Revista Viva, domingo 8 de mayo de 2011.

Miguel Hugo Vaca Narvaja:

En el nombre del padre

 

Miguel Hugo Vaca Narvaja junto a su padre que fue fusilado en un simulacro de fuga el 12 de agosto de 1976. Fotos, Marcelo Cáceres.

 

Por Marta Platía

 

Miguel Hugo Vaca Narvaja tiene 44 años, casi un metro noventa de estatura, el porte de un espadachín de novela de caballería, y una historia familiar atravesada por los años más duros de la historia argentina.

Cuando apenas había cumplido nueve, su abuelo y su padre, de quienes lleva idéntico nombre por ser el primogénito, fueron secuestrados, torturados y asesinados por el terrorismo de Estado de la última dictadura militar.

Junto con otros veinticinco miembros de su familia, encabezados por la abuela-matriarca Susana Yofre, el pequeño Hugo supo temprano lo que significaba “pasar a la clandestinidad”, huir en medio de la noche “porque era una cuestión de vida o muerte”, y pedir asilo en México: donde vivió hasta el regreso, “el mismísimo día de octubre en que Raúl Ricardo Alfonsín ganó la presidencia”.

El año pasado, y en una estremecedora parábola del destino en el que tal vez, como escribió Jorge Luis Borges, el rigor ya había tejido la madeja, Hugo Vaca Narvaja defendió como abogado la causa de su padre fusilado en el juicio que se les llevó en Córdoba al ex dictador Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros 29 represores acusados por delitos de lesa humanidad.

“Nunca imaginé que algún día iba a estar sentado frente a un tribunal representando a mi padre y a otros 14 asesinados en la misma cárcel en la que él estuvo (la llamada Unidad Penitenciaria 1, UP1, en el barrio San Martín de Córdoba). Fue de ésas vueltas de la vida que no te esperás. Pasó que María Elba Martínez, una de las abogadas decanas de éstas causas en Córdoba, me pidió ayuda. Soy abogado y ahí estuve. Ella es una Quijote y yo fui su orgulloso Sancho Panza”, dice de un tirón.

Vaca Narvaja habla rápido, pero con voz suave y firme. Mientras desgrana un relato de ésos donde el nosotros supera al yo, sus enormes manos parecen fagocitarse cada uno de los pocillos de café que se bebe en dos sorbos. Y cuenta que quien lo conoce sabe de la paradoja: que él nunca quiso ser abogado.

-¿Cómo es eso?

-Quería ser biólogo marino como Jacques Cousteau. Bucear en los mares del sur o en el Caribe. Pero –bromea– la vida me puso otros especímenes para investigar… ¿Sabés? Mi madre siempre me cuenta que mi vocación de abogado nació por la negativa. Que cuando aquél 23, 24 de marzo invadimos como familia el Consulado mexicano, los militares y la policía rodearon el edificio armados hasta los dientes. Eramos veintiséis en total. Como nuestros mayores tenían miedo de que dispararan, a los trece chicos nos protegieron debajo de una mesa. Ella dice que ahí tuve un ataque de nervios. Que gritaba y pataleaba: no voy a ser abogado, no voy a ser abogado. Parece que relacionaba la profesión de mi padre con lo que nos pasaba.

Lo que les pasaba: su papá, Miguel Hugo Vaca Narvaja, de 35 años, apoderado del Peronismo Auténtico y defensor de presos políticos, había sido secuestrado por una patota a plena luz del día en las escalinatas de los tribunales cordobeses el 20 de noviembre de 1975. Lo torturaron en las mazmorras del Cabildo histórico de Córdoba, la “D-2”, y una semana después su destino fue la UP1 donde, por su apellido (era hermano de Fernando Vaca Narvaja, uno de los jefes de Montoneros), lo sometieron a sesiones extras de tormentos. Lo llevaron al muere el 12 de agosto de 1976 junto con otros tres compañeros: Higinio Toranzo, Gustavo de Breuil y el sobreviviente Eduardo Alfredo de Breuil, a quien los militares dejaron vivo para que volviera y contara a los demás detenidos “lo que les esperaba a todos”.

Pero meses antes del fusilamiento, y cuando la familia aún no se reponía de la detención de “Huguito” –como le llamaban al joven abogado que había sido Procurador del Tesoro del gobierno Ricardo Obregón Cano– el zarpazo se repitió aún más feroz: en la madrugada del 10 de marzo de 1976, un comando militar entró reventando puertas y ventanas en la casona del abuelo, Hugo Vaca Narvaja, en Villa Warcalde.

El hombre había sido ministro de gobierno de Arturo Frondizi, y dos veces presidente del Banco de Córdoba. Sabía que algo podría sucederle y, previéndolo, le dejó una carta a la esposa: “Deberás poner freno a tu propia reacción, entregar tu dolor como un tributo a la pacificación general, templar los sentimientos. Que mi muerte sirva para algo en el tiempo, pero que jamás se convierta en factor de represalia”. (*)

Se cree hasta hoy, que fue su cabeza la que arrojaron, envuelta en una bolsa de naylon, en las vías del ferrocarril Belgrano de la capital cordobesa.

Susana Yofre, su esposa y madre de sus 12 hijos, tomó una única decisión por todos: “Esto es cosa de vida o muerte, nos vamos”, les dijo a sus nueras y al resto de la prole. “Tuntuna”, como la bautizó su primer nieto, jamás pudo despedirse de quien fuera su hombre durante 36 años, y tuvo además que superar el desgarro que le significó dejar a su hijo Hugo aún preso en la UP1.

-¿Cómo se enteraron de la muerte de tu padre?

-La “Tuntu” y mi madre –Raquel Altamira— nos reunieron en un cuarto del hotel “San Diego” donde el gobierno mexicano nos había asilado hasta que consiguiéramos dónde vivir. Alguien las había llamado por teléfono desde Córdoba al día siguiente del fusilamiento. Habían leído (el diario) La Voz del Interior, donde los militares publicaban los supuestos enfrentamientos en los que mataban a los presos. Decían que mi padre había intentando fugarse (en juicio, el testigo sobreviviente relató que a todos los llevaron atados de pies y manos, y que los fusilaron tabicados y maniatados). Cuando nos dijeron que lo habían asesinado, no dije nada y me fui del cuarto. Es mi madre la que me recuerda lo que pasó después porque yo lo tengo borrado: dice que no lloré, pero que tampoco hablé con nadie durante varias horas.

Hugo tiene dos hermanos: Hernán, periodista, y Carolina, artista plástica. “A mí me tocó defender la causa de mi padre en juicio porque de los tres soy el que siguió Derecho. Pero Hernán y Carolina lo hacen cada día desde sus propias trincheras” arguye, serio, este hombre que siempre asistió al juicio acompañado por su padrino Gustavo: uno de los once hermanos de su padre, entre los que también se cuenta la actual embajadora en México, Patricia Vaca Narvaja.

Jueves 24 de noviembre de 2010. Treinta y cuatro años después de aquél pataleo debajo de la mesa del consulado mexicano, HugoVaca Narvaja pareció alcanzar uno de los picos de su vida: esgrimió, como abogado querellante, su alegato final contra Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y una veintena de asesinos.

Repasó la historia del Ejército argentino desde lo que se llamó la Conquista del Desierto; la represión a las huelgas obreras de la Patagonia; hasta llegar al de la última dictadura: ese ejército golpista tan afecto al terror –“esas bandas que salían disfrazadas de noche”, según lo describió el propio Alejandro Agustín Lanusse en el Juicio a las Juntas de 1985–, y tan lejano a los de San Martín, Belgrano o Güemes.

La fuerza de su texto fue tal, que a la salida de la sala familiares, amigos y el público de la audiencia coreó su nombre como si estuviera en un estadio.

Fue entonces cuando los casi dos metros de “Huguiiiito”, como le cantaban, por fin se deshicieron en en llanto. Su esposa y el mayor de sus tres hijos, asomaban emocionados entre el enjambre de abrazos. Era imposible escapar a la sensación de que algo en la historia de este hombre y de su familia, acababa de cerrarse en un perfecto, restallante círculo de justicia.

A su turno, y en sus últimas palabras antes de que el 22 de diciembre lo condenaran a prisión perpetua en cárcel común por delitos de lesa Humanidad, el propio Videla se quejó. Dijo que “el alegato del doctor Vaca Narvaja, fue de un peligroso revisionismo histórico”.

-¿Qué significación tuvieron esos dos días?

-La jornada del alegato tuvo una gran carga simbólica. Porque como hijos, como personas, a pesar de todo lo que nos hicieron no pudieron arruinarnos la vida. Nuestros mayores no nos criaron en el odio, así que pudimos desarrollar carreras universitarias y formar nuestras familias. Sentí también mucho agradecimiento hacia Néstor Kirchner, porque gracias a él hubo un giro copernicano en todo este tema desde 2003 y por eso, y por la acción del juez español Baltazar Garzón, que nos visitó durante el juicio,estábamos ahí. En cuanto a lo que dijo Videla, para mí fue como recibir un Oscar. Que él critique mi alegato, quiere decir que lo que escribí tuvo la dirección correcta.

-Sin embargo, el fin del juicio no fue todo lo satisfactorio que esperabas.

-No. En realidad fue un golpe terrible. Los tres principales acusados por el asesinato de mi padre, Higinio Toranzo y Gustavo de Breuil quedaron absueltos y, a mi entender, impunes: (Osvaldo César) Quiroga, Víctor Pino Cano y (Pablo) D´Aloia. En el caso de éste último lo esperábamos, ya que el fiscal había pedido su absolución. Pero no la de Quiroga. El Tribunal arguyó que este militar no pudo ser tan tonto como para firmar un documento en el cual quedaba asentado que él los trasladaba hacia la muerte. Incluso llegaron a decir, en los fundamentos del fallo, que tal vez no sabía que los iban a matar. Y eso no es cierto. Todos en la UP1 sabían qué pasaría con ellos. Mi padre llegó a decirle a (Enrique) Asbert (actual legislador provincial): “Turco, velame en vida porque soy boleta”. Antes de que se lo llevaran, dejó a los compañeros su campera: un bien muy preciado dentro de la cárcel para protegerse del frío y de las golpizas. Y hasta escribió cartas para mi madre y nosotros. ¿Cómo se puede decir entonces que Quiroga no sabía que los trasladaba hacia la muerte y que no hubiera sido tan tonto como para autoincriminarse?

La respuesta le surge, como a otros observadores del juicio, en una sóla palabra: impunidad.

“Ellos pensaban que eran intocables – dijo a Viva Sonia Torres, presidente de Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba–. Nunca pensaron que los juzgarían. Nunca se privaron de la burocracia de anotar todo. En los campos clandestinos de tortura llevaban prolijos apuntes de lo que hacían”.

De allí que Vaca Narvaja, María Elba Martínez y los dos fiscales del juicio, Maximiliano Hairabedián y Carlos Gonella, coincidieron en apelar ante la Cámara Nacional de Casación Penal ésa parte de la sentencia del Tribunal Oral Federal Nº 1, que presidió el juez Jaime Díaz Gavier.

En sus escritos, todos señalan que “por lo menos a Quiroga debieron darle prisión perpetua por el delito de participación necesaria”. Hairabedián le apuntó a la paradoja de que “la firma, que para uno fue garantía de inocencia, para otros fue sinónimo de culpabilidad”, por lo que los jueces incurrieron “en una seria contradicción”.

Vaca Narvaja, implacable, va aún más allá: “Yo creo que en el caso de Quiroga hubo un desvío intencional del Tribunal para beneficiarlo. ¿Por qué? Habrá que investigar. Pero también pienso que en cierta forma, se concentró toda la responsabilidad en Videla y Menéndez y se elude la complicidad que tuvieron sectores de la propia Justicia, la Iglesia, empresarios y políticos. Falta tanto por hacer…”, suspira.

Heredero de una historia personal atravesada por la del país, el último de la estirpe en llamarse Miguel Hugo –“mi primogénito lleva otro nombre, con mi esposa no quisimos imponerle un condicionamiento”–, Vaca Narvaja sigue peleando cada uno de sus días en el nombre del padre. Su cotidianidad se lo recuerda. Por otra ¿coincidencia? de un destino que parece hecho de espejos (otra vez Borges), trabaja en la Procuración del Tesoro de la Provincia como alguna vez lo hizo su progenitor.

-¿No es demasiada carga? Es como si la senda ya hubiese sido trazada…

-Es lo que me toca y lo asumo. Aunque sí –sonríe como para descomprimir o feliz de que la entrevista termine–, hubiera sido más placentero ser Jacques Cousteau. Pero nací en la Argentina y aquí la aventura es tratar de ver debajo del barro.

