“Oh Dios, quítame el nombre de hombre. Llévame la vida. Hazme de piedra. No quiero llevar más el nombre de hombre”.

(Plegaria que rodaba, anónima, en el Ghetto de Varsovia. Extraída del documental De Nüremberg a Nüremberg, de Frédéric Rossif).

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Diario Página 12. Martes 16 de mayo de 2017.

Ya 20 condenados pidieron el 2×1 en Córdoba

Menéndez quiere beneficios

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Marta Platía.

A casi un mes de cumplir los 90 años -el 19 de junio-, y mientras goza de prisión domiciliaria, Luciano Benjamín Menéndez, el represor que es récord en el mundo en condenas a prisión perpetua: 12, más otras dos por una veintena de años; pidió el beneficio del 2×1 ante el Tribunal Oral Federal N° 1 (TOF 1) presidido por Jaime Díaz Gavier.

A través de su defensora de oficio, Natalia Bazán, el ex jerarca de la dictadura que aún “goza de muy buena salud para su edad”, intenta quedar en libertad. Sobre él pesan las desapariciones, los asesinatos, secuestros, torturas y violaciones de miles de personas; además de exilios y el robo de bebés. Por uno de ellos, el nieto de la Abuela de Plaza de Mayo Sonia Torres, el 25 de agosto de 2016 fue condenado por primera vez “por desaparición forzada de menor”.

Apenas nueve meses después, y como un regalo sorpresa de parte de la Corte y el gobierno macristas, el genocida al quien sus subordinados llamaban “el Cachorro” o “la Hiena” -en una mezcla de veneración y pavura-, quiere morir impune.

“Está contento, animado con todo esto. Nunca había imaginado esta situación. Eso sí: nunca ha dejado de llamar desde la condena, al menos una vez por semana, para ver qué puede hacer para mejorar su situación”, confió un miembro del equipo de defensores oficiales.

Desde que se conoció el 2×1 a Muiña, y más allá de las apabullantes movilizaciones en todo el país en contra de su liberación; con Menéndez ya son 20 los represores cordobeses que solicitaron el beneficio.

El primero fue el civil de inteligencia Arnaldo “Chubi” López, cuya solicitud fue rechazada por el TOF 1, aduciendo que los delitos por los que López fue condenado son delitos de lesa humanidad: “La desaparición forzada de personas es un delito de carácter permanente: se sigue cometiendo hasta el día de la fecha, ya que los desaparecidos siguen desaparecidos, incluidos los nietos que buscan las Abuelas”, explicó el juez Díaz Gavier. Ayer, el TOF 2, del juez Pérez Villalobo, le denegó el pedido al ex policía Juan Domingo Ayala.

Córdoba, pionera en 2×1

La semana pasada se supo, a través de una nota de La Voz del Interior, que en Córdoba ya hubo un antecedente del beneficio del 2×1 a represores. Los protagonistas fueron nada menos que el propio Menéndez y el juez Jaime Díaz Gavier.

Consultada al respecto, la defensora del multicondenado ex general confirmó a Página/12: “Sí, fue en 2013 y por la condena sufrida en el juicio “Brandalisis” (de 2008, la primera perpetua en cárcel común que recayó en Menéndez). Lo solicité, no fue apelado por la querella de ese primer juicio, y quedó firme”, detalló Bazán. Y siguió: “Pero Menéndez no pudo hacer uso del beneficio, porque tiene un montón de otras acusaciones y juicios”.

El propio Díaz Gavier tuvo que salir a explicar esa resolución, y argumentó que aplicó “la ley más benigna”: nada menos que el mismo argumento que utilizó la Corte, y aún cuando desde 2001 la ley 24.390 (del 2×1) ya había sido derogada. Díaz Gavier –quien goza de enorme prestigio en Córdoba–, acusó el golpe por la revelación del dato, y esgrimió que “en 2013 todavía no habíamos dictado el fallo en la causa La Perla (Campo de La Ribera), en el que se modifica el criterio por el cual consideramos que estos delitos de desaparición de personas son permanentes, y que se siguen cometiendo hasta el día de la fecha”. Lo que el juez no dijo, es que los de la causa Brandalisis también lo son: tres de las cuatro víctimas continúan desaparecidas. Sólo se recuperaron e identificaron los restos de Hilda Flora Palacios: el cuerpo del delito por el cual Menéndez recibió su primera condena a perpetua. En el recorrido desde el secuestro de Hilda, su tortura, asesinato y enterramiento clandestino, se pudo reconstruir por primera vez en juicio el modus operandi del terrorismo de Estado en Córdoba.

Se estima que los pedidos de Menéndez y el resto de sus “dignos subordinados”, serían rechazados.

 

 

 

 

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Diario Página 12. Martes 10 de abril  de 2017.

La Cámara de Casación benefició con detención domiciliaria a un torturador con prisión perpetua

El represor condenado que volvió a su casa

La sala I de Casación autorizó que Gustavo Adolfo Alsina, conocido como El Estaqueador, dejara la cárcel, porque el Servicio Penitenciario aseguró no contar con autos o remises para llevarlo al médico o la casa de su madre. Para los peritos, podía seguir en prisión.

 

 

Alsina había sido condenado a perpetua en cárcel común en 2010, junto con Videla, Menéndez y otros.
Imagen: Télam

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Marta Platía.

Tras la alegría por la marcha del 24 de marzo, a la que asistieron más de 100 mil personas y se ha considerado un hito en la historia de Córdoba, dos noticias sobresalen en el ámbito de los derechos humanos en la provincia.

La primera, el beneficio de la prisión domiciliaria para el represor Gustavo Adolfo Alsina, conocido aquí como “el estaqueador”: este ex teniente se destacó en la cárcel UP1 durante la última dictadura, por la saña en la aplicación de la torturas, en especial porque gustaba de estaquear a sus víctimas. “Todos sabíamos cuando él llegaba al pabellón –contó el sobreviviente Luis “Vittín” Baronetto- porque venía a los gritos pelados”. Alsina, descendiente de los Alsina que participaron en la “Campaña del Desierto”, había sido condenado a prisión perpetua en cárcel común el 22 de diciembre de 2010, junto con el dictador Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros 28 represores en el tercer gran juicio por delitos de lesa humanidad que se llevó en Córdoba.

Pero la perpetua pronunciada por el Tribunal Oral Federal N° 1 presidido por Jaime Díaz Gavier, en diciembre de 2010, le duró hasta hace apenas un par de semanas, cuando lo autorizaron a mudarse desde el penal de Marcos Paz hasta su casa, en calle Manuel Belzú 3365, barrio Olivos del Partido de Vicente López en provincia de Buenos Aires. Desde entonces el “estaqueador”, el hombre a quien en Córdoba se conoció por haber sometido a una terrible agonía al médico santiagueño René Moukarzel en el invierno de 1976, está gozando de su familia, tomando mates, y disfrutando de privilegios de los que él privó a miles de personas no sólo cuando las asesinó; sino desde mucho antes: cuando las sometió a regímenes carcelarios infrahumanos.

Quienes decidieron su domiciliaria, fueron dos de los tres jueces de la Sala Primera de la Cámara Federal de Casación Penal: Liliana Elena Catucci y Eduardo Rafael Riggi; con el voto en disidencia de Ana María Figueroa.

En la resolución del 8 de marzo, Riggi y Catucci le hicieron lugar a los pedidos de Alsina y sus abogados, que se habían quejado de que el Servicio Penitenciario del penal de Marcos Paz no lo trasladó en tiempo y forma “a sus visitas médicas, ni a casa de su madre”. Pasa que Alsina padece de hipoacusia, aunque “no tumoral”, según los informes médicos, además de problemas cardiológicos, prostáticos y gastrointestinales.

Alsina fue beneficiado aún cuando Silvia Palomero, del Cuerpo Médico Forense de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, refrendó que ninguno de esos males le impide seguir en prisión, ya que con un control periódico “cada seis meses” -especificó la profesional- es suficiente para mantener el control de su salud.

¿Y por qué que lo dejaron ir a su casa? Según Catucci y Riggi, el hecho de que “no se pueden garantizar los traslados (del condenado) en forma continua, adecuada y oportuna, a raíz de la falta de medios económicos (del Servicio Penitenciario) e infraestructura para ello (autos, choferes)”. Los jueces consideraron que “dicha circunstancia es la razón” por la cual Alsina no puede permanecer alojado en ese lugar y “lo habilita a la prisión domiciliaria”.

Blanco sobre negro, si el servicio Penitenciario Federal no tiene móviles, o quien maneje un auto; o no puede cumplir con los traslados de los presos a los centros médicos por la razón que fuere; por más que sus dolencias no sean de gravedad, y tengan perpetua por delitos de lesa humanidad, deben ir a su casa en custodia de sus familiares. Como Alsina, que desde el 9 de marzo está bajo la custodia de su esposa.

“Es increíble –se quejó ante este diario un funcionario judicial de Córdoba-: esto supone que en lo fáctico ahora el servicio penitenciario, ante cualquier falta de logística o de falla de un auto, puede determinar si un preso va a domiciliaria, pasar por sobre lo resuelto por un Tribunal”.

En ese mismo sentido se pronunció la jueza Figueroa en su disidencia: “Más allá de que considero que las omisiones por parte de las autoridades penitenciarias en cumplimentar en tiempo y forma los traslados que ordena el Tribunal a cargo de la ejecución de la pena impuesta a Alsina deben cesar de modo inmediato; ello no puede conducir al otorgamiento per se de la prisión domiciliaria al nombrado, ya que sería dejar en manos de la autoridad penitenciaria la modalidad de cumplimiento de una sentencia judicial”.

 

Figueroa agregó: “Y (aún más) no habiéndose acreditado agravamiento en las condiciones de detención, ni afección a su salud y vida más allá de la propia de la situación de encierro carcelario”.

Según los dos jueces que le abrieron la puerta de la perpetua al represor, “las condiciones en las que Alsina cumple su detención implican un trato cruel, inhumano, degradante”, por los retrasos de traslado del servicio penitenciario hacia “sus citas médicas o con su madre”. Y citaron las quejas del reo, a través de su abogado defensor, cuando una vez lo “sacaron de la cama a las 4,50 horas de la mañana, para asistir a un turno médico en el Hospital Militar, programado para las 10; y regresó a las 21 horas”. También arguyeron que su esposa, G. P., “se encuentra padeciendo un fuerte estado depresivo, producido por la situación de estrés fruto del proceso que su marido viene soportando desde hace más de nueve años”.

Con esa lógica, un inconmensurable porcentaje de la población carcelaria del país -de la cual la mayoría no cometió crímenes de lesa humanidad- debería poder irse a su casa.

La matanza de Moukarzel.

El invierno de 1976 en la cárcel del barrio San Martín de Córdoba, conocida como la UP1, fue particular por la violencia y los crímenes que allí se cometieron por parte del estado Terrorista. El entonces teniente Gustavo Adolfo Alsina se turnaba con otro represor de maneras más elegantes, Enrique Mones Ruiz, en la vigilancia de los pabellones de prisioneros políticos, a quienes se mantenía en condiciones infrahumanas: hacinados, las ventanas y las puertas cerradas y con tachos de cinco litros por cada 20, 25 personas para que hicieran sus necesidades fisiológicas.

La UP1 era casi una prisión medieval donde los presos políticos fueron apenas alimentados y sistemáticamente torturados. Las prisioneras dieron cuenta además de las vejaciones sexuales, aún enfrente de sus pequeños hijos.

Entre abril y noviembre de ese año allí fueron asesinados 31 presos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN), razón por la cual el dictador Videla fue condenado en Córdoba en el juicio conocido como de la UP1, y que se llevó a cabo entre el 2 de julio y el 22 de diciembre de 2010. Junto a Videla fue condenado, por segunda vez a prisión perpetua, Luciano Benjamín Menéndez y otros 28 represores, entre los que se contó Alsina. La sentencia de 2010 aún no está firme y, entre otras cosas, permite este tipo de situaciones: un criminal de lesa humanidad en su casa.

En ese invierno terrible, los prisioneros fueron fusilados y masacrados en los llamados “operativos ventilador”: simulaban enfrentamientos con supuestos comandos guerrilleros, y los mataban o arrojaban ya muertos en las esquinas de Córdoba. Luego, llamaban a la prensa y presentaban la escena como fruto de un intento de fuga de los asesinados, supuestamente muertos en un “intercambio de disparos”.

Pero en el caso del médico René Moukarzel, un hombre de casi dos metros de estatura, asmático, la metodología fue otra. Gustavo Adolfo Alsina lo había pescado in fraganti en un delito imperdonable: Moukarzel había recibido un paquete de sal de manos de los presos comunes para agregarle a la sopa que recibían como toda alimentación. “Alsina se ensañó con él”, relataron los sobrevivientes. Y decidió darle un castigo que todos pudieran ver. El ahora hipoacúsico, famoso en esa prisión por sus estentóreos insultos y órdenes, eligió su método favorito de tortura: la mañana del 14 de julio de 1976 lo estaqueó en el patio, totalmente desnudo, y lo fue matando durante todo el día. Le arrojaba baldazos de agua fría, u obligaba a que otros presos lo hicieran.

La muerte de Moukarzel fue, durante el juicio de 2010, un verdadero relato coral de decenas de voces de sobrevivientes, de ex presos comunes, de ex carceleros, de ex gendarmes y “colimbas”. De ex enfermeros. Todos, desde sus celdas o donde estuvieron en el penal en ese gélido día –el Servicio Meteorológico local aportó como prueba que hizo seis grados bajo cero, el más frío de ese invierno-, escucharon morir a Mokarzel.

Las mujeres del pabellón 14 lloraron al relatarlo. Lloraron también al señalar el lugar exacto donde fue martirizado, en una recorrida judicial por la prisión. Una recorrida en la que también participó Alsina y en la que, increíblemente, no se preocupó en negar que lo mató; sino que intentó convencer a los jueces y al fiscal de que desde el sitio del estaqueamiento nadie había podido verlo cometer el crimen. Resultó impactante escucharlo vociferar y gesticular mostrando el follaje de los árboles y las paredes que, supuestamente, no habrían permitido a los numerosos testigos ver lo que juraron haber visto: a la víctima desnuda, abierto su cuerpo y atado a la tierra. Alsina hablaba de hojas perennes y hasta sacaba a la luz lejanas clases de botánica para negar lo innegable: que cientos de ojos lo vieron perpetrando su acto capital. El que lo convirtió en el estaqueador.

La sobreviviente Gloria Di Rienzo, que estaba en el pabellón de mujeres, contó que a Moukarzel “le habían puesto piedras debajo de la espalda y le tiraban baldazos de agua para que se congelara”. Stella Grafeuille, dijo que “a las mujeres nos abrieron las ventanas de las celdas para que lo viéramos morir”. Y que “el teniente Alsina nos amenazó: esto es lo que les va a pasar a todos”.

Norma San Nicolás dio fe de que el propio Alsina la arrastró de un brazo esa mañana, y “me puso en una ventana para que lo viera. Pero Moukarzel era muy largo, muy alto… Sólo ví su torso, la mitad de su cuerpo. Así van a morir todos, me dijo”. La sobreviviente Soledad García lloró cuando relató la muerte: “Al anochecer, en el silencio, podíamos escuchar cómo hacía fuerza para respirar… Los estertores de su pecho… Moukarzel era asmático”. Uno de los presos, Fermín Rivera, que estaba en la enfermería, contó que vio cuando “lo trajeron mediomuerto. Ya era de noche. Lo tiraron sobre una camilla. Yo estaba ahí, hemipléjico, después de una sesión de tortura, y el enfermero (Julio Eduardo) Fonseca lo quiso ayudar, ponerle oxígeno. Pero Alsina lo empujó y le gritó ¡Que se atienda solo, total es médico! Después le pegó en el pecho y hasta le saltó encima para rematarlo”. Ante el Tribunal, el enfermero corroboró lo atestiguado por Rivera: “Cuando por fin murió, (Alsina) se mataba de risa. Le saltaba sobre el pecho y le gritaba ¡Hijo de puta, al fin me las pagaste!”.

Otro testigo, Roberto Aballe, que por el 2010 era ministro del gobierno cordobés, pero que en 1976 estaba haciendo el servicio militar obligatorio, aportó ante el Tribunal que “a ese hombre (Moukarzel) lo habían tirado al patio y lo cubrieron con una capa verde, de ésas que usaba el Ejército. Era muy largo. Dos horas después llegó un camión y lo tiraron en la parte de atrás, envuelto en la capa. Nos dijeron que era un médico santiagueño”. Sobrevivientes como Baronetto y Jorge De Breuil, relataron que “más tarde, ya en la madrugada, Alsina entró a las celdas “gritando como loco” y mostrando como “un trofeo en alto los anteojos de carey ensangrentados de Moukarzel”. Que con alegría, con ferocidad, aullaba “esto es todo lo que quedó de él”.

El ahora vecino del barrio Olivos, en Vicente López; el que se queja ahora de un trato “inhumano, cruel” en la prisión de Marcos Paz porque los móviles del servicio penitenciario federal no lo llevan a tiempo al médico o a ver a su madre, tal vez recuerde esos relatos. Y a él mismo como motor de esa espantosa agonía. Cuarenta y un años después del estaqueamiento de Moukarzel, Gustavo Adolfo Alsina, el represor, el ahora beneficiado vecino que toma mate en su casa de calle Manuel Belzú, tal vez recuerde la muerte que le infligió a ese hombre desnudo, indefenso, en el patio helado de una cárcel. Nada más ni nada menos que la muerte artesanal de un hombre solo, a la intemperie y expuesto a la maldad desbocada de uno de los tenientes de la dictadura más sangrienta que padeció el país.

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Página 12. Lunes 10 de abril de 2017

 

Apartan al juez Vaca Narvaja de la causa Soria en Córdoba

 

 

Una recusación para demorar

Con el argumento de que fue querellante en causas de lesa humanidad, el Tribunal Oral Federal N°1 recusó a Vaca Narvaja en un expediente que involucra a una decena de represores. El juez ya había elevado el caso a juicio y ahora vuelve a fojas cero.

 

 

Vaca Narvaja rechazó su recusación y todo indica que deberá resolver la Cámara de Casación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Marta Platía.

El atraso de hasta por lo menos dos años de una de las grandes causas por delitos de lesa humanidad que restan juzgar en Córdoba será el saldo inmediato de la inesperada decisión del Tribunal Oral Federal N° 1: la recusación del juez federal Miguel Hugo Vaca Narvaja. Con la firma de Jaime Díaz Gavier, Julián Falcucci y el secretario Pablo Urrets Zavalía, ese cuerpo resolvió “la nulidad de todos sus actos procesales en la llamada ‘causa Soria’”, porque el magistrado (Vaca Narvaja) “fue querellante en otros juicios en los que se juzgó el asesinato y desaparición de su padre y su abuelo”, y porque “su familia cobró la indemnización” por lo padecido por las víctimas de la última dictadura, entre otros argumentos.

La causa “Soria, Santiago Rufino y otros”, involucra a una decena de represores. Entre ellos está Pedro Nolasco Bustos: un ex policía que participó en el asesinato de José Osatinsky, de 15 años, el menor de los dos hijos del militante Marcos Osatinsky y de Sara Solarz. El chico fue literalmente cazado a balazos por la policía del D2 (la Gestapo cordobesa) mientras intentaba salvar su vida arriba de un techo. Todo fue relatado a su madre mientras estaba cautiva en la ESMA por el represor Héctor Pedro Vergez, alias “Vargas”, quien se quejó amargamente ante la mujer porque, según le repitió, él mismo habría querido matar al pibe. “Vergez me dijo varias veces que querían borrar el apellido Osatinsky de la faz de la tierra. Se querían vengar de todos los que pudieron escapar de Trelew y de sus descendientes”. Y Osatinsky había sido uno de ellos. “Vergez –memoró Sara en juicio– me dijo que viajó desde Córdoba a Buenos Aires para sólo para decírmelo.”

Uno de quienes le habría ganado de mano en ese asesinato a Vergez, fue Nolasco Bustos. El represor está en prisión por otra condena, pero el 9 de noviembre pasado presentó un pedido de recusación contra Vaca Narvaja ante el Tribunal Federal N° 1 de Córdoba. El acusado dijo sentirse “inseguro y atemorizado” con la intervención del juez federal N°3. El reo adujo que no se siente ante “un juzgador imparcial”, ya que el magistrado habría actuado como “querellante en dos juicios por delitos de lesa humanidad” en los que fueron juzgados los casos de su padre, Miguel Hugo Vaca Narvaja, fusilado en agosto de 1976; y su abuelo (de idéntico nombre), secuestrado, asesinado y decapitado, entre marzo y junio de ese mismo año.

La competencia o no de Vaca Narvaja para investigar e instruir esta causa ya había sido puesta en debate en marzo de 2015 por otro imputado, Héctor Eletto. En esa oportunidad, la Cámara Federal de Apelaciones, presidida por Abel Sánchez Torres, resolvió que “la intervención de Vaca Narvaja (en los juicios de 2009 y 2010) tuvo el carácter de patrocinante de querellantes (de la penalista María Elba Martínez), y consistió exclusivamente en una labor técnica y profesional, y que la historia personal de exilio del magistrado (quien tenía 9 años de edad cuando tuvo que refugiarse en México con su familia), no guardaba relación con los hechos”.

Pero en esta ocasión el planteo de Nolasco Bustos –ex marido de una actual camarista federal, Liliana Navarro–, dio oportunidad a jueces y fiscales a la recusación por lo que consideraron “un hecho nuevo”: el represor y su abogado defensor, Benjamín Sonzini Astudillo, afirmaron que Vaca Narvaja “es una víctima en causas de lesa humanidad”, que “es denunciante y acusador” y que “ha cobrado 248 mil dólares” de indemnización del Estado argentino.

Consultado por este diario, el juez recusado dijo que “ese monto fue en pesos y es la indemnización que cobraron los herederos de las víctimas del terrorismo de Estado. Se trató de la resolución de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que condenó al gobierno argentino a resarcir a las víctimas de la dictadura”. También apuntó que “se abonó durante el gobierno de (Carlos) Menem, en los 90”, por lo cual “no es un hecho nuevo para nada. Ese dato ya era ampliamente conocido desde hace años”.

Una de las opiniones que resultó al menos llamativa en la resolución, fue la del fiscal Maximiliano Hairabedián, quien arguyó que “nadie y en ninguna causa puede ser juez de los asesinos convictos de su padre y abuelo”, ya que lo que se cuestiona aquí es que la causa Soria tiene acusados que participaron en esos crímenes. Lo curioso es que el propio fiscal Hairabedián no dejó su función de acusador en oportunidad de un proceso judicial en el cual se juzgó la causa UP1, en la cual su propio padre, el famoso penalista y ex juez Carlos Hairabedián –también víctima del terrorismo de Estado– fue secuestrado, torturado y mantenido cautivo en los campos de concentración de La Perla, La Ribera y la cárcel de San Martín, UP1.

Desde que se conoció la recusación, la pregunta del millón es por qué se esperó tanto tiempo para apartar a Vaca Narvaja si se temía por su parcialidad. Según pudo averiguar este diario, esta es una causa que se viene instruyendo desde hace años. Vaca Narvaja se abocó a su instrucción desde poco después de su llegada a la Justicia Federal –el 20 de noviembre de 2014–; continuó con la investigación que ya habían comenzado otros jueces que lo precedieron y, finalmente, su juzgado la elevó a juicio en octubre de 2015.

Por lo pronto, no hubo respuesta satisfactoria para eso. Hay quienes opinan que “que el Tribunal Oral Federal N° 1, que es el que tiene que juzgar, hizo bien en abortar todo ahora, antes de arrancar”; mientras que otros argumentaron “que en la dinámica de un juicio, en el desarrollo, la instrucción pasa a ser secundaria”. Que “lo que importa es el tribunal que escucha a los testigos, querellas y defensores para evaluar”. Y que, en todo caso, “el acusado podría sentirse más inseguro ante un juez que ya ha condenado a decenas de represores desde 2008”. Refiriéndose, sin nombrarlo, a Díaz Gavier. Hubo también quienes señalaron una razón administrativa: “Es para que no se note que se ha tardado demasiado en comenzar ese juicio desde que fue elevado hace más de un año y medio”; y que “ésta es una forma de patearlo hacia adelante”; o de “trasladar a otro la culpa por lo que no se hizo”.

Lo concreto es que más allá de las conjeturas, lo acontecido no es algo que ocurra de modo habitual. No hubo quien recordara un caso similar: el de un juez recusado cuando ya concluyó toda la instrucción, y hace tanto tiempo. Por lo pronto, en este tema nada está muy claro y las especulaciones en los pasillos judiciales brotan como hongos tras la lluvia. Los nombres implicados, justo ese acusado: el ex marido de una camarista; justo ese juez: uno que no pertenece a la llamada “Sagrada Familia” judicial cordobesa; tienen su propia fuerza, generan suspicacias y más sombras en la cerrada trama de las internas de los tribunales federales.

“Hay que ver quién o quiénes se benefician con todo este atraso; con apartar al juez, con este empezar de nuevo. Piense que esto puede planchar los juicios o abrir la puerta a más recusaciones, ya que el juzgado de Vaca Narvaja es el único que tiene secretaría de derechos humanos. Algo que ya se sabía ni bien ocupó el cargo”, analizó una querellante ante este diario. Por todo esto habrá que observar qué ocurrirá con las demás causas que se están instruyendo en el Juzgado 3.

La semana pasada el magistrado rechazó en un escrito los términos de la resolución que lo apartó y contrapuso sus argumentos: “Si en octubre del año 2015 (cuando finalizó la instrucción y elevó la causa a juicio) el TOF 1 no entendió lesionadas garantías constitucionales, ni estimó preciso un nuevo tratamiento sobre la cuestión, no puede hacerlo un año y medio después sin ningún acontecimiento ‘nuevo’, distinto de los ya contemplados por la Cámara Federal de Apelaciones”. Apuntó además que el tema es ya “cosa juzgada”.

Todo indica que será la Cámara Federal de Casación Penal la que dirimirá la cuestión. A todo esto, en la maraña de interrogantes planteados hay también certezas indiscutibles. Y la del cambio de contexto político en el país es una de ellas.

 

 

 

 

 

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Martes 25 de octubre de 2016.

 

La Justicia al aula: Dos jueces federales con los estudiantes de la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano.

 

 

Por Marta Platía.

 

Los jueces federales Jaime Díaz Gavier y Miguel Hugo Vaca Narvaja están por estos tiempos, y por distintos motivos, a la vanguardia de la Justicia cordobesa: Díaz Gavier ha presidido el Tribunal Oral Federal N°1 de cuatro de los cinco juicios por delitos de lesa humanidad que se han llevado a cabo en Córdoba desde 2008 contra Menéndez, Videla y decenas de represores de la última dictadura cívico-militar. Vaca Narvaja por su parte, fue querellante en tres de esos juicios; pero desde el 20 de noviembre de 2014 es el titular del Juzgado Federal N°3 que, en las últimas semanas, le puso freno a “la otra mitad” del tarifazo del gas cuando falló a favor del recurso de amparo que presentó la Asociación de Pequeñas y Medianas Empresas (Apyme).

 

Ambos fueron invitados a una conferencia por Francisco Ferreyra, el director de la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano, en el auditorio de la institución que depende de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). La sala estuvo colmada por los alumnos del séptimo año: “Somos más de 200 chicos y chicas de entre 18 y 19 años”, explicó Sofía Donalisio. El Manuel Belgrano es uno de los colegios secundarios que más padeció la “Noche de los lápices” en esta provincia; junto al Monserrat y al Deán Funes.

 

Poco antes del golpe de Estado de 1976, el interventor Tránsito Rigatuso le entregó al represor Luciano Benjamín Menéndez, una lista con 19 nombres de alumnos de la Escuela que él consideraba “subversivos”. De ellos, 11 fueron secuestrados, torturados y desaparecidos. En el Megajuicio La Perla-Campo de La Ribera -cuyos fundamentos del fallo se conocieron el lunes 24 de octubre- quedó establecido que todos ellos fueron vistos en los campos de concentración poco antes de ser asesinados: Pablo Schmucler, Silvina Parodi, Graciela Vitale, Daniel Bacchetti, Claudio Román, Gustavo Torres, Walter Magallanes, Raúl Castellano, Fernando Avila, Jorge Nadra y Oscar Liñeira fueron las víctimas. Y sus nombres están grabados en la memoria y en los muros del colegio, en Barrio Alberdi. Sus nombres y el de otros 13 ex alumnos que también fueron víctimas. La memoria del Manuel Belgrano cuenta con un total de 24 desaparecidos.

 

“Nosotros estamos muy honrados con la invitación”, dijo el juez Jaime Díaz Gavier. “En las audiencias pudimos escuchar los testimonios por esos jóvenes que tenían algunos años más que ustedes y otros incluso eran más chicos. Sufrieron los peores episodios de una represión que, efectivamente, como adelantó el doctor Vaca Narvaja, no tenía otro propósito que establecer un sistema político social y económico que favorecía y cuidaba los intereses de ciertos sectores sociales en detrimento de las necesidades y las privaciones de la gente. Ustedes tienen la dicha de haber nacido, crecido y vivido en Democracia. Puede parecerles que fue hace mucho tiempo, pero en términos históricos es todo muy reciente. Y la democracia puede estar llena de defectos y de altibajos, pero es la única manera en que los seres humanos podemos vivir en una comunidad justa y organizada. Una comunidad en la que nos cuidemos y protejamos entre todos”.

 

 

Padre de una alumna del Belgrano, el juez Hugo Vaca Narvaja arrancó la conferencia con un raconto de cómo se llegó a los juicios que se han convertido en el rostro jurídico de Córdoba “no sólo aquí, en el país, sino en el mundo, a partir de haber hecho un recorrido histórico y semántico de lo que nos pasó: desde los primeros juicios pasamos de ´dictadura militar´ a ´dictadura cívico-militar´. Desde los juicios a los Comandantes en 1985, de la llamada “Causa 13″, donde los testigos casi ni se animaban a admitir que habían militado. Estaba todavía muy vigente aquello que instaló la dictadura y su propaganda: el por algo será, el algo habrá hecho; a estos últimos juicios en los cuales los sobrevivientes de los campos de exterminio reivindicaron su militancia. Está claro ahora que nadie tenía derecho a torturarlos o matarlos por sus ideas. Pasaron años hasta que la sociedad y las mismas víctimas tuvieron conciencia de eso”.

 

Vaca Narvaja explicó con tono firme y calmo, que “además del exterminio, de la masacre de más de 30 mil desaparecidos, la dictadura dejó un saldo mucho más pesado a nivel social: la deuda externa del país saltó de 7 mil millones de dólares en 1976, a 45 mil millones en 1983. Se multiplicó por siete”. Aseguró que a partir de estos juicios se pudo esclarecer con precisión “la falacia que implica la teoría de los dos demonios. Acá el único demonio fue el Estado argentino que se convirtió en terrorista y torturó y masacró a gente que pudo haber juzgado. Tenían todos los medios para hacerlo, pero eligieron no hacerlo. Eligieron la desaparición. Hoy sólo algún trasnochado puede tratar de reflotar esa teoría, y desde la mala fe. Ya no hay dudas de que hubo un estado terrorista. El juicio de La Perla ha sido uno de los puntos más altos, más importantes de la historia de Córdoba y de nuestro país en ese tema. En este último juicio hemos llegado a conclusiones de enorme importancia histórica”.

 

Hugo Vaca Narvaja recordó agradecido a la penalista María Elba Martínez “ella fue una personalidad icónica en estos juicios. Alguien que los impulsó con su trabajo de años. Yo comencé en estos procesos trabajando con ella. María Elba, como el doctor (Rubén) Arroyo; (Claudio) Orosz; (Martín) Fresneda; (Miguel) Ceballos y Marité Sánchez, han sido fundamentales. Ellos han puesto todo su esfuerzo para que estos juicios fueran posibles.

 

 

Discutir apasionadamente

 

Con su voz de timbre grave y arenoso Jaime Díaz Gavier resaltó “el valor de esta política de Derechos humanos que surgió a partir de la presidencia de Néstor Kirchner primero y continuó Cristina Fernández de Kirchner después. Ellos la convirtieron en una política de Estado, y es lo que nos ha permitido y nos está permitiendo con todas las dificultades y contramarchas, lograr que nuestra Argentina sea un país donde los derechos humanos sean posibles, respetados, donde no tengamos miedo, e incluso podamos discutir acaloradamente. Eso es también la democracia: pelearnos buenamente. No matarnos. Pero sí discutir apasionadamente, sostener nuestras ideas con pasión”.

 

El juez repitió que “sin justicia no hay paz. Y sin paz ni trabajo, ni estudio, no hay paz posible. El Estado tiene que ser mejor que los individuos que lo constituimos. Por eso nos hemos sometido a su autoridad. El Estado está para permitirnos vivir con dignidad, para que nos de vivienda, justicia, trabajo… No para que nos mate, como se hizo durante la última dictadura. Como dolorosamente pasó”.

 

 

-¿Sufrieron presiones durante los juicios?, preguntó una docente desde el auditorio

-Jaime Díaz Gavier: Yo le diría que quizás que uno de los más importantes, aparte (de las leyes) del Indulto y la Obediencia debida; fueron los producidos por sectores de poder de la sociedad civil. Los mismos que fueron beneficiados por las medidas económicas del gobierno militar. Sectores que todavía subsisten. Todavía hay bolsones de resistencia a la realización de estos juicios. Lo que más costó fue eso. La dictadura no hubiese sido posible si no hubiera habido un importante sector de la sociedad civil, eclesiástica y empresarial de la sociedad civil que favorecieron el golpe o miraron para otro lado. Ellos fueron los que pusieron obstáculos. Y también algunos grupos judiciales.

 

 

-¿Este que se hizo fue el último juicio o habrá otros? ¿Cuál es el siguiente paso?, quiso saber un alumno.

 

-Jaime Díaz Gavier: Este juicio por sus dimensiones cuantitativas, por la cantidad de imputados, víctimas, querellantes, defensas, se ha constituido en una especie de juicio emblemático en el tema de los juzgamientos por crímenes de lesa humanidad. De ninguna manera será el último. Empezaron en el 2008. Este que terminó (el 25 de agosto con 28 condenas a prisión perpetua) no será el último. A medida que se van elevando los juicios, los haremos. Ahora precisamente en el juzgado del doctor Vaca Narvaja se está trabajando en la instrucción de otros juicios. Van a seguir mientras no se cambie la política de Estado. Esto importa un enorme esfuerzo para el Estado. Un Estado que ha sido capaz de juzgarse a sí mismo dando un ejemplo al mundo. Es único en su tipo. Porque por primera y única vez un Estado ha sido capaz de juzgarse a sí mismo, a mirarse al espejo. Esto que es tan difícil para los seres humanos y para el Estado también. Mirarse y reconocernos y decirnos qué se ha hecho mal. Qué somos capaces de reivindicar o no en nuestras conductas. Esperamos que el Estado los apoye. Si esto es así, continuarán. Y tienen que continuar. Estamos en medio de un proceso que tiene que continuar.

 

-Hugo Vaca Narvaja: Con respecto a lo que decía el juez, en el Juzgado  (Federal N° 3, que él preside) ahora se está instruyendo, investigando una causa con más de 700 víctimas. Los posibles autores hasta ahora son unas 250 personas, entre personal policial, de las fuerzas armadas y civiles. También pueden surgir nuevas causas.

 

-Jaime Díaz Gavier: Veo que el doctor Vaca Narvaja nos va a hacer trabajar mucho… (Hay risas en el auditorio).

 

-¿Cómo puede afectar el actual gobierno a los juicios?, interrogó otro estudiante.

 

-Jaime Díaz Gavier: Creo que a partir de diciembre del año pasado está abierto un cambio muy claro de políticas de toda índole. Todos lo estamos sufriendo a partir de los tarifazos y otras posiciones, pero de todas maneras me parece que en materia de derechos humanos el tema está tan incorporado y está tan organizado el cuerpo social, que creo que ya no puede salir a decirse que todo esto no es importante. Por el momento, sólo hay cuestiones económicas. Pero por ahora venimos bien. Hay que asumir una enorme cantidad de gastos, es real. Pero espero que no se modifique una política de Derechos Humanos que está siendo ejemplo en el mundo. Nosotros seguimos trabajando.

 

 

-¿Qué piensan sobre lo dicho por el presidente de la Nación sobre la cantidad de los desaparecidos y la teoría de los dos demonios?, preguntó otro joven.

 

-Hugo Vaca Narvaja: “Recuerdo, y seguro el juez Díaz Gavier también, cuando en una de las audiencias en el juicio de 2010, uno de los imputados, (Enrique) Mones Ruiz, nos explicó con pizarra, puntero y láser, que en 1976 sólo quedaban 1.500 subversivos. En algún momento llegaron a existir en nuestro país unas 4 mil a 5 mil personas catalogadas como guerrilleros armados. Pero cuando dan el golpe, con el pretexto de controlar a esta “guerrilla”, quedaban 1.500… Ustedes se darán cuenta que fue una falacia. Que el exterminio fue un pretexto para llevar adelante un plan económico que beneficiaba a ciertos sectores. También recordábamos ayer con unos amigos que en una publicación del diario la Nación (en 2006) cuando citan los archivos desclasificados de los Estados Unidos, (los militares) admitieron que en 1978 ya habían matado a 22 mil personas… Así que cuando se vuelve a poner en duda la cantidad de los desaparecidos, de los 30 mil desaparecidos, eso obedece a la ignorancia, o directamente a la mala fe. Ya no se puede desconocer el número. Poner en duda si son 30 mil desaparecidos es gravísimo. Digo que no son 30 mil porque estoy agrediendo una verdad establecida, a una bandera que es la que llevan miles de personas que están luchando por la verdad histórica, por los derechos humanos desde la dictadura hasta ahora. Solamente desde la ignorancia o la mala fe se pueden sostener estas posturas”.

 

 

-¿Y cuánta gente involucra hacer un juicio como el de La Perla?

 

-Jaime Díaz Gavier: Es una tarea enorme. En este juicio declararon casi 600 testigos, hubo un cuerpo de psicólogos que los asistían, personal de protección de los testigos, los empleados judiciales, los equipos de filmación y grabación de todas las audiencias… Cada audiencia había que montar y poner en movimiento, además de los imputados que eran muchos y que había que traerlos desde (la cárcel de) Bouwer y sus domicilios… Ellos también tienen derecho. El Estado debía cumplir con sus derechos. Nosotros teníamos la obligación de hacer justicia. No se trataba aquí de consentir ni convalidar ningún tipo de medida de venganza. Me parece que es importante que en un país lleno de gente que ha sufrido tanto, no hayan reclamado nada más que justicia. No los han agredido nunca. Cualquiera lo hubiera hecho tal vez si hubiesen sufrido lo que ellos (habla de los Familiares de las víctimas, las Abuelas, las Madres, los HIJOS), pero no. Ellos asistieron a cada una de las audiencias, a casi cuatro años de juicio (tres años, nueve meses y 27 días) respetando el ámbito de la justicia y comprendiendo que lo único necesario era llegar a un final de sentencia fundada en la ley y en el derecho, y no como expresión de un espíritu de venganza o revancha. Fue un enorme trabajo montar todos los días cada audiencia con el trabajo de no menos de cien personas o tal vez más. Aparte del trabajo de la prensa, que cubrieron el trabajo con mucho esfuerzo. Porque hubo medios que intentaron tapar estos hechos; pero hubo otros periodistas con presencia permanente que estuvieron allí con mucho esfuerzo y compromiso personal. Esa fue una colaboración muy importante.

 

-¿Cómo se hace para presenciar testimonios como los que escucharon y ser objetivos con los derechos de los imputados?

 

-Hugo Vaca Narvaja: las audiencias de este tipo de causas son sumamente duras. Por la cantidad de cosas que uno tiene que escuchar y que son difíciles de imaginar. Por la crueldad a la que puede llegar un ser humano… No. No son animales. Son personas que dieron rienda suelta a sus más bajos instintos. Hay que tener una fortaleza interior muy grande. Hasta admirable. Y en eso ha sido ejemplo el juez Díaz Gavier en estos últimos cuatro años.

 

-Jaime Díaz Gavier: Gracias. Ha sido una experiencia desde el punto de vista personal y humano sumamente intensa y por momentos absolutamente desgarradora. Pero también estimulante de lo que un juez no puede perder nunca que es la objetividad. Recién les decía que muchos de los alumnos del Manuel Belgrano fueron víctimas de estos delitos. Fue muy duro porque eran muchachos y chicas muy jóvenes como son ustedes… Ellos lo único que querían era cumplir el sueño de vivir en una sociedad más justa, más equitativa, más solidaria… Hubo muchos episodios de angustia y tensión… Los jueces somos seres humanos. No podíamos escapar a la angustia y al dolor de quienes sufrieron esto durante más de 40 años. Creo que estos juicios aparte de su valor jurídico y procesal, de restablecer un orden jurídico alterado, han tenido -y deben tener también- un valor de alguna manera terapéutico. Alguien tenía que escuchar alguna vez a gente que había sufrido tanto. El Estado tenía que decirle alguna vez a esa gente, lo voy a escuchar. Esa fue otra de las funciones del Estado. Eso nos tocó en estos juicios. Y nos tocará en los que se están preparando. No se pueden dejar de hacer, aún al costo personal que tienen. A veces uno llegaba a la noche a la casa y no podía comer porque el estómago estaba cerrado. Pudimos presenciar en estos juicios los abismos de crueldad; pero también actitudes de coraje, de entereza, de voluntad de lucha, de la capacidad infinita que tenemos los seres humanos de sublimarnos y brindarnos al otro. Pero cuando tuvimos una duda sobre la culpabilidad de alguien, absolvimos. Teníamos que absolver. Garantizar la justicia es también eso.

 

-Considerando que fue el Estado el que con su aparato represivo torturó y secuestró, y salvando las diferencias con el actual, ¿qué consejo se puede dar con respecto a lo que pasó con los chicos de la Garganta Poderosa, que fuerzas federales los secuestraron y torturaron?

 

-Hugo Vaca Narvaja: Hay que tener absolutamente conciencia de que vivimos en un Estado de Derecho. Cualquier tipo de apartamiento de las fuerzas del Estado de este sistema de derecho, debe ser denunciado. Desde mi juzgado, hemos hecho varios pronunciamientos: uno fue en 2014, sobre las celdas de castigo en las prisiones. A una persona se la mantenía privada de su libertad 23,45 horas en una celda de castigo, y se lo sacaba sólo 15 minutos en todo el día. Se le preguntaba si quería ir al baño a bañarse o hablar con su familia. El hombre elegía hablar con su familia por teléfono y así pasaba días sin bañarse. Eso fue atendido en un hábeas corpus y se dictó un fallo en el que se prohibió este tipo de comportamiento. De castigo. Si hubo en este caso que planteás, policías que estuvieron golpeando y torturando a una persona, deben ser denunciados, investigados por un fiscal y, eventualmente, juzgados.

 

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Los jueces Jaime Díaz Gavier y Hugo Vaca Narvaja en el auditorio del Manuel Belgrano. Foto, Mechi Ferreyra.

 

 

El delator delatado

El interventor del Manuel Belgrano Tránsito Rigatusso entregó antes del Golpe de Estado de 1976, una lista con los nombres de 19 alumnos de ese colegio al represor Luciano Benjamín Menéndez. Once de ellos están desaparecidos. Entre ellos, la hija embarazada de la Abuela de Plaza de Mayo Sonia Torres, quien aún busca a su nieto nacido en cautiverio. En 2002, Rigatuso amparado por la impunidad y su propio cinismo, acusó ante la justicia a Sonia Torres. Lo hizo por “calumnias e injurias”, ya que la Abuela lo había llamado “delator” en una entrevista que le dio al diario La Voz del Interior en 1998. El juez que intervino en uno de los procesos judiciales más absurdos e indignantes que se han vivido en Córdoba, determinó que “la acusada” Sonia Torres había tenido razón cuando lo llamó delator. Que no había cometido delito alguno. El juez Rubens Druetta contó para eso con el testimonio del entonces segundo de Menéndez, el coronel Emilio César Anadón; quien dijo en su declaración ante el tribunal que él había estado presente cuando Rigatuso le entregó la lista a su jefe. El tiro por la culata. Anadón se suicidó de un balazo durante su prisión domiciliaria en 2004. Tránsito Rigatuso murió en 2008, con el rótulo de delator como sinónimo de su nombre.

 

 

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Diario Página 12.  Viernes 2 de septiembre de 2016.

 

VOCES QUE REPARAN

NILDA JELENIK, DELIA GALARA, SOLEDAD GARCIA Y GLORIA DI RIENZO APORTARON TESTIMONIOS CLAVE EN LA MEGACAUSA LA PERLA QUE INSTAURAN LA VIOLENCIA SEXUAL COMO DELITO DE LESA HUMANIDAD

las12

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DERECHOS HUMANOS

Mucho más que víctimas

El megajuicio La Perla-Campo de La Ribera, el más largo en la historia jurídica de Córdoba, nombró como crímenes de lesa humanidad a los delitos sexuales cometidos contra las víctimas. “Abusar sexualmente de una persona, violarla, es una tortura en sí misma”, concluyeron los jueces. Delia Galará, Soledad García, Gloria Di Rienzo y Nilda Jelenik debieron atravesar un proceso doloroso de concientización para poder relatar sus testimonios como sobrevivientes, en el marco del NiUnaMenos en tanto punto de inflexión social, y con la certeza de una maldad que continúa y se reproduce en los barrios, donde la policía persigue a los jóvenes y acosa a las chicas.

Por Marta Platía.

Las cuatro se adivinan el parpadeo. Ríen, se recriminan, se pelean por hablar, se respetan, se ayudan lanzando pequeñas frases, palabras apenas para abrir los caminos que, bien saben, deben seguir caminando y abriendo. La dinámica de la charla entre Delia Galará, Soledad García, Gloria Di Rienzo y Nilda Jelenik está moldeada por esa construcción colectiva que es para ellas cada uno de los tantísimos encuentros que han tenido. Saben bien adónde van. Adónde quieren llegar. Algunas han sido compañeras de celda en las cárceles de la dictadura. Un “hermanazgo que jamás termina, aunque pasen años y años sin vernos”, suele decir Delia, quien ha cubierto casi la totalidad del Megajuicio La Perla-Campo de La Ribera, como investigadora de ese Espacio de la Memoria en Córdoba.

La reunión para Las 12 fue en el edificio donde el jueves 25 de agosto se leyó la sentencia del Tribunal Oral Federal N° 1, que dio fin a casi cuatro años de juicio -el más largo de la historia jurídica de Córdoba-, además de las 38 condenas y las 5 absoluciones a los 43 imputados con el jerarca Luciano Benjamín Menéndez a la cabeza, trajo consigo la designación de “crímenes de lesa humanidad” a los delitos sexuales cometidos contra las víctimas, ya que los jueces consideraron que “abusar sexualmente de una persona, violarla, es una tortura en sí misma. Como aplicarle picana, golpes u otros tormentos. Fue un método utilizado por el terrorismo de Estado para quebrar a los prisioneros y prisioneras. Para aniquilar a los opositores políticos. A los que eran un obstáculo para la instalación del plan económico que pretendían. La violación fue un método de tortura aplicado en todos los campos de concentración del país de la última dictadura”.

Y la historia de cada una: la de Delia Galará, que tenía sólo 19 años y apenas 25 días de casada cuando el 27 de enero de 1976 la fueron a buscar a su casa. La tortura en la D2 (la llamada Gestapo cordobesa), las violaciones y el encierro durante siete años en las cárceles de la dictadura. El aborto, en soledad, en una minúscula celda, y en un tacho, de un bebé que no sabía si era de Mario, su joven esposo, o de los torturadores. Mario fue secuestrado en los cuarteles: estaba haciendo el servicio militar.

La de “la Sole” García, como se la conoce en Córdoba, por su liderazgo en el gremio de Educadores. Tenía casi 30 cuando el 9 de marzo del ´76 la atraparon junto a un compañero dirigente del gremio del Caucho. Su esposo, Eduardo Requena, uno de los líderes de los maestros, organizó de inmediato marchas que lograron la visibilidad de Soledad y su pase a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN); y a las cárceles, desde donde le dieron “la opción” al exilio. “Eso no era libertad, señores jueces -dijo Soledad en su testimonio-. Eso no era una verdadera opción. El exilio no es sinónimo de libertad”.

Y la de Gloria Di Rienzo: la patota de la D2 irrumpió en el departamento que compartía con una amiga y su hijito el 13 de septiembre de 1975, cuando operaban las bandas parapoliciales y paramilitares. Bandas que según determinó el fallo, “ya cometían delitos de lesa humanidad, aunque todavía no bajo el terrorismo de Estado”. Gloria en la D2: la picana y el cuerpo arqueándosele por la electricidad. Las violaciones y los desgarros que le provocó la horda. Y un “submarino” en agua inmunda en el que sintió que moría. “De pronto dejé de patalear y sentí tranquilidad, vi las sierras de Córdoba al atardecer”, declaró en el juicio. Los propios torturadores tuvieron que llevarla al Policlínico policial. Y allí, aún con el cuerpo lancinado, la custodiaban “canas armados hasta los dientes”.

En el caso de Nilda Jelenik, la detención fue en marzo de 1975. Su “delito”, ser militante de las FAL. Nilda sobrevivió también a las vejaciones del D2 y a los años de cárcel del terrorismo de Estado. Es ahora una ingeniera en economía agraria, y una de las impulsoras del juicio por “Delitos sexuales de Lesa Humanidad” que se está instruyendo en la fiscalía de Graciela López de Filoñuk. Las cuatro fueron las principales voces del documental Lesa humanidad, de 2011.

¿Cómo les sonó esto de delitos sexuales de lesa humanidad al final de este larguísimo juicio (desde el 4 de diciembre de 2012 al 25 de agosto de 2016)?

Gloria Di Rienzo: –En 2012 ya hubo un fallo en ese sentido. Fue en el Tribunal Federal de La Plata de Carlos Alberto Rozanski, donde se determinó que este tipo de tortura que incluía la violación, los abusos sexuales, las vejaciones, eran considerados crímenes de lesa humanidad. Ese fallo tuvo otra cosa importante, que fue pedir a la Corte Suprema que se instruya a todos los poderes públicos, para solicitar ante los organismos internacionales, que tanto los delitos sexuales como la persecución política sean incluidos en la figura de causal de genocidio. Ese fue el primer fallo en este sentido. En esa línea, podemos decir que sigue este. El primero en Córdoba. No tengo conocimiento de otros. Como hecho jurídico.

Delia Galará: –El delito no es que no existiera, lo que pasaba era que no existía como propio: la violación en los campos de concentración estaba englobada en la tortura. Dentro de la figura de tormentos. Ahora lo que se hizo fue determinarlo.

Soledad García: –A mí me parece que hay que ser justos con la evolución de la cosa: Elena Alfaro en la ESMA, hace ya muchos años, declara la violación. Ella está en Francia. En algunos casos cuando hemos hablado con pocas personas, en grupos de mujeres – en mi caso en el exilio en España- decíamos que era muy difícil que se llegara a tomar esto como un delito propio. Pensábamos en el nazismo, en los campos de concentración, y decíamos si con todo eso no pasó, nunca va a pasar. Por eso el fallo me pareció muy importante.

Nilda Jelenik: –Para mí esto tiene varios aspectos. El primero es que no es que no estuviera denunciado, sino que se lo estaba metiendo en otro tipo de espacio. Y aparte no había esta diferenciación –que no es solamente de acá–, sino que puede haber delitos de lesa humanidad que tienen connotaciones de género que hasta ahora no habían sido contemplados desde ese punto de vista.

S.: -Hay varios planos. Está lo subjetivo. Hay gente que dice `nunca pensé que lo podría denunciar`. En mi caso tuve la decisión de hacerlo, de denunciarlo. Los varones recién ahora empezaron a denunciar.

Delia, recuerdo cuando en el juicio de 2010 (se juzgó a Videla y Menéndez por el asesinato de 31 presos políticos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional en una cárcel estatal) Charo López Muñoz te impactó. ¿Creés que eso fue un disparador en Córdoba?

–Sí. Creo que el testimonio de Charo fue el disparador. Lo que me impactó fue cómo logra expresarlo. Lo larga con toda la crudeza del mundo. Yo hasta ahí nunca lo había escuchado de ese modo: vino desde su exilio en Francia, entró, se sentó y dijo: “Me secuestraron, me llevaron a la D2 y me sodomizaron”. Y todo el mundo se quedó duro. La crudeza con que lo dijo, me parece que fue un cachetazo a todo el mundo.

Fue importante la rápida reacción del fiscal Carlos Gonella, que apenas ella terminó de decirlo y mientras nadie salía de su asombro, le preguntó si quería denunciar el delito aparte, abrir otra causa.

D.: –Ahí se dan varias cosas juntas. Porque después tuve oportunidad de hablar con la Procuradora Alejandra Gils Carbó cuando presentamos el documental Lesa humanidad, en la UBA, con los fiscales Jorge Auat y Carlos Gonella. Auat dijo que Gils Carbó había sido quien impulsó esto. Que se creó un cuerpo especial para estos delitos. Personalmente, mi proceso fue muy largo. Primero nunca la tomé la violación como una cosa aparte. Para mí era una cosa más de la tortura. Creo que a varias nos pasó así. A otras no. Siempre hablé de todo lo que pasó, no con la crudeza de Charo pero siempre lo expresé dentro de ese marco, del todo. Y aún cuando empieza el juicio de La Perla-Campo de la Ribera, se da toda una discusión en el Tribunal de qué hacer con los delitos sexuales. Si se los va a tratar en el juicio, si se los va a incluir o no. Ahí se decide que se va a instruir una causa aparte. Me acuerdo de que me horroricé cuando me dijeron eso. Porque pensé en el título: el juicio La Perla-Campo de La Ribera, y el otro, el juicio a las violaciones.

N.: –El juicio de las violadas. Encima no de “los” violados…

D.: –Yo todavía seguía con ese concepto de que la violación era parte de las torturas. Pero eso que tenía tan internalizado, a partir de las charlas que fuimos teniendo para hacer el video de Lesa humanidad; de todo el proceso social que se da por la movilización de NiUnaMenos, fue cambiando. No lo puedo escindir de todo el proceso que vivimos como sociedad. De la Ley de Género, del respeto a los distintos géneros. Todo ese combo me hizo un click total cuando la fiscal Virgina Miguel Carmona hizo su alegato hace pocos meses. Planteó la importancia de tomar el delito sexual en ese contexto, porque si no como sociedad nunca vamos a cambiar el tema de la sistematización (ver recuadro). Una compañera, Pipi Oberlin, decía en una charla “No es que la dictadura inventó la sustracción de niños, la profundizó”. Y a la violación tampoco la inventaron los de la D2 (la Gestapo cordobesa), existió desde siempre y sigue existiendo. Entonces si no tomamos el toro por las astas, así como hizo la Charo, que dijo “apenas me agarraron me sodomizaron”, se hace más difícil. En mi caso siempre sentí una responsabilidad cívica de contar lo que me había pasado. Más que víctima, siempre sentí que era testigo. Que debía contar lo que había pasado porque era la única forma de que esto no vuelva a pasar.

Gloria, recuerdo que al final le dijiste al juez “no le voy a contar lo peor que me pasó ni aunque me obligue, porque están mis hijos acá”, y el juez se tiró para atrás con cara de ¡pero qué más le hicieron, si lo que contó es terrible! ¿Qué efecto produjo en vos esa declaración?

–Fue para mí algo natural. La declaración de las torturas y todo lo que viví en la D2, la había hecho en octubre de 1975 en el Juzgado Federal de Vázquez Cuestas. Y me acuerdo que estaba presente mi papá. Esa declaración desaparece. Años después, cuando pedí el expediente, vi que estaba sobrefoliado, que faltaban páginas. Nunca se investigó. Como cosa aberrante, también, recuerdo que cuando me internaron en el Policlínico Policial el médico que me atendió me dijo “a vos no te han violado, porque ya no sos virgen”. Y también los policías que me vigilaban, me acosaban.

En tu testimonio contaste algo que te dijo tu mamá, que tal vez tenía que ver con el machismo.

G.: –Sí, me dijo “hija, que no se entere tu papá”. Para mí, era parte de las torturas. ¿Y cómo no iba a saber él? Ella no quería causarle más dolor, y además la impotencia… Cuando tengo la visita con él, me dijo que había que hacer la denuncia. Eso es lo que fue eliminado del expediente.

Nilda, ¿a vos qué efecto te causó declarar?

–A mí me hizo efecto ahora lo que dijo Gloria. También fue con Vázquez Cuestas, como Gloria. Me acuerdo que fui al juzgado y estaba él; lo habían nombrado juez por portación de apellido, y la primera vez que fui yo ya había pasado por el hospital San Roque, porque tenía costillas fracturadas y por las violaciones. Me llevaron a declarar (los represores del D2 condenados a perpetua) “La Cuca” (Mirta Antón), el hermano de “La Cuca” (Jesús “Bóxer” Antón) y el “Chato” (Calixto) Flores. Esa era mi custodia. Ellos me llevaban y me traían. Y el tipo (el juez) se negó a incorporar absolutamente nada. Declarar me resultó ambivalente. Yo también tuve una especie de negación de que esto (los crímenes sexuales) estuviera aparte.

Soledad, cuando declaraste en el juicio de 2010 le echaste en cara a Videla lo perpetrado, le reclamaste que te dijera dónde estaba tu compañero, Eduardo Requena.

–No sólo le exigí por mi compañero, le exigí por todos los desaparecidos. A mí no me pasó como a las chicas que fueron a declarar naturalmente. Yo no fui a declarar naturalmente. Declaré en el exilio, en Amnesty Internacional, en las luchas que hicimos afuera. Aquí cuando declaré sí que fue reparador. Y también lo de las violaciones. Porque me dí cuenta que estaban de soslayo.

Toda la parte de las vejaciones sexuales forman parte de este juicio que impulsan. ¿Cómo fue tu progresión?

–Cada una frente al testimonio trabajó con sus propias dificultades. El tema de la violación no lo tenía trabajado en el marco del testimonio. Creo que lo hablé con pocas compañeras en confidencia. Si hasta era raro que habláramos de la masturbación o de las relaciones libres que teníamos. Me pesaba todo esto de declarar. No somos, como dicen las chicas, víctimas individuales. También lo somos, pero de ahí a constituirnos en víctimas es otra cosa. Con la violación pasó otro tanto: llegué a la declaración por mi marco teórico, pero también estuvo la necesidad de que esto nunca más pase.

¿Cuándo fue ese click para vos?

–Creo que así como a Delia le pasó con lo de Charo (en el juicio de 2010), a mí lo de la fiscal Virginia Miguel Carmona me pareció fundamental. No el click para declarar, sino un gran aporte. Ella desde lo jurídico marcó lo que todas pensamos acá y en general las personas que han sido violadas. De la tortura he hablado, de la violación no. Tengo amigas que todavía no pueden hacerlo.

N.: –Para mí el disparador para separar los tantos fue cuando nos empezamos a juntar para el video las sobrevivientes. Y ahí me dio ganas de declarar porque es algo más de género, que aporta a algo colectivo.

¿Y qué pasó luego, con sus respectivas parejas?

S.: –En el exilio, varios años después, tuve pareja. A mi pareja más larga, que duró 20 años, no podía contarle porque él no podía soportarlo. No me dejaba hablar. El tema del interlocutor es terrible. A veces, por protegerte, terminan silenciándote.

D.: –Yo podía contarlo, pero nadie quería escucharlo. ¡Ni los psicólogos! El psicólogo me dijo una vez ¿Y qué hacés con tus hormonas? Y yo le contesté: ¿Pero vos sos boludo o qué te pasa? Te estoy contando todo un rollo tremendo y a vos te preocupan mis hormonas. ¡Andá al carajo! ¡Acá el que tiene problemas hormonales sos vos! Pasa que no te quieren escuchar. Yo creo que por eso es importante el proceso social que se vive. Tal vez no toda la sociedad, pero sí una gran parte que ha querido escuchar. También creo que es importante decir que la sexualidad, ser mujer en la cárcel no sólo tenía que ver con las violaciones. En ese contexto tenía que ver con la menstruación, cuando no te daban nada para contenerla; cuando te sacaban a los bebés de los brazos a los dos días de tenerlos; cuando se los llevaban era horrible. Cuando tenías, como yo, que abortar a tu bebé dentro de un tarro ahí, sola en la celda. O estaban las embarazadas y una se desesperaba porque no había una puta batita para el bebé. Y cosíamos con un hueso (hacían agujas con los huesos de pollo que a veces les daban en la sopa) deshilando una remera vieja, una sábana. Todo eso era ser mujer en la cárcel. No sólo la sexualidad. Era un combo muy grande. El perder la menstruación. ¡Dejar de menstruar, que les pasó a muchas! El terror, cuando no te venía. De si estabas embarazada o no de los torturadores. Todo eso hemos vivido y ha sido violencia.

S.: –También hay compañeras que aún hoy niegan que les haya pasado. Te dicen “no sé si me violaron”.

D.: –A mí me violaron enfrente de Mario (su esposo, apenas llevaban veinte días de casados). Y él dice que no se acuerda. Su mente bloqueó eso. No se acuerda. No que lo está negando. A mí me violan para violarlo a él, para someterlo a él. No lo tiene registrado. Uno para sobrevivir a veces mete la cosa en cajas y las guarda. Si te ponés en una situación “normal” (no de terrorismo de Estado), que te saquen el chico de los brazos y te lo llevan y no lo ves nunca más. A un bebé de dos días. ¿Cómo se sobrevive? No podés sobrevivir a una situación de ésas si no la metés adentro de un marco. Para la Justicia también fue un proceso. En 2006, la fiscal, cuando declaré sobre el aborto en el tacho, me dijo “y menos mal que no se murió de una infección”. Ella no tiene porqué opinar. No lo digo por ella en sí misma: era la sociedad a la que le faltaba madurar estos temas.

N.: –Las personas se conmovían tanto, se conmocionaban tanto, que uno dejaba de hablar.

Gloria: –Muchas veces esa conmoción inmoviliza. Es terrible para una persona saber que tu ser querido pasó por semejantes cosas. Me acuerdo de cuando me liberaron, en el 80, en Buenos Aires fui a la casa de una amiga. Tenía unos mellicitos. A la hora del café, del mate, me dijo bueno, contanos. Y estaban ella, el marido y un amigo. No conté de las torturas; sino de las cárceles. Empecé como las tres de la tarde y de pronto me dí cuenta de que habìa oscurecido. Entendí que a veces una tiene que ver qué cuenta. Después, siempre tuve en cuenta proteger al interlocutor.

¿En qué radica para ustedes la importancia que tendrá en el futuro la sentencia del jueves 25 de agosto?

G.: –Se establecieron responsabilidades.

N.: –El mandato para otras generaciones, es que se puede y que se debe.

G.: –Creo necesario decir que los juicios restañan pero no restituyen. Los muertos no resucitan. Los chicos no han sido devueltos. Pero sí estos juicios son inclusivos. Necesarios. Deben seguir haciéndose.

S.: –A mí la ternura me ayudó.

N.: –El paso que me falta, es que esto para mí va a ser sanador cuando la sociedad lo incorpore.

S.: –Pero también el duelo es individual. Encontrar los restos es muy importante. Eso sí va a ser una sanación.

D.: –La justicia, la memoria, se construyen y se trabajan todos los días. Y eso es colectivo. Nadie se salva solo.

 

DE IZQUIERDA A DERECHA: GLORIA DI RIENZO, DELIA GALARA, SOLEDAD GARCIA Y NILDA JELINEK FUERON VICTIMAS DE VEJAMENES SEXUALES DURANTE LAS DETENCIONES EN LA DICTADURA MILITAR E IMPULSARAN LOS NUEVOS JUICIOS DE LESA HUMANIDAD DENTRO DE LA NUEVA FIGURA: DELITOS SEXUALES DE LESA HUMANIDAD. Imagen: Sebastián Salguero

DE IZQUIERDA A DERECHA: GLORIA DI RIENZO, DELIA GALARA, SOLEDAD GARCIA Y NILDA JELENIK FUERON VICTIMAS DE VEJAMENES SEXUALES DURANTE LAS DETENCIONES EN LA DICTADURA MILITAR E IMPULSARAN LOS NUEVOS JUICIOS DE LESA HUMANIDAD DENTRO DE LA NUEVA FIGURA: DELITOS SEXUALES DE LESA HUMANIDAD.
Imagen: Sebastián Salguero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Der Freitag, Berlín, Alemania. Viernes 2 de  septiembre de 2016.

https://www.freitag.de/autoren/der-freitag/keiner-zeigte-reue

https://www.freitag.de/ausgaben/3516

 

Politik

 

El final del Megajuicio en el periódico alemán Der Freitag, de Berlín.

Va la versión castellana de la nota aparecida el viernes 2 de septiembre de 2016 en la página 10 de ese diario alemán.

 

Argentina: en uno de los más importantes procesos legales del país, los jueces hablaron: cadena perpetua para 28 asesinos de la dictadura.

NINGUNO MOSTRÓ ARREPENTIMIENTO

 

Por Marta Platía

 

Con una multitud de más de 10 mil personas frente a los Tribunales, terminó en Córdoba el megajuicio La Perla-Campo de La Ribera: dos de los más grandes campos de concentración que hubo en la Argentina durante la última dictadura cívico-eclesiástico-militar.

El juez Jaime Díaz Gavier, presidente del Tribunal Oral Federal N°1, leyó una a una las 38 condenas y 5 absoluciones a los 43 acusados por delitos de lesa humanidad en una sala repleta y silenciosa en la que, a cada sentencia, a cada una de las 28 penas a prisión perpetua que dictó, le siguió un bramido que venía desde afuera y hacía temblar los huesos del alma. El Tribunal, que completaron Julián Falcucci, José Camilo Quiroga Uriburu y Carlos Ochoa, resolvió 10 condenas que van desde los 21 años de prisión a los dos años y seis meses; y 5 absoluciones.

El día, que ha marcado historia en el país, fue el jueves 25 de agosto de 2016. Era la audiencia 354 luego de un juicio que duró “tres años, ocho meses y 27 días” según contabilizó el propio juez. Desde el 4 de diciembre de 2012 hasta este fin de agosto de 2016, declararon 581 testigos en una causa que involucró a 716 víctimas. De ellas, 279 están desaparecidas.

En ese final de juicio el ex general Luciano Benjamín Menéndez, que el 19 de junio cumplió sus 89 años, superó su propio récord en cuanto a condenas a prisión perpetua: sumó la número 12. Con ésta, “el Cachorro” o “La Hiena”, como también lo llamaban sus hombres y sus víctimas, tiene 14 en total, ya que cuenta otras dos por una veintena de años. Menéndez fue el general más duro que tuvo el dictador Jorge Rafael Videla: asoló diez provincias del centro y norte de la Argentina y se movió por ellas al arbitrio de su pulsión de muerte.

El juicio arrancó con un total de 58 imputados, de los cuales 11 murieron durante el proceso. El primero de ellos, Aldo Checchi –un represor que se hacía pasar por ginecólogo para abusar de sus víctimas- se suicidó de un balazo apenas 24 horas antes de que se iniciaran las audiencias en un hospital militar. El último, Fernando Andrés Pérez, un ex policía que integró la patota del D2 -la Gestapo cordobesa- y el Comando Libertadores de América: la versión local de la Triple A, murió sin condena durante la feria judicial de invierno.

 

Quemados en pozos

Antes de que los jueces se retirasen a deliberar previo al veredicto, todos tuvieron derecho a sus últimas palabras. Menéndez, hizo su acostumbrada diatriba en la que repite que son “soldados victoriosos injustamente juzgados”; pero en esta oportunidad hubo una variante: negó haber robado el nieto de Sonia Torres, la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba. Esta es la primera vez que se lo acusa por “robo de bebés” en el marco del “Plan sistemático de exterminio de opositores políticos” que infligió la dictadura militar a este país.

Ninguno de los acusados se arrepintió de nada. Ninguno dijo dónde enterraron a los desaparecidos, ni dónde están los nietos que robaron y entregaron. Al contrario: uno de ellos, Exequiel “Rulo” Acosta, se ufanó de sus crímenes y dijo masticando cada palabra “no tengo nada de qué arrepentirme”. Otros reos, directamente amenazaron a los jueces. Ernesto “el Nabo” Barreiro, uno de los pocos que todavía no contaba con ninguna condena, les vaticinó “el noveno círculo del Infierno de Dante (Alighieri, en La Divina Comedia), y los amenazó con un juicio “como el que hubo en Nürenberg a los jueces (del Tercer Reich)”.
Los jueces escucharon con paciencia. El sábado, en una entrevista con la autora, el juez Jaime Díaz Gavier dijo “Los juicios de Argentina son mucho más de lo que pasó en Nürenberg: los tribunales allí fueron constituidos por jueces de los países triunfadores, de los Aliados. Nosotros lo hicimos aquí con nuestros magistrados y nuestra legislación. Argentina se atrevió a juzgar los crímenes del terrorismo de Estado”.

Este megajuicio tuvo hitos que, en una línea de tiempo, podrían demarcarse tanto por lo atroz de cada testimonio; como por la importancia documental. Entre los testigos, sobresalió el del arriero José Julián Solanille, quien aseguró haber visto al propio Menéndez presenciando –y ordenando- un fusilamiento masivo frente a las fosas comunes en las que arrojaban y luego quemaban a las víctimas “tabicadas (los ojos vendados en la jerga de los asesinos) y maniatadas”. En cuanto a documentos, hubo notas tipeadas y firmadas de puño y letra por algunos de los imputados con mayor jerarquía militar, como Barreiro o del ya muerto Bruno Laborda, quienes quejándose por no haber sido ascendidos, narraron las matanzas de las que fueron parte para lograr ascensos.

Bruno Laborda, ya en democracia, en 2004, en una carta que dirigió a Ricardo Brinzoni, el entonces jefe del Ejército, detalló cómo asesinaron a Rita Alés de Espíndola. Cómo todo un pelotón de fusilamiento acribilló a una joven en camisón que, pocas horas antes, había parido a su beba esposada a una cama. Laborda describió hasta “el olor del miedo” que desprendía la chica, sus ruegos para que no la asesinaran, y cómo él no “olvidaría jamás” lo vivido. Fue él quien también se quejó de los dolores y pesadillas que le dejó su tarea de “desenterrar con topadoras y palas mecánicas” los restos de los masacrados, para “trasladarlos en tachos de 20 litros” desde los campos de La Perla hasta “las salinas de La Rioja” -en el norte argentino-, para hacerlos desaparecer.

 

Pacto de silencio

Nadie de los que estuvieron presentes en testimonios-río como los de Piero Di Monte, o Graciela Geuna –sólo por nombrar algunos-, podrá olvidar sus definiciones de la tortura “de la que jamás se vuelve”; de la vida y la muerte “encerrados en un segundo que se vuelve eterno para el resto de la existencia”, si es que se tuvo la posibilidad de conservarla; de la tenaz saña, del sadismo de la caterva torturadora. De seres que se creían y definían “dioses” en los campos de concentración, y que a los prisioneros los llamaban “muertos vivos” para recordarles que podían asesinarlos de un momento a otro. Que su vida era sólo una cuestión de voluntad o capricho de los cancerberos quienes podían apagarlas como a una vela.
En este juicio hubo testigos de contexto que ayudaron a comprender el andamiaje en el que se produjo el politicidio: como la escritora e investigadora francesa Marie-Monique Robin, quien no dudó en abrir su aporte diciendo “fue una enorme tristeza para mí que mi patria, la de la Libertad, Igualdad, Fraternidad, fuera también la creadora de los “Escuadrones de la muerte, de la llamada Escuela Francesa” cuyos atroces métodos describió en el libro “La guerra moderna” el militar galo Roger Trinquier quien, en pocas palabras, englobó su principal parámetro “la obtención de información a través del dolor”, de la tortura.
Otra de esas testigos fue la titular de Abuelas de Plaza de Mayo de la Argentina, Estela de Carlotto, quien llegó a respaldar a su colega cordobesa, Sonia Torres: la pequeña gran mujer de ya 86 años, que sigue buscando a su nieto: el bebé que su hija Silvina Parodi parió en cautiverio el 14 de junio de 1976. Ese ya hombre por el que, por primera vez, logró acusar a Menéndez en el plan sistemático de robos de bebés. En este punto se entrelazaron los relatos de las tres testigos. Marie-Monique Robin dijo: “Lo que no pasó en Argelia, el robo de bebés, pasó acá, en la Argentina. Es que en Argelia los chicos tenían caras de árabes, así que (los franceses) no los querían ni adoptar. Eran racistas. Los mataban junto a sus familias luego de las torturas y los arrojaban desde aviones al mar. Eran “los camarones de (Paul) Aussaresses” (uno de los jefes de la Organización de la Armada Secreta OAS).

Según detalló Robin, la OAS llegó a la Argentina por invitación de los militares en 1959 y se afincaron en todo un piso del Edificio Cóndor, la sede del Ejército que está detrás de la Casa Rosada: la casa de Gobierno. Un dato que el mismísimo represor Alcides López Aufranc (también llamado “el Conde”), le reveló en el documental que Robin filmó, y en el que también entrevistó a los jerarcas Ramón Díaz Bessone y Albano Harguindeguy. Personajes que no tuvieron reparos en admitir la matanza sistemática y las desapariciones “no podíamos fusilar y entregar los cuerpos. Si hacíamos eso, el mundo se nos venía encima. Hasta el Vaticano se nos iba a venir encima”.

La francesa también habló de Estados Unidos y su responsabilidad en la instalación de las dictaduras en toda Latinoamérica, a partir de la de Chile en 1973, en la que el secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger tuvo un rol decisivo a través del llamado “Plan Cóndor”.

Pero quizás el más insólito de los testigos de este juicio fue el hijo de uno de los imputados: Carlos Alberto Quijano, quien había sido uno de los jefes de la Gendarmería. Muerto el jerarca, el joven detalló cómo, cuando apenas era un adolescente de 14 años, su padre lo había obligado a trabajar en las patotas que irrumpían en las casas de las víctimas a las que robaban y golpeaban y, en su caso “manejar autos” y “destruir papelería”, y hasta presenciar asesinatos.

El clímax del transcurso de este juicio ocurrió el 21 de octubre de 2014, cuando el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) encontró por primera vez restos óseos humanos en el predio militar que rodea al ex campo de concentración La Perla, en los Hornos de La Ochoa: nada menos que la estancia donde Menéndez pasaba sus fines de semana. Allí se encontraron, y luego identificaron, los restos de Lila Rosa Gómez Granja, Ricardo Saibene, Alfredo Felipe Sinópoli Gritti y Luis Agustín Santillán Zevi: todos estudiantes de Medicina y militantes de la Federación Universitaria Peronista. Los cuatro fueron secuestrados el 6 de diciembre de 1975 en el Parque Sarmiento de Córdoba, cerca de la Ciudad Universitaria.

Fue a raíz de este hallazgo que ocurrió el siguiente pico de (alta) tensión de estos casi cuatro años de audiencias: el 10 de diciembre de ése año, y justo en el día de los Derechos Humanos, el represor Ernesto “Nabo” Barreiro se levantó de su asiento y le dio al Tribunal, por primera vez en lo que va de estos juicios por delitos de lesa humanidad en todo el país, una lista de 18 nombres de desaparecidos y la localización de una última víctima “innominada”. El corolario de esta sucesión fue que los cuatro estudiantes de medicina estaban, como señaló el reo en su lista, “enterrados” juntos.

Fue el fiscal Facundo Trotta quien señaló “eso significa que saben dónde están, que tienen intactas sus bases de datos. Y que si no dicen dónde están los desaparecidos, es porque no quieren”.

El juicio terminó y el pacto de silencio de los represores no se rompió. Se sabe que Menéndez había ordenado que todos maten para que todos tuviesen las manos manchadas de sangre y no pudieran hablar sin ser acusados. Es evidente que esa estrategia ha funcionado. Después de esa lista nadie abrió la boca. Tampoco se arrepintieron de nada. De absolutamente nada. Es más: luego de la sentencia, algunos de los condenados hasta insultaron a los familiares de las víctimas, a las Abuelas y a los sobrevivientes. El juez, a los gritos, ordenó sacarlos de la sala. Cuando pasaban cerca del estrado del Tribunal, hubo quienes insultaron también a los jueces.

En la calle, el verano pareció haberse adelantado: bajo un sol ardiente y con más de 30 grados en pleno invierno, la multitud festejaba, lloraba, reía, bailaba y se abrazaba cantando: “Como a los nazis/ les va a pasar/ adonde vayan los iremos a buscar”.
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Destacados de la edición alemana:

Impunes hasta ahora. El rol de Estados Unidos como padrino de los coroneles.

El ex general Menéndez tiene hasta ahora doce condenas a cadena perpetua.

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MARTA PLATÍA

AUSGABE 3516 | 14.09.2016 | 06:00

Keiner zeigte Reue

Argentinien In einem der wichtigsten Gerichtsverfahren des Landes sind die Urteile gesprochen – lebenslänglich für 28 Täter der Diktatur

Keiner zeigte Reue

Banner mit den Bildern der Verschwundenen, über deren Schicksal sich die Täter ausschweigen

Foto: Eitan Abramovich/AFP/Getty Images

MARTA PLATÍA

Mehr als 10.000 Menschen stehen am 25. August vor dem Gerichtsgebäude in Córdoba. Drinnen werden die Urteile im Prozess um die zwei Gefangenenlager La Perla und Campo de la Ribera gesprochen, in denen Argentiniens Militärdiktatur (1976 – 1983) Regimegegner foltern und ermorden ließ. Der Vorsitzende des Ersten Föderalen Gerichtshofs, Jaime Díaz Gavier, verliest nacheinander 38 Strafen und fünf Freisprüche. Der Saal ist zum Bersten gefüllt und totenstill. Auf jedes einzelne Urteil, besonders auf die Verkündung von 28 lebenslangen Haftstrafen, folgt von draußen markerschütterndes Gebrüll.

Dieser 25. August 2016 wird ein historisches Datum für Argentinien bleiben. Es ist der 354. Verhandlungstag in einem Prozess, der – so rechnet es der Vorsitzende Richter selbst vor – „drei Jahre, acht Monate und 27 Tage“ gedauert hat 581 Zeugen haben im Namen von 716 Opfern ausgesagt; fast 300 von ihnen sind noch immer spurlos verschwunden. Der greise Ex-General Luciano Benjamín Menéndez, von seinen Leuten und seinen Opfern auch „die Hyäne“ genannt, übertrifft mit dem Urteil seinen eigenen Rekord an lebenslangen Haftstrafen: Es sind nun zwölf; hinzu kommen noch zweimal 20 Jahre. Menéndez galt als härtester Knochen unter den Militärs des Diktators Jorge Rafael Videla. Er wütete in zehn Provinzen Zentral- wie Nordargentiniens und tötete nach Lust und Laune. Zur Prozesseröffnung standen noch mehr Angeklagte vor Gericht, elf von ihnen starben während des Verfahrens. Der Erste dieser Toten, Aldo Checchi, ein Folterer, der sich als Gynäkologe ausgab, um seine Opfer zu missbrauchen, erschoss sich am Tag vor Beginn der Verhandlung. Und der Letzte – Fernando Andrés Pérez von der berüchtigten Geheimpolizei D2 – starb kürzlich während der Winterferien des Gerichtshofs.

In einer Grube verbrannt

Vor der abschließenden Beratung der Richter hatten alle Angeklagten das Recht auf ein letztes Wort in eigener Sache. Der 89-jährige General Menéndez nutzte die Gelegenheit für seine übliche Litanei, sie seien „siegreiche Soldaten, zu Unrecht beschuldigt“. Er bestritt, den Enkel von Sonia Torres geraubt zu haben, der Vorsitzenden der Opferorganisation Großmütter der Plaza de Mayo in Córdoba. Erstmals stand Menéndez in diesem Prozess auch wegen des Raubes von Kindern vor Gericht.

Keiner der Angeklagten zeigte Reue. Weder verrieten sie, wo sie die Verschwundenen verscharrt haben, noch wollten sie preisgeben, wo die entführten Kinder abgeblieben sind. Einer der Entführer, Exequiel Acosta, genannt „Rulo“, brüstete sich gar mit seinen Taten und erklärte genüsslich: „Ich habe nichts zu bereuen.“ Andere drohten den Richtern unverhohlen. Sie würden „im neunten Kreis von Dantes Hölle schmoren“, prophezeite Ernesto „Nabo“ Barreiro, einer der wenigen Beschuldigten, gegen die zuvor noch kein Urteil gesprochen worden war, und fügte hinzu, dem Tribunal selbst stehe „ein Prozess wie der von Nürnberg“ (gegen die Richter des NS-Regimes) bevor.

Die Richter hörten sich das geduldig an. Jaime Díaz Gavier, der Vorsitzende, meinte in einem Gespräch: „Die Verfahren in Argentinien sind viel mehr als das, was bei den Nürnberger Prozessen geschah. In Nürnberg waren es Richter der Alliierten, die ihre Urteile nach dem Statut des Nürnberger Kriegsverbrechertribunals sprachen. Argentinien hingegen hat seine eigenen Gerichte beauftragt und wendet die eigene Rechtsprechung an, um die Verbrechen des Staatsterrorismus zu ahnden.“

Will man wichtige Enthüllungen des Megaprozesses aufzählen, kann man es entweder anhand der Gräuel tun, die von den Zeugen geschildert wurden, oder anhand der belastenden Dokumente, die dem Gericht vorlagen. Unter den Zeugenaussagen sticht die des Maultiertreibers José Julián Solanille hervor, der beteuert, er habe selbst gesehen, wie Menéndez eine Massenerschießung befohlen und geleitet habe. Die Getöteten, „mit verbundenen Augen und gefesselten Händen“, seien in eine Grube geworfen und verbrannt worden.

Unter den wichtigsten der präsentierten Dokumente befanden sich mit Schreibmaschine getippte und eigenhändig unterschriebene Erklärungen einiger hochrangiger Militärs, die sich über ausbleibende Beförderungen beschweren und aus diesem Anlass mit Morden prahlen, an denen sie beteiligt waren. So verfasste Bruno Laborda noch 2004, als Argentinien längst wieder demokratisch war, einen Brief an den damaligen Armeechef, General Ricardo Brinzoni. Darin beschreibt er detailliert den Mord an einer jungen Frau namens Rita Alés de Espíndola. Dass ein ganzes Erschießungskommando sie durchsiebte, dass sie dabei ein Nachthemd trug und nur Stunden zuvor, mit Handschellen ans Bett gefesselt, ihr Baby geboren hatte.

Pakt des Schweigens

Bis hin zum „Geruch der Angst“, den die junge Frau verströmt habe, und ihrem Flehen, sie nicht zu töten, reichen Labordas Schilderungen. Was er da miterlebte, werde er „niemals vergessen“, klagte der Mörder und jammerte außerdem über Schmerzen und Albträume, die er sich bei dem Auftrag eingehandelt habe, die Überreste von Massakrierten „mit Baggern und Bulldozern auszugraben“, um sie „in 20-Liter-Eimern vom Lager La Perla zu den Salzgruben von La Rioja“ im Norden Argentiniens zu verfrachten und dort verschwinden zu lassen.

Nicht minder beklemmend waren die Aussagen der Zeugen über die Folter, „aus der man nie wieder zurückkehrt“, über Leben und Tod, „geronnen zu einer Sekunde, die zur Ewigkeit wird“, über die nie nachlassende sadistische Wut der Peiniger. Über Kreaturen, die sich in den Lagern als „Götter“ bezeichneten und die Gefangenen „lebende Tote“ nannten, um ihnen klarzumachen, dass man sie jeden Augenblick umbringen könne. Auch Estela de Carlotto, Präsidentin der Großmütter der Plaza de Mayo, sprach als Zeugin vor, um ihre Kollegin Sonia Torres aus Córdoba zu unterstützen. Torres’ Tochter, Silvina Parodi, gebar am 14. Juni 1976 in Gefangenschaft einen Sohn, der seither verschollen ist. Ihr Fall führte zur Anklage gegen Menéndez wegen systematischen Kindesraubs.

An diesem Punkt trafen sich die Zeugenaussagen der beiden Großmütter mit jener der ebenfalls vorgeladenen französischen Investigativjournalistin und Lateinamerika-Expertin Marie-Monique Robin, die den Einfluss der „französischen Doktrin“ und das Wirken der Terrorgruppe Organisation de l’Armée Secrète (OAS) in Argentinien erforscht hat. Der von französischen Offizieren im Algerienkrieg gegründete Geheimbund wollte die Unabhängigkeit des nordafrikanischen Landes gewaltsam verhindern. Als dies misslang, setzten sich etliche seiner Anführer nach Südamerika ab und halfen unter anderem der argentinischen Armee dabei, die auf systematischer Folter und dem Verschwindenlassen missliebiger Personen beruhende „französische Doktrin“ umzusetzen. In Robins DokumentarfilmTodesschwadronen. Wie Frankreich Folter und Terror exportierteaus dem Jahr 2003 bekennen Ramón Díaz Bessone und Albano Harguindeguy, zwei Obristen der argentinischen Diktatur, freimütig: „Wir konnten die Leichen der Erschossenen nicht übergeben. Hätten wir das getan, wäre uns die ganze Welt aufs Dach gestiegen, sogar der Vatikan.“ Die französische Journalistin sprach einmal mehr den sogenannten Plan Cóndor an und damit die umstrittene Rolle der USA wie ihres damaligen Außenministers Henry Kissinger bei der Installierung der Diktaturen in Lateinamerika ab 1973.

Als ungewöhnlichster Zeuge im Mammutprozess trat der Sohn eines Angeklagten auf, des Polizeichefs Luis Alberto Quijano, der mittlerweile verstorben ist. Der Zeuge beschrieb, wie ihn sein Vater, als er kaum 14 Jahre alt war, gezwungen habe, bei den Kommandos mitzulaufen, die in Häuser eindrangen und die Bewohner verprügelten, oft ausraubten. Auch „Auto fahren“ und „Papiere vernichten“ gehörte zum Job des Teenagers.

Die größte Enthüllung im gesamten Verfahren fiel auf den 21. Oktober 2014. An jenem Tag fanden Forensiker erstmals menschliche Knochen auf dem Militärgelände rund um das ehemalige Gefangenencamp La Perla – genauer gesagt, auf der Estancia, die Menéndez als Wochenend-Domizil diente. Identifiziert wurden die Überreste von vier Medizinstudenten, die der peronistischen Jugendorganisation angehört hatten und am 6. Dezember 1975 unweit ihres Campus gekidnappt wurden.Dieser Fund löste einen weiteren großen Moment der Wahrheit aus. Am 10. Dezember 2014, an dem wie jedes Jahr der Internationale Tag der Menschenrechte begangen wurde, erhob sich der Angeklagte Ernesto „Nabo“ Barreiro im Gericht und händigte dem Tribunal erstmals bei einem solchen Prozess eine Liste mit 18 Namen von Verschwundenen aus. Barreiro selbst wies bei der Übergabe darauf hin, dass die vier Medizinstudenten „gemeinsam begraben“ worden seien.

Staatsanwalt Facundo Trotta meint dazu im Rückblick: „Das heißt, sie wissen, wo die Verschwundenen sind. Und wenn sie es nicht verraten, dann weil sie nicht wollen.“ Den Pakt des Schweigens unter den Unterdrückern hat auch dieser Prozess nicht brechen können. Man weiß, dass Menéndez befahl, alle müssten morden, damit alle schmutzige Hände hätten und nicht auspacken könnten, ohne sich selbst zu belasten. Dieses Kalkül der „Hyäne“ ging auf: Von der einen Liste abgesehen hat keiner der Täter etwas preisgegeben. Nach der Urteilsverkündung begannen einige sogar damit, die Familien ihrer Opfer zu beleidigen. Der Vorsitzende ließ die pöbelnden Mörder sofort abführen.

Es ist ein außergewöhnlicher Tag am 25. August in Córdoba, über 30 Grad Hitze mitten im argentinischen Winter. Draußen vor dem Gebäude feiert die Menge, es wird geweint, gelacht, getanzt und Arm in Arm gesungen: „Como a los nazis / les va a pasar / adonde vayan los iremos a buscar.“ – „Wie den Nazis wird es ihnen ergehen; egal wo sie sind, wir werden sie finden.“

Marta Platía begleitete den Prozess als Journalistin von Beginn an

Übersetzung aus dem Spanischen: Michael Ebmeyer

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Diario Página 12.  Domingo 28 de agosto de 2016.

EL PAIS › REPORTAJE A JAIME DIAZ GAVIER, PRESIDENTE DEL TRIBUNAL FEDERAL 1 DE CORDOBA

“Argentina se atrevió a juzgar los crímenes del terrorismo de Estado”

El jueves leyó el fallo de la megacausa La Perla-campo de La Ribera, que incluía 28 perpetuas y daba fin a casi cuatro años de escuchar testimonios del horror. La diferencia entre crímenes de lesa humanidad y terrorismo de Estado.

Imagen: Sebastian Salguero

Imagen: Sebastian Salguero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Marta Platía.

Jaime Díaz Gavier tiene 66 años, cuatro hijos y es uno de los protagonistas de los juicios por crímenes de lesa humanidad del país desde el 24 de julio de 2008. Ese día sentenció a Luciano Benjamín Menéndez y, por primera vez, lo mandó a una cárcel común. Jovial, conversador culto y de fino sentido humor, se mostró satisfecho con la labor que culminó el jueves pasado, cuando leyó el veredicto del megajuicio La Perla-Campo de La Ribera a Menéndez y otros 42 represores. Junto con sus colegas Camilo Quiroga Uriburu, Julián Falcucci y Carlos Ochoa, Díaz Gavier resolvió 28 perpetuas, diez condenas de 30 meses a 21 años y cinco absoluciones. El un juicio tomó casi cuatro años y tuvo 581 testimonios.

–¿Tiene conciencia de la dimensión de estos juicios?

–Sí, pero creo que se van a apreciar mucho más en el futuro. Ahora hay tantas disputas hasta partidarias que algunos no pueden ver con claridad lo que significan para el país. Pero estoy convencido de que estos fallos serán históricos. Hemos tenido la oportunidad de escuchar 581 testimonios. Eso en sí mismo es irrepetible. Ningún historiador o periodista o escritor, para hacer un informe o escribir un libro, puede recolectar tantos testimonios en este período de tiempo y lograr la reconstrucción como si fuera un rompecabezas, por cierto, de lo que ocurrió hace más de cuarenta años y con criminales que se cambiaban los nombres. Con víctimas vendadas y en un marco de total oscuridad y clandestinidad precisamente para que nunca pudieran esclarecerse. Pero con mucha prueba hemos llegado a reconstruir todo eso, y al estado de certeza que la ley nos exige para la sentencia condenatoria. Y en cinco casos hubo absolutorias. Eso cuando no hemos podido llegar a la certeza, no ya de que los hechos ocurrieron, sino de quiénes fueron sus responsables. Argentina ha sido un ejemplo único en el mundo de un país que se atrevió a juzgar los crímenes de una dictadura desde el poder político, desde sus autoridades nacionales, y esto hay que reconocérselo a Néstor Kirchner y luego a Cristina Fernández de Kirchner. Desde el poder Ejecutivo establecieron una política de Estado en materia de Derechos Humanos, de su preservación y cuidado. Es muy poco frecuente: ningún otro país del mundo que yo conozca, ha dado este hecho magnífico ejemplo de mirarse en su propio espejo y juzgar sus propios dramas. Es mucho más de lo que pasó en Nüremberg: los tribunales allí fueron constituidos por jueces de los países triunfadores, de los Aliados. Nosotros lo hicimos aquí con nuestros magistrados y nuestra legislación.

–¿En qué se diferencia la desaparición forzada de personas del robo de niños?

–Técnicamente es lo que se llama desaparición forzada, que fue establecido por ley 26.200 de 2011. En el caso de los desaparecidos adultos, como en el de niños, es un delito que técnicamente se llama permanente. Esto es: que se está cometiendo todo el tiempo, hoy, ahora. Eso nos ha permitido aplicar esa ley que es posterior a los hechos. El caso concreto del hijo de Silvina Parodi y su esposo Daniel Orozco, el nieto de Sonia Torres (la titular de Abuelas de Plaza de Mayo-Córdoba), es también un desaparecido. Esa criatura que hoy debe tener 40 años, nació en 1976, es un desaparecido. No sabemos quién es ni dónde está. Fue privado de su identidad, entregado a otros padres, y sobre todo, esencialmente, quitado de la autoridad y del amor de su madre. Entonces hemos aplicado, en forma muy novedosa, porque esto no había sido aplicado nunca antes en la Argentina, esta figura de la desaparición forzada: en el caso del niño y en el caso de los adultos es exactamente lo mismo. No han aparecido, no sabemos dónde están. Y quienes saben, porque son los autores materiales de la privación ilegítima de la libertad y del homicidio y su desaparición, no lo dicen. Esta figura pluriofensiva y compleja, así se llama, porque contiene distintas instancias penales: la privación de la libertad y el homicidio, pero fundamentalmente el ocultamiento de los restos de una persona y no darlos a conocer pudiéndolo hacer. Eso particularmente grave. La diferencia está en que supone una pena mayor.

–¿Ustedes fallaron que el terrorismo de Estado comenzó antes del golpe de 1976?

–Nosotros determinamos que el terrorismo de Estado comenzó el 24 de marzo de 1976, cuando las Fuerzas Armadas, manejando todas las fuerzas de seguridad, asaltan el poder político del Estado y constituyen su gobierno de facto, que ya se ha calificado, incluso en numerosos fallos de la Corte Suprema, como terrorismo de Estado. Pero hay una confusión, porque no tienen todavía los fundamentos. Una cosa es el terrorismo de Estado y otra cosa son los delitos de lesa humanidad. Esos pueden cometerse antes del 24 de marzo de 1976, cuando todavía no había, de acuerdo a la categorización que hemos hecho, un terrorismo de Estado. Esos delitos fueron cometidos no desde el Estado mismo sino desde bandas parapoliciales y paramilitares que sí eran funcionarios estatales, que actuaban clandestinamente. De manera absolutamente ilegítima comenzaron con la ejecución de un plan sistemático de eliminación de opositores o de quienes ellos denominaban y fijaban como blanco a aniquilar. En el caso que nosotros hemos juzgado en este juicio, hay hechos que van de marzo de 1975 a marzo de 1976. Según el Tratado de Roma, incorporado a la legislación y al bloque constitucional argentino, se cometen estos delitos no por el Estado mismo, que todavía no es un Estado Terrorista, sino por organizaciones políticas. Grupos ilegales, clandestinos, que sí utilizaron instrumentos y recursos propios del Estado: armas, automóviles, uniformes, comisarías, cuarteles, que los constituyeron ya en centros clandestinos de detención, tortura y homicidio. Fíjese que hay una diferencia bastante notable: en los episodios del año ´75, que son delitos de lesa humanidad por lo que le digo, pero que no están todavía en el marco del terrorismo de Estado, secuestraban a las víctimas, las torturaban, las mataban, pero los cuerpos aparecían. Aparecían… No era el Estado, no tenían el sistema completo que sí consiguen a través del terrorismo de Estado tras el golpe, ya con los enormes recursos represivos que el Estado legítimamente tiene pero utilizados con este fin absolutamente delictivo. Después del 24 de marzo comienza a establecerse el sistema perverso de la desaparición de personas. No se reconoce el hecho, ni se da a conocer a familiares de las víctimas qué pasó.

–Otro punto sobresaliente del fallo fue el de los delitos sexuales.

–Sí, es evidente que las mujeres sufrieron de manera particular los horrores de la represión, porque los abusos sexuales se convirtieron en una metodología cotidiana de tormento y de satisfacción, me parece por lo que hemos podido recabar, de las pulsiones más primitivas de los perpetradores. Muchos de esos episodios no se denunciaron, seguramente por pudor o por su propio dolor y angustia. Pero en este juicio se produjeron algunas denuncias concretas en ese tema. Lo hemos podido acreditar: acreditamos las violaciones, los abusos sexuales ocurridos en la D2. No pudimos determinar en algunos casos la identidad del violador, pero sí muchas víctimas identificaron a quiénes las fueron a buscar a su casa. Y en la propia casa las sometieron. Ellas después, incluso, reconocieron sus nombres y voces cuando las tuvieron detenidas en la D2. Esos son los que hemos condenado por los delitos sexuales.

–¿Es también una novedad que su tribunal nombra como “delitos sexuales de lesa humanidad” ese crimen?

–No sé si es la primera vez, pero sé que no es una situación frecuente por las pocas denuncias formales en la etapa instructoria de los juicios. Pero nosotros en juicio hemos determinado que esos delitos sexuales se constituyeron en un elemento más de la represión del Plan Sistemático (del terrorismo de Estado). Eso pasó en el caso de las mujeres. Por otra parte, los judíos sufrieron también un plus de crueldad por el sólo hecho de ser judíos. En el caso de las mujeres hemos resuelto que es también que las vejaciones sexuales, los abusos y las violaciones fueron también partes, mecanismos del Plan Sistemático para eliminar opositores (políticos). En este caso mujeres.

–Hubo dos momentos en este larguísimo juicio en los que lo vi acusar el impacto de lo que estaba escuchando. Uno fue la declaración de Gloria Di Rienzo, quien contó terribles abusos sexuales. El otro cuando un hombre atestiguó que lo habían violado.

