca de trapo

Por Gustavo Vaca Narvaja (*)

La jauría de bestias goza. La mujer sufre

La niña solloza sin voz

 

Era una visión horizontal ¡Sí!….No tenía otra. Yo estaba horizontal, sobre la colchoneta; ya me habían torturado y vejado. Allí vivía las 24 horas del día, y meses y meses. Mis ojos vendados dejaban ver por el ángulo de mi nariz, dos muros en ángulo recto a unos dos metros manchados de sangre. Muros desnudos, sucios, heridos de bala. Decenas de huecos desprolijos y escabrosos. En ese ángulo, la intermitencia de la luz roja señala que la picana: está viva. Todos los días nos despierta la picana. Su vida es tormento para nosotros: ella vive y nosotros agonizamos. Existe para torturar compañeros, es operada por hombres que gozan el dolor. Se excitan, los tormentos los alimentan; entre los gritos de sufrimiento, sus risas estremecen. Los muros siempre están desnudos y manchados; siempre desnudos, y con sangre. Sin voz.

Pero esa tarde, estupefacta, miro el ángulo rutinario de los dos muros: había un huésped nuevo. Una niña de seis o siete años sentada sola. Muy sola. Con sus manitas trémulas, y una muñeca de trapo que acaricia en un sollozo mudo. Es una garganta sin voz. Ella y la muñeca de trapo son partícipes de esa locura oscura y tenebrosa porque al fondo; casi a su lado tabique de por medio entre el centelleo de las luces rojas de la picana, una voz de mujer grita desgarrada. Es un aullido inhumano. Febril. Intenso. Angustiante. ¡Es su madre! ¡Es su voz! ¡Su llanto!

La jauría de bestias goza. La mujer sufre

La niña solloza sin voz

El ambiente purgado de perfume viciado de hacinamiento de decenas de secuestradas  postradas está invadido por humo de carne quemada. Un huracán desconcertante invade a esa niña estremecida, le aturde la inocencia y sus ropas húmedas. Sus esfínteres no responden a su voluntad. El grito de su madre le invade el alma y el cuerpo. Niña y muñeca de trapo unidas en el dolor acompañan los tormentos masivos de la madre

La jauría de bestias goza. La mujer sufre

La niña solloza sin voz

Sus ojitos miran la muñeca de trapo. La muñeca de trapo, mira a la niña Las bestias miran a la mujer destruida. Los bramidos hacen vibrar los muros Los muros desnudos manchados de sangre y esa niña de manitos estremecidas, acaricia su muñeca. Mendiga cariño rendida sin protesta, pensando que así arrulla a su madre. Ambas están ahora abrazadas en el silencio final. Juntas, tomadas de la mano y con la muñeca preferida, atraviesan las tres el muro manchado de sangre y sonríen libres.

La jauría de bestias goza. La mujer sufre

La niña solloza sin voz

(*) Gustavo Vaca Narvaja es médico y escritor. El texto surgió del testimonio de la ex secuestrada y sobreviviente del campo de exterminio de La Perla, María del Carmen Robles. Abril 2013)

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Megacausa La Perla

Testigo

 

Por Miguel Hernández (*)

Este silencio,

Este tizón de memoria que recorre el piso

Y se va incrustando en cada palabra

De cada pregunta, en cada recuerdo

De lo dicho y lo redicho y vuelto a decir,

Esta innombrable memoria que los nombra

A todos y a cada uno, uno por uno,

Y va buscando el trayecto final de la justicia,

El nombre del espanto, el grito atrás,

El último llanto y que ya no quede nada;

Que la cuenta vuelva a cero

Y los psicópatas se hayan volado

A la luna, a marte o a cualquier galaxia

Y que esto no haya ocurrido nunca

Ni vuelva a ocurrir ni aquí ni en otra parte

De todas las partes que nos unen

La voz con los ojos y el llanto,

La luz al final del corredor y el espanto

El ruido del camión y los que nos faltan

En cada mano, en cada pie, en cada dedo

Encargado de contar desde el uno o el cero

hasta treinta mil, o hasta los cuatrocientos mil

de todo el continente que nos arrancaron

centímetro a centímetro, minuto a minuto,

vida tras vida, lágrima por lágrima.

Este silencio digo, será la estocada inmortal

que recordarán por siempre los asesinos;

hasta que ya no vuelvan a repetirse.

(*) Miguel Hernández es poeta y vive en el Valle de Punilla, Córdoba.

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Jueves 7 de junio de 2007, La Nación.

                                                                   

 Fuimos periodistas

Por Jorge Fernández Díaz

Emilio Petcoff era, a un mismo tiempo, periodista y erudito. En una profesión donde todos somos expertos en generalidades y formamos un vasto océano de diez centímetros de profundidad, Emilio resultaba exótico y admirable. No se lo recuerda mucho, pero fue uno de los grandes periodistas argentinos de todos los tiempos. Ya de vuelta de casi todo, escribió en Clarín crónicas policiales del día. Salía por las tardes, merodeaba comisarías, gangsters, buchones y prostitutas, y luego tecleaba en su Olivetti historias oscuras que destellaban genio. Una de esas crónicas perdidas (cito de memoria) comenzaba más o menos así: “Juan Gómez vino a romper ayer el viejo axioma según el cual un hombre no puede estar en dos lugares al mismo tiempo. Su cabeza apareció en la vereda y su cuerpo en la vereda de enfrente”.

Petcoff parecía haber leído toda la biblioteca universal y hablaba diversos idiomas, pero prefería el estaño a la academia y largas veladas de whisky y citas filosóficas en cafetines de cuarta a cualquier fiesta de vanidades en la sede de una empresa anunciante o en un cóctel de canapés de la Cancillería. Lo conocí en su casa de Barracas, y mientras nos comíamos una milanesa acompañada con vino y soda me dio varias lecciones de literatura y de supervivencia. Me contó, en aquel entonces, que él había trabajado con el mejor cronista argentino del siglo XX: un hombre paradójicamente ignoto y analfabeto que conseguía cualquier información por más difícil que fuera. Petcoff hacía del periodismo un arte mayor, y no se preocupaba ni por la inmortalidad de su nombre ni por la suma de su cuenta bancaria. Era un bohemio lúcido y necesario, y la redacción del diario donde trabajaba tuvo que hacer una colecta para comprarle un sobretodo nuevo, porque el anterior tenía quince años de vida y se había convertido en una colección de andrajos. “Para qué tanta historia antigua”, diría Emilio si me escuchara: murió el 7 de mayo de 1994. Esta historia antigua viene a cuento en este nuevo Día del Periodista para recordar lo que alguna vez fuimos.

Petcoff era uno de los últimos representantes de una generación de periodistas inolvidables que no pretendían hacerse ricos y que ni siquiera soñaban con la firma ni con la fama. Sólo querían parar la olla y hacer con arte este oficio maldito. Codiciaban, a lo sumo, ligar algún viaje de trabajo de vez en cuando y, por supuesto, escribir aquella novela que no escribirían nunca. Nada sabían del marketing ni del gerenciamiento, nunca firmaron un autógrafo ni ambicionaban una casa con pileta de natación. No conocían ni de vista a los anunciantes y, a veces, caían en el pecado de la fantasía. No eran perfectos, no todo tiempo pasado fue mejor. Pero aquellos periodistas eran escritores, tenían agallas y talento, y la humildad de los que saben que no saben. Es paradójico: ellos sabían mucho más que nosotros, pero no pretendían opinar de todo, como hacemos con irregular suerte. Aquellos muchachos de antes, que leían todo, tenían la opinión prohibida, por pudor y por prudencia. Algunos muchachos de ahora, que saben perfecto inglés pero tienen problemas con el castellano básico, son “todólogos” entusiastas, próceres mediáticos, salvadores de la patria, ricos y famosos, y predicadores de cualquier cosa. Es decir, predicadores de la nada.

Aquellos empecinados orfebres de la pluma tenían mucha calle y eran nómades por vocación. La joven guardia, en cambio, no es nómade sino sedentaria. No va a buscar la información, la espera para adornarla.

La preocupación consistía en haber leído a Sartre y a Camus. Hoy pasa por tener un programa de radio o aparecer en el cable para levantar publicidad. Antes se buscaban informantes y papeles ocultos. Hoy se busca “temática y target “. Antes se mataba por un dato, hoy se mata por un aviso.

Aquellos parecían heridos existenciales, mezcla lunática de artistas irresponsables y servidores públicos, y, como muchos poetas trasnochados, derivaban melancólicamente hacia el alcohol. Estos son vulnerables al elogio y proclives al lobby , juegan al golf, viven en countries y aparecen tostaditos y pasteurizados en las vidrieras de las celebridades.

Viene ahora la advertencia de rigor: esta profesión tenía antes y tiene ahora la misma cantidad de canallas y de mediocres. Muchos periodistas de aquel entonces resultaron mitómanos incurables, y muchos periodistas de ahora se preocupan por ser nobles y rigurosos, y por cuidar el sustantivo y el verbo, a pesar del enorme vacío de la época. Pero haciendo estas salvedades, cuánta modestia y cuánto conocimiento, y cuánta autocrítica debemos cruzar todavía. Y qué cruel hacerlo bajo este imperio del maltrato, cuando los políticos compran medios para manipular periodistas, funcionarios manejan la publicidad oficial para amordazar a los críticos y hasta el presidente de la Nación nos sacude bofetadas públicas desde los atriles.

Pero lo cortés no quita lo valiente. El periodismo es necesario para la democracia, y el periodista debe ser defendido, pero también debe revisar permanentemente sus pecados con el simple propósito de enmendarse, de aprender y de no volver a cometerlos. Asumiendo que quizás, al final de todo, el peor de los pecados no sea, como decía Borges, la desdicha, sino la mediocridad.

El viernes 13 de abril un periodista de mi generación y de mi diario, un hombre culto y modesto, un veterano cronista de cien batallas que nunca buscó la notoriedad, bruscamente la obtuvo por el simple método de darse un chapuzón. Mariano Wullich apareció ese día en una foto de tapa del diario LA NACION: por curiosidad personal y no por otra cosa se había embarcado en el Irízar, y después de haberse duchado, en la noche del martes 10, encontró humo en su camarote. Poco más tarde tenía puesto un chaleco salvavidas y estaba en cubierta, preparado para abandonar el rompehielos, que se incendiaba en medio del océano. Wullich bajó por una escalerilla y saltó para abordar la balsa, pero de pronto una ola se la arrebató y cayó al mar. Fue un instante helado e interminable: Mariano estaba varios metros bajo el agua fría, en mitad de la oscuridad y de los tiburones, a 140 millas náuticas de la costa y junto a un barco que amenazaba con explotar. El salvavidas primero, y dos suboficiales después, le salvaron el pellejo. Pero estuvo seis horas mojado, con la angustia del náufrago, el terror del resucitado y los pensamientos más lúgubres hasta que un pesquero rescató a su grupo.

La travesía a casa fue lenta y penosa, y cuando tocó Ezeiza, nuestro gran jefe de noticias, le pidió que escribiera urgente la crónica en primera persona. Mariano llegó a su departamento, lloró un rato, se bañó, se tomó un whisky, se vistió rápido y sin más trámite se vino a la redacción. Aquí estaba de repente, en saco y corbata, escribiendo su columna con el mismo profesionalismo de siempre. Al verlo tuve un escalofrío. Me acerqué a abrazarlo: le temblaban el pulso y la voz. Tenía todavía un susto de muerte, estaba agotado física y mentalmente, podría haberle pasado la información a cualquiera desde su cama, pero aquí estaba de repente, cumpliendo su viejo oficio con arte y valentía, con su camisa celeste y su corbata anudada, con la dignidad de aquellos periodistas que fuimos. El fantasma de Emilio Petcoff le dictaba los adjetivos y los párrafos brillantes. Era tan importante en ese momento: Mariano estaba salvándonos a todos. Nos estaba salvando del vacío.

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Soja transgénica y Agroquímicos

El cóctel de la muerte

Por Irina Morán

Ubicado al sureste de la ciudad de Córdoba, en Argentina, desde hace más de 6 años el barrio Ituzaingó Anexo se ha convertido en uno de los escenarios emblemáticos sobre los impactos irreversibles que provoca en la salud humana la contaminación con agroquímicos, utilizados en las fumigaciones de cultivos con soja transgénica.

De casas bajas y gente humilde, la geografía de este barrio cordobés se compone de unas

1200 viviendas. Su población no supera los 6300 habitantes. Situado en los bordes de la periferia urbana, por tres de sus lados está rodeado con campos sembrados de soja RR, más conocida como “soja transgénica”. Sus vecinos, desde hace más veinte años, vienen siendo testigos directos del surgimiento, desarrollo y “boom sojero” que se vive en el país.

Hoy, Ituzaingó Anexo es apenas un botón de muestra de los trastornos letales que conlleva el fenómeno conocido mundialmente como “sojización”. Modelo que se extiende como metástasis a lo largo de unas 16 millones de hectáreas argentinas, lo que significa más del 50% de nuestra superficie agrícola cultivable.

En la actualidad, el barrio está reconocido por la Organización Panamericana de la Salud

(OPS) como un “sitio contaminado”. Calificación que se logró gracias al trabajo de denuncias permanentes, llevado a cabo por los propios vecinos del lugar, contra el uso de herbicidas en las fumigaciones de los campos sojeros colindantes.

La historia se remonta hacia finales del 2001. Durante aquellos meses, un grupo de madres del barrio, alarmadas por varios casos simultáneos de leucemia, el estado de contaminación del agua y la presencia de viejos transformadores y líneas de alta tensión que poseían PCB (1), acompañadas por estudiantes de Biología, Agronomía y militantes ambientalistas, realizaron un relevamiento de enfermos casa por casa. A través de este mapeo, detectaron cerca de 140 casos de cáncer, leucemia, lupus púrpura y enfermedades autoinmunes, mayoritariamente en niños y mujeres.

Una vez concluido el informe y tras batallar sin respuestas efectivas por parte de los organismos locales pertinentes, el trabajo fue presentado más tarde como elemento de denuncia en las Secretarías de Derechos Humanos y Medio Ambiente, y en el Ministerio de

Salud de la Nación. De manera paralela, se sumaron acciones de protestas, algunas de las cuales derivaron en cortes de rutas y denuncias en la prensa, con la finalidad de exigir en las esferas municipales y provinciales, estudios rigurosos de sedimentos en tanques de agua y de contaminación ambiental. En forma simultánea, las Madres denunciaban que los aviones fumigaban los campos de soja, volando por encima de las viviendas del barrio sin cerrar los picos aspersores. Se fumigaba por igual a las casas de familia, incluyendo a los niños que jugaban al aire libre.

A finales del 2002, los primeros análisis de agua, suelo y tanques, llegaron de la mano de especialistas de la Universidad Nacional de Córdoba. Los resultados arrojados a comienzos del 2003 fueron alarmantes. Se detectó la presencia de agroquímicos como: Malation, Clopirifos, Alfa-Endosulfán, Cis-Cloedano, Isómero de DDT, Beta-Endosulfan y Hexaclorobenceno, entre otros. Los análisis de las muestras de agua en los distintos hogares, detectaron también la presencia de Endosulfán y Heptacloro, así como metales pesados como plomo, cromo, y arsénico. Se comprobó, además, la presencia en los transformadores de los contaminantes de PVC, señalando, así mismo, que el barrio había sido construido sobre un antiguo basural de productos industriales de empresas automotrices y militares de Córdoba, por lo que el nivel de contaminación del suelo con metales pesados y tóxicos era elevadísimo. La Empresa Provincial de Energía de Córdoba (Epec), finalmente debió retirar los transformadores chorreante con PCB.

(1) El PCB es un refrigerante y aislante empleado en equipos eléctricos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) lo considera uno de los contaminantes prioritarios que puede afectar la salud de la población, junto con los metales pesados y los residuos de plaguicidas. Es por esto que en Europa y Estados Unidos están prohibidos desde 1976. En mayo del 2001 se prohibió en Argentina su producción y comercialización.

Daños irreparables

Del conjunto de estas aproximaciones, a lo largo de los últimos seis años se ha podido constatar que los vecinos de Ituzaingó Anexo han sufrido padecimientos tales como lupus púrpura, anemia hemolítica, artritis reumatoide, alergias respiratorias y de piel, enfermedades neurológicas y endocrinas, casos de leucemias, depresiones severas, abortos espontáneos y malformaciones en niños y fetos de embarazadas. Más otros innumerables trastornos en la salud que pueden estar relacionados, directamente, o indirectamente, con los herbicidas a base de glifosato. (Ver recuadro: Casos de enfermedades en Barrio Ituzaingó)

En el año 2006, la Dirección de Ambiente de la Municipalidad de Córdoba realizó un estudio sobre 30 niños del barrio Ituzaingó Anexo. Su resultado también fue gravísimo: 23 niños registraron en su sangre Alfa hexaclorociclohexano, un pesticida cuyo uso y comercialización están prohibidos en distintas partes del mundo. Frente a este cuadro, y con semejante cóctel de contaminantes, el barrio terminó siendo declarado en “estado de emergencia sanitaria”.

En relación a los herbicidas y gracias al trabajo sostenido de denuncias y reclamos, los vecinos del barrio lograron que la Municipalidad de Córdoba dictara las ordenanzas 10590 y 10764 que sientan precedentes en esta problemática y que, de no cumplirse, posibilitan iniciar acciones legales. Las mismas establecen una distancia mínima -entre los límites del barrio y los campos cultivados con soja-, de 2500 metros aéreos libres, y 500 metros llanos, para poder fumigar.

Sin embargo, haciendo caso omiso de estas normativas y existiendo actualmente algunas querellas judiciales, los productores de los campos colindantes hasta el día de la fecha continúan sembrando soja y fumigando a menos de las distancias establecidas.

Pese a haber sufrido intimidaciones policiales, amenazas anónimas y motes de descrédito por distintos sectores de la sociedad, a lo largo de estos años las Madres del barrio Ituzaingó Anexo nunca cesaron su lucha ni bajaron los brazos.

Uno de sus últimos logros, fue la difusión de un documento público emitido en noviembre de este año por la Municipalidad de Córdoba, donde la misma se compromete a elaborar un nuevo diagnóstico de salud colectiva, un estudio de vigilancia sanitaria; más otros informes que permitan determinar el nivel de riesgo ambiental del barrio Ituzaingó Anexo.

En el documento, se acepta además que las fumigaciones “siguen siendo un elemento de agresión ambiental que no se ha podido erradicar”. Y, finalmente, sólo se sugiere suspender la fumigación y siembra de soja, maíz y sorgo, hasta volver a obtener información actualizada, tanto del medioambiente como del estado de salud de los vecinos que habitan esta zona.

El modelo de “oro verde”

Las políticas neoliberales implementadas en Argentina durante la década del ´90, profundizaron un proceso de cambios en la estructura social y productiva del sector agropecuario de la pampa húmeda, integrada por Córdoba, Buenos Aires, La Pampa y Santa Fe. A ése proceso se sumaron también las provincias de Entre Ríos, Misiones, Chaco, Salta Formosa y Santiago del Estero, que terminaron incorporando en sus territorios el cultivo de la soja transgénica.

Según los últimos informes difundidos por Secretaría de Agricultura de la Nación, la superficie de cultivos de soja en Argentina alcanzaría la cifra que oscila entre los 17,8 y 18,2 millones de hectáreas. Esta cifra representa más del 50 por ciento de la superficie agrícola cultivable en el país.  Su rendimiento supera las 50 millones de toneladas. Con semejante producción extraordinaria, que moviliza la fabulosa cifra de unos 25000 millones de dólares por temporada, Argentina se ubica como el tercer país exportador mundial de soja transgénica, siguiéndole los pasos a Estados Unidos y Brasil.

Estas políticas generaron un escenario de concentración económica en el campo argentino, tendiente al monocultivo de la soja transgénica, que se caracterizó por un fuerte aumento de escala productiva mediante el uso de tecnología de punta, en procura de una mayor rentabilidad y en detrimento de sistemas productivos tradicionales, y una preocupante y cada vez mayor deforestación. Situación que produjo una grave exclusión social de los sectores agropecuarios más vulnerables, dedicados a otro tipo de cultivos regionales.

Según los especialistas Eduardo Azcuy Ameghuino y Jorge Rulli, “el modelo de sojización trae consigo la implementación de un paquete biotecnológico que incluye la semilla transgénica RR (Roundup Ready), plaguicidas (Glifosato), y la técnica de siembra directa, en la que no se ara ni se remueve la tierra”. Fórmula que garantiza avanzar sobre grandes superficies de terreno, aplicando el monocultivo y el requerimiento de una mínima mano de obra.

Con este modelo, según explica y documenta la bióloga y ecologista, Javiera Rulli, miembro del Grupo de Reflexión Rural, la soja deja de ser una materia prima agrícola para pasar a ser un commodity; es decir: un producto semielaborado necesario para ser utilizado en procesos industriales más complejos, como la proteína, el aceite y la lecitina. Por lo tanto, es un eslabón más de la cadena productiva de las grandes compañías que comercializan semillas transgénicas y agroquímicos para la venta, exportación e industrialización a gran escala. En ese sentido, sobresalen los nombres de Cargill y Monsanto.

Este sistema es calificado por algunos especialistas como “agronegocios”, donde intervienen grandes compañías internacionales, carteles de exportación cerealera, capitales financieros nacionales e internacionales y grandes productores agrícolas.

La soja y su agente naranja: el glifosato.

Pero la “sojización” no sólo trae aparejada la exclusión social y el deterioro de las condiciones de vida de sectores vulnerables. El uso indiscriminado de herbicidas, y las constantes fumigaciones a la que son sometidos los cultivos, repercuten directamente en la vegetación, en los suelos, en el agua, en animales y en la salud humana. Estos serios trastornos, además de incidir de manera directa en poblaciones rurales, perjudican también a aquellas personas que viven en zonas periurbanas: es decir, en residencias que colindan con los campos sojeros que rodean la ciudad, tal como se evidencia en el barrio Ituzaingo Anexo de Córdoba.

El uso de la soja transgénica RR (Roundup Ready) fue patentada por la corporación Monsanto.

Su principal característica es la de tolerar las fumigaciones con herbicidas a base de Glifosato.

La soja RR y el Glifosato son monopolizados por esta corporación. Esto le permite dominar el gran mercado Latinoamericano, proceso que ha sido acompañado por la desregulación de los Estados e, incluso, muchas veces, con la connivencia de los mismos.

El Glifosato, N-(fosfonometil) glicina, es un herbicida de gran espectro usado para eliminar malezas. La marca comercial más conocida es el Round Up, de acción sistémica, no selectivo, elaborado por la misma compañía Monsanto en la década del ´70. El Round Up desplazó a otros tipos de herbicidas y se convirtió en el producto de mayor venta en el planeta. Si bien se le presenta como inocuo, existen investigaciones, como las de Miguel A. Altieri, del Departamento de Ciencias Ambientales de la Universidad de California, y Walter Pengue, del Grupo de Ecología del Paisaje y Medio Ambiente, de la Facultad de Arquitectura de la UBA, que alertan sobre los efectos perjudiciales sobre la fertilidad de los suelos que ocasionan este paquete de agroquímicos, al obstaculizar el funcionamiento de bacterias indispensables para la recomposición de los mismos suelos.

Los perjuicios del uso del Glifosato sobre la salud se encuentran especificados en un estudio de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA), que lo clasifican como altamente tóxico, de Clase II, cuyas sintomatologías son: irritación en los ojos; serios peligros por vía dérmica o inhalación; fuertes alergias; efectos gástricos que pueden derivar en cáncer.

El sistema de rociado del agroquímico se realiza a través de avionetas que se desplazan sobre las grandes extensiones de cultivos de soja. Se genera una nube tóxica que, al bajar, penetra en cultivos tradicionales, en el agua, los suelos y en los hogares. Según explica el antropólogo argentino Sergio Omar Sapkus, “la soja transgénica produce lo que se denomina la “soja guacha”, que no es más que plantas que crecen de las semillas que quedan en el campo después de la cosecha, las cuales son resistentes al Glifosato. Situación que llevó a añadir a este agroquímico otros productos capaces de eliminar estos brotes perniciosos. De allí que en los campos sojeros rociados con una combinación de estas sustancias, se detecte el uso de 2- 4-D, poderoso herbicida de acción hormonal, prohibido en varios países del mundo”. (Ver recuadro: Antecedentes históricos del agente naranja).

No son pocos los informes referidos a casos de toxicidad en los seres humanos producidos por el contacto directo con estos herbicidas pero, por distintos intereses, no alcanzan la difusión necesaria en los medios masivos de prensa. Como señala la demógrafa Mari Álvarez, existen numerosos estudios de médicos de las provincias de Santa Fe y Entre Ríos que dan cuenta de los efectos de toxicidad en años posteriores al ’95, relacionados con la expansión de la soja transgénica y el cóctel tóxico que la acompaña: el Glifosato; el 2-4-D; el Endosulfán, así como el Gramoxone, otro químico de alta toxicidad al contacto con la piel, utilizado también para eliminar la “soja guacha”.

Paquete “Non Sanctus”

A partir de la década del ´90 el modelo de sojización se extendió a lo largo y ancho de la pampa húmeda argentina. No existieron controles rigurosos por parte de los Estados ni la difusión masiva de investigaciones científicas, que pudieran alertar a la sociedad toda sobre los serios impactos ambientales y sus consecuencias irreversibles en la salud humana, que el llamado modelo de “oro verde” traería aparejado al futuro.

Después del denominado “conflicto del campo vs. gobierno nacional” – producido a comienzos del 2008 – más el trabajo de denuncia permanente que vienen realizando distintas organizaciones sociales, debido a los graves casos de enfermedad que se están verificando en Córdoba, Santiago del Estero, Misiones, Entre Ríos, Santa Fe y países vecinos como Paraguay y Brasil, se hace cada vez más difícil desestimar los innumerables estudios que alertan sobre los perjuicios que conlleva la producción de la soja transgénica, ya no sólo en Argentina, sino también en el mundo.

El ingeniero agrónomo Alberto J. Lapolla, en sus recientes informes, apunta que “en la campaña 2005-2006 se utilizaron en Argentina -según cifras estimadas oficiales- algo más de 200 millones de litros de Glifosato; entre 20 y 25 millones de litros de 2-4-D; unos 6 millones de litros de Endosulfán y otros 6 millones de litros de Atrazina”. Durante el 2008 se calcula que estos volúmenes fueron aún mayores, “debido a que la superficie sembrada con soja RR creció casi un 17% más que la temporada pasada, a lo que habría que añadir el resto de cultivos que utilizan el sistema de siembra directa”.

Tal como lo expresa Lapolla y diversas organizaciones que se oponen a este modelo de monocultivo impuesto por las grandes corporaciones, ya no se trata de analizar el surgimiento de enfermedades nocivas producidas por estos agroquímicos de manera individual o de casos aislados. Sino más bien de documentar y relacionar el conjunto de estos casos, investigando las consecuencias irreparables que produce este modelo sojero, que trae incorporado un paquete productivo y biotecnológico, donde el uso nocivo de agroquímicos es un eslabón esencial de dicha fórmula.

¡Paren de sembrar soja!

Vita Vargas vive en la calle Felipe Lenard, al 7800, en Barrio Ituzaingó Anexo. Si uno se asoma a la puerta de su hogar, y mira hacia la izquierda, comprobará cuan cerca puede estar la muerte. A menos de media cuadra termina la calle y comienza el campo. A poco menos de 200 metros, se pueden observar los verdes sembradíos de soja, otorgándole al paisaje una ilusoria belleza de vida.

Con 54 años de edad, esta mujer, a pesar de su tragedia personal, no ha perdido la sonrisa. Es una activa militante del grupo de Madres de Ituazingó Anexo. Su marido falleció hace apenas dos años atrás, víctima de una depresión que lo llevó al suicidio. Una de sus nietas nació con una malformación congénita, por la que hubo que extirparle un riñón para salvarle la vida.

“Nada de esto es casual”, confiesa Vita, mientras ceba mate, custodiada por la imagen de un Cristo crucificado que la observa desde la pared. Durante las tres horas de conversación, Vita relata la historia de las desventuras de su barrio. Y de los obstinados reclamos y las luchas que tuvieron que llevar adelante para lograr que los gobiernos municipales y provinciales tomaran alguna dimensión de esta tragedia que ella no duda en calificar de “genocidio”. Para Vita, “no se trata sólo de un problema del barrio Ituzaingó Anexo, sino de toda la Argentina”. Cuando se le pregunta si avizora una posible solución es contundente en su respuesta: “Muchas organizaciones hoy reclaman que paren de fumigar. Para mí, la solución de raíz es que dejen de sembrar soja transgénica”.

Redacción periodística: Irina Morán

Equipo de investigación: Irina Morán Tomás Barceló, Karina Fleitas.

Recuadro: Casos de enfermedades en Barrio Ituzaingó

Hasta el año 2005, el informe llevado por médicos y el grupo de Madres del barrio Ituzaingó Anexo registraba más de 200 casos de cáncer, sin contar Lupus Púrpuras, Anemias Hemolíticas, Hodgking Linfáticos, Tumores y Leucemias.

Había varios jóvenes de 22 y 23 años fallecidos. Algunos de los que tenían entre 18 a 25 años padecían tumores en la cabeza. Dentro de este grupo, los de más corta edad, sobrellevaban distintos tipo de tumores que, poco a poco, fueron ocasionando la pérdida de sus sentidos. Se registraron 13 casos de Leucemia, cuyas edades iban desde los 5 a los 60 años. Vale destacar que tres de ellos viven casa de por medio y otros tres se encuentran a un par de cuadras, entre dos transformadores y la plantación de soja que rodea el barrio.

Las estadísticas indican que cada 100 mil habitantes, normalmente se pueden producir entre dos a tres casos de Leucemia. Según el último censo de Población, Hogar y Vivienda de 2001, en el barrio Ituzaingó Anexo viven unos 6300 habitantes.

Vale destacar que también se han producido abortos espontáneos y nacimientos con malformaciones congénitas, entre los que se documentan los casos de niños con síndrome de Fryn (nacido con múltiples malformaciones); con Espina Bífida; otro con 6 dedos; niña con malformación de riñón y un caso con Osteogénesis.

Recuadro: Antecedentes históricos del agente naranja (*)

En la segunda guerra mundial una estrategia pensada por el ejército estadounidense para vencer al ejército japonés fue la destrucción de las cosechas de arroz utilizando un herbicida lo suficientemente potente. En ese marco se realizaron investigaciones que dieron como resultado el desarrollo de dos herbicidas combinados: el 2,4D y el 2, 4, 5-T, más conocido como agente naranja.

Del segundo defoliante surgió un producto derivado: el TCDD, una dioxina. Las dioxinas son subproductos no deseados de numerosos procesos de fabricación tales como la fundición, el blanqueo de la pasta de papel con cloro o, como en este caso, la fabricación de algunos herbicidas y plaguicidas. La exposición a altas concentraciones de dioxinas puede causar lesiones cutáneas, tales como acné clórico y manchas oscuras, así como alteraciones funcionales hepáticas si el tiempo de exposición es breve. Sin embargo, si la exposición es de tiempo prolongado, puede provocar alteraciones inmunitarias, del sistema nervioso en desarrollo, del sistema endocrino y de la función reproductora.

La Organización Mundial de la Salud a través de su Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer (CIIC) realizó el 1997 una evaluación de la TCDD clasificándola como «carcinógeno humano». Dentro de los subgrupos sensibles el feto es particularmente sensible a la exposición a las dioxinas. El recién nacido, cuyos órganos se encuentran en fase de desarrollo rápido, también puede ser más vulnerable a algunos efectos. Observatorio de las Empresas Transnacionales 9 Finalmente el agente naranja se probó en un atolón del Pacífico y debido a su altísima nocividad no fue utilizado. Sin embargo años mas tarde si se utilizo en la selva Vietnamita para dejar al descubierto a la resistencia que se escondía allí.

A principios de los años sesenta, Monsanto y otras seis empresas estadounidenses (Dow

Chemicals, Diamond Shamrock Corporation, Hercules Inc, Uniroyal Inc., T-H Agricultural & Nutrition Company y Thomson Chemical Corporation) producen herbicidas que contienen TCDD a pesar que las investigaciones médicas de la OMS (Organización Mundial de la Salud), la EPA (Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos) y diversos grupos de científicos independientes establecen de forma incuestionable su altísimo grado de toxicidad provocando cáncer, malformaciones congénitas en el feto y modificaciones genéticas.

A mediados de la década del ‘70 se comienza a comercializar el herbicida Roundup producido por Monsanto, el cual contiene grandes cantidades de glifosato, de todos modos pasaría a convertirse en el herbicida más vendido del mundo.

El porque de la utilización de herbicidas tan poderos y con tantos efectos secundarios sobre el ambiente y la salud humana esta directamente relacionado con el nuevo paradigma de

producción agrícola relacionado con los transgénicos.

(*) Fuente: Informe: Glifosato y transgénicos. El caso argentino y las consecuencias sobre la salud 2008. Foro de Ciudadano de Participación por la Justicia y los Derechos Humanos

(FOCO ) – Observatorio de las Empresas Transnacionales (OET).

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Sonia Torres

Todo está guardado en la memoria

Por Graciela Pedraza

“Aunque hemos sufrido mucho, siempre digo que fuimos privilegiadas, porque quién iba a pensar que mujeres simples, sin ninguna escuela para la investigación, encontraríamos 102 niños -hoy 105-, hijos de desaparecidos. Devolverles la identidad es algo sublime, más valioso que nuestra vida; un compromiso de la sangre y con la vida. Por eso no existe el miedo”.

¿Cómo es el lugar? Despojado. Ambientes de oficina, unos escritorios con sus sillas, ficheros, un apartado para preparar café o té, afiches que recuerdan que este lugar despojado en realidad no lo es, porque está lleno de nombres, de nombres en búsqueda, de búsquedas incesantes, de incesantes luchas (1).

Sonia Torres aparece con su mechón lacio, ceniciento, que ya no intenta domesticar. Ha pasado la esquina de los 80 y va por más. Está muy bien, sana y fuerte, dice. Se la ve así.

“Tuve la gloria de nacer en Villa Dolores, que por entonces era un pueblito. Mi padre tenía trece hermanos y mi madre nueve, así que en todas las manzanas había muchos primos míos. Fui una nena muy sumisa, tímida y estudiosa. Siempre la mejor alumna. Al terminar el secundario mi papá me dijo: ‘Con la mitad de lo que has estudiado vas a hacer una carrera excelente en la facultad’.

Pero yo nunca había rendido una materia, y cuando me tocó, no sabía hablar, me costaba mucho esfuerzo y sufrimiento. Tenía nervios, me olvidaba de todo, aunque me pasaba la vida en la biblioteca.

Amaba Córdoba pero estudié Farmacia en Rosario porque en aquella época las mujeres no podíamos rebelarnos. Mis padres eran muy buenos y me causaba dolor contradecirlos. Me dijeron ‘en Rosario hay un tío; te vas a la casa de tu tío’, pero los últimos años los hice en Córdoba porque me casé, y casada y con panza terminé la facultad. No me gustaba Farmacia, yo quería estudiar Arquitectura, pero mis padres me decían ‘sos muy tímida, qué vas a andar con obreros, mejor que tengas algo en tu casa’. Entonces hice lo que me dijeron. Claro que también me divertía… pero todo muy restringido. Además me casé a los 20 años, no disfruté nada. Aunque si mi abuela se casó a los 14 y mi mamá a los 16, lo mío fue todo un logro”.

Años cincuenta, período bisagra en la Argentina. Pero a Sonia la política le pasa de largo, porque ‘es lo más sucio que hay’, le ha dicho su padre, un ex diputado nacional por el conservador Partido Demócrata. En esa época ella está lidiando con la facultad, con la responsabilidad del matrimonio que le cae como pesada lluvia y luego con los niños que empiezan a llegar.

Primero un varón, Luis. La voz de Sonia tiene el sonido de un frágil cristal cuando lo nombra, y ese  cristal es una filigrana cuando dice que Luis “no está más. Yo digo que la luna se enamoró de él y lo llevó a vivir a las estrellas. Han pasado tantos años y aún no puedo nombrar el lugar donde está. Pienso: voy a llevar flores para mi hijo, pero no menciono el lugar, porque no puedo nombrar esa palabra. Ese fue otro golpe terrible, porque a la mañana estaba y a la tarde ya no.

Después nació Silvina, en el 55, como marcada para estar en la vereda del frente. Y  por último llegó Giselle. Como a mí me criaron muy sofocada -imaginate que para hablar en la mesa teníamos que levantar la mano-, a ellos les di libertad para pensar, para moverse, y la vivieron muy bien.

Me separé después de catorce años de matrimonio y como tuve cierta depresión me fui con las dos chicas a Buenos Aires, donde vivía mi hermana.

Estábamos allá cuando ocurrió Trelew y para Silvina fue un impacto muy grande; recién ahí me di cuenta de lo que pensaba y la militancia que hacía. Porque nosotras nunca teníamos charlas políticas. Me dijo que quería volver porque extrañaba su colegio y sus compañeros, con los que se comunicaba casi a diario. Me acuerdo de que ese verano rindió todas las materias, las aprobó y pudo seguir en el mismo curso”.

El rostro de Silvina sigue vivo en infinidad de afiches, de pancartas, blandiendo una sonrisa fugaz y unos ojos traviesos, infantiles. La vemos. Silvina aguda, gran lectora, campeona argentina de natación, alumna brillante de ese brillante curso ‘A’ del Manuel Belgrano al que los profes entraban con miedo por la demanda de los chicos.

“Lo que me llamaba la atención en ella era ese amor por la gente más necesitada. No militaba en las villas pero a veces yo le regalaba ropa y después le decía: ¿por qué no te ponés tal cosa? Es que no la tengo más. ¿Y por qué? Y bueno, la regalé…No le interesaban las cosas materiales, tenía un desprendimiento…lo hacía con la mayor naturalidad y yo lo tomaba de la misma manera”.

La militancia

Silvina militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores. Al terminar el secundario conoció a Daniel Orozco (también del PRT), un mendocino que cursaba tercer año de Ciencias Económicas. Se enamoraron de ellos y de los ideales.

“Silvina ingresó en esa facultad en 1975 sin interesarle  mucho la carrera. Estudiaba de noche y durante el día le ayudaba al padre, ingeniero, en su la oficina. Hubo algo que me dejó marcada, le pregunté por qué se había inscripto ahí, si a ella le interesaban otras cosas, ‘era la cola más corta’, me contestó.

Un día me contó que estaba embarazada y se iban a casar. Le pedí que no condicionara un casamiento por un embarazo, pero ella dijo ‘yo quiero a Daniel y quiero tener mi hijo’.

Se casaron en diciembre del 75 y el 26 de marzo del 76 los secuestraron de su casa de Alta Córdoba. Hasta ahí, nos veíamos casi a diario”.

A Silvina la esperaron agazapados, en patota, el mismo día del golpe. Dos días estuvieron al acecho. Ella llegó a buscar alguna ropa, o quizás confiada, quién sabe. Vieron los vecinos cómo la sacaban envuelta en una colcha, a lo bestia, porque lo eran, mientras ella gritaba de dolor o pidiendo seguramente un auxilio que nadie, por miedo, se animó a dar.

“Mi ex marido vino a casa y me dijo: secuestraron a Silvina. Eran las seis de la tarde y a las seis y media yo ya estaba en el cabildo. Fui ahí porque en el 75, cuando nos allanaron la casa, nos habían llevado a todos al D2. Después de unos quince días nos dejaron ir a nosotros, pero a Silvina la pasan al Buen Pastor y a mi hijo Luis, a la cárcel de Encausados.

Salieron sin causa, pero ya estaban marcados, porque además el director del Manuel Belgrano (2) había pasado al III Cuerpo una lista ‘de jóvenes revoltosos’. Cuando salió traía su saquito todo roto, la habían maltratado. Pero no estaba asustada, para nada. Y cuando sus compañeros le preguntaron, angustiados, ella les contestó: ‘Fue una buena experiencia, estuve con presas comunes’.

Y también recuerdo que un día yo estaba en el centro y vi un procedimiento en la calle Santa Rosa; un policía corría a un chico y lo alcanzaba y después lo agarraba de los pelos y lo arrastraba por la calle hasta subirlo a un patrullero.

Volví a casa muy impresionada y le conté a Silvina, y entonces me dijo: ‘No es nada un tirón de pelos, mamá, no te preocupés, nadie se muere de un tirón de pelos’.  Ella no le daba importancia. Pero yo sí”.

La búsqueda    

La voz de Sonia libra escaramuzas para no dar paso al dolor. Y qué mal sabe para quien llega con preguntas, como fisgón morboso…

“Yo pensaba: mi hija tiene seis meses y medio de embarazo, no la van a tocar. ¡Quién podía imaginar tamaña crueldad, todo lo terrible que fue! Por supuesto que en el D2 no admitían que estaba ahí. Y la misma respuesta recibía en todos los lugares adonde iba a buscarla… el padre… no, el padre no hizo nada porque pensamos que ellos eran más vulnerables, que a las mujeres nos respetarían más. Y así fue como muchas madres desaparecieron.

Yo me recorrí todas las cárceles del país, sola. Siempre me decían que presentara un hábeas corpus, y fue entonces cuando me di cuenta de que lo que hacía no tenía valor, porque no era lo mismo una madre sola, que veinte madres haciendo el mismo reclamo colectivo ante un tribunal.

Así comenzamos. Y empezamos a saber cuántas eran las chicas embarazadas o que ya habrían tenido sus bebés”.

Silvina no tenía preferencia alguna por el sexo de su hijo. Pero un día llegó con un compañero y le dijo a Sonia: mirá, yo dependo de él, se llama Esteban.

Y a la abuela pensó le sonó que así se llamaría su nieto. “Pero con el tiempo supe que le había puesto Daniel, como el  padre. La desaparición de Silvina… como te diría, fue algo progresivo. La secuestraron pero nosotros nunca pensamos en un genocidio o que no la veríamos más.

Asimilamos esa pérdida de a poquito, tal es así que recién en el 83, cuando Alfonsín no nos dio ninguna noticia sobre los desaparecidos, empezamos a darnos cuenta de que los habrían matado”.

Sonia empezó a ir a la Casa Cuna hacia la fecha del probable nacimiento. Miraba manitas, pies, buscando parecidos que enlazaran a la Silvina menudita.

“Conocía al administrador, lo creí un amigo, pero no lo era. Después supe que siempre me mostraba a los niños abandonados, pero no a los chicos de los desaparecidos. Con el tiempo supimos cómo funcionaba la cosa allí, en el Buen Pastor, en los centros de detención, y que ese señor administrador había llevado a su casa a un niñito.

Durante ocho años seguí a ese chico pensando que era mi nieto. Me levantaba a las seis para mirarlo en el colegio. Tenía una amiga que solía llevarlo a su casa para que lo viera, pero nunca me hacía presente para evitar que me reconociera. Hasta que descubrimos que lo habían traído de la Esma y dejado en la Casa Cuna. Era hijo de desaparecidos, pero no era mi nieto. Ese día fue bastante duro.

Pero antes de eso, mi hija Giselle trabajaba en la Casa Cuna como  voluntaria y sabía traer a casa a algunos chiquitos para pasar el fin de semana.

Un día una monja le dice: ‘No le lleves más trabajo a tu mamá, que ya tiene suficiente con el hijo de Silvina’. Giselle le dijo que no era así, pero ella le contestó, ‘vení el domingo que te voy a acompañar al Buen Pastor’. Fueron. La monja superiora saca un cuaderno y dice, ‘sí, acá estuvo Silvina Parodi con su hijo, pero vinieron los militares y se la llevaron al sur. No está más’.

¿Dónde nació?, no sabemos. Nosotras seguimos la  búsqueda pese a las negativas, al rechazo a ‘las madres de los subversivos’, como nos llamaban. Eso no nos quitaba fuerzas, al contrario. Íbamos todas las madres a todos los lugares, presionábamos y algún dato obteníamos. Así trazábamos la historia del secuestro, desaparición, tortura y muerte de nuestros hijos.

Todo era siempre una verdad a medias. Lo doloroso de la incertidumbre, ¿está viva, muerta, qué pasó con el bebé? Esa búsqueda interminable… Nos levantábamos a las cuatro de la mañana porque yo entraba a trabajar a las siete, íbamos a la UP1, hacíamos cola para entregar medicamentos, alimentos y ropita de bebés en la época en que calculábamos que nacerían. Ponían una mesa afuera, nos atendían, recibían todo y nada nos decían”.

Hacia el 77, 78 ya eran unas veintidós abuelas, luego se sumaron otras y  ahora sólo quedan tres. Dos están enfermas y sólo Sonia sigue en pie. Gracias al trabajo de estas mujeres se recuperaron varios chicos, pero  ninguno de Córdoba.

“Por eso siempre decimos que nos ayuden, que la búsqueda de los nietos no tiene que ser sólo de las abuelas, sino de todos los cordobeses. Acá el trabajo es diario y mucho, aunque por suerte tuvimos una premonición imaginamos que la búsqueda sería larga y formamos grupos de chicos muy bien seleccionados -incluso dos nietos recuperados-  para que nos ayudaran.

Tenemos equipos de investigación, de acercamiento a los chicos que podrían ser hijos de desaparecidos, también hay tres abogadas, psicólogos prestigiosos, todos trabajando ad honorem.

Ellos continuarán la búsqueda porque aún hay que ubicar a cerca de cuatrocientos chicos y a las abuelas se nos acorta el tiempo.

En los primeros tiempos venían aquí dos chicos por año para averiguar su origen; ahora vienen dos por día. No sólo hablo de presentaciones espontáneas, sino también de denuncias de la gente, telefónicas o personales. Y todo esto se incrementó a partir del gobierno de los Kirchner, porque ellos se comprometieron y el compromiso lo transformaron en realidad.

A partir de ahí, la sociedad, los vecinos, fueron perdiendo el miedo, y los chicos también. Entonces vienen y nos cuentan su historia. Muchos no son hijos de desaparecidos, pero lo mismo les ayudamos y les ofrecemos apoyo psicológico.

Alguien entra: ‘Sonia, hay un pibe que quiere hablar sólo con vos’. ¿Ves?, dice ella, así comienza otra búsqueda.

“La punta puede ser un teléfono que suena, un dato pasado debajo de la puerta, una carta… a partir de eso se ubica la partida de nacimiento y empiezan las averiguaciones, las charlas con los vecinos. Muy, muy discretamente, porque siempre hemos sujetado nuestras ansias de encontrarlos para privilegiar la salud de los que podrían ser nuestros nietos. Para que no sufran, ¡ya sufrieron tanto cuando fueron arrancados de los brazos de sus madres! Pero es posible encontrarlos, sólo se necesita tener mucha paciencia, coraje y dedicación.

Nuestros hijos lucharon para dejar a sus propios hijos un país mejor. Fueron muy generosos. Si estuvieran vivos, ¡qué lindas familias tendríamos!, ¿no?”.

Entrevista publicada en la Revista Umbrales, edición papel, diciembre de 2010, y en PrensaRed.

Notas

(1) Abuelas de Plaza de Mayo – Córdoba – Duarte Quirós 545 – 3º “C”

(2) Se refiere a Tránsito Rigatuso.

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Perfil: María Rosa Grotti

María Rosa Grotti. Foto: Fino Pizarro.

 

Yo tomo Bidú, ¿y qué?

Por Guillermo Borioli

María Rosa Grotti, periodista de raza y mujer apasionada, fue uno de los personajes emblemáticos de la bohemia cordobesa. Dueña de una personalidad impactante, honesta y leal, nutrió con su trabajo de décadas el espíritu de una época libertaria y contradictoria.

Tal vez nunca sostuvo un Saratoga entre sus labios y quizá nunca tomó Bidú, pero con la agudeza de su impronta retrató a una generación que a pesar de la dictadura siempre se sintió con derecho y con ganas. Esas ganas son las que caracterizaron a María Rosa “la Negra” Grotti, la del novio aviador que guardó en secreto, la de los amores ocultos, escondidos entre noches de birra, tintos y pucho.

Sería mucho asegurar que la Negra fue una mujer bella, pero quien lo diga corre el riesgo de quedarse corto. María Rosa era una mina de aquéllas, para enamorarse. Había que verla  menear su personalidad con tantos y picos sobre el lomo: falda negra y corta, saquito, medias de seda y tacos altos. Y garbo; mucho garbo.

Le gustaban los bares, el café y fumar. Siempre encontraba la razón justa para entre laburo y laburo, estacionar en un bar y conversar sobre política, sobre libros y sobre los problemas de la gente. Era solidaria y cálida, y con el mismo rigor con que  trabajaba el periodismo escrito, trataba los asuntos personales de los amigos en problema. Era una mujer intelectualmente inquieta y emocionalmente solidaria. Le gustaba divertirse, pero se tomaba muy en serio todas sus pasiones y enfrentaba los problemas como una leona. Y siempre, antes de levantarse del escritorio de la redacción o de la mesa del bar, sacaba el labial de la cartera y, de memoria, se dejaba los labios rojo pasión.

La novela, negra

¿Qué estás leyendo, Negra? “Nada…” era su respuesta cuando en realidad tenía su sesera metida a más no poder en una novela negra. Lectora empedernida, viciosa, era incapaz de quitarle los ojos de encima, en una sola distracción si en sus manos caía un Raymond Chandler con su Philip Marlowe o una historia de Dashiel Hammett seguido por Sam Spade, su sesudo investigador: dos pesquisas imaginarios que hacían suspirar a Grotti tanto como Humphrey Bogart en sus años mozos.

Semejante inquietud de espíritu y el fanatismo por la narrativa, la llevaba a veces a mirar por el rabillo del ojo todo aquello que debiera escribir sin pasión. Y para sobrellevar el trance, por caso entre informativo e informativo de LV2, calmamente contaba historias mientras hacía correr pinceladas de esmalte sobre sus uñas largas y cuidadas. Se reía mucho. Le gustaba reírse.

El Córdoba y La Voz del Interior supieron de su teclear y a modo de “mirá quien soy y cuánto puedo” colaboró con la mítica Humor. Las redacciones –ámbito natural y razón de su existir-, pasaron a cuarteles de invierno para darle paso a la prensa institucional de los festivales de teatro y la Agencia Córdoba Cultura, hasta que la inactividad por decreto la dejó en silencio.

Marca registrada

“A nosotros nos tocaron los cuatrocientos golpes y nos quedamos sin aliento en una estrada cualquiera, mientras contemplábamos el anochecer de días agitados. La niñez quedó atrás junto a los caramelos Misky, el tintero involcable y el olor a mandarina. Nos llevábamos el mundo por delante. Salimos a la calle a gritar palabras felices o incoherentes, pateamos el tablero, desvestimos a los santos, metimos el dedo en las llagas, rompimos todos los esquemas y tiramos los pedacitos al viento de la historia. Pero claro, después vino lo otro. Una inmensa nube inundó nuestro mundo. En aquellos días, al levantarnos, los presentimientos nos asaltaban a punta de pistola. Todos en mayor o menor medida éramos sopechados de ser sospechosos. Eramos culpables de algo. Fumábamos toda la noche con el corazón hecho una fiera mientras esperábamos oír las botas del domador. Nuestros amibos arrancados de cuajo de nuestras vidas quedaron detenidos en el tiempo. A esas fotografías inexactas, a esas malas copias que nos dejó la muerte, las escondíamos en los pasadizos de la memoria para no despertar las iras de las fuerzas de seguridad” había escrito en esas páginas. “Algunos se volvieron moscas de tanto sonreírle a las arañas, pero otros se volvieron viento, canción, poema, memoria…”.

Más allá de su larga militancia en las filas del periodismo cordobés fue, desde las páginas de la ochentista revista porteña Humor y con el sólo ¡click! Que disparó la nota “La generación de la Bidú sigue en pie”, que Grotti atrapó y se volvió emblemática para aquellos que según narraba, “nacimos con los Beatles” y que como ella, en tiempo de colegiales fumaban sin filtro y a escondidas en la Plaza Colón. El fragmento de Grotti dice mucho más de ella y de nosotros mismos que cualquier perfil que se pueda escribir.

Actriz de actrices, periodista de veras, dirigente gremial comprometida y amiga del alma, sólo le faltó un respiro más para terminar su vida como seguramente lo imaginó, retirada y dedicada de lleno a escribir y disfrutar de su nieta.

Al cabo de muchas e intensas batallas, por primera vez un poco triste y doblada por la indiferencia de quienes intentaron dejar su carro en la banquina, cuando esperaba la pasividad para ser definitiva madre y abuela (dos cucardas gigantes que calzó en su pechera), sorpresivamente, se fue.

Nadie negará que fue tan luchadora como genuina y feliz, hasta el preciso momento en que sin preámbulos la parca se la llevó más allá de las nubes cuando, un arañazo del asma que arrastró desde siempre, paró la sala con un ¡no va más!.

Por poco de casualidad, era la noche del 17 de octubre y volvía de la cena ritual con sus amigas. Respondiendo a sus años de militante en el Peronismo de Base y de amante empedernida y risueña, silbando bajito, Grotti desapareció aunando en un mismo soplido los sones de Naranjo en flor y Le it be.

María Rosa Grotti

Periodista y cordobesa, colaboró como columnista y periodista de espectáculos en el desaparecido diario Córdoba y La Voz del Interior. Trabajó también para medios porteños y fue redactora de informativos de LV2. En las últimas décadas se desempeñó como jefa de prensa y comunicadora institucional en el ámbito de la Agencia Córdoba Cultura y fue editora de la revista Escenario. Tuvo un hijo, Ariel, que le dio una nieta. Murió sorpresivamente a los 62 años el 17 de octubre de 2009 en Córdoba.

*Nota publicada en la revista Ciudad Equis, de noviembre de 2011.

………….

La generación de la Bidú sigue de pié

Por María Rosa Grotti

Nosotros somos la generación de Bidú Cola, ¿se acuerdan? Ahora tenemos más de treinta años y ninguno sirve ni pa’ repuesto e’ loco. Pero íbamos a ser una generación de lujo. Recuerden.

A los 15 años, las chicas hacíamos tañir nuestras polleras campana-plato en las veredas, mientras dábamos la vuelta del perro. Fuimos las últimas vírgenes viejas: hasta los 22, cruzábamos fuerte las piernas y resistíamos a brazo partido. Buena parte de las memorias de las princesas cordobesas se han escrito en los zaguanes, mientras rendíamos -y nos bochaban- la ‘prueba de amor’.

Hemos hecho de todo: bailamos en una baldosa con los Románticos de Cuba y sufrimos luxación de cadera con el desenfreno del twist.

Crecimos con Los Beatles, pero ya se había apoderado de nosotros una rebeldía sin causa que nunca se curó del todo. Somos la generación de la Bidú ¿se acuerdan?

Las primeras pitadas de Saratoga sin filtro las hicimos una tarde mientras jugábamos a la payana en la plaza Colón. Desde entonces ¡cuántos cigarrillos decisivos hemos fumado sobre el filo de las madrugadas!

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos…

A nosotros nos tocaron los cuatrocientos golpes y nos quedamos sin aliento en una strada cualquiera, contemplando el anochecer de días agitados.

La niñez quedó atrás junto a los caramelos Misky, el tintero involcable y el olor a mandarina; Raúl Show Moreno y Antonio Prieto ya no seguirían peleándose por el azúcar.

El Club del Clan pretendía asociarnos, pero las muchachas queríamos parecernos a la Maga, de Rayuela; a veces lo conseguíamos, porque algún ingrato nos abandonaba con un bebé rocamadour en los brazos.

Recuerden, nos llevábamos el mundo por delante, tal vez por eso el mundo nos atropelló a nosotros y sufrimos fracturas varias, algunos de corazón.

Nuestra mitología se renovaba sin cesar: el Che Guevara fue la Osa Mayor de un cielo que todavía era celeste.

Recuerden.  Salimos a la calle a gritar palabras felices o incoherentes.

Aprendimos a tirar del cordón de la campana, del cordón de la desobediencia que hace estallar la cobardía.

Pateamos el tablero, desvestimos los santos, metimos el dedo en la llaga, rompimos todos los esquemas y tiramos los pedacitos al viento de la historia.

Pero claro, después vino lo otro. Recuerden. Una inmensa inmundez inundó nuestro mundo.

¿Curados de espanto?

Somos la generación de Bidú, no sé si se acuerdan. Los que en 1976 teníamos entre 20 y 30 años, los jóvenes de entonces, no sé si me siguen. Somos los que quedamos de aquéllos que fueron toda una promesa ¿entienden? La mesa de saldos y retazos, dirán algunos.

¿Qué pasó? ¿La película no era en technicolor? ¿Por qué ahora la pasan en blanco y negro? ¿Y por qué hay tan poco blanco, por Dios? Cada día, al levantarnos, los presentimientos nos asaltaban a punta de pistola. Todos en mayor o menor medida éramos culpables de algo. Fumábamos toda la noche, con el corazón hecho una fiera, mientras esperábamos oír las botas del domador. John Lennon también murió asesinado, mientras los amigos, pedazos de nuestra vida, se quedaban detenidos en el tiempo con estatitez insobornable.  A esas fotografías inexactas, malas copias que nos dejó la muerte, las escondíamos en los pasadizos de la memoria para no despertar las iras de las fuerzas de inseguridad. Algunos se volvieron moscas de tanto sonreírle a las arañas.  A Gigí le reventaron la cabeza con una piedra, el Gordo Serrucho se murió de pobre, con mucha cárcel encima; el petiso Zucaría languidece de tristeza en Suecia; al tero Valverde nunca lo volvimos a ver después de presentarse en la Aeronáutica al saber que lo buscaban. Y Nelson, y el Gordo Luvy, y el Chencho y….

Si pasan por el Dique San Roque, arrojen una flor blanca y no pregunten por qué. Nadie se cura de espanto: eso no lo sabe el domador.

Aquí estamos los de la generación de Bidú, con un cielo sin estrellas que algún día fue celeste. Rengos y mancos, con el alma chueca, castigados por cuatrocientos golpes, con el sueldo hipotecado en aspirina y un sueño feliz, gracias al valium, pero siempre de pie.

Fuimos una promesa ¿se acuerdan? Pero todavía no está dicha la última palabra.

*Texto publicado en la revista “Humor” en 1984, por María Rosa Grotti.

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Elegía

Miguel Hernández

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se
me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, a quien tanto quería.)

Yo quiero ser llorando el hortelano

de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento.
a las desalentadas amapolas

Daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

María Rosa Grotti. Domingo, 18 de octubre de 2009. Córdoba, Argentina.

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Dos textos de Pablo Biffi, del libro Morir por todo o nada, crónicas de la muerte amaestrada en América Latina. Planeta Seix Barral, 2006.http://www.clarin.com/suplementos/libros/2006/03/10/biffi.pdf

Montevideo, la fuga del Shopping

Por Pablo Biffi

“Un día, el MNL-T deberá rendirle un homenaje a todos los compañeros anónimos que hicieron posible nuestra libertad”.

Eleuterio Fernández Huidobro, La fuga de Punta Carretas

Un feroz aguacero cae sobre Montevideo. Son las once de la mañana de un viernes de marzo, que aún no termina de desperezarse. Desde  algunas casas, un aroma dulzón como a estofado se mezcla con el olor a sal –curioso para un río- que viene de la playa, dos cuadras hacia abajo por la calle Solano García. Sobre la avenida Ellauri, los autos salpican la vereda del imponente Shopping de Punta Carretas, el más exclusivo de la ciudad. Un enorme arco de piedra y concreto invita a pasar. A un lado, un McDonal’s expulsa por las chimeneas su clásico olor a papas fritas. Al otro, un exclusivo restaurante, calido e íntimo, se prepara para la hora del almuerzo. Una explanada al aire libre de unos 20 metros, tapizada por prolijas baldosas, conduce al ingreso del centro comercial. Siete escalones de mármol hasta las puertas de ingreso, vidriadas. Un enorme frente ocupa todo el ancho de la cuadra. En el centro, hacia arriba y por sobre las puertas, otra arcada denuncia la presencia de viejos tiempos, cuando allí adentro sólo se consumía la vida: “Administración”, dice en letras de molde.

Traspasar sus puertas es ingresar a un mundo prolijo, cálido y frío a la vez. Una nave central, coronada dos pisos más arriba por una cúpula vidriada, se extiende casi hasta la otra cuadra –Guipúzcoa- atravesada en la mitad por un amplio pasillo. En el cruce, un patio de juegos para niños, con autos pequeños, un tren en miniatura y pelotero. Son 108 locales distribuidos en tres niveles (planta baja y dos niveles más), que convocan a las marcas más caras y exclusivas del Río de la Plata. En uno de sus cines, “Hoyts Cinema”, anuncian “Tiempo de Valientes”, dirigida por el argentino Damián Szifrón.

El eje que atraviesa el corredor central va de las calles García Cortinas a Solano García. Sobre esta calle, un enorme paredón impide ver hacia adentro del shopping: detrás de ese muro casi centenario, una hilera de locales ofrecen de todo: discos, ropa de mujer y de hombre, lentes y hasta dinero en una casa de cambio. Allí está “Mosca” –una juguetería y librería para niños- que en sus paredes guarda más de un secreto, ruidos, susurros, gritos, misterios, esperanzas, angustias y llantos de alegría.

-¿Qué aquí qué?, me dice con cara de asombro una vendedora veinteañera, cuando le señalo un rincón del amplio local, el más alejado a la puerta de entrada, pegado al paredón de Solano García.

-Sí, algo sabía del tema, pero no mucho, aclara más en confianza. ¿Me cuenta?, me pregunta evitando el tuteo.

Empiezo a contarle de Arión, de Eleuterio Fernández Huidobro (¿el senador?, me interrumpe), de José Mujica (Sí, el ministro, le digo), de Jorge Zabalza, de Julio Marenales, de la guerrilla de los Tupamaros, de los desaparecidos y muertos por la dictadura en Uruguay, del plan, de la tierra, de los 111 hombres que se fueron y de los tantos más que se quedaron, de todo lo que ocurría allá por comienzos de los años 70 cuando ella aún no había nacido y sus padres no la habían imaginado tan bella. De lo que fue antes esta cárcel del consumo, inaugurada con toda la pompa en 1994 y que con su furia de modernidad se llevó para siempre una parte importante de la historia política del Uruguay. Pero un nene de cinco años quiere saber cuánto cuesta el muñeco de “Elementor” –un guerrero que es feo, que tiene la punta de los brazos de una goma pegajosa, la cara desformada, pero que me dicen que es “bueno y que lucha contra el mal”- e interrumpe mi relato.

-Voy a averiguar bien qué paso. Mis padres son del Frente Amplio, así que deben saber, me dice ella, casi con complicidad.

“Por suerte estábamos locos”, me cuenta en su despacho el senador Eleuterio Fernández Huidobro, presidente de la Comisión de Defensa del Senado y tercero en la línea sucesoria del Uruguay, esa misma mañana de marzo -tan lluviosa y tan oscura- que obliga a encender las luces en el viejo edificio del Congreso.

“Y además, no teníamos nada que perder y mucho por ganar…”

Septiembre de 1971 no eran tiempos de shopping en Montevideo. Eran más bien, tiempos de lucha social y política encarnados por el Movimiento Nacional de Liberación Tupamaros (MNL-T), una organización política que había surgido a mediados de la década de los sesenta en apoyo a los cañeros de azúcar del norte del país y que con el paso del tiempo y el endurecimiento del Estado contra los movimientos populares adoptó una estrategia militar y clandestina para hacer frente a la represión.

El rápido crecimiento de la organización y la poca cantidad de habitantes que tenía el Uruguay para esos años (apenas llegaba al millón y medio de personas) fue un problema para los Tupamaros: tenían pocos lugares en dónde esconderse y cuando las fuerzas de seguridad realizaban algún operativo, siempre detenían a algún miembro del grupo. No sólo eso: las organizaciones populares ya sufrían sus primeros muertos, como Líber Arce, asesinado en 1968 o Manuel Ramos Filippini, acribillado a balazos en el barrio de Pocitos en 1971, o la desaparición de Abel Ayala, con quien las bandas de ultraderecha inauguraron una fatídica práctica que luego se extendería a muchos países de la región. Entre 1968 y 1971 fueron cayendo en prisión uno a uno los líderes Tupamaros: Fernández Huidobro, Raúl Sendic, Julio Marenales, José Mujica, Héctor Amodio Pérez, Tabaré Rivero Cedrés, Wacen Alanis, entre otros. Pero además, casi 200 miembros de la organización estaban presos…en el Penal de Punta Carretas, cuando nadie imaginaba que esa mole de cemento se convertiría más de dos décadas después en el shopping más  elegante de todo el Uruguay.

Fernández Huidobro tenía apenas 29 años cuando fue arrestado y alojado en Punta Carretas, hacia finales de 1970. Desde que llegó estuvo pensando, junto con el resto de la dirección tupamara, un plan de fuga, que no sólo significaría volver a la libertad y a la militancia clandestina, sino un duro golpe para el gobierno de Jorge Pacheco Areco.