Hugo Vaca Narvaja en Tribunales. Foto: Marcelo Cáceres.

(*) Texto citado en la revista El Sur, abril de 2011, por el periodista Hernán Vaca Narvaja a propósito de la muerte de la abuela, Susana Yofre de Vaca Narvaja a los 94 años de edad.

 

 

 

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Clarín, martes, 17 de julio de 2007.

 

Cumple 75 años Quino, un pensador que hace historietas 

Se tomó un año sabático y ahora dice que no trabajar le hace mal. Y que sigue siendo socialista.

Quino y Mafalda

 

Por Marta Platía.

El Quino, así, con el artículo antes de su nombre, cumple hoy 75 años. Y aunque haya quienes pataleen ante el altar de la gramática, el uso del artículo viene a cuento de que este mendocino hijo de andaluces y huérfano precoz, los anticipa a los nombres de los que quiere y conoce, tal como también ocurre aquí en Córdoba.

-Che, contáme qué sabés del Crist¿vendrá esta noche a cenar?, interroga antes de un abrazo de oso en el Museo del Barrilete en la costanera cordobesa donde se ha montado una extraordinaria muestra sobre Mafalda.

Allí le hizo frente a un centenar de chicos que lo interpelaron, sin saberlo, sobre una de las “mujeres más influyentes el Siglo XX en la Argentina”. Aunque nunca haya llegado a mujer. Y a pesar de que su esencia humana esté hecha de tinta china.

-Si Mafalda estuviera ahora acá,  se le animó una nena, ¿iría a un Mc Donald’s o tomaría la sopa?

-Se resignaría a la sopa. Contestó  riendo detrás de sus anteojotes blindados. Todos aplauden. Y los adultos aún más: le agradecen la coherencia de esa hija que le nació en 1964, y con la que crecieron y compartieron ideales y broncas, la mayoría tan vigentes como entonces.

Esa Mafalda que Quino se negó a venderles a los de una petrolera que la quería en un aviso, “porque mirá si se las voy a dar cuando ella siempre anduvo despotricando contra las multinacionales”. O a una marca de caldos, con los que jamás hubiera cometido una doble traición: “Según ellos, a la Mafalda le gustaría ahora la sopa, pero sólo de su marca. ¡Ni por toda la plata! Me da tanta rabia que me propongan estas cosas, porque me da la sensación de que no entendieron mi trabajo, o lo que es peor, sí lo entendieron y no lo respetan” contó luego, todavía indignado.

Pero en la cima de sus enojos están George Bush (“nunca falta alguien que sobra”); la invasión y la matanza en Irak; la caída de las Torres Gemelas, y las pesadillas cotidianas de un mundo “donde los poderosos siguen sometiendo a los más débiles y hay muertos de primera y segunda clase”. La obsesión de un artista que, como lo definió Tomás Eloy Martínez, “en los años ´60 era Chéjov y a medida que se vuelve más Quino, también se vuelve más Kafka en una incesante Carta al Padre”.

Sí, el Quino se fue volviendo más y más negro en las obras de arte que publica en la revista Viva desde 1980.

Y si Dios tira pizzas a la Humanidad; mientras en el Tercer Mundo los hambrientos se alegran; los poderosos se ofenden por el trato igualitario. Y si hay un asalto a una viejecita, seguro que el ladrón conoce al policía y ambos al juez que los juzgará. Y así. Parábolas de un estado en emergencia permanente. Nada menos que el reflejo y la densidad de lo que muchos prefieren no ver.

Un Quino filosofando en el blanco y negro de un planeta que se suicida: “Seguimos construyendo la destrucción del Futuro. Rogamos sepan disculpar las molestias” leen, en una de sus viñetas, un hombre y un chico en el cartel de una gigantesca fábrica que lo contamina todo.  Abismos cavados por su propia genialidad que lo llevaron a tomarse un año sabático “para pensar, para reinventarme, para ver si puedo sacar de mí una nueva forma de expresión sin abandonar mis temas”. O “los” temas: la vida, la muerte, el amor, la corrupción, la guerra, la mentira, y la explotación de los hombres y la naturaleza.

-¿Y cómo se siente sin trabajar?

-Mal. Angustiado. No sé qué hacer conmigo. He trabajado sin parar desde siempre y ahora siento un vacío enorme.

Bebe un sorbo de vino tinto y pide una sopa de verduras. Sin sal, ruega, con su voz casi inaudible pero firme. Es que el corazón, el colesterol, la vista… Vos sabés, me dice sumando con los dedos. Y, para ahuyentar por unos momentos al hombre frágil que lo habita, habla con pasión del cine. De los maestros “Bergman, Fellini y de este mexicano que hizo Babel, que me pareció mejor que la alemana La Vida de los Otros; sólo que creo que la eligieron (para el premio Oscar) porque hacía quedar mal al socialismo”.

Es que Quino sigue siendo socialista. Aunque no le guste nada cómo lo aplicaron. Argumenta que “si al cristianismo le llevó tantos siglos imponerse, setenta años en la vida de una idea no es tanto. En algún momento se la aplicará como corresponde”.

Poniéndose su campera clara “para esconder las alas”, diría Miguel Rep; el Quino se va. A ordenar Guernicas; a dibujar a Dios padeciendo su Creación. A cuidar de esa mezcla de sabio etéreo y pleno de sentido común que es. El dueño de la mirada que creó un universo con seres e ideales que nos preñaron el alma para siempre.

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Clarín, domingo 2 de octubre de 2011.-

Salustiano Delgadillo: el obrero que cayó desde un piso 12

 

Construcción

 

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

Después del accidente, del milagro de saberse vivo a pesar de haber caído desde un piso 12 de un edificio en construcción, a Salustiano Delgadillo, un obrero boliviano de 30 años y papá de tres hijos, le duele más la incertidumbre de quedarse sin trabajo que los dolores de su cuerpo.

“Yo le pido al Dios que como me salvó de morir; que me saque adelante ahora… Si yo estoy en cama, si no puedo volver a trabajar ¿qué va a ser de mis hijos? ¿cómo voy a pagar el alquiler?”  sufre el hombre, en el susurro que le permite el aire de su pecho “que también duele”.

Y no es para menos: Salustiano, “yesista de oficio”  voló, en caída libre, más de 36 metros hasta estrellarse en la vereda de la calle Ayacucho al 160, en pleno centro cordobés, frente a la Muncipalidad de Córdoba.

Su cuerpo dejó un hueco -todavía visible– en la “bandeja de protección” hecha de tablas anoréxicas frente a lo que será un coquetísimo edificio. En uno de los bordes de ése hueco, habría pegado la nuca del obrero. Un golpe que le ocasionó la fractura del hueso occipital que luego le diagnosticaron los médicos. Esa fue su peor herida. Una que podría haberle costado la vista, pero no.  Salustiano, el yesista, “tuvo a Dios de su parte” y, paradójicamente, no hubo necesidad de enyesarle  ningún hueso. Los hematomas tienen el monopolio de su metro sesenta y pico: los tiene por dondequiera que se le busquen. O se lo mire.

-Nosotros sabemos que fue un milagro del Dios. Que no era su hora y estamos agradecidos -le repite a Clarín su esposa Olimpia, mientras sostiene en brazos al bebé Kevin, de 8 meses–. Nadie sobrevive cuando se cae de ahí arriba. Nadie.

Salustiano la escucha y la sigue con la mirada. En una pequeña habitación vacía –de las dos que alquilan en el patio trasero de una casa de barrio San Roque–, y con el cuerpo recostado sobre el colchón de una plaza que la familia tuvo que “salir a comprar de urgencia para que tenga la espalda derechita”, el obrero cuenta su vida.

Que llegó a Córdoba en 2003 desde su Cochabamba natal; que fue “antes de que el Evo fuera presidente”; y que meses después “recién” pudo juntar la plata para traer a su esposa y a la hija mayor, Nilda, de 9 años. Que John, de 6, y el bebé  les “nacieron acá”. Que son argentinos, y que no: que “nunca pero nunca” hablan los obreros –en las alturas de los andamios– de los que caen y mueren.

“Lo escuchamos, lo leemos en los diarios. Nos duele. Pero tratamos de olvidar. No podríamos subir todos los días si nos acordáramos de lo que les pasó. No podríamos vivir así”.

Así: sin cuerdas o arneses que los sujeten a la vida. Que los salven de la muerte. De cara a la desidia de empresas constructoras; de la falta de controles estatales.

Peléandose con su propia angustia,  Salustiano revive entonces, con los ojos muy abiertos, lo que le pasó el viernes 23 de septiembre: “Llegué a las ocho. Quise pasar por una puerta pero estaba cerrada con unos tachos que no tenían que estar ahí… Salí por otra (cerca de la cornisa). Pisé, pero había un caño… Me resbalé y caí… Me acuerdo del aire… Después nada más. Me desperté en el Sanatorio (Allende)”.  Pero la memoria de su cuerpo es implacable: ni bien deja de hablar, tiembla entero. El hombre no puede parar de llorar  hasta que las caricias de John y Nilda lo rescatan de su propio relato. De lo que podría haber sido y no fue: la muerte.

-¿Sabe? Estoy feliz de estar vivo, pero tengo miedo por mí y por ellos. Conmigo a acá en cama ¿quién va a traer la plata? ¿Cómo vamos a comer?, se preocupa.

-¿Cuál es su situación laboral? ¿Está en blanco o negro?

-Desde 2005, trabajo como yesista  en una empresa (Arturo V. Pucheta). Me contratan en blanco cuando hay trabajo. Pero cuando no hay, salgo a buscar changas de albañil. Mi sueño era levantar mi casita, viajar a Cochabamba a ver la familia que está allá… Pero ahora tengo miedo de que por esto que me pasó no me llamen más.

-¿Como una especie de castigo por haberse caído?

– Usted sabe cómo son las cosas… Los obreros somos obreros, nada más. Agradezco al Dios la vida. Pero ¿qué va a pasar cuando ustedes (los periodistas) ya no estén, y este milagro mío se les olvide?

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Publicado en Viva, el domingo 16 de julio de 2000.

 

Alberto Granado y Ernesto “Che” Guevara:

 

Un largo viaje hacia los ideales

 

Por Marta Platía.

“En realidad, Ernesto empezó siendo el amigo de Tomás, mi hermano menor. Ellos iban a la secundaria en el colegio  Deán Funes, cuando empecé a conocerlo, en 1942. Juntos me llevaban comida a las comisarías cuando me agarraba la  poli en alguna revuelta estudiantil” cuenta, con deleite, Alberto Granado, 78 años, más conocido como “el amigo del Che”.

El hombre que viajó con Ernesto Guevara de la Serna por toda Latinoamérica en 1952, a bordo de La Poderosa: una raquítica motocicleta Norton que los llevó en su primer tramo desde Córdoba a Venezuela.

Nacido en Hernando, en plena pampa gringa cordobesa, Granado es bioquímico –ahora jubilado—y vive en Cuba desde el triunfo de la Revolución. A pesar de los casi cuarenta años que lleva en la isla, nunca perdió su tonada cordobesa.

De visita en Córdoba, invitado por una universidad, Alberto Granadoaprovecha su estadía para recordar al Che, su mejor amigo, su “único amigo del alma”.

“Nosotros siempre fuimos cordobeses hasta los huesos. Ernesto decía que su nacimiento en Rosario (en 1928) fue accidental, porque sus padres estaban de paso. Y a los dos años ya vivía acá, en Córdoba, porque era asmático. Así que, como buenos cordobeses, nos llamábamos con sobrenombres”, explica Granado.

“Ernesto me decía Petiso, o Mial, porque mi abuela me había bautizadoMialberto, así, todo junto. Yo a él le decía Pelao, porque de chico usaba el pelo cortadito al ras. O Fúser, porque cuando jugaba al rugby el tipo venía corriendo como un loco y gritaba: ¡Aquí viene el furibundo Serna! , y daba unos tackles increíbles para su físico de muchacho asmático. Como furibundo Serna era muy largo,  nos quedó Fúser”, revela Granado.

“Yo le llevaba seis años a Ernesto y eso es mucho cuando un pibe tiene 14 y otro 20. Así que me convertí en una especie de hermano mayor”. Granado cuenta que “el primer enganche” entre los dos se dio por el rugby y la literatura: “Como Ernesto tenía asma nadie lo quería en el equipo. Yo lo dejé entrar al mío. Era muy delgadito. Además, me impresionó su valentía casi suicida en los tackles, y me terminó de deslumbrar cuando hablábamos. El tipo, con la edad que tenía,  había leído mucha literatura. Eso nos unió”, recuerda.