-Sí, lo recuerdo. Un horror. Terrible… También fue difícil con los relatos sobre los hechos ocurridos y acreditados que sufrió la chiquita Alejandra Jaimóvich. El señor que fue violado… Estos episodios son terribles. Hubo algunos hombres que no lo dijeron del todo, pero lo sugirieron y también fueron violados. Son hechos que uno no termina de asombrarse. Hasta dónde puede llegar la crueldad, la perversidad humana. Incluso, otra cosa que me conmovió no por lo físico, sino por lo psíquico, lo íntimo, lo espiritual de Claudia Hunziker, que le encuentran un papelito (con cierta ternura, el juez hace el gesto de desplegar un mensajito) donde ella ponía que estaba enamorada de otro chico Andrés “Chacho” Remondegui. Y la delatan en algo que el pudor humano es tan evidente a esa edad, cuando se es adolescente es tan secreto. Uno se muere de vergüenza por esas cosas. Cuando es más grande no, le encanta decirlo. Pero cuando es más chico provoca un sufrimiento tan brutal. Armarles esa parodia (de cena romántica) inmunda, miserable… Quizás le haya dolido más eso que los tormentos físicos.

–Hubo testigos que conmovieron por su energía, como Emi Villares de D’Ambra, de 86 años, la titular de Familiares de Desaparecidos.

–Ella es tan fuerte. La vi ayer en un programa de televisión y estaba tan alegre por el fallo. Tiene una energxía enorme. Ella, como las otras Abuelas, las Madres. Uno se pregunta ¿cómo viven después de un episodio como ese? Yo pienso que después de perder a un hijo lo que uno debe querer es morirse. Una de mis hijas me decía anoche “papá, viven mucho tiempo y así porque quieren lograr lo que ahora lograron”. Incluso con la esperanza loca de recuperar a sus hijos con vida. En el primer momento los buscaban todavía con vida. Ahora buscan los restos… Se mueren viejas viejas porque su fuerza de vida es esa búsqueda. Muchas veces me han impresionado ellas y también los familiares. Si me hubiese pasado lo que a ellos, si hubiese venido a una audiencia y los hubiera visto a los imputados sentados ahí, tal vez me hubiera acercado, les hubiera dicho algo, pegado un sopapo… pero ellas, ellos no. Siempre me ha asombrado la entereza, la templanza de esta gente que ven ahí, al asesino de su hijo, y no le hicieron nada. Y cuando se les escapaba algo yo les decía que se callen y se callaban. Incluso en la última audiencia, en la sala de audiencia no volaba una mosca cuando yo leía el veredicto. Afuera (la multitud de más de diez mil personas) sí, se escuchaba el bramido a cada condena. Adentro no. Esperaron hasta el final para estallar, para explotar. Y encima los imputados los insultaban y a nosotros, nos amenazaban.

–Cuando declararon los hermanos de Diego Ferreyra, cazado a balazos por Héctor Vergez frente a sus padres, Vergez se dio vuelta y con su mano simulando un revólver, le disparó a la foto de Diego que sostenía un hermano. El lo soportó mirando al asesino directamente a los ojos.

–No sé cómo pudo soportarlo. Es increíble por lo que han pasado los familiares. No deja de conmoverme la actitud permanente de Madres, Abuelas, los familiares y los sobrevivientes: mantuvieron esta conducta increíble ante las provocaciones de estos imputados y sólo reclamaron justicia. Nada más que justicia.

–¿Los criminales de lesa humanidad, deben seguir en la cárcel aún con más de 70 años?

–Creo que sí. Erich Priebke murió a los 101 años en la cárcel de Roma. Tienen que estar ahí mientras que el encierro carcelario no sea motivo de profundización de su enfermedad si ésta no puede tratarse como se debe en prisión. Se debe ser claro en eso. Los delitos de lesa humanidad son imprescriptibles, así que dentro de veinte años deberán seguir siendo juzgados. Por eso es que, para no prolongar esto, hay que hacerlos ahora. Para lograr terminar con todo esto, hay que seguirlos. Hay que pensar que éstos son los primeros juicios que se hicieron después de 40 años de cometidos los crímenes… Arrancamos recién en 2008.

EL PAIS

“Perdió el tren de la historia”

¿Hubo alguna esperanza de que alguno quebrara el pacto de silencio sobre los desaparecidos?

–Sí, y creo que estuvimos a un tris de que pasara… La muerte del abogado de Ernesto “Nabo” Barreiro fue una verdadera pérdida. Osvaldo Viola me dijo que su defendido estaba dispuesto a hablar. Pero Viola murió y Barreiro luego no se atrevió. Se cerró. Es muy fuerte la presencia de Menéndez… Hubiera sido su oportunidad de pasar a la historia.

–Aunque Barreiro dio la única lista que militar alguno haya entregado a un Tribunal.

–Sí. Claro que eran todos muertos de Vergez, no de él; y que la entrega de la lista fue tardía, porque el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) ya había encontrado los restos humanos en los Hornos (de la estancia La Ochoa). El hallazgo fue el 24 de octubre de 2014, y Barreiro dio la lista el 10 de diciembre. Pero finalmente optó por el silencio. Creo que Barreiro perdió el tren de la historia.

 

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Diario Página 12. Viernes 26 de agosto de 2016.

 

tapan (1) Viernes 26 de agosto de 2016

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PAIS › 28 CONDENAS A PRISION PERPETUA PARA LOS REPRESORES JUZGADOS EN LA MAGECAUSA DE CORDOBA

Un día de justicia para las víctimas de La Perla

Además de las 28 perpetuas, hubo 10 penas que van desde los 21 años a los 2 años y 6 meses, y 5 absoluciones. Se consideraron delitos de lesa humanidad también los de 1975 y se juzgó por primera vez en la provincia el robo de bebés.

Luciano Benjamín Menéndez y sus secuaces ayer no estaban tan altaneros como cuando dijeron sus “últimas palabras”. Imagen: DyN.

Luciano Benjamín Menéndez y sus secuaces ayer no estaban tan altaneros como cuando dijeron sus “últimas palabras”.
Imagen: DyN.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Marta Platía.

Para la historia: el ex jerarca Luciano Benjamín Menéndez, que reinó al arbitrio de su pulsión de muerte en ésta y otras diez provincias argentinas durante la última dictadura cívico-militar, recibió ayer su condena a prisión perpetua número 12. Con ésta, “el Cachorro” o “la Hiena”, como le llamaban sus subalternos, acumula ahora 14 condenas, ya que tiene otras dos por una veintena de años. Como ya es su costumbre, la escuchó sin hacer un mínimo gesto. Sólo se asió un poco más firme a su bastón con ambas manos. En la izquierda llevaba una venda.

Además de los secuestros, torturas, violaciones, asesinatos y desapariciones, por los que se lo condenó como “coautor mediato” en un juicio que acumuló los casos de 716 víctimas, el Tribunal Oral Federal N° 1 de Córdoba, presidido por el juez Jaime Díaz Gavier, también condenó Menéndez por la “desaparición de menor de 10 años”. Esa fue una novedad para el ex general de 89 años: es la primera vez que se lo imputó y sentenció por este delito. Se trata del caso del nieto de Sonia Torres, la titular de Abuelas de Plaza de Mayo Córdoba. En sus últimas palabras y en una variación de su habitual diatriba, en la que sólo habla de “soldados victoriosos injustamente juzgados”, Menéndez negó enfático que “el niño” haya nacido. “Y si nació, yo no lo entregué”, se defendió. Pero durante el juicio quedó probado que el bebé de Silvina Mónica Parodi de Orozco, la hija de Sonia Torres, nació el 14 de junio de 1976 en la Maternidad Provincial, y que estaba en “excelentes condiciones de salud”, como atestiguó Fernando Agrelo, un médico pediatra que lo vio tres veces: “una con su madre, recién parida, y otras dos veces ya solo”.

Radiante, Sonia Torres le dijo a este diario: “Por fin aceptaron que mi nieto está desaparecido. Han tardado 40 años, pero hoy pasó. Esto me pone pilas para seguir”. Abrazada y besada por decenas de personas, Sonia siguió: “No saben lo contenta que estoy. Una llega tan cansada a veces… Pero todavía le debo mucho a mi hija Silvina. Nada más hice la mitad de lo que le prometí. Ahora me falta la otra parte: encontrar a mi nieto o que él me encuentre a mí. Espero que con todo esto me vea, me busque”.

Otros dos jerarcas que fueron condenados por el robo de ese nieto que toda Córdoba espera fueron Ernesto “Nabo” Barreiro y Héctor Pedro Vergez. Barreiro recibió la primera condena a prisión perpetua que tiene en su haber. Se lo encontró culpable de coautor mediato e inmediato de 548 secuestros, 532 torturas, 264 homicidios, entre otros delitos. Sin sonrisas socarronas y con los labios apretados en una mueca, resultó evidente para quienes lo vieron a lo largo de cuatro años, que “el Nabo” Barreiro intentaba no descomponerse. Ya nada quedaba de la altanería de sus palabras finales, cuando no sólo amenazó a los jueces con un juicio como el de Nuremberg y con “el noveno círculo del infierno de Dante”, sino que aparecía con los ojos vidriosos y a punto de llorar. Su desafiante “nos verán desfilar”, pareció desintegrarse en su cuerpo hundido en su banquillo.

Vergez, alias “Vargas” o “Gastón”, como se hacía llamar, tampoco ocultó lo que sentía. Su semblante fue el que comenzó a mostrar en la última audiencia: ya no se finge loco, como a lo largo de estos casi cuatro años. Estaba furioso y no lo disimulaba. Su mirada fija, torva, decía más de lo que él podía expresar. Además de los crímenes de lesa humanidad que cargan en sus espaldas, también se les sumó el robo de bebés. Primera vez que ese delito ha sido juzgado y condenado en esta provincia.

La única represora mujer que ha sido juzgada en Córdoba también se acreditó ayer su primera condena a perpetua: Mirta Graciela “la Cuca” Antón seguirá presa en su celda de Bouwer. Estaba allí desde 2010, cuando se la condenó a 7 años. Fue una de las más temibles torturadoras del D2, la Gestapo cordobesa.

En la sentencia hubo 5 absoluciones, casi todas de ex policías. Serán apeladas por la fiscalía ni bien se conozcan los fundamentos del fallo, el 14 de octubre.

El fiscal Facundo Trotta le dijo a este diario que “es importante recalcar que con este fallo el tribunal dejó en claro tres cosas fundamentales: primero, que hubo Terrorismo de Estado en Córdoba antes de marzo de 1976. Arrancó en 1975. Segundo, que con la ‘desaparición forzada de menores’, hubo aquí robo de niños. Eso entra en el plan sistemático de robo de bebés que hubo en todo el país. Y tercero, que los crímenes sexuales también forman parte de los delitos de lesa humanidad cometidos por el terrorismo de Estado”. El fiscal, que fue una de las figuras más atacadas por los represores en sus discursos finales, se dijo “conforme” con la sentencia y las “casi 30” perpetuas.

La alegría y la furia

La sala de audiencias estuvo repleta. Entrar, “conseguir un lugar” había sido el tema predominante durante estos últimos días. Algo que se zanjó con la puesta de pantallas gigantes para nadie se quedara sin ver y oir la sentencia.

Una de las invitadas de honor fue la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo Estela de Carlotto, quien viajó para estar presente en el veredicto. Cerca de ella se ubicaron las Madres y Abuelas Nelly Llorens, de 97 años, y Emi Villares de D’Ambra.

Para D’Ambra fue “un día de victoria, de alegría enorme: hemos peleado tanto tanto por justicia. No por venganza. No queremos que nos digan heroínas ni nada de eso. Sí peleadoras. Eso soy, eso somos”. Emi llevaba en su pecho la foto de su hijo Carlos Alberto, asesinado en La Perla en febrero de 1977.

También estuvo el gobernador Juan Schiaretti, quien asistió con su esposa, Alejandra Vigo. Ambos flanquearon a Sonia Torres. A diferencia de José Manuel de la Sota, quien jamás asistió a uno de estos juicios desde que se iniciaron en 2008, Schiaretti no pierde oportunidad para ensalzarlos. También se vio al ministro del área, Luis Angulo y a los nietos recuperados Victoria Montenegro y Horacio Pietragalla Corti. Este último fue uno de los 581 testigos en este juicio: los restos de su padre fueron encontrados en la fosa común del Cementerio de San Vicente por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). También asistió invitado el juez federal Miguel Hugo Vaca Narvaja: su abuelo, del mismo nombre, es una de las 716 víctimas del juicio. Y él mismo, antes de ser nombrado juez, fue querellante en este proceso y en el que se le hizo a Jorge Rafael Videla y Menéndez en 2010. También se vio a Martín Fresneda, ex secretario de Derechos Humanos de la Nación.

“Sin odio, sin espíritu de revancha ni de venganza; ha juzgado el mayor horror que ocurrió en Córdoba. Ellos son asesinos, y la Justicia lo ha ratificado. Y estos asesinos tuvieron la oportunidad de defenderse que ellos no les dieron a los compañeros que murieron en las mazmorras, dijo Schiaretti. Poco antes de que abandonara el edificio, desde Radio Universidad le preguntaron por Graciela Doldan, una de las víctimas y el gobernador se quebró. Llorando aseguró: “era una gran compañera. Tuvo en brazos a mi hija… Era una mujer muy digna y así sé que murió”.

La convivencia en la sala de los sobrevivientes y familiares de las víctimas con los familiares de los imputados fue un tanto accidentada: hubo algunas rispideces cuando entró Estela de Carlotto. La siempre violenta Cecilia Pando le gritó improperios a los que la Abuela no contestó. Una marea humana cerró filas tras Carlotto. Pando ya fue protagonista en este edificio de otro episodio. Fue en 2010, cuando insultó al juez español Baltasar Garzón. Dentro de la sala, Pando se sentó junto a Ana Maggi, la mujer del reo “Nabo” Barreiro, quien forma parte de su agrupación de respaldo al genocidio ocurrido durante la última dictadura cívico-militar.

A las 13.19 el juez dio por finalizado el juicio y uno de los condenados a cadena perpetua, Arnoldo José “Chubi” López comenzó a insultar al público y a levantar su puño con gesto amenazante. Anteayer, en sus últimas palabras, este represor montó una especie de acusación en juicio para el tribunal. Los jueces lo escucharon con paciencia. Pero ante los improperios del “Chubi”, Díaz Gavier le ordenó a la policía, a los gritos, que lo sacaran inmediatamente de la sala. Otro de los condenados, Carlos “HB” Díaz, aprovechó cuando pasó cerca del estrado para descargar su bronca. Desde la sala les cantaron “como a los nazis les va a pasar/adonde vayan los iremos a buscar”.

Afuera, el verano se había adelantado. Un regalo luego de tres años, ocho meses y 27 días exactos de un juicio que tardó 40 años y había terminado.

EL PAIS › OPINION

Por ellos

Marta Platía.

Imagen: DyN.

Imagen: DyN.

Por Silvina Parodi de Orozco, que hasta último momento se resistió a dar a luz a su hijo para que no se lo roben, como luego sucedió. Y por Sonia Torres, la Abuela de Plaza de Mayo que todavía busca a ese nieto. Por Tomás Carmen Di Toffino, que se hizo cargo de Luz y Fuerza a la muerte de Tosco, y que en el campo de concentración de La Perla cuidó de sus compañeros hasta que se lo llevaron al muere. Por Carlos Alberto “la Nona” D´Ambra, que cantaba canciones de Les Luthiers para aliviar los dolores y la angustia de los que, sabía, iban a matar. Como a él. Por Herminia Falik de Vergara, que murió agradeciendo a otra de las prisioneras, “Tita” Buitrago, la última caricia en su frente cuando la dejaron moribunda en la parrilla de tortura. Sus asesinos no tuvieron tiempo de matarla del todo: se fueron apurados para festejar la Navidad con sus familias. Fue el 24 de diciembre de 1976. Por sus dos hijas que llevan una vida extrañándola. Por María Luz Mujica de Ruartes, que agonizó con el cuerpo hecho jirones en los brazos de sus compañeras en las que creía ver a su madre, y a la que rogaba “sácame de acá mamá, que ya vuelven los hombres malos”. Por el “Negro” Luis Justino Honores: un albañil que se fue en silencio, destrozado por la picana y los golpes; haciendo fuerza para no quejarse y evitar así que sus compañeros sufrieran por él. Por Claudia Hunziker y su juventud de melena rojiza. Por la pequeña Alejandra Jaimóvich, de sólo 17 años, a quien violaron sistemáticamente hasta matarla. Por la “Negrita” Cristina Galíndez de Rossi, que llevaron a La Perla con su hijito de 4 años, el “Pichi”. Y por el “Pichi” Rossi, que sobrevivió y honra la memoria de esa madre. Por Walter “el Indio” Magallanes, de la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano, que se resistió al secuestro con una pistola de juguete y nunca perdió su sonrisa. Por Oscar Liñeira, de apenas 18, que fue llevado “al pozo” cuando aún no había hecho el amor y alcanzó a confesárselo al sobreviviente Piero di Monte. Por su mamá, que murió el año pasado y todavía lo esperaba. Por Eduardo “el Tero” Valverde, que había sido funcionario del gobierno constitucional de Ricardo Obregón Cano y fue uno de los primeros asesinados en la sala de tortura de La Perla. Por Graciela “la Gorda” Doldan, que cuando la llevaban para fusilar le dejó un mensaje al “Nabo” Barreiro: “Díganle al Gringo que es un cagón”. El represor le había prometido dispararle personalmente y sin venda en los ojos. Ella sabía que la esperaba la muerte y quería mirarla de frente. Y al pelotón, y al cielo. Por todos los que no pudieron mirar ese cielo mientras la horda los fusilaba. Por el “Gordo” Claudio Soria, muerto a mano y de tortura. Por el soldado Félix Roque Giménez, al que luego de la picana, le incrustaron una resistencia de plancha al rojo vivo en la cara y lo estaquearon desnudo en el patio del Campo de La Ribera hasta que murió, cubierto de insectos. Por Rita Alés de Espíndola, que fue fusilada en camisón por una tropa de más de diez “valientes subordinados” de Menéndez a pocas horas de haber parido a una beba. Por Miguel Hugo Vaca Narvaja, padre de 12 hijos y ex ministro de Frondizi: que fue torturado, decapitado y exhibida su cabeza como un trofeo en los cuarteles de los asesinos. Por los hermanos Juan José y Oscar Domingo Chabrol, que fueron muertos a golpes y a patadas en la Gestapo local, la D2, a pocos metros de la Catedral donde reinaba el ex Cardenal Raúl Francisco Primatesta. Por la familia de Mariano Pujadas, que fue torturada, acribillada, arrojada a un pozo y dinamitada por el Comando Libertadores de América: la Triple A cordobesa. Por Ester Felipe y su esposo Luis Mónaco, que apenas tenían veinticinco días de ser padres de una bebé cuando se los llevaron para siempre. Por Gladys Comba de Comba: una madre a la cual vejaron, mataron y quemaron sólo porque buscaba a su hijo Sergio. Por Diego Ferreyra y Silvia “Pohebe” Peralta, a quienes el condenado Vergez cazó a balazos, presumiendo de su puntería, frente a los ojos de sus padres.

Por los que sobrevivieron. Por los que sobrevivieron y dieron testimonio de lo padecido. Por los padres y madres y abuelos que murieron esperando un regreso que jamás ocurrió. Por Eduardo Porta, que sobrevivió a los campos de concentración, a años de tortura, pero terminó muriendo de un infarto en un ómnibus en 1986, apenas dos meses después de haber sido padre. Por todos los que como él y después de él, murieron de prematuras, súbitas muertes. Y de cáncer, y de tristeza, por tanta tortura acumulada. Por la monja Joan Mc Carthy, que murió poco después de dar testimonio y que, aún norteamericana, terminó argentina a fuerza de esperar, de denunciar y de buscar justicia.

Por las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, que jamás dejaron de caminar y de hacer camino. Por su no venganza, su no violencia, y la Justicia como meta. Por ellas. Por todas ellas, que son la máxima dignidad de la Argentina. Por ellas que hasta buscaron y encontraron en la ciencia y en científicos –como el gran Clyde Snow– el “índice de abuelidad”, ya que los padres de los sus nietos, sus hijos, siguen desaparecidos. Por los HIJOS de aquéllos hijos, que siguen buscando. Por el EAAF que sigue encontrando. Por los nietos que son nietos aunque muchos no lo sepan todavía. Por esos “desaparecidos vivos” que son más de 400 y a los que privaron de su identidad éstos y otros condenados. Y los que aún falta juzgar. Por los bebés robados que ya son hombres y mujeres. Por ellos que deben encontrarse a sí mismos y a las Abuelas.

Por todos nosotros, los que respetamos y apoyamos estos juicios. Y por los que no. Porque tarde o temprano sus hijos y sus descendientes sabrán leer la historia mejor que ellos.

Por todos, ayer, y 40 años después de las fosas abiertas en la tierra de La Perla, de los cementerios improvisados por el Terrorismo de Estado en todo el país, a los fusiladores de Menéndez, a los torturadores, a los violadores, a los asesinos, a los desaparecedores y a los ladrones de bebés les llegó la hora. Por fin ayer en Córdoba, Argentina, y al cabo de un juicio de casi cuatro años, el sol brilló intenso sobre una marea humana jubilosa, ondulante y pródiga en abrazos en un luminoso, un ansiado día de Justicia.

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-307849-2016-08-26.html

 

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EL PAIS › ACTO DE LOS ORGANISMOS DE DERECHOS HUMANOS EN CORDOBA EN LA PUERTA DEL TRIBUNAL

Una multitud acompañó la sentencia

Liliana Felipe cantó con el coro de Ex Presos Políticos. Hubo colegios que dedicaron la jornada al juicio. Los organismos de derechos humanos prometieron seguir luchando para que haya “más días” como el de ayer.

Cerca de diez mil personas se movilizaron para acompañar la sentencia de la megacausa.

Cerca de diez mil personas se movilizaron para acompañar la sentencia de la megacausa.

Por Marta Platía.

“Nos tienen miedo porque no les tenemos miedo”, cantó al comando de su piano Liliana Felipe. No fue la protagonista excluyente: tocó con el Coro de Ex Presos Políticos de Córdoba, y la voz cantante fue la de Susana Strausz: la vivaz y chispeante sobreviviente de la dictadura a quien los represores no podían hacer callar. Susana cantaba en defensa propia. La habían arrancado de su casa mientras le servía la leche de la tarde a sus hijos, y era conocida en el barrio por sus bellos ojos azules y por tararear todo el tiempo canciones de María Elena Walsh. A tal punto su placer de las canciones para chicos, que su esposo, desesperado por saber si ella estaba viva cuando rogaba a las afueras del Campo de La Ribera, les rogó a los gendarmes que custodiaban que le dijeran al menos si no había una mujer que cantaba. Esa fue la llave exacta: “Sí, hay una -le dijeron-. Una que canta todo el tiempo “estaba la Reina Batata…”.

La aguerrida Felipe llegó de México sólo para estar presente en la sentencia. Y ayer, con la emoción apretándole la garganta, se dijo feliz por el día de justicia. Su hermana Ester y su cuñado Luis Mónaco, que era periodista, fueron secuestrados por las hordas de Menéndez. Los mataron en La Perla. La bebé de ambos tenía menos de un mes. Ayer, Paula Mónaco Felipe, reconocida periodista en México, fue una más entre las casi diez mil personas que coparon la avenida Arenales, en el Parque Sarmiento, frente al edificio de los tribunales federales.

En el escenario, las organizaciones de derechos humanos recordaron los tiempos en que no eran escuchadas. Nombraron a Néstor Kirchner “por su decisión política”, y le agradecieron “a Cristina, a la Justicia” y se prometieron “seguir luchando para que se siga haciendo justicia “con todo lo que pasa”. Para que “tengamos más días como el de hoy”. El abogado querellante Claudio Orosz usó su tiempo para remarcar “que los abogados además del trabajo también ponemos la militancia. Y creo que es necesario decir que en Alemania es un crimen negar el genocidio, el holocausto. ¡Y acá se discute el número de los desaparecidos! Esto a nivel mundial es un crimen. Ya en 1978, cuando los EE.UU. desclasificaron documentos, se supo que acá habían declarado que hubo 22 mil asesinados. Nosotros decimos que es de cobardes matar y desaparecer. Y que no se puede jugar con las cifras. Es trivial y necio”.

Uno de los homenajes más sentidos fue para la abogada María Elba Martínez: su recuerdo y su foto en la pantalla despertó una gran ovación. “María Elba dejó su vida en estas causas. Fue la decana de los abogados de derechos humanos en Córdoba”, dijo emocionada la querellante Adriana Gentile. Verborrágica, tenaz y batalladora, Martínez murió hace dos años. El propio Raúl Zaffaroni vino a despedirla. Y este juicio tuvo que ver con décadas de su vida. De hecho, ella comenzó la investigación en 1984 y la Megacausa La Perla- Campo de La Ribera que terminó ayer, en realidad lleva su nombre en los expedientes.

Lo que siguió fue puro baile y alegría hasta cerca de las cinco de la tarde. Hubo colegios que, por decisión del Ministerio de Educación, tomaron la jornada de ayer para dedicarla al juicio; y otros, como la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano –que tuvo decenas de desaparecidos entre sus ex alumnos– que invitó a padres, docentes y alumnos a asistir a la sentencia. Anoche, por las redes sociales, los convites a los festejos seguían.

Es que a pesar de todos los pesares, ayer, y desde el amanecer, Córdoba fue consciente de que vivía un día que se inscribirá a fuego en la memoria y en su historia.

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Diario Página 12. Domingo  21 de agosto de 2016.

 

 

EL PAIS › EL JUEVES SE CONOCERA EL FALLO EN EL MEGAJUICIO LA PERLA-CAMPO DE LA RIBERA

Una radiografía del horror

Fueron años de escuchar espantos, sadismos y perversiones, testimonios de particular dureza. La megacausa en Córdoba implicó a 43 represores y casi 600 testimonios. Los alegatos finales fueron modelos de altanería y violencia.

Imagen: Télam

Imagen: Télam

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Marta Platía.

Una gran movilización acompañará dentro y fuera de Tribunales Federales el final del juicio más largo de la historia jurídica cordobesa y, junto con el de la ESMA, de los más importantes del país.

En el que será otro día histórico en esta provincia -el primero de este tipo fue el del 24 de julio de 2008, cuando se condenó por primera vez a prisión perpetua en cárcel común a Luciano Benjamín Menéndez-, los jueces leerán su veredicto al ex general de 89 años y a otros 42 imputados, entre los que sobresalen represores como Héctor Pedro Vergez, alias “Vargas” y Ernesto “Nabo” Barreiro quien, ese día, recibirá su primera condena por delitos de lesa humanidad.

Para Menéndez esta será la doceava condena a perpetua y sumará así 14, ya que tiene dos más a una veintena de años.

El fiscal Facundo Trotta dijo que “por primera vez en Córdoba la sentencia se va a pronunciar sobre el terrorismo de Estado con anterioridad al golpe de 1976, y por primera vez el tribunal va a resolver sobre el robo de niños en Córdoba”, por el nieto de la Abuela de Plaza de Mayo Sonia Torres.

Sobrevivientes de los campos de concentración de La Perla y La Ribera, sus familiares y los de los desaparecidos; más gran parte de los 581 testigos que pasaron por este larguísimo juicio, estarán presentes en un día por el que Madres, Abuelas de Plaza de Mayo, y demás organizaciones de derechos humanos han luchado y esperado por más de 40 años.

Una de ellas será Emi de D´Ambra quien, en la década del ´90 y cuando todo se creía perdido, fue una de las que viajó (gracias al apoyo económico de amigos y conocidos) “hasta España para hablar con el juez Baltasar Garzón”. Emi contó a este diario que “Garzón fue el primer juez que nos atendió. El primero que nos hizo entrar a su despacho y nos sirvió una taza de té… Yo no lo podía creer. ¡Y encima nos escuchó!”. Para ella, como para muchas otras víctimas de la última dictadura, el proceso que Garzón inició contra el represor Alfredo Scilingo -uno de los pilotos de los llamados “vuelos de la muerte” a partir de lo que éste le confesó a Horacio Verbitsky- fue el puntapié inicial de los que luego se abrió y desarrolló en los tribunales argentinos “por la decisión política de Néstor Kirchner y que luego continuó Cristina de que el Terrorismo de Estado que asoló al país no quedara impune”.

Este megajuicio que según las cuentas que llevó el propio presidente del Tribunal, Jaime Díaz Gavier “insumió tres años, ocho meses y veintisiete días” (contando el jueves), tuvo hitos que, en una línea de tiempo, podrían demarcarse tanto por lo atroz de cada testimonio; como el del arriero José Julián Solanille, quien atestigüó haber visto al propio Menéndez presenciando –y ordenando- un fusilamiento masivo frente a las fosas comunes en las que arrojaban y luego quemaban a las víctimas “tabicadas y maniatadas”; como por los documentos de puño y letra de imputados de la talla de Barreiro o del ya muerto Bruno Laborda, quienes quejándose de no haber sido ascendidos, narraron las matanzas de las que fueron parte.

Bruno Laborda, incluso, describió –ya en 2004 en una carta que dirigió a Ricardo Brinzoni, el entonces jefe del Ejército- cómo asesinaron a Rita Alés de Espíndola: todo un pelotón de fusilamiento contra una joven en camisón que, pocas horas antes, había parido a su beba esposada a una cama. Laborda describió hasta “el olor del miedo” que desprendía la chica, sus ruegos para que no la asesinaran, y cómo él no “olvidaría jamás” lo vivido. Fue él quien también se quejó de los dolores y pesadillas que le dejó su tarea de “desenterrar con topadoras y palas mecánicas” los restos de los masacrados y “trasladarlos en tachos de 20 litros” desde los campos de La Perla hasta “las salinas de La Rioja” para hacerlos desaparecer.

Nadie de los que estuvieron presentes en testimonios-río como los de Piero Di Monte, o Graciela Geuna –sólo por nombrar algunos-, podrá olvidar sus definiciones de la tortura “de la que jamás se vuelve”, de la vida y la muerte encerrados en un segundo que se vuelve eterno para el resto de la existencia -si es que se tuvo la posibilidad de conservarla-, de la tenaz saña, del sadismo de la caterva torturadora. De seres que se creían –y definían- dioses en los campos de concentración, y que los nombraban “muertos vivos” para recordarles que podían asesinarlos de un momento a otro. Que su vida era sólo una cuestión de voluntad o capricho de los cancerberos quienes podían apagarlas como a una vela.

 

Contextos

En este juicio hubo testigos de contexto que ayudaron a comprender el andamiaje en el que se produjo el politicidio: como la escritora e investigadora francesa Marie-Monique Robin, quien no dudó en abrir su aporte diciendo “fue una enorme tristeza para mí que mi patria, la de la Libertad, Igualdad, Fraternidad, fuera también la creadora de los “Escuadrones de la muerte, de la llamada Escuela Francesa” cuyos atroces métodos describió en el libro “La guerra moderna” el militar galo Roger Trinquier, quien en pocas palabras englobó su principal parámetro “la obtención de información a través del dolor”, de la tortura.

Otra de esas testigos fue la titular de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, quien vino a respaldar a su compañera cordobesa, Sonia Torres: la pequeña, gran mujer de ya 86 años que sigue buscando a su nieto, el bebé que su hija Silvina Parodi parió en cautiverio el 14 de junio de 1976. Ese ya hombre por el que, por primera vez, logró acusar a Menéndez en el plan sistemático de robos de bebés. En este punto se entrelazaron los relatos de las tres testigos. Marie-Monique Robin dijo: “Lo que no pasó en Argelia, el robo de bebés, pasó acá… Es que en Argelia los bebés tenían caras de árabes, así que no los querían. Los mataban junto a sus familias luego de las torturas y los arrojaban desde aviones al mar. Eran “los camarones de (Paul) Aussaresses” (uno de los jefes de la Organización de la Armada Secreta OAS).

Según detalló Robin, la OAS llegó a la Argentina por invitación de los militares en 1959 y se afincaron en todo un piso del Edificio Cóndor. Algo que el mismísimo Alcides López Aufranc (también llamado “el Conde”), le reveló en el documental que filmó la autora y en el que también entrevistó a Ramón Díaz Bessone y Albano Harguindeguy. Personajes que no tuvieron reparos en admitir la matanza sistemática y las desapariciones “porque si no, el mundo se nos venía encima. Hasta el Vaticano se nos iba a venir encima”.

Quizás el más insólito de los testigos de este juicio fue el hijo de uno de los imputados: Carlos Alberto Quijano, quien había sido uno de los jefes de la Gendarmería. Muerto el jerarca, el joven detalló cómo, cuando apenas era un adolescente de 14 años, su padre lo había obligado a trabajar en las patotas que irrumpían en las casas de las víctimas a las que robaban y golpeaban y, en su caso “manejar autos” y “destruir papelería”, y hasta presenciar asesinatos.

 

Los restos

El clímax de este juicio ocurrió el 21 de octubre de 2014, cuando el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) encontró por primera vez restos óseos humanos en el predio militar que rodea al ex campo de concentración La Perla, en los Hornos de La Ochoa: nada menos que la estancia donde Menéndez pasaba sus fines de semana. Allí se encontraron y luego identificaron los restos de Lila Rosa Gómez Granja, Ricardo Saibene, Alfredo Felipe Sinópoli Gritti y Luis Agustín Santillán Zevi: todos estudiantes de Medicina y militantes de la Federación Universitaria Peronista. Los cuatro fueron secuestrados el 6 de diciembre de 1975 en el Parque Sarmiento de Córdoba, cerca de la Ciudad Universitaria.

Fue a raíz de este hallazgo que ocurrió el siguiente pico de (alta) tensión de estos casi cuatro años de audiencias: el 10 de diciembre de ése año, y justo en el día de los Derechos Humanos, el represor Ernesto “Nabo” Barreiro se levantó de su asiento y le dio al Tribunal, por primera vez en lo que va de estos juicios por delitos de lesa humanidad en todo el país, una lista de 18 nombres de desaparecidos y la localización de una última víctima “innominada”. El corolario de esta sucesión fue que los cuatro estudiantes de medicina estaban, como señaló el reo en su lista, “enterrados” juntos.

Fue el fiscal Facundo Trotta quien señaló “eso significa que saben dónde están, que tienen intactas sus bases de datos. Y que si no dicen dónde están los desaparecidos, es porque no quieren”.

El juicio ha llegado casi a su fin y no. No lo dijeron. Tampoco se arrepintieron de nada. De absolutamente nada. Y de eso dieron fe sus últimas palabras antes de la sentencia.

En estos últimos años fallecieron 11 de los acusados: el primero de ellos se suicidó en un hospital militar. Curiosamente, se disparó con un arma a sólo 24 horas del comienzo del juicio. Era Aldo Checchi.

Los restantes murieron por diferentes afecciones por las que nunca dejaron de ser atendidos. Y si bien se quejan del juicio y de su supuesta “inconstitucionalidad” o de que no sean sus “jueces naturales” quienes los juzguen, tanto ex militares como ex policías admitieron haber gozado de un buen trato, de “buena defensa (oficial) por lo cual se deshicieron en elogios ante el Tribunal: “Gracias a los jueces que me permitieron estar con mi esposa que tuvo un accidente”, se conmovió el reo Ricardo “Fogo” Lardone.

En estos días todos tuvieron oportunidad de exponer sus últimas palabras antes de la sentencia.

Pero la gran mayoría prefirió no hablar. Se escudaron en certificados médicos, recomendaciones de sus cardiólogos –como el ex D2 Calixto “Chato” Flores-; pedidos de sus esposas y demás familiares. Esgrimieron sus breves, balbuceantes oraciones, sólo para proclamar su absoluta “inocencia” de todos los crímenes de lesa humanidad por los que están acusados.

Hubo quienes hasta dieron vergüenza ajena por la sobreactuación de sus problemas de salud, como el imputado Antonio Reginaldo Castro: un hombre que durante la dictadura asoló ciudades como Bell Ville o Villa María, y por cuyas manos pasaron cientos de las víctimas del sur cordobés. Pareció al borde del infarto en cada frase que hilvanó y se mostró como un convalesciente de “muchas operaciones” quirúrgicas. Repitió, en lo que se escuchó como una profanación de esas palabras, que “ojalá nunca más, nunca más pase en el país lo que pasó”. Un bochornoso, ramplón intento de congraciarse con los jueces: como si él no hubiese formado parte de las patotas del Terrorismo de Estado.

 

Los “salvadores”

Cuando le llegó su turno, Luciano Benjamín Menéndez alias “el Cachorro” o “la Hiena”, no le sacó el cuerpo al momento. El ex general, micrófono en mano de pulso increíblemente firme para sus casi 90 años, leyó la acostumbrada diatriba: esa que habla de “los soldados victoriosos” que están siendo “injustamente” juzgados a pesar de haber “salvado a la Patria”. Pero introdujo una variante. Negó dos crímenes en particular: el robo de bebés (por el nieto de la Abuela de Plaza de Mayo Sonia Torres); y el robo de la empresa Mackentor de la familia de Natalio “Talo” Kejner.

Según Menéndez, el pequeño “no nació”. Y si nació, él no tuvo nada que ver con su entrega. En sintonía con su defensora de oficio, consideró que en Córdoba “no hubo plan sistemático de apropiación de bebés porque me acusan de uno solo”. En tanto que a lo de Mackentor se lo arrojó sin más al juez muerto Adolfo Zamboni Ledesma (un ex funcionario que en estos juicios ha sido acusado repetidamente de complicidad con la dictadura). Menéndez dijo que “tras un minucioso trabajo de inteligencia que comprobó la complicidad de la empresa con la subversión, le entregué todos los antecedentes y me desentendí del tema”. Según el Cachorro, “nos acusan de cualquier crimen y, lo que es más grave, consiguen sin ninguna prueba que se nos juzgue por ello”.

Para el ex general, los testimonios de los 581 testigos, más la documentación, y hasta el hallazgo de las fosas comunes del Cementerio de San Vicente, o los restos óseos encontrados en los alrededores de su estancia “La Ochoa” en La Perla, no constituyen prueba.

Otra que prefirió echarle sus culpas a los muertos, fue Mirta “la Cuca” Antón: la única represora mujer sentada en el banquillo de los acusados le cargó sus males a su ex marido, el represor Raúl Bucetta, alias “Sérpico”. Sentada junto a su hermano, el también imputado Jesús “Boxer” Antón; la “Cuca” dijo que ella “jamás” empuñó un arma contra nadie; que sólo hacía “tareas administrativas”; y que se la acusa de “pertenencia” (al D2) o de ser “la esposa de”.

Bucetta fue parte de la Gestapo cordobesa. Junto a los hermanos Antón, los tres fueron señalados por Miguel Robles, el autor del libro “La Búsqueda”, en el asesinato de su padre, el ex comisario José Elio Robles en noviembre de 1975. Miguel tenía 5 años cuando lo mataron y creció creyendo que fueron los Montoneros. Pero cuando él mismo ingresó a la Escuela de Policía comenzó a escuchar rumores que luego pudo confirmar: los verdugos de su padre fueron los policías del D2. Quien le confirmó todo fue el testigo Carlos “Charlie” Moore, que sobrevivió seis años dentro de ese centro de tortura y muerte, y que logró escapar a Brasil en noviembre de 1980. Ni bien llegado a San Pablo, hizo una extensísima denuncia frente al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), que fue la base de estos juicios. Un año antes del juicio a Videla y Menéndez, en 2009, Robles viajó a Inglaterra -donde vive Moore- y ahí obtuvo en detalló el modus operandi de la patota en el asesinato de, al menos, una docena de comisarios.

De la torturadora y sus familiares, Moore dijo: “La ´Cuca´ Antón no era una persona inmoral, era amoral. No tenía sentimientos de ningún tipo. Podía despedazar a una persona y daba la impresión de que eso no la perturbaba en absoluto, sino que la motivaba. Y no tenía remordimientos. Para graficar lo que digo: ella era la perfecta asesina contratada. (…) La nombro porque estuvo metida en casi todos los asesinatos que cometió el D2, y en los asesinatos de policías, ella estuvo envuelta en absolutamente todos. En realidad, esa banda del “Bóxer”, “Sérpico”, la “Cuca” y el “Cara con Riendas” (el imputado Luis Alberto Lucero) eran todos iguales de asesinos”.

Cuando le tocó hablar, Lucero se excusó de manera insólita: “Por razones de salud niego todos los cargos que se me han hecho”. Todas grises, retorcidas, cuando no cobardes excusas de una caterva que se ensañó, picana en mano, con miles y miles de víctimas desnudas, indefensas y atadas de pies y manos a sus “parrillas” de tortura.

 

“Nos verán desfilar”

Esta vez sin pantalla power-point, como ha sido su estilo a lo largo del juicio, Ernesto “Nabo” Barreiro no tuvo argumentos para su propia defensa. Sus últimas palabras se centraron en atacar a los fiscales, jueces y abogados querellantes.

El represor está furioso con el fiscal Facundo Trotta “el joven Trotta” -lo nombra sarcástico- porque lo llamó mentiroso; y con algunos abogados de las querellas.

Tampoco se privó de amenazar a los jueces. Con tono admonitorio y con el dedo índice levantado, el “Nabo” les dijo –con tono de quien recién se enteró-  que “el tercero de los juicios de Nüremberg “fue contra los jueces y fiscales que no cumplieron bien con sus funciones” (durante el Holocausto de los nazis contra los judíos); y hasta les vaticinó el “peor de los infiernos del Dante (Alighieri, en la Divina Comedia) que es el noveno círculo, el que les toca a los traidores, a los que engañan a aquellos que creyeron en ellos. Así que todo es posible”, advirtió.

Los jueces permanecieron incólumes en un ejercicio de paciencia con este hombre que por enésima vez se paró a discurrir con aires de sabelotodo y de quien guarda un supuesto as en la manga.

El juez Díaz Gavier tuvo que interrumpirlo varias veces cuando su soliloquio iba hacia el agravio directo a los querellantes “obsesivos”, como los (des)calificó; o al fiscal “barbado” (Rafael Vehils Ruiz). Con la misma lógica que usó en su apogeo como represor, Barreiro intentó culpar a los fiscales y a los abogados de las víctimas por haber participado en “conferencias o paneles” en el Día de la Memoria el 24 de marzo. El juez le ordenó que dejara ese punto: “Estas son sus últimas palabras -lo situó-. Acá no nos incumbe qué hacen o hicieron los querellantes, los fiscales y hasta los jueces fuera de esta sala”. El imputado replicó con una chicana: “Me callo entonces”. A lo que el juez, rápido, contestó: “No. No se trata de que se calle. Se trata de que haga sus últimas palabras sin agraviar a cada uno de los que han actuado en este proceso judicial”.

Obsesionado a su vez con el escritor y periodista Horacio Verbitsky, Barreiro blandió un artículo publicado en este diario en 2010, “La cruz de los 33” (orientales); con ánimo de pegarle al ex militar Ernesto Facundo Urien -quien fue testigo en este juicio- y al editorialista de Página. Desde que comenzó este proceso ha repetido, en casi todas sus arengas, que “el doble agente Verbitsky es quien armó el libreto de todos los testigos” del juicio.

Ostensiblemente envalentonado por el giro político hacia la derecha-oligárquica que ha dado el país, el represor eligió no gastar energías en su auto-defensa. Con su habitual cinismo disfrutó agraviando y amenazando, y saboreó con delectación sus sarcasmos: “Le doy gracias a la justicia por agravar los padecimientos físicos que padezco/ Le doy gracias a la Justicia por las privaciones de toda índole en la cárcel” . Entre las privaciones tal vez se cuente una reciente requisa del servicio penitenciario local, donde a él y a sus cómplices les secuestraron vinos espumantes, aparatos de mp4, tablets, módems y hasta un consolador.

En esa provocativa letanía que trajo escrita desde su celda y en la cual se victimizó en cada párrafo; agradeció también a su mujer, Ana Maggi, a quien llamó “una verdadera referente de derechos humanos… de nuestros derechos humanos junto a sus compañeras (Cecilia Pando, por caso); a lo que la esposa contestó con una declaración de amor a los gritos desde su banca. La mujer tenía colgada en el pecho una foto de Barreiro en la que se leía “preso político”: la “categoría” que su “agrupación” pretende darle a los genocidas presos o en juicio.

En lo que podría haber sido su “pase a la historia” -desde un par de años lo viene anunciando desde la prisión: hablaría de “todo” lo que sabe-, el Nabo prefirió apostar al futuro que para él encierra el gobierno de Mauricio Macri, aunque no llegó a nombrarlo.

Parado y con el micrófono atado a un corbatero que trajo para la ocasión, engoló su ya afectado, seseante tono para rematar: “Y por último quiero decirles que tuve una profunda emoción cuando ví desfilar el 9 de julio a mis camaradas del monte y de la ciudad, los del Operativo Independencia, de Malvinas, de La Tablada… Así que estoy seguro de que tarde o temprano nos verán desfilar a muchos de nosotros frente al pueblo de nuestra querida patria”. Emocionado con sus propias palabras, el “Nabo” terminó con un fallido intento poético: “y así por fin, las sombras tenebrosas del efímero relato serán borradas para siempre por el sol perenne de la historia”.

 

Yo maté, ¿y qué?

Con el rostro serio, Héctor Pedro Vergez alias “Vargas” o “Gastón”, quien en estos últimos años aparecía como un loco, un extraviado psíquico, no lo pareció en la última audiencia, la 352. Vergez, a quien sus propios cómplices le dieron una feroz paliza y lo expulsaron del pabellón MD2 de Bouwer donde están encarcelados (sus permanentes flatos a voluntad, su falta de higiene y grosería habrían sido parte del detonante) les dijo a los jueces: “Sé que me van a condenar. Pero a mí como al general Menéndez, al capitán (Exequiel “Rulo) Acosta y hasta Barreiro, nos absolvieron nuestros jueces naturales. Yo nunca maté ni torturé a nadie. Y si maté, fue en combate. Fue todo legal”.

Rechazado por su brutalidad por la mayoría de sus “camaradas” -como suelen llamarse entre ellos- el otrora “Vargas” que citó a su “amigo” Tata Yofre, redactó su defensa en un discurso aún más político que el del propio Barreiro: “Señores jueces, primero quiero aclarar que no somos terroristas de Estado ni somos genocidas; sino que los terroristas de estado los que asolaron al país desde el 73 al 76. Ellos nos declararon la guerra. Fueron sobrepasadas las policías y las fuerzas legales. Nosotros peleamos legalmente en una guerra”.

Y siguió: “Nadie dice ´Vergez me torturó; ni Vergez me asesinó (sic)´. Yo nunca torturé ni maté a nadie… Yo, si maté, maté en combate. En guerra… Fue legal. Defendiendo a mis subalternos. Los comandantes tienen que ir atrás… Y yo iba adelante. Yo les tenía envidia a los comandantes guerrilleros porque ellos iban atrás, para salvaguardarse. Y yo iba en el lugar más peligroso”. Este hombre escribió un libro en la década del ´90 -cuando se creyó impune- contando paso a paso sus crímenes: “Yo fui Vargas”. Un libro que en este juicio negó, mientras se fingía desquiciado. Especialmente cuando se lo acusó por masacrar a la familia de Mariano Pujadas.

En la sala estaban los familiares de Diego Ferreyra y de Silvia “Pohebe” Peralta: una pareja a la cual Vergez, en su “guerra legal” literalmente cazó frente sus padres. A balazos en su “guerra legal” regada de víctimas desarmadas y atadas a “parrillas” en salas de tortura. (http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-245579-2014-05-06.html).

Sin un atisbo de la ahora evidente, fingida locura, “Vargas”, uno de los más feroces de los 43 acusados, se dirigió a los jueces y les masticó su último párrafo. La mirada fija y helada: “Yo no les pido que no me condenen… Yo les aseguro que ustedes van a estar sentados acá y serán juzgados por sus jueces, no como nosotros”.

Desde la refinada perversidad de Barreiro, que arrancó mencionando una frase de su “querido maestro Séneca”, a la modalidad gurka de Vergez, el común denominador de ambos discursos fue la total falta de arrepentimiento; la provocación directa: “Maté y fue legal”, “nos verán desfilar”; la evidente contención que para ellos significa el gobierno macrista; y la desembozada, flagrante amenaza al Tribunal que los ha juzgado.

 

 

 

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Diario Página 12. Domingo 14 de agosto de 2016.

EL PAIS › ALEGATOS FINALES Y VEREDICTO PARA LA MEGACAUSA DE DERECHOS HUMANOS LA PERLA-CAMPO DE LA RIBERA.

La hora de la verdad

Menéndez, Barreiro y otros 41 acusados recibirán condenas el 25 de este mes. Así se cierran casi cuatro años de juicio con 350 audiencias y 581 testimonios que llegaron al horror insoportable.

Barreiro y Menéndez, a la derecha, en las audiencias del juicio en Córdoba.

Barreiro y Menéndez, a la derecha, en las audiencias del juicio en Córdoba.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Marta Platía. 

El juez Jaime Díaz Gavier, presidente del Tribunal Oral Federal N°1, anunció esta semana que el veredicto del juicio más extenso de la historia judicial del país “se leerá el 25 de agosto a partir de las 11 horas”.

Ese día, el ex general Luciano Benjamín Menéndez, que el 19 de junio cumplió sus 89 años, podría marcar otro récord en cuanto a condenas a prisión perpetua: está será la número 12 para “el Cachorro” o “La Hiena”, como también lo llamaban sus hombres y sus víctimas: un “duro” que asoló diez provincias del centro y norte de la Argentina durante la última dictadura cívico-eclesiástico-militar. Menéndez, quien ahora asiste con llamativos guantes de cuero negro a las audiencias, sumará así un total de 14, ya que tiene otras dos a una veintena de años.

El juicio comenzó el 4 de diciembre de 2012 y ya lleva 351 audiencias, en las que declararon 581 testigos. Arrancó con un total de 58 imputados, de los cuales 11 murieron durante el proceso. El primero de ellos, Aldo Checchi –un represor que se hacía pasar por ginecólogo para abusar de sus víctimas- se suicidó de un balazo apenas 24 horas antes del juicio en un hospital militar. El último, Fernando Andrés Pérez, un ex policía que integró la patota del D2 -la Gestapo cordobesa- y el Comando Libertadores de América: la versión local de la Triple A, murió sin condena durante la feria judicial.

Así las cosas, en el banquillo de los acusados en el último día, recibirán sus condenas –o absoluciones- Menéndez y 42 de sus “dignos subordinados”, como el gusta llamar a los reos los cada vez que toma la palabra. Algo que hará en los próximos días. Está previsto que antes de que los jueces se retiren a deliberar previo al veredicto, todos tengan derecho a sus últimas palabras. Menéndez, hará su acostumbrada diatriba en la que se atribuyó, en el último tiempo, nada menos que “haber ganado la Tercera Guerra Mundial” que -siempre según su versión- comenzó en un pueblito cercano a Carlos Paz, “Icho Cruz, en 1959”.

Cada uno de los acusados tendrá su oportunidad de hablar y alegar en su favor. Ernesto “el Nabo” Barreiro, uno de los pocos que aún no tienen ninguna condena por delitos de lesa humanidad, ha vuelto a pedir una pantalla con sistema “power point” para dar la que quizás -y durante mucho tiempo- sea su última, pretendida “clase de historia” en una sala de audiencias: algo de lo cual gozó en forma habitual, con su tono arrogante y de falsa erudición- en estos cuatro años de juicio.

 

“Los pobres viejitos”

“Se ha escuchado en todo este tiempo que después de 40 años de perpetrados estos crímenes de lesa humanidad se tiene a “estos pobres viejitos” encarcelados –alegó el fiscal Facundo Trotta en oportunidad de una contra réplica que hizo en los últimos días-. Pues bien: estos “pobres viejitos”, señores jueces, fueron capaces de atrocidades, de crímenes y actos perversos que superan los límites de la imaginación. Fueron capaces de secuestrar al matrimonio Coldman con su hija Marina de 19 años. Los llevaron a La Perla, los torturaron, y les mataron primero a la hija antes que a ellos para que sufrieran más. ¡Los mataron dos veces!”, resaltó indignado el fiscal.

En su alocución, Facundo Trotta citó la nota de este diario, “La estrategia de negar todo” – http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-302185-2016-06-20.html, “porque ya desde el título dio cuenta de cómo los defensores no encontraron otro modo de defensa que negar los crímenes cometidos; y hasta utilizar e identificarse con los términos de los acusados. La periodista que ha cubierto la totalidad de este juicio, escribió: “En ese punto, cuando nombran a los centros clandestinos, los llaman tal como los designaban los represores en la última dictadura: “Lugar de reunión de detenidos”. Y cuando los abogados admiten que alguno de sus defendidos estuvo en una sala de tortura, se preguntan “¿Y qué es estar? ¿Se puede culpar a alguien sólo por estar?”. Interrogantes que en este marco, y por su estentórea falacia, avergonzarían a cualquier filósofo que rinda honor a la ética de la duda como herramienta de búsqueda de la verdad”.

El fiscal Trotta dijo ante el Tribunal que insatisfechos con la laceración de los cuerpos, los ahora “ancianitos” -como suelen nombrarlos quienes se oponen a estos juicios- ejecutaron todo tipo de torturas psicológicas sobre los que llamaban “muertos vivos”. A lo largo de este juicio se escuchó a víctimas como Carlos Pussetto, contar cómo el represor Nabo Barreiro (de actuales 67 años) lo recibió en La Perla: “Aquí vos no estás detenido ni secuestrado. Estás desaparecido. Vos te moriste esta mañana. Estás muerto, pero estás vivo”. Eso le dijo Barreiro.

También recordó la perversa “cena amorosa” que los represores prepararon, “con velas y todo”, en el campo de concentración para los jóvenes prisioneros, Andrés “Chacho” Remondegui y Claudia Hunziker. Los cancerberos le encontraron a la chica una carta que ella había escrito a una amiga contando que le gustaba el muchacho. En medio del terror montaron esa escena para divertirse y atormentarlos aún más. Los sobrevivientes, incluido Remondegui, relataron en el juicio cómo la joven lloró toda esa noche, humillada por el sadismo de sus captores.

Los fiscales Virginia Miguel Carmona y Rafael Vehils Ruiz, cada uno a su turno, recordaron lo ocurrido a Gladys Regalado “la sometieron a un violento interrogatorio donde la golpearon en el Campo de La Ribera. Ella aseguró que fue el 28 de junio (de 1976). Ella dijo que se acordaba muy bien de esa fecha porque ese día ella iba a casarse. Que los interrogadores luego de apalearla se mofaron y le cantaron la marcha nupcial. Que se burlaron diciéndole ´mirá de la que te salvamos´. Y que  una madrugada, en el mes de julio, fue sometida a un simulacro de fusilamiento. Gladis detalló: ´Nos pusieron contra un paredón. Alguien gritó ¡Preparen las armas y gatillen!´. Que gatillaron y que las balas pegaron en otros lados. Que sus piernas se aflojaron, que no la sostenían. Que después todos se reían… Señores jueces, estas burlas contra la vida humana, también eran la tortura”.

A la sobreviviente Ana Mohaded, tras otro simulacro, y cuando ella pedía que por favor la maten de una vez, le espetaron “No te va a ser tan fácil morir. Acá decidimos nosotros cuando se muere”.

Otra variante era dejar cuasi destruidos los cuerpos de aquellos a quienes elegían liberar. Tal el caso del sobreviviente Alberto Colasky. Él fue secuestrado el 29 de junio de 1977. Lo sometieron a terribles torturas en La Ribera hasta el 5 de septiembre. Su tormento tuvo un atroz “plus” por ser judío. Lo mantenían desnudo y le “practicaban el submarino” (le sumergían la cabeza en agua inmunda) con saña cuando se dieron cuenta de que era epiléptico. Mientras, le gritaban “judío comunista”. También pidió que lo mataran. “Sí que te vamos a matar –le contestaban- pero cuando nosotros querramos”. Colasky recordaba que se lo “pasaban de uno a otro. Decían, ´ahora hacelo vos, Fogo (por el torturador Ricardo Lardone, uno de los imputados)”. Que un día el Nabo Barreiro lo amenazó con el final: “Ahora sí que te vas al pozo. Se te acabó la vida”. La víctima relató que lo sacaron al patio y le hicieron un simulacro de fusilamiento. “No lo mataron. Pero sí, en cierta forma, a su futuro: se ensañaron tanto con sus órganos genitales que nunca pudo tener hijos. El daño es para siempre”, acusó el fiscal Vehils Ruiz en su alegato.

En el paroxismo de su perversión, de su envilecimiento, los represores Exequiel “Rulo” Acosta y Luis “cogote de violín” Manzanelli, “invitaron a bailar” a sus víctimas en la sala de tortura. La testigo Mirta del Valle Dotti relató, aún espantada, cómo una vez en el campo de tortura y muerte de La Ribera a ella y a la sobreviviente Viviana Allerbon las llevaron para un “interrogatorio” –alegó el fiscal Trotta-. Que una vez allí les quitaron las vendas y reconocieron a Acosta y Manzanelli. Que las invitaron a bailar con ellos. “¡Fíjense la perversión de lo que ocurría señores jueces! El hecho de que sus verdugos las invitaran a bailar era una situación insólita, insoportable. ¡Las agarraban a golpes y a picana y después pretendían bailar!”. El fiscal memoró que, aún con el terror que tenía, Dotti les dijo: ¡Pero cómo voy a bailar, si mi marido está preso! Y que ellos respondieron que las podrían haber forzado si querían; pero que las iban a dejar ir así a sus celdas. Sin bailar. La testigo dijo que aparentemente estaban “heridos en su orgullo”. Que las mandaron a la cuadra de nuevo y les prohibieron hablar durante el resto del día con sus compañeras”.

Tanto en La Perla como en La Ribera, y los demás centros de tortura, los represores se apropiaban del cuerpo de las mujeres y, en muchos casos, simulaban pseudo situaciones “normales” de cortejo sobre aquellas víctimas a quienes tenían sometidas a la tortura sistemática no sólo física, sino también psicológica. Muchas de ellas, para sobrevivir, escindieron sus mentes de sus cuerpos, como explicó, en detalle durante su extenso testimonio, la sobreviviente de La Perla Liliana Callizo.

Aterradas por la posibilidad de quedar embarazadas de los torturadores, otras tantas dejaron de menstruar. El cuerpo se defendió así de las violaciones y ataques permanentes. Mónica Leúnda contó sobre esto en su testimonio. Si bien al recuperar la libertad ese “escudo corporal” se disolvió en la mayoría de las mujeres, no ocurrió con todas. Mónica nunca pudo tener hijos.

Los hombres también fueron víctimas de los crímenes sexuales. Santiago Amadeo Lucero fue secuestrado en marzo del 1978, y desde La Perla lo llevaron al Campo de La Ribera, donde “le pasaban cuchillos por el pecho, lo golpeaban contra la pared o lo sacaban desnudo a correr por el campo –detalló la fiscal Virginia Miguel Carmona-. Que de regreso en los baños le pusieron un palo de escoba en el ano y trataron de empalarlo”. También le picanearon sus zonas genitales y que, por los espasmos de su cuerpo se le salió la venda y pudo ver a Vergara (el represor Carlos Alberto Vega), “Gino” (Orestes) Padován y Juan XXIII (José Carlos González). Dijo Santiago Lucero que ´en un momento yo les pedía que me mataran. Es que entre la tortura y la muerte, prefería la muerte”. La fiscal recordó impactada que el sobreviviente, al final de su testimonio, “le ofrendó una foto” al Tribunal: ‘Señores jueces –dijo- aquella fotografía que prácticamente saqué en la sala de tortura cuando se me salió la venda, se la entregó a ustedes. Ya no me pertenece. Se las dejo a ustedes´. Imagínense, señores jueces, simbólicamente lo que esa imagen significaba para la víctima. -la fiscal hizo el gesto de tener una imagen frente a sus ojos- Él tenía tan presente esa imagen que hasta incluso se las ofrendó”.

 

“Católicos” y torturadores.

A la víctima Irma Angélica del Valle Casas, los represores le prohibieron nombrar a Dios mientras la atormentaban. Irma fue una de las sobrevivientes que pudo atestiguar en este juicio. Contó que la picanearon salvajemente, que reconoció “al Nabo Barreiro”, y que los torturadores le prohibieron que nombrara a Dios. Que eso era una blasfemia en sus labios. Que ellos eran católicos y ella comunista y atea… ¡Señores jueces! ¿Qué clase de católicos son los que picanean a una mujer desnuda y atada? ¿De qué catolicismo hablan? – inquirió furiosa la fiscal.

La depravación, la exacerbación del morbo de los torturadores que se creyeron dueños de cuerpos, mentes y hasta las vidas de las víctimas del terrorismo de Estado no tuvo límites. Y este largo juicio dio cuenta de ello aun cuando en muchos casos fue extremadamente difícil de soportar. Uno de los testimonios que ha quedado grabado a fuego en la memoria de los jueces y de todos quienes lo presenciaron, fue el de Osvaldo R. Apenas había cumplido sus 20 años cuando en julio del ´76 lo secuestraron en la parada de un ómnibus. Lo llevaron a la D2, donde lo patearon, lo picanearon y lo violaron. El hombre, acompañado por su hija que lo alentó a que diera testimonio, contó que luego de apalearlo lo bajaron por unas escaleras, encapuchado, y que fue sometido a “vejámenes sexuales”. Ese día, cuando muchos de los que asisten a las audiencias creían haberlo escuchado todo, se agigantó una vez más la insondable, inagotable perversión de los sicarios del Terrorismo de Estado. De los ahora “viejitos encarcelados”, tan pretendidos como falsos “presos políticos” por los que abogan algunos cómplices civiles de esa dictadura. Esos que piden “prisión domiciliaria”; cuando no bregan por una falaz “reconciliación y pacificación” para quienes secuestraron, torturaron, violaron, robaron los bebés, mataron y desaparecieron a más de 30 mil personas.

Osvaldo fue el primero de los hombres en lo que va de estos juicios desde 2008 en Córdoba, que denunció con todas las letras que fue violado. A sus 59 años, revivió ante el Tribunal, ante sus amigos y familiares, lo más atroz que le pasó en su vida. “¡No sé por qué a mí! ¡No sé por qué a mí me encapuchan, me hacen eso!”, lloró el hombre casi cuatro décadas después. En una sala que casi ni respiraba y que con la mirada baja intentó acompañarlo sin ocasionarle una nueva humillación. Osvaldo acusó: “Miren, eso… a uno le queda toda la vida”.

Como a muchas de otras víctimas que sobrevivieron, los crímenes de lesa humanidad que perpetraron sobre él los reos le provocaron un daño infinito. Y a su familia. El hombre contó que ni bien lo liberaron sufrió una “regresión”. Que con veinte años se orinaba encima, que no podía dormir de terror y que sus padres volvieron a poner su cama en el cuarto matrimonial “como si fuera un bebé” para cuidarlo. Que su papá hasta le cambiaba los pañales.

En su testimonio, la víctima también aludió a la única torturadora que está entre los acusados, Mirta “la Cuca” Antón: “Había una mujer, una de ellos, vestida elegante, que les gritaba: ‘¡Reventalo a este hijo de puta!’ Y yo en ese momento me quedé así” dijo, y señaló su propio cuerpo. Así. “Sordo de un oído, porque me golpeaban mucho” contó, mientras hacía el gesto de pegarse a sí mismo contra ambos costados de su cabeza al mismo tiempo: la seña de la tortura conocida como “el teléfono”.

El 25 de agosto, a partir de las once de la mañana, el Tribunal dará su veredicto. Córdoba se prepara para ese día que ha esperado por más de 40 años.

 

 

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Diario Página 12. Lunes 20 de junio de 2016.

 

 

EL PAIS › LOS ARGUMENTOS DE LOS ABOGADOS DE LOS REPRESORES EN EL MEGAJUICIO DE LA PERLA Y CAMPO DE LA RIBERA

                                          La estrategia de negar todo

En el juicio que se realiza en Córdoba y concluiría en agosto, pese a los múltiples testimonios y pruebas, los defensores de Menéndez y otros 44 acusados insisten en que no hubo delitos de lesa humanidad, ni un plan de apropiación de bebés, ni tampoco centros clandestinos.

 

El megajuicio abarca los casos de 716 víctimas del terrorismo de Estado en los centros clandestinos de La Perla y Campo de La Ribera.

El megajuicio abarca los casos de 716 víctimas del terrorismo de Estado en los centros clandestinos de La Perla y Campo de La Ribera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Marta Platía.

Ante la prueba abrumadora de los 581 testigos que pasaron por este juicio, más la documentación escrita que se sumó y dio cuenta de los padecimientos de las 716 víctimas que abarca esta megacausa, los ejes de la defensa de oficio del multicondenado general Luciano Benjamín Menéndez y los otros 44 represores acusados pasan por la negación. En esa hipótesis, para ellos no hubo crímenes de lesa humanidad “porque ocurrieron antes de que se determinara que eran de lesa humanidad”, no existió genocidio, ni plan sistemático de apropiación de bebés en Córdoba, ni tampoco campos de concentración.

En ese punto, cuando nombran a los centros clandestinos, los llaman tal como los designaban los represores en la última dictadura: “Lugar de reunión de detenidos”. Y cuando los abogados admiten que alguno de sus defendidos estuvo en una sala de tortura, se preguntan “¿Y qué es estar? ¿Se puede culpar a alguien sólo por estar?”. Interrogantes que en este marco, y por su estentórea falacia, avergonzarían a cualquier filósofo que rinda honor a la ética de la duda como herramienta de búsqueda de la verdad.

Como ya ha sucedido con cada una de las etapas de este extensísimo proceso judicial –va por su cuarto año–, tampoco es fácil ahora escuchar los argumentos de los defensores sin someter al sistema nervioso a un enorme ejercicio de paciencia y tensión. Durante este tramo que comenzó hace poco más de un mes, es habitual ver cómo algunos de los familiares de las víctimas y los sobrevivientes, que aún siguen asistiendo semana tras semana, se muerden los labios para no proferir quejas, se tapan los oídos con sus manos o sacuden la cabeza negando los planteos a favor de los imputados, resoplando una y otra vez en un intento de darle respiro al cuerpo. A los pulmones que se les cierran como un puño. Mantenerse en silencio ante lo que no pocas veces arrancaría gritos de bronca.

Es que cuando por fin los abogados dan por cierto que hubo “sitios donde se alojaban prisioneros”, sus defendidos nunca estaban allí. Por eso no torturaron, ni violaron, ni robaron, ni asesinaron ni desaparecieron a miles de personas: porque no estaban. Siempre ausentes con o sin aviso, tenían licencia; o los habían trasladado de provincia; justo estaban a punto de ser padres; estaban rindiendo alguna insólita materia de algún poco probable oficio; pasaban los días cuidando a sus madres ancianas y enfermas; o en alguna otra dependencia en la que desempeñaban sólo “trabajos administrativos”.

La Perla, el Campo de La Ribera, estaban poblados de represores casi evanescentes, pero a la vez eran sitios férreamente controlados por la Gendarmería sobre la que sí deslindan toda la responsabilidad de lo ocurrido. “Ellos tenían a cargo la vigilancia y la atención de los prisioneros”, repiten. Es obvio que la muerte durante el juicio del acusado Luis Ángel Quijano, uno de los principales jerarcas de Gendarmería y el único que estaba imputado aquí, les vino bien para cargarle con ese peso.

Claro está que hay decenas de testigos que juraron ante el Tribunal haber visto a los acusados en los campos de tortura y exterminio. Represores reconocidos en acción con nombres, apellidos, alias, tormentos y muertes. Uno de los casos más flagrantes que le tocó al dúo de defensores Carlos Casas Nóblega y Juan Pablo Ferrari fue el de Héctor “Palito” Romero. Un hombre al que llamaban así por su técnica para torturar a palos a quienes caían bajo su arbitrio. Los abogados alegaron que “viajaba todos los días en ómnibus desde su pueblo, donde era y siempre fue un buen vecino, y a la noche volvía a cuidar a su madre que estaba enferma. Era casi una hora de ida y otra de vuelta todos los días en 1976: no tenía tiempo material para hacer todo lo que se le atribuye”. En cuanto a uno de sus más célebres crímenes, el del estudiante de arquitectura Mateo Molina, a quien mató de un puñetazo apenas llegó secuestrado a La Perla, explicaron: “El agente Palito Romero le dio una trompada y lo hizo caer. En la caída golpeó la cabeza con una mesa y murió instantáneamente. No hubo tiempo para torturarlo. Hubo testigos como (el sobreviviente Gustavo) Contepomi que dijo que lo mataron apenas llegó a La Perla, que no hubo tiempo de llevarlo a la sala de torturas”, remarcó el defensor a modo de descargo.

Durante el juicio hubo varios sobrevivientes que describieron el momento en que el represor Palito Romero salió de la oficina apenas mató a Mateo Molina: mirándose el puño con el que lo golpeó, mostrándolo orgulloso y soplándoselo mientras se jactaba: “¡Qué pegada que tení, varón!”.

Ya que era imposible negar el asesinato por la contundencia y coincidencia de los testimonios, los defensores le bajaron los decibeles al crimen: “homicidio preterintencional”, lo recalificaron. Es decir: no hubo intención de dolo, de matar a la víctima. Además, “tampoco lo habían llevado a la sala de tortura”. Todo un atenuante.

Las defensoras Natalia Bazán y Berenice Olmedo tienen un estilo más sofisticado, detallado y preparado en sus alegatos. En el caso de Bazán –nacida en La Rioja en 1975– ya es una de las más destacadas profesionales en su especialidad en Córdoba. De hecho, tuvo a su cargo la defensa oficial del dictador Jorge Rafael Videla y de Luciano Benjamín Menéndez en el juicio de 2010, en el que se los condenó por los fusilamientos en falsas fugas de 31 presos políticos durante el invierno de 1976 en la cárcel estatal UP1. En esa oportunidad ejerció una defensa técnica que fue valorada por sus compañeros de equipo, la fiscalía y varios de los querellantes. Sobria y precisa, sabe caminar por hielo fino en un difícil, inusual equilibrio que incluso los dos jerarcas le reconocieron.

Genocidio sin autores

Para la defensa, “como no se tiene precisión de quién (entre los represores) hizo qué, a todos los comprende el beneficio de la duda”. Desde allí, van directo al pedido de “absolución” de los acusados “por la duda insuperable”. En esa dirección intentan soslayar el hecho de que se trató de terrorismo de Estado, ejercido por militares y policías. Funcionarios estatales que operaron durante años (aún antes del golpe del 76) a modo de pandillas; de grupos de asalto con roles asignados, apodos y alias; sin autorización judicial y de modo sistemático. Bandas que secuestraban, torturaban, violaban, robaban, asesinaban y desaparecían a los ciudadanos sin darles oportunidad alguna a defensa en juicio.

“Acá se involucra a todos en todo; los acusan de pertenencia”, repiten los defensores a modo de estribillo, y solicitan que se demuestre “quién hizo qué cosa, cuándo y contra quién” en cada uno los casos de las 716 víctimas que juzga esta causa. Se quejan de las supuestas fallas de la instrucción del juicio e intentan desmerecer la tarea de los fiscales.

Respecto de las torturas, la defensa alegó que “las víctimas fueron atormentadas por otros prisioneros, no por los imputados”. Así lo aseguró el abogado Carlos Casas Nóblega en el caso del desaparecido José Carlos Perucca. “Los sobrevivientes dijeron acá que estaban vendados, que no podían ver quiénes los torturaban”, dijo. Pero no negó que la víctima a la que se refería “fue trasladada” (fusilada y ocultados sus restos) en la jerga de los represores.

Como en un campo minado, la prueba demoledora explota en cada caso: “Sí –tuvo que conceder el penalista– uno de mis defendidos, el ya fallecido Bruno Laborda, explicó con lujo de detalles en un reclamo administrativo cómo ejecutaron a un detenido por lo del asesinato de Bulacio, pero eso no significa que diga quiénes fueron. Él dice que fue un pelotón, pero podría haber sido una sola persona… Acá se los acusa de pertenencia. De estar. No se precisa quién hizo qué, así que debe aplicarse el beneficio de la duda insalvable para mis defendidos”, insistió.

En cuanto a los sobrenombres y alias de los represores, la defensa alegó que “no hay pruebas de que los imputados sean realmente los que llevaban esos apodos”.

Por su parte, su colega Juan Pablo Ferrari rebatió la figura del genocidio durante la dictadura: “No se trató de genocidio porque no se trató de exterminio de grupos étnicos”, zanjó. Dejó de lado, como viene ocurriendo en esta discusión, el “politicidio” y la pertenencia a grupos políticos que son perseguidos y exterminados por su cosmovisión y pensamiento.

En ese punto hasta citaron a Albert Einstein y su teoría de la relatividad para definir “qué es la verdad”. ¿Es un elemento pétreo o tiene el dinamismo y la relatividad que cambia con el tiempo de una cultura a otra? Así, cuestionaron que los delitos sean de lesa humanidad “porque cuando se cometieron no lo eran, no se habían fijado como tales” (en el país); e intentaron desacreditar la “imprescriptibilidad” de la apropiación de bebés durante la dictadura.

Uno de los argumentos más descabellados fue el que esgrimieron contra los sobrevivientes: “Ellos faltaron a la verdad a la pregunta del juez (la inicial, la de forma que se realiza cuando se pide el juramento de veracidad antes de cada testimonio) de si tenían enemistad manifiesta o alguna otra relación con los imputados, o interés en este juicio. Dijeron que no. Lo negaron. Los testigos faltaron a la verdad”. Según este razonamiento, se podría invalidar cualquier testimonio en cualquier juicio. La víctima no quiere a su victimario. Huelga ese planteo en un proceso judicial por delitos de lesa humanidad: con sobrevivientes de campos de concentración, sometidos durante semanas, meses o años a esclavitud, torturas, violaciones de todo tipo y la inminencia de la muerte.

La teoría del dominio del hecho, del jurista alemán Claus Roxin –según la cual es tan o más responsable quien ordena el crimen quien lo comete– también padeció lo suyo en estas últimas jornadas. En defensa de los represores de menor rango, la defensoría apuntó a que “no tenían el dominio del hecho: no pudieron decidir el hecho. Recibieron órdenes y lo hicieron”. Pero si el defendido pertenece a los grados más altos, se invierte la carga: “No estaban en el lugar, ellos no apretaron el gatillo. Esa es una teoría hecha para jerarcas de escritorio, como Hitler o Stalin, no para los militares de este país”, desestimaron.

Aunque aún faltan semanas para que terminen sus alegatos, los defensores ya plantean el corolario en vista de las posibles condenas a prisión perpetua. Sostienen así que “penarlos con cárcel sería violatorio de sus derechos humanos, ya que la mayoría de ellos rehizo su vida, sus familias y hace treinta años que están insertos en la sociedad. No son un peligro para ella”.

Cuando concluya esta etapa, los imputados tendrán derecho a ampliar –una vez más– sus declaratorias. Se sabe que Luciano Benjamín Menéndez, que ayer cumplió 89 años, volverá a hablar. El ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército está en prisión domiciliaria y cuenta en su haber con once condenas a prisión perpetua y otras dos por una veintena de años cada una. El Cachorro o La Hiena Menéndez es el militar más condenado de la historia argentina.

 

El juicio de Córdoba.

Cuatro años es mucho tiempo en un juicio. Este, que es el juicio más largo e importante de la historia judicial cordobesa, arrancó el 4 de diciembre de 2012 y terminaría en agosto. En su desarrollo ya murieron diez de los imputados y hasta un abogado defensor, el penalista Osvaldo Viola.

De los acusados, el primer fallecido fue Aldo Checchi, quien se suicidó apenas un día antes del comienzo: se disparó a la cabeza dentro de un hospital militar en Buenos Aires, donde supuestamente lo custodiaban y tenía vedado el acceso a armas. El último represor muerto fue Raúl “el Francés” Fierro, también llamado “el Coleccionista”, por su costumbre de guardar fotos de los cuerpos acribillados debajo el vidrio de su escritorio del Tercer Cuerpo de Ejército. Fierro murió el 1° de enero de este año.

En todo este tiempo –y ya van casi 340 audiencias– ninguno se arrepintió de nada. Ninguno se conmovió por el dolor de las víctimas. Por el reclamo de las Abuelas o las Madres de Plaza de Mayo que buscan a sus hijos y nietos. La mayor parte del tiempo se comportaron como en una siniestra, decrépita estudiantina en la cual se acostumbraron a hacer señas peyorativas a las cámaras; taparse la cara con bolsas y revistas y, en el caso de tenaces violadores y abusadores como el Gato Gómez, no perdieron oportunidad de acosar e incomodar a las reporteras gráficas, cada día, a la hora de las fotos del inicio de las audiencias. Fuera de la sala, ya en horda y mientras suben o bajan del colectivo que los traslada desde Tribunales al penal de Bouwer, tampoco se privaron de insultar, proferir propuestas obscenas o insultos y amenazas contra los periodistas que cubren el juicio.

Quienes asisten a este proceso desde el principio pueden dar fe de que lejos de vivir situaciones de “venganza”, como afirman políticos y activistas de sectores contrarios a estos juicios, los reos han gozado de atención médica permanente, internaciones hospitalarias cuando lo han necesitado, y hasta la posibilidad diaria de ver a sus familiares en la sala contigua a la de audiencias: la misma en la que cuando así lo prefirieron, pudieron seguir las alternativas de las sesiones por un sistema de televisión de circuito cerrado. También se les proveyó, para la ampliación de sus declaratorias y cada vez que lo pidieron, de pantallas con sistema power point para dar sus pseudo clases de historia: tal como convirtió en costumbre el ex carapintada Ernesto “Nabo” Barreiro.

Este fue un tiempo judicial por el que los organismos de derechos humanos aguardaron y lucharon por más de 37 años, y durante el cual el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) halló por primera vez en un predio militar en Córdoba los restos óseos humanos de cuatro estudiantes de medicina secuestrados y asesinados el 6 de diciembre de 1975.

La sala de audiencias se estremeció como nunca la mañana del 24 de octubre de 2014, cuando en los Hornos de La Ochoa –la estancia en la que descansaba Menéndez durante sus años de poder absoluto– se encontraron los restos de Lila Rosa Gómez Granja, Ricardo Saibene, Alfredo Felipe Sinópoli Gritti y Luis Santillán Zebi.

Pocas semanas después, el 10 de diciembre, e intentando bastardear el Día de los Derechos Humanos, el Nabo Barreiro se paró ante el Tribunal Oral Federal N° 1, presidido por Jaime Díaz Gavier, y le entregó la primera lista de nombres de desaparecidos que militar alguno le haya entregado a la Justicia argentina desde que comenzaron estos juicios. Dieciocho nombres y la “ubicación” de entierro de un desaparecido “el 19, innominado” de una lista que, según dijo, había confeccionado con “la comisión” que lideraba y estaba integrada por otros tres represores que oficiaron todo este tiempo como sus súbditos: Hugo “Quequeque” Herrera, Héctor “Palito” Romero y Luis “Cogote de Violín” Manzanelli (fallecido en noviembre de 2015).

Barreiro sabía que era cuestión de tiempo que el EAAF obtuviera las identidades de los restos óseos hallados cotejando los ADN. Y de hecho sabía lo que entregaba: “Los cuatro estudiantes hallados estaban juntos, tal como lo indicaron en el papel. Eso demostró que los reos tienen su base de datos intacta. Que si quisieran, podrían decir dónde están los desaparecidos”, le dijo a este diario el fiscal Facundo Trotta.

El Nabo, en el cénit de su cinismo y megalomanía, intentó que se lo viera “con ánimo de colaborar con las familias”. Pero el tiro le salió por la culata: “Entregando esas listas no hicieron otra cosa que admitir que los mataron”, coincidieron el querellante Miguel Ceballos y el fiscal Trotta. Eso, y su voracidad por la prensa a la que mintió que “en La Perla no murió nadie”.

Este fue un juicio que vio al casi siempre pétreo, paquidérmico Luciano Benjamín Menéndez enrojecer de ira, perder la compostura, tartamudear y hasta tropezar con los muebles de la sala de audiencias cuando fue acusado de ladrón en el caso Mackentor (el “Papel Prensa” cordobés); o cuando algún sobreviviente de una de las familias más perseguidas y masacradas de Córdoba, como los Vaca Narvaja, le recordó su “miserabilidad, cobardía y barbarie” por la decapitación y exhibición de la cabeza del padre, Miguel Hugo Vaca Narvaja, ex ministro del Interior del presidente Arturo Frondizi, o el fusilamiento de su primogénito del mismo nombre, un abogado de 35 años, defensor de presos políticos y padre de tres hijos.

Un juicio en el que Héctor Pedro Vergez, alias “Vargas”, se burló impiadoso del dolor de la también diezmada familia Ferreyra. Con un gesto de sus manos le “gatilló” a la foto de Diego Ferreyra, a quien literalmente cazó a balazos frente a sus padres y se llevó junto a su joven esposa Silvia “Pohebe” Peralta, el 24 de mayo de 1976. Su hermano Francisco, que sostenía la pancarta, lo denunció por este gesto al Tribunal a través de su abogado querellante.

Este ha sido un juicio durante el cual los represores se pelearon cuerpo a cuerpo dentro del pabellón MD2 de Bouwer –donde están recluidos los presos por delitos de lesa humanidad– por la territorialidad y el poder en una en una convivencia de infierno. O se agruparon para darle una paliza a puños y patadas a Vergez: un hombre cuya extrema grosería, escasa higiene física y “constantes flatulencias a voluntad”, entre otras violencias cotidianas, terminaron por socavar el ya infranivel que comparten seres de esta ralea. Presos singulares en todo sentido y a los que, hace pocas semanas, en una redada que efectuó el Servicio Penitenciario, les confiscaron desde “vinos espumantes” en la heladera; hasta teléfonos celulares, seis módems, aparatos de MP4, un destornillador, chips y hasta un consolador.

Por estos días, este es un juicio en el que se ha vuelto habitual ver que los acusados lloren en cámara conmovidos por sí mismos, cuando los defensores en el ejercicio de su trabajo profesional, los señalan como “buenos abuelos”, vecinos “ejemplares”, excelentes “compañeros de trabajo” o “ancianos que merecen terminar sus días en familia”.

El torturador Miguel Ángel “Poroto” Lemoine sollozó y las lágrimas le empaparon la cara debajo de sus anteojos cuando la defensora Berenice Olmedo pidió para él y “para Luciano Benjamín Menéndez” que, si llegaran a ser condenados, “no se les prive de la jubilación ya que ellos, aun cuando no tienen a otras personas para alimentar, es con lo único que cuentan en esta difícil etapa de su vida”. Afirmó que dictaminarlo sería una “pena cruel que dejaría a personas ancianas y con problemas de salud sin ningún medio para proporcionarse la subsistencia. Y los efectos de la pena se extienden sobre sus familiares, ya que son ellos quienes deberían afrontar su manutención”. Los presentes en la sala se revolvieron molestos en sus butacas, intentaron con una dosis extra de templanza escuchar el pedido de un ansiado, casi idílico final de vida para estos acusados que, cuando se creyeron los dueños de la vida en todo el país, se la arrebataron para siempre a sus víctimas y aún hoy no les permiten a las Abuelas, las Madres y los familiares de los desaparecidos saber dónde están y qué fue de los nietos apropiados.

Imputados que ahora lloran, pero siguen sin decir dónde están.

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Diario Página 12. Lunes 9 de mayo de 2016.

 

EL MEGAJUICIO POR LOS DELITOS DE LESA HUMANIDAD COMETIDOS EN LA PERLA-CAMPO DE LA RIBERA

Los hijos de los militares en manos de los represores

 

Los alegatos mostraron cómo los crímenes organizados por Menéndez tuvieron como víctimas a familiares de militares. La fiscalía pidió prisión perpetua para el represor y otros 34 acusados. Los jueces podrían dictar sentencia en agosto.

 

Luciano Benjamín Menéndez ya suma once condenas a perpetua, más dos condenas a una veintena de años de prisión. Imagen: Télam

Luciano Benjamín Menéndez ya suma once condenas a perpetua, más dos condenas a una veintena de años de prisión.
Imagen: Télam

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Marta Platía.

La etapa de los alegatos en el megajuicio de La Perla refrescó la memoria de lo ocurrido y trajo a luz, día tras día, las atrocidades cometidas por el terrorismo de Estado en Córdoba. Así, los fiscales Facundo Trotta, Virginia Miguel Carmona y Rafael Vehils Ruiz expusieron las pruebas sumadas durante estos más de tres años de juicio y el paso de 581 testigos. En los últimos días pidieron prisión perpetua para Luciano Benjamín Menéndez y otros 34 represores; en tanto que solicitaron penas que van desde los 3 a los 25 años de cárcel para otros diez reos que lo acompañan en el banquillo de los acusados por los crímenes de lesa humanidad cometidos contra las 716 víctimas de esta megacausa. Se estima que los jueces podrían dictar sentencia en agosto de este año.

Convertido en el general con más condenas a prisión perpetua en la historia argentina –ya once, más dos condenas a una veintena de años– ha quedado claro que el Cachorro Menéndez no soltaba su presa cuando la tenía entre dientes. Lo supieron y padecieron cientos de familias en las diez provincias argentinas del centro y norte del país que tuvo bajo su bota durante la última dictadura. De su tenaz cruzada “anticomunista” –que aún hoy, con 88 años, sigue reivindicando– también probaron algunos de sus colegas de armas que sufrieron la desaparición de sus propios hijos en el territorio que arrasó la Hiena Menéndez, como también se lo conoce.

El mismísimo Jorge Rafael Videla tuvo que admitir en más de una oportunidad que “no podía hacer nada” si el hijo o hija de un militar, o alguien de renombre por el que se reclamara, estaba en los campos de concentración de Menéndez: un general impiadoso que no se privó de llamarlo “blando”, y que hasta impulsó un golpe dentro del golpe contra el dictador y su por entonces segundo en el mando, Roberto Viola. Menéndez se sublevó el 28 de septiembre de 1979 en el norte cordobés pero, ante la superioridad de fuerzas de Videla, acabó rindiéndose y terminó preso por noventa días en la celda de un cuartel en Curuzú Cuatiá, Corrientes.

Antes de ese episodio, Videla había dejado al descubierto su falta de autoridad en el área 311 que lideraba a sangre y muerte el Cachorro, cuando de vástagos de militares se trataba. Uno de los casos más resonantes en Córdoba fue el de Carlos Alberto Escobar, el hijo de un coronel del Ejército que había sido amigo y compañero de armas de Videla. Carlos trabajaba en la Dirección de Educación de la Provincia y era delegado del Sindicato de Empleados Públicos, cuando fue secuestrado por una patota en su lugar de trabajo, en la Isla Crisol del Parque Sarmiento de la capital cordobesa. El muchacho militaba en la Organización Comunista Poder Obrero (OCPO) y formaba parte de una lista que apoyaba las ideas que impulsaban Agustín Tosco desde Luz y Fuerza, y René Salamanca, desde Smata.

La mañana del 12 de abril de 1976, Carlos tenía el día libre pero fue a su lugar de trabajo a buscar una parte de su paga que se le adeudaba. Un compañero de oficina, Pablo González, contó que “Carlos llegó, entró y saludó a todos los que estábamos y se fue a tomar un café a la cocina. También escuchamos cuando pasó y saludó a la directora María del Carmen Cognini que estaba en su oficina. Minutos después vinieron a buscarlo y se lo llevaron”.

El testigo contó que él y una compañera de trabajo pudieron escuchar cómo la directora tomó el teléfono y dijo “sí, capitán, está acá”. El hombre la señaló también como quien “entregó” antes a una maestra, Julia Angélica Brocca, mamá de dos hijos, a quien desaparecieron. Pablo González aseguró en el juicio que “la Cognini nos vivía amenazando a todos. Con el dedo índice nos señalaba y nos decía: tengan mucho cuidado que yo a ustedes los estoy vigilando, sé qué hacen y tengo sus legajos”.

El hermano de Carlos Alberto, un abogado de 60 años, Enrique Alejandro Escobar, detalló ante los jueces lo que pudo averiguar sobre esa mañana: “Llegaron dos autos. Bajaron varias personas que preguntaron por el dueño de la Renoleta amarilla. Un hombre de maestranza cuando ve esto está por pegarle el grito a mi hermano para que corriera, pero lo hicieron callar. Le apuntaban con armas. Entraron a la cocina, preguntaron por Carlos Escobar y él dijo ‘soy yo’. Lo encapucharon, le ataron las manos a la espalda, se lo llevaron. Alcanzó a decir que le avisaran a su familia. Se llevaron también la Renoleta. Nos avisaron y esa misma tarde fui donde vivía mi hermano: el departamento tenía la puerta destrozada. A los pocos días apareció la Renoleta totalmente quemada. De él no supimos nada más”.

El padre del muchacho desaparecido era un coronel del Ejército ya retirado. Después de que Menéndez le negara tenerlo en el Tercer Cuerpo o en La Perla, viajó a Buenos Aires para hablar con Videla. Lo conocía desde los 13 años. “Eran muy amigos y habían hecho parte del liceo militar juntos. Mi padre lo respetaba y lo quería”, recordó Enrique Escobar.

–¿Y qué le dijo Videla a su padre? –preguntó el querellante Claudio Orosz.

–La situación de mi padre era particular. El estuvo de acuerdo con el golpe. Es más, fue funcionario de Transporte cuando estaba de gobernador Carlos Chasseing (quien asumió justo el mismo día del secuestro de Carlos Alberto). Como padre quiso proteger a su hijo, pero estuvo de acuerdo con esto de que había que eliminar, sacar de circulación a todos los comunistas, a todos los rojos… Esa obsesión que tenían todos los militares. Pero con respecto a las reuniones (con sus colegas militares) poco hablaba. Y menos conmigo que desde el principio traté de averiguar qué había pasado. Sé que tuvo reuniones con los compañeros de mi hermano. No me las contó. Me enteré después. Lo poco que pude sacar en limpio después de algunos años es el rencor absoluto que le quedó con Menéndez. Uno de los pocos militares que él evitaba saludar. Pero volviendo concretamente a su pregunta, de la reunión con Menéndez salió convencido de que ya no lo iba a encontrar. Y con Videla, supe mucho después que le dijo que si mi hermano estaba en territorio de Menéndez, él no podía hacer nada.

Enrique Escobar revivió en el juicio el dolor por el definitivo quiebre familiar que significó la desaparición de su hermano y la férrea ideología de un padre que avalaba la dictadura: “A un año del secuestro de Carlos murió mi madre. (El hombre se descompone, casi llora cuando se esfuerza por relatar.) Ella no pudo superar la tristeza que esto le provocó y que mi padre militar estuviera de acuerdo con esto. Mi mamá se apagó. Se dejó morir a pesar de que mi hermana se casó y se embarazó, de que iba a tener un nieto. Nunca pudo superar todo eso”.

El testigo también contó que “la llamaban por teléfono desde La Perla diciendo que mi padre estaba molestando mucho, que la terminara. Años después supimos que mi hermano Carlos estuvo ahí, Fermín de los Santos nos contó”. De los Santos fue uno de los sobrevivientes de ese campo de concentración sobre cuyo extenso testimonio se basó gran parte de la causa inicial de este juicio. Era médico y fue destinado a trabajo esclavo dentro de la sala de tortura: auscultaba los corazones de las víctimas picaneadas. Varios sobrevivientes recuerdan su voz diciéndoles a los verdugos “paren o se muere”. En su estrategia defensiva los torturadores lo señalan –como al resto de los sobrevivientes– como un colaborador.

Enrique Escobar vuelve a descomponerse cuando le cuenta al Tribunal lo que le dijo Fermín de los Santos en una entrevista. Su voz y las manos tiemblan casi sin control frente al micrófono: “Me dijo que mi hermano había sido muy torturado… Me preguntó si quería saber detalles y le dije que sí… Me dijo que lo habían atado a la cama, que su cuerpo era una sola llaga… Que lo habían cortajeado todo con hojitas de afeitar… Que hubo un particular ensañamiento con él porque no le habían podido sacar ni una sola palabra. Y que como mi padre era ‘un militar gordo y molestaba mucho’, se lo dieron a (Héctor Pedro) Vergez (alias “Vargas”) que se lo llevó y no lo volvieron a ver”.

Vergez y la fosa

A principios de los ‘80 la familia Escobar volvió a tener noticias de lo sucedido con Carlos Alberto: en 1983 hubo una reunión de sectores peronistas en Carlos Paz. Hacia allí fueron los leales a Raúl Bercovich Rodríguez y los agrupados bajo la órbita de José Manuel de la Sota. El antiguo compañero de trabajo de Carlos, Pablo González, acudió por el delasotismo. Al regreso hubo un hombre que se ofreció a traerlo de regreso a Córdoba en su auto: era el torturador Vergez, quien se había reciclado como “financista” y hasta scribió un libro, en la década del noventa, que tituló “Yo fui Vargas”, contando sus crímenes en las bandas del Comando Libertadores de América (CLA) antes del golpe y durante la dictadura.

–¿Y qué le dijo Vergez sobre Carlos Escobar? –le preguntó el juez Jaime Díaz Gavier al testigo González.

–Le pregunté si sabía qué había pasado con Carlos. Él me dijo que ya no lo buscaran más. Que él mismo lo había matado “porque el padre molestaba mucho” y que lo había tirado en una fosa común en La Perla. Que no lo iban a encontrar nunca más.

Según Enrique Escobar, “esta versión fue corroborada por la sobreviviente Liliana Callizo, quien le contó a Lidia Lescano, una compañera de mi hermano, que Vergez lo había matado. Fue en el tiempo en que a algunos de los prisioneros los llevaban de visita a sus casas y luego los volvían a llevar a La Perla. Eran esclavos para distintos trabajos, pero a veces los llevaban a sus casas y hasta se sentaban en la mesa con los familiares de los cautivos… Que cierta vez hubo una cena en la que también estuvo el (represor Ricardo) “Fogo” Lardone, quien dijo que mi hermano había sido particularmente valiente y que eso hizo que se ensañaran con él. Que en la fosa que lo tiraron también enterraron a René Salamanca”.

Hijo de militares

Pablo Rosales tenía sólo 18 años cuando los asesinaron. Ambos eran “peligrosos extremistas” para Menéndez y sus subordinados. A Pablo lo mataron en el mismo momento en que intentaron secuestrarlo. Fue el 26 de noviembre de 1976. Todavía estaba en la secundaria. Le faltaba rendir matemáticas para egresar. Tenía el examen al día siguiente. Pablo era de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y fue baleado cuando la patota intentó atraparlo. Según la fiscalía, “le dieron en la cadera. Hay testigos que aseguran que fue (el represor muerto el año pasado) Luis “Cogote de Violín” Manzanelli quien le disparó con una escopeta. El chico murió desangrado cuando lo trasladaban al Hospital Militar. Su madre, Beatriz Josefina Echevarría de Rosales, declaró que ese día Pablo salió de casa para devolver un libro, y le dijo a la hermana que volvería para estudiar matemáticas”. Según confirmó la fiscalía, “la madre dijo que Pablo nunca volvió. Que su esposo, que era militar de la Aeronáutica, fue a buscarlo y que al día siguiente, el 27 de noviembre, un comodoro amigo llegó a su casa y le dijo ‘quedate tranquila, a Pablo lo mataron’. Fíjense ustedes, señores jueces, lo que este hombre le dijo a la madre: ‘quedate tranquila tu hijo está muerto’”, se espantó el fiscal Vehils Ruiz en su alegato. Y siguió: “La madre contó que en su desesperación preguntó si lo habían torturado. Y que el comodoro le contestó: ‘No han tenido tiempo’. Ella dijo que en un comunicado en el diario pusieron que su hijo Pablo era de Montoneros, que era dirigente y que lo habían abatido en un tiroteo. La mamá dijo aquí, en el juicio: ‘Pablo era un chico. Tenía 18 años. Le faltaba rendir matemáticas. ¿Cómo iba a ser comandante de semejante cosa?’. En un intento por saber qué había pasado, Beatriz de Rosales fue a la esquina donde lo mataron. Allí un kiosquero le dijo que hubo un tiroteo ‘pero de un solo lado’. La mujer agregó que Pablo era ahijado de monseñor (Enrique) Angelelli, y que tal vez por eso… Señores jueces, la madre trataba de buscar una razón para semejante barbaridad: que le maten a un chico de 18 años de un escopetazo en la calle. También agregó que el comandante Costri, que era tío de (el represor Ernesto “Nabo”) Barreiro, le dijo que Barreiro se enojó ante esa muerte, no lo quería muerto, lo quería en sus manos. Y todos ya sabemos qué pasaba en esas manos”, deslizó el fiscal antes de concluir. “Señores jueces, tenemos prueba suficiente para saber que todo esto ocurrió. La muerte de Pablo Javier Rosales fue admitida por el Tercer Cuerpo de Ejército. Como ocurrió en tantos casos, en el diario La Voz del Interior apareció que ‘abatieron un extremista’. Lo que no decían era que el extremista tenía sólo 18 años”.