¿Qué se proponían hacer los tupamaros? Algo que nunca nadie había intentado y que las autoridades del penal no se atreverían a imaginar: cavar un túnel desde adentro hacia fuera de la cárcel, cuando la lógica indicaba que era más sencillo construirlo desde afuera hacia adentro, utilizando la red cloacal que pasaba por debajo de la celdas y que iba a morir en la playa. El penal tenía casi 400 celdas, divididas en dos “planchadas” de cuatro pisos cada una, separadas ambas por un patio central (el patio de juegos y el pelotero de hoy), en donde había un puesto de observación y vigilancia. Para construir el túnel desde adentro era necesario lograr que el Servicio Penitenciario ubicara en una celda estratégica (la número 73, en la planta baja, pegada a la calle Solano García) a un preso común de confianza para no despertar sospechas. Así fue como el “loco Arión” –indeseable para los guardias por peligroso, pero de una solidaridad a prueba de fuego-, fue a dar con sus huesos a ese rectángulo oscuro, frío y húmedo de cuatro metros y medio por dos. La otra parte del plan, la cuenta Fernández Huidobro en su libro La fuga del Punta Carretas.

En primer lugar, (hacer) un pozo bajo la celda de Arión de unos cuatro metros de profundidad y de 0,60 por 0,40. Desde él, en el mejor de los casos, un túnel de unos 32 metros hasta la casa más cercana en Solano García 2535 (estaba por verse todavía si dicha casa era copable sin alto riesgo, en cuyo caso deberíamos optar por otra alargando el túnel). Un pozo final de salida aproximadamente de 1 metro si éramos capaces de dar con la pendiente ideal. En total: unos 37 metros…

… Ahora bien según los cálculos de quienes sobre estas cosas algo sabían, el volumen de la tierra a extraer llegaría a los 26 metros cúbicos aproximadamente, teniendo en cuenta la expansión (de alrededor de un 40 %) que sufre toda tierra sacada de un pozo hondo

… Ese volumen, esa avalancha, era nuestro problema obsesivo…

Además de la casa de Solano García 2535 debían “copar” otra vivienda en la primera cuadra paralela a esa, Joaquín Núñez, para poder sacar el tropel de presos sin levantar sospechas: hubiera sido un riesgo estacionar autos y camiones justo frente al enorme paredón lateral del penal. La casa elegida fue la del escribano José Curi, en el 2952. El riesgo era enorme, pero no perdían mucho: en el peor de los casos, si descubrían la tierra, habrían perdido trabajo y tiempo, les impondrían una severa sanción, pero a esa altura era difícil concebir una situación peor a la que vivían, encerrados en la oscuridad del penal. En cambio, tenían todo para ganar. Y como para esa fuga no usarían ningún tipo de violencia, las consecuencias no pasaban más allá de un castigo. No arriesgaban la vida de nadie. . El plan era un verdadero “Abuso”, como llamaron en secreto a la operación.

Para poder trabajar con tranquilidad, la dirección tupamara contó con la ingenua colaboración de un guardia de seguridad al que habían apodado Luquini (por la obesesión que tenía por el dinero, las “lucas”, los billetes de mil pesos de entonces), quien accedió a no requisar las celdas involucradas en el operativo para que los miembros de la conducción “pudieran leer y escribir manifiestos políticos”, a cambio de que le compraran un juego nuevo de comedor -con mesa y sillas- para su casa.

La velocidad de los trabajos y el tiempo que demoraría la construcción del túnel era la otra obsesión de los tupamaros. Trabajando en tres turnos durante todo el día -salvo a las 6 de la mañana y a las 9 de la noche (horas del conteo de presos en las que todos debían estar en las celdas), el avance debía ser rápido. Este tema también los sumía en complicadas ecuaciones matemáticas.

–Treinta y siete metros a dos metros por día, nos vamos en dieciocho.

–A tres metros nos vamos en doce.

Pero había pesimistas (o cuerdos) que sentenciaban ante la mirada airada de los otros:

–No lo hacemos en treinta días…

El MLN-T surgió en la primera mitad de la década de 1960 a partir de la vinculación de varios grupos dispersos de la izquierda uruguaya, más el aporte de militantes independientes. A pesar de la diversidad ideológica de los primeros tiempos (había integrantes del Partido Socialista, maoístas, e incluso algunos anarquistas), terminó predominando una visión marxista de la realidad histórica. Organizado como respuesta a la represión desatada por el Estado a principios de los años 60, el movimiento tupamaro tuvo, como otros de su tiempo en varios países de América Latina, una identificación con la revolución Cubana de 1959, que influyó en su camino ideológico y en sus acciones posteriores. Se organizó entonces como un grupo clandestino, sin vinculación, en principio, con ningún partido político existente.

El nombre “Tupamaros” parece derivarse del mote despectivo que las autoridades policiales españolas de la época colonial en el Río de la Plata endilgaban a los patriotas que habían adherido al movimiento independentista de 1811. Igualmente presente en las novelas del escritor realista de finales del siglo XIX Eduardo Acevedo Díaz, la palabra tenía su origen en la sublevación indígena que había ocurrido en el Virreinato del Perú en 1780, encabezada por el jefe indio José Gabriel Condorcanqui, “Túpac Amaru”, y que fue reprimida con inusitada dureza por los españoles. En noviembre de 1964 aparece por primera vez este nombre vinculado al movimiento político uruguayo, en un volante distribuido en una Convención Universitaria donde se leía: “TNT Tupamaros no transamos”.

En los primeros años, las acciones del MLN-T eran de aprovisionamiento de armas y de fondos para una lucha de proporciones más grandes. Sin embargo, la opinión pública de la época quedará asombrada (a favor o en contra) ante la aparición de la lucha política armada en el Uruguay, modalidad que después de la derrota de la última sublevación de Aparicio Saravia, en 1904, no había sido asumida por ningún grupo político del país.

Tras ser prácticamente desbaratados por la represión policial en 1966, los Tupamaros se recuperaron y comenzaron una serie de actos que combinaban el acopio de fondos y materiales para la organización, el secuestro de personalidades, el ajusticiamiento de algunos funcionarios policiales acusados de torturas a detenidos políticos y, también, la propaganda política.

Por esos años, el gobierno uruguayo prohibió a la prensa dar noticias sobre las acciones tupamaras. Incluso, les prohibió nombrarlos. “Los Innombrables”, como comenzaron a llamarlos, comenzaron a ser conocidos incluso fuera del Uruguay, cuando se conocieron varios de sus operativos, como la publicación de información financiera relacionada al manejo de dinero por ciertas empresas o particulares muy conocidos, o -una de las más famosas- la incautación de un camión de una conocida empresa almacenera de entonces, cargado de víveres, que fue dejado en manos de los habitantes de una zona marginal de Montevideo.

Los Tupamaros despertaron fuertes resistencias dentro del sistema político tradicional. Los Partidos Blanco y Colorado condenaron la lucha armada, mientras la izquierda parlamentaria, sobre todo el Partido Comunista del Uruguay, desautorizó en un principio a los Tupamaros, pero luego terminó por hacerse a la idea de coexistir con ellos, debido al fuerte crecimiento que registraban, tanto en Montevideo como en el interior del Uruguay. No se sabe a ciencia cierta cuántos miembros activos tenía el movimiento durante el período previo a la dictadura militar de 1973, pero se calcula –según las fuentes- que eran entre 6.000 y 10.000 personas.

Hacia 1970 la lucha armada se hizo más encarnizada. Fue por esos días cuando el MLN-T llevó a cabo algunas de sus acciones de mayor repercusión, como el secuestro y posterior ajusticiamiento entre julio y agosto de  ese año del espía de la CIA, Dan Mitrione, que había sido enviado como asesor para instruir a la policía y a los militares en prácticas de tortura, en el marco de la “United States Agency for International Development” (USAID). Este hecho fue la base del guión cinematográfico de la película de Costa-Gavras, Estado de Sitio. También, el secuestro del embajador británico, Geoffrey Jackson, en enero de 1971.

Los Tupamaros, al optar por la lucha armada, no habían creado ningún brazo político formal, pero en las elecciones presidenciales de noviembre de 1971 apoyaron al Movimiento 26 de Marzo, que formaba parte de la naciente coalición de izquierda Frente Amplio, fundada en febrero de 1971. Con la asunción del presidente electo, Juan María Bordaberry, en 1972, y la orden para que las Fuerzas Armadas repriman a la guerrilla, los choques armados fueron en aumento. Los Tupamaros fueron poco a poco desarticulados, tanto política como militarmente.

Seguras de su triunfo militar, las Fuerzas Armadas, detrás de las cuales se movían grupos de ultraderecha, utilizaron el pretexto de seguir combatiendo a los tupamaros para golpear al resto de la izquierda política y a los sindicatos. El presidente Bordaberry, abandonado incluso por su partido, el Colorado, se convirtió en un dócil instrumento en manos de los militares, que poco después cargarían contra el sistema político parlamentario, con el golpe de Estado el 27 de junio de 1973, que implicó la disolución del Parlamento y la ilegalización de las organizaciones sindicales y de izquierda.

Las fuerzas de seguridad tuvieron a la cúpula tupamara en calidad de “rehenes” y como “trofeo de guerra” en distintos sitios de detención durante toda la dictadura militar, hasta 1985. A pesar de que en Uruguay los militares no practicaron el exterminio sistemático que por ejemplo, utilizó el gobierno militar de la Argentina, los dirigentes tupamaros fueron recluidos en condiciones infrahumanas, incomunicados y bajo la amenaza de ejecutarlos si se producía alguna acción del MLN-T.

-La construcción del túnel comenzó el 11 de agosto de 1971, después de las siete de la mañana, cuando terminó el control de presos en las celdas.  Pero en verdad, habíamos comenzado a desarrollar el plan mucho antes, cuando empezamos a abrir los huecos entre celda y celda que nos permitiría formar un gran “corredor interno” por el que pasaríamos todos hasta la celda 73, la de Arión. Una última parte, consistía en abrir huecos en los techos de algunas celdas para conectar los cuatro pisos de la “planchada”, me cuenta Fernández Huidobro.

-Era febrero y estábamos desmoralizados porque un plan que habíamos ideado para fugarnos haciendo un túnel desde afuera había fracasado por una lluvia torrencial que sacó a la playa todas las herramientas que los compañeros habían acumulado en las tuberías de las cloacas. Pero de toda derrota, surgen ideas nuevas. Así fue como un día, al “Flaco” (no revelará jamás su nombre) se le ocurrió que podríamos abrir huecos entre celdas para intentar la fuga desde adentro. Probamos en una celda y nos dimos cuenta de que pasando una fina aguja por un agujero y “serruchando” desde los dos lados, el material salía con facilidad. Entonces, decidimos seguir la línea de la mezcla que une los ladrillos para abrir un hueco de unos 60 centímetros de ancho por 40 de alto. De ese modo, la “heladera” -así comenzamos a llamarlas- salía con facilidad, como un bloque. Lo podíamos poner y sacar cuantas veces quisíeramos y solo debíamos preocuparnos por tapar las juntas con el polvillo que desprendía y ensuciar la pared para que no se notara el corte. Estaba, además, en un rincón oscuro de la celda. Para el final, dejamos los huecos que vinculaban los cuatro pisos de la “planchada”, recuerda hoy.

Desde febrero a septiembre de 1971 corrió mucha agua bajo el puente, mientras avanzaba el plan de fuga. El gobierno de Pacheco Areco había endurecido su ofensiva contra los tupamaros, muchos otros miembros fueron a dar a la cárcel y las bandas de ultradercha habían ejecutado, luego de enfrentamientos armados, a varios militantes. Faltaba poco para las elecciones presidenciales de noviembre, en las que se impondría José María Bordaberry. Faltaba aún más para la larga noche de oscuridad que se profundizaría en julio de 1973, cuando formalmente comienza la dictadura, perfeccionando aquellas prácticas que había inaugurado años atrás.

Pero los Tupamaros también golpeaban a las fuerzas de seguridad: robos de alimentos en grandes almacenes para distribuir en barrios pobres, fugas individuales de presos que aprovechaban un descuido de los guardias cuando iban a declarar ante el juez y operaciones de propaganda que dejaban en ridículo a los organismos del Estado. Pero había más: el viernes 30 de julio, 38 tupamaras se fugaron de la cárcel Cabildo, para mujeres, utilizando la lógica: un túnel de afuera hacia adentro, usando las cloacas que, también, pasaban por debajo de aquella prisión. Un kilómetro y medio de recorrido por aguas servidas, que corrían “enfrascadas” por debajo de la calle, hasta una “casa de seguridad”, preparada para la fuga. A las 10 de la noche comenzó esa larga marcha por la tubería de 80 centímetros de ancho por un metro con cuarenta de alto. Recién a las 5 de la mañana, los guardias descubrieron que las cabelleras que asomaban por entre las sábanas prolijamente estiradas de las camas, eran muñecos de tela fabricados para cubrir la fuga. La mañana del sábado 31 de julio, el festejo en Punta Carretas fue discreto. Ahora, les tocaba a ellos. Y es que en los meses previos al escape de mujeres la conducción tupamara en el penal tuvo que tomar una dura decisión: el MLN-T no estaba en condiciones organizativas de brindar apoyo logístico a dos fugas casi simultáneas. En fuertes discusiones dentro de Punta Carretas decidieron que primero se irían las mujeres, ya que el “Abuso” aún necesitaba más tiempo de preparación. Además, aquella fuga lógica les daría una ventaja estratégica con las fuerzas de seguridad: seguirían pensando que la única forma de escapar de las cárceles era construyendo túneles de afuera hacia adentro y utilizando la red cloacal. Muy lejos de la “locura” que estaba planeando y ejecutando la conducción tupamara.

Para los primeros días de septiembre, el plan de fuga marchaba a paso firme, con los contratiempos lógicos de semejante osadía: la falta de aire cuando el túnel ya tenía unos veinte metros de longitud, la fatiga de los encargados de abrir la tierra con pequeñas puntas de hierro o el encuentro con duras moles de piedra que no estaban en ningún cálculo. Pero también hubo momentos de alegría, como el 28 de agosto…

Y esto qué carajo es?. El compañero se pegó flor de susto y quiso salir hacia la punta en busca de los otros. El miedo hacia lo desconocido había llegado al túnel…

–¿Qué pasa?, preguntó “el cargador de tierra”.

–¡Mirá!. La barreta seguía desmoronando enormes pedazos de tierra detrás de los cuales empezó a aparecer  oscuridad vacía, ARENA, vacío… Se fueron gateando a toda felicidad hacia la punta en busca de los otros dos…

Los cuatro pares de ojos, guiados por la linterna que llevaban en la frente, iban mirando las manos mientras éstas, con cierto cuidado, sacaban aquella extravagante arena.

–¿Y esto?

En lo más alto de aquella oquedad descubrieron un grueso caño, envuelto en cintas embebidas en alquitrán, que cruzaba casi verticalmente (en realidad en diagonal) nuestro túnel…

–Ojo: debe ser un cable de alta tensión. No lo toques.

–¿Qué hacemos?

–Quedarnos quietitos como gurí cagado.

Sentían miedo a lo desconocido. Alguno de ellos contaba más tarde que sintió terror.

Decidieron parar y preguntar a “los de arriba”.

Los trabajos fueron suspendidos.

Esa mañanita, apenas fue posible, bajo el Inge. La hipótesis más recibida era que nos encontrábamos frente a un cable de alta tensión de tendido subterráneo.

–¿Cómo no nos pasaron ese dato tan peligroso?. Los compañeros podían haber quedado electrocutados si la barreta hubiera dado contra aquello.

Pronto subió desde allá bajo, desde una lejana distancia, la noticia:¡Habíamos dado con el túnel de los anarcos!

El 14 de marzo de 1931, siete anarquistas y dos presos comunes alojados en Punta Carretas se habían fugado del penal haciendo un túnel desde afuera –cuya construcción demoró un año- que fue a dar a una fábrica de carbón, vecina a la casa de Solano García 2553, que los tupamaros pensaban copar para su “Abuso”. Fue sólo una casualidad, ya que se suponía que aquel túnel, cuando fue descubierto, tuvo que ser cuidadosamente tapiado. Sin embargo, los tupamaros comprobaron que en 1931 se limitaron a tapar con hormigón las dos entradas y a rellenar con arena el resto.

Aquella arena no llegaba a cubrirlo en todo su volumen.

Los caños misteriosos que tanto nos asustaron no eran más que los tubos de ventilación, muy parecidos a los nuestros, y los cables de energía eléctrica que usaron para la iluminación aquellos entrañables, lejanos y cercanos compañeros, cuarenta años atrás…

-Habíamos hecho un hallazgo histórico. Estábamos en un nuevo museo. Y no se lo podíamos contar al mundo. Cuando despejamos de arena aquel túnel, pudimos ver en sus bóvedas y en sus paredes, las huellas aún frescas de sus herramientas. Parecían hablar. “Por allá se fueron ellos. Por aquí nos iremos nosotros”, recuerda Fernández Huidobro, con nostalgia, en su oficina del Congreso.

El sábado 4 de septiembre de 1971 era el “Día D”. Las 22, la “Hora H”. Habían pasado 24 días desde el inicio de la construcción del túnel, seis días menos del plazo máximo que se habían fijado. Varias toneladas de tierra ya estaban compactadas y escondidas debajo de las camas de 12 celdas. Pero no todo marchaba viento en popa. El plan que debían desarrollar desde afuera –conseguir los camiones para trasladar a los fugados, establecer “postas” de seguridad con militantes para monitorear el plan, alistar las casas para alojarlos, organizar una protesta popular en el barrio de La teja para distraer a la policía o distribuir las contraseñas que cada uno de ellos debería memorizar para no caer en una trampa- sufría contratiempos impensados: uno de los militantes que debía repartir los mapas con los trasbordos que debían realizar desde los camiones con los presos chocó con su moto contra…una vaca, en una transitada avenida de Montevideo. Nadie supo nunca de quién era ese animal cargado de leche y carne, pero “Francisco” –el encargado de distribuir los planos- fue a dar, inconsciente, al hospital. Una visita urgente de un abogado de un preso al penal alcanzó para frenar el plan de fuga. Debían esperar 24 horas más, cargadas de tensión, angustia, ansiedad y miedo, con el túnel terminado, las “heladeras” listas para ser quitadas y los huecos en los techos a la espera de ser abiertos.

El domingo 5 de septiembre llovía sobre Montevideo. Eran las 6 de la tarde.

Una camioneta Indio, un camión Internacional y dos coches de apoyo con armas largas buscaron la calle Joaquín Núñez para estacionarse a una prudencial distancia de la casa del escribano por la acera opuesta. Otro camión y un coche se estacionaron en la calle Báez que desemboca en Joaquín Núñez a la altura de dicha casa, cuenta Fernández Huidobro en su libro La Fuga del Penal.

Una camioneta VW Kombi manejada por Martín circulaba por la zona con varios compañeros y un nutrido equipo: herramientas de albañilería, palas, picos, macetas, marrones, taladro eléctrico, barretas, cortafierros, gato hidráulico, equipos de radio, medicamentos, armamento para todos los fugados, bolsas de nylon, dinero, un receptor de radio capaz de sintonizar las frecuencias policiales…

Desde poco antes de las 18:00, tres jóvenes esperaban en un bar de Sarmiento y 21 de Setiembre. A las 18:00 en punto hicieron una llamada telefónica pidiendo órdenes: les ordenaron copar la casa de Solano García. A las 18 y minutos pagaron y comenzaron a pie el breve recorrido hacia su objetivo.

Al mismo tiempo, guiados por una coordinación invisible pero mil veces pensada, dos muchachas y un muchacho salían de un bar de 21 de setiembre y Ellauri en dirección a la casa del escribano José Curi. Una de las muchachas era su sobrina…

La tos y una enfermedad respiratoria lo tienen hoy a mal traer a Fernández Huidobro, pero nada parece frenar sus recuerdos.

-Uno de los mayores inconvenientes que tuvimos fue decidir quiénes se iban y quiénes se quedaban. Era imposible que nos fuéramos todos, porque no había forma de comunicar las “planchadas” que estaban separadas por el patio central. Hubiéramos tenido que coparlo y eso era un riesgo. Así que decidimos que en la lista estaría la cúpula tupamara –no porque fuéramos los dirigentes, sino porque eso significaba un golpe mayor al gobierno- y después aquellos que tuvieran en su contra las acusaciones más graves, como haber participado en enfrentamientos con muertos, por ejemplo. Después, todos los que estaban en la “planchada” a la que daba el túnel. Cuántos más nos fuéramos, mejor. Había muchos que tenían acusaciones leves y saldrían enseguida. Para otros, fugarse hubiera sido más grave que lo que se les imputaba. Claro que no todos los líderes estaban del mismo lado del celdario, por lo que hubo que ir pidiendo el “traslado” con excusas creíbles y que no levantaran sospechas. Después, quedaba el trago amargo de decirle a los que se quedaban, que no podrían venir. De eso se encargaba, con su sobretodo negro y su cara seria, José “Pepe” Mujica. Cuando le decía a algún compañero que quería hablar con él, las caras lo decían todo. Pero nadie se quejó y todos respetaban la decisión.

…Entre las 18:00 y las 18:15 comenzaron las dos maniobras de copamiento.

Antes de abrir, la señora del escribano mostró en su cara la sorpresa por lo que veía a través del vidrio de la puerta.

–¿Qué los trae por aquí?, dijo mientras abría la puerta.

–Qué tal, tía, te presento a una pareja de amiga…

La señora se vio en el compromiso de hacerlos pasar. El escribano imaginó que su sobrina venía a pedir ayuda para entregarse a la policía.

El compañero, con toda naturalidad explicó que el MLN iba a necesitar la casa. El novio de la hija de la empleada doméstica, que se encontraba allí, fue el único que intentó algo:

–Yo me tengo que ir, dijo.

–Ya me imagino lo que va a pasar acá, comento la tía.

–Ni a ustedes ni a la casa les va a pasar nada.

–Estaremos por un rato pero ahora tenemos que entrar un coche en el garaje…

–¡Miren que está el mío!, anunció el escribano.

–Van a tener que correrlo. El garaje permitía el ingreso de dos vehículos.

Mientras una de las compañeras se dirigía a abrir la puerta del garaje, el compañero llamo por teléfono a la central de comunicaciones informando que la misión, en su primerísimo  fase, estaba cumplida sin problemas.

De inmediato invitaron a toda la familia (el escribano y su esposa, la empleada doméstica, su hija y el novio) a subir e instalarse en uno de los dormitorios de la planta alta. Poco después la Kombi, con hombres y dos mujeres, que había recibido la señal correspondiente, entraba, marcha atrás, en el garaje. Le quedaba parte de la “trompa” afuera. Tuvieron que correr el coche del escribano hasta el último centímetro disponible para poder cerrar aquel portón. Como era de vidrio y rejas, la camioneta podía ser vista desde afuera por alguien que se acercara al jardín. Las armas estaban tapadas por una lona; el resto del material, el inofensivo, a la vista. Comenzaron a descargarlo despejando el living y el comedor de la casa.

El escribano encareció el cuidado de ciertas alfombras, mesitas ratonas y jarrones valiosos… Los compañeros no rompieron absolutamente nada. No habíamos podido desmontar, debido a la lluvia, el asiento de atrás de la Kombi y ello robaba espacio disponible para después, cuando en esa camioneta tuviéramos que meter alrededor de doce compañeros…

Enseguida se dirigieron, por la puerta que daba paso, al apartamento de enfrente reduciendo a Elena de Auliso y Serrana Auliso.

En 1985 cayó la dictadura uruguaya. Atrás habían quedado los gobiernos autoritarios de Bordaberry, Alberto Demicheli, Aparicio Méndez, el general Gregorio Alvarez y Rafael Bruno. Julio María Sanguinetti se preparaba, en marzo, para asumir la presidencia. Pero en la memoria de los uruguayos, habían quedado 164 muertos, 200 desaparecidos (la mayoría de ellos en operativos represivos coordinados con las dictaduras de Argentina y Chile en el marco del Plan Cóndor) y 4.800 presos políticos, según los registros del Servicio de Paz y Justicia del Uruguay (Serpaj). Tras 12 años de prisión, Fernández Huidobro y el resto de la cúpula tupamara salía en libertad en los primeros días de marzo, gracias a una amnistía política sancionada por el gobierno.

Por esos años, los Tupamaros se convirtieron en una intriga para el sistema político, ya que no se sabía qué postura iban a asumir con el retorno de la democracia. Esta intriga fue despejada poco tiempo después, cuando Raúl Sendic, el líder indiscutido de la organización, en un acto publico, afirmó que el MLN-T iba a optar por el marco político legal, proponiendo una lucha ideológica y la integración al Frente Amplio de manera formal. El tránsito por esa vía política es el que han seguido desde entonces los Tupamaros.

En 1989, el mismo año en el que murió Sendic, fueron admitidos en el Frente Amplio y poco después formarían, dentro de este, una coalición con otros grupos, conocida como Movimiento de Participación Popular, y luego como Espacio 609 en alusión al número de lista con que en el sistema electoral uruguayo se identifica a los diversos sectores que participan.

En 2004, y tras varios años de progresos electorales, el Espacio 609 se transformó en el sector más votado dentro del Frente Amplio, la coalición gobernante. A partir de la elección presidencial de 2004 y la asunción de Tabaré Vázquez como presidente en marzo de 2005, varios de los miembros del movimiento pasaron a ocupar puestos de relevancia en el gobierno uruguayo: la maestra Nora Castro, presidente de la Cámara de Diputados durante el período 2005-2006, José Mujica, ministro de ganadería, agricultura y pesca, Fernández Huidobro, el tercero en la línea sucesoria.

El 18 de noviembre de 1986 no fue un día más en Montevideo: un motín de presos comunes con 6 muertos acabó para siempre con la cárcel de Punta Carretas. Cuatro años pasó la cárcel abandonada, en uno de los barrios más coquetos de la capital uruguaya. En el verano de 1992 comenzó la construcción del shopping, inaugurado 2 años después con toda la pompa. Eran los años en que gobernaba el líder del Partido Blanco, Luis Alberto Lacalle y el neoliberalismo y el afán desmedido por los negocios a cualquier precio copaban la región.

Eleuterio Fernández Huidobro va poco y nada al shopping. Apenas un par de veces volvió a aquel lugar en el que pasó encerrado parte de su vida y del que se fugó por el túnel.

– Sí, he ido algunas veces, muchas no, no por nada ¿eh?. Es que vivo lejos de ahí, no es por ningún otro motivo. Las veces que he ido es justamente cuando me ha llevado gente que estaba filmando algo, algún documental o programa de TV. Y lo curioso es que la empresa dueña del shopping estuvo de acuerdo. Supongo que era porque le íbamos a hacer propaganda.  Un día estábamos allí y me dijeron: “cuidado que ahí esta entre el publico la dueña de la casa por donde ustedes salieron ¡La rompimos toda!”. Yo les dije: Bueno, si está ahí, tráiganla. Y filmamos la conversación con ella. Yo le pedí disculpas como 20 años después, por el estado en que le habíamos dejado el living, la casa.

Es domingo por la tarde en el shopping de Punta Carretas. Y la lluvia no ha parado un instante. Vuelvo a ver a aquella bella vendedora de Mosca –la juguetería y librería para niños que, por esas cosas del destino, fue a dar en el mismo lugar que 35 años atrás estaba la celda 73, la del “loco Arión”.

-Ya me he enterado de algo, me dice ahora, más en confianza. Y pensar que se fueron por acá, dice señalando ese rincón de la pared, pegado a la calle Solano García. ¿Y Usted me dice que salieron del otro lado, en una casa?

Solano García 2535. Serrana Auliso tiene el cabello blanco y una prolijidad de maestra inglesa. El cutis suave y los ojos vivaces esconden sus 77 años. Detrás de la ventana del living se ve la lluvia y el enorme paredón lateral del shopping. Su casa hoy parece detenida 35 años atrás: los mismos muebles, las mismas cortinas y el mismo piso de granito, en tono de grises. Sólo que en un rincón, pegado casi a la puerta de entrada y a la ventana del frente, un círculo de un metro y medio de diámetro delata que allí las baldosas son otras. Serrana recuerda con precisión aquella tarde-noche también lluviosa del domingo 5 de septiembre de 1971

-Es que no pudimos conseguir iguales, porque esta casa es de los años 30…Imagínese.

Por allí, por ese hueco que está a escasos 30 pasos del paredón del shopping, se fugaron los tupamaros. En la calle, justo frente a Solano García 2535, otro hueco recuerda aquellos años: una mancha negra en medio del asfalto gris marca el lugar por el cual las fuerzas de seguridad rellenaron de cemento el túnel de escape.  Después de un pequeño jardín, tres escalones conducen a la puerta de ingreso. Esos tres escalones fatales que los encargados de medir la pendiente que debería tener del túnel jamás incluyeron en sus mapas. Tres escalones que se superan en apenas unos segundos. Pero que representan un metro más de tierra para escarbar desde abajo, buscando la salida.

-Yo vivía acá con mi madre Elena de 74 años y con una señora mayor. En el apartamento de atrás vivían Dolores Castillo Rial y su hijo “Billy”, que estudiaba Bellas Artes. El del fondo, estaba desocupado. Yo trabajaba como secretaria en una empresa y tenía 42 años. Ese día a las seis de la tarde –era justamente un día nublado y de llovizna como hoy, que no había un alma en la calle- estábamos en la pieza de al lado y de repente golpeó un vecino. Vino con otra persona, me hizo señas por la ventana y yo abrí la puerta. Entraron, los hice pasar y no me decían nada. Entonces le dije ¿qué pasa?. “Me dicen estos muchachos que son tupamaros y quieren la casa para un trabajo”. Mi mamá como dueña de casa dice: “¿qué trabajo? Yo no mandé a hacer ningún trabajo”.

“No, dicen: doña Elena, después le van a explicar”. Y nos llevaron al fondo, a ese departamento que tenemos detrás y ahí quedamos en una habitación cerrada y no vimos más nada. Después vinieron otras dos señoras que estaban viviendo transitoriamente con nosotros, mientras que edificaban su casa acá al lado. Ellas venían de la casa de otra pariente con la bolsa de agua caliente a costarse. Entonces mi vecino les abrió y les dice: “mira, llévala para el fondo” y las señoras dicen: “no, déjate de embromar que nos vamos acostar que hace frío, no, no”. Bueno, y allá marcharon aquellas dos también. Entonces nos sentimos como aliviadas porque estábamos como acompañadas por otras personas en el mismo trámite. Entonces acá quedamos hasta las 5 de la mañana vigiladas con una persona armada. Pero nosotros, porque nos cerraron la puerta, no sabíamos lo que pasaba. Porque nosotros nunca, nunca sospechamos absolutamente nada, nunca nada. Pero después, analizando, nos dimos cuenta que tenía que ser esta casa, porque estábamos en línea recta con el celdario. Era el camino más corto.

Por un lado desde Solano García y por el otro desde Joaquín Núñez, se trabajaba en los boquetes tratando de comunicar ambas casas. Las medianeras dieron trabajo por su espesor. Se trabajó silenciosamente, lo más silenciosamente posible, con taladros y barretas. Ambos grupos se encuentran, trabajando unos de un lado y otros del otro, en la medianera que comunica el fondo de la casa del escribano con el de la casa deshabitada. Era peligroso trabajar allí porque al ser lugares descubiertos podían ser vistos desde las ventanas del edificio de apartamentos, alto, que da sobre Joaquín Núñez. Por suerte en uno de aquellos rincones había un pequeño gallinero en desuso con un techito que impedía miradas indiscretas. El mayor susto lo sufrieron cuando la alarma horaria del reloj pulsera de uno de ellos comenzó a sonar… En el silencio de aquellos patios aquel ruidito parecía una sirena:

–¡Apagá eso!

Pronto ambas casas quedaron comunicadas. A través de los boquetes se pasó un cable y sus extremos se instalaron intercomunicadores… Varios que habían llegado en la kombi pasaron a trabajar en Solano García. Hacía allí trasladaron las herramientas más pesadas.

Hora 19:30: El estetoscopio trataba de oír, en el centro mismo de la sala que da sobre Solano García, algún ruido. No se oía nada. Se realizaban cuidadosamente mediciones tratando de delimitar bien la zona del piso por la que dentro de poco debía surgir el túnel.

En la casa de Joaquín Núñez distribuyeron sobre la mesa del comedor las bolsas, una para cada evadido, con armas, municiones y dinero. Un militante estaba a cargo de la vigilancia del exterior por la puerta de entrada. Otro, con la familia en la planta alta, vigilaba también la calle por la ventana. Un tercero iba de casa a casa, coordinando diversas tareas y conectando a todos entre sí. Finalmente, una mujer de la organización se encargaba de las comunicaciones, por el intercomunicador, con la casa de la calle Solano García y por el teléfono con la central del MLN. Escuchaba también, bajita, la radio sintonizada en la frecuencia policial. En la casa de Solano García la distribución de tareas era más o menos la misma. Con el agregado del boquete que debían hacer en el piso de la sala.

-La otra casa, la de la calle Joaquín Núñez, la tomó otra persona que era un familiar de los dueños. Cada grupo de copamiento tenía su cometido. Entonces, a cierta altura me hicieron venir a mi, porque una vecina de al lado estaba paseando al perrito por la vereda y se ve que habrá mirado con alguna insistencia para acá. Pienso yo, porque a mi no me dieron explicaciones. Lo único que me dijeron era que la atendiera, por si esta vecina venía a golpear o a preguntar algo.

En ese momento que me vengo para acá adelante, veo el fandango, el barro, el pozo ahí, en ese rincón, la pila de tierra. Habían corrido todo los muebles para allá. El pozo ahí y la pila de tierra acá con bolsas y cosas. Ahí me di cuenta de lo que pasaba.

Mientras yo estaba acá golpearon la puerta. Entonces yo me acerqué a abrir y me apartaron: era más gente que entraba. Acá había una cantidad de gente trabajando, hombres y mujeres. Y después sonó el teléfono: me dieron una clave y me dijeron “conteste tal cosa”. Luego atendieron ellos y yo volví al secuestro. Después, me quedé tan nerviosa, que pasé el resto de la noche sin dormir.

Hora 21:30: Recibimos la orden de abrir las “heladeras”…

Tres excelentes zapadores que, además, en materia de oficios manuales eran “hombres orquesta”, bajaron rápidamente al túnel para excavar hacia arriba aquellos últimos cincuenta centímetros. Otros compañeros bajaron a la celda de Arión para prevenir cualquier imprevisto… En todos aquellos lugares quedaron muñecos bajo las frazadas… En realidad todas las celdas comenzaron a instalar muñecos en todas las camas y en todas las cuchetas… El guardia ya se había retirado de la planchada hacía el centro de observación. Seguimos lavando platos para no comernos las uñas…

-Se dieron cuenta de que yo estaba preocupada y entonces me dijeron: “¿no quiere dormir un ratito en la otra pieza?”, “¿quiere comer algo?”, “¿quiere tomar algo?”.

Hora 22:00: Se apagaron las luces en la mayoría de las celdas (había algunas autorizadas por distintos motivos a tener luz hasta más tarde). En otra parte de ellas se encienden los candiles del preso. Mecha y grasa. En otras, reina la oscuridad: aparentemente sus habitantes empiezan a dormir… Esa noche respetamos todas las costumbres. Mantuvimos la actitud habitual…

Y de pronto vino, traída de celda en celda a través de las heladeras, la orden definitiva: ¡ABUSO!

Ella partió de allá, de la punta del túnel. Cada celda la fue pasando a la siguiente y de inmediato sus tres habitantes, poniéndose sobre los zapatos unas medias viejas y sobre la cabeza un gorro de lana, tendieron entre los dos agujeros de su celda un camino de almohadas y frazadas se lanzaron, “heladeras” adentro, en busca del túnel…

Se formó así una larga caravana de presos rampando a lo largo de casi 75 metros en la tercera planchada y de la mitad en la segunda. Casi en ese momento, ya al borde de la desesperación, logró abrirse el “buco” hacia el cuarto piso por el cual se descolgó aquel preso solitario que cayó en manos de los tres que lo esperaban abajo. En una celda del segundo piso dos presos ayudaban a subir desde el primero a otros dos para incorporarlos a la larga marcha.

-Estaba enojada. Estar ahí sometidas a lo que fuera. Solo cuando me hicieron venir acá, como a la media noche, me di cuento de lo que pasaba. Antes no. Y no le hice ningún comentario a nadie en el fondo. Estábamos a oscuras y no se podía llamar la atención en nada. Yo sentí a unos vecinos que estaban despidiendo a una visita y para mí decía: si supieran estos en qué estábamos nosotros.

No se veía a nadie delante de nosotros, los tres que veníamos rampando juntos. Tampoco atrás. Aparentemente éramos los únicos. Cada celda era un mundo distinto de colores (alguna con la luz prendida, deslumbraban; otras a la media luz de su candil, dejaban entrever ciertas formas; otras, totalmente a oscuras, obligaban a tantear e intuir el agujero para seguir rampando con la única guía del camino de frazadas).

En algunas sólo habitaba el ruidito del gotear de la canilla.

En otras, la mayoría, el de la “cantora” dejada sobre las mesas, en las camas, sobre las repisas. Cada celda un volumen de radio diferente. Aquí el informativo de la 20, allá, música clásica, después, un tango, más allá un loco que trataba de convencernos que iba a arreglar el mundo. Todo ello, entrecortado y entreverado, formaba una audición fantástica.

En cada celda un olor doméstico distinto. Pronto, rampando, llegamos al olor inconfundible de la tierra amontonada al mismo nivel de nuestras narices, bajo las camas. Después de él comenzamos a llegar al ruido de los amplificadores del baile en la iglesia de la esquina: los Beatles de la calle entreverados con el Mauré mortecino de una radio.

-Yo los veía a ellos como un grupo político. No habían tomado las armas, hacían denuncias sociales, de corrupción, de cosas que pasaban. Eran como idealistas, gente que quería un país mejor,  un mundo mejor, pero después las cosas fueron cambiando y optaron por la vía de las armas, una revolución. Lamentablemente nada se consigue si no es a través de las armas. Pero por la situación del país, ellos tuvieron que optar por las armas. Yo soy antibelicista a muerte y antimilitarista a muerte.

Al fin llegamos a las dos celdas de la otra punta, las que estaban contra Solano García. En aquellos dos breves espacios se amontonaban, a oscuras, los presos de 25 celdas. Seguimos, por entre sus brazos, pechos y piernas hacia el “buco” que comunicaba con el segundo piso. Manos expertas nos guiaban en la oscuridad…

…A lo largo de aquella hondura se iba perdiendo la escalerilla que arrancaba al lado mismo de mis ojos. En el fondo, la única luz viviente en aquellos contornos: un resplandor que venía de las linternas del túnel junto con una extraña brisa de cloaca y de jabón; intermitentes… El resplandor en el fondo del pozo: un amanecer rojizo…

-Entre nosotros tratábamos de conversar de cualquier cosa, pero era imposible…Siempre volvíamos a lo mismo: ¿qué es lo que harían? ¿Un túnel desde mi casa hacia la cárcel? No puede ser, demorarían mucho….Aunque estos muchachos son capaces de hacerlo ¿Y no lo harán al revés? ¿De adentro hacia afuera?, pensaba yo. No, eso es imposible me contestaba… Vos no podés pensar que esto estaba arreglado con la gente de adentro. Cómo van a romper techos, pisos, sacar la tierra sin que nadie se diera cuenta….

Hora 22:30: ¿Qué pasaba? ¿Por qué nos habíamos quedado detenidos allí? En la punta del túnel los tres zapadores habían escarbado ya los cincuenta centímetros y sin embargo no encontraban la superficie ni oían el ruido de la excavación que, se suponía, venían realizando, de arriba hacia abajo, los de Solano García.

De todos modos decidieron ordenar nuestro traslado para irrumpir hacia la libertad al producirse el contacto inminente.

Debíamos, por lo tanto, esperar. No se podía fumar, estábamos a oscuras, con lo puesto (se había prohibido todo traslado de cosas y aun de recuerdos).

Por la ventana veíamos llover. Desde la iglesia nos llegaba, como sonido dominante, el rumor del baile y en alas de las rachas de viento la estridencia de sus parlantes…

-Los minutos se hacían eternos. Cada tanto sentíamos ruidos, golpes amortiguados con frazadas, órdenes….Yo trataba de imaginarme qué era lo que estaban haciendo en cada momento, pero al rato me ponía a pensar en otra cosa. Porque si algo les llegaba a salir mal, nosotros quedábamos en el medio del baile…

Hora 23:00:…La cosa se estaba poniendo muy fea. Hacía ya una hora y media que debíamos habernos ido… Había muchos coches estacionados en la zonas de trasbordo y la situación comenzaba también a hacérseles insostenible. Le habíamos errado feo en el nivel del túnel.

-Pero no se portaron mal con nosotros. Eso sí, nos encerraron en una pieza durante 8 horas. Pero yo les decía: “Diga, ¿hasta cuándo nos van a tener aquí? Diga: ¿no se puede ir a comer algo y volver?”… Y el chico nos calmaba y autorizó a Billy a cruzar a la cocina y preparar algo.

La central de comunicaciones intercambiaba valoraciones con Solano García y Joaquín Núñez. Evidentemente hubo un error garrafal de nivel. “Si a las 6:00 no se hace contacto habrá que levantar la operación…”

El estetoscopio seguía hurgando en vano el piso de aquella sala. Los ruidos ahora eran más nítidos pero seguían siendo difusos…

¿Cómo pudimos habernos equivocado tanto?

Recién alrededor de la una y treinta de la madrugada aquel aparatito comenzó a reducir el área de origen de los golpes. En el lugar previsto…

Hora 01:30: Más o menos a esa hora no esperaron más. Un albañil, experto obrero de la construcción, levantó en un santiamén las baldosas y comenzó, sin hacerle asco al ruido, a arrancar enormes pedazos de contrapiso y luego tierra, cada vez que sus brazos dejaban caer con alma y vida la fuerza entera del pico.

Desde abajo los compañeros comenzaron también a oír…

¡Se oye! ¡Se oye! El vínculo sonoro fue el primero.

En Joaquín Núñez, alertados, comenzaron a despejar el camino. Volvieron a correr alfombras y mesas ratonas, sacaron de ambos patios sendos alambres de colgar ropa que se imponían al paso. La nerviosa radio sintonizada en la frecuencia policial estuvo toda la noche, y aún seguía, transmitiendo desórdenes en La Teja.

-En el fondo nuestro, el lindero que da para Joaquín Núñez, había una casa que en ese momento estaba desabitada. Por eso es que deciden copar la del escribano Curi: hubiera sido peligroso salir de madrugada un montón de gente de una casa en construcción, porque los vecinos sabían que ahí no había nadie. Entonces rompieron la pared del fondo de mi casa y la de al lado para salir sin problemas.

Hora 02:00: Eran las dos de la mañana cuando en el fondo del pozo que se excava desde arriba apareció un alambre…

La dos de la mañana cuando por la cumbre del túnel que se excava hacia arriba descendió una larga barreta.

Manos de un lado y del otro, agarrando firmemente ambos extremos, se saludaron a través del hierro…

Hora 02:30: A esa hora logró obtenerse el ensanchamiento necesario y uno de aquellos zapadores, el primero, embarrado de pies a cabeza, asomó por el pozo como un demiurgo negro, en plena sala de la casa de Solano García, ante los ojos extasiados de los compañeros “de arriba”. Llevaba encendida una luz en la frente.

Eleuterio Fernández Huidobro lleva hoy la misma austeridad que en sus épocas de militante clandestino o de preso. Poco importa su cargo o la importancia política de su figura. Pese a su voz ronca y su tos, fuma un cigarrillo detrás de otro en su oficina del Congreso. Hace memoria…

-Con casi cinco horas de atraso sobre lo previsto, las celdas en las que nos amontonábamos hasta ese momento comenzaron a vaciarse. El túnel –al final de 40 metros– comenzó a funcionar como la conexión entre dos vasos comunicantes: la celda de Arión, con la presión de una cárcel, y la sala de la casa con la succión de la libertad. Un río de 111 hombres que tardó más de veinte minutos en terminar de salir, comenzó a fluir por él. La cueva era una avenida iluminada por dos hileras de linternas. Veníamos de la total oscuridad de las celdas y por lo tanto aquella luz nos deslumbró. Delante de nuestra cara resbalaban sobre la tierra los zapatos de quien iba adelante. Nuestros pies tropezaban a veces con brazos y la cabeza de quien venía atrás. Fila india sin solución de continuidad, sin emitir palabra. El único ruido era el de los codos, puños, rodillas y pies golpeando contra la tierra, pugnando por avanzar,  muy parecido a un tropel de caballos desbocados.

La peor sensación: la de quedar por cualquier motivo atrapados allí.

La gruta oprimía. La caravana se detenía cuando alguien quedaba “trancado” en el tramo más difícil: el pozo de salida.

-Nosotros sentíamos el paso de la gente que salía de acá por el piso. Había uno que comandaba el trabajo. Ese se comunicaba con las personas que estaban en la otra casa y se decían: “tené todo pronto, tené todo pronto”. Porque allá tenían ómnibus, camiones para sacar a todos y se escuchaba: “mira que van 25, mira que van 10, mira que van 20”. Y yo me decía ¡que horrible. Están vaciando la cárcel! Fue a las 5 de la mañana cuando se termino el asunto. Se fue el último que quedaba. Era una madrugada de lluvia, barro, todo hecho un enchastre. El último vino con equipo de campaña, con botas y que se yo. Vino y nos dijo: “ya se termino todo; ustedes no salgan a la calle antes de media hora porque tenemos gente vigilando con armas largas”.

Salidos al aire libre nos desvestíamos la “ropa de túnel” en la cocina y la dejábamos allí donde se fue formando un alto montón, abigarrado, de prendas.

Luego, atravesando en fila india los boquetes practicados en las diversas paredes, recorríamos el caminito hasta la casa de Joaquín Núñez; donde íbamos recorriendo al azar, del montón depositado sobre la mesa del comedor, las bolsas conteniendo un arma, munición y dinero (alrededor de diez dólares en moneda nacional para cada uno). Pronto se comenzó a producir allí una gran aglomeración.

Los primeros doce se fueron, junto con algunos miembros del comando que había copado ambas casas, en la camioneta VW que estaba en el garaje de Joaquín Núñez y en la camioneta Indio que se mantuvo durante todo el tiempo en las cercanías.

Era un espectáculo impresionante el que se veía desde la escalera que comunicaba con la planta alta: una cabeza contra otra, una sonrisa contra otra, se apretujaban en el comedor y el hall de la casa del escribano.

-Claro, ellos querían tiempo para terminar de irse y entonces nos ataron las manos a la espalda a cada uno con un cable eléctrico. No era una cosa demasiado rigurosa, ya que después nos pudimos ir sacando los nudos entre nosotros. Pero dejamos pasar la media hora. Pues, claro, uno estaba en un estado de nervios.

“Después llamamos a la policía y les contamos desesperadamente que habíamos estado secuestrados y que se le fugaron de la cárcel los tupamaros. Me dijeron: “cálmese señora, ¿de qué número habla para confirmar?” Claro, pensaban ¡esta vieja loca! Entonces ellos llamaron para confirmar y seguían sin creernos. Nos decían: “mire, llamamos al penal y está todo en orden”. Entonces, salimos a la calle a gritarles a los milicos: ¡Se te escaparon los tupas! “Vayan a dormir, mamados”, nos decían. Cuando denunciamos el operativo de fuga, al rato aparece la milicada. En un camión venían los soldados corriendo y cuando descubrieron este pastel, el pozo, y el barro, me acuerdo que uno dijo: “Pero mira esto…”. Realmente, fue una tomada de pelo. Un abuso.

“Había quedado  una montaña de ropa, vaqueros, camperas, gorros, guantes de todo y los pobres milicos nos pedían “¿no me da este vaquero señora?”.

Billy se paró frente al imponente muro y haciendo bocina con las manos le gritó al guardia:

–¡Eh! ¡Se te escaparon los tupamaros…!

–¡Andate a dormir, mamao!

Recién a las cinco el escáner comenzó a dar señales de alarma: “Atención a todas las unidades: dirigirse a la zona del Penal de Punta Carretas. Aparentemente se habría producido una fuga…”

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Haití

El país zombi

Por Pablo Biffi

[…] por la dramática singularidad de los acontecimientos, por la fantástica apostura de los personajes que se encontraron, en determinado momento, en la encrucijada mágica de la Ciudad del Cabo, todo resulta maravilloso en una historia imposible de situar en Europa, y que es tan real, sin embargo, como cualquier suceso ejemplar de los consignados, para pedagógica edificación, en los manuales escolares. Pero ¿ qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real-maravilloso?

ALEJO CARPENTIER, El reino de este mundo

Está inmóvil, con el cuerpo apenas retorcido y su espalda arrumbada en el asfalto frío. Sus grandes ojos de córneas amarillentas miran el cielo buscando una explicación. En la boca entreabierta se dibuja una mueca de dolor. Alrededor de su cabeza negra, una aureola espesa, color vino tinto, se extiende en semicírculo hasta hacerse un hilo delgado que muere en la alcantarilla. Es la hora en que las sombras se alargan hacia el oeste y Puerto Príncipe ––esa capital real y maravillosa de Haití–– camina frenéticamente hacia todos lados. O hacia ninguno. Diez cabezas, también negras, lo observan desde lo alto, de pie, a una distancia prudencial. Todos están en silencio ––aunque murmuran–– con sus orejas pegadas a la radio y la mirada clavada en esa camisa blanca, ahora manchada de rojo, y en ese jean gris, gastado de tanta pobreza.  Podrían ser él, pero al menos hoy no lo son.

El cielo es azul oscuro, a la espera de que el brillo del sol lo vuelva color plata, transparente. Un olor a fritanga, cebolla, sudor y orina ya impregna el aire aún fresco del amanecer, se eleva hasta las casas bajas sin terminar y se mete por las ventanas, donde señoras a medio vestir espían detrás de finas cortinas blancas, tejidas a mano. Sólo el ruido de los Tap Tap ––multicolores camionetas transformadas a punta de soplete en transporte de pasajeros hacinados–– rompe la monotonía en la Rue des Fronts Forts, en el barrio de Bel Air, en donde la capital haitiana se antoja un basural hediondo, una danza de moscas verdes que se regocijan a baja altura. Desde uno de ellos ––“Dios cura todo” se lee en su frente y en sus laterales–– varias personas apenas estiran el cuello para mirarlo, sin dejar de darle la espalda, mientras el Tap Tap se escapa por esa  callejuela echando un humo denso, que flota sobre el cuerpo, más estático que antes, pero aún caliente.Vivió para morir, como muchos en Haití.

La violencia, y más aún la violencia política, no es en Haití patrimonio de estos años. Toda su historia está atravesada por la muerte, desde los tiempos remotos cuando los esclavos negros, de la mano de Toussaint Louverture, lograron el fin de la esclavitud, en 1794. O diez años después, bajo la dirección de Jean Jacques Dessalines, cuando la independencia de Francia se abrió paso a punta de machete, pólvora y palos, envuelta en un deseo de venganza contra los blancos. La primera república negra del mundo no trataría mejor a los de su raza. Por ahí andaba Henry Christophe, quien apenas en una década pasó de cocinero a comerciante para morir en 1820 como Rey de Haití, abandonado por sus oficiales y su corte, y apaleado por una turba enardecida, harta de su despotismo, en el Palacio de Sans Souci, al sur de la imperial y norteña Ciudad del Cabo, hoy Cap Haitien. No fueron mejor las cosas con Jean Pierre Boyer, quien tuvo el raro privilegio de ver cómo en 1844 la zona oriental de la Isla La Española se declaraba independiente para dar nacimiento a la República de Santo Domingo, la actual República Dominicana. La historia posterior se caracterizó por luchas desmedidas, deseos de poder y de gloria entre negros y mulatos, como los de Faustin Elie Soulouque quien en 1849 se proclamó “Emperador Faustino I”. Todo regado con sangre. A excepción de pequeños períodos de calma, Haití siempre pareció encontrar motivos para resolver sus diferencias a punta de pistola. Habiendo desplazado a Francia como potencia dominante, Estados Unidos no necesitó demasiadas excusas para poner un pie en la isla con el pretexto de imponer orden. Era 1915 y la Primera Guerra Mundial recién comenzaba. Los diecinueve años de ocupación norteamericana finalizaron el 15 de agosto de 1934, pero aquella no sería la última, ni mucho menos.

Las tres décadas siguientes serían un compendio de golpes de Estado, renuncias forzadas de presidentes, hasta que en 1957 irrumpe en la política haitiana la figura más diabólica de la historia del país: François “Papa Doc”Duvalier, quien inauguró una dinastía montada en el terror, con grupos de paramilitares que sembraron la tierra con cinco mil cadáveres hasta la mitad de la década de los años 90. Reformada la Constitución a su medida y poco antes de morir el 21 de abril de 1971, “Papa Doc” nombró sucesor y “presidente vitalicio” a su hijo de diecinueve años, Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, cargo que ejerció hasta comienzos de 1986. Destino manifiesto de todo presidente haitiano, el pequeño Duvalier huyó del país hacia la Riviera Francesa, en donde aún hoy sueña con volver triunfante a Puerto Príncipe.

Pero lo que más asombraba a Ti Noel era el descubrimiento de que ese mundo prodigioso, como no lo habían conocido los gobernadores franceses del Cabo, era un mundo de negros. Porque negras eran aquellas hermosas señoras, de firme nalgatorio, que ahora bailaban la rueda en torno a una fuente de tritones; negros aquellos dos ministros de medias blancas, que descendían, con la cartera de becerro debajo del brazo, la escalinata de honor […]

ALEJO CARPENTIER, El reino de este mundo

La independencia de Francia fue declarada el 1° de enero de 1804 en Gonaives, al oeste de la isla, por Dessalines, quien tomó prestado el título de “Emperador” para morir asesinado apenas dos años después con su uniforme azulado, salpicado de borlas doradas. Rebelde de nacimiento, hoy la ciudad es la cuarta en importancia, con sus doscientos mil habitantes. Y fue allí, en sus calles polvorientas, en donde se comenzó a gestar el “asesinato político” de Aristide cuando el país entero se preparaba para sumarse a los bailes del Carnaval.

Nada de eso parece importarle a Marc. Tiene cinco años, las piernas flacas y la mirada gris. Sin dejar de mirar el suelo pedregoso, se frota la panza una y otra vez en una señal inequívoca. Tiene hambre. El billete de cincuenta gourdes (poco más de un dólar) en sus manos ajadas le devuelve una sonrisa blanca, perdida hace tiempo. Sentado en una lata de aceite, revuelve sus pies negros sobre la tierra y se va sin decir nada camino al mar. Llegar a la ciudad de Gonaives, a unos ciento cincuenta kilómetros al norte de Puerto Príncipe, es un viaje al olvido.Hacia una tierra de niños desnutridos, como en todo el país. De hombres y mujeres ––en Haití no hay ancianos–– de ojos amarillentos y ropas raídas por la pobreza. De olores indescifrables, mezcla de orina, estiércol y que- so podrido, que se eleva desde el mar verdoso hacia los cerros color panza de burro, diezmados e inservibles. Es un viaje a la “República Independiente de Gonaives”, en manos de los rebeldes del “ejército caníbal”, los opositores a Aristide. Las distancias en Haití, como el tiempo, son relativas. Hay que pasar por tres horas y media de tormentos en un camino zigzagueante, mitad pavimentado, mitad de piedras redondas color tiza, como las del lecho de un río seco. Una ruta pegada al mar, que al amanecer tiene todos los azules y los verdes.

Una vez que quedan atrás los arrozales que explotan de verde, las plantaciones de banano y varios caseríos detenidos al costado del camino y del tiempo, se llega al primer retén de los rebeldes. A unos diez kilómetros de la ciudad, un container corta la ruta e impide el paso: es la “aduana”. Allí está Leonel, junto a dos jóvenes armados con escopetas y decenas de curiosos que exigen dejar el auto y alquilar sus motos que aguardan a la sombra de los almendros. La negociación con Leonel dura varios minutos hasta que por cansancio acepta diez dólares para recorrer la ciudad e ir a ver a los líderes de la revuelta. El segundo retén es otro container atravesado tras un puente, que las motos esquivan con dificultad.La entrada a la ciudad, la única por donde pueden circular vehículos, es una larga avenida bombardeada de pozos y semidestruida.

Este grupo de “rebeldes” no es puro ni romántico y acaso no sepan quién fue el Che Guevara. Porque hasta diciembre eran la fuerza de choque parapolicial ––en este país el ejército fue disuelto en 1995–– del Partido Lavalas, que amedrentaba y mataba a favor del ex “cura de los pobres”. Pero el asesinato de Amiot Metayer, un jefe “Chemer” (“chicos malos” en creole) pro Aristide, rebeló a su hermano Buteur, quien se llevó sus ideales y matones hacia la lucha armada. Estas bandas han sido reconocidas como “ejército caníbal” a partir de un mito con mucho de verdad: en el pasado hubo grupos de choque que solían comerse partes de sus víctimas. Como aquellos quinientos mil negros que a fines del siglo XVIII se alzaron contra los diez mil blancos que mandaban en la isla La Española y que para amedrentar a los franceses clavaban en sus lanzas las cabezas de sus víctimas. Doscientos años más tarde,Gonaives parece no haber cambiado demasiado. Sus casas de madera y paredes de barro ––la mayoría–– o de ladrillos grises, siempre a medio terminar ––las otras–– dudan entre derrumbarse o mantenerse en pie, erosionadas por el paso del tiempo y una pobreza más que bicentenaria. Sus calles están regadas de barricadas de cemento, chasis de autos, carrocerías fulminadas por el fuego, troncos, maderas y cubiertas que ardieron cuando la ciudad cayó en manos rebeldes y sus autoridades y la policía huyeron en busca de mejores días.

La sede central de la policía ––de donde los rebeldes liberaron a todos los presos–– es sólo una montaña de escombros chamuscados y alambres retorcidos. Las columnas y parte del techo, lo único que quedó en pie tras el ataque, están rociadas de balazos de distinto calibre. En igual estado quedó una gasolinera, de la que sólo se distingue la cara tiznada de un tigre. A unos metros, una camioneta 4×4 sin patente identificatoria, que hasta antes de la toma era de la policía, vigila la escena. En su interior, cuatro milicianos rebeldes, con una ametralladora M-15 y una pistola calibre 22, ambas oxidadas y con las culatas de madera carcomidas, como único arsenal, patrullan la ciudad en busca de ladrones de poca monta.

A pocas cuadras de la comisaría está la feria, en la Avenida Vené, en el cruce de dos calles tapizadas por un colchón de basura de veinte centímetros, acumulada hace ya varios días. El olor define a esta ciudad y no es posible distinguir si es a agua estancada o se desprende de los cerdos que, como los perros, se disputan alguna que otra rata o restos de comida. En una alcantarilla de agua color carbón, el esqueleto de un perro flota mansamente, mientras otro ––que pronto lo será–– lo olfatea buscando algún resto de carne. En dicho mercado es posible encontrar de todo, de dudosa utilidad en esta ciudad que arde al mediodía y quema como un soplete: crema de afeitar, jabón, cremas para las manos y la piel, pañales descartables, toallas femeninas, pilas, baldes de plástico. Por la tarde, este pueblo en armas ––todos armados, dicen los líderes rebeldes–– se vuelca al ron y a la cerveza, mientras desde las casas de comida estalla la música afro ––la raíz de este país con un noventa y cinco por ciento de negros–– que rompe el silencio de una ciudad en espera de bailar con la caída de Aristide.

Buteur Metayer, el jefe rebelde del Frente Revolucionario de la Artibonita, está en su “oficina”, una choza de cinco por cinco, sin paredes, con piso de tierra y una terraza sostenida sobre vigas de madera de dudosa resistencia que antes era la escuela. Rodeado de jóvenes más parecidos a pandilleros del Bronx neoyorquino que a “revolucionarios”, Metayer no demuestra sus treinta y tres años. Parece más viejo: su cabeza rapada, su barba candado y sus lentes para sol Rayban con marco dorado le dan un aire indisimulable a jefe de una organización armada, pero no precisamente revolucionaria.

Para llegar a él hay que atravesar todo el pueblo y detenerse en una esquina, a una cuadra del mar, al costado del puerto. Hay que “saludar” al busto de bronce cubierto de flores de Amiot Metayer, el hermano de Buteur, asesinado en diciembre, y esperar que sus “lugartenientes” den la orden para avanzar. Al final de la calle, junto a unas barcazas que se pudren al sol, está su “cuartel general”. Antes de entrar, hay que sortear tres estatuas de bronce de los líderes de la  independencia de casi tres metros de altura, acostadas en el suelo, arrancadas de algún monumento.

––Vamos a seguir avanzando hasta que se vaya el dictador Aristide. Primero atacaremos Cap Haitien [la segunda ciudad del país], luego tomaremos todo el norte para bajar después a Puerto Príncipe y forzar su caída ––me dice. Huele a ron.

––¿Por qué tomar las armas para echar a un presidente como Aristide elegido en las urnas? ––le pregunto.

Ese nombre lo pone eufórico.

––Él es el culpable de lo que le pasa a este país. Es un dictador que le ha hecho mucho daño a este pueblo. Por eso debe irse ––dice en correcto inglés.

––Pero hasta hace unos meses usted era uno de sus hombres de confianza…

––Sí, pero no se asesina a los amigos ––responde cortante. Es vox populi en Haití que los hombres de Metayer se han financiado con el narcotráfico y que han recibido sus armas de los traficantes que operan en estas costas. Sin mover siquiera un músculo de la cara, Metayer es categórico: “El dictador Aristide se olvida que fue él quien nos dio las armas, pero para otros fines”, sin duda, más “altruistas”: matar opositores de entonces, hoy sus aliados.

El final de la charla es a toda orquesta. Una marcha encabezada por dos jóvenes armados con ametralladoras AK 47 y seguida por decenas de niños y mujeres, cantan, insultan a Aristide y convocan a Egou, un dios menor del vudú ––la religión mayoritaria en Haití–– que personifica al espíritu de la guerra, que siempre sale victorioso y que fue quien inspiró a los negros de Gonaives ––hace doscientos años–– para romper el yugo francés y declarar la independencia.

De Gonaives era Clervius Narcise. “Ésta es mi tumba, aquí es donde me enterraron. Cuando fallecí me metieron en esta tumba. Yo morí el 3/5/1962 y fui enterrado aquí al día siguiente. Me metieron aquí debajo y estuve más de dos días sepultado. Después vinieron a buscarme.Me llamaron. Oí que me decían ‘levántate’ y yo me levanté y salí de la tumba contestando a los que me llamaban. Estaba muy agitado. Me senté en la tumba y me amarraron los brazos con cuerdas. Después me tuvieron trabajando en una plantación durante dos años y nueve meses”. Narcise es el zombi más famoso del mundo, y no es para menos. Un informe judicial del 26 de enero de 1980 identifica como Clervius Narcise al individuo que fue hallado el 18 de enero de ese año, vagando semidesnudo y en estado de shock, por las afueras de su pueblo natal. Sin embargo, el 3 de mayo de 1962 se había certificado su muerte en el hospital Albert Schweitzer, de Gonaives.

Gracias a una terapia, Narcise se recuperó parcialmente, lo que no ha ocurrido con casi ningún otro caso de zombificación, y pudo de esta forma aportar datos para una investigación posterior. Narcise contó en detalle cómo su alma había sido robada por un Bokor (un hechicero especialista en el uso de venenos y en “separar el alma del cuerpo”, según la creencia del vudú) y cómo su cuerpo paralizado había sido enterrado vivo. Este “muerto en vida”, un zombi en definitiva, detalló el terror de escuchar a los médicos certificando su muerte, y su incapacidad de gritar que estaba vivo. Relató la agonía de permanecer encerrado bajo una tierra húmeda horas interminables, y cómo fue desenterrado por el Bokor y sus ayudantes, golpeado, atado y vendido como esclavo en una plantación, donde había otros zombis como él. Cuando el capataz de la plantación murió, los zombis comenzaron a vagar durante años por los caminos de Haití, hasta que la fortuna lo llevó nuevamente a su ciudad, donde fue reconocido por su familia. Narcise, casado y padre de un hijo, fallecería para siempre años después. Hasta ahora, no ha vuelto a levantarse de su tumba.

Haití es un zombi. Una muestra más de lo real y de lo fantástico de un pueblo que se dice católico, pero que en el más íntimo de los secretos profesa el vudú, una religión de origen afro que adora a un solo dios, Bondye, y a toda una galería de “seres espirituales” ––los Loas–– como Erzuli, la diosa del amor, o Agw, el soberano de los mares que ––dicen–– ejerce una gran influencia en la política. Lazombificación es una pena capital, una condena infamante dentro del vudú. Y el zombi no es otra cosa que una persona a la que le han arrebatado el ti bon ange (la “conciencia” en el mundo occidental y cristiano), como forma de castigo: una justicia a la haitiana, ilegal pero legítima. Tan fuerte y poderosa ha sido la influencia del vudú en la vida política del país que la mayoría de sus presidentes y dictadores fueron Houngan (sacerdotes) y miembros de las llamadas Sociedades secretas, instituciones políticas y judiciales encargadas de imponer las penas. Y tan legítima que el año pasado el Estado debió legalizar su práctica.

Una cosa es lo que creen los haitianos sobre el proceso de zombificación y otra muy distinta es cómo se fabrica científicamente. Muchas familias de Haití, ante el temor de que sus familiares muertos puedan ser desenterrados y convertidos en zombis, los hacen morir por segunda vez: les disparan un tiro en la cabeza o le inyectan al cadáver un poderoso veneno. Otros los estrangulan y hay algunos que han llegado a decapitarlos para impedir que los hechiceros puedan hacerlos resucitar. Para la ciencia, en cambio, un zombi no es otra cosa que un ser vivo narcotizado con un poderoso veneno ––tetrodontoxina, sesenta mil veces más potente que la cocaína y quinientas más que el cianuro–– extraído de algunas plantas, algas marinas o peces y que los Houngan utilizan a la perfección. Ciencia o magia negra, el temor a la zombificación ha sido utilizado siempre en Haití como mecanismo de control social y político.