Desde entonces fueron amigos inseparables. Cuando Alberto empezó a trabajar como bioquímico en el leprosario de San Francisco del Chañar, el Fúser hacía 100 kilómetros a dedo o en bicicleta sólo para estar con él.

“Nos encantaba tomar mate bajo los árboles. Nos llevábamos bien hasta en los silencios. Sólo una vez nos peleamos como locos”, rememora Granado.

La pelea fue por una mujer. Sólo que no en el sentido que puede suponerse: “En el leprosario había una chica preciosa que estaba internada. Tenía máculas de lepra (manchas sin sensibilidad en la piel) en la espalda, muy avanzadas, pero ella se ponía camisas que se las cubrían y sólo se veía su cara bonita. Siempre les decía a los visitantes que estaba sana. Y me acuerdo de que, coqueteando, lo convenció a Ernesto de que no estaba tan mal. Para probarle que eso no era cierto, durante un examen en su espalda, le hinqué un alfiler en una mancha y ella ni se dio cuenta. Pero el Fúser, sí. Cuando ella se fue, casi nos agarramos a las piñas. ¡Cómo te volviste de insensible, Petiso!,me gritó furioso. Yo reconocí mi error y le pedí disculpas a la chica. Fue la peor discusión que tuvimos”.

Años después, Mial y el Fúser se subieron por fin a la moto. La idea fue de Alberto, que quería conocer Latinoamérica. Fue el 29 de diciembre de 1951. “Celia, la madre de Ernesto, estaba furiosa conmigo –se ríe Granado–. Es que yo le llevaba al nene antes de que se recibiera de médico. Me acuerdo que me dijo: Un título nunca estorba, así que vos, Alberto, sos el responsable de que vuelva. Durante el viaje, el Petiso era “el jefe” y el Pelao “el subjefe”. Así lo anotó el propio Che en su libreta de viaje. “Eramos caciques sin indios. Yo hacía las relaciones públicas, veía dónde íbamos a dormir, qué íbamos a comer. Ernesto arreglaba la moto. Cuando nos reencontramos en Cuba, muchos años después, y él ya era el Che, le dije: Acordate que yo soy el jefe, y él me dijo, muerto de risa: Noo, Petiso, ahora el jefe soy yo”.

Granado reconoce que, a la hora de enamorar chicas, era “contraproducente” viajar con “alguien tan alto y buen mozo”. Cuenta que “las minas se morían cuando lo veían entrar. Y ni qué decir cuando lo escuchaban hablar. Pero yo también tenía lo mío. Y las que no morían por él, bueno, ahí estaba yo”, se divierte aquél Mial, con la mirada brillante.

“Pero, la verdad, no estábamos tras las minas. Disfrutábamos de la gente, de conocer lugares. Y teníamos muestras diferencias. Mientras al tipo no le gustaba tomar, a mí sí. El Ernesto era muy poco fiestero. Le gustaba más charlar, y a mí me encantaba bailar. Ernesto era un troncazo”, dice, cordobesísimo. Y recuerda. Recuerda la vez que, a orillas del río Amazonas, en un leprosario donde trabajaron un tiempo, les hicieron una fiesta para festejarle el cumpleaños a Ernesto. “Como el Pelao tenía una batata y media en el oído para la música, me dijo: Petiso, pateame debajo de la mesa cuando toquen un tango, así saco a bailar a esa chica. La piba era una enfermera que estaba loca por él. De pronto, la orquesta tocó “Delicado”, que era un tema que le gustaba a la Chichina Ferreyra (la primera novia del Che) y yo lo pateé como diciendo ¿te acordás?. Pero Ernesto salió despedido creyendo que era un tango. Así que mientras todos bailaban suelto, él la tenía apretada a la enfermera que era un escándalo. Yo me maté de la risa”, cuenta, muerto de risa.

Llegaron a Venezuela el 14 de julio de 1952. Se separaron el 26 de julio de ese año. Ernesto volvería a la Argentina para terminar su carrera universitaria, como pidió Celia.

Alberto se quedó en Venezuela, trabajando en un leprosario. “Te espero, Fúser”. “Nos juntamos, Mial”, dicen que se dijeron.

Ernesto se recibió de médico y volvió a viajar por Latinoamérica, pero solo. Recaló en México donde conoció a Fidel Castro quien, exiliado de Cuba, preparaba la invasión a la isla que terminaría con el triunfo de la Revolución, el 1° de enero de 1959.

“El 26 de julio de 1960, cuando habían pasado ocho años de nuestra despedida, nos reencontramos en una Cuba triunfante”, recuerda Alberto. “Llegué con Delia, mi mujer, y dos de mis hijos, para verlo en el Ministerio de Industria. Un guardia me dijo que el comandante estaba estudiando matemáticas y que cuando estudiaba sólo Fidel podía interrumpirlo. Yo le dije: Dígale que está el Petiso Granado y vemos. Antes de que el tipo volviera, Ernesto apareció corriendo. Ya tenía esa melena y la boina. Era el Che. Me abrazó muy fuerte y me levantó en el aire. Después besó a mi esposa. Para mí, era el Ernesto que había viajado conmigo. Y siempre fue así”.

-En Cuba cuentan con asombro que el único que podía putear “al comandante Guevara” era usted…

-Sí, es cierto, pero también Camilo (Cienfuegos, otro de los líderes de la Revolución Cubana) lo cargaba. No lo puteaba, pero lo cargaba. Según los que lo conocieron a él y luego a mí, parece que había encontrado ciertas similitudes conmigo. Que por eso dejaba que Camilo fuera tan jodón. Le traía recuerdos. Además, por supuesto, lo quería muchísimo.

Alberto Granado, el Petiso, tampoco duda de cuál fue el peor día de su vida: “Cuando me llamaron para que identificara la foto del cadáver del Che. Cuando la radio anunció que lo habían matado en Bolivia, sentí un puñal en el pecho. Supe enseguida que era cierto”. El viejo Granado suspira, los ojos encharcados de lágrimas. Todavía. Reacciona: “Ahora que me estoy poniendo viejo, sueño con él. Pero no con el Che, sino con Ernesto. Con mi amigo. Con el de las charlas y los viajes. Hace poco fui invitado a Italia. Y en el avión me habían dado primera clase. Soñé que me cargaba. Así que ahora te mandás la parte, Petiso, ¿no?. Fijate vos, el tipo se me ha vuelto conciencia”, dice, y vuelve a sonreir.

(Nota al pie. En febrero y marzo de 1999, viví en Cuba. Había ganado un premio de periodismo que me permitió 14 días pagados en un hotel. El resto fue la hospitalidad de mi familia cubana: René Maresma Hernández, su esposa Nancy, y Lis, la hija de ambos:  una bellísima adolescente de casi un 1,84 metro de estatura. Con ellos llegué a la casa de Alberto Granado, en el barrio Miramar. Alberto me recibió con su inclaudicable tonada cordobesa y, durante quince días, hicimos un trato: “Vos me enseñás a manejar esta cosa (una vetusta computadora que le habían regalado) y yo te hablo de Ernesto”, me dijo.  Así, cada tarde, llegué a su casa a recibir mi parte del trueque entre mate y mate cebado por Delia, su mujer de siempre.

 

Alberto Granado, Cuba 1999. Foto: Marta Platía.


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Domingo, 6 de marzo de 2011.

 

Murió Alberto Granado, el compañero del Che en su viaje en motocicleta

 

Alberto Granado y el Che en la Mambo Tango, cruzando el Amazonas. EFE.

 

Marta Platía.

Córdoba. Corresponsal.

Su corazón de 88 años dejó de latir mientras dormía. Alberto Granado, el mejor amigo que tuvo Ernesto “Che” Guevara, el que en enero de 1952 invitó al futuro revolucionario a su viaje iniciático por Latinoamérica, “se nos fue para el silencio después de una noche de guarachear (bailar) de lo lindo”, contó a este diario con tono agridulce Susana Sanguinetti, su prima cordobesa de 70 años.

“Deliecita (una de los tres hijos que tuvo Granado) me dejó el mensaje en el contestador: Tía, no te aflijas, porque papá murió bien, muy tranquilito.Después hablé con Delia, su mujer. Estaba triste pero entera, como siempre”. Susana es, a partir de allí, una catarata de recuerdos. “Mi madre lo amaba muchísimo porque cuando el Alberto nació, su mamá se enfermó feo y ella, que tenía sólo diez años, le amacaba la cuna con un pie mientras hacía los deberes en Hernando”, el pueblo del sur cordobés donde ambos nacieron.

Siempre con el artículo precediendo al nombre, como se estila en Córdoba, Susana recuerda al primo y a su valentía: “Mire, él pudo haberse quedado tranquilo en Venezuela, en el leprosario de Maiquetía donde le iba bien y donde se quedó cuando llegó en julio de 1952. Pero tenía cepa de revolucionario y prefirió irse junto al Ernesto (el Che Guevara) a trabajar en Cuba”. Es entonces cuando la mujer respira profundo y refuerza lo que, siente, “debe” destacar en el día de su partida: “Todos en esta familia sabemos que Alberto tenía ideas de justicia social que le fue inculcando al Ernestito antes de engancharlo para llevarlo a ése viaje que era su sueño desde siempre. Ellos no pensaban la revolución de la misma manera, pero tenían claro que querían cambiar el mundo”. Es allí cuando la memoria de Susana se cruza con los diálogos que Clarín mantuvo con Alberto Granado en Córdoba y en La Habana : “Yo andaba loco por irme por Latinoamérica –memoraba orgulloso–, y cada dos por tres me metían en cana en alguna revuelta estudiantil. El Ernesto y el Tomás (su hermano) me llevaban comida a la comisaría. Eso hasta que un día lo pude convencer al Pelao(como también llamaba al Che) de que me acompañara”. El resto es historia conocida: el viaje les cambió la vida a los dos y a tantísimas otras personas en el Continente.

Alberto había nacido en Hernando, Córdoba, el 8 de agosto de 1922; y llegó a Cuba para quedarse el 23 de marzo de 1961. El propio Fidel Castro le encargó la fundación de la Universidad de Medicina en Santiago de Cuba, y el desarrollo de la genética animal.

Susana se ríe cuando repite la anécdota que su primo le contó “muchas” veces: “Cada vez que le preguntaba cómo es Fidel, él me contaba lo mismo: El tipo no duerme. Cuando estábamos haciendo esas vacas que daban como 400 litros de leche, el Fidel pasaba a la noche por la puerta de casa y me tocaba bocina y gritaba: ¿Qué estás haciendo, Granado? Y yo salía al balcón y le contestaba: ¿Y qué querés que haga? Estoy durmiendo. Me hacía bajar igual para conversar de los progresos. Eso era la revolución”.

Casado con Delia en Venezuela, ambos tuvieron tres hijos: Alberto, que es profesor de historia; Delita, economista, y Roxana, deportóloga. Con ellos, sus parejas y sus cinco nietos, Alberto Granado vivía en una casa del barrio Miramar, en La Habana , a pocos metros de la casa donde vive, aún, Aleida March de Guevara, la viuda de su amigo el Che.

Hasta allí llegué un día de enero de 1999. Cuando golpeé las manos en la vereda –porque ésa tarde al barrio le tocaba el “apagón” para ahorrar energía–, Granado se asomó y me invitó a subir con su tonada cordobesa y socarrona.

Entre mates me contó que el director Luis Puenzo le había regalado una computadora que estaba empeñado en aprender a usar.

El trato fue claro: “Vos me enseñás a usar esta cosa, y yo te hablo de Ernesto”, dijo. Tenía 77 años y la jovialidad de un treintañero. Inclinado sobre el teclado, y con sus dos dedos índices,  luchaba con un entusiasmo admirable contra los “shift-F 10” de los sistemas de entonces.

Una tarde llegó Ernesto Guevara (h) quien, viéndolo, desechó: No, eso no es para mí. E invitó: vente para un café. Miré a ambos. A “Ernestico” y su parecido físico con su mítico padre. Y a Granado, que seguía encorvado sobre la máquina, y la insultaba de vez en vez.

Había ido en busca del Che, así que la decisión no fue difícil.

Lo había encontrado, restallante y vital, en el tesón y la espalda de ese amigo suyo que nunca se rindió.

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Clarín, domingo 23 de julio de 2006.

 

DESPUES DE LA CUMBRE : EL CUBANO Y HUGO CHAVEZ VISITARON LA CASA DONDE VIVIO EL GUERRILLERO ARGENTINO

 

                       La tarde en que Fidel se reencontró con el espíritu del Che Guevara

 

Durante más de una hora recorrió la casa donde el Che vivió parte de su niñez.