 

“La hija del aviador”

El caso de Silvina Parodi de Orozco, la hija de la Abuela de Plaza de Mayo Sonia Torres, se encuadra también entre los hijos de militares que tuvieron “un trato especial”. Silvina tenía 20 años y un embarazo de seis meses y medio cuando la secuestraron el 26 de marzo de 1976. Era hija de Enrique Parodi, quien pertenecía a la Fuerza Aérea. Se la llevaron con su esposo Daniel Francisco Orozco. Se sabe que a él lo torturaron frente a ella en La Perla. Que la obligaron a ver el suplicio. También, a lo largo de este juicio, varios testigos contaron que la mantuvieron con vida hasta que nació el bebé. A su turno, Silvia Acosta declaró que la vio y hasta la escuchó parir en la Maternidad Provincial el 14 de junio de 1976. El pediatra Fernando Agrelo, que revisó a la mamá y a su bebé, aseguró que “la criatura tenía una muy buena salud y la mamá mucho estrés”. Que los vio juntos en la cárcel de mujeres del Buen Pastor; y poco después también atendió al bebé, ya solo, en la Casa Cuna.

Sonia Torres está convencida de que “la mantuvieron cautiva casi en secreto porque ella era una chica sana, hija de un militar y su bebé era un buen botín de guerra. Silvina era atlética, fuerte. Había sido campeona de natación y tanto Daniel como ella eran dos chicos inteligentes. Estudiaban Ciencias Económicas, eran sanos. Ese bebé debe haber ido a parar a alguna familia poderosa, tal vez de militares. Por eso es que no ha aparecido”, argumentó la titular de Abuelas-Córdoba ante Página/12.

El hecho de que Silvina nunca hubiese sido una presa “blanqueada, a disposición del Poder Ejecutivo Nacional”, acrecienta las dudas de Sonia Torres. “Si hasta cuando la tuvieron en la UP1 de barrio San Martín, que era una cárcel del Estado, la mantuvieron clandestina, ahí abajo, en las celdas subterráneas. Las carceleras tenían su nombre. Lo gritaron un día en el pabellón 14 de las mujeres para entregar una ropita de bebé que yo había llevado… Pero las presas dijeron que Silvina nunca estuvo ahí con ellas. La tenían escondida, desaparecida entre los presos políticos.”

Enrique Parodi, el padre, la buscó hasta su propia muerte hace más de un lustro. El hombre amaba a esa hija: “Silvina y su papá eran muy unidos. Era sus ojos, su campeona de natación”, recordó Sonia.

Parodi padre nunca obtuvo ninguna respuesta de sus colegas. Las monjas del Buen Pastor y de la Casa Cuna –que aún guardan un silencio cómplice sobre lo sucedido con el bebé robado– nombraban a Silvina como “la hija del aviador”.

De eso dio fe la testigo Laura Marrone, quien en su declaración del 5 de agosto de 2015 afirmó que las monjas recluidas en un geriátrico en las sierras cordobesas la llamaron así cuando ella, para ayudar a la búsqueda de Sonia Torres, fue a pedirles que dijeran lo que sabían sobre Silvina y su hijo. Se sabe que aún están con vida al menos dos de las monjas que tenían poder y autoridad cuando el bebé fue entregado: Monserrat Tribo, de la Casa Cuna, y Angélica Olmos Garzón (tía de la ex jueza federal Cristina Garzón de Lascano), que estaba a cargo en el Buen Pastor. Tribo fue trasladada a España pocos días después de que el fiscal Facundo Trotta pidiera al Tribunal que se la llamase a comparecer, en noviembre de 2014.

Sonia Torres es una más de las Abuelas que espera que la apertura de los archivos del Vaticano anunciada por el Papa Francisco les aporte información en la búsqueda de sus nietos. Torres cumplirá 87 este año. Lleva 40 de búsqueda. Y, se sabe, el tiempo no se detiene.

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El hijo de Videla en La Perla

Como una rata de laboratorio. Así fue tratado el hijo conscripto de Jorge Rafael Videla en el campo de concentración La Perla. Así lo relató en su testimonio de mayo de 2013 la sobreviviente Cecilia Suzzara, quien fue obligada a actuar un papel de “interrogadora” dentro de un supuesto “campo de concentración comunista” que se montó en los predios de La Perla para “entrenar y endurecer” a los soldados argentinos en formación.

“Ellos querían que los soldados creyeran que estaban en un campo de prisioneros que dominaban los comunistas. Que habían caído en manos enemigas”, detalló Cecilia Suzzara. Los represores “cavaron trincheras, pusieron luces y altoparlantes como en las películas, y hasta plantaron carpas. En una de esas carpas a mí me obligaron a hablar con un soldado. El muchacho estaba destruido. Tenía su uniforme de fajina, los labios sangrantes… Él realmente creía que estaba en un campo enemigo. De comunistas. Me acuerdo que rogaba por un vaso con agua. Estaba desesperado de sed. Yo tenía que obtener la mayor cantidad de datos: a qué compañía pertenecía, cuántos hombres tenía… Recuerdo que le pregunté si tenía familia. Me dijo que sí, que tenía esposa e hijos. Siguió pidiéndome agua. Se la di. Entonces terminó contestándome todo lo que le pregunté. Tiempo después me enteré, por los mismos represores, de que se trataba nada menos que del hijo del general (Jorge Rafael) Videla”. El campo fraguado fue otra vuelta de tuerca de la tortura infligida por el terrorismo de Estado: por un lado, obligaban a las víctimas cautivas y sometidas por los tormentos a “interrogar” a los soldados en formación; y por el otro, humillaban y mantenían en condiciones infrahumanas a sus propios jóvenes en instrucción. En esa perversa, enloquecedora construcción cayó hasta el propio hijo del dictador.

 

 

 

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Diario Página /12. Miércoles 4 de mayo de 2016.

 

PIDIERON OTRA PRISION PERPETUA PARA MENENDEZ Y OTROS 33 REPRESORES

La patota de La Perla atrapada

El 17 de mayo serán los alegatos de los defensores de los 45 imputados que siguen en proceso.

El 17 de mayo serán los alegatos de los defensores de los 45 imputados que siguen en proceso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Marta Platía.

En una vibrante audiencia a sala llena, el fiscal Facundo Trotta y su equipo integrado por los fiscales Virginia Miguel Carmona y Rafael Vehils Ruiz solicitaron 34 penas de prisión perpetua para Luciano Benjamín Menéndez y otros 33 represores bajo su mando, entre los que sobresalen Ernesto “Nabo” Barreiro y Héctor Pedro Vergez, alias “Vargas”. De ser condenado en agosto, cuando el Tribunal Oral Federal Número 1 presidido por el juez Jaime Díaz Gavier dé su veredicto, el “Cachorro” Menéndez, también llamado “la Hiena” y ex Jefe del Tercer Cuerpo de Ejército durante la última dictadura, sumaría la perpetua número 12 a su colección de sentencias; entre las que también cuenta otras dos condenas por una veintena de años. Ayer, once de sus subordinados acusados en este juicio se hicieron acreedores a pedidos de penas entre 25 y 3 años de prisión.

En el caso de Ernesto “Nabo” Barreiro, quien también se hacía llamar “Hernández” o “Rubio” para encubrir sus delitos, este es el primer pedido de condena que obtiene por sus crímenes de lesa humanidad. El represor que participó en el levantamiento carapintada de Semana Santa de 1987 gozó de impunidad por casi cuatro décadas. A pedido del entonces presidente Néstor Kirchner, fue extraditado desde los Estados Unidos, donde estaba viviendo, para este juicio que comenzó el 4 de diciembre de 2012. A Menéndez y sus cómplices se los juzga por crímenes de lesa humanidad contra 716 víctimas entre los años 1975 y 1983.

La de ayer fue la audiencia 327 en un juicio que ya entró en su cuarto año. Mientras que en la sala no cabía un alfiler del lado del público, fueron muy pocos los imputados que estuvieron presentes en el petitorio de penas los fiscales. Uno de los pocos fue Vergez, quien se mantuvo en su banquillo hasta poco antes de que la fiscalía comenzara a pedir las condenas: entonces se levantó ostentosamente, caminó lento hasta su abogado defensor de oficio, le dijo unas palabras al oído y entró a una sala contigua donde todos sus cómplices ven lo que ocurre por un circuito cerrado de tevé.

Ante la mirada expectante de la Abuela de Plaza de Mayo Sonia Torres; la titular de Familiares de ex Presos Políticos, Emi Villares de D’Ambra; sobrevivientes y amigos de las víctimas del terrorismo de Estado, los fiscales dieron un marco legal previo a la solicitud de las penas para Menéndez y los 44 represores que están siendo juzgados.

La fiscal Virginia Miguel Carmona le apuntó a los crímenes sexuales de lesa humanidad que se cometieron en los campos de concentración, y los enmarcó en la llamada “teoría del dominio del hecho”, del jurista alemán Claus Roxin según la cual los que ordenan los crímenes son “autores mediatos” de los que perpetre la mano ejecutora. Así, Menéndez también es responsable de las violaciones y abusos sexuales contra las mujeres y los hombres –en este juicio se conoció que los hubo y muchos– que padecieron el cautiverio en La Perla, el Campo de La Ribera, la D2 y el resto de los campos de tormento y muerte que existieron en Córdoba bajo su mando. La fiscal explicó que “el delito de tormento no expresa ninguna característica de índole sexual, así que es inapropiado encuadrarlo en esos tormentos. Son diferentes. Hacer lo contrario sería otra invisibilización de los delitos sexuales cometidos dentro de un campo de concentración. Las mujeres padecieron un plus de tortura dentro de los campos. Se las violentó dentro de una cultura patriarcal y machista. Así que otorgarle visibilidad constituye una reparación de nuestra historia presente. Algo que ya comenzó aquí en Córdoba, con el juicio de 2010 (en el cual se juzgó y condenó al dictador Rafael Videla y a Menéndez por el fusilamiento de 31 presos políticos en una cárcel estatal).

El fiscal Rafael Vehils Ruiz, llegado desde La Rioja para este juicio, hizo hincapié en la prisión efectiva de los eventuales condenados. Le pidió al Tribunal se ordenen nuevas pericias médicas para todos los reos: para los que están presos en el penal de Bouwer, y “los que estén en situación de prisión domiciliaria. Resulta imprescindible saber cuáles son las razones humanitarias por las que están en sus domicilios”. El fiscal señaló: “Las cárceles están llenas de presos con delitos que, en comparación de los crímenes de lesa humanidad cometidos por los imputados; pueden ser bagatelas. Así que en caso de que los imputados se hayan mejorado, solicitamos de desde ya que se les envíe nuevamente a un establecimiento penal del Estado”. En esa dirección, Vehils Ruiz pidió “la inmediata detención de los imputados que todavía estén en libertad”. Tal el caso de Antonio Reginaldo Castro, un represor que por su sadismo fue llamado “el Gato Gómez” de Bell Ville, una localidad del sureste cordobés.

Al final del pedido de condenas, el fiscal Facundo Trotta, un hombre tan joven como elocuente en el desarrollo de sus alegatos, se despidió recordando a las víctimas y respondiendo una pregunta: “Cada una de las víctimas de esta causa, señores jueces, tenía proyectos de vida, sueños, metas (…). Todos esos proyectos, sueños y metas fueron literalmente destruidos. Arrasados por mentes perversas que desafían la imaginación. A pesar de haber transcurrido cuatro décadas, todos estos crímenes permanecen inconmovibles en la conciencia, la memoria y el corazón del pueblo argentino. No obstante, existe algún sector de la población, claramente minoritario, que califica la realización de estos procesos como venganza; postulan la concordia y reclaman el cese de estos juicios. Ellos dicen “¿hasta cuándo?”. Hasta cuándo estos juicios. A ellos les decimos hasta cuándo: hasta que no se determinen las responsabilidades de los cómplices civiles de la dictadura. Hasta que no quede una sola víctima sin recibir una respuesta de la Justicia. Hasta que no encontremos al nieto de Sonia Torres y a los demás nietos que las Abuelas siguen buscando, y hasta que no hayamos encontrado el último resto de los desaparecidos”.

La sala estalló en aplausos. Ya fuera del recinto, los fiscales recibieron los abrazos de agradecimiento de los sobrevivientes. El juicio pasó a cuarto intermedio hasta el jueves 17 de mayo, cuando comiencen a alegar los defensores de los 45 imputados que siguen en proceso.

 

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Diario Página /12. Domingo 3 de abril de 2016.

 

EL PAIS › LOS TESTIMONIOS Y LOS ESCRITOS DE REPRESORES EN LA MEGACAUSA LA PERLA

Los cuentos del horror

En su cuarto año y en su etapa de alegatos, el enorme juicio de Córdoba sigue revelando espantos. A los testimonios de sobrevivientes se suman los escritos de los represores pidiendo ascensos y contando en detalle sus “hazañas y servicios”.

Bruno Laborda

Bruno Laborda

 

El Nabo Barreiro, que se incriminó por un escrito de 1977. Imagen: Télam

El Nabo Barreiro, que se incriminó por un escrito de 1977.
Imagen: Télam

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Marta Platía.

Ya van 316 audiencias, más de tres años desde que el megajuicio comenzó el 4 de diciembre de 2012, pero el espanto no cede. El juez Jaime Díaz Gavier que preside el Tribunal Oral Federal 1, estima que la enorme causa de los crímenes cometidos en La Perla y Campo de la Ribera puede terminar en agosto de este año, dejando un inmenso catálogo de atrocidades al descubierto.

 

Un ejemplo de estos días es el alegato del fiscal Facundo Trotta por el caso de Rita Alés de Espíndola. La joven fue asesinada pocas horas después de parir un bebé esposada a una cama del Hospital Militar de Córdoba. Rita era hija de la escritora Susana Dillon, quien fue la primera Madre de Plaza de Mayo de Río Cuarto, al sur de esta capital. El fiscal leyó los testimonios de sobrevivientes que dieron fe del paso de Rita y de su esposo Gerardo Espíndola por La Perla, y contaron las torturas que padecieron desde que los secuestraron el 9 de diciembre de 1977. También contó el penoso peregrinar de su madre hasta que pudo recuperar a su nieta, y leyó un documento inapelable, nada menos que el de uno de los represores que participó en el asesinato de Rita, de 33 años.

 

El oficial Bruno Laborda escribió Durante el transcurso del año 1978 –escribió el oficial Bruno Laborda- fui comisionado junto a otro oficial recién egresado para trasladar en una ambulancia militar a una mujer desde el Hospital Militar del Córdoba hasta el Campo de la Guarnición Militar (La Perla). La mencionada (no la nombra) había tenido familia un día antes (…) Su traslado al campo de fusilamiento fue lo más traumático que me tocó sentir en mi vida. La desesperación, el llanto continuo, el hedor propio de la adrenalina que emana de aquellos que presienten su final, sus gritos desesperados implorando que si realmente éramos cristianos le juráramos que no la íbamos a matar, fue lo más patético, angustiante y triste que sentí en la vida y que jamás pude olvidar. (…) el entonces teniente coronel (Enrique Aníbal) Solari y todos los oficiales designados, procedimos a fusilar a esta terrorista que arrodillada y con los ojos vendados recibió el impacto de más de veinte balazos de distintos calibres. Su sangre, a pesar de la distancia, nos salpicó a todos. Luego siguió el rito de la quema del cadáver, el olor insoportable de la carne quemada y la sepultura disimulada propia de un animal infectado”.

 

Laborda es uno de los (inicialmente) 58 imputados en esta megacausa. Murió por un cáncer en julio de 2013. Ya son diez los acusados que murieron durante este proceso judicial considerado el más importante y extenso de la historia jurídica cordobesa.

 

Al peso de los testimonios de los 581 testigos que declararon en este juicio que ya entró en su cuarto año y transita la etapa de alegatos; los represores sumaron a sus acusaciones demoledores documentos escritos por ellos mismos y firmados de puño y letra que –en su momento- jamás pensaron que servirían para su propia autoincriminación y la de sus cómplices- en delitos de lesa humanidad. Dos de los más sobresalientes son los que teclearon, indignados porque se les denegó el ascenso que solicitaban por su participación en el genocidio, Ernesto “Nabo” Barreiro y Guillermo Bruno Laborda.

 

Nabo al horno

 

Un momento en que a Barreiro se le borró de la cara su permanente, sarcástica sonrisa fue cuando en sus respectivos alegatos el querellante Claudio Orosz y el fiscal Facundo Trotta leyeron y exhibieron en pantalla una nota que Barreiro presentó el 30 de abril de 1977 ante sus superiores pidiendo un ascenso. La aparición de esa nota en manos de la querella de HIJOS fue devastadora para el “Nabo”, “Hernández” o “el Rubio”, como se hacía llamar en los campos de concentración. Lívido, con gesto grave, terminó retirándose de la sala de audiencias a la que ya casi no asiste. Permanece en una habitación contigua en la que sigue el juicio a través de un sistema de tevé de circuito cerrado. El desgaste de todo este tiempo de tribunales parece haber socavado su soberbia y socarronería, además del “duro golpe que significó la muerte de su abogado defensor, Osvaldo Viola el año pasado”, según contó a Página/12 un funcionario judicial.

 

“¡Señores jueces Barreiro miente! ¡Barreiro es un mentiroso!” le enrostró, enérgico, el fiscal Trotta en una de las últimas audiencias. Y continuó: “Desde que comenzamos dice y repite que no murió nadie en La Perla y él mismo escribió (en la nota del ´77) que participó en “697 operaciones realizadas entre marzo y diciembre de 1976” en Córdoba. ¡697 en sólo 9 meses! Y además se atrevió a decir que tampoco hubo torturas en la Perla, sólo ´uno que otro bofetón´, pero admite en esta nota que estaba “en contacto diario con la muerte”.

 

En el escrito de 1977 que citaron Orosz y el fiscal; Barreiro, con su verba grandilocuente, ejecuta megalómano un canto a sí mismo en tercera persona, y se ensalza como “investigador”; “nervio y motor” de los grupos (de secuestradores y torturadores) en que participó; y “activo en las acciones en sí” que –por ejemplo- permitió la caída de la supuesta “Base 2 de prensa de montoneros el 23 de septiembre de 1976 en barrio General Bustos de Córdoba donde cayó mortalmente herido el sargento Rosario Elpidio Tejeda”. Este hombre, a quien se conocía como “Texas” , fue señalado por los sobrevivientes como uno de los más terribles torturadores de la D2 y La Perla. Tejeda había sido preparado como parte del Plan Cóndor en la Escuela de las Américas en Panamá, y era famoso por el montaje de una especie show dantesco en el cual danzaba a toda velocidad alrededor de la víctima y la golpeaba “a dos palos” por todo el cuerpo mientras aullaba sin parar. Eran pocos los que sobrevivían a sus tormentos.

 

Siempre para obtener ese ascenso que se le negaba (a raíz de una acusación que se le hizo dentro del Ejército por el robo de unos piletones en una guarnición bonaerense y la utilización de soldados para tareas personales); Ernesto Barreiro alardea de sus “conocimientos adquiridos” que le “hicieron posible asesorar en forma directa a miembros de otras unidades tales como Mendoza, Santa Fe y Bahía Blanca; habiendo efectuado en forma personal trabajos especiales en Capital Federal, La Plata y Bahía Blanca”. Es en ese tren que nombra –y por ende incrimina- al represor Hugo “Quequeque” Herrera. El “Nabo” relata una acción en el que Herrera resulta herido sobre un techo: sitio del cual las patotas de la dictadura solían descolgarse “como delincuentes”, según coincidieron sobrevivientes y familiares de los desaparecidos, cuando irrumpían en las casas de las víctimas que por lo general, estaban dormidas y de donde eran sacadas semidesnudas o en ropa de cama.

 

Barreiro abunda en autoelogios y habla del “prestigio cimentado” que le valió ser “elejido (sic) el mejor oficial de la Unidad”. En los párrafos que siguen explica que todo esto le permitió “afirmar” su “personalidad” y su “conducta moral intachable”.

 

El cénit del escrito llega cuando escribe, siempre en tercera persona, que “el contacto diario con la muerte (fue) no sólo a través de la caída de sus subalternos, sino también en las numerosas experiencias personales de las que sólo se emerge en estas circunstancias a través del espíritu militar y el amor de la patria”; para concluir en una loa por “haber puesto en acción todos sus recursos físicos, morales, espirituales e intelectuales (…) aún a costa del máximo sacrificio”. Esto de la mano de un militar que el 24 de diciembre de 1976 torturó junto a otros seis represores a golpes, picana y baldazos de agua para acelerar el efecto mortal de la electricidad el cuerpo desnudo y atado a un elástico de cama de la joven Herminia Falik de Vergara. Según declaró la sobreviviente Liliana callizo, que fue obligada a presenciar la tortura, el apuro era para poder irse a casa a festejar la Navidad.

 

 Los fusilamientos por los fusiladores

 

Cuando el fiscal Facundo Trotta alegó por Raúl José Suffi, secuestrado el 10 de julio de 1978 en El Volcán, provincia de Jujuy; y los hermanos Daniel Santos y Pascual Héctor Ortega, atrapados el 18 de ese mismo mes, contó también con el relato que Bruno Laborda utilizó para hacer méritos en su foja de servicios. Los tres eran trabajadores en la Fiat, y miembros activos de los sindicatos SITRAC-SITRAM.

 

“A mediados del año 1978 –escribió Laborda- siendo aproximadamente las 21,30 horas cuatro elementos masculinos terroristas (no los nombra) fueron trasladados (…) a un camino secundario cercano a la localidad cordobesa de Ferreira (sic). Con la presencia de nuestro Jefe de Batallón (…) procedimos a dar muerte a balazos, por separados (sic), a los cuatro condenados subversivos. Era de noche por las circunstancias propias de una ejecución a sangre fría, todo fue brutal. Hasta el día de hoy me parece escuchar los gritos desgarradores de dolor de uno de ellos que pedía desesperadamente: ¡¡¡¡¡Mátenme, mátenme, por favor!!!!! Un oficial más antiguo y yo pusimos fin al suplicio de ese hombre, que ni siquiera sabíamos su nombre. Posteriormente el suscripto y otros oficiales (…) hicimos ingresar al “campo de combate” a dos o tres Secciones de Tiradores del Batallón, integradas por suboficiales y soldados orgánicos de la Unidad, que desconociendo lo actuado por nosotros, los oficiales, con anterioridad, se aprestaron en forma inmediata para un ficticio enfrentamiento con los combativos guerrilleros, disparando en forma indiscriminada hacia lugares ya seleccionados con anterioridad, haciéndoles creer que la muerte de esos terroristas se debió a los certeros disparos que ellos mismos efectuaron en el fragor de la lucha. Fueron ellos, con sus propias manos, los que recogieron los cadáveres y los depositaron en los camiones para ser entregados a órdenes del suscripto y otros efectivos del personal médico del Hospital Militar Córdoba, donde fueron arrojados en un galpón o morgue de circunstancia”. Esto era conocido como un “operativo ventilador” y en este relato se lo puede ver de primera mano.

 

En su alegato, el fiscal Trotta acentuó “la mendacidad” del entramado y planificación de la ejecución de los tres trabajadores; el hecho de que entregaron sus restos en cajones sellados a sus familiares para no permitirles ver el estado en que los habían dejado; y los acusó de que “en nombre del Ejército Argentino de San Martín, Belgrano, Güemes, héroes de la patria que ganaron la libertad de nuestro pueblo en batalla, los asesinos de los hermanos Ortega y de Suffi se vanagloriaron de defender nuestro país en “combate”, cuando lo único que hicieron fue asesinar cobardemente a tres personas muertas en vida (estaban casi destrozados por la tortura sufrida en La Perla), desarmadas, rendidas, y no contentos con ello mostrarlo como una gran proeza militar”.

 

A diferencia de Ernesto Barreiro, cuya nota es de 1977; Bruno Laborda escribió la suya en mayo de 2004. Para entonces ya hasta se había recibido de abogado en la Universidad Nacional de Córdoba, y se veía venir una posible imputación por lo que había perpetrado. En otro párrafo se atajó: “Todas estas acciones que legal y legítimamente fueron cumplidas por el suscripto presuponían un impacto positivo en el prestigio como soldado (…) se pasa de la noche a la mañana, a ser mentado sospechoso de crímenes de lesa humanidad”. Laborda también citó como un mérito en su reclamo que estuvo encargado de los desenterramientos de restos humanos en La Perla, y que los trasladó compactados y en tachos de 20 litros, a las Salinas de La Rioja.

 

Un hombre solo ante la muerte

 

El otro fusilamiento que Bruno Laborda detalló en su escrito fue el de José Carlos Perucca: un prisionero que sobrevivió haciendo trabajo esclavo en La Perla durante casi nueve meses. El “Bocha” Perucca, como lo conocían sus compañeros de la Organización Comunista Poder Obrero (OCPO) había sido secuestrado el 15 de agosto de 1976 junto a su esposa Ana Catalina Abad.

 

La sobreviviente Patricia Astelarra contó que “a ella la mataron enseguida: se quedó en la picana en la sesión de tortura. Nunca llegó a La Cuadra”. En cuanto a Perucca, su “traslado” y asesinato fue un fuerte golpe para los prisioneros de La Perla. Según los fiscales “el asesinato de Perucca significó un quiebre de las macabras ´reglas´ del campo de concentración, en donde si una víctima sobrevivía cierto tiempo tenía mayores expectativas de salir del horror”. Este prisionero hacía trabajo esclavo como mecánico de autos y hasta le habían dado un mameluco azul. Su asesinato fue planificado como una venganza y se lo ejecutó el día del Ejército, el 29 de mayo de 1977.

 

Según el escrito de Laborda “se lo condenó por la emboscada de un vehículo militar” en el que murió un cabo de apellido Bulacios. “Con la presencia del Jefe del Batallón, el entonces teniente coronel Dopazo, la Plana Mayor, Jefes de la Compañía y Oficiales, dimos muerte al supuesto asesino y terrorista en el Campo de la Guarnición Militar Córdoba en proximidad a la “Mezquita”, lugar que con el tiempo se convertiría en el cementerio anónimo de la subversión. Más de treinta balazos de FAL sirvieron para destrozar el cuerpo de un hombre, que arrodillado y con los ojos vendados, escuchó con resignación las últimas palabras de nuestro Jefe, pidiéndole que encomendara su alma a Dios. Posteriormente, los oficiales más modernos arrojamos sus despojos a un pozo, que previamente hiciéramos a pico y pala, procediendo después a la quema del mismo. Luego lo enterramos y disimulamos el lugar, de modo tal que éste no pudiera ser encontrado jamás”.

 

Laborda detalló así el modus operandi de los subordinados de Luciano Benjamín Menéndez que -en sus respectivos testimonios- también relataron el arriero José Julián Solanille, quien atestiguó haber visto al propio Menéndez frente a un fusilamiento masivo, y dio cuenta de la quema de los cadáveres y el enterramiento en fosas comunes en los campos cercanos a ese campo de concentración; y el gendarme Carlos Beltrán, quien se negó a fusilar a una pareja.

 

En su declaración, Beltrán contó que “ella estaba embarazada como de ocho meses”, que cuando él se negó a dispararles aduciendo que había entrado a la Gendarmería “para cuidar las fronteras de la patria, no para matar gente”. Furioso, el represor Luis Manzanelli lo golpeó con la culata de su arma y los fusiló a quemarropa ante sus propios ojos. “Desde el piso vi cómo el Cogote de Violín (así le llamaban al torturador por la inclinación de su cuello) primero lo mató a él y después le disparó a ella. Pero como la chica volvió a levantarse, la remató disparándole a la panza”. El hombre, muy humilde y llegado desde Orán para declarar, fue uno de los pocos testimonios que se conocen en el cual la prédica de la “obediencia debida” o del “pacto de sangre” para sellar con silencio los crímenes de lesa humanidad cometidos, no tuvieron efecto en un soldado en servicio, ni tampoco pasados los años. Lo de Beltrán, en medio de tanto horror, es acaso sólo una muestra de que aún en situaciones límite es posible decir no.

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Memorial Virtual Presentes

 

El jueves pasado se inauguró en el Museo Provincial de la Memoria (que funciona donde antes la ex D2, en el edificio del Cabildo Histórico), un Memorial Virtual. Se trata del sitio web: http://www.apm.gov.ar

Elaborado por los tres sitios de la Memoria: La Perla, Campo de la Ribera y el Archivo Provincial; la agrupación H.I.J.O.S.;el Área de Legales e Investigación y Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, el memorial contiene datos y fotos de personas secuestradas, torturadas y ejecutadas por el Terrorismo de Estado en Córdoba entre 1974 y 1983. En el acto estuvieron presentes Emi Villares de D´Ambra, de Familiares; Sonia Torres, de Abuelas de Plaza de Mayo-Córdoba, el ex secretario de Derechos Humanos, Martín Fresneda y los directores de los sitios: Emiliano Fessia, de La Perla; Mario Paredes, de La Ribera y María Cristina, del Archivo Provincial de la Memoria.

 

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Diario Página 12. Jueves 3 de marzo de 2016.

 

EL PAIS › JUAN SCHIARETTI ACOMPAÑO A SONIA TORRES EN EL MEGAJUICIO LA PERLA-CAMPO DE LA RIBERA

Acto de presencia a la hora del alegato

El gobernador de Córdoba escuchó junto a la titular de Abuelas de Plaza de Mayo de esa provincia el alegato del fiscal Facundo Trotta por la desaparición de su hija Silvina Parodi y Daniel Orozco, y el robo del bebé de ambos, quien aún no fue recuperado.

 

 El gobernador cordobés Juan Schiaretti, ayer, junto a Sonia Torres. Imagen: Télam


El gobernador cordobés Juan Schiaretti, ayer, junto a Sonia Torres.
Imagen: Télam

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Marta Platía

El mismísimo 10 de diciembre en su discurso de asunción, el gobernador cordobés Juan Schiaretti quiso marcar la diferencia en su política de Derechos Humanos con respecto a su antecesor y jefe político José Manuel de la Sota: aun cuando nadie se lo esperaba, nombró a Sonia Torres, resaltó la figura de la titular de Abuelas de Plaza de Mayo-Córdoba y homenajeó “a los 30 mil compañeros desaparecidos durante la última dictadura”. En contraste también con el discurso de Mauricio Macri de “se va a acabar el curro de los derechos humanos”, Schiaretti abrió una puerta que, según se argumentó por entonces, “no tenía por qué abrir” en una provincia que le dio nada menos que el 70 por ciento de los votos al nuevo gobierno de derecha. Ayer dio un paso más en esa dirección: junto a Luis Angulo, su secretario de Derechos Humanos, asistió a la jornada 305 del megajuicio La Perla-Campo de La Ribera, y ambos flanquearon a Sonia Torres para escuchar el alegato del fiscal Facundo Trotta sobre el secuestro, la tortura, el asesinato y la desaparición de Silvina Parodi y Daniel Orozco, y el robo del bebé de ambos nacido en cautiverio, el nieto que Sonia todavía está buscando.

En la sala repleta de familiares, amigos y público, también estuvieron presentes el fiscal Carlos Gonella, el ex secretario de Derechos Humanos de la Nación Martín Fresneda, y el sobreviviente Luis “Vittín” Baronetto, entre otras personalidades de los organismos de derechos humanos, como Mario Paredes, director del Espacio de la Memoria Campo de La Ribera.

A la salida de la audiencia, Schiaretti estaba ostensiblemente conmocionado y explicó, tratando de contener los sollozos ante los periodistas, “lo que pasa es que uno se emociona y llora porque en aquella época nosotros, a los compañeros que masacraron, no los podíamos llorar para afuera. El llorar para afuera podía significar que nosotros también engrosáramos la lista de desaparecidos, así que por eso uno llora ahora…”. Y siguió: “Me parece muy importante que el horror que simbolizó La Perla pueda ser juzgado por la justicia de la democracia, dándole a todos estos asesinos la oportunidad que ellos no le dieron a nuestros compañeros. Que puedan ser juzgados sin odio, sin rencor, que tengan derecho a defensa. Sonia Torres expresa el símbolo de lo que fueron las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo: ellas fueron la expresión de la dignidad nacional en la noche más oscura”.

Esta es la segunda vez que Schiaretti asiste a un juicio por delitos de lesa humanidad en Córdoba. La primera fue en la tarde del 24 de julio de 2008, cuando el tribunal presidido por Jaime Díaz Gavier condenó por primera vez a prisión perpetua en cárcel común a Luciano Benjamín Menéndez en la llamada causa “Brandalisis”. En esa oportunidad también lloró, pero abrazado a los compañeros que estuvieron rodeándolo en las primeras filas.

Por el contrario, De la Sota jamás asistió a ninguna de las audiencias de los –ya– seis juicios por crímenes por delitos de lesa humanidad que se llevaron a cabo en esta provincia.

En un marco político como el que se vive desde que la coalición de derecha liderada por Macri llegó al poder, los gestos, postura y actitudes concretas de Schiaretti con respecto a estos juicios, a los organismos de derechos humanos y a los sitios de la memoria locales –con cuyos responsables se viene reuniendo– aparecen como una bocanada de aire fresco.

En diálogo con Página/12, Sonia Torres dijo que “es bueno saberse acompañada por el gobernador. Saber que considera nuestra lucha y nuestra búsqueda. Que no todo está perdido. Nosotros llegamos hasta acá y pensamos seguir. Yo no me voy a morir hasta encontrar a mi nieto”.

Silvina Parodi de Orozco –la hija de Sonia– y su esposo Daniel Francisco Orozco tenían 20 y 22 años, respectivamente y fueron secuestrados en su casa en la tarde del 26 de marzo de 1976. Ella estaba embarazada de seis meses y medio. Durante los ya cuatro años que lleva este juicio, quedó probado que el bebé nació en la Maternidad Provincial el 14 de junio de 1976. Que fue apropiado. Que hubo complicidad de parte de las monjas que dirigían la cárcel de Mujeres del Buen Pastor y las de La Casa Cuna. Que la pareja fue asesinada y enterrados sus restos en los predios del campo de concentración de La Perla. Incluso se sabe que la mamá en cautiverio llamó “Daniel Efraín” al bebé que, según el pediatra que lo revisó por entonces, Fernando Agrelo, estaba “en perfecto estado de salud”.

El próximo 14 de junio el nieto de Sonia cumplirá 40 años. Su abuela, que ya tiene 87, todavía lo busca. Lo busca y lo espera cada día. Pero también espera que él la encuentre a ella.

 

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Diario Página 12. Martes 1° de marzo de 2016.

 

EL PAIS › ALEGATOS DE LOS FISCALES EN EL JUICIO POR SECUESTROS Y TORTURAS EN LA PERLA Y LA RIBERA

 Crímenes con saña  y con cinismo

 

Los fiscales están desarrollando los casos de las 716 víctimas del juicio. “No dejamos de sorprendernos de las atrocidades cometidas por los imputados”, afirmó Facundo Trotta, al narrar secuestros de niños y torturas de todo tipo.

 

El represor Luciano Benjamín Menéndez, máximo responsable de los crímenes cometidos en La Perla.

El represor Luciano Benjamín Menéndez, máximo responsable de los crímenes cometidos en La Perla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Marta Platía.

“Fuimos crueles, pero no sádicos, ni integramos una asociación ilícita”, dijo Jorge Rafael Videla cuando ejerció su derecho a defensa antes de que lo condenaran a prisión perpetua en el juicio que se le hizo en Córdoba en 2010 por el asesinato de 31 presos políticos a disposición del Poder Ejecutivo (PEN) en una cárcel estatal. También, en esa alocución, señaló que “lo hicimos en el marco de crueldad que impone toda guerra por su propia naturaleza”. Una guerra que no existió, ya que se trató de un Estado terrorista que ejerció represión ilegal contra grupos más o menos armados y población civil. A poco más de un lustro de ese juicio, y ya con Videla muerto, su afirmación aún resuena en la sala donde se viene desarrollando el megajuicio La Perla-Campo de La Ribera, y se cae de a pedazos en cada caso que es expuesto. El equipo de fiscales liderado por Facundo Trotta e integrado por Virginia Miguel Carmona y Rafael Vehils Ruiz, viene alegando desde diciembre por cada una de las 716 víctimas cuyas causas pudieron llegar a juicio tras casi 40 años de reclamar justicia.

“Aun con el tiempo que lleva este juicio, no dejamos de sorprendernos de las atrocidades cometidas por los imputados, de la saña demostrada para torturar, violar, matar y desaparecer –afirmó Trotta ante el juez Jaime Díaz Gavier del Tribunal Oral Federal Nº 1–. Torturaron, violaron y mataron chicos y chicas de la escuela secundaria. Adolescentes de 16, 17, 18 años. ¿Contra ellos estaban en guerra? Es incomprensible. Hubo personas a las que torturaron hasta matarlas. Eso, señor presidente, aunque algunos imputados digan que en La Perla no murió nadie, o incluso que ni siquiera hubo torturas; sino uno que otro bofetón”. El palo fue directo al gallinero del represor Ernesto “Nabo” Barreiro, quien en juicio llegó a discutir con el querellante Claudio Orosz “el significado de la palabra tortura” y, en el clímax de su cinismo, subió la apuesta negando fusilamientos y muertes en una entrevista en radio Mitre-Córdoba, y en la cual no fue rebatido ni repreguntado.

Del espanto por la extrema crueldad del ejército de Videla y Luciano Benjamín Menéndez dio cuenta el fiscal Vehils Ruiz cuando alegó por la matanza de Félix Roque Giménez, de 24 años, a quien atraparon en la calle el 15 de marzo de febrero de 1976, poco antes del golpe. La patota comandada por Héctor Pedro Vergez lo llevó al Campo de La Ribera –aún no estaba en funcionamiento La Perla– donde lo “interrogaron” por su supuesta pertenencia al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).

“Lo torturaron de un modo especial: Lo colgaron de un pie y le colocaron en la cara la resistencia al rojo vivo de una plancha eléctrica. Eso le hicieron, señores jueces –resaltó el fiscal–. Después lo sacaron al aire libre hasta que como consecuencia de lo que padeció, murió”, narró Vehils Ruiz, aún azorado por semejante tormento.

Mientras su madre lo buscaba en comisarías, hospitales, la D2 (la Gestapo cordobesa) y le negaban haberlo detenido; al joven Félix le infligieron de las más encarnizadas torturas que se hayan detallado en este juicio. Las sobrevivientes Graciela Geuna y Liliana Callizo coincidieron en sus testimonios: “Callizo relató que luego de picanearlo y golpearlo y quemarlo con cigarrillos, lo estaquearon al suelo, al aire libre con la resistencia de la plancha en el rostro. Allí estuvo horas y horas. Ahí, cubierto de insectos y hormigas, murió”.

“Miren, señores jueces –insistió Vehils Ruiz con tono duro, grave– yo recuerdo que (cuando hablan en juicio) los represores mencionan a Dios cada vez que pueden. Y pregunto: ¿qué clase de cristianos son los que aplican esta tortura?”.

Testigos –y también víctimas– de esa ferocidad fueron los padres y familiares de Rosa Assadourián y de Susana Luna: ambas secuestradas, torturadas y cuyos cadáveres fueron devueltos a sus familias en tal estado de mutilación que les ordenaron velarlas a cajón cerrado. “A Rosa le sacaron los ojos, le cortaron la nariz, la mitad de la boca… –enumeró su hermana María Sonia–. La reconocimos por unos lunares en su piel que era muy blanca, muy rubia”. En cuanto a Susana, luego de las sesiones de tortura y vejaciones en las que laceraron su cuerpo, la terminaron ahorcando con un cable y la arrojaron desnuda a una cuneta cerca del Jockey Club. En un papel que cruzaron sobre su pecho ensangrentado, la horda del Comando Libertadores de América (CLA.) escribió: “Ajusticiada”, como para que el crimen se le atribuyera a Montoneros o al ERP: una modalidad que denunció como “una práctica común” de los meses previos al golpe, el sobreviviente Carlos Raimundo “Charlie” Moore en su declaración en San Pablo, Brasil, luego de su fuga en noviembre de 1980.

Claudia Hunziker tenía 21 años cuando fue secuestrada el 23 de julio de 1976. Era militante de la Juventud Universitaria Peronista (JUP) de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba. El 7 de agosto, luego de los días y noches de torturas y vejaciones, Claudia fue trasladada en un camión, vendada, maniatada y amordazada. La fusilaron y desaparecieron en los campos que rodean a La Perla.

En 2010, cuando Videla dijo lo que dijo, era consciente de cada palabra. De la crueldad, del sadismo y de la asociación ilícita que había comandado junto a Menéndez. De hecho, su ex colega Alejandro Agustín Lanusse ya lo había repudiado y rebatido en el Juicio a las Juntas de 1985, cuando dijo que no era su ejército el que “salía disfrazado por las noches a secuestrar y desaparecer gente”.

 

Una madre con su hijito en La Perla

Ramona Cristina Galíndez de Rossi, “La Negrita”, fue secuestrada el 24 de junio de 1976 al atardecer, cuando iba por el Parque Sarmiento (el Palermo cordobés) con Alejandro, su hijito de 4 años, a quien llamaba “Pichi”, y su amiga Liliana Gell. Ese pequeño, ya hombre, declaró en este juicio y recordó la violencia del ataque. Que sintieron la frenada de un auto. Que su mamá empezó a correr. Que corría y corría llorando, gritando. Y que él también. A Liliana Gell la mataron a balazos. A “La Negrita” y al “Pichi” los llevaron a La Perla. “¡A La Perla a un nene de cuatro años, señores jueces!”, casi gritó el fiscal Vehils Ruiz en su alegato.

Ya en el campo de concentración, la sobreviviente Patricia Astelarra fue la que dio testimonio del destino de ambos: “Al Pichi le querían dar caramelos para que parara de llorar, pero él no los aceptaba. Lo tuvieron ahí unos cuatro, cinco días hasta que se lo llevaron a los abuelos a la casa. Todo fue muy terrible para él, para ella… La Negrita contó que (en el momento del secuestro) ella corría desesperada y que le gritaba al hijo que corriera para el otro lado, en sentido contrario para que se salvara. Pero claro, el nene iba para donde corría su mamá… Ella tropezó y se cayó. Ahí la agarraron y también se lo llevaron a él”. La sobreviviente Susana Sastre relató que “La Negrita Galíndez sufrió mucho por su hijito. Sabía que lo tenían en La Perla porque lo escuchó llorar en las oficinas”. También coincidieron Graciela Geuna, Teresa Meschiati y Piero Di Monte”. Este último, aterrado, refirió: “Cuando (el Pichi) estuvo en la cuadra nos creó un estado de estupor tremendo… ¡Que trajeran a nuestros chicos allí! Era el horror. Dijeron que lo llevaron a la casa de los padres de ella. Y eso ocurrió finalmente. Pero mientras, no lo sabíamos y fue terrible para nosotros que estuviera. Y cuando se lo llevaron, peor. La incertidumbre. A la madre la trasladaron y nunca más se supo de ella”.

Patricia Astelarra vio cómo la prepararon. “La tuvieron parada varias horas, amordazada, maniatada antes de subirla al camión. Ella sabía que la iban a matar”. A la ceremonia siniestra del traslado, los represores la llamaban “la solución final”. Como los nazis.

Los abuelos maternos que recibieron a Alejandro de brazos de la patota sufrieron, además, una amenaza: “Acá lo tienen. Encárguense de que no haga más preguntas porque, si no, volvemos a buscarlo”.

 

Los números del juicio

 

 El juicio que ya entró en su cuarto año comenzó el 4 de diciembre de 2012. Lleva más de 305 audiencias. Declararon 581 testigos. Se juzga a 44 represores encabezados por Luciano Benjamín Menéndez por los crímenes de lesa humanidad cometidos contra 716 víctimas entre 1975 y 1983 en los campos de concentración de La Perla, Campo de La Ribera, la D2, y diversas comisarías de localidades cordobesas. También es el primer juicio en la provincia de Córdoba por sustracción de un menor de diez años: el nieto de la titular de Abuelas de Plaza de Mayo Córdoba, Sonia Torres, quien busca al hijo que tuvo en cautiverio su hija Silvina Parodi de Orozco. Durante este proceso judicial murieron diez imputados.

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Diario Página 12. Jueves  4 de febrero de 2016.

 

EL PAIS › VERGEZ LLEVO UNA FOTO DEL MATRIMONIO PRESIDENCIAL A LA AUDIENCIA

Un represor fan de Macri

Acusado de 448 delitos en el megajuicio por los crímenes de La Perla, en Córdoba, Héctor Vergez fue esta semana a la audiencia con una foto de Mauricio Macri y Juliana Awada enmarcada, y se puso a coserla en un paño.

 

 

 

Por Marta Platía.

Las imágenes fueron tomadas en la audiencia de esta semana por la fotógrafa Mechi Ferreyra. Para los que asisten al juicio por los crímenes de La Perla es notorio que los represores están felices por el nuevo gobierno en el que por primera vez una alianza de derecha llega a la Casa Rosada a través del voto. Para demostrarlo, el procesado Héctor Pedro Vergez, alias “Vargas” o “Gastón”, llevó a cabo una estrategia artesanal: se sentó en el banquillo de los acusados con una foto del presidente Mauricio Macri y su esposa Juliana Awada enmarcada en varillas de caña pintadas de blanco y se puso a coserlas con toda parsimonia a un paño de tela azul que sostuvo sobre su falda. “Parece una viejita en el asilo”, ironizaron algunos de los presentes. Aunque a nadie se le escapa la ferocidad del improvisado costurero: Vergez está acusado en este megajuicio por 448 delitos. Son 169 privaciones ilegítimas de la libertad agravadas, 163 imposiciones de tormentos agravadas, 108 homicidios calificados, 6 imposiciones de tormentos seguidas de muerte, una tentativa de homicidio calificado y la sustracción de un menor de 10 años (el nieto de la titular de Abuelas de Plaza de Mayo-Córdoba, Sonia Torres).

Hace pocos días, en su alegato, la fiscal Virginia Miguel Carmona lo acusó por “ahorcar con sus propias manos” a la víctima Alicia de Cicco Moukarzel. Fue el propio represor quien le contó a la sobreviviente Graciela Geuna que la mató “porque era hermosa, tenía unos bonitos ojos pero me miraba muy feo, así que la ahorqué”.

También, entre sus crímenes más crueles –los que gozaba contar como hazañas a los llamados “muertos vivos” en La Perla– figura la matanza de la familia de Mariano Pujadas, el primer fusilamiento masivo en el Campo de La Ribera. “Nadie se animaba, así que agarré una ametralladora y los maté yo solo”, dijo. O cuando llevó colgado de un pie, atado a una cuerda a un helicóptero a Tomás Rodolfo Agüero. “Lo paseó así por toda la ciudad de Córdoba, amenazando con tirarlo”, relató en su testimonio la testigo Liliana Callizo. Vergez escribió y publicó un libro, Yo fui Vargas, donde relató sus crímenes y se jactó de ellos. Lo editó durante la década del 90, cuando se creyó impune.

Poco antes que Vergez, el represor Ernesto “Nabo” Barreiro también se sumó a la ola macrista. Cuestionó a los fiscales ya que para él “no tienen autoridad para tratar mi caso porque dependen de la procuradora (Alejandra) Gils Carbó, a quien el presidente Macri le pidió que renuncie”. El Nabo pidió ser representado por un abogado particular ya que el suyo murió a fines del año pasado; y aprovechó para acusar a algunos querellantes y hasta a los fiscales de “pertenecer a Justicia Legítima”. El juez lo escuchó atento. Hizo lugar a que designe abogado particular –derecho que ya se le había informado cuando murió el suyo a fines del año pasado, él omitió ejercer y ahora reclama–. En cuanto a la pertenencia o no a Justicia Legítima de querellantes y fiscales, el presidente del Tribunal Oral Federal N°1, Jaime Díaz Gavier, le contestó: “No me consta. Pero que yo sepa Justicia Legítima es una agrupación legal. Tanto como la Asociación de Magistrados, agrupación a la que yo pertenezco”. Barreiro entonces cerró la boca y no volvió a hablar en toda la audiencia.

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Diario Página 12. Lunes  7 de diciembre de 2015.

 

EL PAIS › LOS ALEGATOS EN EL JUICIO POR LOS CRIMENES COMETIDOS EN LA PERLA Y CAMPO DE LA RIBERA

El represor que sumó 16 nuevos pedidos de prisión perpetua

Luciano Benjamín Menéndez ya cuenta con diez condenas a perpetua y ahora enfrenta las solicitudes de penas presentadas por las querellas del juicio que se desarrolla en Córdoba. El proceso judicial lleva tres años y concluiría a mediados de 2016.

Menéndez pierde la calma cuando lo acusan de ladrón, pero no se inmuta cuando lo acusan de homicidios y torturas. Imagen: Irma Montiel, Télam.

Menéndez pierde la calma cuando lo acusan de ladrón, pero no se inmuta cuando lo acusan de homicidios y torturas. Imagen: Irma Montiel, Télam.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Marta Platía.

 

Luciano Benjamín Menéndez se supera a sí mismo. A sus diez condenas por cadena perpetua y otras dos más por una veintena de años cada una, el represor de 88 años ha sumado en las últimas semanas dieciséis nuevos pedidos de prisión perpetua en la etapa de los alegatos que se vienen sucediendo en el megajuicio La Perla-Campo de La Ribera. Cuando este juicio llegue a su fin (“tal vez en julio del año que viene”, según le anticipó a este diario el fiscal Facundo Trotta), el multicondenado ex general habrá sumado por alegato más de 350 pedidos de prisión perpetua por cada una de las víctimas desaparecidas por las que se lo está juzgando en este proceso, que será el más largo de la historia jurídica argentina.

 

Cuando se esperaba que los dolores que provocaron los testimonios de sobrevivientes y familiares de las víctimas al fin hubiesen pasado, y que los abogados enfriasen el ambiente con sus alegatos, los asistentes a este megajuicio tienen en claro que no es así: desde se comenzó a alegar se ha desatado un lacerante vendaval de historias que –todas agrupadas y ahora que ya se escucharon 581 testigos– se padecen como si se tratara de un atroz caleidoscopio del mal.

 

El querellante Horacio Viqueira fue quien dio el puntapié inicial. Junto a su colega Aukha Barbero, representaron a Vicente Fernández Quintana: un escribano asesinado a sus 68 años, cuando el hombre buscaba a sus dos hijos secuestrados. Una patota comandada por Héctor Pedro Vergez, alias “Vargas”, y Ernesto “el Nabo” Barreiro lo secuestró el 15 de mayo de 1976 de su casa en Río Tercero y lo llevó hasta La Perla, donde lo torturaron a picana y palo hasta matarlo. La sobreviviente Liliana Callizo atestiguó que el represor especialista en torturar “a dos picanas”, Luis Manzanelli (quien murió de pulmonía hace pocos días) le dijo: “Fue muy duro. Vos sabés, Flaca, un padre nunca entrega a sus hijos”. Callizo dio cuenta de la terrible agonía de Fernández Quintana. Lo torturaron con una combinación que resultaba letal: palo más picana eléctrica. Los riñones dejaron de funcionar. La muerte llegaba entre dolores lacerantes, el cuerpo hinchado, afiebrado. “Nosotros lo recordamos con respeto, con cariño. El se mantuvo solidario con sus compañeros y fue digno hasta el final”, dijo la mujer en su testimonio. Barreiro, Vergez y compañía, no sólo perpetraron su muerte: también le quemaron la casa, su estudio y hasta una quinta que tenía en las sierras.

 

Viqueira hizo un alegato detallado, en el cual repasó los comienzos del Comando Libertadores de América en Córdoba, el CLA: una especie de Triple A local integrada por sicarios de la policía que operaban en el D2 y el Ejército. El CLA respondía a Menéndez, Vergez y Barreiro, y se dedicó a asesinar y desaparecer aún antes del 24 de marzo de 1976. Llegado su momento de alegato, la querellante por Abuelas de Plaza de Mayo Marité Sánchez les apuntó a esos crímenes de lesa humanidad previos al golpe. Sánchez defendió la primera causa por robo de bebés que ha llegado a juicio en Córdoba: la del nieto de Sonia Torres, la titular de Abuelas-Córdoba, cuya hija Silvina Parodi, de 20 años, estaba embarazada de seis meses y medio cuando la secuestraron junto a su esposo Daniel Francisco Orozco, el 26 de marzo de 1976. Además, se llevaron a los otros hijos de Sonia Torres: Luis y Giselle, al padre de la familia, a la novia de Luis y a dos amigos que estaban en la casa. Tenían el teléfono intervenido. La propia Sonia fue pateada hasta en el momento en que la liberaron: “De un puntapié volé y caí de rodillas en los adoquines que hay entre la D2 y la Catedral”, recordó ante Página/12.

 

La abogada afirmó que “Silvina Mónica Parodi era una perseguida política y lo fue mucho antes de que la privaran de su libertad y su vida”. Sánchez detalló todo el peregrinar de Silvina, ya secuestrada, por celdas clandestinas. Las torturas a ella y a su marido en La Perla, el nacimiento del bebé del cual hubo un testimonio fundamental, ya que una mujer, Silvia Acosta, no sólo la vio en la maternidad el día del nacimiento, el 14 de junio de 1976, sino que relató las circunstancias en que ocurrió. “Ella (Silvina) tenía la pancita torturada, quemada por la picana y cigarrillos.” La testigo contó que la escuchó gritar y gemir “que no quería que el bebé naciera porque se lo iban a robar”. La abogada Marité Sánchez hizo hincapié en el silencio de las monjas del Buen Pastor y las declaraciones de la testigo Laura Marrone, quien contó ante el Tribunal que en 2009 fue a ver a un geriátrico en las sierras cordobesas a las monjas, donde ella misma estuvo cautiva. Que les preguntó por el bebé de Silvina, y que una de ellas deslizó que “hay un muchacho en Río Cuarto”. Aunque luego cerraron filas y se negaron a hablar hasta hoy.

 

Sánchez pidió al Tribunal la pena de prisión perpetua para Menéndez y su patota. Se apoyó, como en casi todos los casos, en la teoría del “dominio del hecho” del alemán Claus Roxin, que se aplicó en el proceso contra el criminal nazi Adolf Eichmann en Jerusalén. Esto es: un autor mediato que, si bien no apretó el gatillo, sí dio las órdenes y facilitó los medios para la comisión de los crímenes y, por lo tanto, es mayor su responsabilidad.

 

Sobre el robo del bebé, la abogada recalcó: “Se trata de un desaparecido vivo. El delito se está cometiendo en este mismo momento, puesto que no ha cesado hasta ahora. Además se le ha sustraído su identidad y su familia”. Sánchez encuadró los delitos cometidos en la figura de genocidio, ya que se quiso exterminar a una toda una generación. Antes de terminar, en la sala repleta, y por primera vez en décadas, se vio llorar a Sonia Torres, la Abuela de 87 años. Fue algo que nadie esperaba y para muchos resultó casi insoportable. Sonia es conocida por su fuerza, por su frase “llorar no sirve para nada”. Pero a la tensión que sumó entre los pedidos de condena –esa especie de meta a la que arribó luego de casi cuarenta años de lucha–, hubo de sumarle ver el rostro resplandeciente de su hija sonriéndole en blanco y negro desde la pantalla gigante donde los querellantes proyectan imágenes y documentos de la época. Demasiado para cualquier corazón.

 

En el final, y en un esfuerzo que conmovió por su entereza, Marité Sánchez –quien también fue prisionera de la dictadura y parió a una de sus hijas esposada de una mano y un pie a una cama– concluyó: “Dedicamos este alegato a los hijos de las embarazadas que dieron a luz en la oscura dictadura militar, para que puedan encontrar el cordón umbilical que los una a su propia historia”. Nada menos que el hilo conductor que guía a las Abuelas de Plaza de Mayo en los últimos tiempos: que sean ahora los nietos –hombres y mujeres de treinta y pico, cuarenta años– quienes las busquen a ellas.

 

“Ladrón y decapitador”

Desencajado cuando lo acusan de ladrón, a Menéndez en cambio no se le mueve un músculo de la cara cuando le atribuyen uno de los crímenes más bárbaros y revulsivos que haya cometido la dictadura argentina: la decapitación y exhibición de la cabeza de una de sus miles de víctimas, el abogado Miguel Hugo Vaca Narvaja, de 60 años y padre de doce hijos.

 

El presidente del Tribunal Oral Federal N° 1, Jaime Díaz Gavier, tuvo que amenazar a Menéndez –alias “Cachorro” o “la Hiena”– con sacarlo con la policía, cuando el ex jefe del Tercer Cuerpo protestaba furioso desde su butaca y llamaba mentiroso al querellante que alegó por la causa Mackentor, el “Papel Prensa” cordobés. El abogado Juan Carlos Vega se vio varias veces interrumpido por el represor, que no pudo controlarse cuando en el alegato se lo acusó de ladrón y se dejó probado que él mandó a matar, secuestrar y torturar a los accionistas y empleados de ésa fábrica, atribuyéndoles “sostener económicamente a la subversión”, para intervenirla y beneficiar a otros grupos económicos. La empresa de la familia de Natalio Kejner, quien murió en México hace pocos meses, fue saqueada y quedó desmantelada. Sus negocios pasaron a manos de otras (en este caso Supercemento) beneficiarias de los militares en el poder. Tal como ocurrió en Buenos Aires con la familia de David Graiver y Papel Prensa.

 

En cambio, Menéndez ni se inmutó cuando se lo acusó de la decapitación y exhibición de la cabeza de Vaca Narvaja. Tanto él como su cómplice, el ex coronel Raúl Fierro, continuaron su siesta paquidérmica mientras la querellante Patricia Chalup alegó y lo señaló como el responsable de esa barbarie. El relato de la historia de Vaca Narvaja provocó zozobra: una pulsión intensa aterró el semblante de los presentes en la sala y aún los de los jueces. Un hombre fue arrancado de su sueño a las dos de la mañana del 10 de marzo. Una patota casi derribó a golpes su puerta. Un adolescente de 16 años, el menor de una docena de hijos e hijas, estudiaba en su cuarto. Los vándalos entraron de civil, con armas largas, humillaron al hombre y a su esposa, Susana Yofre. El hombre alcanzó a decirle al hijo que cuide a la madre. Se lo llevaron en un baúl. No fue fácil meterlo, medía más de un metro ochenta. El hijo mayor, que llevaba el mismo nombre del padre, ya estaba preso y a disposición del PEN desde noviembre. Lo fusilaron simulando una falsa fuga en agosto de ese año. Pocos días después del secuestro, la familia debió huir para salvar la vida. Veintiséis en total: trece niños y trece adultos. México fue el destino. Años después del exilio, se pudo ir desgranando lo padecido por ese hombre. A Miguel Hugo Vaca Narvaja padre lo llevaron al Campo de La Ribera. Lo torturaron días y noches. Una colega, Amparo Fischer, atestiguó haber escuchado una discusión “entre un hombre grande con los torturadores”. Un guardia le dijo: “Ha tenido mala suerte, ha caído justo con Vaca Narvaja, el tesorero de los Montoneros”. Vaca Narvaja había sido ministro del Interior del presidente Arturo Frondizi. Dos veces presidente del Banco de Córdoba. Profesor universitario. De raigambre radical, su hijo Fernando fue uno de los que logró fugar de Trelew. Uno de los fundadores de Montoneros. En cautiverio, los represores quisieron obligarlo a firmar una declaración de repudio contra ese hijo. No lo hizo. “Mi padre tuvo doce hijos, doce universos. Nunca iba a renegar de ninguno de nosotros”, declaró Gonzalo, el que pudo ver cuando se lo llevaban.

 

La reconstrucción de lo ocurrido desespera: un chico, Juan Manuel Blanes, encontró en abril del ’76 una cabeza humana en una bolsa, cerca de las vías del tren en barrio Alta Córdoba. Asustado, buscó a un vecino, Carlos Albrieu, un joven estudiante de biología para que le ayudase con el hallazgo. Albrieu dio testimonio de lo ocurrido en este juicio: “Le faltaba un ojo. Tenía un bigotito fino, la nariz alargada, rasgos europeos. Se notaba que la habían mantenido en formol u otro conservante, por la coloración amarronada que tenía. ¿Con qué fines? No sé”.

 

Otra testigo, Valentina Enet, que por entonces buscaba a su propio hermano secuestrado, aportó otra pieza a la reconstrucción: “Mi padre era ingeniero. Logró por contactos una cita con Fierro. Cuando estábamos con él en su oficina del Tercer Cuerpo, Fierro recibió una llamada de (Francisco) Primatesta. Salió corriendo. Nos dejó solos. Yo me tiré sobre el vidrio de su escritorio porque debajo tenía muchas fotos. Casi todas con puntitos rojos como de sangre y marcas con lapicera. Una, la más grande, me llamó la atención: no tenía cabeza”. El regreso súbito de Fierro, el susto de la chica y su padre, y Fierro que sonríe: “Ah, veo que estuviste mirando mi álbum de recuerdos… Pero a ése no lo vas a reconocer. Le falta la cabeza. Pero tu papá sí que lo conoce. Es Vaca Narvaja. Eso les pasa a los padres de los subversivos que buscan a sus hijos”. En la sala, la cámara que filma todas las audiencias enfocó el rostro del hijo mayor, Gustavo Vaca Narvaja, médico cirujano, escritor: los ojos enrojecidos, las mandíbulas atenazadas. No llora. Resiste.

 

La querellante Patricia Chalup pidió prisión perpetua para los criminales de Miguel Hugo Vaca Narvaja (es el abuelo del actual juez Federal N° 3). En las caras de los acusados Menéndez, Fierro y Gustavo Diedrichs no hubo gesto alguno. “Matar para ellos era hacer Patria”, había aseverado Chalup. El ensañamiento es el sello de este crimen. Como en el caso de la familia de Mariano Pujadas. fusilado en la base Almirante Zar, luego de la fuga del penal de Trelew en 1972. Su padre, su madre, su hermano, hermana y su cuñada, Mirta Yolanda Bustos, fueron atormentados, asesinados, echados a un pozo y dinamitados en agosto de 1975. O la tortura hasta el desollamiento que padeció Marcos Osatinsky, y que continuó posmortem cuando secuestraron su féretro y lo volaron de camino a Tucumán.

 

Osatinsky fue otro de los militantes que pudieron huir de ese penal patagónico. Menéndez, Vergez, Fierro, Barreiro y el resto de la caterva no perdonaron esa fuga y destrozaron, literalmente, a cada uno de los miembros de esas familias que pudieron atrapar. “Querían borrar nuestro apellido de la faz de la tierra”, declaró aquí Sara Solarz de Osatinsky, a quien también le mataron sus hijos de 19 y 15 años. Vergez en persona la buscó en la ESMA, donde la mantenían cautiva, para contarle, rebosante de morbo, los detalles de la literal cacería que montaron contra los jóvenes.

 

Héctor Pedro Vergez, alias “Vargas”: un represor pirómano que “gozaba con el fuego”, según contaron los sobrevivientes. Andrés Remondegui describió, aún aterrado, cómo lo ató a una silla dentro de una casa, “roció ésa y otras habitaciones con nafta y prendieron fuego. Todo empezó a arder. Creí que ahí terminaría… Que me quemaba vivo. Me sacaron cuando las llamas casi me alcanzan”. Los alegatos no dan tregua al espanto.

 

Con sus propias manos

Lo que en los primeros juicios eran historias cuasi aisladas, se rearman ahora de un campo de concentración a otro. De un secuestro grupal o individual; a fusilamientos y muertes compartidas. “Mi mamá fue compañera de ‘traslado’ (muerte, en la jerga) de tu viejo”, suele escucharse entre los jóvenes hijos. Se han tejido, en estos años, entramados de hermandad que no existían como tales antes de 2008. Y si se conocían, no vibraban con la intensidad que tienen ahora.

 

Alicia De Cicco de Moukarzel estaba casada con el médico René Moukarzel cuando la secuestraron el 15 de diciembre de 1975. Su marido ya estaba preso a disposición del PEN en la cárcel UP1. El fue uno de los 31 presos políticos asesinados en el invierno de 1976, y por los que el dictador Jorge Rafael Videla y el propio Menéndez fueron condenados a prisión perpetua en cárcel común en 2010.

 

Alicia era maestra, “tenía los ojos muy grandes, le decían la Turca” y fue torturada en el Campo de La Ribera. La sobreviviente Teresa “Tina” Meschiati declaró haber visto su foto: “Estaba muerta. La habían torturado mucho. Tenía marcas como si la hubiesen estrangulado”. Eso fue confirmado por Liliana Callizo. Ella contó lo que el represor Vergez le dijo: “Esa chica de ojos tan lindos fue muy dura conmigo. No quiso hablar conmigo. Yo la torturé. La ahorqué con mis propias manos”. Liliana agregó que el asesino le dijo que Alicia era una persona “educada, preparada y valiente”; y que habían pretendido sacarle información tanto de ella como de su esposo que estaba detenido, pero que ella no habló.

 

René Moukarzel, su compañero, también sufrió una muerte “a mano”: el ex teniente Gustavo Adolfo Alsina se ensañó con él cuando lo vio recibir un paquete de sal de un preso común a través de las rejas. Lo estaqueó desnudo en el patio de la prisión UP1, del 14 al 15 de julio de 1976. Según el Servicio Meteorológico –en un informe pedido por el Tribunal– ese día hubo 6 grados bajo cero y cayó agua nieve. Moukarzel, que medía casi dos metros, era un hombre fuerte y joven. Tardó en morir, aun cuando era asmático. Los estertores de su pecho en su esfuerzo por respirar fueron escuchados por cientos de prisioneros que padecieron su agonía por casi 24 horas, y la relataron en una trama coral desgarradora: las mujeres presas desde sus celdas, los enfermeros, los guardiacárceles, los presos políticos y comunes que contenían la respiración por miedo a que la de él ya no se escuchara; los pacientes en la enfermería y, en el final, la imagen del asesino blandiendo triunfante, por los pasillos del penal, los anteojos de su presa muerta. La descripción de la euforia del “teniente Alsina” fue shockeante. El crimen de Moukarzel, por su sadismo, no fue olvidado. Uno de los conscriptos de entonces se acercó al juicio para dar testimonio de que vio cómo tiraron su cadáver en la parte trasera de un camión y lo taparon con una lona antes de llevarlo a la morgue, a la desaparición.

 

En el juicio de 2010 se supo del crimen de Moukarzel. En éste, del ahorcamiento de Alicia, su esposa. En la sala, sus familiares lloran y se abrazan. Y con ellos, los familiares de los que compartieron sus muertes.

 

Un mensaje desesperado

“Soy Oscar Domingo Chabrol. Me quieren matar. 18 octubre de 1975”: escrito “con una uña o algo punzante” en la pared de un calabozo de la D2 al ras del piso. Otra prisionera, Marta Rosetti de Arquiola, leyó la súplica. Cuando la trasladaron de las mazmorras que quedaban apenas a ocho pasos de la Catedral cordobesa –donde el arzobispo Primatesta daba misa– a la cárcel UP1, Marta impulsó la publicación de una solicitada en el diario La Voz del Interior contándolo todo. Su cautiverio y lo que ese muchacho había escrito. Meses después la mataron. Fue otra de los 31 fusilados en la UP1.

 

Oscar Chabrol tenía 19 años. Su hermano Juan José apenas 17. Los atrapó una patota de la D2 ese 18 de octubre. Habían salido a vender sándwiches de miga con un amigo, Miguel Ferrero Coy. Ya tenían un hermano mayor preso: Herminio “Mirmi” Chabrol.

 

Fue el sobreviviente Carlos Raimundo “Charlie” Moore quien contó el final de los Chabrol. “Al más chico lo mataron a golpes y a las patadas en sólo seis, siete minutos. Nunca había visto algo así. Hasta algunos guardias se descompusieron. Estaban en desacuerdo porque era un pendejo, un menor de edad”, relató Moore en su declaración ante el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. Antes, pudo contarle a su propio padre para que “avisara afuera” lo que había pasado. Moore fue el autor de una de las denuncias más completas que hay sobre el accionar del D2.

 

Atribulado, el papá de los Chabrol, don Pablo, fue uno de los primeros en integrar un grupo de padres que se dedicaron a buscar a sus hijos secuestrados. Y también fueron de los primeros en sufrir las consecuencias: Pablo Chabrol fue secuestrado en una misma noche con Arturo Ruffa, Osvaldo Onetti, Ricardo Salas y Juan Borgogno. Fue el 20 de octubre de 1976. Los atormentaron durante más de un mes en el Campo de La Ribera. El penalista Carlos Hairabedián (quien por entonces era juez y también fue preso de la dictadura) contó que vio “a Chabrol y a Ruffa”, y que estaban “en condiciones lamentables por la tortura”. Les decían los Viejos. “Los habían secuestrado por la fantástica actividad subversiva de buscar a sus hijos.” Tras un mes de feroz cautiverio, don Pablo Chabrol y sus compañeros de búsqueda y tortura fueron liberados en la madrugada del 19 de noviembre.

 

Los relatos de los crímenes de los “dignos subordinados” de Menéndez resuenan en los tribunales federales. Uno por uno se los ve vanagloriándose ante los que llamaban “muertos vivos” de sus variaciones para torturar y matar. Héctor “Palito” Romero, soplándose los nudillos y diciéndose a sí mismo “¡Qué pegada que tení, varón!”, luego de haber asesinado de un solo, brutal golpe al estudiante de arquitectura Raúl Mateo Molina. O a Ernesto Barreiro, pateando en su colchoneta al agonizante abogado Carlos Altamira “a quien odiaba particularmente”, según los testigos. Según contó el sobreviviente Piero Di Monte, el “Nabo” lo pateaba en el piso gritándole “¡A ver, doctor de presos políticos, a ver quién te va a defender ahora!”. O a Orestes “Gino” Padován y Ricardo “Fogo” Lardone, confesando ante los cautivos Graciela Geuna y Héctor Kunzmann que no soportaban el “olor a goma quemada de los autos”, porque les recordaba “el olor a carne quemada de los cuerpos en los pozos. Y que luego de rociar con combustible para quemarlos, hasta muertos levantan los brazos cuando los agarra el fuego”. O a Vergez, quien se quejó ante Di Monte, Meschiati y Geuna de que él solo “tuvo que fusilar a una decena de personas en un pasillo de La Ribera, porque los demás no se animaban a empezar. Que los ametralló de varias ráfagas”.

 

 

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Diario Página 12. Lunes 31 de agosto de 2015.

 

EL PAIS › REVELACIONES SOBRE LA APROPIACION DEL NIETO DE SONIA TORRES, EN EL JUICIO POR LA MEGACAUSA LA PERLA

         Las piezas de un atroz rompecabezas

Una testigo aportó nuevos datos sobre el cautiverio de Silvina Mónica Parodi, la hija desaparecida de la titular de Abuelas en Córdoba, y apuntó a la complicidad de las monjas de la cárcel de El Buen Pastor y de una ex jueza federal.

 

 

 

 

 

 

 

 Por Marta Platía.

Una vez más, el megajuicio por los crímenes cometidos en La Perla y Campo de la Ribera dio un fruto tan conmocionante como inesperado: la testigo Laura Marrone, una docente de 62 años, reveló nuevos detalles sobre el cautiverio de Silvina Mónica Parodi, la hija desaparecida de Sonia Torres, titular de Abuelas de Plaza de Mayo-Córdoba. Contó que Silvina tuvo un bebé y que lo llamó “Daniel Efraín o Efraín Daniel” Orozco-Parodi; también dejó al descubierto la supuesta complicidad de las monjas de la cárcel del Buen Pastor y hasta de una ex jueza federal. Además, confirmó que Silvina fue confinada en un calabozo clandestino dentro de esa cárcel, un modus operandi que, por otros testimonios en este juicio, se supo que se repitió con ella en la penitenciaría UP1. La llamaban “la hija del aviador”, ya que su padre, Enrique Parodi, había pertenecido a la Aeronáutica.

Este juicio, que será el más largo en la historia judicial cordobesa (comenzó el 4 de diciembre de 2012 y se espera que la sentencia llegue a inicios de 2016), cerró la semana pasada, con la declaración del testigo 581º, la etapa de testimonios de sobrevivientes y familiares de víctimas. En las próximas jornadas seguirán ampliando sus declaraciones los imputados y la etapa de los alegatos, que se extenderá hasta fin de año, comenzará el 9 de septiembre.

En el último tramo, gracias a los testigos que fueron apareciendo ante el estrado, la historia de Silvina Parodi, de 20 años, y de su esposo Daniel Francisco Orozco, de 22, se fue rearmando como las piezas de un atroz rompecabezas. Silvina y Daniel fueron secuestrados el 26 de marzo de 1976 por la patota de Luciano Benjamín Menéndez. Silvina tenía seis meses y medio de embarazo. Desde ese día, nunca dejaron de buscarla.

Hace pocos meses y también en este juicio, se supo que la joven dio a luz a un bebé varón “en perfecto estado de salud”, según declaró el pediatra Fernando Agrelo; en tanto que otra testigo, Silvia Acosta, afirmó que la vio en la Maternidad Provincial y hasta la escuchó parir “el 14 de junio de 1976”. Acosta describió que la joven “estaba muy torturada. Hasta en la pancita tenía marcas de picana, quemaduras de cigarrillos”; que Silvina “no quería que el bebé naciera, se negaba a parir para que no se lo robaran”.

Esta vez ante el Tribunal Oral Federal N 1, cuyos jueces por momentos no pudieron evitar el estupor en sus expresiones, Laura Marrone contó que ella misma fue detenida el 27 de marzo de 1976 y que permaneció hasta el 23 de septiembre en la cárcel de mujeres El Buen Pastor, en pleno centro cordobés. “Yo nunca vi a Silvina –arrancó–. No estaba entre las 26 que estábamos detenidas como presas ‘especiales’, como nos llamaban. Estuve incomunicada hasta el 15 de julio, día en que me pusieron a disposición del PEN. El 23 de septiembre me llevaron a la UP1 (la cárcel del barrio San Martín) y después a Devoto”, contó la mujer con seguridad. “En ese tiempo mis padres me buscaron por todos lados. Fueron a ver a (el sacerdote Francisco) Primatesta (al Arzobispado, casi enfrente de la prisión) pero él, que iba a El Buen Pastor siempre, nunca les dijo que ahí había detenidas políticas… Fueron las monjas del lugar quienes ante la insistencia de mis padres que golpeaban la puerta todos los días, les dijeron que sí, que yo estaba viva y que estaba ahí. Eso se los voy a agradecer siempre.”

Casi treinta años después y luego de las cárceles de la dictadura, el exilio y el regreso, Laura fue citada a declarar en la llamada causa Díaz, en 2008. “Me citaron en Comodoro Py, en Buenos Aires. Ahí me preguntaron por El Buen Pastor y me mostraron fotos de Silvina Parodi. Yo dije que no la conocía. Que no la había visto. Fue la jueza Cristina Garzón (de Lascano, ex titular del Juzgado Federal N 3). Pero ella me mostró el plano de la Penitenciaría (la UP1), no el del Buen Pastor. Quería saber sobre Silvina Parodi, la hija de Sonia Torres. Cuando volví a casa comencé a pensar por qué los planos de la UP1 y no los del Buen Pastor… Entonces moralmente pensé que debía investigar esa situación. Porque yo me había enterado de la denuncia de Sonia (Torres), y había testimoniado que no la vi… Sentí mucha necesidad de ir a ver a las monjas. Una, porque ellas habían sido generosas con mis padres al decirles que yo estaba ahí. Me habían tratado bien. Otra, para preguntarles por Silvina.”

Monjas con memoria

Marrone indagó sobre el paradero de las monjas que en 1976 estaban a cargo en la prisión y viajó desde Buenos Aires a Molinari, una localidad cercana a Cosquín, donde está el Convento San Camilo. “Fue en 2008. Entré y me encontré con la madre Angélica Olmos Garzón. Ella se acordaba de mí, de mi papá… Se acordaba de las 26 (prisioneras especiales). Tenía una memoria más prodigiosa que la mía. En un momento le dije: ‘Madre, ¿sabe que yo estoy buscando a Silvina Parodi?’. Su tono cambió. Toda la dulzura cambió. Ella dijo: ‘¡De esas subversivas no quiero saber nada!’ Y le dije que tal vez la conocía como Silvina de Oroz. Y ella me corrigió: ‘Orozco’. Sí que se acordaba…”

–¿Y qué pasó entonces? –preguntó la querellante Marité Sánchez.

–Había varias monjas ahí. También una sobrina de ella. Le pidió que me entregara una carta que nosotros (las ex presas) le habíamos enviado a ella agradeciéndole de su buen trato. Y me dijo: “Denle esta carta a Cristina”. Y yo, ¿a quién, a su sobrina Cristina Garzón de Lascano, la jueza? “Sí”, dijo ella.

“Antes de irme, me dijo que (a Silvina) la tenían en una piecita contra la calle Buenos Aires (a la que sólo ingresaban militares) y que los médicos deberían saber. Como me quedé con dudas, volví el 25 de mayo de ese mismo año. Recuerdo que las monjas estaban en una ronda esperando para almorzar y festejaban el cumpleaños de una que cumplía cien… Y de nuevo, en un tono fraternal, la madre Angélica (Olmos Garzón) que usaba celular, me dio su número, y charlamos. Estaba perfectamente lúcida. Le dije: ‘Madre, tengo una noticia. Apareció una chica, una novicia, y dijo que estuvo con Silvina en el calabozo en El Buen Pastor. Que al bebé le puso Daniel Efraín o Efraín Daniel’. Ahí aparece una monja y dice: ‘¡Ah sí, yo les llevaba la comida a esas chicas, a la Silvina, la hija del aviador, y a la novicia!’ Sí, les dije. La chica desapareció y estamos buscando al hijo. Esa monja se llamaba Nilda Herrera, era la vicedirectora. Entonces la miré a la madre Angélica y le dije: ‘¡Madre!’; y ella: ‘Perdoname, perdoname, perdoname… vení otro día’. Cuando me estaba yendo, la madre Nilda (Herrera) me dijo: ‘Hay un chico en Río Cuarto que estudia medicina…’. Y yo: ‘¿Qué me quiere decir, que es el hijo de Silvina?’ Y ella: ‘No te puedo decir… no te puedo decir…’.”

 

Muro de silencio

Angustiada por las revelaciones de las monjas, Marrone pidió ampliar su declaración en los tribunales federales de Córdoba. “Yo le pedí a la jueza Cristina Garzón que me recibiera. Fue en 2009. Cuando empecé a declarar lo que me dijo la madre Nilda Herrera, la secretaria se quedó dura y me dijo ‘¿usted sabe lo que está diciendo?’. Y yo, sí, lo que no entiendo es por qué no interrogaron a las madres (monjas). ‘Porque la jueza nos dijo que tenían Alzheimer…’ Y les dije ¡pero si leen el diario, usan Internet y están muy lúcidas! Llamaron a la jueza. Ella estaba muy incómoda. Recuerdo que me dijo: ‘¿Su mamá está muy viejita, no?’ Yo le contesté que mi madre estaba ahí, conmigo. Lo sentí como una intimidación.”

–¿Y qué pasó después? –quiso saber el juez.

–Fui de nuevo a ver a la madre Angélica al geriátrico. Le dije que no podía llevarse a la tumba el secreto de Silvina Parodi. Que Sonia Torres tenía el derecho de saber qué había pasado y que tenía que recuperar a su nieto. Ahí empezó a simular que no podía hablar… Antes de salir, vi a una monja llamada Asunción. Le pregunté si se acordaba de mí. Me dijo que sí. Le conté que estaba buscando a Silvina Parodi, que estaba con una novicia… Y me dijo: ‘¡Esa no tenía vocación!’ Pero y la otra prisionera, Silvina, ¿qué pasó con su bebé? ‘Y, al bebé se lo deben haber dado en la Casa Cuna’”, contestó.

En la sala, las cámaras enfocaron a Sonia Torres que, como siempre, intentó no perderse ni una palabra. A sus 87 años, la mirada atenta, los labios apretados y “ni una lágrima porque ya hemos llorado suficiente y no sirve para nada. Vamos sin odios ni lágrimas para poder seguir buscando. No tenemos mucho tiempo”, dijo y repitió para este diario a la salida, pero también como para sí misma.

 

Clandestina

Para el fiscal Facundo Trotta, ha quedado acreditado por “varios de los testimonios que Silvina Parodi habría estado secuestrada y confinada en calabozos clandestinos que existían en las prisiones. Tanto en la UP1, donde se hizo un reconocimiento de calabozos subterráneos que no se conocían; y en El Buen Pastor, según ésta y otras declaraciones”. Trotta recordó que “Silvina fue vista por el pediatra Fernando Agrelo ahí con su bebé, y luego el bebé solo en la Casa Cuna, con lo que también sabemos que efectivamente la criatura nació y que habría sido apropiada”. En cuanto al testimonio de Laura Marrone, el fiscal dijo: “Lo importante es que en esa oportunidad las monjas que estaban en El Buen Pastor le reconocen no solamente la presencia de Silvina en ese lugar; sino el nacimiento del hijito”.

Desde que comenzó este juicio, que es el primero por robo de bebés en Córdoba, ha llamado la atención que Silvina Parodi fuese vista por muy pocos sobrevivientes y siempre de modo fugaz. A lo largo de las ya 254 audiencias, lo que se ha podido reconstruir del destino de la joven, su marido Daniel Francisco Orozco y del bebé de ambos –que ahora se sabe fue llamado Daniel Efraín–; es que luego de secuestrados en la tarde del 26 de marzo de 1976 fueron llevados a La Perla. Allí fue vista por una sobreviviente, Graciela Olivella, quien atestiguó haberse duchado con ella mientras un gendarme las vigilaba. Que el propio gendarme le advirtió a Silvina “el agua está muy fría, se te va a salir una patita (por el bebé en su panza)”. Y que en ese breve encuentro Silvina le dijo “esperanzada” que la llevarían a El Buen Pastor para tener a la criatura.

Daniel Orozco no habría sobrevivido mucho tiempo en La Perla. Se supo también por testigos que Silvina contó, durante su cautiverio, que lo habían torturado delante de ella y que eso “la había deprimido y angustiaba mucho”.

Tanto en El Buen Pastor como en la UP1 mantuvieron a “la hija del aviador”, como la nombraron las monjas, en la clandestinidad. Apartada de las demás presas políticas. Varias detenidas en el Pabellón 14 de la UP1, contaron cómo un día las cancerberas gritaron el apellido de Silvina para entregarle ropa para ella y de bebé que Sonia Torres había llevado a la prisión con la esperanza de que su hija estuviese allí. “Si te recibían las cosas era que estaba”, contó Sonia. Pero si eso fue así, no estuvo nunca con las demás.

Años después un sobreviviente, Luis “Vittín” Baronetto, aportó pruebas de los calabozos subterráneos de esa prisión durante la dictadura. Constatada la existencia de esas mazmorras bajo el nivel del suelo, se concluyó que por eso fue que en la UP1 se recibió la ropa destinada a Silvina: porque estaba allí. A ella y a otros cautivos los mantuvieron clandestinos.

La hermana menor de Silvina, Giselle Parodi, que por aquellos años era voluntaria en La Casa Cuna, quiso llevar a un pequeño para cuidar un fin de semana. Pero una de las monjas de allí, Asunción Medrano, le dijo: “¿Para qué si con el bebé de Silvina vos y tu mamá deben tener un montón de trabajo?”. Fue entonces que la familia supo que ya había nacido. Giselle logró que Medrano la acompañara “un domingo a El Buen Pastor para preguntar dónde estaban su hermana y el bebé”. Allí las recibió una religiosa a cargo que “se fijó en un cuadernito de tapas negras y le dijo a la hermana Asunción: ‘Estuvieron acá ella y su bebé, pero ya se los llevaron’, atestiguó Giselle. Cuando le preguntaron quién era la monja a cargo en la Casa Cuna, Parodi respondió que se llamaba Monserrat Tribo. Que ella, “el doctor Funes Camping y la asistente Laura Caligaris de Agüero estaban a cargo de todo”. El fiscal pidió que se los cite a declarar.

Sonia Torres fue a ver al director de la Casa Cuna. “El doctor Funes me dijo que volviera en una hora y media. Que me entregaría al bebé atestiguó ante el tribunal. Llegamos (ella y Giselle) con el moisés listo, y este hombre, el doctor, nos dijo que ya se lo habían llevado”.

Las aseveraciones de la testigo Marrone reavivaron aún más la búsqueda que sostiene desde hace más de 39 años la Abuela de Plaza de Mayo Sonia Torres. En las redes sociales se reprodujeron las fotos de Silvina y Daniel, todo lo cual días atrás recrudeció cuando declaró en el juicio la presidente de Abuelas a nivel nacional, Estela de Carlotto: “Está claro que aquí hubo un plan sistemático de robo de bebés. Esto fue un plan perfecto. No fue casualidad –afirmó ante el juez Jaime Díaz Gavier–. Entregaban a los chicos como el botín de una guerra que no existió”.

A la salida de su testimonio, ya en rueda de prensa junto a las Abuelas Sonia Torres y Emi Villares de D’Ambra, Carlotto sostuvo: “Sonia va encontrar a su nieto porque no está sola. Los que saben, que hablen” dijo y pidió: “Cuídenla. Es una luchadora, estamos juntas desde que comenzó todo esto”.

Familia poderosa

“No tengo dudas de que la jueza Cristina Garzón de Lazcano no tuvo voluntad de investigar lo sucedido con el nieto de Sonia Torres. Por investigaciones y por declaraciones de testigos, ese bebé fue entregado en adopción a una familia del poder, y en esto estuvieron implicados la Iglesia, la Justicia y los militares”, le dijo Laura Marrone a Radio Universidad apenas salió de dar testimonio ante el tribunal oral.

Puestos a hilar lo que se ha escuchado durante estos casi tres años de juicio, hay preguntas que resuenan aún más que las revelaciones: ¿Por qué tanto secreto con Silvina Parodi durante su cautiverio? ¿Por qué no la pusieron junto a las demás presas que estaban embarazadas y hasta tuvieron a sus bebés algunos días junto a ellas?

En el caso de Silvina, los represores tal vez tuvieron en cuenta que la joven era hija de un ex militar de la aviación, y que ella misma había sido campeona argentina de natación en 1972. Que si bien era “rebelde” y su nombre había sido entregado a Menéndez en una lista que incluía a 19 alumnos de la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano por el interventor Tránsito Rigatuso, también había logrado brillantes notas en sus estudios. De hecho, estaba cursando Economía cuando la secuestraron. Su hijo era un bebé “nieto” de militar y salido del vientre de una mamá de intelecto sobresaliente y con un cuerpo de atleta. Nada menos que el botín perfecto de una guerra que –tal como subrayó Estela de Carlotto ante un Menéndez que pretendió intimidarla sentándose en primera fila– no existió.

Silvina Parodi y Daniel Orozco fueron secuestrados en 1976

Silvina Parodi y Daniel Orozco fueron secuestrados en 1976

4.-Daniel Orozco

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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 Diario Página 12. Lunes 27 de julio de 2015.

 

EL PAIS › EL DUELO DE LOS FAMILIARES DE ESTUDIANTES ASESINADOS EN LA PERLA, CUYOS RESTOS FUERON IDENTIFICADOS

   “Nunca pensé que volvería a saber de él”

Las actas de aparición y los certificados de defunción de cuatro estudiantes hallados por el Equipo de Antropología Forense fueron entregados a sus familiares. Para el juez Hugo Vaca Narvaja, el objetivo es “acabar con el estado de desaparición en el país”.

Los familiares pudieron dejar flores en los viejos hornos donde fueron encontrados los restos. Télam.

Los familiares pudieron dejar flores en los viejos hornos donde fueron encontrados los restos. Télam.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Marta Platía.

Atardecía en La Perla, el sitio de la memoria que fuera uno de los principales campos de tortura y desaparición durante la última dictadura, y el viento helado apenas permitía respirar. Parada sólo sobre su voluntad, la mujer arrancó el discurso que jamás imaginó que pronunciaría: “Yo nunca, nunca pensé que volveríamos a saber de él. Y menos recuperar sus huesos. Nunca pensé, mientras seguimos viviendo todos estos años de dolor desde que Alfredo (Sinópoli Gritti) desapareció (hace 40 años), que siempre hubo gente buscándolo y hasta más que nosotros… Gente que nunca bajó los brazos. A ellos, a las Abuelas, a las Madres, a los Familiares, a los Hijos y antropólogos, al juez, gracias: muchas gracias, infinitas gracias. Por buscarlos y ahora contenernos”, alcanzó a decir Graciela Sinópoli, hermana de Fredy, antes de permitirse llorar todo lo que no lloró durante el largo, gélido día que comenzó cuando le entregaron las actas de hallazgo de los restos de Alfredo y el certificado de defunción del joven aparecido el 21 de octubre de 2014 en los Hornos de La Ochoa: la estancia que ocupaba el ahora multicondenado ex general Luciano Benjamín Menéndez en los predios de La Perla.

En Córdoba, en una ceremonia en Tribunales, el juez federal Hugo Vaca Narvaja les entregó a los familiares de los cuatro estudiantes de medicina cuyos restos óseos fueron hallados por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), la documentación cuya finalidad es “acabar con el estado de desaparición en el país”. El juez explicó que “recuperar los restos, identificarlos, dar por terminada su etapa como desaparecidos es comenzar a resarcir tanto daño. Y esa es nuestra obligación como Estado”. Los restos de esos cuatro jóvenes militantes de la Juventud Universitaria Peronista (JUP) son los primeros que se encontraron en una guarnición militar en Córdoba. Y nada menos que cerca de la estancia de Menéndez, en las más de 15 mil hectáreas de lo que fue el campo de concentración de La Perla.

Llegados desde San Luis, desde Salta y la Traslasierra cordobesa, estuvieron los hermanos, tíos y sobrinos de Lila Gómez Granja, secuestrada a los 21 años; de su novio, Alfredo Sinópoli Gritti (de 22), del puntano Ricardo Enrique Saibene Parra (de 20); y el hermano del salteño de Metán: Luis Agustín Santillán Zevi (de 27 años). Los cuatro fueron secuestrados en el parque Sarmiento de la capital cordobesa, a pasos de la Ciudad Universitaria, la mañana del 6 de diciembre de 1975, por una patota del Comando Libertadores de América (CLA). Nunca más se supo de ellos. Ni un solo dato. Hasta que la sobreviviente Graciela Geuna detalló lo que les escuchó comentar –hasta con sorna– a los represores de La Perla. Torturadores que hablaban sin tapujos frente a ella y otros “muertos vivos”, como llamaban a los prisioneros que planeaban matar. “Nosotros salíamos del (Batallón) 141 y vimos a estos boludos que se les ocurrió caminar por el Dante, siendo jóvenes y con el pelo largo… Los secuestramos y los matamos.” Según Geuna, fue el represor Luis Manzanelli quien contó que la patota “estaba al mando de (Héctor Pedro) Vergez”, alias Gastón o Vargas: quien era –junto a Menéndez y luego Ernesto “el Nabo” Barreiro– uno de los jefes del CLA, la versión local de la Triple A.

La hora de los hornos

El flamante secretario de Derechos Humanos del juzgado, Juan Miguel Ceballos, invitó a los familiares de las víctimas a recorrer La Perla y los hornos donde fueron hallados los restos de los jóvenes. Apretujados a bordo de la camioneta y autos cuatro por cuatro propios “y de prestado” que utilizan los expertos del EAAF para sus tareas, desde el sitio de la Memoria La Perla se recorrieron los casi nueve kilómetros de huella monte adentro, y las varias tranqueras de la “zona militar” donde además de los viejos hornos para fabricación de cal en que se encontraron huesos de los estudiantes de medicina, está la estancia La Ochoa. Allí donde el ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército pasaba sus fines de semana y hasta mantuvo prisioneros a varios dirigentes del Partido Comunista cordobés, como el abogado Salomón Gerchunoff. Un edificio hecho en piedra que tiene pretensiones de castillo y desmienten las tejas coloniales. En los hornos, con “enorme cuidado, ya que hay peligro de derrumbe”, advirtió Anahí Ginarte del EAAF, la arqueóloga explicó paso a paso lo que el equipo fue haciendo para extraer los restos del tercer horno “empezando desde la izquierda”, no bien hallaron la primera costilla humana. Ginarte detalló que “por la evidencia (los militares) trajeron camiones con escombros donde estaban mezclados los huesos ya quemados en otro lugar, y los tiraron por las bocas superiores de los hornos. Por lo que pudimos comprobar, no los quemaron aquí. Y cuando los quemaron, eran cuerpos que todavía tenían sus tejidos blandos. No eran esqueletos. Así, junto con los escombros los arrojaron desde arriba, cayeron por las chimeneas, y todo se fue deslizando a los dos niveles que siguen para abajo. Los encontramos en el de la base. En el terraplén de tierra de la boca del nivel inferior”.

Allí, en ese pequeño arco interior del horno tres, en esa boca ahora dentada sólo por un hierro retorcido curiosamente en forma de cruz –dato que a los familiares no les pasó inadvertido– el grupo puso sus ramos de flores. Y se abrazaron unos a otros. Se fotografiaron. Lloraron y se rieron mirándose a los ojos mientras hipaban el llanto que oscilaba entre la inmensa pena y la alegría. Omar, el hermano de Ricardo Enrique Saibene, contó que ese año, “cuando se lo llevaron, a Enrique le tocaba el servicio militar. Ya estaba en cuarto año de medicina”. Hugo Sinópoli, en tanto, con sus ojos brillantes, celestísimos, retomó su “rivalidad” con Fredy: “Sí, era más lindo que yo y me cascaba a la salida de la escuela… Las chicas siempre lo seguían a él”. Norma, la hermana de Lila Gómez Granja, contó que sus padres murieron “esperándola, siempre esperándola”; y Edgar Oscar “Cacho” Santillán, hermano de Luis Agustín, agradeció “poder volver a Salta, a Metán, con todo esto que he visto para contárselo a mi mamá en su tumba, así descansa en paz de una vez”.

El antropólogo e historiador del EAAF Fernando Olivares dijo a este diario que jamás olvidará ese 21 de octubre: “Estoy en el equipo hace unos trece años. Y hace más de diez que trabajamos en La Perla. Esa mañana, uno de los peones que movían la tierra y los escombros dentro de los hornos, viene y me dice ‘mire, un hueso’. Era una costilla flotante (de las últimas de la caja toráxica). No me quise hacer ilusiones… entré y metí la mano en la chimenea del horno tres y me cayó en la mano un coxis… Ahí ya no tuve dudas. Sabía que por fin habíamos encontrado restos humanos. Llamé a todos. Lloramos de emoción”. Ahora los hornos están limpios. Ya se extrajeron todos los restos óseos que se encontraron y se sigue trabajando en su identificación. ¿Qué es lo que resta por hacer en esa zona? Anahí Ginarte contesta: “Hay un pozo en el que testigos afirman haber visto restos. Tenemos que esperar la época de seca en estas sierras para poder trabajar ahí. Y en las 15 mil hectáreas, nada menos… En todo este campo que ves y en lo que no ves”.

Vergez y los vagos

“¿Sabe para qué hicieron los vuelos de la muerte los de la Armada? De vagos, por no tomarse el trabajo de fusilarlos. Y de tontos, porque no evaluaron que se les podía volver en contra. Yo siempre me preocupé por lo que pasaría después”, le dijo Héctor Pedro Vergez a la revista Noticias publicada del 2 de abril de 1995. Para Vergez, los asesinos de la ESMA de puro “vagos no evaluaron” que el mar podría devolver los cadáveres de los vuelos de la muerte. Sólo “de vagos” les inyectaban pentotal para dejarlos aún más indefensos, decolaban aviones de modo sistemático y los arrojaban al Río de la Plata. No como él y sus secuaces. Que sí se tomaron el trabajo que hay que tomarse para “desaparecer” en serio a sus víctimas: además de las torturas, violaciones, robos y demás vejámenes, los “dignos subordinados” de Menéndez fusilaban, arrojaban a fosas comunes, los rociaban con combustible, los quemaban y los tapaban con cal, tierra y escombros para ocultarlos para siempre. En los hornos de La Ochoa hay una prueba contundente: los restos de los cuatro jóvenes allí encontrados habían sido quemados en otro lugar, mezclados con escombros, traídos por camiones por esos más de nueve kilómetros de monte cerrado (sin contar el trayecto por la ciudad) y arrojados por las chimeneas. Una labor dedicada, casi artesanal de desaparición.

Los cuatro estudiantes figuran en la llamada “causa Barreiro”. De allí que el Nabo se los haya querido sacar de encima cuando entregó las listas con 19 nombres de desaparecidos el 10 de diciembre pasado. “Son casi todos muertos de Vergez”, leyeron querellantes y defensores al compulsar nombre a nombre. Aunque no sólo a eso apuntó el Nabo con su ruptura del pacto de sangre y silencio: quería adelantarse a las comprobaciones de identidad que haría el EAAF, y lograr así una posible amnistía si algún partido de derecha gana las elecciones. Nada de “humanitarismo”, sólo oportunismo y su ya reconocida megalomanía para destacarse entre sus 51 cómplices y ganarle el liderazgo a su otrora jefe Menéndez. Lo que también quedó claro con esa lista, es que los reos mantienen al día su base de datos. Si no, ¿cómo recordar dónde se enterró juntos y 40 años después a ¡cuatro! de las miles de víctimas que masacraron? “¡Qué trabajo que se tomaron para desaparecerlos!”, se sorprendían una y otra vez, recorriendo los hornos de La Perla, los familiares de los estudiantes. “¡Pero qué trabajo!”, repetían aterrados.

 

 

 

 

 

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Diario Página 12. Martes 2 de junio de 2015.