Unos cien kilómetros más al norte de Gonaives se encuentra Cap Haitien, la segunda ciudad del país con sus quinientas mil almas, convertida en “comandancia” de la otra vertiente de los rebeldes alzados en armas que controlan medio país, tan pequeño que sólo es la mitad de Suiza y que tiene ocho millones de habitantes. En tiempos de Henry Christophe era Ciudad del Cabo, y por sus callejuelas con “edificios de cantería, sus casas normandas guarnecidas de larguísimos balcones techados”, el Rey solía someter a cuanta mujer deseara y apalear a los de su raza. Desde los embarcaderos del puerto, achinando los ojos hacia el mar, se puede distinguir la Isla de la Tortuga, en donde bucaneros, piratas y corsarios buscaban tesoros entre los siglos XVII y XIX, aventuras pintadas con trazo fino por Emilio Salgari en El corsario negro y por Robert Stevenson en La isla del tesoro. Ya no está allí el “capitán Bill” en busca de un cofre de oro, pero por sus costas andan otros tunantes que cruzan el Canal de la Tortue traficando todo tipo de mercancías, armas y drogas.

En el hotel Mont-Joli de Cap Haitien, al costado de una piscina de agua cristalina y dulce, el ex policía Guy Philippe y el ex represor Louis-Jodel Chamblain dan los últimos retoques para lo que será el asalto final a Puerto Príncipe. Ambos tienen prontuario más que currículum: Philippe encabezó un intento de golpe de Estado contra Aristide en 2001 y debió refugiarse en República Dominicana, desde donde regresó protegido y armado por sus colegas dominicanos. Chamblain está acusado de dirigir un escuadrón de la muerte, que desde 1991 hasta 1994 violó, torturó y mató a cuanta persona quiso ver abandonada en una zanja.

Es la hora en que las sombras son un pequeño punto negro.En esa calle de Bel Air, en la capital haitiana, el cuerpo se confunde con un montículo de basura, abandonado. Su espalda se ha arqueado un poco más y sus ojos fueron cerrados por compasión. El sol del medio día inflama la carne en descomposición hasta deformarlo: los tobillos son como una pelota de tenis y su panza es una bola de piel estirada, como el parche de un tambor. Parece otro hombre, pero es el mismo.Nadie se junta a su alrededor y ya no hay matronas que se asomen a las ventanas. Los Tap Tap siguen su marcha indiferente. El olor es el mismo, nauseabundo y caliente, más concentrado que al amanecer. La mancha alrededor de su cabeza es ahora una pasta negruzca, adherida a la calle para siempre.

Cerca de allí, en Cité Soleil, Puerto Príncipe se extiende por un valle de calles pedregosas, de tierra seca y residuos acumulados desde siempre. Sus doscientos cincuenta mil habitantes viven en el abandono y la pobreza más cruel, en casillas de chapas agujereadas, sin agua potable ––como la mayoría en la capital––, rodeados de cerdos y gallinas que se disputan a punta de mordiscos y picotazos los restos de basura. Es el bastión de los seguidores de Aristide y ahí, dicen, hay más armas que comida.

Baltazar tiene treinta y tres años y el aplomo que le da su pistola calzada en el cinturón. Es uno de los jefes “Chemer” encargados de patrullar sus calles estrechas, senderos laberínticos que se pierden hacia el puerto. Sin policías a la vista, son los amos del lugar. Sentado en el anfiteatro de la Plaza de la Unión ––a medio concluir, como todo en Haití–– admite que la policía no los persigue. Por el contrario, trabajan junto con ella: “Ellos se encargan de la justicia formal”, me explica, y da por sobreentendido que existe otro tipo de justicia y que no es precisamente divina.

––Si la policía cumple su rol, ¿cuál es el de ustedes? ––pregunto.

––Ayudamos a la policía a luchar contra los ladrones y para evitar que haya peleas entre bandas rivales de jóvenes. Peroprincipalmente estamos armados para defendernos de los que quieren que Aristide se vaya del gobierno.

En su cuello cuelga una cruz de madera con el nombre de Jesús tallado a mano, enlazada en un collar jamaiquino, que contrasta con su enorme reloj “bañado en oro” ––aclara–– y su anillo con una piedra bordó. Miembro del Partido Lavalas de Aristide, Baltazar cuenta que para patrullar la zona se desplazan en grupos de cincuenta a sesenta personas, “con machetes, palos, etcétera”.

––¿Armas? ––sondeo, invitándolo a una respuesta conocida.

“Muchas etcéteras”, responde y la primera sonrisa que lanza en la charla deja ver su dentadura blanca con algunas ausencias. Baltazar admite que fueron los hombres de Aristide quienes convirtieron esta zona en un arsenal, a mediados de los años noventa, para defenderse de los grupos paramilitares que, con la dictadura de Cedras en fuga, intentaban llevarse con ellos la mayor cantidad de cadáveres. Y confiesa algo más, a modo de secreto ––tras la invasión norteamericana de 1994 que repuso a Aristide en el poder, Estados Unidos montó una base militar a unos cientos de metros de Cité Soleil-: “Nosotros les ofrecíamos mujeres y sexo, y los marines pagaban con armas y municiones”. Un negocio redondo.

Este conglomerado de tierra, perros flacos, aguas servidas que no sirven para nada y olor indescifrable comenzó a poblarse en los años sesenta cuando campesinos sin trabajo abandonaron el interior del país en busca de mejor suerte. Entonces se llamaba Cité Simon, un homenaje en vida a la esposa del entonces dictador “Papa Doc” Duvalier. Pero en 1984 comenzó a transmitir Radio Soleil, de la Iglesia Católica, en la que tenía un programa un sacerdote llamado Jean Bertrand Aristide. A los pocos años, esta barriada infinita fue rebautizada como Cité Soleil.

Jose Ulysses se presenta como el jefe de Infraestructura de la zona ––el encargado de concluir esta plaza de cemento que, al parecer, no se inaugurará nunca––, pero tiene la actitud y el porte de un “comisario político”. Escucha el relato de Baltazar con atención e interviene:

––Nosotros vamos a defender a Aristide de esos que se dicen rebeldes, hasta la muerte, porque él nos da todo y el resto nunca nos dio nada. El problema aquí es que los ricos no quieren que los pobres participemos en política.

Baltazar asiente. Que a la burguesía haitiana ––doce familias tan blancas que parecen puras–– le resulte abominable el poder que en la última década han tenido los pobres de este país ––el ochenta por ciento, ciertamente–– no caben dudas. Sobre dar la vida por su jefe, como asegura Jose, se verá…

Es sábado y llueve sobre Puerto Príncipe. A las dos de la tarde el cielo se volvió plomizo y las pocas luces de la Avenida Delmas se encendieron automáticamente. Es una lluvia fuera de contexto, en esta época de seca. Es unos de esos días en los que la melancolía lo invade todo. Y hace más triste el mundo de Lucile, que vive con menos de un dólar diario y menos luminoso el de Cristine, a quien no le preocupan los precios en ese supermercado de Petion Ville, la única zona exclusiva de la capital. En ese inmenso local refrigerado que huele a pan recién horneado y en donde los celulares trinan histéricos, la vida es vida. No como la de Lucile, que debe hundir sus pies en el barro y en la basura para recorrer esas calles del mercado de La Saline ––un barrio descascarado pegado al puerto–– para comprar su mudita de frutas, verduras, arroz y algo de pescado para combatir el hambre.

Además de sus callejuelas intrincadas que bajan de los cerros hacia el mar turquesa, Puerto Príncipe tiene una distribución geográfica que parece pensada por un diablo, un urbanista perverso o por Eshu, el Loa (Dios) de la Venganza para el vudú. Y es que los sectores más ricos de este país empobrecido ––en donde el ochenta por ciento de la población pasa hambre y la enfermedad más extendida es la desnutrición–– viven colgados de los cerros, en sus fortalezas blindadas por muros de concreto. Abajo, en apretadas barriadas casi sin luz y sin agua potable, el “Haití real” se desmaya por el hambre, se muere por la violencia o agoniza porque sí. Blanco y negro de un país dirigido por mestizos y blancos, en un país con noventa y cinco por ciento de negros, de origen africano.

El mundo de La Saline, el de Lucile, es aquel de cubículos de chapa, piso de tierra, una alfombra de basura en descomposición, que huele a formol y a aceite quemado, a agua estancada por siglos y a orina estampada en sus paredes. En una de sus avenidas, la Rue Deschamps, está el mercado, con sus gritos dulces en creole (el dialecto local) y decenas y decenas de puestos, en donde hay todo tipo de verduras, desde tomates a papas más bien raquíticas, lujuriosas zanahorias en racimo, sacos de arroz, frutas tropicales como el mango o el ananá, y banana, mucha banana. También pescado, que con su olor tiñe todo lo que toca. Y carne inclasificable, de un color morado, salpicado de verde. Lucile apenas tiene para sobrevivir con sus dos hijos y un marido que por mil seiscientos gourdes al mes (unos cuarenta dólares) trabaja en una gasolinera.

La lluvia de la noche anterior, bien tropical, implacable, depositó toda la basura de la parte alta de la ciudad en el centro y en los barrios periféricos. Y nadie parece dispuesto a quitarla de las calles. Un remolino de latas, bolsas, hierros retorcidos y ropa vieja se trepa a las veredas, a las paredes y se cuela en las casas. Lucile parece tener más años de los que debe tener y su cuerpito es flaco, diminuto. Compra allí lo necesario: diez gourdes (veinticinco centavos de dólar) por un poco de carbón, indispensable para cocinar, y un puñado de arroz por el mismo precio.

Al mundo de Lucile y al de Cristine no sólo los separan los cinco kilómetros que hay del puerto a los cerros. También el color de la piel ––en este país es por lo general sinónimo de status social–– y lo que pueden gastar para mantener a sus familias. Por los pasillos del supermercado Caribbean pasean muchos mestizos, varios blancos y pocos negros. El temor a un desabastecimiento ha llevado a Cristine ––y a muchos como ella–– a abarrotar sus pasillos y a llenar los carros con lo indispensable: leche, muchas latas de conserva, fideos y pollo. En sus góndolas aún hay de todo. Leche Parmalat y pollos Sadia, de Brasil, manteca de Finlandia, quesos franceses por más de treinta dólares, salames y jamones españoles por la misma cifra, agua mineral de Estados Unidos, fideos italianos, manzanas mexicanas. Nada, claro está, dice “Made in Haití”.

Lucile y Cristine son dos caras de esta realidad haitiana, que se parece tanto a una pintura naíf, de las que se venden en las calles de Puerto Príncipe. De lejos se ve ingenua, pero de cerca, es más difícil de comprender.

Muy lejos había sonado una trompa de caracol. Lo que resultaba sorprendente, ahora, era que al lento mugido de esa concha respondían otros en los montes y en las selvas […] Era como si todas las porcelanas de la costa, todos los lambíes indios, todos los abrojines que servían para sujetar las puertas, todos los caracoles que yacían, solitarios y petrificados, en el tope de los moles, se hubieran puesto a cantar a coro […] Todas las puertas de los barracones cayeron a la vez derribadas desde adentro. Armados de estacas, los esclavos rodearon las casas de los mayorales, apoderándose de las herramientas.

ALEJO CARPENTIER, El reino de este mundo

La llegada de Jean Bertrand Aristide al poder en febrero de 1991 trajo algo de normalidad. Pero en Haití, los problemas siempre están por comenzar. Sin embargo, este “cura de los pobres” que se había impuesto en las primeras y únicas elecciones limpias de la historia con el setenta por ciento de los votos sería víctima del golpe de Estado número treinta y dos, encabezado por el general Raoul Cedras apenas siete meses después de haber asumido. Cedras siguió la tradición de muerte de los Duvalier, hecha carne en las fuerzas armadas haitianas. Sólo los veinte mil marines enviados por Estados Unidos en septiembre de 1994 pudieron poner fin a la dictadura y reponer en su sitio a Aristide. Paradojas del destino y de la “real polítik”, con apenas un puñado de hombres que no actuaban bajo su bandera ––al menos visiblemente–– Washington se llevó al exilio a un hombre que fue clave en las dos últimas décadas y volvió a instalar sus marines en el blanco y afrancesado Palacio Presidencial, testigo desde su construcción, en 1920, de una sucesión interminable de presidentes.

La “llamada de los caracoles” fue, para Aristide, la caída en manos rebeldes de Mirebalais, a sólo cincuenta y siete kilómetros de Puerto Príncipe. Ubicada en un lugar estratégico de la isla, la ciudad conecta tres carreteras: una al este, hacia República Dominicana; otra al norte, bastión de la “comandancia” alzada en armas; y la tercera que baja de los cerros hasta la capital. Aislado y abandonado por las superpotencias que alguna vez lo idolatraron, Aristide sólo podía esperar un milagro ofrecido por algún Loa. De nada servirán las barricadas amenazantes que durante días ardieron en la capital. De nada, tampoco, las armas que los Chemer decían tener ––y tenían–– para defender a su líder. De mucho menos servirían, a esas alturas, los apenas cuatro mil policías mal armados de todo el país que al paso de los rebeldes huían sin pelear o se sumaban a sus huestes.

El sol de las dos de la tarde se cuela por las ventanas del palacio presidencial e ilumina el amplio salón de cortinas blancas y paredes beige. Allí, hace cuarenta años, Simon ––la esposa de “Papa Doc”Duvalier–– le ordenaba a sus sirvientes refrigerarlo hasta el congelamiento para poder lucir sus tapados de pieles. En el palacio ya no están ni Simon, ni “Papa Doc”, sino Aristide. Sentado en un sillón de cuero verde, rodeado de bustos de la familia Kennedy y custodiado por una enorme pintura de Dessalines ––el héroe de la independencia––, Aristide me mira con serenidad. Dos enormes ventiladores de techo ronronean dando vida a un aleteo rutinario. Detrás de unas gruesas gafas, su ojo derecho se niega a seguir el recorrido del izquierdo. Las manos bailan en el aire, se enroscan, se cruzan y se estrechan, como las de un sacerdote en misa. Es enfático y se lo ve seguro de su poder y de la devoción que aún despierta en los sectores populares. Pero en el fondo intuye que su suerte está echada si la comunidad internacional no despliega una fuerza militar que detenga el avance rebelde desde el norte hacia Puerto Príncipe. Luego de una larga charla, me despido con una pregunta temerosa.

––¿Daría la vida para defender a su gobierno?

––Sí, claro que sí ––responde en perfecto español. Como Baltazar, lo dice con firmeza. Como Baltazar, no cumplirá.

Los festejos, o los lamentos, por su caída deberán ser cada cuatro años. Aristide huyó del país el último día de febrero de un año bisiesto, a las seis de la mañana, a la hora en que la sombra de los cerros de la capital se estira sobre el mar. Era un domingo de misa, de atuendos pobres pero limpios, recién planchados. Un domingo de niños con camisas blancas y niñas con vestidos de colores vivos, zapatos negros de charol, medias rojas y trenzas al tono. Pero también, fue un domingo de saqueos y muerte. Nada de eso vio Aristide desde la ventana del pequeño avión privado en que partió al exilio, acaso con su esposa, Margot, sollozando en su hombro.No vería tampoco el saqueo de su casa en el Boulevard 15 de Octubre, en el barrio de Tabarre, ni sabría ––acaso nunca lo sepa–– que su coqueto piano de cola fue a dar al fuego lento de una cocina a leña. Su formación de sacerdote salesiano no le habrá alcanzado para comprender por qué aquellos que diez años atrás habían movilizado su poderosa flota para devolverlo al trono hoy, con un puñado de hombres, lo forzaban a partir. Cuando el avión carreteaba habrá recordado a James Foley, el “baby face” embajador norteamericano, erigido en el nuevo poder de Haití. Cuando el avión despegaba, no habrá querido recordar que al menos cien personas murieron en medio de una violencia política que él ayudó a fomentar.Menos aún imaginaría lo que sucedería al día siguiente.

Bajaron del norte triunfantes. Aristide ya era pasado y ellos ––coautores de un golpe de Estado encubierto–– tenían motivospara festejar.Guy Philippe y un grupo de unos sesenta rebeldes del rebautizado Frente de Resistencia para la Liberación de Haití se dieron un baño de fervor popular por las calles de la capital, en una interminable caravana de camionetas todo terreno. A su paso iban recibiendo aplausos, vítores, abrazos y postulaciones apresuradas a la presidencia del país. Eran la nueve de una mañana calurosa, cuando Philippe, Louis-Jodel Chamblain y su banda de soldaditos de plomo comenzaron su recorrido por las comisarías ofreciendo sus hombres y sus armas para garantizar la seguridad de Puerto Príncipe. “Nos liberó, nos liberó”, gritaba un grupo de mujeres cuando vio que Philippe se bajaba de su 4×4 todo abollado. Intentaron avalanzarse sobre él para darle un beso. No paraba de sonreír, enfundado en su uniforme negro y protegido del sol bajo las alas de su sombrero de miliciano. El recorrido a veces era lento, a veces frenético por esas callecitas empinadas de la capital. Lento, porque la caravana debía parar a saludar y saludar a los cientos de personas que desde las veredas agitaban banderas haitianas, pañuelos y alguna que otra prenda íntima. Frenético, cuando tomaba velocidad en alguna avenida en bajada, en donde las camionetas parecían flamear por el viento. Las bocinas, a esa altura del recorrido, ya estaban roncas de tanto trinar.

Colgados de los techos de las 4×4 o con el torso afuera y las armas apuntando al cielo, este grupo de ex policías, ex militares, paramilitares y malhechores comunes entró en la plaza Champ de Mars en medio del éxtasis de las miles de personas que allí los esperaban. Sólo faltaban los disparos al aire, pero supieron cuidar las formas. Detrás de las altas rejas del palacio presidencial, después de un amplio parque y sobre las escalinatas de acceso, decenas de marines ––rubios, recién afeitados–– custodiaban al presidente provisorio, el longilíneo Boniface Alexandre, que atendía en su despacho.

Ahora que la marcha termina, Philippe sube a su todo terreno y emprende la retirada. Pasa despacio frente a la Casa de Gobierno, en donde Aristide dijo que lo esperaría para vender cara su derrota. El ex presidente ya no está. Allí sólo hay una decena de marines que a su paso miran para otro lado.

Al día siguiente encuentro a Philippe en un edificio blanco, frente a la misma plaza, que sirviera como comandancia de las fuerzas armadas hasta la dictadura de Cedras. En verdad, luce parecido al actor Denzel Washington, con quien le gusta compararse. No mide mucho más que un metro con setenta. En la piel morena de su cara tiene unas marcas que le dejó, seguramente, la adolescencia. Está parado en el centro de un pequeño hall. A su espalda, tiene una puerta de vidrio que conduce a los balcones del edificio con aire colonial, blanco y brillante. Rodeado siempre de unos mastodontes que se chocan entre sí, se tropiezan y se caen por protegerlo de nadie, Philippe se dispone a responder mis preguntas. Uno de sus custodios, un indudable haitiano llamado “US Navy, S.Williams” ––según dice en el bolsillo de su uniforme–– escucha con desconfianza un idioma, el español, que no conoce.

––Ustedes prometieron que si Jean Bertrand Aristide renunciaba deponían las armas. ¿Están dispuestos a hacerlo ahora?

––Sí, estamos dispuestos a dejar las armas, pero para eso necesitamos garantías. Somos de cumplir nuestra palabra, pero no podemos desarmarnos así porque sí.

––Usted se acaba de proclamar “jefe militar” pero es policía y en Haití no hay ejército desde 1995…

––Es que soy el jefe militar de los rebeldes que controlan la mitad de este país. Además, ya hablamos con los mandos medios de policía y con muchos de sus jefes para que trabajemos juntos en garantizar la seguridad de los haitianos.

––¿Quiere ser ahora presidente de Haití?

––No, por ahora no. Hay un presidente que respetamos y sólo queremos paz para el pueblo haitiano.

––¿Y más adelante?

Antes de responder duda unos segundos, hace una mueca ––una sonrisa cómplice, en verdad––, me da la mano y dice:

––Eso lo decidirá el pueblo de Haití.

El pueblo haitiano, que se polarizó hasta la muerte entre los adoradores de Aristide y sus detractores, que tomó las armas para defenderlo y para derrocarlo, no podrá decidir su destino, al menos por ahora. Instalado en su fortaleza inexpugnable del Boulevard Harry Truman de Puerto Príncipe, protegido por enrolladas alambradas de púas, inmune a la malaria y separado por pesados muros de los niños desnutridos de Haití, quien manda es “Baby Face” Foley: bien podría ser Faustin Elie Soulouque aquel “Emperador Faustino I” de mediados del siglo XIX. O también el Rey Henry Christophe, el de la muerte trágica por traicionar a los de su raza. En los jardines prolijamente verdes de su residencia ––en alguna noche de fiesta de trajes largos y copas con burbujas–– deberá desmentir una y otra vez que Aristide fuera echado por la fuerza. Por su fuerza. El ex cura y por dos veces ex presidente derrocado ahora le sobrará el tiempo para pensar en por qué sus mandatos terminan a los golpes. Y podrá imaginar otro regreso a su tierra y al poder. Como debió hacerlo Guy Philippe y su grupo de bandoleros, que tras su baño de fervor popular, fue forzado a punta de presiones ––otra vez “Baby Face”–– a abandonar su autoproclamado cargo de “comandante en jefe” de las fuerzas haitianas y retornar a su mundo, en Cap Haitien, lejos de sus ambiciones de poder. En Gonaives, la tumba del zombi Clervius Narcise recibe la visita de curiosos, médicos, antropólogos y turistas. Murió dos veces y al parecer no piensa hacerlo otra vez, aunque en Haití todo es posible. En Puerto Príncipe, ese muerto sin nombre de Bel Air no tuvo sepultura, mucho menos velorio ni plañideras que lo llorasen. No tuvo, si quiera, quien lo reclame.

El cuerpo es ahora un muñeco estático, inflamado por el calor del Caribe, vacío de vida propia, atacado por vida microscópica. Las moscas bailan, enloquecidas, al compás de un zumbido endemoniado. La carne de los pómulos ha avanzado sobre los ojos y sobre la boca, blanda y deformada. Los botones de la camisa que fue blanca están a punto de estallar y los zapatos agujereados ya no pueden contener esa masa informe que son los pies. La aureola alrededor de su cabeza ––que fue vino tinto caliente y luego una pasta negruzca–– ha desaparecido para siempre, bajo la lengua húmeda de un perro de nadie. El Sol ya hizo todo su recorrido semicircular por Puerto Príncipe y va a derretirse en el mar, anaranjado, sobre la Île de la Gonave. La noche se eleva por detrás de los cerros, mientras los helicópteros de los marines, rugientes y estruendosos, abren heridas profundas en el cielo de la capital. La Rue des Fronts Forts, en Bel Air, huele más que nunca a cebollín, fritanga y formol y sólo acercándose demasiado es posible percibir el aroma dulzón de los jazmines celestes y de las trinitarias rojas, blancas y violetas. Ese hombre que fue vida, que gozó y sufrió como todos en este mundo, ya no es nada. Tal vez su alma se corporizó en ese pájaro negro que hace equilibrio en los cables de luz y que duda en lanzarse en picada. Aquella matrona de piel azulada y ojos color de pecado ––enfundada en un pantalón varios talles más pequeño de lo que exigen sus carnes–– cierra ahora lentamente las ventanas y corre, para siempre o hasta el próximo muerto, las finas cortinas blancas tejidas a mano.

Haití, el pobre Haití que no soñaron Toussaint Louverture y Jean Jacques Dessalines, y que no sueñan ni Baltazar, José, Lucile, Cristine, Aristide, Philippe y Metayer, y mucho menos sueña Marc y tantos seres de carne y hueso, es un zombi, un muerto en vida que camina con prisa involuntaria e incomprensible hacia el abismo.

Pero la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse Tareas. En el Reino de los Cielos no hay grandeza que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término […] Por ello, agobiado de penas y de Tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre sólo puede hallar su grandeza, su máxima medida en el Reino de este Mundo.

ALEJO CARPENTIER, El reino de este mundo

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Crónica de una vida anunciada

Por Carlos Pressman

“El futuro no es el tiempo, son los proyectos”.

Marita Mata

Estoy por cumplir 50 años y siento en el cuerpo que tengo más recuerdos que futuro. Este último tiempo he venido despertándome con miedo a la vejez y a la muerte. Esa percepción dejó crecer en mí una tristeza que ha ido horadando la posibilidad de cualquier festejo de cumpleaños. Nunca pensé que trasladar dos viejos de más de 80 años se transformaría en una vivencia terapéutica.

Me pidieron que los llevara a Villa Allende porque mi vehículo es un poco más confortable. Y porque soy médico, por las dudas.

Son dos personajes de la bohemia cordobesa de antaño: “el Gordo” Oviedo y “el Pipo” Viale. Entre los dos suman 170 años en partes iguales. La excusa era festejar el cumpleaños de “Cascote” y los 40 años de la creación de Hortensia , la revista de humor.

Ni bien subieron al auto, me aclararon que eran amigos desde hacía 77 años. Desde la escuela primaria. El secreto de semejante trayectoria era, entre otras cosas, que se trataban siempre de usted y que jamás se habían devuelto un centavo…

“El Gordo” había hecho su casa con un crédito del banco donde trabajaba “el Pipo”, pero nunca pudo pagar una cuota. Ante el reclamo del presidente de la entidad por el expediente de Oviedo, “el Pipo” tuvo que afrontar la triste noticia de su extravío. Lo reconstruyeron e hicieron un arreglo que le permitió salvar la casa. En esa propiedad vive hoy “el Gordo” con otro viudo de 86 pirulos y un edecán-jardinero de 55 jóvenes años. Todos los jueves, viernes y sábados, en el quincho del fondo, hay asado con cuentos y guitarreada.

Apenas con esos breves datos y recién saliendo de Córdoba empecé a sentir que viajaba con dos tipos sin edad, como si la vida fuese una sucesión de historias risueñas, un presente perpetuo que se va contando en vivo.

Viejos conocidos. El domingo se presentaba especialmente luminoso y templado. Apenas llegamos a la casa de “Cascote”, conocí a otro viejo que aparentaba igual o más edad que ellos. Se le acercaron y “el Gordo” se despachó con: “Che, varón ¿te han dejado salir del cementerio pa’ limpiar el nicho?”. Y el viejo, el dibujante Ian, replicó: “¡Qué decí! Si vo’ lo conocé’ al Mar Muerto de cuando estaba enfermo”. “El Pipo” remató: “Los tres le sacamos punta al lápiz con la guadaña de la Huesuda”. Después, “el Gordo”, señalando hacia el cielo y el césped dijo: “Donde quiera que estén los muertos, nos van a tener que esperar un rato…”. Se reían como chicos… y yo con ellos.

“Cascote” había preparado el living para la ocasión. Éramos unos 30 entre familia, amigos y conocidos. Las mesas estaban orientadas hacia un escenario con parlantes y varios micrófonos, como si fuera una peña de folklore de la década del ’60.

En mi mesa estaba Omar, socio del “Cascote” en Los Angeles, donde se exiliaron durante la dictadura y con quien trajeron los Laverap (máquinas lavarropas) a Córdoba. En Estados Unidos habían trabajado de cualquier cosa: les vendieron autos a los mejicanos, fueron lavacopas en un cabaré.

Los mangos para volver los hicieron con la venta de una pizzería. Resulta que “Cascote” puso primero un negocio de pollos a la parrilla. En meses, no vendió un “puto pollo” como decía él, pero su familia y la colectividad cordobesa comieron durante semanas ese menú. Cuando le avisaron que una pizzería cambiaba los hornos por unos más modernos y tiraba los viejos, como en Norteamérica hacen con todo lo usado, decidió un cambio de rumbo gastronómico y armó una pizzería. Tuvo el mismo éxito que con los pollos a la parrilla. El local estaba en las afueras, en un antiguo barrio de judíos que no comían pollo, menos aún jamón con el queso de la pizza, y menos que menos gastaban sus dólares comiendo afuera. El dueño de una pizzería del centro de la ciudad lo salvó tirándole la receta, porque la pizza de “Cascote” era un asco, y le concedió el delivery en esa zona marginal. Por último, lo aconsejó: al local de la pizzería, vendelo.

Cascote se preguntaba cómo carajo vender un negocio donde no entraba nadie ni por error. Allí surgió la solidaridad de los cordobeses, que estaban en el exilio y cagados de hambre.

Puso un aviso en el diario ofreciendo la pizzería y, mientras tanto, durante semanas, todos los amigos almorzaron y cenaron pizza gratis, incluso, la moto de reparto no daba abasto llevando nada a diferentes puntos del barrio. Una maniobra de marketing que surtió efecto cuando terminó vendiéndole el local a un coreano que le decía: “¡Qué lástima tenel que vendel pizzelía pala volvel a Cóldoba, Algentina! ¡Mila cómo tlabaja!”

Yo lo miraba al Omar que, pasados los 70 años, había transformado el dolor del hambre y el exilio en una típica humorada cordobesa.

“Esta noche”. Comimos un locrazo con vino y “Cascote” tomó el micrófono. Agradeció a todos por la visita, resaltó que la amistad y los afectos son lo más importante de la vida e invitó al “Gordo” Oviedo a hacer uso de la palabra en “esta noche”. Como eran las 2 de la tarde, tuvo que aclarar que había animado tantas peñas que para él momentos como ese eran siempre de noche.

“Estamos acá porque nos convoca Alberto Cognigni, el creador de Hortensia , la única revista de humor que tuvo trascendencia nacional e internacional y que nos dio identidad cultural a los cordobeses. ‘El Gringo’ Cognigni nos hizo humoristas a todos los que laburamos con él. Por eso quiero contarles el cuento que le llevaba ese día y que nunca pudo escuchar –en ese momento, al “Gordo” Oviedo se le quebró la voz, pero se recompuso–. Disculpen que ande medio lábil de lágrimas, pero en un año me cayeron tres bombas, peor que Japón, que sufrió dos nomás. Fallecieron mi hermano, mi hijo y mi señora. Cuando llevaba el cajón de mi mujer, les dije a los que me ayudaban: ‘¡Muchachos, pesa menos que el Topo Gigio!’. Fue entonces, entre risas para no llorar, cuando ellos me dijeron una gran verdad: ‘a vos, ‘Gordo’, te van a salvar los amigos y el humor’. Bueno, les voy a contar el cuento como homenaje ‘al Gringo’, que nos legó el humor como estilo de vida”.

El perro que habla

Resulta ser que un Negro tenía un perro que hablaba, el Toby, y lo pone a la venta. “Vendo perro que habla”, y pa’ que vayan sabiendo que lo vendía caro agregó: “recibo automóvil”. Otro vago, que era fletero, se fue picando con el Rastrojero a comprarle el perro. La idea era hacerlo laburar en un circo o enseñarle a cantar. Ya se imaginaba rico, viajando por el mundo con semejante atracción. Golpeó las manos y se anunció. El vendedor del perro estaba tomando mate en la cocina y pegó el grito: “¡Toby!, acá te vienen a buscá pa’ comprate”. De atrás de la puerta se escuchó clarito: “¡Que aguante un cacho! ¡Me estoy peinando!”. El guaso del Rastrojero abrió los ojos como el dos de oro: “¿Ese que habla es el Toby?”. El dueño, sin inmutarse ni cambiar el ritmo con que cebaba mate, le respondió displicente: “Ma’ vale, pero se hace el interesante, el culiau. Ya vai a ve cuando se pone a cantar”. Al vago le empezaron a temblar las manos y pensaba entregarle el Rastrojero con toda la clientela de los fletes por hacer. Se mordía la lengua pa’ no demostrar la ansiedad mientras se imaginaba en el Maxim’s de París, con el Toby y el anuncio de neón: “Le Can Gardel”. Cuando volvió en sí, a la realidad del rancho y la espera, preguntó: “¿Y canta tangos?”. “El Negro”, de nuevo con parsimonia siestera, le aclaró: “No, varón, canta sólo boleros, lo quiere suceder a Luis Miguel”.

Y en eso apareció el Toby: “Buenasss tardesss, disculpen la demora”. Al vago que lo escuchaba hablar se le caían las lágrimas de la emoción imaginando un mercado de minas y perras delirando por el Toby. El perro se paró en dos patas, se apoyó la pata izquierda en el corazón, la otra en alto, tomó aire y arrancó: “Bésameeeee, bésame mucho, como si fueeera esta noooche la úuuultima vez…”. A esa altura, el vago se lo quería llevar ahí mismo, comprarle un frac a medida, alquilar el Luna Park por tres meses y, si lo dejaban, se casaba con el Toby. Casamiento recontra igualitario.

Fue en ese instante que entró un perrazo ladrando, a los gritos, y se lanzó hecho un tsunami sobre el Toby. Lo zamarreó del cogote y empezó a morderlo con ferocidad brutal. ¡Y el pobre Toby seguía cantando “…béeeesame muuuucho!”. Después le mordió el lomo y se lo llevó arrastrando pal´ patio.

El vago, desesperado, lo mira al “Negro” que seguía cebando mate como si nada y le pregunta a los gritos: “¡¿Quién mierda es ese perro?!”. Y “el Negro”, sin afectarse un ápice, le responde: “Perra, varón, es la madre y quiere que sea médico”.

Me reí como hacía mucho no me reía. Por algún misterioso motivo, el relato me quedó clavado como una espina, en el costado triste de mi corazón.

Las risas inundaron el salón. “El Gordo” Oviedo, agarrándose la panza de tanto reírse, pidió compostura para homenajearlo, ahora en serio, “al Gringo” Cognigni. Hizo una pausa en la que el silencio adquirió solemnidad y arrancó:

“Gabriel García Márquez, ese eximio escritor, escribió en su libro Doce cuentos peregrinos: Soñé que asistía a mi propio entierro, a pie, caminando entre un grupo de amigos vestidos de luto solemne, pero con un ánimo de fiesta. Todos parecíamos dichosos de estar juntos. Y yo, más que nadie, por aquella grata oportunidad que me daba la muerte para estar con mis amigos de América latina, los más antiguos, los más queridos, los que no veía desde hacía tiempo. Al final, cuando empezaron a irse, yo intenté acompañarlos, pero uno de ellos me hizo ver con una severidad terminante que para mí se había acabado la fiesta. ‘Eres el único que no puede irse’, me dijo. Sólo entonces comprendí que morir es no estar nunca más con los amigos”.

Eran ahora las lágrimas las que inundaban el salón. “El Gordo” Oviedo, secándose las propias, retomó el homenaje con el cuento del vendedor de melones. Relato con el que empezaba la obra de teatro sobre Hortensia.

Yo también lloraba. Idéntico texto había leído en el Congreso Argentino de Psiquiatría cuando homenajeamos a mi amigo y colega Jorge Massanet, fallecido, como “el Gringo” Cognigni, apenas pasados los 50 años y de manera súbita. No podía salir del asombro de la coincidencia y pensé cuánto de literatura tiene la vida. Y viceversa.

Después llegó la torta, soplar las velitas, con todas las barbaridades chistosas que se dijeron alrededor de esa acción, y brindar con champán por el encuentro: “¡Salud! Y un poco de enfermedad, pa´ que labure el doctor”, acotó “Cascote”. Brindis, abrazos y despedidas hasta la próxima.

Salimos del salón y los acompañé hasta mi auto que estaba detrás de otro color metalizado y delante de un 4×4 color ratón. “El Pipo” miró mi coche, los otros de alrededor, y dijo: “Se ve que está barata la pintura gris”.

La sonrisa no se me borró de la cara en todo el viaje de regreso. Antes de dejarlo en su casa le pregunté “al Gordo” si podía escribir una crónica del domingo vivido.

“Por supuesto, va a ser un honor, y sepa que lo espero este sábado para el asado en el quincho. Y no tiene que traer nada. Ah, sí, me olvidaba, tráigala a su mujer”.

En la puerta lo esperaba el edecán-jardinero: “¿Le parecen horas de llegar, joven?”. Y “el Gordo” le respondió: “¿No me digai que tai celoso del dotor?”. Se reían como chicos. Y yo con ellos.

De regreso a mi casa, solo, pensé que la glándula de la risa debe ser la misma que la del llanto. El cuento del “Gordo” me seguía reverberando en la cabeza, hasta que me di cuenta de cuál era la espina: el Toby era yo. Y pensé en esos viejos, que con el humor le ganaban al miedo que provocan la vejez y la muerte. Viviendo para el futuro encuentro, pensando qué nuevo cuento van a parir tras la utopía de la sonrisa compartida.

La nostalgia de lo perdido se reciclaba en proyectos vitales. Al fin de cuentas, para ellos, y ahora también para mí, vivir es el mejor chiste que le hacemos a la muerte. Ellos no se imaginan el regalazo que me hicieron para mis 50. Y lo agradecido que estoy.

(Carlos Pressman es médico, escritor y humorista. Nota publicada en La Voz del Interior el 7 de agosto de 2011).

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Eduardo Galeano, El Siglo del Viento.

1976

La Plata

Hincada sobre sus ruinas, una mujer busca

alguna cosa que no haya sido destruida. Las fuerzas del orden han arrasado la casa de María Isabel de Mariani y ella hurga los restos en vano. Lo que no han robado, lo han pulverizado. Solamente un disco, el Réquiem de Verdi, está intacto.

María Isabel quisiera encontrar en el revoltijo algún recuerdo de sus hijos y de su nieta, alguna foto o juguete, libro o cenicero o lo que sea. Sus hijos, sospechosos de tener una imprenta clandestina, han sido asesinados a cañonazos. Su nieta, de tres meses, botín de guerra, ha sido regalada o vendida por los oficiales.

Es verano, y el olor de la pólvora se mezcla con el aroma de los tilos que florecen. (El aroma de los tilos será por siempre jamás insoportable). María Isabel no tiene quien la acompañe. Ella es madre de subversivos. Los amigos cruzan la vereda o desvían la mirada. El teléfono está mudo. Nadie le dice nada, ni siquiera mentiras. Sin ayuda de nadie, va metiendo en cajas los añicos de su casa aniquilada. Bien entrada la noche, saca las cajas a la vereda.

De mañana, muy tempranito, los basureros recogen las cajas, una por una, suavemente, sin golpearlas. Los basureros tratan las cajas con mucho cuidado, como sabiendo que están llenas de pedacitos de vida rota. Oculta detrás de una ventana, en silencio, María Isabel les agradece esta caricia, que es la única que ha recibido desde que empezó el dolor.

(Nota al pie: María Isabel Mariani, “Chicha” Mariani tiene ya 85 años, y todavía busca a su nieta Clara. Porque así se llama en realidad una muchacha que ahora debe andar por los 34 años).

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Memoria: Juicio a las Juntas

Emoción en primera persona

Por Alberto Amato


La mujer aferraba contra su pecho una carpeta de tapas anaranjadas. En su interior estaban la copia de los hábeas corpus presentados a favor de sus hijos, hija, nueras y yerno, todos desaparecidos. El juez que presidía la audiencia, creo recordar al doctor Torlasco, le había pedido ya tres veces que cediera la carpeta al Tribunal. La mujer había dicho que sí claro, las tres veces. Pero seguía aferrada a la cartulina anaranjada tamaño oficio. Por fin, el secretario Juan Carlos López se decidió, se levantó y con voz muy queda le dijo:

-Permítame la carpeta, señora.

-Sírvase -dijo por fin la mujer- pero no me pierda ningún papelito.

El juez Torlasco sonrió a medias, casi con tristeza.

-Quédese tranquila, señora. Vamos a hacer fotocopia de todo y se la vamos a devolver. No le vamos a perder ningún papelito.

A mis espaldas, un colega de La Nación me tocó el hombro.

-Vos te das cuenta, ¿no? Cada papelito es una vida.

Ese era el clima que se vivía, minuto a minuto, hora a hora, en cada una de las audiencias del juicio que condenó a las tres primeras juntas militares del “proceso”. Un clima estremecido, conmovedor, de honda emotividad en el que a lo largo de más de setecientos testimonios de otros tantos testigos, quedó al desnudo el horror desatado por la última dictadura militar. Una carnicería que se extendió más allá del pretendido “aniquilamiento del accionar subversivo”, que fue el escudo usado por los defensores del terrorismo de Estado para justificar lo indefendible: en el juicio a los ex comandantes quedó demostrado que la guerrilla peronista Montoneros y la trotskista del ERP estaban derrotadas en 1977 y “desgastada en un noventa por ciento y con capacidad sólo para recuperarse”, según una directiva del Ejército firmada por el dictador Jorge Videla, presentada como prueba por la Fiscalía a cargo de Julio Strassera. Esa directiva, que reveló que la subversión estaba virtualmente aniquilada pero que la dictadura necesitaba “tiempo para lograr sus objetivos”, y la que dividió en zonas y subzonas el país, eran conocidas por su número, 504 y 404, pero en la jerga de los represores se las llamaban “Las Peugeot”.

Los cuatro meses de terribles testimonios dejaron paso a más de una certeza: el “plan criminal urdido en las sombras por las más altas autoridades de la Nación”, al decir de la sentencia, fue una matanza descontrolada, que abarcó a todo el país, hasta a sus rincones más lejanos, y cayó ya no sólo sobre los sospechados de integrar un grupo guerrillero, sino sobre sus familias, sus amigos y sus conocidos para extenderse luego a obreros, delegados gremiales, docentes, estudiantes, militares, sacerdotes, artistas, intelectuales, periodistas, diplomáticos, amas de casa, abogados, médicos, campesinos… El terror sembrado por las bandas de asesinos que se adueñaron del país y que tal vez se haya extendido hasta nuestros días, quedó reflejado en la voz de uno de los testigos, Alberto Cruz Lucero, que interrumpió el relato de las torturas a las que fue sometido para pedir permiso al presidente del tribunal:

-Me preguntaban qué grado de participación tenía yo en… ¿Puedo decir el nombre de una organización guerrillera, señor?

-Sí, por supuesto.

-Montoneros.

La violación a toda regla jurídica durante esos años de terror también quedó evidenciada en la voz de una mujer, madre de un desaparecido, cuyo nombre se me ha perdido en la niebla de la memoria.

-Señor -dijo la mujer a los jueces- Yo sé que mi hijo ponía bombas. Pero se merecía un juicio como éste.

La memoria. Elegí no consultar mis libretas de apuntes de hace veinticinco años, que todavía atesoro, para hilvanar un relato fiel a ese azar al que llamamos memoria. Tal vez se enreden algunos nombres y testimonios, tal vez haya otros que se han perdido para siempre. Sí recuerdo que, una tarde, uno de los periodistas que cubría el juicio hizo una propuesta audaz. Quedábamos devastados y sacudidos por una agitación atropellada después de escuchar las narraciones del espanto y hacíamos una especie de terapia de grupo en uno de esos cafés, turbios de expedientes, que rodean el Palacio de Tribunales.

-Tratemos de olvidar todo esto que escuchamos -dijo mi colega.

-No vamos a poder -le contestó otro.

No. Eso no pasó. La memoria es implacable. Recuerdo también que una figura casi despreciable de la política de entonces, que de vez en vez chapotea aún en los albañales de los cargos de favor, me dijo tranquilo y de buen humor:

-No se haga problema. Los acusados de hoy serán los embajadores del mañana.

No. Eso tampoco pasó. El juicio a los comandantes marcó un antes y un después en la vida política y social del país.

El Poder Judicial nunca volvió a ser igual después del juicio, sospecho que los poderes del Estado tampoco volvieron a ser los mismos. Sé que quienes fuimos educados en el amor a Dios y oímos que se cometían las más salvajes torturas en su nombre y bajo su advocación supuesta, no volvimos a ser los mismos. El horror deja una huella indeleble.

Escuchamos que un bebé nacido en cautiverio era alimentado con la leche que brotaba de los pechos de su madre cuando era torturada. Escuchamos la descripción del cadáver de Floreal Avellaneda, un chico de 14 años que apareció empalado en las costas uruguayas del Río de la Plata. Pablo Díaz relató con dramática teatralidad lo que después se conoció como “La Noche de los Lápices”, la historia de un grupo de adolescentes secundarios de La Plata que reclamaban un boleto estudiantil; Díaz, el único que sobrevivió, relató su cautiverio mientras adoptaba en el banquillo de los testigos la pose a la que lo obligaban sus torturadores: terminó casi en posición fetal, con sus manos a la espalda de la silla, la voz quebrada en medio de un silencio escalofriante de aquella sala de audiencias de la Cámara Federal. María Verónica Lara, la testigo más joven del juicio, que tenía 7 años cuando secuestraron en Córdoba a su madre, María Inés Gavaldá, contó los detalles de aquel secuestro con una memoria más implacable que la de los adultos. Al día siguiente de su declaración, cumplía 16 años. El juez D’Alessio le dijo al terminar “Podés retirarte”. Y se corrigió: “Su testimonio ha terminado”. Fue la única vez que el Tribunal tuteó a un testigo. Claudio Tamburrini narró los horrores de la Mansión Seré, en Ituzaingó, y la espectacular fuga que protagonizó con parte de los secuestrados como él, desnudos y bajo una lluvia torrencial. Uno de los defensores le preguntó si la calle por la que habían huido era la calle Parera. Y Tamburrini, con un humor a prueba de balas y un leve tartamudeo, contestó:

-La verdad es que n-n-no me detuve a m-m-mirar el nom-nombre de la calle, se-señor presidente.

La pregunta hecha a Tamburrini sintetiza el papel, algo patético, de los defensores de los entonces jefes militares. Algunos basaban sus interrogatorios en informes de los servicios de inteligencia. A Marta Candeloro, viuda de uno de los abogados asesinados en La Noche de las Corbatas, en Mar del Plata, un defensor le preguntó si alguna vez había sido presidente de un centro de estudiantes. La mujer se estremeció:

-Pero yo tenía quince años entonces…

Otros defensores buscaron la salida romántica, como el de Emilio Massera que en su alegato lo caracterizó de una manera singular: “El almirante es un cazador de estrellas”. Otro de los abogados, en medio de los testimonios más sobrecogedores, solía desenvolver de modo ostensible y con fruición unos caramelos Arcor de ananá que se llevaba con placer infantil a la boca.

Poco pudieron hacer los defensores ante la solidez de las pruebas de la Fiscalía de Strassera y de su adjunto, Luis Moreno Ocampo. Lo que sí hicieron fue huir de la sala de audiencias cuando entró a dar testimonio Patricia Derian, secretaria de Derechos Humanos del gobierno de James Carter que, como tal y en 1977, había entrevistado a los comandantes. Derian dijo que a su pregunta sobre violaciones a los derechos humanos, Massera, que la recibió en la ESMA, restregó sus manos y le dijo: “¿Usted sabe qué pasó con Poncio Pilatos?”

Una testigo, Adriana Arce, reveló a los jueces un encuentro con el entonces general Galtieri en la Quinta de Funes, un centro clandestino de detención de Santa Fe.

-Galtieri me dijo: “Yo decido que usted viva, señora”. Y yo estoy viva, señor presidente.

Todos los testigos se dirigían al Tribunal en la persona del juez que presidía la sesión, lo hacían uno cada semana. No puedo recordar quién de los jueces le preguntó a una testigo: “¿Quiere agregar algo más?”. Y cuando la mujer dijo “Sí, que Dios los ilumine para que hagan justicia”, respondió con la voz quebrada: “Muchas gracias, señora”. Recuerdo, sí, que fue el juez Gil Lavedra quien frenó los ímpetus del ex presidente Alejandro Lanusse cuando le preguntaron por el secuestro de su mano derecha, Edgardo Sajón. Lanusse quería hablar del asesinato de la diplomática Elena Holmberg, acreditada en París y asesinada en Buenos Aires cuando venía a dar pruebas sobre la conexión Massera-Montoneros:

-Yo vine aquí a hablar de Elena Holmberg.

-No, general. Usted vino aquí a responder las preguntas que le hagamos.

Cinco minutos después, aquel trueno que era Lanusse pidió con timidez: “¿Puedo fumar?”. Luego reveló: “El secuestro de Edgardo Sajón se hizo con conocimiento de la Junta.” Y en referencia a los acusados: “No puedo concebir que aleguen que ignoraban este tipo de cosas”.

Algunos testimonios fueron vitales por su valor científico. El antropólogo estadounidense Clyde Snow proyectó en la sala la diapositiva del cráneo de un desaparecido, ejecutado de un balazo, habló de la importancia del ADN y sentó las bases del Equipo Argentino de Antropología Forense. Otros lo fueron por su valor testimonial: Mario Villani, que pasó por cinco centros clandestinos de detención, admitió que le obligaron a reparar una picana eléctrica: “Pero le bajé el voltaje para que hiciera menos daño”.

Víctor Melchor Basterra, que se encargaba de falsificar documentos para los represores, sacó de la ESMA y con riesgo de su vida decenas de esas fotos tomadas en su cautiverio y las aportó como pruebas a la Fiscalía.

Otros testigos quedaron en la historia por razones diferentes. Antonio Ciccone era el encargado del edificio donde vivía la familia Fernández Meijide. Declaró para narrar qué había pasado la noche del secuestro del adolescente Pablo Fernández Meijide. El tipo era más italiano que “O sole mío”. Entró y se cuadró como un bersagliere ante los jueces que empezaron a tentarse. Habló, poco pero suficiente, en una mezcla mal llevada de Pavarotti y Tevez que era casi indescifrable. Cuando le dijeron que hablara más cerca del micrófono, se lo puso en la oreja derecha. Los jueces, entre carcajadas, dejaron la audiencia después de pedir un cuarto intermedio. Todos salimos de aquella sala como pudimos, en una especie de batahola jaranera y bulliciosa. Y Ciccone se quedó solito en el estrado, tal vez sin entender qué pasaba. Ojalá la vida lo haya tratado bien. A veinticinco años de aquella tarde, todavía le debemos cinco minutos de risas en aquel océano de espanto.

Después llegó lo que ya es recordado. El inolvidable alegato de Strassera (“La muerte no puede ser una forma de actividad política (…) Señores jueces: Nunca más”) precedido de otro momento único: los acusados estaban en la sala al iniciarse la sesión; y cuando el secretario López dijo su frase de rutina antes de la entrada de los jueces, una frase que ya es leyenda, “De pie señores, por favor…”, aquellos nueve hombres que durante casi ocho años habían sido amos de vidas y bienes de toda una nación, se alzaron obedientes.

Tal vez sea esa la imagen que perdura del juicio a los comandantes, ahora que ha pasado un cuarto de siglo desde la sentencia que condenó a algunos de los acusados, absolvió a otros, no dejó conforme a todos, pero hizo historia.

Fue un breve momento de esplendor en aquella democracia todavía flamante, en la que no había pasado lo que estaba por venir.

En aquellos días todavía esperanzados de 1985, el Juicio a las Juntas fue, además de un doloroso buceo en los laberintos del horror, un soplo de conciencia, un paso hacia delante, uno de esos raros momentos de la historia argentina en los que vemos al país a punto de redimirse de sus pecados y listo para despegar.

Fue un instante breve, es cierto. Pero claro, limpio, radiante. Todavía ilumina.

(Publicado en Clarín el domingo 24 de septiembre de 2010)

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Juicio a Videla y Menéndez en Córdoba, 2010.

La potencia de una voz colectiva

Por Martín Notarfrancesco

Invierno de 1976. Ciudad de Córdoba, Gobierno de facto. Unidad Penitenciaria N° 1. Pabellón 14. Una detenida por razones políticas, sola en su celda diminuta, golpea su cabeza contra la pared. No puede aguantar lo que acaba de observar. Advierte la frontera entre la locura y la realidad. Teme cruzar la línea, pero no puede seguir viviendo con eso en la cabeza.

La imagen parece figurativa, pero fue real. Ocurrió el 15 de julio de ese cruento año. Graciela Galarraga acababa de ver el cuerpo de José René Moukarzel tendido en el piso del patio, estaqueado desnudo y devastado, muriendo.

La cárcel se convirtió en un centro de torturas cotidiano, donde todo podía pasar. “Sepan que ya están condenados a muerte, pero no se pongan contentos porque los vamos a matar a todos, pero de a poco, como a las ratas, para que se arrepientan de haber nacido”. Les dijo Sasiaiñ, el segundo de Menéndez, a los pocos días del golpe. La advertencia no tardó en cumplirse. Sin embargo, los sobrevivientes de la masacre se propusieron dar testimonio de lo ocurrido, y durante tres décadas aguardaron que la justicia los escuche.

Los testigos relatan situaciones que en muchos casos parecen propias de las ficciones más demenciales. Estos recuerdos marcaron los dos meses que lleva el juicio.

Eduardo De Breuil contó que en medio de las golpizas, los obligaban a cantar la Marcha de San Lorenzo o el Himno Nacional. Él mismo fue testigo directo de la muerte de su propio hermano, Gustavo. Los represores arrojaron una moneda para ver “cuál de estos pibes queda vivo”. Después escuchó las ráfagas que acabaron con la vida de su hermano, la de Vaca Narvaja y la de Toranzo. Le sacaron la venda para que los vea y le dijeron que tenía que volver a la cárcel y contar todo.

Anular la condición humana de los cerca de 300 detenidos por razones políticas que poblaban algunos pabellones de la UP1 fue el objetivo central de la política de terror. No alcanza la imaginación para idear los sufrimientos que se narran en cada audiencia. Las secuelas perduran en las víctimas: “Hasta los 20 años era de risa fácil. Desde que recuperé la libertad, siento una presión, una tristeza terrible, me cuesta mucho recuperar la alegría”, reconoció Fermín Rivera. El terror no sólo imperaba dentro de la cárcel; mientras a él lo trasladaban por centros clandestinos para torturarlo, su madre recorría las morgues para ver si encontraba el cuerpo de su hijo.

Fue al mismo Fermín a quienes los capellanes Sabas Gallardo y Mackinnon lo dejaron perplejo. “Dos días de tortura no es pecado, hijo, es necesario”, le espetaron, luego de que denunciara lo padecido con la vana pretensión de que su voz cruzara los muros del penal. “Algo habrán hecho, tienen que resignarse”, le dijo el capellán del Tercer Cuerpo a Marta González de Baronetto, quien le retrucó: “No se preocupe… si nos cortan el pelo, el pelo crece; si nos cortan los huesos, los huesos se arreglan; y si nos matan, creemos en la resurrección”.

Sin fisuras

A la par de su tenacidad, los ex presos políticos exhibieron también coherencia en la diversidad. Sus orígenes son variados, y su vida posterior cubre un amplio abanico de posibilidades. Están los exiliados que volvieron, los que rearmaron su vida en el exterior, los que nunca se fueron, e incluso alguno que quedó encerrado hasta 1988. Cada uno reconstruyó su vida como pudo, con un Estado ausente. Los unifica el tiempo compartido en el penal. Los recuerdos que allí nacieron son indelebles. Las emociones que trasmiten sus relatos adoptan una intensidad capaz de paralizar la sala de audiencias, arrancando lágrimas a abogados, jueces, periodistas y público.

A pesar de la diversidad, los matices y los 34 años transcurridos, no emergen contradicciones. La contundencia de la prueba oral está destinada a inscribirse en la historia. Cualquier repaso sobre la historia argentina reciente encontrará en estos testimonios abundantes claves para comprender el mentado “Proceso de Reorganización Nacional”, y también nuestro presente. Escuchando, leyendo y releyendo estas declaraciones, conocemos más de nosotros mismos. También vemos lo que se propusieron “re-organizar” los genocidas.

La serena fuerza de Charo Muñoz se desplegó durante cuatro horas. Hace tres décadas se exilió en Europa; habla castellano con dificultad y con acento francés. Quizá este rasgo acentuó el valor reparador que tiene para ellos la instancia del testimonio. Antes de concluir, agregó: “Con el golpe militar atacaron tres generaciones: la nuestra, la de nuestros padres y la de nuestros hijos… Hago esta declaración por aquellos que no pueden hablar porque están muertos. En cada palabra que yo pronuncio está el rostro de los fusilados. Necesitaban que desaparezcamos, pero de todas maneras, nunca lo lograron. Quiero decir: ¡viva la resistencia de los presos políticos!”.

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Bicentenario

El idioma de la infancia

Hernán Casciari, desde Barcelona.

¿A que cuesta explicar la patria en abstracto? Ustedes, los que viven en ella, están casi obligados a hacerlo en estos días, por culpa del Bicentenario. Se rompen la cabeza para encontrarle una respuesta a dos preguntas: ¿qué es Argentina?, ¿qué es ser argentino? Los números redondos generan la urgencia, falsa, de practicarle un subtotal a la identidad. La patria cumple 200 años y entonces, a las apuradas, ustedes tienen que explicarla, tienen que decir por qué quieren a la patria, por qué vale la pena quererla. De repente, tienen que trazar la línea del afecto y de la filiación para seguir adelante. Les diré algo: claudiquen. No se rompan la cabeza, dense por vencidos. Los que vivimos fuera del país (y sobre todo, los que tenemos hijos que han nacido fuera de Argentina) hacemos ese esfuerzo vano todos los días -mañana, tarde y noche-, no una vez cada doscientos años. Y nunca llegamos a ninguna conclusión.

Por las mañanas, con cada pregunta infantil, mi hija me hace pensar en el abstracto de la argentinidad. Tengo que explicar la patria en el desayuno, de camino al colegio, con ella de la mano.

-Ser argentino, hija mía, es precioso -le digo-. Si vos vivieras allí ahora, con tus seis añitos, tendrías que ir al cole a las siete treinta AM, que en invierno es todavía noche cerrada; tendrías que ir al cole a veces con cero grados, pisando la escarcha del pasto, y la señorita te haría formar en el patio junto a otros nenitos en estado de coma profundo, y todos cantarían alta en el cielo un águila guerrera, y sentirías el frío de mayo congelándote el purpurado cuello, y así durante los primeros doce inviernos de tu vida, hasta que te entre en el pecho la argentinidad o la neumonía, lo que llegue primero. Ser argentino, hijita, es sentarse en un pupitre y aprender a decir yo, tú, él, nosotros, vosotros, ellos, durante una década entera, y después salir a la calle y no decir Tú ni Vosotros nunca más, ni aunque te fajen. Ser argentino es tomar mate los primeros cuarenta años de tu vida sin saber por qué; y tomar Uvasal los segundos cuarenta años sin saber por qué. Ser argentino es no encontrar relación entre la mateína y la acidez.

Y por las tardes, durante la merienda infantil, mi hija me hace plantear otra vez el problema de la argentinidad. No una vez cada doscientos años: cada tarde.

-¿Qué estas comiendo, hija mía? -le pregunto- ¿Por qué no le estás poniendo dulce de leche a esa banana, a ese pan con manteca, a ese pedazo de queso, a esa torta de coco, a ese yogur, a ese flancito? ¿Por qué no le estás poniendo dulce de leche a todo, hija, me querés matar de un disgusto? Ser argentino es ponerle dulce de leche a lo frío. Ponerle queso rallado a lo caliente. Ponerle limón a lo frito. Ponerle cara de asco a lo hervido. Eso es ser argentino, hija mía. Andá a buscar el dulce de leche antes de que me ponga violento.

Y por las noches, cuando escuchamos canciones infantiles antes de dormir, cuando ella me pregunta “¿otra vez Manuelita”?, que es su forma de preguntar “¿por qué soy argentina?”, ensayo otra vez mis respuestas bicentenarias:

-Ahora tenés seis años, pero después, un día, vas a tener veinte. Y entonces podrás descubrir las “otras” canciones de María Elena Walsh. No. No quiero decir que te vas a olvidar de Manuelita, o del Twist del Mono Liso o de la Reina Batata. Eso es imposible: las vas a tener en la cabeza siempre y te van a hacer feliz toda la vida. Porque eso es argentinidad. Pero más adelante estarás en edad de conocer las otras canciones. Cuando seas grande será hora de que esa mujer deje de ser, en tu cabeza, la que canta cosas para chicos, y empiece a ser la representación de la dignidad. Vas a empezar por “Serenata para la tierra de uno”. Y si la letra de esa canción te hace llorar justo en el verso que dice “porque el idioma de infancia es un secreto entre los dos”, si justo ahí empezás a llorar y a sospechar que María Elena hablaba de vos y de mí, de un padre y de una hija, es porque ya serás argentina para siempre, aunque hayas nacido en otra parte.

Cuando mi hija se duerme yo también me acuesto. Y no una vez cada doscientos años, sino cada noche, pienso en el día en que ya no estemos juntos. En el día que sea ella sola en el mundo. Y a veces escribo en secreto unas palabras más, para que ella lea cuando yo no no esté:

-Papi nació en un lugar maravilloso -dice esa carta secreta-. Si escuchás en la tele otra cosa, es mentira. Papi nació en un país al que nunca le fueron bien las cosas, pero que huele a tierra mojada y en el que, mires para donde mires, siempre hay algo que es verde y alguien que es tu amigo. Hacele acordar a mamá, todos los días, que querés pasar un mes al año en ese lugar que hoy cumple doscientos años. Si te dice este verano no, volvé a insistir. Si es necesario llorale una noche entera, pero no dejes de ir nunca, porque también naciste allá. El cuerpo nace en un único lugar, pero el corazón puede nacer en dos, hija; por eso existe la frase “se me parte el corazón”. No creas en lo que dicen los DNI, ni el tuyo ni el de nadie. Los que anotan fechas y ciudades en los documentos no saben nada. Y si los chicos de tu colegio te preguntan por qué vas cada verano al culo del mundo, vos deciles: “Porque quiero estar completa”.

(* Publicado por el diario La Nación, el domingo 23 de mayo de 2010)

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El rastro en los huesos

Por Leila Guerriero

No es grande. Cuatro por cuatro apenas, y una ventana por la que entra una luz grumosa, celeste. El techo es alto. Las paredes blancas, sin mucho esmero. El cuarto -un departamento antiguo en pleno Once, un barrio popular y comercial de la ciudad de Buenos Aires- es discreto: nadie llega aquí por equivocación. El piso de madera está cubierto por diarios y, sobre los diarios, hay un suéter a rayas –roto-, un zapato retorcido como una lengua negra –rígida-, algunas medias. Todo lo demás son huesos. Tibias y fémures, vértebras y cráneos, pelvis, mandíbulas, los dientes, costillas en pedazos. Son las cuatro de la tarde de un jueves de noviembre. Patricia Bernardi está parada en el vano de la puerta. Tiene los ojos grandes, el pelo corto. Toma un fémur lacio y lo apoya sobre su muslo.

-Los huesos de mujer son gráciles.

Y es verdad: los huesos de mujer son gráciles.

***

Entre 1976 y diciembre de 1983 la dictadura militar en la Argentina secuestró y ejecutó a miles de personas que fueron enterradas como NN en cementerios y tumbas clandestinas. En mayo de 1984, ya en democracia, convocados por Abuelas de Plaza de Mayo (una agrupación de mujeres que busca a sus nietos, hijos de sus hijos desaparecidos durante la dictadura) siete miembros de la Asociación Americana por el Avance de la Ciencia llegaron al país. Entre ellos, un antropólogo forense –un especialista en la identificación de restos óseos: alguien que puede leer allí los rastros de la vida y de la muerte- llamado Clyde Snow. Nacido en 1928 en Texas, Snow tenía su prestigio: había identificado los restos de Josef Mengele en Brasil. Por lo demás, bebía como un cosaco, fumaba habanos, usaba sombrero texano, botas ídem y estaba habituado a vivir en un país donde los criminales eran individuos que mataban a otros: no una máquina estatal que tragaba personas y escupía sus huesos. En ese viaje –el primero de muchos- dio una conferencia sobre ciencias forenses y desaparecidos en la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, y la traductora, abrumada por la cantidad de términos técnicos, renunció en la mitad. Entonces un hombre rubio, todo carisma, dijo yo puedo: yo sé inglés. Y así fue como Morris Tidball Binz, 26 años, estudiante de Medicina y dueño de un inglés perfecto, se cruzó en la vida de Clyde Snow.

Durante las semanas que siguieron Clyde Snow participó de algunas exhumaciones a pedido de jueces y familiares de desaparecidos, siempre en compañía de su nuevo traductor. En el mes de junio, cuando tuvo que exhumar siete cuerpos de un cementerio del suburbio, decidió que iba a necesitar ayuda y envió una carta al Colegio de Graduados en Antropología solicitando colaboración. Pero no tuvo respuesta. Y fue entonces cuando Morris Tidball Binz dijo “Yo tengo unos amigos”.

Los amigos de Morris eran uno: se llamaba Douglas Cairns, estudiaba antropología en la Universidad de Buenos Aires, y esparció el mensaje -“Hay un gringo que busca gente para exhumar restos de desaparecidos”- entre sus compañeros de estudio.

Yo estoy habituada a desenterrar guanacos, no personas -dijo Patricia Bernardi, 27 años, estudiante de antropología, huérfana de padres, empleada en la empresa de transporte de su tío.

-A mí los cementerios no me gustan- puede haber dicho Luis Fondebrider, estudiante de primer año de antropología, empleado de una empresa de fumigación de edificios.

-Yo nunca hice una exhumación –dijo Mercedes Doretti, estudiante avanzada de antropología, fotógrafa y empleada de una biblioteca circulante.