EN EL MUSEO DE ALTA GRACIA. Chávez y Castro, ayer. Foto, Marcelo Cáceres.

 

Por Marta Platía 

Dicen que la mirada de águila de Celia de la Serna, la mamá del Che Guevara, lo dejó paralizado por un momento. Bella y aún desafiante desde una foto en blanco y negro, sus ojos parecieron escudriñarlo desde la profundidad de los tiempos. Y que fue allí, frente a esa mujer con los rasgos de su primogénito, cuando el líder cubano se detuvo pensando quién sabe qué.

“Ese fue el primer impacto de Fidel Castro aquí”, le dijo a Clarín, todavía sin poder creer lo vivido, Ada María Ventre, la encargada del Museo del Che Guevara. Es que ayer, al final de la Cumbre del Mercosur y luego de tres días de esperarlo sin resultados, todo Alta Gracia se despertó para verlo. Fidel Castro Ruz, que cumplirá 80 años el 13 de agosto, al fin visitó Villa Nydia: la casona que fuera el hogar donde creció Ernesto “El Che” Guevara, su primer comandante en la Sierra Maestra.

A bordo de un Mercedes Benz negro que trajo especialmente desde Cuba, Fidel Castro desandó los 37 kilómetros desde la capital mediterránea, y llevó como compañero nada menos que a Hugo Chávez.

Era la una y cuarto de la tarde cuando el presidente venezolano, con camisa roja; y Castro, con su habitual uniforme verde, bajaron del coche en medio de los aplausos y vivas de una multitud que los esperó durante más de cuatro horas bajo un sol ardiente, y detrás de las vallas que instalaron los servicios de seguridad caribeños y argentinos.

Apenas ingresó al jardín de los dos pinos, en la calle Avellaneda al 501, Castro no lo dudó un segundo y fue directamente a uno de los arcos de la galería de piedra, donde lo esperaba la escultura en bronce de un pequeño Ernesto, sentado y de pantalones cortos, mirando hacia la calle, como balanceando las piernas.

Esa era la foto. Ninguna otra. Fidel se paró a la derecha del Che niño y Chávez hizo lo mismo del otro lado. Cientos de disparos de cámaras obtuvieron la imagen que compitió con la fallida foto oficial de esta Cumbre.

Los dos entraron a la casa acompañados por cuatro de los amigos de la infancia del Che: Calica Ferrer, quien hizo el segundo viaje con Guevara por Latinoamérica y hoy vive en Buenos Aires; Enrique Martín, Ariel Vidosa y Alfredo Moreschi, que continuaron sus vidas a pocas cuadras de Villa Nydia.

Según Ferrer, “Castro y Chávez se llevan de maravillas y se desafían todo el tiempo a ver quién tiene la mejor memoria”. El hombre deslizó que “el Comandante siempre gana, aunque está claro que el tema del tiempo es algo que tiene muy presente”.

Entusiasmado y “todavía sin bajar a la Tierra”, Calica contó a Clarín que Fidel hasta le trajo “un chisme”. ¿La víctima? Alberto Granado: un amigo del Che, que aún vive en Cuba. “Me dijo que el Petiso anda recontra enojado porque el médico le ha prohibido el ron”, confió.

Luego, Calica resaltó “el humor” que une a Castro y Chávez. Con un Fidel “un tanto corto de un oído” —según deslizaron algunos—, las dos estrellas de la Cumbre jugaron una especie de adivinanza. Mientras el venezolano cubría con una mano las calificaciones de una libreta de medicina del Che, expuesta en el que fuera el dormitorio del joven Ernesto, Castro debía arriesgar en qué materia sobresalía su mejor guerrillero. “Parasitología”, arriesgó el cubano, entrecerrando los ojos y con tono triunfal.

Y, aunque acertó en ésa, no todo fue ganancia. La grieta llegó con el tema del tiempo. Castro porfió con Calica y hasta con Chávez, que “el Che era mayor que él”. Tanto empecinamiento sorprendió, pero ninguno se amedrentó a la hora de refutarlo: nacido el 14 de mayo de 1928, el Che era dos años menor. Y asunto terminado.

Una hora y diez minutos después, los dos salieron rodeados por un enjambre de guardaespaldas. Castro caminó hacia los periodistas. En el picado mar de las preguntas a los gritos, esta cronista —orgullosa hija de un papá siciliano y sordo— tuvo el reflejo de vocalizar una única pregunta que se imponía.

—¿Cómo se siente luego de visitar la casa del Che?

Entonces, un Fidel de ojos tan abiertos como atentos, entendió con la habilidad de quienes saben largo de leer labios. Y golpeándose el pecho del lado del corazón, el hombre—leyenda que abandonaba tal vez para siempre la casa de quien fue su mejor soldado, sólo repitió: “Con una enorme emoción, con una enorme emoción”.

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Lunes, 7 de marzo de 2011.

Echaron de la Iglesia al cura que apoyó la ley de matrimonio gay


Nicolás Alessio. Foto: Daniel Cáceres.

 

 

 

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

Nicolás Alessio, el cura de 53 años que apoyó con sus opiniones la sanción de la Ley del matrimonio igualitario, fue castigado con la expulsión de la Iglesia por la curia cordobesa, en un juicio canónico que no tiene antecedentes en ésta provincia ni por su velocidad, ni por la gravedad de su veredicto.

En la sentencia, que llegó a manos del sacerdote el 21 de febrero y hoy reproduce en exclusiva éste diario, el Tribunal Interdiocesano de Córdoba lo expulsó del sacerdocio y de la casa parroquial en la que vivió 27 años:

“El presbítero José Nicolás Alessio ha cometido rechazo pertinaz de la doctrina descrita (…) al sacramento del matrimonio y desobediencia al Ordinario (…). Ha divulgado por escrito y de palabra por los medios de comunicación en contra del magisterio eclesiástico. (…) Se le prohibe ejercer en público la postestad sagrada, es decir: celebrar la Santísima Eucaristía , oír confesiones, celebrar los demás sacramentos (…) y residir en la casa parroquial San Cayetano del barrio Altamira”.

-¿Esperaba usted semejante castigo?

-Estaba en el cálculo de mis posibilidades, pero no tan rápido ni con tanta dureza. Me han condenado y expulsado por opinar distinto. Y tenga en cuenta usted que esa misma Iglesia ni siquiera le ha puesto una sola amonestación a sacerdotes pederastas como el Obispo (Edgardo Gabriel) Storni, que vive cómodamente aquí en La Falda, en las sierras de Córdoba; o a (Julio César) Grassi: ambos con condenas judiciales por abusar de menores. Tampoco hubo sanción para (Christian) von Wernich, condenado por delitos de lesa humanidad. Da la impresión entonces que esta iglesia tolera a torturadores y violadores en sus filas; pero no a quien piense diferente y además se anime a decirlo en público.

-¿Por qué cree usted que es así?

-Porque el núcleo del poder en la Iglesia es y ha sido el ocultamiento. El “de eso no se habla”. Yo me animé a decir las cosas que creo que deben cambiar. Y eso se paga de ésta manera. Con la expulsión. Les molestó que hable porque la Iglesia es maestra en ocultar. En manejar la impunidad del silencio. Lo del matrimonio gay, encima, aborda un tema que les incomoda y está ligado a la sexualidad. Ellos siguen considerando enfermas o perversas a las personas gay.

-En octubre, cuando las discusiones eran acaloradas, usted tuvo opiniones muy fuertes en contra del cardenal (Jorge) Bergoglio…

-Es que faltaba que salieran a quemar gente. En esa carta que escribió a las monjas planteaba la lucha en contra “del maligno”, del diablo: como en el Medioevo. Todo en términos de Guerra Santa. Un retroceso increíble hacia la Inquisición. Impensable en pleno siglo XXI. Supe después que mis palabras fueron tomadas hasta por la presidente de la Nación.

-¿Y ahora cómo piensa seguir?

-Yo integro el grupo de sacerdotes tercermundistas “Enrique Angelelli”. Somos unos sesenta, entre sacerdotes en ejercicio con opción por los pobres, y sacerdotes casados. Creemos que otra Iglesia es posible. De hecho hemos tenido ejemplos en toda la Latinoamérica post Concilio Vaticano II: Angelelli, el obispo de Chiapas –don Samuel Ruiz García, quien murió hace pocas semanas, mediador entre el gobierno mexicano y los zapatistas–, Leonardo Boff en Brasil, son muestra de ello. Córdoba tiene en nosotros un movimiento vivo y, creo, único en su tipo.

Alessio dice estar tranquilo, aunque se nota su indignación por lo que considera una injusticia. Vive en una casa particular desde octubre del año pasado, y se gana la vida “como asesor en educación” del bloque de legisladores de Luis Juez.

-Lo que más nos preocupa ahora, es que el arzobispo Carlos Ñáñez  quiere arrasar con nosotros. En mayo reemplazará al padre Víctor Acha en la parroquia La Cripta , donde nos reunimos –y en la que antes ofició el también cura rebelde Guillermo Mariani, quien publicó un libro de memorias en el que confesaba haber tenido relaciones amorosas—. Quieren barrer con nosotros y la iglesia que nosotros representamos. Poner allí a un sacerdote de la línea oficial. Silenciar a los que opinamos diferente. La comunidad que nos busca allí y que sabe que desde hace años puede encontrar en ése sitio otro mensaje, ya nos está dando muestras de apoyo. Veremos qué sucede. Tal parece que la lucha continúa.

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Opinión:

“Es evidente que en esta Iglesia disentir es pecado”

Por Adrián Vitali (*)

“El padre ‘Pato’ tenía razón: es mas grave violar la fe que a una hija diez mil veces. Parece que este es el criterio para la Iglesia”. Con estas polémicas palabras contra las autoridades eclesiales y contra la afirmación del sacerdote mendocino que interrumpió un festival en Malargüe, Adrián Vitali arranca su ataque contra la institución a la que perteneció durante años.

Y sigue: “Después de esta divulgación autoritaria y patológica del sacerdote ‘Pato’,no hubo ninguna sanción eclesial, y si no la hubo es porque se esta de acuerdo; en ningún lugar de la Biblia se sostiene semejante definición de la fe”.

Hace poco más de un mes, el hombre recibió la autorización del Vaticano para casarse con su mujer, tiene dos hijos y un pasado como sacerdote. Ahora, disfruta de la tranquilidad de Río Tercero, donde pasa sus días con su familia.

Vitali dedica las palabras en consecuencia del caso Nicolás Alessio, el cura de 53 años que el año pasado apoyó con sus opiniones la sanción de la Ley del matrimonio homosexual y fue echado de la Iglesia por la curia cordobesa.

Se le realizó un juicio canónico que no tiene antecedentes en la provincia, ni por su velocidad, ni por la gravedad de su veredicto. En la sentencia, que hoy reprodujo en exclusiva Clarín, el Tribunal Interdiocesano de Córdoba le impide ejercer el sacerdocio y debe dejar la casa parroquial en la que vivió 27 años.

Esta misma Iglesia aún no inició -por el momento- un juicio eclesiástico contra Julio Grassi”, recuerda Vitali, irónico, en charla con Clarín. El hombre explica que el Código de Derecho Canónico es contundente al tipificar los delitos que se refieren a abusos sexuales cometidos por un sacerdote. Se especifica que “el clérigo que cometa un delito contra el sexto mandamiento del Decálogo, cuando éste haya sido sometido con violencias o amenazas, o públicamente o con un menor que no haya cumplido 16 años de edad, debe ser castigado con penas justas, sin excluir la expulsión del estado clerical cuando el caso lo requiera”.

El ex sacerdote recuerda también que aún no se avanzó en un juicio eclesiástico al ex capellán policial Christian Von Wernich, condenado en 2007 a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad. “Tampoco se tomaron medidas eclesiásticas con el arzobispo emérito Edgardo Storni, que debió renunciar en el 2002 a su cargo tras ser condenado por abuso sexual a seminaristas en el 2009”, explica.

Según el ex cura, el tribunal eclesiástico le impuso el castigo a Nicolás Alessio por haber echo pública su posición en contra del magisterio eclesiástico, pero también el padre ‘Pato’ hizo pública sus declaraciones heréticas sobre la fe y mostró abuso de la potestad eclesiástica al subir a un escenario para interrumpir un espectáculo.

“Esto es autoritarismo, creer que la Iglesia debe decir a la sociedad qué debe ver, escuchar, pensar y hasta sentir eso es escandaloso y es violento”, afirma. Y concluye: “El padre Pato y Alessio hicieron públicas sus declaraciones, a uno lo sancionan y al otro lo aplauden: es evidente que en esta iglesia disentir es pecado”.