 

EL PAIS › DÉCIMA CONDENA A PERPETUA A MENÉNDEZ

MIL AÑOS DE SOLEDAD

Por Marta Platía

La pena contra el represor es por el secuestro y asesinato de tres jóvenes peronistas en 1976. El ex jefe del Tercer Cuerpo del Ejército y del campo de concentración La Perla ya fue condenado doce veces por crímenes de lesa humanidad

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EL PAIS › DECIMOSEGUNDA CONDENA PARA EL EX JEFE DEL TERCER CUERPO DE EJERCITO LUCIANO BENJAMIN MENENDEZ

Un represor que está para el libro Guinness

Ayer recibió su décima prisión perpetua. Esta vez fue por el caso de tres jóvenes de la Juventud Universitaria Peronista que fueron secuestrados el 2 de junio de 1976 y luego fusilados. El represor dijo que nunca persiguió “a nadie por sus ideas políticas”.

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Luciano Benjamín Menéndez es el represor con más condenas que registra la historia argentina.

Luciano Benjamín Menéndez es el represor con más condenas que registra la historia argentina. Télam.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Marta Platía

A pocos días de cumplir sus 88 años el próximo 19 de junio, el jefe de represores Luciano Benjamín Menéndez escuchó ayer su condena número doce por crímenes de lesa humanidad (décima a perpetua) y se convirtió así en el militar argentino récord en el rubro. Un galardón por la negativa, en el cual incluso es record en el mundo, ya que Argentina es la única nación que ha juzgado a sus genocidas en su propio territorio y con sus propias leyes vigentes en este tipo de juicios. Procesos judiciales sólo comparables a los de Nüremberg en 1946-1947; sólo que entonces los tribunales estuvieron constituidos por magistrados de los países aliados que ganaron la Segunda Guerra Mundial: Estados Unidos, la Unión Soviética, Inglaterra y Francia; un detalle que resaltó –y más de una vez– el juez español Baltasar Garzón a propósito de estos juicios en la Argentina.

Pasado el mediodía, el Tribunal Oral Federal Nº 2 de Córdoba, integrado por Vicente Muscará, Juan Carlos Reynaga y Mario Eugenio Garzón, condenaron a Menéndez a “prisión perpetua e inhabilitación absoluta”, ya que consideraron que “los hechos juzgados fueron ejecutados en el marco del terrorismo de Estado y por lo tanto constituyen delitos de lesa humanidad, imprescriptibles e inamnistiables”.

Esta palabra, “inamnistiables” fue pronunciada por primera vez en boca de un juez en lo que va de los (ya) cinco juicios que se hicieron en Córdoba a los represores de la dictadura desde 2008, y causó una gran alegría entre el público que abarrotó la sala de audiencias y las escalinatas de tribunales.

“Ojo –aclaró el fiscal Facundo Trotta–, esto siempre figura en la parte de los fundamentos de todos los juicios. Todos son inamnistiables. Pero sí, no recuerdo haberlo escuchado en la parte resolutiva, en la lectura del veredicto que hacen los jueces”, apuntó a Página/12. Por su parte, Miguel Angel “Tito” Villanueva, hermano de una de las víctimas se alivió: “Eso les dejará en claro a los gobernantes que pretendan dejar en libertad a estos y otros condenados en los años que vengan, sean del signo político que sean, que no podrán hacerlo. Que no hay amnistía en estos crímenes”.

Tres jóvenes acribillados

Si hay justicia en el tiempo, este es uno de esos días que trazan parábolas que inducen a creerlo: hoy se cumplen exactos 39 años del crimen por el que se condenó ayer a Menéndez. Aquel 2 de junio de 1976, Ana María Villanueva, de 23 años; Carlos Delfín Oliva, de 20, y Jorge Manuel Diez, de 26 –todos de la Juventud Universitaria Peronista (JUP)– estaban en la esquina de Caraffa y Octavio Pinto, en el norte de la ciudad de Córdoba, cuando fueron secuestrados por una patota del entonces jefe del Tercer Cuerpo de Ejército. Los jóvenes fueron arrojados dentro de un auto y llevados cerca del actual estadio de fútbol del Chateau Carreras. Allí, sin más, los fusilaron. Durante el juicio los testigos detallaron que “entre los tres cuerpos, sumaban más de 140 proyectiles de FAL”.

A la salida del veredicto, y cuando todavía se secaba las lágrimas, Tito Villanueva mostró a este diario su vieja corbata bordó con lunares rojos: “La tenía puesta cuando nos dieron el cuerpo de mi hermana. Cuando la velamos. Ahí le prometí que iba a perseguir a quien la mató. Que buscaría Justicia. Hoy llegó el día y siento que estoy en paz con ella y con los compañeros”.

 

Un “vencedor” de la Tercera Guerra

Poco antes, cientos de familiares y jóvenes que se acercaron a escuchar el veredicto de los jueces tuvieron que hacer esfuerzos por mantenerse en silencio y digerir la insólita cantidad de desatinos que pronunció Menéndez en el ejercicio de su derecho a decir sus últimas palabras antes de ser condenado. Además de su acostumbrada diatriba, esta vez sumó algunas variantes que provocaron hilaridad en el público: “Esto no fue una guerra intestina –remarcó con tono entre marcial y de suspenso–. Esto fue la Tercera Guerra Mundial”, dijo, ante la carcajada masiva, inevitable; al punto de que él mismo siguió, haciendo gestos con la mano para intentar acallarlos, “se los voy a explicar para que no se rían”. Pero el comienzo de la explicación fue aún más delirante: “Todo comenzó con una reunión en Icho Cruz (un pueblito cercano a Carlos Paz, en las sierras de Córdoba) en 1959…”. De inmediato siguió la frase que lo convertiría, en la sucesión de hechos, en el vencedor de esa supuesta Gran Guerra: “Tenemos el dudoso mérito de ser el único país del mundo en juzgar a su ejército victorioso”. Tras lo cual se hizo cargo de sus subordinados y del “triunfo”. Algo que viene repitiendo desde su primera condena, el 24 de julio de 2008.

Siempre en esa línea, no perdió oportunidad de acusar al gobierno constitucional de Cristina Fernández de Kirchner: “Desde hace diez años que tenemos un gobierno dictatorial y despótico”. Y siguió: “Los guerrilleros en el poder buscan matar dos pájaros de un tiro: desprestigiar a la Justicia presentándolos como cómplices, y por otro al Ejército”. En ese punto le robó letra a su ex jefe, el dictador muerto Jorge Rafael Videla, cuando decía que “este gobierno ha hecho la revolución al modo gramsciano”.

De traje azul, camisa blanca y un estado de salud que sorprendió por su vitalidad, Menéndez se atrevió a decir también, “nosotros nunca perseguimos a nadie por sus ideas políticas”. Y, como ha ocurrido en juicios anteriores, volvió sobre el tema de las Brigadas Rojas italianas, refiriéndose al “cáncer que había tomado a ese país y que había que extirpar”; aunque sin admitir la verdad histórica: que en Italia, y aun cuando en 1979 las Brigadas Rojas habían tomado de rehén al primer ministro Aldo Moro y las autoridades hubiesen podido obtener datos de los prisioneros que habían atrapado; su “colega” el militar jefe a cargo del antiterrorismo Carlo Alberto dalla Chiesa, se negó a torturar. “Italia puede darse el lujo de perder un primer ministro –dijo–, pero no de instaurar la tortura.” A la hora de la sentencia, en cambio, el represor eligió no permanecer en la sala.

A la salida de tribunales y bajo un sol que brilló en el otoño cordobés, el querellante Claudio Orosz opinó que “la prueba contra él era superabundante. Abrumadora. Está claro que Menéndez tenía una metodología en Córdoba, que engañaba a población tratando de hacerle creer que había una guerra y que esa guerra se libraba en las calles con enfrentamientos; cuando en realidad se trataba de fusilamientos encubiertos”. Por su parte, las dos “viejas” emblemáticas de Córdoba, Sonia Torres, titular de Abuelas de Plaza de Mayo, y Emi de D’Ambra, de Familiares, dijeron estar felices con esta nueva condena: “La lucha ha sido larga. Sigue siendo muy larga –se adelantó Sonia–, pero poco a poco vamos encontrando la justicia que tanto buscamos. Nos faltan los nietos, pero también van a llegar. Ahora, otra vez, ver a Menéndez condenado ayuda a seguir. Ayuda a sentir que eso que nos dijo Néstor Kirchner y que parecía increíble, pudo hacerse”. A su alrededor, cientos de personas cantaban y festejaban blandiendo los ya clásicos claveles rojos con los nombres de los desaparecidos.

 

Enlace de la nota en el diario: ww.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-274025-2015-06-02.html

 

Menéndez condenado

Luciano Benjamín Menéndez. Imagen, Télam.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PAIS › UN REPRESOR CON PODER EN DIEZ PROVINCIAS

Un dinosaurio y una hiena

 

Por Marta Platía

No deja de resultar curioso: durante los cinco juicios que lo tuvieron como protagonista en Córdoba, en el 99 por ciento del tiempo se lo vio en su clásica pose: párpados semi entornados; una economía de movimientos que recuerda a los habitantes prehistóricos de la Isla Galápagos; cuando no profundamente dormido en su butaca de acusado. Pero en los días de condena, cuando se leen los veredictos o cuando aparece algún testigo que lo incrimina de modo directo –como ocurrió en el caso del arriero Julián Solanille, que juró haberlo visto en un fusilamiento masivo en La Perla–, Luciano Benjamín Menéndez se enciende. Rejuvenece. Y esa especie de dinosaurio somnoliento, cuasi vivo en la que muta la mayor parte del tiempo, vuelve a ser el Cachorro. O la Hiena, como le llamaban sus soldados con una mezcla de admiración y espanto.

Como ocurrió ayer: vivaz, de traje y camisa impecables, el pelo prolijo, recortado y peinado, y el plus de un vigor poco común en sus casi 88 años, este hombre nacido en San Martín, provincia de Buenos Aires en 1927, se mostró hasta entusiasta en la lectura de sus discurso antes del veredicto. Menéndez se enorgullece de su padre y de su abuelo –también militares– que participaron en las represiones y matanzas en la Campaña del Desierto o del derrocamiento de Juan Domingo Perón, según fuera su tiempo histórico. El mismo, cuando le llegó la hora, tomó su lugar en esa sucesión de sangre a fuerza de matanzas masivas, de fusilamientos, torturas, robos y desapariciones. Así se convirtió en el militar que más condenas a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad recibió en la historia argentina.

Su actuación como jefe del Tercer Cuerpo de Ejército desde 1976 le dio el poder casi absoluto sobre diez provincias argentinas durante la última dictadura y lo ejerció con entusiasmo y la mano presta en su facón. Ese que exhibió a la salida de un canal de tevé. Ese que tantos le vieron empuñar en los campos de La Perla. Menéndez erigió con delectación su fama de “duro” que –incluso– llegó a “respetar” el propio dictador Jorge Rafael Videla. De hecho, varios testigos en estos juicios –dos de ellos militares que perdieron a sus hijos– llegaron desesperados al despacho del dictador para pedir la liberación de sus vástagos de manos del Cachorro, a los que Videla contestó: “No puedo hacer nada. Están en territorio de Menéndez”. Así, sin más. Uno de ellos, un coronel de apellido Escobar, que había sido amigo desde los trece años del dictador, se lo confesó a su familia cuando hubo de decirles que nunca más volverían a ver vivo a Carlos, el joven desaparecido. Tal el poder (¿el miedo?) que ejercía Menéndez sobre su jefe.

Entre sus “dignos subordinados”, como gusta llamar al resto de los 50 represores que están imputados con él por los crímenes cometidos en los campos de concentración de La Perla y el Campo de La Ribera, además del D2 y otros sitios de tortura, muerte y desaparición, goza aún de respeto, aunque se nota que el hecho de contar con el beneficio de prisión domiciliaria resquebrajó la comunicación y, de hecho, quien parece ejercer el nuevo liderazgo es Ernesto “el Nabo” Barreiro, de 67 años.

El multicondenado ex general (fue destituido por las Fuerzas Armadas luego de estos juicios) pocas veces se sale de su eje en las audiencias. Pero hay dos cosas que lo pueden: cuando lo llaman ladrón, como ha ocurrido en el caso Mackentor (el Papel Prensa cordobés); o comparece a declarar algún miembro de la familia Vaca Narvaja: una de las tantas diezmadas por el terrorismo de Estado. En este caso en particular, sus hordas secuestraron y asesinaron al que fuera ex ministro de Frondizi, Miguel Hugo Vaca Narvaja, de 59 años y padre de 12 hijos (uno de ellos el líder Montonero Fernando), y su primogénito del mismo nombre, que era un abogado de 35 y tenía tres hijos. Cuando las mujeres de la familia lo increparon, Menéndez llegó casi a la descompostura física de la bronca. Lo mismo ocurrió cuando Gonzalo, el más chico de los 12 hijos, llamó “miserables” a los imputados. Menéndez, sin que le dieran permiso para hablar, refutó “el insulto” indignado y temblando de ira desde su banquillo, atribuyéndose un sayo que nadie atinó a quitarle. En las próximas semanas comparecerá en Catamarca. Una condena tras otra parece ser su paisaje final.

 

 

Enlace de la nota en el diario: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-274026-2015-06-02.html

 

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Diario Página 12. Domingo 10 de mayo de 2015.

 

 

EL PAIS › TERRIBLES TESTIMONIOS SOBRE LOS CRIMENES SEXUALES EN LA MEGACAUSA DE CORDOBA

La peor herida

 

Por primera vez, un hombre denunció haber sido violado en su cautiverio. Los casos de dos púberes que fueron usadas una y otra vez por sus captores. Los horrores que siguen surgiendo después de 223 audiencias con 497 testigos contra 51 represores.

El campo de concentración de La Ribera, hoy un sitio de la memoria. Imagen: Gentileza La Voz del Interior

El campo de concentración de La Ribera, hoy un sitio de la memoria.
Imagen: Gentileza La Voz del Interior

Por Marta Platía.

Pasaron casi cuarenta años, pero Osvaldo R. no entiende por qué. El 26 de julio de 1976, cuando apenas había cumplido los veinte, una patota lo cazó en una calle de Córdoba. Un auto paró frente a la parada donde él esperaba el colectivo, le preguntaron por una dirección y le cayeron entre todos. Lo llevaron a una dependencia del Departamento de Inteligencia, el D2, le pegaron, lo patearon, lo picanearon. Y, como cuenta ante el estupor de los que escuchan el juicio que ya lleva tres años, “me bajaron por unas escaleras encapuchado y fui sometido a vejámenes sexuales”. Cuando parecía que ya se había escuchado todo, aparece otra sombra de la inagotable perversión de la dictadura militar.

Osvaldo es el primer hombre en lo que va de los juicios por delitos de lesa humanidad en Córdoba desde 2008, que decide denunciar que fue violado. Tiene 59 años y, como le ocurre a la mayoría de las víctimas, mientras revive ante el Tribunal, ante sus amigos y familiares, lo más atroz que le pasó en su vida se trastrueca en aquél muchacho aterido de miedo que hicieron de él a fuerza de ataques. “Eso me pasó”, dice luego de tomar aire y se pregunta, se queja todavía: “¡No sé por qué a mí! ¡No sé porqué a mí me encapuchan, me hacen eso! Bajamos unas escaleras y sobre una mesa o algo, pasó… No supe quien fue”. Osvaldo se dobla sobre sí mismo. Sacude la cabeza de un lado al otro con la mirada enrojecida.

En la sala no vuela una mosca. La cámara que registra el juicio hace un paneo, y en los rostros campea la gravedad y hasta pudor por el testigo. Imposible no sentirse un intruso, un voyeur involuntario ante la revelación. Algunos eligen bajar la vista y escuchar sin mirarlo. El hombre no llora. Se pasa la mano por el pelo encanecido. Su voz está casi quebrada, pero sigue: “Mire, eso a uno le queda toda la vida. Creo que habrán pasado unos días, no le sé precisar muchas cosas porque uno pierde eso. Lo del tiempo. Nos habían degradado hasta con la comida, nos la tiraban al suelo para que la levantáramos de ahí… Creo que era para amedrentarlo a uno y que dijera lo que uno ni sabía, porque yo no estaba en la lucha armada”.

Osvaldo militaba en el Partido Socialista Democrático (PSD). Ya lo habían detenido en 1972 “a la vuelta de la Catedral, en la D2 me habían puesto una pistola en la cabeza. Ser del partido Socialista para ellos era ser comunista, ateo. Después fue esto, lo de julio del ’76, lo de los tipos preguntando una dirección. Ahí de nuevo al D2. Sé que era ahí porque escuchaba las campanas”, las de la Catedral de Córdoba, donde reinaba el Cardenal Raúl Francisco Primatesta, a apenas ocho exactos pasos de donde se escuchaban los alaridos de los torturados. “Sentíamos que había muchas palomas… Pero lo otro –como nombra a la violación– fue en una casa a la que me llevaron en la calle Caseros (otro sitio del D2). Ahí también me pusieron picana ascendente. Eso es terrible –explicó–, van desde los pies para arriba, y cuando terminan con uno, no se puede ni caminar. Tenía la boca más seca que ahora… Es terrible.”

“Había una mujer, una de ellos, elegante, que les gritaba: ‘¡Reventalo a este hijo de puta!’ Y yo en ese momento me quedé así”, dice, y señala su propio cuerpo. Así. “Sordo de un oído, porque me golpeaban mucho”, contó, mientras hacía el gesto de pegarse a sí mismo contra ambos costados de su cabeza al mismo tiempo: la seña de la tortura conocida como “el teléfono”. “También pegaban muchas patadas. Eran especialistas en eso. Sé que había mucha gente ahí porque se escuchaban gritos, y también tenían una radio siempre prendida con música fuerte.” Osvaldo refrenda –aunque sin nombrarlos– lo que muchos otros testigos contaron de sus propios cautiverios sobre los verdugos: que había algunos que hasta cantaban zambas y chacareras mientras picaneaban a sus víctimas. Canciones que bastardearon al punto que se volvieron insoportables para los sobrevivientes.

Dos de los que disfrutaban de atormentar a la vez que cantaban, eran Luis “Cogote de Violín” Manzanelli y Miguel Angel “El Gato” Gómez. Un dato: el pertinaz violador Miguel Angel Gómez, que disfrutaba sacándoles la venda a sus víctimas para decirles “mirame bien, soy el Gato Gómez, tu violador”, se levantó de su banquillo y se retiró veloz de la sala, ni bien el testigo comenzó su relato.

Cuando el fiscal Facundo Trotta le preguntó a Osvaldo cuánto tiempo duró su tormento y cautiverio, dijo “por mi familia creo que fueron dos o tres meses… Yo perdí la noción del tiempo. Me sacaron un día y me dijeron que dijera que yo había estado perdido. Que no me acordaba de nada y que estaba perdido. Yo estaba muy mal. Ellos me dejaron cerca de mi casa. Llegué como pude. Un vecino me vio que apenas podía caminar. El, después, ahora en estos años, vino y lo contó acá (a los fiscales). Yo quedé muy mal. Me decían que tenía que vivir por mi hija –porque mi esposa había muerto en el ’75–, pero yo tenía miedo. Quedé mal de la cabeza. No podía dormir. Tenía incontinencia. Cuando veía a la policía me orinaba encima. Tanto, que mi padre puso su cama al lado de la mía y él me cuidaba, me ponía pañales”. El testigo vuelve a enrollarse sobre su propio cuerpo cuando recuerda a su papá: “Volví a dormir con mis padres como un chico. Tenía miedo de que me dejaran solo”. La regresión en su mirada desespera.

Los jueces aprietan los labios y algunos hasta resuellan. Sus semblantes se vuelven aún más graves. Esperan que la víctima, que se ha convertido en un montoncito doliente, se recupere. Que pueda continuar. Osvaldo lo intenta: “Miren, siempre teníamos un móvil (con represores) en la cuadra. Yo no podía decir nada (se refiere a denunciar). No se podía decir nada. Comencé a ir al Rawson (el hospital público) recién como en los ’90, y ahí me dieron pastillas para dormir. Porque tampoco podía dormir. De noche siempre pensaba que en cualquier momento volvían”.

A la salida de su testimonio, Jorge Vasalo, un periodista de Radio Universidad le pide una entrevista. El testigo se niega. Pero es su hija, una joven fuerte, decidida, quien se le planta con firmeza: “Por favor, papá, estamos acá para eso. A vos te violaron y eso es lo que más daño te ha hecho en la vida. Tenés que hablar de eso”. El hombre se apoya en ella y habla. Otra vez.

 

 

No fue el único

 

En una cultura machista, develar en un proceso judicial público que se ha sido vejado no es fácil. Además de la herida, implica un daño atávico casi imposible de superar. Estigmatiza. De allí que se ha resguardado el apellido de Osvaldo. Si bien se sabe que muchísimos presos políticos han padecido este tipo de tortura, hasta ahora son contados con los dedos de una mano los que en todo el país se animaron a denunciarlo. Aun cuando se conoce que hubo muchos prisioneros violados y vejados por los cancerberos, y que los empalamientos “con armas o palos de escoba” fueron un método más de tortura y muerte; por ahora sólo las mujeres se han animado a denunciar los crímenes sexuales en el marco del terrorismo de Estado.

Durante el juicio que en 2010 que se les hizo al dictador Jorge Rafael Videla, a Luciano Benjamín Menéndez y a otros 39 represores, se denunciaron empalamientos a los presos políticos en la UP1. Ya en este juicio, el año pasado la testigo Alba Camargo denunció que a su tío lo empalaron. El de Alba es un extraño, aberrante caso dentro de la historia de la dictadura en Córdoba: tenía sólo trece años cuando la secuestraron junto a sus padres, Armando Arnulfo Camargo y Alicia Bértola, y a sus tíos Susana y Juan Carlos Berastegui. A la pequeña la mantuvieron presa en la cárcel de mujeres El Buen Pastor. Las monjas a cargo la sacaban de la habitación donde la tenían encerrada sólo “cuando un hombre rubio, grandote, venía y me sacudía de los brazos y me decía que si yo le decía quiénes eran los amigos de mis padres, dónde vivían, él los liberaría. Yo no hablaba. No sabía los nombres. Y él quería nombres y direcciones. Me hacía sentir culpable. Yo sufría y pensaba que si los mataban era porque yo no me acordaba de los nombres de los amigos”.

Por sus características físicas, se sospecha que ese torturador era Ernesto “El Nabo” Barreiro. Los padres y los tíos de Alba Camargo fueron asesinados en agosto del ’76.

 

Niñas y mujeres

 

Las mujeres han sido en la sibilina lógica de la violencia, el botín constante de hordas y ejércitos a lo largo de la historia. Eso se repitió en la última dictadura. En los juicios, las denuncias de crímenes sexuales no fueron inmediatas. Las sobrevivientes de los campos de concentración tardaron en hablar de las violaciones como parte de los crímenes de lesa humanidad. ¿El axioma? “A comparación de lo que les ocurría a ellos, de las torturas sufridas por golpes o picana y hasta la muerte, eso (los abusos sexuales) eran males menores.” Tampoco para ellas fue fácil pararse frente a los jueces y volver a sentirse desnudas ante la mirada de todos.

En Córdoba fue la ex presa política Charo Miguel Muñoz quien pateó el tablero en 2008, en el primer juicio que condenó a Menéndez. Apenas llegada de su exilio en Francia, arrancó su testimonio directa, precisa, implacable: “A mí me sodomizaron en la D2”. Charo sacudió los cimientos de todo lo que vendría. En su declaración no tuvo piedad ni con ella ni con los violadores. Les echó un baldazo de agua fría encima a todos los presentes. El fiscal Carlos Gonella reaccionó de inmediato: “Puede usted hacer la denuncia de ese delito para que se abra una causa aparte”, le ofreció a Muñoz, y abrió el camino para un juicio que se está sustanciando desde entonces con las cientos de violaciones cometidas.

Entre las niñas-víctimas, se destaca el caso de la pequeña Alejandra Jaimovich, de sólo 16 años, a quien mancillaron sistemáticamente y día tras día durante meses. “Hasta una decena (de represores) por día, pobrecita, estos asquerosos, asesinos, ladrones que no servían para otra cosa”, los insultó una y otra vez la prisionera que oficiaba de cocinera y enfermera en La Perla, Servanda “Tita” Buitrago. Tita, considerada “la mamá” en ese campo de concentración, declaró a sus 85 años por videoconferencia desde el Chaco. Indignada: “Pobrecita, esos malditos no la dejaban en paz. ¡Eran todos unos desgraciados!”. ¿El agravante? Alejandra era judía. No sólo volvieron locos a sus padres, dándoles falsas esperanzas de liberación y cobrándoles recompensas para devolvérsela, sino que terminaron matándola. Y desapareciéndola.

Otra de las laceradas fue Fanny Casas, que tenía sólo 14 años cuando la sometieron en el Campo de La Ribera. Durante su testimonio, regresó hasta en el tono de su voz, que se volvió el de una nena, a ese infierno. “Nosotros éramos pobres, pero en el San Roque (un hospital público) me habían operado de la nariz (no podía respirar bien). Mi mamá no me había podido ir a buscar porque no tenía plata para el ómnibus, así que cuando me dieron el alta, aunque sentía mareos, me tomé el colectivo sola a mi casa. Cuando llegué vi un camión militar y tuve miedo.” Sus hermanos Hugo y Carlos Casas, albañiles y trabajadores municipales, eran buscados por la patota. Todavía dolorida, Fanny caminó hasta lo de Teresa, su “hermana casada”, que quedaba en su barrio. La pequeña se recostó media hora para recobrar fuerzas. Sólo eso pudo. El camión pasó por ella y toda su familia. La llevaron al campo de concentración Campo de La Ribera y, vendada y maniatada, la tiraron en una colchoneta. Ahí se encontró con Obdulia Lorenza Moreno, su mamá, a quien también habían atrapado.

“Era a la noche cuando llegamos –recordó Fanny, muy revuelta por las imágenes que le reabren la herida–. Mi mamá me decía ‘no te vayas lejos de mí’. Pero yo necesitaba ir al baño. Me llevó uno de los guardias. Le pedí que me dejara orinar tranquila. Ellos tenían botas. Entonces agarran y en vez de llevarme a mi cama, me llevan a una habitación y me desprenden el pantalón, me tocan la cola y me ponen siete penes en la cara… Y escucho que una mujer que estaba acostada gritó: ¡Hijos de puta, ¿qué le están haciendo a la chica? Pero entran otros y se desprenden las braguetas y se ponen a…”. Fanny hace silencio. Se queda inmóvil como una estatua. Cuando vuelve en sí, su voz ha cambiado, se ha endurecido: “Les digo que me duele la nariz. Y uno me dice que es doctor… Me sacan las vendas con fuerza y… después me devuelven con mi mamá”.

La fiscal Virginia Miguel Carmona le informó que podía hacer la denuncia por el delito de instancia privada en el marco del terrorismo de Estado.

“¿Quiere?”, le preguntó hasta con dulzura. “Sí”, dijo Fanny.

Sus hermanos permanecen desaparecidos. A ella y a su familia, después de robarles lo poco que tenían en la casa, los sicarios de Menéndez les aplicaron el método tierra arrasada: “Nos quemaron la casa, no tuvimos a dónde volver”. El querellante Claudio Orosz le preguntó si sus hermanos eran militantes: “¿Eran radicales, socialistas, qué eran?”. “No”, contestó la mujer. Estudiaban, trabajaban. “¿Eran peronistas?”, insistió el abogado.

–Y sí… como todos.

 

 

Violación y muerte

 

 

María Elena Scotto había discutido con sus padres en su casa de La Falda. Armó un bolsito y metió un revólver de su papá para irse. Con unos pesos se tomó el ómnibus a Córdoba. Era una adolescente enojada. Lo que no hubiera pasado de una desavenencia familiar, se convirtió en pesadilla indeleble para la ahora mujer de 55 años. “Era el 24 de marzo… como a las tres de la tarde en el Arco de Córdoba, había camiones militares –contó ante el Tribunal Oral Federal N° 1 hace pocos días–. Nos hicieron bajar a todos los pasajeros. Me abrieron el bolso y dijeron que yo era guerrillera. Yo les decía que no, pero no me creyeron… Me tiraron adentro de un auto, un Fiat 128 donde tenían a otro señor… Me tuvieron ahí hasta que se hizo de noche. Después me llevaron al Observatorio Meteorológico” (que está en un barrio casi céntrico).

–¿Y qué pasó ahí? –preguntó el fiscal Trotta.

María Elena se llenó de aire los pulmones y arrancó mientras se abrazaba a sí misma y parecía acunarse en su silla: “Me golpearon y me preguntaban cosas. Que de quién era el arma. En el baño me tiraron y me golpearon. Me interrogaron que para quién trabajaba. Un teniente me golpeaba y me golpeaba. Yo no sabía qué pasaba. Y me violó… Yo no sabía qué me estaba pasando. Esto era con la puerta del baño abierta, y en la puerta del baño había un soldado con el arma ¡mirando y cuidando, vigilando! Fue el teniente el que me violaba y él cuidaba… Me dejó golpeada, tirada en el piso… Me dejó ahí por mucho tiempo. Yo tomaba agua de ese mismo baño. No me daban ni agua. Me tuvieron como una semana o dos. No me daban de comer. A veces un pan, una naranja, una manzana. Siempre en el baño. Como dos semanas o más”.

El traslado fue al Campo de La Ribera, cerca del cementerio de San Vicente, donde habían abierto una fosa común adonde tiraban a los asesinados. “Ahí en La Ribera me volvieron a patear, a golpear, seguían con las preguntas. Ahí también me violaron varias veces… Yo estaba enloqueciendo y cantaba fuerte. No era católica pero cantaba canciones de la iglesia. Y me acuerdo que hablaba con alguien que se llamaba Pablo. Creo, yo lo llamaba Pablo. Pablo, mientras yo cantaba, él me decía que no. Que iba a ser peor. Me preguntaba que si yo no era católica, por qué cantaba canciones de la iglesia. Yo no sabía por qué. Un día nos pusieron afuera, sentados en el piso, al lado de algo redondo (una garita de vigilancia) y nos golpeaban. Y me decían que me callara, pero yo cantaba más fuerte. Con Pablo nos pegamos uno al otro… y dispararon. Se sintió tac, tac, tac, tac y Pablo se apoyó más en mí. Y no habló más… y no habló más y estaba duro… (María Elena llora y se abraza a sí misma más fuerte). Yo sabía que estaba mojado mi cuerpo. Estaba muy, muy mal. Y alguien, con una manguera, como a los animales me lavó.”

–¿Pudo ver a Pablo? –pide saber el fiscal.

–No, estábamos vendados. Sé que era un muchacho joven un poco más grande que yo. El decía que se dedicaba a trabajos en las iglesias pobres, del Tercer Mundo… Yo estaba mojada en el pecho… Yo ahora, ahora pienso que era la sangre de él. Pero no pude ver. Después de que me lavaron así, después de los disparos, me sacaron a este muchacho del lado mío, que pesaba tanto. Era muy pesado. No estaba apoyado normalmente. Estaba muy pesado y ya no hablaba.

Del Campo de La Ribera la llevaron al Buen Pastor. Era la más joven de las prisioneras. Allí pudo ver a Silvina Parodi, la hija de Sonia Torres, la titular de Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba. La reconoció años después, por una foto “en un libraco enorme, lleno de fotos en blanco y negro”, recalcó ante la desconfianza de la defensa de los imputados.

La liberaron recién en julio de 1977: un año y cuatro meses después de aquella huida de su casa. María Elena contó que su mamá la buscó. Que la buscó en la D2, pero que una mujer policía “le dijo que mejor se fuera, que no me buscara o la iban a llevar a ella al lugar donde yo estaba y no le iba a gustar. Mi mayor desesperación era no saber nada. Por qué estaba ahí y hasta hubiera preferido que me mataran. ¡Nadie me dijo nada! Ni un juez, ni un abogado, ¡nadie! Una noche dieron una lista y estaba mi nombre. Yo enloquecí. Me quería ir. Pero una de las mujeres dijo, ‘no, no nos vayamos, porque nos van a matar’. Y no, y no y no. Y las monjas decían que nos fuéramos. Pero las mujeres no quisieron. Y a la mañana siguiente cambió la guardia y con los papelitos con los nombres, nos fueron llamando y yo y esas personas salimos. Y fuimos caminando, pasamos por la iglesia de la cárcel y me agarró un ataque y de ahí me sacaron a patadas… y llegamos a la puerta, y veía la calle, y la reja, y la calle… Y me dice un oficial, uno con jerarquía, firmá acá y te vas. Y era un papel en blanco del Ejército Argentino, y yo no quería firmar. Y no y no, porque pensé que me iban a matar… Pero finalmente firmé, y en estas investigaciones (para este juicio) encontraron ese papel, y por ese papel me llamaron y estoy acá ahora, declarando”.

Nunca volvió a dormir bien, jamás dejó de temer por sí misma y por sus seres queridos. Tanto Osvaldo como las adolescentes vejadas todavía no pueden entender por qué los mancillaron. No pueden comprender el porqué de esos seres bestiales cayéndoles encima. Los tres comparten un destino de tratamiento psicológico casi permanente. Y un dolor que no cesa.

 

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Córdoba- Estocolmo

El tema del síndrome de Estocolmo, la esclavitud sexual y la pulsión de salvar la vida, han sido tratadas con mayor o menor complejidad y hondura en obras literarias, ensayos y películas. En Córdoba, entre los imputados hay un represor que contó su particular historia, José “Chubi” López, que llegó a casarse con una prisionera y hasta tuvo hijos con ella. Este torturador le pidió al Tribunal que “cuando sobrevivientes y testigos se refieran durante el juicio a mi señora esposa, le llamen con mi apellido y no con el que tenía antes”. Su “señora esposa” fue secuestrada, llevada al campo de concentración, violada y sometida a una esclavitud sexual, además de que mataron a su compañero. El torturador López argumentó “que no porque uno haya cumplido ese tipo de tareas (secuestrar, torturar, violar, matar, desaparecer, robar niños y bienes) significa que uno no tenga sentimientos”.

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Otro muerto sin condena

El sábado pasado, a los 79 años y sin condena, murió de cáncer el represor Luis Alberto Quijano, alias Angel: uno de los 52 imputados en el Megajuicio La Perla-Campo de La Ribera. Quijano era comandante de Gendarmería y planeó y participó en los secuestros, torturas, robos y asesinatos perpetrados por las patotas del Destacamento de Inteligencia 141 y La Perla desde el mismo día del golpe. Su propio hijo –quien lleva el mismo nombre– lo denunció en 2011 ante la fiscal Graciela López de Filoñuk. En el libro La Perla, historia y testimonios de un campo de concentración, los periodistas Ana Mariani y Alejo Gómez Jacobo lograron entrevistarlo. Quijano (h) contó cómo cuando tenía 14 años su padre lo obligó a participar en los “operativos”, portar armas y destruir documentación. El hombre “reafirmó que, si bien su padre pasaba inadvertido, ‘mató a mucha gente y tenía más poder del que aparentaba’”. La mañana del sábado, hasta llamó a Mariani para darle la noticia de la muerte del represor. “No lo lamento –dijo–, hizo mucho daño y se fue sin condena.”

Hace pocos días –y a propósito del apartamiento del juicio de Quijano padre–, el querellante Claudio Orosz pidió junto a la fiscalía de Facundo Trotta que se lo cite a declarar en juicio “en carácter de urgente, ya que este hombre ha pedido atestiguar como víctima”. El Tribunal Oral Federal N° 1 –luego de deliberar– aceptó que hablara “pero no en relación a su padre, sino a lo que le aconteció y vivió en el período que él denunció ante la fiscalía (la dictadura)”. Desde que comenzó este juicio, el 4 de diciembre de 2012, ya murieron cuatro de los imputados: Aldo Carlos Checchi, alias Villegas, quien se suicidó 24 horas antes del arranque de las sesiones, disparándose con un arma en un hospital militar; Bruno Laborda, que pidió un ascenso por haber desenterrado cuerpos de las fosas comunes de La Perla y llevarlos a las salinas de La Rioja; Carlos Idelfonso Delía Larocca, ex jefe del Tercer Cuerpo antes que Menéndez; y Luis Alberto Quijano. Estos 3 últimos, víctimas del cáncer.

 

 

Enlace en el diario: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/272367-72660-2015-05-10.html

 

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Diario Página 12. Lunes 30 de marzo de 2015.

 

 

El PAIS. TESTIMONIO CLAVE SOBRE LA HIJA DE SONIA TORRES EN EL MEGAJUICIO DE LA PERLA

 

 

                          Una testigo del parto clandestino

Una mujer que estuvo internada en la Maternidad Provincial de Córdoba, en junio de 1976, contó que presenció el nacimiento del nieto de Sonia Torres, referente de Abuelas de Plaza de Mayo. Dijo que Silvina Parodi estaba “muy maltratada” y con marcas de torturas.

Silvina Parodi fue secuestrada cuando estaba embarazada de seis meses y medio.

Silvina Parodi fue secuestrada cuando estaba embarazada de seis meses y medio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Marta Platía

Cuando parece que ya nada puede sorprender en un juicio que entró en su tercer año, aparecen datos nuevos: identificaciones de restos óseos –como el ocurrido con los encontrados en el ex campo de concentración de La Perla– o la decisión de una mujer que, “luego de meditarlo mucho”, se presentó en el Tribunal Oral Federal Nº 1 y aseguró haber presenciado el parto de Silvina Mónica Parodi: la hija de Sonia Torres, titular de Abuelas de Plaza de Mayo Córdoba. Silvia Ester Acosta, de 63 años, afirmó ante los jueces haber visto a Silvina en la Maternidad Provincial de Córdoba el 14 de junio de 1976. Conmocionada por el recuerdo, pero firme en sus aseveraciones, Acosta contó a los jueces: “Yo estaba por parir y tenía problemas de dilatación. Me acuerdo que el 14 trajeron a una chica esposada (a la sala de preparto). Tenía el pelo muy cortito, malcortado… ella tuvo un ataque de nervios y se arrancó la bata. Ahí pude ver que tenía marcas… Estaba muy torturada, picaneada y con quemaduras de cigarrillos”, describió la testigo.

 

Cuando a pedido de las abogadas querellantes por Abuelas, Marité Sánchez y Mariana Paramio le entregaron una foto de Parodi para que la reconociera, la testigo tapó con una de sus manos el flequillito de Silvina y dijo que sí, que era ella: “Por esos ojos la reconozco. Estaba muy maltratada… Es que ella en un momento se sentó en la cama y me miró intensamente. No me dijo nada, pero me acuerdo de esos ojos”.

 

Silvia Acosta detalló lo que recuerda de ése día: “Ese lunes 14 yo estuve en sala de preparto. Al lado de mi cama había dos camas más. Trajeron a una jovencita entre dos con las esposas… Ella se resistía. Tenía una bata corta, el pelo cortito, mal cortado… En un ataque de nervios se arrancó la bata y veo toda una parte del cuerpo con marcas, quemaduras, moretones… Era impresionante. Pregunté por qué la trataban así. Yo no militaba ni tenía idea de lo que estaba pasando… Ahí me dijeron que me callara, que no dijera nada. Pregunté de dónde venía, por qué estaba ahí, y unas enfermeras me dijeron que venía del Buen Pastor (la ex cárcel de mujeres). Nos dejan en un momento a solas. Ella se endereza y me mira intensamente. No me dijo nada, pero me acuerdo de esos ojos. Después trajeron un biombo e hicieron una barrera humana con médicos y gente de ahí. Le decían que pujara. Y ella gritaba que no quería tenerlo. Decía ‘¡Es mío, es mío!’, y otra voz le decía ‘No te lo van a quitar’ (a la testigo le costó seguir, sacudida como estaba con el recuerdo del dolor de Silvina). ‘¡No no no… No lo voy a ver más! ¡Me lo van a robar!’, lloraba ella. Después pasó un tiempo. Hubo silencio hasta que se escuchó el quejido de un bebé. Creo que alguien se lo lleva y entra una camilla y se la llevan a ella. Para mí, ese niño nació ahí en la sala de preparto. También había unas monjas vestidas de blanco. Esta situación debe haber sido el 14 de junio (de 1976), porque yo no di a luz ese día, y me tuvieron que hacer cesárea un día después, el 15”.

 

El testimonio de Silvia Ester Acosta resultó de enorme importancia para la causa. Es una prueba más del nacimiento del nieto de Sonia Torres, que se suma a las declaraciones del médico pediatra Fernando Agrelo, quien testificó bajo juramento haber atendido a Silvina y a su bebé en la cárcel del Buen Pastor, y luego al bebé –ya solo, sin su madre– dos veces más en la Casa Cuna, sitio desde el cual se le perdió el rastro hasta hoy.

 

Otra declaración valiosa en este caso, fue el de la propia hermana de la víctima, Giselle Parodi, que era voluntaria en la Casa Cuna y siempre llevaba niños a su casa para cuidar: “Un día (las monjas) me dijeron: ‘Para qué querés un chico, si vos y tu mamá ya deben tener mucho trabajo con el bebé de Silvina’”. Todo esto demuestra ante el tribunal que el nacimiento ocurrió efectivamente, y que habría sido el 14 de junio de 1976. Sonia Torres lo busca desde hace más de 38 años.

 

También se supo, por las fichas de turnos de la Maternidad, que el médico que habría atendido a Silvina sería de apellido Hoffman. El nombre de este profesional ya había surgido de boca de otro testigo, Daniel Elvio Martínez, el dueño de un bar de la esquina de ese hospital, quien a su turno declaró que le escuchó decir a Hoffman, mientras veía un documental sobre Sonia Torres en el Canal Encuentro hace pocos años: “La hija de esa mujer parió acá”, en referencia a la Maternidad Provincial.

 

Pero en una de las últimas audiencias de lo que va de este juicio, el obstetra Guillermo Cástulo Hoffman –tal su nombre completo– negó todo. Aun cuando consta que él estaba de guardia en la maternidad el día lunes 14 de junio de 1976, cuando Silvina Parodi dio a luz. El hombre, frente a los jueces, hasta dijo no conocer quién era Sonia Torres. A tal punto, que la Abuela de Plaza de Mayo tuvo que pararse enfrente del profesional para que éste la mirara cara a cara. Ella, una sonrisa tenue que apenas escondía su ansiedad. El, una rápida, fugaz mirada y la escueta admisión: “Sí, ahora que la veo, la he visto por televisión, en mi casa”. Un dato que habla por sí mismo: no conocer a Sonia Torres en Córdoba es como no saber quién es Estela de Carlo- tto en Buenos Aires.

 

Otro aspecto que se tomó en cuenta en la declaración de Silvia Acosta –considerada clave para este caso, el primero por robo de bebés en Córdoba– es que es también la primera vez que alguien tiene un espacio de tiempo más amplio con la hija de Torres en su cautiverio. A Silvina, las sobrevivientes la suelen recordar sólo en fugaces y breves contactos. Así le ocurrió a Graciela Olivella, una sobreviviente que en su declaración contó que se cruzó con ella en las duchas del campo de concentración de La Perla una vez que les autorizaron bañarse juntas, pero custodiadas –y observadas– por un gendarme. Según Olivella, el muchacho le advirtió a Silvina: “¡Cuidado que el agua está muy fría y se te va a salir una patita!”, en relación al bebé, ya que la panza de Silvina era prominente. Olivella le preguntó entonces de cuánto estaba embarazada, y Silvina le contestó que de seis meses y medio. La testigo recordó además que la hija de Sonia Torres estaba esperanzada en que la llevarían a la cárcel del Buen Pastor para tener a su bebé en mejores condiciones, y que temía tenerlo en el campo de concentración.

 

En este juicio también quedó demostrado que a Silvina Parodi, tal vez por ser la hija de un ex militar de la aviación, Enrique Parodi, la mantuvieron cautiva en celdas subterráneas y clandestinas en la cárcel de San Martín (la UP1), ya que las celadoras de esa prisión llevaron ropa de bebé para ella al pabellón de mujeres –donde estaban las presas legalizadas–, y gritaron su apellido. Pero Silvina nunca pasó por allí. Es más: ni siquiera figura en el registro de entrada de ese presidio.

 

Silvina Parodi de Orozco, de sólo 20 años, fue secuestrada junto a su esposo Daniel Orozco, de 22, en la tarde del 26 de marzo de 1976. Ella tenía seis meses y medio de embarazo. Esa misma mañana el médico que la atendía le había dado como probable fecha de nacimiento “los últimos días de junio o principios de julio”. El certificado fue encontrado por su padre, cuando días después recorrió el hogar arrasado del matrimonio. “Se habían robado absolutamente todo –declaró en su momento ante el tribunal Sonia Torres–. No se llevaron el mueble de la cocina porque estaba empotrado en el piso.”

 

Por este caso –por el que Torres ha buscado a su nieto y luchado para llevar a juicio durante casi 40 años–, el represor Luciano Benjamín Menéndez y sus cómplices están siendo juzgados por primera vez por “sustracción de menores” en esta provincia.

 

En la audiencia en que Silvia Ester Acosta reveló lo vivido junto a Silvina, la presidente de Abuelas Córdoba, Sonia Torres, se mantuvo en silencio, apretando los labios y con toda su energía puesta en escuchar cada palabra de la única mujer que, hasta ahora, declaró haber presenciado nada menos que el parto de su hija y el nacimiento de su nieto. De ella también escuchó, casi sin pestañear, la tan temida confirmación de la suma de todos sus miedos: la tortura que padeció su hija aun cuando estaba embarazada. “Estaba muy golpeada… Yo no sé cómo ese bebé sobrevivió”, sollozó la testigo ante los jueces. Cuando la audiencia terminó, Acosta y Torres se abrazaron ante el silencio abrumador de decenas de personas.

 

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Entregaron las actas de aparición y los certificados de defunción de los cuatro estudiantes de la JUP hallados por el EAAF en La Perla. Los familiares hicieron su duelo en La Perla.

 

                                         Aparecidos

 

Flores en los hornos, por Irma Montiel, de Télam.

Flores en los hornos, por Irma Montiel, de Télam.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Marta Platía.

Atardecía en La Perla, el sitio de la Memoria que fuera uno de los principales campos de tortura y desaparición durante la última dictadura cívico-militar, y el viento helado, del sur, apenas permitía respirar. Parada sólo sobre su voluntad, la mujer arrancó el discurso que jamás imaginó que pronunciaría: “Yo nunca, nunca pensé que volveríamos a saber de él. Y menos recuperar sus huesos. Nunca pensé, mientras seguimos viviendo todos estos años de dolor desde que Alfredo (Sinópoli Gritti) desapareció (hace 40 años); que siempre hubo gente buscándolo y hasta más que nosotros… Gente que nunca bajó los brazos. A ellos, a las Abuelas, a las Madres, a los Familiares, a los Hijos y antropólogos, al juez, gracias: muchas gracias, infinitas gracias. Por buscarlos y ahora contenernos”, alcanzó a decir Graciela Sinópoli, hermana de “Fredy”, antes de permitirse llorar todo lo que no lloró durante el largo, gélido día que comenzó cuando le entregaron las actas de hallazgo de los restos de Alfredo y el certificado de defunción del joven aparecido el 21 de octubre de 2014 en los Hornos de “La Ochoa”: la estancia que ocupaba -el ahora multicondenado ex general- Luciano Benjamín Menéndez en los predios de La Perla.

 

En Córdoba, en una ceremonia en Tribunales, el juez federal Hugo Vaca Narvaja les entregó a los familiares de los cuatro estudiantes de medicina cuyos restos óseos fueron hallados por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), la documentación cuya finalidad es “acabar con el estado de desaparición en el país”. El juez explicó que “recuperar los restos, identificarlos, dar por terminada su etapa como desaparecidos, es comenzar a resarcir tanto daño. Y esa es nuestra obligación como Estado”. Los restos óseos de esos cuatro jóvenes militantes de la Juventud Peronista Universitaria (JUP) son los primeros que se encontraron en una guarnición militar en Córdoba. Y nada menos que cerca de la estancia de Menéndez, en las más de 15 mil hectáreas de lo que fue el campo de concentración de La Perla.

 

Llegados desde San Luis, desde Salta y la Traslasierra cordobesa, estuvieron los hermanos, tíos y sobrinos de Lila Gómez Granja, secuestrada a los 21 años; de su novio Alfredo Sinópoli Gritti (de 22), del puntano Ricardo Enrique Saibene Parra (de 20); y el hermano del salteño de Metán: Luis Agustín Santillán Zevi (de 27 años). Los cuatro fueron secuestrados en el parque Sarmiento de la capital cordobesa, a pasos de la Ciudad Universitaria, la mañana del 6 de diciembre de 1975 por una patota del Comando Libertadores de América (CLA). Nunca más se supo de ellos. Ni un solo dato. Hasta que la sobreviviente Graciela Geuna detalló lo que les escuchó comentar -hasta con sorna- a los represores de La Perla. Torturadores que hablaban sin tapujos frente a ella y otros “muertos vivos”, como llamaban a los prisioneros que planeaban matar. “Nosotros salíamos del (Batallón) 141 y vimos a estos boludos que se les ocurrió caminar por el Dante, siendo jóvenes y con el pelo largo… Los secuestramos y los matamos”. Según Geuna, fue el represor Luis Manzanelli quien contó que la patota “estaba al mando de (Héctor Pedro) Vergez”, alias Gastón, o Vargas: uno de los jefes –junto a Menéndez y luego Ernesto “el Nabo” Barreiro– del CLA: la versión local de la Triple A.

 

Lila Gómez Granja, Alfredo "Fredy" Sinópoli Gritti, Ricardo Enrique Saibene Parra y Luis Agustín Santillán Zebi.

Lila Gómez Granja, Alfredo “Fredy” Sinópoli Gritti, Ricardo Enrique Saibene Parra y Luis Agustín Santillán Zebi.

La hora de los hornos

 

El flamante Secretario de Derechos Humanos del juzgado, Juan Miguel Ceballos (quien fue querellante en el juicio contra Videla y Menéndez en 2010 y es hijo de uno de los fusilados en la cárcel UP1), invitó a los familiares de las víctimas a recorrer La Perla y los hornos donde fueron hallados los restos de los jóvenes.

 

Apretujados a bordo de la camioneta y autos cuatro por cuatro propios “y de prestado” que utilizan los antropólogos y arqueólogos del EAAF para su tarea cotidiana, desde el sitio de la Memoria La Perla se recorrieron los casi nueve kilómetros de huella monte adentro, y las varias tranqueras de la “zona militar” donde además de los viejos hornos para fabricación de cal en que se encontraron huesos de los estudiantes de medicina, está la estancia La Ochoa. Allí donde el ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército pasaba sus fines de semana y hasta mantuvo prisioneros a varios dirigentes del Partido Comunista cordobés, como el abogado Salomón Gerchunoff. Un edificio hecho en piedra que tiene pretensiones de castillo -con almenas de estilo europeo que se erizan hacia el cielo- y desmienten las tejas coloniales.

 

En los hornos, con “enorme cuidado, ya que hay peligro de derrumbe”, advirtió Anahí Ginarte del EAAF, la arqueóloga explicó paso a paso lo que el Equipo fue haciendo para extraer los restos del tercer horno “empezando desde la izquierda”, ni bien hallaron la primera costilla humana.

 

Ginarte detalló que “por la evidencia, (los militares) trajeron camiones con escombros donde estaban mezclados los huesos ya quemados en otro lugar, y los tiraron por las bocas superiores de los hornos. Por lo que pudimos comprobar, no los quemaron aquí. Y cuando los quemaron, eran cuerpos que todavía tenían sus tejidos blandos. No eran esqueletos. Así, junto con los escombros los arrojaron desde arriba (desde el terraplén de tierra perteneciente a la loma que cubre la parte superior de los hornos),cayeron por las chimeneas, y todo se fue deslizando a los dos niveles que siguen para abajo. Los encontramos en el de la base. En el terraplén de tierra de la boca del nivel inferior”. Allí, en ese pequeño arco interior del horno tres, en esa boca ahora dentada sólo por un hierro retorcido curiosamente en forma de cruz -dato que a los familiares no les pasó desapercibido- el grupo puso sus ramos de flores. Y se abrazaron unos a otros. Se fotografiaron. Lloraron y se rieron mirándose a los ojos mientras hipaban el llanto que oscilaba entre la inmensa pena y la alegría.

 

Omar, el hermano de Ricardo Enrique Saibene, contó que ése año, “cuando se lo llevaron, a Enrique le tocaba el servicio militar. Ya estaba en cuarto año de medicina”. Hugo Sinópoli, en tanto, con sus ojos brillantes, celestísimos, retomó su “rivalidad” con Fredy: “Sí, era más lindo que yo, y me cascaba a la salida de la escuela… Las chicas siempre lo seguían a él”. Norma, la hermana de Lila Gómez Granja, contó que sus padres murieron “esperándola, siempre esperándola”; y Edgar Oscar “Cacho” Santillán, hermano de Luis Agustín, agradeció “poder volver a Salta, a Metán, con todo esto que he visto para contárselo a mi mama en su tumba, así descansa en paz de una vez”.

Ver la luz

 

El antropólogo e historiador del EAAF Fernando Olivares, dijo a esta cronista que jamás olvidará ese 21 de octubre: “Estoy en el equipo hace unos trece años. Y hace más de diez que trabajamos en La Perla. Esa mañana, uno de los peones que movían la tierra y los escombros dentro de los hornos, viene y me dice ´mire, un hueso´. Era una costilla flotante (de las últimas de la caja toráxica). No me quise hacer ilusiones… entré y metí la mano en la chimenea del horno tres y me cayó en la mano un coxis… Ahí ya no tuve dudas. Sabía que por fin habíamos encontrado restos humanos. Llamé a todos. Lloramos de emoción”.

 

Ahora los hornos están limpios. Ya se extrajeron todos los restos óseos que se encontraron y se sigue trabajando en su identificación.

¿Qué es lo que resta por hacer en esa zona? Anahí Ginarte contesta: “Hay un pozo en el que testigos afirman haber visto restos. Tenemos que esperar la época de seca en estas sierras para poder trabajar ahí. Y  en las 15 mil hectáreas, nada menos… En todo este campo que ves y en lo que no ves”.

 

Vergez y los “laburantes” de la desaparición

 

“¿Sabe para qué hicieron los vuelos de la muerte los de la Armada? De vagos, por no tomarse el trabajo de fusilarlos. Y de tontos, porque no evaluaron que se les podía volver en contra. Yo siempre me preocupé por lo que pasaría después”, le dijo Héctor Pedro Vergez a la revista Noticias publicada el 2 de abril de 1995. Una cita que recogió en una nota la periodista Nora Veiras para el Página 12, el 26 de julio de 1998.

 

Para Vergez, los asesinos de la ESMA de puro “vagos no evaluaron” que el mar podría devolver los cadáveres de los vuelos de la muerte. Sólo “de vagos” les inyectaban Pentotal para dejarlos aún más indefensos, decolaban aviones de modo sistemático y los arrojaban al Río de La Plata. No como él y sus secuaces. Que sí se tomaron el trabajo que hay que tomarse para “desaparecer” en serio a sus víctimas: además de las torturas, violaciones, robos y demás vejámenes; los “dignos subordinados” de Menéndez, fusilaban, arrojaban a fosas comunes, los rociaban con combustible, los quemaban y los tapaban con cal, tierra y escombros para ocultarlos para siempre.

 

En los hornos de La Ochoa hay una prueba contundente: los restos de los cuatro jóvenes allí encontrados habían sido quemados en otro lugar, mezclados con escombros, traídos por camiones por esos más de nueve kilómetros de monte cerrado (sin contar el trayecto por la ciudad) y arrojados por las chimeneas. Una labor dedicada, casi artesanal de desaparición.

 

Los cuatro estudiantes figuran en la llamada “Causa Barreiro”. De allí que “el Nabo” se los haya querido sacar de encima cuando entregó las listas con 19 nombres de desaparecidos el 10 de diciembre pasado. “Son casi todos muertos de Vergez”, leyeron querellantes y defensores al compulsar nombre a nombre. Aunque no sólo a eso apuntó el Nabo con su apertura de grieta en el pacto de sangre y silencio: quería adelantarse a las comprobaciones de identidad que haría el EAAF, y lograr así una posible amnistía si algún partido de derecha gana las elecciones. Nada de “humanitarismo”, como sobreactuó frente al Tribunal. Sólo oportunismo y su ya reconocida megalomanía para destacarse entre sus 51 cómplices y ganarle el liderazgo a su otrora jefe Menéndez.

 

Lo que también quedó claro con esa lista, es que los reos mantienen al día su base de datos. Si no, ¿cómo recordar dónde se enterró juntos y 40 años después a ¡cuatro! de las miles de víctimas que masacraron?

 

“¡Qué trabajo que se tomaron para desaparecerlos!”, se sorprendían una y otra vez, recorriendo los hornos de La Perla, los familiares de los estudiantes. “¡Pero qué trabajo!”, repetían aterrados.

 

Por eso, y mientras el trayecto de regreso al edificio de la Memoria, fue imposible dejar de pensar que en esas 15 mil hectáreas pobladas de espinillos y aves que brillan la vida; aguardan los restos -y el clamor- de cientos de asesinados cuyos huesos añoran la luz del sol; el tacto y la caricia de los miles de familiares que necesitan hacer sus duelos.

Imposible entonces no recordar las denuncias de los fusilamientos masivos que narró el arriero José Julián Solanille, no sólo ante la Conadep en 1984; sino que se lo reiteró a un juez federal (Becerra Ferrer) en 1985, y repitió bajo juramento en el Megajuicio La Perla-Campo de La Ribera en 2013, cuando afirmó haber visto al propio Menéndez “que llegó en un Ford Falcon blanco”, presidiendo una matanza de “más de cincuenta jóvenes maniatados, los ojos vendados; en el borde de una fosa común de 40 metros por 40 que luego fue tapada con tierra”, no sin antes quemar los cadáveres.

 

Cómo no recordar la desesperación de su relato, la indignación de su voz, cuando contó que “el humo de la gente quemada se venía para mi casa” (que estaba en esos campos donde él cuidaba animales); y su pavura: “Cuando mi perrita me empezó a traer manitos, cráneos de bebés, batitas celestes, rosas…”. Restos que aseguró haber enterrado “cerca de las vías del tren” y que un juez “(Gustavo) Becerra Ferrer dijo que no hacía falta ir al lugar (para desenterrar), que yo ya había dicho bastante”. Escena ante la que permaneció “en silencio” el entonces secretario “Luis Rueda que me había dado un cigarrillo”. Un hombre que en la actualidad es camarista federal y está siendo cuestionado -e investigado- en la llamada Causa de la Magistratura, a raíz de la decena de testimonios de sobrevivientes que lo señalaron por su supuesta connivencia con la última dictadura.

 

Cómo no acordarse de la insólita queja que elevó el represor (ya muerto) Bruno Laborda al ex jefe del Ejército Roberto Bendini, porque no le dieron un ascenso que ansiaba nada menos que por la “insalubre tarea” de haber desenterrado (con palas mecánicas) y trasladado (en tachos de 20 litros) los cuerpos enterrados en las fosas comunes de La Perla a las salinas riojanas para re-desaparecerlos. Eso es hacer bien el trabajo para Vergez, no lo que hacían los “vagos de la Armada”.

 

Cielo azul intenso. Cielo de hielo en uno de los días más fríos del año. Mientras las camionetas avanzan a los tumbos hacia una última, íntima ceremonia en el parque de La Perla, surge el recuerdo de ese otro recorte de horror y muerte en los vastos campos donde tenía su trono de sangre Menéndez, alias “el Cachorro”, “la Hiena” o “el Chacal”. El de la tumba cavada palada a palada por un muchacho que el represor Luis Manzanelli quiso controlar en persona. Un joven que tenía a su esposa “embarazada como de ocho meses”, según detalló el gendarme Carlos Beltrán al Tribunal. “Era casi de noche. ´El Cogote de violín´ me pidió que les disparara- contó Beltrán, llamando a Manzanelli por su apodo-. Yo le dije que no había entrado a la gendarmería para matar gente. Se enojó y me pegó con la culata del arma. Caí y él mismo los mató. Les disparó a los dos. El muchacho cayó al pozo, pero la chica no sé cómo se volvió a levantar. La remató de varios balazos. Algunos en la panza… Luego me hizo taparlos con la tierra”.

Aún hoy no se conocen los nombres de esa pareja. Aún hoy, como en el caso de cientos y cientos de jóvenes asesinados por el Terrorismo de Estado en La Perla, no se sabe en qué pedazo de tierra; debajo de qué aromito, de qué flores silvestres, de qué trinos o de cuál arbusto serrano aguardan sus huesos para volver un día a la superficie.

 

No hay dudas de que en La Perla, donde según el cinismo de Ernesto “Nabo” Barreiro “no murió nadie”; su cómplice de violaciones, tormentos y masacres, Vergez, tiene razón: aquí sí que se trabajó mucho para desaparecer. Nada que ver con los “vagos” de los vuelos de la muerte que de tan “tontos”, no pensaron –como sí lo hizo él- “que se les podría volver en contra”.

Los hornos de La Ochoa, en los predios de La Perla, por Mechi Ferreyra.

Los hornos de La Ochoa, en los predios de La Perla, por Mechi Ferreyra.

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Diario Página 12. Sábado 21 de marzo de 2015.

EL PAIS › IDENTIFICARON RESTOS OSEOS DE TRES DESAPARECIDOS ENTERRADOS EN EL CAMPO DE CONCENTRACION DE LA PERLA

 

                      La verdad sobre el final, cuarenta años después

 

 

Lila Rosa Gómez Granja, Ricardo Saibene y Alfredo Felipe Sinópoli Gritti eran estudiantes de Medicina y militantes de la JUP.

Los tres desaparecidos identificados por el EAAF fueron secuestrados el 6 de diciembre de 1975 en el Parque Sarmiento.

Los tres desaparecidos identificados por el EAAF fueron secuestrados el 6 de diciembre de 1975 en el Parque Sarmiento.

Por Marta Platía

 

“Es muy importante terminar con el estado de desaparición. Hay que entregar los restos a las familias para que hagan el duelo y acabar con la incertidumbre que provocó y provoca este crimen permanente. Esa es la tarea que sigue a partir de los juicios y los hallazgos”, dijo a Página/12 el juez federal Miguel Hugo Vaca Narvaja no bien ayer dio a conocer que el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) identificó los restos óseos de tres víctimas del terrorismo de Estado y estableció el perfil genético de una cuarta persona.

 

Los desaparecidos que fueron identificados son Lila Rosa Gómez Granja, Ricardo Saibene y Alfredo Felipe Sinópoli Gritti: todos estudiantes de Medicina y militantes de la Juventud Universitaria Peronista (JUP). Respecto del cuarto perfil, “si bien éste no concuerda con ninguna de las muestras de familiares que posee el EAAF hasta el momento, existe la firme sospecha de que podría pertenecer a Luis Agustín Santillán Zevi (de Salta), cuyos familiares aún no han aportado muestras genéticas”, explicó el comunicado.

 

Los cuatro fueron secuestrados el 6 de diciembre de 1975 en el Parque Sarmiento, al pie del monumento de Dante Alighieri, mientras charlaban. Cuando en el Megajuicio La Perla-Campo de La Ribera la sobreviviente Graciela Geuna dio testimonio contó cómo el represor Luis Manzanelli se mofó de ellos: “Nosotros salíamos del 141 (el Batallón 141) y vimos a estos boludos que se les ocurrió caminar por el Dante, siendo jóvenes y con el pelo largo… Los secuestramos y los matamos”. Según esa declaración, el represor dijo que los atrapó la patota que estaba al mando de Héctor Pedro Vergez, alias “Gastón, “o V”argas”: uno de los jefes –junto a Menéndez y luego Ernesto “Nabo” Barreiro– del Comando Libertadores de América (CLA): la versión local de la Triple A.

 

Salvo ese testimonio, nunca más hubo noticias de ellos hasta ayer, cuando por fin se supo dónde los arrojaron y hasta intentaron quemar sus restos para volverlos cenizas.

 

Anahí Ginarte, del EAAF, detalló que se logró “la identificación a partir de restos óseos muy pequeños, muchos parcialmente quemados… Así que fue determinante el trabajo del genetista Carlos Vullo y su equipo” (quien tiene a cargo los hallazgos del EAAF en Argentina y México). Ginarte afirmó que “hay más, muchos restos más; éstas son sólo las primeras diez muestras que analizamos de los hornos cercanos a la estancia La Ochoa, en el predio militar de La Perla, donde el 21 de octubre dimos con los primeros huesos. La lluvia de estos últimos meses perjudicó la continuidad del trabajo, pero ahora estamos nuevamente en marcha”.

 

En La Ochoa, Luciano Benjamín Menéndez, ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército –y ahora un ex general de 86 años record en condenas por prisión perpetua por delitos lesa humanidad–, pasaba sus fines de semana y gustaba de montar sus caballos, aunque también mantuvo cautivos y sometidos a tormentos a los perseguidos por su ideología, tal el caso del abogado laboralista Salomón Gerchunoff.

 

“Estas identificaciones adquieren un valor probatorio dirimente en la Megacausa La Perla”, afirmó el querellante Claudio Orosz a este diario. “Hasta ahora no había ningún cuerpo hallado e identificado en un predio militar en Córdoba. Esto prueba la sistematización y el método con el que trataban a los secuestrados: los llevaban allí o a otros campos de concentración, los torturaban, los mataban, los enterraban y ocultaban con el fin de lograr impunidad.”

 

En esa línea, el fiscal Facundo Trotta apuntó que “antes sólo pudimos encontrar e identificar restos óseos en las fosas comunes del cementerio de San Vicente. Esta es la primera vez en un campo militar. Y eso es clave. Se abre una nueva vía de investigación; pero también es una noticia que celebramos por las familias que podrán cerrar una etapa. Encontrar y restituir los restos de los desaparecidos es una obligación que tiene el Estado argentino. Se avanzó muchísimo en los juicios, pero todavía hay pocas restituciones. Y con esto se renuevan las esperanzas”.

 

La querellante Marité Sánchez, de Abuelas de Plaza de Mayo, resaltó “el enorme valor de la tarea que está haciendo el Equipo de Antropología Forense, que ha permitido la localización e identificación de estos compañeros desaparecidos. Esto tiene una inmensa significación para sus familiares, que desde hace años está buscando una respuesta cierta y concreta desde la Justicia. Nuestra sociedad, con este tipo de hallazgos, puede saber fehacientemente que el terrorismo de Estado mató y ocultó para exterminar a una generación y evitar que se supiera cómo sucedieron verdaderamente los hechos históricos”.

 

El Nabo Barreiro y su lista

A los que siguen el Megajuicio La Perla no se les pasó por alto que los nombres de los cuatro desaparecidos estaban en la lista de 19 personas que el represor Barreiro y sus tres cómplices, Luis Manzanelli, Héctor “Palito” Romero y Hugo “Quequeque” Herrera, entregaron al Tribunal Oral Federal N°1 el 10 de diciembre pasado, sin que nadie se los pidiera, en lo que fue la primera grieta en el pacto de silencio desde que comenzaron los juicios al Terrorismo de Estado.

“Cuando el EAAF encontró los primeros restos el 21 de octubre en los hornos, ellos sabían que tarde o temprano identificarían a las víctimas y saltarían los nombres –opinó el querellante Miguel Ceballos–. Ellos saben muy bien que el informante del EAAF es alguien que sabe perfectamente lo que hace. Por eso se adelantaron, y en una especulación de lo más hipócrita quisieron capitalizarlo, y dijeron ‘querer colaborar con la búsqueda’. Pero está muy claro: es que ya no se trataba de que los antropólogos estaban haciendo pozos por las más de 15 mil hectáreas de La Perla; sino que encontraron restos en un lugar determinado: en los hornos. De ahí que el cerebro de esta estrategia, que es Barreiro, especuló con dar los nombres, y en caso de que hubiera un nuevo gobierno de derecha, pedir una amnistía o algo parecido”, siguió Ceballos.

 

–¿Pero cómo saber, después de más de 39 años, dónde se enterró a cada quien en una matanza que duró casi una década?

–Esto es indicativo de la sistematización de la información que ellos tienen todavía. De que llevaban registro de todo: de los secuestros, de los fusilamientos y también de los enterramientos. Y de que aún los tienen. Si no, es imposible que recuerden dónde están.

 

–Incluso estos cuatro nombres estaban anotados en bloque, según la lista que ofrecieron: 14 en un sitio; 4 en otro; y el número 19, del cual no dieron identidad, pero dijeron que era “muy importante”, cerca de Villa Ciudad de América…

–Eso deja muy claro que ellos todavía guardan su base de datos intacta. Que si quisieran colaborar realmente como dicen, deberían dar a conocer a quiénes les entregaron los nietos. Dónde está el nieto de Sonia Torres (la Abuela de Plaza de Mayo), por ejemplo, del cual tantos nuevos datos han salido en este juicio. ¡Si hasta hay una mujer que contó que presenció el parto de Silvina Parodi (de Orozco), la hija de Sonia! Si es cierto que quieren ayudar, que digan dónde están los demás desaparecidos y los nietos entregados. Pero esto, que sale de Barreiro, un hombre entrenado en Inteligencia; es sólo una parodia de colaboración. Un ejercicio de la hipocresía. No cabe duda de que estaban abriendo el paraguas y especulando para dar un golpe de efecto informativo y pedir amnistía con el pretexto de haber colaborado.

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ESTUDIANTES Y MILITANTES

Quiénes fueron

Lila Rosa Gómez Granja nació el 10 de diciembre de 1954 en Córdoba. A los dos años su familia se mudó a Villa Dolores, en Traslasierra. Fue abanderada en la escuela primaria. Cuando creció volvió a la capital mediterránea para estudiar Medicina en la Universidad Nacional de Córdoba. Militó en la Juventud Universitaria Peronista (JUP) y en la agrupación Montoneros. Tenía 20 años cuando fue secuestrada junto a su novio, Alfredo Felipe Sinópoli Gritti, y sus compañeros Agustín Santillán y Ricardo Enrique Saibene. Una patota del Comando Libertadores de América se los llevó la mañana del 6 de diciembre de 1975 en el Parque Sarmiento, frente al monumento a Dante Alighieri. Se habían reunido allí antes de ir a la Ciudad Universitaria. Todos eran estudiantes de Medicina. El papá de Lila murió. Nunca dejó de buscarla. Hasta ayer continuaba desaparecida.

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Alfredo Felipe Sinópoli, o Freddy, como le decían, nació el 9 de julio de 1953 en Concarán, San Luis. Estudiaba en la Facultad de Medicina en la Universidad Nacional de Córdoba y militaba como delegado de la Juventud Universitaria Peronista. Tenía 22 años cuando lo secuestraron. Alfredo creció en una familia peronista. Los que lo conocieron dijeron de él que era muy querido y “muy noviero” y que “vivía proyectando nuevos emprendimientos”. Su madre Delia, su padre Felipe y sus cuatro hermanos (tres mujeres y un varón) lo han esperado todo este tiempo.

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Ricardo Enrique Saibene nació el 11 de mayo de 1955 en Villa Mercedes, San Luis. Cursaba tercer año de la Facultad de Medicina en la Universidad Nacional de Córdoba y militaba en la Federación Universitaria Peronista. Era hijo de Domingo Enrique Saibene y de Leonor Parra y su hermano se llama Omar. Ricardo hizo la primaria en la Escuela Vicente Dupuy y la secundaria en el Colegio Nacional Juan Esteban Pedernera. Ingresó a la Universidad Nacional de Córdoba en 1973. Aprobó las materias correspondientes a primero, segundo y tercer año de Medicina. Tenía 20 años cuando lo secuestró la patota del Comando Libertadores de América. En su testimonio, la sobreviviente Graciela Geuna fue quien nombró a un joven al que llamaban “Nazi, de Medicina, de Villa Mercedes, San Luis, secuestrado en el Parque Sarmiento”.

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Luis Agustín Santillán. Nació en Metán, Salta, el 28 de octubre de 1948. Era policía, pero se afincó en Córdoba para estudiar Medicina. Fue secuestrado el 6 de diciembre de 1975 junto a Lila Rosa Gómez Granja, Ricardo Saibene y Alfredo Felipe Sinópoli. Sería el cuarto perfil genético hallado por el EAAF. Su familia está integrada por su madre Blanca y sus dos hermanos. Se les ha solicitado muestras de sangre para poder confirmar su identificación.

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Barreiro versus Vergez

La sorda batalla que se libra en el Pabellón MD2 de Bouwer entre Ernesto “Nabo” Barreiro y Héctor Pedro Vergez, alias “Vargas”, deja de vez en vez sus esquirlas en este juicio que ya entró en su tercer año. En este caso, la lista de 18 nombres y un 19 “innominado” –pero tildado de “pez gordo”– que habría sido enterrado cerca de la localidad de Villa Ciudad América, es ahora la arena del combate. Ocurre que casi todos los muertos habrían sido víctimas de Vergez y su patota del CLA. Crímenes previos a la llegada de Barreiro a Córdoba, a fines del ’75, principios del ’76. De allí que, sotto voce, las opiniones tanto de querellantes como de algunos defensores confluyan en que “Barreiro le está tirando los muertos a Vergez”. Más cuando en la lista de 19 desaparecidos que entregaron, la mayoría están en la llamada Causa Barreiro, aunque muchas serían víctimas de su rival, con lo cual El “Nabo” mata dos pájaros de un tiro: intenta soltar lastre y hundir (aún más) a Vergez.

Es notoria la tensión entre ellos cuando se topan en la sala del juicio. Queda abierta –todavía– la respuesta que dará a este misil el ex capitán “Vargas”, quien hasta fue separado de la zona del pabellón donde estaba recluido con sus cómplices, ya que en el verano pasado –hartos de sus exabruptos y comportamientos escatológicos–, gran parte de los cincuenta represores que allí conviven le dieron una paliza de la que debieron rescatarlo los guardias.

Vergez ya ha dado muestras de querer hablar. Un impulso que, en su momento, fue reprimido en pleno juicio por el mismísimo Menéndez, quien agitaba y levantaba su mano, desesperado, intentando acallarlo. Es que el ex capitán –sindicado como el ejecutor de la masacre de la familia de Mariano Pujadas, entre otras– se explayaba en esa audiencia tanto sobre cómo dormía o se caía de la cama Menéndez durante las noches; como se jactaba de conocer palmo a palmo el predio del campo de concentración de La Perla y hasta “quererla como a una hija”. Tanta fue su verborragia que la querellante Marité Sánchez le preguntó si también conocía la ubicación de las fosas donde arrojaban a los fusilados. Vergez, socarrón, le contestó: “No pretenderá que conteste eso, doctora…”. Toda una afirmación por la negativa.

 

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Diario Página 12. Jueves 18 de diciembre de 2014.

 

 

EL PAIS › BARREIRO VOLVIO A DECLARAR EN EL JUICIO POR CRIMENES EN LA PERLA

Las imprecisiones del Nabo

 

 

El represor Ernesto Barreiro habló otra vez ante el tribunal, pero no supo precisar dónde estarían las supuestas tumbas clandestinas. Dijo que otro represor lo sabía, pero éste lo contradijo. Un nuevo testimonio señaló a Barreiro como torturador.

Barreiro entregó la semana pasada una lista de desaparecidos y los lugares donde estarían sus cuerpos.

Barreiro entregó la semana pasada una lista de desaparecidos y los lugares donde estarían sus cuerpos.

Por Marta Platía

”El Nabo Barreiro fue quien sacó a Mario ‘El Dueño’ Salerno del Pozo de Arana, en La Plata, y quien lo trajo a Córdoba, a La Perla. Fue el Nabo el que estuvo en la cárcel; en el patio; en el Infierno (la Brigada de Lanús); en el traslado en avión y luego en La Perla, donde hay testimonios de compañeros, como Haidée Lampuñani y Teresa Meschiatti, de que a Salerno lo torturaron salvajemente. Tanto, que Haidée pensaba que Mario no había sobrevivido a la tortura. Lo fusilaron en un falso enfrentamiento en noviembre de 1976”, declaró la testigo Nilda Emma Eloy en la audiencia de ayer. “¿Y usted cómo supo que era Barreiro el que se lo llevó?”, le preguntó el presidente del Tribunal, el juez Jaime Díaz Gavier. “Porque Haidée, que sobrevivió, lo nombró todo el tiempo como El Nabo. El los sacó, los trasladó en el avión, los llevó a La Perla. Yo recién este año supe que se llamaba Ernesto. Siempre lo recordé como Nabo, porque así lo llamaban todos.”

Así, el segundo de los testimonios de ayer se sumó a los que reconocieron a Barreiro en su rol de represor y torturador durante la dictadura cívico-militar. Inmediatamente después, Barreiro y su “comisión” de cómplices, los represores Héctor “Palito” Romero, José “Quequeque” Herrera y Luis “Cogote de Violín” Manzanelli pidieron, a través de su abogado defensor, Osvaldo Viola, ampliar su declaración de la semana pasada, en la cual entregaron una lista de 19 desaparecidos y recorrieron los predios de La Perla, junto al Tribunal Oral Federal que los juzga por crímenes de lesa humanidad, para supuestamente señalar los lugares donde se habrían realizado los enterramientos clandestinos.

Pero esta vez el Nabo hizo sapo: ante su imprecisión para señalar unos hornos que, según dijo, “estaban a unos 50, 60 metros” de los hornos de cal de la Ochoa, donde el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) encontró restos humanos el 21 de octubre, los jueces le pidieron que si no era él, dijera quién de la “comisión” podría señalarlos. Barreiro no dudó y aseguró que Manzanelli lo haría. Ya parado ante la pantalla donde se podía ver la zona con Google Earth, tal como los imputados lo habían solicitado, Manzanelli se lavó las manos: “No, yo no puedo decir nada de nada de afuera. Yo sólo estaba adentro de La Perla. Afuera no puedo señalar nada”. El que sí se esforzó en ayudar a su jefe a salir del papelón fue Quequeque Herrera, el represor que oficia cuasi de secretario del Nabo: “Yo lo único que recuerdo es que tenían forma triangular. Que eran tres y no tenían la entrada así, de arco como ésos”, dijo, aludiendo a los hornos donde los antropólogos siguen recogiendo restos día tras día.

Así las cosas, el Tribunal dio por terminada la exposición y los mandó de regreso a la prisión de Bouwer. El juez Díaz Gavier, a la salida, adelantó que no harán “ninguna otra inspección ocular a La Perla hasta que no haya una mayor precisión en lo que señalan”. Informó que “un secretario acompañará al imputado José Herrera a la zona de Villa Ciudad de América, donde ellos insisten estaría enterrada la víctima número 19 de la lista, de la cual todavía no dieron el nombre”.

La querellante Adriana Gentile contó a Página/12 que “ya dijeron que se trataba de un nombre importante, ‘de un pez gordo’, y ahora Barreiro dijo que no dirán todavía quién es ni a los jueces, ‘para no herir susceptibilidades’”. Según trascendió, se trataría “de alguien importante”, algo que, sotto voce, se tradujo en “un sindicalista, un líder obrero” de renombre en Córdoba.

Por su parte, el fiscal Facundo Trotta apuntó que “según el informe que nos entregue el secretario que irá en comisión con el imputado Herrera a reconocer el terreno mañana temprano (por hoy) veremos si de inmediato o en los próximos días hacemos una inspección a la zona de Villa Ciudad de América como Tribunal”. El fiscal resaltó que “para nosotros sigue siendo positivo que quieran seguir hablando, salga lo que salga de esto. Ya en los lugares que señalaron, al menos en La Perla, el EAAF estaba trabajando y hallaron restos; pero lo inédito acá, lo que no hay que perder de vista, es que por primera vez desde que empezaron estos juicios, militares entregan una lista con 19 nombres de personas desaparecidas. Eso hasta el miércoles pasado no había ocurrido nunca”.

 

El abrazo con Menéndez

Puestos a leer las entrelíneas del abrazo que el ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, el multicondenado Luciano Benjamín Menéndez (de 87 años), le dio la semana pasada a Ernesto “Nabo” Barreiro apenas terminó de entregar la lista a los jueces, dos veteranos funcionarios judiciales que presenciaron la escena y están siguiendo de cerca el juicio coincidieron ante este diario: “¿Un abrazo de oso? Puede ser, pero no está claro, no cierra… Lo que sí está claro es que no se trató de una aceptación de parte del viejo. Menéndez hace tiempo que no está en la cárcel. Tiene prisión domiciliaria hace como un año y medio, así que él ya no decide por el resto, que son los que se bancan estar en Bouwer y todo lo que eso significa. Y ahí manda Barreiro. Cierra más algo así como ‘yo me voy a morir con las botas puestas y no hablo; y ustedes hagan lo que tengan que hacer’. Una especie de vía libre. De traspaso de mando, si se quiere. El Nabo tiene el poder ahora sobre los demás y las estrategias que usen”, argumentaron.

Si dio o no el visto bueno, no se sabe, pero de allí a que concuerde con el resto de la caterva parece existir un abismo de tiempo y perspectivas. Ayer, apenas Barreiro se paró para hablar (“ahora el centro soy yo, como le gusta poner al Página/12”, dijo, ironizando sobre su propia intención), el Cachorro Menéndez se levantó del banquillo y abandonó, lo más rápido que pudo, la sala donde el Nabo se disponía a seguir hablando. Desde los foros castrenses en Internet, no son pocos los militares que, de “traidor” para abajo, (des)calificaron a Barreiro y a sus cómplices. Un Barreiro que, en su afán de figuración, ha dado varias entrevistas y hasta ha llamado él mismo a los diarios desde la cárcel para lograr espacio en los medios. Mientras ante el Tribunal que lo juzga sostiene la lista de 19 desaparecidos, para la tribuna (¿y los candidatos de derecha?) repite la frase que pareció escalar el cénit de su cinismo: “En La Perla no murió nadie”.

 

 

-Enlace de la nota en el diario: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-262196-2014-12-18.html

 

 

 

 

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Página/12

 

Diario Página 12. Domingo 14 de diciembre de 2014.

 

 

EL PAIS › LOS TESTIMONIOS DEL HORROR DE LA TORTURA Y LOS ASESINATOS EN LA PERLA

Donde no murió nadie

Mientras forma una “comisión” de represores para tratar de moderar su situación legal señalando un lugar donde ya se encontraron cuerpos, Ernesto “el Nabo” Barreiro dijo lo increíble: que en La Perla “no murió nadie”.

Pero los testimonios son clarísimos sobre las horribles muertes que sufrieron los prisioneros de ese campo de concentración.

Los hornos de cal donde trabaja el Equipo Argentino de Antropología Forense y donde es “remover la tierra y encontrar huesos”.

Los hornos de cal donde trabaja el Equipo Argentino de Antropología Forense y donde es “remover la tierra y encontrar huesos”.

Por Marta Platía

Lo dijo Ernesto “el Nabo” Barreiro: “En La Perla no murió nadie”. Fue apenas un día después de entregar sin que nadie se lo pidiera una lista con 19 nombres de desaparecidos al Tribunal Oral Federal No 1, que lo juzga por crímenes de lesa humanidad, y de señalar los supuestos lugares donde los enterraron. “No murió nadie”, dijo, y en los oídos de cientos de víctimas –sobrevivientes, familiares y amigos de los desaparecidos– retumbaron los nombres de los suyos. De los que nunca volvieron. de los muertos.

Por ejemplo, el del albañil de Unquillo Luis Faustino “el Negro” Honores, que agonizó en plena cuadra de ese campo de concentración en brazos de otro prisionero, Eduardo Porta, que lo cuidó como pudo luego de una fatal mezcla de palos y picana. Era una técnica que practicaba con esmero y delectación Elpidio “Texas” Tejeda, un feroz torturador adiestrado, como Barreiro, en la Escuela de las Américas de Fort Gulik, Panamá. “Este cóctel inutiliza el sistema renal y hace que no puedas orinar, te sale como pasta dental, y sentís la muerte, hasta que finalmente te morís”, describió, entre espasmos de dolor y llanto, el sobreviviente Andrés Remondegui quien, gracias a su “juventud y cuerpo de deportista”, logró escapar a ese final que también mató al doctor Eduardo “Tero” Valverde. El abogado había sido funcionario del gobierno constitucional de Ricardo Obregón Cano. Su esposa María Elena Mercado nunca dejó de buscarlo. El día del golpe, Valverde se presentó “de inmediato” en el Hospital Aeronáutico de la Avenida Colón cuando supo que lo habían reclamado. No tenía nada que ocultar, le había dicho a un colega. “Lo mataron en La Perla en pocas horas”, atestiguó Graciela Olivella. Donde Barreiro dice que no murió nadie.

En esa misma cuadra, en diciembre de 1976, María Luz Mujica de Ruartes volvió a su niñez en una de las agonías más espeluznantes que relataron los sobrevivientes Cecilia Suzzara, Graciela Geuna, Piero Di Monte y Susana Sastre. “Estaba destruida y muy hinchada. Ella en su mente volvió a su niñez y pedía por su mamá. Nos turnábamos para hacer de madre, para acariciarla, acunarla o darla vuelta para que no sufriera tanto. La habían reventado en la tortura. La sacaron medio muerta y nunca más la vimos.” El médico Enrique Fernández Samar, de Buenos Aires, que había sido secuestrado con ella, murió poco después y por el mismo atroz, sistemático tormento.

Teresa “Tina” Meschiatti, una de las sobrevivientes cuyo testimonio es de los que se consideran más completos, ya que fue secuestrada en septiembre de 1976 y la liberaron casi a finales del ’78, fue picaneada en todo el cuerpo, pero especialmente en su zona genital. Le quemaron la vagina y las piernas “dándole máquina”, al punto de que cuando declaró en juicio contó y mostró que le quedaban marcas en las pantorrillas a más de 37 años de la tortura. “Tenía olor a podrido, a carne quemada. No me podía mover. Estaba hinchada y casi no podía respirar, y no sabía que era yo la que despedía ese hedor… En un momento ya no tenía voluntad de vivir.”

Piero Di Monte a su turno, repitió: “¡No es uno el que grita en la tortura, es el cuerpo! ¡Uno ya no puede controlarlo!”. Y señaló directamente a Barreiro como uno de los que lo picanearon a él y a su mujer, Graciela, embarazada de cinco meses en una parrilla en “la terapia intensiva”, como también llamaban los represores a la sala de torturas. Así o “la margarita”, por la forma de la punta de la picana. “Pensé que me moría, que no podría resistir cuando lo vi a Barreiro ir con la picana en la mano a torturar a mi esposa.” ¿Se le notaba el embarazo?, preguntó el fiscal. “Sí, tenía una pancita de cinco meses y un vestido con flores…”.

Di Monte, que se salvó de la muerte por su doble nacionalidad ítalo-argentina –un general con ansias de ser diplomático en Italia decidió atender el pedido de la embajada de ese país–, fue quien dio fe de la insistencia nacionalista de Barreiro en cuanto a los métodos de tortura utilizados: “Decía que no eran ni de los norteamericanos (la Escuela de las Américas, donde él había estudiado); ni de la Doctrina Francesa (de Roger Trinquier, que llegó al país de la mano del brigadier Alcides Aufranc, ya en 1959, al edificio Cóndor). Según él, acá se usaba un método criollo que él mismo había ideado. Barreiro nos puede dar cátedra de tortura. Es un experto en eso”, afirmó. En su banquillo, el represor sonreía y negaba con la cabeza.

Otra víctima que recordó “perfectamente” la cara de Barreiro durante sus tormentos fue Jorge De Breuil. “En el Campo de La Ribera, Barreiro me apaleó, y cuando estaba en el piso, me levantó la venda y me dijo en la cara ‘¿te gustó la orgía de sangre que hicimos con tu hermano?’.” La frase-tortura se refería al fusilamiento en un simulacro de fuga de Gustavo, su hermano menor de sólo 20 años. Una ejecución en la que también mataron a Higinio Toranzo y al abogado Miguel Hugo Vaca Narvaja, de 35 (el padre del actual juez federal No 3 de Córdoba, homónimo de su padre y de su abuelo, también asesinado).

Una mujer destrozada

La brutal matanza de la joven madre Herminia Falik de Vergara, a quien la patota había atrapado en la parada de un ómnibus el mediodía del 24 de diciembre de 1976, y torturaron “de apuro, ya que querían ir a brindar con sus familiares en la Nochebuena”, es una de las heridas más profundas en los recuerdos de quienes lograron salir con vida del campo de concentración. Liliana Callizo no sólo contó en la sala al Tribunal lo que les vio hacer a Barreiro y a sus cómplices, sino que en una inspección ocular en La Perla señaló cada paso del recorrido “a la rastra y de la mano, por el que el Nabo me llevó a la Margarita”. Callizo señaló en la puerta de la sala de tortura –un cuarto pequeño, asfixiante, de techo muy bajo– donde la ubicaron cuando Barreiro le quitó la venda para que viera cómo masacraban a Falik de Vergara. Destacó las mangas “arremangadas” de la camisa del Nabo, su “transpiración” por el trabajo de matar. Y cómo el torturador y ahora miembro de la flamante “comisión” de reos que preside Barreiro, Luis Manzanelli, “con una picana en cada mano se había sentado en la cabecera de la parrilla” –el elástico de cama donde tenían atada desnuda a la víctima– para darle electricidad entre todos y matarla más rápido.

Callizo contó horrorizada que el cuerpo de la chica “se arqueaba y le salían chispas” porque además de las descargas eléctricas, le echaban baldazos de agua. Y que Herminia, a pesar de lo atroz del tormento, no les dijo nada. “Le preguntaban por el marido, dónde estaban sus hijas, y ella sólo gritó mis hijas no, mis hijas no.” Cuando la creyeron muerta, se fueron. La prisionera Servanda “Tita” Buitrago –una enfermera de cuarenta y pico de años a quien habían puesto a servir la comida a los demás cautivos– fue quien la vio morir. “Cuando entré más tarde, todavía estaba atada y viva, pobrecita… Le acaricié la frente y ella me dijo ‘gracias’. Y eso fue lo último antes de morirse… Tan chiquita y agradecida ¡y mirá lo que le habían hecho estos asesinos!”, se condolió casi cuarenta años después en su testimonio por videoconferencia desde el Chaco. “¡Todos torturaban, todos mataban, todos violaban! ¡Era lo único que sabían hacer estos desgraciados!”, acusó la mujer ahora de 86 años. Entre los imputados, hubo alguno que hasta bajó la cabeza ante los insultos. Fue el caso de Exequiel “Rulo” Acosta, quien acostumbraba contarle sus “cuitas” a Tita, la prisionera a la que muchos llaman “la mamá” de La Perla.

Huesitos y batitas

Otro que no se privó de insultarlos fue el arriero José Julián Solanille. “Sinvergüenzas, hijos de mala madre”, los descalificó una y otra vez el único testigo que afirmó haber visto con sus propios ojos a Luciano Benjamín Menéndez “al frente de un pelotón de fusilamiento” que asesinó, al borde de una gigantesca fosa común, a un centenar de jóvenes “atados de pies y manos”. Solanille era empleado del dueño de un campo cercano a La Perla y atravesaba la zona cuidando animales. “Eran todos asesinos, torturadores”, aseguró el hombre que dijo haber contado “más de 200 pozos” de enterramientos clandestinos en el predio de La Perla.

En su testimonio también recordó cuando escuchó por primera vez el apodo de Barreiro. “Fue por boca de la mujer de un paracaidista de apellido Baigorria. Me acuerdo de que el marido tenía un Chevy amarillo. Venían, y este señor dejaba a la señora, que era muy linda, en mi casa. Una vez ella salió al campo con un termo y estaba cerquita de la cárcel (así llamó todo el tiempo al edificio donde se torturaba). Se sentían gritos. Se escuchaban muchos gritos de chicas… Entonces los dos vimos pasar a Barreiro como a unos ocho metros. Ella me dijo entonces ‘ahí va el Nabo. Vas a ver cómo se va a acabar el griterío de las putas esas’.” En la audiencia, Barreiro se rió echando la cabeza atrás como si hubiese escuchado el mejor de los chistes. Pero su mano izquierda lo traicionó: le temblaba hiperkinética, sin parar, sobre la rodilla. El hombre dijo haber escuchado tiros y luego el silencio, como le anunció la mujer.

En La Perla, “donde no murió nadie”, el arriero vio arrojar “los cuerpos de dos chicas desde un helicóptero el 3 de mayo de 1976”. Y en su propia casa, a unos 500 metros del campo de tortura, sintió “el olor a carne quemada de los pozos donde tiraban a la gente. El humo con ese olor espantoso se vino para mi casa. Era insoportable. Mi mujer y mis hijos se quejaban. Era horrible”. En su relato también recordó cuando una perrita que tenía comenzó a llevar a la cucha “huesos chiquitos, cabecitas muy chiquitas…”. Y ahí fue cuando el enorme hombre que es todavía don Solanille, se quebró. Se cubrió los ojos con una de sus manos y sollozó: “Perdónenme Abuelas, pero la perrita traía manitos, bracitos, batitas celestes y rosas…”

–¿Y cómo sabe usted que eran huesos de seres humanos y no de animales? –preguntó el juez Jaime Díaz Gavier.

–Porque soy hombre de campo, señor –respondió con firmeza–. Y sé distinguir cuando son huesos de animal o de cristianos. Y éstos eran de cristianos.

Uno de los tres cómplices de Barreiro en la “comisión para colaborar con la investigación” en este juicio, es Luis “Cogote de violín” Manzanelli. También con veleidades de profesor de historia, como su jefe, varios sobrevivientes lo señalaron como un tipo “que parecía tranquilo y de repente era una máquina de torturar”. Un gendarme llegado desde Orán para testificar, Carlos Beltrán, detalló una escena que sucedió en los descampados de La Perla. “Manzanelli, el del ‘cogote torcido’, me ordenó que le dispara a una pareja. Yo me negué. Le dije que entré a Gendarmería a cuidar las fronteras de mi patria, no a matar gente”. Según Beltrán, enloquecido por la ira, el propio Manzanelli los mató. “Les dio un tiro a cada uno. Primero al muchacho, al que le habían hecho cavar el pozo, y después a la chica que estaba embarazada y tenía una panza como de ocho meses. Fue horrible porque ella volvió a levantarse y él la remató a tiros”, describió espantado. Luego contó cómo los rociaron “con nafta, los quemaron y los taparon con tierra” en la oscuridad de los campos que rodean a La Perla. El muchacho fue echado de la Gendarmería por negarse a cumplir la orden.

El otro integrante, Héctor “Palito” Romero, se hizo “famoso” entre la caterva por su uso del “amansalocos”, como le llamaban al palo que usaba para torturar. Cecilia Suzzara contó cómo “torturó a David Colman en la primera oficina de La Perla. Las paredes –que luego debían limpiar los prisioneros utilizados como mano de obra esclava para todo servicio– quedaron manchadas con su sangre”.

De José Hugo “Quequeque” Herrera, hay –como de casi todos ellos– decenas de crímenes y perversiones que los incriminan. Pero en su caso se destaca el perfil de violador consuetudinario. Liliana Callizo, que fue una de sus víctimas, lo reconoció y señaló sin “ninguna duda” ante el Tribunal.

Los detalles de crímenes y vejámenes que cometieron –y de los que no se arrepienten– laceran lo esencial de la especie humana, y en los dos años que lleva este juicio se han escuchado ya 430 testimonios en 197 audiencias.

En los predios La Perla el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) encontró restos óseos humanos el 21 de octubre pasado. Y siguen encontrando restos. La integrante del equipo Anahí Ginarte le dijo a Página/12 que “es zarandear tierra de los hornos (de cal de la estancia La Ochoa, donde descansaba Menéndez los fines de semana) y encontrar huesos”.

 

 

-Enlace de la nota en el diario: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-261944-2014-12-14.html

 

 

 

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Diario Página 12. Jueves 11 de diciembre de 2014.

 

EL PAIS › BARREIRO NEGO TORTURAS Y ASESINATOS EN LA PERLA

 

 

El cinismo del represor

 

Tras entregar una lista de desaparecidos y sitios donde estarían enterrados, Barreiro dijo por radio que no hubo crímenes en La Perla. El fiscal recordó que hay muchas pruebas sobre los delitos.

“Yo no cambié nunca, sigo siendo el mismo”, alardeó en una entrevista con medios de Córdoba. Imagen: Télam

“Yo no cambié nunca, sigo siendo el mismo”, alardeó en una entrevista con medios de Córdoba.
Imagen: Télam

Por Marta Platía

“En La Perla no murió nadie”, dijo Ernesto “el Nabo” Barreiro ayer sin que le temblara la voz, ni admitiera contradicción alguna con lo que había hecho apenas 24 horas antes: entregar por propia voluntad al Tribunal Oral Federal Nº 1 un listado de nombres de desaparecidos, además de ir junto con los jueces a señalar los sitios en que habrían sido enterrados clandestinamente. Una muestra más del cinismo del represor, que parece disfrutar de la perversidad de sus propios dichos.

“Yo no cambié nunca, sigo siendo el mismo”, alardeó en una entrevista con Radio Mitre Córdoba. Cuando se le recordó que hay testigos que salieron con vida y contaron haberlo visto en la sala de torturas, Barreiro hizo lo que él y los demás imputados vienen haciendo a lo largo de los dos años que lleva el megajuicio La Perla-Campo de La Ribera: descalificó a los sobrevivientes como “colaboradores a sueldo” y desestimó sus denuncias y padecimientos. “No, el destacamento de Inteligencia no fusiló ni enterró absolutamente a nadie”, repitió, y afirmó que no participó ni en asesinatos ni en torturas.

Este es el Barreiro que se ve en cada audiencia en el juicio. Sacando provecho de su propia situación de imputado, ayer dijo que iba a hablar “dentro de lo que se puede, ya que estoy en juicio”. Así, con su derecho a no autoincriminarse, dijo de lo más fresco que no hubo torturas y que nadie murió en La Perla, y enlodó el nombre de varias de sus víctimas.