Pero después pensaron que no perdían nada si iban a escuchar, y así fue como a las siete de la tarde del 14 de junio de 1984, Patricia Bernardi, Mercedes Doretti, Luis Fondebrider -y Douglas Cairns- se encontraron con Clyde Snow –y Morris Tidball Binz- en un hotel del centro de Buenos Aires llamado Hotel Continental.

-Clyde nos pareció un tipo raro, pensábamos “Como toma este viejo, cómo fuma” –dice Patricia Bernardi-. Nos invitó un trago, y cuando nos explicó lo que quería hacer creí que se nos iba a ir el apetito. Pero después nos llevó a comer, y nosotros éramos estudiantes, nunca habíamos ido a un restaurante elegante. Comimos como bestias. Pero teníamos miedo. El país estaba muy inestable, y pensábamos “Si acá vuelva a pasar algo, este gringo se va a su país, pero nosotros nos tenemos que quedar”.

Esa noche se despidieron de Clyde Snow con la promesa de pensar y darle una respuesta.
“Me sentí conmovido, pero no tenían experiencia -contaba Clyde Snow años después al diario Página/12-. Les dije que el trabajo iba a ser sucio, deprimente y peligroso. Y que además no había plata. Me dijeron que lo iban a discutir y que al día siguiente me iban a dar una respuesta. Pensé que era una manera amable de decirme “chau, gringo”. Pero al día siguiente estaban ahí”.

Al día siguiente estaban ahí.

-Decidimos que íbamos a probar con esa exhumación, y que después veíamos si seguíamos con otras –dice Patricia Bernardi-. Nos encontramos temprano, en la puerta del hotel, y nos llevaron al cementerio en los autos de la policía. Fue raro subirnos a esa cosa. Y después nos íbamos a subir a esos autos tantas veces. Yo nunca había estado en un enterratorio, pero con Clyde lo difícil pareció ser un poco más fácil. El se tiraba con nosotros en la fosa, se ensuciaba con nosotros, fumaba, comía dentro de la fosa. Fue un buen maestro en momentos difíciles, porque una cosa es levantar huesos de guanaco o de lobos marinos y otra un cráneo. Cuando empezaron a aparecer los restos, la ropa se me enganchaba en el pincel, y yo preguntaba “¿Qué hago con la ropa?”. Y Clyde me miraba y me decía “Seguí, seguí”. Ese día levantamos los restos, nos fuimos a la morgue, y resultó que no eran los que buscábamos. Clyde se puso a discutir algo sobre la trayectoria de un proyectil con el personal de la morgue. Nosotros no entendíamos nada. Estaban los familiares ahí, y yo le dije al juez “Digalé que no son los restos, esta gente ya pasó por mucho”. Cuando les dijo, el llanto de los familiares fue algo que…Salimos de ahí a las tres de la mañana. Fue la exhumación más larga de mi vida.

Pero siguieron tantas. Entre 1984 y 1989 Clyde Snow pasó más de veinte meses en la Argentina, y en cada uno de sus viajes los estudiantes lo acompañaron a hacer exhumaciones, internándose de a poco en las aguas de esa profesión que no tenía –en el país- antecedentes ni prestigio.

-Nadie entendía lo que hacíamos. ¿Sepultureros especializados, médicos forenses?- dirá Mercedes Doretti desde Nueva York-. La academia nos miraba de reojo porque decían que no era un trabajo científico.

Con poco más de veinte años, empleados mal pagos de empleos absurdos, estudiantes de una carrera que no los preparaba para un destino que de todos modos no podían sospechar, pasaban los fines de semana en cementerios de suburbio, cavando en la boca todavía fresca de las tumbas jóvenes bajo la mirada de los familiares.

-La relación con los familiares de los desaparecidos la tuvimos desde el principio –dirá Luis Fondebrider-. Teníamos la edad que tenían sus hijos al momento de desaparecer y nos tenían un cariño muy especial. Y estaba el hecho de que nosotros tocábamos a sus muertos. Tocar los muertos crea una relación especial con la gente.

Como tenían miedo, iban siempre juntos. Y, como iban siempre juntos, empezaron a llamarlos “el cardumen”. No hablaban con nadie acerca de lo que hacían y, para hablar de lo que hacían, se reunían en casa de Patricia, de Mercedes.

-Todos soñábamos con huesos, esqueletos –dirá Luis Fondebrider- Nada demasiado elaborado. Pero nos contábamos esas cosas entre nosotros.

-Todos teníamos pesadillas –dirá Mercedes Dorettí-. Un día me desperté a los gritos, soñando con una bala que salía de una pistola y me desperté cuando la bala estaba por impactarme en la cabeza. La sensación que tuve fue que me estaba muriendo y pensaba “¿Cómo no me di cuenta que esto venía, cómo no me di cuenta que me estoy muriendo inútilmente, cómo no me di cuenta que no tenía que meterme acá?”.

En 1985 viajaron a la ciudad de Mar del Plata, a exhumar los restos de una desaparecida, seguros como estaban de estar del lado de los buenos. Las Madres de Plaza de Mayo, la agrupación de mujeres que busca a sus hijos desaparecidos, los estaban esperando.

-Querían frenar la exhumación –dirá Mercedes Dorettí-. Decían que Snow era un agente de la CIA y que el gobierno estaba tratando de tapar las cosas entregando bolsas con huesos. Hubo insultos, fue duro. Ver que ellas, que eran nuestras heroínas, estaban en contra fue muy fuerte. Finalmente, exhumamos, y después nos fuimos a la playa. Nos sentamos ahí, mirando el mar, compungidos.

Ese mismo año, Clyde Snow declaró en el Juicio a las Juntas donde se juzgaba a los militares que habían estado en el poder durante la dictadura, y proyectó una diapositiva de esa exhumación en Mar del Plata: una mujer joven llamada Liliana Pereyra, el cráneo pleno de balas.

“Lo que estamos haciendo –decía Snow en Página/12- va a impedir a futuros revisionistas negar lo que realmente pasó. Cada vez que recuperamos un esqueleto de una persona joven con un orificio de bala en la nuca, se hace más difícil venir con argumentos”.

El tiempo pasó, consiguieron financiación, alguna beca, y cuando quedó claro que quizás podrían vivir de eso, algunos abandonaron sus empleos. En 1987 se inscribieron como asociación civil sin fines de lucro bajo el nombre de Equipo Argentino de Antropología Forense con el objetivo de practicar “la antropología forense aplicada a los casos de violencia de estado, violación de derechos humanos, delitos de lesa humanidad”. Después se unieron al grupo Darío Olmo, estudiante de arqueología, empleado municipal; Alejandro Incháurregui, estudiante de antropología y vendedor de boletos en el hipódromo; Carlos Somigliana (Maco), estudiante de antropología y derecho, ayudante de los fiscales Moreno Ocampo y Strassera durante el Juicio a las Juntas; Silvana Turner, estudiante de antropología social, y Anahí Ginarte, estudiante de antropología.

En 1988, cuando fueron convocados como peritos para excavar en el sector 134 del cementerio de Avellaneda, un suburbio de Buenos Aires donde los militares habían enterrado a cientos, pocos de ellos tenían más de 22.
La fosa de Avellaneda permaneció abierta dos años y sacaron de allí 336 cuerpos, casi todos con heridas de bala en el cráneo, muchos todavía sin identificar.

***

El Equipo Argentino de Antropología Forense tiene sus oficinas en dos departamentos idénticos, primer y segundo piso de un edificio antiguo de estilo francés en el barrio de Once. Alrededor, vendedores ambulantes, autos, buses, los peatones: la banda de sonido de una ciudad en uno de sus puntos álgidos. El segundo piso no tiene nombre. El primer piso sí, y se llama Laboratorio. Por lo demás, ambos tienen la misma cantidad de cuartos, los mismos baños, cocina al fondo, y casi ninguna evidencia de vida privada. Los muebles son nuevos y viejos, chicos y grandes, de maderas nobles y de fórmica. Hay un cuadro, un póster del Metropolitan Museum, pero son cosas que llevan demasiado tiempo allí: cosas que ya nadie ve. Hay pizarras, paneles de corcho con tarjetas de delivery y postales de esqueletos bailando: las fiestas latinoamericanas de la muerte. En un alféizar hay dos cactus pequeños y, en todas las paredes, una profusión de planos y de mapas. Algunos, no todos, tienen marcas. Algunas de esas marcas, no todas, señalan los centros clandestinos de detención: sitios de los que proviene el objeto que aquí se estudia.

La oficina donde trabaja Luis Fondebrider está en el segundo piso. Él, Mercedes Doretti y Patricia Bernardi son los únicos que quedan del grupo original: Douglas Cairns sólo ayudó, al principio, en un par de exhumaciones; Morris Tidball Binz marchó en 1990 a trabajar a la Cruz Roja y vive en Ginebra desde entonces. A fines de los noventa se unieron otras personas –Miguel Nievas, Sofía Egaña, Mercedes Salado- y, durante mucho tiempo, no fueron más de doce. Pero a principios del nuevo siglo la posibilidad de aplicar la técnica de ADN a los huesos obligó a muchas incorporaciones y ahora son 37. En todos estos años, el Equipo intervino en más de treinta países, contratado por el Tribunal Criminal Internacional para la ex Yugoslavia; la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, las Comisiones de la Verdad de Filipinas, Perú, El Salvador y Sudáfrica, las fiscalías de Etiopía, México, Colombia, Sudáfrica y Rumania, el Comité Internacional de la Cruz Roja, la comisión presidencial para la búsqueda de los restos del Che Guevara y la Comisión Bicomunal para los desaparecidos de Chipre.

-Todos los salarios que recibimos por esas misiones internacionales van a un fondo común – dice Luis Fondebrider-. No les cobramos a los familiares por lo que hacemos. Nos sostenemos con la financiación de unos 20 donantes privados europeos y norteamericanos y de algunos gobiernos europeos. No tenemos apoyo de donantes privados ni asociaciones civiles argentinas. Las asociaciones civiles apoyan eventos de Julio Boca, pero no proyectos como este.

Ocultos, discretos, cada tanto la identificación de alguien –en 1989 la de Marcelo Gelman, el hijo de Juan Gelman, el poeta argentino radicado en México; en 1997 la del Che Guevara, en Bolivia; en 2005 la de Azucena Villaflor, la fundadora de Madres de Plaza de mayo, desaparecida en 1977- los empuja a la primera plana de los diarios.

-Pero para nosotros –dice Luis Fondebrider- todos son personas. El Che o Juan Pérez. Cuando fue lo del hijo de Gelman, fuimos Morris, Alejandro y yo a Nueva York, a recibir un premio de una fundación, y lo fuimos a ver a Gelman que vivía allá para contarle que habíamos identificado a su hijo. A mí me resultó una figura muy intimidante, serio, parco. Nos quedamos a dormir en su casa. El se quedó toda la noche despierto, leyendo el expediente, y al otro día nos hizo millones de preguntas. Fue raro. Yo nunca me había quedado a dormir en la casa de una persona a la que hubiera ido a darle una noticia así.

-¿Podrías imaginarte sin hacer este trabajo?

-Si. No sé qué haría. Pero sí.

Todos dicen –dirán- lo mismo. Como si marcharan orgullosos hacia el único futuro posible: la extinción.

***

En el piso inferior hay varios cuartos con mesas largas y angostas cubiertas por papel verde. En la oficina donde suele trabajar Sofía Egaña cuando está en Buenos Aires -36 años, llegada al Equipo en 1999 cuando le propusieron una misión en Timor Oriental y ella dijo sí y se marchó dos años a una isla sin luz ni agua donde el ejército indonesio, en 1991, había matado a 200.000- hay un escritorio, una computadora.

Click y una foto se abre: un cráneo. Otro click: el cráneo y su orificio.

-Entró directo: una ejecución así, tuc, de atrás. ¿Tenemos dientes? ¿Cómo lucen los dientes?

En dos días más, Sofía Egaña estará en Ciudad Juárez, donde el Equipo trabaja en la identificación de cuerpos de mujeres no identificadas o de identificación dudosa y, hasta entonces, debe resolver algunas cuestiones urgentes: tratar de vender la casa donde vive, quizás pedir un préstamo bancario, quizás mudarse. En un panel de corcho, a sus espaldas, hay una mariposa dibujada y una frase que dice Sofi te quiero con caligrafía de sobrina infantil. Hay, también, una foto tomada durante su estadía en Timor:

-Esos son mis caseros. Ellos me alquilaban la casa donde vivíamos. Cada tanto me llaman, para saber cómo estoy. Como yo no tengo teléfono estable, tienen que llamar a casa de mis padres. Hace más de once años que estoy viajando. No tengo placard. Tengo dos maletas. Pero cuando se junta el hueso con la historia, todo cobra sentido. Delante de los familiares soy la médica, el doctor. A llorar, me voy atrás de los árboles. No te podés poner la llorar.

-¿Y con el tiempo uno no se acostumbra?

-No. Con el tiempo es peor.

Al final de un pasillo hay un cuarto oscuro, fresco, las paredes cubiertas por estantes que trepan hasta el techo y, en los estantes, cajas de cartón de tamaño discreto con la leyenda: Frutas y Hortalizas.

-Cada caja es una persona. Ahí guardamos los huesos. Todas están etiquetadas con el nombre del cementerio, el número de lote.

Al frente, en dos o tres habitaciones luminosas, cinco mujeres jóvenes se inclinan sobre las mesas cubiertas con papel. Sobre las mesas hay –claro- esqueletos.

***

El escritorio de Silvana Turner, en el piso superior, está rodeado de cajas que dicen Kosovo, Togo, Sudáfrica, Timor, Paraguay: la ruta de las mejores masacres del siglo que pasó. Silvana Turner lleva el pelo corto, el rostro limpio. Llegó al Equipo en 1989.

-Si el familiar no tiene deseos de recuperar lo restos, no intervenimos. Nunca hacemos algo que un familiar no quiera. Pero aún cuando es doloroso recibir la noticia de una identificación, también es reparador. En otros ámbitos esto suele hacerse como un trabajo más técnico. Es impensable que la persona que estudia los restos haya hecho la entrevista con el familiar, haya ido a campo a recuperar los restos, y se encargue de hacer la devolución. Nosotros hemos hecho eso siempre.

En todos estos años lograron 300 identificaciones con restitución de restos y -cruzando datos, rastreando documentación- pudieron conocer y notificar el destino de 300 personas más cuyos restos nunca fueron encontrados.

-Si yo tuviera que definir un sentimiento con respecto al trabajo es frustración. Uno quisiera dar respuestas más rápido.

A metros de aquí hay otro cuarto donde las cajas llevan el nombre de cementerios argentinos: La Plata, San Martín, Ezpeleta, Lomas de Zamora, Ezeiza.
La tarea fue amplia. La obra puede ser interminable.

***

Llueve, pero adentro es seco, tibio. Es martes, pero es igual.

En una de las oficinas del Laboratorio habrá, durante días, un ataúd pequeño. Lo llaman urna. En urnas como esas devuelven los huesos a sus dueños.

-¿Ves? –dice una mujer con rostro de camafeo, una belleza oval-. Esto, la parte interna, se llama hueso esponjoso. Y hueso cortical es la externa.

Bajo sus dedos, el esqueleto parece una extraña criatura de mar, al aire sus zonas esponjosas.

-Esto es un pedacito de cráneo. En el cráneo, el hueso esponjoso se llama diploe.

Cuando termine de reconstruir –de numerar sus partes, sus lesiones, de extender lo que queda de él sobre la mesa- el esqueleto volverá a su caja y esa pequeña paciencia de mujer oval terminará, años después -si hay suerte- con un nombre, un ataúd del tamaño de un fémur y una familia llorando por segunda vez: quizás por última.

En el vidrio de una de las ventanas que da a la calle hay un papel pegado: la cuadrícula de una fosa y el dibujo de 16 esqueletos. Al pie de cada uno hay anotaciones: 5 postas más tapón de Itaka, desdentado en maxilar superior, 5 proyectiles. Ninguno tiene nombre, pero sí edad -30 en promedio- y sexo: casi todos hombres. Desde la calle, cualquiera que mire hacia arriba puede ver ese papel pegado a la ventana. Pero lo que se vería desde allí es una hoja en blanco. Y, de todos modos, nadie mira.

***

Una puerta se abre como un suspiro, se cierra como una pluma. Mercedes Salado deja una caja liviana -Frutas y Hortalizas- sobre un escritorio. Después dice buendía y enciende el primero de la hora. Es española, bióloga, trabajó en Guatemala desde 1995, forma parte del equipo desde 1997, y durante mucho tiempo sus padres, dos jubilados que viven en Madrid, pensaban que el oficio de la hija no era un oficio honesto.

-Un día me llaman y me preguntan: “Oye, Mercedes, lo que tú haces… ¿es legal?”. Claro, cuando yo empecé con esto no se sabia muy bien qué cosa era Latinoamérica, y meterse en las montañas a sacar restos de guatemaltecos…Mis padres tendrían miedo de que los llamaran diciendo “Su hija está presa porque se ha robado a uno”. Ahora en Madrid los vecinos me saludan, como “uau, es legal”. Lo que me sorprende del Equipo es la coherencia. Se mantiene con proyectos, pero también hay un fondo común. Cada uno que sale de misión internacional, pone ese salario en el fondo común. Y es un sistema comunista que funciona. Se hace porque se cree en lo que se hace. Nadie hubiera estado veinte años cobrando lo que se cobra si esto no le gusta. Pero este trabajo tiene una cosa que parece como muy romántica, como muy manida. Y es que esto no es un trabajo, sino una forma de vida. Está por encima de tu familia, de tu pareja, por encima de tu perspectiva de tener hijos. Nos hemos olvidado de cumpleaños, de aniversarios de boda, pero no nos hemos olvidado de una cita con un familiar. Y en el fondo es tan pequeño. ¿Qué haces? Encuentras la identidad de una persona. Es la respuesta que la familia necesitaba desde hace tanto tiempo…y ya. Y eso es todo. Pero cuando le ves el rostro a la gente, vale la pena. Es una dignificación del muerto, pero también del vivo.

Después, con una sonrisa suave, dirá que tiene un trauma: que no puede meter cráneos dentro de bolsas de plástico, y cerrarlas.

-Me da angustia. Es estúpido, pero siento que se ahogan.

***

Es viernes. Pero es igual.
Mujeres jóvenes, vestidas con diversas formas de la informalidad urbana –piercings, pantalones enormes, camisetas superpuestas- se afanan sobre las mesas del Laboratorio. Semana a semana, como si una marea caprichosa interminable los llevara hasta ahí -más y menos enteros, más y menos lustrosos- los esqueletos cambian.

-Están mezclados. Ya tengo cinco mandíbulas, cinco individuos por lo menos –dice Gabriela, mientras pega dos fragmentos de hueso.

Son horas de eso: mirar y pegar, y después todavía rastrear lesiones compatibles con golpes o balas, y después aplicar la burocracia: tomar nota de todo en fichas infinitas.
Mariana Selva –los ojos claros, las uñas cortas, rojas- prepara unos restos para llevar a rayos: un cráneo, la mandíbula.

-A veces ves los huesos de un chico de veinte años con nueve balazos en la cabeza y decís ay, dios, pobre chico, qué saña. Pero no podés estar llorando, ni pensando en cómo fueron todas esas muertes, porque no podrías trabajar.

Analía González Simonett lleva un aro en la nariz, casi siempre vincha. Es, con Mariana, una de las últimas en llegar al Equipo.

-A mí lo que me sigue pareciendo tremendo es la ropa. Abrir una fosa y ver que está con vestimenta. Y las restituciones de los restos a los familiares. Acá una vez hubo una restitución a una madre. Ella tenía dos hijos desaparecidos, y los dos fueron identificados por el Equipo. La llevamos donde estaban los restos. Antes de ponerlos en una urna los extendemos, en una mesa como esas. “Josecito”, decía, y tocaba los huesos. “Ay, Josecito, a él le gusta…” La forma de tocar el hueso era tan empática. Y de repente dice “¿Le puedo dar un beso en la frente?”.

El 6 de enero de 1990 los restos de Marcelo Gelman fueron velados en público. Pero antes su madre, Berta Schubaroff, quiso despedirse a solas. A puertas cerradas, en las oficinas del Equipo, trece años después de haberlo visto por última vez, al fruto de su vientre lo besó en los huesos.

***

En el escritorio de Miguel Nievas hay un cráneo de plástico que es cenicero, un dactilograma, un esquema de ADN nuclear, una biblioteca, libros, mapas. Es un cuarto interno, con una sola ventana y poca luz. Miguel Nievas tiene apenas más de treinta. Vivía en Rosario, una ciudad del interior, y entró al Equipo a fines de los años noventa.

-Yo trabajaba en la morgue de Rosario, estaba estudiando unos restos óseos y necesitaba ayuda. Llamé por teléfono. Me atendió Patricia, me preguntó si podía viajar con los huesos a Buenos Aires. Y vine. Seguí colaborando en algunas cosas desde allá y después, en el 2000, me preguntaron si podía ir a Kosovo. Yo dije que sí, pero la verdad es que no sabía dónde iba. Cuando el avión aterrizó en Macedonia, y vi tanques, soldados, pensé “Dónde carajo me metí”. No hablaba una palabra de inglés y en la morgue hacíamos 30 o 40 autopsias todos los días. Nos habían dado un curso obligatorio de explosivos, pero yo no hablaba inglés y lo único que entendí fue don´t touch. Cuando volví me quedé trabajando acá. Me enganché con el trabajo en la Argentina. Cuando empezás a investigar un caso terminás conociendo a la persona como si fuera un amigo tuyo. Necesitás poner distancia, porque todo el día relacionado con esto, te termina brotando. Cada uno tiene su forma de brotarse.

-¿Y la tuya es…?

-La soriasis. Y hace años que no recuerdo un sueño.

***

Patricia Bernardi dice que tiene deformaciones profesionales. La más notoria: le mira los dientes a las personas.

-No me doy cuenta. Hablo y les miro la dentadura. Porque nosotros siempre andamos buscando cosas en los dientes. Y el otro día vino el contador con una radiografía, y le dije “Che, por qué no dejás alguna acá, por las dudas”.

Se ríe. Pero siempre se ríe.

-Yo nunca pude aguantar a los muertos. Les tengo pánico. A mí me hacés cortar un cadáver fresco y me muero. Pero con los huesos no me pasa nada. Los huesos están secos. Son hermosos. Me siento cómoda tocándolos. Me siento afín a los huesos.

Pasa las páginas de un álbum de fotos.

-Este es el sector 134, en Avellaneda.

Un terreno repleto de maleza. Después, la tierra cruda. Después abierta. Después los huesos. Y un edificio viscoso con paredes cubiertas de azulejos.

-Esa es la morgue donde trabajaban ellos.

Ellos.

-Habían hecho un portón que daba a la calle, para poder entrar los cuerpos directamente desde ahí. En la puerta de la morgue había un cartel que decía “No cague adentro”. Cuando empezamos a trabajar no lo hicimos público. Nos daba miedo. Teníamos un policía de seguridad de la misma comisaría que antes tenía la llave para meter cuerpos en esa fosa.

En un rato tocarán el timbre y Patricia bajará las escaleras con una urna pequeña. Allí, en esa urna, llevará los restos de María Teresa Cerviño que en mayo de 1976 apareció colgada de un puente con un cartel, una inscripción -Yo fui montonera-, la cabeza cubierta por una bolsa, los ojos y la boca tapados por cinta adhesiva. Todas las pistas indicaban que había terminado en la fosa común de Avellaneda. Su madre nombró al Equipo como perito en la causa judicial que inició en 1988 buscando los restos de su hija. Durante todos estos años, Patricia supo que María Teresa Cerviño estaba ahí, era alguno de todos esos huesos.

-Yo decía “Sé que está, pero dónde, cuál será”. Y el año pasado, diecinueve años después, apareció.
Hay sitios así. Sitios donde todas las cosechas son tardías.

***

Cuando Darío Olmo llegó al Equipo, invitado por Patricia Bernardi en 1985, era un estudiante de antropología de 28 años, agonizando en manos de un empleo que lo frustraba: recibir expedientes en la mesa de entrada de una dependencia de gobierno.

-Me cayó muy bien el viejo, Snow. Yo no entendía una palabra de inglés, pero nos entendíamos en el idioma universal de los vasos. Este trabajo me salvó. Yo tomaba bastante, trabajaba caratulando expedientes, no era un buen alumno en la facultad. Esto era lo opuesto a la rutina. Un trabajo entre amigos, y enseguida creamos una relación rara, inusual. Cuando la compañera de uno de nosotros estuvo enferma, Patricia tenía el dinero de un departamento que había vendido y le llevó toda la plata. “Hacé lo que necesites” le dijo. Esta gente es la que yo más conozco y la que más me conoce. Para bien y para mal. A mí el trabajo este no me daña. Al contrario. Esto es lo más interesante que me pasó en la vida. ¿Qué posibilidades tiene un estudiante de arqueología como yo de conocer el Congo más que con un trabajo demencial como este? La gente se horroriza. Vos le decís que viajás a ver fosas comunes y morgues y cementerios, y a la gente la parece horroroso. Pero a mí me resultaría difícil sentarme en un kiosco de dos metros cuadrados y esperar que me vengan a comprar caramelos. La verdad es que la única parte mala del laburo son los periodistas. Un periodista es una persona que llega al tema y tiene que hacer una especie de curso intensivo, hacer su nota, y es difícil que capte esta complejidad. Me gustaría que, simplemente, no les interese.

***

Son las siete de la tarde de un viernes y en un aula de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, Sofía Egaña y Mariana Selva dan una clase sobre huesos en general, lesiones en particular, a un grupo pequeño de estudiantes.

-El hueso fresco tiene contenido de humedad y reacciona distinto a la fractura que el hueso seco. El hueso se mantiene fresco aún después de la muerte. Entonces el diagnóstico se hace según la forma de la fractura, la coloración –dice Mariana Selva mientras proyecta imágenes de huesos rotos y secos, rotos y húmedos, rotos y blancos.

-Los rastros de la vida se ven en los huesos -dirá después, sobre un esqueleto extendido, Sofía Egaña-. ¿Ven los picos de artrosis? ¿Cómo verían a esta mandíbula? Tóquenla, agárrenla. ¿Qué les puede decir esta dentición?

Cuando el Equipo se formó, la antropología forense no existía como disciplina en el país. Ellos aprendieron en los cementerios, desenterrando personas de su edad –vomitando al descubrir que tenían sus mismas zapatillas-, leyendo el rastro verde de la pólvora en la cara interna de los cráneos. Y después, todavía, se enseñaron entre ellos. Ahora son generosos: aquí comparten el conocimiento. Esparcen lo que les sembraron.

***

El día es gris. Patricia Bernardi toma el teléfono, marca un número, alguien atiende.
-Si, buenas tardes, estoy buscando a la señora X.

–…

-Ah, buenas tardes, señora, habla Patricia Bernardi, del Equipo Argentino de Antropología Forense. No sé si sabe a qué se dedica esta institución.

-…

-Bueno, muchas gracias, adiós.

El tono de Patricia es dulce y no hay fastidio cuando cuelga: cuando no la quieren atender. En 2007, cuando se cumplieron años de la muerte del Che, los medios sacaron sus máquinas de hacer efemérides y todas apuntaron a los miembros del Equipo que, convocados por el gobierno cubano, habían estado allí.

-A veces me siento obligada a decir fue un orgullo haber participado en esa exhumación, pero era todo muy tenso. Nosotros estuvimos cinco meses, nos retiramos, y volvimos cuando los cubanos encontraron la fosa del Che, en julio de 1997. Me llamaron a mí, era un sábado. No me acuerdo si llamó el cónsul o el embajador de Cuba, y me dijo “Encontraron unos huesos”. Cuando llegamos ya había dos o tres peleándose por ver quién sacaba la foto. A mí lo que sí me marcó un antes y un después fue El Petén, en Guatemala. Ahí en 1982 un pelotón del Ejército ejecutó a cientos de pobladores. Nosotros sacamos 162 cuerpos. En su mayoría chicos menores de 12 años. Y no tenían heridas de bala porque para ahorrar proyectiles les daban la cabeza contra el borde del pozo y los arrojaban. Llega un momento que te acostumbrás a los huesitos chiquitos, porque son muy lindos, hermosos, perfectos. Pero lo que te traía a la realidad era lo asociado.

Lo asociado.

-Los juguetes.

En el edificio contiguo hay un instituto de peluquería y depilación. Desde las ventanas se pueden ver, todos los días, señoras cubiertas por mantelitos de plástico y pelos envueltos en cáscaras de nylon como merengues flojos. Pero da igual: aquí nadie las mira.

***

En la oficina de Carlos Somigliana –Maco- hay profusión de papeles, dibujos de niños, pilas de cosas que buscan su lugar como en un camarote chico. Desde que entró en el Equipo, en 1987, se dedicó a atar cabos y a enseñar a los demás a hacer lo mismo: entrevistar familiares, buscar testimonios, cruzar información.

-Mientras el Estado llevaba adelante una campaña de represión clandestina, seguía registrando cosas con su aparato burocrático. Es como una rueda grande y una rueda pequeña. Vos podés conocer lo que pasa en la primera por lo que pasa en la segunda. Ahora hay una urgencia con respecto al trabajo que no aparecía tan fuerte cuando éramos más jóvenes, y que tiene que ver con la sobrevida de la gente a la que le vamos a contar la noticia de la identificación. Llegás a una familia para contar que identificaste al familiar y te dicen “Ah, mi padre se murió hace un año”. Y cuando te empieza a pasar seguido decís “me tengo que apurar”.

-¿Podrías dejar de hacer este trabajo?

-Si. Yo quiero terminar este trabajo. Para mí es importante creer que puedo prescindir. Este trabajo ha sido muy injusto en términos de otras vidas posibles para muchos de nosotros.

-¿Y afectó tu vida privada?

-Si.

-¿De qué forma?

-Ninguna que se pueda publicar.

-Entonces tiene partes malas.

-Por supuesto que tiene partes malas. Cuando vos sos el familiar de un desaparecido, tuviste que aceptar la desaparición, la aceptaste, estuviste treinta años con eso. Te acostumbraste. De golpe viene alguien y te dice no, mire, eso no fue como usted pensaba, y además encontramos los restos de su hijo, su hija. Es una buena noticia. Pero te hace mierda. Es como una operación, es para algo bueno. Pero te lastima. Cuando vos te das cuenta que la lastimadura es muy fuerte, hasta qué punto no estás haciendo cagada al remover esas cosas. Pero no hay nada bueno sin malo. Lo cual te lleva a la otra posibilidad mucho más perturbadora: no hay nada malo sin bueno.
En alguna parte una mujer dice “mi hermano desapareció el cinco del diez del setenta y ocho” y entonces alguien, discretamente, cierra una puerta.

***

-Mi nombre es Margarita Pinto y soy hermana de María Angélica y de Reinaldo Miguel Pinto Rubio, los dos son chilenos, militantes de Montoneros. Desaparecieron en 1977. Mi hermana tenía 21 años. Mi hermano 23.

Margarita Pinto dice eso en el espacio para fumadores de la confitería La Perla, del Once, a cuatro cuadras de las oficinas del Equipo. Después dice que los restos de su hermana fueron identificados por los antropólogos en 2006.

-El dolor de tener un familiar desaparecido es como una espinita que te toca el corazón, pero te acostumbrás. Y cuando me dijeron que habían encontrado los restos, yo estuve con una depresión grande. No quise ir a verlos. Fui nada más al homenaje que le hicimos en el cementerio. Esto es como una segunda pérdida, pero después es un alivio. Los antropólogos hablan de mi hermana como si la hubiesen conocido. Y yo la busqué tanto. Cuando desapareció yo era chica y empecé a visitar a los padres de algunos compañeros de ella. Una vez fui a ver a un matrimonio grande. En un momento, la señora se levantó y se fue y el hombre me dijo que disculpara, que la señora estaba muy mal. Que todos los días se levantaba muy temprano para desarmar la cama de su hijo. Y yo ahí, preguntando por mi hermana. Uno a veces hace daño sin darse cuenta.

El cielo gris. Brilla en sus ojos.

***

El 26 de septiembre de 2007, Mercedes Doretti recibió una beca de la fundación MacArthur dotada de 500.000 dólares y, como hacen e hicieron siempre con las becas, los premios y los sueldos de las misiones internacionales, donó el dinero al fondo común con que el Equipo se financia.

-La beca es personal –dice Mercedes Doretti- pero yo no trabajo sola.

Ella fue la primera mujer miembro del Equipo en ser madre, un año atrás. La segunda fue Anahí Ginarte, que vive en la ciudad de Córdoba desde 2003, cuando viajó allí para trabajar en la fosa común del cementerio de San Vicente, un círculo de infierno con cientos de cadáveres, y conoció al hombre que les alquilaba la pala mecánica para remover la tierra, se enamoró, tuvo una hija.

-Es mucha adrenalina, muy romántico, pero también es ver la vida de los otros y no tener una vida propia –dice Anahí Ginarte-. Yo estuve un año sin pasar un mes entero en Buenos Aires. Tenía un departamento donde no había nada, ni una planta, cerraba con llave y me iba. Pero decidí parar.

Salvo ellas dos –Mercedes, Anahí- ninguna de las mujeres que llevan años en el Equipo tiene hijos.

***

A mediados de 2007, el Equipo, la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y el Ministerio de Salud firmaron un convenio para crear un banco de datos genéticos de familiares de desaparecidos a través de una campaña que solicita una muestra de sangre para cotejar el ADN con el de 600 restos que todavía no han podido ser identificados. El proyecto se llama Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas Desaparecidas, y hace días que aquí no se habla de otra cosa: de la Iniciativa que se iniciará.

Esta mañana, Mercedes Salado y Sofía Egaña revolotean alrededor de un hombre encargado de instalar la impresora de códigos de barras de la que saldrán miles de etiquetas que identificarán la sangre de los familiares.

-A ver, vamos a probar –dice el hombre.

Aprieta un comando y la pequeña impresora se estremece, tiembla como un hamster y escupe uno, dos, diez, veinte códigos de barras.

-Es muy emocionante –dice Mercedes-. Llevamos años esperando esto.

En las semanas que siguen todos se dedican a una tarea cándida: ensobran formularios para enviar a los cuatro rincones del país. Un día, ya de noche, Mercedes Salado, descalza, sentada en el piso junto a una caja repleta de sobres que dicen Tu sangre puede ayudar a identificarlo, fuma y conversa con Patricia Bernardi.

-Si logran identificar a todos, se van a quedar sin trabajo.

-Ojalá.

Una radio vieja esparce la canción I will survive.

***

Miércoles. Nueve y media de la mañana. Desde una de las oficinas del primer piso llegan ráfagas de conversación:

-El hermano de ella está desaparecido.

-No puede haber un estudiante de medicina de 60 años. ¿Por qué no volvemos a mirar la información?

-Ese Citroën rojo…alguien dijo algo de ese Citröen rojo.

Ines Sánchez, Maia Prync y Pablo Gallo trabajan haciendo investigación preliminar: a través de fuentes escritas, orales, diarios, generan hipótesis de identidad para los huesos. Inés Sánchez, apenas más de veinte, es hija de desaparecidos.

-Yo llegué al equipo hace dos años, más o menos. Nuestra tarea es hacer hipótesis de identidad sobre un conjunto de personas en base a exhumaciones que ya se hicieron. Para eso vemos qué centro clandestino utilizaba un determinado cementerio, en qué fechas hubo traslados.

Selva Varela tiene porte de bailarina, pelo largo, ojos claros, gafas. Está inclinada sobre una de las mesas. En el hueco de la mano, apretado contra el pecho, abraza un cráneo como quien acuna. Tiene treinta años y está en el equipo desde 2003. Sus padres fueron secuestrados por los militares y ella adoptada por compañeros de militancia que, a su vez, fueron secuestrados en 1980. Se crió con vecinos, abuela, una tía y en 1997 llegó al Equipo buscando a sus padres.

-Después estudié medicina, antropología, y cuando me dijeron que acá faltaba gente, vine y quedé. Pero no estoy acá buscando a mis viejos. Pienso en los familiares de las víctimas, pienso que está bueno que la sociedad sepa lo que pasó.

En un rato habrá clima de euforia y desconcierto: un cráneo al que creían un error no resultó lo que pensaban: un intruso. La buena noticia –la mala noticia- es que es el cráneo de un desaparecido. Lo levantan, lo miran como a una fruta mágica, magnífica.

-¿Y si es el padre de…?

Es una buena tarde. Por tanto. Por tan poco.

***

Diez de la mañana: el cielo sin una nube.

El cementerio de La Plata se prodiga en bóvedas, después en lápidas, después en cruces. Y allí, entre esas cruces, hay dos tumbas abiertas y el rayo negro del pelo de Inés Sánchez. El sol chorrea sobre su espalda que se dobla. Alrededor, pilas de tierra, baldes, palas: cosas con las que juegan los niños.

-Vamos bien. Encontramos los restos de las tres mujeres que veníamos a buscar –dice Inés.

Limpia con un pincel el fondo, los pies abiertos para no pisar los huesos: un cráneo, las costillas.

Al otro lado de un muro de bóvedas, en una zona de sombras frescas, Patricia Bernardi, tres sepultureros, un hombre y dos mujeres rodean a Maco que -bermudas, sandalias- saca tierra a paladas de una fosa. Los sepultureros se mofan: dicen que no debe cavarse con sandalias, que va a perder un dedo. El sonríe, suda. Cuando bajo la pala aparece un trapo gris –la ropa- Maco se retira y Patricia se sumerge. Cerca, entre los árboles, una mujer de rasgos afilados camina, fuma. Está aquí por los restos de Stella Maris, 23 años, estudiante de medicina, desaparecida en los años setenta: su hermana. Patricia saca tierra con un balde y los huesos aparecen, enredados en las raíces de los árboles.

-Está boca arriba y tiene una media.

Las medias son valiosas: bolsas perfectas para los carpos desarmados.

-El cráneo está muy estallado. Acá hay un proyectil. En el hemitórax izquierdo, parte inferior. Tiene las manos así, sobre la pelvis.

Después, levantan el esqueleto de su tumba: hueso por hueso, en bolsas rotuladas que dicen pie, que dicen dientes, que dicen manos. La mujer de rasgos afilados se asoma.

-No sé si es mi hermana –dice-. Tiene los huesos muy largos.

-No te guíes por eso –le dice Maco.

En otra de las fosas alguien encuentra un suéter a rayas, un cráneo con tres balazos, redondos como tres bocas de pez: los huesos de mujer son gráciles.

Mañana, en un cuarto discreto del barrio de Once, sobre los diarios con noticias de ayer y bajo la luz grumosa de la tarde, se secarán los huesos, el suéter roto, el zapato como una lengua rígida.

Pero ahora, en el cementerio, la tarde es un velo celeste apenas roto por la brisa fina.


(Este texto de Leila Guerriero ganó el Premio Nuevo Periodismo CEMEX+FNPI, fue publicado en la Revista Gatopardo).

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Dos notas de Sergio Carreras.

Un tsunami en el paraíso

Por Sergio Carreras  (Enviado especial a Santiago de Chile).

Allá por el año 2000, la breve y cromática Caleta Tumbes se ganó las pantallas chilenas gracias al éxito de Santo ladrón, la telenovela emitida por Televisión Nacional que estuvo ambientada en las calles de este pueblo encajado entre el océano Pacífico y los bosques. Millones de personas se emocionaban cada tarde con la historia de Adrián Villegas, un pescador perseguido por un crimen que no cometió. Tanto se enamoraron sus habitantes de aquella ficción que le permitieron que se confundiera con su realidad, y mantuvieron en el centro del pueblo, como prueba de su pasada fama televisiva, una ermita que se levantó al personaje de fantasía como parte del guión televisivo.

Hoy es imposible ubicar dónde quedó ese hito telenovelero. El pasado 27 de febrero, minutos después del terremoto de 8,8 grados que zarandeó como un panqueque a la VIII región chilena (ubicada a la altura de la provincia argentina de Neuquén), el mar lanzó su puñetazo sobre las tímidas casas de madera de la costa. Cuando las olas se retiraron, faltaron cuatro vidas, dejaron un bote trepado en la punta de un promontorio cubierto de coníferas, moldearon los autos atrapados como a masilla y a las viviendas las pasaron por una enloquecida licuadora para luego arrojarlas sobre la costa del pueblo reducidas a pequeños añicos de tazas, añicos de bicicletas, de fotos familiares, de trofeos deportivos, añicos de trampas para cangrejos, de juguetes y cuadernos de escuela. Mientras el mar celebraba su aquelarre, los habitantes de la caleta, algunos semidesnudos, veían todo desde las colinas, agarrados a los troncos de los pinos, sin poderlo creer.

Vestidos en la arena. Luego de atravesar el monte que la separa de la ciudad de Talcahuano, llegar hoy a Caleta Tumbes es chocar contra el silencio. Contra la bronca. Lo que más impresiona es ver esa ropa tirada por todos lados. Pantalones colgados de los árboles, pulóveres encajados entre las piedras que emergen del mar, ropa interior enredada entre los escombros. Y no es que sus habitantes no sepan a quién pertenece cada prenda. Es un pueblo muy pequeño, cualquiera sabe que ese cubrecamas con flores que se disputan las gaviotas pertenece a tal, que esos zapatones con cordones azules abandonados en medio de la costanera son de tal pescador. Pero hace un mes que nadie los levanta. Hace un mes que en Caleta Tumbes los objetos rotos hablan por las personas.

Los únicos que hacen ruido son los soldados. Llegaron y siguen llegando de a montones. Unos talan los árboles que arrancó el maremoto, otros reparten bolsas con ropa a un grupo de madres, otros aconsejan cómo armar la carpa a alguna de las 72 familias que perdieron la vivienda, un sargento detiene la marcha de su pelotón de reclutas y les ordena: “Ahora saquen todos su manzana. ¡Ahora, coman!”.

En una de las casas más petiteras del pueblo, agrietada pero a salvo, por estar alejada del mar, Teresa Becar, presidenta de la junta comunal, dice unas pocas palabras. “Esto es la ruina. Jamás pensamos que podía romperse así un lugar tan lindo, después de tantos años que se sacrificaron nuestros maridos”. Seguramente, las mujeres de la caleta no fueron en zaga a la hora de sudar, pero los personajes del pueblo son ellos, los maridos, los pescadores.

Algunos están sentados en silencio frente al bote roto, la mayoría mira al mar como si esperara que una ola les arroje de vuelta la embarcación que les tragó. Los primeros días después del maremoto se preocupaban por quitarles el agua a los botes que semiflotaban cerca de la costa, luego dejaron que se hundieran. Y ellos parecen estar abajo, con el bote. “En este momento, yo debería estar bajando de mi bote con las redes llenas de sardinas. Aquí pescamos sardinas en harta cantidad”. Alfredo Araya está parado en el vacío donde antes estaba su casa, junto a una bandera chilena que plantó como declaración de resistencia. “Sólo me quedó el piso de la cocina. Nadie del gobierno nos ha venido a ver. Nadie nos preguntó nada. Mi casa era hermosa, un lujo, y la vi desarmarse desde la casa de mi hermana, allá en el cerro. Tengo 72 años dedicados a la pesca y, ¿qué hago ahora sin bote?”.

“No tengo un solo medio de vida. Mi mujer tampoco. Perdí las 50 trampas para jaivas, el motor Yamaha, el bote y el puesto de venta de mariscos que estaba frente a la playa. El gobierno no dice cómo va a hacer que tengamos bote. Si no tenemos bote, morimos. Acá somos todos medio pescaditos”, sintetiza Juan de Dios Garretón Mora, de la vecina y también arrasada Caleta Candelaria. “Lo más barato, que es un bote de madera de siete metros, usado, sale 800 mil pesos (1.600 dólares). Si no tenemos ni platos para la comida, ¿cómo vamos a comprar un bote?”, reflexiona Ronald García que sigue viviendo con su familia en una carpa arriba de una colina, en terrenos de la armada chilena.

Recién el jueves, el gobierno nacional dijo que instrumentará créditos blandos para los pescadores. Pero ya van más de 30 días, y las anchoas, los congrios, las peludas, los jaivas, las sardinas, las langostas siguen en el mar sin que alguna red los capture. Si los botes no traen pescado, si los mercados luego no lo venden, el pueblo no tiene dinero y, en este caso, el dinero pesa como el futuro.

La única escuela de Caleta Tumbes fue arrancada por el mar, que sólo respetó sus cimientos y un corredor. Los chicos siguen sin clase, esperando que el ejército instale un edificio modular, armado con contenedores metálicos, sobre lo que era una cancha de fútbol. Los feligreses pueden ir a consolarse frente al torso de un Cristo desportillado, al que el mar le arrancó brazos y piernas, y que alguien paró frente a los restos de la capilla.

Vienen las lluvias. El mayor problema es que ya comienza la temporada de lluvias en la región del Biobío, donde está la caleta, y las familias no podrán vivir en carpas rodeadas de barro cuando larguen los fríos y la gripe. “El día del tsunami, vimos a las sardinas nadando dentro de nuestras casas”, recuerda Ivón Fuentes, secretaria de la junta vecinal. “Necesitamos ya mediaguas (casas de emergencia), pero si Caleta pierde otro mes más de pesca, no vamos a tener para comer el resto del año. Aquí el gobierno no llegó nunca. La ayuda es de los privados, de los japoneses que donaron las carpas, de los argentinos que trajeron ropa, de los taiwaneses que ofrecieron comida y no llega, porque las autoridades de la región quieren hacer un acto y poner la cara para que les agradezcamos a ellos”, denuncia.

Otro enojo compartido por los pobladores de Caleta Tumbes fue la actitud de la armada que, cuentan, prohibió el paso de la prensa durante varios días. “No querían dejar que el país viera cómo estamos. Chile se quedó con las imágenes de los edificios rotos de Concepción y Talca, nadie vio nuestras caras luego del tsunami”, continúa Ivón. La Voz del Interior entró al pueblo el jueves pasado al mediodía, luego de la autorización de un militar a los soldados que controlaban la ruta. “Pero ayer (por el miércoles) impidieron el paso a periodistas de la televisión de Santiago y de la radio de Biobío”, dice la secretaria.

En el centro de la playa, un lobo marino enorme lleva una semana pudriéndose sin que nadie lo quite de ahí. A su lado, tumbado en el mar, hay un baño entero, con sus paredes de azulejos blancos impecables. Caleta Tumbes, en el mayor silencio, espera que el mar quiera hacer las paces. Que vuelva a mimarlos, a darles de comer, que vuelva a ser ese amigo seductor que tan bien actuaba cuando eran famosos de telenovela.

(Publicado en el diario La Voz del Interior, 28 de marzo de 2010).

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La historia de la desaparición de joyas en la Catedral de Córdoba

Cuando le robaron a Dios

Hace 30 años, en julio de 1978, comenzaron a venderse joyas del tesoro de la Catedral. El delito se hizo público 11 años después y provocó un escándalo. Estaban involucradas autoridades del Arzobispado, anticuarios, un integrante de una tradicional familia cordobesa y un coleccionista millonario. Muchas joyas jamás se recuperaron. ¿Fue un robo?

Por Sergio Carreras

“Venite ya que explotó todo”. Era enero de 1989. El sacerdote, una de las máximas jerarquías del Arzobispado de Córdoba, llamó por teléfono al abogado de la curia, Ernesto Gavier, y le rogó que interrumpiera sus vacaciones en Pinamar. Hacía cinco meses que monseñor Raúl Francisco Primatesta, la máxima autoridad religiosa de la provincia, sabía de la existencia de una denuncia que pondría patas arriba a la diócesis. Imposible evitar que trascendiera. El 5 de ese mes la tapa de La Voz del Interior sacó a la luz el caso que marcaría la historia del expolio de obras de arte en Argentina: “Investigan robo de joyas del tesoro de la Catedral”. A partir de ahí se abrió la puerta a una historia sorprendente.

El caso trascendió las fronteras argentinas de inmediato y fue revestido con un envoltorio escandaloso que sacudió a tres ambientes caracterizados por la discreción o el secreto: la Iglesia Católica, la pequeña tribu de coleccionistas, marchands, orfebres y anticuarios, y el universo de las familias tradicionales de Córdoba.

Enero de locos. “Fue un mes de locura, volvía a mi casa a las 11 todas las noches, deshecho. Todos querían sangre, querían ver detenciones, pero yo opté por ser prudente”. recuerda Francisco Gilardoni, actual miembro de la Cámara de Acusación que en aquel enero le cayó semejante caso de regalo cuando era juez de instrucción de feria.

“Primatesta no sabía nada de esto, puedo decirlo con certeza”, asegura un religioso que estuvo al lado del obispo en aquellos días. “¿Primatesta? ¡Hacía 10 años que sabía de las ventas! Siempre lo supo”, responde un funcionario judicial que intervino en el caso. “¡Cuando el Papa Juan Pablo II vino a Córdoba en 1987, dio la bendición a los enfermos usando la custodia falsa que habían hecho los ladrones!”, asegura un especialista en joyas religiosas que intervino en la investigación. “Pusimos todo el esfuerzo en recuperar las tres principales obras robadas. El resto no se consiguió que las devolvieran”, cuenta el abogado Ernesto Gavier. “Importantes familias argentinas, sobre todo de Buenos Aires, tienen hoy parte del tesoro de la Catedral cordobesa y no piensan entregarlo”, confía uno de los anticuarios más conocidos de la provincia. “Al día de hoy, al tesoro de la Catedral le faltan 300 piezas, en su mayoría joyas menores donadas por los fieles”, precisa un sacerdote conocedor del patrimonio religioso local.

Historia de una venganza. El episodio que determinó que las ventas de bienes de la Catedral se hicieran públicas, ocurrió en el baño de un local de calle Obispo Trejo, donde dos anticuarios cordobeses encerraron y le dieron una paliza a Pablo Nores Bodereau hasta producirle una fractura en un brazo. “Lo acusaban de haberles mejicaneado una antigüedad que habían ido a ver los tres juntos en una casa en el campo”, contó un religioso que escuchó la historia de boca de los anticuarios. “Como Nores les metió una denuncia penal por lesiones, ellos se tomaron revancha y lo denunciaron ante el Arzobispado por el robo de las joyas a la Catedral”, confirmó un amigo de los denunciantes. Eso habría ocurrido en setiembre de 1988.

Nores Bodereau era uno de los 14 hermanos de una familia soldada a la Iglesia y a la historia cordobesa. El bisabuelo de Pablo fundó el diario católico Los Principios, el abuelo –miembro de la logia católica Corda Frates– fue el rector de la UNC depuesto por la Reforma Universitaria de 1918, su padre fue interventor de facto de Córdoba en 1962, su tío embajador en Chile, otro de sus parientes creador de la raza de perros dogos. Pablo apareció como el miembro discordante de la familia y expuesto como uno de los cerebros del “robo” a la Catedral. Cuando el caso salió a la luz, otro pariente, su primo José Cafferata Nores, era ministro de Gobierno en la administración de Eduardo Angeloz.

Como Nores Bodereau mantuvo la denuncia penal, los anticuarios, luego de hablar con un abogado cercano al Arzobispado, lo denunciaron a través de Julio Keselman, un comerciante sin relación con la Iglesia. Keselman se presentó ante la Justicia y acusó a Nores Bodereau de haber vendido a coleccionistas privados el báculo histórico, la custodia de la Catedral y una cruz con 300 brillantes, del siglo XVIII. También había sido vendido, con intervención de otros, un centenar de bienes. Entre ellos estaban la mesa de la sacristía, los sillones tallados del coro, un Cristo de plata, candelabros de plata labrada, seis parantes de madera forrados en plata y un pectoral de oro con esmeraldas.

Varios de esos tesoros, dijo Keselman, habían sido reemplazados por réplicas. El valor económico, religioso e histórico de las joyas era incalculable. Solamente la custodia pesaba varios kilos en oro, diamantes, amatistas, zafiros, rubíes y esmeraldas, y había sido donada a la Iglesia en 1778.

Los tres principales bienes –la mesa, el báculo y la custodia– fueron vendidos a Horacio Porcel, uno de los mayores coleccionistas argentinos. La Justicia determinó que, desde adentro, las maniobras contaron con la colaboración de tres personas: el ecónomo de la Catedral, deán Edmundo Rodríguez Álvarez, el vicario general del Arzobispado monseñor Carlos Audisio (la mayor autoridad luego de Primatesta) y el sacristán Luis García. Una prueba contundente de la acusación fue que en una exposición realizada en 1983 en el Museo de Arte Hispanoamericano de Buenos Aires, Porcel había exhibido la custodia y el báculo de la Catedral, que aparecieron en el catálogo de la muestra.

Tres grandes juicios. Aunque las fuentes consultadas por este diario no se ponen de acuerdo, hay quienes afirman que una de las falsificaciones, la de la custodia, que fue replicada por un famoso orfebre de la ciudad de Córdoba, Roberto Bentivoglio, ya fallecido, fue usada por el Papa Juan Pablo II cuando impartió una bendición a los enfermos en la Catedral cordobesa, en 1987.

El caso dio pie a la apertura de tres juicios: penal, canónico y civil. Todos esperaban que, dada su magnitud escandalosa, la Justicia penal detuviera a los involucrados. Pero, como habían pasado 11 años desde el inicio de las ventas, los defensores señalaron que los delitos ya habían prescripto. El juez de feria Gilardoni imputó por defraudación a Nores Bodereau, a los dos religiosos y al sacristán y se negó a sobreseerlos: “No quise dar la prescripción. Era un hecho tan grave y yo sólo iba a estar a cargo 30 días”, explicó. Pero el juez que luego tomó el caso, Jorge Moya, dictó falta de mérito para todos.

Hoy, a casi 20 años del escándalo, el juez Gilardoni dice que, su convicción era que el delito no podía darse por prescripto porque se trató de un robo hormiga, que se extendió a lo largo de años. El actual camarista recuerda su encuentro con Primatesta: “Estaba en total conocimiento de todo y hasta tenía hecho un esquema con directivas sobre cómo tenía que actuar yo, me quería instruir la causa. Me dijo que no lo impute a Audisio sino a Rodríguez Álvarez, porque era un hombre mayor y él ya había decidido enviarlo a un convento, que ya tenía asignado, para su retiro. Por supuesto, no actué así”.

El juicio canónico lo llevó el encargado del tribunal eclesiástico del Arzobispado Nelson Dellaferrera. El sacerdote dijo que sólo recuerda los hechos principales del caso. Personas que siguieron el juicio contaron que “Dellaferrera demostró que se trató de un robo hormiga. Rodríguez Álvarez, un hombre mayor que vivía en una ermita de La Calera, le confesó que había vendido las joyas para obtener fondos y mejorar la Catedral, pero en las cuentas de los dos bancos con que operaba la Iglesia no había ingresado un peso por esas ventas”. Las actuales autoridades del Arzobispado prefirieron no referirse al tema de la venta de las joyas.

El obispo y el coleccionista. Cuando Dellaferrera estaba reunido con los abogados en la cocina de su casa para armar la defensa, recibió un llamado urgente de Primatesta: “Lo tengo acá en el Arzobispado a Horacio Porcel, ¿qué hacemos?”. El coleccionista, perseguido por la prensa de todo el país, fue a pedirle a Primatesta que reconociera que no hubo robo y que él autorizó la venta de las joyas.

“El obispo dio el OK para que esta operación se hiciera”, afirmó Porcel. Admitió que compró el báculo y la custodia a Nores Bodereau, y los pagó con tres departamentos en barrio Norte, en Capital Federal. “Me explicó que el Arzobispado necesitaba dinero para arreglar la Catedral antes de la visita del Papa”. Porcel sostuvo que “Primatesta traicionó a Audisio, porque conocía todo y se lavó las manos”. Porcel no mencionó que la venta de este tipo de bienes está prohibida por el Código Civil. Primatesta negó las acusaciones.

El Arzobispado excomulgó a Nores Bodereau y a Rodríguez Álvarez. El primero no podría ser ni padrino de bautismo y el segundo no podría dar misa. Audisio recibió una pena menor.

Luego comenzó el juicio civil de restitución que culminó con un allanamiento a las 6 de la mañana en el piso que Porcel tenía en avenida del Libertador. Primatesta prestó su Peugeot y puso dos choferes para que viajaran los abogados, el vicario judicial y Alejandro Moyano Aliaga, especialista en el inventario de la Catedral. La manzana fue rodeada por la Policía Federal y Porcel recibió a las visitas en bata y llamó a sus abogados. Los cordobeses no podían creer lo que veían: el piso era un museo repleto de sables, platería, esculturas. Porcel, que tenía dos empleados dedicados a limpiar su platería, estaba usando la mesa de la sacristía de la Catedral como escritorio y, cuando llegaron, encima de ella estaba un sable de San Martín. Más tarde fueron a un banco y les mostró la custodia y el báculo que tenía en cajas de seguridad. Tuvieron que pasar 11 años, hasta 2000, para que esas dos joyas y la mesa volvieran a Córdoba. El resto nunca fue recuperado. Cada vez son menos los que consideran que se trató de un “robo” a la Catedral y más los que prefieren otro nombre: venta de las joyas sagradas. Así de simple. Así de escandaloso.

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Tomás Eloy Martínez / Tucumán 1934 – Buenos Aires 2010

La voluntad sobrehumana para escribir hasta el último segundo

A pesar de la enfermedad y del cansancio, Eloy Martínez nunca dejó la narración

Jorge Fernández Díaz

Ya no tenía sonrisas. La parálisis muscular no le impedía todavía hablar, aunque es cierto que lo hacía lenta y apagadamente. El tumor cerebral con el que luchaba desde hacía tres años, atacaba su motricidad y le había ido anulando miembro a miembro, centímetro a centímetro, como en un perverso juego de compuertas que lo iba dejando sin salida. Primero le inutilizó un brazo, luego le entorpeció las piernas.

Tomamos el té una tarde de enero. Nos acompañaban su hijo Gonzalo, un excelente fotógrafo, y Florencia, una de las nietas de Tomás Eloy, que nos sirvió amorosamente sándwiches y helados, agua y café.

Tomás me había invitado hacía dos semanas, cuando me contó por teléfono que el deterioro ya era irreversible y también que, consciente de todo, estaba disponiendo dolorosamente las últimas cosas.

“¿Qué necesitás, Tomás?”, le pregunté al final de aquella conversación, puesto que nada se le puede decir a un hombre que va a morir y lo sabe. “Te necesito a vos”, me respondió.

En un llamado aparte, Gonzalo me ratificó que su padre ya no tenía chances y que se estaba despidiendo de sus amigos. También que quería reparar a último momento algunas diferencias que habíamos tenido en el fragor del parto de la revista adn Cultura , hacía dos años, cuando discutimos, más de una vez, por cuestiones periodísticas y metodológicas. Nuestro afecto, a pesar de esas broncas momentáneas, nunca se había alterado, y poco después ya nuestra vieja amistad había retomado las rutinas de siempre. Pero Tomás se empecinaba en cerrar por completo un capítulo que ya estaba cerrado y en darme, como toda la vida, sus consejos literarios.

Lo conocí personalmente hace mucho tiempo, cuando acababa de terminar Santa Evita , pero era mi ídolo total en los 80, cuando leí su obra maestra: Lugar común la muerte , y también La Novela de Perón , que aparecía por entregas en el semanario político El Periodista . Siempre creí, y Tomás terminó aceptándolo, que La Novela de Perón y Santa Evita formaban una sola obra en dos actos. Ese libro monumental, que se publicará alguna vez, noveliza nada más y nada menos que la historia mítica del peronismo. Perón, Evita y López Rega (Lopecito) son en ese libro fundamental de la literatura moderna, personajes ficcionales inventados por Tomás Eloy Martínez. Y son, a la vez, acaso más verdaderos que las figuras auténticas puesto que suele haber más verdad en la ficción que en la realidad.

Al llegar a su departamento de la avenida Pueyrredón lo abracé y le di un beso y me senté, simulando, con verborragias optimistas, que su postración no me impresionaba.

Apenas podía utilizar su mano derecha, tenía que dictar sus columnas quincenales, y había un libro de tapas rojas abierto en un costado: estudiaba la cultura narco en América latina. No quería abandonar ese artículo que alternaba cada dos semanas en la sección Notas de LA NACION con su amigo Mario Vargas Llosa. No quería abandonarlo pese a la tremenda presión y fatiga y las dificultades motrices que lo acechaban. Hacía esfuerzos sobrehumanos para no incumplir. Dormía cuatro o cinco horas y “se arrastraba” hacia la computadora, los libros, los apuntes, la libreta.

“Escribir es la única razón para seguir vivo”, me dijo. “Pero siempre fue así, Tomás”, le respondí, exagerando. Asintió brevemente. No podía sonreír, ni siquiera con los ojos. A lo largo del té, lanzó ironías e hizo chistes, pero sin abandonar esa tristeza profunda, abismal, esa sombra en el ceño, ese velo de oscuridad en la mirada. No era un problema muscular: estaba rodeado de muerte; lúcido en un cuerpo inmóvil. Circunspecto, lúgubre, atrapado en una cuenta regresiva que nadie podía detener.

Una línea más

Su hijo había tratado en vano de reconfortarlo con el más allá, pero, ni aún en esos durísimos trances, el autor de Purgatorio -un agnóstico consumado- había cedido al chantaje del cielo ni del infierno, como decía Borges. Era de una conmovedora valentía, y allí estaba con nosotros, tomando el té, sabiendo que le quedaban días de vida. Y que sólo le restaba pelearle a la muerte un día, una página, una línea más de aquella novela que seguía escribiendo contra esa bomba de tiempo.

Tenía para mí un regalo muy especial, conmovedoramente envuelto sobre la mesa, y algunos comentarios proféticos y unas cariñosas recomendaciones sobre mis crónicas sabatinas y sobre mis novelas de amor. Y yo quise llevármelo de ese clima de postrero, y le pregunté por sus amigos remotos.

Con Carlos Fuentes estaba en contacto permanente. Con Gabriel García Márquez últimamente no hablaba, pero sí con Mercedes, la mujer del premio Nobel, que lo llamaba de tanto en tanto. De Paul Auster se despidió en Estados Unidos, antes de regresar definitivamente a la Argentina. Auster le había enviado Invisible . “No es, como dice, su mejor novela, pero es muy buena -dictaminó-. Su mejor novela sigue siendo El Palacio de la Luna “. Le retruqué con La invención de la soledad y me quedé con la elección de ese título memorable.

Hablamos de títulos: Tomás sabía perfectamente por qué La Casapasó a llamarse Cien años de soledad , cómo la editorial desechó el título que Vargas Llosa traía y le impuso La ciudad y los perros . Tomás fue un gran estudioso del boom latinoamericano, se codeó con los grandes titanes literarios de la región y conocía los secretos de todas esas novelas. Le recordé que Santa Evita no se llamaba de esa manera mientras él estaba escribiéndola. “Es cierto -me dijo-. Pero olvidé qué título le había puesto”. Yo no lo había olvidado: La Moribunda. Me miró como si repasara una y otra vez esa palabra. Supe en seguida lo que estaba pensando en aquella dolorosa tarde de enero.

Luego charlamos un rato largo acerca de El Olimpo , una novela corta que escribía por encargo de una prestigiosa editorial inglesa. Me contó que la novela tendría tres niveles: el Olimpo de la mitología griega, el uso del Olimpo por los nazis y finalmente el centro clandestino del barrio de Vélez Sarsfield que abrió la última dictadura militar argentina. “Las historias se entrelazan hasta el final”, susurró. Luchaba todos los días, en medio de su tempestad, para poner el punto final antes de morir.

Los escritores no miden su futuro por la cantidad de viajes, mujeres, ratos o adquisiciones, sino por la cantidad de libros que no podrán escribir. “¿Qué vas a hacer después de El Olimpo?”, le pregunté con ingenuidad.

Quería hacer un ensayo sobre todo lo que había aprendido alrededor del difícil arte de escribir. Y me narró, como tantas veces, el libro pendiente por dentro. Cómo tomaría de base varias clases que había dado en distintas universidades norteamericanas a lo largo de más de 30 años y cómo contaría allí que Borges era un periodista de alma aunque no lo sabía.

El periodismo como arte

“¿Será sobre el oficio de escribir novelas y cuentos, o sobre las crónicas?” pregunté. Me respondió con su clásica declaración de principios: “Para mí la literatura y el periodismo son exactamente lo mismo”. Se refería, claro está, a los mecanismos narrativos de la non fiction , a la crónica como literatura mayor, al articulismo como rama de la literatura. Tomás había logrado, como muy pocos en este país, elevar al periodismo a la categoría de obra de arte.

Me di cuenta, de repente, que por primera vez me estaba relatando un libro que no llegaría a escribir. El y yo sabíamos, aquella tarde última, que la lección del oficio quedaría huérfana, que aquel legado de Tomás Eloy Martínez tendría que ser escrito por otros. Que todo se trataba, esta vez, de ilusiones vanas.

Nos abrazamos y nos dijimos, ya sin pudores, que nos queríamos. Nos prometimos, con hermosas mentiras, cosas para un futuro que no existía.

Bajé luego con Gonzalo hasta la planta baja. El hijo me explicó que su padre no podría seguir escribiendo las columnas de los sábados y me relató minuciosamente cómo sería la secuencia ineludible del adiós. Me ratificó, ya en el umbral y sin adornos, que aquel encuentro doliente era una despedida.

Hacía un calor tremendo en la calle, pero yo sentía frío. Me acordé, en la niebla del taxi, de una idea recurrente de Tomás Eloy: “Nos pasamos la vida buscando lo que ya hemos encontrado”.