(*)Adrián Vitali, un ex cura que recientemente recibió la autorización del Vaticano para casarse con su mujer, habló sobre el sacerdote que echaron por apoyar el matrimonio gay.

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Sonia Torres cumple 80 años en septiembre.

Una carta de una Abuela a su nieto desaparecido conmueve a Córdoba

Por Marta Platía.

“Querido nieto o nieta: Soy tu abuela Sonia. Hace tanto tiempo que estoy buscándote. Han pasado 33 años sin poder estar a tu lado en los momentos difíciles. Sin tu sonrisa, sin tus caricias (…) Mi deseo más grande es poder abrazarte (…). Este año cumplo 80 años y quiero festejarlos con vos. Hasta encontrarnos, te espero y te pienso. Tu Abuela Sonia”.

Estos son los párrafos fundamentales que Sonia Torres, la fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba, le escribe al nieto que busca desde que alguien “un alma caritativa” le tocó la puerta en una noche de invierno, avisándole que su hija, Silvina Parodi de Orozco, había dado a luz un bebé en las mazmorras de la cárcel del Buen Pastor, en pleno centro de la capital cordobesa. La carta se está difundiendo vía correo electrónico en Internet.

Silvina tenía sólo 21 años y un embarazo de 8 meses cuando fue secuestrada junto a su marido Daniel Orozco, el 26 de marzo de 1976. “Fue a las seis de la tarde –cuenta Sonia apretando los labios, y resoplando de vez en vez–. Los vecinos del barrio Alta Córdoba, donde vivían, dicen que pudieron escuchar sus gritos de dolor. Que la sacaron envuelta en una frazada. Tal vez para que no se le viera la panza de embarazada. Dicen que  escucharon los gritos de Daniel, y que los tipos que la metieron en uno de los cuatro autos, amenazaron con sus armas a todos los que salieron a ver”.

La última vez que Sonia la vio con vida, fue un día antes del golpe. “Yo tenía miedo por ella, porque militaba en el Centro de Estudiantes de la Universidad (Silvina, recién egresada del “Manuel Belgrano”, estudiaba Ciencias Económicas). Pero ella me dijo: “Quedate tranquila, mami. No tengo ningún miedo. No hice nada malo”.

Después, el dolor. La búsqueda desesperada de ésa hija que le heredó los ojos de cervatillo y la nariz aguileña. El reflejo de su propio miedo en los ojos de un puñado de mujeres que, como las almas en pena que eran, decidieron unirse “para no volvernos locas, para no aflojar”. Era octubre de 1977 cuando Sonia fundó en Córdoba “Abuelas de Plaza de Mayo”. Mucho más tarde llegó la intolerable certeza del asesinato de Silvina y la incesante búsqueda del bebé.

En 2002 ocurrió el grotesco de un juicio sin pies ni cabeza: Tránsito Rigatuso, un oscuro personaje de la derecha peronista que había sido el director del Colegio “Manuel Belgrano” y entregó al represor  Luciano Benjamín Menéndez –por entonces Jefe del Tercer Cuerpo de Ejército– las listas con los nombres de al menos 16 estudiantes entre los que figuraba Silvina; demandó a Sonia  por calumnias e injurias. La abuela lo había llamado delator en una entrevista. Luego de siete días de un proceso absurdo en el que el victimario acusó a la víctima, el juez Rubens Druetta no sólo absolvió a Sonia; sino que dejó acreditado que Rigatuso entregó a los estudiantes. ¿El delito? Pedían un boleto escolar. Fue la versión local de “La noche de los lápices”.

Desde entonces, la abuela que cumplirá los 80 el 2 de septiembre, dice que se muere de noche y resucita de día. Que “es la esperanza la que empuja”. Y que con ésa no se puede pelear. “A veces en la calle –cuenta mirándose las manos–, sigo a las chicas o chicos a los que les veo algún rasgo que me recuerda a Silvina o a Daniel. Les pregunto cómo se llaman, dónde nacieron… A veces les digo que soy de Abuelas y otras no. Pobres, pensarán qué vieja loca…”.

Ríe. Se echa para atrás en la mesa de café, y con la mirada más triste del mundo dice –en ese plural nacido del dolor y la valentía– que “eso a nosotras ya no nos molesta. Los hemos buscado en el jardín, las escuelas, las universidades. Ahora les pedimos a ellos que nos busquen. Todas sabemos que estamos en tiempo de descuento”.

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Publicada en la Revista Ñ, sábado 19 de abril de 2008.

 

Galeano, del otro lado del muro

El símbolo de este mundo es el muro, dice Eduardo Galeano antes de viajar a Europa para presentar su nuevo libro, Espejos. Años después de Berlín, se levantan otros: en los countries, en Cisjordania, en España y EE. UU. para contener a los pobres, a los inmigrantes, para “protegerse” de la realidad.

 

Por Marta Platía

EDUARDO GALEANO habló con Ñ en Montevideo de su vida y de su nuevo libro, en el que cuenta “algunas cosas no conocidas” de la historia universal.

Foto: Eduardo Grossman

 

 

 

 

 

El encuentro fue en su mesa de siempre del Café Brasilero, en la Ciudad Vieja de Montevideo. Allí, al lado de una ventana abierta de par en par, con el ruido de la calle, con la gente asomándose para saludarlo, Ñ dialogó con este hombre que ha escrito la historia latinoamericana del lado “de los que no salieron en la foto” y que ha influido en varias generaciones desde la aparición, en 1971, de Las venas abiertas de América latina. Un escritor de cuyos textos beben movimientos insurgentes como los zapatistas mexicanos. Recuperándose de un cáncer de pulmón, Eduardo Galeano recuerda y se recuerda. Y con él a Onetti, al Che, a Mao. Galeano celebra la vida y sus muchos nacimientos, y habla de Espejos: su última obra, antes de presentarla en Europa. Dice sobre el porqué de este libro:

El Siglo del Viento es el último de una trilogía que quiso abarcar la historia de América, Memoria del Fuego, en tres tomos. Este proyecto es más ambicioso porque se refiere al mundo. Y en un solo tomo, por lo cual la necesidad de contar mucho en poco espacio se multiplicó. A mí me produce un placer enorme ver el Universo por el ojo de la cerradura. O sea: aproximarme a la grandeza y el misterio del mundo desde las cosas chiquitas y cotidianas. Lo había hecho con América y estaba, desde hacía años, trabajando la posibilidad de hacerlo con el mundo entero. Un proyecto loquísimo, un delirio. Una cosa absolutamente imposible. Y bueno, eso se fue madurando en mí, porque los libros van creciendo dentro de uno aunque uno no quiera.

¿Tuvo algo que ver su enfermedad en ese proceso?

Sí, mucho. Me enfermé gravemente, tuve un cáncer… Pero ya ves, hierba mala nunca muere y estoy aquí charlando con vos tan campante. No pasó nada. Pero lo que pasó me tuvo fuera de circulación durante bastante tiempo. Un latifundio de tiempo. Nunca había tenido tanto tiempo para escribir. Y ahí fue que pude realizar este proyecto.

¿Cuánto tiempo estuvo fuera de circulación?

La operación, la quimioterapia, la recuperación y todo lo demás, como un año. Fue una desgracia que se convirtió en suerte, como ocurre, ¿no?, que la desdicha y la alegría se tocan. Entonces algo que nació de un infortunio, me abrió a mí las puertas de un libro que quiero mucho porque siento que pude no abarcar la historia de la Humanidad ni muchísimo menos, porque tampoco me lo propuse, sino ser capaz de contar algunas cosas que ocurrieron y que no son conocidas. Desde el punto de vista de los que no salieron en la foto. Desde el punto de vista de las mujeres, de los negros, de los indios, de los del Sur del mundo, de los chinos, de los árabes.

En una parte los nombra a todos como el diablo: el diablo es mujer, es negro, es indio, es gitano, es extranjero…

Sí, son demonizados. Hay una demonización de todo lo que a los amos del mundo no les conviene que se recuerde porque es una memoria viva que nos está diciendo que el mundo es mucho más que lo que parece, porque ha sido mutilado por la ceguera que el poder impone. Que en realidad el arco iris terrestre es infinitamente más bello y colorido que el arco iris del cielo. Y que estamos ciegos de él, porque a los dueños del poder no les interesa que seamos capaces de recuperar la totalidad de ese mundo mutilado.

Arranca con la Humanidad que nace en Africa, y termina con estos seres humanos que están destruyendo Irak… ¿Es un arco de evolución o de involución?

Es que la vida viene muy mezclada ¿no? Están todas las barajas. El nacimiento y la muerte son en el fondo dos nombres de la misma cosa. La vida es una contradicción incesante. Irak es el escenario de un exterminio escandaloso. Esto que están haciendo, esta guerra que ha implicado la destrucción de un país donde alguna vez ocurrió el nacimiento de la civilización.

Usted. nombra su escritura y cita una tablilla que dice “somos polvo y nada / todo cuanto hacemos no es más que viento”. Una tablilla que habría sido destruida…

Sí, lo que pasa es que fueron destruidas por los bombardeos, los robos, los saqueos. Mataron no solamente vidas humanas, sino también tesoros de la civilización muy importantes. En esa tierra hoy arrasada por una guerra más criminal que todas la guerras, porque nació de una mentira y mintiendo sigue, en ese lugar, nació el primer poema de amor de la historia humana. Que fue escrito en una de esas tablillas de barro y contó la historia de la noche de amor de un pastor y una diosa. La diosa inmortal y el pastor mortal. Pero los dos fueron inmortales mientras duró esa noche. Y ese poema de amor fundó la literatura del amor en la historia de la humanidad. Y nació en el mismo lugar donde ahora está ocurriendo esta infamia cotidiana, este horror espantoso a cargo de un sistema que está convirtiendo al mundo en un matadero y en un manicomio.

Walter Benjamin hablaba del ángel de la historia basándose en un dibujo de Paul Klee, y decía que el ángel de la historia volaba sobre los escombros tratando de rearmar los pedacitos para contar la historia de los que no fueron contados… ¿Se considera una especie de ángel de la historia?

En la versión del dibujo que Klee le regaló a Benjamin, el ángel está obligado a mirar hacia adelante. El viento de la historia lo empuja hacia adelante y es incapaz de mirar hacia atrás. Por eso Benjamin tenía mucho miedo de que los horrores de la historia pudieran repetirse. Porque si uno no es capaz de mirar hacia atrás, no aprenderá nunca a no tropezar con las mismas piedras. Pero en realidad la historia no se repite. La historia no tiene marcha atrás.

¿Qué marcas dejó el exilio en su vida y su literatura?

Para mí fue una muy buena experiencia. Nacida de una desgracia como esta enfermedad que al fin y al cabo desembocó en el libro. El exilio, también nacido de una penitencia, se convirtió en algo muy fecundo para mí. Me abrió muchos espacios. Me hizo conocer otros horizontes, me despejó mucho la mirada. A veces es bueno salir de la vida cotidiana y de las urgencias para poder ver el bosque en su totalidad. Tomar cierta distancia. Eso decía Paulo Freire. Para mirar de cerca hay que alejarse, decía. Y el exilio da esa perspectiva de distancia que cuando uno está metido en el baile de la realidad cotidiana de tu país no se tiene. Lo cual no quiere decir que yo en el exilio me haya dedicado a hacer una vida de hombre sentado. Actué, milité y escribí. “Memoria del Fuego” la escribí gracias al exilio al que me condenaron los militares.

¿La escribió en Barcelona?

Sí, en las afueras de Barcelona los dos primeros tomos. El último lo terminé acá, en Uruguay. El exilio nunca es un acto voluntario.Nunca. El exilio político en cierta forma está limitado a una minoría militante. Pero el exilio económico, que hoy castiga a millones de personas que deambulan por el mundo golpeando puertas, buscando casas, queriendo tierra, trabajo, no es un exilio voluntario. Se van empujados. Cuando el exilio ocurría al revés, o sea, cuando era el Norte del mundo el que derramaba población sobre el Sur, era la civilización que avanzaba sobre la barbarie sembrando a su paso cultura y felicidad. Pero cuando se da a la inversa y es el Sur el que invade el Norte con todas estas legiones de desesperados, resulta que es la barbarie al asalto de la civilización. Entonces surgen estos brotes racistas horrendos.

Ahora que somos nosotros los que necesitamos ir, hay muros, hay visas…

Los muros son símbolos de nuestro tiempo. El símbolo de este mundo en crisis. Jodido. Organizado contra la mayoría de la gente y contra sí mismo, porque estamos arruinando el planeta, la casa donde vivimos. Es un mundo cuyo símbolo perfecto es el muro. En primer lugar, los muros que en las ciudades están separando a los que tienen de los que necesitan. Al otro lado de los muros está la realidad de los demás.