El debate ayer en esta provincia era, luego de estas aseveraciones, si en realidad hubo un quiebre en el pacto de silencio o el Nabo se había arrepentido de abrir la boca y seguía encubriendo. ¿A qué Barreiro creerle, al que negó que haya habido asesinatos en La Perla o al que se paró frente a los jueces y entregó un listado de nombres de desaparecidos que nadie le pidió? Ese es el punto con este acusado: es un ex jefe de Inteligencia que sigue ejerciendo su propia lógica desde la prisión, y en medio de un proceso judicial que lo acusa por delitos de lesa humanidad.

“Nosotros sabemos que él puede mentir –le dijo el fiscal Facundo Trotta a Página/12–. Tiene derecho a hacerlo para defenderse. Lo que tenemos que valorar es si en lo que él dice hay o no algo de verdad. Tenemos que investigar aun cuando supongamos que tal vez mienta. Hay cientos de familias que todavía buscan los restos de sus seres queridos y por ellos tenemos que agotar todos los recursos posibles. Lo que aquí es real es que es la primera vez en todos estos juicios que un militar se para voluntariamente frente a un tribunal y ofrece colaborar. Eso es inédito. No ha sucedido antes. Si miente o no, se verá. Pero acá hubo un quiebre en la línea que se venía dando entre los imputados por delitos de lesa humanidad.” El fiscal precisó que el miércoles se habló de una lista con “25 nombres, pero en total son 19 las identidades que nos dieron”.

–¿Cómo vio usted a Barreiro en la inspección de los lugares donde dijo que estaban los restos?

–Con imprecisiones, como a los otros tres imputados que conforman esta “comisión” (los represores José Hugo Herrera, Héctor Romero y Luis Manzanelli), pero seguiremos la próxima semana con lo que ellos nos señalen. Queda una locación, cerca de Villa Ciudad de América, donde dijeron que hay otro cuerpo enterrado.

–Por radio dijo que no hubo tortura ni muertos en La Perla…

–Puede decir lo que quiera, pero lo concreto aquí son las pruebas y lo que diga ante el tribunal. Y las pruebas que hay son muchísimas. Los testigos han declarado con mucho detalle acerca de todos ellos (los imputados) y sobre las personas que murieron a causa de los tormentos. Si es cierto que quiere colaborar, que señale fehacientemente dónde están los restos de los de-saparecidos. Eso no quita todo lo que se le imputa y existe en la causa.

En este juicio se han escuchado ya 430 testimonios en 197 audiencias. En muchas de ellas, la figura del Nabo Barreiro en su rol de torturador surgió con seguridad de boca de los sobrevivientes. Por ejemplo, Liliana Callizo recordó cómo, el 24 de diciembre de 1976, Barreiro la llevó hasta la sala de tortura para que presenciara cómo entre él, su cómplice Manzanelli y cinco represores más “tenían a una chica de piel muy blanca y pelo oscuro, desnuda, en la parrilla (el elástico de cama que usaban para atar los cuerpos de las víctimas). La torturaban entre todos. Me sacaron la venda para que viera. Así que vi al Nabo que estaba todo transpirado con la camisa arremangada hasta los codos, y a Manzanelli, que estaba sentado en la cabecera de la cama y tenía una picana en cada mano. El cuerpo de la chica se arqueaba y le salían chispas, porque le daban con toda la electricidad y le tiraban baldazos de agua para que muriera más rápido. Era espantoso”. La víctima, que falleció producto de las torturas, era Herminia Falik de Vergara.

 

 

-Enlace de la nota en el diario: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-261818-2014-12-12.html

 

 

 

 

 

 

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Página/12

Diario Página 12. Jueves 11 de diciembre de 2014.

 

EL PAIS › NOTA DE TAPA

UNA GRIETA EN EL MURO DEL SILENCIO

 

Por Marta Platía

 El torturador y líder carapintada Ernesto Barreiro entregó al tribunal que juzga los crímenes cometidos en La Perla una lista de 25 víctimas y el lugar donde estarían sus restos. Se trata de los “hornos de La Ochoa”, la estancia de Menéndez en el mismo campo de concentración, donde ya estaba trabajando el Equipo de Antropología Forense.

 

 

 

EL PAIS › EN LA MEGACAUSA LA PERLA, ERNESTO BARREIRO SEÑALO SUPUESTOS SITIOS DONDE SE ENTERRO A DESAPARECIDOS

La lista y los lugares que marcó el represor

 

 

El ex carapintada Barreiro dio a conocer 25 nombres de víctimas que habrían sido sepultadas en los hornos de La Ochoa, la estancia de Luciano Menéndez, donde ya se habían hallado restos humanos. La fiscalía pidió cautela hasta que se corroboren sus dichos.

El Equipo Argentino de Antropologìa Forense (EAAF) ya estaba trabajando en uno de los lugares señalados por el represor.

El Equipo Argentino de Antropologìa Forense (EAAF) ya estaba trabajando en uno de los lugares señalados por el represor.

 

 

Por Marta Platía

Se lo veía venir, pero nadie esperaba que fuese antes de que su jefe, Luciano Benjamín Menéndez, de 87 años, muriera: el represor Ernesto “el Nabo” Barreiro pareció romper ayer el pacto de silencio que sellaron los sicarios del terrorismo de Estado durante la última dictadura. Fue durante la audiencia 196 del megajuicio La Perla-Campo de la Ribera, y eligió nada menos que el Día de los Derechos Humanos para abrir la boca. No fue casual. Nada en él lo es. A través de su abogado defensor, pidió que fuese sin periodistas ni público en la sala.

Sediento de un protagonismo que ha exhibido cada vez que pudo ampliar su declaración –de hecho, son cuasi clases de historia teñidas por su propia visión–, el ex carapintada dio ayer una lista de 25 nombres de desaparecidos supuestamente sepultados en y detrás de los hornos de La Ochoa, la estancia de Menéndez dentro de los predios del campo de concentración de La Perla, donde el último 21 de octubre los antropólogos del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) encontraron restos óseos humanos que, se presume, habrían sido inhumados allí.

Barreiro dijo encabezar una “comisión” de imputados de la que también son parte los represores Luis “Cogote de Violín” Manzanelli, José Hugo “Quequeque” Herrera y Héctor “Palito” Romero. Un grupo de torturadores que decidió –en el pabellón MD2 de la prisión de Bouwer, donde están recluidos 50 de los 51 acusados en este juicio– “colaborar en la investigación de la causa, para paliar el dolor de las familias de las víctimas”.

Según detalló el fiscal Facundo Trotta a Página/12, “Barreiro dijo que hay veinte (desaparecidos) en el horno de La Ochoa –donde se descubrieron los restos óseos–; cuatro más en un horno cercano a La Ochoa, y una víctima más, ‘de nombre importante’, enterrada cerca de Villa Ciudad de América (al sur de esta capital, cerca de Alta Gracia). Se trata de unos 25 nombres entre los 400 desaparecidos que implica esta causa. Debemos ser cautelosos, ya que no podremos saber si esto que revelan es verdad o no, hasta tanto se hagan los hallazgos correspondientes y las pruebas de ADN”. Luego de la declaración de Barreiro, los jueces dispusieron la realización de una “inspección ocular” en los lugares señalados por el represor.

A la salida de la audiencia a puertas cerradas –pedido por nota por el defensor de los imputados, Osvaldo Viola–, el presidente del Tribunal Oral Federal Nº 1, Jaime Díaz Gavier, evaluó: “Esto es altamente significativo. Creo que es un cambio de actitud, ya que es la primera vez en que, en los juicios de este país, los imputados han expresado su voluntad de colaborar”. Según el juez, no lo “sorprendió” lo sucedido, ya que lo leyó como “una consecuencia muy interesante de lo que este tribunal ha hecho desde 2008: que se tome conciencia de que es una necesidad histórica y social de la sociedad argentina y de los familiares de las víctimas cerrar esta etapa, y el único modo de hacerlo es decir dónde están los cuerpos de las personas desaparecidas”. Díaz Gavier siguió: “Me parece que es el comienzo de una actitud distinta. Que en este juicio y otros que se hacen en el país, los imputados tomen conciencia de que hay que cerrar ese período trágico de nuestra historia y no hay mejor manera de que se cierre que decirles a los familiares de las víctimas dónde están los restos de sus seres queridos”.

Tanto Díaz Gavier como Trotta resaltaron que Barreiro repitió varias veces que los represores que hablaron lo hicieron “en términos de una voluntad animada por un espíritu de caridad y tratar de paliar el dolor de los familiares”; aunque teniendo en cuenta su trayectoria de torturadores y desaparecedores –ya atestiguaron más de 430 personas desde que comenzó este juicio, el 4 de diciembre de 2012– no se descarta que vayan a pedir algo a cambio. En ese sentido, el juez afirmó que “no hubo pedido de conmutación de penas, ni podría haberlo. Pero, sí, la ley prevé la reducción de penas para personas acusadas de un delito si contribuyen al esclarecimiento de los hechos juzgados. Llegado el momento, se valorará si las pruebas aportadas son tales y tienen entidad”.

Uno de los defensores de oficio de los imputados, Carlos Casas Nóblega, opinó que “esta bisagra en el juicio ocurrió porque los propios imputados se conmueven y tienen sensibilidad por lo que escuchan. Ellos tienen la facultad de conmoverse. Esto es un trabajo que estuvieron haciendo ellos mismos”. En diálogo con Radio Universidad, el abogado hasta leyó la lista con los nombres de (18 de) los 25 desaparecidos que entregó Barreiro; una infidencia que puso a varias familias en estado de zozobra. Una angustia que desde el tribunal no se quería ocasionar, y por lo cual se había pedido reserva hasta constatar lo dicho por los imputados y no dar falsas expectativas a los familiares.

Llegado el final de la audiencia, un testigo contó una escena que, hasta ayer, nadie podía imaginar: “Menéndez lo abrazó a Barreiro por más de medio minuto y hasta se los vio emocionados”. Un gesto que sorprendió, ya que se sabe de la puja que existía entre ellos. El ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército se ha negado siempre a dar ningún tipo de dato y ha impulsado el cumplimiento del pacto de sangre y silencio; en tanto que el Nabo Barreiro, en su verborragia, ha manifestado, en entrevistas concedidas al periodista español Vicente Romero, que él era partidario de hablar (ver aparte).

La pregunta del millón ayer en tribunales era qué se proponen Barreiro y sus otros tres cómplices al hacer este tipo de revelaciones en esta instancia del juicio.

Silvia Di Toffino, la titular de HIJOS Córdoba, le dijo a este diario: “Lo nuevo es que se entregó un listado, que se visitó con ellos los hornos donde está trabajando el EAAF, pero no dieron datos nuevos. Creemos que ellos usaron este día, 10 de diciembre, para no aportar nada más y generar este movimiento. Estamos convencidos de que no se rompió ningún pacto de silencio. Son nombres de personas que han sido secuestradas por ellos”.

–¿Piensan que tal vez se trata de abrir el paraguas antes de que se encuentren esos nombres en los hornos en los que trabajan los antropólogos?

–A eso no lo evaluamos, pero creemos que el tiro de ellos hoy fue generar una tensión, una gran incertidumbre en los familiares. Nosotros creemos que es una nueva jugada de un personaje como éste, que fue jefe de torturadores e interrogadores, y cuando Menéndez lo abrazó, no creemos que se trate del rompimiento de un pacto de sangre.

Por su parte, el querellante Claudio Orosz afirmó que “hay que ser muy cautos, ya que Barreiro puede mentir en la declaración indagatoria, por lo que hay que esperar hasta que se confirmen sus dichos”.

El fiscal Trotta, al final de la jornada, resaltó que si bien “hubo quiebre en el pacto de silencio, de la inspección ocular no surgió nada nuevo, salvo un par de lugares más que se agregaron durante la recorrida y van a ser investigados”.

Sean ciertos o no los nombres y datos que entregó Barreiro, lo concreto es que ayer acaparó la escena, lo cual era, de hecho, su objetivo. Un funcionario judicial presente en la sala detalló a este diario que, apenas tomó la palabra ante el tribunal, sonrió satisfecho y dijo: “Ahora yo voy a ocupar el centro”.

 

-Enlace de la nota en el diario:http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-261723-2014-12-11.html

 

EL PAIS › MIGUEL CEBALLOS, QUERELLANTE EN LOS JUICIOS

 

“Están reconociendo los asesinatos”

 

Por Marta Platía

 

“Yo creo que sea lo que sea lo que surja de esto, es muy bueno. Ellos están buscando algo, alguna estrategia tienen. No subestimo para nada a (Ernesto) Barreiro y obviamente que cuenta con un arreglo con (Luciano Benjamín) Menéndez. Lo que yo veo es que buscan tal vez una reducción de pena a partir del hecho de que, como imputado, podés pedir una reducción de pena porque colaborás para descubrir la verdad de los hechos”, dijo Miguel Ceballos, querellante en los juicios por delitos de lesa humanidad.

Miguel es hijo de Miguel Angel Ceballos, asesinado el 11 de octubre de 1976 en un simulacro de fuga. Su padre fue de los 31 presos políticos fusilados en la UP1, por los cuales Videla y Menéndez fueron condenados en 2010.

“Creo que ellos ven que el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), a través de una fuente de información buena, está buscando y está descubriendo, y ellos saben que es una cuestión de tiempo y van a tratar de sacar algún provecho –agregó Ceballos–. Es decir: antes de que quede todo revelado, salen a dar nombres para sacar provecho. No creo que sea una cuestión de arrepentimiento ni nada, sino una cuestión de estrategia. Eso, claramente. Creo que es una cuestión de Inteligencia.”

“El EAAF ha dejado de buscar una aguja en un pajar y ya ha encontrado algo. Y ellos quieren sacar beneficios. Si no lo pueden parar, les quieren sacar ventajas a los hechos –siguió–. Más allá de que sea cierto o no lo que dijo Barreiro, en los nombres que dio se encierra el reconocimiento del hecho: el asesinato y ocultamiento a los fines de evadir las responsabilidades que pudiesen surgir. Esto no pasó nunca en ninguno de los juicios.”

 

-Enlace de la nota en el diario: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/261723-70758-2014-12-11.html

 

 

EL PAIS › ERNESTO “EL NABO” BARREIRO, JEFE DE LOS REPRESORES DE LA PERLA

 

Todo un experto en torturas

 

En las audiencias suele mostrarse displicente y sarcástico. Dice que fue “entrenado para matar” y en los centros clandestinos se ufanaba de usar un “método criollo” para atormentar a sus víctimas. Participó del alzamiento carapintada en 1987.

A los 67 años, Barreiro es con Vergez y Menéndez uno de los principales acusados del juicio. Imagen: Télam

A los 67 años, Barreiro es con Vergez y Menéndez uno de los principales acusados del juicio.
Imagen: Télam

Por Marta Platía.

Histriónico, ególatra, capaz de reírse casi a carcajadas ante el desmayo de una testigo (tal el caso de una de las tres hermanas Gabaldá-Mogilner, que se descompuso y no pudo declarar), Ernesto “El Nabo” Barreiro, de 67 años, ayer le robó el protagonismo al propio jefe de los represores, Luciano Benjamín Menéndez.

De actitud displicente y sarcástica, este hombre de pelo rubio y ojos claros de los que se ufana ante los fotógrafos (“¿no soy el más lindo?”, le espeta cada vez que puede a una periodista que cubre las audiencias), contempla el juicio como si no tuviera nada que ver. Mientras se escarba las uñas en sesión continuada, escucha a los testigos y da indicaciones a su abogado defensor, Osvaldo Viola, quien parece cuasi cooptado por el encanto de su cliente.

Atildado, siempre elegante y con tono cínico en las oportunidades en que se le da la palabra, Barreiro ha dejado en claro que es “un peronista (de derecha) de la primera hora”, y que ha sido “entrenado para matar, como los militares de todo el mundo”. En sus alocuciones dentro de la sala, casi siempre se vale de pantallas tipo Power Point, punteros para señalar mapas y estrategias de combate, y hasta intenta dar clases de historia.

Su talón de Aquiles, hasta ahora, ha sido el nombre de una de sus prisioneras, Graciela Doldan. En una de sus declaraciones, y para “defenderse” de lo que atestiguaron sobrevivientes de La Perla, acerca de que él le había prometido a la joven matarla sin vendaje en los ojos y hacerlo él mismo, llegó a admitir “los sentimientos” que profesaba hacia ella.

Graciela era militante y había sido compañera de Sabino Navarro, uno de los fundadores de Montoneros; y al Nabo hasta le temblaron los labios cuando recordó que, tumbado en la colchoneta de la cautiva, “solíamos tener largas charlas sobre peronismo”. Rojo como un tomate, y con la voz en un hilo, afirmó que “seguro que en otras circunstancias habríamos tenido una relación, ya que ella era sumamente inteligente”. De allí que la suficiencia de su sonrisa se desintegra apenas algún testigo recuerda que Doldan, cuando se la llevaban al muere, le dejó un mensaje: “Me van a matar y el Gringo no vino. Díganle que es un cagón”.

En los campos de exterminio se vanagloriaba de no usar la Doctrina Francesa de Roger Trinquier para combatir las guerrillas, sino un “método criollo” de tortura. Uno que él mismo habría generado y que, según explicó una vez a un “muerto vivo”, como les decían a los prisioneros en los campos de concentración, comenzaba con mantener tabicadas a las personas para que no supieran dónde ni con quiénes estaban. Uno de los sobrevivientes de La Perla, Piero Di Monte, dio cuenta de esa preocupación del Nabo, y afirmó ante el tribunal: “Barreiro nos podría dar cátedra de tortura. Es todo un experto en eso”.

Ernesto “El Nabo” Barreiro es uno de los pocos imputados del megajuicio por La Perla que todavía no tienen condena. Fue extraditado de los Estados Unidos en 2007, cuando las autoridades argentinas reclamaron su deportación y los agentes de migraciones norteamericanos lo encontraron en The Plains, un pueblo a 80 kilómetros al oeste de Washington, en el que se había asentado desde 2004 junto a su mujer. Allí tenía un negocio de artesanías en cuero y vendía vinos. Conocido en los campos de concentración de la dictadura como el Gringo o el Nabo, junto a Héctor Pedro Vergez y el propio Luciano Benjamín Menéndez, es uno de los principales acusados de este juicio.

En 1987, Barreiro integró el grupo de carapintadas que se sublevó en la Semana Santa contra el gobierno del presidente Raúl Alfonsín. Con la sanción de las leyes de obediencia debida y punto final, disfrutó de años de impunidad.

En La Perla, el Campo de la Ribera y en el Batallón 141 fue jefe de interrogadores, pero según los testimonios no se privó de secuestrar, torturar, violar, matar y desaparecer a cientos de personas. Junto con Vergez y Menéndez fue uno de los creadores del Comando Libertadores de América (CLA), la versión cordobesa de la Triple A.

Hace un año, ante el periodista español Vicente Romero que lo entrevistó en Bouwer, la cárcel de máxima seguridad donde está alojado, Barreiro ya dio señales de querer hablar. De acuerdo con la desgrabación de ese diálogo, el represor dijo: “Yo soy de los que más le insiste a él (por Menéndez) para que por favor hable, cada vez que he tenido oportunidad de decírselo se lo he dicho, cuando estamos ahí en lo poco que podemos conversar durante el juicio se lo he digo (…) No creo que ganemos nada con tapar el sol con la mano, pero tampoco me pidas a mí, que era un oscuro teniente primero, que me haga cargo de decir un montón de cosas que no me corresponden decir por ahora, por ahora, porque también estoy evaluando la conducta de mis superiores (…) Tenés que tener presente que mi cadena de mandos en el año 2013 está destrozada porque se han muerto todos, si se muere Menéndez, si se llega a morir Menéndez…”.

Por lo que ayer se vio, no pudo esperar la muerte de su jefe para asumir el liderazgo. Su pulsión megalómana, sus evidentes ganas de aparecer en los libros de historia, más los años de cárcel parecen haberle ganado la partida al marcial mandato de subordinación.

 

 

– Enlace nota en el diario: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/261723-70759-2014-12-11.html

 

 

 

 

 

 

 

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Diario Página 12. Domingo 9 de noviembre de 2014.

EL PAIS › SE INCORPORO EL CASO MACKENTOR EN EL MEGAJUICIO LA PERLA

 

 

“El Papel Prensa cordobés”

 

Trabajadores y directivos de la empresa constructora –en total 23 personas– fueron secuestrados y torturados en abril de 1977. La firma fue intervenida por los militares.

El represor Luciano Benjamín Menéndez

El represor Luciano Benjamín Menéndez

 

Por Marta Platía. 

José Miguel Coggiola era un empleado de la empresa Mackentor cuando la mañana del 25 de abril de 1977, al abrir la puerta de su oficina, en Montevideo y Lavalle, lo tomaron por la espalda “y me pusieron un revólver en la nuca”. Así, encañonado, lo obligaron a esperar a sus compañeros. Ahora, con 74 años, este hombre todavía no puede creer lo que les sucedió: “Nos vendaron a todos y nos llevaron a la Federal, ahí en la calle Moreno. Al otro día nos subieron a un avión y nos trajeron a Córdoba, al campo de La Ribera. Estuvimos como tres meses”.

 

Así arrancó la pesadilla para todos los trabajadores y directivos de esta empresa constructora –en total 23 personas secuestradas, torturadas y cautivas– que tenía oficinas, depósitos, plantas y obradores en Córdoba, Buenos Aires, Santiago del Estero y San Juan; y la principal particularidad de Mackentor –entre otras– era que su dueño, Natalio “Talo” Kejner, había concebido un sistema propio para desarrollarla: él tenía el 51 por ciento de las acciones, en tanto que todos los que trabajaban eran propietarios del 49 restante. Eso, creía Kejner, motivaba a que todos hicieran sus labores con más empeño, ya que cada uno estaba haciendo crecer su propio patrimonio. Una idea subversiva para la dictadura. La otra, y más importante, era que la empresa gozaba de prosperidad: el monto de sus negocios era de varios millones de dólares y participaba en las licitaciones de las obras públicas de mayor envergadura del país. De hecho, estaban construyendo un gasoducto que uniría las ciudades de San Francisco y Villa María, en Córdoba.

 

El represor Luciano Benjamín Menéndez la tenía en su mira. Con la falaz acusación de que “colaboraban con la guerrilla” –algo que nunca pudieron confirmar ni en los Consejos de Guerra dictatoriales–, allanó y secuestró a todos los ejecutivos y trabajadores, y los torturó en los campos de concentración de La Ribera, La Perla y la cárcel UP-1. La empresa fue intervenida por los militares golpistas que, tres días después de la detención masiva, blanqueó la invasión en el juzgado federal cordobés de Adolfo Zamboni Ledesma: un juez que convalidó el accionar del terrorismo de Estado de modo consuetudinario.

 

El apellido-excusa para el supuesto lazo con los Montoneros y el ERP era el del abogado Gustavo Roca, quien había sido síndico de Mackentor y uno de sus socios fundadores, aunque ya no pertenecía a la firma cuando fue intervenida por los militares y estaba exiliado en España. Roca tenía una historia personal que quemaba en la ideología del terrorismo de Estado: junto a Eduardo Luis Duhalde viajó a Chile para patrocinar a los jóvenes militantes que habían logrado fugarse de la cárcel de Trelew el 22 de agosto de 1972; además haber sido amigo personal de Ernesto “Che” Guevara, en su juventud, era hijo de Deodoro Roca, uno de los líderes de la Reforma Universitaria cordobesa. Roca partió al exilio luego de que cuatro de sus socios y también abogados de Mackentor, Mario Hernández, Roberto Sinigaglia, Roberto Sanjurjo y Carlos Altamira, fueran secuestrados y desaparecidos en 1976.

 

“Durante los interrogatorios nos volvían locos preguntándonos dónde estaba la plata, dónde están las armas –declaró ante el tribunal José Miguel Coggiola, quien entonces tenía 37 años–. Nos decían que estábamos metidos con el ERP y los Montoneros. A mí y al señor (Enzo) Manassero –uno de los ejecutivos– nos picanearon.”

 

Aún conmocionado por el recuerdo del dolor y la injusticia, el testigo recordó: “Como yo gritaba mucho por la picana, me decían ‘no seas maricón que te estamos dando a un 30 por ciento de lo que les damos a los que sabemos que hay que castigarlos’. Con 30 o lo que sea, yo me desmayé, perdí la noción del tiempo…”.

 

A Coggiola y una veintena de compañeros de trabajo los mantuvieron cautivos más de tres meses en el campo de La Ribera hasta que los pasaron a la cárcel penitenciaria UP-1. El hombre recordó, con cierto amargo humor, que “los tipos me acusaban, en los Consejos de Guerra que me hicieron, de tener una estrella roja de cinco puntas del ERP en mi armario de la oficina. Yo no lo podía creer: era la estrella del arbolito de Navidad que teníamos en el local… Cuando les decía eso, me preguntaban que por qué no ponía una de seis. Y yo les contestaba porque ésa es la estrella judía (la de David) y ellos me contestaban ‘¡ah, entonces sos racista!’”. Otra de las “pruebas” que tenían contra Coggiola era un casete del grupo Quilapayún, que habían encontrado en su escritorio. “Para ellos, era música subversiva. Les dije que lo había comprado en la calle, en Buenos Aires. Para defenderme, mi hermana fue y compró uno con boleta y todo en Córdoba. Yo ya estaba en la cárcel cuando un compañero viene y me dice ‘che, están descargando a unos tipos de unos camiones. Son los dueños de las disquerías que vendían esa música. Te van a hacer cagar’. Esa, señor juez, era la mentalidad del señor Menéndez: porque vendían esa música, que después supe que Pinochet también perseguía (era el grupo apadrinado por Víctor Jara), los metió presos”.

 

A los 89 años espera justicia

 

Pero los secuestros, la tortura y el saqueo de la empresa de Natalio “Talo” Kejner no terminó con la dictadura. En realidad, Mackentor era un poderoso grupo económico compuesto por tres empresas, Mackentor, Horsen y Empresas del Interior: Edilsa.

 

En su declaración por videoconferencia desde México, donde vive, el empresario que está casi ciego detalló –a través de un escrito que leyó su hijo Camilo– cómo, ya en democracia, pidió que se lo resarciera por los daños sufridos por su familia y empleados –él estaba en Venezuela cuando el asalto a su empresa–; además de las pérdidas materiales: la mayor parte de sus negocios pasó a la empresa privada Supercemento, de estrecha vinculación con los militares –de allí que se compare el caso con lo ocurrido con la familia Graiver de Papel Prensa–, aunque no tuvo mejor suerte.

 

La entonces jueza Federal Cristina Garzón de Lascano consideró que la causa había prescripto y lo condenó a pagar costas por más de 2,3 millones de pesos-dólares. Eso motivó el pedido de quiebra de la empresa, y la enorme desazón de un hombre que, a sus casi 90, todavía no se repone de la injusticia.

 

“También hubo, en la persecución llevada a cabo por Menéndez –declaró Kejner–, una motivación económica. Mackentor en esos días era la burguesía nacional argentina que quería crecer económicamente e invertir en el país. Entre otros logros resultantes de esa estrategia se obtuvo una patente de última generación para fabricar tubos para conductos de alta presión, y se instaló la única fábrica de estos insumos en el país. Mackentor quebró el monopolio en la venta de esos insumos esenciales que tenían los importadores de la época, y con el desarrollo de empresas como Mackentor se desarrollaba y cambiaba el país, y eso afectaba los negocios. Esas fueron las motivaciones centrales que tuvo Menéndez para iniciar esta brutal persecución y robo. Hoy tengo 89 años, mi salud es cada vez peor, he perdido la vista y sólo me queda la esperanza de un acto de justicia después de 37 de injusticia (…), que de una vez por todas se haga justicia y que los responsables, estén donde estén, no salgan impunes. Una sentencia judicial veraz al menos logrará honrar a los muertos.”

 

Otra de las declaraciones claves en este caso fue la del periodista e investigador Fabián García, quien está escribiendo un libro sobre el caso. Su testimonio dejó al descubierto los súbitos beneficios que obtuvo la empresa Supercemento, que se quedó con los negocios de la firma intervenida, y señaló el paralelismo del caso Mackentor con Papel Prensa. “Ambos son grupos a los cuales, sin la intervención del Estado, no les hubiera sido posible realizar tamaña operación, ya sea de traspaso de Papel Prensa (a Clarín, La Nación y La Razón) o, en ese momento, probablemente, de rescisión del contrato de la obra que Mackentor tenía, el segundo acueducto Villa María-San Francisco.” Según Fabián García, “para tener una noción del monto que movía el acueducto, era de unos siete millones y medio de dólares de entonces”. La obra fue “traspasada de Obras Sanitarias de la Nación a Supercemento, que se había quedado ya con la fábrica de caños de Mackentor”.

 

El resultado inmediato de este testimonio derivó en el pedido de comparecencia en este juicio a los responsables de la firma Supercemento; pedido que fue avalado de inmediato tanto por la fiscalía de Facundo Trotta como por el Tribunal Oral Federal Nro. 1 en pleno.

Más restos óseos humanos en La Perla

 

 

Más restos óseos humanos en La Perla

  

Anahí Ginarte, del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), confirmó a este diario que siguen encontrando restos óseos humanos en los hornos de cal de los predios militares cercanos a La Perla. Después del primer hallazgo, el 21 de octubre, cuando se encontraron “un sacro, una costilla, fragmentos muy chiquitos de huesos”, los antropólogos continuaron zarandeando la tierra del interior de una de las tres bocas de piedra de los hornos “y siguen apareciendo más restos”. Según afirmó, “aunque muchos están quemados, otros tantos no lo están, por lo que será posible hacerles las pruebas de ADN”. En ese sentido, el fiscal Facundo Trotta dijo que “si alguno de esos huesos llegara a corresponder a una de las 296 víctimas de la causa La Perla –cuyo juicio se viene llevando a cabo desde el 4 de diciembre de 2012–, tendría una enorme importancia para el juicio; aunque desde 2004 se está sustanciando otro proceso, que es por los enterramientos clandestinos en la provincia”.

La Iglesia sigue ocultando

 

Pocos días después de que el Tribunal Oral Federal N 1 convalidara el pedido del fiscal Facundo Trotta de citar a declarar a la monja Monserrat Tribo, quien estaba a cargo de la nursery de la Casa Cuna cuando se llevaron al nieto de Sonia Torres, la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo Córdoba, la religiosa de 86 años fue trasladada. “Estaba en un geriátrico desde hacía años. Habíamos logrado que declarara, y la Iglesia la sacó del país. La llevaron a España”, lamentó la Abuela ante Página/12.

Torres es la madre de Silvina Parodi de Orozco, de veinte años, secuestrada y desaparecida, con seis meses y medio de embarazo, junto a su marido, Daniel Orozco, de veintidós, el 26 de marzo de 1976. Se supo que los dos pasaron por La Perla, que fueron torturados, que a él lo asesinaron a los pocos días, pero que a ella la mantuvieron con vida hasta que dio a luz a un bebé varón, “en los últimos días de junio y principios de julio de ese año”. Un médico, Fernando Agrelo, y la hermana de Silvina, Giselle Parodi, dieron fe de ello ante los jueces. Agrelo afirmó haberlos atendido un par de veces “a la mamá y al bebé, que estaba en perfectas condiciones de salud” en la Cárcel de Mujeres del Buen Pastor. Y que “poco después atendí a la criatura, ya sin la madre, en la Casa Cuna”. La responsable de esa área era la monja Monserrat Tribo, a quien Giselle le escuchó decir “sí, el bebé nació pero ya los trasladaron a los dos”, mientras anotaba todo “en un cuadernito negro”.

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Con cemento en los pies

Mario Modesto Oliva, un ex policía que fue encarcelado por sus colegas “por problemas administrativos” –según explicó–, es hasta ahora el único que afirmó lo que parecía ser uno de los mitos más negros de la dictadura en Córdoba: el de los cadáveres arrojados al Dique San Roque con cemento en los pies. Oliva contó que, luego de una sesión de tortura, lo tiraron a un calabozo donde había “dos tipos del Comando Libertadores de América (el CLA, una especie de fusión entre la llamada Triple A vernácula y el Ejército comandado por Luciano Benjamín Menéndez), que me dijeron que ellos mismos habían puesto cemento en los pies de algunos cuerpos para tirarlos al dique”. Según el testigo, “estos dos se llamaban Víctor Martínez y Juan Carlos Gómez”. Si bien es la primera vez que un testigo cuenta lo referido por Oliva, también hubo sobrevivientes, como Luis “Vittín” Baronetto, quien declaró que lo amenazaron con tirarlo “al embudo del dique” mientras lo trasladaban del D-2 a la prisión conocida como UP-1.

 

 

 

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Diario Página 12. Miércoles 22 de octubre de 2014.

 

EL PAIS › SE ENCONTRARON RESTOS OSEOS HUMANOS EN EL PREDIO DEL CENTRO CLANDESTINO LA PERLA

 

                        Una esperanza para llegar a la verdad

El EAAF encontró restos en los hornos de cal de una estancia que usaba el represor Luciano Benjamín Menéndez, ubicada a ocho kilómetros de La Perla. “No podemos decir ciento por ciento que son de desaparecidos, pero las esperanzas son serias”, dijo el fiscal.

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Por Marta Platía 

Después de casi cuarenta años y por primera vez en una década de búsqueda se encontraron restos óseos humanos en el predio de La Perla: uno de los mayores campos de concentración que hubo en el país durante la última dictadura cívico-militar.

Anahí Ginarte, del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), no podía con su emoción: “No sabés lo que hemos llorado. Es la primera vez, desde el 2004 que empezamos a trabajar en las más de 15 mil hectáreas que tiene este lugar, que encontramos restos que serían de ésa época. Son un sacro, una costilla y fragmentos muy chiquitos, quemados, que estaban en los hornos de cal de La Ochoa”.

Cuando dice La Ochoa, la antropóloga se refiere al nombre de la estancia en la que el ex general y jefe del III Cuerpo de Ejército Luciano Benjamín Menéndez pasaba sus fines de semana cuando era quien decidía sobre la vida y la muerte en ésta y en otras diez provincias del noroeste argentino. Un sitio que distaba a unos ocho kilómetros del edificio de La Perla, donde se recluía, torturaba y mataba, y que componen los inmensos campos propiedad de ésa arma: más de 15 mil hectáreas de campo.

“Tuvimos muchos testimonios que nos hablaban de los hornos y hace sólo dos semanas que estamos trabajando en esta zona. Ayer entramos y hoy (por ayer) antes del mediodía, ya encontramos restos”, detalló Ginarte.

–¿Creen que podrían corresponder al tiempo de las ejecuciones de la dictadura?

–Suponemos que es posible, ya que sabemos que esos hornos se dejaron de usar para hacer cal en 1975… Y después los militares restringieron el acceso al lugar.

La hipótesis que se maneja es que esos restos corresponden a cuerpos que fueron inhumados en esos hornos para hacerlos desa-parecer. El fiscal Facundo Trotta, a cargo de la acusación por parte del Estado en el megajuicio La Perla, coincidió con Ginarte: “A esos hornos no accedía nadie salvo los militares. Menéndez pasaba sus fines de semana y cabalgaba por acá… Nosotros mismos, para llegar, tuvimos que sortear dos tranqueras y controles de soldados”.

Para el fiscal, el hallazgo “reaviva las expectativas que hemos tenido y han tenido los familiares. La reparación para las víctimas no sólo es la Justicia. La reparación real es que también se pueda restituir el cuerpo del desaparecido. Creo que todos sabemos que los juicios en sí mismos son una batalla ganada sólo por poder llevarlos a cabo. Pero encontrar los restos genera mucha esperanza”. Más allá del entusiasmo, Trotta intenta ser cauto: “No podemos decir ciento por ciento que los restos son de desa-parecidos, pero las esperanzas son serias”.

Desaparecer a los desaparecidos

Un integrante de la Justicia le dijo ayer a este diario que “fue un ex integrante del Ejército quien dio la pista de dónde estaban. Fue testigo y nos señaló el sitio”. El sitio es un gigantesco horno de piedra que se abre en tres bocas en una lomada del terreno de la estancia, y a unos siete del edificio del campo de concentración La Perla, que hoy funciona como Museo de la Memoria.

El hallazgo se dio en el marco de las investigaciones del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) que oficia de perito del Juzgado Federal Nº 3. Los fusilamientos y enterramientos clandestinos en La Perla y sus alrededores fueron denunciados por decenas de víctimas que declararon en el megajuicio, aunque sólo uno de los testigos, el arriero José Julián Solanille, pudo dar fe ante el Tribunal Oral Federal Nº 1 de haber visto con sus propios ojos “a Menéndez dándole órdenes (a un batallón de fusilamiento) para que dispararan a las personas. Yo estaba escondido con un amigo en una lomita y pudimos verlos. Eran más de cien jóvenes, muchos con los ojos tapados, con las manos atadas… Otros hasta los pies atados tenían. Les disparaban y caían en un pozo que les habían hecho cavar”. Solanille contó, aterrado por los recuerdos y la cercanía con los represores que escuchaban su declaración en la sala, que “después les tiraban gasoil y los quemaban. Ese olor a carne quemada, de noche y según el viento, se iba para mi casa (él vivía cerca para cuidar el ganado de su empleador). Mi mujer y mis hijos no aguantaban. Yo perdí el sueño. Era espantoso”.

De la repulsión al olor a carne quemada también dieron cuenta los propios represores. Una sobreviviente, Graciela Geuna, contó cómo el torturador Ricardo “Fogo” Lardone les confesó una vez a ella y a otro cautivo que “no podía soportar el olor a quemado” y que casi no podía dormir “por el recuerdo de los movimientos que hacen los brazos de los cuerpos que se están quemando”.

En cuanto a las funciones que cumplía la estancia La Ochoa, durante las ya 183 jornadas que lleva el juicio, los testigos revelaron que “allí llevaron a los abogados que eran del Partido Comunista, como un doctor (Salomón) Gerchunoff y (Roberto) Yankilevich, aunque también habían estado cautivos allí Eduardo Jenssen y Horacio “Chacho” Pietragalla, el padre de Horacio Pietragalla Corti, diputado del Frente para la Victoria.

“Yo lo vi a Gerchunoff –declaró Piero Di Monte, uno de los sobrevivientes de La Perla–. Estaba en muy mal estado, maltratado, en un camastro en La Ochoa. Le di de comer en la boca y hasta le acaricié el pelo. Le dije ‘no tenga miedo, no lo van a matar’. El me miró con cara de no entender. Lo que él no sabía es que tal vez de la estancia salía. De La Perla no. Di Monte, como otros prisioneros, fue obligado a realizar trabajos como esclavo de los represores.

Tanto Solanille como Di Monte relataron que Menéndez usaba esa estancia como su sitio de descanso los fines de semana y allí disfrutaba de sus caballos.

La importancia del hallazgo de ayer es aún inmensurable: a pesar de la cantidad de personas que mataron en La Perla (se estima que serían más de 2300), hasta ahora no se habían hallado restos humanos. El terreno es gigantesco. Sin embargo, se tiene certeza de que en algún sector se deben encontrar fosas.

Los sobrevivientes coincidieron en que el camión que los “trasladaba al pozo”, eufemismo de fusilamiento y muerte, iba y volvía en poco menos de 20 minutos desde el sitio donde descargaba a los que llevaban al muere hasta que regresaba vacío al edificio de La Perla.

Otra de las pruebas de los enterramientos clandestinos fue el planteo administrativo que realizó un militar, Bruno Laborda, quien en 2004 presentó una queja por escrito ante el entonces jefe del Ejército, Roberto Bendini, porque no había recibido un ascenso por el trabajo que se le encomendó y él realizó en 1979: desenterrar con máquinas topadoras cadáveres, meterlos en tachos de metal de 20 litros con cal y trasladarlos en camiones hasta las Salinas de La Rioja. Laborda estaba sentado en el banquillo de los acusados en este juicio, pero murió en julio de 2013.

Ayer, los familiares de los desa-parecidos en La Perla estaban esperanzados y aguardaban con gran expectativa los resultados de las pericias del EAAF.

 

 

 

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Diario Página 12. Martes 30 de septiembre de 2014.

 

EL JUICIO POR LOS CRIMENES DE LESA HUMANIDAD COMETIDOS EN CORDOBA BAJO EL TERRORISMO DE ESTADO

Una madre asesinada por buscar a su hijo

Marta Taborda Ledesma-Comba relató cómo fue diezmada su familia. Su mamá, Marta Ledesma, y su padrastro, Sergio Comba, fueron secuestrados en 1975. La madre de Sergio, Elsa Comba de Comba, intentó averiguar qué había pasado con él y terminó muerta.

Una foto de Marta Ledesma y Sergio Comba con sus hijos, tomada en 1975 por Elsa Comba de Comba.

Una foto de Marta Ledesma y Sergio Comba con sus hijos, tomada en 1975 por Elsa Comba de Comba.

Por Marta Platía

 

Madre, padrastro, tío, tía, abuela. Son cinco los desaparecidos que cuenta Marta Taborda Ledesma-Comba en su familia. “Cinco desaparecidos y un muerto, mi papá”, dice. Son dolores de los que no habló hasta hace poco más de dos años, cuando junto a su hermano, Gabriel Ignacio Comba, y a casi 38 años de ocurridos los secuestros, decidieron presentarse en la sede de Abuelas de Plaza de Mayo, en Córdoba, y pedir que los ayudaran a saber qué había sido de ellos. “Nos criaron mi bisabuela, la Yaya, y María, mi abuela materna. Cuando preguntábamos por los padres, nos decían que habían muerto en un accidente camino a Buenos Aires. Esa fue la forma de protegernos”, así explica “haber llegado viva hasta ahora”, esta joven alta, rubia, de fuerte contextura, cuando se sienta frente al Tribunal y agradece poder contar lo que recuerda “paso a paso y sin necesidad de cerrar los ojos”: la noche en que la patota del represor Luciano Benjamín Menéndez se llevó a su mamá, Marta Ledesma, y a su padrastro, Sergio Héctor Comba.

“Fue el 10 de diciembre de 1975. Yo tenía cuatro años y medio. Era una nena, pero a los chicos cosas como éstas, terribles, se nos graban para siempre. Habrán sido las diez. Yo ya estaba en la cama, pero no me había dormido… Escucho golpes, gritos y ruidos de cosas que se caen. Me asomo al hallcito de la casa. Ahí la veo a mi mamá en una silla: está descalza y atada. Y a Sergio, también descalzo y atado, tirado en el piso. Esos hombres entraron a mi dormitorio y me cerraron la puerta. Yo no sé cuánto habrá pasado, pero seguí escuchando gritos, como que les pegaban con algo. Después entró un hombre con mi mamá y otro más, y se sentaron en mi cama. Mi mamá al lado mío, un hombre al frente y otro parado atrás de mi mamá. Ella tenía puestas esposas en una mano. A la otra la tenía suelta. Me acuerdo de que le colgaban las esposas… De esa noche también me acuerdo de que un hombre joven se sentó al frente mío y me miraba así, como yo a ustedes: con la distancia de una cama a la otra. Tenía como 40 años, con barba y bigote oscuro y tupido. Vestido de azul. Me estaba vistiendo y ese hombre me dijo ‘¿querés que te ponga las zapatillas?’. Yo no quise”.

Marta se revuelve en su silla. “Ahora me puedo acordar mejor de su cara que de la de mi mamá, que se va borrando… Y no quiero que se borre, por eso ando con sus fotos.” Las acaricia. Tiene imágenes de los suyos en la mesita frente al estrado de los jueces. Por un momento, la joven se agarra la cara y solloza de pena, de bronca. Pero Marta no se permite aflojar. Sacude sus manos para darse fuerzas. “Salimos al pasillo de la casa y me quedé parada en el marco del dormitorio. Ahí pude ver a Sergio en el suelo… Había sangre, tenía los pies descalzos. Otro hombre estaba con mi hermano (Gabriel, un bebé de sólo tres meses) en su dormitorio. Lo estaba levantando. Llevaron a mi mamá a la cocina y le hicieron preparar bolsos. Antes de que me lleven, veo a Sergio tirado, como inconsciente, los ojos vendados, los brazos en cruz. Tenía dos soldados, uno a cada lado. No se movía… A mi hermano lo envolvieron en una frazadita. Mi mamá iba descalza, esposada. A Sergio lo trajeron arrastrando. Nos subieron a dos autos. A mi hermano y a mí nos llevaron a la casa de mi abuela… Yo iba en un auto atrás. En el de adelante iba mi mami. Me acuerdo de las luces del auto de adelante porque eran como dos ojos rojos. Pararon y me llevaron en brazos hasta la casa de mi abuela. Al Gabi también lo traían. Salió mi abuelo. Mi abuela no estaba porque –después cuando fui grande me contaron– se había ido a buscar al hijo, Juan Eliseo Ledesma, el hermano de mi mamá, que habían secuestrado dos días antes en Buenos Aires. Me acuerdo que mi abuelo se asustó. El hombre que me entregaba le dijo que una mujer nos había encontrado tirados por la calle. Yo le dije: ‘¡No tata, mentira, la mamá está en un auto, ahí en la esquina!’. Mi abuelo quiso anotar los nombres de los que nos entregaban, pero le gritaron: ‘¡Pero qué anotar ni nada! ¡Agradezca que le traemos los chicos!’.”

Marta Inés Taborda y Gabriel Ignacio Comba son querellantes por el secuestro, tortura, asesinato y desaparición de su madre, Marta Susana Ledesma, y el padre de Gabriel, Sergio Comba. “A mi papá lo habían matado poco después de que yo nací, en 1971. Se llamaba Juan del Valle Taborda y era militante del PRT-ERP. Después mi mamá conoció a otro compañero de militancia, Sergio Comba, que trabajaba en SanCor, formaron una familia y tuvieron a Gabriel, mi hermano.” Como si necesitara explicarlo, les dice a los jueces: “Para mí, para mi familia, estar en este juicio es como cerrar algo. Cerrar heridas. Con los padres desaparecidos siempre se está esperando algo. No sabés muy bien qué, pero algo”.

–¿Sabés qué pasó con tus padres? –preguntó la abogada querellante Mariana Paramio.

–Recién en el 2008 tuve noticias. Una prima de mi hermano nos mandó un mensaje. Dijo que tenía información de que los habían llevado a La Ribera y que ahí los torturaron y fusilaron junto con otros nueve compañeros por orden de (Héctor Pedro) Vergez.

Según se jactaron los torturadores en La Perla frente a otros prisioneros, Marta Ledesma, a quien llamaban “María”, y Sergio Comba, conocido como “Alberto”, fueron fusilados junto a otros siete militantes en el patio del Campo de La Ribera a poco de secuestrados. Fue con esa ejecución en masa que ese campo de tormentos y exterminio inauguró su actividad.

–¿Y tu abuela paterna? ¿Qué sabés de Elsa Gladys Comba de Comba?–quiso saber Paramio.

–Ella era muy dulce. Era la abuela de mi hermano, pero nunca hizo diferencias por más que yo no era hija de su hijo. Supe que cada vez que ella fue a preguntar por Sergio la vuelteaban y le decían cosas indecorosas… Hasta que en febrero de 1978 la secuestraron también a ella… Al poco tiempo se encontró cerca de (Alcira) Gigena (un pueblo del sudoeste cordobés) un cadáver calcinado. Y era ella.

 

Tortura y matanza

Desde que la patota secuestró a su hijo Sergio, Elsa Gladys Comba de Comba no dejó de buscarlo. Fue a preguntar por él a todos los lugares que pudo: comisarías, hospitales, el Tercer Cuerpo de Ejército, el Arzobispado. Soportó burlas, mentiras, negativas, golpes, vejaciones y tormentos.

“Ella era de Río Cuarto y no paró un solo día de preguntar por su hijo”, contó su hermano Edgar Comba, un hombre de rostro tristísimo y dolor añejo que, a casi cuarenta años del crimen, llegó a este juicio para denunciar “a los que la asesinaron”.

–Yo vivía en Córdoba y cada tanto iba a verla. Cuando desapareció Sergio, Gladys, como cualquier madre, lo empezó a buscar. Tanto lo buscó, tanto insistió, que molestó a la policía. Le allanaron la casa varias veces. Mi hermana tenía una pensión de estudiantes en Río Cuarto, en el centro de la ciudad… En esos tres años que buscó a su hijo a veces la tenían detenida y la torturaban para hacerle confesar no sé qué cosas… Una vez ella me contó de los golpes y que en una ocasión llegaron a extremos que… (en ese punto el hombre se detiene, se cubre los ojos con una mano y se le escapa un quejido que lacera el aire de la sala). Gladys me contó que llegaron a algo terrible, extremo… que (en la policía) le inyectaban, le ponían una manguera por la vagina, la conectaban a una canilla y la abrían… No me lo dijo, pero debe haber sido terrible, pobrecita… Pero siempre siguió buscando. Seguía yendo a pesar de todo y de que la torturaban…

–¿Ella le comentó quiénes eran los que le hacían eso? –preguntó el juez Jaime Díaz Gavier, con el rostro casi descompuesto.

–Sí, si bien era un grupo policial, el que comandaba esto era un señor al que le decían El Gato, El Gato Gómez.

Desde su banquillo, el represor Miguel Angel “El Gato” Gómez mira con cara de no entender, los ojos permanentemente desorbitados. De a ratos mueve la cabeza, negando. Con éste, son cientos los testimonios que dieron cuenta de su crueldad y perversiones. De su gusto por violar a los cautivos y hasta por sacarles las vendas para que lo vieran bien. “Mirame, yo soy El Gato, tu torturador”, se presentaba.

–¿Y qué pasó con su hermana?

–En uno de los allanamientos se la terminaron llevando. Fue el 23 de febrero de 1978 a eso de las tres, cuatro de la madrugada. Dejaron a su hija Norma, que estaba con ella. A Norma y a los estudiantes los maniataron a todos. A mi hermana la sacaron envuelta en una alfombra de piso. Me avisaron más tarde. Viajé hasta Río Cuarto y empecé yo a buscarla a ella. Fui a la Jefatura de Policía porque sabía que ellos eran los que hacían esas cosas. Ahí me dijeron desconocer todo. Ellos trataban de separarse del tema, mandarme para otro lado. Fue muy difícil poder avanzar y saber algo más.

Edgar Comba contó que al día siguiente del secuestro supo por otra persona, que también estaba buscando un familiar, que en un camino rural de la localidad de Alcira Gigena habían encontrado un cadáver calcinado. “Como yo no podía dar con ella, empezamos a pensar que podría haber una relación. Fui a la morgue. Pedí verlo… (El hombre vuelve a descomponerse, alcanza a pedir perdón en un sollozo… el cuerpo le tiembla.) Mire, señor juez, yo pude verlo… Estaba muy, muy quemado. Tenía un alambre envuelto en el cuello, o un cable… Le había quedado solamente una parte de las piernas y los pies, quemados también pero no tanto, y ahí se había adherido parte de un camisón que era de ella, yo reconocí el estampado.” Como pudo, el testigo contó que se fue a la casa de su hermana. Necesitaba corroborar que era ella. “Como tenía un pie bastante entero, se me ocurrió buscar un zapato de ella. Volví a la morgue y se lo calcé. Ahí tuve la plena seguridad de que era mi hermana.”

 

Enlace de la nota en el diario: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-256435-2014-09-30.html

 

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Diario Página 12. Lunes 18 de agosto de 2014.

 

EL TESTIMONIO DE UNA PROFESORA QUE ESTUVO SECUESTRADA EN EL CAMPO DE LA RIBERA EN EL JUICIO POR DELITOS DE LESA HUMANIDAD LA PERLA

“Fue un plan de aniquilamiento bien pensado”

 

En el juicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en Córdoba, Susana Leda Barco contó cómo fue secuestrada en 1977 y mantenida en cautiverio hasta 1980. El interrogatorio a cargo de un represor que tenía su currículum y las sospechas sobre un alumno delator.

Los acusados por violaciones a los derechos humanos perpetradas en La Perla y Campo de La Ribera. Imagen: Télam

Los acusados por violaciones a los derechos humanos perpetradas en La Perla y Campo de La Ribera. Imagen: Télam

Por Marta Platía

“Mire, no siento odio. Para odiar hay que gastar tiempo, energía y la vida. Y nuestra vida no merece ser gastada en eso. Yo lo único que siento es desprecio, porque ofendieron la condición humana. La degradaron”, dijo ante el Tribunal Oral Federal Nº 1 Susana Leda Barco, una profesora de Ciencias de la Educación y Filosofía que fue arrancada de su casa, de su cama, de su familia, la mañana del 4 de octubre de 1977.

Susana vivía en Villa María, al sur de la capital cordobesa, con su esposo y sus hijos, Fernando (de 12 años) y María Laura (de 8), cuando golpearon a su puerta: “Eran las seis y media de la mañana. Dijeron que eran del Tercer Cuerpo de Ejército. ‘Momento, que me pongo una bata’, contesté y mi marido me acompañó y abrimos. Eran cuatro. Uno de ellos dijo ser el capitán Wenceslao Clara. Me dijeron que me iban a llevar para hacerme unas preguntas. Hasta trajeron a dos vecinos para que firmaran un acta que, muchos años después, supe que decía que me llevaban para interrogar. Pedí que me dejaran despedirme de mis hijos. María Laura era chiquita y estaba asustada. Ambas recordamos que le dije que se portara bien y que hiciera sus tareas. Y mi hijo me preguntó por qué me llevaban, y le dije que para hacerme unas preguntas. ‘¿Y volvés rápido?’ Le dije que sí. Pero volví 3 años y 23 días después…”.

Hasta el 27 de octubre de 1980, cuando la liberaron en Devoto, Susana pasó por comisarías, un campo de concentración y la cárcel UP1, donde habían torturado y asesinado –arguyendo falsas fugas– a 31 presos políticos en 1976.

“Yo quiero decir que soy docente y que la docencia para mí no ha sido un empleo. Ser docente es mi modo de ser y estar en el mundo, y desde este lugar testifico”, se plantó ante el tribunal, plena de energía, tan elegante como rigurosa. Contó que la llevaron a la comisaría de Villa María. Que estuvo allí dos días y que la subieron a un auto para trasladarla a Córdoba. “Después de cruzar el puente de Río Segundo, pararon los vehículos. Me bajaron y el capitán Clara me dijo que me iba a vendar. Ahí vi a los soldados con las armas en la mano, adelante mío. Pensé en un fusilamiento. Y con gran ingenuidad le pregunté si vería a mi marido. Me dijo que sí. Le pedí que le dijera que lo quería mucho, y a mis hijos y a mi madre.” Pero no hubo disparos. La empujaron dentro del auto y, vendada, llegó a lo que luego supo que era el Campo de La Ribera.

Susana endureció el tono cuando recordó su primer encuentro con los interrogadores. La llevaron junto a Adriana Corsaletti. Tras las vendas escuchó “un golpe fuerte contra la mesa y el ruido de un grabador, de esos a carrete. Cada una con un interrogador distinto. Puede sonar loco, pero el que me tocó a mí lo hizo con mi curriculum vitae en mano. Le decían Coco. ¿En tal fecha dictó un curso de esto? ¿Otro sobre Paulo Freire? ¿Qué es ideología? Y yo le contestaba. Hasta que me interrogó sobre 1966 y ‘La noche de los bastones largos’”. Susana y un grupo de profesores de la Universidad Nacional de Córdoba habían protestado y fueron cesanteados de la Facultad de Filosofía.

La sobreviviente volvió entonces a una de las peores noches de su vida: “Me dejaron sola en la cuadra. Entonces lloré, pasé mi vida en cámara lenta y lloré… Me querían hacer callar, pero yo había abierto compuertas. Supe que mi marido me buscó, que estuvo a las puertas del Campo de La Ribera… Le dijeron que se fuera a punta de arma. Poco después me llevaron a un interrogatorio y me dieron una declaración para que firme. Y maestra, al fin, corregí los errores de ortografía… Me preguntaron para qué lo hacía. Y yo les dije: ‘Ya que accedo a firmar, corrijo’”.

Susana, como otras sobrevivientes, optó por no hablar de violaciones o vejaciones directas, pero sí quiso perfilar la perversión de los represores: “Una noche alguien se paró a los pies de mi colchón y se masturbó. Otra, me iluminaban mientras me bañaba. Yo pensé… ¡pobres tipos! Si para tener una mujer y sentir placer necesitan que uno esté en estas condiciones, son unos pobres tipos…”.

Como a muchas de las secuestradas, desde ese campo la trasladaron a la cárcel de Barrio San Martín, la UP1. “Ahí me revisó un médico que tenía el guardapolvo tan sucio que parecía salido de una carnicería –detalló sacudiendo la cabeza–. Era un lugar espantoso. Teníamos un camastro y un tacho de cinco litros como todo baño. No podíamos hacer labores, ni gimnasia… pero nos ingeniábamos para hacer agujas con los huesos que a veces venían en la sopa.”

“Sobrevivimos también por la solidaridad y la creatividad para no dejarnos vencer. Pero no era fácil –recordó Susana–; la primera vez que bajamos al patio, vimos los palos donde habían estaqueado (hasta matarlo) a (René) Moukarzel y también a Charo (López Muñoz).” El médico René Moukarzel había sido uno de los presos políticos de la cárcel. El represor Gustavo Adolfo Alsina se enfureció cuando lo vio recibir un paquete de sal de manos de un preso común. El 14 de julio de 1976, y con temperaturas bajo cero, lo estaqueó completamente desnudo en el patio del pabellón de mujeres. El mismo se encargó, en un asesinato cuasi artesanal, de arrojarle baldazos de agua fría. Moukarzel era un hombre fuerte, medía casi dos metros, pero era asmático. Sus esfuerzos por respirar, los estertores de su pecho se pudieron oír por toda la prisión. Fueron cientos de prisioneros los que escucharon su agonía, que duró casi veinte horas. Charo López Muñoz también fue estaqueada, aunque ella logró sobrevivir. Este mismo torturador hacía que sus compañeras le tiraran agua para hacerla sufrir aun más. Y ella, para evitar que las dañaran, les gritaba que hicieran lo que este ex teniente les ordenaba. Alsina fue condenado por estos y otros crímenes a prisión perpetua en cárcel común junto a Jorge Rafael Videla y a Luciano Benjamín Menéndez en 2010.

A Susana Leda Barco nunca le explicaron nada. Un día la sacaron de su celda y la llevaron a interrogatorio de vuelta al Campo de La Ribera. Ahí, uno de los secuaces de Menéndez, Carlos Alberto “HB” Díaz, integrante de la patota de La Perla, la interrogó entrada la noche. Antes pudo ver a “Bibiana Allerbon y a Mirta Dotti, que había sido alumna mía”. No bien la entraron tabicada a la oficina que oficiaba de sala de torturas e interrogatorios, escuchó de nuevo “la voz del Coco, que estaba enfurecido. Decía que yo le había mentido. Entonces me hizo oír la voz de un alumno mío de Villa María, Daniel Dreyer, de 18 años, que tenía problemas en una pierna. Lo golpeaban y le preguntan si yo le enseñaba marxismo. Me desesperé. Ellos le gritaban: ‘¡Pero vos en Villa María dijiste que enseñaba marxismo!’. Y él les decía: ‘Pero señor, lo que se dice en la tortura no cuenta’. Esa misma noche HB (el apodo con que lo bautizó la caterva de Menéndez eran las iniciales de “hincha bolas”) no sólo me interrogó por lo del currículum. A él le gustaba torturar psicológicamente. Me dijo: ‘Tenga en cuenta que su marido no la va a estar esperando cuando salga; que su tía se va a morir antes de que usted salga; que sus hijos no la van a reconocer’. No sólo el cuerpo: ellos también nos torturaban espiritualmente”.

Ese recuerdo la indignó. Se irguió en su silla y miró de modo breve, fulminante, a los represores –HB Díaz incluido– y dijo: “Afortunadamente se equivocó en todo; mi marido me esperó y sigo con él; mi Naná se murió veinte años después; y mis hijos me reconocieron”.

Quedó claro: ella, con su vida. Ellos, en la cárcel y acusados –o ya condenados– por crímenes de lesa humanidad. Susana no se detuvo: “Esto, señor juez, fue un plan de aniquilamiento bien pensado, asesorado por la Escuela de Panamá de los norteamericanos y por los franceses de la Armada Secreta (la OAS)”.

Alumno y delator

La fiscal Virginia Miguel Carmona le preguntó por qué creía que quien la interrogó tenía su currículum en mano.

–Mire, yo fui a buscar mi currículum a la facultad y vi a un ex alumno mío que se abrió el saco y me mostró un arma. Cuando yo entraba a la facultad, parecía el Mar Rojo: todos se abrían… y así pasé y retiré mi currículum. Lo había presentado para un concurso. El currículum estaba ahí.

–¿Cómo se llamaba ese ex alumno?

Gabriel Pautasso. Lo nombro porque supe de su actuación posterior. Las preguntas que me hicieron eran en orden cronológico. Eso para mí era sorprendente…

El querellante Claudio Orosz le preguntó por Pautasso, y señaló que la otra profesora que podía hablar de este hombre, María Saleme de Burnichón, ya no está (murió hace pocos años y su marido Alberto está desaparecido).

–María, La Negra, la entrañable María Burnichón me comentó que cuando van a allanar y hacen volar su casa, estaba Pautasso. “Susana –me dijo–, Pautasso se dedicó a señalar los libros que le interesaban para llevárselos.” Ella me contó que esta persona estuvo en el allanamiento.

–¿Era bedel?

–No sé. Lo que sí sé es que lo echaron de la universidad.

–Luego de un juicio académico…

–¡Me hubiera gustado estar! –dice y golpea la mesa con su palma abierta–-. Sé que fue alumno mío el año que se casó, muy formalito vino a pedirme permiso para faltar a las clases. Claro que se lo di.

–¿El ya murió?

–No, está vivo.

Las preguntas rondan la sospecha de que este alumno Pautasso podría ser la persona que apuntaba o aclaraba temas al represor Coco, que interrogó a Susana varias veces.

–¿Este Coco tenía a alguien que decodificaba?

–Parece que sí. Me acuerdo de que cuando quise explicar algo, el Coco me dijo: ‘Usted no se preocupe que acá hay gente que entiende y lo va a explicar’. Pasaron unos días y el 30 de diciembre de 1977 me regresaron a la UP1. En el camino se atrevieron a manosearme.

El Coco al que la testigo aludió sería el represor Juan Carlos Damonte, un ex policía que perteneció a las patotas de La Perla y el Campo de La Ribera, y permaneció prófugo de la Justicia durante cuatro años, hasta que el último 10 de junio fue hallado y detenido en Trelew.

 

 

“Primatesta sabía todo lo que pasaba”

El sacerdote tercermundista Víctor Acha, quien tuvo que exiliarse en Colombia durante la dictadura, le dijo al Tribunal que (el cardenal Raúl Francisco) Primatesta estaba al tanto de todo lo que sucedía en Córdoba durante el terrorismo de Estado: “Me allanaron la parroquia unas cinco veces –contó el religioso que tenía a cargo la capilla del paupérrimo asentamiento conocido como Villa El Libertador–, y directamente me prohibió que hiciera público lo que pasaba. Dijo que él se encargaba de todo personalmente y que lo hablaba con (el represor Luciano Benjamín) Menéndez. Para Acha todo comenzó a complicarse cuando una noche la patota se llevó al seminarista Gervasio Mecca. Su supuesto delito: haber conocido a un militante de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), Jorge Rossi, quien fuera asesinado en La Plata. El hijo de Rossi –quien también fue secuestrado junto a su mamá y llevado a La Perla cuando apenas era un nene de cuatro años– ya declaró en este juicio por el crimen y la desaparición de sus padres. Acha contó que mientras se llevaban al seminarista Mecca, la banda de torturadores le gritó que le pidiera “explicaciones al arzobispo”. El sacerdote lo hizo, pero Primatesta, como toda respuesta, “me prohibió que hiciera público lo del secuestro y los allanamientos” (Acha padeció una media docena). “Esto lo manejo yo, te prohíbo que lo hagas público”, le respondió quien fuera, además, el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina durante más de veinte años.

 

 

 

 

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Diario Página 12. Lunes 4 de agosto de 2014.

 

TESTIMONIOS EN EL JUICIO POR LOS CRIMENES DE LESA HUMANIDAD COMETIDOS EN LA PERLA

El origen del centro de exterminio

 

La declaración de Graciela Olivella, secuestrada en 1976, aportó datos y nombres para reconstruir cómo comenzó a operar el campo de concentración que funcionó en Córdoba durante la dictadura. La preocupación del represor Luciano Benjamín Menéndez.

Menéndez junto a Raúl Fierro, dos de los 51 acusados en el juicio que comenzó el 4 de diciembre de 2012. Imagen: Télam

Menéndez junto a Raúl Fierro, dos de los 51 acusados en el juicio que comenzó el 4 de diciembre de 2012.
Imagen: Télam

Por Marta Platía

Con dificultad, como si el cuerpo encogido por sus 87 años hubiera acusado –al fin– el peso de sus nueve condenas por crímenes de lesa humanidad, el represor Luciano Benjamín Menéndez volvió a pararse frente al tribunal que lo juzga en Córdoba. La voz casi inaudible, el tono de mando a punto de esfumársele, pidió la palabra para defender lo único que parece importarle: el recuerdo –aun entre los sobrevivientes– de su otrora estampa de militar duro. “Quiero decir que yo siempre usé el uniforme de servicio con breeches y botas. Siempre. Y eso para demostrar que los testigos mienten. Mienten en todo.” ¿Los fusilamientos en masa y la quema de cadáveres en fosas comunes? ¿Las desapariciones? ¿Las torturas? ¿Las picanas en las vaginas de las mujeres embarazadas? ¿Las violaciones? ¿El robo de bebés? ¿El saqueo de bienes de los secuestrados? No. Eso no amerita el esfuerzo de sus huesos ni de sus palabras. El uniforme sí. Lo dicho por el testigo Ricardo Manuel Rodríguez Anido, quien afirmó haber visto a Menéndez en La Perla vestido de fajina, movilizaron su ira y las pocas fuerzas que parecen quedarle.

Con uniforme o no, Menéndez está acusado de ser el responsable máximo de los crímenes que se cometieron en ésta y otras diez provincias argentinas desde 1975, con la aparición del Comando Libertadores de América (CLA): una alianza de paramilitares, policías, el Ejército y su propia coordinación hasta pasado 1979. Con uniforme o no, este hombre que cumplió años el último 19 de junio –poco antes de su última condena en La Rioja por el asesinato de Enrique Angelelli– fue uno de los principales jerarcas de la mano de obra armada de la última dictadura.

 

La “inauguración”

La madrugada del 23 de marzo, Graciela Lucía Olivella y su hermana Adriana apenas habían alcanzado a dormirse. Preparaban una materia para rendir y así, entre los libros y el mate, las despertó la patota que irrumpió en la casa paterna del barrio Las Margaritas, destrozando puertas y ventanas. “A partir de ahora tu vida no vale nada. Estás en manos del Comando Libertadores de América. De acá no te salva nadie, ni Dios, ni jueces, ni tus padres, ni nadie”, recordó Graciela que le dijeron mientras la llevaban en auto, maniatada, hacia el campo que, mucho después, supo que era el Batallón 141.

Ahora tiene 59 años y es costurera. Con cierta tristeza, dice que lo padecido le impidió seguir su carrera universitaria; pero su verba precisa y su carácter le borran de inmediato cualquier sesgo de autocompasión. “A mí ya me habían agarrado en la calle unos policías de civil y me llevaron al D2 en 1974. Me acuerdo de que una mujer (la represora Graciela “Cuca” Antón) me dijo: ‘Esta va a ser una noche inolvidable para vos’. Me metieron en un baño, unos cuatro o cinco hombres me empezaron a golpear… me hicieron submarino… (Graciela optó por no detallar las vejaciones padecidas.) Esos días fueron determinantes en mi vida, en la de mis hermanos. Mis padres ya no nos dejaron salir más de casa. Sólo estudiábamos e íbamos a la facultad. Hasta esa madrugada.”

Esa madrugada fue la previa al golpe, cuando junto con sus hermanos Juan José y Adriana fueron arrancados de sus camas ante la desesperación de sus padres. Graciela y sus hermanos estuvieron un día en el 141, escuchando los gritos de otros a los que, como a ellos, habían sacado de sus hogares. Al otro día “nos llevaron a un lugar con yuyos altos, abrojos… Estaba vendada. Siempre vendada. Ahí sentí cómo golpeaban a un muchacho. Decían que había ido a Cuba. Y él gritaba que no, que era Francia… Nunca supe quién era. Después ya no lo escuché más. Eso ya era La Perla. Lo supimos después, cuando nos soltaron. Sabíamos que era un lugar amplio de techos altos. Tabicados y todo, nos dábamos cuenta por cómo se escuchaban las voces (Graciela habla a veces en plural. Ella y su hermana y su hermano parecen ser uno. La testigo casi no habla de lo que ella misma padeció. Intenta recordar nombres. Siente que está ahí para eso.) Nos pusieron a mí y a mi hermana junto a una chica que se llamaba Amanda Assadourian”.

–¿Cómo sabe que se llamaba así? –le preguntó el fiscal Facundo Trotta.

–Porque nos lo dijo. Nos bañamos juntas. También nos dijo que estaba embarazada de tres meses y que estaba con su novio.

–¿Dijo el nombre de su novio?

–No, no lo supe.

Amanda Assadourian había sido secuestrada el 25 de marzo, junto a su compañero René Caro y a Maximino Sánchez, que era un dirigente gremial cercano a René Salamanca, líder del Smata. Amanda continúa desaparecida. Su hermana Rosa fue asesinada el 2 de abril de ese año en un falso enfrentamiento, con Luis Mario Finger, frente al Hospital de Clínicas. René Caro sobrevivió a varios traslados, a la muerte.

La voz de Graciela Olivella se endurece cuando recuerda: “A la noche empezó a entrar gran cantidad de gente… A partir del 24, el lugar empezó a llenarse. Me acuerdo de que nos dijeron que había habido un golpe de Estado. Trajeron a un hombre… sentimos que lo estaban torturando. Le pedían su nombre de guerra. Y él decía que era Valverde (era el abogado Eduardo “Tero” Valverde, esposo de la abogada María Elena Mercado, quien luego integró la Conadep-Córdoba). Me acuerdo de que mientras lo golpeaban los gritos eran muy fuertes y entonces ponían la radio muy alta… También recuerdo que se escuchaba cantar por la radio a Alberto Cortez ‘Cuando un amigo se va’… (La mujer hace una pausa y toma agua, no quiere llorar). El fue muy torturado… Se quejaba. Lo dejaron tirado, muriéndose. Se lo llevaron al otro día y nunca más supimos de él”.

Valverde había sido funcionario del gobierno de Ricardo Obregón Cano. El mediodía del 24 de marzo fue citado. Debía presentarse en el Hospital Militar. Asistió. No tenía nada que ocultar. Nunca más regresó. Y su esposa –una de las fundadoras de Familiares de Desaparecidos en esta provincia– nunca dejó de buscarlo.

El testimonio de Graciela tuvo un inmenso valor para saber cómo arrancó la maquinaria de tortura, muerte y desaparición de La Perla. Ella es consciente de eso y se esforzó por detallar nombres y caras.

“Yo vi a Silvina Parodi (la hija de Sonia Torres, la presidente de Abuelas de Plaza de Mayo-Córdoba) en La Perla. Fue en las duchas. Ahí nos pudimos sacar las vendas. No la conocía. Ella me dijo su nombre. Y también que estaba su marido, Daniel Orozco, que se habían conocido estudiando ciencias económicas. Silvina me dijo, en broma, que como el agua estaba fría tenía miedo de que se le saliera una patita… Tenía su panza de embarazada. Le pregunté de cuánto estaba, y me dijo que de seis meses y medio… Yo lamento mucho no poder decir más nada de ella. Se la llevaron”, dijo, y la cámara que registra el juicio tomó el rostro de Sonia Torres, que cerró los ojos y apretó sus labios –una vez más– para aguantar.

–¿Recuerda alguna otra pareja? –preguntó el fiscal.

–Sí, a una pareja que interrogaron mucho… El apellido era Caffani. La familia de ellos después nos conectó con la Conadep. En La Perla yo supe que ellos eran un matrimonio, que se habían casado hacía poco. A él lo torturaban adelante de ella, y ella gritaba…

Se trata de Humberto Caffani y de Mirta Ricchiardi, que era delegada del supermercado Tiburoncito. Ambos fueron secuestrados el 26 de febrero de 1976. Eran militantes sociales. Estaban construyendo un dispensario en un barrio obrero. Inés, la hermana de Humberto, contó durante su testimonio que “ellos creían en un socialismo cristiano”. La pareja se había casado el 17 de enero de ese año. Cuando se los llevaron, la horda de Menéndez se robó todo de la casa: “¡No dejaron ni la cama ni la heladera! ¡Hasta el vestido de novia de Mirta se llevaron!”, denunció Inés sacudiendo incrédula la cabeza aún después de tantos años. El vestido de novia fue un elemento más de tortura para la joven. Los torturadores se lo mostraron. “¿Sabés que me trajeron acá hasta con mi vestido de novia?”, alcanzó a decirle a Adriana Olivella, en un breve instante de diálogo que Adriana todavía padece.

Graciela señaló también “la discriminación nazi hacia los prisioneros judíos: nos dijeron que no habláramos con un muchacho que estaba en la cuadra. Después supe que era (Alberto Bournichón) el esposo de (la escritora María) Saleme de Bournichón, ellos decían que era sionistas”. Los días y noches que apenas podía distinguir a través de las vendas y la “conjuntivitis terrible que ardía en los ojos”, siguieron con los alaridos de las torturas y los quejidos de los lacerados. “Yo estaba desesperada por mis hermanos. Sabía que estaban vivos, que estaban ahí todavía. Cuando llega el 2 de abril nos hacen levantar, nos ponen uno al lado del otro y nos dicen que salíamos. ‘Vos dejate de joder con la música de protesta’, le dijeron a Juan José (el hermano que murió hace pocos años) y a los tres que nos olvidáramos de lo que habíamos visto ahí. Nos subieron a un auto… Me habían devuelto el camisón con el que me sacaron de mi casa y dejado un poncho que todavía guardo… Del auto nos tiraron en un charco. Cuando se fueron, me saqué la venda y estábamos en la esquina de mi casa… Me acuerdo de que al otro día fuimos a la comisaría (9ª) y quisimos denunciar, pero ahí nos dijeron ‘¿ustedes qué hacen acá? ¿No les dijeron que no digan nada?’. No había a quién pedirle ayuda. Nadie.”

 

Cien muertos

El 23 de mayo de 1976, domingo, los hermanos Olivella sintieron otra vez el miedo quemándoles el cuerpo: “Apareció por casa Antonio Maldonado, uno de los gendarmes de La Perla que había tratado bien a mi hermana Adriana. Adriana nos había hablado de él. Este hombre fue con su mujer y les pidió a nuestros padres llevarnos a la iglesia evangélica donde ellos asistían. Cuando íbamos en el auto, mi hermana le preguntó por Amanda Assadourian y él dijo, como si fuera normal, que ‘lamentablemente la habían ejecutado porque era líder de un grupo montonero’; y que nosotros éramos ‘un milagro’, ya que de unas cien personas que habían tenido (en la cuadra), solamente nosotros tres y dos más, un señor Torres y su mujer, habíamos salido con vida”. La mujer padece todavía la conmoción de esas cifras, y repite, como para sí misma: “Sí, desde el 23 de marzo al 23 de mayo, cien muertos según este hombre y nosotros estábamos vivos… ¡habíamos sobrevivido!”.

Antes de su testimonio, su hermana Adriana había contado sobre ese gendarme:

–¿Se acuerda del nombre? –le inquirió el juez Jaime Díaz Gavier.

–Totalmente, pero hoy tengo reparos… Esa persona siempre me trajo cigarrillos, hizo todo lo que no debía hacer… Uno creía que nos llevaban a bañar y nos dejaban solos, pero ellos entraban… Este gendarme fue respetuoso. No me espiaba… Una noche en un baño me dijo ‘sacate la venda’, me contó quién era, que tenía tres hijas, que era casado y que era evangelista. Los compañeros le decían el Evangelista y se llamaba o se llama Antonio Maldonado. Era corpulento, no muy alto… (De pronto la testigo enmudece, se detiene, respira.) Siento que lo traiciono… ¡Ay, Dios!”. (Se cubre el rostro con las manos.)

–No, no lo traiciona, está relatando que la trató bien, la consuela –le dice el juez.

La mujer llora. Sabe que la fiscalía lo llamará a declarar.

Antes de levantarse de su silla, Adriana pidió permiso al Tribunal para mostrar algo. Ante el silencio de la sala, desenrolló casi amorosamente una venda, una larga tira de tela amarillenta: “Es la que tuve puesta durante todo mi cautiverio. La guardé durante todos estos años con los algodones… No pude, no quise tirarla –dijo, como si se tratara de un cordón umbilical—. Estuvo en un rinconcito del ropero, junto con el poncho rojo que le pusieron a mi hermana. Fue de alguien. Queremos que lo tengan los familiares”. Alzó la venda, se la mostró a todos y a los represores: “Es la prueba de que ellos me pusieron esto. Es la prueba de que ellos sí hicieron todo lo que hicieron.”

Paredón y después

 

Daniel Alfredo Barrionuevo es médico cirujano y pediatra. Trabaja en el Hospital de Niños de Córdoba. Estuvo tres días secuestrado en el Departamento de Informaciones, el D2, a pocos pasos de la Catedral cordobesa, en marzo de 1976. A la salida de su testimonio, habló del simulacro de fusilamiento del que fue víctima: “Primero me interrogan malamente, me pegan. Después me tratan de asfixiar con una bolsa en tres oportunidades. Es una sensación de vida o muerte. Porque si yo no hubiera tenido la edad que tenía, si me hacen eso ahora, me da un infarto y me muero. Y después, como última carta, lo más jodido es la parte psicológica. Decían adelante mío ‘si no nos dice nada, lo matamos’ y como yo no decía nada porque no sabía nada… Yo estaba vendado y atadas las manos atrás”. Luego vino el simulacro de fusilamiento: “Me pusieron contra la pared y uno dio la orden, cargaron las armas… ¡apunten y fuego! Y bueno… detonaron… Pienso que algún tiro le pegaron a la pared. Se ve que a eso la mente humana no lo soporta… y me lo he olvidado. Me desmayé y me desperté creo que al otro día. Tan es así que yo no puedo ver en una película que a alguien le hagan eso… cambio de canal”.

 

 

 

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Diario Página 12. Lunes 16 de junio de 2014.

 

EL TESTIMONIO DE UNA VICTIMA EN EL MEGAJUICIO POR LOS CRIMENES COMETIDOS EN LA PERLA

“Estás acá por pelotuda, me dijeron”

 

Susana Strauss era ama de casa y fue secuestrada en 1976, después de haberse animado a denunciar la desaparición de un trabajador. Sufrió torturas y cautiverio durante más de un año. “Yo me defendía de todo ese horror cantando”, contó ante el tribunal.

Los represores acusados por los delitos de lesa humanidad perpetrados en La Perla son 52. Imagen Télam.

Los represores acusados por los delitos de lesa humanidad perpetrados en La Perla son 52. Imagen Télam.

Por Marta Platía

Susana Strauss tiene 69 años y es tan hermosa como avasallante su vitalidad. Los ojos azules le brillan como joyas y se ríe y llora con igual intensidad cuando revive, ante el Tribunal Oral Federal Nº 1, la historia que la llevó desde la cocina de su casa a los campos de concentración de la dictadura, a las cárceles durante un año y un mes. “Yo vivía en el barrio del Sindicato de Empleados Públicos (SEP) –un asentamiento obrero al sur de la capital cordobesa–. Sabíamos que había personas desaparecidas. Como en aquella época estábamos todavía en construcción, siempre había albañiles de guardia para que no nos robaran los materiales. Un día (de enero de 1976), noté que uno de ellos, (José del) Pilar López, dejó de venir a trabajar. Nos llamó la atención a mí y a mi marido y fui a la guardia a preguntar por él. Me dijeron que hacía mucho que no lo veían, y que también había venido su esposa… Y mire, señor juez, a mí no se me ocurrió mejor cosa que ir a la (comisaría) 10ª en Córdoba, y denunciar la desaparición”.

 

Apenas ocurrido el golpe, los allanamientos y los camiones militares comenzaron a ser una constante en el barrio: “Un día mis hijas estaban jugando en el patio. Sentimos ruidos de corridas y cuando me asomé, vi que las estaban apuntando con armas –el aplomo de Susana se diluye no bien lo dice. Se cubre los ojos y la voz se le parte en pedazos–. Miren… las dejaron entrar, pero fue terrible ver eso”. La mujer cuenta que los represores se fueron llevando a sus amigos. “Los que quedaban me contaron que siempre preguntaban por mí. Y como yo no quería que pensaran que tenía algo para esconder o me estaba escapando, fui al sindicato (el SEP) que estaba intervenido, me presenté ante un abogado, (Juan Carlos) “Canco” Vega, y un capitán Barbieri. Le dije que no quería que piensen que me estaba escapando. ¡Cómo habré sido de ingenua, que cuando ese fin de semana nos fuimos a las sierras con mi marido y mis hijas, puse un papelito en la puerta diciendo ‘estoy en tal lugar’!” La ironía se mezcla con la tristeza: “El 26 de agosto me fueron a buscar”.

 

Susana Strauss relata con tanta pasión y detalle que la escena parece corporizarse en la sala: “Me acuerdo de que eran como las seis de la tarde cuando llegaron, porque yo les estaba dando la leche a mis chicas y en la tele estaban viendo Calculín (un programa de tevé infantil de entonces). Mi casa era un dúplex y estaba totalmente abierta, como siempre. Eramos muy de guitarreadas, de amigos, de mates. No les costó entrar. La turba me registró toda la casa. Me dijeron que me iban a llevar. En ese momento había un primo de mi marido que era abogado y estaba de visita. Les mostró su carnet, les pidió que no me llevaran, pero no hubo caso. Mis hijas se pegaban a mis piernas y lloraban… pobrecitas… no me querían dejar ir. Y yo, asustada como estaba, les pedí a estos tipos que me dejaran llevarlas a mi vecina de abajo, “La Abuela”. El barrio entero le decía La Abuela… Pedí llevar mi documento, un abrigo. Ellos revolvían y revolvían y me preguntaban: ‘¿Susana Strauss, Susana Strauss?’ Sí, les decía yo. Parece que, como no encontraban nada de lo que buscaban, les costaba creer que era yo a la que tenían que llevar”.

 

La subieron en el asiento delantero de un camión. Ella recuerda que lo vivía todo como un mal sueño: “Me llevaron al (Batallón) 141. Hablaban por aparatos: ‘ciervo hablando a comadreja’ y decían ‘acá tengo un paquete’. Imaginé que el paquete era yo… Ahí me envolvieron en una frazada que sacaron de mi casa, y me tiraron atrás de un camión. De ahí tomaron rumbo al Campo de La Ribera. Lo supe por el olor de las curtiembres… Lloraba ahí envuelta… Me despedí de mi familia, de mi esposo, de mis hijas, pensé que ese era el final”.

 

La primera noche la pasó tirada en una colchoneta preguntando a quienes estaban alrededor por qué estaban, quiénes eran. Al día siguiente, el primer interrogatorio: “‘Nosotros sabemos que sos comunista’, dijeron. Grité que no. ‘Entonces sos de la OSA’. Yo no tenía idea de qué era eso, después mis compañeras me dijeron que era la Organización Sionista Argentina. Me decían que era judía. Yo les dije que sí, pero que no era creyente. ¡Para qué les habré dicho eso! –sonríe con pena–. ‘Si no sos creyente, sos comunista’, me contestaron y me pegaron un cachetadón en el oído que me atontó y me dejó sorda por varias horas”.

 

Susana cuenta que le preguntaban por su marido, sus amigos, sus actividades. “Yo era sólo una ama de casa. Mi marido trabajaba en EPEC. Ahí me mostraron una foto mía en el velorio del Gringo (Agustín) Tosco. Y querían saber por qué me gustaba Tosco, y yo les contesté por todo lo que había conseguido para los trabajadores. Yo no sabía todavía cuál había sido mi culpa para estar ahí, para que me tengan atada, tirada en el suelo, fuera de mi casa. En un tercer interrogatorio, me lo dijeron: ‘Usted está aquí por P. P.’ ¿Y eso qué es?, pregunté. ‘Por pelotuda’, me contestaron”.

 

Cantar para (sobre) vivir

 

Nada era tan lineal. No sólo la solidaridad de Susana, cuando denunció la desaparición del obrero, la hizo blanco del terrorismo de Estado: uno de sus vecinos del barrio, un represor de los 52 que ahora están sentados en el banquillo de los acusados, había puesto sus ojos en ella. La belleza y la vitalidad de Susana despertaron la codicia de un informante civil de la horda de Luciano Benjamín Menéndez, Ricardo Lardone. Un represor conocido como “Fogo” o “Fogonazo”, ya que se dedicaba a sacar fotos en las movilizaciones y en las universidades que utilizaba para la delación.

 

Susana denunció ante los jueces que fue este hombre el que, en una ocasión en el Campo de la Ribera, mientras ella estaba tabicada, se le acercó al oído y le dijo “¡pero cómo no vas a tener loco a tu marido con esos ojos!”. La mujer razonó entonces –y ahora en juicio–: “¿Y cómo sabía él cómo eran mis ojos, si desde que llegué a ese campo estaba vendada?”.

 

Susana le reconoció la voz muchos años después, cuando, ya liberada, lo escuchó hablando en el barrio con “un gordo grandote de voz aflautada que yo sí había visto y oído en el campo de tortura”.

 

–¿Cómo supo que era él?, le preguntó el juez Jaime Díaz Gavier.

 

–Una noche un tipo me sacó de donde estaba con las compañeras y me dijo eso al oído, lo de los ojos… Yo pensé que iba a una violación, pero alguien le dijo que me devolviera a mi lugar… También había entre ellos uno grandote, gordo, con voz aflautada. A ese lo vi. Y es ése el que estaba con Lardone en el barrio. Y Lardone me conocía. El me había sacado la foto en el velorio de Tosco. Nos habíamos encontrado y él hasta me preguntó qué hacía ahí, y yo le dije “lo mismo que vos, vine al velorio”. El sabía cómo me llevaba yo con mi marido.

 

Susana en ningún momento quiere hablar de torturas. Y menos aún de violaciones. “Yo me defendía de todo ese horror, de los gritos y de eso que no entendía, cantando”.

 

–¿Y qué cantaba?, quiso saber el juez.

 

–Canciones infantiles. Yo siempre canto. Soy muy alegre. Siempre he sido así. Ahí encerrada y todo cantaba: “Estamos invitados a tomar el té…” –entona, y los jueces la escuchan sorprendidos, hasta con ternura, mientras ella se desliza por los versos de María Elena Walsh–. Ellos me querían hacer callar a toda costa, pero apenas se iban yo seguía con “La reina de la batata” o lo que fuera… Así que cuando liberaron a algunos, mi esposo supo que yo todavía estaba viva. Cuando le contaron que había una que cantaba todo el tiempo esas cosas, él se dijo: “sí, es ella, nunca para de cantar”.

 

Del Campo de la Ribera, Susana fue trasladada a la cárcel El Buen Pastor.

 

“Me llevaron con una chica Ewi, con Susana Panero y la Hilda Toranzo. Me acuerdo que cuando llegamos, nos empujaron del camión y ahí nos recibieron unas monjas.” En esa prisión, Susana retuvo una escena que dejó en claro, una vez más, la complicidad de la Iglesia con los represores: “Una noche trajeron una chica. Estaba embarazada. La madre superiora le dijo al militar que la trajo: ‘Lo felicito, están haciendo muy bien las cosas’. Y le dio la mano. Yo pregunté quién era el tipo, y me contestaron que el coronel Fierro”. Presente en la sala, el acusado (Raúl Eduardo) Fierro trata entonces de despertarse del eterno letargo en el que entró –o en el que simula estar– desde el comienzo del juicio.

 

Susana se descompone cuando recuerda a la muchacha: “Conseguí que me dejaran llevarle un té con un bollo de pan. La chica estaba muy mal. Me dijo que le acababan de reventar la casa y que tenía cinco niñitos adentro… Nunca supe su nombre. Nunca…”.

 

La testigo se esfuerza por recordar a cada una de sus compañeras de presidio. Se enoja con ella misma cuando no lo logra. Desde El Buen Pastor la llevaron a la UP1 (la cárcel de barrio San Martín), ahí vio, entre otras a Marta Sandrino: una chica que había sido baleada en la columna vertebral y que tenía “un hueco en la espalda por donde se podía meter un puño cerrado”. Marta –varias testigos lo corroboraron– estaba malherida y sin ningún tipo de atención médica. “Sé que logró sobrevivir, pero nunca voy a olvidarme del olor a podrido que desprendía su cuerpo debajo de una manta…” Lo que siguió fue el traslado “atadas como matambres en la panza de un Hércules C-130, mientras abrían la puerta y simulaban que nos iban a tirar… No nos dejaban ir al baño, pero nos tiraban agua fría… La tortura era permanente. Yo dejé de menstruar en todo ese tiempo… Creo que fueron los tres años y pico así. Y cuando llegamos a Devoto, nos pasó algo horrible”.

 

La energía de Susana parece esfumarse de golpe cuando tanto ella como su cuerpo recuerdan. Lentamente alza los brazos y pone sus manos detrás de la nuca. Cierra los ojos y relata, con las mejillas enrojecidas y repentinamente mojadas: “Así nos hicieron desfilar, caminar desnudas en una capilla… Ellos se pusieron detrás del altar como si fuesen curas –Susana llora, todavía, la humillación–. Nos miran, nos dicen cosas horribles…”. El sollozo entrecortado se escucha ahora en toda la sala, el perverso desfile es tiempo presente para la prisionera y sus compañeras de cautiverio. “Ellos disfrutan… Nos hacían caminar y dar vueltas una y otra vez con los brazos así…”.

 

Cuando regresa, cuando abre los ojos ante el tribunal, está furiosa. “¡No, no quiero volver a llorar. No quiero! Así que ahora les cuento algo que me dolió mucho para no volver a llorar. Una vez entraron a mi celda y preguntaron: ‘¿Hay cucarachas, chinches, hay judíos?’ Yo me iba a levantar, pero una compañera no me dejó. Me agarró de una pierna y me dijo ¿No te das cuenta de que son nazis?”.

 

La liberación llegó una noche. “¡Susana Strauss, traslado con efecto!, gritó uno de los guardias.” Entre la alegría y el desgarro, la mujer recuerda: “Mis compañeras me abrazaban y no me querían dejar ir. Yo era la que contaba cuentos, la que les cantaba… Vinieron los carceleros y me sacaron de ahí de los brazos. Mientras me iba, les canté el ‘Avemaría’. Esa fue una forma de despedirme de ellas”.

 

La tuvieron unos días en una comisaría porteña. Les cambió a los policías “cebadas de mate para que me dejaran hacer una llamada”. Gracias a eso, su esposo llegó a buscarla desde Córdoba: “Era el 23 de septiembre de 1977. Llegó en un Fiat 600. Yo estaba tan feliz, que cuando subí al autito me pareció gigante”.

 

Antes de que Susana finalizara su testimonio, uno de los defensores le enrostró: “Usted nunca habló de golpes en otras declaraciones, y ahora dice que le pegaron en el Campo de la Ribera”.

 

–Es que yo, durante muchos años, no dije que me golpearon… No quería que mi marido y mis hijos supieran –su familia está en la sala, se toman de las manos, se sostienen casi sin respirar–. Yo decía cachetadas… Mire –se anima mientras toma aire–, recién hace quince días que se lo dije a mi familia, que me habían golpeado. Una psicóloga me ayudó. Es que yo he visto gente picaneada, terriblemente golpeada, y me parecía que lo mío era nada… Ahora sé que el dolor de oído y de dentadura que todavía tengo es por esos golpes…. Ser maltradada, pasar de ser una simple ama de casa a ser presa y torturada… Hay muchas cosas que no dije. Cosas que me pasaron y que nunca, pero nunca las voy a decir –ahora Susana estalla y parece no poder parar su descarga–. ¡Mire, mis padres ya habían sufrido el nazismo… De mi familia en el mundo quedaron cuatro o cinco, a los demás, los nazis los hicieron jabón. Y mi padre del susto, cuando me secuestraron, se fue del país con mi hermana y mi sobrino… ¡Quedé sola! ¡Sola de ellos! Gracias a Dios me quedó la familia que había formado yo… ¡Y todo eso se lo debo a estos golpeadores de miércoles! –señala a los imputados–. ¡Por culpa de ellos estoy así! Llora de bronca, pero la bronca la sostiene y desafía al defensor:

–Dale, ¿me querés preguntar algo más?

–No –contestó el abogado, casi con vergüenza.

 

 

……

 

LAS DENUNCIAS CONTRA RUEDA

Juez y cómplice

Por Marta Platía

 

El juicio por los crímenes en La Perla lleva 153 audiencias desde su inicio, en diciembre de 2012, y uno de los funcionarios judiciales más señalados por su supuesta “complicidad con la dictadura” es nada menos que el actual presidente de la Cámara Federal de Apelaciones de Córdoba, Luis Rueda, quien durante el terrorismo de Estado oficiaba de secretario en el Poder Judicial.

Rueda fue denunciado por los sobrevivientes Patricia Astelarra, quien señaló que junto al ex juez federal Gustavo Becerra Ferrer la “amenazaron y actuaban en connivencia con la patota” de Luciano Benjamín Menéndez, y su compañero Gustavo Contepomi, quien afirmó que Rueda le habría “armado una causa” que lo mantuvo nuevamente preso un año y medio más ya en democracia, luego de que lograra sobrevivir al campo de concentración de La Perla. ¿El motivo? Según Astelarra y Contepomi, un libro sobre lo padecido que escribieron junto a otra pareja de cautivos.

 

A esto se sumó luego la acusación de Teresita Piazza de Córdoba, una mujer que contó a los jueces que Rueda le habría dicho que su caso “no terminaba de resolverse por la mención que ella seguía haciendo sobre la presencia del general Menéndez en el Hospital Militar”, donde fue internada durante su secuestro.

 

Otra de las sobrevivientes que echó sombras sobre la actuación del actual magistrado durante la represión fue Mabel Lía Tejerina, quien contó cómo Luis Rueda le hizo firmar un documento preparado por los represores de La Perla, en el que constaba que “me habían tratado bien ahí”. Tejerina relató que fueron sus torturadores, al mando de José (“Chubi”) López, quienes la fueron a buscar a su casa en 1985, la amenazaron con no dejarla criar a sus tres hijos si no firmaba la declaración que ellos le traían, y la llevaron al mismísimo edificio de los Tribunales Federales para ello. “En una pieza oscura del subsuelo, que no era una oficina, me esperaba Luis Rueda, y también había uno de La Perla que no recuerdo quién era. Firmé”.

 

Ahora, en una de las últimas audiencias del megajuicio, la acusación contra el presidente de la Cámara Federal fue de Mirta Noemí Pache de Juárez, quien dio testimonio por el secuestro y de-saparición de su esposo, Pedro Antonio Juárez, secretario general del gremio de los lácteos en la planta de SanCor, y su hermano, Humberto Pache. Mirta afirmó que Rueda “la intimidó” para no embargarle sus bienes: “En 1991 llegaron a mi casa… El señor Luis Rueda se presentó con otros a cobrarme las costas de un juicio que ni siquiera se había iniciado (una demanda como víctimas por lo que habían padecido). Y nosotros, que no teníamos justicia, que no teníamos esperanza… ¡Se presentaron para embargarme! ¡Nada, porque nada teníamos! –se indignó–. ¡Y todo para decirme que no siguiera con los juicios! Yo lo vine a ver (después, a Tribunales). Y él me dijo que no me preocupara tanto por el embargo, y que me olvidara de los juicios”. La mujer presentó la documentación de ese embargo, amarillento por el tiempo transcurrido, ante el Tribunal. El fiscal Facundo Trotta pidió que se investigue.

 

Antes de retirarse, le dijo al juez Jaime Díaz Gavier: “Estoy convencida, señor presidente, de que para que se haya logrado semejante genocidio, semejante tragedia, tuvo que haber complicidad”.

 

Por su parte, los familiares de Norberto Victorino Puyol denunciaron también al ex juez federal No 2, Miguel Angel Puga, quien no habría hecho nada ante la presentación de un hábeas corpus presentado poco después del secuestro y desaparición de Puyol, el 3 de diciembre de 1976. Sus tres hijas y su hermano, un ex juez llamado Ramiro Puyol, detallaron paso a paso la búsqueda de datos de su familiar desaparecido. Ramiro concluyó que “la Justicia nos mintió. Ellos –refiriéndose al juez Puga– ya sabían cuando contestaron el hábeas corpus (el 21 de diciembre de 1976) que mi hermano estaba muerto, pero dijeron no saber nada”. Puyol fue baleado cuando fue a una cita. Corrió y lo acribillaron. Su cuerpo pasó por el Hospital Militar, donde le tomaron huellas, y por la morgue del Hospital San Roque. Desde allí habría sido arrojado a las fosas comunes del Cementerio de San Vicente, como tantas víctimas.