El se pasó la vida buscando la gloria literaria sin darse cuenta de que ya la tenía. Esa búsqueda seguiría hasta el último minuto. Con el último aliento escribiría lo de siempre: una línea más. Una más.

(Esta nota fue publicada en el diario La Nación).

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Los pecados de Haití

Por Eduardo Galeano

La democracia haitiana nació hace un ratito. En su breve tiempo de vida, esta criatura hambrienta y enferma no ha recibido más que bofetadas. Estaba recién nacida, en los días de fiesta de 1991, cuando fue asesinada por el cuartelazo del general Raoul Cedras. Tres años más tarde, resucitó. Después de haber puesto y sacado a tantos dictadores militares, Estados Unidos sacó y puso al presidente Jean-Bertrand Aristide, que había sido el primer gobernante electo por voto popular en toda la historia de Haití y que había tenido la loca ocurrencia de querer un país menos injusto.

El voto y el veto

Para borrar las huellas de la participación estadounidense en la dictadura carnicera del general Cedras, los infantes de marina se llevaron 160 mil páginas de los archivos secretos. Aristide regresó encadenado. Le dieron permiso para recuperar el gobierno, pero le prohibieron el poder. Su sucesor, René Préval, obtuvo casi el 90 por ciento de los votos, pero más poder que Préval tiene cualquier mandón de cuarta categoría del Fondo Monetario o del Banco Mundial, aunque el pueblo haitiano no lo haya elegido ni con un voto siquiera.

Más que el voto, puede el veto. Veto a las reformas: cada vez que Préval, o alguno de sus ministros, pide créditos internacionales para dar pan a los hambrientos, letras a los analfabetos o tierra a los campesinos, no recibe respuesta, o le contestan ordenándole:

-Recite la lección. Y como el gobierno haitiano no termina de aprender que hay que desmantelar los pocos servicios públicos que quedan, últimos pobres amparos para uno de los pueblos más desamparados del mundo, los profesores dan por perdido el examen.

La coartada demográfica

A fines del año pasado cuatro diputados alemanes visitaron Haití. No bien llegaron, la miseria del pueblo les golpeó los ojos. Entonces el embajador de Alemania les explicó, en Port-au-Prince, cuál es el problema:

-Este es un país superpoblado -dijo-. La mujer haitiana siempre quiere, y el hombre haitiano siempre puede.

Y se rió. Los diputados callaron. Esa noche, uno de ellos, Winfried Wolf, consultó las cifras. Y comprobó que Haití es, con El Salvador, el país más superpoblado de las Américas, pero está tan superpoblado como Alemania: tiene casi la misma cantidad de habitantes por quilómetro cuadrado.

En sus días en Haití, el diputado Wolf no sólo fue golpeado por la miseria: también fue deslumbrado por la capacidad de belleza de los pintores populares. Y llegó a la conclusión de que Haití está superpoblado… de artistas.

En realidad, la coartada demográfica es más o menos reciente. Hasta hace algunos años, las potencias occidentales hablaban más claro.

La tradición racista

Estados Unidos invadió Haití en 1915 y gobernó el país hasta 1934. Se retiró cuando logró sus dos objetivos: cobrar las deudas del City Bank y derogar el artículo constitucional que prohibía vender plantaciones a los extranjeros. Entonces Robert Lansing, secretario de Estado, justificó la larga y feroz ocupación militar explicando que la raza negra es incapaz de gobernarse a sí misma, que tiene ”una tendencia inherente a la vida salvaje y una incapacidad física de civilización”. Uno de los responsables de la invasión, William Philips, había incubado tiempo antes la sagaz idea: ”Este es un pueblo inferior, incapaz de conservar la civilización que habían dejado los franceses”.

Haití había sido la perla de la corona, la colonia más rica de Francia: una gran plantación de azúcar, con mano de obra esclava. En El espíritu de las leyes, Montesquieu lo había explicado sin pelos en la lengua: ”El azúcar sería demasiado caro si no trabajaran los esclavos en su producción. Dichos esclavos son negros desde los pies hasta la cabeza y tienen la nariz tan aplastada que es casi imposible tenerles lástima. Resulta impensable que Dios, que es un ser muy sabio, haya puesto un alma, y sobre todo un alma buena, en un cuerpo enteramente negro”.

En cambio, Dios había puesto un látigo en la mano del mayoral. Los esclavos no se distinguían por su voluntad de trabajo. Los negros eran esclavos por naturaleza y vagos también por naturaleza, y la naturaleza, cómplice del orden social, era obra de Dios: el esclavo debía servir al amo y el amo debía castigar al esclavo, que no mostraba el menor entusiasmo a la hora de cumplir con el designio divino. Karl von Linneo, contemporáneo de Montesquieu, había retratado al negro con precisión científica: ”Vagabundo, perezoso, negligente, indolente y de costumbres disolutas”. Más generosamente, otro contemporáneo, David Hume, había comprobado que el negro ”puede desarrollar ciertas habilidades humanas, como el loro que habla algunas palabras”.

La humillación imperdonable

En 1803 los negros de Haití propinaron tremenda paliza a las tropas de Napoleón Bonaparte, y Europa no perdonó jamás esta humillación infligida a la raza blanca. Haití fue el primer país libre de las Américas. Estados Unidos había conquistado antes su independencia, pero tenía medio millón de esclavos trabajando en las plantaciones de algodón y de tabaco. Jefferson, que era dueño de esclavos, decía que todos los hombres son iguales, pero también decía que los negros han sido, son y serán inferiores.

La bandera de los libres se alzó sobre las ruinas. La tierra haitiana había sido devastada por el monocultivo del azúcar y arrasada por las calamidades de la guerra contra Francia, y una tercera parte de la población había caído en el combate. Entonces empezó el bloqueo. La nación recién nacida fue condenada a la soledad. Nadie le compraba, nadie le vendía, nadie la reconocía.

El delito de la dignidad

Ni siquiera Simón Bolívar, que tan valiente supo ser, tuvo el coraje de firmar el reconocimiento diplomático del país negro. Bolívar había podido reiniciar su lucha por la independencia americana, cuando ya España lo había derrotado, gracias al apoyo de Haití. El gobierno haitiano le había entregado siete naves y muchas armas y soldados, con la única condición de que Bolívar liberara a los esclavos, una idea que al Libertador no se le había ocurrido. Bolívar cumplió con este compromiso, pero después de su victoria, cuando ya gobernaba la Gran Colombia, dio la espalda al país que lo había salvado. Y cuando convocó a las naciones americanas a la reunión de Panamá, no invitó a Haití pero invitó a Inglaterra.

Estados Unidos reconoció a Haití recién sesenta años después del fin de la guerra de independencia, mientras Etienne Serres, un genio francés de la anatomía, descubría en París que los negros son primitivos porque tienen poca distancia entre el ombligo y el pene. Para entonces, Haití ya estaba en manos de carniceras dictaduras militares, que destinaban los famélicos recursos del país al pago de la deuda francesa: Europa había impuesto a Haití la obligación de pagar a Francia una indemnización gigantesca, a modo de perdón por haber cometido el delito de la dignidad.

La historia del acoso contra Haití, que en nuestros días tiene dimensiones de tragedia, es también una historia del racismo en la civilización occidental.

Publicado por el semanario uruguayo Brecha 556, Montevideo, 26 de julio de 1996.

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Nuestro papel en el trance haitiano

Por Pete Hallward ( The Guardian)

Cualquier gran ciudad del mundo habría sufrido daños considerables por un terremoto como el que asoló la capital haitiana en la tarde del martes, pero no es ningún accidente que buena parte de la ciudad de Puerto Príncipe parezca ahora una zona de guerra. Gran parte de la devastación causada por la más reciente y desastrosa calamidad que ha golpeado a Haití se comprende mejor como el resultado de una larga e infame secuencia de acontecimientos históricos causados por el hombre.

El país ya ha tenido que enfrentar más catástrofes de las que en justicia le corresponden. Cientos de personas perecieron en Puerto Príncipe por un terremoto en junio de 1770, y el gigantesco terremoto del 7 de mayo de 1842 pudo matar a 10.000 personas solamente en la ciudad norteña de Cabo Haitiano. Los huracanes golpean a la isla con regularidad, los más recientes en 2004 y 2008; las tormentas del año 2008 inundaron la ciudad de Gonaives y destruyeron la mayor parte de su frágil infraestructura, matando a más de mil personas y destruyendo varios miles de viviendas. La extensión del actual desastre puede que no se conozca hasta dentro de varias semanas. Incluso reparaciones mínimas pueden tardar años en completarse, y el impacto a largo plazo es incalculable.

Sin embargo, lo que ya está bastante claro es que ese impacto será el resultado de un proceso histórico aún más largo de debilitamiento y empobrecimiento deliberado. Haití se suele describir rutinariamente como “el país más pobre del hemisferio occidental”. Esa pobreza es el legado directo del que tal vez haya sido el sistema de explotación colonial más brutal de la historia, agravado por decenios de sistemática opresión poscolonial.

La noble “comunidad internacional” que en estos momentos se prepara con gran estruendo para enviar su “ayuda humanitaria” a Haití es en gran parte responsable de la extensión del sufrimiento que ahora quiere aliviar. Desde la invasión y ocupación norteamericana de 1925, cada tentativa política seria de permitir que el pueblo haitiano pudiera pasar (en la frase del anterior presidente Aristide) “de la miseria absoluta a la pobreza digna”, ha sido bloqueado deliberada y violentamente por el gobierno de EEUU y algunos de sus aliados.

El propio gobierno de Aristide (elegido aproximadamente por el 75% del electorado) fue la última víctima de esa injerencia al ser derrocado en 2004 por un golpe patrocinado internacionalmente en el año 2004, que mató a varios miles de personas y dejó gran parte del país hundida en resentimiento. Las ONU ha mantenido en el país desde entonces una enorme y muy onerosa fuerza militar de pacificación.

Haití es hoy un país donde, según el mejor estudio disponible, cerca de 75% de la población “vive con menos de 2 dólares al día, y el 56% -cuatro millones y medio de personas– vive con menos de 1 dólar diario”. Decenios de “ajuste” neoliberal e intervención neoimperial han despojado al país de cualquier porción significativa de capacidad para invertir en su pueblo o regular su economía. Condiciones punitivas de comercio y financiación internacional garantizan la permanencia, en un futuro previsible, de esa indigencia e impotencia como hechos estructurales de la vida haitiana.

Es exactamente esa pobreza e impotencia lo que explica la extensión del actual horror en Puerto Príncipe. Desde los últimos años de la década de los 70, un implacable asalto neoliberal a la economía agraria de Haití ha obligado a decenas de miles de pequeños agricultores a trasladarse a viviendas informales y deficientes, a menudo encaramadas en las faldas de barrancos deforestados. La selección de la gente que vive en tales lugares no es en si misma más “natural” o accidental que la extensión de las heridas que ha sufrido.

Como indica Brian Concannon, director del Instituto por la Justicia y Democracia en Haití, “esa gente llegó a esos lugares porque ellos o sus padres fueron expulsados intencionadamente de las áreas rurales por políticas de ayuda y de comercio diseñadas específicamente con la intención de crear en las ciudades una fuerza de trabajo cautiva, y por lo tanto fácil de explotar; por definición se trata de gente que no cuenta con los medios para construir casas resistentes a los terremotos”. Entretanto, la infraestructura básica de la ciudad –agua corriente, electricidad, carreteras, etc– permanece deplorablemente inadecuada, a menudo inexistente. La capacidad del gobierno para movilizar cualquier tipo de ayuda contra catástrofes es prácticamente nula.

La comunidad internacional ha gobernado efectivamente Haití desde el golpe de 2004. Los mismos países que ahora alardean con el envío de ayuda de emergencia a Haití han votado sin embargo consistentemente, durante los últimos 5 años, contra cualquier extensión del mandato de la misión de la ONU más allá de sus objetivos estrictamente militares. Propuestas para desviar parte de de estas “inversiones” hacia programas para la reducción de la pobreza o el desarrollo agrario se han bloqueado, en consonancia con las pautas de largo plazo que siguen caracterizando la “ayuda” internacional.

Las mismas tormentas que mataron a tanta gente en 2008 golpearon a Cuba con la misma fuerza, pero aquí dejaron solamente 4 muertos. Cuba ha eludido los peores efectos de las “reforma” neoliberales y su gobierno conserva la capacidad de defender a su pueblo contra los desastres naturales. Si queremos seriamente ayudar a Haití a salir de su última crisis, deberíamos tomar en consideración esos resultados. Juntamente con el envío de ayuda de emergencia, deberíamos preguntarnos qué podemos hacer para favorecer el fortalecimiento de la autodeterminación del pueblo de Haití y sus instituciones públicas. Si queremos en serio ayudar, tenemos que dejar de intentar controlar el gobierno haitiano, pacificar a sus ciudadanos, y explotar su economía. Y luego tendremos que empezar a pagar al menos una parte del destrozo que ya hemos causado.

Fuente: www.guardian.co.uk/commentisfree/2010/jan/13/our-role-in-haitis-plight

Traducido para Rebelión por José Luis Vivas

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Este texto fue enviado por los compañeros de Aves de Prensa.

En las calles de Haití: Entrevista a Jon Lee Anderson

Por Amy Davidson


El periodista Jon Lee Anderson viajó a Haití poco después del terremoto del 12 de enero. Amy Davidson lo entrevistó en Puerto Príncipe vía mensaje de texto.

¿Cómo llegó a Haití?

-Volé a Santo Domingo y entré en contacto con Ángela Tejada, una dominicana que trabaja en varias ONGs, a través del cineasta haitiano Raoul Peck. (Raoul estaba en París, intentando viajar también. Me lo presentó el escritor Russell Banks, que tiene una larga relación con Haití). Ángela y su hija me recogieron en el aeropuerto, junto con otro auto que manejaba un sobrino. Habían recolectado un modesto cargamento de donaciones –cajas de galletas, algunas medicinas, guantes de cirugía y toallas húmedas, latas de comida- y querían asegurarse de que se las diera a quienes las necesitaban. Viajamos a Haití por la noche. Cuando llegamos a la frontera, la milicia dominicana nos dejó pasar; del lado haitiano había unos pocos hombres que nos abrieron las puertas -sin controlar nuestros pasaportes-, y seguimos hasta Puerto Príncipe.

Usted llegó a Haití cuando la posibilidad de encontrar a personas con vida estaba a punto de cerrarse. ¿Hay todavía esperanzas para ellas? ¿Los esfuerzos se concentran aún en rescatar a las personas sepultadas por el terremoto?

-Hay esperanzas, sí, y aunque no lo creas todavía quedan varios días para encontrar a personas con vida. Recuerdo el caso de un niño que fue rescatado a los once días del terremoto de México D.F., mucho después de que se haya encontrado a nadie vivo. Por supuesto que cada hora cuenta, pero en este momento hay equipos de rescate en toda la ciudad, y hoy, en el centro, estuve allí cuando la gente contaba, llena de alegría, que dos personas acababan de ser rescatadas. A esta altura, sin embargo, la mayoría de los que quedaron atrapados han muerto; serán muy pocos los que sobrevivan. La esperanza y el dolor de los sobrevivientes, que están decididos a encontrar a sus seres queridos –y el compromiso de los rescatistas- mantendrán viva la esperanza durante los próximos días. Cuando los rescatistas se vayan, cuando los parientes finalmente se den cuenta de que ya no quedan esperanzas, será cuando el alcance de la pérdida golpee a este país, y la tragedia llegue a su máxima dimensión.

¿Hay quien piense más allá del ahora: acerca el futuro, la reconstrucción, acerca de cómo continuar su vida cotidiana en Haití después de esto?

-La gente está ocupada en el aquí y el ahora; sin embargo, he escuchado a muchos decir: “Haití llegó a su fin. Mi país terminó”, como si su futuro hubiese terminado también, y tuvieran que rehacer sus vidas en otra parte.

¿Qué tipo de actividades se ve en las calles? ¿La gente puede moverse por la ciudad? En ese caso, ¿dónde intentan ir?

-Caminan, caminan por todas partes, en toda dirección, constantemente, una procesión hirviente y constante. La mayoría no tiene casa; van y vienen en expediciones para encontrar agua, comida o combustible, que acarrean en sus espaldas, manos, cabezas, y bebés también, y los ves yendo por caminos que conducen fuera de la ciudad. Muchos se están yendo.

¿Dónde duermen?

-En la calle. En las zonas residenciales la usan entera: una familia al lado de otra, que se repliegan hacia los bordes de la calle durante el día. También en bulevares y parques. Todos esos lugares se han convertido en pequeñas ciudades de carpas, repletas de gente. Y en el hospital general –una escena de terrible sufrimiento: los pacientes, muchos de ellos gravemente heridos, están fuera, con cadáveres tendidos muy cerca.

¿Hay algún indicio de que el gobierno haitiano esté funcionando?

-Ninguno que haya visto. Excepto por lo siguiente: ayer observé cómo los camiones de basura del gobierno recogían cuerpos en media docena de lugares, y también cómo arrojaban montones de cadáveres en una zona rota del muro del cementerio.

¿Ha visto tropas estadounidenses? ¿Cómo reaccionan los haitianos a ellas?

-Todavía no. He visto rescatistas de Colombia, Alemania y España, y he visto tropas de Naciones Unidas por todas partes –incluso de Filipinas. El grueso de los soldados estadounidenses no ha llegado aún. Pienso que serían muy bienvenidos, ya que ahora Haití necesita una fuerza única, fuerte y amplia que pueda unir al resto y ayudar a coordinar esfuerzos a una escala masiva. Lo que se está haciendo en este momento es poco sistemático e insuficiente.

Hemos escuchado reportes sobre saqueos. ¿Los ha visto? ¿A quiénes se saquea?

-Vi algunos ayer, hacía calor y estaba en la zona más devastada del centro de la ciudad. Un grupo grande de jóvenes trepaba por una construcción -no pude distinguir para qué-, y después corría con cosas. Había un aire de violencia. Nos pasó por al lado un joven con un puñal en alto, y tras él lo que parecía un grupo o una pequeña pandilla, para proteger lo que sea que habían robado o para impedir que alguien se los quite. No pude ver qué era. Estaba con dos mujeres en un auto y nos sentimos inseguros. Me puse al volante y nos fuimos. Tenía un potencial de turba que me preocupó.

Usted también cubrió el desastre del huracán Katrina. ¿Cómo se compara a él la situación de Haití?

-La escala del desastre es mucho mayor en términos humanos, pero muy similar en lo que se refiere a la devastación de la vida cotidiana y la psiquis de una sociedad única. Y por supuesto creo que el mundo está –o debería estar- vigilando cómo la “comunidad internacional”, en especial Estados Unidos, maneja esta situación. Habrá un antes y un después en la conciencia global, porque se trata de una tragedia enorme, sin nombre todavía –tal y como, justamente, Katrina lo fue para el mundo. Porque estos dos lugares comparten muy especialmente el abandono de sus gobiernos, y en el caso de Haití, a pesar de todo lo que se ha hecho, el abandono del resto del mundo. Haití ha estado fuera de la vista y de las mentes por demasiado tiempo; es como el Lower Ninth Ward* con casi 10 millones de habitantes.

¿Cuáles son los mayores desafíos para hacer periodismo desde Haití? ¿Tienen que ver con elementos prácticos o con las emociones?

-El mayor desafío es logístico. Como la infraestructura está destruída, las preocupaciones inmediatas de uno son iguales a las del resto: agua, luz, refugio, seguridad, y también que las comunicaciones funcionen. Cosas como botellas de agua y linternas se han vuelto indispensables. La comida, aunque suene raro, se ha convertido en una necesidad secundaria, que viene después del agua.
En cuanto al impacto emocional de lo que estoy viendo, está allí, pero no puede compararse con el impacto de aquellos que sobrevivieron al terremoto y han perdido seres queridos –sentirse abrumado es poca cosa en tales circunstancias. Te golpea cuando ves a alguien que llora sobre un cadáver que acaba de encontrar. El resto del tiempo todo gira alrededor de la supervivencia básica, de entender qué ocurre, de conseguir agua para beber, de comprender lo que uno está viendo cuando buena parte de ello es un estado alterado, surreal, un horror al que de pronto se despertó.

¿Qué le ha sorprendido?

-El amor al país. O quizá debería decir la profundidad y el alcance de ese amor. Ayer, un haitiano que miraba su tierra asolada me dijo: “Yo he viajado, he estado en Miami y en París. Pero este es el país para mí. Yo amo mi país. Por eso siempre volví”.

* Barrio de Nueva Orleans, cuya población era de 14.008 habitantes en el año 2000

Publicado en el blog Close Read, The New Yorker, 16/01/10
Traducción: Ana Prieto .

Aves de prensa. www.blogspot.com

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Los afganos aman las flores

Por Jon Lee Anderson

“En las calles de Herat podías ver hombres con turbantes gigantescos, paseando cogidos de la mano, con rosas en la boca y los fusiles envueltos en tela de saraza floreada.”
Bruce Chatwin

Los afganos aman las flores, a pesar de que no tienen agua para regarlas. Si un mujaidin —uno de esos guerreros musulmanes que pelearon contra los soviéticos y los talibán— va a una casa de fotografía para retratarse, tiende a posar con un buqué de flores de plástico, y tras él suele haber un telón de fondo pintado con campos de flores. Cuando en 2001 volví a Afganistán y vi al mullah Naquib, un sacerdote musulmán, recuerdo sobre todo un jardín de flores en medio de un terral dentro de su casa. Su guardaespaldas, un hombre rudo, vestido de negro y tostado por el sol, me llamaba para que las admirara y esperaba mi grata reacción ante cada una. Me llevaba de flor en flor, entre rosales, narcisos y dalias. Después entré en la casa a conversar con el mullah Naquib, y al rato uno de sus secuaces apareció con un cofre de plata atado con una cinta, como esos lazos con que las niñas se sujetan el cabello. En su interior había unos narcisos, esas flores blancas y delicadas que tienen el corazón amarillo. Naquib las recogió con cara de felicidad, las olió y me las pasó como su invitado de honor. También las olí y de inmediato nos pusimos a conversar sobre las flores.

No tenía una explicación sobre esta afición masculina por las flores en una sociedad tan ruda como la afgana. Hay en este país un romanticismo que no es nada conocido en Occidente, que atraviesa toda su cultura y trasciende las barreras de los sexos, nuestro entendimiento de qué es lo que le debe gustar a un hombre y qué le debería gustar a una mujer. Hay una especie de ambisexualidad en la cultura afgana: bastante de su música y de su poesía se trata de aclamar la belleza de la naturaleza, de montañas y ríos, de evocar el esplendor de tiempos pasados. Existe además un gran ritual en los saludos cotidianos: el huésped se pasa minutos devolviendo saludos de bienvenida en los que se pregunta sobre la familia, el viaje, la salud, y uno siempre dice bien, bien, bien. Se acostumbra a llegar lentamente a lo que es el tema del encuentro. Antes deben llegar el té con un platito de nueces o caramelos o pasas traídos del mercado o del huerto del anfitrión. Esa es la hospitalidad afgana de rigor. Las flores sólo aparecen cuando están de temporada, y en estas ceremonias de visitas son tratadas como la llegada a una fiesta de cumpleaños de una orquesta sorpresa.

Los afganos son muy sexys

Hay un chiste perverso en Afganistán: dicen que cuando los cuervos sobrevuelan Kandahar se cubren el trasero con un ala, por si acaso. Los afganos de otras regiones bromean de este modo sobre el alto índice de pederastia que existe entre los hombres pashtun —la tribu mayoritaria de Afganistán, sobre todo del este y el sur del país, de donde provenían la mayoría de los talibán. Aunque sea mal vista, la pederastia sucede con frecuencia. Una de las primeras maniobras populistas de los talibán fue castigar a los comandantes mujaidines acusados de violación o de pederastia. A los homosexuales los mataban del modo más cruel: les mandaban tanques o aplanadoras que los enterraban bajo paredes de barro. La pederastia fue una preocupación del mullah Omar, el jefe de los talibán, quien decretó que sus comandantes no podían tener jóvenes lampiños en sus huestes.

No sólo sucede con los pashtun: en general los afganos están más cercanos a la ambisexualidad que los occidentales. Tienen afición por los niños púberes, una tradición que recibe el nombre de ashna. Algunos de ellos son los verdaderos objetos de deseo por parte de hombres maduros. Uno de mis intérpretes en el norte de Afganistán me explicó cómo funcionaba. Parte de esta tradición viene de la separación de los sexos: los hombres no se pueden relacionar fácilmente con las mujeres (se supone que las esposas no deben ser vistas), y, además, el que se considera heterosexual sólo puede casarse si paga una dote obligatoria, una que impide que un hombre joven pueda casarse, sobre todo en tiempos de guerra, porque no se puede trabajar y ahorrar dinero. Así la separación de los sexos dura más tiempo, y las amistades entre los hombres se vuelven muy cercanas. Hay una especie de homoerotismo en la sociedad, y estas conductas pueden ser muy confusas para un occidental. Los hombres se bañan juntos en los baños públicos de vapor, y tienen ciertos modales que los occidentales veríamos como afeminados: se besan entre amigos al encontrarse, se dan unos abrazos de cuerpo entero, y no es nada raro ver a hombres afganos caminando por la calle de la mano.

Los jóvenes suelen enamorarse del chico más bello del barrio, por lo general un menor, y es una tradición tratar de seducirlo. Uno de mis intérpretes había aprendido inglés sólo para impresionar a un chico que había llegado a la ciudad, y ambos terminaron juntos. Era su ashna. El que era mi intérprete, el seductor, no se consideraba homosexual. Lo contaba con toda naturalidad y hasta con cierta ensoñación, y hablaba tanto de la belleza del hombre como de la mujer. Un día, cuando estábamos ya en Kabul, llegó un fotógrafo de Francia a cubrir la guerra. Era muy atractivo, y los hombres afganos que lo veían se morían por él. Es más, mi intérprete bromeaba que estaba enamorado de él. Pero había algo de verdad en su declaración: se lo quedaba mirando, jugaba con su cabello, y todas las conversaciones giraban en torno a que lo seguiría hasta el fin del mundo. El francés sólo intentaba ser tolerante.

Si un extranjero llegaba a un campamento mujaidin, tenían la costumbre de agarrarle los testículos. Me sucedió una sola vez, en un campo de batalla al norte de Afganistán, en las afueras de Kunduz. Un mujaidin vino a saludarme, me pidió un cigarro, y detrás de él vino un hombre, un típico guerrero, y me agarró los testículos. El resto de los mujaidines se reían. Lo perseguí y lo pateé dos veces, pero él sacó su ametralladora para amenazarme. Hubo unos segundos de tensión, en que yo le increpé y de pronto se fue. Los mujaidines testigos excusaron su comportamiento diciendo que él había crecido en la guerra, que nada podían hacer. Me quedé furioso y lo quise denunciar con su comandante, pero él no estaba en el campamento. Sin embargo, para los afganos hay una diferencia entre estas costumbres y lo que es un hombre homosexual de toda la vida.

Vi muy pocos rostros de mujeres durante los meses que estuve en Afganistán. Ellas usan burkhas, esas rigurosas envolturas de pies a cabeza que fueron obligatorias para el Talibán. Nunca ves mujeres cuando entras en esas casas-fortalezas de un hombre afgano. No se sabe casi nada de su vida sexual matrimonial, pero los hombres hablan de sexo todo el tiempo y tienen una gran curiosidad de cómo se hace en Occidente. Una noche en un hotel de Kandahar —sin energía eléctrica, pero con generadores y televisión satelital— todos los hombres se quedaron la noche entera viendo por la tv porno duro alemán. Hay que imaginar entonces las nociones que tienen de nuestra sexualidad y de la mujer occidental. No sabían nada sobre las caricias ni las zonas erógenas, y al sexo oral lo ven como una conducta rarísima, primitiva y sucia. La idea general del sexo, según la entendí, es que la mujer con la que se casan es sólo para procrear. Hay una parte de la sociedad afgana, sobre todo en Kabul, con algunas costumbres occidentales, y que sí entiende lo de dar placer a la mujer, incluso lo de ver el cuerpo desnudo de la mujer. Pero da la impresión que, al menos para la gente rural, no existe el placer sexual en la vida matrimonial. Parece estar reservado para los ashnas.

Una vez vi un ashna en Kandahar: era un niño de unos doce o trece años, que parecía una niña lindísima. Era muy provocadora y sexualizada. Tenía la delicadeza de uno de esos chicos que se eligen para cantar en los coros, y estaba sentado como una niña, sobre las piernas dobladas. No era ni lo uno ni lo otro, sino un ser sexual, y estaba allí para ser admirado. Era tan extraño y paradójico, como un buqué de flores muy sensual. Y estaba con el mullah Naquib. Nunca pregunté a nadie si era su amante, su ashna. El niño no tenía ningún rol aparente, salvo el de estar a su lado. Era casi como una Barbie, pestañeaba coquetamente y hablaba en falsete. El mullah Naquib era un padre de familia con hijos de todas las edades a su alrededor. No lo haría, creo, frente a sus hijos, pero quién sabe. Nunca se lo pregunté.

Los afganos son fotogénicos

Llegué a Kandahar en 2001, cuando los talibán habían huido de ella. El fotógrafo Thomas Dworzak y yo nos alojamos en el único hotel que existía en esa ciudad polvorienta y semidestruida: el Noor Jehan. La apariencia del hotel no tenía nada que ver con su nombre: el de la famosa princesa que inspiró a un emperador a construir el Taj Mahal de la India. El Noor Jehan era ahora un hotelucho de mala muerte: detrás de él había un basural. Adelante, una hilera de panaderías. Y en la acera de enfrente, todas las casas de fotografía de Kandahar. Era curioso: sus vitrinas exponían los retratos de sus clientes, y fotografías de celebridades como Bruce Lee, Leonardo Di Caprio y Arnold Schwarzenegger, junto al héroe y mártir de los mujaidines Ahmed Shah Massoud, el depuesto rey afgano Zahir Shah y algunas estrellas del cine indio. Lo curioso es que la dictadura de los talibán había abolido la fotografía, y que en estas casas de foto había sobre todo retratos de guerreros talibán.

Los talibán posaban delante de cortinas con fondos de campos de flores. Eran barbudos, llevaban el turbante negro, buqués de flores de plástico y armas de verdad. Ahora, en las vitrinas, lucían retocados en unos marcos de aluminio y de color chillón. Algunos talibán estaban solos y otros con un amigo. Algunos rígidos y otros dándose afectuosos apretones de mano. Los afganos se aglomeraban en las vitrinas frente al Noor Jehan para ver estas fotos. Era extraño que hubiese retratos de los talibán porque su líder, el mullah Omar, había impuesto la prohibición coránica de representar la imagen humana. No entendí nada hasta que Said Kamal, el dueño de la tienda Photo Shah Zada y especialista en retratos retocados, me explicó que, después de que los talibán ordenaran el cierre de las casas de fotografía, se dieron cuenta de que necesitaban fotos para sus pasaportes si querían viajar.

Hubo entonces una excepción al edicto del mullah Omar. Said Kamal debía tomar sólo fotos para pasaportes y no exhibir ningún retrato de ser humano en su vitrina, pero nunca llegó a obedecer por completo las reglas: Said Kamal seguía retratando en su estudio a los guerreros talibán. Solían llegar a su estudio con los ojos intensamente delineados con kohl negro, que los hacía parecer a estrellas del cine mudo. Pero Kamal también hacía fotografías clandestinas de matrimonios de ciudadanos comunes. Ahora que los talibán habían huido de Kandahar, Said Kamal se atrevía a exhibir las fotos en su vitrina. Esas fotos se habían quedado sin recoger, y estaban allí sólo para atraer a la clientela. Decidimos entonces vestirnos con los atuendos afganos y que nos tomaran una foto. A Said Kamal le pareció genial. Thomas Dworzak lucía tan parecido a un afgano que, al día siguiente, los fotógrafos sacaron su retrato a la vitrina.

Los afganos aman la música

Hubo una época en que Afganistán era el único lugar del mundo donde había guerrilleros peleando contra un invasor extranjero. Mi primer viaje hasta allí fue en la Navidad de 1988. Entonces llegué al valle de Argandhab, a unos kilómetros al norte de Kandahar, cuando la Unión Soviética retiraba sus tropas después de diez años de invasión. Me quedé en el campamento mujaidin del mullah Naquibullah, más conocido como Naquib. Kandahar era como un basural de guerra, con estruendos de bombardeos todos los días. En medio de esta bulla en el campamento, un día recibimos la noticia de que se había abolido la música. Dos maulavis, esos eruditos islámicos escogidos por comandantes mujaidines para presidir la ley religiosa, la Sharia , habían dictaminado el edicto. No me daba cuenta de cuánto valía la música para los afganos hasta que el mullah Naquib me envió con uno de sus hombres a conocer el juzgado al aire libre de los maulavi.

Viajé hasta allí en una camioneta conducida por un hombre joven que escuchaba, a todo volumen, unas cintas de lastimeras canciones de amor. Uno de los jueces maulavis extrajo un trozo de papel y verificó la noticia: había un nuevo edicto para todos los comandantes mujaidines de la región. Los jueces alegaban que el auge del delito era porque se escuchaba música grabada. Había que apagar la música para controlar a la población. Pero esa prohibición era demasiado. Igual que el resto de afganos, los kandaharis son muy musicales. Bailan, tocan instrumentos populares, cantan. De vuelta al campamento, el conductor puso intencionalmente la cinta en la casetera a un volumen aún mayor que antes. Sabía que Naquib era un mullah más o menos tolerante. No le iba a hacer gran caso al edicto maulavi y les iba a permitir a sus mujaidines tocar su música con la condición de que sólo fuera en el campamento y a un volumen moderado. Mientras, el mullah Naquib comunicó a los jueces que acataría la orden. Años más tarde los talibán tomaron el poder de Afganistán, y decretaron la abolición de la música en todo el país.

Esa no iba a ser mi última melodía en Afganistán. Cuando volví a Kandahar a fines de 2001, visité de nuevo a Naquib, quien me invitó al Valle de Argandhab donde lo había conocido trece años antes. Naquib era ahora un personaje controversial: decían que estaba involucrado en la huida de los talibán de Kandahar, pero lo culpaban más de la extraña fuga del mullah Omar, el jefe de los talibán. Al día siguiente, Naquib me guió hasta el garaje de su residencia, donde tenía dos camionetas 4×4 último modelo. Subimos a una Toyota Land Cruiser perlada, VX edición limitada, rumbo a Argandhab. La camioneta tenía todos los lujos, entre ellos un equipo de CD con display digital.

Su verdadero dueño había sido el fugado mullah Omar, de quien Naquib poseía ahora diez de sus automóviles sin poder explicar por qué. En la ruta, Naquib encendió la música. Le pregunté si el equipo de CD era suyo o si había venido con la camioneta. Naquib me confirmó que él lo había encontrado en el auto del mullah Omar. “¿Me está diciendo que todo esto perteneció al hombre que encarceló gente por escuchar música?”, le dije. Naquib se encogió de hombros. Me dijo que parecía que sí. La canción que escuchábamos, dijo, era una popular melodía afgana que insultaba al general Rashid Dostum, el jefe militar uzbeco de Mazar-i-Sharif. El estribillo decía: “Oh, asesino de afganos”.
—¿Qué sería de la vida sin música? —me dijo Naquib mirando por la ventana.

Los afganos son coquetos

Los hombres de la etnia pashtun son muy celosos de su apariencia personal. Muchos de ellos delinean sus ojos con kohl negro y se pintan con henna las uñas de sus pies, y, a veces, las de sus manos. Otros se tiñen el cabello, y es normal ver ancianos de apariencia sobria con largas barbas teñidas de un anaranjado tan chillón que asemeja al cabello teñido de los punks de Londres. Hasta los más corpulentos, barbudos y armados usan chaplís, que son unas coloridas sandalias de tacones altos. Me di cuenta de que para ser realmente chic en Kandahar uno debe ponerse chaplís de una talla más pequeña, lo que supone dar pasos más cortos y caminar casi tambaleándose. Los mujaidines parecen los bobos perfectos para un carnaval: cuando no están en la guerra, están maquillándose. O haciéndose cosquillas. Y toda esta cosmetología sucede en un lugar que es menos un país que un campo de guerra.

Cuando les preguntas en qué año están, los afganos te dicen que en 1381. Es el calendario musulmán. Ir a Afganistán es como volver siglos atrás y como si la guerra fuera un estado natural. En los mercados, venden chatarra de morteros y hasta pedazos de misiles Cruise de Estados Unidos. Las tiendas son fabricadas con cajas de municiones o de fusiles. En Jalalabad, un niño vendía fusibles de bombas de racimo para usarlas como luces de bengala. Hay minas por todas partes, y no hay nada más preciado que las armas. El opio es el principal cultivo de Afganistán, y bastantes jefes mujaidines son traficantes de heroína. En Kandahar, los vendedores ofrecían las Super Osama Bin Laden Kulfa Balls, unos caramelos de coco empaquetados en cajitas color rosa y púrpura cubiertas con imágenes de un Bin Laden salomónico, rodeado de fuego, tanques, misiles de crucero y aviones de guerra. Buena parte del país no tiene electricidad ni agua corriente ni redes telefónicas. Ni árboles ni agua. El polvo obstruye las gargantas, cubre el cabello y la piel, y la gente que protege sus rostros con pañuelos o turbantes ha aprendido a convivir con él. Sólo hay pozos artesanales, y, a lo mejor, un río.

Había sequía durante siete años. En algunos lugares de Afganistán, ves niños que van por la calle cargando unos veinte litros de agua que deben durarles durante tres días y medio. El mullah Omar, uno de los hombres más ricos de Kandahar, nunca había salido de su pueblo y tenía una vaca de mascota. Casi nadie ha leído un libro en toda su vida, y muchos ni se acuerdan de qué edad tienen. No hay juguetes. No recuerdo haber visto mujeres en un par de meses. No tienen mascotas. Los animales son bestias de carga o sólo sirven para comer. No hay nada blando o suave en Afganistán. No sabes entonces qué decir cuando te tropiezas con unos guerreros en chaplís, pasándose una flor y comentando su aroma en medio de este paisaje lunar que es un campo de batalla.

Los afganos son muy risueños

En 1989, en Jalalabad, estuve con mujaidines en una fortaleza en el preciso instante en que la bombardearon los soviéticos. Las bombas aterrizaron muy cerca y caímos al suelo. Luego de los estallidos, hubo un silencio ensordecedor. Minutos después, sólo se oía el llanto de un hombre. Afuera había unos mujaidines rodeando a un hombre lloroso que había sido herido por una esquirla, y se mataban de risa porque le había caído en el pene. Lo evacuamos en una camioneta en medio de gritos de dolor. Todos habían tenido ese impulso de reírse de lo que le sucedió, como si hubiera sido mera cosa de hombres. Les parecía tan cómico. Aquella vez en que un mujaidin me agarró los testículos, todos se reían sin importarles que fuese un acto de violencia. Ese suele ser el nivel de humor en Afganistán.

La guerra ha llevado a una especie de brutalización de su sociedad. Afganistán es un ejemplo cumbre de cómo una civilización puede ascender y caer: hace unas décadas era un lugar alabado por su armonioso cruce de culturas, tolerancia y convivencia. El país milenario donde Alejandro El Grande construyó Ay Khanoum, una de las ciudades más imponentes de su época, es ahora un campo de batalla: una tierra poblada de búnkeres y trincheras para tanques y ametralladoras antiaéreas. Los tesoros de Afganistán han sido saqueados o destruidos. Y es muy cierto que las civilizaciones pueden evaporarse y sucumbir como la arena movediza.

Los afganos son hospitalarios

Ser un extranjero en Afganistán es como estar en el zoológico y ser el animal. Te conviertes en una curiosidad. Hay una especie de histeria colectiva, y son como turbas que te siguen. En la calle te gritan al unísono la única frase que conocen en inglés: How are you? How are you? Algunos vienen a brincar frente a ti, o a pellizcarte o a tirarte una piedrita. Parecen no ser más que actos molestos e inofensivos, pero pueden a veces ser el inicio de una agresión. Una vez, en Faizabad, estaba hablando con un librero en un bazar y de pronto me pegó una piedra en la cara. Era del hijo del librero, un quinceañero que estaba detrás, y que trataba de esconderse. Le reclamé al papá, y éste reaccionó como diciendo que no me preocupara, que le iba a jalar las orejas. Recuerdo que me enfurecí, que agarré una piedra (o no recuerdo si eran unos libros), y se la lancé al chico, y le pedí a su padre que lo amonestara: se había quedado quieto durante esta escena, pero me dijo que entendía mi ira, y que estaba en mi derecho de castigar a su hijo. Pero tampoco hizo nada. Era muy extraño.

Había veces en que tenías que comportarte como ellos. Sólo así te ganabas el respeto, con poder y prepotencia. Cuando salíamos a pasear en Faizabad, los de la Alianza del Norte mandaban a un policía para espantar a los curiosos con un cable o un garrote, y, de paso, para vigilar a la prensa extranjera. Te conviertes en una curiosidad, y de la nada los afganos pueden empezar a tirarte granizo, y piedras. En el trasfondo de su cultura es así como matan a los adúlteros. Esta agresión proviene, creo, del hecho de que los afganos han sido adoctrinados para ver al que viene de afuera, al no-musulmán, como un kafir —es decir, un infiel—. Para un devoto del Corán, no hay nada peor que ello. El que no tiene fe ni dios es un ser desalmado, y, por ende, merece morir.

Un periodista británico casi muere así entrando en Kandahar. Estuvo a punto de ser masacrado por una turba y fue igual: conversaba amistosamente con unos refugiados afganos, y unos chiquillos le empezaron a tirar piedras. Al final una turba lo tuvo en el suelo tratando de aplastar su cráneo con ladrillos. Había unas cincuenta personas a su alrededor, hasta que él, desangrándose y casi desmayado, pudo tomar una piedra y lanzarla contra uno. Sólo cuando reaccionó en su defensa con esta agresión, ellos detuvieron la lluvia de piedras. Si no reaccionas, nadie los detiene. Si te vistes como ellos —cosa que hice por un tiempo—, sólo consigues que te miren menos. Pero sigues siendo un extranjero.

Afganistán ha sido el único lugar en el mundo donde he tenido que contratar hombres para proteger mi vida. Y contraté a tantos hombres que podría haber armado mi propia milicia. Entre la xenofobia, el bandolerismo y la brutalización de esta sociedad, los extranjeros deben viajar acompañados de hombres armados. Sólo por curiosidad, comencé a indagar qué haría falta para convertirme en un warlord, en un señor de la guerra. Diez mil dólares. Nada más. Bastaba para comprar un par de camionetas high lux, fusiles kalashnikovs rusos, y cien hombres armados para un mes. Para no gastar más después, nos convertiríamos en una mafia: iríamos donde los mercaderes y dueños de empresas para pedirles dinero. Luego te tropezabas con otro señor de la guerra, y le ganabas la batalla. No era difícil armar un ejército privado en Afganistán. Así se sobrevivía.

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Triste solitario y final

Osvaldo Soriano

Amanece con un cielo muy rojo, como de fuego, aunque el viento sea fresco y húmedo y el horizonte una bruma gris. Los dos hombres han salido a cubierta y son dos caras distintas las que miran hacia la costa, oculta tras la niebla. Los ojos de Stan tienen el color de la bruma; los de Charlie, el del fuego. La brisa salada les salpica los rostros con gotas transparentes. Stan se pasa la lengua por los labios y siente, quizá por última vez en este viaje, el gusto salado del mar. Tiene los ojos celestes, pequeños y rasgados, las orejas abiertas, el pelo lacio y revuelto. Un aire de angustia lo envuelve, y a pesar de sus diecisiete años está acostumbrado a fabricarse sonrisas. Ahora, lejos del circo, lejos de Londres, su cuerpo pequeño está rígido y siente que el miedo le ha caído encima desde alguna parte.

Charlie, que frente al público es un payaso triste, sonríe ahora, desafiante y frío. Apoyado en la popa ha inclinado el cuerpo hacia adelante, como si quisiera estar más cerca de Manhattan, como si tuviera apuro por asaltar al gigante.

-Mi padre dijo que el cine matará a los cómicos – ha dicho Stan.

Lo dice con amargura, porque ha recordado a su padre que también es actor y ha visto de frente la ansiedad de los curiosos, la desesperación de los fracasados, la alegría momentánea de una mueca; las ha visto mil veces, y lo ha contado mil veces en la mesa durante las cenas en la vieja casa de Lancashire. Las primeras luces surgen de la niebla y Stan sabe que ya no puede volver atrás, que cualquiera sea su destino, él está allí para aceptarlo.

-Matará a los cómicos sin talento- ha respondido Charlie, sin mirar a su compañero cada vez más lejano, atrapado por las luces. Siente que la hora llega, que toda Norteamérica es un auditorio en silencio que espera verlo pisar la costa. Escucha las exclamaciones de asombro, los aplausos, los  vivas! de la multitud, siente que alguien lo abraza y llora. La sirena del barco lo sacude, le hace abrir los ojos claros que tienen más fuego que nunca y descubre a su alrededor el júbilo de sus compañeros de la troupe que festejan la llegada. Stan sonríe brevemente. Se tapa la cara con las manos, porque una sensación vaga y molesta le toca el corazón y las tripas. Entre los dedos abiertos que enrejan sus ojos, mira a Charlie y siente que lo quiere como a nadie, porque sabe que está ante un vencedor.

Las lanchas se acercan al barco y lo remolcan. El día es luminoso y la niebla se ha levantado. Algunos actores tragan scotch y dan alaridos incomprensibles. Ellos volverán pronto a Londres, abrazarán a sus mujeres y a sus hijos y narrarán la aventura de la gira. Stan y Charlie no tienen pasajes de regreso. El barco se ha detenido y de la bodega emerge un ganado sucio y mugiente. Una a una las vacas pisan tierra americana y nadie les envidia su destino. Charlie ha encendido un cigarrillo y aguarda su turno en la escalinata. Ya no pertenece a la troupe.

Una ola de sangre caliente inunda las venas de Stan y su rostro se llena de vida. Adivina que Charlie está apostando por el éxito y la fama. De un bolsillo saca un puñado de chelines y los arroja con fuerza al mar. Se ha quedado solo y si pudiera verse sentiría vergüenza.

– No van a matarme, papá – dice, y salta a tierra.

(Capítulo primero de “Triste, solitario y final”, de Osvaldo  Soriano).

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Y la escritura, alivia

Por Mariana Winocur

El día había comenzado con un certero sentimiento de que todo estaba mal, que las cosas no salen como una quisiera, que las frustraciones son enormes y las salidas casi imposibles de encontrar. Todo parecía transcurrir en una selva oscura de tanto malestar, dolor, tristeza y rabia. Una selva sin escapatoria posible.

Quizá la única salida podía estar, si acaso, en dar un grito desgarrador, en llorar interminablemente. En encontrar algún objeto que tuviera la suavidad y la firmeza de un sparring contra el cual golpear toda la ira contenida, quizá por muchísimos años, y sin un origen claro.

El café de la mañana apenas si alcanzaba a tranquilizar uno de los tantos reclamos/autoreclamos. Al menos conseguía satisfacer esos pequeños gustos que cada uno se da en soledad y que no necesitan más que de uno para ser cumplidos.

Con ese aroma sanador del café, con ese sabor amargo que activa el alma, casi agregando otros sentido a la experiencia para convertirla en multisensorial (el tema remite irremediablemente a Italo Calvino y su incompleta serie Bajo el sol jaguar), súbitamente y sin esperar nada, aparecieron señales, mensajes, palabras o colores (un color rojo, por ejemplo) que inmediatamente le cambiaron el curso a las emociones.

Señales, palabras, imágenes, recuerdos, citas, confesiones que activaron el lado amoroso y que, casi como magia, repararon la herida, el desgarramiento. El sinsentido. La confusión.

El nudo vital comenzó a desatarse, lentamente pero seguro. Y los sentimientos levantaron su barrera infranqueable para permitir el ingreso de cierto bienestar. Al menos pensar en que algo podría ser posible y placentero, por efímero que fuere.

El corazón, desnudo, se estremece con ese tipo de amor que tiene la capacidad de llegar al lugar justo en el momento adecuado. (La estrategia impensada o imposible de programar).

“Pienso que en este momento/tal vez nadie en el universo piensa en mí/que sólo yo me pienso/y si ahora muriese/nadie, ni yo, me pensaría”. Siguiendo a Roberto Juarroz, tal vez por eso, pensar en alguien, equivale a salvarlo.

Una señal. Una experiencia, Una memoria, Una cita. Un eterno agradecimiento.

Las lágrimas ayudan a limpiar el cuerpo y el alma. El lugar de las emociones, justo ahí a medio camino entre el ombligo y el corazón, comienza a acomodarse, a tranquilizarse y a retomar cierto equilibrio. Y la reconciliación con la vida, con la cotidianeidad, con este mundo por momentos terriblemente hostil, aparece como posible. El círculo vicioso puede parar por un instante su velocidad fatal y es posible, al menos, pensar en alguna salida. En romper la rueda kármica.

Y la escritura, alivia.

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Declaración del Subcomandante Insurgente Marcos

Enero de 1994, a dos semanas del levantamiento de Chiapas.

Hasta el día de hoy, 18 de enero de 1994, sólo hemos tenido conocimiento de la formalización del ‘perdón’ que ofrece el gobierno federal a nuestras fuerzas.

¿De qué tenemos que perdir perdón? ¿De qué nos van a perdonar? ¿De no morirnos de hambre? ¿De no callarnos en nuestra miseria? ¿De no haber aceptado humildemente la gigantesca carga histórica de desprecio y abandono? ¿De habernos levantado en armas cuando encontramos todos los otros caminos cerrados? ¿De no habernos atenido al Código Penal de Chiapas, el más absurdo y represivo del que se tenga memoria? ¿De  haber demostrado al resto del país y al mundo entero que la dignidad humana vive aún y está en sus habitantes más empobrecidos? ¿De habernos preparado bien y a conciencia antes de iniciar? ¿De haber llevado fusiles al combate, en lugar de arcos y flechas? ¿De haber aprendido a pelear antes de hacerlo?¿De ser mexicanos todos? ¿De ser mayoritariamente indígenas? ¿De llamar al pueblo mexicano todo a luchar, de todas las formas posibles, por lo que les pertenece? ¿De luchar por la libertad, democracia y justicia? ¿De no seguir los patrones de las guerrillas anteriores? ¿De no rendirnos? ¿De no vendernos? ¿De no traicionarnos?

¿Quién tiene que pedir perdón y quién puede otorgarlo? ¿Los que, durante años y años se sentaron ante una mesa llena y se saciaron mientras con nosotros se sentaba la muerte, tan cotidiana, tan nuestra que acabamos por dejar de tenerle miedo? ¿Los que nos llenaron las bolsas y el alma de declaraciones y promesas? ¿Los muertos, nuestros muertos, tan mortalmente muertos de muerte ‘natural’, es decir, de sarampión, tosferina, dengue, cólera, tifoidea, mononucleosis, tétanos, pulmonía, paludismo y otras lindezas gastrointestinales y pulmonares? ¿Nuestros muertos, tan mayoritariamente muertos, tan democráticamente muertos de pena porque nadie hacía nada, porque todos los muertos, nuestros muertos, se iban así nomás, sin que nadie llevara la cuenta, sin que nadie dijera, por fin, el ‘¡YA BASTA!’ que devolviera a esas muertes su sentido, sin que nadie pidiera a los muertos de siempre, nuestros muertos, que regresaran a morir otra vez pero ahora para vivir? ¿Los que nos negaron el derecho y don de nuestras gentes a gobernar y gobernarnos? ¿Los que negaron el respeto a nuestra costumbre, a nuestro color, a nuestra lengua? ¿Los que nos tratan como extranjeros en nuestra propia tierra y nos piden papeles y obediencia a una ley cuya existencia y justeza ignoramos? ¿Los que nos torturaron, apresaron, asesinaron y desaparecieron por el grave ‘delito’ de querer un pedazo de tierra, no un pedazo grande, no un pedazo chico, sólo un pedazo al que se le pudiera sacar algo para completar el estómago?

¿Quién tiene que pedir perdón y quién puede otorgarlo?

¿El presidente de la república? ¿Los secretarios de estado? ¿Los senadores? ¿Los diputados? ¿Los gobernadores? ¿Los presidentes municipales? ¿Los policías? ¿El ejército federal? ¿Los grandes señores de la banca, la industria, el comercio y la tierra? ¿Los partidos políticos? ¿Los intelectuales? ¿Galio y Nexos? ¿Los medios de comunicación? ¿Los estudiantes? ¿Los maestros? ¿Los colonos? ¿Los obreros? ¿Los campesinos? ¿Los indígenas? ¿Los muertos de muerte inútil?

¿Quién tiene que pedir perdón y quién puede otorgarlo?

Subcomandante Marcos

(Enero de 1994, a dos semanas del levantamiento de Chiapas).

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Guevara

Por Rodolfo Walsh

¿Por quién doblan las campanas? Doblan por nosotros. Me resulta imposible pensar en Guevara, desde esta lúgubre primavera de Buenos Aires, sin pensar en Hemingway, en Camilo, en Masetti, en Fabricio Ojeda, en toda esa maravillosa gente que era La Habana o pasaba por La Habana en el 59 y el 60. La nostalgia se codifica en un rosario de muertos y da un poco de vergüenza estar aquí sentado frente a una máquina de escribir, aun sabiendo que eso también es una especie de fatalidad aun si uno pudiera consolarse con la idea de que es una fatalidad que sirve para algo.

Lo veo a Camilo, una mañana de domingo, volando bajo en un helicóptero sobre la playa de Coney Island, asomándose muerto de risa y la muchedumbre que gozaba con él desde abajo. Lo oigo al viejo Hemingway, en el aeropuerto de Rancho Boyeros, decir esas palabras penúltimas: `Vamos a ganar, nosotros los cubanos vamos a ganar`. Y ante mi sorpresa: `I´m not a yankee, you know`.
Interminablemente veo a Masetti en las madrugadas de Prensa Latina, cuando ya se tomaba mate y se escuchaba unos tangos, pero el asunto que volvía era el de esa revolución tan necesaria, aunque hoy se presenta tan dura, tan vestida con la sangre de la gente que uno admirado simplemente quiso.

Nunca sabíamos en Prensa Latina, cuándo iba a venir el Che, simplemente caía sin anunciarse, y la única señal de su presencia en el edificio eran dos guajiritos con el glorioso uniforme de la sierra, uno se estacionaba junto al ascensor, otro ante la oficina de Masetti, metralleta al brazo. No sé exactamente por qué daban la impresión de que se harían matar por Guevara, y cuando eso ocurriera no sería fácil.

Muchos tuvieron más suerte que yo, conversaron largamente con Guevara. Aunque no era imposible ni siquiera difícil yo me limite a escucharlo, dos o tres veces, cuando hablaba con Masetti. Había preguntas por hacer pero no daban ganas de interrumpir o quizá las preguntas quedaban contestadas antes de que uno las hiciera. Sentía lo que él cuenta que sintió al ver por única vez a Frank País: sólo podría precisar en este momento que sus ojos mostraban enseguida el hombre poseído por una causa y que ese hombre era un ser superior. Yo leía sus artículos en Verde Olivo, lo escuchaba por TV: Parecía suficiente, porque Che Cuevara era un hombre sin desdoblamiento. Sus escritos hablaban con su voz, y su voz era la misma en el papel o entre dos mates en aquella oficina del Retiro Médico.

Creo que los habaneros tardaron un poco en acostumbrarse a él, su humor frío y seco, tan porteño, debía caerles como un chubasco. Cuando lo entendieron, era uno de los hombres más queridos de Cuba.

De aquel humor se hacia la primera víctima. Que yo recuerde, ningún jefe de ejército, ningún general, ningún héroe se ha descrito a sí mismo huyendo en dos oportunidades. Del combate de Bueycito, donde se le trabo la ametralladora frente a un soldado enemigo que lo tiroteaba desde cerca, dice: `mi participación en aquel combate fue escasa y nada heroica, pues los pocos tiros los enfrenté con la parte posterior del cuerpo`. Y refiriéndose a la sorpresa de Altos de Espinosa: `no hice nada más que una retirada estratégica a toda velocidad en aquel encuentro`.
Exageraba él estas cosas, cuando todos sabían que acaba de recordar Fidel, que lo difícil era sacarlo del lugar donde hubiera más peligro. Dominaba su vanidad como el asma.

En esa renuncia a las últimas pasiones, estaba el germen del hombre nuevo que hablaba.

Guevara no se proponía como un héroe: en todo caso, podía ser un héroe a la altura de todos. Pero esto, claro, no era cierto para los demás. Su altura era anonadante: resulta más fácil a veces desistir que seguirlo, y lo mismo ocurría con Fidel y la gente de la Sierra. Esta exigencia podía ponernos en crisis, y esa crisis tiene ahora su forma definitiva, tras los episodios de Bolivia.

Dicho más simplemente: nos cuesta a muchos eludir la vergüenza, no de estar vivos porque no es el deseo de la muerte, es su contrario, la fuerza de la revolución, sino de que Guevara haya muerto con tan pocos alrededor. Por supuesto, no sabíamos, oficialmente no sabíamos nada, pero algunos sospechábamos, temíamos. Fuimos lentos, ¿culpables? Inútil ya discutir la cosa, pero ese sentimiento que digo está, al menos para mí y tal vez sea un nuevo punto de partida.

El agente de la CIA que según la agencia Reuter codeó y panceó a cien periodistas que en Valle Grande pretendían ver el cadáver, dijo una frase en inglés: `awright, get the hell out of here`.

Esta frase con su sello, su impronta, su marca criminal, queda propuesta para la historia. Y su necesaria réplica: alguien tarde o temprano se irá al carajo de este continente. No serán los que nacieron en él. No será la memoria del Che.

Que ahora está desparramado en cien ciudades entregado al camino de quienes no lo conocieron.

Buenos Aires, octubre de 1967.

Guevara por Rodolfo Walsh, Publicado por Casa de las Américas, La Habana, Cuba, en 1986.

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El Che

Por José Pablo Feinmann

Hay dos maneras, creo, de acercarse al Che. Una es teórica, reflexiva y parte del análisis de la teoría del foco guerrillero. (Es la que intento en el cuerpo central del libro*). La otra es visual. Porque con el Che está todo dicho en la foto del póster. Fue, se sabe (o no), una foto azarosa, imprevista. Había un acto. Hablaba Fidel. Y el fotógrafo –Alberto Korda— andaba de un lado a otro con su cámara, sin esperar nada excepcional. De pronto, atrás, ajeno a todo protagonismo, se lo encuentra al Che. (Años después los cubanos harán un documental con este suceso: Una foto recorre el mundo.) El fotógrafo no lo puede creer. El Che parece ausente, está callado. Vaya a saber en qué está. O cuenta la multitud. O está algo aburrido. O está pensando en nuevos y trascendentes desafíos históricos. El fotógrafo lo encuadra, presiona, se oye ¡click! y ahí está: el Che pasa a la inmortalidad como el más bello ejemplar de hombre que produjo América latina.

Es la foto del último romántico. ¿Quién puede no enamorarse del último romántico de un siglo en el que han triunfado el pragmatismo, los sueños a ras del suelo, las pasiones de freezer? Miremos al Che: el Che ni siquiera nos mira. Mira hacia el horizonte. Esa mirada –para quien desee creerlo, y son muchos—es la de la utopía. Es la mirada que busca el futuro: allí, donde habita la utopía. Tiene el pelo crecido. (Hay muchísimas fotos del Che con el pelo corto; pero estaba escrito: ese día se ve como Sansón.) Y no sólo crecido, tiene el pelo al viento. A su pelo lo sacude la borrasca de la Historia. Cuando Sartre viaja a Cuba (en los comienzos de la revolución) escribe un opúsculo al que le pone un título brillante: “Huracán sobre el Azúcar”. Cuba es la isla del azúcar. La revolución era el huracán. ¿Qué otro viento sino el viento huracanado y dulce de la revolución podía convulsionar los pelos del Che? El viento es la imagen de la libertad y toda revolución busca instaurar la libertad, ya que viene, ante todo, a liberar a los oprimidos. Así, es la libertad, es la liberación de los oprimidos lo que se lee en los pelos agitados del Che. También es “el extraño del pelo largo”. Un rockero. Un eterno joven. Y la mirada profunda, los ojos oscuros, la nariz dilatada como si oliera el viento y lo saboreara, los labios firmes y la barba rala y la boina con la estrella. Y esa estrella es la suya. El Che es una star. Una superestar. Un Jesucristo superestar.

Ha sido (antes de la foto-eternidad) un viajero incansable. Recorrió, en 1950, 4.500 kilómetros en motocicleta. Después viajó en buque, después otra vez en moto, después en tren. Hizo de todo: desde una revista de rugby hasta trabajar en un leprosario. Y lo sacude la caída del guatemalteco Jacobo Arbenz, y comienza a odiar a los Estados Unidos (“el gran enemigo del género humano”) y se encuentra en México con Fidel y se embarca en el Granma, Son ochenta y dos combatientes en un yate en el que, apenas, entran algo más de veinte personas. Y desembarcan en Cuba y –ahí: cuando vuelven a mirarse las caras y a ver cuántos son—descubren que son meramente doce. Pero hacen la revolución. Ellos, los viajeros del Granma. (Hoy se viaja en Internet. El Che viajó en el Granma. ¿Dice algo esto acerca de cómo han cambiado las posibilidades de la aventura?).

El Che era el Corto Maltés. El Corsario Negro. Sandokán. Robin Hood. Era Superman con kryptonita en los pulmones; era asmático. Su propósito fue, siempre, ir más allá de sus propios límites. “Hasta a mí, a veces, me cuesta ser como el Che”. Se va al Congo; fracasa. Se va a Bolivia. Le dicen: no están dadas las condiciones. Pero el Che creía que nunca están dadas las condiciones, que siempre hay que crearlas. Y él era un voluntarista desmedido. Todo gran aventurero lo es. Creía en su poder para transformar la Historia. Para crearla. Nunca lo dijo, pero sospecho que creía que él era la Historia; una parte esencial de ella, un hombre capaz de generar actos históricos, indestructibles, definitivos. Y en Bolivia es el martirio final. Ahí está su diario. Y está el de su compañero Villegas. Son la minuciosa descripción del sufrimiento. Ahí está, ahí va, va con unos cuantos compañeros alucinados por su coraje y su capacidad para tolerar el dolor, armado con algunas patéticas escopetas, entre mosquitos, garrapatas y serpientes, ahí va este Cristo de la modernidad, se desliza hacia la otra foto, hacia la que complementa a la anterior, hacia la foto final, la del piletón de Vallegrande: tiene los ojos abiertos, sonríe; está, a la vez, vivo y eterno. Qué destino, caramba. No cualquiera hace de su vida una aventura tan perfecta, tan desmedida y deslumbrante. Sólo, tal vez, él. Sólo el Che, que se lo propuso desde los orígenes. Aunque tuviera kryptonita en los pulmones.

*(Del libro La sangre derramada,  José Pablo Feinmann, 1998).