Estamos los de afuera…

Los de afuera. Hay una minoría parapetada detrás de los muros para la cual la realidad es una amenaza. Pero esa realidad es la que sus propios privilegios generan. Ellos crean una sociedad injusta, y después se refugian en estas islas de felicidad artificial. Yo me crié escuchando sobre el muro de la infamia, de la vergüenza, que era el Muro de Berlín. Que ahora, visto a la distancia, queda ridículamente corto y bajo si se compara con otros muros de los que rara vez se habla. Por ejemplo el muro que Marruecos construyó que es infinitamente más largo que el de Berlín, dicen que casi tan largo como la Muralla China. Marruecos lo construyó para perpetuar su ocupación de las tierras saharauís. Tampoco se habla tanto del muro de Cisjordania, que Israel está construyendo para perpetuar su ocupación de las tierras palestinas. Tijuana: empezó siendo un murito pero ahora ya está siendo y creciendo hasta convertirse en el que probablemente será el muro más alto y más largo de la historia, y que los Estados Unidos construyen para impedir el paso de las personas en la frontera con México.

Y están las alambradas de Melilla y Ceuta…

Sí, los muros españoles para evitar la inmigración, que están sumándose a la lista de muros del mundo de hoy, que celebra el paso del dinero y de las mercancías, pero impide el de las personas.

Voy a pedirle que se recuerde a Ud. mismo en tres momentos: en China, escuchando a Mao; entrevistando a Pu-yi, el último emperador, en 1963; y en Cuba en el 64, hablando con el Che Guevara. Tres imágenes de esa etapa de su vida en la que tenía veintitantos años.

En Espejos algo puse sobre el emperador… Y Mao me impresionó mucho. Estuve en China muy jovencito. Nunca había salido de acá. Había ido a Buenos Aires una vez y nada más. Y Carlos Quijano, del semanario Marcha, donde yo trabajaba desde que era chico, me mandó a China… Era un salto. Estuve en China dos meses, y después en la Unión Soviética. En la entrevista con el emperador –el personaje de Bertolucci que yo conocí en persona– el intérprete era uno de estos traductores reciclados que habían pasado del ruso al castellano en poco tiempo, cuando las cosas comenzaron a ir mal con los rusos. Entonces al emperador, que era un oportunista, que había estado primero al servicio de los ingleses y después de los japoneses y se había hecho súbitamente marxista-leninista cuando los comunistas tomaron el poder, cuando le pregunté si él era miembro del partido, me dijo que no. Entonces le pregunté si le gustaría serlo y el intérprete dijo: “Dice que para él sería un grande horno” en vez de “un gran honor”. Pero el intérprete no era Freud (risas). De Mao lo que me impresionó fue verlo saludar a su propia estatua. En el desfile de la Revolución de Octubre yo estaba con los invitados extranjeros y lo vi de cerca, en acción. El saludaba con la mano a una estatua enorme, de muchos metros de alto que desfilaba en un carro con la mano igualmente alzada. Mao saludaba a Mao que desfilaba ante sus ojos. Era una escena reveladora del poder unipersonal y de la concentración de ese poder. El encuentro con el Che fue una suerte. La entrevista en principio debía ser de quince minutos, pero terminó siendo de tres horas. El Che me dio para publicar en Marcha, un texto que resultó fundamental después. Era El socialismo y el hombre en Cuba que es el texto más importante para entender el pensamiento del Che.

¿Hacia dónde cree que va Latinoamérica? ¿Cómo evalúa este momento?

Lo que me parece más importante es una energía de cambio que está expresándose desde abajo hacia arriba. Ayer, por ejemplo, recibí una carta muy linda desde Ecuador, de la gente que está trabajando en el nuevo proyecto de Constitución. Y están terminando de redondear la idea de incluir por primera vez en la historia los derechos de la Naturaleza. Cosa que hasta ahora a nadie se le había ocurrido.

¿Qué es la muerte para usted ?

Depende de la hora del día. A veces me angustia. A veces le tengo miedo. A veces me resulta indiferente, y otras veces, las más frecuentes, creo que la muerte y el nacimiento son hermanos. Que la muerte ocurre para que el nacimiento sea posible. Y que hay nacimientos para confirmar que la muerte nunca mata del todo.

¿Le temió a la muerte en el momento de su enfermedad?

No. Ya habíamos tenido otros encuentros. Estamos acostumbrados, somos íntimos.
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Galeano Básico

Montevideo, 1940. Escritor y periodista

Dirigió el semanario Marcha y en la Argentina la revista Crisis. En 1971 publicó Las venas abiertas de América latina, de enorme influencia en los movimientos insurgentes de la región. Después publicó Días y noches de amor y de guerra, la trilogía Memoria del fuego, El libro de los abrazos, entre otros. También recibió el American Book Award de la Universidad de Washington por Memoria del fuego, y los premios italianos Mare Nostrum y Pellegrino Artusi. Su último libro es Espejos. Una historia casi universal.

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Clarín, Domingo 2 de enero de 2000.

El nuevo Milenio: El escritor, que nació en 1894, vivió todo el Siglo XX y tiene planes para el futuro.

 

El hombre de los tres siglos

 

Es Juan Filloy, de 105 años. Al cumplir los 100 se propuso no morir hasta cruzar el umbral del 2000.

Por Marta Platía

Lo primero que hizo cuando abrió los ojos fue sonreír. De oreja a oreja. Victorioso. Al fin y al cabo, ayer, don Juan Filloy, el escritor cordobés de 105 años, vivió la primera mañana del tercer siglo de su vida. A las ocho y media en punto, vistiendo pantalones veraniegos y una remera juvenil, caminó hacia la cocina, donde Irma, su empleada desde hace no sé cuánto tiempo, le sirvió un café azucarado.Sorbiéndolo, don Juan supo que había ganado la apuesta que se jugó a sí mismo cuando cumplió los cien: ser un hombre de tres siglos que proclamó, jocoso, no morirse hasta cruzar el umbral del 2000.

Es que nací en el XIX, el 1 de agosto de 1894. Viví de punta a punta el XX y desde hoy ando husmeando el XXI, dice, y carcajea feliz, con deleite, haciendo retumbar su voz de trueno contra las paredes de su departamento blanco y repleto de sol, del barrio de Nueva Córdoba, a pocas cuadras del centro mediterráneo., confieso, da gusto mirarlo.

Es un privilegio disfrutar de su dicha, de su aplomo, de su brillante inteligencia que seguramente les hubiera inspirado relatos de asombro a sus amigos y colegas Julio Cortázar (que lo admiraba sin reparos) o al mismísimo Jorge Luis Borges.Porque en don Juan -como lo llaman los cordobeses- parecen fundirse en un solo, increíble ser, aquel legendario Funes, con su memoria de prodigio; y hasta el mítico Gilgamesh: el inmortal con el que Borges solía pasear por los fragorosos desiertos del tiempo.

Porque es bueno, confieso, sentir la fuerza de sus manazas estrechando las mías como todo un caballero del siglo XIX. Manazas con las cuales firmó sentencias como juez durante 40 irreprochables años, que enguantó como boxeador amateur en una juventud intensa y con las que escribió -con estilográfica- 55 libros de la mejor cepa literaria durante más de siete décadas.

-¿Cómo festejó la llegada del año 2000?

-Con mi familia: con mi hija y mis nietos. Hicimos la última cena del siglo, y después me quedé a disfrutar de la barahúnda, del ruido de los festejos. Los fuegos artificiales, el chisporroteo de los cohetes y los buscapiés. Pero a las dos de la mañana me vine a dormir, sencillamente.

-¿Tuvo oportunidad de ver por televisión el arribo del nuevo milenio a los distintos países?

– Mire, yo no tengo ningún aparato de televisión en casa. De modo que me concentro pura y exclusivamente en la lectura. De todas maneras, sé que hubo acontecimientos muy raros, como la renuncia del presidente de Rusia, Boris Yeltsin, y que los terroristas del avión secuestrado en la India dejaron ir a los rehenes. Claro que lo sé por mi nieto, porque odio la televisión. Es un medio totalmente endeble. La gente se sienta a que otros piensen por ellos y eso me parece peligroso. Vegetan durante años ante figuritas dejando que otros razonen por ellos… No. No. A mí sólo me abastece la lectura bien medulada de las cosas que leo.

-¿Cuáles son sus planes para este año?

-Yo soy un hombre de 105 años, que se ha jubilado a los 65. Trabajé en la Justicia durante 40 años y soy escritor desde hace 70. De modo que he trabajado lo suficiente como para descansar. Pero aún me quedan siete libros para publicar. Y eso es lo que pienso hacer este año.

-¿Cómo imagina que será este nuevo milenio?

-Contra la opinión general que opina que el mundo va a cambiar de aspecto, yo digo que va a seguir siendo pésimo; que habrá convulsiones y guerras, y dominio imperialista y económico de los países potentes del mundo frente a las comunidades pobres, miserables de Africa, de la India y de Europa oriental. Con respecto a la Argentina, creo que está pasando un trance muy peligroso, porque la República está clavada, por así decirlo, por las deudas contraídas durante la presidencia de Carlos Menem. Se despilfarró tanto que la economía está en la miseria. Tanto que el gobierno actual no sabe qué hacer con tanta deuda y está pidiendo perdón a los países acreedores del mundo. La Argentina ha sido un país muy dispendioso. Ha pensado muy poco en su porvenir. De modo que con pocos ricos, una clase media diezmada y millones de pobres, creo que esas malas condiciones se agudizarán en este nuevo milenio.

Los ojos de don Juan sonríen y brillan juguetones detrás de sus gruesos anteojos de marco de carey. Desde allí emergen, en catarata, sus recuerdos de niño. El primer día de 1900, la fiesta familiar, el recuerdo de su madre, Dominique Grange -una campesina de Toulouse, que fue lavandera y curandera-, y de su padre, don Benito Filloy, campesino también, pero de Pontevedra. Ambos, analfabetos. Ambos, decididos a que su Juanito fuera letrado. Lo fue. Al punto de ser uno de los escritores que derramaron una riqueza y precisión idiomáticas difícilmente igualables.

Una verba -tanto oral como escrita- exuberante y sin pelos en la lengua, que nunca dejó de asombrar a sus lectores e interlocutores y que provocó un pavoroso escándalo cuando, en 1934, dio a luz una de sus novelas más conocidas: Op Oloop, obra que fue calificada de pornográfica por la pacata intendencia porteña de entonces.

-¿Cree que su sentido del humor tiene que ver en su longevidad?

-Evidentemente sí. La vida no es todo llanto ni gemidos, sino que consiste en una suma de trabajo y de buen humor para afrontar los avatares cotidianos. Una buena carcajada cura, espanta fantasmas, espanta a la muerte -dice, y vuelve a reír-.

Bromea con su lápida que, bien sabe, tendrá la poco frecuente característica de fechas de tres siglos. Eso lo divierte. Y se ufana: Porque hay muy pocas personas en este país que, como yo, tengan el espíritu tan abierto, la mente tan fresca y la memoria tan cabal que yo tengo.

Don Juan vivió ayer la primera mañana del tercer siglo. Declaró, entre risas que sí, que es un hombre satisfecho: Nada más que el hombre más feliz que camina bajo este sol.

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(Nota al pie. Recuerdo esa mañana con alegría. El esfuerzo con el que me arranqué de la cama luego de los festejos del cambio de Siglo, el compañero chofer que me pasó a buscar, el viaje desde mi casa, cerca del Chateau Carreras hasta Nueva Córdoba, donde él vivía, por calles totalmente desiertas y saturadas de sol. A don Juan esperándome con el café listo. Y una pregunta, la suya, que me desconcertó. Marta, cuántos años tiene usted? Cumpliré 36 en julio, don Juan, modulé para que me leyera los labios. Filloy estaba duro de oídos pero, coquetísimo, no le gustaba que se lo mencionaran.

El: Y por lo que sé ha andado viajando, ejerciendo el periodismo. Marta, ¿podría darle a usted un consejo?

Mi respuesta entre sorprendida y halagada: Si no acepto un consejo suyo, don Juan, que es un caballero de tres siglos, no sé de quién…

Entonces, Marta, contraiga. Le aconsejo que contraiga. Se vive más y mejor. No deje de hacer lo que hace. Me gustan las mujeres que no se casan jovencitas. Siga en lo suyo, pero contraiga.