 

Otro de los funcionarios judiciales complicados es el ex juez Eudoro Vázquez Cuestas. Ante una pregunta del fiscal Facundo Trotta, el sobreviviente Daniel Dreyer, de Bell Ville, denunció haberlo visto y escuchado en la comisaría donde lo mantuvieron detenido y torturado a fines de 1975.

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Diario Página 12. Martes 6 de mayo de 2014.

 

LA HISTORIA DE LA FAMILIA FERREYRA RELATADA EN LA MEGACAUSA LA PERLA

Baleados frente a sus padres

 

Pablo y Santiago Ferreyra y Cilene Peralta declararon por el secuestro y desaparición de Diego Ferreyra y Silvia Peralta, quienes fueron vistos en el centro clandestino La Perla. Contaron también la persecución sufrida por las familias de ambos.

“No son bestias. Quitémosles ese peso a las bestias. Son miserables”, dijo Pablo Ferreyra al declarar sobre los acusados. Imagen, Télam.

“No son bestias. Quitémosles ese peso a las bestias. Son miserables”, dijo Pablo Ferreyra al declarar sobre los acusados. Imagen, Télam.

Por Marta Platía

El testigo se paró ante el tribunal, juró por la memoria de sus padres y de sus hermanos desaparecidos y precisó después de mirar a cada uno de los represores encabezados por Luciano Benjamín Menéndez: “No, no son bestias. Quitémosles ese peso a las bestias. Son miserables. Los miserables que supusieron que haciendo desaparecer a los jóvenes hacían desaparecer las ideas, y que haciendo desaparecer a los bebés hacían desaparecer el futuro. Pero fallaron, fracasaron. Ahora estamos acá, en democracia, con justicia, y quiero que sepan que las atrocidades que hicieron, los chicos que se robaron, los jóvenes que mataron, hoy florecen en nosotros”. Pablo Alejandro Ferreyra Beltrán declaró en el megajuicio que juzga a los imputados por los crímenes de lesa humanidad cometidos en los campos de concentración y exterminio de La Perla y La Ribera. El hombre de 57 años dio testimonio por el secuestro, tortura, asesinato y desaparición de su hermano Diego y de su cuñada Silvia “Pohebe” Peralta –militantes del PRT y estudiantes de Arquitectura y Derecho, respectivamente–, secuestrados y baleados ante la desesperación y el espanto de sus propios padres, el mediodía del lunes 24 de mayo de 1976.

“Ahora nosotros les damos a ellos la capacidad de que reciban justicia, que si son culpables vayan presos, y que si no lo son, salgan en libertad”, siguió Pablo, uno de los nueve hijos que tuvieron Delia Beltrán (quien fue directora de la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano, el de “La noche de los lápices” cordobesa) y el arquitecto Alejandro Enrique Ferreyra.

“Mis viejos no pudieron llegar con vida para contar lo que vieron… Pero aquí estamos nosotros, que seremos su memoria”, se presentó el testigo. A sus espaldas, la sala estaba repleta de amigos y miembros de su familia. Por el crimen de Diego y Silvia Peralta también declararon Santiago Ferreyra y Cilene Peralta, hermana de Silvia, a quien todos llamaban –y llaman– “Pohebe”.

Más que secuestro, una cacería

Pablo y Santiago contaron –cada uno a su tiempo– que ese 24 de mayo del ’76 sus padres pasaron a buscar a Diego y a Pohebe por lo que entonces era la Avenida del Panal (la actual costanera Ramón Mestre, que bordea el río Primero, al noroeste de la ciudad de Córdoba). La pareja vivía desde hacía pocos días en una casa que les habían prestado junto a su beba Juana, de once meses.

Pohebe había sobrevivido al secuestro y a las torturas a las que la habían sometido en la D2 de Mendoza en febrero, y apenas se estaba reponiendo. A su turno, Santiago describió, aún aterrado, que “la habían picaneado, vejado, violado, golpeado durante cuarenta días… Yo jamás había visto heridas de ese tipo: tenía rayas negras del grosor de mi dedo –dijo mostrando una de sus anchas manos a los jueces–, las tenía en la barriga, en los hombros, en el pecho… Eran como de piel necrosada. Manchas oscuras, casi negras… La enterraban hasta el cuello y la dejaban la noche entera enterrada”. Pohebe había sido liberada, según aportó su hermana Cilene Peralta, “porque le pidieron plata” a su padre.

Tal era el estado de fragilidad de la pareja cuando, el mediodía del 24 de mayo, los padres de Diego pasaron a buscarlos en un Rastrojero para almorzar en la casona familiar, donde los esperaba el resto de la prole.

Pablo retomó el relato: “Mis hermanos se suben a la camioneta y ni bien comienzan a andar, ven un auto amarillo, un Taunus, según mi padre, un Falcon, según mi madre, que les llama la atención por la cantidad de gente que iba adentro. De pronto, el auto da una vuelta en U y los tipos comienzan a acelerar y a dispararle al Rastrojero de mi viejo. Diego (que iba sentado adelante, al lado de su padre) le grita: ‘Viejo pará que nos van a matar a todos’. Mi padre para y Diego se tira del auto y comienza a correr. Se estaba entregando para salvar a su familia. Ahí ven que se baja esta gente, se apoyan contra el auto, encañonan e insultan a mis padres, y le empiezan a disparar a mi hermano, que corría en zigzag, hasta que cae herido… Van hasta él y lo obligan a levantarse. El, como pudo, obedeció. A todo esto, uno abre la puerta de atrás de la camioneta y la saca de los pelos a Pohebe y grita: ‘¡Acá está la mendocina!’, porque la habían tenido detenida allá. Ella tenía a Juana. Mi vieja pelea con los tipos y tironea a la beba para que no se la lleven. Los tipos se la dejan, pero se llevan a Pohebe a los empujones atrás del Rastrojero y la golpean… La tiran cerca de mi hermano que, herido y todo, la alcanzó a cubrir con su cuerpo tratando de protegerla… Los secuestradores encañonaron a mis padres y les ordenaron que arrancaran. Y que, si no se iban del país en 24 horas, nos iban a matar a matar a todos, que éramos muchos”.

Juana, quien ahora es una bella mujer de 38 años y lleva el cabello largo y oscuro como su mamá, está presente y llora de bronca y dolor ante el relato. La imagen es desoladora, como conmovedores sus manotazos para secarse las mejillas y seguir, con la dignidad apretada en las mandíbulas, las casi cinco horas en que se contó la terrible historia del comienzo de su vida.

“Mis viejos vieron todo –retomó Santiago Alejandro Ferreyra–. A Diego ensangrentado en la espalda, rengueando por la herida; mi madre peleó por Juanita y, así como estaban, tuvieron que irse de ahí, dejándolos tirados en la calle y con esos tipos… Llegaron como pudieron a nuestra casa, donde todos estábamos esperando. Fue espantoso: mi viejo entró al patio y se prendió de la corneta llamando a sus hijos en esta cosa desesperada. Mi madre entró y gritó: ‘¡Agarraron a Diego, mataron a Diego!’. Y mi padre seguía prendido a la corneta… ¡Nunca vamos a poder olvidar eso!”

Pablo, que entonces tenía 18 años, contó: “Mi madre juntó a todos, empezó a repartir bolsos y dijo: ‘Llénenlos con lo que puedan. Un solo juguete por cada uno y vámonos de acá’. Así dejamos la casa de toda una vida. En ese momento estábamos Marta, de 16; Paco de 14; Pilar de 10 y Mercedes de 8. Fuimos al campo, a lo de una tía. Desde ahí viajamos a Buenos Aires y después a México”.

–¿Y qué le contaron sus padres sobre cómo eran y cómo estaban vestidos estos que venían en el Taunus? –preguntó el abogado Claudio Orosz.

–Recordaban a un hombre canoso, de piel rosa, con barba… Fue mi madre quien me dijo que reconoció a (el represor Pedro) Vergez como el que disparaba… Ella contaba, y hacía la mímica cuando lo relataba, que este hombre apoyado en el auto disparaba, recogía el brazo; disparaba y volvía a recoger el brazo… Mi mamá contaba eso. Ella lo reconoció.

Como quien había ido de cacería, el represor que “disparaba y recogía el brazo” se tomaba su tiempo para hacer puntería sobre el muchacho de 23 años que corría, acorralado por la patota, intentando salvar la vida o –en todo caso– entregarla a cambio de que no mataran a sus padres, su mujer y su hijita.

Ante esto, el imputado Vergez, alias “Vargas”, a sabiendas de que una cámara lo tomaba, pareció esforzarse en lanzar miradas torvas sobre el declarante, y escribía (o hacía como que tomaba notas) en un cuaderno. “Fermín de los Santos, un ex médico sobreviviente del campo de exterminio de La Perla, contó que Vergez y Acosta se jactaban de haber matado a mi hermano”, acusó Pablo Ferreyra.

Su hermano Santiago agregó que en el exilio mexicano, “por 1980 o 1981”, lograron comprar el diario La Nación: “Allí había una nota de hipismo donde vimos la foto de Vergez”. Ante la pregunta del juez de cómo sabían que era el mismo del operativo en que balearon a su hermano, el testigo aseguró: “Mi madre lo reconoció. Y eso que no era una nota sobre militares, era de hipismo”.

Tras el secuestro y las amenazas de muerte a la familia de las víctimas, los torturadores llevaron a Diego y a Pohebe a La Perla. Allí fueron vistos por otras dos sobrevivientes, Cecilia Suzzara y Victoria Roca.

Cilene Peralta, la hermana de Silvia Pohebe, una mujer con un dolor tan antiguo que parecía impreso en cada línea de su rostro, relató conmocionada: “¡Mi hermana vio cómo baleaban a Diego! Dicen que gritaba terriblemente en el auto, y se aferraba a Juanita… Que luchó para que no le sacaran la nena… Pienso que debe haber sido terrible para ella este segundo secuestro porque ya sabía todo lo que le pasaría… No había alcanzado a reponerse de las torturas anteriores, de las vejaciones… Así que cuando Cecilia Suzzara nos contó que una chica entró gritando como loca (a La Perla), yo me pregunto: ¿y cómo no iba a ser así, si ella ya había pasado por todo eso?”.

 

Juanita y la diáspora familiar

 

Como Juanita no tenía papeles, la familia Ferreyra no la podía sacar del país. Pablo la dejó en casa de una hermana de su mamá Delia: María Magdalena Beltrán Paz, que la crió como a una hija propia.

Los Ferreyra ya tenían a su hijo mayor, Alejandro Enrique, preso en Rawson desde fines de 1973; a Delia, viviendo en La Rioja; y al propio Santiago, viviendo en la clandestinidad luego de que lo involucraran en el copamiento de la Fábrica Militar de Villa María. Con la desaparición de Diego y Pohebe, y la amenaza de los represores de matar a toda la familia si no se iban el país, el 2 de junio abordaron un avión de Aeroperú rumbo al exilio. Desde Ezeiza, Delia Beltrán, que había sido despedida de su cargo como directora del Manuel Belgrano “por la peligrosidad de sus ideas”, le escribió a su madre: “Yo los he criado con amor extremo a la justicia, con desprendimiento extremo de lo material, con amor a los desposeídos. El Negro (su esposo) les ha dado ejemplo de lucha, de trabajo y de desprendimiento extremo hacia las cosas de este mundo. Todo eso, unido a una extrema vocación política (también heredada desde los abuelos y bisabuelos gobernadores) más un momento histórico determinado, es lo que ha determinado la situación (…). No lamento las cosas perdidas, criamos a nuestros hijos en el respeto a los seres humanos, para mantener la dignidad sin perder la vergüenza”.

Los Peralta también habían sido cercados y perseguidos: Cilene describió la diáspora dolorosa, sistemática a la que fueron empujados: “Mi familia ya había sufrido el secuestro y asesinato de mi único hermano varón, Esteban Peralta, de 19 años, en junio de 1975. Lo fusilaron junto a Estela Santucho en el Comando Radioeléctrico… A mi padre le quitaron la matrícula de abogado; a mi mamá, que era odontóloga y docente, la despidieron de su trabajo sin causa alguna. A mi marido, que era médico, también lo despidieron… Secuestraron a mi hermana en Mendoza, después acá… No había cómo garantizar la seguridad de Juana… Se dispersó la familia. La vida ya no nos pertenecía. Podía pasar cualquier cosa. Con mi marido decidimos ir a vivir a Formosa; a vivir de otra manera. Nos costó aprender a convivir con el miedo. Recuerdo que mi mamá se sentaba con la foto de los hijos, con los pañuelos blancos, y que estaba con otras Madres en la peatonal (de Córdoba), y que pasaba gente y les gritaban: ‘Pero a ésa yo la vi en Brasil, están viviendo en Brasil’. Y las Madres lo único que tenían era eso: mostrar la foto de los hijos que les habían secuestrado, desaparecido”. Cilene recordó: “Mi mamá iba a las mesas donde mis hermanos todavía aparecían empadronados cuando llegó la democracia, con la esperanza de verlos llegar. Este es el gran daño con los desaparecidos: no estaban ni vivos, ni muertos”.

 

Vergez dispara de nuevo

Durante su declaración, Cilene Peralta no permitió que los imputados permanecieran en la sala: “No, que entreguen la lista de los que mataron y adónde los enterraron –argumentó–. Esa es la única manera de pacificar. Ellos pueden entrar y salir mientras nosotros dejamos acá los momentos más terribles de nuestras vidas… Por eso pedí que se queden afuera (en realidad en la sala contigua, con una pantalla de TV de circuito cerrado). Siento que ellos se burlan de nosotros”.

Lo que Cilene no sabía entonces era lo que sucedió mientras declaraba Pablo Ferreyra –el primer testigo– y fue denunciado ante los jueces por el querellante Claudio Orosz. Mientras atestiguaba Pablo, su hermano Francisco “Paco” Ferreyra estaba sentado en la sala con sus familiares y levantó una foto de Diego. Vergez se dio vuelta en su banquillo de acusado, pasó su brazo sobre el respaldar del asiento y, apuntándole a la foto del desaparecido con una de sus manos, hizo varias veces el gesto de gatillar. El hermano de la víctima le sostuvo la mirada y mantuvo la foto en alto, hasta que el represor se volteó. El tribunal hizo lugar al planteo de Orosz y pidió el registro fílmico para analizar la cuestión.

Lo sucedido no sorprende: Vergez ha exhibido desde el inicio de este juicio un comportamiento burdo y despectivo. Este diario supo además que también tuvo y tiene serios problemas con sus cómplices en el penal de Bouwer, donde están detenidos. De hecho, en enero, “cansados de sus groserías, sus sonoros flatos a propósito y demás barbaridades, como bajarse los pantalones todo el tiempo, lo esperaron, lo emboscaron y le dieron una paliza tremenda. Tanto, que los guardias lo tuvieron que rescatar y cambiar de pabellón”, aseguró un empleado penitenciario que pidió el resguardo de su identidad. La versión fue corroborada por la denuncia que el propio Vergez dejó asentada en los tribunales luego del ataque. Cercado por las pruebas de sus delitos y hasta por su propia caterva, el torturador dejó en claro su vocación de victimario, que no se arrepiente de nada y hasta volvió a “disparar”.

 

 

Enlace de la página:

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-245579-2014-05-06.html

 

 

 

La expulsión y la matanza

Delia Beltrán de Ferreyra, además de ser la madre de 9 hijos, era profesora y coordinadora de Ciencias sociales y Geografía en la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano. Fue expulsada poco después del golpe de 1976. La acusaban de tener “ideas peligrosas”. Su puesto fue ocupado por Tránsito Rigatusso. Fue este hombre quien entregó una lista con nombres de alumnos a Luciano Benjamín Menéndez. De esa lista de 19 nombres, asesinaron a 11. En su testimonio, Pablo Ferreyra los nombró uno por uno: Silvina Parodi (la hija de la Abuela de Plaza de Mayo, Sonia Torres), Graciela Vitale, Daniel Bacchetti, Pablo Schmucler, Claudio Román, Gustavo Torres, Walter Magallanes, Raúl Castellano, Fernando Avila, Jorge Nadra y Oscar Liñeira. Con el retorno de la democracia, Delia Beltrán de Ferreyra fue reincorporada como vicedirectora y terminó su carrera como directora de esa institución.

 LA ESTRATEGIA DE LOS IMPUTADOS

Objetivo: provocar

Usurpar cánticos y títulos, además de registrarse como “periodistas” de un día para el otro, parece ser la estrategia que han pergeñado los familiares de los represores acusados por crímenes de lesa humanidad en este juicio.

El martes, un grupo de “hijos y nietos” de los imputados se autoetiquetó como “familiares de presos políticos de la Argentina”, pasando por encima el hecho histórico que fueron sus padres y abuelos quienes asesinaron a los verdaderos presos políticos que hubo en el país. Reclamaron “derechos y juicios justos” cuando sus progenitores no dieron derecho alguno de defensa a las víctimas que secuestraron y desaparecieron. Además reiteraron su pedido de “prisión domiciliaria para los mayores de 70”.

El otro frente se abrió con la acreditación como “periodista” de la esposa de Ernesto “el Nabo” Barreiro, el ex carapintada acusado de cientos de delitos cometidos en La Perla y en el Campo de la Ribera. Ana Maggi de Barreiro, quien firma “Ana Barreiro”, hasta reparte una tarjeta en la que dice ser “periodista”, y saca fotos a los abogados querellantes y a quienes declaran. Una de las sobrevivientes de La Perla denunció sentirse “expuesta por el tribunal, al dejar que esta mujer, esposa de uno de los torturadores, esté haciéndose pasar por periodista, lo que intimida y lastima la integridad de los que vienen a declarar o a acompañar a los testigos”. Para esta semana se espera que el tribunal resuelva el planteo del querellante Miguel Ceballos sobre la acreditación concedida a la mujer de Barreiro. Ceballos reveló que “la radio AM 1300 Identidad, de Buenos Aires (de tendencia ultranacionalista y que dependería de la Armada), fue declarada clandestina por el Comfer”. Por su parte, los periodistas que cubren el juicio presentaron una nota de queja y rechazo a la decisión de los jueces, ya que consideran que “es perjudicial para el resguardo de los testigos” y consideran que por su calidad de cónyuge de un imputado está descalificada para cumplir el rol de periodista en este juicio; además de remarcar su pertenencia al grupo de Cecilia Pando, que reivindica los crímenes del terrorismo de Estado.

 

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Diario Página 12. Lunes  10 de marzo de 2014.

 

EL CASO DE LOS SEIS SEMINARISTAS SECUESTRADOS EN CORDOBA

 

“Si la Iglesia no apoyaba, el golpe no se hubiera dado”

 

 

Dos teólogos y una monja norteamericana declararon en el megajuicio por los crímenes de La Perla. Relataron el secuestro que sufrieron en agosto de 1976, cuando los teólogos eran seminaristas y trabajaban en una villa.

El represor Luciano Benjamín Menéndez reapareció en las audiencias del megajuicio por los delitos de La Perla. Foto, Irma Montiel para Télam.

El represor Luciano Benjamín Menéndez reapareció en las audiencias del megajuicio por los delitos de La Perla. Foto, Irma Montiel para Télam.

“Miren, yo estoy convencido de que el golpe no se hubiera dado si la Iglesia no hubiera estado de acuerdo. Ellos, en un acuerdo tácito, les dijeron ‘ustedes hagan el trabajo sucio y nosotros convalidamos’”, acusó, con certeza argumental, el teólogo Daniel García Carranza ante el tribunal que juzga los crímenes de lesa humanidad cometidos en La Perla. García Carranza fue uno de los seis religiosos secuestrados y torturados la madrugada del 3 de agosto de 1976: exactamente 24 horas antes de que asesinaran al obispo Enrique Angelelli en una ruta, y a pocas semanas del homicidio de los padres palotinos en San Patricio.

Así las cosas, la jerarquía de la Iglesia Católica argentina durante la última dictadura resultó la principal acusada –junto a los 41 represores que encabeza Luciano Benjamín Menéndez– en una de las audiencias más intensas que se hayan vivido en este juicio. Testificaron dos teólogos: Daniel García Carranza y Alejandro Dausá, y una monja norteamericana, Joan McCarthy: la religiosa que con su valentía y su fuga cuasi cinematográfica impidió que los mataran.

“Nosotros estamos vivos pero sabemos muy bien que podríamos no estar aquí –dijo el teólogo García Carranza–. Si no fuera por ‘Juanita’ (como llaman a Joan, que ya tiene 81 años), nos hubieran desaparecido como hicieron con tantos hermanos.” Vehemente, García Carranza relató que por esos días él, Dausá, Alfredo Velarde, José Luis Destéfanis, el chileno Humberto Pantoja Tapia y el superior del grupo, Santiago Martín Weeks (también norteamericano), “cursábamos teología en la escuela de las Hermanas Claretianas, porque (desde la curia local) nos pidieron que no estudiáramos en el Seminario Mayor. La Iglesia había decidido que no éramos gratos porque habíamos hecho la opción por los pobres, así que no nos dejaban estudiar en la sede del Arzobispado”, el edificio palaciego donde residía el cardenal Francisco Primatesta.

“Los seis pensábamos que el modo de vivir el Evangelio no estaba dentro del Arzobispado. Así que nos dijeron que nos fuéramos cada uno a su casa. Decidimos no hacerlo. La gente con la que nosotros trabajábamos en las villas desaparecía y moría. Nosotros lo veíamos casi a diario. Hubiera sido un acto de enorme cobardía irnos. Dar testimonio del Evangelio nos pedía eso. Nos acusaban de hablar de justicia social, pero el Evangelio es justicia social”, detalló expresivo el sobreviviente, ante la mirada de Menéndez que, desde diciembre, que no se quedaba a escuchar a nadie.

García Carranza relató que los seis seminaristas se fueron a vivir a una casa en un barrio obrero. Todos pertenecían a la orden de La Salette, de origen estadounidense.

 

La Iglesia cómplice

 

La noche del 3 de agosto de 1976, el joven García Carranza llegó y se encontró con la patota. “Eran cerca de las doce. Entré y sentí que alguien gritaba que me pusiera contra la pared. Pensé que era un mal chiste, pero me dieron culatazos en la espalda y me ordenaron que mirara al piso. Me vendaron con una camiseta mientras gritaban como locos. Ellos decían que eran de la policía, pero parecían delincuentes comunes. Jugaron a la ruleta rusa con nosotros. Nos gatillaban, nos pateaban. Destruyeron todo lo que había y se robaron todo lo que se pudieron robar.”

En la casa, además de los seminaristas a quienes fueron esperando hasta completar el grupo, estaban también “un viejito español muy enfermo y pobre que estábamos cuidando y una monja norteamericana que había bajado desde Jujuy a visitarnos: Joan McCarthy”. Fue ella quien, mientras esperaba a sus colegas, les abrió la puerta a los represores, que se identificaron como policías. Joan presenció todo a lo largo de las casi seis horas que la patota se tomó para secuestrar a los seminaristas.

Con su acento norteamericano y toques de un fino sentido del humor, Joan McCarthy le contó al Tribunal que “me di cuenta de lo que pasaba cuando entraron a romper todo. Me dijeron que no me preocupara, que no me harían nada. Yo les dije `qué alegría’ y me hice la que no entendía nada. Me senté al lado de la chimenea, junto al viejito español que me estaba contando de la Segunda Guerra Mundial y me puse a tejer. Me di cuenta de que tenía que poner toda mi energía en escuchar, ver, registrar”.

Joan contó que “mientras destruían todo y golpeaban a los hermanos, andaban buscando evidencia subversiva. Y lo único que encontraron fue el libro de un autor de ultraderecha, López Trujillo, que decía ‘Liberación cristiana, liberación marxista’. Se pusieron contentos. Después un disco de Joan Baez, que cantaba canciones de protesta, y uno de Los Beatles sobre Bangla (el concierto de George Harrison para Bangladesh). También un disco boliviano sobre la Patria Grande. Esa es toda la evidencia que encontraron”, se rió. Pero sus labios se apretaron por el dolor cuando recordó: “Antes de irse dibujaron una esvástica sobre una foto de (Carlos) Mugica, y pusieron la palabra ‘kaput’”.

García Carranza siguió su relato: “Nos llevaron en varios autos a la D2, en pleno centro histórico y a pocos pasos de la Catedral. Ahí, en los patios, en las celdas, nos patearon, nos golpearon. La mugre era horrorosa. Los gritos de los torturados. Pero, ¿saben qué? Absolutamente todos los días que estuvimos ahí vino alguien del Arzobispado para ver si seguíamos vivos. Muy posiblemente era monseñor (Pedro Eladio) Bordagaray. Ese hombre vio todo y no hizo nada”, se indignó el testigo.

–¿Cómo sabe que era Bordagaray? –preguntó el juez Jaime Díaz Gavier.

–Porque me lo dijeron en la D2. Y yo lo conocía bien: era mi padrino de bautismo. Mis padres le rogaron que hiciera algo por mí y no hizo nada.

El testigo lloró de dolor y de furia. Contó que después de algunos días, cuando los sacaron a todos de la D2, los represores les dijeron: “Bueno, ahora los tenemos que llevar a matar. Así que si quieren, aprovechen ya y corran. Escapen. Al que quiera irse, que se vaya ahora”. “Pero nosotros no nos movimos. No escapamos. Sabíamos que era una trampa. Nos llevaron a la UP1 (la cárcel del barrio San Martín). Yo la conocía porque mi padre había sido médico de cárcel. Allí nos pusieron en el pabellón de los presos políticos. Ellos nos avisaron que habían matado al obispo Angelelli.”

El relato de García Carranza se volvió vertiginoso: “Cuando nos trasladaron a la cárcel de encausados también nos llevaron a palos. Recuerdo que cerca de mi celda estaban (el gobernador José Manuel) De la Sota, (el sindicalista) Chechela Pastorino. Que a mi compañero y a mí no nos dejaban ir al baño. Me dieron un tarro de cinco litros. Por la mañana ahí ponían el agua para tomar. En la noche había que usarlo de baño. Con el paso de los días, hubo una desgracia más: mi celda se fue inundando con el excremento que caía de los baños de arriba. Yo estaba sentado arriba de una mesita la mañana que Menéndez pasó por ahí y me vio. Me acuerdo de que un militar le dijo que había que sacarme de allí, cambiarme de celda. Pero él dijo ‘no, que se aguante’. Un hombre muy humanitario este Menéndez…”.

El tono del teólogo se volvió de hierro: “Miren, una parte de la jerarquía de la Iglesia fue cómplice. Si ellos no hubieran apoyado, ese golpe no se daba. Monseñor (Adolfo) Tortolo le había dicho a nuestro provincial que no nos dejaran entrar una Biblia. Dijo que nosotros no nos la merecíamos por traidores. Ellos fueron cómplices. Los capellanes fueron cómplices. Les pido a los fiscales que los citen”, bramó.

García Carranza siguió: “Nos llevaron a La Perla. Allí perdí la noción del tiempo. Me interrogaron uno al que le decían Juan XXII (el represor José Carlos González) y (Roberto Mañay alias) ‘el cura’ Magaldi. Este fue el que me dijo que no me iban a torturar porque si lo hacían lo excomulgaban. Eso porque monseñor (Victorio) Bonamín había dicho que era ‘inconcebible que en el Código Militar la pena de muerte esté aceptada y la tortura no, que es un mal menor. Los capellanes vamos a tener que ponerlos de acuerdo con esto’. Ellos estuvieron de acuerdo. Y nosotros teníamos visiones diferentes de la Iglesia. Así que en un golpe de ultraderecha, nosotros éramos considerados de izquierda. Nombrarles la Teología de la Liberación a los represores era como traerles a Lucifer”.

El testigo, que se recibió de teólogo en Estados Unidos, volvió a cubrirse el rostro con las manos cuando nombró La Perla: “Eso no era una antesala del infierno. ¡La Perla era el infierno! Yo no fui picaneado, pero todavía recuerdo los gritos de los torturados. Aún ahora, con todos los años que pasaron, no puedo entrar a mi casa con las luces apagadas, evito salir solo. Las marcas de todo eso son increíblemente profundas”.

Cuando la querellante Adriana Gentile le preguntó por la actuación de Primatesta, García Carranza volvió a indignarse: “Fue de terror. Cuando nos liberaron gracias a la lucha que llevaron Juanita y otros compañeros, tuvimos que pasar a darle las gracias. Una cortesía antes del exilio. Recuerdo que cuando íbamos entrando al Arzobispado se nos aparecieron por detrás varios policías armados que nos encañonaron. Pensamos que nos iban a matar ahí, pero Primatesta apareció por atrás de ellos y entonces los tipos cubrieron sus pistolas con las gorras, pero nos siguieron encañonando. De pronto se hicieron a un lado y fuimos a la audiencia”.

–¿Y Primatesta lo supo? –preguntó alarmado el juez Díaz Gavier.

–Sí. Eso es lo más asqueroso del asunto. Cuando le contamos, nos dijo: “No hay problema, a eso lo arreglo yo”. Y si eso no es complicidad, ¿qué es? Es más, a una compañera, Ema Rins, que le fue a pedir protección, Primatesta sacó unas listas de su escritorio y le dijo: “Pero no, vos no estás en las listas”. ¡El las tenía!

 

Un baño de sangre

 

A su turno, Alejandro Dausá, también teólogo y compañero de cautiverio de García Carranza, recordó horrorizado: “La locura, las armas en la cabeza, en la boca” durante el secuestro, los golpes y los tormentos en la D2 y, en particular, “los gritos de una mujer que rogaba que por favor, que no le metieran más bichos”. Cuando pudo reponerse, este hombre de 60 años que aparenta menos, argumentó firme: “Lo que nosotros considerábamos trabajar con sectores desposeídos y llevar una vida sencilla no iba en línea con la jerarquía. La Iglesia conocía perfectamente lo que pasaba acá. Los obispos eran la única instancia que podría haberle puesto freno al golpe. Pero aquí se dio un caso único en Latinoamérica: que la Iglesia apoyó lo que pasó y hasta aportaron argumentos para avalar la tortura y el genocidio”.

–¿Y cuáles fueron esos argumentos? –preguntó el fiscal Facundo Trotta.

–Ellos hablaban del baño de sangre purificador. Hay homilías de monseñor Bonamín, de Tortolo que hablan del baño de sangre purificador.

 

De Córdoba a Estados Unidos

 

“Me acuerdo que sentí una especie de premonición esa tarde cuando iba a visitar a los seminaristas al barrio Los Boulevares”, relató Joan McCarthy ante los jueces. De rasgos hermosos y afilados, “Juanita”, como la llaman sus amigos en Argentina, fue a la vez la persona indicada en el momento justo, y no. “Llegué a la casa en la tarde en que aparecieron los de la patota. Golpearon, gritaron que eran de la policía y yo, que estaba esperando a los compañeros, abrí.” Amparándose en su paso como visita extranjera, la monja fue una testigo fundamental en el secuestro, pero también una protagonista central en la salvación de sus colegas.

“Antes de irse, los secuestradores, que eran unos ocho o nueve, todos armados, me dieron una orden: que fuera al diario La Voz del Interior y dijera que a los seminaristas y al padre Weeks se los habían llevado los Montoneros por traidores. Claro que me di cuenta de que ellos no eran Montoneros. Pero había que hacer algo y todavía no sabía qué.”

Joan pudo salir de la casa cerca de las dos de la madrugada. Sola, en la calle, con su cartera “con dos centavos, porque me habían robado la plata”, y la carta del obispo jujeño que todavía conserva. “Por suerte”, también estaba el papelito con el número de teléfono del teólogo de España: “Yo sabía que tenía que avisar a mis superiores lo antes posible. Pero no me alcanzaba ni para el ómnibus”. Cuando llegó al Arzobispado era aún de madrugada y no le querían abrir. “Pero insistí y les dije que se habían llevado a los seminaristas. Me abrieron. El cardenal Primatesta estaba en Canadá. En su reemplazo había dejado a monseñor (Cándido) Rubiolo. Pero él estaba durmiendo y no lo querían molestar”, recordó la monja. Pidió entonces papel y una lapicera y escribió todo lo que recordaba de las horas que duró el secuestro. Como Rubiolo seguía en su cama cuando Joan terminó de redactar la carta, pidió hacer una llamada. Le habló al teólogo español que era un conocido de Santiago Martin Weeks. Fue él quien avisó a la congregación de La Salette lo que había ocurrido. “Cuando Rubiolo al fin se despertó, le di en mano lo que había escrito –memoró McCarthy–. No sé si hizo algo o no. Pero supongo que esa carta todavía debe estar en el archivo de la Arquidiócesis.”

Joan pudo salir de Córdoba con la ayuda de Seco, quien le envió a buscarla a un sacerdote canadiense para que la acompañara al aeropuerto. Ya en Buenos Aires, el 4 de agosto, fue directamente hacia la Embajada de Estados Unidos. Mala suerte: un cónsul de apellido Owen no quiso creer en su relato. O al menos eso le dijo. Al fin y al cabo era coherente con sus jefes. En aquellos días, el embajador norteamericano en la Argentina era Robert Hill, un hombre que había sido designado por el propio Henry Kissinger: cerebro del Plan Cóndor. Owen le dijo que no la podía ayudar, y aún más: “No le podemos dar dinero, no le podemos prestar dinero, no le podemos dar asilo, no la podemos acompañar a un puerto de salida. Lo único que podemos es decirle cuál es la forma más fácil de salir de la Argentina, pero tampoco le podemos sugerir que la use”.

Casi al borde de la desesperanza, la monja llamó al nuncio Pío Laghi: ella era consciente del rango de embajador de la Santa Sede que tenía Laghi en el país y pensó que tal vez sus fueros diplomáticos, sumados a la extraterritorialidad de la nunciatura, le permitirían otorgarle el asilo que ella necesitaba para que no la secuestraran. Pero desde el otro lado de la línea le dijeron que no la podrían atender hasta el lunes. Era jueves. La monja sabía que tenía apenas 48 horas para salir del país.

A pesar de que “estaba muerta de miedo y de hambre”, se arriesgó a esperar dentro de un hospital de la orden de Schoenstatt. Llegó el lunes. Pío Laghi ni se dignó a atenderla. Le comunicó a través de un secretario que no podía ayudarla: “Que sólo podía ayudar a sacerdotes argentinos, y que fuera a mi embajada”. Fue entonces cuando Joan se contactó con un grupo de jesuitas. Uno de ellos, uruguayo, la invitó a su país. “Fueron las mejores palabras que escuché en todos esos días y noches llenos de horas terribles”, recordó McCarthy. Con la policía y los militares mordiéndole los talones, Joan subió a un alíscafo rumbo a Montevideo.

Ya en la capital uruguaya, los funcionarios norteamericanos tampoco quisieron auxiliarla, pero un empleado del consulado blanqueó lo que ocurría: “Se tiene que ir lo antes posible. Las policías y los ejércitos de todos los países latinoamericanos están en contacto. No podemos darle ninguna protección”. McCarthy logró despegar en un avión cuyo pasaje también pagó la orden de los jesuitas. ¿El itinerario? Bolivia vía Paraguay. En La Paz un grupo de monjas a las que habían llamado los religiosos uruguayos juntó plata para el viaje a Washington, adonde Joan llegó recién el 13 de agosto. “Avisé a todos los que pude. No paramos hasta que un buen día, frente al Congreso, logramos que Ted Kennedy nos atendiera. Estábamos con las Madres. Teníamos pancartas. El se bajó de su auto cuando nos vio en la puerta y nos dijo que nos iba a ayudar, que no nos iba a abandonar”, recordó, ya con una sonrisa.

Los compañeros de Joan fueron liberados por la dictadura unos tres meses después, con opción a dejar el país. La mayoría, salvo el chileno, siguieron con sus estudios en Norteamérica. Todos saben que la pelea que dieron el español Seco, el propio Weeks ya en libertad y, fundamentalmente Joan, fue determinante para que no los asesinaran.

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Los archivos de la Iglesia

 

En el libro La Perla, historia y testimonios de un campo de concentración, de los periodistas Ana Mariani y Alejo Gómez Jacobo, el teólogo Daniel García Carranza reveló que “monseñor Primatesta, en medio de todo lo que estaba pasando, se encontraba en Canadá. O sea, no estaba preocupado por lo que sucedía por acá con miembros de la Iglesia Católica, que vivíamos en el lugar donde nos secuestraron y era residencia canónica porque se había autorizado. Pero alguien (un infiltrado) nos denunció. No sabemos con certeza quién fue, pero sospechamos de alguien que ya está muerto. Logramos recuperar del Archivo Provincial de la Memoria de Córdoba algunos escritos y cartas del archivo del arzobispado que delatan que la intimidad que había entre Primatesta y Menéndez era increíble. La importancia de las cartas reside en que se hace evidente que la comunicación entre la Iglesia y el Ejército no era ocasional. Pero lo lamentable es que el archivo del arzobispado está burlado, porque resulta que por una normativa muy interesante que tiene el derecho canónico, las diócesis pueden tener archivos absolutamente secretos (…) y cuando hay dudas de que ese secreto se pueda mantener en el archivo de la diócesis, pasa a la Nunciatura, que es terreno diplomático, por lo tanto, nadie puede acceder a ella. Imagínense la cantidad de cosas que habrá ahí. La cantidad de cartas que debe de haber quemado (Jorge) Bergoglio cada noche con las cosas que tiene que esconder. Uno piensa que es increíble cómo se produjeron los secuestros y asesinatos. ¡Y la cantidad de complicidades que hubo!”.
Enlace de la nota: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-241465-2014-03-10.html

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Diario Página 12. Lunes  3 de marzo de 2014.

 

 EL CASO DE LA HIJA DE SONIA TORRES, PRESIDENTA DE ABUELAS EN CORDOBA

 

“Que mi nieto sepa que siempre lo estoy esperando”

 

Es el primer caso por robo de bebés que se juzga en Córdoba. A Silvina Parodi la secuestraron a los 20 años y con seis meses y medio de embarazo. Este caso se trató en la reapertura del megajuicio por los crímenes de La Perla.

Sonia Torres es la presidente de Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba y aún busca al hijo de Silvina Parodi, su hija secuestrada en 1976.

Sonia Torres es la presidente de Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba y aún busca al hijo de Silvina Parodi, su hija secuestrada en 1976. Foto: Nicolás Castiglioni.

Por Marta Platía

 

“Sí, yo vi a Silvina Parodi de Orozco y a su bebé. Cuando los atendí la criatura tendría entre una o dos semanas. Estaba en perfecto estado de salud. Y hasta le enseñé a la madre a darle el pecho. Los vi en la cárcel del Buen Pastor, creo que era invierno, en 1976. Después vi y visité varias veces al bebé, ya solo, sin la madre, en la Casa Cuna.” El testimonio del pediatra Fernando Agrelo fue contundente y acreditó ante el Tribunal Federal N 1 que el bebé de Silvina Parodi, la hija de Sonia Torres, la presidente de Abuelas de Plaza de Mayo-Córdoba, “efectivamente nació” y que fue separado de su mamá. Ambos continúan desaparecidos, así como el marido de Silvina y padre del bebé, Daniel Orozco. El doctor Agrelo es la primera persona que afirma bajo juramento haber visto y atendido a la joven mamá de 20 años y a su hijo nacido en cautiverio antes de que a ambos fueran desaparecidos. El robo del bebé de Silvina Parodi es el primer caso por sustracción de menores que se juzga en Córdoba.

La reapertura de las sesiones del megajuicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en el campo de concentración en La Perla, la D2 y el Campo de la Ribera estuvieron signadas por el caso de Silvina, Daniel y el nieto que la Abuela Sonia Torres busca desde hace más de 37 años.

Silvina Mónica, de 20, y su esposo Daniel Orozco, de 22, eran estudiantes de Economía en la Universidad Nacional de Córdoba. Fueron secuestrados el 26 de marzo de 1976 por una patota integrada por unos “ocho o nueve hombres armados”, y llevados a La Perla. Una compañera de Silvina, cuando ya no pudo resistir las sesiones de tortura a las que fue sometida, condujo a los represores a la humilde casa en la que la pareja vivía en barrio Alta Córdoba. La mujer, una de las pocas sobrevivientes de ese campo de concentración, ya contó en juicio los pormenores del secuestro.

En realidad, Silvina había sido delatada mucho antes. Quien entregó su nombre al entonces jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, Luciano Benjamín Menéndez, fue el director del colegio secundario al que asistió, el Manuel Belgrano, y en el que militó por el boleto estudiantil. Este hombre se llamaba Tránsito Rigatuso y fue quien confeccionó una lista de 19 alumnos, 11 de los cuales la dictadura militar secuestró y desapareció en lo que se conoce como “La noche de los lápices” de Córdoba. Este personaje siniestro cometió incluso el desatino de llevar a juicio a la mamá de Silvina, acusándola de “calumnias e injurias”, ya que Torres le había señalado como delator en una entrevista en La Voz del Interior. Fue la primera vez que una abuela de Plaza de Mayo fue sentada en el banquillo de los acusados.

Pero la jugada por limpiar su supuesto buen nombre se le volvió en contra: el juez Rubens Druetta, que presidió el absurdo juicio en agosto de 2002, llegó a la conclusión de que efectivamente Rigatuso había entregado a los estudiantes a los verdugos del Terrorismo de Estado y absolvió a Torres. Quien desenmascaró a Rigatuso ante la Justicia fue nada menos que el segundo de Menéndez, el ex coronel César Anadón, quien declaró que fue el entonces director del colegio quien le dio la lista al ex jefe del Tercer Cuerpo. Anadón terminaría suicidándose dos años después: se pegó un tiro en la cabeza durante su prisión domiciliaria.

Hace unos días, Giselle Parodi, la hermana de Silvina Parodi de Orozco, declaró por primera vez en este juicio. Conmocionada pero firme, Giselle recordó que tenía “sólo 16 años” cuando la vida de su familia cambió definitivamente. “La primera vez que entraron a nuestra historia fue en julio del 1975. Era invierno. Un grupo de hombres armados se metieron a nuestra casa en el barrio de Paso de los Andes, y nos encañonaron a mí, a mi hermano Luis y a su novia Laura (Sonia Torres tuvo tres hijos: Luis, Silvina y Giselle), a mi padre y a unos amigos que nos estaban acompañando a comer unas pizzas. Hicieron destrozos. Uno de ellos me llevó a una pieza que no estaba terminada en el piso de arriba. Yo era chica y lo único que pensaba era que mi mamá estaría loca creyendo que este tipo me estaría haciendo algo. Ellos esperaron que mi hermana Silvina volviera de la facultad. Cuando ella llegó nos cargaron en varios autos y nos llevaron a todos a la D2. Allí nos golpearon a todos. A Luis y a Silvina los separaron de nosotros. Les pegaron y los torturaron en una pieza al lado de donde pusieron a mis padres.”

En este punto, Giselle, una morocha de pelo larguísimo y oscuro, se detuvo por unos momentos. Se cubrió el rostro y volvió a ser la adolescente frágil de aquellos días y noches en las celdas de la D2. Siguió: “Una noche mi madre escuchó cómo apaleaban hasta matar a un chico asmático. Oyó cómo sufría para respirar. Como mi hermano Luis era asmático, creyó que lo habían matado a él. Fue terrible para ella”. A partir de la liberación de toda la familia los siguieron vigilando siempre y donde quiera que fueran.

El secuestro

Silvina y Daniel Orozco se casaron el 31 de diciembre de 1975. Fueron de luna de miel en carpa a Tanti, en el Valle de Punilla. Estaban felices con el embarazo de ella, “que era brillante y siempre se había destacado en todo. Si hasta había sido campeona olímpica de natación”, recordó la hermana. Pero llegó el golpe del 24 de marzo. Ese día fue la última vez que Sonia vio a su hija. Alcanzó a decirle que por favor se fueran del país, que tenía mucho miedo por ella. Silvina y Daniel militaban en el ERP-PRT. Pero la joven tranquilizó a la madre diciéndole que ella no había hecho nada malo. Que sólo quería un país mejor. “Y si todos nos vamos, mami, ¿quién se quedará con el país?”, le preguntó. Ese fue el último beso y la última mirada con sus ojos de cervatillo: esos chispeantes, redondos y vivaces con los que todavía mira desde la pancarta en blanco y negro que Sonia lleva a todas las marchas desde que se convirtió en la primera abuela de Plaza de Mayo de Córdoba.

El secuestro de la pareja ocurrió el 26 de marzo. Los vecinos pudieron escuchar los gritos de Silvina y Daniel. A ella la sacaron envuelta en una frazada para ocultar su panza de casi seis meses y medio de embarazo. La imagen de Silvina así, cubierta, fue descripta en el juicio por la testigo Cecilia Suzzara. En la casa encontrarían luego un certificado médico, en el que un doctor de apellido Ruli que atendió a la joven esa misma mañana, daba la posible fecha de nacimiento del bebé “a fines de junio o principios de julio de 1976”.

–¿Y cómo supieron que el bebé de Silvina había nacido? –preguntó la querellante Marité Sánchez.

–En aquellos años yo era voluntaria en la Casa Cuna –respondió Giselle Parodi–. Ocupaba el cargo de instructora de voluntarios. Siempre llevaba bebés o nenes huérfanos a mi casa para cuidarlos. De pronto empecé a notar que me los retaceaban. Cuando pregunté por qué, una monja, la madre Asunción Medrano, me dijo: “Porque vos y tu mamá ya deben tener suficiente trabajo con el bebé de Silvina”. Ahí yo me enteré de que el bebé había nacido. Ella me contó que había sido invitada a la inauguración de la sala de partos del Buen Pastor (la cárcel de mujeres) y supo que Silvina había tenido un hijo varón. Así que le pedí a la monja que me llevara al Buen Pastor para ver a mi hermana y buscar a mi sobrino. Me acuerdo que fue un día feriado o domingo cuando fuimos por la mañana. No había casi nadie en la calle. Un guardia llamó a una monja jovencita con delantal de cocina que nos atendió y le avisó a la madre superiora que estaba a cargo. Me acuerdo de que entramos al hall y que las monjas se apartaron un poco de mí. Pero pude escuchar cada palabra. La madre revisó un cuaderno de tapas oscuras y dijo: “Sí, Silvina estuvo acá con su bebé, pero hace algunos días la trasladaron al sur. Y el bebé ya no está acá”. Eso fue a fines de junio de 1976 o en los primeros días de julio. Cuando salimos, la monja Asunción Medrano me contó el diálogo y confirmó todo lo que yo había escuchado.

Mazmorras subterráneas

La familia de Silvina Parodi comenzó a buscarla desde la misma tarde en que se la llevaron. Sonia Torres y su ex esposo Enrique Parodi recorrieron comisarías, hospitales, cárceles y hasta morgues en busca de Silvina y Daniel. En esas recorridas, y como Parodi había sido aviador, supo por sus contactos militares que habían sido llevados a La Perla. De hecho, Silvina fue vista en las duchas de ese campo de concentración, donde alcanzó a decirle a una sobreviviente que “la llevarían al Buen Pastor a tener al bebé”. Los padres le siguieron el rastro en su paso por la cárcel de San Martín, la UP1, donde “mi mamá pudo dejarle ropa a Silvina, ya que la nueva pareja de mi padre, Marta, consiguió por un contacto saber que la tenían ahí”. A Sonia Torres le recibieron ropa y elementos de higiene por un tiempo, hasta que dejaron de hacerlo. Esa negativa significaba dos cosas: o que la habían trasladado, o asesinado.

En una de las últimas audiencias del año pasado, el sobreviviente y ex secretario de Derechos Humanos de la Municipalidad de Córdoba, Luis “Vittín” Baronetto, denunció que “en una recorrida que hice durante mi gestión los presos me contaron que en unas celdas subterráneas habían mantenido ocultos a ‘guerrilleros’ durante la dictadura”. Baronetto recorrió entonces un túnel en el que vio calabozos y decenas de grilletes empotrados en las paredes “a unos cuarenta centímetros del piso”.

En su declaración del año pasado, Sonia Torres detalló: “El entonces director de la prisión, el comisario Montamat, nos había dicho que Silvina estaba allí. Un día Enrique Parodi recibe un llamado del mismísimo Sasiaíñ: ‘Che, Parodi, acá lo traigo preso a Montamat. El les dice a todas las familias que los hijos están bien. Y mi ex esposo –explicó Sonia– por miedo a que le pase algo a Montamat, le dijo ‘habrá algún error, tal vez’”.

El 11 de febrero de este año, los jueces Jaime Díaz Gavier, Julián Falcucci, Camilo Quiroga Uriburu y Carlos, Ochoa junto a los periodistas que cubren este juicio recorrieron, por pedido de las querellantes Marité Sánchez y Mariana Paramio, el túnel –hasta ahora desconocido que le mencionaron los presos a Baronetto. La visita dejó constancia de que “en la cárcel legal coexistieron celdas clandestinas bajo el nivel del suelo”. Coligieron entonces que “es posible” que allí hubieran ocultado a Silvina y a otros secuestrados que no figuraron nunca en los libros.

Cunas con bebés “NN”

Giselle Parodi y su madre Sonia Torres no se dieron por vencidas. Supieron por aquel tiempo que en una sala de la Casa Cuna mantenían ocultos a bebés “que eran hijos de los desaparecidos o de detenidos, porque no sé si entonces ya se usaba esa palabra –aclaró la testigo–. Las cunitas eran de hierro blanco y ahí yo buscaba al hijo de Silvina. En la parte de arriba de las cunas decía ‘NN’. Siempre se ponía el nombre del niño, pero en esas cunitas decía ‘NN’. De esa imagen no me olvido nunca. Yo intentaba desesperadamente encontrar los rasgos de mi hermana, los de su esposo, en las caritas. Esos bebés estaban custodiados por militares armados. Yo entraba sin que me vieran cuando se iban al baño o hacían cambios de guardia. Conocía bien el movimiento”.

–¿Y qué pasó con el cuerpo de voluntarios que integraba? –preguntó Marité Sánchez.

–Un día llegamos y había un candado. Nosotros funcionábamos en el altillo de la Casa Cuna y no nos permitieron trabajar más. En esa época teníamos una compañera, Marta Córdoba, que tenía un tío militar. El le aconsejó que no fuera más porque todas las voluntarias estábamos en la lista negra.

Giselle también recordó ante los jueces que “el doctor (Fernando) Agrelo vio a Silvina y al bebé en el Buen Pastor. El se lo dijo a mi mamá. Agrelo era amigo de una amiga de mi madre, Susana Ghitta. El dio fe de que los vio”. En su testimonio, Fernando Agrelo también nombró a “la monja Monserrat”, por lo que el fiscal Facundo Trotta pidió que se la citara a declarar. El pediatra dijo además que, si bien el bebé “estaba en perfectas condiciones de salud”, la mamá “estaba muy estresada. Yo fui a verla a la cárcel del Buen Pastor por pedido de Sonia Torres. Le habían dicho que, además de pediatra, yo tenía buenas relaciones con las monjas”.

Antes de Agrelo, otro médico que acudió a atender a Silvina, terminó perdiendo su vida. “Era un doctor de apellido Elías”, recordó Sonia Torres. “Le pedimos que la revisara para ver cómo seguía su embarazo. Supimos que fue a la UP1. Al otro día, mientras el doctor Elías estaba operando en Urgencias, entraron los soldados, lo esposaron y se lo llevaron. Su cadáver apareció en una zanja camino a Chacras de la Merced.”

Antes de terminar su declaración, Giselle Parodi giró su cuerpo y miró a los represores que aún continuaban en la sala. Fue entonces cuando les pidió, luchando contra su propio llanto, “un gesto de humanidad. Desde que se llevaron a mis hermanos Silvina y Daniel y a su hijito que los estamos buscando. Nuestra vida ha girado permanentemente en esa búsqueda. En un acto de humanidad, ¡por favor dígannos dónde están los restos de mis hermanos y a quiénes entregaron a mi sobrino! Mi mamá lo merece. Los ha buscado por más de 37 años y nosotros vamos a seguir hasta encontrarlos”.

El nieto de Sonia Torres debe tener ahora casi 38 años. Según le dijo su abuela a Página/12 a la salida de Tribunales, “mientras él no recupere su verdadera identidad seguirá siendo un esclavo de la dictadura. A mí también me robaron la identidad. Yo dejé de ser la que era para ser esta abuela que busca. Y ahora le pido a mi nieto que me busque, que se acerque. Ya tengo 84 años y mi tiempo se termina. Quiero que sepa que cada día, a cada hora, siempre lo estoy esperando”.

 

Dos testigos gracias a canal Encuentro

 

Otro de los datos que aportó Giselle Parodi en su testimonio fue la revelación que le llegó de parte del dueño de un bar, Daniel Elvio Martínez, quien también testificó ante el Tribunal Oral Federal N° 1. “Yo conocía a Giselle y su historia porque era técnico y había instalado unas cabinas telefónicas en la farmacia de su mamá, Sonia Torres. Un buen día pusimos un bar en sociedad con mi hermana en la esquina de la Maternidad Nacional. Era habitual que los médicos fueran. Recuerdo que en una de esas noches, en 2010, yo estaba en una mesa con mi hija y, en el canal Encuentro, pasaban una entrevista a Sonia Torres. Entonces escuché que un médico mayor, que siempre iba con otro más joven, le dijo: ‘A la hija de esta mujer la trajeron a acá a la maternidad para tener a su hijo y después se los llevaron’. Mi hermana fue la que averiguó después que ese médico se llama Guillermo Hoffman. Guardé el mensaje de texto que ella me mandó a mi celular.” El testigo Daniel Martínez les entregó el aparato a los jueces para que constataran la fecha y hora en que su hermana le informó el nombre de Guillermo Hoffman, el médico que será citado a declarar como “testigo nuevo en la causa” por pedido de la querella integrada por Marité Sánchez y Mariana Paramio. También se citará a un médico joven, un anestesista llamado León Trelles, que ante el mismo testigo, aseguró: “No, acá se quemó todo, se tiró todo, no van a encontrar nada”, en referencia a los libros de la maternidad en los que se asentaban los partos en esos años. Por el testimonio de Agrelo, en tanto, se solicitó la presencia de la monja Monserrat Tribo y de un empleado de la Casa Cuna, José Alberto Losada.
Enlace de la nota: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-240975-2014-03-03.html

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Diario Página 12. Lunes  30 de diciembre de 2013

 

El PAÍS. LOS TESTIMONIOS SOBRE FAMILIAS DIEZMADAS EN EL MEGAJUICIO POR LOS CRIMENES DE LA PERLA

 

“¿Le dice algo el apellido Vaca Narvaja?”

Miguel Hugo Vaca Narvaja había sido ministro de Frondizi y tenía 12 hijos. Fue secuestrado y asesinado a principios de 1976. En el megajuicio por La Perla se ventiló el caso de su familia.

Miguel Hugo Vaca Narvaja y Susana Yofre con sus doce hijos en el jardín de la casa de Villa Warcalde, en Córdoba. Imagen: Gentileza familia Vaca Narvaja

Miguel Hugo Vaca Narvaja y Susana Yofre con sus doce hijos en el jardín de la casa de Villa Warcalde, en Córdoba.
Imagen: Gentileza familia Vaca Narvaja

Luciano Benjamín Menéndez no puede consigo mismo y se descontrola no bien alguien que lleve el apellido Vaca Narvaja declara en el juicio. En menos de un mes, al ex dueño de la vida y la muerte en Córdoba y en otras diez provincias durante la última dictadura le estalló en pedazos la calma paquidérmica que adopta durante los juicios y se quejó, desencajado y despeinado, ante los jueces del Tribunal Oral Federal N° 1 por los dichos de los hijos de Miguel Hugo Vaca Narvaja (p.): un hombre que fue ministro de Gobierno de Arturo Frondizi, dos veces presidente del Banco de Córdoba, y que fue secuestrado, torturado, asesinado y decapitado a principios de 1976 por el llamado Comando Libertadores de América (CLA), una versión cordobesa de la Triple A que unificaba al Ejército y al III Cuerpo bajo el sesgo férreo de Menéndez. Vaca Narvaja tenía entonces 59 años.

“A usted, que se dice occidental y cristiano, ¿le dice algo el apellido Vaca Narvaja? Dígame, ¿qué hizo con mi padre y con los 30 mil desaparecidos?”, le lanzó a la cara Ana María Vaca Narvaja, una de los 12 hijos que tuvo Miguel Hugo Vaca Narvaja con Susana Yofre. Rubísima, imponente y dueña de un carácter enérgico, Ana María sacó de las casillas a Menéndez cuando le recordó ante los jueces: “Sé que a Luciano Benjamín Menéndez le gustaba que le llamaran ‘La Hiena’. Me puse a buscar en un diccionario, y leí que la hiena es un animal cobarde, que se alimenta de carroña. Los árabes suelen decir, incluso: no vayas a ser más cobarde que la hiena”. Fue en ese momento que, desfigurado por la ira, el represor multicondenado a prisión perpetua saltó desde su butaca y comenzó a gritarle a la testigo. El juez Julián Falcucci le ordenó callar y lo amenazó con sacarlo con la policía si no se comportaba. Menéndez quedó de una pieza. Lo ha dicho ya en varios juicios: no está acostumbrado a recibir órdenes. El Tribunal le señaló que si quería hacer preguntas debería formularlas a través de su abogada defensora de oficio, Natalia Bazán. Hacia la joven profesional fue entonces Menéndez, con un andar errático, atolondrado, tropezándose con los muebles del juzgado. Estaba tan fuera de su eje que tuvo que sentarse al lado de Bazán para reponerse. Ahí le pidió que le preguntara a la testigo “dónde militaba su padre”, y “de dónde había sacado que a él le gustaba que le dijeran Hiena”. La situación era excepcional: por lo general se espera que la persona termine de declarar para aceptar o no los interrogantes de los acusados. Pero Ana María Vaca Narvaja no tuvo reparos en contestarle. Incluso, aseguró que no le intimidaba la cercanía en la que quedó con Menéndez: a escasos dos metros, situación que fue apuntada por el fiscal Facundo Trotta en resguardo de la testigo. La mujer citó orgullosa los méritos personales y profesionales de su padre y desplegó documentación sobre el otro apodo del Cachorro Menéndez: “Lo de Hiena está en el libro Nunca Más. En el legajo 578, el señor Jorge Bonardel dice que a Menéndez le gustaba mucho que le dijeran la Hiena…”.

Este fue el segundo episodio, en menos de un mes, de momentos indigestos para el ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército. Y todos vinieron de la misma familia. Es que cuando declaró Gonzalo Vaca Narvaja, el menor de los hijos de Miguel Hugo Vaca Narvaja, y el único que estaba con sus padres en el momento en que irrumpió la patota a la casa familiar y se llevó a su padre para siempre, Menéndez también se quejó.

Ocurrió que Gonzalo se refirió a los secuestradores, torturadores y asesinos de su progenitor como “estos seres miserables”. Esto “ofendió” a Menéndez, quien le pidió al juez que “nunca más” permitiera que los insultaran. Que él “nunca más” –así, repitiendo (¿profanando?) esas dos palabras emblemáticas– permitiría que los insultaran a él y a sus subordinados, “que ahora estamos acá haciendo de imputados”. El juez Falcucci, con su habitual calma, le replicó que él no había escuchado “ningún insulto en particular para los acusados: el testimoniante se refirió en modo genérico a los miserables que le hicieron eso a su padre, y a ninguno de ustedes en particular”. Pero era tarde para Menéndez: ya se había puesto el sayo de miserable. Una vez más.

Familias diezmadas

La saña contra Vaca Narvaja, abogado de raigambre radical, padre de 12 hijos, defensor de presos políticos y ministro de Estado, entre otras ocupaciones, se enmarcó en las masacres que se perpetraron contra las familias de los jóvenes militantes de los setenta. Entre las más afectadas se cuenta la de Mariano Pujadas, el joven vocero de los fusilados en Trelew en 1972. La madrugada del 14 de agosto de 1975 Héctor Pedro Vergez, alias “Vargas”, asoló la finca avícola que los Pujadas tenían en Córdoba. Allí atormentó y asesinó al padre, la madre, un hermano y dos cuñadas de Mariano Pujadas. Sólo se salvaron un nene de 11 años, porque alcanzó a encerrarse en un baño y no lo descubrieron, y una bebé de un año y medio, María Eugenia Pujadas, que dormía en su cuna en la planta alta. Ella es hoy es la única querellante por la masacre de su familia. Los asesinos, insatisfechos con las torturas y la balacera infligida a sus víctimas, arrojaron los cuerpos a un viejo pozo en un campo cerca de Alta Gracia, y los dinamitaron. De esa matanza sólo sobrevivió una mujer: Mirta Yolanda Bazán, la mamá de María Eugenia. Los cuerpos de sus familiares la habían protegido de las explosiones. Murió pocos años después. Nunca pudo recuperarse del horror de creerse muerta y hasta enterrada en vida.

Vergez se ha vanagloriado de lo perpetrado a los Pujadas. Lo contaba a los prisioneros de los campos creyendo que hablaba con “muertos vivos”. Varios sobrevivientes dieron cuenta de esto. El y sus cómplices querían cobrarse en el grupo familiar aquella legendaria fuga de la prisión sureña. Mariano Pujadas fue fusilado en la base Almirante Zar junto a otros 21 compañeros. Pero Fernando Vaca Narvaja, líder de Montoneros, sí logró escapar. Primero a Chile. Luego a Cuba. Se sabe que los represores no toleraban las actividades políticas de Vaca Narvaja padre, pero también que quisieron que repudiara públicamente a su hijo. Cosa que el hombre se negó a hacer. “Mi padre tuvo doce hijos, doce individualidades, doce universos y jamás iba a renegar de ninguno de nosotros”, afirmó Gonzalo en su declaración.

“Ellos querían borrar nuestro apellido de la faz de la tierra. Eso me dijo el propio Vergez cuando me fue a buscar a la ESMA para matarme en Córdoba”, declaró Sara Solarz de Osatinsky, a quien le asesinaron a su compañero, el militante Marcos Osatinsky, sometiéndolo a brutales torturas, y a sus dos hijos: Mario, de 19 y José, de sólo 15 años. En esa premisa de crimen colectivo, de odio a muerte contra grupos familiares completos, estaban apuntados los Vaca Narvaja.

La madrugada del 10 de marzo de 1976, la patota del CLA asoló la casa de Villa Warcalde donde “el Viejo” Miguel Hugo Vaca Narvaja vivía con su esposa Susana y el menor de sus hijos, Gonzalo, de entonces 16 años. Los golpearon, saquearon la casa, se robaron todo lo que encontraron de valor. A Vaca Narvaja apenas le dejaron ponerse un pantalón sobre el pijama y lo metieron adentro de un baúl. Antes, habían pasado por la casa de su primogénito: Miguel Hugo Vaca Narvaja (h.): abogado, 35 años, padre de tres hijos, y a quien ya tenían encerrado en la cárcel UP1 de barrio San Martín desde que lo secuestraron el 20 de noviembre de 1975. Fue a plena luz del día en las escalinatas de los tribunales cordobeses cuando salía de hacer gestiones por un preso político. La intención inicial de los represores ese 10 de marzo era secuestrar a la esposa de éste, Raquel Altamira, y a los tres chicos: Hugo, Hernán y Carolina. Como no los encontraron, tomaron como rehén a un pintor que había en la casa y lo obligaron a señalar dónde vivía “El Viejo”.

Vaca Narvaja padre fue visto por última vez con vida en el Campo de la Ribera. Fue Amparo Fisher de Moyano, una mujer que también cayó cautiva por esos días, quien les contó a las hermanas Cecilia y Ana María Vaca Narvaja lo que presenció: “Un día escuché unos gritos, discusiones y la voz de una persona mayor. Pregunté a los suboficiales que quién era ese señor que discutía. Me dijeron: ‘Usted ha tenido muy mala suerte, porque está detenida con Vaca Narvaja el que lleva el dinero de los Montoneros’”. La mujer fue liberada el 27 de marzo del ’76, cerca del Parque Sarmiento con la orden de que olvidara “todo lo que había visto y vivido”.

A todo esto, después del secuestro de Vaca Narvaja padre, la familia tuvo que tomar una decisión “de vida o muerte”, tal como la definió Susana Yofre luego de la última visita que pudo hacerle en la UP1 a su hijo Huguito. El le dijo que la familia estaba condenada. Que debía sacarlos a todos del país. Que los iban a matar como a los Pujadas.

Así, Gustavo Vaca Narvaja, otro de los hijos, médico y escritor, organizó lo que llamaron “el asalto a la embajada de México”: el 23 de marzo, y a pocas horas del golpe de Estado, 26 miembros de la familia Vaca Narvaja entre los que había 13 chicos (el mayor de apenas 9 años), y una embarazada: Patricia, la actual embajadora en México, ocuparon el edificio azteca en Capital Federal y pidieron asilo político sin papelería previa. Habían dejado sus casas con lo puesto. De hecho, el 24 por la tarde el Ejército rodeó la embajada con tanques y armas largas, y sólo pudieron llegar a Ezeiza el 2 de abril en cinco autos de la diplomatura mexicana. Regresaron recién en 1983, con la democracia.

En México supieron del fusilamiento, el 12 de agosto, de Huguito Vaca Narvaja (h.), quien fue sacado de la UP1 junto a Higinio Toranzo y Gustavo De Breuil. En el camino, los asesinos comandados por Osvaldo Quiroga –quien hasta firmó un documento para retirarlos de la prisión y llevarlos al muere– tiraron una moneda al aire para ver a cuál de los dos hermanos De Breuil dejaban vivo, si a Alfredo o a Gustavo, el menor. Le tocó a Alfredo sobrevivir para ver el cadáver de su hermano y los de sus compañeros. Lo devolvieron a la cárcel y le ordenaron contarles a los presos lo que había visto “porque eso era lo que les esperaba a todos”.

Miguel Hugo Vaca Narvaja Gentileza familia Vaca Narvaja.

Miguel Hugo Vaca Narvaja
Gentileza familia Vaca Narvaja.

Del Viejo Vaca Narvaja, en cambio, nada más supieron. “Se lo tragaron la tierra y el silencio”, describió su hijo Gonzalo. Ningún dato concreto hasta el regreso en 1983. Fueron Valentina Enet y Carlos Albrieu, una abogada y un biólogo, respectivamente, quienes por azar obtuvieron información sobre el padre desaparecido y ayudaron a reconstruir sus últimos días. Ambos ya dieron su testimonio en este juicio.Valentina Enet contó que “los primeros días de marzo de 1976 se habían llevado a mi hermano Gerardo. Yo acompañé a mi padre a una reunión que él logró obtener con el entonces coronel (Raúl) Fierro (uno de los 41 imputados). Me acuerdo de que nos recibió en su despacho. Era un hombre raro. Se distraía con el vuelo de las moscas… Se lamentaba de que Primatesta no lo quería… En un momento dijo que lo llamaba Menéndez y se fue. Nos dejó solos en la oficina. Como yo quería saber sobre mi hermano y vi que este hombre tenía muchas fotos debajo del vidrio de su escritorio, literalmente me tiré encima para ver quiénes eran. Algunas fotos tenían manchitas rojas, como sangre; otras estaban escritas o tachadas con lapicera roja. Una, la más grande, me llamó la atención. Era un cuerpo sin cabeza. De pronto se abrió la puerta. Era Fierro que volvía. Cuando me vio, me dijo: ‘Ah, estás mirando mi álbum de recuerdos… Pero a ése no lo vas a poder reconocer porque le falta la cabeza… Eso es lo que les pasa a los padres que andan buscando a sus hijos, esos montoneros marxistas… A ése tu viejo lo conoce. Es Vaca Narvaja’”. Valentina Enet contó que su padre, aterrorizado, la agarró de un brazo y se la llevó “volando” de ahí. La abogada detalló que no creyeron que lo que les dijo Fierro fuera realmente cierto, hasta el hallazgo de la cabeza: “Ahí nos dimos cuenta de la barbarie”.

Pasó que a fines del mes de abril, cerca de las vías del tren en el barrio Alta Córdoba, el joven Carlos Albrieu iba caminando con un amigo y encontró una bolsa de nailon con una cabeza humana: “No estaba en descomposición. Se ve que la habían mantenido en formol. Yo ya estudiaba en la facultad en ese entonces y había visto cuerpos conservados. Le faltaba un ojo. Tenía un bigote muy fino, una nariz larga, afilada… La llevamos con mi hermano a la comisaría séptima. La entregamos y esperamos que nos citaran a declarar. Eso nunca ocurrió (…). En agosto mi hermano necesitaba un documento y fue a esa misma comisaría. Como referencia, les dijo que vivía cerca de donde encontraron la cabeza. Y el policía le dijo ‘Ah, sí… la cabeza de Vaca Narvaja’”. Carlos Albrieu buscó a la familia cuando regresaron del exilio. “Me reuní con Gustavo Vaca Narvaja. Como no quería dejarme influenciar por fotos, no lo dejé mostrarme ninguna hasta que yo no le hiciera la descripción de lo que vi. Pero sí, cuando terminé y me mostró fotos de su padre, se parecía bastante…”

En su declaración, Gonzalo Vaca Narvaja apenas pudo contener su angustia y su furia cuando preguntó ante el Tribunal lo que él y su familia se preguntan desde entonces: “¿Qué clase de seres son los que le cortan la cabeza a alguien y la conservan como un trofeo? ¿Y qué clase de miserables los que la exhiben? ¿Y ante quiénes la exhiben? ¿Quién dio la orden? ¿Qué miserables seres son éstos?”.

No bien Gonzalo se retiró del estrado, Menéndez protestó haciéndose cargo del “insulto”. Ya en diciembre de 2010, algo similar le había ocurrido a su ex jefe, el dictador muerto Jorge Rafael Videla. Cuando hizo su descargo, horas antes de que lo condenaran por primera vez a prisión perpetua en cárcel común por delitos de lesa humanidad, Videla cuestionó puntualmente el alegato del abogado querellante Miguel Hugo Vaca Narvaja (n.), quien lleva el mismo nombre de su abuelo y su padre por ser el primogénito, y tenía sólo 9 años cuando la familia tuvo que salir del país. Según se quejó Videla, “el doctor Vaca Narvaja realizó un peligroso revisionismo histórico”, ya que en su alegato ahondaba en las matanzas genocidas y politicidas desde la Campaña del Desierto en adelante.

Un apunte: si no fuese que a Menéndez le irrita tanto el apellido de esta familia y todo lo que ellos tengan para decir, estas audiencias hubieran transcurrido dentro de los parámetros normales. Esto es: los testigos relatan atrocidades, y él permanece como si nada sucediera: pose pétrea, duerme o directamente se va a la sala contigua. Pero no. Ha quedado al descubierto que, tal como ya le ocurrió a Videla, lo que implique a los Vaca Narvaja indigna al represor hasta hacerle perder el control. ¿Será por su capacidad de “resiliencia ante el dolor y la muerte”, tal como lo señaló Cecilia, otra de las hijas? ¿O tal vez el hecho de que la prolífica estirpe del hombre con el cual se ensañaron hasta la –primitiva, tribal– decapitación, se les haya escapado, multiplicado y sobrevivido?

Tal parece que ése es el terrible, insoportable panorama para los represores: el de una familia repleta de hombres y mujeres jóvenes que no olvidan, señalan y reclaman justicia. Como tantas otras familias diezmadas que nunca se rindieron y siguen de pie.

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El testimonio de Liliana Felipe

“Me deben 13.058 días de vida de mi hermana, a mí, a mi familia, al pueblo argentino”, les reclamó con la tormenta de su voz Liliana Felipe a los 41 represores imputados que no podían con su incomodidad. La presencia de la artista los avasalló desde su ingreso. Antes de declarar, les pidió a los jueces autorización para “mostrar una foto” de su hermana Ester, desaparecida el 10 de enero de 1978: apenas 25 días después de dar a luz, junto a su compañero, Carlos Luis Mónaco. “Perdonen –lanzó desafiante–. No encontré una chiquita.” Y desplegó una gigantografía con la que increpó a los represores: “¿La ven? ¿Se acuerdan de ella?”. Nadie podía dejar de mirarla. Desde los brazos abiertos de Liliana, la imagen rubia de Ester y su mirada cristalina, feliz, lo invadió todo. Antes había declarado Paula Mónaco Felipe, la hija de la pareja desaparecida. Paula, de 37 años, es periodista y vive en México. Ante la pregunta inicial –y de forma– del Tribunal, acerca de si conocía a los imputados, o eran acreedores o deudores suyos, la joven replicó que sí. Que sí son sus deudores: “Me deben una infancia con ellos. Me deben alegrías compartidas. Me deben que mis padres me acompañaran en momentos difíciles. Le deben un abuelo y una abuela a mi hijo. Le deben un hermano y una hermana a mis tíos; una tía a mi familia. Yo siento que sí, me deben mucho. Y creo que es muy importante que se estén dando estos espacios para hacer justicia”.

La búsqueda incesante

Abogada y viuda del también abogado Eduardo “Tero” Valverde, María Elena Mercado es una de las personalidades más respetadas de los organismos de Derechos Humanos en Córdoba. El mismo día del golpe de marzo del ’76, Valverde, quien había sido funcionario del gobierno democrático de Ricardo Obregón Cano y Atilio López, fue citado a presentarse en el Hospital Militar. Lo secuestraron de inmediato, lo llevaron a La Perla y lo torturaron hasta matarlo. María Elena Mercado nunca dejó de buscarlo. En ese trajinar fue abriendo el camino de los Familiares en esta provincia y, llegada la democracia, fue convocada para integrar la Conadep local. Fue ella también quien investigó y ayudó al descubrimiento de las fosas comunes del Cementerio de San Vicente: el más importante enterramiento clandestino de personas desaparecidas en Córdoba. Sitio en el cual el Equipo de Antropología Forense (EAAF) logró identificar a quince personas asesinadas por la dictadura cívico-militar, y sigue trabajando en la identificación de más de 132 esqueletos recuperados. María Elena Mercado obtuvo valiosos testimonios de los morgueros del Hospital San Roque que, a veces, fueron obligados a llevar los cadáveres al cementerio. Uno de ellos, José Caro, dio uno de los testimonios más detallados, espeluznantes y hasta definitivos en el juicio de 2008 que culminó con la primera condena a prisión perpetua en cárcel común de Luciano Benjamín Menéndez.

“Un nido de subversivos”

Carlos Hairabedián, uno de los penalistas más conocidos de Córdoba, atestiguó en el juicio. El ex juez estuvo secuestrado y fue torturado durante tres años y medio por la dictadura militar. “En La Perla fui arrojado a un pozo. En mi mente yo pensé que era el pozo fúnebre. Pensé que ahí se terminaba mi vida”. Hairabedián dio fe ante el Tribunal Oral Federal N° 1 que “cuando me trasladaron a la cárcel de barrio San Martín (conocida como UP1), en el pabellón 9 había sido alojado con grandes quejas por parte de él el ahora gobernador (José Manuel) De la Sota. Teníamos grandes diferencias… De la Sota, con su camisa negra, decía que había ido a parar a un nido de subversivos”. Consultado por el querellante Miguel Ceballos, Hairabedián aclaró que no se refería a sólo su vestimenta, sino a que “era un hombre típico de la derecha. Era su estilo, lo del negro por una cuestión ideológica (en referencia a los camisas negras del fascismo italiano). Este hombre (por De la Sota) había sido aislado por los demás presos políticos… Y ahora que nuestro poeta Juan Gelman en el Congreso de la Lengua introdujo una palabra, ‘boludo’, quisiera decir que, como una derivación de boludo, los demás presos no le daban bola. Era un tipo desagradable. Y por eso él se quejaba y pedía que lo sacaran del pabellón. No porque estuviera comprometida su seguridad. Esas personas que no tenían que ver con su ideología no le podían causar ningún problema. Sólo teníamos ideas diferentes. Y él se quejaba de que había caído en un nido de marxistas subversivos”. De la Sota permaneció detenido seis meses.

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Diario Página 12. Domingo 20 de octubre de 2013

Testimonios del Juicio por los crímenes en La Perla

 

“Una fábrica de muerte”

Alba Camargo relató el secuestro de sus padres y sus tíos y el encierro y los interrogatorios a los que ella misma fue sometida. Piero Di Monte contó el horror de la tortura y el rol clave del represor Ernesto “Nabo” Barreiro en ese centro clandestino de detención.

Luciano Benjamín Menéndez, Ernesto Barreiro y Héctor Vergez son los principales represores acusados por los crímenes de La Perla. Imagen: Irma Montiel, Télam.

Luciano Benjamín Menéndez, Ernesto Barreiro y Héctor Vergez son los principales represores acusados por los crímenes de La Perla. Imagen: Irma Montiel, Télam.

Por Marta Platía

”Sé que mis padres y mis tíos estuvieron en La Perla, que los torturaron. Que mi tía fue violada reiteradamente, que mi padre ya casi no tenía dientes y que le habían quebrado las piernas a golpes. Que empalaron a mi tío… Sé que estuvieron ahí… Sé que los mataron, y sé que los asesinos son éstos”, denunció, atravesada por un dolor que aún vibra en su cuerpo, Alba Camargo, la hija de Armando Arnulfo Camargo y Alicia Bértola y sobrina de Susana y Juan Carlos Berastegui. El suyo es el primer caso de una nena secuestrada e interrogada por los represores que se denuncia en el megajuicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en el centro clandestino de detención La Perla.

Alba tenía sólo 13 años cuando la patota irrumpió en la casa de sus tíos. “Fue el 22 de julio de 1976. Era el cumpleaños de mi hermano (de 5 años). Estos delincuentes se robaron ropas, joyas, todo y hasta se comieron la comida. Se los llevaron. En la casa había un anciano, Pepe, mi abuelo, que quedó maniatado pero luego pudo salir y caminó muchísimo para avisar que se los habían llevado. Les dijo a mis papás que nos sacaran de la casa… Mi mamá lloraba. Se habían llevado a su hermana…”, contó ella misma ante el tribunal que juzga las violaciones a los derechos humanos que se cometieron en La Perla. “Cuando amaneció se fue a su trabajo en el Hospital Ferroviario. Me acuerdo de que mi papá nos levantó, nos vistió y nos dejó en casa de mi nona Sara. Nos dijo que si no venía él, mandaría dinero para nosotros. Y se fue al centro. Yo lo corrí porque me tenía que buscar unos anteojos. Y me dijo que si él no me los traía, me los haría llegar con un compañero. Tengo un relato posterior por los empleados de mi padre –que tenía una empresita de limpieza–: que él fue, sacó dinero del banco, les pagó a los empleados, buscó mis lentes y esa tarde me llegaron con dinero… El se fue a buscar a mi madre al trabajo y juntos se fueron a nuestra casa, al barrio Talleres Sud. Supe que cuando nosotros nos fuimos, a las 9.20, estos delincuentes entraron a mi casa. Rompieron mi ventana. Pusieron sus autos en garajes de vecinos. Se metieron en un almacén. Mis padres llegaron al mediodía a la casa y ya estaban los asesinos adentro. Por cosas que me contaron los vecinos, allí estuvieron una hora y media. Los golpearon, escucharon que gritaban. Que los golpeaban y los insultaban. Los sacaron en dos autos: atados, vendados.”

La voz de Alba es ahora dolor y bronca: “Los asesinos y chorros se llevaron todo: ropa, muebles, bicicletas, libros, herramientas, discos… Pasó el tiempo, muy poco tiempo, y el 5 de agosto entraron a la casa de mi abuela, donde yo estaba, y me sacaron de ahí… yo tenía 13 años y me llevaron al Buen Pastor. Eran cuatro hombres en dos autos”.

Alba estuvo encerrada durante casi siete meses en una prisión y la torturaron psicológicamente para que denuncie a sus padres. Los represores, amparados por las monjas de la cárcel para mujeres Buen Pastor, la extorsionaban exigiéndole que les dijera lo que sabía de sus papás y de sus tíos; que si hablaba podría salvar la vida de sus papás. Que se los traerían de vuelta. Alba sufrió la terrible presión del secuestro de sus padres, el encierro y separación del resto de su familia, y la incertidumbre insondable de creer que tal vez, si hubiese sabido algo, los salvaba. “Me pedían direcciones o nombres de compañeros de mis padres. Yo no recordaba, no sabía nada. Me decían que si yo les daba los nombres mi papá se iba a salvar. ¡Pero yo nunca supe nada!”, alcanza a decir, y sólo entonces se permite llorar, por segundos eternos, como la nena que fue.

Alba Camargo los nombró todo el tiempo como “los asesinos”. Su testimonio estremeció por su dureza y porque no se podía escapar del espanto de imaginarla niña, encarcelada en el Buen Pastor al arbitrio de los verdugos y de las monjas cómplices que la mantenían cautiva y que sólo le abrían la puerta para entregarla a los “zamarreos” y los interrogatorios de los represores. Las preguntas que resonaron a la salida de su testimonio: ¿quiénes eran las monjas que trabajaban en el Buen Pastor en ese momento? ¿Y quién su máxima responsable? Y un imperativo: las que aún estén vivas también deberían estar frente a este tribunal y responder por sus actos.

“Caballo de Troya”

“Vos va a ser nuestro Caballo de Troya. Algún día vas a volver y nos vas a denunciar a todos”, le espetó, rabioso, el torturador Ernesto “Nabo” Barreiro al sobreviviente Piero Di Monte en septiembre de 1977, cuando el ciudadano ítalo-argentino y uno de los pocos que lograron salir con vida del campo de concentración de La Perla, se le escapaba irremediablemente de las manos.

Piero tenía doble ciudadanía y la embajada italiana no había cesado de pedir su liberación desde que la esposa del cautivo denunció su secuestro en junio de 1976. Paradojas de la historia: su papá había emigrado de “la Italia de posguerra” para que el hijo no tuviera que pasar por “los desastres de la violencia”. Piero Italo Argentino, lo nombró, esperanzado en que el pequeño no olvidara su tierra de nacimiento y amara la de adopción donde –ansiaba el progenitor– su hijo tendría una existencia más tranquila que él. “Pero no pudo ser”, suspiró Piero Di Monte ante el tribunal, en el comienzo del testimonio más largo de este juicio que ya lleva 89 audiencias y 163 testigos. Di Monte declaró por más de diez horas y su testimonio aún no concluyó: deberá continuarlo vía teleconferencia desde una ciudad del norte italiano, donde dirige “un centro industrial”.

“Eso fue importante para mi vida. Algunos (jerarcas) no querían tener problemas con Italia. Por eso a mí me habían sacado de La Perla y me habían llevado al Batallón 141. Me tenían haciendo tareas de reparación eléctrica. Además, a eso se sumaron las apetencias de (César) Anadón, un coronel que fue el segundo de Luciano Benjamín Menéndez, que aspiraba a ser agregado militar en algún país europeo y no quería quedar mal con los italianos. Barreiro estaba furioso por eso”, explicó Di Monte.

Más de 36 años después, el temor del represor se cumplió: su “presente griego” estuvo allí para acusarlo ante el Tribunal Oral Federal No1. Y con él a los otros 40 imputados que tienen al ex carapintada, a Luciano Benjamín Menéndez y a Héctor Pedro Vergez como los jefes de los asesinos y desaparecedores que actuaron en Córdoba.

“Barreiro nos podría dar una lección magistral en tortura”, afirmó Di Monte y, entre las decenas de crímenes de los que fue testigo hasta octubre de 1977 cuando lo liberaron, describió el instante feroz que lo lastimó con una profundidad de la que aún –admitió– no se repone: “Ya me habían torturado en la parrilla (el elástico de cama pelado que usaban para amarrar a las víctimas) y yo sabía, porque lo habíamos hablado mucho y habíamos leído el libro de Julius Fucik, Reportaje al pie del patíbulo, que si caíamos había que aguantar al menos unas 12, 15 horas para que los compañeros tuvieran chances de escapar. Miren, era espantoso… Estaban todos arriba mío como en una danza macabra. Yo los vi enloquecidos como demonios. Y de pronto, alguien dice bueno ‘basta, basta, el corazón’. Y otro te controla el corazón, y después continúan… Cuando paran de torturarme, porque yo gritaba muchísimo, vi que trajeron a mi mujer. ¡A mi mujer que estaba embarazada de cinco meses! –se horroriza todavía–. Yo les había rogado que a ella no. Pero de pronto la trajeron a la sala de tortura con su pantaloncito celeste, su pancita y la acostaron cerca. Fue entonces cuando lo vi a Barreiro con la picana en las manos. Iba hacia ella. Mientras me seguían torturando vi que la circundaban. Y ahí no pude soportar… y grité ¡basta, basta! Y me llevaron a una oficina. Ya habían pasado las 12 horas”.

Piero toma agua. Intenta calmarse. Lo logra y se nota, en ese momento, que ha trabajado mucho en su interior para poder contarlo sin desmoronarse. Se rearma y habla entonces del miedo y dice que sí, que todavía tiene miedo. Que por eso está aquí, para “sacármelo de encima de una vez por todas. No se puede vivir con miedo. Y hacer justicia hoy es liberarnos del miedo. No quiero tener más miedo. La justicia es la herramienta para dejar de tenerlo. La sala de tortura es un lugar arcaico, primitivo, donde las personas que tienen algún hábito de humanidad podrían vomitar. La tortura es como un iceberg: uno puede explicar sólo lo que se ve”. Con tono pausado, Di Monte profundiza en la tortura: “Algunos dicen ‘yo me morí en La Perla’. Yo no. Yo no me morí en La Perla. Pero la tortura toma formas particulares en mi vida. Está ahí. Y la tortura sí se instaló en la sociedad. Que no se discutan los proyectos que beneficien a todos, por ejemplo, eso es todavía la tortura”.

El sobreviviente le atribuyó a Ernesto “Nabo” Barreiro lo que el propio carapintada definía en La Perla como “el método criollo” de tormentos, contraponiéndolo a la llamada Escuela Francesa que –desde que empezó el juicio– el represor se ha empeñado en negar aun a pesar de las pruebas concretas y del testimonio del general golpista Alcides López Aufranc sobre la llegada de los esbirros galos de la Organización de la Armada Secreta (OAS) para enseñar a los militares argentinos sus métodos de “contrainsurgencia” aplicados en Argelia e Indochina.

“Sí, Barreiro insistía en que había una escuela criolla. Una escuela propia. El nos podía dar cátedra de tortura”, afirmó Piero Di Monte. Y siguió: “La primera parte es la física. Se agarra ese cuerpo, se lo golpea y se lo hace sufrir hasta que se hace surgir el fruto de la información operativa, para ir a buscar otra persona, materiales, dinero… Pero después de eso, no es que se terminó, sino que sigue en un trabajo ‘el método criollo’ elaborado y estudiado por él: el no ver, el uso de la venda, el ambiente donde se percibe el dolor. De ahí surge el concepto de que son dioses… Que hasta te pueden salvar. Barreiro nos podría dar una lección magistral de todo esto. El elaboró esto. En eso está la desaparición, como una creación extraordinaria. Una creación argentina”. Una muerte permanente y en continuado. La siempre muerte.

En su banquillo, Barreiro sonrió todo el tiempo con el cinismo que, a esta altura del juicio, se ha transformado en su máscara cotidiana. Entre él y Di Monte, a lo largo de las diez horas de testimonio, pareció librarse una lucha sorda, subterránea, que viene de lejos y dura todavía. El torturador –como varios de sus cómplices– repite cada vez que puede que los sobrevivientes le deben la vida a él. Que son ellos los que los “salvaron”, los que los dejaron vivir. Y hasta se sienten “traicionados en su buena fe” por estos desagradecidos que ahora vuelven para acusarlos. De allí la actitud de Barreiro en el final del testimonio de Di Monte: aprovechó el aplauso del público de la sala, para él también, pararse y aplaudir a Piero con gesto socarrón, desafiante. El abucheo general de los familiares de las víctimas y la reprimenda del tribunal, terminó abruptamente con su bravuconada.

Ernesto “Nabo” Barreiro es uno de los pocos que todavía no tienen condena. Fue extraditado de los Estados Unidos en 2007 cuando las autoridades argentinas reclamaron su deportación y los agentes de migraciones norteamericanos lo encontraron en The Plains, un pueblo a 80 kilómetros al oeste de Washington, en el que se había asentado desde 2004 junto a su mujer cuando llegaron huyendo del primer pedido de captura en la Argentina. Allí tenía un negocio de artesanías en cuero y vendía vinos. Conocido en los campos de concentración de la dictadura como el Gringo o el Nabo, junto a Vergez y el propio Luciano Benjamín Menéndez, es la figura descollante en este juicio. No sólo por su sadismo en la tortura, sino porque le gustaba contar sus crímenes a los que consideraba “muertos vivos”. Su talón de Aquiles (siguiendo el tren de la veta griega) parece ser “el caso de Graciela Doldan”: una joven militante compañera del legendario Sabino Navarro –uno de los fundadores de Montoneros– por la cual confesó haber sentido “una enorme atracción política” y a quien, según los testigos sobrevivientes, le había prometido “quitarle la venda antes de que la fusilaran o dispararle él mismo a cara descubierta, ya que ella no quería morir tabicada”. Se sabe que Barreiro –y él mismo lo admitió– solía tenderse en la colchoneta donde la tenían cautiva para sostener “largos diálogos políticos” con la joven a quien también llevaron, un par de veces, ante la presencia de Menéndez.

Ya son varios los testigos que relataron que la tarde en que la trasladaban a la muerte, Graciela –reconocida por su entereza, inteligencia y valentía fuera de lo común– alcanzó a decir “me llevan y el Gringo no está. Es un cagón”. Durante este juicio, cada vez que alguien recuerda esto, a Barreiro se le borra el gesto irónico y despectivo, se pone colorado, le tiemblan las manos y los labios, y no puede controlar los músculos de la cara.

Formado casi de adolescente en la fábrica Sancor y en su comisión gremial interna, Piero Di Monte recordó: “Cuando entré en la cuadra, me di cuenta de que la maquinaria de muerte era mucho más grande de lo que habíamos imaginado afuera. Que era una fábrica de muerte. Yo sé lo que es una fábrica. Y eso era una industria de la muerte. En ese lugar estaba todo estructurado para que entrara gente chupada de la realidad, secuestrada de la realidad. Vidas que venían para ser transformadas, matadas destruidas. Ellos eran los operarios de la muerte. El mismo Barreiro me dijo antes de que lo trasladaran: ‘Ahora que me voy de la OP3 voy a poder marcar las crucecitas sin saber quiénes son las personas (fusiladas). Porque verlas tiene un límite’”.

La complicidad empresarial quedó, como en otras audiencias, al desnudo: “Los autos (para secuestrar) eran nuevos y venían de las empresas automotrices que conocemos. Eran de buena calidad. A otros los robaban como ladrones comunes en la calle. Y como no los podían usar acá, los trasladaban a otras provincias para seguir con los secuestros”.

Sin darse respiro a sí mismo, Piero contó que habían convenido no revelarles a los adolescentes (la mayoría del colegio Manuel Belgrano o del Monserrat) sobre “el pozo”. Que era demasiado cruel. Que condenados como estaban, decidieron callar. “Se sabe que el director de ese colegio, un tal (Tránsito) Rigatuso fue el que elaboró la lista de los chicos que llevaron al campo.”

Cuando los querellantes le preguntaron por esos adolescentes, el hombre recordó “ver a todos esos chicos era conmocionante… En un primer momento parecía que los iban a dejar salir a todos por derecha. O los que los iban a dejar en sus casas. Pero alguien dijo que mejor matarlos de pichones… Entre ellos estaban Diego Hunziker y Oscar Liñeira. Hunziker estuvo al lado mío y en una oportunidad fue al baño y se encontró con un pantaloncito de corderoy rosa que era de su hermana. Me preguntó si ahí había estado una chica jovencita, linda… Yo le dije que sí, que se la habían llevado junto a Eduardo Requena (un reconocido líder docente) y a Leiva, que era un fotógrafo. La chica se llamaba Leticia (Claudia) Hunziker. Y yo vi cuando se los llevaron…”. De Liñeira recordó que el pibe, poco antes de que lo trasladaran, le confesó en voz baja: “¿Sabés, Piero? Me van a matar y yo nunca hice el amor”.

Promesas

Según el testigo, entre los cautivos “nos hicimos promesas casi místicas. Hubo períodos en los que pudimos hablar y surgían esas promesas con mucha fuerza: ‘Si salís, tenés que ir a mi casa, hablar con mi mamá’. ‘Si salgo, aviso qué está pasando.’ Eso creó un verdadero protocolo entre prisioneros. Cuando se abre la perspectiva de que alguien sobreviva, esta persona quedó casi bombardeada para siempre por esta misión de ‘el que salga tiene que hablar’. Y yo pienso que a esa misión hoy, los que logramos salir, la estamos llevando adelante”.

El hombre recordó con espanto que “en La Perla había mujeres embarazadas, niños de los secundarios. Chicas y mujeres a las que violaban todos los días, a toda hora, toda la tropa… El caso de Alejandra Jaimovich es terrible. Ella era judía y se ensañaron… Nos contó cómo la secuestraron y también cómo todas las noches la violaban. Tenía sólo 16 años. Una de las cosas que más nos golpearon fue la presencia de un niñito: el hijo de la señora (Ramona Cristina “La Negrita”) Galíndez. Ese chiquito (Alejandro Rossi) cuando estuvo en la cuadra nos creó un estado de estupor tremendo… Que trajeran a nuestros chicos allí… Dijeron que lo llevaron a la casa de los padres de ella. Eso ocurrió finalmente. Pero mientras, no lo sabíamos y fue terrible para nosotros que estuviera. Y cuando se lo llevaron… peor. A la madre la trasladaron y nunca más se supo. Pero sé que ese chico, ahora adulto, estuvo declarando en este juicio por la desaparición de su mamá”.

–¿Alguna vez hubo planes de fuga? –quiso saber el fiscal Facundo Trotta.

–Hubo dos momentos que fueron organizados. Dos iniciativas de fuga. Pero no eran iniciativas como para decir “es probable que lleguemos a algún lugar”. No teníamos esas esperanzas. Era decir “probemos y que nos maten luchando” –memoró Di Monte.

Una fuga hacia adelante.

Complicidad empresarial

La querellante Lyllan Luque leyó un documento en el que se le solicitaba a la empresa Renault la lista de nombres y domicilios de los empleados. Tiene la firma de Luciano Benjamín Menéndez. “Eso se puede solicitar al archivo de escrituras notariales del Colegio de Escribanos. Es en relación con el secuestro de Carlos Alberto D’Ambra, cuyo padre trabajaba en la Renault.” Carlos Alberto “El Nona” D’Ambra tenía 22 años cuando desapareció. Su madre, Emi Villares de D’Ambra, de 86 años, y presente en casi todas las audiencias, es una de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba.

Acusaron otra vez al juez Rueda

La sobreviviente Mabel Lía Tejerina comprometió otra vez al presidente de la Cámara Federal de Apelaciones de Córdoba, Luis Rueda, por supuesta “connivencia con la dictadura cívico-militar”. Su denuncia se sumó a las que ya dejaron asentadas las sobrevivientes Patricia Astelarra y Nidia Teresita Piazza de Córdoba, entre otras víctimas. “Yo ya había sufrido el campo (La Perla) y ya estaba en casa, en 1985 –aportó Tejerina–, cuando aparecieron (los represores) en mi casa. Me acuerdo que (José Arnoldo) Chubi López estaba entre ellos. Me dijeron que tenía que firmar una declaración que habían redactado. Ahí decían que me habían tratado bien en La Perla. Y me amenazaron que si quería seguir criando a mis hijos y que me dejaran tranquila, tenía que firmar. Así que una mañana me trajeron acá (a Tribunales Federales). Me llevaron a un lugar oscuro, abajo. Ahí estaba (Luis) Rueda, que era secretario del juzgado, y al lado había uno de La Perla, pero no me acuerdo quién era. Me hicieron firmar.” La testigo entregó una copia que logró recuperar ya que esa declaración formó parte del proceso que se le inició ya en democracia a otro sobreviviente: Gustavo Contepomi, y por el cual Rueda también está acusado.

Mazmorras subterráneas en un penal

Las penalistas Marité Sánchez y Mariana Paramio solicitaron una inspección ocular a las celdas y túneles subterráneos de la cárcel del barrio San Martín, ex UP1, donde habrían tenido cautiva a Silvina Parodi, la hija embarazada de la Abuela de Plaza de Mayo Sonia Torres: “Pedimos al tribunal una inspección ocular de esos túneles y celdas subterráneas, ya que Silvina podría haber estado encerrada allí. A su madre, Sonia Torres, le aceptaron por un tiempo ropita de bebé y para ella hasta que, abruptamente, le suspendieron la admisión”. Las penalistas basaron su pedido en las declaraciones de Luis “Vi-ttín” Baronetto, sobreviviente y ex secretario de Derechos Humanos del municipio cordobés, quien aseguró que “presos antiguos me dijeron que allí los milicos también encerraron a los presos políticos”. Baronetto describió: “Son calabozos que todavía tienen los grilletes en las paredes a una altura más o menos así” describió, poniendo la palma abierta de la mano a unos 40 centímetros del piso.

Delator al descubierto

Tránsito Rigatusso, el ex director del colegio Manuel Belgrano, quedó al descubierto durante el juicio que le entabló a la Abuela de Plaza de Mayo Sonia Torres en 2003. Rigatuso acusó por “calumnias e injurias” a Torres, quien lo había llamado “delator” en una entrevista en el diario La Voz del Interior en 1998. Durante el juicio, César Anadón, quien se suicidó mientras estaba en prisión domiciliaria en septiembre de 2004, terminó asegurándole al juez Rubens Druetta que efectivamente había sido el director Rigatuso quien le entregó las listas de los alumnos desaparecidos a Luciano Benjamín Menéndez.