………………………………………………………………………..      En los inicios de Brasilia

Por Clarice Lispector

(1970) 20 de junio

Brasilia está construída en la línea del horizonte –Brasilia es artificial. Tan artificial como ha de haber sido el mundo cuando fue creado. Cuando el mundo fue creado, fue necesario crear un hombre especialmente para aquel mundo. Nosotros estamos todos deformados por la adaptación a la libertad de Dios. No sabemos cómo seríamos si hubiésemos sido creados en primer lugar, y después el mundo deformado según nuestras necesidades. Brasilia todavía no tiene al hombre de Brasilia. –Si yo dijera que Brasilia es linda, percibirían de inmediato que me gustó la ciudad. Pero si digo que Brasilia es la imagen de mi insomnio, ven en esto una acusación; pero mi insomnio soy, es vívido, es mi espanto. Los dos arquitectos no pensaaron en construir belleza, sería fácil; ellos levantaron su espanto, y dejaron inexplicado el espanto. La creación no es comprensión, es un nuevo misterio. –Morí, un día abrí los ojos y era Brasilia. Estaba sola en el mundo. Había un taxi parado. Sin chofer. –Lúcio Costa y Oscar Niemayer, dos hombres solitarios. –Veo a Brasilia como veo a Roma: Brasilia empezó con una simplificación final de ruinas. La hiedra todavía no creció. –Además del viento hay otra cosa que sopla. Sólo se reconoce la crispación sobrenatural del lago. –En cualquier lugar donde donde se está de pie, un niño se puede caer, y quedar fuera del mundo. Brasilia queda en la orilla. –Si yo viviera aquí, dejaría que mis cabellos crecieran hasta el piso. –Brasilia es de un pasado esplendoroso que ya no existe más. Hace milenios desapareció ese tipo de civilización. En el siglo IV a.C. estaba habitada por hombres y mujeres rubios y altísimos, que no eran americanos ni suecos, y que brillaban al sol. Eran todos ciegos. Es por eso que en Brasilia no se corre el riesgo de tropezar. Los brasiliarios se vestían con oro blanco. La raza se extinguió porque nacían pocos hijos. Cuanto más bellos los brasiliarios, más ciegos y más puros y más centelleantes, y menos hijos. No había nada en nombre de lo cual morir. Milenios después fue descubierta por una banda de foragidos que en ningún otro lugar serían recibidos; ellos no tenían nada que perder. Allí encendieron fuego, armaron tiendas, poco a poco excavaron las arenas que cubrían la ciudad. Eran hombres y mujeres más pequeños y morenos, de ojos esquivos e inquietos, y que, por ser fugitivos y estar desesperados, tenían en nombre de qué vivir y morir. Habitaron las casas en ruinas, se multiplicaron, y construyeron una raza humana muy contemplativa. –Esperé por la noche, como quien espera por las sombras para poder escabullirse. Cuando llegó la noche, me di cuenta con horror de que era inútil: donde estuviera, me verían. Lo que me aterroriza es: ¿quién? –Fue construida sin lugar para ratas. Toda una parte nuestra, la peor, exactamente la que siente horror por las ratas, esa parte no tiene cabida en Brasilia. Ellos quisieron negar que no servimos para nada. Construcciones con espacio calculado para las nubes. El infierno me entiende mejor. Pero las ratas, todas muy grandes, la están invadiendo. Es un titular de los diarios. –Aquí tengo miedo –Este gran silencio visual que yo amo. También mi insomnio habría creado esta paz del nunca. También yo, como ellos dos que son monjes, meditaría en este desierto. Donde no hay lugar para las tentaciones. Pero veo a lo lejos buitres que sobrevuelan. ¿Qué se está muriendo mi Dios? –No lloré ni una vez en Brasilia. No había motivo. –Es una playa sin mar. –En Brasilia no hay por donde entrar, ni hay por dónde salir. –Mamá, es lindo verte de pie con esa capa blanca, volando (Es que estoy muerta mi hijo). –Una prisión al aire libre. De cualquier manera, no habría dónde escapar. Pues quien huye se dirigiría probablemente a Brasilia. Me atraparon en libertad. Pero libertad es sólo lo que se conquista. Cuando me la conceden, me están ordenando ser libre. –Todo un costado de frialdad humana que tengo, lo encuentro en mí aquí en Brasilia, y florece gélido, potente, fuerza helada de la naturaleza. Aquí es el lugar donde mis crímenes (no los peores, sino los que comprenderé en mí), donde mis crímenes no serían de amor. Me voy a los otros crímenes, los que Dios y yo comprendemos. Pero sé que volveré. Me atrae aquí lo que en mí me asusta. –Nunca vi nada igual en el mundo. Pero reconozco esta ciudad en lo más profundo de mi sueño. Lo más profundo de mi sueño es una lucidez. –Pues como iba diciendo, Flash Gordon… -Si me retrataran de pie en Brasilia, cuando revelaran la fotografía sólo saldría el paisaje. -¿Dónde están las jirafas de Brasilia? -Cierta crispación mía, ciertos silencios, hacen que mi hijo diga: caramba, los adultos son tremendos. –Es urgente. Si no la pueblan, o mejor superpueblan, otra cosa va a habitarla. Y si eso sucede, será demasiado tarde: no habrá lugar para las personas. Se sentirán tácitamente expulsadas. –El alma aquí no hace sombras en el piso. –Los primeros dos días estuve sin hambre. Me parecía que todo sería comida de avión. –De noche extendí mi rostro hacia el silencio. Sé que hay una hora desconocida en que el maná baja y humedece las tierras de Brasilia. –Por más cerca que se esté, todo aquí se ve de lejos. No encontré un modo de tocar. Pero por lo menos esta ventaja a mi favor: antes de llegar aquí, ya sabía cómo tocar de lejos. Nunca me desesperé demasiado: de lejos, yo tocaba. Tuve mucho, y no lo que toqué, sabes. Mujer rica es así. Es Brasilia pura. –La ciudad de Brasilia queda fuera de la ciudad. –Boys, boys, come here, will you, look who is comming on the street all dressed up in modernistic style. It ain’t nobody but… (Aunt Hangar’s Blues, Ted Lewis and His Band, con Jimmy Dorsey en clarinete.) –Esa belleza que asusta, esa ciudad trazada en el aire. –Por ahora no puede nacer el samba en Brasilia. –Brasilia no me permite cansarme. Persigue un poco. Bien dispuesta, bien dispuesta, bien dispuesta, me siento bien. Y finalmente siempre cultivé mi cansancio, como mi más rica pasividad. –Todo eso es hoy. Sólo Dios sabe lo que pasará con Brasilia. Es que el azar aquí es abrupto. –Brasilia es fantasmal. Es el perfil inmóvil de una cosa. –De mi insomnio miro por la ventana del hotel a las tres de la madrugada. Brasilia es el paisaje del insomnio. Nunca duerme. –Aquí el ser orgánico no se deteriora. Se petrifica. –Yo querría ver dispersas por Brasilia 500 mil águilas del más negro ónix. –Brasilia es asexuada. –El primer instante de ver es como cierto instante de la embriaguez: los pies que no tocan la tierra. –Qué profundo se respira en Brasilia. El que respira empieza a querer. Y querer, es lo que no se puede. No hay. ¿Será que lo habrá? No veo dónde. –No me espantaría cruzarme con árabes por las calles. Árabes antiguos y muertos. –Aquí muere mi pasión. Y adquiero una lucidez que me vuelve grandiosa en vano. Soy fabulosa e inútil, soy de puro oro. Y casi mediúmnica. –Si hay algún crimen que la humanidad todavía no cometió, este crimen nuevo será aquí inaugurado. Y tan poco secreto, tan bien adecuado al planalto, que nadie lo sabrá jamás. –Aquí es el lugar donde el espacio más se parece con el tiempo. –Estoy segura de que aquí es mi lugar. Pero es que la tierra me envició demasiado. Tengo malos hábitos de vida. –La erosión va a desnudar a Brasilia hasta el hueso. –El aire religioso que sentí desde el primer instante, y que negué. Esta ciudad se obtuvo mediante el rezo. Dos hombres beatificados por la soledad me crearon aquí de pie, inquieta, sola, al viento. Hacen tanta falta caballos blancos sueltos en Brasilia. De noche ellos serían verdes a la luz de la luna. –Sé lo que los dos quisieron: la lentitud y el silencio, que también es la idea que me hago de la eternidad. Ambos crearon el retrato de una ciudad eterna. –Hay algo aquí que me da miedo. Cuando descubra lo que me asusta, sabré también qué amo aquí. El miedo siempre me guió hacia lo que yo quiero; y, porque quiero, temo. Muchas veces fue el miedo el que me tomó de la mano y me condujo. El miedo me lleva al peligro. Y todo lo que yo amo es riesgoso. –En Brasilia están los cráteres de la Luna. –La belleza de Brasilia son sus estatuas invisibles.

Clarice Lispector

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Las mujeres sostienen el mundo

Por Crist

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Pateando sapos

Por Crist

Refugiado detrás de mi Oscar cordobés, una estatuilla de bronce patinado que representa al fundador de la ciudad, don Jerónimo Luis de Cabrera, me permito hacer algunas disquisiciones sobre el humor que esgrimen los lugareños. Es que este galardón, que me fuera otorgado en una tocante ceremonia en el patio del Cabildo, una fría tarde de julio, es el documento que acredita, finalmente, mi ciudadanía cordobesa. O, mejor dicho: la aceptación del medio por obstinada permanencia antes que por méritos personales.

La primera impresión que tuve a los dieciocho años cuando llegué a conquistar esta urbe con mis dibujos, fue de desazón.

Venía de Santa Fe, un lugar con un humor ingenuo, repetido de la radio, a veces un poco cruel que necesita de alguna víctima. Recuerdo que entonces los personajes favoritos para ridiculizar eran los correntinos: siempre tratando de imitarles el acento a mitad de camino entre los entrerrianos y los paraguayos. O los chistes verdes de Jaimito; o los de loros, elefantes y hormigas. Los graciosos familiares repetían en las reuniones lo que se decía en Farandulandia o los chistes de  Buono-Striano, el dúo que enloquecía a mi viejo.

Así que la Docta me desorientaba. Y a su humor, al principio, más que gozarlo, lo padecí.

Acá, en Córdoba, todos son pícaros y te sobran. Hablan con doble intención. Son maestros del juego de palabras y de una fingida inocencia. Diestros esgrimistas del retruécano y del absurdo, y siempre te dejan mal parado.

No ha sido fácil manejar esta artillería para ser aceptado. Tampoco lo fue para comprender la gracia de los cuentos clásicos con los que me arrebataron (palabra ésta siempre a mano de un buen contador de cuentos).

Va uno: El Cabeza Colorada estaba tirado en la cama. Era sábado a la tarde y, a medio vestir, se revolcaba de dolor. Una muela lo torturaba. Más precisamente, la del juicio. Su amigo y acompañante en la guitarra, el Flaco Milanesa de Alma, llega a la casa. La mujer del Cabeza lo hace pasar.

-Hermano, no me podí hacé esto—se le queja el Flaco–. Hemo quedado comprometido con la gente de la parroquia. El cura,  pa colmo, iá me adelantó unos mango. Iá se, iá sé: la muela. Iá me dijo tu mujer. Pero ¿sabí qué hago ió cuando me duele la muela? Me hecho un polvito con mi mujer y se me pasa.

El Cabeza abre un ojo por un instante. Se olvida del dolor y le dice:

-¿Y a vó te parece que la podemo í a molestá a esta hora?

Va otra variante sobre el mismo tema: El Cabeza Colorada está enfermo y un amigo lo viene a buscar para salir de farra. El Cabeza está fusiladazo (otro recurso de un buen contador, la palabra fusilado). El Cara ´e Nalga dice, en voz alta, al verlo tan desmejorado:

-¡Rápido, a este varón hay que hacele una sangría!.

El Cabeza, sin inmutarse, y apenas moviendo los labios, murmura:

-Lo limone están arriba del aparador…

Después, uno analiza los mecanismos del chiste y descubre que los diálogos son forzados y absurdos. El Cabeza vivía cerca del Hospital de Clínicas (en barrio del Cordobazo), y no creo que se hicieran sangrías desde la época de don Jerónimo Luis. Además, la sangría etílica que reclama –otra palabra clave para un cuentero—no es apta para diabéticos.

Ese mundo cambió para siempre con la aparición de la revista Hortensia. El Gordo Alberto Cognini inauguró el cordobés escrito. Alberto fue claro. Me dijo que no hiciera chistes intelectuales y que no hablara como los estudiantes de la casa donde vivía. La cosa era escuchar y reproducir lo que se decía y cómo se decía en los boliches por los que andaba a la noche.

Tenía el hígado nuevo, una memoria de 516 MB, lo que me permitía navegar cómodamente por la ancha banda de las borracherías que iban desde la peña El Alero, a la catacumba de Carlitos Tamame; pasando por La Guadaña, donde conocí a mi mujer. También estaban La Casa Vieja, el Refugio de Chacha, Shalako, El Cascote, El Cañón Cruzado, Lo de Chito, Lo de Rudy, La Calorona, La Pizzería San Luis, El 55, lo de Tito Drames y Tonos y Toneles… El vino derramado no será negociado.

Por esa época, no sólo tenía el disco rígido cero kilómetro, tenía además un entusiasmo que contagiaba y una hoja donde publicar ¿Qué más se puede pedir a los veinticinco años?

A la revista se fueron sumando “tapados” como Manuel Peirotti: Peiró; Carlos Ortiz;  Di Palma, Martino, Marino, Carlos Giménez (que no era La Mona) y Aldo Cuel: algo así como el capataz del “no, si vuá sé la Mirtha Legrand”. Cuando llegó Fontanarrosa importado desde Rosario, nos dimos cuenta inmediatamente que era un tipo de talento. Lo que no sabíamos, era cuánto.

En las páginas de Hortensia cabían los delirios de Miguel Bravo, del Gonio Ferrari, del Pipo Viale, el padre de Chichilo.

-Sarita, anotá lo que dicen los muchachos, le indicaba Cognini a su mujer; mientras nosotros, en pedo, decíamos lo que se nos cantaba. Nunca ví esas libretas, pero en la revista después salía algo parecido a lo que habíamos dicho la noche anterior en ese asado en la casa de Alberto.

Es que los roles estaban cambiados. Yo contaba cuentos con ritmo cinematográfico donde me viniera la imaginación. El Sapo Cativa dibujaba, el Rudy Arrieta manejaba el furgón de una funeraria, y algunos hasta trabajaban en IKA Renault. Otros eran simplemente, dipsómanos profesionales.

Los tipos siempre habían sido cuenteros y graciosos. Pero a partir de la revista, se legitimó el oficio. Se lo puso en letra y tinta. Esos chistes breves que estallaban rápida,  ingeniosamente. Sin chabacanería. Para reírse con, y no de. O de de, pero con y de incluído.

Ahora, por estas calles a las que ya les adivino el parpadeo, me sigo divirtiendo con El Sapo Cativa, o con Julio Vaca “Chicharrón”.

-¿Cómo andái, Chicha?

-Aquí andamo. Fingiendo.

Con el Malevo Oviedo, hermano del Gordo Oviedo:

-Cuando querái, venite para las casa que te vuá prepará un matambre al membrío.

O con el Chuño Cáceres (hay gente a la que uno conoce de toda la vida, pero no tiene ni idea de cuál es el nombre de pila); y con el recuerdo del Chango Juárez, que siempre se te venía encima con los brazos abiertos,  “como juntando poios”.

La memoria del Pelado Alonso, que también se fue, pero que sigue diciendo en boca de los vivos, su extraño discurso-presentación: “Aquí ando, embargado por sutiles presagios devonianos”.

Pero también están los profesionalísimos Negro Alvarez, el Cacho Buenaventura y el Chichilo Viale. No los de la tele; sino los del patio del Boliche de Santiago. Y el “Ñato” Tissera y el Luis Fernando Correa, más conocido como el Pícaro Cordobés. La “Pepona” Sbezzi del “reclina niña tu frente sobre mí…”.

Por supuesto que de la Córdoba que hablo no quedan ni los flecos. Ya no existen los boliches de ésos, que al verte en alpargatas y camisa Ombú, decían esto se está llenando de zurdos. Tampoco están el Chito Zeballos para recitarnos su recitado más reclamado en las madrugadas: “Se moría el Chacho/ y  entre el segundo y el tercer lanzazo del mayor Irrazábal/, el general pensaba…”; ni el Rudy Arrieta de la  ciudad de mis amores/ antigua y religiosa: algo así como el himno cordobés en ritmo de valcesito criollo.

Al igual que a los boliches de tango que, como bien decía Julián Centella, “los está matando la fórmica”; yo creo que a los de los cuenteros cordobeses, los están matando los shopping center. Así que, muchachos, hay que hacer algo. Porque se sabe: siempre que sucede igual, pasa lo mismo.

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Sentía cansancio de vivir

Por Enrique Santos Discépolo.

Yo tengo alma de valija, pero de valija que vuelve… Mi vida, en realidad, fue siempre eso: un ir y un volver. Soy bumerán por temperamento. Como los criminales, como los novios y los cobradores, yo regreso siempre.

Siempre hay un antes. Un antes que justifica todo lo que puede venir después. Somos jóvenes antes de ser viejos, para justificar el reuma. Nos enamoramos antes de casarnos, cuando lo lógico seria que nos enamorásemos después. Hay, entre el antes y el después, una relación de fuego y ceniza, de tajo y sangre, de grito y llanto. No se conciben separados. Para hablar de Uno -que llego después- tengo que hablar de antes, de mí, de mi especial estado de ánimo que precedió al nacimiento de Uno.

Estaba raro. No sé, no sé en realidad qué diablos me pasaba. Me entró de pronto una melancolía inexplicable. Melancolía de escenario. Yo, que generalmente tengo buen humor, estaba insoportable. Quería pelearme con todo el mundo. Con los guardas, con los colectiveros. ¿Se da cuenta? Con este cuerpo, quería pelear…

Fue una temporada terrible. En casa, un poco alarmados, llamaron al médico. No tenía nada, estaba sano. El médico, pobrecito, me aconsejó lo de siempre: que dejara de fumar, que dejara de beber, que dejara de acostarme tarde.

Puesto que se trataba de dejar de hacer algo, yo dejé de tomar tranvía. Seguí fumando, bebiendo, acostándome tarde. Porque lo que yo tenía era vejez, cansancio, cansancio de vivir. En ese momento me hubiera gustado hablar de otra manera, respirar de otra manera, caminar al reves…  Que se yo! Me molestaban el tráfico, las bocinas, los gritos de los vendedores.

Aquí entre nosotros, nada justificaba ese estado mío. Lo tenía todo, estaba sano, era feliz. Un hombre en esas condiciones debería cantar, saltar de alegría, sonreír como un fabricante de dentífrico.

Yo escupía pólvora. Estaba áspero como un limón. Intratable. Me acuerdo de aquellos días y…

Hice lo único lógico en ese clima de ilógica: me encerré. No en un baúl, ni en el ropero. Me encerré en mi casa. Se desconectó del teléfono. La puerta de entrada no se abría para nadie.

En esos diez días pensé en mi vida, en las cosas de mi vida. Pero no pensé en los momentos buenos: pensé en los malos momentos. Esa fue la autovacuna que me curó. Me cure con mi propia rabia, con mi propia amargura.

Soy un hombre de grandes amores -no de grandes pasiones-, de grandes amores. Y el hombre que ama con la nobleza con la que yo amo siempre – y sé bien que hay millones como yo- tiene fatalmente caídas en la desesperación profunda, como la que yo tuve en Uno, canción que respete en su salvajismo poético con el respeto que merecen los caídos cuando se pasa lista.

Aquello pasó y seguramente no volverá a repetirse. Cité aquel estado especial de mi espíritu para justificar esa amargura de Uno, que muchos amigos dijeron que resultaba tremenda y desoladora. Tal vez tengan razón. En otras circunstancias acaso no hubiera escrito lo que escribí. Aquellos días de locura absurda me ayudaron a preparar el tema. La desilusión amarga del que no puede amar, aun queriendo amar, no había sido tratada todavía. Yo aprendí, en aquellos días de retiro, que la gente sería inmensamente feliz si pudiera no presentir.

(De su ciclo “Cómo nacieron mis canciones”, por radio Belgrano, 1947).

UNO

Uno busca lleno de esperanzas el camino que los sueños prometieron a sus ansias/Sabe que la lucha es cruel y es mucha, pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina/ Uno va arrastrándose entre espinas y en su afán de dar su amor,/sufre y se destroza hasta entender/que uno se ha quedao sin corazón./ Precio de castigo que uno entrega por un beso que no llega  un amor que lo engañó/ Vacío ya de amar y de llorar tanta traición./

Si yo tuviera en corazón,/el corazón que dí/ Si yo pudiera como ayer querer sin presentir./Es posible que a tus ojos que me gritan su cariñolos cerrara con mis besos/ Sin pensar que eran como esos otros ojos, los perversos, los que hundieron mi vivir./ Si yo tuviera el corazón, /el mismo que perdí/ Si olvidara a la que ayer lo destrozó, y pudiera amarte,/me abrazaría a tu ilusión para llorar tu amor./ Pero Dios te trajo a mi destino sin pensar que ya es muy tarde y no sabré como quererte/ Déjame que llore como aquel que sufre en vida la tortura de llorar su propia muerte/ Pura como sos, habrías salvado mi esperanza con tu amor/Uno está tan solo en su dolor,/uno está tan ciego en su penar/ Pero un frío cruel que es peor que el odio/-punto muerto de las almas-,/ tumba horrenda de mi amor,/ maldijo para siempre y me robó toda ilusión./

Letra: Enrique Santos Discépolo. Música: Mariano Mores.

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Setenta balcones y bastante flor

Por Alicia Dujovne Ortiz

Acababa de volver a la Argentina, y de cumplir la friolera de setenta años, cuando, desde un estante de mi biblioteca, un papelito amarillento se deslizó blandamente hasta el suelo. “Cosa ´e Mandinga”, pensé al alzarlo con cuidado: era una nota de Silvina Bullrich, publicada en este mismo diario en 1985, e intitulada, sin ir más lejos, “Cumplir setenta años”. Bullrich aseguraba haber alcanzado la magna edad el 4 de octubre, yo había cometido el mismo desafuero el 4 de enero.

El paralelismo me aleló. Aunque ella, como novelista, nunca me había interesado en forma particular, más allá del respeto que se le debe a una trabajadora de las letras, supuse que el compartir, por encima del tiempo, una misma experiencia podría darme ánimos para atravesar el Rubicón. Devoré la nota pensando hallar respuestas al evidente cimbronazo que representa para cualquiera la séptima década, no sin repetirme, para mi consuelo, las palabras de una escritora francesa cuyo nombre he olvidado (la pérdida de los nombres resuena como la primera trompeta del Apocalipsis, tras la que acaso llegue la sordera): “Para formar a un viejo se necesitan veinte años, de los sesenta a los ochenta”. Eso significaba que yo, en el camino hacia la señora de edad provecta, andaba por una suerte de adolescencia parcial, no de la vida entera sino del último trechito.

A poco de leer a Silvina se me pintó en el rostro una sonrisa, y no de asentimiento. Ninguna de sus afirmaciones, o casi, me despertaba ecos. El desentendimiento era tal que pasé a considerar como un regalo del cielo mi hallazgo inesperado. Son los beneficios del disenso: gracias a que los demás piensan de otra manera, nuestros propios pensamientos se dibujan más nítidos. Sabía desde siempre que mi visión de la vejez no sería quejosa. La lectura de esta nota me reafirmó en mi buena disposición a envejecer, disposición que hasta incluye una imagen idealizada de la postrera etapa.

¿Qué nos decía Silvina, treinta y cuatro años atrás? Después de describir, con una suerte de amarga fruición a lo Simone de Beauvoir, “las carnes fláccidas, la tez estriada por una red de venas rojizas o azuladas”, y de agregar: “Mido día a día los estragos que el tiempo ha ejercido sobre mí”, la autora produce las frases centrales de su trabajo: “No me gustan los viejos, por lo tanto no me gusto a mí misma. No me gustan los chicos porque son irracionales ni los perros porque son interesados y sólo aman a quien le da de comer. Me gusta el ser humano racional que está en la plenitud de la vida”.

La mujer que engorda después de los cuarenta y cinco años y se apresura a taparse con la robe de chambre al saltar de la cama; la que, como decía Louise de Vilmorin, citada por Silvina, está “en la edad en que las mujeres se vuelven rubias”; la que lamenta, con Madame de Récamier, que los jóvenes deshollinadores ya no se vuelvan para mirarla, o aquella cuyas “glándulas se han vuelto afónicas”, son analizadas por la autora con la misma impiedad con que diseca al amante maduro cuando fracasa en el amor con una mujer joven. “¿Habrá terminado ya la época de los encuentros, de los ?flechazos´ irracionales?”, se pregunta con un terror capaz de hacerla olvidar su preferencia por el ser racional. Y más adelante: “El amor, ¿cómo reemplazarlo y para qué vivir sin él? [?] Después la vida es esta larga monotonía, tal vez menos evidente para quienes nunca fueron apasionadamente jóvenes”.

Como ella misma lo advierte, la palabra “terror” recorre el texto de cabo a rabo. Tan acentuados resultan el miedo y la repugnancia a entrar en años, que, a sus ojos, la sórdida descripción de los achaques de Sartre, debida a la citada Simone, sólo se explica por el hecho de que la propia Simone ya no se cocía de un solo hervor cuando los detalló cruelmente por escrito, “pues no hay en su obra anterior nada parecido a una vileza ni siquiera a una indiscreción sobre la intimidad de ambos”. En otros términos, Simone se puso vil e indiscreta cuando se puso vieja. Peor aún, se puso mala escritora, al igual que Sartre. En la lista de autores que para Bullrich apenas si se copiaron penosamente a sí mismos después de los sesenta y cinco años, figuran Borges y Mujica Lainez. Sólo la juventud -sostiene- es creadora. El final del texto logra conmover, aunque no convencer, al menos en lo que a mí respecta.

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Me he jurado no traicionar a la joven escritora que sacrificó dinero y halagos para dar lo mejor de sí misma a la vocación elegida desde la infancia. Perdón si lo mejor fue sólo eso: la mediocridad no entraba en mis planes y no la elegiré mientras me quede un soplo de lucidez y de esta altanería que me permite mirar al mundo con la frente alta cualesquiera sean los sacrificios materiales y morales, las horas vacías que conforman la vida de un escritor que se niega a estar debajo de sí mismo ya que Dios no quiso que estuviera a la altura de tantos genios universales a quienes soñó parecerse en los días de su fervorosa adolescencia.

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No es la única nota conmovedora ni, por supuesto, la única en la que cualquiera de nosotros, a los añosos me refiero, lograría reconocerse. Las numerosas calamidades enumeradas por Bullrich -enfermedades apestosas, amigos muertos, exageradas expectativas que algún sufrido peluquero se ve obligado a desinflar con cara de condolencias- ni siquiera merecen mención a fuerza de ser obvias. La tristeza del artículo, a la que se agrega la de leerlo cuando su autora ya no está entre nosotros, proviene de que está compuesto por verdades de a puño (incluyendo las ironías sobre el veterano falsamente animoso, vestido de “pebete” y convencido de llegar a los noventa porque todos lo encuentran regio). Entonces, ¿qué le falta al texto de Silvina, o qué le sobra, o en qué consiste el que personalmente me haya servido para concluir que la vejez hacia la que me encamino difiere de la suya?

He calificado de “centrales” las frases sobre el disgusto ante los viejos, los chicos y los perros, y el elogio de la racionalidad encarnada en la persona “plena”. Es curioso que la escritora haya puesto esas tres categorías en una misma canasta: viejos, chicos y perros suelen entenderse entre sí, acaso porque el mensaje que unos y otros vehiculizan tiene poco que ver con la soberbia.

Acorde con el ejemplo de Silvina, lejos de desarrollar teorías generales sobre la vejez, me limitaré a aguzar los sentidos ante lo que me está sucediendo en carne propia con “los estragos del tiempo”. Precisamente para eso es fundamental apelar a la infancia. No sé cómo nos ven los perros cuando cumplimos los setenta, aunque por las miradas de algunos de ellos se deduce que con bastante afecto, pero sí sé con qué ojos contemplan esos catastróficos estragos los chicos que nos quieren.

Hará de esto quince años. Un día, mi nieta mayor, que ahora tiene veintidós, observó enternecida: “¡Qué lindo, Abu, las rayitas que tenés en la piel!”. En ese momento la fulminé con un “¿qué rayitas?” bronco y cavernoso que no logró borrarle la sonrisa. “…stas”, contestó sin inmutarse, y señaló con el índice las marcas, entonces infinitesimales, que no seguían el dibujo normal de la epidermis, más bien formado por rombos, sino que comenzaban a trazar sobre el brazo un plisadito artístico. Esa total ausencia de censura por parte de una nena, esa anuencia, ese beneplácito frente a una señal de decadencia me recordó el encanto que me producían los lunares celestes y rojos de mi nonagenaria abuela. Al describir la red azulada sobre las mejillas de un viejo, Silvina declina otorgarle a ese viejo la compañía de un chico que le siga con el dedo los arabescos hallándolos preciosos, como el nieto del célebre cuadro de Ghirlandaio cuando mira con cariño la narizota bulbosa de su abuelo, brotada de verrugas.

Para dejar establecidas las diferencias esenciales entre Silvina y quien suscribe, debo decir que me gustan los viejos porque me gustan los chicos y los perros; los perros porque me gustan los chicos y los viejos, y los chicos porque me gustan los perros y los viejos. Esas preferencias hacen que también, como a los viejos, los chicos y los perros, me guste el campo. El hombre en la plenitud suele ser más urbano. Bien mirado, lo que me gusta sobre el planeta sobrepasa lo que me da dentera, comprobación de la que sería falso extraer elementos para un diagnóstico de reblandecimiento precoz. Que muchas cosas me plazcan no significa que la mueca de beatitud se me haya pegado al rostro. Por ejemplo, mi indignación ante la altanería va en progresivo aumento. Frente a ciertos pueblos altaneros como aquellos entre los que transcurre parte de mi vida, ando en vías de volverme un vejestorio de armas llevar.

Sin duda la complacencia ante la entrada en años proviene de los modelos seleccionados. En mi niñez, las mujeres de Buenos Aires no se agostaban resecas ni arratonadas sino que se marchitaban con carne de magnolia, o de jazmín del cabo. Flores machucadas pero pulposas que en los barrios aún quedan, y que en los bailes de tango abundan. En Marsella, Nápoles y Sevilla, donde he vuelto a encontrarlas, me he tenido que morder por no llamarlas “tía” o “abuelita”. De chica, la grata redondez de mis parientas mayores, alguna de las cuales alcanzó los cien años, reeditada con retoques por mi apariencia actual, me daba una sensación de permanencia. Es una apariencia ya preparada de antemano, a la que encuentro lista para ponérmela como si la sacara del ropero. Tener a las adultas de mi familia me proporcionaba sosiego y solidez. Ahora que ocupo su lugar -e incluyendo el vértigo de haber quedado en primera línea de fuego-, el tenerme a mí misma y el que mis descendientes me tengan parecería hablar de persistencia, constancia y duración.

Quizá se trate de un caso de narcisismo aun más exacerbado todavía que el de mirarse el ombligo llorando por lo lisito del que ya fue. Un narcisismo al que podríamos expresar en los siguientes términos: puesto que todo lo mío, por serlo, me causa gracia, tampoco mi vejez me contraría. No de otra manera se explicarían la indulgencia y hasta la benevolencia con que me enfrento a las arrugas y, aun más grave, a esta papada colgante, cada vez más tembleque y tirando a vaporosa, que mi madre, de quien la he heredado, solía designar como “moco ?e pavo”. En todo caso, la tendencia que con bastante espontaneidad y autonomía se me va perfilando me mueve a no considerar esas abruptas caídas de la carne como mera desposesión.

Acaso sea para distinguir adónde voy que no me he vuelto rubia: preferible rastrear cana a cana el itinerario futuro, viéndolo surgir sin caretita. Aunque quizá también sea por narcisismo que me niego a embadurnarme el pelo negro con un color ajeno. ¿Los deshollinadores ya no se vuelven a mirarme (de todos modos nunca lo hicieron, visto que en Buenos Aires la chimenea se lleva poco)? ¿Los “flechazos” ralean? La situación no se presenta ni mejor ni peor de lo que ha sido, se presenta distinta. Mientras hubo admiradores ennegrecidos por el hollín, o sus equivalentes porteños e internacionales, sinceramente fue un gustazo por el que doy las gracias; desvanecidos entre la humareda, una de las protagonistas del diálogo interior se confabula con la otra frotándose las manos: “¡Al fin solas!”.

Es claro que tender a un ánimo desasido no garantiza el éxito de la operación. Uno puede inclinarse a valorizar el tramo de la vejez y fracasar en él igual que en los anteriores (hay jóvenes que fracasan como jóvenes y adultos que fracasan como adultos). Por mucha “energía positiva” (expresión tan detestable como insustituible) que hayamos desplegado, nada nos impedirá terminar mojando los pañales sobre la silla de ruedas y con la baba en el mentón, si el Alzheimer así lo quiere. De anunciarse con tiempo dicha eventualidad, por otra parte nada inevitable, yo aspiraría a tomar las riendas de mi muerte como he tomado las de mi vida, haciendo mutis por el foro con garbo y dignidad (a condición de que el ritmo del hundimiento lo permita y de que, ante los hechos consumados, no me precipite sobre la papilla que me quede en el plato como si fuera ambrosía). Pero la mano tendida hacia el objetivo tiene el poder de suscitarlo: si se envejece con la certidumbre de volverse un carcamán lagañoso de nariz y mentón metidos en la boca (la imagen es de Simone de Beauvoir), lo más probable es que se lo consiga sin molestarse en mover un dedo; si se envejece pensando que lo adquirido pesa más que lo sustraído, en una de ésas se alcanza, dentro de lo relativo del conjunto, una linda vejez.

Al no aludir siquiera a la posibilidad de que lo vivido agregue en vez de quitar, la hermosura de la que hablo no forma parte del universo de Silvina. Su referencia constante a la carne y sus desfallecimientos provienen de la arenga dominante -y negociante-, esa que sobredimensiona el cuerpo, el sexo y la adolescencia con fines productivos; un discurso progresivamente pedófilo, desarrollado a partir de una moda que comenzó por exaltar el modelo andrógino para desembocar en el cuasi infantil. Si el músculo imperioso y la rapidez de las piernas son el valor supremo, es evidente que a la vejez no le quedan grandes ocasiones de lucimiento.

Aunque habría que entenderse sobre el brillar y el competir. Hace un tiempito trabajé en un geriátrico judío de París, recopilando las historias de sus pensionistas. Muchos de ellos habían estado en Auschwitz, todos habían atravesado por situaciones espantosas. A coro repetían una frase que pusimos como título para el texto colectivo: “Sólo por milagro estamos aquí”. Lo impresionante era la velocidad del derrumbe, o de lo que a primera vista tomé por tal. La ex resistente que relataba cómo, al llegar la Liberación, había hecho fusilar a su propio novio por colaboracionista, o el polaco igualito a Lenin que había conocido, primero, los campos nazis, y después, los soviéticos, hablaban con voz firme, tenían una memoria de hierro y un fantástico sentido del humor. Días más tarde ya estaban clavados en su silla con la mirada fija en un punto. ¿Se les habría secado el cerebro de un minuto para el otro? Al acercarme a ellos reencontraba, a veces, su mirada, y a veces no. Pero a menudo me apretaban la mano como diciendo: “No te preocupes que todavía estoy”.

Hasta que un día me invitaron a un congreso de geriatría. Los especialistas se llenaban la boca con el sinnúmero de animaciones de que gozaban los afortunados viejecitos (y recordemos que oficialmente, vale decir, para entrar en un geriátrico, basta con tener sesenta años): talleres de teatro, de baile, de música, de pintura, de manualidades. Un rabino cuarentón se levantó y dijo: “Yo estoy muy agradecido por todas las actividades que le hacen desarrollar a mi mamá, pero les rogaría que cuando está pensando no la interrumpan. La actividad más importante para ella es recordar su vida y prepararse para su muerte. Para eso necesita estar callada”. Me di cuenta de que el viejo sentado mirando un punto se ocupa de lo suyo, exactamente como el chico que juega solo durante horas con dos piedritas. Atosigar al uno y al otro con propuestas “dinámicas” es impedirles trabajar.

Una palabra del texto de Silvina me ha llamado la atención de modo especialísimo: “anacoreta”. Al lamentarse por la ausencia de los amigos muertos, la autora vuelve a conmovernos. Se han ido yendo unos tras otros, dice, y la han dejado sola. “Por supuesto -añade-, salvo un anacoreta, todos nos aferramos a nuestros amigos.”

¡Cómo no identificarse con esa historia! En los últimos años, entre París y Buenos Aires he perdido nada menos que a doce amigos. Si uno se imagina el espacio que ocupan doce personas en una pieza, podrá visualizar mejor el vacío que dejan. Todavía los lloro. Pero no son lágrimas de apego. Es como si avanzar fuera dejar de “aferrarse”, en el sentido de agarrar de la manga a alguien para que nos transmita su potencia, su fluido vital. La presencia de mi hija y de mis nietas (pronto seré bisabuela) agita el aire con una fuerza que decae cuando se van. Sin embargo, la idea de vampirizarlas no me seduce. Tampoco a los amigos que siguen siendo de este mundo los retengo con garfios como de pirata de Peter Pan (es la impresión que transmite la palabra “aferrar”). A los veinte años había que estarse hablando todo el día, a los setenta se consiente en guardar silencio.

¿Anacoreta? Durante algún tiempo he intentado luchar contra una propensión a la soledad, indispensable para escribir, que quizás en más de un viejo se vaya incrementando con el tiempo. Después me convencí: las ganas de estar sola iban ganando por varias cabezas. A esas horas de aislamiento, Silvina las califica de “monótonas”. La coherencia de la idea salta a la vista: si sólo tienen derecho a existir los pectorales recios, las ideas comunicables y las actividades visibles, incluyendo las literarias hasta cumplir determinada edad, quedarse quietos no puede menos que matar de aburrimiento. ¿Y si por el contrario esas horas en apariencia vacías estuvieran llenas de un pensamiento intransmisible, desprovisto de estructura, tan parecido al pensamiento “racional” como un cuerpo ablandado por los años se parece al de un atleta, pero tal vez, por eso mismo, más nutritivo? Envejecer puede que se parezca a arrepollarse en un nido, a sumergirse en una bañadera de agua tibia, a irse hundiendo en la siesta. ¿Quién tendría ganas de interrumpir semejante dulzura, y por orden de quién: de algún peluquero, de algún gimnasta perentorio con el silbato en la boca para quien la “tercera edad” sólo es tolerable cuando se hacen flexiones, no cuando se contempla lo de adentro con los ojos cerrados?

Lo que antecede da cabida a dos objeciones, la una de orden general, y la otra, particular. La de orden general, el lector lo habrá adivinado, tiene que ver con el estrato social de viejas y viejos. Silvina Bullrich se lamenta de que el mejor modisto sea incapaz de retener la ansiada juventud. Por mi parte, nunca me he hecho hacer un vestido a medida ni con la costurera de la esquina. Pero ambas, con fortunas distintas, hemos vivido bajo techo y comido, salvo régimen, hasta quedar sin hambre.

Por ende, ni su imagen de la vejez ni la mía se corresponden con la de los ancianos de un grupo de jubilados a quienes entrevisté hace poco. Aquí las quejas no tenían carácter personal. Combatientes de la última hora, el horror económico que los rodeaba les había enseñado la poesía cruel de no pensar más en ellos. No sólo a nadie se le ocurría gimotear por el ombligo perdido, sino que cada uno hablaba de los demás. Escuché historias de abuelos que acababan en el asilo porque los hijos, despojados de sus casas, no tenían más opción que sacarlos del medio. Escuché el ardiente alegato de un diminuto anciano al que la rabia engrandecía, y que clamaba, alzando el puño: “¿Ustedes se creen que nuestros clubes barriales de la tercera edad son para bailar la chacarera? Yo vivo en La Boca. Los conventillos se queman y a los chicos la contaminación les da cáncer de piel. ¿Vamos a recortar figuritas mientras los pibes mueren?”. A partir de ese encuentro abrigo el sentimiento de que las propias arrugas, y hasta el moco ?e pavo, con eso lo digo todo, pesan en el recuento lo que un suspiro.

Con respecto a la objeción de orden particular, cabe imaginar que la existencia agitanada que llevo desde mi alejamiento de la Argentina, en 1978, me impide transitar esas “horas monótonas” hallándolas tediosas. Andar a salto de mata, de la Ceca a la Meca, de Herodes a Pilatos y de la cuarta al pértigo no es la mejor manera de acumular montañas de hastío.

Hasta aquí, la defensa de una pasividad senil que se revela activa. Ahora vamos a los bríos. Disiento en forma tajante y absoluta con nuestra autora cuando afirma que la producción literaria válida se detiene, con suerte, a los sesenta y cinco años, y que dejar de escribir implica no traicionar los ideales de la juventud. En cambio la comprendo cuando dice: “Dios no quiso que estuviera a la altura de tantos genios universales a quienes soñó parecerse en los días de su fervorosa adolescencia”. En mi caso, Dios o quienquiera que fuese tampoco quiso. El territorio que me ha tocado dista de ser colosal, gracias a lo cual he terminado por recorrerle palmo a palmo las anfractuosidades. No será la tierra prometida, pero tiene la ventaja de ser la propia. Esa capacidad de abarcarla de un solo golpe de vista no ha venido de entrada: si en mi juventud avancé a tientas por una tierra inexplorada, la vejez me ha proporcionado los mapas y la brújula. Sé por dónde puedo ir y por dónde no. La aceptación aumenta la humildad sin que el deseo amaine.

Por lo demás, nunca he trabajado tanto como ahora ni con tanta maña como de zapatero que se sabe su oficio. Diez horas diarias de computadora dañan el esqueleto, pero la otra parte del organismo a la que llamamos alma sale beneficiada. Escribir tres novelas de un saque y matizarlas con trabajitos colaterales tienen seguramente por objeto ganarle al tiempo (mientras haya proyectos, la vida sigue). Pero no sólo se trata de trampas para sobrevivir, también de ganas. A los treinta años tenía que propinarme cachetazos a mí misma para continuar escribiendo en un domingo de sol; a los setenta, los domingos de sol me aterrorizan porque mis amigos amenazan con forzarme a salir.

A las ganas se les suma la claridad. He llegado, como tantos, al momento en que sé lo que me van a decir antes de que lo hayan pensado. La carne nunca me ha parecido triste y no he leído todos los libros, pero sí los suficientes como para anticiparles los finales con escaso margen de error. Lo que Silvina llama la “afonía de las hormonas” me ha dado unos arrestos antes consagrados a asuntos que hoy encuentro menores. Qué suerte haberme enfrascado en ellos mientras los supuse mayores, y qué suerte haberlos abandonado a la corriente como lo que quizás hayan sido, barquitos de papel.

Lo que me alumbra no es un resplandor de los que dejan con moscas en los ojos, sino un fulgor certero que en este año de gracia de 2009 no cambiaría ni borracha por ninguna de aquellas pasiones cuya furia desencadenada me dejaba a los tumbos. “Esta larga monotonía -escribe Silvina- tal vez [es] menos evidente para quienes nunca fueron apasionadamente jóvenes.” Tampoco eso lo comparto. Si se ha gozado de una juventud apasionada, puede llegar a gozarse de una apasionada vejez. La cosa está en definir en qué consiste lo ardiente del final. Las diez horas diarias de escritura pueden dar una idea.

Pero no lo son todo. Los setenta, y los ochenta, y los noventa y los cien son el momento de pasar a las cosas serias. Ahora o nunca: ser viejo es encontrarse en medio de la guerra; imposible seguir interesándose en pavadas con estas balas que cada vez silban más cerca. El apasionamiento senil se manifiesta en dos actitudes equivalentes, meditación o ansia de justicia (o si se puede, las dos). Tan fervoroso resulta permanecer con la vista en un punto como blandir el puño gritando “basta”; tan valerosa es la señora que se calla para alistarse a partir como el señor que no quiere bailar la chacarera mientras los hijos de sus vecinos mueren con llagas en la piel.

Me parece muy bien que los ancianos aprovechen la vida, si les da el bolsillo; que visiten las Pirámides vestidos con unos joggings beigecitos y calzados con esas zapatillas cuyas suelas contornean la planta. Para seguir con la metáfora de la costura, hacer el viaje soñado desde siempre no es al divino botón. Sin embargo, así como rechazo la comercialización del discurso pedófilo, impugno la imagen vendedora del senior producido que le gana al nieto adolescente porque gasta más. ¿La consigna obligada es vivir para disfrutar? Hay algo en esa palabra que nunca me ha convencido, como si aludiera a una disfunción, a un disgusto del fruto. Entre disfrutar o fructificar, y entre consumir u ofrecer, Rilke elegía la cosecha y la ofrenda cuando decía que vivir es ir nutriendo el fruto de su muerte.

Publicado en la Revista ADN de La Nación el 14 de marzo de 2009. Alicia Dujovne Ortiz.

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“Canto qué mal me sales/ cuando tengo que cantar espanto/ Espanto como el que vivo/ como el que muero/ Espanto”.

(Ultimo, urgente poema de Víctor Jara, escrito en el Estadio Nacional de Chile antes de que lo asesinaran, el 16 de septiembre de 1973, cinco días   después del golpe de Estado que derrocó al presidente Salvador Allende).

Víctor Jara

  

EVictor Jaral Arao

Aprieto firme mi mano y hundo el arao en la tierra,

hace años que llevo en ella, ¿cómo no estar agotao?

Aprieto firme mi mano, y hundo el arao en la tierra,

hace años que llevo en ella, ¿cómo no estar agotao? .

Vuelan mariposas, cantan grillos, la piel se me pone negra,

y el sol brilla, brilla y brilla…

El sudor me hace surcos, yo hago surcos a la tierra, sin parar.

Vuelan mariposas, cantan grillos, la piel se me pone negra,

y el sol brilla, brilla y brilla…

El sudor me hace surcos, yo hago surcos a la tierra, sin parar…

Afirmo bien la esperanza, cuando pienso en la otra estrella,

nunca es tarde me dice ella, la paloma volará.

Afirmo bien la esperanza, cuando pienso en la otra estrella,

nunca es tarde me dice ella, la paloma volará…

Vuelan mariposas, cantan grillos, la piel se me pone negra,

y el sol brilla, brilla y brilla

Y en la tarde cuando vuelvo, en el cielo apareciendo, una estrella.

Nunca es tarde me dice ella, la paloma volará, volará, volará.

Como yugo de apretao, tengo el puño esperanzao

porque todo cambiará.

Letra y música: Víctor Jara.

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El arma del amor

Por Manuel Vicent.

Un día no muy lejano los pobres van a conquistar todo el mundo usando sólo el arma del amor, ese juguete del sexo que Dios nos ha regalado. Así han caído siempre los imperios de la tierra. No es la guerra o el asedio violento lo que destruye una civilización, sino esa lenta e implacable labor de zapa del instinto genésico que se realiza en nocturnidad sobre infinitos petates a la vez a cargo de los bárbaros. En la lucha entre varias culturas al final vence aquella que fornica más. Este planeta tiene ahora cinco mil millones de seres humanos y algunos son todavía rubios, altos y ricos, los cuales fabrican bombas y bombones, usan papel higiénico color de rosa y apenas se reproducen, y no obstante se creen los amos, puesto que viven anegados por la abundancia en sus reservas de Europa y Norteamérica, pero en realidad ya están cercados, aunque ellos juegan a ignorarlo, mientras se calan el preservativo. La naturaleza es una madre muy equitativa: a los ricos les da ametralladoras y a los pobres les concede fecundidad. Sin duda este último armamento es más terrible.

Desde la cumbre del imperio occidental donde habita un residuo de blancos anglosajones, se escucha el fragor del resto de la humanidad formado por negros miserables, indios podridos, árabes infectos  y latinos con costra. De noche, cualquiera puede oír sus gritos de amor o de deseo en el momento de aparearse a ciegas, y esos gemidos de placer en las tinieblas, que en realidad son himnos de guerra, constituyen la amenaza mayor para los rubios privilegiados, tan exquisitos, armados y estériles. Los pobres están fuera de las murallas. Allí se multiplican en progresión geométrica y cada criatura que arrojan a la luz es una nueva bomba cebada por el hambre. Los pobres copulan en defensa propia de un modo desesperado. Utilizan el sexo como un rifle. Disparan confusamente, pero una ley inexorable los conduce a sobrevivir, a ganar esta batalla por inundación general. Creo que el capitalismo será vencido por el sexo. Sólo con ese juguete se podrá asaltar el Palacio de Invierno.

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El hombre según Seinfeld

Por Jerry Seinfeld

El hombre en el taxi. ¿Cuánto duran los turnos de un taxista? ¿Tienen un límite de horas o simplemente manejan hasta caer muertos? Es notable, además, la manera en que manejan: como para que a uno no le queden dudas de que están realmente enojados. No tengo la menor idea de cómo se maneja exactamente un taxi, pero debe ser muy difícil. En ocasiones pienso que habría que preguntarles qué les pasa en la vida para tener que manejar así. Pero, si me preguntan, lo bueno de los taxis de Nueva York es que uno nunca se asusta del todo. No sé por qué. Será que uno está en un lugar tan peligroso como Manhattan que las cosas se tornan entretenidas cuando son miradas desde el asiento de atrás. El tipo vuela a cien kilómetros por hora a contramano y uno piensa: “Qué raro, nunca se me ocurrió probar algo así con mi auto”. Para ellos, todo es una broma, incluso la vida de uno. Porque lo más estúpido que puede pensarse cuando uno va en un taxi es “Estoy seguro de que este tipo sabe lo que hace. Sí, de acuerdo, está manejando muy rápido en dos ruedas, pero es un profesional y hace este tipo de maniobras todo el tiempo. Debo tener en cuenta que tiene una licencia que lo habilita”. No tengo ni idea cuáles son los requerimientos para manejar un taxi, pero es posible que lo único que se necesite sea una cara. A lo mejor ayuda tener un apellido con ocho consonantes y ninguna vocal. ¿Alguien sabe qué es esa “o” con una línea atravesada? ¿Qué clase de letra es ésa? ¡Se necesita una tabla periódica de los elementos para denunciar a ese tipo! “Sí, oficial, su nombre era Amahl, y su apellido era el símbolo del boro, creo”.

Hombres y mujeres. ¿Sabían que el vestuario de los hombres para los casamientos fue diseñado por mujeres? Como ellas piensan que todos los hombres son iguales, nos visten con uniforme. De paso, el smoking funciona como dispositivo de seguridad para la novia: en caso de que el novio no se presente, todos los hombres se corren un lugar en la fila y la ceremonia continúa como estaba previsto. Los hombres y las mujeres nunca van a entenderse, por lo que mi humilde consejo es: ¡desistan! ¡Olvídenlo! Sé que nunca voy a comprender a las mujeres: ¿cómo son capaces de aplicarse cera hirviendo en la cara interna del muslo, arrancarse los pelos desde la raíz y todavía tenerles miedo a las arañas? Por otro lado, me doy cuenta de que las mujeres siempre quieren saber qué están pensando los hombres. ¿Quieren saberlo? Se los voy a decir: nada. No estamos pensando en nada, sólo estamos caminando y mirando a la gente pasar. Esa es la única inclinación natural del hombre, además de ésta: nos gustan las mujeres y queremos a las mujeres, y hasta aquí llega nuestro razonamiento. Por eso les tocamos bocina y les gritamos desde las construcciones. Porque son las mejores ideas que se nos ocurrieron hasta el momento. Estamos trabajando en nuevos emprendimientos, pero no es fácil, dado que nuestra mente está completamente en blanco.

El hombre que toca bocina. Tocar bocina, para mí, es el punto más bajo de todos. Sólo a la última neurona masculina se le pueden ocurrir este tipo de cosas: ella camina por la vereda; él pasa en el auto, y, de pronto, se suceden el bocinazo y la inevitable aceleración. ¿Qué pretenden los hombres que hagan las mujeres? ¿Sacarse los zapatos y correr detrás del auto? ¿Agarrarse del paragolpes? ¿Que ella le diga en el semáforo siguiente “Qué bueno que me tocaste bocina, no tenía idea de que te sentías así”? Sé que hay señoras que deben estar pensando “Ah, mi marido no es así”. Mentira: es él quien las está engañando. Los hombres no maduran. Nunca mejoramos. Los hombres exploramos la tierra en busca de mujeres. ¡Viajamos a la luna sólo para saber si allí había mujeres! Por eso llevamos ese autito. ¿Para qué llevar un auto si no era por la posibilidad de que hubiese chicas? Si no es por eso, ¿alguien me puede explicar qué hacían con un auto en la luna? Nunca pude entenderlo:¡Estaban en la luna! No hay idea más masculina en la historia del universo que ésa: ¿por qué no viajamos a la luna y, de paso, manejamos por ahí?

Los superhombres. Otra revelación más acerca de los hombres, una que no debería contarles: todos los hombres piensan en sí mismos como una especie de superhéroe venido a menos. Cuando somos chicos, leer Batman o Superman no son fantasías, sino opciones. Les voy a dar un ejemplo perfecto: ¿nunca vieron a un tipo llevando un colchón en el techo del auto? Va por la autopista con esa cosa monstruosa y tiene la mano fuera de la ventanilla, sosteniendo el colchón. No importa lo que lleve ahí arriba, siempre “está ayudando” con el brazo. Esa es una muestra clara del pensamiento “superhéroe masculino”: el infradotado está convencido de que, si el viento intenta llevarse ese inmenso objeto rectangular a 140 kilómetros por hora, él puede estar tranquilo porque “lo tiene controlado”.

El hombre vestido. Si se piensa en la cantidad de tiempo que lleva elegir ropa, no cuesta mucho concluir que todos deberíamos vestirnos igual. Eso, en definitiva, es lo que va a suceder a la larga: fíjense que en todas las películas y programas de televisión que transcurren en el futuro, o en otro planeta, todos están vestidos igual. Calculo que en algún momento alguien deberá tomar la decisión: “Bien, todos ustedes, de aquí en adelante, pantalones plateados y remera escote en V gris, porque vamos a visitar otros planetas y queremos parecer un equipo”.

El hombre vestido. El otro día estaba con un amigo que tenía puesta una campera de cuero, y empezó a llover. Me dijo que ya no había nada que hacer, que el agua le había arruinado el cuero. ¿Cómo puede ser? ¿Acaso las vacas no pasan buena parte de su vida a la intemperie? Uno podría imaginar a las vacas trotando de vuelta a la granja, bajo la lluvia e increpando a su dueño: “¡Apurémonos, que somos de cuero!”. Pero lo que definitivamente no puedo entender es el lavado a seco. Las palabras “seco” y “lavado” son incompatibles. ¿Qué hacen? ¿Cachetean la ropa? Tiene que haber algún tipo de líquido en el proceso. ¿Alguna vez se les cayó algo en la ropa y esperaron que se secara para poder sacarlo con el dedo? Eso es el lavado a seco.

El hombre desnudo. Dicen que hablar en público es el miedo número uno de toda la humanidad. ¡Es increíble que la muerte ocupe el segundo lugar! Eso quiere decir que el hombre promedio, en un funeral, preferiría estar en el cajón antes que diciendo unas palabras a los deudos. Para mí, lo más aterrador que hice en mi vida fue tirarme en paracaídas desde un avión. Pero déjenme hacerles una pregunta: ¿cuál es la función del casco? Cuando uno salta, es el casco el que lo está usando a uno como protección. Hay muchas maneras de demostrar que el ser humano es estúpido, pero mi preferida es el casco. Que hayamos tenido que inventar el casco quiere decir que nos veíamos involucrados en actividades que resultaban en fracturas de cráneo. En lugar de evitar esas situaciones, preferimos desarrollar unos sombreritos de plástico y seguir rompiéndonos la cabeza. Lo único más estúpido que el casco es la ley que obliga a usar casco. O sea: ¡es obligatorio proteger un cerebro que funciona tan mal que ni siquiera intenta evitar que el cráneo en el que reside se rompa!

El señor televisor. Uno está mirando televisión medio dormido y piensa: “Me tendría que ir a la cama ahora mismo”. Sin embargo, no lo hace. En cambio, combate el sueño para poder seguir viendo televisión, buscando ese momento de entretenimiento que se nos escapa: un auto explotando, una mujer desnuda, lo que sea con tal de combatir el sueño. ¿Por qué? Porque el dedo que aprieta los botones del control remoto es la última parte del cuerpo en quedarse dormida. Otra cosa increíble es lo que la gente puede llegar a comprar por televisión. Tomen como ejemplo los comerciales del Llame ya: en algún momento uno comienza a pensar “no creo que pueda cortar un zapato en dos con alguno de mis cuchillos”. No hay nada de lo que me avergüence más en la vida que haber pronunciado esas malditas palabras: “Hola, quisiera encargar los cuchillos Ginzu”. Me encantaría estar inventando esto, pero soy propietario de un magnífico set de cuchillos Ginzu. Y son una estafa.

El tipo piola. Todos creemos que somos más inteligentes que los delincuentes. Ya saben, cada vez que pensamos: “Me voy a meter en el mar, entonces escondo la billetera en las zapatillas para que no me la roben”.

El mejor amigo del hombre. He llegado a la conclusión de que existen ciertas personas con los que seremos amigos toda la vida, y lo mejor es aceptarlo. Uno se encuentra con ellos aunque no quiera. Uno no los llama, pero ellos sí llaman. Entonces uno no les devuelve el llamado, pero ellos llaman de nuevo. Si uno llega tarde a propósito, ellos están ahí esperando. Si uno no va, ellos no se enojan. Y cuando uno finalmente trata de  apuñalarlos, ellos dicen que entienden.

Regalos para el hombre. Estoy cansado de aparentar que me gustan los cumpleaños. ¿Cuántas veces vamos a celebrar que una persona logró nacer? Todo lo que logró es no morir antes de los doce meses. Además, a nadie le gusta que le canten el “Feliz Cumpleaños”, ni fingir que le agradan los regalos que le hacen. ¿Se dieron cuenta de que hay una industria gigantesca detrás de los pésimos regalos? Los regalos “ejecutivos”, por ejemplo: a cualquier pedazo de madera o metal le ponen felpa verde abajo y dicen que es un “organizador de escritorio”. Pero nada se compara con el pisapapeles. Para mí, hay que regalar un pisapapeles cuando uno realmente quiere decir “Me rehúso a dedicar un segundo de mi vida a pensar en un regalo para vos”. Piénsenlo un poco: ¿dónde trabaja esa gente a la que los papeles se le vuelan espontáneamente de los escritorios? ¿De dónde viene todo ese viento? Un amigo me acaba de regalar una radio para la ducha. Muchas gracias. ¿Quién quiere música en la ducha? No debe haber mejor lugar para bailar que una superficie resbaladiza junto a una puerta de vidrio.

Otro tipo piola. ¿Alguna vez fueron al baño en una fiesta, tiraron la cadena y el agua del inodoro comenzó a subir? Es el momento más aterrador en la vida de cualquier ser humano.

El futuro del hombre. Me gustaría incursionar en el surf. Es raro cómo la gente hace cualquier cosa para entrar en el océano, aunque resulte obvio que el océano no nos quiere allí. Eso es el surf: evitar que el mar nos arrastre a tierra firme. No haría películas, porque últimamente son bastante malas y demasiado complicadas para mí. Si ves una mala película, perdés dos horas de tu vida. Si actuás en una mala película, perdés dos años. Tengo miedo de estar en una película, porque probablemente miraría a cámara todo el tiempo gritando “¡Esto es pésimo, no puedo salir de acá, me tienen bajo contrato, sálvenme!”. ¿Hacer otra serie de televisión? La comedia es un asunto de supervivencia. Los cómicos pasan la mayor parte de su vida intentando sobrevivir. Es como si yo les preguntara cuál es su bocanada de aire preferida. Todos responderían: “Cualquiera que me sirva para llegar a la próxima bocanada”. Con la comedia pasa lo mismo. Aunque ya tengo suficiente aire por ahora.

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Pido castigo

Pablo Neruda

Ellos aquí trajeron los fusiles repletos
de pólvora, ellos mandaron el acerbo
exterminio, ellos aquí encontraron un pueblo que cantaba,
un pueblo por deber y por amor reunido,
y la delgada niña cayó con su bandera,
y el joven sonriente rodó a su lado herido,
y el estupor del pueblo vio caer a los muertos
con furia y con dolor.
Entonces, en el sitio
donde cayeron los asesinados,
bajaron las banderas a empaparse de sangre
para alzarse de nuevo frente a los asesinos.

Por esos muertos, nuestros muertos,
pido castigo.

Para los que de sangre salpicaron la patria,
pido castigo.

Para el verdugo que mandó esta muerte,
pido castigo.

Para el traidor que ascendió sobre el crimen,
pido castigo.

Para el que dio la orden de agonía,
pido castigo.

Para los que defendieron este crimen,
pido castigo.

No quiero que me den la mano
empapada con nuestra sangre.
Pido castigo.
No los quiero de embajadores,
tampoco en su casa tranquilos,
los quiero ver aquí juzgados
en esta plaza, en este sitio.

Quiero castigo.

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Discurso final de Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973.

“Trabajadores de mi Patria!: Tengo fe en Chile y en su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán de nuevo las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile!, ¡Viva el pueblo!, ¡Vivan los trabajadores!

La historia es nuestra y la hacen los pueblos. Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que por lo menos será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.

Salvador Allende

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Parcela Paraíso vista al muro

Por Roland Brus

Esto es un fragmento de la obra “Parcela Paraíso”, del director y dramaturgo alemán Roland Brus. En ella indaga la tradición de los “pequeños jardines”, iniciada en el siglo 19 para mejorar la situación de los alemanes pobres. Actualmente existen en Berlín 80 mil parcelas. Allí, los alemanes siembran y cosechan frutos, flores y hortalizas.

En el diálogo que sigue, fruto de las entrevistas de Brus previas a la obra, dos jardineros, Otto y Tommy, que tenían y tienen sus parcelas en la línea del Muro, desgranan sus memorias sobre Alemania del Este antes, durante y después de la caída de 1989.

-Tommy: Usted se encuentra en el ex muro fronterizo trasero. Recorría el borde del césped. Tenía cuatro metros de altura … el verdadero muro era viaducto del tren de cercanías.

-Otto: En 1961 los jardines todavía llegaban hasta el viaducto del tren. Luego desalojaron el terreno aledaño. Al principio sólo había un doble cerco. El muro recién se construyó a principios de los años ‘70, tramo por tramo. De aquel cerco tengo un fragmento limitando en mi jardín.

-Tommy: Lo puedo confirmar; estoy aquí desde abril del 69 y en el tiempo en que construyeron el muro fronterizo trasero estuve de vacaciones. Cuando regresamos y fuimos al jardín, la construcción ya estaba allí, a cinco metros de la esquina. No quisimos seguir caminando porque pensamos “!Enseguida se viene abajo!”

-Otto: !Exacto! El verde aquí atrás no existía entonces. Cerco – cantero de pedregullo – sendero – cantero de pedregullo – viaducto del ferrocarril (con el muro). La línea fronteriza se mantenía libre de maleza por medio de pesticidas y se rastrillaba la zona constantemente.

-Tommy: El tren de cercanías Este circulaba a toda velocidad entre la avenida Schoenhauser y Dirección Norte. El freno de emergencia estaba clausurado para que ningún tren pudiera parar aquí. Como el tráfico era muy denso, la construcción del Muro trajo como efecto secundario la protección contra el ruido para los que vivíamos en la zona aledaña.

-Otto: !Tal cual! Cuando a los niños se les iba la pelota al otro lado del muro, ya fue.

-Tommy: Nosotros teníamos aquí, en la línea fronteriza, tres torres de control. Una a 300 metros en la triangulación de la vía; una a más o menos unos 50 metros aquí atrás, y otra arriba, a la altura del puente Boese. Este fue el primer cruce de fronteras que se abrió el 9 de noviembre. Nuestro jardín no era zona fronteriza, sino “zona fronteriza expandida” y zona de máxima seguridad.

-Otto: Correcto. Por eso debíamos encadenar todas las escaleras y echarle cerrojo a los galpones. Tampoco estaban permitidos los árboles altos en proximidad del muro.

-Tommy: No necesitábamos documentos de identidad especiales, ni era necesario pedir permiso con un mes de antelación para poder recibir visitas. Pero a las visitas había que ir a buscarlas porque los portones estaban siempre cerrados.

-Otto: Correcto.

-Tommy: También teníamos un grupo propio de “Seguridad y Orden”. Esto era en nuestro propio beneficio, para que no sucediera nada. De otro modo hubiéramos sido considerados parte de la zona fronteriza.

-Otto: Exactamente. Esto era realmente curioso. Un ejemplo: la tubería de agua podrida.

-Tommy: Justo aquí, delante de mi jardín.

-Otto: Se quebró un caño al mediodía, los dos nos pusimos a cavar. Alguién nos delató. La policía nos tocó el silbato por excavar en zona de seguridad sin permiso. Lo normal hubiese sido informar a la policía y trabajar temprano; reparar y cerrar el hoyo a la tarde. Pero así nos apostaron un centinela permanente junto al hoyo toda la noche.

-Tommy: !Correcto! Para mí, como vecino más cercano, el muro tenía una gran ventaja, aparte de protegerme del ruido. Era un reservorio de calor nocturno, si esto le dice algo. En el lado derecho de mi jardín !todo maduraba con más celeridad! Mis frutillas y tomates estaban maduros 14 días antes que los de los demás.

-Otto: !Justamente! Naturalmente también había gente que trataba de irse. Estoy leyendo el Protocolo de una conversación con Franz W. de “Orden y Seguridad”: 17 de junio de 1983, hora 16.50: Fuimos a patrullar como siempre de civil, para no llamar la atención. En la parcela 121 divisamos a una persona ¿Pero qué hace ese ahí? La persona estaba parada sobre una mesa y obviamente intentaba pasar el Muro. !En pleno día! Tenía el brazo vendado y sangraba copiosamente. Porque previamente había entrado a la casita. Las ventanas estaban rotas, por eso se lastimó. Nosotros nos encargamos de bajarlo. La casita estaba antes de punta en blanco, recién terminada, pintada y todo. Las cortinas nuevas estaban, por supuesto, para tirarlas. Luego nos enteramos que se trataba de un recluso del manicomio, que se había fugado de ahí.

-Tommy: A propósito, un día en junio o julio, cuando fui de compras con mi mujer, en medio del camino de tulipanes escuchamos los chirridos de los frenos de un tren. Yo le decía a mi mujer: “Esto no les va a gustar nada a los guardias fronterizos”. Tú estabas en el árbol.

-Otto: Así es, yo estaba cosechando las cerezas. De pronto veo sobre el techo de un tren de pasajeros cómo alguien toma velocidad y salta sobre el Muro en el lugar donde había una pequeña hondonada. Estaba sobre el Muro con una pierna aquí y una allá. De repente: !disparos! (imita los disparos) y el tipo cae del lado Oeste. Era una locura tratar de escapar aquí.

-Tommy: Y después del ‘89 pensamos que podríamos reverdecerlo cubriéndolo de espérgula, respetando las aberturas para los caminos. La espérgula crece rápido y en dos o tres años nadie ya vería el Muro. Y nuestro parque también habría tenido una terminación pulcra hacia el lado del tren.

-Otto: Sí. En lugar de ello debimos hacer construir por una empresa una cerca por 20 mil marcos !para nosotros como reparto de impuestos!

-Tommy: Después de la destrucción del Muro esto se convirtió en una meca para los turistas. Me sentí en mi jardín como en un zoológico. Por eso emplacé este seto. Entretanto la naturaleza recuperó lo que le pertenece. Nosotros, los pequeños jardineros, también contribuimos con lo nuestro.