Matrimonio. Esa fue la palabra que omitió y la que no hizo falta que pronunciara.  En julio de ese mismo año estaba yo en Cuzco, Perú, antes de partir hacia Machu Picchu, donde pensaba esperar mi cumple de 36, cuando supe de su muerte. Recuerdo que me alivié cuando leí que había muerto como él esperaba: mientras dormía. Le sonreí a sus recuerdos en mi mente, a los encuentros que tuvimos, y a las risas que compartimos.

¿Si “contraje” al fin? Sí, a los 42 años, y con mi compañero alemán al que conocí en octubre de 2001, y con quien comparto desde entonces vida, proyectos, sueños y avatares. Se vive mejor. En esto como en tantas otras cosas,  Don Juan  tenía razón.

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Domingo 8 de diciembre de 1996.  Reportaje en Chiapas, México

 

Subcomandante Marcos: ¿el Che de los años 90?


El Subcomandante en noviembre de 1996

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Subcomandante Marcos en noviembre de 1996. Foto: Pepe Tobal

 

Por Marta Platía

Para algunos, es uno de los últimos refugios de la utopía con sede en Chiapas, México. Para otros, se trata apenas de un simulacro de revolución, un marketing de lugares comunes reciclados, con más efecto publicitario que político. El emblema, en ambos casos, es el mismo: un hombre de pasamontañas negro, pipa y fusil, que aparece como vocero de los indígenas marginados del sur mexicano. Incluso la fecha del nacimiento de todo este fenómeno es emblemática: 1º de enero de 1994, el día que comenzaron los disparos del Ejército Zapatista, y México se incorporaba al NAFTA, el tratado de libre comercio con los Estados Unidos.

Desde entonces, el subcomandante Marcos puede funcionar con diferentes imágenes hacia la sociedad civil: para algunos la de un impostor; para otros, un Che Guevara de los 90, según quien lo defina.

Marcos es consciente de su personaje. Llega al convento de San Cristóbal de las Casas con los borceguíes embarrados y la intención evidente de no pisar las flores del patio de entrada. Da la mano, mira fijo con sus ojos marrones. Frente a un comentario sobre el pasamontañas, los ojos ríen y el jefe guerrillero mira a sus  compañeros, igualmente enmascarados, y dice: “El de Marcos es el pasamontañas de la nariz más grande del Ejército Zapatista”.

La voz es grave. No mide más de un metro setenta. Lleva una vieja gorra verde oliva con tres estrellas amarillas. Da la impresión de que jamás se olvida de que hay una cámara registrándolo.

Llegar a Marcos no resulta fácil. Desde el mismo momento de pisar San Cristóbal de las Casas, una legión de periodistas de todo el mundo comenta que la gestión para una entrevista puede durar hasta meses. Algunos arriesgan que Marcos se hace esperar para que los periodistas gasten en hoteles y autos alquilados, para beneficiar a los chiapanecos.

Durante la espera los guardias zapatistas fueron agradables y daban explicaciones: “El Sup está muy ocupado”, o “El Sup no duerme, te puede atender muy tarde, a las dos y media de la mañana, o no”.

El día fijado hubo que esperar más de 20 horas. A eso de las cinco y media de la mañana, uno de los vigías zapatistas salió con la noticia: “Aunque los comandantes no duermen el Subcomandante dice que está muy cansado, que tú también te vayas a dormir y que en dos horas te atiende”.

El lugar: un convento de San Cristóbal de las Casas rodeado por la delegación mexicana de la Cruz Roja Internacional, que ofició de escudo humano para los zapatistas. La ciudad, a su vez, estaba cercada por el ejército mexicano.

El gobierno supone que el verdadero nombre de Marcos es Rafael Sebastián Guillén Vicente, licenciado en Filosofía y sociología en la Universidad Autónoma de México. Un revolucionario con página en Internet, que domina varios idiomas, ama la poesía, escribe ensayos y cuentos para niños. Un sex symbol para miles de mujeres mexicanas que ha generado una industria de muñequitos y remeras con su imagen que compran los extranjeros sedientos de llevarse un recuerdo.

Marcos no parece tener más de 40 años, y es abrumadoramente carismático. Habla sin el tono admonitorio que uno puede imaginarle a un jefe guerrillero. Según el obispo mediador Samuel Ruiz García, “es el comunicador más importante que el mundo ha conocido en los últimos años”.

-Subcomandante ¿qué balance hace de éstos casi tres años?

-El alzamiento zapatista ha sido una caja de sorpresas. Encontramos un mundo diferente al que nos habíamos imaginado en la montaña. Una sociedad que no es escéptica, sino muy sensible al problema indígena, a la falta de justicia y democracia en México, que vio hasta con simpatía a nuestro movimiento. En 1995 hubo una traición gubernamental (se refiere a la orden del gobierno de Ernesto Zedillo de capturarlo vivo o muerto), y ahí llegó una nueva sorpresa. La sociedad civil internacional empezó a adquirir un papel más protagónico. Creo que el movimiento zapatista se define como el brinco sobre el escepticismo y la amenaza de que la gente va a perder el interés.

-¿Ese interés se debe a que ustedes son una guerrilla atípica?

-Somos un ejército popular de ciudadanos rebeldes que hubieran optado por otros canales de rebeldía, si existiesen, y no por el de las armas. Pero ciudadanos y rebeldes que no buscan una cuota de poder ni tienen la guerra como fin. Como militares somos bastante malos. Me siento con cierta burla frente al espejo cuando estamos de uniforme. Y para evitar los excesos de la parafernalia militar, es que nos organizamos como ejército, y no como guerrilla o gavilla, para evitar las tendencias al crimen. Porque un arma transforma a un hombre en otras cosas. Y hay que evitar que las armas causen más daño del que por sí causan, ¿no?

-¿Qué significa la aparición de una nueva guerrilla como el EPR (Ejercito Popular Revolucionario)?

-Confirma una profecía que hicimos en 1994. El gobierno decía que el problema era sólo de Chiapas, que en el resto del país estaba todo bien. Nosotros decíamos que no, y luego apareció el EPR. El gobierno estaba repitiendo las estructuras antidemocráticas, la situación económica, la intolerancia social. (Al EZLN y al EPR se sumó en noviembre el Ejército Revolucionario de Insurgencia Popular, ERIP). El EPR tiene que definirse y opta por criticarnos. Nosotros advertimos que la jugada del gobierno era enfrentarnos para que olvidáramos que lo que está detrás realmente es una rebelión contra el gobierno. Este manejo le permite al gobierno ejercer acciones represivas. No las repito, los argentinos las conocen bien. Pero se sigue viendo que éstos son dos movimientos diferentes no por las armas ni las capuchas, sino por nuestra propuesta política. El gobierno no ha logrado ponernos dentro del cajón de las guerrillas tradicionales.

-Usted escribe, sale por Internet y hay un montón de mujeres que lo creen un sex-symbol ¿Qué pasa con su vanidad?

(Comienza a reírse).-Ahorita cuando vean las fotos se van a desilusionar. Mi vanidad está bastante maltrecha, por supuesto. (Cuando se repone de su incomodidad, vuelve a su tono reflexivo). Marcos es un personaje que no habíamos planeado, un personaje en un sentido estricto. Yo puedo hablar de él como de otro. Nosotros decimos que Marcos es un espejo que refleja las distintas realidades como si fuera un prisma. La realidad política, la literaria, la del movimiento indígena.

Durante toda la charla, el Subcomandante habla en plural porque la pluralidad es una costumbre ancestral entre los mayas. Se cuenta que en los orígenes de movimiento insurgente hubo una ceremonia realizada en lo más profundo de la Lacandona. En ese rito de solemnidad tribal, los mayas le dieron a Marcos el bastón de mando, y el comandante Taco lo habría ungido con las siguientes palabras: “Ya no eres tú, desde ahora y para siempre eres nosotros”.

-¿Con qué México le gustaría despertar mañana?

-Con uno donde no fuera necesario usar un pasamontañas y portar un arma para que la gente te escuchara. Y que una reportera pudiera detenerse frente a cualquier ciudadano y entrevistarlo y sus opiniones fueran importantes sin necesidad de que tuviera que hacerse un personaje en torno a él. No estoy hablando de un México de izquierda o de derecha o de centro, sino de un México más humano, más justo, más democrático. Lo que esperamos es que finalmente de todo esto se vuelva a parir algo y esperemos que sea algo bueno.

-Marcos, luego de estos tres años, ¿podría volver a ser un hombre común?

-No lo creo. (Reflexiona mientras se rasca el cuello y luego una pierna). La vida antes de la guerrilla no me la imagino. Trato de pintar una situación. Y digo: bueno pues, ahí estoy, y entro en un bar a tomar un refresco. No lo veo muy perdurable. Creo que Marcos ya lastimó muchas cosas dentro del sistema actual. Y que hay cosas que no se hacen impunemente. Tarde o temprano va a tener que pasar cuenta.

-¿Tiene miedo a la muerte, o existe un coqueteo con ella?

-Hay dos conceptos de muerte. El que puedas tener tú o determinado sector, y el que tenemos en las comunidades indígenas. Para nosotros la muerte es algo frecuente. Se muere un niño, y al rato se muere otro. Los entierros son una cuestión rutinaria, casi como ir a la escuela. La muerte empieza a ser algo cotidiano. Y aparece una gran prisa por vivir rápido, como que sabes que se te acaba el tiempo y tienes que vivir muchas cosas y ahí uno hace tontería y media, como dar entrevistas para los diarios… (risas).

-¿Su muerte está prevista por los zapatistas?

-Es una posibilidad a la que el EZLN sobreviviría perfectamente. Hay jefes iguales o más capaces que Marcos para conducirlo. Les dolería a los compañeros como les duele pues cualquier muerte, pero sería en todo caso una tumba más, una cruz más y un recuerdo más, como los que tenemos de los que ya han caído.

La entrevista termina y el subcomandante Marcos se despide dando la mano, sonriendo. Los comandantes indígenas que ya pasaron en una prolija fila india por el patio del convento, le hicieron señas para que no se extienda demasiado en el diálogo. En pocos minutos más iniciarán una ronda de conversaciones con el gobierno y los militares mexicanos: la primera desde que Zedillo ordenó la “cacería de Marcos” como le dicen al pedido de captura de febrero de 1995.

Durante las negociaciones, Marcos escribió: “Es necesario construir una nueva cultura política. No se trata de tomar el poder, sino de revolucionar su relación con quienes lo ejercen y con quienes lo padecen”. Y, en su estilo poético, volvió a definir al Ejército Zapatista: “Como el Arca de Noé, la Torre de Babel, el delirio del neozapatismo, el navío pirata. El aparentemente absurdo: para todos todo, nada para nosotros. La paradoja anacrónica, la tierna locura de los sin rostro, la esperanza para asaltar el cielo, la esperanza de que las flores que en otras tierras mueren, en éstas vivan”.

A la salida del convento hay un graffiti pintado en una de las paredes, una frase que atribuyen al legendario Pancho Villa: “Para qué vamos a vernos las caras, si podemos vernos los hechos”. Y, en esta ciudad, la mayoría parece estar de acuerdo con esa pared.

(Publicada en la Segunda Sección del diario Clarín el domingo 8 de diciembre de 1996).

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(Nota al pie: Es de la época pre-internet de los diarios… Luego de ese primer viaje a México, regresé al DF y a Chiapas en particular, otras tres veces. De esos viajes quedaron encuentros, reencuentros, recuerdos, apuntes y notas no publicadas sobre el sacerdote Samuel Ruiz García; el propio Marcos; los y las comandantes zapatistas; la gente de la Selva Lacandona, los pobladores de Oventic, San Juan Chamula y el Distrito Federal, los compañeros del curso con Gabriel García Márquez; la gran marcha al Zócalo en 2001 y un breve, luminoso encuentro, con José Saramago. Algunas se pueden leer en este blog.

 

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Martes, 17 de julio de 2007.

Cumple 75 años Quino, un pensador que hace historietas

Se tomó un año sabático y ahora dice que no trabajar le hace mal. Y que sigue siendo socialista.

Quino y Mafalda

Por Marta Platía.

El Quino, así, con el artículo antes de su nombre, cumple hoy 75 años. Y aunque haya quienes pataleen ante el altar de la gramática, el uso del artículo viene a cuento de que este mendocino hijo de andaluces y huérfano precoz, los anticipa a los nombres de los que quiere y conoce, tal como también ocurre aquí en Córdoba.

-Che, contáme qué sabés del Crist ¿vendrá esta noche a cenar?, interroga antes de un abrazo de oso en el Museo del Barrilete en la costanera cordobesa donde se ha montado una extraordinaria muestra sobre Mafalda.

Allí le hizo frente a un centenar de chicos que lo interpelaron, sin saberlo, sobre una de las “mujeres más influyentes el Siglo XX en la Argentina”. Aunque nunca haya llegado a mujer. Y a pesar de que su esencia humana esté hecha de tinta china.