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Diario Página 12. Lunes 9 de septiembre de 2013

Megajuicio por los delitos cometidos en el centro clandestino de La Perla.

Los crímenes firmados por su autor

Ante el Tribunal Oral Federal Nº 1 de Córdoba varios testigos contaron cómo los propios represores se ufanaban de haber asesinado y torturado. Sara Osatinsky relató que Héctor Vergez le describió “paso a paso” los homicidios de su marido y sus hijos.

El represor Héctor Pedro Vergez, alias "Vargas" o Gastón. Imagen, Télam.

El represor Héctor Pedro Vergez, alias “Vargas” o Gastón. Imagen, Télam.

Por Marta Platía 

“¿Se van a acordar de mí cuando llegue Nüremberg? ¿Se van a acordar de que yo los ayudé?”, solía repetir, como en un ruego, el represor José Carlos González, alias “Juan XXIII” o “Monseñor”: un torturador que fue jefe de La Perla en 1978 y cuya personalidad oscilaba entre sus pulsiones místico-adoctrinantes y el crimen sistemático. A diferencia de los que se sintieron impunes hasta no hace mucho y supusieron que jamás habría juicio y castigo para sus delitos, él era consciente de que estaba cometiendo crueldades equiparables a las de los nazis, y creía que a todo crimen sobreviene un castigo. Pero que quede claro: no por eso dejaba de perpetrarlos u ordenarlos. “Sí, era un tremendo cursillista –lo describió, entre otros sobrevivientes, Graciela Geuna–. Parecía tener escrúpulos, pero aun así seguía. El solía contar que se confesaba y también que su confesor lo absolvía.” Que la Iglesia lo absolvía. Como a tantos otros criminales de lesa humanidad. González, quien murió impune en la década del ’90, sí logró que los que salieron con vida del holocausto cívico-militar lo recordaran en este Nuremberg argentino, pero no precisamente para agradecerle. No en el sentido “salvador” que esperaban él o los demás represores por el supuesto favor de una violación no tan feroz, de un golpe o de una humillación menos.

A lo largo de las 72 audiencias que lleva el juicio, varios testigos describieron atroces crueldades no sólo porque las padecieron en carne propia, sino porque fueron los mismos criminales los que se solazaron contándolas como si fuesen hazañas. Algunos hasta casi las firmaron: como si se tratara de un artista que firma una obra de arte. Total –solían repetir en los campos de concentración– hablaban “con muertos vivos”. Uno de los casos más aberrantes de este tipo de perversión con sello de origen fue el que sufrió Sara Solarz de Osatinsky: la viuda del reconocido militante Marcos Osatinsky, cuyo asesinato en Córdoba mencionó Rodolfo Walsh en su legendaria Carta abierta a la Junta Militar de 1977. Sara atestiguó que fue el represor Héctor Pedro Vergez, alias “Vargas” o “Gastón”, el que no le ahorró ni media pena, quien le relató el itinerario de sangre y muerte que diezmó a su familia y que, hace algunos días, Sara contó ante el Tribunal Oral Federal Nº 1 de esta provincia.

La única sobreviviente de la familia de Marcos Osatinsky viajó desde Suiza para dar su testimonio. Sara, de 77 años, recordó que el mismísimo Vergez la fue a buscar a la ESMA, donde la mantenían torturada y cautiva, con el fin de trasladarla a Córdoba para asesinarla: “El me dijo que el apellido Osatinsky tenía que ser borrado de la faz de la Tierra en Córdoba –remarcó–. Y me contó paso a paso cómo mataron a mi marido Marcos; a mi hijo Mario, de 19 años, y a José, el menor, de 15”. Sobre José, incluso, Vergez le enrostró a la madre una queja de asesino frustrado: “Al más chico lo mató la policía… Desgraciadamente no fuimos nosotros. Nos ganaron de mano”. Los “nosotros” de Vergez eran sus cómplices y sicarios del Comando Libertadores de América (CLA), la versión cordobesa de la Triple A.

En la sala de audiencias, lo de Sara fue a veces insoportable. Pero con la energía de quien despertó todos estos años, día por día cuidando cada bocanada de vida para llegar a este momento, ella declaró durante más de cinco horas con las fotos de sus amados sobre su escritorio. “El (Vergez) me dijo que querían borrar nuestro apellido de la faz de la Tierra. Pero no pudieron, y acá estoy yo para dar testimonio por los míos, por mí”, dijo Sara, y el represor pegó su barbilla contra el pecho, la boca ajustada en una mueca que ya no pudo destrabar.

“¿Y usted cómo es que sabe todo eso?”, preguntó el juez Julián Falcucci. “Es que Vergez me contó todo. El me buscó en la ESMA y habló, habló… Me contó cómo habían torturado a Marcos (Osatinsky) en el D2, en el Campo de la Ribera. Cómo lo habían llevado una vez a una quinta para picanearlo, pero que como se les cortó la electricidad y no pudieron, entonces lo ataron al paragolpes de un auto y corrieron carreras con su cuerpo torturado. Me dijo: ‘su marido es un hombre muy recto, ¿sabe? No le pudimos sacar ni una palabra’. Y que cuando ya estuvo muerto y lo llevaban en un cajón rumbo a Tucumán para entregárselo a sus familiares para que lo enterraran, él y los del Comando Libertadores de América se robaron el cajón, lo abrieron y dinamitaron el cuerpo”. Sara aseguró que ella tuvo “una especie de premonición el día que mataron a Marcos (21 de agosto de 1975). Nadie tuvo que avisarme. Me desperté de golpe, oí una sirena de la policía y supe que ya estaba muerto.” Algo parecido le sucedió con el asesinato de su hijo Mario: “Este hombre (Vergez) me contó que lo rodearon a él y a tres amigos en una casa en La Serranita. Que con megáfonos les dijeron que salieran. Ellos escaparon por detrás. Uno de los muchachos conocía muy bien la zona y huyeron por el monte. Pero en la madrugada, cuando subieron a la ruta cerca de Alta Gracia, como todos los caminos estaban tomados por los militares, los estaban esperando y los acribillaron. Yo estaba en casa. De pronto por la radio una voz dijo ‘Alta Gracia’ y me desmayé. Caí seca al piso. Cuando volví en mí, lloraba a los gritos”.

Con Sara ya secuestrada y cautiva en la ESMA, Vergez tampoco se ahorró ironías en la descripción de la feroz cacería humana en la que asesinaron a José, de 15 años, el hijo más pequeño de los Osatinsky. La laceró repitiéndole que “desgraciadamente” la policía se les había adelantado a los suyos, los del CLA. “José todavía iba a la secundaria, era nada más que un chico –se quebró la madre–. Me contó que lo corrieron por los techos de las casas del barrio. Que lo acribillaron.” Con los ojos fijos en la foto del hijo, Sara contó que, a diferencia de Marcos y Mario, “a él no pude llorarlo. No quería creer que estaba muerto. Recién en 1984, cuando lo encontraron en una fosa común y me avisaron, pude hacer el duelo… La doctora María Elba Martínez (una de las abogadas decanas en la defensa de derechos humanos de Córdoba, que murió el 17 de agosto pasado) me llamó y me dijo que habían identificado sus restos… Le pedí a ella que lo enterrara. Yo ya estaba en el exilio”. Pero los restos no pudieron ser sepultados. Ocurrió que a último momento –y aún no está claro por qué– “alguien” dio una orden y las bolsas con los huesos de él y de otras víctimas de la represión fueron incineradas. La querella del abogado Claudio Orosz y la fiscalía de Facundo Trotta pidieron que se investigara la cadena de autoridades: desde el intendente hasta el director del cementerio, ya que “en 1984 Córdoba vivía en democracia”.

Sara nunca fue trasladada a Córdoba. Pero el detalle de los crímenes de sus dos hijos y esposo se fijaron en su memoria nada menos que por la palabra de quien se adjudicó la autoría. Y en este punto Héctor Pedro Vergez parece llevar la delantera a sus cómplices, aunque no es el único cultor de esta perversión ególatra. También por su propia boca se conocería paso a paso cómo masacraron a la familia de Mariano Pujadas: uno de los 19 jóvenes acribillados en Trelew en 1972. El testigo Gustavo Contepomi, quien declaró desde España por videoconferencia, denunció la existencia de “un documental catalán” en el que los periodistas fueron guiados por “una voz” que él creyó reconocer “como uno que se hacía llamar Gastón, y que por las indicaciones, lugares y precisiones que les daba a los documentalistas no podría ser de alguien que no fuera partícipe necesario en la masacre”: la madrugada del 14 de agosto de 1975 en que un comando del CLA mató al padre, la madre, el hermano y dos cuñadas del joven Pujadas. Al respecto, las testigos Cecilia Suzzara y Liliana Callizo coincidieron: “Vergez siempre se jactaba de cómo los habían tirado en un pozo y los dinamitaron”; al tiempo que Callizo implicó también a Barreiro en esta matanza.

Es que entre la horda afecta a reclamar el derecho de autor también se cuenta el represor Ernesto “Nabo” Barreiro, quien, entre otros crímenes, no habría tenido reparos en descerrajarle en la cara al sobreviviente Jorge De Breuil mientras lo atormentaba en el Campo de La Ribera: “¿Te gustó la orgía de sangre que hicimos con tu hermano?”, refiriéndose al fusilamiento de Gustavo De Breuil, asesinado junto al abogado Miguel Hugo Vaca Narvaja (h.) y a Higinio Toranzo en un simulacro de fuga. Una frase-tortura que De Breuil remarcó en sus testimonios ante el Tribunal. Otros, como el pertinaz violador Miguel Angel “Gato” Gómez, gustaba de quitarles la venda a sus víctimas antes de ultrajarlas y les lanzaba: “Mirame bien, yo soy el Gato, tu torturador”. O José “Chubi” López, quien le ordenó a Graciela Geuna que lo mirara “porque cuando te podamos matar te voy a matar yo. Y cuando te mate, lo último que vas a ver son mis ojos”. O el relato de una noche en La Perla, cuando ante Patricia Astelarra el represor “Luis Manzanelli y otros contaron como una anécdota cómo habían asesinado en la ruta al obispo (de la Rioja, Enrique) Angelelli, y cómo lo habían dejado tirado en el pavimento, con los brazos abiertos en cruz”. Reconocido por su saña en la sala de tortura, Manzanelli solía presumir de que “todos, absolutamente todos los que pasaron por aquí han pasado por mis manos”. También por su propia boca, y en su afán por ensuciar a los sobrevivientes, el represor civil Ricardo “Fogo” Lardone terminó admitiendo, en pleno juicio, haber participado en “lancheos”: recorridas por la ciudad para secuestrar gente y alimentar así la maquinaria de terror, tortura y muerte de La Perla.

Enlace de la nota: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-228621-2013-09-09.html

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Página/12. Lunes 19 de agosto de 2013. EL MEGAJUICIO POR LOS CRIMENES DE LESA HUMANIDAD COMETIDOS EN LA PERLA

 

“Había una apropiación de las mujeres”

En el proceso que se está desarrollando en Córdoba, el testimonio de la sobreviviente Graciela Geuna volvió a plantear la cuestión de los delitos sexuales perpetrados en el marco del terrorismo de Estado.

Luciano Benjamín Menéndez es uno de los 41 represores acusados en el juicio. Imagen, Télam.

Luciano Benjamín Menéndez es uno de los 41 represores acusados en el juicio. Imagen, Télam.

Por Marta Platía

 

Parece una constante en este juicio: otra vez fue una mujer la que sacudió las conciencias de los que asisten a las jornadas del proceso por los delitos perpetrados en el centro clandestino de La Perla, que ya lleva setenta audiencias. Graciela Susana Geuna viajó desde Suiza, donde está viviendo desde que logró escapar del país en 1979. Es una de las sobrevivientes que más tiempo permaneció en La Perla, por lo cual los 41 represores, incluyendo a Luciano Benjamín Menéndez, afilaron sus discursos para intentar desacreditarla en cada ocasión que el Tribunal Oral Federal Nº 1 les permitió hablar. Graciela Geuna es, para ellos, lo que los demás sobrevivientes: una amenaza viva, constante. El testimonio inapelable de sus crímenes. A Graciela la secuestraron el 10 de junio de 1976 junto a su esposo Jorge Omar Cazorla. Ambos militaban en la Juventud Universitaria Peronista (JUP). Los metieron en el baúl de dos autos distintos. Ella, con sus rodillas, golpeó la chapa y logró tirarse a la ruta. Cayó “quemándose la espalda” por la fricción cerca de la actual Fábrica Argentina de Aviones. Cuando logró levantarse, corrió hacia una casilla de vigilancia y pidió a los gritos: “¡Sálvenme! ¡Me van a matar!”. Nadie la ayudó. Mientras, su esposo también había saltado desde el auto en que lo llevaban, “como si nos hubiésemos puesto de acuerdo”, murmuró Graciela. Pero él fue acribillado por la espalda por la patota de La Perla, cuando corría maniatado y le gritaba: “¡Corré, Gringa, corré!”. A Graciela no sólo la recapturaron sino que los represores le dijeron: “Tu marido es boleta”. Ella pensó que tal vez querían desmoralizarla. “Me agarraron y me metieron por la fuerza al baúl de otro auto. Ahí estaba Jorge: tenía sangre que le salía por la comisura de la boca, sangre que le salía del pecho… Después supe que los que estaban ahí fueron (los represores Héctor Pedro) Vergez, (Jorge Exequiel) Acosta, (Hugo “Quequeque”) Herrera, (José) “Chubi” López, (Angel) Quijano, (Héctor) ‘Palito’ Romero y (Saúl Aquiles) Pereyra”. Ya en La Perla la torturaron “con las dos picanas, la de 110 y la de 200 voltios. Vergez decía que tenía olor a podrido. De la sala de tortura me tiraron en las caballerizas. Ahí estaba el cuerpo de Jorge tirado sobre la paja. Les rogué que me dejaran cerrarle los ojos”. Fue en ese punto de su declaración cuando la víctima dio una noticia inesperada: uno de los testigos de su detención, uno de esos hombres que no la ayudaron, se había comunicado con ella 37 años después, y le anunció que estaba dispuesto a declarar. Ocurrió que este hombre leyó el libro La Perla. Historia y testimonios de un campo de concentración, de los periodistas Ana Mariani y Alejo Gómez Jacobo, y reconoció en el testimonio de Geuna a aquella muchacha acorralada que le pidió ayuda. “Fueron décadas de tener ese peso en mi conciencia. De pensar que podría haber torcido el destino si intervenía… Pero no me animé. Todo pasó en segundos. Pero esa película de segundos me persiguió todos estos años. Cuando leí el libro recién les pude poner nombres a aquellos dos jóvenes: al muchacho que mataron por la espalda, y a la chica que pedía socorro y que cayó con las manos atadas en la espalda, y a la que un tipo grandote levantó por la cintura y se la llevó.” El hombre no es un desconocido en Córdoba. Se trata de Simón Dasenchich, quien fuera titular del directorio de la Empresa Provincial de Energía de Córdoba (EPEC) y actual gerente de la región centro del Correo Argentino. Luego de leer el libro se contactó con sus autores y ellos le hicieron de puente con la sobreviviente. Dasenchich declaró hace pocos días y cerró un capítulo en su propia vida: “Yo era empleado de la entonces Industrias Mecánicas del Estado (IME). Hice la denuncia en la comisaría 10ª. Pero noté que todo estaba enrarecido y querían llevarme a mi casa a buscar mis documentos en un auto de la policía. En un descuido, me les escapé. Guardé todo esto hasta ahora. Pero no es lo mismo cuando uno conoce los nombres y las historias de las dos personas que vio matar y secuestrar. Hay una obligación moral que no podía callarse más. Si ellos tienen el valor de contar todo esto después de lo que les pasó, los que vimos ese tipo de situaciones tenemos que dar testimonio”. Dasenchich fue el primer testigo “inesperado” de este juicio, en el cual se espera que surjan otros.

El olor de la muerte

Esbelta y de abundante cabellera rubia, Graciela Geuna declaró durante casi ocho horas con voz pausada y grave. El atroz universo de La Perla se abrió espacio en la sala de audiencias. La tortura y la orden-amenaza de José “Chubi” López: “Mirame bien, porque cuando te podamos matar, te voy a matar yo. Y cuando te mate, lo último que vas a ver son mis ojos”. Graciela recordó con insondable tristeza a “los chicos del colegio Manuel Belgrano” y sus risas aun en medio del infierno, “porque eran adolescentes que no podían parar de reírse, ellos nunca imaginaron que los matarían”. Y las atroces agonías por tortura en la cuadra, como la de María Luz Mujica de Ruartes, “que despedía un fuerte hedor a pus de su vagina porque la habían quemado con la picana y no teníamos con qué curarla”. O el muchacho al que los represores “paseaban en cuatro patas con una correa de perro, para humillarlo y destruirnos psicológicamente”; y hasta el absurdo, perverso “festejo de cumpleaños” que le hizo el torturador “Angel Quijano, que vino… ¡y me cantó el feliz cumpleaños! Yo lloraba y él me preguntó que por qué, si me estaba deseando feliz cumpleaños. Como pude, le dije que él tenía puesto el saco de mi marido. El lo negó, pero yo le dije que no podría olvidarlo. Era el que usó cuando nos casamos”. Graciela Geuna describió también un episodio que, por entonces, les dio certeza a los secuestrados de lo que ocurría en “los traslados”. Geuna y otras víctimas reducidas a la esclavitud estaban lavando autos (los que se utilizaban para “chupar” gente) y el represor Ricardo “Fogo” Lardone “llegó e hizo comentarios porque había una goma quemada. Nos dijo que no podía soportar el olor porque le recordaba a los fusilamientos. Que los fusilaban así: esposados atrás y que algunos que tenían miedo, como (el torturador Raúl) Fierro, les hacían atar también las piernas. Que tiraban alquitrán y les prendían fuego. Dijo: ‘Tengo el olor en la nariz y la visión de los cuerpos que cuando se queman, empiezan a moverse’”. Geuna entonces levantó sus brazos ante el Tribunal y los movió como los de un muñeco desarticulado. Luego los bajó y se quedó en silencio. “Quiero saber si por el hecho de ser mujer existía un plus en cuanto a los abusos sexuales”, le preguntó la fiscal Virginia Miguel Carmona. “Sí, en general, las mujeres siempre sufríamos un plus desde la mente y el cuerpo –explicó Graciela Geuna–. Los represores (Hugo ‘Quequeque’) Herrera y (Aldo) Checchi revisaban a las mujeres y las manoseaban. Yo misma tuve desde extorsiones… Me apretaban los pezones, toqueteos… Había una apropiación de las mujeres. Porque a los hombres trataban de manipularles la mente. Pero de las mujeres querían todo: apropiarse de la mente y del cuerpo.” Así, de pronto, las voces de sus compañeras de cautiverio que ya pasaron por el Tribunal se agolpan en la memoria: “Me ausentaba de mí misma para poder sobrevivir”, dijo Tina Meschiatti. “Me di cuenta de que tenía que separar mi cuerpo de mi cabeza. Que hicieran lo que quisieran con mi cuerpo. Pero yo tenía que preservar mi cerebro”, declaró Liliana Callizo, luego de relatar cómo Herrera la violó. “Yo vi cómo en una fiesta se tiraban de uno a otro con las chicas prisioneras. Las hacían tomar vino… Todo eso antes de matarlas”, contó el arriero José Julián Solanille, el único testigo vivo que dio testimonio en juicio de haber visto al mismísimo Luciano Benjamín Menéndez al frente de un pelotón de fusilamiento. “Yo vi cómo Vergez le tocaba el cuerpo libidinosamente a Elmina Santucho y le decía: ‘Ahora vas a conocer a papi’”, coincidieron Liliana Callizo y Patricia Astelarra. Lisa Beatriz Monje sólo tenía 17 años cuando la secuestraron y la llevaron al D2: “Eran como una jauría de lobos. Me violaron en el baño. Yo era virgen”, declaró con el dolor ahogándole la voz. Y con ellas la brutalidad de delirio con que fue atacada Gloria Di Rienzo, quien todavía tiene las cicatrices que le dejaron los atacantes cuando intentó resistirse a una violación masiva. Los vejámenes sexuales a las prisioneras de la cuadra en La Perla –o en las mazmorras del D2– eran “moneda corriente”, según detalló Liliana Callizo. A todo esto, los torturadores repiten ante el Tribunal que ellos “jamás” tocaron a ninguna mujer. Tal parece que temen más este aspecto de sus (muchas) perversiones y atrocidades, que haber atormentado, robado, asesinado o desaparecido gente. Consultados sobre este punto, tanto querellantes como defensores coinciden en que tal vez “en sus familias hayan logrado consolidar lo de la supuesta ‘guerra contra la subversión’, pero que nunca les hayan contado que violaban a sus víctimas”. Si bien se sabe que hubo prisioneros varones que también fueron vejados (los empalamientos “con armas o palos de escoba” fueron un método más de tortura y muerte); por ahora sólo las mujeres se han animado a denunciar los crímenes sexuales en el marco del terrorismo de Estado. La brecha la abrió una sobreviviente: Charo López Muñoz, quien en el juicio a Videla y Menéndez, en 2010, abrió su testimonio denunciando que la habían sodomizado en el D2. Fue en esa oportunidad que el fiscal Carlos Gonella le preguntó si haría o no una presentación aparte sobre este tipo de vejaciones en la Fiscalía federal. Y ella lo hizo. Según explicó el querellante Claudio Orosz, “todos esos abusos se están sumando a una causa que se está instruyendo por los delitos sexuales de lesa humanidad. Es inédita en el país y está a cargo de la fiscal Graciela López de Filoñuk”.

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Sonia Torres

Sonia en la marcha del 24 de marzo. Córdoba, 2013.

Sonia en la marcha del 24 de marzo. Córdoba, 2013.

Por Marta Platía

 

Sonia busca. Se levanta y busca. En las cajas que llenó de recortes de esos diarios que le mentían y no. En las fotos de su vida. En los pliegues de su mente y de su piel. En los sueños de sus noches cortas. Sonia es esa Sonia que hace mucho ya no es sólo Sonia: es de la legión de mujeres que escarban en la tierra, en el aire, en lo que se dice y no, buscando los hijos que les crecieron en el vientre. En el propio y en el que le alcanzó a acariciar a Silvina antes de que se la arrebataran con un embarazo de más de seis meses. Sonia es sus 83, casi 84 años; la que busca ahora y antes. Cuando golpeaba puertas. Las de los asesinos. Las de los cómplices. Las del Arzobispo. Las de una sociedad que a veces la aplaude y otras la ignora. La que busca y no para. Ni para vivir ni para morir. Su vida es ya una balada para no morir. Un canto de cisne que no piensa concluir hasta que ese nieto llegue. Hay cientos de jóvenes que desean ser sus nietos. Y hasta quienes lloran por no serlo. Y están también quienes se burlan de su deseo y se le ríen a oscuras. Desde la impunidad cloacal de una Internet que da para el bien y el mal. Que alimenta la banalidad de los banales. Sonia aprende los códigos de los chicos. Le encuentra la vuelta a computadoras, a Facebook, y replica al infinito las imágenes de esos hijos que ya no están: Silvina Parodi y Daniel Orozco. Y de esa pancita arropada en el vestido blanco que llevaba al nieto que es su razón para seguir. Sonia es su casa. Y los rincones que están llenos de ella y de ese otro hijo: Luis, el amado Luis. Ese a quien el asma le robó y que nunca, pero nunca debió haber muerto. Sonia es su farmacia. Los nietos.Y una familia que la acompaña. Sonia es el atentado cobarde una noche de 2006; y el juicio que le entabló el delator de sus hijos en el 2002. Sonia es el “no-me-importa-la-muerte-de-Videla-yo-sigo-buscando”. Es la esperanza puesta en cada llamada. Es ésa que jamás será una anciana. La que ven en las marchas, con su pancarta llena de la sonrisa de Silvina, de sus ojos de cervatillo en el mismísimo día de su casamiento con Daniel. Sonia es la del clavel rojo: ése que lleva como la “bailaora” de una fiesta a la que nunca soñó asistir. La que apenas respira cada vez que se les pregunta por las embarazadas a los sobrevivientes de los campos de concentración en los juicios por crímenes de lesa humanidad. La que conoce centímetro a centímetro cada maldito centímetro de La Perla y del Buen Pastor y del Campo de la Ribera. La que esperó a la salida de los jardines de infantes, las escuelas y las universidades. La que aún hoy, de vez en vez, (per)sigue a alguno que otro joven por la calle cuando ve en sus rostros algún rasgo que le recuerde a sus hijos. Déjenme que les cuente de Sonia como si no la conocieran. Como si fueran extranjeros o extraterrestres. Sonia es ésa: la mujer-legión a la que le arrancaron la vida, los hijos, un nieto y todavía sigue. Y por seguir es quizás la farmacéutica más vieja de Córdoba. Aunque jamás envejecerá. Porque los que esperan no envejecen. Se quedan así, suspendidos en el tiempo a la espera de que sus queridos regresen. Las Madres, las Abuelas lo saben: los hijos atan a la tierra. Por eso siguen acá. Y seguirán. A menos que un huracán las derrumbe. Pero los huracanes no pueden contra el amor, que es noble, inamovible como las rocas profundas que guarda la tierra. Y Sonia es una roca.

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Página/12. Martes 30 de julio de 2013.EL JUICIO POR LOS CRIMENES DE LESA HUMANIDAD COMETIDOS EN EL CENTRO CLANDESTINO LA PERLA

“En peligro de muerte permanente”

El megajuicio que se desarrolla en Córdoba reanudó la actividad tras la feria judicial con el testimonio del sobreviviente Gustavo Contepomi. La complicidad civil y los crímenes sexuales del terrorismo de Estado.

Los represores imputados en el juicio son 41, con Luciano Benjamín Menéndez a la cabeza. Foto, Irma Montiel, Télam.

Los represores imputados en el juicio son 41, con Luciano Benjamín Menéndez a la cabeza. Foto, Irma Montiel, Télam.

Por Marta Platía

 

“Los sobrevivientes somos incómodos porque revivimos la culpa de otro. Fuimos culpables (en la dictadura) porque militábamos. Decían ‘se los llevaron, por algo será’. Y luego también fuimos culpables de que nos liberaran, por sobrevivir: ‘Si están acá, no habrán sido demasiado heroicos, algo habrán hecho para sobrevivir’. Con lo cual tácitamente se asume que el fusilamiento de los héroes es correcto. Yo les digo: sin nuestro activo compromiso, simplemente no existirían estos juicios. Sin nuestra memoria, el impulso de la Justicia no hubiera llegado tan lejos.” Estas palabras de Gustavo Contepomi, un arquitecto que logró salir con vida del campo de concentración La Perla luego de casi dos años de cautiverio, reabrieron tras la feria judicial el megajuicio por los crímenes cometidos en ese centro clandestino. Contepomi sabe lo que dice: es un sobreviviente doblemente incómodo, ya que no sólo da cuenta de lo que hicieron los represores sino que también ha denunciado a miembros del Poder Judicial que, por su acción u omisión, están sindicados como cómplices de la dictadura militar.En este juicio ya declararon 102 testigos en 61 audiencias; y se juzga a 41 imputados, con Luciano Benjamín Menéndez a la cabeza.Durante más de siete horas, el sobreviviente Gustavo Contepomi recorrió con su memoria los nombres, rostros y padecimientos de decenas de compañeros que fueron torturados y asesinados. Declaró por videoconferencia desde Barcelona. No lo dijo directamente, pero tiene sus muy buenas razones para no querer regresar: Contepomi junto a su ex esposa, Patricia Astelarra, y otra pareja de sobrevivientes, escribió y publicó un informe sobre lo padecido en La Perla apenas comenzó la democracia. Un informe que luego se editó como libro. Según el testigo, este texto le acarreó un hasta hoy oscuro proceso judicial que lo llevó a la prisión durante un año y medio más, en 1984, por una supuesta “asociación ilícita agravada”. Un “proceso armado” por el cual tanto él como su ex esposa han denunciado a funcionarios judiciales de connivencia con la dictadura: el juez Gustavo Becerra Ferrer, su entonces secretario Luis Rueda (hoy presidente de la Cámara Federal de Apelaciones de Córdoba) y el fiscal Antonio Cornejo.Con horror, recordó a Elpidio Tejeda, “Texas”: un represor preparado para flagelar cuerpos en la Escuela de las Américas, y que varios sobrevivientes coincidieron en calificar como “una máquina de matar”. Contó: “Un día me llamó por la mañana, a los gritos. Fui absolutamente aterrorizado porque parecía furioso… Estaba en su cuarto de tortura. Las paredes llenas de sangre. Tenía varias botellas de Coca-Cola desculadas como para lastimar. Había un hombre con la cara contra la pared. Le hizo dar la vuelta para que yo lo reconociera. Yo lo conocía, pero hice de cuenta que no. Tenía el rostro completamente destrozado, ensangrentado… No recordábamos su nombre hasta hace un mes y medio… Ahora sabemos que se llamaba Carlos Alberto Vicente. Lo detuvieron con su mujer, Elsa Noemí Pablo de Vicente”. Contempomi remarcó cada nombre, y con eso dejó en claro que no ha parado de investigar, de intercambiar detalles y recuerdos con otros sobrevivientes.“En 1976, en La Perla estábamos en peligro de muerte permanente. Padecíamos los gritos de los torturados y la presencia permanente del pozo… En la medida en que La Perla se llenaba, también se vaciaba. Nos pasó que de pronto algunos ya ni teníamos miedo al pozo sino a las nuevas posibles torturas, al dolor.” Habló de la reducción a la servidumbre a la que fueron sometidos los cautivos; y les negó a los abogados defensores de los imputados que haya habido colaboradores o colaboracionistas: “Ahí no hubo colaboración. Eso supone un acuerdo, tener la posibilidad de aceptar o no. Aquí hubo personas sometidas a la voluntad de los represores. Era un sistema pensado para destruir su humanidad”. Recordó a los que vio morir luego de las torturas, como a María Luz Mujica de Ruartes, o a una joven a la que llamaban “Pampita” y con quien se ensañaron “salvajemente: no sólo la picanearon y la golpearon por todo el cuerpo sino que la ataron a un auto y la arrastraron por los caminos. Se llamaba Inés Magdalena Duhalde o Hualde”, intentó precisar. Y la tortura a los pibes de los colegios Montserrat y Manuel Belgrano: Diego Hunziker, su hermana Claudia, Oscar Liñeira… Ninguno superaba los 17 años cuando los asesinaron.En su butaca, Ernesto “el Nabo” Barreiro sonreía como siempre: tamborileando su cinismo entre los dedos de uñas obsesivamente cuidadas. Y el resto de los acusados: Héctor Pedro Vergez, Palito Romero o el Chubi López, entre otros, se cubrían la cara con las manos o con papeles cuando Contepomi los señalaba uno por uno por “su ferocidad para torturar, matar, vejar y violar, incluso a mujeres embarazadas, como a mi entonces esposa, Patricia Astelarra, que fue violada por el Cura Magaldi (Roberto Mañay): un ser símil Inquisición que se escudaba en rezos y una cruz mientras daba picana. Los represores, entonces, se indignaban y pedían la palabra: se sentían “afectados en su honorabilidad”, dijeron ante “ese tipo de acusaciones”.
Asesinos y violadores
Ya antes de que comenzara la feria judicial, una de las declaraciones más conmocionantes fue la de Gloria Di Rienzo: fue la primera sobreviviente que le pidió al juez que todos los imputados se retiraran de la sala mientras estuviese declarando. Di Rienzo, una hermosa mujer de pelo negro larguísimo, hizo uso de su derecho a dar su testimonio sin que quienes la violaron, la abusaron y torturaron estuviesen a sus espaldas. Contó que en el Departamento de Informaciones (“la D2”, o la Gestapo cordobesa), en el Cabildo histórico y a pasos de la Catedral que por entonces comandaba Raúl Francisco Primatesta, fue salvajemente violada por la patota que se encarnizó con ella: “Fueron cuatro días, pero en mi mente, en mi cuerpo, el tiempo no terminaba de pasar. Me desnudaron, me picanearon las encías, los dientes, los genitales; y una mujer me retorcía los pezones… Le decían Graciela”. Gloria se refiere a la torturadora Graciela “Cuca” Antón: la única mujer entre los represores en juicio, quien tiene por costumbre reírse casi todo el tiempo, de modo despectivo, mientras escucha los testimonios de las víctimas.Gloria denunció que la golpearon entre varios hombres “a puñetazos simultáneos”, en un pasillo de la D2. “Como la picana hacía que mi cuerpo se arqueara, se cayó la venda. Ahí, no sé cómo, me senté y los miré. Uno por uno. Todavía hoy tengo esas caras como si fueran una foto. Nunca me las olvidé. Después empezaron a violarme todos… Como yo apretaba las piernas, me tiraron agua caliente para que las abriera… Hasta ahora tengo las marcas de las uñas de ellos por la fuerza que hice con los muslos para no abrirlos.”Furiosos por su resistencia, la arrojaron y golpearon contra las baldosas de un patio interno. “Me arrastraron del pelo a otra habitación, y uno al que le decían el Tío (Carlos Alberto Vega, alias ‘Vergara’) introdujo su mano completa en mi vagina y me levantó en el aire… El dolor, el desgarro fue terrible.” El calvario continuó con “el submarino”: le sumergieron la cabeza en un tacho con agua hedionda. Fue entonces cuando Gloria Di Rienzo tuvo lo que ella definió como una experiencia de muerte: “De pronto, ahí sumergida, ya no pude más. Comencé a ver montañas azules… Eran las sierras de Córdoba. Hermosas como son de tarde… Me estaba muriendo ahogada”. Y siguió: “¿Saben? Se sentía en paz… Pero cuando recuperé la conciencia estaba de nuevo ahí: boca abajo, en un charco de agua y sangre”.

Las heridas y lesiones que tenía le desencadenaron una infección generalizada. La llevaron de urgencia al Policlínico Policial. “Yo estaba segura de que me iban a matar, había decidido que hicieran lo que quisieran, pero conmigo no se iban a llevar a nadie.” Cuando el fiscal Facundo Trotta le preguntó por el trato recibido en el hospital, Di Rienzo memoró: “El médico se acercó, me revisó… Le dije que me habían violado. Y él me contestó: ‘No, no te violaron porque vos ya no eras virgen’”. Días después dejaron entrar a la madre de Gloria. Al dolor del cuerpo, se sumaron los de los tabúes de entonces. “‘Hija, ¿qué te han hecho?’. ‘Me violaron, mamá’.” Y la súplica: “Por favor, que no se entere tu padre…”. Soportó el encierro en la cárcel conocida como la UP 1 hasta marzo de 1980. No hubo cargos. Sólo por ser militante del PRT. Pero sus pesadillas no terminaron ahí: ya en democracia, en 1996, y con la excusa de un supuesto robo de vehículos, la policía del gobierno de Ramón Mestre, bajo el dominio de su entonces ministro de Asuntos Institucionales, Oscar Aguad, allanó su casa. Era, aún, la patota del D2: “Fue una tarde. Cuando llegué con mis hijos, me los encontré adentro. Eran ellos otra vez. Me pasaban cerca y me cantaban al oído, burlándose: ‘Somos los mismos’.” Según los nombró Gloria, eran “Dómine, Nieto y (el Tucán) Yanicelli”. De hecho, en el juicio que se les hizo al dictador Jorge Rafael Videla y a Luciano Benjamín Menéndez en 2010, el querellante Miguel Hugo Vaca Narvaja solicitó que se citara al senador nacional Oscar Aguad, ya que fue él quien nombró en la cúpula de la policía cordobesa –entre otros– a Carlos “el Tucán” Yanicelli: uno de los más feroces represores del terrorismo de Estado en Córdoba. En ese momento no se hizo lugar al pedido. Ahora, las designaciones hechas por Aguad vuelven a salir a la luz en este juicio en las denuncias de los testigos. Hacia el final de su testimonio, y cuando parecía que ya estaba todo dicho, Gloria Di Rienzo estalló en una reacción inesperada: “¡Mire, señor juez, hay detalles que nunca, nunca, jamás voy a decir! ¡No los voy a describir porque han avasallado mi dignidad de una manera terrible! ¡Aquí, en esta sala están mis hijos, mi esposo, y no los voy a decir por nada del mundo!”. Mientras el juez, sorprendido, echaba su cuerpo para atrás en su sillón, Gloria se rehízo. “No es un capricho… Hay jurisprudencia internacional que me ampara.” Y la pregunta, la conmoción que quedó flotando en el espíritu –y la golpeada razón– de los presentes en la audiencia: ¿qué más? ¿qué otros dolores? ¿qué insoportables vejaciones padeció Gloria, si lo ya relatado alcanzaba cumbres intolerables?

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Página /12. Lunes 10 de junio de 2013. EL PAIS › TESTIMONIOS SOBRES LAS TORTURAS EN EL CENTRO CLANDESTINO DE LA PERLA

“Se arqueaba y le salían chispas”

En el megajuicio por delitos de lesa humanidad cometidos en el centro clandestino que funcionó en Córdoba, dos sobrevivientes relataron los horrores que sufrieron ellos y otras víctimas del terrorismo de Estado.

Hay 44 acusados en el proceso por los crímenes cometidos en La Perla. Foto, Telam (Irma Montiel).

Hay 44 acusados en el proceso por los crímenes cometidos en La Perla. Foto, Telam (Irma Montiel).

 
El sadismo y la perversión de los represores de La Perla no dieron tregua ni a jueces ni a los que presenciaron los testimonios de dos de los sobrevivientes que más tiempo soportaron en ese campo de concentración: los relatos –de más de seis horas cada uno– de Liliana Callizo y Andrés Remondegui llegaron en varias oportunidades a relatar el cenit de una maldad que, a pesar de todo lo que se ha escuchado en los juicios por crímenes de la dictadura, cuesta aceptar que anide en el género humano. “Me metieron la cabeza en un tambor de doscientos litros. La sensación de muerte, de que los pulmones van a explotar, que uno se muere es terrible –contó Remondegui, secuestrado el 8 de julio de 1976–. Así como estaba, me picanearon entre varios y me apalearon. Cuando no di más, di una cita falsa. Sabía que mis compañeros ya no estarían en esa casa. Me llevaron en un auto, medio muerto. Como no encontraron a nadie (el torturador Héctor Pedro) Vergez se enfureció: me sentó en una silla, me ató; roció todo con querosén y le prendió fuego a la casa. Sólo me sacaron de ahí cuando el fuego ya me estaba envolviendo… Me llevaron de vuelta a La Perla y ahí me agarró (el represor Elpidio Rosario Tejeda) Texas. Eso fue peor: él estaba entrenado (en la Escuela de Panamá) para pegar y matar. Me dio por todo el cuerpo, por las articulaciones. No sé cómo sobreviví.” Remondegui es, aún hoy, un hombre alto y fuerte. Cree que esa contextura y su práctica del tenis tal vez lo salvó: “Todos vimos morir a los que recibían la combinación de picana con golpes: te hinchabas, no podías orinar y te morías de una infección terrible. Yo mismo, cuando orinaba, lo hacía con una consistencia de pasta dentífrica. Era agónico”, describió. Texas, a quien también llamaban “el Yanqui”, murió en un operativo. “Yo estoy convencido de que si él hubiera seguido vivo, no se salvaba nadie. El sólo quería golpear y matar. Venía todos los días a eso. Era una máquina de matar.” Liliana Callizo soportó más de dos años en el campo de concentración. Los represores, creyéndola “una muerta en vida”, no se cuidaban ante ella de jactarse de sus “hazañas”. Callizo recordó que “Vergez se reía de un muchacho, Alberto, al que ataron de una pierna y lo llevaron colgando en un helicóptero. Lo pasearon por toda la ciudad así, cabeza abajo, y después le cortaron la cuerda, lo tiraron”. Según Callizo, Ernesto “El Nabo” Barreiro “también tuvo que ver: los dos eran del llamado Comando Libertadores de América. Ellos contaban también de otra de sus víctimas: un soldado de apellido Giménez. Lo estaquearon en el Campo de La Ribera (el otro centro de torturas más grande de Córdoba). Le enchufaron una resistencia de plancha en la cara, y el pibe se fue quemando… Eso hasta que murió. Todo eso lo relató Vergez. El acostumbraba a contar estas cosas”. En el reconocimiento paso a paso que se hizo del campo de La Perla, Callizo les mostró a los miembros del Tribunal Oral Federal 1 cómo el represor Ernesto “Nabo” Barreiro la llevó “de la mano, vendada”, desde la Cuadra (el salón de La Perla donde estaban las colchonetas con los secuestrados tirados en el piso) hasta la sala de torturas. “Me obligó a pararme acá –le indicó al juez Jaime Díaz Gavier–, al lado de la puerta, y me levantó la venda. Ahí pude ver a casi todos los torturadores picaneando a una chica. A (Luis) Manzanelli que estaba sentado en un extremo de esa cama, todo transpirado con los cables pelados en cada mano; a (Hugo ‘Quequeque’) Herrera y a (José Carlos González) Juan XXIII. También estaban Vergez con los palos y las gomas, y uno que le tiraba baldes de agua… Entre todos la estaban torturando. Le tiraban agua para que se quemara más rápido. Era una chica joven, morocha y linda. Me acuerdo de que su cuerpo se arqueaba hacia arriba, en círculos, y le salían chispas y chispas y chispas… Ella gritaba ‘¡mis hijos no, mis hijos no!’. Después supe que se llamaba Herminia Falik de Vergara. La habían agarrado ese mismo día… La querían matar rápido porque era 24 de diciembre (1976) y estaban apurados por ir a brindar y estar con sus familias en sus casas.” En su testimonio, y con la voz atravesada aún por ese dolor, Andrés Remondegui contó cómo “a una piba joven, de unos 20 años, muy bonita, Claudia Hunziker, le descubrieron una carta entre sus ropas. En esa carta ella le contaba a una amiga que estaba enamorada de mí. Tristemente, no tuvieron mejor idea que llevarnos a los dos a una oficina y hacer una especie de cena de novios. Creo que el menú era pescado, alguna gaseosa… Recuerdo que apagaron las luces. No sé si yo estaba adentro y ella entró o al revés, pero sí que prendieron la luz y gritaron ‘¡felicidades!’… No sabíamos si reírnos o llorar. Después, una compañera sobreviviente, Patricia Astelarra, me contó que ella volvió muy abatida. Que lloró toda la noche, avergonzada… El que armó todo eso fue (Hugo) Herrera”. Pocos días después, gritaron el número de Claudia. La llevaban “al pozo”, a la muerte. Antes de salir, ella le entregó su reloj a Remondegui. Al final de su larga declaración, el hombre sacó de su bolsillo ese reloj. Y entre sollozos, reveló: “Estuvo guardado en un baúl en mi casa. Lleva ahí más de 30 años. Lo puse en este estuche (uno pequeño, verde). Es para entregarlo a quien corresponda…”. El abogado querellante Claudio Orosz –quien tiene parentesco con la víctima– pidió, ostensiblemente emocionado, que el reloj fuera entregado a la familia de Claudia, presente en la sala. Y así se hizo.

Complicidad judicial

Fue también Andrés Remondegui quien memoró que junto a su esposa y también sobreviviente, María Victoria Roca, fueron llamados a declarar por el entonces juez federal Gustavo Becerra Ferrer. “Fue en 1984. Las preguntas nos ubicaban no como testigos sino como imputados. No porque se nos dijera así, sino por el tenor de las preguntas. Me acuerdo de que me interrogaban sobre (Gustavo) Contempomi (otro sobreviviente junto al cual escribieron un informe sobre lo sucedido en La Perla, que luego se convirtió en un libro). Becerra Ferrer nos decía que tuviéramos cuidado con lo que decíamos, porque íbamos a ir a un Consejo de Guerra. Después, nos llamaban a la noche, y esas voces nos repetían todo lo que habíamos declarado por la mañana… También participamos de un reconocimiento a Vergez, pero era tan evidente que todo estaba mal, que con mi mujer dejamos de ir. Pero nos volvieron a llamar, y Becerra Ferrer nos dijo ‘nunca más se niegue al llamado de la Justicia’. Y nosotros, aún en el medio del susto que teníamos, alcanzamos a argumentar que lo que decíamos de día, nos lo contaban por la noche. El aseguró que no era así. Su secretario era el hoy juez Luis Rueda. Después nos volvieron a llamar en 1986, en el ’87… Pero un día dijimos basta, y no volvimos a ir. No fuimos ni siquiera cuando nos llamó el fiscal (Julio César) Strassera para el Juicio a las Juntas… No confiábamos en nadie. Después llegaron las leyes de Obediencia Debida, de Punto Final, el indulto… Así que ¿qué podíamos esperar nosotros?” Remondegui y su esposa se “autoexiliaron” en una casa en el Valle de Punilla: “Nos propusimos rehacer nuestra vida. Nos obligamos a olvidar. Si es posible, hasta anular nuestra identidad. Tratar de no existir con todo lo que eso significa. Y cargar nuestra cruz: que, así como antes nos decían que nos pasó lo que nos pasó porque ‘algo habrán hecho’, después de salir nos miraran raro porque habíamos sobrevivido… Sufrir el peso, la culpa de estar vivos. De haber sobrevivido”. La pareja había quedado atemorizada, entre otras cosas, por lo que les ocurrió a Gustavo Contempomi y Patricia Astelarra: si bien los cuatro elaboraron el informe que se publicó en un diario y luego se convirtió en libro, las firmas que aparecieron en el escrito fueron las de Contempomi y Astelarra. El resultado: él terminó preso durante dos años en plena democracia en la cárcel UP 1 de Córdoba, y Patricia exiliada en España con sus hijos. Ya en el momento de su declaración, Astelarra denunció que “la Justicia (de entonces) le armó una causa por supuesta asociación ilícita a su esposo para silenciarlo”. Y, en ese punto, también comprometió al camarista Luis Rueda.

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Periódico Será Justicia, julio de 2013.   Sonia Torres, una Abuela con historia

Sonia Torres en la marcha del 24 de marzo. Córdoba, 2013. Foto, Nicolás Castiglioni.

Sonia Torres en la marcha del 24 de marzo. Córdoba, 2013. Foto, Nicolás Castiglioni.

 

Por Marta Platía

Sonia busca. Se levanta y busca. En las cajas que llenó de recortes de esos diarios que le mentían y no. En las fotos de su vida. En los pliegues de su mente y de su piel. En los sueños de sus noches cortas. Sonia es esa Sonia que hace mucho ya no es sólo Sonia: es de la legión de mujeres que escarban en la tierra, en el aire, en lo que se dice y no, buscando los hijos que les crecieron en el vientre. En el propio y en el que le alcanzó a acariciar a Silvina antes de que se la arrebataran con un embarazo de más de seis meses. Sonia es sus 83, casi 84 años; la que busca ahora y antes. Cuando golpeaba puertas. Las de los asesinos. Las de los cómplices. Las del Arzobispo. Las de una sociedad que a veces la aplaude y otras la ignora. La que busca y no para. Ni para vivir ni para morir. Su vida es ya una balada para no morir. Un canto de cisne que no piensa concluir hasta que ese nieto llegue. Hay cientos de jóvenes que desean ser sus nietos. Y hasta quienes lloran por no serlo. Y están también quienes se burlan de su deseo y se le ríen a oscuras. Desde la impunidad cloacal de una Internet que da para el bien y el mal. Que alimenta la banalidad de los banales. Sonia aprende los códigos de los chicos. Le encuentra la vuelta a computadoras, a Facebook, y replica al infinito las imágenes de esos hijos que ya no están: Silvina Parodi y Daniel Orozco. Y de esa pancita arropada en el vestido blanco que llevaba al nieto que es su razón para seguir. Sonia es su casa. Y los rincones que están llenos de ella y de ese otro hijo: Luis, el amado Luis. Ese a quien el asma le robó y que nunca, pero nunca debió haber muerto. Sonia es su farmacia. Los nietos.Y una familia que la acompaña. Sonia es el atentado cobarde una noche de 2006; y el juicio que le entabló el delator de sus hijos en el 2002. Sonia es el “no-me-importa-la-muerte-de-Videla-yo-sigo-buscando”. Es la esperanza puesta en cada llamada. Es ésa que jamás será una anciana. La que ven en las marchas, con su pancarta llena de la sonrisa de Silvina, de sus ojos de cervatillo en el mismísimo día de su casamiento con Daniel. Sonia es la del clavel rojo: ése que lleva como la “bailaora” de una fiesta a la que nunca soñó asistir. La que apenas respira cada vez que se les pregunta por las embarazadas a los sobrevivientes de los campos de concentración en los juicios por crímenes de lesa humanidad. La que conoce centímetro a centímetro cada maldito centímetro de La Perla y del Buen Pastor y del Campo de la Ribera. La que esperó a la salida de los jardines de infantes, las escuelas y las universidades. La que aún hoy, de vez en vez, (per)sigue a alguno que otro joven por la calle cuando ve en sus rostros algún rasgo que le recuerde a sus hijos.
Déjenme que les cuente de Sonia como si no la conocieran. Como si fueran extranjeros o extraterrestres. Sonia es ésa: la mujer-legión a la que le arrancaron la vida, los hijos, un nieto y todavía sigue. Y por seguir es quizás la farmacéutica más vieja de Córdoba. Aunque jamás envejecerá. Porque los que esperan no envejecen. Se quedan así, suspendidos en el tiempo a la espera de que sus queridos regresen. Las Madres, las Abuelas lo saben: los hijos atan a la tierra. Por eso siguen acá. Y seguirán. A menos que un huracán las derrumbe. Pero los huracanes no pueden contra el amor, que es noble, inamovible como las rocas profundas que guarda la tierra. Y Sonia es una roca.
 

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Página/12, lunes 20 de mayo de 2013. LA SECUESTRADA QUE FUE OBLIGADA A INTERROGAR AL HIJO DE VIDELA

“Yo me morí en La Perla”

En el juicio que se realiza en Córdoba, Suzzara contó que los represores forzaban a los secuestrados a ejercer como “comandos de información en un fraguado campo de prisioneros”, donde enviaban a soldados que creían estar en manos “comunistas”.

Hay 44 acusados en el proceso por los crímenes cometidos en La Perla. Foto, Telam (Irma Montiel).

Hay 44 acusados en el proceso por los crímenescometidos en La Perla. Foto, Telam (Irma Montiel).

Por Marta Platía

 

Los hilos conductores de los testimonios en el megajuicio por los crímenes cometidos en el centro clandestino La Perla siguen siendo la tortura, el infinito dolor, la complicidad de la jerarquía eclesiástica y del Poder Judicial, y la frase de bienvenida de los represores a las víctimas: “Nosotros acá somos los que decidimos si se vive o se muere. De acá no te saca ni el Papa. No hay abogados ni jueces. Somos los dioses”. En ese contexto, una testigo relató cómo, estando secuestrada en La Perla, fue obligada junto a otras personas a interrogar a soldados a quienes se les hacía creer que habían caído en manos de “comunistas”: entre ellos, el hijo del propio dictador Jorge Videla. El juicio tiene 44 imputados. Mientras Ernesto “El Nabo” Barreiro se escarba permanentemente las uñas o se ríe de oreja a oreja en los pasajes más atroces que lo involucran, Luciano Benjamín Menéndez volvió a su estado cuasivegetativo luego de la visible conmoción que le produjo el testimonio del arriero José Julián Solanille: el único hombre que declaró haberlo visto ordenar y presenciar un fusilamiento masivo en los pozos del campo de concentración. Antes de la muerte de Videla se conoció que la Sala B de la Cámara Federal de Apelaciones de Córdoba, por mayoría, confirmó su procesamiento y el de Menéndez “como autores mediatos de los delitos de tentativa de violación agravada y abuso deshonesto agravado”. Por primera vez fueron imputados por crímenes de índole sexual, siguiendo la teoría del “autor mediato”. Esto es: no lo hicieron ellos directamente pero facilitaron las condiciones y permitieron que estos delitos sucedieran bajo sus respectivos mandos. La declaración de la testigo Cecilia Suzzara dio una nueva vuelta de tuerca del sadismo del terrorismo de Estado. Cecilia fue secuestrada el día del golpe, el 24 de marzo de 1976, y permaneció torturada y sometida a la esclavitud en La Perla hasta abril de 1978: “En el medio del colmo de toda esta locura –relató–, los represores nos usaron para que ejerciéramos como ‘comandos de información’ en un fraguado campo de prisioneros en el que se supone dominaban los comunistas”. Según narró Suzzara, “en los terrenos de La Perla habían armado una especie de campo de entrenamiento de soldados del Ejército Argentino que, supuestamente, habían caído en manos enemigas. Cavaron trincheras, pusieron luces y altoparlantes como en las películas, y hasta plantaron carpas. En una de esas carpas, a mí me obligaron a hablar con un soldado. El muchacho estaba destruido. Tenía el uniforme de fajina, los labios sangrantes. El realmente creía que estaba en un campo enemigo. De comunistas. Me acuerdo que rogaba por un vaso con agua. Estaba desesperado de sed. Yo tenía que obtener la mayor cantidad de datos: a qué compañía pertenecía, cuántos hombres tenía… Recuerdo que le pregunté si tenía familia. Me dijo que sí, que tenía esposa e hijos. Siguió pidiéndome agua. Se la di. Entonces terminó contestándome todo lo que le pregunté. Tiempo después me enteré, por los mismos represores, de que se trataba nada menos que del hijo del general (Jorge Rafael) Videla”. La tortura del terrorismo de Estado por partida doble: por un lado obligaban a las víctimas sometidas por los tormentos a “interrogar” a los soldados en formación, y por el otro, humillaban y mantenían en condiciones infrahumanas a sus propios jóvenes en instrucción. En esa perversa creación de los militares golpistas cayó hasta el propio hijo del dictador. La declaración de Suzzara fue una de las más detalladas y terribles que se han escuchado en las últimas audiencias del megajuicio. Secuestrada por una patota en plena calle, fue torturada con saña en La Perla durante dos días y dos noches. Cuando su cuerpo y su alma no pudieron más, dio una dirección. “Teníamos que aguantar lo más que se pudiera hasta que los compañeros supieran que nos habían agarrado y se fueran de donde estaban… Yo pensé que nadie estaría ahí. Era una obra en construcción donde nos habíamos reunido. Nunca pensé que alguien pudiese estar viviendo en ese lugar.” Pero desgraciadamente no fue así. Cuando los represores que la llevaron en un auto le levantaron la venda, Cecilia vio con horror los rostros de una de sus compañeras: Silvina Parodi de Orozco, embarazada de seis meses y medio, y el de Daniel Orozco, su marido. Silvina es la hija de Sonia Torres, la titular de Abuelas de Plaza de Mayo-Córdoba. “Mi dolor, mi desesperación por eso, no se fue nunca. Dura hasta ahora. Con Silvina pudimos hablar en las duchas de La Perla, una vez que nos llevaron a bañarnos juntas. Ella estaba esperanzada porque la iban a llevar a la Cárcel de Mujeres del Buen Pastor para tener a su bebé. Pero estaba muy angustiada porque le habían hecho presenciar la tortura de Daniel… Y eso la había lastimado mucho.” Del marido de Silvina, Daniel Orozco, un muchacho mendocino de apenas 22 años, estudiante de Economía en la Universidad de Córdoba, nunca más se supo nada. De Silvina, en cambio, sí: su hijo varón nació entre “el 25 de junio y el 5 de julio de 1976”. Luego, el rastro de Silvina se perdió para siempre. Sonia Torres, su madre, aún busca a su nieto y hasta le ha pedido por él al papa Francisco en una carta abierta. Cecilia Suzzara es una mujer fuerte. Pero también es una mujer muy triste. Con sus ojos hinchados debajo de los rulos entrecanos, fue definitiva cuando le preguntaron cómo vivió después de los tormentos en La Perla: “¿Y quién le dijo que estoy viva? Yo me morí en La Perla”, le había contestado a Martín Fresneda, el actual secretario de Derechos Humanos cuando, en 2008, él le preguntó en calidad de querellante en el primer juicio a Luciano Benjamín Menéndez. Y ésa también fue su respuesta en esta última declaración, interrogada acerca de las secuelas que le quedaron luego de su paso por el campo de torturas y exterminio: “De allí no se sale nunca. Era un lugar adonde nos llevaron para matarnos. Allí no había celda para encerrarnos como prisioneros. Se ejerció todo el poder de dominación sobre cada una de las personas que estuvimos ahí. Nos expropiaron el cuerpo, nos expropiaron la cabeza. Nos redujeron a la servidumbre. Nos despersonalizaron. Nos vejaron. Teníamos toda una cotidianidad con nuestros represores, con nuestros captores –la mujer llora, y hace fuerza para seguir–. Es muy fuerte para quien estuvo ahí, y difícil para los de afuera comprender lo que hicieron con nosotros. Nos mataron. Tuvieron un poder absoluto sobre nosotros. Uno se muere ahí adentro”. En uno de los tantos pasajes dolorosos de su relato, contó la atroz agonía de Luz Mujica de Ruarte: una mujer a la que secuestraron con un médico, Enrique Fernández Samar. “El recibió las peores torturas: la que daban con picana y con palos. La mezcla de electricidad con golpes destruía los riñones y no podían orinar. Los compañeros que eran torturados así morían hinchados y en medio de terribles padecimientos. María Luz tuvo una agonía espantosa: padeció fiebres, convulsiones y una regresión a la niñez. Llamaba a su mamá, pedía por sus seres queridos y nos turnábamos para consolarla, para hacer de cuenta de que éramos su madre, y le hablábamos como si fuera una chiquita para consolarla en su colchoneta de la cuadra… Cuando se la llevaron creo que ya estaba muerta.” A la salida de su declaración, Cecilia Suzzara fue aplaudida por el público de la sala de audiencias del Tribunal Federal N° 1, donde se está llevando a cabo este megajuicio. Entre el mar de abrazos, hubo uno que desarmó en lágrimas a todos: fue cuando Sonia Torres, la mamá de Silvina Parodi, se acercó a Suzzara y ambas se abrazaron larga, entrañablemente. Un abrazo que supo a perdón, a inmensa comprensión y dispersó en el hall de Tribunales la grandeza de una Sonia que, con sus 83 años, no se dejó ganar por odios ni rencores, sigue de pie y no se detiene.

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Un ring-raje en Rosario En La Perla hubo varias embarazadas detenidas. A dos de ellas, les pusieron las “Panzonas 1 y 2”. Dalila Bessio, fue una. La otra, Rita Ales de Espíndola, la hija de la escritora Susana Dillon, fue la 2. En el caso de Rita -contó Cecilia Suzzara- sé que a Victoria, como se le llamó a su bebé, la entregaron en Río Cuarto a su abuela. En cuanto a Dalila Bessio tuvo el parto en el Hospital Militar. Me acuerdo que un día Acosta nos dijo a Dorita Zárate de Privitera (otra prisionera) y a mí que íbamos a hacer de mamás. Nos cargaron en dos autos, pararon en la rotonda de la Ciudad Universitaria y (el represor) Luis Manzanelli, volvió con un bebé. Nos lo dieron y partimos para Rosario. Ahí me acuerdo que (Jorge Exequiel “el Rulo”) Acosta fue a algún lugar a pedir la dirección de donde había que dejar el bebé. Cuando llegamos, él se bajó, le pidió el bebé a Dorita, salió corriendo y volvió corriendo. Después, mientras manejaba de vuelta a Córdoba, nos contó que lo había dejado en el porche de una casa. Que había tocado el timbre y había salido corriendo”.

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Palabras de Eduardo Porta

Del libro La Perla, Historia y testimonios de un Campo de Concentración, de Ana Mariani y Alejo Gómez Jacobo.

"La cuadra" del campo de concentración de La Perla. Foto durante el reconocimiento del Tribunal Oral Federal 1 en mayo de 2013.

“La cuadra” del campo de concentración de La Perla. Foto durante el reconocimiento del Tribunal Oral Federal 1 en mayo de 2013. Foto, Marta Platía.

Eduardo Porta, un compañero de militancia de Ana Mohaded, fue secuestrado el 31 de octubre de 1976, acusado de pertenecer a la organización Poder Obrero (OCPO). Sobrevivió a La Perla por el interés del general Luciano Benjamín Menéndez de llevarlo a juicio militar, legal y público, como parte de su intento de “blanquear” la represión clandestina. El Ejército lo expuso ante las camadas de oficiales jóvenes. “¿Ven? Así se visten, así se mantienen en pie, así gesticulan… es el caso de un típico subversivo”, explicaban en los institutos militares señalándolo. Cuando la represión disminuyó por la presión internacional y Menéndez fue pasado a retiro por Jorge Rafael Videla, Porta fue enviado al penal de Rawson y luego a la cárcel de Villa Devoto. Pese a estar a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN), el Ejército lo mantuvo en la clandestinidad y su familia jamás se enteró de su paradero. Recuperó la libertad durante la presidencia de Raúl Alfonsín y murió años después, de un paro cardíaco. En enero de 1984 publicó en el diario La Voz del Mundo, en Buenos Aires, una carta titulada “He estado un año entero con los ojos vendados, atado y esposado”, que tal vez sea su único testimonio. Aquí algunos extractos. “Los presos políticos hemos visto con estupor al general Luciano Benjamín Menéndez que en un programa de TV declaró que en su jurisdicción no hubo excesos represivos. Yo, que estoy privado de la libertad por una condena que dictó un tribunal militar de la jurisdicción del general Menéndez, que he transitado virtualmente por todos o casi todos los centros legales e ilegales de detención que hubo en Córdoba, no puedo resignarme al silencio. Estuve secuestrado en el campo La Perla, en el de La Ribera, en el de Malagueño, en los sótanos del Departamento de Información de la Policía Provincial, en la UP1, en el penal de Rawson y en el de Villa Devoto. A lo largo de los tres primeros años de detención fui trasladado constantemente entre estos centros legales e ilegales. ”He sido torturado bárbaramente en varias oportunidades en 1976 y 1977. He vivido un año completo (1978) con los ojos vendados, atado y esposadas las manos, y a veces también los pies, en calabozos oscuros de dos por uno, o en cuadras de tropa, en colchoncitos de paja, sin hablar, mirar ni moverme. Estuve incomunicado, sin visitas ni correspondencia de mis familiares. Carecí de noticias del mundo exterior desde mi detención, el 31/10/76, hasta el 25/5/79. Fui condenado a la pena de muerte en tres oportunidades: octubre de 1977, febrero de 1978 y febrero de 1979. ”Estos centros ilegales funcionaban en zona militar, eran custodiados por Gendarmería Nacional (Destacamento Móvil 3 y Escuela de Suboficiales con asiento en Jesús María) y constituían un circuito perfectamente articulado con la cárcel de Córdoba, cuya única legalidad consistía en que los presos eran reconocidos oficialmente, aunque sus familiares no podían verlos. Yo mismo fui sacado de la cárcel de Córdoba estando ‘legalizado’ y llevado a los chupaderos con el solo objeto de impedirme cualquier contacto con el exterior que pudiera comprometer el proyecto del general Menéndez de utilizar la pena de muerte legal y pública como escarmiento y cortina de humo respecto de la verdadera masacre que se realizaba. Mi familia jamás obtuvo respuesta sobre mi paradero, estando yo a disposición del PEN, ni fueron respondidos los hábeas corpus preventivos. ”En La Perla he visto con mis ojos torturar a un hombre con picana eléctrica y golpes de palos y gomas (tratamiento al que yo también fui sometido en una oportunidad). Lo vi agonizar durante catorce días, quemado e hinchado por la retención de líquidos ya que no podía orinar, debilitado por la imposibilidad de ingerir alimentos, privado de atención médica, con dolores espantosos en todo el cuerpo que lo llevaban a pedir continuamente que lo cambiaran de posición (no podía moverse solo). Ese hombre murió en mis brazos a las 15 del 17/11/76, asistido por otro secuestrado (médico del Hospital Rawson que también era ‘zorro gris’ de la Municipalidad de Córdoba). Era el único que trataba, como podía, de aliviar nuestros dolores desde su condición de prisionero viejo, ya que se hallaba allí desde el mes de abril de 1976. El negro se llamaba Luis Faustino Honores, tenía 39 años, había sido obrero y delegado gremial en las obras de construcción de la usina Pilar. ”Cuando salí de La Perla, lo hice en compañía de un joven llamado Claudio Soria. Nos llevaron al Campo de la Ribera. Soria iba hinchado y muy dolorido, no podía calzarse los zapatos ni orinar por el efecto de la picana. El 23 de noviembre, un médico oriundo de Cosquín, a quien obligaron a desempeñarse como ‘celador’, aconsejó a los jefes del campo que lo llevaran a un hospital, ya que presentaba síntomas de un edema renal. Soria murió en el Hospital Militar, el 24 o 25 de noviembre de 1976. ”He visto pasar a decenas, centenares de desaparecidos: jóvenes militantes populares, obreros, dirigentes políticos, gremialistas, he visto a gente anciana y adolescentes, casi niños. ”He visto a Vergara, a ‘Hernández’ (este era aparentemente el jefe), a Quiroga, a Luis, a Palito y qué sé yo a cuántos más de esa banda de asesinos y torturadores. Los he visto torturar, secuestrar gente, burlarse, mentir, jugar con las mínimas esperanzas de los presos. ”He estado en la cárcel de Córdoba, en esa cárcel de donde sacaron a veintinueve para aplicarles la ley de la fuga, donde mataron al doctor Moukarzel, estaqueado en el patio del Pabellón 14.Donde mataron de un disparo en la cabeza a quemarropa a Bauducco. En esa cárcel donde el director, prefecto Torres, convocó en por lo menos tres oportunidades a un compañero por pabellón para comunicarles que seríamos todos fusilados si se producían atentados contra las Fuerzas de Seguridad (por orden de Menéndez,según él). ”Podría escribir horas enteras, a mi historia hay que multiplicarla por cientos, por miles, por todos los hombres y mujeres que padecieron el furor homicida del general Menéndez y del Proceso. Pero en algo estoy de acuerdo con Menéndez: no hubo excesos de represión. El exceso es algo accidental y que sale de lo normal. Un hecho singular que puede originarse en el apasionamiento propio de una lucha. La represión en este país fue una política deliberada de exterminio, como lo afirmó el propio Menéndez en 1977, al decir que estaba dispuesto a aniquilar a una generación si eso era necesario para derrotar al comunismo. Lo inhumano de la metodología está directamente vinculado a lo inhumano e inmoral de los fines que persiguieron. Este país arrasado y desgarrado es el testimonio de sus objetivos, y de hasta qué punto estos fueron consumados”.

(*) Eduardo Porta fue compañero de mi amiga María Rosa Grotti. En memoria de ambos reproduzco esta carta que incluyeron en su libro Ana Mariani y Alejo Gómez Jacobo. Pero también en honor a la familia que lo sobrevivió. Eduardo acababa de tener una hijita con su nueva pareja cuando un infarto –provocado por los efectos tardíos de las torturas- lo sorprendió en un ómnibus en pleno centro de la ciudad de Córdoba.

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Página 12, El País, miércoles 3 de abril de 2013. TESTIMONIO CONTRA LOS REPRESORES QUE ACTUARON EN LA PERLA

“Sinvergüenzas, hijos de mala madre”

Lo brindó José Solanille, un peón rural que vivía a 500 metros del centro clandestino de detención cordobés. Hizo un pormenorizado relato de las atrocidades que allí se cometieron. Contó de los fusilamientos y de las fosas comunes.

Luciano Benjamín Menéndez se fastidió durante varios pasajes del testimonio de Solanille. Imagen: Télam

Luciano Benjamín Menéndez se fastidió durante varios pasajes del testimonio de Solanille. Imagen: Télam

Por Marta Platía

 

El arriero José Julián Solanille, de 83 años, sólo encontró en su vocabulario de campesino insultos y descalificaciones para retratar a los autores de las torturas y el asesinato de cientos de personas; para describir los hedores de los cuerpos quemados, las fosas repletas de cadáveres y los aullidos de los prisioneros de La Perla. Un sitio que distaba, según precisó al dar su testimonio en el juicio por los crímenes cometidos en ese centro clandestino de detención, “a unos 500 metros” de donde se encontraba su propia casa. “A principios de 1976 –arrancó– yo vivía ahí con mi mujer y mis seis hijos ahí cerquita de la cárcel de La Perla. Desde el 24 de marzo lo que ya venía viendo empeoró: se llenó de gente la cárcel y empezaron los gritos todas las noches. Desgarradores gritos todas las noches, señor juez. Mi mujer tenía miedo, se quería ir de ahí. Pero yo no sabía dónde ir, dónde si ahí tenía trabajo. Ahí es cuando empecé a ver lo que estos atorrantes, sinvergüenzas, hijos de mala madre estaban haciendo.” Entre los imputados, Solanille reconoció a Luciano Benjamín Menéndez, a quien dijo haberle “tenido aprecio alguna vez”, ya que le calzó uno que otro caballo; al “Nabo” Ernesto Barreiro; al “capitán (Exequiel) Acosta”, alias “Rulo”; a Pedro Vergez, alias “Vargas”, y a Luis Manzanelli. Recordó cuándo escuchó por primera vez el apodo de Barreiro: fue por boca de la mujer de un paracaidista de apellido Baigorria. “Me acuerdo que el marido tenía un Chevy amarillo. Venían y este señor dejaba a la señora, que era muy linda, en mi casa. Una vez ella salió al campo con un termo y estaba cerquita de la cárcel. Se sentían gritos. Se escuchaban muchos gritos de chicas. Entonces los dos vimos pasar a Barreiro como a unos ocho metros. Ella me dijo entonces ‘ahí va el Nabo. Vas a ver cómo se va a acabar el griterío de las putas ésas’.” Barreiro se rió como si hubiese escuchado el mejor de los chistes. Pero su mano izquierda lo traicionó con un movimiento hiperkinético sobre su rodilla. El otro que no pudo con su propio cuerpo fue nada menos que Menéndez. Su pose impertérrita, pétrea, sostenida durante los seis juicios que lleva por delitos de lesa humanidad, estalló en añicos durante el testimonio de Solanille: estuvo sentado de lado en su butaca, el torso hacia adelante, el pecho casi tocándole los muslos en dirección al arriero. No quiso perder palabra de lo que dijo Solanille. Se molestó y masculló insultos por lo bajo en algunos pasajes, y varias veces levantó la mano para replicar. El juez le ordenó silencio. Sólo le admitió una queja: que el declarante “no debe calificar a los represores”. Pero ni eso lo tranquilizó: Solanille lo vio al frente de un fusilamiento masivo y dio cuenta de ello. “Estaba con otro compañero en la Loma del Torito. Habíamos visto la fosa cavada. Unos cuatro metros por cuatro. Tenían a toda la gente en dos filas. No sé, eran muchas personas. Como cien. Algunos vestidos, otros totalmente desnudos. Estaba Menéndez. El había llegado en un (Ford) Falcon blanco. Yo lo había visto. Sabía que se venía algo grande. Y ahí estaba, con su fusil. No lo vi disparar. Pero él dio la orden. La gente estaba encapuchada o vendada o tenían unos anteojos… Los que no tenían nada, los que podían ver, gritaban. Unos hasta corrieron. Pero los mataron por la espalda. Ahí nos rajamos con mi amigo. Estábamos cagados de miedo. Nos habíamos arrastrado hasta arriba de la loma, pero bajamos corriendo. Después se ve que los quemaron. Tiraron explosivos. El humo con ese olor espantoso se vino para mi casa. Era insoportable. Mi mujer y mis hijos se quejaban. Era horrible.” Solanille contó que días después pasó por el lugar y vio que habían tapado la fosa: “Se ve que estaba muy llena, porque sobró mucha tierra”. También recordó cuando una perrita que tenía comenzó a llevar a la cucha “huesos chiquitos, cabecitas muy chiquitas…”. Allí se quebró. Se cubrió los ojos celestes con una de sus manos y sollozó: “Perdónenme abuelas, pero la perrita traía manitos, bracitos, batitas celestes y rosas…”

El ternero y los cadáveres en el pozo

Solanille recordó también la vez que uno de sus terneros cayó en un pozo y lo rescataron con otro campesino y unos soldados: “Tenía más de 18 metros. El animalito estaba parado. Pero alrededor había muchos cuerpos. Era espantoso. Salía un olor horrible. Había mucha gente muerta. Cabezas, piernas, brazos retorcidos, una chica con el pelo despeinado, para adelante… Sacamos el ternero. Un olor bárbaro tenía… Cuando volvimos después con los jueces y la Conadep, costó encontrar ese pozo, porque le habían hecho una loza de material arriba, y habían construido una casa cerca. Pero yo sé bien que ahí abajo estaba el pozo donde se cayó el ternero”. El hombre dijo haber contado “más de doscientos pozos”, algunos grandes, otros más chicos. Todas tumbas. “Eran tumbas porque tiraban a la gente adentro y siempre sobraba tierra. A veces los enterraban tan mal que las lluvias lavaban el terreno y salían los huesos… Entonces los animales los agarraban. Los llevaban a mi rancho… Además el olor. Quemaban los pozos y, cuando había viento norte, el humo con ese olor de cristianos quemados llenaba mi casa. Con mi mujer discutíamos. Yo me había vuelto casi loco. Tanto que me fui a dormir a un rancho más adentro del campo para no tener tantos problemas. Ni una sola noche desde que vi todo eso me he podido olvidar de La Perla”, soltó. Y de nuevo los insultos “a estos vándalos, atorrantes, asesinos”. Contó, además, de “la primera y única vez” que vio pasar un helicóptero por La Perla. “Fue el 3 de mayo de 1976. Iba a caballo y vi que tiraron como dos bolsas de papas. Eran dos chicas.” Según Solanille, “algunas mujeres la pasaron muy mal, fueron muy maltratadas antes de que las mataran”. Dijo haber presenciado “una fiesta donde habían llevado a algunas chicas y las hacían chupar vino, se las tiraban unos con otros. Era espantoso”. Y también recordó un día que vio a “muchos jóvenes al sol, todos con los ojos vendados, las manos y los pies atados y, a un costado, llorando, a un chiquito de unos cuatro, cinco años”. Solanille dejó casi sin preguntas a la defensa. Tan contundentes fueron sus dichos, a pesar de que, como era previsible, se intentó aducir “su pérdida de memoria por la edad”. Una afirmación que hizo sonreír a más de uno en la sala, considerando la minuciosidad de su relato. Antes de terminar su declaración, memoró cuando una bala perdida casi lo mata a él: “Pero le dio a la yegüita en la que yo iba montado. Cuando me bajé, me manché con su sangre”. Furioso, volvió a darse vuelta y miró a los imputados. “Mire señor juez, los tengo acá, atrás, en mi espalda. Cuídeme, porque son capaces de cualquier cosa. Yo los he visto. De cualquier cosa.” Antes de levantarse de su silla, el arriero pidió que “el juez y los periodistas” tomaran nota de algo: “Quiero decir que donde todos murieron, yo resucité. El año pasado, el 24 de marzo, cuando fui a La Perla, me infarté. Y si no fuera por los chicos de HIJOS, no estaría acá. Ellos me salvaron y no me morí por diez minutos, me dijo el médico. Emiliano Fessia (encargado de ese espacio de la Memoria) y los chicos me salvaron. Tanta gente que murió ahí y ahí yo resucité”, repitió, ya casi como para sí mismo. Menéndez lo contemplaba, aún, doblado sobre sí mismo. La cara descompuesta, escuchando al único testigo que lo vio haciendo lo que todos saben que hizo y que el ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército no niega: dirigir y ordenar la tortura y la matanza de cientos de personas en el campo de concentración más grande que ha existido en Córdoba. El de Solanille ha sido uno de los testimonios más terribles y definitivos de los que se han escuchado en lo que va de este juicio.

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Esta nota fue publicada el 8 de abril de 2013 en el diario La Jornada, de México. Este es el enlace:  http://www.jornada.unam.mx/2013/04/08/politica/002n1pol Y este el análisis del periodista Adolfo Gilly: http://www.jornada.unam.mx/2013/04/08/opinion/003a1pol

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Página 12. Martes 26 de marzo de 2013.

 

Carta abierta al Papa de una Abuela de Plaza de Mayo

Sonia Torres en la marcha del 24 de marzo de 2013. Foto, Nicolás Castiglioni.

Sonia Torres en la marcha del 24 de marzo de 2013. Foto, Nicolás Castiglioni.

Por Sonia Herminia Torres * Mi muy respetado Francisco: Mi nombre es Sonia Herminia Torres y soy una de las tantas Abuelas de Plaza de Mayo de la Argentina. Vivo en Córdoba y a esta carta la escribo en esta fecha porque este 26 de marzo, hace 37 años, cambió mi vida en forma intempestiva, abrupta, definitiva. Esa fecha partió mi vida en dos. Un 26 de marzo, hace exactamente 37 años, los militares de la dictadura más atroz que sufrió nuestro país se llevaron para siempre a mi hija Silvina Mónica Parodi, embarazada de seis meses y medio, y a su esposo Daniel Francisco Orozco. Ella tenía sólo 20 años y él 23. Toda la familia esperaba con amor y alegría la llegada del bebé. Desde esa tarde del 26 de marzo de 1976, los estoy buscando. Sé con certeza que Silvina tuvo su hijo en cautiverio entre los últimos días de junio y los primeros de julio de aquel año terrible. Supe también que fue varón y que lo separaron de su madre y de toda su familia con posterioridad a su nacimiento. Como tantos otros hijos de madres cautivas, los militares dispusieron de él como un objeto, dándolo a otra familia y condenándolo a caminar a tientas por la vida, sin saber su origen biológico y sin saber que esta abuela y su familia lo aman y lo han buscado incansablemente. Que lo siguen buscando. Créame, Excmo. Francisco, que la desa-parición forzada de esos seres tan amados se convirtió en un dolor indescriptible que me acompaña desde entonces. Ya tengo 83 años, y cada día me levanto con la esperanza de encontrar a mi nieto. De que él llame a mi puerta y me diga: “Hola abuela, ¡aquí estoy!”. No quisiera partir sin poder ver su cara. Sin poder recrear en sus gestos los de sus padres, mis hijos, que, desde esas fotos en blanco y negro que las Abuelas llevamos siempre en nuestras marchas, nos miran. Porque, suspendidas en el tiempo, sus miradas son un ruego, al igual que nuestro andar sin descanso. Su llegada al Vaticano, Francisco, ha renovado las esperanzas sobre todo lo que puede el inmenso poder de Dios y de su Iglesia. Es por eso que me dirijo a Usted, como máximo representante de la Iglesia, para pedirle que actúe sobre aquellos que tienen un conocimiento directo de dónde están nuestros nietos y nos digan a quiénes se los entregaron y dónde enterraron a sus padres. Estoy convencida de que Usted, en este momento histórico, irrepetible, puede interpelar sus conciencias para que reparen de alguna manera el daño que han infligido. Después de años de tristeza y desazón que han dejado marcas profundas en mi alma y en mi espíritu, deposito mi esperanza en Usted, Santo Padre. Ya no me queda mucho tiempo. Quisiera rogarle que antes de mi viaje final me ayude a reencontrarme con mi nieto para que juntos podamos ponerles una flor a sus padres, contarle su historia, la mía propia, y juntarnos en el abrazo eterno que sólo permite el amor. Enseñarle que el amor crea mundos o los vuelve a refundar hasta de sus ruinas. Confío en su corazón y en su inteligencia y en el nuevo lugar que Dios ha elegido para su vida. Sé que para Dios no hay cosas imposibles y que de su mano se podría lograr lo que tanto ansiamos las Abuelas de Plaza de Mayo. Es esa certeza la que me ha impulsado a escribirle desde el humilde lugar de madre y abuela. Con todo mi respeto y con una gran esperanza, le envío mis mejores deseos en su tan trascendente misión. * Abuelas de Plaza de Mayo-Filial Córdoba.

 

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El 4 de junio de 2013, la misma carta fue publicada por el periódico Christ und Welt, de Die Zeit, de Alemania, la Carta Abierta que la Abuela de Plaza de Mayo, Sonia Torres le escribió al Papa Francisco I. Christ und Welt. www.christundwelt.de Va el enlace de la página: http://www.christundwelt.de/detail/artikel/mein-hochverehrter-francisco/ ARGENTINIEN

 Das Foto zeigt Sonia Torres während des Gedenkmarsches am 24. März 2013 anlässlich des 37. Jahrestages des Militärputsches in Argentinien". Nicolás Castiglioni.

Das Foto zeigt Sonia Torres während des Gedenkmarsches am
24. März 2013 anlässlich des 37. Jahrestages des Militärputsches in
Argentinien”. Nicolás Castiglioni.

In einem offenen Brief bittet eine der Großmütter von der Plaza de Mayo in Buenos Aires den Papst um Hilfe bei der Suche nach ihrem Enkel

Mein hochverehrter Francisco:

Mein Name ist Sonia Herminia Torres, ich bin eine der vielen Großmütter der Plaza de Mayo in Argentinien. Ich lebe in Córdoba und schreibe diesen Brief zu diesem Zeitpunkt, da der 26. März vor 37 Jahren mein Leben auf schreckliche, plötzliche und endgültige Weise für immer veränderte. Dieses Datum hat mein Leben zerrissen. Am 26. März vor genau 37 Jahre nahmen die Militärs der fürchterlichsten Diktatur, die unser Land je erlitten hat, für immer meine Tochter Silvina Mónica Parodi mit sich, die im sechsten Monat schwanger war, und ihren Mann, Daniel Francisco Orozco. Sie war erst 20 Jahre alt, er 23. Die ganze Familie erwartete mit Liebe und Freude die Ankunft des Babys. Seit diesem Nachmittag am 26. März 1976 bin ich auf der Suche nach ihnen. Man weiß mit Gewissheit, dass Silvina ihr Kind in der Haft gebar, zwischen den letzten Tagen im Juni und den ersten im Juli jenes schrecklichen Jahres. Auch erfuhr ich, dass es ein Sohn war, den die Militärs nach der Geburt von der Mutter und der gesamten Familie trennten. Wie bei vielen anderen Kindern von gefangen genommenen Frauen verfügten die Militärs über den Jungen wie über eine Sache. Sie übergaben ihn an eine andere Familie und verurteilten ihn dazu, im Dunkeln durchs Leben zu gehen, ohne Kenntnis seiner biologischen Herkunft und ohne zu wissen, dass seine Großmutter und seine Familie ihn lieben und unermüdlich nach ihm gesucht haben. Dass sie noch immer nach ihm suchen. Glauben Sie mir, Eure Exzellenz Francisco, dass das gewaltsame Verschwinden der so sehr geliebten Menschen zu einem unbeschreiblichen Schmerz wurde, der mich seither begleitet. Ich bin 83 Jahre alt, und jeden Tag stehe ich auf in der Hoffnung, meinen Enkel zu finden. Dass er an meine Tür klopft und zu mir spricht: „Hallo Großmutter, hier bin ich.“Ich möchte nicht aus dieser Welt gehen, ohne sein Gesicht zu sehen, ohne in seinen Zügen die seiner Eltern, meiner Kinder, wiederzuerschaffen. Sie sind es auch, die uns von den Schwarzweißfotos anblicken, die wir Großmütter auf unseren Demonstrationen stets mit uns führen Stillgestellt in der Zeit, sind ihre Blicke eine Bitte, genauso wie unser ruheloses Unterwegssein. Ihre Ankunft im Vatikan, Francisco, hat in uns die Hoffnung auf all das erneuert, was die immense Macht Gottes und die seiner Kirche vermögen. Daher wende ich mich an Sie als den obersten Repräsentanten der Kirche und bitte Sie, auf jene einzuwirken, die genaue Kenntnis darüber besitzen, wo sich unsere Enkel befinden. Damit sie uns sagen, wem sie übergeben wurden und wo ihre Eltern begraben sind. Ich bin davon überzeugt, dass Sie in diesem historischen und unwiederholbaren Moment an das Gewissen dieser Menschen appellieren können, damit sie auf irgendeine Weise das Leid wiedergutmachen, das sie verursacht haben. Nach Jahren der Trauer und des Kummers, die tiefe Spuren in meiner Seele und meinem Geist hinterlassen haben, setze ich all meine Hoffnung auf Sie, Heiliger Vater. Es bleibt mir nicht mehr viel Zeit. Ich möchte Sie inständig bitten, dass Sie mir vor meiner letzten Reise helfen, meinen Enkel zu finden, damit wir zusammen eine Blume für seine Eltern aufstellen und ich ihm seine Geschichte und meine eigene erzählen kann und dass wir in der ewigen Umarmung, die nur die Liebe erlaubt, zusammenfinden. Ich möchte ihm die Lehre mit auf den Weg geben, dass die Liebe Welten erschafft oder, auch aus Ruinen, wieder aufbaut. Ich vertraue auf Ihr Herz und Ihre Klugheit und auf den neuen Ort, den Gott für Ihr Leben gewählt hat. Ich weiß, dass für Gott nichts unmöglich ist und dass aus seiner Hand empfangen warden kann, was wir Großmütter der Plaza de Mayo so sehr herbeisehnen. Diese Gewissheit hat mich bewegt, Ihnen in Demut, als Großmutter und Mutter, zu schreiben. Mit Hochachtung und großer Hoffnung sende ich Ihnen meine besten Wünsche für Ihre bedeutsame Aufgabe.

Übersetzung aus dem Spanischen von Roland Brus. ……. Semblanza de Sonia Torres y las Abuelas de Plaza de Mayo en el periódico Christ und Welt, que sale con Die Zeit (El Tiempo) en Alemania: “Die 83-jährige Sonia Torres gehört zu den „Abuelas de la Plaza de Mayo“, den „Großmüttern der Plaza de Mayo“. Seit Jahrzehnten demonstrieren die Mütter und Großmütter auf dem zentralen Platz von Buenos Aires gegen das „Verschwinden“ ihrer Kinder und Enkel während der argentinischen Militärdiktatur (1976-1983). Etwa 30 000 Menschen ließen die Militärs ermorden. Es war eine systematische Praxis der Junta, Babys, die in der Haft geboren wurden, ihren Müttern wegzunehmen. Die geraubten Kinder wurden den Familien von Militärs oder Kollaborateuren übergeben; sie wuchsen auf, ohne ihre Eltern kennenzulernen. Wie viele Mütter und Großmütter der Plaza de Mayo war auch Sonia Torres Repressionen ausgesetzt; sie lebt unter Polizeischutz in Córdoba. Für ihr Engagement wurden die Abuelas de la Plaza de Mayo im vergangenen Jahr für den Friedensnobelpreis vorgeschlagen.

 

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Megajuicio por los crímenes del campo de concentración de La Perla. Primer juicio por robo de bebés en Córdoba.

Sara Waitman

El amor antes y después del horror

"El Nona" Carlos Alberto D´Ambra. Foto gentileza de Sara Waitman.

“El Nona” Carlos Alberto D´Ambra. Foto gentileza de Sara Waitman.

Por Marta Platía  En medio de los testimonios que describen la desolación y el horror del campo de concentración de La Perla, el segundo en tamaño e importancia luego de la ESMA, la historia de amor Sara Waitman iluminó una de las últimas audiencias. Toda una vida. Ella tenía 20. El 23 cuando los secuestraron juntos en la Terminal de Ómnibus de Córdoba, un 20 de noviembre de 1976. “Era una tarde llena de sol. Íbamos a la casa de mis futuros suegros: Emi  y Santiago D´Ambra, en Alta Gracia. La terminal estaba llena de camiones verdes, militares. Nos pidieron documentos, se los dimos, y nos tiraron en la parte trasera de uno de los camiones. Ahí el “Nona” (ese era el apodo de Carlos Alberto D´Ambra, por sus tempranísimas canas), me dijo ´Sara, a vos te van a soltar rápido. ¿Me vas a esperar?´. Yo le dije sí, toda la vida. Lo que nunca imaginé es que realmente iba a ser toda la vida. En ese momento no entraba en nuestra cabeza la desaparición”, contó al Tribunal Sara Waitman, 37 años después de aquél sábado que todavía se le repite en los sueños y pesadillas. Antes de comenzar su testimonio, la Sara de hoy, que ya es docente jubilada, le pidió al juez colgarse al cuello la foto de su novio: “Para tenerla en el pecho. Nos secuestraron juntos y considero que yo estoy aquí por los dos” dijo, y el juez asintió con la cabeza. En la imagen en sepia, un joven hermoso, barbado y con un pulóver tipo Bariloche de los que usaban los chicos en los ´70, la acompañó en su testimonio de más de dos horas y media. Sara Waitman contó entonces que tener un apellido judío fue un plus para el castigo. Que ser del partido comunista, como era ella, y su propio padre, también. Que la tuvieron dos años: la primera semana fue de torturas en el campo de La Ribera, y luego la Cárcel de San Martín, la UP1, donde conoció a las compañeras con las que pasó casi dos años, hasta que la trasladaron a Devoto, siempre “sin acusación, sin causa alguna. Recién estuve a disposición del PEN (Poder Ejecutivo Nacional) desde julio de 1977”. Entre el público presente en la sala de audiencias, Emi D´Ambra, una de las Madres-Abuelas emblemas en esta provincia, siguió palabra por palabra a Sara. Y, con ella, el recuerdo del hijo que jamás volvió. Como Alicia, su otra hija desaparecida, que fue vista embarazada en el Pozo de Banfield. “Fui profesora muchos años -siguió Waitman-. Rehíce mi vida en 1984, porque ellos (los represores) me cambiaron el proyecto de vida que era con el Nona… Me casé, tuve una hija. Emi y Santiago, su marido me acompañaron en el nacimiento y yo sufría por ellos, porque sé que pensaban que tal vez esa debía ser sus nieta. Y también por mi por mi compañero, que desde hace tanto tiempo me acompaña con todo esto. Hasta con él”, dijo acariciando la foto del novio asesinado por la dictadura. Implacable y sin perder el rumbo de su historia, Sara relató cómo cuando los llevaron a La Ribera, los hacían esperar “sentados en unas sillas, contra una pared frente a la sala de torturas, como si se tratara de una consulta médica”. Una imagen que recuerda al famoso relato de Julius Fucik: aquél periodista Checoslovaco preso por el nazismo, que describió una escena similar en su libro “Reportaje al pie del patíbulo”. Sólo que él lo llamaba “el cine”, ya que los ponían frente a una pared blanca “donde cada uno proyectaba su propia vida una y mil veces”, mientras esperaban turno para el tormento. En uno de esos días Sara supo que el Nona estaba allí: “Fue cuando lo sentí silbar La zamba para olvidar, de Daniel Toro. Busqué por debajo de la venda y allí estaba, sentado en la puerta de los calabozos. Era noviembre, estaba cerca el Festival de Cosquín, y esa zamba era nuestra favorita. Él era muy guitarrero, el que llevaba alegría a las fiestas. Y la silbó para que yo supiera que andaba cerca”, recordó, aún enamorada de ese gesto en medio de la desesperación y la incertidumbre por la propia vida. Contó cómo ese mismo domingo, al mediodía, entre un grupo de personas torturadas y con los ojos vendados, uno pidió fuego. Lo reconocí. Entonces un gendarme me pateó el pie y me dijo ´vos, dale fuego´. Me acerqué sin hablarle, porque no nos dejaban, y él me tocó la mano. Me acarició. Fue la última vez que estuvimos juntos”. A Sara la torturaron con palos y hasta le picanearon la cara: “Yo los agarré a los manotazos. No podía creer lo que me estaba pasando. Cuando pregunté por el Nona, me dijeron que lo tenían en ´la Margarita´. Recién años después supe que ´la Margarita’ era la sala de torturas de La Perla. Allí, sé que lo fusilaron el 15 de diciembre”. Sara Waitman fue llevada a la UP1 un 25 de noviembre. Hasta allí llegaban sus padres, cada martes y viernes a llevarle un paquete. La consigna que Sara había logrado pasarles era que, si aparecía el Nona, le pusieran una bombacha amarilla. Y que si a ella le daban la libertad, un jabón blanco. “Con la inmensa alegría del paquete llegaba también la profunda tristeza de la ausencia de esa bombacha amarilla que significaba tanto…”. Pero no tuvo tiempo para ocuparse de su propio sufrimiento en la prisión: como era profesora de educación física, como su novio, le encomendaron el cuidado de Marta Zandrino: una compañera a la que habían baleado por la espalda en Villa María, y le habían destruido la columna vertebral. “Marta estaba tirada en una cama de metal de su celda en el salón de entrada al pabellón y no podía hacer nada por ella misma. Estaba completamente inmóvil”. Zandrino tenía una herida que varios testigos, calificaron como increíble: “Tenía un hueco tan grande en la espalda que se podía pasar un puño”. Sara le hizo rehabilitación hasta que Marta pudo sentarse en una silla de ruedas que le llevaron sus padres. “Pero ella estaba doblemente presa –contó Sara-. El 23 de noviembre del ´77, cuando fue el terremoto en Caucete que también se sintió en Córdoba, ella ni siquiera podía ponerse debajo de los dinteles de las puertas… Era la prisión, más la prisión de su cuerpo…”, resopló Waitman. En abril de 1978, con la visita de la Cruz Roja a la Argentina, Sara, Ana Mohaded y María Isabel Giacobbe, fueron trasladadas nuevamente a La Ribera: “Querían amedrentarnos para que no habláramos de más, según ellos. Ojito con lo que van a decir. Hasta el Papa sabe que viene la Cruz Roja”, les advirtieron. Sara que tenía a su novio desaparecido, y sus dos compañeras, consideradas de las más rebeldes  (Mohaded había sido una de las torturadas con mayor saña); Giacobbe hasta había dado a luz prisionera en la UP1, no se amilanaron y contaron lo que habían visto y padecido. A todo esto, la justicia Federal hacía la vista gorda: “Mis padres habían presentado un hábeas corpus ante el juez (Adolfo) Zamboni Ledesma. Como en el caso de mis otros compañeros de prisión, no nos escucharon”. En tanto, los capellanes de la cárcel, cuando les contaban de las torturas y vejaciones, les respondían “si la tortura duró menos de cuatro horas, no es pecado. Si más de cuatro horas, sí”. Tal el caso de un tal Sabas Gallardo, que contestaba de este modo, como si hubiese abrevado en los libros de contrainsurgencia francesa. La mujer fue liberada recién el 26 de marzo de 1979. Esa mañana, cuando desde Coordinación Federal le abrieron las puertas para que saliera, uno de los guardias le alcanzó a decir: “En la esquina están las Viejas de ustedes. Salgan volando, porque acá las pueden volver a agarrar”. Años después, Sara supo de cuánto más habían padecido sus padres. Que a su papá los represores le tiraban cartas por debajo de la puerta de su casa amenazándolo con tirarles el cadáver de la hija, y a su madre, en uno de los días en que iba a dejar paquetes, la hicieron entrar para decirle junto a otros familiares que “si a Videla o a Menéndez les pasaba algo”, los presos políticos sufrirían las consecuencias.. También supo que su padre, militante del PC desde muy joven, había recibido un ofrecimiento de “sacar en opción a Sara hacia Israel”, y que lo había rechazado. “Mi hija no hizo nada malo acá. No es culpable de nada y tiene que salir en libertad en su propia patria”. Conmovida por la entereza de su papá, Sara contó que “el Viejo me acompañó hasta el final de sus días, hace unos cuatro años. Me dijo que siguiera militando siempre. Que la política a veces tiene cosas desagradables, pero que nunca dejara de militar. Mi mamá, hasta que partió hace dos años, me llamaba a su casa para que durmiera con ella. Todavía tenía miedo de que me volvieran a llevar”. Y allí Sara estalló: “Es por eso que me molesta tanto cuando el gobernador de Córdoba, José Manuel De la Sota, dijo eso de ´porqué las madres no se preocuparon por sus hijos´. Él no sabe todo lo que han luchado y todo lo que se han preocupado nuestros viejos. La Emi D´Ambra, que ha buscado y luchado tanto… No tiene idea o no se quiere dar cuenta”, reprochó. Sara Waitman quiso que su testimonio hablara por los que no pudieron llegar con vida y planteó al Tribunal: “Tengo listas y detalles de los compañeros y compañeras ex presos políticos muertas de cáncer e infartos en los últimos años. La mayoría aún jóvenes. Mientras que los que nos torturaron llegan a viejos. Pasan de los ochenta años. Eso dice de las secuelas que dejan en el cuerpo y en el espíritu la picana, los golpes, los tormentos. Yo misma tengo problemas neuromotores por las sesiones de picana”, acusó. Antes de levantarse, Sara homenajeó a “todos los viejos nuestros que nos esperaron y nos cuidaron desde afuera, a las Madres, a las Abuelas; a los HIJOS, sin los que no hubiésemos podido rearmar este rompecabezas para llegar a los juicios. Y a la doctora María Elba Martínez (decana de estas causas en Córdoba), que nos ayudó desde la década del ´80 cuando todavía todos ellos (los represores) estaban libres por las calles”. Exigió a los imputados “que nos digan de una vez, para poder cerrar esta etapa de terror, qué hicieron con el Nona, dónde los tiraron, donde los enterraron. Tal vez eso hasta los haga sentir mejor con ellos mismos”. Y antes de salir, entre los aplausos de una sala llena de gente que quería abrazarla junto a Emi D´Ambra, Sara levantó la foto de su querido, y recitó, con la voz más firme de que fue capaz, lo escrito por Eduardo Galeano: “Por más que la quemen, por más que la rompan, por más que la mientan, la historia humana se niega a callarse la boca”.   “A los hijos de puta no los saludo” Durante su testimonio por video-conferencia desde Barcelona, el sobreviviente Carlos Pusseto recordó el paso por La Perla de Carlos Alberto D´Ambra: “Tenía muy buen humor. Con él cantábamos canciones de Les Luthiers… Recuerdo que una mañana entró el capitán (El “Nabo”) Barreiro a la cuadra, soltó un fuerte ¡buen día!, y Carlos le dijo: “Yo a los hijos de puta no los saludo”. Lo trasladaron a mediados de diciembre del ´76. Su mamá, Emi Villares de D´Ambra está en la sala. Como siempre. Con sus 86 años, la valentía que la sostiene y la embellece, su pañuelo blanco y la foto de su hijo en alto. …………………………

 

Luis Justino Honores

Las mariposas de un hombre al que no pudieron quebrar

Puesto de observación en el campo de concentración de La Perla. Mayo de 2013.