-Otto: Hemos plantado crespones y arbustos. Y los japoneses nos donaron la avenida de cerezos.

-Tommy: Siempre crece el pasto sobre la frontera. Una y otra vez.

-Otto: Siempre de nuevo. Debemos arrancarlo, al pasto que crece sobre la frontera.

Tommy y Otto apagan las lámparas de lectura.

Thommy Thomsen y Otto Middelst en “Parcela Paraíso”, Colonia Bornholm 1, Berlín.

Dramaturgia y dirección: Roland Brus, Berlín 2004.

-Publicado el domingo 15 de noviembre de 2009. Suplemento Temas del diario La Voz del Interior, de Córdoba, Argentina, con motivo de los 20 años de la caída del Muro.

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Dos textos de Arturo Pérez-Reverte

Una tumba en Dinamarca

Por Arturo Pérez-Reverte

Desde hace doscientos dos años, en un lugar perdido de la costa danesa frente a la isla de Fionia, donde siempre llueve y hace frío, hay una tumba solitaria. Tiene una cruz y dos sables cruzados sobre una lápida, y está pegada al muro del cementerio de San Canuto, en Fredericia. De vez en cuando aparece encima un ramo de flores; y a veces ese ramo lleva una cinta roja y amarilla. Esto puede llamar la atención, tal vez, de quien pase por allí sin conocer la historia del hombre que yace en esa tumba. Por eso quiero contársela hoy a ustedes.

Se llamaba Antonio Costa, y en 1808 era capitán del 5º escuadrón del regimiento del Algarbe: uno de los 15.000 soldados de la división del marqués de la Romana enviados a Dinamarca cuando España todavía era aliada de Napoleón. Después del combate de Stralsund, la división había pasado el invierno dispersa por la costa de Jutlandia y las islas del Báltico. Al llegar noticias de la sublevación del 2 de mayo y el comienzo de la insurrección contra los franceses, jefes y tropa emprendieron una de las más espectaculares evasiones de la historia. Tras comunicarse en secreto con buques ingleses para que los trajesen a España, los regimientos se pusieron en marcha eludiendo la vigilancia de franceses y daneses. Por caminos secundarios, marchando de noche y de isla en isla, acudieron a los puntos de concentración establecidos para el embarque final. Unos lo consiguieron, y otros no. Algunos fueron apresados por el camino. Otros, como los jinetes del regimiento de Almansa, recibieron en Nyborg la orden de sacrificar sus caballos, que no podían llevar consigo; pero se negaron a ello, les quitaron las sillas y los dejaron sueltos: medio millar de animales galopando libres por las playas. En Taasing, viéndose perseguidos por los franceses y cortado el paso por un brazo de mar que los separaba de la isla donde debían embarcar, algunos del regimiento de caballería de Villaviciosa, de Asturias, cruzaron a nado, agarrados a las sillas y crines de sus caballos. De ese modo, cada uno como pudo, aquellos soldados perdidos en tierra enemiga fueron llegando a Langeland, y 9190 hombres -sólo unos pocos menos que los Diez Mil de Jenofonte- alcanzaron los buques ingleses que los condujeron a España, donde, tras un azaroso viaje, se unieron a la lucha contra los gabachos. [N. de la R: forma popular de llamar a los franceses en España.]

Como dije antes, no todos pudieron salvarse: 5175 de ellos quedaron atrás, en manos de los franceses. Algunos terminarían alistados forzosos en el ejército imperial, en la terrible campaña de Rusia -a ellos dediqué hace diecisiete años la novelita La sombra del águila -. Otros se pudrieron en campos de prisioneros, o quedaron para siempre bajo tres palmos de tierra danesa. El capitán Antonio Costa fue uno de ésos. A causa de la indecisión de sus jefes, el regimiento de caballería del Algarbe perdió un tiempo precioso en emprender su fuga hacia la isla de Fionia, donde debían embarcar. Cuando Costa, por fin, un humilde y duro capitán, tomó el mando por propia iniciativa, desobedeció a sus superiores y se llevó a los soldados con él, ya era demasiado tarde. En la misma playa, casi a punto de conseguirlo, el regimiento fugitivo vio bloqueado el paso por el ejército francés, con los daneses cortando la retirada. Furioso, el mariscal Bernadotte exigió la rendición incondicional, manifestando su intención de fusilar a los oficiales y diezmar a la tropa. Entonces el capitán Costa avanzó a caballo hasta los franceses y se declaró único responsable de todo, pidiendo respeto para sus soldados. Luego, no queriendo entregar la espada ni dar lugar a sospechas de que había engañado o vendido al regimiento llevándolo a una trampa, se volvió hacia sus hombres, gritó “¡Recuerdos a España de Antonio Costa!”, y se pegó un tiro en la cabeza.

Así que ya lo saben. Esta es la historia de esa lápida pegada al muro del cementerio de San Canuto, en Fredericia, Dinamarca. La tumba solitaria de uno que quiso volver y pelear por su patria y su gente. Reconozco que eso no suena políticamente correcto, claro: pelear. Esa palabra chirría. Tan fascista. Algunos habrían criticado la intransigencia dialogante del tal Costa -maneras autoritarias y poco buen rollito, misión que no era estrictamente de paz, gatillo fácil-; y otros, desde el púlpito, su falta de respeto a la vida humana, empezando por la propia, incluido un serio debate sobre si, como suicida, tenía derecho a yacer en tierra consagrada. O no lo tenía.

Lo mío es más simple: el capitán Costa me cae de puta madre. Su tumba solitaria me suscita un puntito de ternura melancólica. Ese cementerio lejano, frente a un mar gris y extranjero. Por eso hoy les cuento su vieja, olvidada historia. Por si alguna vez se dejan caer por allí, o están de paso por las islas del Norte y les apetece echar un vistazo. A lo mejor, hasta tienen unas flores a mano.

El autor, español, es periodista, escritor y miembro de la Real Academia Española

Este texto fue publicado en la revista de La Nación.

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El síndrome del coronel Tapioca


Por Arturo Pérez Reverte

Arturo Pérez-Reverte

Hace treinta y dos años desaparecí en la frontera entre Sudán y Etiopía. En realidad fueron mi redactor jefe, Paco Cercadillo, y mis compañeros del diario Pueblo los que me dieron como tal; pues yo sabía perfectamente dónde estaba: con la guerrilla eritrea. Alguien contó que había habido un combate sangriento en Tessenei y que me habían picado el billete. Así que encargaron a Vicente Talón, entonces corresponsal en El Cairo, que fuese a buscar mi fiambre y a escribir la necrológica. No hizo falta, porque aparecí en Jartum, hecho cisco pero con seis rollos fotográficos en la mochila; y el redactor jefe, tras darme la bronca, publicó una de esas fotos en primera: dos guerrilleros posando como cazadores, un pie sobre la cabeza del etíope al que acababan de cargarse.

Lo interesante de aquello no es el episodio, sino cómo transcurrió mi búsqueda. La naturalidad profesional con que mis compañeros encararon el asunto. Conservo los télex cruzados entre Madrid y El Cairo, y en todos se asume mi desaparición como algo normal: un percance propio del oficio de reportero y del lugar peligroso donde me tocaba currar. En las tres semanas que fui presunto cadáver, nadie se echó las manos a la cabeza, ni fue a dar la brasa al Ministerio de Asuntos Exteriores, ni salió en la tele reclamando la intervención del Gobierno, ni pidió que fuera la Legión a rescatar mis cachos. Ni compañeros, ni parientes. Ni siquiera se publicó la noticia. Mi situación, la que fuese, era propia del oficio y de la vida. Asunto de mi periódico y mío. Nadie me había obligado a ir allí.

Mucho ha cambiado el paisaje. Ahora, cuando a un reportero, turista o voluntario de algo se le hunde la canoa, lo secuestran, le arreglan los papeles o se lo zampan los cocodrilos, enseguida salen la familia, los amigos y los colegas en el telediario, asegurando que Fulano o Mengana no iban a eso y pidiendo que intervengan las autoridades de aquí y de allá -de sirios y troyanos, oí decir el otro día-. Eso tiene su puntito, la verdad. Nadie viaja a sitios raros para que lo hagan filetes o lo pongan cara a la Meca, pero allí es más fácil que salga tu número. Ahora y siempre. Si vas, sabes a dónde vas. Salvo que seas idiota. Pero en los últimos tiempos se olvida esa regla básica. Hemos adquirido un hábito peligroso: creer que el mundo es lo que dicen los folletos de viajes; que uno puede moverse seguro por él, que tiene derecho a ello, y que gobiernos e instituciones deben garantizárselo, o resolver la peripecia cuando el coronel Tapioca se rompe los cuernos. Que suele ocurrir.

Esa irreal percepción del viaje, las emociones y la aventura alcanza extremos ridículos. Si un turista se ahoga en el golfo de Tonkín porque el junco que alquiló por cinco dólares tenía carcoma, a la familia le falta tiempo para pedir responsabilidades a las autoridades de allí -imagínense cómo se agobian éstas- y exigir, de paso, que el Gobierno español mande una fragata de la Armada a rescatar el cadáver. Todo eso, claro, mientras en el mismo sitio se hunde, cada quince días, un ferry con mil quinientos chinos a bordo. Que busquen a mi Paco en la Amazonia, dicen los deudos. O que nos indemnicen los watusi. Lo mismo pasa con voluntarios, cooperantes y turistas solidarios o sin solidarizar, que a menudo circulan alegremente, pisando todos los charcos, por lugares donde la gente se frota los derechos humanos en la punta del cimbel y una vida vale menos que un paquete de Marlboro. Donde llamas presunto asesino a alguien y tapas la cara de un menor en una foto, y la gente que mata adúlteras a pedradas o frecuenta a prostitutas de doce años se rula de risa. Donde quien maneja el machete no es el indígena simpático que sale en el National Geographic , ni el pobrecillo de la patera, ni te reciben con bonitas danzas tribales. Donde lo que hay es hambre, fusiles AK-47 oxidados pero que disparan, y televisión por satélite que cría una enorme mala leche al mostrar el escaparate inalcanzable del estúpido Occidente. Atizando el rencor, justificadísimo, de quienes antes eran más ingenuos y ahora tienen la certeza desesperada de saberse lejos de todo esto.

Y claro. Cuando el pavo de la cámara de video y la sonrisa bobalicona se deja caer por allí, a veces lo destripan, lo secuestran o le rompen el ojete. Lo normal de toda la vida, pero ahora con teléfono móvil e Internet. Y aquí la gente, indignada, dice qué falta de consideración y qué salvajes. Encima que mi Vanessa iba a ayudar, a conocer su cultura y a dejar divisas. Y sin comprender nada, invocando allí nuestro código occidental de absurdos derechos a la propiedad privada, la libertad y la vida, exigimos responsabilidades a Bin Laden y gestiones diplomáticas a Moratinos. Olvidando que el mundo es un lugar peligroso, lleno de hijos de puta casuales o deliberados. Donde, además, las guerras matan, los aviones se caen, los barcos se hunden, los volcanes revientan, los leones comen carne, y cada Titanic, por barato e insumergible que lo venda la agencia de viajes, tiene su iceberg particular esperando en la proa.

(Este texto también se publicó en La Nación, pero lo conocí a través del blog del periodista Sergio Carreras).

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Construcción

Chico Buarque

Amó aquella vez como si fuese última
Besó a su mujer como si fuese última
Y a cada hijo suyo cual si fuese el único
Y atravesó la calle con su paso tímido
Subió a la construcción como si fuese máquina
Alzó en el balcón cuatro paredes sólidas
Ladrillo con ladrillo en un diseño mágico
Sus ojos embotados de cemento y lágrimas

Sentóse a descansar como si fuese sábado
Comió su pan con queso cual si fuese un príncipe
Bebió y sollozó como si fuese un náufrago
Danzó y se rió como si oyese música
Y tropezó en el cielo con su paso alcohólico
Y flotó por el aire cual si fuese un pájaro
Y terminó en el suelo como un bulto fláccido
Y agonizó en el medio del paseo público
Murió a contramano entorpeciendo el tránsito

Amó aquella vez como si fuese el último
Besó a su mujer como si fuese única
Y a cada hijo suyo cual si fuese el pródigo
Y atravesó la calle con su paso alcohólico
Subió a la construcción como si fuese sólida
Alzó en el balcón cuatro paredes mágicas
Ladrillo con ladrillo en un diseño lógico
Sus ojos embotados de cemento y tránsito

Sentose a descansar como si fuese un príncipe
Comió su pan con queso cual si fuese el máximo
Bebió y sollozó como si fuese máquina
Danzó y se rió como si fuese el próximo
Y tropezó en el cielo cual si oyese música
Y flotó por el aire cual si fuese sábado
Y terminó en el suelo como un bulto tímido
Agonizó en el medio del paseo náufrago

Murió a contramano entorpeciendo el público

Amó aquella vez como si fuese máquina
Besó a su mujer como si fuese lógico
Alzó en el balcón cuatro paredes flácidas
Sentose a descansar como si fuese un pájaro
Y flotó en el aire cual si fuese un príncipe
Y terminó en el suelo como un bulto alcohólico
Murió a contramano entorpeciendo el sábado

Por ese pan de comer y el suelo para dormir
Registro para nacer, permiso para reir
Por dejarme respirar y por dejarme existir
Dios le pague

Por esa capa de grasa que tenemos que beber
Por ese humo desgracia que tenemos que toser
Por los andamios de gente para subir y caer
Dios le pague

Por esas vidas que un día nos van a escupir
y por las moscas y besos que nos vendran a cubrir
y por la calma postrera que al fin nos va a redimir
Dios le pague

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Manifiesto

Por José Pablo Feinmann.

Si Chaplin no se hubiera comido un zapato. Si Buster Keaton no se hubiera trepado a una locomotora. Si Tod Browning no hubiera hecho Drácula con Lugosi. Si Boris Karloff no hubiera sido el monstruo de Frankenstein. Si William Powell y Mirna Loy no hubieran sido Nick y Nora Charles. Si Asta no hubiera sido Asta. Si Clark Gable no hubiera tomado entre sus brazos a Vivien Leigh y no la hubiera subido por esa gran escalera. Si Katharine Hepburn no hubiera roto el palo de golf de Cary Grant. Si Ingrid Bergman no le hubiera dicho a Humprey Bogart “el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”. Si Bogart no le hubiera dicho a Claude Rains “éste es el comienzo de una hermosa amistad”. Si Laureen Bacall no hubiera pedido un fósforo. Si Errol Flynn no hubiera muerto con las botas puestas en el Little Big Horne. Si Orson Welles no hubiera dicho Rosebud. Si Glenn Ford no le hubiera dado esa cachetada a Rita Hatyworth. Si Richard Widmark no hubiera tirado a la paralítica por la escalera. Si Alida Vally no se hubiera enamorado de Farley Granger. Si Vittorio De Sica no hubiera imaginado una historia con bicicletas. Si Robert Ryan no hubiera ganado una pelea que debía perder. Si Sterling Hayden no se hubiera muerto sobre el césped de la chacra de sus padres, olfateado por los caballos. Si Jean Hagen no hubiera tenido una voz desopilante. Si Gene Kelly no hubiera bailado bajo la lluvia. Y Fred Astaire con un perchero. Si Cyd Charisse no hubiera tenido esas piernas. Si James Stewart no hubiera mirado por la ventana indiscreta. Si John Wayne no hubiera tomado entre sus brazos a Natalie Wood para decirle “Vamos a casa, Debbie”. Si James Whitmore no hubiera derrotado a las hormigas gigantes. Si James Dean no hubiera acercado su silla al lecho de su padre enfoermo. Si Audrey Hepburn no hubiera ido a aprender cocina a París. Si a Mónica no le hubieran gustado los veranos. Si la doncella no hubiera tenido una fuente. Si Rocco no hubiera tenido hermanos. Si Bogart no le hubiera dado veinticinco mil dólares a Toro Moreno. Si Peter O´Toole no hubiera cruzado el Nefud. Si los Beatles no hubieran viajado en el submarino amarillo. Si Gene Hackman no hubiera escuchado conversaciones que no debía escuchar. Si Marlon Brando no se hubiera muerto jugando con su nieto en un jardín. Si Robert Duvall no hubiera dicho “Amo el olor del napalm por la mañana”. Si Dustin Hoffman no se hubiera graduado. Si Facón Grande y el alemán Schultz no hubieran sido tan valientes y nobles. Si Federico Luppi no se hubiera cortado la lengua. Si Aristarain no hubiera filmado mi primera novela. Si Michelle Pfeiffer no hubiera sido Gatúbela. Si Thelma y Louise no hubieran salido a la ruta. Si Tarantino no hubiera leído novelas baratas. Si nada de esto hubiera sido así, no amaría al cine como lo amo. Pero, lo juro, así fue. Y ustedes lo saben tan bien como yo.

(Septiembre, 2000. Buenos Aires. Del libro Pasiones de celuloide, de José Pablo Feinmann).

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Berlín, “la Mona” y después

Por Roland Brus

Me recuerdo preguntando qué es el cuarteto. Primero en Alemania, cuando me convocaron, en 2001, para hacer una obra de teatro sobre el fenómeno de “la Mona”. Luego aquí, en Córdoba. Y también recuerdo que fue “Poca Sopa”, un muchacho flaquísimo, el primero en contestarme sin dudas: al cuarteto lo tenés que sentir para entenderlo, me dijo. Te escuché, “Poca Sopa”. Pero todavía hoy, ahora, estoy tratando de entenderlo. Porque sentirlo, lo he sentido.

No fue fácil explicar en Alemania de qué se trata este baile, porque nosotros, o no conocemos, o apenas tenemos bailes populares. Y así como los de Córdoba, definitivamente no hay. Estos bailes a los que ustedes van cada fin de semana y desde siempre. Adonde llegan de a miles, hacen cola durante horas entre perros de policía, y soportan el cacheo en cada parte de sus cuerpos. Los bailes en los que ustedes se enamoran, se casan, se separan. En los que ofrendan a “la Mona” a sus recién nacidos como en un bautismo pagano; y donde las chicas celebran con su ídolo sus primeros pasos de mujer en el vals de los 15.

¿Cómo explicar en mi país todos esos, para nosotros, extraños rituales de iniciación que ustedes inventaron para festejar y festejarse?

¿Cómo describir de modo exacto la milagrosa formación de los círculos gigantes que ruedan en las pistas? Afuera los muchachos, adentro las chicas, convertidos en un ciempiés gigantesco, multicolor, en cuyo interior se encuentran las parejas por una noche o una vida. En esa gran coreografía hecha de deseo.

Para ustedes, lo sé, todo esto es común: cantar las letras más tristes sobre pobreza, violencia, cárcel, prostitución, soledad y amores accidentados, con las melodías más alegres. ¡Y bailarlas! Las tragedias cotidianas con los pasitos del tunga-tunga más gozoso. Para mí no es común. Fue y todavía es algo tan raro como misterioso. Los salones enormes me parecen como una gran, poderosa máquina, que arranca con sólo pulsar el botón que despliega innumerables escenarios con ustedes en las pistas de miles de clubes de barrio y de campo: sus lugares de reunión y peregrinación.

A veces me he sentido como en las catedrales góticas que percibo como las discotecas de Dios. Cuando los rayos del sol entran por los vitrales y la luz cae sobre las piedras de las columnas y ellas, hasta entonces mudas, comienzan a hablar en todos los colores. Como lo hacen ustedes: cuando “la Mona” aparece y se encaraman sobre los hombros de sus novios y amigos. Cuando sus cuerpos hablan moviendo los brazos y haciendo flamear sus remeras. Cuando le muestran sus tatuajes. Cuando se ponen la mano abierta sobre el corazón y se lo ofrecen una y otra vez hasta que “Él” los ve y les responde con un guiño o un gesto. He podido, y todavía puedo, pasar largas horas leyendo sus labios mientras cantan cada tema y asombrarme, cada vez, de la transparencia que se desprende de sus rostros abiertos.

“La Mona” parece entonces un pontífice, un chamán andrógino que, en una letanía, particular, extraordinaria, dialoga con sus manos en señas que nombran cada barrio de la ciudad. Y que, cuando los invoca, los resucita. Una extraña comunión que nunca antes había visto o experimentado. Es que, para ustedes, él es un hermano mayor, el amante, el papá. Y ahí, donde nadie más está para los nadies de este país, ustedes tienen a “la Mona” llenando el vacío de un futuro incierto. El ícono de una sociedad de huérfanos, en la cual los modelos son borrados en la erosión de un tiempo sin memoria.

Yo, como muchos de ustedes, también conocí a mi mujer a través del cuarteto. También por eso, y por estar aquí, les estoy agradecido. Es más: hace un tiempo que mi país está incorporado a los barrios cordobeses. “La Mona” forma un triángulo con sus manos y grita: ¡Alemania! Y, debo decirlo, nuestra seña se parece un poco a la de Argüello.

Mientras, ustedes siguen bailando bajo vigilancia. Siguen festejando y celebrando el presente. Al ritmo de El marginal, se reconocen y se alegran de formar parte de algo. Aunque después vuelvan caminando más de 20 cuadras hasta sus casas, y aunque las changas nunca alcancen. El cuarteto es una forma de licuar la sangre contra las humillaciones diarias. O al menos eso veo en sus caras: una belleza inaudita, destellante. Entonces recuerdo la palabra dignidad. En el carrusel del país, el cuarteto es el baile de los desclasados. Esos que brillan y resplandecen en una noche fugaz y eterna. Profana y santa. Un baile alrededor del volcán.

(Brus es director de teatro y dramaturgo alemán. Esta nota fue publicada por el diario La Voz del Interior, el 14 de enero de 2006).

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El aguinaldo de don Salzano

Por Daniel Salzano

Ya no existen historias como ésta

El aguinaldo de papá viene en el interior de un sobre de papel madera escrito por una mano ducha en caligrafía inglesa. Nada extraño, si se tiene en cuenta que los ferrocarriles son ingleses. Escrito con tinta china, el apellido no parece ser el nuestro.

Mamá conserva los sobres vacíos como si fueran diplomas. El aguinaldo viene con una advertencia implícita: el sobre se mira y no se toca. Abrirlo es una tarea reservada al jefe del hogar, que, a fuerza de repetirla, la domina. El operativo se divide en seis etapas:

1) Separa el cortaplumas que lleva enhebrado en el llavero.

2) El cortaplumas lo ha ganado en una rifa organizada por el comité de la seccional Octava del partido Radical. Es uno de sus relatos preferidos: compró el 075 y salió el 076. Recibió el cortaplumas en calidad de premio consuelo.

3) Golpea el sobre contra la palma de la mano para que los billetes se agolpen en un extremo y luego lo pone contra la ventana para observarlo con fijeza. Presiento que el gesto, el movimiento, esconde una enseñanza que nunca podré desentrañar. Papá tiene los ojos grises, pero diferentes entre sí: el izquierdo es gris ferrocarrilero y el derecho se parece a los de Jean Gabin en aquella película en la que se levantaba al amanecer para ir a trabajar en bicicleta.

4) En mi familia somos cuatro: tres hombres y una mujer. Ésta es la mesa, acá está mi papá, acá mi mamá, acá mi hermano y acá yo, el de la camiseta. ¡Eternizad ese instante!

5) Papá inserta la uña del pulgar en la muesca de la hoja y, mediante leves torsiones de muñeca, va separando las caras del sobre como mellizos separados al nacer.

6) El cortaplumas imita en su exterior la delicada piel del nácar y, en letras doradas, lleva grabadas las iniciales de la Unión Cívica Radical.

Ya saben cómo funciona la vida: los días se van moviendo de izquierda a derecha, con naturalidad, y nadie advierte nada raro hasta el día en que nos damos cuenta de que el cortaplumas ha desaparecido.

Hace años que lo busco y cada vez que Silvio Rodríguez canta la canción del unicornio, pienso en él: “Cualquier información la pagaré; / mi unicornio azul / se me ha perdido ayer / se fue”.

Brillando como aviones

Acomodamos los billetes (nuevos, crocantes, perfumados, cercanos y a la vez remotos e inasibles) cabeza con cabeza: los de 100 con los de 100, los de 10 con los de 10 y los de 50 con los de 50. Mi hermano y yo ordenamos las monedas como si lleváramos años leyendo a García Lorca. San Martín, el padre de la Patria, tiene la cara y el uniforme del color de las ciruelas. Como todos los años, el día en que papá cobra el aguinaldo la casa se transforma: el baño no alcanza para contenernos a todos y mientras yo me peino delante del espejo subido a un banquito de madera, mi hermano, excitado, me habla en un lenguaje atropellado y cargado de esperanzas.

Él quiere ser invisible.

Yo quiero ser un caballo.

La dicha es breve, lectores, la dicha es breve. Abandonamos la casa brillando como aviones y oliendo a colonia Gesell. Subimos al tranvía 2 y bajamos por Patria con los boletos atravesando el ojal de la solapa del jefe del hogar. Cuando viaja solo, papá lleva el boleto bien plegado entre el dedo anular y la sortija de casamiento. Mis viejos van sentados, en el asiento trasero, del brazo, amarraditos. Mamá del lado de la ventanilla y él del lado del pasillo. Un caballero. Bajamos en la esquina de la Catedral y, ahí nomás, nos persignamos. Si te persignás con la izquierda, tenés que arreglar el asunto con el Diablo.

Hacemos la primera parada en Manon, tienda para la mujer especializada en pañuelos a lunares, fajas y lencería fina. Los maniquíes son mujeres, pero no son mujeres. Quiero decir que tienen tetas, pero no se les ven. No se puede saber todo en esta vida.

Papá y mi hermano se niegan tan siquiera a atravesar el umbral mientras yo acompaño a mi mamá con la condición que no me suelte la mano. Compra un par de guantes de cabritilla para asistir al casamiento de una tía. El vendedor observa su mano enguantada como si fuera un colibrí de exposición. Dice “encantador”. Es la primera vez que escucho esa palabra.

Mamá paga en la caja con un billete de color ciruela y el vendedor me regala un caramelo que me niego a recibir porque tengo clavado en la garganta el erizo de los celos. ¿Encantador? Mamá cocina con carbón, limpia la casa, lava la ropa, cose, plancha, remueve durante horas el cucharón de la polenta y cada vez que hay que liquidar una gallina da un paso al frente mientras los demás nos vamos a esconder a la cocina. No es encantadora.

Así y todo nunca volví a tener manos como las suyas para que me acariciaran la cabeza.

Levantar la botamanga

Papá compra la ropa en Thompson & Williams porque le encanta el dibujito que separa las dos palabras.

Lo bueno que tienen los probadores de & es que cabe mucha gente. Papá se prueba un pantalón con botamangas y tras una interminable discusión no es posible determinar si le quedan bien o hay que achicarle la cintura. Mamá llama al sastre.

¡El sastre de Thompson & Williams!

Mientras el hombre, acuclillado, marca con alfileres el largo del ruedo, papá suelta una exclamación indescifrable: “Son para ir a bailar”. ¿Por qué decía esas cosas que nadie más decía?

El pantalón es azul oscuro. Recuerdo, años más tarde, haberlo visto con esos mismos pantalones sentado frente al televisor, viendo un episodio de La patrulla del camino.

Si yo fuera Kubrick

Hacemos cola, de menor a mayor, frente a la balanza de la farmacia Minuzzi. Es gratis. Mamá dice que peso menos que un cabrito. Compramos dos bolsas de agua caliente. Una para ellos y otra para nosotros, que dormimos en la misma cama. Y un frasco de Hepatalgina.

Objetivo clave del aguinaldo: comprar un calentador.

Si yo hubiera sido Stanley Kubrick, hubiese reemplazado el hueso que se disputan los monos al comienzo de 2001 por un calentador Bran Metal.

El calentador Bran Metal apenas figura en Internet.

Si tuviera más presencia, los demás calentadores se esconderían debajo de la mesa.

¿Qué hacer en una ciudad como ésta, oliendo a colonia de bebé y cargando un calentador de bronce, un par de guantes y un frasco de Hepatalgina?

Primera posibilidad: ir a ver los pescaditos del pasaje Muñoz (¿alguien se llama Juan todavía?, ¿alguien va ver los pescaditos del pasaje todavía?).

Segunda: visitar las vidrieras de la Casa Colorada para ver la camiseta de Boca de verdad y un muñeco de la altura de un hombre con gorra y rodilleras.

Como nos han asociado a Redes Cordobesas y el verano está a la vuelta de la esquina, nos compran una malla para cada uno. La de mi hermano, verde; la mía, roja, dos colores que aturden como un gong.

Cada vez que mi papá cobra el aguinaldo, ocupamos la mesa principal de la confitería Palermo y, sentados como príncipes alrededor de un velador importado de Sicilia, tomamos una taza de chocolate con masitas.

¡Masitas!

Un chocolate con masitas puede trastornarte la infancia.

Mi viejo consulta la hora en un reloj de números romanos que, si se le aprieta un botón, quiebra el aire con una musiquita.

Dicen que por la parte de adentro, me parezco a él.

Otras adquisiciones efectuadas en el día de autos: un inflador, espirales, una tijera de podar, una lata de Flit, papel manteca, alfileres de gancho, broches para colgar la ropa, un frasco de tinta y el último número de la revista Claudia.

Ya no existen historias como ésta.

Un aplauso para el asador

Volvemos en el 2, dormidos. Otra vez en casa y, como si fuera la primera noche del mundo, nos reunimos en la cocina alrededor del calentador. El Bran Metal es de industria argentina, funciona a querosén y mide 26 centímetros de diámetro por 28 centímetros de altura.

Mi hermano lee las instrucciones y papá las ejecuta. ¿Dónde están los fósforos?

Mamá: –Con cuidado, Gringo, no te vayas a quemar.

El Gringo es mi papá.

Por fin asoma una llamita del color de un escarpín. Papá dice:

–¡Un aplauso para el asador!

¿Por qué decía esas cosas que nadie más decía?

Acá está mi hermano, acá mi mamá, acá papá y acá yo. Sobre la rejilla del Bran Metal se calienta un gran jarro de leche. Nunca cenábamos. Tomábamos una taza de café con leche con pan y manteca.

Y equidistante de los cuatro puntos cardinales, el calentador Bran Metal, como un florero.

Cualquier información la pagaré; / mi unicornio azul / se me ha perdido / ayer, / se fue.

(Publicado en La Voz del Interior del sábado 14 de noviembre de 2009).

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Palabras

Por Nora Vera

Yakamoz es la palabra más hermosa del mundo. Por su sonoridad y por su significado. Eso al menos fue lo que determinaron miles de lectores de una revista cultural alemana, quienes -desde los cinco continentes- propusieron y votaron el vocablo más bello de todas las lenguas.

Yakamoz es la palabra turca que designa “el reflejo de la luz de la luna en el agua”. No hay una palabra única en español que traduzca yakamoz. (…).

Los finlandeses tienen un término cortito y simple para nombrar el hecho de perseverar en la esperanza de que el verano llegará: “sisu”. Qué intenso y comunitario debe ser la añoranza de la luz solar entre los habitantes de un país con tanta noche seguida de más noche. Una emoción común para muchos claro que merece una palabra propia.

Saudade sienten únicamente los portugueses y los brasileños: no cualquiera puede experimentar la nostalgia de manera compleja, navegando con tristeza entre la melancolía y la incertidumbre, en el amargo mar del no saber. Saudade no tiene traducción.

Oppholdsvaer significa, para los noruegos, “la luz del día después de la lluvia”. Ese matiz de la naturaleza que para los nórdicos amerita una palabra (y, por ende, contemplación), para otras culturas pasa inadvertido, innombrado.

Los esquimales usan diferentes vocablos para distinguir variaciones de lo que nosotros llamamos blanco, pero no sabrían en qué pensar si escuchan que Fulano fue víctima del corralito o que a Mengano lo chuparon en la dictadura. Chupado, corralito, desaparecido, tampoco tienen traducción. Son otras palabras que no encuentran, en países ajenos, la resonancia esperada por toda palabra, esa que llena las mentes de imágenes concretas, de recuerdos.

Aprender palabras nuevas, en tu idioma o en otra lengua, es pensar en cosas nuevas, es ensanchar la percepción, es sacudir el punto de vista, es detenerse a ver el yakamoz.

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Quiero volver a casa

Daniel Salzano

Lo que yo quiero es volver a casa / pero no a la casa de la calle Derqui / donde vivo ahora / lo que yo quiero es volver a casa.

No es la primera vez que me sucede / en Madrid me pasaba lo mismo / vivía bien / trabajaba bien / tenía cuatro placares / un hijo de diez años / un colchón Belmo de dos plazas / le jugaba al 34 y salía el 34 / y desde la ventana del comedor podía ver el banco de madera donde Juan Ramón Jiménez escribió los primeros renglones de Platero / pero un día cualquiera / víctima del dolor más vulgar y más corriente / decía:

-Quiero volver a casa.

¿Querés volver a Córdoba?, me preguntaba mi mujer / ¿querés volver a la librería de Rubén? / no / le contestaba / adoro a Córdoba / adoro la librería de Rubén / pero lo que yo quiero es volver a casa.

Las cien casas del hombre

Ahora mismo / dos o tres décadas después / radicado nuevamente en Córdoba / no consigo dormir / mi mujer me acaricia la cabeza / ¿qué te pasa? / quiero volver a casa le contesto / ella me ofrece una taza de té / me abraza / yo también te quiero le digo / pero no quiero una taza de té / amor mío / lo que yo quiero es volver a casa. #8212; Pero si esta es tu casa.

-Sí, pero yo quiero volver a casa.

En la vida de un hombre caben cien casas por lo menos / pero no puede volver a ninguna.

He vivido en casas donde tenía que tomar el agua con las manos / dormir con la puerta abierta porque no tenía cerradura / casas con zaguán para jugar a la payana / casas con televisor en blanco y negro para ver El fugitivo .

Todo lo que se puede hacer con las casas del pasado es mirarlas a través de la ventana.

A veces pienso que debería romper el vidrio para entrar de nuevo / pero ya estoy viejo y se me descosería el pantalón en la entrepierna.

El día en que debutó en el Luna Park / Bonavena / sintió que todo el mundo gritaba / pero no se daba cuenta / si era a favor o en contra / y por poco no se puso a llorar / eso es exactamente lo que siento ahora / quiero volver a casa / porque no logro saber / si tengo al público a favor / o en contra.

La casa del campeón

Durante dos años / viví frente al Hospital Misericordia / algunos enfermos hablaban solos / y cuando no hablaban solos hablaban conmigo / yo era un niño / me convidaban gajos de mandarina / me mandaban a comprar chipacas y las enfermeras me regalaban frasquitos de penicilina a cambio de un beso en la mejilla.

La casa tenía un patio de mosaicos / amarillos y colorados / donde mi papá me enseñaba a boxear / me llamaba campeón / vamos campeón / había fabricado un ring con cuatro sillas / y un piolín / hay que conservar el centro del ring / como en la vida / me decía / campeón / tres minutos de sombra / tres de guantes / tres de soga / bueno / no quiero que esto se convierta en un dramón sentimental / la casa del Hospital Misericordia no es la casa a la que quiero volver porque no es la mía / es la casa de mi corazón.

Las casas soñadas

Me hubiera gustado vivir en el zoológico / con los osos / he leído por ahí que los osos suspiran por la mañana / suspiran al mediodía / pero no lo hacen por la noche / esos misterios son los que me vuelven loco / me hubiera gustado vivir en el zoológico porque los animales llevan puesto su propio rostro y saben si va a llover con sólo comerse un gusanito.

También me hubiese gustado vivir en un avión / un avión de cartón y madera balsa como el que utilizaron García Lorca y Luis Buñuel para fotografiarse en el parque de diversiones más mentado de la cultura española / !Vivir en un avión! / ¿Es que acaso hay algo más maravilloso que el espacio? / observar el momento en que las aguas de los ríos se unen con el mar / llegar al Polo Norte con las antiparras congeladas / y observar cómo las nubes se devoran entre sí / se desnudan / se ponen como locas / se duermen / se despiertan / me ven pasar:

-!Hola! ¿Sos vos, Salzano?

Y yo pongo el avioncito al mango.

La casa de las langostas

Yo formo parte de la generación de las langostas / todo el barrio / toda la ciudad / formaba parte de la generación de las langostas / primero se escuchaba un susurro amenazador / y el susurro se convertía en una nube negra / que no iba ni para atrás ni para adelante / una nube redonda / cuadrada / que nos la tenía jurada.

Fueron las langostas / quienes me enseñaron el más profundo significado del infierno / mamá / como en la guerra ponía una mesa contra la puerta y nos encerraba en la cocina / no se suelten las manos / chicos / no se suelten las manos / repetía.

He visto trenes de diez vagones huir de la estación perseguidos por millones de langostas y desaparecer / para siempre.

¿Por eso estaré tan jodido? / me pregunto / ¿Porque tengo miedo de volver a la casa de las langostas?

La casa de los milagros

Les doy una pista: la casa a la que quiero volver estaba excepcionalmente equipada para mojarse debajo de la lluvia / lavarse los huesos / abrir la boca y llenarla de agua / en la casa que yo digo / se leía con el cabo de una vela debajo de la cama / y se podía caminar filosóficamente con los brazos anudados a la espalda / los sábados íbamos a la plaza / a escuchar a la filarmónica del Ejército de Salvación / un trombón / dos redoblantes / una flauta traversa / y un coro de mujeres de piel blanca / cubiertas por una cofia de color azul marino.

La filarmónica del Ejército de Salvación – se rumoreaba- tenía pasaporte diplomático para viajar gratis en tranvía.

Tengo otra pista / insuperable / un seis de enero / descubrí en el jardín unas huellas grandes de animales / comenzaban debajo del olivo / salían por el portón / se alejaban por Jerónimo Luis de Cabrera / y al llegar a Esquiú / desaparecían.

En la casa a la que quiero volver / los camellos / corrían cien metros y levantaban vuelo.

La casa de la calle Jerónimo Luis de Cabrera

Yo nací en una casa donde las cartas pasaban por debajo de la puerta / todos los hombres trabajaban en el Belgrano / y todas las mujeres escondían las monedas debajo de la enagua.

Los ferroviarios de la calle Jerónimo Luis de Cabrera / llevaban el bigote tieso / dormían con la gorra puesta / raspaban los fósforos contra las paredes de ladrillo / tomaban la sopa con el puño cerrado / y preferían el agua del aljibe a la del grifo / porque tenía el sabor de los relámpagos.

En el comedor / frente a un diploma de corte y confección / había un enorme retrato de Hipólito Yrigoyen / impreso en Gráficas El Decano / La Plata / Buenos Aires / pero ese dato ya no sirve de nada / porque cuando Perón volvió a ganar las elecciones / mamá / por las dudas / se subió a una silla / lo descolgó / lo hizo desaparecer / y la pared principal conservó durante años un rectángulo de polvo / la famosa geometría del fracaso.

Las sillas eran de madera / muy parecidas a las del Sorocabana / pero más altas / y pintadas de blanco.

Los domingos nos daban una cucharadita de miel a cada uno. Mi mujer me conoce bien / cuando le digo que quiero volver a casa / me retira las almohadas / porque una vez le conté que dormíamos sentados / no sé si porque éramos pobres / o porque creían que así trabajaba más activamente la cabeza.

!Ea, lectores! / !No se suelten las manos! / !No se suelten las manos!

(Publicado por La Voz del Interior,  sábado 6 de marzo de 2010).

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Desesperados

Por Jorge Cónsole

En el río de sangre y huesos de la gran ciudad, los desesperados caminan en círculos con el corazón en la mano. No hace falta que lleven una inscripción en sus casacas ni en los sombreros; sus miradas los delatan. Cada mañana, miles de desesperados asaltan las calles y las plazas. Buscan trabajo, buscan vivienda, buscan pasaportes; buscan amores, buscan comida, buscan amigos, buscan cigarros, buscan la sombra que empeñaron la semana anterior. De todos esos miles, solo algunos pocos encontraran sosiego cuando la noche caiga.
Los veo todas las mañanas cuando espero trenes en andenes de viento y frío. Los veo en los bares detrás del humo del café. Los veo en las esquinas vendiendo baratijas por cinco guitas. Están en los umbrales pidiendo limosnas para la dosis diaria de olvido y perdón. Los veo en las miradas inmigrantes de otras tierras. Los veo mirándome, como los miro yo.
Son ocho millones de bocas y narices; dieciséis millones de ojos y de pies. Si por cada diez mil esperanzados, existe, tan sólo que uno que no lo es. ¿Cuántos desesperados, amigos míos, habrá al anochecer?

Londres, Inglaterra, 2008.

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Albert Speer, el arquitecto de Hitler

Albert Speer y Adolf Hitler en 1938.

Por  Eric Norden

Al dar la medianoche, el 30 de septiembre de 1966, las gigantescas puertas de hierro de la prisión de Spandau, en Berlín, se abrieron con un crujido; un hombre alto, de pelo plateado, salió a paso inseguro, entre el fulgor de los flashes y los focos de televisión. El prisionero Número Cinco de la penitenciaría, dirigida por cuatro potencias, saludó a su esposa sin emoción visible.

Estrechó cordialmente la mano al gobernador del distrito de Spandau y habló brevemente con la prensa, primero en alemán, después en francés e inglés fluidos. “Mi condena fue justa”, dijo, serenamente. Albert Speer, el arquitecto de Hitler, amigo y segundo en jerarquía durante la Segunda Guerra Mundial, partía hacia la libertad tras veinte años de prisión.

Allí escribió sus memorias, best seller en Europa y Estados Unidos, y fuente de agrias controversias. Si ningún crítico puso en duda la intensidad de los mea culpa pronunciados por Speer, algunos comentaristas han puesto en tela de juicio su sinceridad. Según este punto de vista, Speer, al aceptar la responsabilidad personal por los crímenes del Reich, busca más propaganda que penitencia, en un artilugio cínico para desarmar a sus críticos y justificarse, junto con la mayoría de los alemanes que apoyó a Hitler.

-El historiador Gudrum Tempel escribe que “Speer puede ahber sido con facilidad tan brutal, tan implacablemente ambicioso y casi tan enfermizo como Hitler… uno aparta el libro con mayor miedo hacia los hombres de su tipo que hacia cualquier Hitler”. ¿Qué respondería usted a tales críticas?

-Tal vez tenga razón. Pero pienso que muchos comentaristas, incluidos aquellos a quienes el libro les gustó, no encaran bien las cosas al poner el acento sobre mí como individuo. Mi culpa no podrá borrarse jamás, ni debe borrarse, pero esa culpa es sólo el marco de un cuadro mayor. Escribí esas memorias para describir y explicar lo que ocurrió entre 1933 y 1945, para poner a la gente sobre aviso, a fin de que eso no vuelva a ocurrir, ni en Alemania ni en ningún otro lugar. Supongo que, en un sentido personal, fue también un intento de comprenderme a mí mismo, de ver cómo y porqué  puedo haber formado parte de tales cosas. Pero mucha gente, demasiada, parece esperar que yo ofrezca justificaciones por lo que hice. No puedo. No hay disculpa o excusa que yo pueda presentar. Tengo sangre en las manos. No he tratado de lavarla, sólo de verla.

-En Nuremberg usted aceptó la responsabilidad de los crímenes cometidos por el Tercer Reich. Pero en el plano personal, ¿se consideraba usted responsable, entonces y ahora?

-Sí, por todo lo ocurrido. Por los trabajos forzados, obviamente: eso estaba directamente bajo mi jurisdicción. Pero también fui responsable de actos de los que nada sabía en el momento en que se cometieron, tales como las atrocidades contra los judíos y las ejecuciones masivas de civiles rusos y prisioneros de guerra. No hay manera, legal o moral, de evadir esa culpa. En el juicio de Nuremberg tomé esa posición de intentar salvar la vida mitigando la culpa, ofreciendo excusas, culpando a otros, clamando que yo sólo obedecía órdenes. Sin embargo, cada vez que vacilaba, pensaba en el montón de pruebas presentadas ante el tribunal: las fotografías, los testimonios, los documentos sobre lo ocurrido. En particular había una foto de cierta familia judía que iba hacia la muerte: un esposo con su mujer y sus hijos, a quienes conducían a la cámara de gas. No podía quitarme esa foto de la mente: la veía por las noches, en mi celda. Todavía la sigo viendo; ha hecho de mi vida un desierto. Pero también, de una manera extraña, me liberó. Cuando uno comprende que ha dedicado quince años de su vida a la construcción de un cementerio, sólo le queda aceptar la responsabilidad de sus actos. Naturalmente por un tiempo traté de tranquilizar mi conciencia con falsas verdades. Pero en un sentido moral más amplio, todo eso es mentira, evasiones de mi responsabilidad como ser humano. Si estuve aislado, yo mismo determiné el grado de mi aislamiento. Si ignoré cosas, yo aseguré mi propia ignorancia. Si no ví es porque no quise ver… Mi propio orgullo y mi ambición me hicieron cómplice en la exterminación de seres humanos por millones.

-Escribió en su libro que en sus tiempos de estudiante tenía muchos amigos judíos. ¿Cómo pudo tolerar esa persecución?

-Despersonalizándola. Pasaron a ser abstracciones, no seres humanos con familia, aspiraciones, preocupaciones y necesidades como las de cualquiera. No los odiaba: me eran indiferentes. Mi crimen fue mucho peor porque yo no era antisemita. Naturalmente, uno no pierde la conciencia de la noche a la mañana; se le va erosionando lentamente, de año en año, se le carcome día a día, anestesiada por una multiplicidad de pequeños delitos.

-¿Cuándo se decidió finalmente aniquilar a los judíos?

-Cuando Hitler, en 1942, comprendió que la guerra sería total, coronada por una victoria absoluta o por la derrota absoluta. Lo supe en Nuremberg, a través de las pruebas presentadas… Sé que mucha gente, afuera de Alemania, cree que todo el país estaba enterado del exterminio, pero no fue así… todos los aspectos del Estado nazi estaban afectados por rivalidades interdepartamentales insidiosas y por secretos fetichistas. Todo estaba como distribuido en compartimientos; existía burocracia hasta en el asesinato. Pero aún así fui tan verdugo de ellos como Himmler, porque los llevaban a la muerte ante mis ojos y yo no lo veía. Es sorprendente la facilidad con que uno puede taparse moralmente los ojos.

-¿Realmente me dirá que como ministro de armamentos nunca se encontró con un campo de concentración?

– Yo sabía que existían los campos, por supuesto; todo el mundo lo sabía. Lo que ignoraba era lo que estaba pasando en ellos. Golpes, hasta torturas, sabíamos que la Gestapo era capaz de aplicarlos; pero un asesinato sistemático y masivo… Tuve la oportunidad de descubrir el asunto en el verano de 1944, cuando me visitó uno de mis viejos amigos: Karl Kanke, gobernador de distrito de Silesia inferior. Hanke era nazi hasta el fanatismo, pero le quedaban algunos instintos humanos. Me dijo que acababa de visitar un campo de concentración de Silesia Superior; con voz insegura, me instó a no aceptar jamás, bajo ninguna circunstancia, una invitación para inspeccionar ese campo. Había visto allí cosas horribles, cosas que no se le permitía mencionar, cosas que él mismo no podía mencionar. Yo nunca lo había visto en semejante estado.

-¿Y usted qué hizo?

-No lo interrogué. No interrogué tampoco a Himmler, no interrogué a Hitler. No hablé con ninguno de mis amigos ni de mis relaciones en el gobierno o en el partido, que tal vez podían saber algo. No investigué, no hice nada. Kanke, por supuesto, estaba hablando de Auschwitz. Desde ese momento en adelante, me había condenado irrevocablemente a mí mismo. Mi contaminación moral era completa. Debido a mi falla de ese momento, mi completa abdicación moral, aún me siento directamente responsable por Auschwitz.

-Si Hitler hubiera admitido ante usted que estaba aniquilando a los judíos, ¿qué le habría dicho usted?

-Le habría dicho: “¿Los estás matando? ¡Es una locura! Los necesito para que trabajen en nuestras fábricas”… Mi único pensamiento, era lubricar la maquinaria de guerra. Aunque fuera con sangre.

-¿Cuáles fueron sus motivos originales para unirse al Partido Nazi?

-No eran despreciables, en sí. Debe recordar las condiciones imperantes en Alemania después de la Primera Guerra Mundial: inflación, seguida por deflación y desempleo masivo, grandes sufrimientos y desesperación humana, decadencia y abandono moral, la visible desintegración de todos nuestros valores e instituciones tradicionales. Parecía que el sistema democrático había fallado sin remedio y las personas con conciencia social tendían a gravitar hacia los extremos, ya de la derecha o de la izquierda. Algunos se convirtieron en nazis; otros en comunistas, y con frecuencia por las mismas razones… Hacia el final de 1930, me invitaron a asistir a una demostración en la que Hitler hablaría ante los estudiantes de la Universidad de Berlín.

-¿Fue la primera vez que vio a Hitler en persona?

-Hasta entonces tendía a considerarlo como un fanático vulgar y alborotador, vestido con su camisa parda como si fuera un uniforme de opereta. Pero esa reunión, efectuada en la cervecería sucia y mal iluminada, alteró drásticamente la imagen que tenía de él. Entró vestido con un traje azul de buen corte; cuando se apagó la tumultuosa ovación, empezó a hablar con serenidad, con persuasión, casi con timidez. Su modo de ser era totalmente sincero; parecía más un profesor abnegado en medio de su cátedra que un demagogo gritón. Al los pocos minutos tenía a todo el público en un puño… y no todos eran partidarios suyos, ni mucho menos. Su voz se elevó hasta un timbre hipnótico y se produjo en la cervecería un aura palpable de tensión y entusiasmo que hasta entonces yo sólo había detectado en espectáculos deportivos dramáticos. No importaba tanto lo que decía (después apenas pude recordarlo) como el estado de ánimo que lanzaba sobre todo el salón. Era de una cualidad casi orgiástica. Hitler siempre dijo que las masas son esencialmente femeninas; su agresividad y su carisma despertaban una rendición casi masoquista. No convencía al público: lo conquistaba.

-¿Qué fue lo que le llamó la atención de la jerarquía nazi sobre usted?

-Mientras estaba en Berlín me desempeñé como correo del partido; en esa ocupación conocí a Karl Hanke, por entonces era un funcionario menor dentro del partido. Al saber que yo era arquitecto me impuso la modesta misión de redecorar los cuarteles de su distrito. En marzo de 1933, inmediatamente después de las elecciones nacionales que endurecieron la mano de Hitler, recibí un llamado de Hanke pidiéndome que fuera inmediatamente a Berlín. Un día, mientras yo estaba en la oficina de Hanke, vi en su escritorio el esbozo de un decorado para cierto mitin nocturno que estaba por realizar en el campo de Tempelhof. Esos dibujos me horrorizaron. “Parece el decorado para una reunión del club de cazadores”, les dije. El se limitó a arrojarme los diseños, diciendo: “Si puedes hacer algo mejor, hazlo”. Corrí a casa y trabajé toda la noche; diseñé una inmensa plataforma, cerrada hacia atrás por tres enormes estandartes con la esvástica, extendidos entre postes de madera, cada uno más alto que un edificio de diez pisos, todo eso iluminado por gigantescos reflectores antiaéreos. Al día siguiente se presentó el dibujo; supe que Hitler estaba encantado con él. Subsiguientemente me llamaron a Nuremberg, donde se estaban preparando los planes para la siguiente demostración; diseñé un águila gigantesca, de formas libres, con una envergadura de treinta metros, que dominaría el campo Zeppelin. El líder local del partido hizo que yo presentara mis planos a Rudolf Hess, el secretario de Hitler; pero cuando entré a la oficina de Hess con mi pliego de esbozo bajo un brazo, él me interrumpió: “Sólo el Führer puede decidir sobre este tipo de cosas”. Un chofer me llevó hasta un departamento de clase media y me guió por dos tramos de escalera, hasta una antesala llena de recuerdos baratos y de regalos enviados a Hitler por sus admiradoras. Yo entré, con las rodillas vacilantes, y me detuve frente a Adolfo Hitler, líder de mi país y de mi partido, el hombre que admiraba desde lejos hacía tres años. Estaba sentado en un sillón, en mangas de camisa, limpiando un revólver. “Deje los dibujos allí”, dijo abruptamente, señalando una mesa que tenía enfrente. Casi no me miraba. Puso el revólver desarmado sobre la mesa y examinó mis diseños con atención, pero sin hacer comentarios. Yo creía sentir el latido del corazón en los oídos, y entonces, sin siquiera echarme una mirada, él me lanzó los esbozos a través de la mesa. “De acuerdo”, dijo, secamente. Y volvió a su revólver. Salí del cuarto confundido y con el pulso muy acelerado. Acababa de encontrarme con mi destino.

-En general, a usted se lo elogia, o se lo culpa, por crear el decorado y las bambalinas que hicieron tan escalofriantemente efectivas los actos del partido. ¿Acepta la responsabilidad?

-Oh, sí, yo era responsable de casi todos los aspectos de esos mítines maratónicos, del mantenimiento de la iluminación de escenarios. Mi tarea más ardua era la “coreografía” de la demostración, el ejercitar a los miles de partidarios que aparecían en los desfiles y en las procesiones paramilitares… Los reflectores iluminaban la masa de estandartes, así como la inmensa águila que coronaba el estadio. Para realizar el efecto pedí a Hitler que requisara ciento treinta reflectores antiaéreos, el efecto dramático era apabullante, superior a todo lo que yo había imaginado. Es estadio, inundado de la luz… Neuville Henderson, el embajador británico, escribió más tarde que era como estar en una catedral de hielo.

-¿Cómo puede alabar la belleza de sus espectáculos luminosos, cuando su efecto acumulativo fue el conducir a una generación hacia la muerte?

-En esa época me engañaba pensando que era un artista y que, como arquitecto de Hitler, estaba por encima de la política, ya dirigiera demostraciones partidarias o diseñara edificios para el gobierno. Era una tontería, por supuesto. Yo era un técnico, pero un técnico de la muerte. Pero en esos días, lo único que me importaba era mi ambición de destacarme como arquitecto de Hitler. Cuando conoció a mi esposa, en una recepción oficial, le dijo solemnemente: “Su esposo me va a erigir edificios como no han sido creados en cuatro mil años”.

-¿Le queda alguna pena porque esos planes no hayan fructificado?

-Aunque esos planes todavía posean una fascinación visceral para mí, agradezco que nunca hayan llegado a ser realidad. El tamaño y la escala de sus monumentos eran un símbolo profético de sus planes de dominación mundial, y la gigantesca metrópoli que visualizaba sólo podía servir como corazón de un imperio conquistado y esclavo. Un día, en el verano de 1939, mientras contemplábamos juntos las maquetas, Hitler señaló un águila germánica de oro, con una esvástica en las garras, que coronaría la cúpula del Kuppelhalle. “Hay que cambiar eso”, dijo, apasionadamente. Siguiendo con sus instrucciones alteré el diseño de modo que el águila sostuviera un globo terráqueo en las garras. Dos meses después estallaba la Segunda Guerra Mundial.

-¿Qué estilo de vida llevaba Hitler?

-Vivía sin ostentaciones en la Berghof, una casa pequeña, una típica cabaña de campo. Los almuerzos y las cenas que ofrecía eran ocasiones informales; servía comida simple y sustanciosa, nada de platos para gourmets, como los que llenaban la mesa de Goering.

-Se ha dicho que Hitler era vegetariano.

-En efecto, además, no bebía ni fumaba. Tenía un cocinero especial. Hitler quería mucho a los animales y pensaba que matarlos para comer era algo cruel y bárbaro… el mismo que era capaz de enviar a millones a la muerte sin un parpadeo de lástima. Después de la cena, el grupo lo seguía al salón, que habías ido preparado para cuarto de proyección. Al empezar la guerra se abandonó esa costumbre pero hasta entonces, Hitler siempre veía una o dos películas por noche, por lo general, películas románticas, grandes producciones históricas y comedias musicales ligeras, especialmente si había muchas piernas. Sufría de insomnio y no nos dejaba ir hasta las 2 o 3 de la mañana.

-¿Había muchas rencillas entre sus colaboradores?

-El círculo de Hitler era como la corte bizantina; hervía de intrigas, celos y traiciones. El Tercer Reich no fue tanto un estado monolítico cuanto una red de burocracias que luchaban entre sí.

-¿Eran corruptos, además de ambiciosos?

-Ante la mayoría de ellos, Al Capone habría parecido un filántropo.

-¿Cuál era el más corrupto?

-Yo le asignaría a Goering ese dudoso galardón. Robaba en gran escala, saqueando los museos y las colecciones de arte de Europa para sus hordas privadas; requisaba fondos del Estado para construir casas lujosas, expropiaba terrenos estatales para sus vastas reservas de caza, arrancaba grandes sobornos a los principales industriales a fin de mantener sus propiedades, palacios y los cientos de sirvientes que los poblaban. Debo reconocer que Goering tenía mucho encanto personal y un intelecto muy agudo, además. Era un bandido sumamente simpático. En cierto sentido, nació fuera de época, era un verdadero condottiere, un mercenario, totalmente amoral, sin otra ideología que el progreso personal. Su secretario de Estado me dijo en Nuremberg: “Goering fue el último de los príncipes del Renacimiento”. Y tenía razón.

-¿Usted estaba en buenos términos con él?

-Sí, nos llevábamos bastante bien. Me invitaba con frecuencia… Cierta vez me recibió con su voluminoso cuerpo envuelto en una bata de terciopelo color esmeralda, con un gigantesco broche de rubíes prendido a la solapa de satén; tenía el rostro cubierto con una gruesa pátina de rouge y las uñas pintadas de rojo intenso. Me dijo que había tenido una idea luminosa: dada la desesperante escasez de acero, ¿por qué no construir locomotoras de cemento? Yo me quedé mirándolo, suspiré y no dije nada…Hacia el final de la guerra, Goering debe de haber sido el hombre más rico de Alemania. Naturalmente, por entonces ya no estaba del todo cuerdo; sus energías mentales y físicas habían sido debilitadas por su adicción a la heroína.

-¿Qué clase de hombre era Goebbels?

Muy capaz e inteligente, trabajador responsable y gran administrador; de pensamientos organizados y sistemáticos, con un gran don para abstraer los problemas de su contexto, para examinarlos clara e incisivamente, hasta llegar a juicios razonables y objetivos. Era el tipo de hombre que habría tenido éxito aún en una sociedad normal. Junto a los pigmeos mentales que formaban el grupo de Hitler, era un gigante.

-¿Era tan corrupto como los otros líderes nazis?

-Yo lo pondría en el medio en la escala de corrupción: no tanto como Goering y Himmler, peor que otros. Pero aún cuando Goebbels se llenaba el bolsillo, sospecho que los beneficios materiales no eran el factor dominante de su vida. En el fondo era un ideólogo, un nazi convencido, aunque de mente más clara que la mayoría. Pertenecía a la rama sindical del partido y quería acabar con el orden existente, para reemplazarlo con una utopía socialista. Durante la guerra, decía con frecuencia que su mayor error había sido no unirse a Stalin y a los comunistas para aplastar a Occidente de común acuerdo, y señalaba las similitudes entre nuestras ideologías; solía decir que los ex comunistas constituyen los mejores nazis. Se interesaba más por utilizar su alta posición a fin de extorsionar a las mujeres para que se acostaran con él; prefería eso a transportar oro a sus bóvedas.

-¿También a Goebbels le gustaban las mujeres?

-Eso es poco decir. Como ministro de propaganda, era el zar de la industria cinematográfica y del teatro alemán; el sofá en que ideaba sus repartos pudo haber sido la envidia de los directores de Hollywood en estos días. Casi todas las primeras actrices alemanas debían sus carreras a Goebbels, y él no era altruista en cuanto al pago.

-¿Hitler estaba en desacuerdo?

-No, mientras no creara escándalo público. El mismo Hitler, a su modo, por supuesto, explotaba a las mujeres tan fríamente como Goebbels.

-¿Se refiere a Eva Braun?

-Sí. La trataba muy mal. Nunca reconoció públicamente su relación con ella y llegaba a extremos absurdos para ocultarlas, aún entre su círculo de íntimos, donde todos sabían que ella era su amante. Nunca mostró ninguna consideración por sus sentimientos y se comportaba con invariable crueldad hacia ella en público. Era penoso presenciarlo, porque ella le era devota, y esa indiferencia la hería con facilidad.

-¿Y qué clase de persona era?

-Ni una mujerzuela tonta ni una Madame Pompadour intrigante, sino una mujer dulce, suave y silenciosa. Era totalmente apolítica, y nunca trató de intervenir en asuntos de Estado ni de influir sobre las decisiones de Hitler. Ni ella ni sus padres parecen haberse beneficiado financieramente por su relación con Hitler. El sólo le hacía regalos para el cumpleaños y para Navidad; eran joyas de fantasía de bastante mal gusto. Eva vivía de una asignación frutal, que Bormann le había fijado a regañadientes. Sólo ella, entre todos los del círculo íntimo de Hitler, permaneció incorrupta y sencilla hasta el fin. Era una persona triste y solitaria, la única del grupo que no mereció su destino fatal.

-Hay quienes dicen que Hitler era homosexual.

-Pura propaganda de guerra como las versiones de que tenía ascendencia judía, que mascaba las alfombras en ataques de epilepsia o de que era sifilítico. No, Hitler era sexualmente normal; su perversión estaba en el alma, no en el cuerpo. Pero no creo que fuera capaz de un verdadero amor. Tal vez lo haya sido alguna vez en su vida. Cuando joven mantuvo una relación incestuosa con su sobrina Geli Raubal, a quien llevó al suicidio. Pero cuando yo lo conocía, había en él una frialdad definitiva; en un nivel profundo, estaba desprovisto de cualquier sentimiento de simpatía o ternura. Era un ser inhumano.

-Sin embargo, en Nuremberg usted dijo: “Si Hitler hubiera tenido un amigo, ése habría sido yo”.

-Sí, pero la palabra clave es “si”. A veces pienso que Hitler ansiaba a un contacto humano que jamás podría lograr. Las únicas veces en que lo ví comportarse con auténtica vivacidad, placer, espontaneidad, fueron en momentos en que estábamos solos revisando planes arquitectónicos o inspeccionando sus queridas maquetas del Berlín del futuro. En tales ocasiones se aproximaba a lo humano tanto como a él le era posible. Uno de mis amigos, después de presenciar una de nuestras sesiones de trabajo, dijo de nuestra relación: “¿Sabes qué eres tú? Eres el amor no correspondido de Hitler”.

-¿Cuál fue su propio papel en los comienzos de la guerra?

-A fines del verano de 1939, Hitler, que todavía gustaba de considerarse gran patrocinador de las artes, había eximido personalmente del servicio militar a todos los artistas: actores, pintores, músicos, escultores y arquitectos. Pero yo consideré que era mi deber contribuir con algo al esfuerzo de la guerra, de modo que ofrecí voluntariamente mis servicios, junto con los de mi equipo de ingenieros y trabajadores. Nuestra tarea militar más importante fue el desarrollo de un bombardero bimotor Junkers, de alcance medio.

-¿Esperaba que unos años después Hitler lo nombrara sucesor de Todt? (N.de la R.: ministro de armamento y producción bélica, muerto en accidente aéreo, un vuelo que también iba a abordar Speer y por retraso horario no compartió.)

-Fue lo último que se me pasó por la mente. Cuado Hitler me llamó a su oficina, no podía creer en lo que oía. “Lo he elegido a usted para todo ese trabajo. Le tengo confianza. Sé que usted se las compondrá”. Yo quedé clavado al suelo, sin que se me ocurriera nada que decir. Hitler, ignorándome, volvió a sus papeles. Cuando me retiré no hubo ninguna expresión personal para mí, ninguna de las despedidas amistosas a las que me había acostumbrado. Me veía transformado de arquitecto, en el hombre número dos del gobierno; tenía la completa responsabilidad del funcionamiento eficaz de nuestra gestión de guerra. Al fin de cuentas, se me había confiado el destino de toda nuestra nación.

-Según todos los testimonios, sus logros fueron fenomenales.

-Sí. Una vez que habíamos reestructurado la economía de guerra bajo un contralor central de planeamiento y movilizado nuestras reservas y recursos industriales, los resultados de la producción fueron notables. Los aliados quedaron muy sorprendidos por la forma en que nuestra industria armamentista siguió funcionando casi hasta el fin. Por lo tanto, es cierto que logramos algunos éxitos sorprendentes. Pero sólo sirvieron para demorar lo inevitable.

-Aún se oye una nota de orgullo en su voz cuando analiza esos logros técnicos.

-Esa es mi debilidad… Intelectualmente he aceptado que está mal enorgullecerse de esas cosas, pero emocionalmente sigo sintiendo un arrebato de orgullo cuando pienso en los obstáculos que superé, en las metas que supe alcanzar. Decir lo contrario sería falsedad.

-¿Cuándo se inició la política de trabajos forzados?

-Ya en noviembre de 1941 Hitler me dijo, cuando le subrayé nuestros problemas de mano de obra: “El área que trabaja directamente para nosotros abarca a más de doscientos cincuenta millones de personas y sabremos aplicar cada uno de esos millones al proceso de fabricación”. Se lanzó a una brutal procura de trabajadores forzados, y millones de extranjeros, prisioneros de guerra soviéticos e internos de los campos de concentración fueron enviados a trabajar en mis fábricas de armamentos, con frecuencia en condiciones horripilantes.

Siquiera por razones de eficacia económica usted podría haber mejorado las bárbaras condiciones en las cuales esos hombres trabajaban y vivían…y morían.

-En realidad, traté de mejorarlas. Fue uno de los motivos que adujeron los jueces de Nuremberg para reducir la severidad de mi sentencia. En diciembre de 1943 inspeccioné un enorme complejo para la fabricación de cohetes construidos en cuevas a prueba de ataques aéreos, en la desolada cordillera Harz. Esos hombres actuaban como autómatas; estaban esqueléticos y mal alimentados; se los trataba brutalmente. Las instalaciones sanitarias virtualmente no existían; reinaban las enfermedades, la taza de mortandad era tremenda. Se los obligaba a dormir en esas cavernas húmedas, heladas y morían como moscas de disentería, tuberculosis y neumonía. Al salir de esas cuevas que apestaban a enfermedad humana, estuve a punto de vomitar, tuve que tomar varios vasos de coñac puro antes de poder seguir.

-¿Y qué hizo al respecto?

– Di instrucciones a los capataces para que mejoraran las condiciones sanitarias y la dieta alimenticia. Envié al doctor Poschmann, supervisor médico de mi ministerio, para que inspeccionara el sitio y se encargara de verificar que todas las precauciones higiénicas fueran puestas en práctica; desde entonces los hombres debían estar bien alimentados, vestidos y alojados; se les proporcionarían médicos civiles que permanecerían en el campamento. Cada vez que trataba de mejorar las condiciones de vida y de trabajo para los trabajadores esclavos me encontraba, por supuesto, con la rígida oposición de las SS, cuya política declarada consistía en tratar a esos hombres como meras bestias de carga. Pero no me entienda mal: tomé esas medidas sólo para llevar al máximo la eficiencia y la producción. Ayudaba a esos hombres tal como uno mantiene bien alimentado a su ganado y no porque simpatizara con sus penurias como seres humanos.

-A medida que la guerra se volvía contra él, ¿hubo en Hitler un deterioro mental correspondiente?

-Sí, sin duda alguna. El Hitler de los tres últimos años de la guerra era una pálida sombra del dinámico líder que tuvimos en tiempos de paz, en la década del ´30. El filo de su intelecto parecía embotado; intelectualmente se lo veía lento y torpe; siempre estaba irritable y nervioso. Debo decir en su crédito que Hitler tenía fantásticos poderes de autodominio, siempre que quisiera ponerlos en práctica; durante la guerra se impuso un ritmo de trabajo estrictamente disciplinado. Pero eso era opuesto a su carácter y le exigió severos esfuerzos, esfuerzos que se reflejaban en el carácter errático de sus juicios. En enero de 1943, Hitler comprendió que estaba entre la espada y la pared y luchó con la tenacidad de una rata acorralada. Solía decirme: “No hay modo de retroceder. Sólo podemos ir hacia delante. Hemos quemado los puentes”. Creyera o no en sus propias predicciones, le eran vitales para mantener el entusiasmo y la lealtad de sus subordinados militares y políticos. Pero creo que estaba seguro de que la providencia jamás le fallaría. Si alguna vez hubo un elemento de demencia en Hitler, fue esa invariable fe en su propia misión divina. Era esencialmente religioso, pero su adoración se había pervertido, convirtiéndose en autoanulación; en aras de su voluntad, estaba dispuesto a sacrificar millones de vidas. Tal vez lo más aterrorizante de Hitler es que nunca reconoció su propia malignidad.

-¿Cómo reaccionó usted a eso?

-Comprendí que si Hitler debía rebajarse a la rendición, estaba decidido, como Sansón, a llevar consigo a toda la nación. Deseaba una catástrofe completa, un Götterdämmerung wagneriano que proporcionara una pira funeraria genocida para señalar su partida del escenario de la historia. Para cumplirlo dio instrucciones a mi ministerio de aniquilar efectivamente la industria alemana, el transporte, las comunicaciones y la producción de alimentos. Afortunadamente pude, con la ayuda de los pocos hombres cuerdos que restaban en el gobierno, sabotear su política criminal. Pero no fue fácil; había que manejarse subrepticiamente. Tuve que recorrer todo el territorio alemán, ganando para mi causa a los oficiales del ejército, a los administradores civiles, y hasta algunos Gauleiters responsables. Junto con la ayuda de los líderes industriales, pudimos vaciar esa política destructiva.

-¿Se enteró Hitler de su insubordinación?

-Sí, se enteró. Me hizo acudir a su refugio, que era como una tumba debajo de la cancillería. Me recibió con frialdad, sin sonreír ni estrecharme la mano, y no respondió a mi saludo. “Bormann me a dado un informe de su reunión con los Gauleiters de Ruhr”, me dijo. “Usted los instó a no cumplir con mis órdenes y declaró que la guerra estaba perdida. ¿Sabe lo que le espera después de eso?” Yo lo sabía; allí de pie, y sin poder hablar, sentí que la frente se me cubría de sudor. Perdió la vista en el vacío por un momento, como perdido en recuerdos remotos. Cuando volvió a hablar, su voz era más cálida y gentil: “Si usted no fuera mi arquitecto, tomaría las medidas que se requieren en estos casos… usted ha trabajado en exceso y está enfermo. He decidido que tome licencia de inmediato. Otra persona se encargará de reemplazarlo en el ministerio”. Le dije que no podía hacerme responsable de un ministerio si otro hombre actuaba por mí. De pronto, Hitler se derrumbó en la silla; hubo otra larga pausa. Por fin levantó la vista hacia mí y dijo, en voz más normal: “Speer, si usted logra convencerse de que la guerra no está perdida, puede seguir en su puesto”. Insistí en mi idea. Por un rato meditó en silencio y se lanzó en otro monólogo. Después de todo, dijo, Federico el Grande había sido rescatado de la derrota en los días más oscuros de la Guerra de los Siete Años, y la historia podía repetirse… Finalmente susurró, quebrada la voz: “Si al menos usted pudiera tener la esperanza de que no hemos perdido”… Me miraba implorando, pero mi silencio le dio la respuesta. Hubo una pausa incómoda; por fin Hitler se levantó de un salto y me despidió con su antigua sequedad: “¡Tiene veinticuatro horas para pensar la respuesta!”. Me volvió la espalda y yo me retiré, estremecido por aquel duelo de voluntades.

-¿Cómo respondió usted a ese ultimátum?

-Al día siguiente, barboteé: “Mein Führer, estoy con usted, sin reservas”. No había dicho que creyera en la victoria, pero esa expresión de lealtad personal satisfizo a Hitler y pareció conmoverlo. A los ojos le subieron las lágrimas; me estrechó la mano con dedos temblorosos, algo que llevaba tiempo sin hacer. Su alivio era tan intenso que me estremeció, provocándome un arrebato de lástima y afecto por él. “Si yo me mantengo a su lado sin reservas, usted debe confiarme el cumplimiento de su decreto de demolición”. El asintió y me permitió redactar un documento nuevo para que lo firmara. La implementación estaría absolutamente a mi cargo. También inserté una frase que resultaría de vital importancia para evitar la destrucción total de grandes áreas de la industria: “El mismo efecto se puede lograr con las instalaciones industriales incapacitándolas”. Yo era, una vez más, zar de la política de destrucción total. Nunca hubo un programa cuyo director estuviera más dedicado a sabotearlo.

-Hitler parece haber mostrado una notable tolerancia con usted. ¿Llegó a darse cuenta del verdadero alcance de su oposición hacia él?

-Mis rivales en la corte, tales como Himmler y Bormann, le hubieran informado con mucho gusto, de haberlo descubierto; pero en aquellos caóticos días finales de la guerra, por primera vez era posible desafiar al Führer con relativa impunidad. Mientras yo desempeñé mi peligroso doble juego, operaba según el prudente principio de permanecer tan cerca de Hitler como me fuera posible. Al mantener un contacto regular con él, me era posible desactivar cualquier rumor o sospecha inducida.

-¿Cuándo lo vio vivo por última vez?

-El 22 de abril. “¿Qué le parece?”, me preguntó. “¿Debo quedarme aquí o volar a Berchtesgaden? Jodl me ha dicho que mañana será la última oportunidad de hacerlo”. Le dije: “Me parece mejor que, si debe acabar su vida, lo haga aquí, en la capital y como Führer, antes que en su casa de fin de semana”. Hitler se limitó a asentir, fatigado. Tuve la extraña sensación de estar frente a un cadáver ambulante; lo veía desprovisto de toda chispa vital, inquieto, agotado. Habló de su muerte sin mayor interés: “Yo también he resuelto quedarme aquí. Sólo deseaba conocer su opinión, una vez más”. Y agregó, en vos vacua: “No combatiré personalmente. Siempre existe el peligro de que sólo me hieran y que caiga vivo en las manos de los rusos. Tampoco quiero que mis enemigos deshonren mi cadáver. He dado órdenes de que se me creme”. Por un momento perdió la mirada en el espacio; cuando volvió a hablar, lo hizo en tono sereno: “Fräulein Braun quiere abandonar esta vida junto conmigo, y antes mataré de un tiro a Blondi (su perro alsaciano). Créame, Speer, para mí es fácil poner fin a mi vida. Un breve momento y quedaré libre de todo, libre de esta dolorosa existencia”. Al mirar aquellos ojos muertos sentí, que con el correr de los años, también había muerto una parte de mí; tal vez mi alma. De todos modos, me invadió un aplastante remordimiento, no sé si por Hitler, por mí mismo o por todas las víctimas desconocidas de nuestra mutua locura. Con voz temblorosa, me oí admitir ante él que había saboteado sus órdenes… Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no dijo nada. Por alguna razón me parecía sumamente importante establecer alguna chispa de contacto humano con él. Tartamudeando, dije que deseaba quedarme en Berlín y compartir su destino, pero no reaccionó; tal vez sabía que yo no lo decía sinceramente. A veces me pregunto si tuvo, desde el principio, conocimiento de mi sabotaje y me permitió estorbar su política, por razones incomprensibles. Es uno de los misterios de su extraña personalidad que jamás podré desentrañar… Cuando salí de su cuarto eran las tres de la mañana, pero Hitler aún estaba levantado y fui a despedirme de él. Lo ví de pie ante mí, envejecido, marchito, tembloroso, hecho una sombra humana. Me desconcertó. ¿Acaso era esa ruina el hombre en quien yo había creído, el que yo reverenciara, amara y odiara por tanto tiempo, el todo poderoso Führer a quien había dedicado todos mis poderes físicos y mentales en los últimos quince años? Al decirme adiós, él se mostró frío e indiferente. Me estrechó la mano como por compromiso diciendo: “¿Así que se va? Bueno, Auf Wiedersehen”. Nada más ni buenos deseos, ni agradecimiento ni recriminaciones; no expresó el menor sentimiento. De pronto comprendí que no volvería a ver a ese hombre misterioso; la vida sin él para amarlo u odiarlo pareció, de repente, una perspectiva desalentadora. Tanto en servicio leal como en amarga oposición, él se había convertido en mi universo. Estremecido, murmuré alguna promesa de volver, pero él sabía que era nuestra última entrevista; sin emoción alguna, me volvió la espalda. Por última vez me veía despedido por el Führer.

-¿Cómo recibieron sus codefendidos en el juicio de Nuremberg el hecho de que usted aceptara la responsabilidad por los crímenes del Reich?

-Algunos de ellos me creyeron loco; otros entendieron mal, interpretando que yo intentaba, de algún modo, echar las culpas sobre ellos. Goering me llamó “el segundo Bruto”, que había traicionado su juramento de lealtad al Führer, y los otros fueron igualmente agrios.

-Usted pagó por sus crímenes con veinte años de prisión. ¿Cree haber expiado su culpa?

-No, no creo que haya expiación en esta vida por pecados de tan enorme dimensión. Pero también creo, sinceramente, que en la actualidad soy muy distinto del hombre que era en 1945… La razón principal por la que escribí mis memorias no fue la de refundir la historia, sino la de levantar el pasado ante las generaciones presentes y futuras, como un espejo en el cual ellas puedan detectar en sí mismas similares semillas de destrucción. Los crímenes del Tercer Reich son esencialmente crímenes modernos, posibilitados por la tecnología del siglo XX, que encierra en sí, a un tiempo, grandes promesas y un gran peligro para los valores humanos… Si Adolf Hitler hubiera dispuesto de un botón con que destruir al mundo entero, lo habría oprimido al llegar el final. Hoy en día hay botones semejantes en las salas de guerra de las grandes potencias. Ninguno de los líderes mundiales es un Hitler, pero aún subsisten los odios y los miedos de los que Hitler se nutrió y el potencial de destrucción masiva es en la actualidad aún más grande… En un mundo semejante, aterrorizado por la tecnología todos estamos en Auschwitz. Sé que estos instrumentos de muerte están en las manos de hombres cuerdos y, con frecuencia, decentes, pero había hombres cuerdos y decentes en la Alemania nazi, y ellos no pudieron evitar el mayor baño de sangre de la historia. La maquinaria monstruosa de la moderna destrucción masiva puede, con demasiada facilidad, alcanzar un impulso propio y llevar el mundo a la aniquilación total. Una vez que la bestia está en libertad, sólo puede avanzar en una dirección. El descenso al infierno puede ser una cabalgata estimulante, pero es un viaje sin regreso. Yo lo sé. He estado allí. Allí estoy aún.

(Eric Norden es el autor de esta entrevista a Albert Speer publicada en 1971. Hay una versión más amplia en “Los reportajes de Playboy”, Emecé, 1982. La que ofrece este blog fue publicada por la revista argentina Veintitrés en marzo de 2005. Speer murió en libertad el 1 de septiembre de 1981, a exactos cuarenta y dos años del comienzo de la Segunda Guerra Mundial).

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Sobre el terremoto en Chile.

El sabor de la muerte

Por Juan Villoro

El terremoto de magnitud 8,8 que devastó a Chile el 27 de febrero fue tan potente que modificó el eje de rotación de la Tierra. El día se redujo en 1,26 microsegundos. Desde la Estación Espacial Internacional, el astronauta japonés Soichi Noguchi fotografió la tragedia y mandó un mensaje: “Rezamos por ustedes”.

Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma, al menos los que sobrevivimos al terremoto de 1985 en el DF. Si una lámpara se mueve, nos refugiamos en el quicio de una puerta. Esta intuición sirvió de poco el 27 de febrero. A las 3.34 de la madrugada, una sacudida me despertó en Santiago. Dormía en un séptimo piso; traté de ponerme en pie y caí al suelo. Fue ahí donde desperté. Hasta ese momento creía que me encontraba en mi casa y quería ir al cuarto de mi hija. Sentí alivio al recordar que ella estaba lejos.

Durante dos minutos eternos el temblor tiró botellas, libros y la televisión. El edificio se cimbró y pude oír las grietas en las paredes. Pensé que nos desplomaríamos. Alguien gritó el nombre de su pareja ausente y buscó una mano invisible en los pliegues de la sábana. Otros hablaron a sus casas para contar segundo a segundo lo que estaba pasando. Imaginé el dolor que causaría esa noticia, pero también que mi familia dormía, con felicidad merecida. Me iba del mundo en una cama que no era la mía, pero ellos estaban a salvo. La angustia y la calma me parecieron lo mismo. Algo cayó del techo y sentí en la boca un regusto acre. Era polvo, el sabor de la muerte.

Mientras más duraba el temblor, menos oportunidades tendríamos de salir de ahí. Los muebles se cubrieron de yeso. Una naranja rodó como animada por energía propia.

Cuando el movimiento cesó, sobrevino una sensación de irrealidad. Me puse de pie, con el mareo de un marinero en tierra. No era normal estar vivo. El alma no regresaba al cuerpo. Los gritos que el edificio había sofocado con sus crujidos se volvieron audibles. Abrí la puerta y vi una nube espesa. Pensé que se trataba de humo y que el edificio se incendiaba. Era polvo. Sentí un ardor en la garganta. Volví al cuarto, abrí la caja fuerte donde estaban mis documentos, tomé mi computadora y perdí un tiempo precioso atándome los zapatos con doble nudo. Los obsesivos morimos así.

En la escalera se compartían exclamaciones de asombro y espanto. Ya abajo, una conducta tribal nos hizo reunirnos por países. Los mexicanos repasamos cataclismos y supusimos que la ciudad estaría devastada. La acera de enfrente era un bloque de sombras, escuchamos ladridos distantes, los coches de los trasnochadores tocaban la bocina, había cristales en el suelo, pero la fachada de nuestro edificio permanecía intacta.

En la explanada frente al hotel se alzaba la réplica de una estatua de la Isla de Pascua. Es la efigie de un Moai, jerarca que durante su mandato habrá visto maremotos. Se convirtió en nuestra figura tutelar. Supimos esto cuando se fue la luz y dejamos de verlo. Por suerte, el apagón duró poco. La piedra donde los ojos parecen hechos por el tiempo regresó de las sombras. No estábamos solos.

Otra señal de tranquilidad vino del reino animal. Un perro se echó a dormir en medio de nosotros. Mientras no despertara, todo estaría bien.

Alguien quiso regresar al edificio por sus “pantalones de la suerte”. La superstición era la ciencia del momento. Nuestras ideas, si se las puede llamar así, no seguían un curso común. El editor Daniel Goldin, que estaba en muletas por un accidente previo, me propuso recorrer el edificio para ver si había daños estructurales. “¡Tú estás cojo y yo soy tonto!”, exclamé. De nada servía que buscáramos lo que no podíamos encontrar, como un ciego y un sordo dibujados por Goya.

Poco a poco, la realidad recuperó nitidez. Me sorprendió que tanta gente usara pijama. Pensaba que se trataba de una prenda en desuso. Un grupo de voluntarios volvimos al hotel por pantuflas. No podíamos revisar la estructura, pero podíamos evitar que se enfriaran los pies.

La arquitectura chilena es una forma del milagro. Sólo esto explica que en Santiago los daños hayan sido menores. Aunque algunos edificios fueron desalojados y otros tendrán que ser demolidos (inmuebles posteriores a 1990, cuando las leyes de supervisión se hicieron menos estrictas), lo cierto es que la resistencia del paisaje urbano fue asombrosa. Un terremoto es una radiografía de la honestidad arquitectónica. En 1985, el terremoto de la Ciudad de México demostró que la especulación inmobiliaria y la amañada construcción de edificios eran más dañinas que los grados de Richter. “Con usura no hay casa de buena piedra”, escribió Ezra Pound.

Llama la atención que en un país con tanta sapiencia antisísmica el aeropuerto padeciera graves lastimaduras. El cierre de vuelos contribuyó al aftershock . Nuestra vida se había detenido y no sabíamos cuándo comenzaría nuestra sobrevida. Estábamos en el limbo o en un episodio de la serie Lost .

Pillaje y rating

El discurso de los noticieros se caracterizó por el tremendismo y la dispersión: desgracias aisladas, sin articulación de conjunto. Las imágenes de derrumbes eran relevadas por escenas de pillaje. No había evaluaciones ni sentido de la consecuencia. Unos tipos fueron sorprendidos robando un televisor de pantalla plana extragrande. Obviamente no se trataba de un objeto de primera necesidad. ¿Era un caso solitario? ¿El crimen organizado se apoderaba de electrodomésticos? Los rumores sustituyeron a las noticias. Se mencionó a un pueblo que temía ser invadido por otro. El relato fragmentario de los medios mostraba rencillas de tribus y repetía las declaraciones de una gobernadora que pedía que el ejército usara sus armas.

Algunos amigos chilenos creen que además de la morbosa búsqueda de rating, los noticieros pretenden crear un clima de confrontación antes de que Michelle Bachelet abandone el poder. El sismo llegó como un último desafío para la presidenta que tiene el 80% de aprobación y como una amarga encomienda para su sucesor, el empresario Sebastián Piñera, que había prometido expansión y desarrollo al estilo Disney World y ahora tendrá que proceder con el cuidado de los restauradores y anticuarios. Si el ejército comete un error en los días de toque de queda, o si se produce una confrontación, la sucesión presidencial sería menos tersa, se podrían hacer acusaciones sobre el origen de la violencia y se regresaría al divisionismo y la crispación que durante años dominaron la sociedad chilena. Las réplicas más fuertes del sismo ocurrirán en la política chilena.

En Santiago, la suspensión de vuelos y la ocasional falta de teléfonos, Internet, suministro de electricidad y agua fueron las señas visibles de la catástrofe. Esto nos dejó la sensación de estar en un reality show al revés. Nuestra vida parecía transcurrir en la realidad controlada de un estudio de televisión, mientras las cámaras retrataban una realidad salvaje al sur de Chile. Los supermercados asaltados eran el rostro dramático de un país donde la gente tenía hambre y las filas para cargar gasolina en los barrios ricos de Santiago eran su rostro hipocondríaco.

El terremoto ha sido el segundo más fuerte en la historia de Chile. La isla Robinson Crusoe naufragó como el personaje que le dio su nombre. El tsunami dejó miles de desaparecidos y sepultados en el lodo. Los rescatistas chilenos que estuvieron en Haití comentan que será mucho más difícil sacar cuerpos de construcciones de concreto, encapsulados en el lodo endurecido después del tsunami.

Aún hay mucha gente atrapada en la zona de Concepción. Como tantas veces, los periodistas han llegado al desastre antes que las personas que deben aliviarlo, y como siempre, los más afectados son los que habían padecido antes el cataclismo de la pobreza.

Dos días después del terremoto fui a una casa en las afueras de Santiago, con piscina y jardines, uno de esos espacios latinoamericanos que muestran que Miami puede estar donde sea. Había que hacer un esfuerzo para recordar que el escenario pertenecía al país arrasado por el terremoto.

En su duplicidad, la cifra 8,8 adquiere carga simbólica: los gemelos del miedo, el diablo ante el espejo o, sencillamente, lo que somos y lo que podemos dejar de ser. Una falla invisible decide el juego, nuestra residencia en la Tierra.

(El escritor mexicano Juan Villoro estaba en Santiago de Chile como invitado al Congreso Iberoamericano de Literatura Infantil y Juvenil, cuando ocurrió el sismo. Este es un relato de lo ocurrido esa jornada. Publicado en el diario La Nación el sábado 6 de marzo de 2010).

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Tango. Dos notas de Eduardo Parise.

Aníbal Troilo, en el Olimpo de la argentinidad

Por Eduardo Parise

La historia empezó cuando aquel chico, que se llamaba Aníbal Carmelo Troilo y vivía en el barrio de Palermo, jugaba con una almohada: apoyándola sobre sus rodillas, mientras escuchaba tangos por la radio, la estrujaba simulando que tocaba un bandoneón. Pero para que empezara la leyenda de Pichuco, el mito de El Gordo, debería pasar algo más de medio siglo. Habría que esperar hasta el 18 de mayo de 1975, hace hoy exactamente 35 años, para saber que ese hombre que desaparecía físicamente estaba incorporándose para siempre como un nuevo dios al Olimpo de la argentinidad.

¿Qué era lo que había hecho para que semejante devoción, en aumento aunque pasen años, tuviera tamaña repercusión? Simplemente había vivido apenas seis décadas repartiendo talento como artista y generosidad como ser humano.

“Era un hombre de un refinamiento exquisito. Pichuco fue lo que se dice un elegante tanto en el vestir como en el pagar, porque ha levantado muertos delante mío con una elegancia tal que nadie se daba cuenta quién pagaba la mesa”, recuerda el poeta Horacio Ferrer, avalando aquello de que Troilo sólo fue flaco con él mismo, como dice uno de sus versos que lo evoca.

Aquel refinamiento, según Ferrer, estaba presente en todos sus actos. “Pichuco sabía disfrutar con la música, pero también con un champán o un vermú de primera; es que la misma elegancia que tenía para vestir la usaba para vivir”.

Para entonces ya había pasado el tiempo de formación junto con otros grandes como Elvino Vardaro, Osvaldo Pugliese, Ciriaco Ortiz o Alfredo Gobbi. Ya había actuado con Julio De Caro, Juan Maglio, Juan D’Arienzo o Angel D’Agostino. También había quedado atrás aquel debut profesional con 14 años en el Petit Colón de Córdoba y Laprida y aquel 1º de julio de 1937 cuando en el cabaret Marabú, con sólo 23 años, se presentaba dirigiendo su propia orquesta.

Y como si eso fuera poco, también había encontrado a Dudui Ida Calahi, una mujer bellísima nacida en Grecia, pero que estaba aquí desde sus 6 años. Esa mujer era Zita (“Troilo con pollera”, la define Ferrer) con quien se casó en 1938 y quien lo acompañó hasta el final, más allá de algunos terremotos temporarios en la relación. “Es que por Zita yo volteé toda la estantería”, solía decir Troilo para hablar de ese ángel guardián que dedicó mucho de su vida a ponerle un paraguas protector a la lluvia de excesos de alcohol y otras cuestiones. “Es cierto, tenía excesos, pero hay muchos otros en todas las disciplinas que tienen los mismos excesos, pero no son Troilo”, agrega Ferrer.

De Troilo se sabe mucho de lo que hizo como bandoneonista y músico, pero poco de su talento como cantor, algo que desarrolló cada vez que eligió la voz de un intérprete para que fuera un instrumento más en la estructura perfecta de su orquesta. “Es que escuchaba mucho y tenía una idea gardeliana para cantores a quienes, aun no siendo gardelianos, les elegía un repertorio con esa tendencia, lo que lo hacía genial”, explica Ferrer evocando a un Pichuco cantor “con una voz chiquita, pero maravillosa”.

El mismo concepto tiene Guillermo Fernández, un cantor que lo tuvo como maestro cuando era Guillermito. “Lo conocí a los 12 años en un programa llamado Tangolerías que en Canal 11 conducía Roberto Galán. Desde hacía seis años yo cantaba en las cantinas y en esos lugares el que más grita es el que más aplausos cosecha”, recuerda Fernández. Y agrega: “Entonces, en un ensayo, cuando empecé a cantar Barrio de tango, Troilo me paró y me dijo ‘pibe, no se grita; en el tango no se canta con el capital, se canta con el interés’, algo que dijo le había enseñado don Carlos Di Sarli”.

“Así fue como en su departamento de la calle Paraguay y en siete u ocho clases de una hora cada una Troilo me enseñó eso de que hay que cantar de adentro para afuera”, dice Fernández al evocar esos momentos en los que Pichuco le pasaba las melodías para decirle cómo se canta. “Troilo no sabía canto, pero era maestro de cantores, sabía poca música pero era maestro de música y tocaba poco el bandoneón pero era maestro de bandoneonistas. Era impresionante”.

Esa misma disciplina se reflejaba en su orquesta, una máquina precisa donde cada integrante (Troilo incluido) era un engranaje calibrado al máximo. “La orquesta ensayaba todos los días a las cuatro de la tarde en el cabaret Tibidabo y cada noche, cuando subía al escenario para actuar, mantenía hasta una disciplina estética”, cuenta Ferrer. Eso iba hasta el extremo de tocar sin partitura sobre el atril. “Es que los músicos sabían 120 partituras de memoria, porque El Gordo decía que había que distinguir los trabajos del músico sobre el escenario: el de leer y el de expresarse; y si los músicos sabían todo de memoria el único trabajo que tenían para hacer era el de expresarse”.

Cuando murió, el velatorio se hizo en el hall del San Martín, en la calle Corrientes que tanto amó. “Recuerdo que había una fila de cuatro personas en cada hilera, que daba vuelta toda la manzana. A cada uno de ellos él los había invitado con una copa, les había dado un beso, les había hecho algún regalo; todos ellos habían recibido algo de Troilo”, concluye Ferrer. Y sintetiza ese momento con una imagen que le quedó grabada. “Recuerdo que me quedé frente al cajón mirándolo y me di cuenta de algo impresionante: Pichuco estaba todo muerto menos sus manos; eran las mismas manos que tanto habían hablado y seguirán hablando”. Treinta y cinco años después, aquella visión del poeta se mantiene imbatible.

“Quiero volver a Buenos Aires”

Troilo era un amante de la noche porteña. Y para él, la noche porteña estaba en las doce cuadras del tramo de la avenida Corrientes que va desde Callao hasta Florida, con epicentro en el cruce con Paraná.

Justamente, a metros de Corrientes y Paraná, Troilo y Zita vivieron muchos años en un departamento con balcón a la calle, donde Pichuco se sentía a sus anchas y solía recibir a sus amigos.

Pero una vez, se habían mudado a otro edificio en la avenida Belgrano, entre Solís y Entre Ríos, a diez cuadras de ese lugar que tanto amaba.

“Un día Zita llega al departamento y lo encuentra al Gordo sentado en el umbral de entrada y llorando”, recuerda Horacio Ferrer. Y sigue con el relato. “Entonces, asombrada , le preguntó qué le pasaba y Pichuco simplemente le contestó: quiero volver a Buenos Aires”.

También hay otra anécdota que muestra lo que era su deseo de perfección en el trabajo

de la orquesta y sus cantores, que está reflejado en los 500 tangos que grabó.

“Un día se encuentra en la calle con Homero Expósito, que le pregunta: ‘Gordo, ¿me vás a estrenar Naranjo en flor? Pichuco le contestó: “Preguntale a Floreal Ruiz si lo voy a estrenar. Entonces, Expósito lo llamó a Floreal y el cantor le dio la respuesta: “Hace 23 días seguidos que estamos los dos solos, con el bandoneón, buscándole la forma”. Así trabajaba .

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Triste y cordial

Aunque ya pasaron tres décadas y media de su muerte, Aníbal Troilo siempre está llegando: a su barrio y a su pueblo, que lo hizo ídolo sin que él se diera cuenta. Es que con “su pinta poeta de gorrión con gomina”, como bien lo definió Ferrer en “El Gordo triste”, Troilo supo caminar “derecho por atriles torcidos”, ser el “Pichuco de las manos como patios”. Casi un espejo de esa definición que alguna vez otro poeta, Raúl González Tuñón, hizo de nuestra forma de ser: “triste y cordial, como un legítimo argentino”.

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El recuerdo de su nieto Francisco

Se llama Francisco Torné y es el nieto de sangre de Zita Troilo. “Es cierto que que mi mamá era hija de una pareja anterior de mi abuela, pero Pichuco a mí siempre me trató como su nieto y a mi mamá como su hija. Y yo siempre lo sentí como mi abuelo”, cuenta a Clarín Francisco, quien, cuando Troilo murió, tenía 15 años.

Y si bien mantiene un perfil bajo con cero protagonismo en los medios, Torné es el promotor de muchas actividades para homenajear a su abuelo. “Nuestra obra se puede ver en la página que creamos hace casi diez años (www.troilo.com.ar) y que es una página activa hacia la gente”.

Promotor de un encuentro que reunió a 90 bandoneones cuando Troilo hubiera cumplido sus 90 años, Torné dice que lo que logró con la página es algo “muy emotivo, ya que tiene muchos fans en el mundo, sobre todo músicos que tienen pasión por el tango, a quienes les fascina su complejidad”.

Pero eso no es todo. Además ya está trabajando para el 2014 cuando se cumpla el centenario del nacimiento de Troilo y para la creación de un Museo del Bandoneón, orientado hacia los músicos, que reúna no sólo la historia de los grandes de ese instrumento, sino también la historia del bandoneón y una escuela de luthiers especializados.

Después de recordar que caminar con Pichuco desde Paraguay y Paraná hasta la avenida Corrientes (cinco cuadras) le llevaba una hora (“Se paraba a charlar con todos los que se le acercaban”), Francisco sigue sintiendo orgullo por esa figura y deja su frase de despedida: “Es que Troilo es grande más allá de lo que uno haga”.

(Nota publicada en el diario Clarín, el martes 18 de mayo de 2010)

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De la marginación al mundo entero

Por Eduardo Parise

Con más de cien años sobre sus espaldas  y después de muchas  sumas y restas, sufridas más adentro del país que afuera, el tango logró ayer el reconocimiento que lo convierte en Patrimonio Cultural del Mundo y símbolo universal de la música que  identifica a las dos orillas del Río de la Plata. Es decir que este marca cultural, “nacida en el suburbio que hoy reina en todo el mundo”, muestra el brillo que se generó en una fragua en la que miles de personas que, como artistas o como simples ciudadanos de a pie, pusieron sus historias llenas de vida para convertirla en lo que es.

Todo empezó en una mezcla histórica surgida a fines del siglo XIX. Por un lado estaba el aporte musical de la gente del campo que llegaba a las grandes ciudades desde el interior. Allí empezaron a encontrarse con los sonidos que traían los gringos (generalización para tanos, gallegos, turcos o moishes, como se englobaba a la gente de distintas nacionalidades) que empezaban a buscar otros horizontes fuera de Europa y se animaban hasta estas orillas para hacerse la América. A la fusión se iban a sumar los ritmos que aportaba la gente de raza negra con los resabios africanos.

Eran los tiempos en los que en las grandes ciudades había una gran concentración de hombres que, para romper sus barreras idiomáticas, utilizaban el lenguaje universal de la música. Esa gente, que empezaba a encontrarse en los conventillos y en los burdeles (eran amplia mayoría de hombres), tenía sentimientos comunes: nostalgia de su tierra, melancolía, algo de bronca y una buena cuota de tristeza. Esa conjunción que reúne los sonidos africanos de las habaneras con los del fandango y el tanguillo español, sumadas a las milongas clásicas y algunas viejas canzonetas son las que generan el caldo de cultivo para la génesis del tango.

Toda esa fusión se ve incluso en los instrumentos que se usaron para darle vida: la herencia española de la guitarra, que ya tenía su carga morisca; el violín, que llegaba de la mano de los inmigrantes judíos y que era el instrumento sinónimo de fiesta comunitaria o familiar, y después el bandoneón, un inmigrante alemán que habría entrado por la zona de La Boca del Riachuelo para convertirse con los años en el instrumento tanguero por excelencia.

Con la música ya metida en el oído de la gente de los arrabales comenzaría la danza. Por entonces los arrabales eran algunas zonas de lo que hoy es la Recoleta (cerca de los corrales del Norte), Pompeya (vecina a los corrales del Sur, actualmente Parque Patricios), Barracas o Palermo. Y después de aquellos organitos que molían tangos, el sonido encontró su mejor escenografía en los prostíbulos para luego meterse en los cafés o en las casas de baile como la de la gringa Adela, la vasca María, lo de Laura o la china Joaquina. En esos lugares se lucían personajes como El Pibe Ernesto Ponzio, El tano Vicente o El Ciego Aspiazu. También harían historia Roberto Firpo (el gran impulsor del piano en el tango) Rosendo Mendizábal o Enrique Saborido.

Mientras eso ocurría en Buenos Aires, en Montevideo también el tango encontraba tierra fértil para crecer. A tal punto que desde allí llegaría un tango fundacional surgido de una marchita compuesta para los carnavales de 1917: La Cumparsita. El nombre había surgido de la expresión cocoliche de un mozo italiano quien, cuando veía llegar a Gerardo Mattos Rodríguez (su autor) y sus compañeros solía decir “ahí llégano los de la cumparsita”, en vez de decir comparsita.

El aporte que después los uruguayos iban a hacer al tango estaría reflejado en las figuras de ese origen que se iban a convertir en figuras. Como símbolo alcanza con un nombre: Francisco Canaro.

Para entonces, aquella música orillera no sólo iba y venía por el Río de la Plata. Ya había cruzado el Océano Atlántico y se difundía por Europa en las presentaciones que Alfredo Eusebio Gobbi, su esposa Flora Rodríguez (nacida en Chile) y Angel Villoldo (otro prócer tanguero) realizaban grabando música en los sellos más importantes de la época. Su popularidad fue tan grande que hasta llegaron a ser miembros de la Sociedad de Autores y Compositores de Francia. Y en Buenos Aires empezaba a lucirse el talento creador de Julio De Caro, un violinista al que su papá echó de su casa cuando se enteró que en vez de hacer música clásica, como él quería, su hijo se había volcado al tango, afortunadamente para quienes amamos esta música.

Por supuesto que no todos eran rosas para el tango. Hubo un tiempo en que la Iglesia Católica lo había considerado como algo pecaminoso. A tal punto que circulaba una cuarteta que afirmaba: “dice que el tango tiene/ una gran languidez/ y por eso lo ha prohibido/ el Papa Pío X”. Aquello recién cambiaría el 1 de febrero de 1924 cuando por una gestión del embajador argentino ante el Vaticano, Casimiro Aín (conocido como el vasco o el lecherito) bailó un tango ante el Papa Pio XI. Su pareja fue una secretaria de la embajada. Esa vez, la danza logró su redención y permitió que se difundiera mucho más en todos los estratos sociales, en especial en la Argentina.

Lo que vendría después es historia más conocida. La figura fundamental de Carlos Gardel (un inmigrante formado en el arrabal del Mercado de Abasto que, con sus interpretaciones, dijo “esto se canta así”) volvió a poner al tango en la consideración del mundo. Después llegaría la explosión interna con la década del 40 donde las orquestas típicas iban a generar una aceptación tan masiva como contundente.

En esa lista estarán sin dudas Osvaldo Pugliese, Juan D‘Arienzo, Carlos Di Sarli, Miguel Caló, Alfredo Gobbi (hijo de aquella pareja que impulsaba el tango en Europa), Lucio Demare, Ricardo Tanturi o Angel D’Agostino. Pero quizá el símbolo que mejor grafica esa época sea Anibal Troilo, un gordito que de chico jugaba poniéndose una almohada sobre las rodillas simulando que tenía un bandoneón. Su sueño se haría realidad cuando a los diez años convenció a su mamá para que le comprara un bandoneón pagado en cuotas. Sin saberlo, aquella mujer estaba alimentando a aquel mito que hoy se conoce como “el bandoneón mayor de Buenos Aires”.

Veinte años después de aquella década de oro, otro bandoneonista también formado en esos tiempos y llamado Astor Piazzolla iba a generar polémica en su tierra con su nuevo estilo musical. Sin embargo, era quien iba a poner al tango en el catálogo y la consideración de todas las disquerías del mundo, algo que aún se mantiene.

Ahora, la felicidad es completa y nuestra música rioplatense tiene rango de figura mundial. Por eso es tiempo de festejos y, como diría el poeta Horacio Ferrer, ahí está el Río de la Plata para emborracharse de emoción. Para celebrar que aquella música marginal y orillera ahora está en el Olimpo de la cultura universal.

( Publidada por el diario Clarín el 1º de octubre de 2009, un día después de que la UNESCO declarara al tango Patrimonio Cultural de la Humanidad).

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Diario El País de Madrid. 18 de septiembre de 2005.

La herida innombrable de África

La desatención en el parto, las violaciones y el machismo condenan a la marginación a las víctimas de una lesión convertida en un estigma.

Por Isabel Coello.

Foto: Sven Torfinn

Los males que afligen al continente africano son tantos que puede pasar casi inadvertida una tragedia que afecta a dos millones de mujeres: la fístula obstétrica, consecuencia de violaciones salvajes y, sobre todo, de falta de asistencia en el parto. El machismo las condena a una vida marcada por la vergüenza y la marginación. Una cirujana australiana cura y ayuda a miles de ellas


Addis Abeba (Etiopía). “Lleva ocurriendo desde el principio de los tiempos. Sabemos de un pergamino hallado junto a una momia en Egipto que hacía referencia a esta lesión. Pero las mujeres que la sufren viven escondidas. Se avergüenzan de ella, así que no salen ni se hacen visibles a la sociedad. Sufren en silencio y no se quejan”.

A sus 80 años, la australiana Catherine Hamlin sigue operando diariamente a pacientes víctimas de esa herida inmencionable.

Lo lleva haciendo desde que ella y su esposo, el difunto Reg Hamlin, ginecólogo y cirujano como ella, llegaron a Etiopía en 1959 y, sobre todo, desde que ambos fundaron en 1975 el único hospital en el mundo que se ocupa en exclusiva de la llamada fístula obstétrica, una de las lesiones más devastadoras y desconocidas, pese a que, según estimaciones consideradas bajas, la sufren dos millones de mujeres.

La fístula se produce como consecuencia del parto con complicaciones, cuando la mujer trata de dar a luz durante días sin asistencia médica y no puede expulsar al bebé, debido a que su pelvis es pequeña y no permite el paso de la criatura, o a que ésta está mal colocada.

En su lucha por salir al mundo, el bebé presiona durante días y deja sin riego sanguíneo los tejidos atrapados entre su cabeza y los huesos pélvicos. Los tejidos sufren necrosis y dan lugar a un agujero, o fístula, entre el cuello vaginal y la vejiga o el ano. A partir de ahí, la orina o las heces, o ambos, se cuelan sin control por la vagina.

“Los partos con complicaciones ocurren en todo el mundo. El 5% de las mujeres necesita ayuda para alumbrar al bebé”, dice la doctora. Pero en Occidente, la mayoría acude a dar a luz a un hospital y, si se presentan problemas, se les practica una cesárea.

Sentada en la sala de reuniones del hospital de Fístulas de Addis Abeba, Hamlin prefiere no entrar en tecnicismos médicos. Quiere contar una historia basada en la experiencia de miles de pacientes que han pasado por sus manos en casi cinco décadas.

“Digamos que es una chica de 16 o 17 años”, explica. “Nadie le ha dicho qué debe esperar del parto, así que llega a éste con cierta aprensión, espera que sea rápido, sólo están las mujeres del pueblo para ayudarla. Pasan los días y el bebé no sale, ella está exhausta y desesperada. Finalmente, el niño muere y, una vez muerto, se contrae, los huesos se ablandan y la joven consigue expulsarlo. Así que ha perdido a su deseado bebé y piensa: ‘Bueno, quizá pueda tener otro’. Está agotada y se va a dormir. Pero despierta a un horror incluso mayor y quizá desea haber muerto con el niño. Encuentra la cama encharcada en orina, quizá en heces, y se da cuenta de que no puede controlar los desechos de su cuerpo. Piensa que quizá si se queda muy quieta, al día siguiente todo acabe, pero no es así. La casa comienza a oler. Su marido regresa del campo y pregunta por qué huele mal, y ella le explica que no puede controlarlo. Él se mantiene a su lado, probablemente la ama, pero después de unas semanas concluye que no lo soporta y la devuelve a su familia. Ésta también la quiere, porque es su hija, pero se encuentran con el mismo problema. Tienen otros hijos y vecinos que vienen a tomar café, no pueden llevar una vida normal, así que finalmente le construyen una cabaña en algún lugar de su pequeña parcela y esta joven vive allí sola. Ahí se quedará, marginada, hasta que pueda ser curada, si es que averigua que puede ser curada”.

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Desde que abrió sus puertas hace 30 años, el hospital de Fístulas de Addis Abeba ha curado a más de 24.000 jóvenes. La media actual es de 1.200 operaciones al año

Durante el resto de su vida, Tirunesh tendrá que llevar consigo una bolsa conectada a su cuerpo en la que se depositará la orina

¿Sobrevivió el niño? -No, nació muerto. Fui muy infeliz. Sola todo el día. Goteaba todo el rato. -¿Cuántos años tienes? -Quince.

La joven no puede tener una vida normal, así que le construyen una cabaña en la que vive aislada y marginada, sin saber quizá que puede ser curada

“Los milicianos robaron a todos y dijeron al chófer: ‘Nos quedamos con estas cinco’. Llegamos a unas cabañas y se turnaron para violarnos toda la noche”

La OMS estima que hay dos millones de mujeres en el mundo viviendo con esta dolencia. Otras organizaciones creen que la cifra es demasiado baja

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Los Hamlin llegaron a Etiopía tras responder a un anuncio de la revista médica The Lancet que solicitaba especialistas en obstetricia para montar una escuela de matronas en Addis Abeba. El contrato era por tres años. Nunca regresaron a Australia.

Desde que abrió sus puertas hace 30 años, el hospital de Fístulas de Addis Abeba ha curado a más de 24.000 jóvenes. La media actual es de 1.200 operaciones al año. Hay 60 camas hospitalarias y otras tantas para pacientes en espera. “Siempre está lleno”, afirma Hamlin.

El hedor tan temido por las pacientes apenas se nota. Hay muchas plantas, una escrupulosa limpieza. Algunas niñas portan un catéter. Pero en algunos pasillos sí se observan las huellas de unos pies mojados o pequeños regueros de orina que dibujan un minúsculo río al deslizarse despacio por la rampa para sillas de ruedas.

Tsehay está en la cama, en la sala de preoperatorio. Lleva allí 20 días. “Vine para recibir tratamiento cinco meses después de dar a luz”. ¿Sobrevivió el niño? “No, nació muerto”. ¿Cómo fueron esos meses? “Muy infelices: estaba sola todo el día, no podía hacer nada, goteaba todo el rato”. ¿Cuántos años tienes? “Quince”.

Hay jóvenes que pasan meses en el hospital. La fístula no es su única herida. En un 60% de los casos, la presión del bebé también daña los nervios que mueven los músculos de las extremidades y, como consecuencia, la mujer no puede caminar correctamente. Otras no pueden andar porque han pasado años acostadas. Sus piernas se han anquilosado. Necesitan rehabilitación y fisioterapia.

“Hay clases de alfabetización. Estar sentada esperando sin hacer nada no es bueno”, dice Ejigayehu Wolde, jefa de las matronas. “Así, cuando salen del hospital saben leer y escribir. También aprenden punto y se enseña la Biblia”.

El primer hospital de fístula existió en Nueva York en 1850. Entonces se daban casos en todo el mundo. Pero en Europa y Estados Unidos estos centros desaparecieron a principios o mediados del siglo pasado, paralelamente a la mejora de la atención sanitaria. Hoy, la lesión sigue prevaleciendo en países pobres, especialmente en África Subsahariana, y en algunos países de Asia.

En África, la proporción de partos con complicaciones es grande. Toda una serie de factores contribuyen a ello. Para empezar, las mujeres son casadas -y procrean- mucho más jóvenes, a menudo cuando son todavía niñas y su cuerpo no está preparado para tener hijos.

Su pelvis puede ser pequeña a causa de un parón del crecimiento ocurrido en su infancia, como consecuencia de la malnutrición o de una enfermedad, como la poliomielitis o la tuberculosis. Ambas son viejas conocidas en África.

A todos estos factores se añade el bajo nivel de educación de las mujeres y su situación de sumisión. “Son niñas analfabetas, que no entienden lo que les ha pasado, creen que es una maldición de Dios”, dice Hamlin. Y añade: “En el campo, una mujer no vale nada, es una ciudadana de segunda clase y no tiene voz sobre su vida, no puede decidir que no quiere casarse, o que desea recibir educación”.

Tampoco puede decidir si quiere o no tener hijos o en qué momento, y una vez embarazada, será el marido o la familia quienes decidirán por ella si debe acudir a un hospital.

Probablemente opten por dar a luz en casa, pues no pueden costearse el tratamiento médico. Pero incluso si pudieran, ¿a cuántas horas andando está el ambulatorio más cercano? Y ¿tiene el centro personal cualificado para hacer una cesárea, el único modo de prevenir la muerte del bebé y la consiguiente fístula?

El coste de reparar la lesión oscila entre los 75 y los 300 euros, y el 90% de las operaciones concluye con éxito. Pero no todos los casos pueden ser curados. Tirunesh, por ejemplo, yace en otra de las camas. Su vejiga, explica la matrona, ha quedado destrozada y no puede reconstruirse. “Era mi primer parto y venían gemelos”, dice la joven de 24 años. “Mi marido me abandonó. A las tres semanas se volvió a casar. También mi padrastro dejó a mi madre porque no quería vivir conmigo”.

Durante el resto de su vida, Tirunesh tendrá que llevar consigo una bolsa conectada a su cuerpo en la que se depositará la orina. Es muy probable que sea transferida, si ella lo desea, a Desta Mender, que en idioma amhárico significa Aldea de la Alegría. Este poblado de 10 cabañas, construido en 2000 a 12 kilómetros del hospital, acoge a pacientes de larga duración o incurables. Las mujeres que allí viven van a la escuela, fabrican artesanía y se mantienen a sí mismas. Una huerta y una granja en la misma parcela proveen al hospital con algunos alimentos.

El hospital de Addis Abeba se ha convertido también en la institución líder en formación de médicos para tratar esta dolencia. Más de 100 ginecólogos y cirujanos que trabajan en Nigeria, Sudán, Malaui, Tanzania, Kenia, India, Pakistán o Bangladesh han pasado por aquí.

Tom Raassen es uno de ellos.

El maratón del doctor Raassen

Garissa (Kenia)

Treinta mujeres esperan en silencio a la entrada del quirófano del hospital provincial de Garissa, en el este de Kenia. Por los corredores al aire libre que comunican las distintas alas del centro pulula y berrea una cabra que ha debido de colarse a través de algún agujero en la valla del centro. Una a una, las jóvenes van pasando para que el doctor Raassen las examine, antes de decidir los casos más urgentes que serán operados al día siguiente.

“¿Cuál es la historia de esta niña?”, pregunta Raassen, que trabaja desde 1990 con la Fundación para la Medicina y la Investigación en África (AMREF en inglés), una de las ONG médicas de mayor envergadura en el continente. “Musilima, de 20 años, dio a luz en casa, a los seis días fue llevada a un hospital y expulsó un bebé muerto. Desde entonces tiene fiebre alta e incontinencia”, le responde un asistente leyendo la ficha médica.

“Veamos”, dice Raassen. “Tiene daños importantes”. Y le pide en suajili a la chica que tosa.

“Kohoa, kohoa”, y ella tose.

“Ahí está la fístula. ¿Puedes verla ahí arriba?”.

Desde que en 1992 se especializó, Raassen visita al año 80 hospitales en el este africano, dentro de un programa de AMREF de asistencia a centros médicos situados en lugares remotos. Éstos son alertados con antelación y tienen a las víctimas preparadas. En dos días de maratón quirúrgico, la mitad de las casi 30 mujeres de Garissa ve su lesión reparada.

La Organización Mundial de la Salud estima que hay dos millones de mujeres en el mundo viviendo con una fístula. Pero el Fondo de la ONU para la Población (UNFPA) considera que las estimaciones “son demasiado bajas, ya que se basan sólo en el número de pacientes que solicitan tratamiento médico, mientras que la gran mayoría que padece esta lesión la sufre en silencio”.

Dos millones. Si una cifra tan desorbitada de jóvenes la padece, ¿por qué entonces esta lesión es tan poco conocida? Raassen es bastante tajante: “Creo que se debe fundamentalmente a que es un problema de la mujer. Las enfermedades de transmisión sexual son también un problema del hombre, porque también se contagia, y claro, son bien conocidas y se están tomando medidas. Otras enfermedades, como la tuberculosis o la malaria, afectan a toda la comunidad. La fístula es algo que afecta sólo a la mujer que la sufre, y otra gente a su alrededor no siente que le concierna”.

Este cirujano holandés, que comenzó a trabajar en África en 1969, reconoce que, en cuanto a cifras de muertos, “los números, por supuesto, son mucho mayores en afectados por el sida, la malaria o la tuberculosis”. Pero hace observar que, si se considera sólo el ámbito de la salud reproductiva, los números de casos de fístula son bastante importantes, y más teniendo en cuenta sus desoladoras consecuencias.

“Las organizaciones internacionales han tardado bastante en darse cuenta de este problema. Sólo en 2002, UNFPA puso este asunto en su agenda. Si piensas que los Hamlin comenzaron a operar fístulas en 1959…”.

Garissa está situada a unos 400 kilómetros de Nairobi, cerca de la frontera con Somalia, y la mayoría de sus habitantes son étnicamente somalíes, por lo que practican la mutilación genital femenina. Me pregunto si el hecho de que las mujeres hayan sido mutiladas influye en algo en la aparición de esta herida.

“No, la fístula no está relacionada con la mutilación genital”, responde Raassen. “El parto con complicaciones suele ocurrir cuando la pelvis es muy pequeña, y la mutilación genital no afecta a los huesos pélvicos, sino a los labios vaginales y al clítoris”.

Sin embargo, Raassen apunta otras causas extremas: “Puede ocurrir como consecuencia de la violación, especialmente de violaciones en grupo, o cuando durante ésta se introducen objetos con fuerza. Deberías ir a Congo”.

“Me violaron seis hombres”

Goma (República Democrática del Congo).

El 11 mayo de 2003, Alice, de 19 años, se dirigía a Masisi, en la provincia de Kivu Norte, para comprar patatas y venderlas en su pueblo.

El camión en el que viajaba, repleto de pasajeros, fue atacado por un grupo de milicianos. “Robaron a todos y le dijeron al chófer: ‘Vete, que nos quedamos con estas cinco’. Andamos mucho por un bosque, hasta llegar a unas cabañas, y ahí comenzaron a violarnos. Hicieron turnos toda la noche. Me violaron seis hombres”.

Cuenta Alice que ya esa noche notaba algo raro entre las piernas. “No sabía si era esperma que salía o qué, pero al día siguiente nos escapamos y, mientras corría, sentía que el agua se colaba y que estaba mojada”.

Examinada en un centro de salud, los médicos comprobaron que no había contraído enfermedades de transmisión sexual. Pero respecto a la incontinencia urinaria, le dijeron que no sabían curarla. “Me fui pensando que para mí todo había acabado y tendría que quedarme así. Pasé un año aislada, lavándome todo el rato, hasta que nos dijeron que existía este hospital y me trajeron”.

Alice ingresó en el hospital que la organización Doctors on Call for Service (DOCS) tiene en Goma, en la frontera con Ruanda. La tasa de ocupación del centenar de camas es del 135%.

“Hace dos años que tratamos fístulas”, explica Lyn Lusi, la encargada. “Una amiga nos habló de una mujer en un hospital cercano que había sido violada en grupo y padecía una fístula. Nunca imaginamos que cosas así pudieran ocurrir. Nos abrió los ojos e intentamos buscar modos de ayudar”.

En dos años, DOCS ha realizado más de 500 reparaciones de fístula. Del total de 1.087 cirugías realizadas en 2004, 355 eran fístulas.

Pero Lusi afirma que esa cifra “es sólo la punta del iceberg, si se piensa que nuestras asistentes sociales han identificado a más de 2.500 víctimas de violaciones”. Y todavía muchas zonas permanecen fuera del acceso humanitario.

“Congo se ha convertido en un caso extremo”, dice esta británica de 55 años que llegó al entonces Zaire en 1971 y está casada con Jo Lusi, el médico congoleño que fundó y dirige el hospital.

“Hay una actitud de tolerancia hacia la violencia acumulada a lo largo de muchos años. Cuando miran a su enemigo no ven a un ser humano, sino a un animal. No puedo pensar en otra explicación”.

Un informe de Amnistía Internacional del pasado octubre, titulado República Democrática del Congo: Violación masiva. Tiempo de soluciones, concluía que al menos 40.000 mujeres habían sido violadas desde que en 1998 comenzó la guerra.

La firma de la paz en 2002 trajo una frágil estabilidad y, de la mano de un mayor acceso humanitario a las víctimas, centenares de casos comenzaron a aflorar, a ser identificados.

Tusabe, por ejemplo, pasó dos años con incontinencia antes de que una asistente social facilitara su ingreso en el centro de DOCS, donde ha pasado otros dos años y ha sido operada cinco veces.

“Estaba en casa con mi marido y hubo un ataque. Huí con él. Estaba a punto de parir. En la carretera me alcanzaron. Eran seis, de uniforme, abusaron de mí durante toda la noche. Perdí el bebé. Era el primero. Enseguida vi que tenía incontinencia”, recuerda la joven, de 26 años.

“Mi marido me rechazó porque no podía soportar una mujer que moja las sábanas todo el día. Ya tiene otra mujer. Me fui con mi familia. La gente no se me acercaba. Vivía sola en una cabaña y lavaba sin parar la ropa para quitar las heces. Sólo mi madre se apiadaba de mí y me traía comida”.

Pese al teórico cese de los combates y el establecimiento de un Gobierno de transición, un informe de Human Rights Watch del pasado marzo afirma que las mujeres siguen siendo atacadas por grupos armados, y también por el Ejército.

En los últimos dos años, Médicos Sin Fronteras ha incluido en casi todos sus proyectos en el país la asistencia a víctimas de violencia sexual. A los centros no sólo están llegando casos de fístula antiguos, sino también recientes.

“Hubo un breve periodo de esperanza”, dice Lyn Lusi, “pero en el último año la situación se ha vuelto a desmadrar. En esta región, la violencia contra las mujeres es peor que nunca”.

El peor sitio para ser madre

La República Democrática del Congo y Etiopía figuran entre los 10 peores países del mundo para ser madre, según un índice de 110 países que elabora anualmente la organización Save The Children. Kenia sólo anda treinta puestos por arriba.

A largo plazo, la prevención de la fístula obstétrica sólo puede venir como resultado de una reducción de la pobreza que derive en una mejora de la atención sanitaria –más hospitales, más cerca y mejor preparados- y en un aumento del nivel educativo femenino.

“Espero que un día la educación se extienda y las niñas puedan ir al colegio y decidir que no quieren casarse hasta ser más mayores. Pasarán años, pero es la forma de prevenir la fístula” dice Catherine Hamlin.

Mientras ese día llega, la doctora continúa poniendo en marcha servicios que puedan contribuir a reducir su incidencia. Su último proyecto pasa por construir salas con 20 camas y quirófano propio en hospitales provinciales ya existentes. La primera se ha abierto ya, y hay cuatro más previstas en otras áreas.

“Desde ellas esperamos hacer mucho trabajo preventivo, salir al campo e informar de que esta lesión se puede evitar. Y a la vez facilitar que las mujeres de esas zonas puedan ir a estos centros a operarse la fístula o a dar a luz mediante cesárea si lo precisan”.

Con multitud de premios en su estantería, el último concedido en 2004 por el Fondo de la ONU para la Población, y una nominación al Premio Nobel de la Paz en 1997, esta mujer profundamente cristiana considera un regalo de Dios y un privilegio el haber podido dedicar 48 años de su vida a las “peregrinas de la fístula”, como las llamaba su marido Reg: “Nos quedamos no por el país, sino por las pacientes, son estas mujeres que te tocan el corazón. Si las vieras y fueras capaz de curarlas, sabrías que es algo que realmente merece la pena. Lo más increíble es verlas marchar hacia una nueva vida. Porque realmente empiezan de nuevo, porque sabes que si no son curadas, llevarán una existencia solitaria y marginada. Ése es el atractivo de este trabajo: crear una nueva vida para una joven”.

Es cierto que, pese a lo que han sufrido, las víctimas ya curadas en el hospital DOCS se deleitan contando lo que ahora pueden hacer. “Puedo llevar la ropa de la mañana a la noche, puedo ir a la iglesia, me siento muy bien”, dice Alice. Algo tan sencillo como usar ropa interior, que antes no tenía sentido, supone una gran alegría. Son esas pequeñas cosas las que dan una idea de lo que la reparación de la fístula significa para ellas.

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Martes, 3 de agosto de 2010. Juicio a Videla y Menéndez.

Soledad García, un buque insignia

Por Norberto Burni

Ése de arriba, podría ser el título de este relato – muy personal- que hago para contar sobre  lo que hace poco concluyó. La nota periodística de La Voz del Interior, como última noticia, ya está colgada en la red y se las reproduzco. Viene bien porque me ahorra gran parte del primer plano de las palabras de  Sole, en ese discurso que se llevó cuatro horas de nuestras vidas.

Uno siempre gasta horas, vaya perogrullo, pero gracias a Soledad,  todos los que la escuchamos bien, vivimos cuatro de las mejores horas de nuestras existencias.

Ella fue construyendo, de a poco, un relato muy sólido en lo jurídico-legal porque cuando no sabía o no le constaba en el recuerdo, lo dejaba en claro. Y eso, con semejante marco y con la carga emocional que naturalmente se debe llevar en esas circunstancias, es de mucho valor y extraordinariamente útil para la acusación. Tampoco dejó resquicios a los defensores para encontrar contradicción, falsedad o subjetividad que pudiera derribar sus conceptos.

Hay que recordar  que Soledad debía exponer y responder de forma coherente con sus propios dichos en la Instrucción, testimonio que ya ha cumplido más de diez años.

Primero ante el presidente del Tribunal, que quería saber cómo y cuando la habían detenido, con detalles. Totalmente. En forma completa, cronológica, hasta cuando subió al avión del exilio, cuatro años y medio después.

En el comienzo puso énfasis en que ésa mañana del 9 de marzo del ‘ 76 estaba con el Compañero Rafael Flores Montenegro, Secretario General del Sindicato del Caucho y que eran ambos militantes sindicales que iban a cumplir con una tarea de propaganda en las fábricas de Ferreyra.

Dijo que los rodeó un grupo de casi diez personas armadas y de civil que a los golpes le hizo abandonar el Citroën 3CV. Relató cómo y adónde la habían llevado; quiénes eran y qué era lo que había sucedido en la D2 y en la cárcel, tanto en la UP1 como en Devoto y en los traslados de un lugar a otro.

Ahí los que escuchábamos tuvimos que atravesar otra vez ese horrible desfiladero que aprieta la garganta y moja los ojos: la historia de las bestias que pegan, hieren y gritan, haciendo gritar…. Y hasta matan en la cúspide del dolor.

Qué había visto, oído, todo fue dicho con la mayor precisión posible. Luego contestó varias dudas de los fiscales; siguió con las precisiones y detalles para los abogados querellantes, los cuáles  querían dejar como constancia en  firme puntos muy importantes.

Aportó sobre los últimos momentos de otras compañeras presas a disposición del Poder Ejecutivo Nacional que luego fueron fusiladas.

Después les llegó el turno a los defensores de los reos. Tuvo que soportar y eludir  preguntas tramposas y hasta desfachatadas.

El colmo fue cuando el abogado de apellido Viola, después de repreguntar cuál era la diferencia entre el verde del uniforme de los militares y el verde de los gendarmes de la UP1, lanzó una pregunta que fue drásticamente repelida por Jaime Díaz Gavier, el presidente del Tribunal, quien le pidió a Soledad no contestarla. El penalista quería saber si Sole había cobrado o no, la indemnización por los años de tortura, detención y exilio.

El abogado en un manotazo artero, pretendió de ésa manera sacar patente ideológica y enlodar lo que fue legal y legítimo en la Argentina, luego de la dictadura militar más sangrienta que vivió el país.

Para contextualizar el segundo plano,  tuve que buscar en el Diccionario de la Real Academia las diferentes  acepciones del verbo calar. Y Soledad, más allá de la corrección de sus respuestas,  no cabe dudas que caló profundo como lo que se dice  de un buque: “Alcanzar en el agua determinada profundidad por la parte más baja de su casco”.

Tenía que superar el nivel del agua jurídica o legal y hasta allí llegó: magnífica, brillante, íntegra. Con su decir, la Soledad Edelveis García que todos nosotros conocemos.

Terminó contestando a un vocal del Tribunal sobre el significado de su participación y la de los compañeros que con diversidad de ideas  y de  acciones,  quisieron transformar la sociedad injusta y represiva que vivíamos en los años 60 y 70.

En otro momento, dibujó con precisión el contorno de los que no creemos en Dios, pero respetamos a los que tienen religión y merecen igual trato y derechos.

Es cuando puso en evidencia los límites de la ideología burguesa y fascista que dice creer en un Dios benévolo y todopoderoso, y malversan su nombre cometiendo atrocidades, tales como matar, denigrar y pisotear la condición humana. Una escena: apenas llegadas a Devoto, Soledad relató cómo la obligaron a desnudarse junto a sus compañeras en una capilla, debajo de un crucifijo. Tiradas boca abajo, y en una oscuridad de hielo, sólo podían ver la imagen de ésa cruz que quedó grabada en su mente.

Antes habían sufrido amenazas de los oficiales del ejército en el avión que aterrizó en la nada de la noche bonaerense. En el silencio de la sala daba la sensación de que se escuchaban los gritos, los alaridos, las amenazas de que serían arrojadas al mar. Todo en medio de otra (una más) feroz lluvia de palazos sobre mujeres esposadas, indefensas y tiradas en la panza de un ¿Hércules?

Esta mañana Soledad quiso que se dieran cuenta de a quién habían torturado, vejado, ultrajado. A quién habían querido destruir psicológicamente con un terror casi infinito.

La Sole respondió desde su humanidad, su historia que la blindó y la hizo más Soledad, más García, más mujer íntegra. Desgranando pausada, firmemente sus verdades. Al final, disparó un alegato para los acusados. A ésos que no tienen dignidad. Para los que no tuvieron ley,  piedad, respeto, decencia, ni moral.

Pidió que al menos tengan un resto de honor –un atributo que ellos se endilgan—y   revelaran dónde están los restos de los compañeros desaparecidos. Dónde los niños que reclaman las abuelas, “porque ellos, señor Juez, lo saben, seguro tienen toda la documentación para saber sobre nuestros seres queridos” y se dirigía a Videla, a Menéndez que había salido de la sala y a los otros canallas que escuchaban en ésa infame platea.

Videla no se durmió esta vez. Escuchó atentamente y uno de los momentos cumbres que llenó de emoción a todos, fue cuando Soledad en su alocución enfrentó al mismísimo  ex dictador: “Los desaparecidos eran personas, compañeros que vivieron y fueron detenidos ilegalmente y masacrados por los represores y no entelequias que no existen como usted afirmó”.

Minutos antes, había contado ese instante de puñal cuando le dijeron que su compañero de vida y militancia había desparecido, posiblemente, en La Perla. En ese momento sacó de su bolsillo el papel con su mejor poema “Indicios” y lo leyó.

Así cumplió con Eduardo Requena, con todos nosotros y con todos aquellos compañeros que ya no están. Porque hoy, Soledad García Quiroga, la Sole, la nuestra, navegó como un buque insignia.

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