Puesto de observación en el campo de concentración de La Perla. Mayo de 2013. Foto, Marta Platía.

Por Marta Platía Alicia Honores y su hermano Luis Ernesto llegaron a la audiencia portando la foto de su padre Luis Justino Honores: un albañil afiliado a la Unión Obrera de la Construcción (UOCRA) que fue secuestrado el 3 de noviembre de 1976 y brutalmente asesinado en el campo de concentración  de La Perla. Su  historia está inscripta en la llamada causa “Herrera” que tiene 14 imputados y cuatro víctimas; y fue una de las seis que se expusieron hoy en el Tribunal Federal N° 1 que preside Jaime Díaz Gavier. Mientras afuera brillaba el sol y el secretario del juzgado repasaba el horror padecido por Honores, sus hijos aguantaban el dolor tragándose las lágrimas y levantando su foto por encima de sus cabezas. Según los expedientes, ensañados por su fortaleza y en que no lograron arrancarle queja alguna durante los tormentos, los represores se encarnizaron con él: los golpes y las sesiones de picana fueron tan atroces que terminaron con su vida en poco menos de un mes. Murió en los brazos de otro compañero, Eduardo Porta: un militante que sobrevivió a La Perla, pero que pocos años después murió víctima de un infarto, efecto “tardío” de lo padecido en el campo de concentración. “Yo recuerdo a mi papá como a un ser mágico –contó Alicia sonriendo desde su mirada brillante-. Él era alguien que podía hacer cosas increíbles con sus manos: le gustaba dibujar, le cortaba el pelo a los vecinos, hacía esculturas con los jabones, no estaba nunca quieto. Me acuerdo que una vez hizo una red, se fue a un descampado, atrapó mariposas de todos colores y las liberó en un cuarto donde me hizo entrar. Nunca me voy a olvidar de eso. Todavía las tengo volando en mi mente. Él te mostraba el cielo con nada”. A su lado, su hermano Luis se admite “muy chiquito” para recordar. Tenía sólo tres años. Pero cuenta -y repite- una única anécdota que le reforzó su madre: “Fue el último día que lo vi. Bah, el último día que todos lo vimos. Yo quería ir con él, pero no aceptó llevarme porque yo no estaba bañado. Me dio un pico en la boca a través del alambrado, y yo me quedé llorando como loco. Dice mi vieja que hasta lo insulté y todo. Que le dije papi puto”. Y los hermanos vuelven a reírse de ése pedacito de vida que -se nota- ya rieron y lloraron cientos, miles de veces. Solos y acompañados. Es ella la primera en recuperar el aliento. “Estamos muy conmovidos de estar acá. Felices y también tristes. No vamos a parar en el reclamo de Justicia. Mi mamá, mis otros hermanos y mi viejo nos merecemos eso”. A la salida de la declaración de Susana Sastre, los hijos de Honores la abrazaron emocionados: Susana destacó en su testimonio la entereza con la que Luis que soportó la crueldad de las torturas y la intensidad de los dolores de su agonía. Ella, como otros testigos que lo vieron morir, coincidieron en que “evitaba quejarse, hacía esfuerzos para no hacer ningún ruido tal vez para no desanimarnos”.

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Página 12. Viernes 22 de marzo de 2013. El País. El rol del actual presidente de la Cámara de Apelaciones de Córdoba.

Con palos en la rueda

Una testigo contó que el juez Luis Rueda, cuando era secretario de un juzgado, le dijo que su salida en libertad se complicaba porque ella había hablado de Menéndez. También la acusó en un programa de TV de haber dejado morir a su esposo.

Luis Rueda, presidente de la Cámara Federal de Apelaciones de Córdoba. Imagen gentileza La Voz del Interior.

Luis Rueda, presidente de la Cámara Federal de Apelaciones de Córdoba. Imagen gentileza La Voz del Interior.

Por Marta Platía Teresita Piazza de Córdoba, una de las testigos que declararon ayer en el megajuicio por los crímenes cometidos en La Perla, comprometió al actual titular de la Cámara Federal de Apelaciones de Córdoba, Luis Rueda, quien en 1984 y como secretario de un juzgado federal, le habría dicho que su caso no terminaba de resolverse “por la mención que ella seguía haciendo sobre la presencia del general (Luciano Benjamín) Menéndez en el Hospital Militar”, donde fue internada durante su secuestro. La semana pasada, la testigo Patricia Astelarra también nombró al mismo magistrado. “Lo implicó –señaló el abogado querellante Claudio Orosz– en el armado de una causa penal que llevó a su compañero, sobreviviente del campo de concentración, nuevamente a la cárcel en época democrática. Y señaló que se usaron pruebas obtenidas bajo la tortura”.  A raíz de esta declaración, el fiscal Facundo Trotta pidió que se abra una investigación sobre Rueda. Lo mismo ocurrirá ahora con el caso de Piazza de Córdoba: “Es lo que corresponde cuando un miembro de la Justicia es involucrado en un delito”, señaló Carlos Gonella, también fiscal de esta causa. Teresita Piazza de Córdoba denunció que ya en democracia “habían dejado salir a todas. Sólo faltaba yo. Estaba en la cárcel de mujeres del Buen Pastor. Me trajeron a Tribunales varias veces, pero siempre sin mis abogados, Rubén Arroyo y Luis Reinaudi. Sola como estaba, le pregunté a Rueda, que en ese tiempo era secretario del Juzgado N° 2, dónde estaba (Gustavo) Becerra Ferrer, por qué habían dejado salir a mi compañera Irene Bucco y a mí no. Y Rueda (que era el secretario del juzgado que tenía la causa) me dijo que esa mención que yo había hecho de Menéndez complicaba mi salida. Todo esto, aun cuando lo resuelto por los consejos de guerra de la dictadura habían sido invalidados por la democracia”. Teresita había sido atrapada por una patota en el hall de entrada de la maternidad provincial a plena luz del día, el 20 de abril de 1977. Varios hombres armados se lanzaron sobre ella, de poco menos de 50 kilos y tres meses de embarazo. Su calvario había comenzado un mes antes. El 9 de marzo trataron de secuestrar a su esposo, Jerónimo Córdoba. Lo corrieron y lo balearon por la espalda. “Él logró escapar de una emboscada cuando iba a una confitería llamada Los Cubanitos. Lo persiguieron, le dieron un balazo en la espalda. Así, herido y desde el Cerro de las Rosas, él corrió y caminó como pudo, desangrándose, hasta mi casa, en Ruta 20 (a más de 25 kilómetros de distancia). Cuando llegó, me pidió que no lo llevara al hospital. Que no quería caer vivo en las manos de los militares. El militaba en la Juventud Peronista. Yo, con los claretianos del padre (Enrique) Angelelli. Lo llevé a la casa de un amigo. Ahí murió. Lo enterramos en el patio, llenos de miedo. En las radios se había desatado un escándalo y se decía que lo buscaban por toda la ciudad. Ese mismo día había ocurrido un ataque a una casa que se llamaba El Castillo y habían matado a muchos”, relató. Luego de la muerte y entierro de Jerónimo, Teresita fue secuestrada. La llevaron a La Perla, luego al campo de La Ribera y desde allí, hasta la casa en la que estaba enterrado su esposo para exhibirla: “Me acuerdo de que hasta había una mujer con un micrófono. Tomaron todo como si yo fuera una delincuente”, recordó la mujer. Su foto apareció en todos los diarios locales. La confinaron en La Perla, donde la apalearon y le pegaron “trompadas” en el vientre. “Me dijeron que ahí estaba desaparecida. ‘De acá, ni Dios ni el Papa ni el presidente te sacan. Vos estás desaparecida. Ni existís.’ Se consideraban más que Dios, más que el Papa”, se estremeció la mujer recordando estas palabras. Fue entonces cuando Menéndez se paró, mirándola duramente, masculló algunas palabras y salió de la sala. En el campo de torturas el embarazo de Teresita se complicó. Se descompuso, y un médico que también estaba detenido dijo que tenía la bolsa fisurada. “Me llevaron al Hospital Militar. Ahí fue cuando, estando esposada de un pie y una mano, abrí los ojos y lo vi a los pies de la cama: era Menéndez, me estaba mirando. Me dijo que me porte bien. Y que si no lo hacía, me iban a llevar otra vez de donde me trajeron. Yo no le dije nada. Me quedé en silencio mirándolo.” Claudio Orosz le dijo a Página/12 que “no es la primera vez que alguien menciona a (Luis) Rueda en este tipo de casos. Ya hubo múltiples versiones. Llamativamente en el juicio a Videla, en 2010, hubo un imputado, (Carlos) Yanicelli, que mostró una serie de fotos en las que se lo veía en un festejo de Inteligencia de Fuerza Aérea junto al comodoro Trillo y al hermano de éste: un abogado a quien el testigo Charlie Moore (un detenido que estuvo más de seis años en el D2, la Gestapo cordobesa), sindicó entre los que entregaban gente a la Triple A y al ejército. Ahora –siguió Orosz– escuchamos el testimonio de Teresita Piazza de Córdoba en el cual no sólo contó la conversación que tuvieron por lo de la presencia de Menéndez, casi un apriete; sino que denunció que Rueda había reflotado su caso como ‘el de la mujer que había dejado morir a su esposo sin llevarlo al hospital’, en el programa televisivo que tenía por 1997 o 1998, el periodista (Carlos) Sagristani muchos años después de que ella había sido puesta en libertad”. Ese programa, contó la testigo, “fue terriblemente perjudicial para mí. Para mis hijas. Yo ya había sido liberada (el 24 de mayo de 1984), lo del consejo de guerra había quedado fuera de efecto, ya que un civil no podía ser condenado por tribunales militares. Vivía en el valle de Calamuchita en un pueblo chico, y eso fue como una bomba para nosotras: yo era el monstruo que había dejado morir a mi marido. Y además, señor juez –resaltó ante Jaime Díaz Gavier–, yo no había dejado morir a mi esposo: él estaba gravemente herido y me pidió que no lo llevara al hospital. Yo hice lo que él me pidió. Yo sabía que si lo llevaba lo iban a secuestrar. Por eso me buscó a mí. Después de todo lo que yo sufrí me di cuenta, aún más, de que había hecho lo correcto”. En el momento de su secuestro, Teresita tenía dos hijas de dos y nueve meses de edad, y estaba embarazada de la tercera. “La más chiquita nació en la maternidad provincial. Me esposaron a la cama: una mano y una pierna. Parí a mi hija así.” La mujer recordó que cuando volvió a la UP1 (la cárcel del Barrio San Martín adonde la habían trasladado), gritó y “pataleó” para que no le sacaran a su hija: “Llegué y cuatro hombres grandotes me la querían sacar. Me negué. Quería llegar al pabellón y que todas la vieran. Empecé a gritar. Los presos comunes también comenzaron a gritar y a hacer jarreo. Me dejaron entrar con mi beba hasta el pabellón. Diez horas después me la retiraron. Me mostraron el documento de mis padres que la reclamaban y así la entrego. Y aún hoy siento como un puñal aquí en el estómago. Un desgarro… A los pocos días fue cuando me llamaron adelante, y los de la (Policía) Federal me tomaron una declaración y la usaron para el consejo de guerra. Me condenaron a 20 años: asociación ilícita, portación de armas y abandono de persona, dijeron. Para mí, aunque todo era falso, lo peor fue que me culparan por dejar morir a mi esposo. Terrible: ellos le dispararon. Él no estaba armado. Le dieron por la espalda mientras trataba de escapar, y me culparon a mí”. Teresita repitió que por todo eso fue “terriblemente doloroso que en un programa de televisión Luis Rueda volviera sobre todo eso cuando el caso estaba cerrado y se sabía todo lo que había ocurrido”. ……………… Página/12. Viernes 15 de marzo de 2013. Megacausa La Perla. Primer juicio por robo de bebés en Córdoba. EL PAIS › LOS REPRESORES ACUSADOS POR LOS DELITOS DE LA PERLA FESTEJARON LA DESIGNACION DEL PAPA

Bergoglio con una hinchada particular

Los 44 represores acusados por delitos de lesa humanidad cometidos en La Perla entraron a la sala exhibiendo en su pecho una escarapela con lazos amarillos y blancos. “Bergoglio ha sido su padre espiritual después de (Raúl Francisco) Primatesta”, dijo Hugo Vaca Narvaja.

El festejo de los genocidas. Foto, Irma Montiel, Telam.

El festejo de los genocidas. Foto, Irma Montiel, Telam.

Por Marta Platía El flamante Papa Jorge Bergoglio tiene su hinchada: ayer los 44 represores que se juzgan en Córdoba por delitos de lesa Humanidad cometidosen el campo de concentración de La Perla, entraron a la sala exhibiendo en su pecho una escarapela con lazos amarillos y blancos: los colores del Vaticano. Imputados por el secuestro, tortura y desaparición de cientos de personas, el ex jefe de Tercer Cuerpo de Ejército, Luciano Benjamín Menéndez; Ernesto “Nabo” Barreiro; Pedro Vergés y el resto de sus cómplices, inflaron sus pechos debajo de sus trajes ni bien los fotógrafos les apuntaron con sus cámaras: un hábito –el de la foto diaria- del cual se han quejado siempre en éste y en otros juicios; pero que ayer les sirvió para festejar su alegría por el nombramiento de Francisco I. “Yo pienso que así se ve quiénes están muy entusiasmados con la elección de este Papa”, le dijo a Página/12 Guillermo “Quito” Mariani: el cura rebelde que fue echado de su parroquia por publicar un libro en el que contaba, entre otras cosas, sus amores de juventud; y es uno de los principales integrantes del grupo de curas Tercermundistas de Córdoba, formado por sacerdotes disidentes, o que dejaron los hábitos para poder casarse. “También creo que (los represores) se van a equivocar si creen que Bergoglio estará plenamente de acuerdo con ellos. Pienso que él no puede identificarse con la causa de los torturadores. Pero de todos modos, ellos lo intentan. Hacen este gesto para fabricar una especie de popularización de sus conductas, de santificación de lo que hicieron” Para Mariani “Eso es lo que trataron de hacer desde un primer momento: afirmaban su represión durante el golpe militar motivándola en una supuesta defensa de la sociedad argentina, ante todo lo diabólico de una infiltración comunista. Con eso justificaron todo el Terrorismo de Estado”. Mariani apuntó que sería un error, de parte del flamante Papa, insistir con “el mantenimiento de la vicaría castrense”. Las expectativas del tercermundista sobre el papado de Francisco I tienen dos aspectos: uno que “puede ser optimista, en tanto que su conocimiento de la Argentina, y la lejanía, le provoquen un cambio en algunas propuestas y conductas que él tuvo acá. Eso sería lo deseable. El otro aspecto, el negativo desgraciadamente, sería que continúe en el camino de la sacralización del proceder que él tuvo aquí con respecto a  la vicaría castrense; la guerra santa que emprendió contra la legalización del matrimonio igualitario; y la negativa de que se usen preservativos para evitar el contagio de Sida”. Por su parte, Hugo Vaca Narvaja, uno de los abogados querellantes del megajuicio, opinó que “Bergoglio ha sido su padre espiritual después de (Raúl Francisco)Primatesta, que estaba en la cúspide y el resto comulgaba con estas ideas. Ellos les dieron sustento ideológico a la represión. El Terrorismo de Estado tuvo tres sustentos: el civil, que les dio la parte económica; el militar, que fue la mano de obra que se encargó de aniquilar; y el ideológico-religioso, que les dio el amparo espiritual para que cometieran sus crímenes en pos de la defensa de la civilización occidental y cristiana”. Vaca Narvaja agregó: “No me sorprende para nada esto que ha pasado hoy. Ellos esperan pronunciamientos de Bergoglio y de la Iglesia que él representa, azuzando a la famosa reconciliación nacional”. Violadores ofendidos Durante toda la jornada de ayer una sobreviviente, Patricia Astelarra, dio un testimonio tan completo como desgarrador sobre sus propios padecimientos y los de decenas de compañeros que vio sufrir y morir en La Perla. Uno de los momentos más tensos que se vivieron fue cuando ella denunció las violaciones y vejaciones de las que habían sido objeto sus compañeras y ella misma. “El cura Magaldi –tal el apodo del torturador Roberto Nicanor Mañay- me vejó a pesar de que yo estaba embarazada de cinco meses. Me desnudó y me ató a un catre. Después de la tortura me sacó la venda y me dijo ´es para que veas lo que te voy a hacer´. Las más jovencitas y lindas eran las que peor lo pasaban. No sólo nos habían reducido a la esclavitud. También a muchas a la esclavitud sexual. Era un deporte morboso que practicaban habitualmente”. Astelarra señaló –a algunos hasta con su dedo- a quienes mencionó como “los principales violadores”. Fue entonces cuando nombró a Ernesto “Nabo” Barreiro, Hugo “Quequeque” Herrera, José “Chubi” López a quien, dijo, “le gustaba quemar los senos de sus víctimas con cigarrillos”; aJorge Exequiel “Rulo” Acosta, Héctor “Palito” Romero, y Roberto Nicanor Mañay”. Dicho esto, desencajado y furioso, el represor “Chubi” López comenzó a gritarle “¡Mentirosa!”; por lo que el juez Jaime Díaz Gavier ordenó a la policía que lo sacara de la sala y lo expulsó de las audiencias hasta que él “considere necesario” que se presente en su banquillo. Lo insólito fue que pocas horas después del incidente y a través de sus abogados defensores, los imputados a quienes Patricia Astelarra había calificado como “degenerados”, le pidieron al juez que los someta a pericias psiquiátricas y psicológicas, ya que sintieron “profundamente agraviados en su honor”. La finalidad, demostrar que no son abusadores ni tienen el perfil que la testigo describió. Astelarra consideró que “estos delitos deberían ser considerados de orden público, porque fueron cometidos por funcionarios públicos”. A esta altura de las cosas, quedaban pocos represores sentados en sus butacas todavía exhibiendo, claro está, la insignia con los colores del Vaticano. ……………………. Página/12. Domingo 10 de marzo de 2013 LA MEGACAUSA SOBRE LOS CRIMENES COMETIDOS EN EL CENTRO CLANDESTINO LA PERLA

Mujeres de fuego

Esta semana comenzaron a declarar los testigos en el quinto juicio oral por delitos de lesa humanidad de Córdoba. Es el primero que involucra el robo de bebés. Las historias de Marité Sánchez, que parió estando secuestrada, y Sonia Torres, presidenta de Abuelas Córdoba.

En la megacausa de La Perla se juzga a 45 imputados por delitos cometidos contra 417 víctimas. Imagen, Télam.

En la megacausa de La Perla se juzga a 45 imputados por delitos cometidos contra 417 víctimas. Imagen, Télam.

Por Marta Platía En el juicio más grande del que se tenga memoria en esta provincia, llamado también “Menéndez III”, y el primero que se realiza aquí por robo de bebés, en sólo 15 audiencias parece haber pasado de todo: un represor se suicidó de un balazo a pocas horas del inicio del proceso –Aldo Carlos Checchi– nada menos que adentro de un hospital militar. El abogado defensor de cuatro imputados, Jorge Agüero –un personaje que se hace llamar El Mesías–, acusó de “coimero” al presidente del Tribunal, desplegó un cartel ofensivo, fue arrestado en plena sala y terminó procesado por “injurias agravadas”. Un gobernador, José Manuel de la Sota, que al menos hasta ahora brilló por su ausencia, aunque no dudó en mencionar a “los jóvenes que se enamoraron de las armas” justo el mismo día del arranque del juicio, abonando así la teoría de los dos demonios, discurso que le costó el repudio de las organizaciones de derechos humanos. A todo esto, los represores con el multicondenado Luciano Benjamín Menéndez a la cabeza, seguido por Guillermo “Nabo” Barreiro y Pedro Vergez, alias Vargas, parecen turnarse para provocar a los familiares de las víctimas, y como toda defensa, optaron por descalificar a los testigos y sobrevivientes de sus crímenes, llamándolos “colaboracionistas” o, directamente, “buchones”. De ellos, el más locuaz e inmanejable es Vergez. Incluso para Menéndez, quien hasta los juicios anteriores parecía llevar las riendas de su tropa, pero que en éste ha perdido ostensiblemente su autoridad. El miércoles pasado, el represor que se hacía llamar Vargas y se la pasa negando haber escrito el libro que se le atribuye, se puso a cantar de alegría “viva la muerte de Chávez”. Ante la queja del abogado querellante Miguel Ceballos, quien lo escuchó “claramente”, el juez le ordenó silencio y les adelantó “a él y a todos los imputados” que a la próxima indisciplina los sancionará y echará de la sala. Una reprimenda por la cual, al día siguiente, Menéndez dijo estar “profundamente mortificado”, ya que aunque no se sentía aludido, “jamás en su vida alguien lo había tratado así”. Pero, como ya ocurrió en el juicio al dictador Jorge Rafael Videla en 2010, la mayoría de los represores prefirió refugiar sus bravuconadas y supuesta valentía en una sala contigua con circuito cerrado de televisión no bien les tocó declarar a las primeras testigos mujeres: la abogada querellante Marité Sánchez, quien fue secuestrada el 24 de febrero de 1976, embarazada de siete meses y medio; y la Abuela de Plaza de Mayo Sonia Torres. Sánchez recordó: “Ese día golpearon a la puerta de mi casa. Me fijé por el agujerito y vi una persona joven, de vaqueros, y pensé que vendía algo. Cuando abrí, empezaron a caer personas desde los techos. Dijeron que eran de la Policía Federal. Buscaban a mi esposo. Me metieron de los pelos en un auto bordó”. La llevaron a la sede del D2: el equivalente cordobés de la Gestapo, que funcionaba en el Cabildo, a sólo diez pasos de la Catedral en la que por entonces oficiaba sus misas el cardenal Raúl Francisco Primatesta. “Ahí me vendaron y alguien me tocó la panza. ‘Pensá bien lo que vas a decir por lo que tenés ahí adentro’”, la amenazaron. Con un arma apuntándole al bebé por nacer, la llevaron a un pozo. “Ahí vi a mi marido, Víctor Eduardo Ferraro. Durante la tortura le habían marcado una esvástica en el pecho.” A Marité le pegaron delante de él: “Me agarraron de los pelos y me dieron la cabeza contra la pared. El gritaba que yo no tenía nada que ver, que me dejaran en paz”. Más tarde, y después de estar desmayada y tendida sobre “una colchoneta sucia y húmeda”, Sánchez fue trasladada a la cárcel del barrio San Martín, la UP1. Tuvo a su hija esposada a una cama de un hospital. Su esposo también pasó por la UP1. Con los apabullantes 83 años de quien nunca será una anciana, Sonia Torres avanzó con paso seguro hasta la silla en la que soñaba sentarse desde hace 37 años. La presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo filial Córdoba estuvo acompañada por la presencia –y adhesiones por las redes sociales– de cientos de personas. “Antes que nada –arrancó– yo me identifico como la mamá de Silvina Parodi, la segunda madre de mi yerno, Daniel Orozco, y la abuela de mi nieto que todavía busco”, le dijo de un tirón al juez Jaime Díaz Gavier. Y siguió: “Porque cuando se los llevaron, no sólo a mi nieto le robaron la identidad. A mí también. Yo nunca más volví a ser quien era: un ama de casa, una farmacéutica. Fui primero la madre que buscaba, después la abuela que busca. Yo también perdí mi identidad”, repitió, mirando al juez con los ojos grandes, muy abiertos, de quien necesita que no se pierda palabra de lo que se está arrancando del alma. Su hija Silvina Parodi tenía sólo 20 años y estaba embarazada de seis meses y medio cuando fue secuestrada junto a su esposo, Daniel Orozco, de 22, en la casa en la que vivían, en el barrio Alta Córdoba de esta capital. Ambos eran estudiantes de Ciencias Económicas y militaban en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). “Fue el 26 de marzo cerca de las seis de la tarde –rememoró Sonia–. Los vecinos contaron que los sacaron envueltos en frazadas de pies a cabeza. Eran unos nueve hombres vestidos de civil fuertemente armados. Les dieron una paliza y a eso lo sé porque los vecinos sintieron los aullidos de dolor y los pedidos de auxilio. A la gente que salió a ver, les dijeron a punta de arma que entraran a sus casas, que si no los iban a matar.” A partir de allí empezó el peregrinaje de Sonia Torres y su ex marido, Enrique Parodi, quien por haber sido aviador, conocía a Juan Bautista Sasiaíñ, el entonces jefe de la Policía Federal en Córdoba. “Con el más puro cinismo, Sasiaíñ le dijo que esos secuestros se hacían entre los guerrilleros y con eso cerró la entrevista.” Desesperados, recorrieron todas las cárceles, los hospitales, hasta que supieron que estaba en la UP1. “Allí logramos que un médico amigo, un doctor de apellido Elías, la revisara para ver cómo seguía su embarazo. Pero eso fue fatal para él. Al día siguiente, un comando entró en el hospital de urgencias donde estaba operando a un paciente y se lo llevaron esposado. Su cadáver fue arrojado camino a Chacras de la Merced” en las afueras de la ciudad. Entre los escombros de lo que era la modesta casa de Silvina y Daniel (“porque al día siguiente del secuestro llegó un camión militar y se robaron todo, todo. Dejaron sólo un mueble de cocina porque estaba empotrado en el piso”, detalló Torres), Enrique Parodi encontró una blusa de su hija –que Sonia desplegó y mostró amorosamente en la audiencia– y un certificado médico que les sirvió de prueba para la búsqueda del bebé. “Silvina había consultado al doctor Ruli esa mañana. La fecha del nacimiento del bebé estaba fijada entre el 25 de junio y el 5 de julio de 1976. Supimos por varios testimonios que nació. Que es un varón. Una monja de la Casa Cuna, Asunción Medrano, le dijo a mi hija Giselle, que era voluntaria ahí y llevaba chicos a casa los fines de semana para cuidarlos, que no lo hiciera más. Que yo debía tener mucho trabajo con el bebé de Silvina.” Esperanzadas, la madre, la hija y la religiosa fueron a la cárcel de mujeres del Buen Pastor, donde sabían que Silvina estaba presa luego del parto. La monja encargada no pudo ocultar su enojo con Medrano. Y les dijo que no. Que Silvina ya había sido “trasladada al sur”. Que no había ningún bebé. Sonia le escribió entonces a Menéndez, a Primatesta y hasta a Alicia Hartling de Videla, la esposa del dictador: “Pero a ninguno se le ablandó el corazón”. La voz de la abuela se quebró cuando recordó a sus compañeras de camino que “ya se fueron: Otilia Argañaraz e Irma Ramaciotti”. Con ellas y otras que no pudieron llegar con vida a este juicio, golpearon las puertas de la jerarquía católica que permaneció muda y hasta cómplice: “Desde el Papa (Juan Pablo II), que no nos respondió ni hizo nada; para abajo. Ya sabíamos que había connivencia con los militares… Yo era católica. Creía. Pero ya no”, dijo con dureza. Sonia apuntó también que “las Abuelas somos políticas, pero apartidarias. Sin embargo, tengo que decir que Néstor Kirchner nos llamó a sólo un mes de asumir. ¡Con todos los problemas que tenía…! Nos llamó. Fue la primera vez que eso nos pasaba. Nos dijo que los derechos humanos serían una política de Estado. Y cumplió. Como ahora lo hace la presidenta Cristina. Y a eso hay que reconocerlo”. Antes de abandonar la sala, Sonia Torres pareció olvidar a todos los presentes y le habló al nieto que busca: “Nieto querido, no tengas miedo. Animate a buscarme vos ahora. Quiero contarte todo esto desde el corazón porque no quiero que sientas odio. Porque no se puede crecer con odio. Antes de partir te quiero encontrar. Recrear en tu carita las caras de tus padres. Esas caras que quedaron suspendidas en el tiempo, en unas pancartas… Cuando conozcas tu identidad, recién ahí conocerás la libertad. Recién dejarás de ser un esclavo de los militares. Y vos sabrás qué hacer con tu futuro”. Batalladora como su padre, el dirigente gremial de Luz y Fuerza Tomás Carmen Di Toffino –principal compañero de Agustín Tosco durante el Cordobazo, que terminó derribando el gobierno de facto de Juan Carlos Onganía–, su hija Silvia, fundadora de Hijos en Córdoba, trazó un vibrante perfil de su padre, secuestrado a los 37 años a plena luz del día cuando salía de su trabajo, en la Empresa Provincial de Energía de Córdoba (EPEC). Silvia denunció, con un flamante documento en la mano, hallado en el Archivo Provincial de la Memoria, “la complicidad civil con la dictadura”. A Tomás Di Toffino se lo llevaron el 30 de noviembre de 1976. “Desde entonces, con mi mamá y mis tres hermanos ya no tuvimos una vida normal. En realidad ya no lo teníamos, porque él desde hacía tiempo que vivía clandestino para protegernos, aunque no faltaba a trabajar.” Desde el público, su hermano menor, Agustín Di Toffino, actual jefe de Gabinete de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, siguió cada palabra con la mirada vidriosa. Silvia contó entonces que supo, a través de los testimonios de algunos de los sobrevivientes de La Perla, que su padre “al ser mayor que la media de los que allí torturaban y mataban, casi todos veinteañeros, se portaba como un padre y ayudaba como podía. Con una sonrisa, con una canción –cuando se relajaba la custodia–. Y hasta jugando al ajedrez con piezas que había modelado con migas de pan”. Aun cuando él también padecía las torturas y la inminencia de la propia muerte “en el pozo”, como le llamaban al sitio donde los represores llevaban a los prisioneros para fusilarlos y enterrarlos; Di Toffino no perdió nunca la entereza. “Si hasta se bailó un tango con otra detenida, Susana Sastre (una sobreviviente), antes de que llegara su hora, en lo que se llamó los carnavales del ‘77.” Quizá lo más impactante del relato de Silvia fue la revelación de una carta escrita por Menéndez el 16 de octubre de 1980 a un “coronel Oscar Joan”, ministro del gobierno de facto de Adolfo Sigwald, defendiendo a capa y espada al abogado y empresario José Luis Palazzo, de no ser “un izquierdista ni un comunista, sino un luchador frontal y abierto (…) que logró desplazar nada menos que a los seguidores de Tosco que infestaron la Empresa de Energía de Córdoba (EPEC)”. Palazzo era, cuando secuestraron a Di Toffino, nada menos que el gerente de personal de la EPEC. Con este escrito, Menéndez quería “limpiar el legajo” de quien señaló como su “ahijado”, de “tan injusta calumnia”. A partir de la declaración de Silvia, el fiscal Facundo Trotta solicitó que esa documentación se remitiera al fiscal de turno para que investigue. De esta manera, los hijos de Di Toffino le rindieron honor a su padre, quien se fue de La Perla “con una sonrisa y haciendo la V de la victoria en medio de la cuadra”. Un último gesto para darles fuerza a sus compañeros de tormentos. ……… SILVIA VERGARA Y EMI D’AMBRA

“Me obligaron a andar sin piel”

Por Marta Platía Emilia Ofelia Villares de D’Ambra, de 84 años, y a quien se la reconoce como Emi D’Ambra, fue una de las primeras en entrevistarse en España con el juez Baltasar Garzón por la desaparición de dos de sus cinco hijos: Carlos, de 23 años, quien fue visto en La Perla; y Alicia, de 21 y “tal vez embarazada”, torturada en el Pozo de Banfield y Automotores Orletti. La Madre, y quizás “abuela”, dio uno de los testimonios más completos y estremecedores. No sólo por el páramo de silencio que padeció luego de sus secuestros, el 20 de noviembre de 1976 y el 13 de julio, respectivamente, sino por la fortaleza de la búsqueda que hizo junto a su marido. “Con mi esposo recorrimos todo. Cuando se llevaron a Carlos le preguntamos a todo el mundo en la Terminal de Omnibus de Córdoba, si lo habían visto. El iba a llegar desde Buenos Aires con su novia, Sara Waitman, y venían a visitarnos a Alta Gracia. Nunca llegaron. En la terminal, la propia policía nos dijo que había habido ‘una pinza muy grande’, que eran del Ejército, con camiones verdes, y que se habían llevado muchísima gente. La mayoría jóvenes. Tiempo después, supimos que Sara estaba en la cárcel UP1. Creímos que Carlos también estaría allí. Pero supe después que pasó por La Perla.” Emi contó que “en ésa época ningún abogado se animaba a presentar un hábeas corpus”, el único que consiguieron “nos redactó uno, pero sin firmar. Mi esposo lo tipeó a máquina en casa y lo presentamos solos”. También dijo que enfrentó a Primatesta en una de las visitas que el cardenal hizo a Alta Gracia: “Le reproché que no me había recibido. Se excusó y me dijo que iba a rezar por mí. Le contesté que no necesitaba sus rezos, que sabía hacerlo sola”. Y siguió: “Mire, señor juez, a mí la Iglesia me pateó los dientes. Nunca más creí en ellos”. Uno de los pasajes más absurdos –y hasta hilarantes– fue cuando Emi D’Ambra le contó al juez con admirable humor negro cómo se había comportado la Justicia de entonces: “Logramos que alguien nos represente. Como no pudimos pagar la segunda cuota de la tasa de justicia, porque los dos somos trabajadores de clase media baja, un día cayó a casa una jueza de paz a embargarnos. A mí me dio un ataque de risa. A carcajadas, me reía. Mi esposo sufría y me decía: ‘Emi, lo van a tomar a mal’. Y yo le dije a la jueza: ‘Fíjese ¿qué va a llevar? ¿La mesa? ¿El aparador? ¿Las sillas? ¿El televisor? Ustedes todavía no me ha dado la justicia que pido, pero fueron rapidísimos para embargarnos’”, le reprochó. La funcionaria, que había elegido el televisor, partió cabizbaja y sin llevarse nada. Silvia Vergara Falik. Sin piel. Así dijo que la obligaron a andar por la vida los represores del terrorismo de Estado. Silvia, de 38 años, es una de las dos hijas de Herminia Falik y Rodolfo José Vergara. Ambos desaparecidos. Su madre fue secuestrada por una patota en la parada de un colectivo la mañana del 24 de diciembre de 1976. “Apurados para irse a brindar con sus familias por la Navidad –según relató una testigo a la que obligaron a ver la tortura–, la destrozaron entre cuatro o cinco torturadores a golpes y con dos picanas eléctricas. Para acelerarle la muerte, le tiraban baldazos de agua.” Sin embargo, Herminia tardó en morir. Cuando la mujer que servía la miserable comida del campo de La Perla se acercó a la sala de tortura, donde la habían abandonado creyéndola muerta, “mi mamá abrió los ojos y le dijo gracias, porque esta mujer la acarició”, sollozó Silvia. Ante una audiencia estremecida, la chica les gritó a los represores que la miraban impávidos: “Ustedes me obligaron a andar sin piel por la vida. Porque cuando uno es un bebé, como era yo, lo único que tiene de la mamá es la voz y la piel. La mamá es la piel de un bebé. Su protección. Yo todavía me acuerdo de su olorcito acá –dijo tocándose el costado derecho de su propio cuello–, y de su voz. Pero la piel es todo: ustedes me obligaron a andar con el cuerpo ardiendo, doliendo toda mi vida. A susurrar en la escuela ‘soy hija de desaparecidos’, sin saber muy bien qué significaba eso. No se los voy a perdonar nunca. A mi bisabuelo y a dos tíos los mataron en Auschwitz. A mis padres en La Perla. Mi vida ha sido un sandwich entre los dolores, las muertes, las ausencias y los desa-parecidos del fascismo”. ……… El sueño de los represores Pedro Vergez no se priva de nada. Provocador en sesión permanente, no sólo afirma que “jamás” torturó ni mató a nadie, y que fueron “los propios prisioneros los que se quebraban automáticamente, cuando llegaban (a La Perla) y veían que sus compañeros que creían muertos o héroes estaban vivos y se ofrecían para interrogar a los que caían”; sino que de vez en cuando parece divertirse ridiculizando a sus otrora jefes. Mientras se quejaba ante el Tribunal de la estrechez de las camas de la prisión de Bouwer, donde está alojado, no sólo contó que él sueña mucho “y me caigo a cada rato”; sino que mirándole la nuca canosa al ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército reveló: “Eso también le pasó al general Menéndez: que se cayó de la cama y se rompió el párpado”. Menéndez no pudo con su fastidio. Furioso se revolvió en su silla, levantó la mano varias veces para interrumpir las infidencias de Vergez, pero el juez le ordenó silencio. Masacres Este juicio agrupa 19 causas interconectadas, que verán el destino corrido por 417 víctimas entre los años 1974 y 1977. Entre esas causas está el llamado “expediente Barreiro”, que incluye también los casos de dos familias que padecieron el ensañamiento del Comando Libertadores de América primero, y del terrorismo de Estado de la Junta Militar después. Se trata de las masacres de los Pujadas y de los Vaca Narvaja. En el primer caso, cinco miembros de esa familia fueron torturados y acribillados y arrojados a un pozo en represalia por el intento de fuga de la prisión de Trelew de Mariano Pujadas, uno de los hijos. En cuanto a los Vaca Narvaja, sufrieron el secuestro, tortura y asesinato de Miguel Hugo Vaca Narvaja (h): un joven abogado de 35 años, quien fue fusilado en un supuesto intento de fuga; y del patriarca de la familia, Miguel Hugo Vaca Narvaja, quien había sido ministro de Frondizi, a quien torturaron y decapitaron. A raíz de estos hechos, 26 miembros del clan familiar, entre los cuales había 13 menores de edad, debieron refugiarse en la embajada de México y luego partir al exilio.

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Megacausa La Perla. Primer juicio por robo de bebés en Córdoba. Por primera vez en 37 años, Sonia Torres, la presidente de Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba declaró ante un Tribunal.

“Mientras no recupere su identidad, mi nieto sigue siendo un esclavo de los militares”

Sonia, foto Nicolás Castiglioni                                                                     Sonia Torres a la salida de su declaración. Foto, Nicolás Castiglioni.

             

Ojo con las madres (y con las Abuelas), porque le debemos nuestro único gesto de dignidad frente a una dictadura militar”. José Pablo Feinmann.

Por Marta Platía De arranque, de un tirón, y porque tal vez soñó con ese momento durante décadas, Sonia Torres miró fijo al juez Jaime Díaz Gavier, respiró profundo y lanzó: “Antes de comenzar quiero decir que a mí me gusta identificarme como la mamá de Silvina (Parodi), la segunda mamá de Daniel Orozco, mi yerno, y como la abuela del nieto que busco. Porque cuando se llevaron a mis hijos, y después se robaron a mi nieto, no sólo a él le quitaron la identidad. Desde entonces yo ya no fui más quien era. Fui la madre que busca y después la abuela que busca. A mí también me robaron la identidad”. De este modo, la presidente de Abuelas de Plaza de Mayo filial Córdoba comenzó a declarar por primera vez ante un Tribunal a 37 años desde que una patota le arrancó para siempre a sus hijos y con ellos una parte de su vida. Con sus 83 años, la fuerza y el porte de quien jamás será una anciana, Sonia revivió ante el Tribunal y una sala repleta donde la emoción se podía tocar con las manos, las penurias que vivió desde que el 26 de marzo de 1976, y aprovechó la audiencia que esperó más de tres décadas, para enviarle un mensaje al nieto que jamás se ha cansado de buscar. “No tengas miedo” –le pidió-. “Yo salgo todos los días a buscarte y te digo: Nieto querido, te esperamos. La familia te espera para devolverte la identidad. Tus padres trabajaron por una Córdoba más justa. Por un país más justo. Estaban en la vereda de enfrente de los militares. Y yo quiero contarte todo esto desde el corazón porque no quiero que sientas odio; porque no se puede crecer con odio”. Y siguió: “Yo te quiero encontrar antes de partir. Recrear en tu carita la caras de tus padres. Esas caras que quedaron suspendidas en el tiempo, en unas pancartas… Cuando conozcas tu identidad recién conocerás la libertad. Y vos sabrás qué hacer con tu futuro”. Y su historia. La tantas veces contada. La que le hizo buscar por todas las cárceles del país, por todos los cementerios, los hospitales y, luego, por los jardines de infantes, escuelas y calles. La que todavía la tiene en pie, sin rendirse. La que la convirtió en una de las primeras Abuelas de Plaza de Mayo, ya que fue de las que supieron de inmediato que sus nietos habían nacido en cautiverio. Sonia recordó: “Fue el 26 de marzo cerca de las seis de la tarde. Los vecinos contaron que los sacaron envueltos de pies a cabeza de una casa en la calle Coronel Olmedo 1468, de Barrio Alta Córdoba. Llegaron nueve hombres vestidos de civil fuertemente armados en un Torino y otros tres autos. Les dieron una fuerte paliza y a eso lo sé porque los vecinos sintieron los aullidos de dolor y los pedidos de auxilio. A la gente que salió a ver, les dijeron a punta de arma que entraran a sus casas si no los iban a matar”. En el asalto “les robaron todo: hasta una fuerte suma de dinero que les habíamos regalado las dos familias en el casamiento (que había sido en diciembre de 1975) para que se hicieran una casita”. Silvina y Daniel eran estudiantes de Ciencias Económicas. Tenían 20 y 22 años y, para mantener a la familia, Daniel trabajaba en una de las empresas de la firma Minetti. Después de una luna de miel sencilla, en carpa en Tanti, la pareja vivía en una casa sin terminar en el fondo de un terreno. “En la casa de adelante –detalló Sonia—vivía una señora con sus cuatro hijos. Fue ella la que le dijo a mi ex marido, el papá de Silvina (Enrique Parodi), que si hablaba la iban a matar. Fue cuando mi ex marido se comunicó conmigo y salí a buscarla. No tuve miedo. Sabía que los militares eran dueños de la vida y de la muerte en la calle y era una hora avanzada. Ellos podían matar 20, 30 personas por día porque no le daban cuentas a nadie”, graficó. Sonia atestiguó que un policía, novio de una empleada doméstica, se ofreció a ayudarla y fue a preguntar al D2 (Departamento de Informaciones de la Policía, el equivalente a la Gestapo cordobesa). “Pero después supe que él era de la D2 también”, dijo, con el tono de quien, aún ahora, le cuesta resignarse a las traiciones. Pero los militares no se quedaron en el secuestro. Al día siguiente un camión acabó con todo lo que había en la casa: “Se llevaron todo –siguió Sonia-. Sólo dejaron un mueble de cocina porque estaba empotrado en el piso”. Entonces, de un bolso azul de cuero, Sonia extrajo como a un tesoro lo único que, de entre los escombros de los que había sido una casa, encontró el papá de Silvina: una blusa blanca con bordados de colores. “Era de mi hija”, dijo exhibiendo la prenda. También, del desastre, don Parodi rescató un papel: el certificado del médico que la atendía por el embarazo. Un profesional de apellido Ruli. “Él ya la había visto hacía unas semanas, pero se ve que esa mañana Silvina había ido también a control porque el certificado tenía la misma fecha del día que la secuestraron. En ese certificado le daban la posible fecha del parto, entre el 25 de junio y el 5 de julio de 1976”. Una prueba que Sonia tuvo de que un bebé nacería. La búsqueda siguió. Como no había resultado en las comisarías ni en los hospitales, el papá de Silvina, que había sido militar y conocía a Juan Bautista Sasiaíñ, Jefe de la IV Brigada de Aviación, fue a verlo. “Con el más puro cinismo, le dijo que esos secuestros se hacían entre los guerrilleros”. Con eso cerró la entrevista. Desesperados, comenzaron a tocar las puertas de las cárceles. Supieron que estaba en la UP1, la cárcel del barrio San Martín, sitio en el que lograron que un médico amigo, un doctor de apellido Elías, la revisara para ver cómo seguía su embarazo. “Al otro día –relató Sonia Torres- y mientras el doctor Elías estaba operando en el hospital de Urgencias, entraron los soldados, lo esposaron y se lo llevaron. Al día siguiente apareció su cadáver camino a Chacras de la Merced”. Como el entonces jefe de la prisión, el comisario Montamat les había informado que Silvina estaba allí, un día Enrique Parodi recibió un llamado del mismísimo Sasiaíñ: “Che Parodi, acá lo traigo preso a Montamat. Él les dice a todas las familias que los hijos están bien…” Y mi ex esposo –explicó Sonia—por miedo a que le pase algo a Montamat, le dijo “habrá algún error, tal vez”. El relato de la Abuela continuó sin descanso por más de dos horas y media: “Por ese tiempo mi hija menor, Giselle, trabajaba como voluntaria en la Casa Cuna y llevaba a casa nenes los fines de semana para cuidarlos y que no estuvieran tan solos. Un fin de semana una monja, Asunción Medrano, le dijo ´no, no llevés porque tu mamá tiene mucho trabajo con el hijo varón (de Silvina). Vení el domingo y te lo voy a dejar ver”. Se supone que estaban Silvina y el bebé en (la cárcel) de El Buen Pastor. Cuando ese domingo Giselle fue, la monja jefa se sorprendió de ver a Medrano y les dijo que a Silvina se la habían llevado tres días antes al sur”. Con el dolor y la expectativa ardiéndoles en el cuerpo, Sonia y Giselle insistieron en la pista de la Casa Cuna. Sonia consiguió que Susana Ghitta, una psicóloga, le contara que dos veces le llevó a Silvina y a su  “hijo varón” leche maternizada… Después obtuvo la ayuda y compañía del capellán de la UP1, “el padre Lucchese”, quien le contó que si bien Silvina había pasado por ésa cárcel, su nombre había sido borrado y “sobrescribieron otro para borrar las pruebas. A esa altura todas las madres sabíamos de la connivencia de la Iglesia Católica”. La búsqueda incluyó el Campo de la Ribera, el otro gran centro de torturas y exterminio de Córdoba luego del de La Perla. “Allí fui con el padre Sixto Castellanos que era pariente mío. Cuando bajamos, en la puerta nos pidieron documentos. Uno de los soldaditos era de Villa Dolores, como yo, y me trató bien. Me dijeron que los habían llevado a La Perla hacía unos días. Pero se ve que nos escuchaban desde adentro, porque se sintió una voz que ordenó “tráigalos adentro”. Ahí un jefe nos dijo que ese campo era para juzgar a los desertores. El soldadito le dijo ´pero acá sí hubo presos políticos´. Yo pienso que ese soldadito habrá engrosado la lista de desaparecidos…”. Madres y Abuelas en Buenos Aires Mientras el represor Ernesto “Nabo” Barreiro bostezaba y parecía aburrirse mortalmente, Sonia continuó el relato de su peregrinar. “Íbamos a Buenos Aires. Nos sentábamos en los bancos de la Plaza de Mayo, pero los soldados nos tiraban los caballos encima. Nos decían ´ ¡marchen, marchen!’ y así empezamos a dar vueltas a la Plaza…”. Según Sonia, mientras se forjaba como la mujer que nunca había soñado ser (al fin y al cabo era “sólo madre y farmacéutica”), “nuestro trabajo empezó a ser doble: buscar a los hijos y a los nietos que habían nacido. Acá en Córdoba, sólo devolvieron dos chicos: una a Susana Dillon, y otro bebé de una chica de Rosario que nació acá y le llevaron a la familia. Nos dimos cuenta con las Madres y las Abuelas que era mejor presentar los hábeas corpus todas juntas y en un mismo juzgado. Aunque no los atendieran. Tenían más fuerza que por separado. También nos organizamos para armar carpetas con nuestros casos y las pancartas con las fotos de nuestros hijos…” En ése momento del relato, Sonia se quebró: el recuerdo de Otilia Argañaraz y de Irma Ramacciotti le cerró la garganta. Entre el público, esos dos nombres provocaron también el llanto contenido de quienes parecían hacer fuerza para sostener a ésta Abuela que hablaba por las que ya no están. Las carpetas llegaron a todos los despachos de jueces del país, a los de países vecinos y aún, hasta el Vaticano donde Juan Pablo II las recibió. Las Madres y Abuelas le pidieron “que se ocupara de que los militares cesaran la matanza”. Pero Karol Woytila no pudo (o no quiso) solucionar el tema. Sonia también recordó que cierta vez, a fines del invierno de 1976, le pidió al entonces administrador de la Casa Cuna “Lozada Echenique”, que la dejara ver a los bebés. “Quería ver si en las manitos, en los pies, en las caritas podía reconocer los rasgos de mi Silvina, los de Daniel. Mucho después supe que en otra pieza había bebés que custodiaban dos soldados. Pero a ésos no los ví. Mataban a nuestras hijas y entregaban a nuestros nietos”. Uno de los golpes más fuertes que tuvo que soportar, fue cuando un médico, “el doctor Funes, de la Casa Cuna, me dijo que fuera en una hora y media. Que me entregaría a mi nieto. Cuando llegué, me dijo que no estaba”. A la complicidad de la Iglesia, en la que involucró a sacerdotes y monjas, también se sumó la de la sociedad civil. Entre los que contó –dolorosamente—la de sus propios vecinos. “Al principio era todo discriminación. Se nos cerraban todas las puertas –rememoró la presidente de Abuelas-. Yo vivía en Paso de los Andes y en el barrio, en la cuadra, se cruzaban de vereda cuando me veían. Los militares les habían metido eso a sangre y fuego. No los juzgo”, aseguró. Pasado el tiempo, Sonia Torres dice que ya no está sola: “Nos acompaña mucha gente. En ese tiempo, cuando se llevaron a mis hijos y a mi nieto me destrozaron el corazón… Entonces y ahora siempre he pedido justicia”. Un año antes de que se llevaran a Silvina y Daniel, la patota del D2 había secuestrado a toda la familia: “Estábamos en mi casa, en barrio Paso de los Andes cuando llegaron y nos llevaron. Esperaban a Silvina a que llegara de la facultad. Nos llevaron a la D2 a mí, a mi ex esposo, a mi hijo Luis (quien murió en 1991), a su novia, a Giselle, mi hija menor y a un amigo de los chicos. En el edificio del lado de la Catedral cordobesa, la familia padeció golpes, interrogatorios y, una noche, Sonia escuchó cómo golpeaban, contra una pared hasta acabar con él, a un muchacho asmático. “Como Luis, mi hijo, era asmático, todo el tiempo pensé que era a él al que le pegaban y lo habían matado. Era como si me estuvieran matando a mí”. De los pelos y con un empujón, los torturadores de la D2 la arrojaron al pasaje empedrado que en Córdoba se conoce como “Santa Catalina”. Sonia recuerda que, a raíz de esa pesadilla y del rumor del golpe que se venía, le rogó a Silvina que se fueran del país. Que afuera tendrían amigos que los ayudarían. “Silvina me contestó: pero si nosotros nos vamos ¿en manos de quién queda el país? No, nosotros nos quedamos”. Sonia recordó además que Silvina formó parte del grupo de alumnos del Colegio Nacional Manuel Belgrano que fue entregado por el entonces director Tránsito Rigatusso a las hordas de Luciano Benjamín Menéndez. Rigatusso, hasta tuvo la desfachatez de acusar a Sonia Torres ante la justicia por “injurias” ya que en un artículo publicado en La Voz del Interior de 1998, ella lo había llamado delator. El juicio (absurdo desde su origen) se llevó a cabo en 2002. El entregador acusaba a la víctima. Sin embargo, y atendiendo a las pruebas, el juez Rubens Druetta, dictó un veredicto terminante: Rigatusso efectivamente había confeccionado listas y había sido un delator. El testimonio sobresaliente en su contra fue, paradójicamente, el de un militar, el segundo de Menéndez: César Anadón, quien corroboró lo que la Abuela había asegurado al principal diario cordobés y padecido en carne propia. Dos años después, Anadón se suicidó mientras cumplía una pena con prisión domiciliaria. Los hijos de Sonia, Silvina y Daniel fueron vistos en el campo de concentración de La Perla. A ella la vieron en las duchas. Con su vientre a punto de parir. Le avisó a una compañera que la trasladarían al Buen Pastor para que tuviera a su bebé. Lo tuvo. Luego, nunca más se supo nada de ambos. Permanecen desaparecidos. Y del bebé, que ahora debe ser un joven de 37 años, todavía lo están buscando. Patota modelo 2006 El ataque a la Abuela Sonia fue noticia en marzo de 2006. El día 13, (aniversario de la muerte de su hijo Luis), Sonia no quiso volver a la soledad de su casa y fue a la de una hija a cenar. A eso de las diez de la noche una patota de tres o cuatro hombres (creen que uno quedó en la puerta) entraron a la casa de barrio Rivera Indarte. Fueron directamente a Sonia, a pesar de que allí estaban su hija Giselle, un nieto y su novia, y una nena pequeña que se escondió bajo la mesa. “Me encañonaron en la sien y me dijeron levántate. Como creí que me iban a secuestrar, les dije que no. Entonces el tipo me gatilló en la cabeza pero la bala no salió –contó Sonia ante la mirada cuasi aterrada del juez-. Me levantaron de los brazos entre dos y me arrastraron al baño. Me pegaron y me dieron culatazos. Me rompieron el tímpano (se señala el oído derecho). Ya casi no escucho y tengo que usar un audífono”. De la casa no se robaron nada, a pesar de los objetos electrónicos que había. Sólo la cartera de la jovencita presente. En la retirada, “la tiraron en las cercanías de la casa, con una pistola Bersa y ocho balas en el cargador”, declaró. A la hora de las preguntas de los querellantes, Sonia dijo que sólo con la llegada del gobierno de Néstor Kirchner algo cambió: “Nos llamó al mes de estar en el poder. Con todos los problemas que tenía, se hizo un tiempo para nosotras y nos dijo que los Derechos Humanos iban a ser política de Estado. Y cumplió. Nos dio todas las herramientas para la búsqueda. Y ahora la presidenta sigue su camino. Nunca pensamos que algo así nos pasaría. Fueron tantos años de que nadie nos escuchara. Las Abuelas somos políticas, pero apartidarias. Pero a esto hay que reconocerlo porque es la verdad”, resaltó. Un gesto de humanidad Aunque la mayoría de los represores, con Menéndez a la cabeza, se retiraron antes de que Sonia hiciera su declaración, la Abuela los exhortó: “Quiero pedirles a estos señores que en un acto de humanidad nos digan a qué familias entregaron a nuestros nietos y dónde están los huesitos de nuestros hijos. Todos los días me levanto con la esperanza de que mi nieto va a venir a buscarme a Abuelas o a la farmacia donde todavía trabajo. Pero mi tiempo se termina. Les pido que nos digan dónde están”. Antes de levantarse de su silla, con un saco amarillo intenso que le iluminaba la cara, Sonia volvió a hablarle a su nieto. “Que me busque. Él está esclavo aún de los militares mientras no sepa su verdadera identidad. Que no tenga miedo y que nos busque”. El aplauso de los presentes fue atronador y un modo de abrazo hacia esta mujer que no pensó ni piensa rendirse. Que sigue de pie: “A mi nieto me lo imagino hermoso, porque tiene los genes de sus padres. Yo ya soy grande. Tengo mis años y la biología tiene su tiempo. Así que espero ahora que él me busque”. ………………………………. Diario del Juicio Abuelas de Plaza de Mayo-Córdoba. Miércoles 27 de febrero de 2013. Audiencia 11. Menéndez III. Megacausa La Perla. Primer juicio por robo de bebés en Córdoba.

                                               

La voz de los represores

Por Marta Platía

Descalificar a los jueces, al juicio, y llamar “buchones” o “quebrados” a los sobrevivientes, fue la estrategia elegida por los imputados que optaron por hacer uso de la palabra antes de que comience la etapa en la cual unos 983 testigos comenzarán a desgranar lo que padecieron –y a lo que sobrevivieron- durante la última dictadura cívico-militar. Como ya ha ocurrido en los juicios por delitos de lesa humanidad en los que se ha convertido en habitué desde 2008, el principal imputado, Luciano Benjamín Menéndez, con siete condenas a prisión perpetua: tres en Córdoba, tres en Tucumán y una en Santiago del Estero, fue el primero en leer su discurso. Tal como se esperaba, repitió su diatriba de siempre: desconoció la autoridad del Tribunal para juzgarlo; resaltó su supuesta lucha “contra el comunismo marxista internacional”, en tanto que se atribuyó ser “el único responsable de la actuación mis tropas”. Los presentes en la sala tuvieron que hacer esfuerzos para no replicar nada cuando, con su tono marcial, insistió en que con sus cómplices “nunca atacamos a la población civil”. Una aseveración de la cual infiere -falsamente- que “todo esto no encuadra en delitos de lesa humanidad”. La única variante en sus palabras se produjo desde que compartió el banquillo de los acusados con su ex jefe, el dictador Jorge Rafael Videla. De él adoptó el párrafo en el cual asevera que “estamos ante una revolución gramsciana” – por las ideas del filósofo italiano Antonio Gramsci quien proponía una revolución cultural-, y que Videla no se cansó de mencionar en su paso por Córdoba. Eso, además de agitar sus propios fantasmas con aquello de que “los guerrilleros de antes hoy siguen la guerra por otros medios y están en el poder”. Antes de terminar, el hombre al que sus subordinados conocían como “el Cachorro” o “la Hiena”, y quien ordenó el secuestro, tortura y muerte de miles de personas enancado en el Terrorismo de Estado, se autodefinió como “una víctima más de la inseguridad jurídica que se vive en el país, donde todos tienen miedo de algo”: toda una paradoja tratándose de quien no sólo arrasó con la vida de cientos de miles de seres humanos; sino que todavía se niega a revelar dónde ordenó enterrarlas y a quiénes se entregaron cientos de bebés nacidos durante el cautiverio de sus madres. Nada menos que el aterrorizador “aterrorizado”. Antes de terminar, Menéndez aseguró que no volverá a decir ni una palabra ante “este Tribunal que no me representa”, tal como ya hizo en los procesos anteriores. Ni bien se calló, Guillermo Ernesto Barreiro, alias “Nabo”, “Rubio”, “Gringo” ó “Hernández”, tomó el micrófono. El sí tenía ganas de hablar, a diferencia de muchos de los imputados que se negaron a hacer declaraciones. Barreiro se recordó -no sin cierto orgullo- como “partícipe de los hechos de Semana Santa en 1989” tras lo cual fue dado de baja, y consideró que a propósito de “estos juicios quieren instalar el relato con un revisionismo casi infantil sobre lo que ocurrió en la década del ‘70”. Y dijo que “todo esto es para la tribuna, para mediatizar a la opinión pública”.  Resultó llamativo que pusiera tanto empeño en negar un dato histórico que ya es de conocimiento público: la participación de los franceses de la Organización de la Armada Secreta (OAS), en la formación de “contrainsurgencia” de los militares argentinos. Esto es: la doctrina de “La guerra moderna”, del francés Roger Trinquier, aplicada en Indochina y Argelia por los paracaidistas galos, que enseña la vía del dolor y la tortura como método básico para obtener información. “No es cierto que los militares argentinos hayamos aprendido a torturar de mano de los franceses”, se quejó Barreiro. Y con aires de profesor de historia siguió: “Acá se dice alegremente que en la escuela de inteligencia nos enseñaron a torturar, pero no es así. Nosotros teníamos nuestras propias publicaciones y no hubo franceses como dicen”. De este modo negó de plano lo declarado con orgullo por el mismísimo Alcides López Aufrac, quien se jactó de lo contrario en el documental “Los escuadrones de la muerte, la escuela francesa”, de la periodista Marie-Monique Rubin. Un trabajo que fue adjuntado como prueba en el juicio por el caso Brandalisis en el 2008, el primer proceso en el que se condenó a Menéndez a prisión perpetua en cárcel común. Su párrafo final fue para despegarse del ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército: “A diferencia del general Menéndez –adelantó Barreiro- yo sí voy a participar activamente en este juicio para que la historia no sea escrita sólo por la mano izquierda”. La estocada le hizo bajar la cabeza a un Menéndez que, esta vez, no pudo con su tropa, acostumbrado como estaba a señalar el rumbo con sus palabras. El caso más notorio de esto fue el del verborrágico Héctor Pedro Vergez: Menéndez intentó interrumpir en tres oportunidades la extensísima declaración del hombre que se hacía llamar “Vargas”. Si bien el juez Jaime Díaz Gavier le impidió al ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército interferir cuando lo pidió; llamó la atención que Vergez hiciera caso omiso a la inquietud de su ex superior y siguiera no sólo declarando ante el Tribunal, sino también contestando cada pregunta que le hicieron los abogados de las querellas. Durante más de dos horas y media en las cuales no se salvaron de sus recuerdos –y acusaciones- desde el ex presidente de facto Juan Carlos Onganía, quien según él lo dejó sin un profesor muy querido sólo porque el catedrático tenía una mujer infiel “y a Onganía no le gustaban los cornudos”; pasando por el terrateniente Carlos Blaquier, a quien directamente señaló como el” culpable de haber entregado gente” en los ingenios azucareros. También mencionó a los empresarios cordobeses de Astori, Tortone y la Pritti; y a figuras políticas como el ex gobernador Eduardo Angeloz, al cardenal Raúl Francisco Primatesta y a Domingo Felipe Cavallo, entre otros. “Cuando les molestaba algún sindicalista, alguna persona, hacían un llamadito y se deshacían de la gente”, aseguró, agregando un eslabón a la cadena de la complicidad civil y de la jerarquía de la Iglesia Católica. Pero lo más impactante de un discurso que abundó en detalles, fue la acusación lanzada sobre un ex comandante de Gendarmería, Omar Rey, de asesinar a 18 prisioneros en el campo de concentración de La Ribera. Si esto fuese así, se trataría de un hecho inédito en el que por primera vez un ex militar, Vergez, acusa a un colega de otra fuerza de haber matado. El represor memoró: “Según me dijo muy borracho y llorando, que se había mandado una macana. Que como el Campo había sido atacado por un grupo guerrillero, mató a todos los presos que tenía”. Cuando se le preguntó la fecha de la masacre, la situó “a fines de 1975: después de octubre y antes de fin de año”. Vergez dijo que había decidido “contar todo” porque Omar Rey, “de muy buena situación económica”, le había prometido “pagar las cuotas de la facultad de mi hija y no cumplió”. La venganza del represor abrió así una grieta inesperada en el pacto de silencio que hizo que Menéndez se revolviera molesto en su silla y que, una y otra vez, levantara la mano pidiendo la palabra. No era para menos: se trataba de uno de los ex jefes de La Perla, culpando a un ex jefe de Gendarmería de una matanza. Los cuerpos, según respondió Vergez ante una pregunta de la querella, estarían “enterrados en el cementerio de San Vicente”. Otro de sus pasos en falso, fue cuando mencionó conocer instrumentos de tortura “sólo a través de los libros franceses”, con lo cual desmintió las palabras de Guillermo “Nabo” Barreiro, a quien se lo vio resoplar para aliviarse el fastidio que le provocó su compañero de armas. El intercambio de ideas entre ambos, al regreso de un cuarto intermedio, resultó obvio: Vergez se apuró a decir que se había equivocado, que los franceses no, y que siempre fueron los de la “CIA americana” quienes instruyeron a los represores argentinos. Preso de su verborrea, aseguró que “jamás” torturó a nadie, ni tampoco vio torturar; y que no vio “nunca” instrumentos de tortura en el campo de concentración de La Perla: un sitio del cual fue amo y señor entre finales de marzo y principios de julio de 1976. Una época que se conoce como de las más duras y siniestras que se padecieron en ese infierno hecho de tormentos y exterminio. ……………………… La causa por sustracción de bebés en Córdoba. Represor alterado Casi fuera de sí y furioso porque, según él, “dicen que actué con la policía y yo nunca actué junto con la policía” el ex suboficial mayor Carlos Alberto Díaz, alias “HB”mayor casi gritó: “Yo fui agraviado. Me sentí mal, porque a mí no me enseñaron a torturar ni a matar. Fui por órdenes superiores y me enfrenté a gente con fusiles. (…) También se dijo que nosotros hemos amenazado a testigos de la causa que lleva mi apellido. Eso es una hipocresía, ni ahora ni nunca lo hemos hecho”. El represor que no podía controlar sus nervios está acusado en 13 causas, pero la más conocida es la de la sustracción del nieto de Sonia Torres, la presidente de Abuelas de Plaza de Mayo filial Córdoba. “Díaz” se llama el expediente de miles de fojas que relatan los avatares del secuestro, tortura, asesinato y desaparición de Silvina Parodi de Orozco, de 20 años, embarazada de seis meses y medio y su esposo Daniel Orozco, la tarde del 26 de marzo de 1976. Sonia Torres todavía busca al bebé de Silvina nacido en cautiverio a fines de junio o principios de julio de 1976. ……………… Diario del Juicio Abuelas de Plaza de Mayo-Córdoba. Jueves 6 de diciembre de 2012. Menéndez III. Megacausa La Perla. Primer juicio por robo de bebés en Córdoba. Jornada 4.

 
Marité Sánchez: Abogada de Abuelas de Plaza de Mayo filial Córdoba:
“Después de 36 años se conocerá el engranaje del robo de bebés en esta provincia”
Por Marta Platía.
“No fue fácil llegar a esta instancia, así que esperamos que se abran pistas y caminos para llegar a los nietos que todavía faltan recuperar”, dijo Marité Sánchez, abogada en la filial Córdoba de Abuelas de Plaza de Mayo, y una de las principales responsables de que la primer causa por robo de bebés en Córdoba haya llegado a juicio. “Desde el punto de vista jurídico estamos viviendo con cierta satisfacción que un caso de sustracción de menores esté siendo juzgado después de que Sonia Torres haya luchado tanto –afirmó la querellante por Abuelas de Plaza de Mayo filial Córdoba-. Sonia es una de las primeras Abuelas de la Argentina. Su hija desapareció en 1976 y Abuelas se creó en octubre de 1977: es decir que Sonia ya venía buscando a su hija Silvina Parodi, a su yerno Daniel Orozco, y luego a su nieto que nació en cautiverio, cuando se creó la institución. Así que, poder conocer cómo se movió el engranaje de exterminio, de desaparición y el robo de bebés, creemos que abrirá un camino en la jurisprudencia de Córdoba. Los niños nacidos durante el cautiverio de sus madres, fueron considerados por los genocidas como parte del botín de guerra. Esos niños fueron robados y entregados a quienes ellos decidieron, vulnerando su identidad y sin tener en cuenta que son sujetos de derecho. Por eso es tan importante que estos delitos aberrantes no queden impunes”. Según Marité Sánchez, “en los delitos de sustracción de menores durante el terrorismo de estado se puede visualizar no sólo la participación de militares sino también la de civiles, ya que para que esos delitos se pudieran ejecutar, era necesaria la participación de los médicos que atendían los partos, la de otros profesionales que actuaban en los lugares donde los partos se producían, la del personal que los trasladó, la de vecinos que veían llegar un niño a una casa donde previamente no había estado embarazada la persona que luego aparecía como su madre. Este juicio deja al descubierto cómo funcionó ésa red y la concepción de los militares, que en forma planificada, mantenían a la madre viva hasta que tenían el bebé a quien lo sustraían de sus legítimas familias y luego asesinaban a sus madres. Esto implica una perversidad insoportable. Sabemos que en Córdoba, en el año 1977, hubo dos casos en que las secuestradas y luego desaparecidas fueron llevadas desde el CCDE La Perla a parir al Hospital Militar. Falta averiguar donde parieron las otras secuestradas embarazadas.” Las Abuelas de Córdoba investigan 22 denuncias de niños que nacieron durante la prisión de sus madres. La abogada querellante fue, a su vez, víctima de la represión y brindó su testimonio en el juicio al represor Jorge Rafael Videla, a Luciano Benjamín Menéndez y a otros 29 cómplices que se realizó en Córdoba y que terminó con sus condenas a prisión perpetua en cárcel común. Su testimonio también fue importante para que se avance sobre un delito que antes no se había tenido debidamente en cuenta: los abusos de índole sexual a las prisioneras. En aquel proceso de 2010, Marité Sánchez declaró, que el abogado defensor de oficio, ante el relato de ella sobre las condiciones infrahumanas en que se encontraban en la Unidad Penitenciaria 1 (UP1), le respondió: “Bueno, si no hablas y tampoco te querés bajar la bombachita, no vas a salir nunca”. Aquel defensor de oficio era Luis Eduardo Molina, quien ha sido indagado en los últimos meses, por el juez Federal de La Rioja Daniel Herrera Piedrabuena. Sánchez acompaña la lucha de Abuelas de Plaza de Mayo desde hace más de veinte años y junto a su colega Mariana Paramio son las apoderadas de la abuela Sonia Torres, querellante en la Megacausa que se desarrolla en Córdoba.
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Marité Sánchez
Marité Sánchez. Foto, Nicolás Castiglioni.
¿La primera batalla ganada en este juicio?  Sin duda, la que insólitamente debieron librar –junto a los fiscales y otros abogados de las múltiples querellas- contra las protestas de algunos imputados que se quejaron de que las Abuelas, los familiares e hijos de los desaparecidos llevaran claveles rojos y las fotos de las víctimas y las exhibieran en la Sala de Audiencias. Según los reos, se trataba de “una provocación”. Marité Sánchez adujo que en realidad el planteo resultaba una proyección, puesto que la provocación provenía de la actitud de los imputados, quienes, al entrar la Prensa a la sala se habían tapado sus rostros con libros cuyos títulos eran provocativos. Por el contrario “las fotos de nuestros queridos desaparecidos y asesinados que nos acompañan, no son una provocación. Son acciones de presencia, que solo la ven como provocación aquellos que se sienten responsables por las desapariciones. Las fotos, son actos de vida y justicia y el modo en que quienes ya no están vivos, estén presentes en este juicio tan esperado. En cuanto a las flores –concluyó- las flores significan vida”. El juez Jaime Díaz Gavier zanjó la cuestión de inmediato y tanto los retratos como las flores se quedaron. Desde el principio de este proceso judicial ocupan, cada día, su lugar en la sala. Y así será a lo largo de un juicio cuya duración se estima en no menos de un año.
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Liliana Felipe, foto de Nicolás Castiglione
Liliana Felipe. Foto, Nicolás Castiglioni.
Liliana Felipe estuvo entre el público en la cuarta jornada del Juicio por los crímenes en La Perla y el primero que se hace en Córdoba por el robo de bebés. Envuelta en un mantón gris y azul que contrastaba con el clavel rojo que se ha convertido en el símbolo de los Organismos de Derechos Humanos en este juicio, la cantante y compositora argentino-mexicana escuchó la larguísima acusación de la llamada causa “Acosta” con sus ojos claros entre tristísimos e indignados. En ella se detallaron los casos de 139 personas que lograron sobrevivir a los secuestros, torturas, abusos, violaciones y demás tormentos perpetrados por el terrorismo de Estado en la D 2, el campo de concentración de La Perla y en el de La Ribera. Felipe llegó a la Argentina desde México con su compañera Jesusa Rodríguez para estar presentes en el juicio. A la artista le asesinaron y desaparecieron a su hermana Ester Silvia del Rosario Felipe de Mónaco, y a su cuñado: Luis Mónaco, el hijo del pintor del mismo nombre. Ester era psicóloga y Luis era delegado gremial y trabajaba como camarógrafo en el Canal 10 de la Universidad Nacional de Córdoba. Ambos fueron torturados, asesinados, tirados a fosas comunes. Todavía están desaparecidos. A la hora de las preguntas de los periodistas, Liliana Felipe recordó a su hermana como “una chica muy divertida y cantadora. Yo le enseñé una canción de Alí Primera y ella sabía cantarla”. Entonces, y ante los micrófonos que la rodeaban, Felipe cantó “Coquivacoa”, un ritmo venezolano que dice: “¡Pare primo la canoa! /que me parece que llora/la Chinita allá en la orilla/que no es una pesadilla/despierto tú puedes ver…”.

…………….. Diario del Juicio Abuelas de Plaza de Mayo-Córdoba. Jueves 6 de diciembre de 2012. Menéndez III. Megacausa La Perla. Primer juicio por robo de bebés en Córdoba. Jornada 3.   Declaración de los Organismos de Derechos Humanos de Córdoba en rechazo a las expresiones del gobernador de Córdoba  

De la Sota y el Brujo

Mientras que el gobernador José Manuel de la Sota no tuvo pruritos -en pos de sus sueños presidenciales- de atacar las políticas de Derechos Humanos del Gobierno nacional el mismísimo día del inicio del Juicio a La Perla, Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba, Hijos, Familiares de Desaparecidos y Detenidos por razones políticas de Córdoba; la Asociación de ex presos políticos; y sobrevivientes, rechazaron cada uno de sus términos “por el enorme dolor luego de tanta búsqueda y tanta pérdida”. Consideraron además que “por el cargo que ostenta debería ser más cuidadoso con sus palabras, y más cuando se trata de esta historia que todavía nos duele tanto”. De la Sota aseguró el martes en una universidad bonaerense, que “hubo grupos que se enamoraron de la violencia y llevaron a miles de jóvenes idealistas a la muerte”, y agregó que “sin embargo siguen libres y algunos de ellos están en el Gobierno o son asesores”. Blanco sobre negro: nada menos que su aval a la teoría de los dos demonios. Reditó así, en la memoria colectiva, sus palabras de 2005 cuando declaró que “las Abuelas y las Madres tendrían que haber cuidado mejor a sus hijos”. Desde el edificio de Tribunales Federales, donde continúan la lectura de las causas contra los 44 imputados por 417 víctimas asesinadas en La Perla; el abogado querellante por Hijos, Claudio Orosz, fue el más enérgico en el rechazo generalizado y lo comparó con López Rega: “Me parece que como buen discípulo de López Rega, De la Sota pretende socavar y hacerle daño a un Gobierno Nacional y Popular como hizo López Rega con los gobiernos (Héctor) Cámpora y (Juan Domingo) Perón en su momento”, declaró a Radio Nacional. Por su parte, el también querellante Hugo Vaca Narvaja subrayó que “quienes murieron, fueron objeto de un genocidio perpetrado por las fuerzas armadas y la policía, pero ideado por los núcleos de poder real, de empresarios, banqueros, sectores arcaicos de la iglesia a quienes hoy De la Sota aspira a representar, en contra de sectores sindicales, estudiantiles, y dirigenciales comprometidos con un proyecto de liberación nacional”. Los organismos de Derechos Humanos y el abogado Vaca Narvaja coincidieron en que De la Sota fue “partícipe de la intervención federal a la Provincia luego de consumado el golpe de estado provincial conocido como el “Navarrazo” en febrero de 1974“, que derrocó al gobierno legítimamente electo de Ricardo Obregón Cano y Atilio López, quien posteriormente fue asesinado por la Triple A. El uso de los símbolos de los Derechos Humanos según sus conveniencias, parecería ser aleatorio en el caso del gobernador: por un lado se promocionó en su campaña al sillón provincial con el boleto estudiantil por el que pelearon –y fueron asesinados durante la dictadura- 11 alumnos del Colegio Nacional Manuel Belgrano. Y ahora, cuando los vientos soplan en dirección a la Casa Rosada, tal parece que se sus (¿íntimas?) convicciones retomaron su  verdadero cauce. …..   El quejoso y el hombre de los cuernos. La tercera jornada fue para las causas que se le imputan a dos represores que sobresalieron cada uno en lo suyo: Enrique Bruno Laborda y Héctor Pedro Vergez. El primero terminó autoincriminándose hace tiempo cuando, insatisfecho porque le negaban su ascenso a coronel, dejó al descubierto la impunidad que reinaba durante la dictadura al detallar en una carta a sus superiores la extensa lista y modus operandi de delitos de lesa humanidad en los cuales él participó. El valor de este caso, además de la descripción de las “hazañas” de Bruno Laborda, es lo que durante la audiencia se apuntó como “la existencia comprobada de un plan sistemático de exterminio durante el Golpe Cívico Militar donde las responsabilidades estaban marcadas por un pacto de silencio entre los responsables, y convierte a este trámite administrativo en un dispositivo que evidencia los niveles de burocratización del horror”. Pedro Héctor Vergez, alias Vargas, Gastón o Capitán, esta vez no exhibió señas de “cuernitos” al Tribunal, como lo sí lo había hecho en la primera audiencia de este juicio.  Escuchó la acusación por 448 delitos que se le imputan junto a los represores Luciano Benjamín Menéndez, Guillermo Enrique “Nabo” Barreiro y José Andrés Tófalo, están siguiendo el juicio por videoconferencia desde la Cárcel de Ezeiza, ya que todos tienen otros procesos abiertos. Vergez fue uno de los principales integrantes del Comando Libertadores de América: la versión cordobesa de la Triple A, y se le imputa el secuestro, la tortura, el asesinato y la desaparición de cientos de personas en los campos de concentración de La  Perla y La Ribera de los cuales fue jefe. En el libro “La Perla: historia y testimonios de un campo de concentración”, escrito por Ana Mariani y Alejo Gómez Jacobo, puesta a trazar un perfil sobre él, una sobreviviente, Teresa Meschiatti, contó que “Vergez se caracterizó por robar permanentemente en los operativos.  Averiguaba de cada secuestrado la situación económica de la familia”; en tanto que Piero Di Monti, otro de los prisioneros que logró salir con vida,  detalló que “se consideraba el centro del mundo; siempre decidido, salvaje, sin escrúpulos”. ……. Diario del Juicio Abuelas de Plaza de Mayo-Córdoba. Miércoles 5 de diciembre de 2012. Menéndez III. Megacausa La Perla. Primer juicio por robo de bebés en Córdoba. Jornada 2.

Las mariposas de un hombre al que no pudieron quebrar

  Por Marta Platía Alicia Honores y su hermano Luis Ernesto llegaron a la audiencia portando la foto de su padre  Luis Faustino Honores: un albañil afiliado a la Unión Obrera de la Construcción (UOCRA) que fue secuestrado el 3 de noviembre de 1976 y brutalmente asesinado en el campo de concentración  de La Perla. Su  historia está inscripta en la llamada causa “Herrera” que tiene 14 imputados y cuatro víctimas; y fue una de las seis que se expusieron hoy en el Tribunal Federal N° 1 que preside Jaime Díaz Gavier. Mientras afuera brillaba el sol y el secretario del juzgado repasaba el horror padecido por Honores, sus hijos aguantaban el dolor tragándose las lágrimas y levantantando su foto por encima de sus cabezas. Según los expedientes, ensañados por su fortaleza y en que no lograron arrancarle queja alguna durante los tormentos, los represores se encarnizaron con él: los golpes y las sesiones de picana fueron tan atroces que terminaron con su vida en poco menos de un mes. Murió en los brazos de otro compañero, Eduardo Porta: un militante que sobrevivió a La Perla, pero que pocos años después murió víctima de un infarto, efecto “tardío” de lo padecido en el campo de concentración. “Yo recuerdo a mi papá como a un ser mágico –contó Alicia sonriendo desde su mirada brillante-. El era alguien que podía hacer cosas increíbles con sus manos: le gustaba dibujar, le cortaba el pelo a los vecinos, hacía esculturas con los jabones, no estaba nunca quieto. Me acuerdo que una vez hizo una red, se fue a un descampado, atrapó mariposas de todos colores y las liberó en un cuarto donde me hizo entrar. Nunca me voy a olvidar de eso. Todavía las tengo volando en mi mente. El te mostraba el cielo con nada”. A su lado, su hermano Luis se admite “muy chiquito” para recordar. Tenía sólo tres años. Pero cuenta -y repite- una única anécdota que le reforzó su madre: “Fue el último día que lo ví. Bah, el último día que todos lo vimos. Yo quería ir con él, pero no aceptó llevarme porque yo no estaba bañado. Me dio un pico en la boca a través del alambrado, y yo me quedé llorando como loco. Dice mi vieja que hasta lo insulté y todo. Que le dije papi puto”. Y los hermanos vuelven a reírse de ése pedacito de vida que -se nota- ya rieron y lloraron cientos, miles de veces. Solos y acompañados. Es ella la primera en recuperar el aliento. “Estamos muy conmovidos de estar acá. Felices y también tristes. No vamos a parar en el reclamo de Justicia. Mi mamá, mis otros hermanos y mi viejo nos merecemos eso”. … El robo del bebé de Silvina Parodi de Orozco: el nieto de Sonia Torres. Silvina Parodi y Daniel Orozco el día de su casamiento. Sonia Torres, la mamá de Silvina todavía busca a su nieto nacido en cautiverio. Silvina Parodi y Daniel Orozco el día de su casamiento. Por Marta Platía. “Ciruelo de mi huerta,/ si no volviera yo,/la primavera volverá,/Tú florece”, dicen los versos que las Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba imprimeron, junto a una imagen de Silvina Parodi y Daniel Orozco, en una pequeña postal que se reparte de mano en mano en la búsqueda que ya lleva 36 años. Y recién hoy Sonia Torres, la titular de Abuelas de Plaza de Mayo, pudo escuchar de boca del secretario del Tribunal la lectura de la acusación por el secuestro, tortura, asesinato de sus hijos y el robo de su nieto que nació en cautiverio y permanece desaparecido. Este es el primer caso de robo de bebés que se juzga en la historia cordobesa. Un crimen que la abuela denunció apenas supo de la existencia del pequeño y que continuó durante estos últimos 36 años. “No veo la hora de declarar. De que comience a tratarse este tema. Son muchas causas, ya sé, pero el tiempo se pasa y las Abuelas cada vez  somos menos y nos vamos yendo”, susurró Sonia. Silvina estaba embarazada de seis meses y medio cuando se la llevaron junto a Daniel, su esposo. La pareja se había casado el 31 de diciembre de 1975, y su luna de miel fue modesta pero festiva: “En Tanti y con el papá de la novia visitándolos de tanto en tanto”, recordó Sonia. Don Enrique Parodi “tenía locura por esa hija que era una excelente nadadora y hasta había participado en campeonatos nacionales” contó, intacto el orgullo. Se sabe que fue una compañera -torturada hasta quién sabe qué insoportables dolores del cuerpo y del alma- la que llevó a los represores hasta la casa donde Silvina y Daniel se habían refugiado. Los vecinos escucharon los gritos, las patadas y los golpes. “A ella la envolvieron en una frazada para que la gente que había salido a la calle por el escándalo no le viera la panza, y luego los obligaron a todos a callarse. A meterse adentro de sus casas y a no hablar nunca más de eso”. Así es el relato que Sonia Torres no se cansa de repetir. El comienzo de un peregrinaje que siguió por comisarías, por la D2 (la Gestapo cordobesa); los cuarteles del III Cuerpo de Ejército, y hasta los golpes insistentes a las puertas del sordo y -a todas luces- cómplice Arzobispado de Córdoba que presidía Raúl Francisco Primatesta. Un día llegó el aviso furtivo del nacimiento del bebé y la certeza de que Silvina y Daniel jamás regresarían si su destino había sido el de tantísimos otros que cayeron en ese infierno llamado La Perla y que comandaba Luciano Benjamín Menéndez. Un sitio donde torturaron, sometieron, vejaron y asesinaron a más de 2.500 personas con el método, la violencia, el sadismo y la dedicación de un Auschwitz local, y en el que participó gran parte de los 44 imputados que ahora están sentados en el banquillo de los acusados. Represores que si bien ahora cubren sus rostros con libros y revistas, ante la presencia de los fotógrafos, deberán dar cuenta ante más de 400 testigos por los crímenes de lesa humanidad que cometieron. …… De la Sota y el Brujo Mientras que el gobernador José Manuel de la Sota no tuvo pruritos -en pos de sus sueños presidenciales- de atacar las políticas de Derechos Humanos del Gobierno nacional el mismísimo día del inicio del Juicio a La Perla, Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba, Hijos, Familiares de Desaparecidos y Detenidos por razones políticas de Córdoba; la Asociación de ex presos políticos; y sobrevivientes, rechazaron cada uno de sus términos “por el enorme dolor luego de tanta búsqueda y tanta pérdida”. Consideraron además que “por el cargo que ostenta debería ser más cuidadoso con sus palabras, y más cuando se trata de esta historia que todavía nos duele tanto”. De la Sota aseguró el martes en una universidad bonaerense, que “hubo grupos que se enamoraron de la violencia y llevaron a miles de jóvenes idealistas a la muerte”, y agregó que “sin embargo siguen libres y algunos de ellos están en el Gobierno o son asesores”. Blanco sobre negro: nada menos que su aval a la teoría de los dos demonios. Reditó así, en la memoria colectiva, sus palabras de 2005 cuando declaró que “las Abuelas y las Madres tendrían que haber cuidado mejor a sus hijos”. Desde el edificio de Tribunales Federales, donde continúan la lectura de las causas contra los 44 imputados por 417 víctimas asesinadas en La Perla; el abogado querellante por Hijos, Claudio Orosz, fue el más enérgico en el rechazo generalizado y lo comparó con López Rega: “Me parece que como buen discípulo de López Rega, De la Sota pretende socavar y hacerle daño a un Gobierno Nacional y Popular como hizo López Rega con los gobiernos (Héctor) Cámpora y (Juan Domingo) Perón en su momento”, declaró a Radio Nacional. Por su parte, el también querellante Hugo Vaca Narvaja subrayó que “quienes murieron, fueron objeto de un genocidio perpetrado por las fuerzas armadas y la policía, pero ideado por los núcleos de poder real, de empresarios, banqueros, sectores arcaicos de la iglesia a quienes hoy De la Sota aspira a representar, en contra de sectores sindicales, estudiantiles, y dirigenciales comprometidos con un proyecto de liberación nacional”. Los organismos de Derechos Humanos y el abogado Vaca Narvaja coincidieron en que De la Sota fue “partícipe de la intervención federal a la Provincia luego de consumado el golpe de estado provincial conocido como el “Navarrazo” en febrero de 1974“, que derrocó al gobierno legítimamente electo de Ricardo Obregón Cano y Atilio López, quien posteriormente fue asesinado por la Triple A. El uso de los símbolos de los Derechos Humanos según sus conveniencias, parecería ser aleatorio en el caso del gobernador: por un lado se promocionó en su campaña al sillón provincial con el boleto estudiantil por el que pelearon –y fueron asesinados durante la dictadura- 11 alumnos del Colegio Nacional Manuel Belgrano. Y ahora, cuando los vientos soplan en dirección a la Casa Rosada, tal parece que se sus (¿íntimas?) convicciones retomaron su  verdadero cauce. …………………………… Diario del Juicio Abuelas de Plaza de Mayo-Córdoba. Martes 4 de diciembre de 2012. Menéndez III. Megacausa La Perla. Primer juicio por robo de bebés en Córdoba. Sonia Torres, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba:

“Ahora es todo presente: espero que mi nieto sepa del juicio y que me busque”

Sonia y la foto de su hija Silvina. Foto, Ricardo Efraín Cortés.

Sonia y la foto de su hija Silvina. Foto, Ricardo Efraín Cortés.

Sonia con la imagen de su hija Silvina Parodi cuyo bebé, nacido en cautiverio, todavía busca. Foto de Ricardo Efraín Cortés. Por Marta Platía. Sonia Torres esperó exactamente 36 años, 9 meses y 4 días para amanecer en un día como hoy: el del comienzo del juicio por el que luchó todo este tiempo, y en el que verá cara a cara a los criminales de lesa humanidad que le arrancaron para siempre a Silvina Parodi, su hija embarazada de seis meses y medio; a su yerno Daniel Orozco y al nieto que –se sabe- nació a fines de junio de 1976 y que todavía sigue buscando. “Me arrancaron a Silvina el 26 de marzo de 1976 a las seis de la tarde. Dos días después del Golpe –cuenta la titular de Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba-. Media hora después ya estaba en el Cabildo golpeando las puertas y preguntando por ella. Me dijeron que no la tenían. La busqué por las comisarías de Córdoba y después por todas las del país. Tardé mucho en darme cuenta de que no vería más a mi hija. Mucho. Tuve una esperanza larga, no sé de cuánto tiempo hasta que un día supe que no la vería más. Pero antes una persona caritativa había golpeado a mi puerta y me dijo el hijo de Silvina había nacido, que la habían visto amamantándolo en la cárcel de Mujeres de El Buen Pastor, y mi búsqueda retomó toda la fuerza. Ahora era por ese nieto. Por el legado de Silvina. No es que me haya olvidado de ella. Eso nunca. Todas las noches y todas las mañanas la tengo conmigo. Está adentro mío, la llevo conmigo. Mi compromiso con ella es encontrar a mi nieto. Al hijo de su amor con Daniel Orozco, también desaparecido. Quisiera que alguno de estos 44 acusados que ahora estarán allí dijera dónde están, adónde tiraron sus cuerpos, sus huesos para revolver la tierra, para recuperar sus restos. Para enterrarlos, llevarles una flor. Pero en el rostro de mi nieto los voy a recuperar. Aunque ellos sigan con ese pacto de silencio. De sangre y silencio que tienen entre ellos para no decir qué hicieron con los jóvenes que mataron por pensar un país distinto”. A Sonia “la ingenuidad de los primeros tiempos de búsqueda”, como ella misma califica riéndose con amargura, se le esfumó hace una “pila de años”. Cómo habré creído en que encontraría a mi hija, que conmovería algún corazón, que hasta le escribí una carta a (Luciano Benjamín) Menéndez, otra a la esposa de (Jorge Rafael) Videla, Alicia Hartling; a (Albano) Harguindeguy y hasta al (Arzobispo Raúl Francisco) Primatesta. Todos miraron para otro lado. A mi hija y a su marido, que acababan de casarse en diciembre de 1975, se los tragaron en los huecos de la tortura. En los campos de concentración. Lo sabemos porque hay testigos que los vieron pasar por varios de esos campos de tortura y todo eso saldrá a la luz en todo este proceso. -¿Qué espera que ocurra Sonia? ¿Cuál es su expectativa de este largo juicio que se viene? -Que nos digan dónde están. Que nos digan a quiénes entregaron a nuestros nietos. A quién o a quiénes le dieron a mi nieto. En Córdoba hay unas 22 mujeres que parieron en las cárceles, en la Maternidad, y esos chicos también están desaparecidos porque tienen otra identidad. Una falsa porque fueron robados o entregados en adopción con partidas de nacimiento truchas. Desde hace un tiempo nosotras como Abuelas pedimos que sean ahora ellos los que nos busquen. Que los muchachos y jóvenes que tienen treinta y pico de años y tienen dudas, que se lleguen a nuestros locales y se animen a saber quiénes son realmente. El otro objetivo que tenemos es más difícil: saber adónde tiraron a nuestros hijos. Saber Dónde están las fosas en las que los enterraron como a animales. Dicen que los trasladaban en camiones. Que los fusilaban. Bueno, que nos señalen los lugares. Que tengan un resto de humanidad si es que algún día de su vida lo tuvieron. Que piensen en la vergüenza que les dejan a sus propias familias. -Ayer se supo se suicidó uno de los imputados, Carlos Aldo Checchi. No es la primera vez que un represor se suicida poco antes de comparecer en juicio. Ya había ocurrido algo similar con Héctor Febres con una pastilla de cianuro en 2007; y Paul Nabone quien se habría pegado un tiro en Ascochinga, Córdoba, en 2008, apenas un par de días antes de declarar en el juicio por robo de bebés en Entre Ríos. ¿Cuál es su opinión al respecto? -Y, da la impresión que a los ellos creen que pueden hablar, quebrar el pacto de silencio y de sangre que tienen, parece que los mandarían a pegarse un tiro o tomar algo para que se maten. La Justicia tendrá que investigar. Pero quedan 44 y el año es largo. Y a ellos, como a todos nosotros, se nos termina la vida. Ellos se irán con las manos cubiertas de sangre; mientras muchos otros nos iremos con el corazón en paz por haber buscado Justicia sin venganza, sin revancha. Somos mujeres, familiares, hijos, nietos que sólo quieren reconstruir el pedazo de vida que nos robaron. A nuestros hijos no les dieron oportunidad de nada, y estos hombres tienen todos los derechos garantizados, al punto que este hombre que se suicidó habría tenido un arma en un hospital… ¿Cómo es posible que un genocida que tiene que declarar en pocas horas ante un Tribunal, haya tenido un arma de fuego? ¿Cómo van a permitir que tenga un arma? Es bastante oscuro todo eso, pero yo creo en la Justicia que seguro investigará. Nosotros pensamos que este hombre estaba dispuesto a hablar de lo que pasó y tal parece que lo habrían silenciado así… -¿A qué le tiene miedo, Sonia? -Después de todo lo que ha pasado en mi vida, a nada. Sólo a morirme sin haber abrazado a mi nieto. A irme sin saber qué fue de Silvina. Pero no quiero pensar en eso ahora. Ahora es el presente que esperé. En una de ésas mi nieto vea todo esto del juicio desde donde esté y sea él mismo el que se aparezca por Abuelas para saber si tiene mi sangre. Se lo debo a mi hija y a mí misma. … Pasajes de una jornada tumultuosa Cebados.  La estrategia de la provocación y la prepotencia ante la Justicia y los Familiares de los desaparecidos parece haber sido la premeditada puesta en escena de los imputados antes de entrar a la sala. Tanto en Córdoba, con un poco menos de cuarenta acusados – menos de los previstos que eran 44-; como en la que se montó en la Cárcel de Ezeiza, donde estaban presentes Luciano Benjamín Menéndez, Ernesto Barreiro, Héctor Vergez y José Andrés Tófalo, los represores reaccionaron en bloque de modo tan grosero como patoteril en la primera audiencia de la llamada Megacausa de La Perla. Mientras que en Córdoba los acusados con el ex policía Luis Alberto Lucero a la cabeza, se quejaron de que las Abuelas y los Familiares de los Desaparecidos exhibieron fotografías con las víctimas de la represión junto a claveles rojos armados con papel crepé, y espetaron a viva voz de que “se trataba de una provocación”; sus dichos fueron replicados por Jorge Auat, el Fiscal General de la Unidad de Coordinación y Seguridad de las Causas por Violaciones a los Derechos Humanos de la procuraduría de la Nación. El funcionario nacional afirmó que así como ellos habían llevado la escarapela con un lazo negro durante los juicios anteriores, quienes venían a un juicio por sus familiares tenían derecho a sus símbolos. Eso desató una batahola de insultos en la sala donde todos gritaban: los imputados desde su jaula de cristal, y desde arriba el público que, en su mayoría, les coreaba “asesinos”. Al juez Jaime Díaz Gavier le costó recuperar la calma de la convulsionada audiencia inicial, y tuvo que amenazar varias veces con desalojar el recinto. De hecho, una docena de policías fueron retirados a la sala contigua donde pudieron seguir el proceso por un sistema cerrado de televisión. La primera batalla. Luego de un cuarto intermedio, diz que por “problemas de sonido”, el juez resolvió la cuestión a favor de la permanencia de las fotografías de los desaparecidos y los claveles, ni bien terminó de escuchar los alegatos de los querellantes Marité Sánchez y Miguel Ceballos quienes, entre otros, coincidieron que “exhibir los rostros de quienes fueron torturados y asesinados no es una provocación, sino un modo de que esas personas que no están vivas para defenderse puedan estar presentes”. Cuernitos desde Ezeiza.  En tanto, y aprovechando la situación de descontrol, el represor Héctor Pedro Vergez, a quien se le conocía en los campos de concentración como “Vargas” entre otros apodos, le hizo en tres oportunidades señales de cuernitos al Tribunal y al público justo detrás de la silla donde, en su ya habitual pose paquidérmica, estaba sentado Luciano Benjamín Menéndez. Su colega Ernesto “Nabo” Barreiro no pudo (ni quiso) ocultar su sonrisa. Fue entonces cuando el abogado querellante Claudio Orosz sin perder la calma afirmó: “Lo que está haciendo ahora, habla mal de él. Lo que hizo antes, se juzgará aquí” En tanto que el juez Díaz Gavier les advirtió que si bien él no había visto las señas de Vergez, sí las habían visto otros funcionarios del Tribunal, por lo cual si se repetían, los desalojarían a ellos también.   No dar la cara.  La valentía de estudiantina de los represores había comenzado desde el mismísimo inicio de la audiencia, lo que hace presumir el ánimo de embarrar la cancha con la que entraron a este proceso judicial. A las 11,20: cuando los fotógrafos ingresaron con los flashes de rigor –se sabe desde los tres juicios anteriores que literalmente se sienten “acribillados” por las cámaras- , cuatro de ellos se cubrieron las caras con libros y hasta con una revista: El negocio de los Derechos Humanos; La Tablada; El Vietnam argentino; Los traidores y la revista Sur, que dirige el periodista Hernán Vaca Narvaja, cuyo título de tapa criticaba al mismísimo Tribunal. Voces.  Emi D’Ambra, de Familiares de Desaparecidos,  a punto de entrar a la sala de audiencias dijo sentir “una doble sensación de alegría y de tristeza. Pero también una enorme confianza en la Justicia. Por fin llegamos a este día”. En cuanto al represor que se suicidó su queja se pareció a las de muchos de los asistentes a la primera jornada de este juicio: “Lamento profundamente esa frase que repiten. Esa en que dicen que fue en ‘un confuso episodio´. Yo creo que tienen que investigar. No puede ser que un repres