-Si Mafalda estuviera ahora acá,  se le animó una nena, ¿iría a un Mc Donald’s o tomaría la sopa?

-Se resignaría a la sopa. Contestó  riendo detrás de sus anteojotes blindados. Todos aplauden. Y los adultos aún más: le agradecen la coherencia de esa hija que le nació en 1964, y con la que crecieron y compartieron ideales y broncas, la mayoría tan vigentes como entonces.

Esa Mafalda que Quino se negó a venderles a los de una petrolera que la quería en un aviso, “porque mirá si se las voy a dar cuando ella siempre anduvo despotricando contra las multinacionales”. O a una marca de caldos, con los que jamás hubiera cometido una doble traición: “Según ellos, a la Mafalda le gustaría ahora la sopa, pero sólo de su marca. ¡Ni por toda la plata! Me da tanta rabia que me propongan estas cosas, porque me da la sensación de que no entendieron mi trabajo, o lo que es peor, sí lo entendieron y no lo respetan” contó luego, todavía indignado.

Pero en la cima de sus enojos están George Bush (“nunca falta alguien que sobra”); la invasión y la matanza en Irak; la caída de las Torres Gemelas, y las pesadillas cotidianas de un mundo “donde los poderosos siguen sometiendo a los más débiles y hay muertos de primera y segunda clase”. La obsesión de un artista que, como lo definió Tomás Eloy Martínez, “en los años ´60 era Chéjov y a medida que se vuelve más Quino, también se vuelve más Kafka en una incesante Carta al Padre”.

Sí, el Quino se fue volviendo más y más negro en las obras de arte que publica en la revista Viva desde 1980.

Y si Dios tira pizzas a la Humanidad; mientras en el Tercer Mundo los hambrientos se alegran; los poderosos se ofenden por el trato igualitario. Y si hay un asalto a una viejecita, seguro que el ladrón conoce al policía y ambos al juez que los juzgará. Y así. Parábolas de un estado en emergencia permanente. Nada menos que el reflejo y la densidad de lo que muchos prefieren no ver.

Un Quino filosofando en el blanco y negro de un planeta que se suicida: “Seguimos construyendo la destrucción del Futuro. Rogamos sepan disculpar las molestias” leen, en una de sus viñetas, un hombre y un chico en el cartel de una gigantesca fábrica que lo contamina todo.  Abismos cavados por su propia genialidad que lo llevaron a tomarse un año sabático “para pensar, para reinventarme, para ver si puedo sacar de mí una nueva forma de expresión sin abandonar mis temas”. O “los” temas: la vida, la muerte, el amor, la corrupción, la guerra, la mentira, y la explotación de los hombres y la naturaleza.

-¿Y cómo se siente sin trabajar?

-Mal. Angustiado. No sé qué hacer conmigo. He trabajado sin parar desde siempre y ahora siento un vacío enorme.

Bebe un sorbo de vino tinto y pide una sopa de verduras. Sin sal, ruega, con su voz casi inaudible pero firme. Es que el corazón, el colesterol, la vista… Vos sabés, me dice sumando con los dedos. Y, para ahuyentar por unos momentos al hombre frágil que lo habita, habla con pasión del cine. De los maestros “Bergman, Fellini y de este mexicano que hizo Babel, que me pareció mejor que la alemana La Vida de los Otros; sólo que creo que la eligieron (para el premio Oscar) porque hacía quedar mal al socialismo”.

Es que Quino sigue siendo socialista. Aunque no le guste nada cómo lo aplicaron. Argumenta que “si al cristianismo le llevó tantos siglos imponerse, setenta años en la vida de una idea no es tanto. En algún momento se la aplicará como corresponde”.

Poniéndose su campera clara “para esconder las alas”, diría Miguel Rep; el Quino se va. A ordenar Guernicas; a dibujar a Dios padeciendo su Creación. A cuidar de esa mezcla de sabio etéreo y pleno de sentido común que es. El dueño de la mirada que creó un universo con seres e ideales que nos preñaron el alma para siempre.

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Sábado 6 de Septiembre de 2008
Los campos carbonizados, todavía humeantes, del Camino del Cuadrado que Clarín recorrió desde La Cumbre el jueves al atardecer, horas después de que las llamas arrasaran sus bosques de chañares, aromitos y quebrachos blancos, exhiben esa extraña mezcla de espanto y belleza que sigue a las catástrofes. Sobre la montaña, dondequiera que uno mire, la vida y la muerte jugaron su partida. Y aunque diezmada, la naturaleza regala la milagrosa, perfecta geometría de manchones amarillos de los pastos que no se quemaron. De jóvenes pinares que lograron sobrevivir en medio de la negrura, en tozudas islas de verdor, a las lenguas de fuego de más de 20 metros de altura, y que sólo los caprichos del viento podrían explicar. En esa geografía trazada en negro y vida, dividida de tanto en tanto por las pircas que semejan minúsculas, incipientes murallas chinas, las vacas buscan alimento. Extraviado su rumbo de los corrales. Con el terror en los ojos. Enredándose sus patas en las cercas a medio consumir por el fuego. El paisaje en ruinas no da tregua. Cada círculo blanco sobre el suelo negro es la tumba de un árbol que se redujo a cenizas. No hay pájaros, nidos ni cantos. El silencio estalla en cada paso que cruje sobre el suelo. Sólo en los inesperados oasis de pequeños pinos la esperanza no necesita explicaciones. Retoños de una primavera que no se rinde en 40 mil hectáreas arrasadas por un único culpable: la estupidez humana.
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Albania de piedra

Hace poco más de un año la guerra en  Kosovo estaba en plena ebullición de odio étnico y misiles que surcaban el cielo desde los confortables buques de la OTAN, en el Adriático, hasta el corazón y las entrañas de la ex Yugoslavia. Los corresponsales de guerra se dividían entonces entre los que cronicaban la angustia, el miedo y la muerte desde Belgrado y los que nos amontonábamos en la frontera albano-kosovar, en el infierno de los campos de refugiados. Con Pepe Tobal, mi compañero, habitábamos este último destino.  Habíamos entrado a Albania –enviados por un programa de televisión cordobés- por la frontera griega y atravesando Macedonia. A a bordo de increíbles cacharros que alguna vez merecieron llamarse autos, cruzamos el país –ese paupérrimo, atrasado país—de sur a norte. Fue entonces cuando descubrimos una Albania hecha de montañas y campos verdes sembrados de miles de hongos de cemento, las casamatas: una versión gris-bélico de nuestros telúricos hornos de pan que el ex dictador socialista mandó construir para repeler una delirante invasión terrestre que nunca llegó. Las casamatas, más de 700 mil,  son la omnipresente seña particular del rostro topográfico albanés: el patio trasero de una Europa que no parece Europa, pero que quiere pertenecer. Una mañana, camino a los campos de Kukes, adonde llegaban las oleadas de refugiados que habían logrado escapar de la locura serbia, nuestro chofer albanés, Lex, detuvo su obsoleto Mercedes frente a un bar en un pueblito hecho de piedra y hombres. Porque sólo hombres –musulmanes para más datos– había en sus calles de tierra, en sus casas de piedra. Cuando entramos el mozo saludó al ala masculina de la comitiva, y me regaló una mirada reprobatoria que luego se multiplicó en los ojos de todos los señores que ocupaban las mesas. Las mujeres, en especial las decentes, me explicaron, no entran a los bares. Lo que siguió estaba escrito en sus genes: café humeante para mis compañeros. Nada para mí. No era bienvenida y el mozo había asumido, a esa altura, la misión sagrada de hacérmelo entender. Mi gaseosa brillaba por su ausencia. Cansada de esperar y furiosa por la discriminación que parecía divertir a todos, mi compañero incluído, fui hacia una heladera, la abrí y justo cuando alcancé mi coca cola, el mozo cerró su garra sobre mi brazo y gritó algo así como que me fuera a cucha. Camino de mi mesa, aturullada, más sedienta y furiosa que antes,  pude sentir como la horda se reía satisfecha, con regocijo atávico,  desde todos los rincones de ese pueblo de la Edad de Piedra.
-Publicado en Revista Viva. Domingo 30 de abril de 2000. Noticias del mundo.
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Clarín, domingo 10 de diciembre de 2006.

Historia de vida: Johana Mercado tiene 11 años y camina 30 cuadras para ir a la escuela.
Fue escolta de la bandera y vive abajo de un puente
Foto: Marcelo Cáceres.

Abajo de un puente en pleno centro cordobés, y a merced de las crecidas del río Suquía, vive Johana Mercado, de 11 años: la primera escolta de la escuela Grecia de esta capital, y una de las más admiradas desde que un canal de tevé la mostró el viernes en su acto escolar.
La pequeña tiene el segundo promedio más alto de su camada, sueña con ser abogada y sabe, con una certeza que impacta cuando se mira el fondo de sus ojos oscuros, que “la escuela es el único modo de salir de todo és to”. ¿Y qué es ésto? Johana señala el cielo protector de un puente sobre el río. O mejor: de un pedacito del puente Maipú, donde “un señor” dejó que la nena, su papá lustrabotas, la mamá y sus otras cuatro hermanitas, se queden “por un tiempo”.
Los Mercado fueron cayendo desde la pobreza a la miseria desde un impreciso “mucho tiempo” hasta un certero hoy: abajo de esa construcción que los malprotege del frío, del sol, del viento, de las lluvias.
Para ir a la escuela, en barrio Müller, Johana camina treinta cuadras de ida y otras treinta de vuelta. Dice que no le gusta faltar. Aún cuando las zapatillas número 33 pidan tregua por tanto andar, y ambas sean del mismo pie. Luego de tomar el té con pan —”si ese día no nos falta el pan”, acota sin autocompasión y sólo como un dato más de la realidad—, Johana hace meteorología antes de ir al colegio: “Miro el cielo para ver si viene tormenta. Si veo que ya llueve, espero a que pase. Pero si veo que me va a dar tiempo para llegar antes de que se largue, me apuro. Meto el cuaderno y la carpeta en una bolsita de plástico, y salgo”. ¿Y si te alcanza en el camino? “Me saco las zapatillas y las pongo en la misma bolsita del cuaderno y la carpeta. Y sigo”.
Y sigue, Johana. La hermosa Johana de pelo negro, brillante, lavado con agua fría aunque sea invierno. La que no tiene ni mochila. Ni cartuchera. Ni Internet. Ni televisión. La que a veces, sólo a veces, duerme en la única cama de la familia. Cuando le toca “el turno”. Pero, claro, no siempre. “Ahí tengo una colcha en el piso, una almohada, y me tapo con otra colcha. A veces tengo miedo. Pero es más el frío. ¿Viste que hace llorar el frío a veces?”, pregunta.
Por suerte es ella la que sigue. Cuenta que le gusta leer. Que una vez hasta encontró “un pedacito” de Harry Potter. Y que como libros no hay, es ella misma la que se escribe sus propios cuentos “cuando hay papel”. De ciencia ficción, policiales, de misterio. ¿El último que escribió? “Uno de un policía que busca una perla, pero que no puede encontrarla todavía”, sintetiza, con la preocupación de una escritora que aún no ha podido darle el final a su obra.
Cuentos que Johana tiene “prohibido” contarles a las hermanitas en la oscuridad de la noche, antes de dormir, “porque se asustan, lloran y tienen pesadillas”, interviene la madre. Una mujer de 39 años ajados, y que parece estar a años luz del alma de esa hija que brilla como un diamante aún debajo de ese puente donde el olor de la miseria envuelve al mundo entero.
Uno donde por las noches reza para que no crezca el río, y sueña “con una casa digna, con techo y paredes”. Y con ser abogada, claro. Pero no porque lo vio por televisión, porque no tiene. Sino porque “una vez le hicieron pasar el parto a mi mamá y murió mi hermanita. Yo quiero defender a las mujeres como ella”, murmura. Y otra vez el puñal de esa mirada de insondable inteligencia bajo ese puente que es refugio y a la vez infamia.
En el cuento inconcluso de Johana, el del policía y la perla, habría que avisarle a ese pobre tipo que ya no la busque. Y que la perla es ella.

(Nota al pie: El jueves 21 de diciembre Johana y su familia recibieron las llaves de una casa de parte de la gobernación de la provincia).
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Nota  publicada en  Viva. Domingo 29 de octubre de 2000.

Carlitos “La Mona” Jiménez.Los gozos y sombras de un cuartetero.
Monarquía
Por Marta Platía.
Basta poner un pie en Córdoba para darse cuenta que esta provincia tiene un rey sin corona: Carlitos Jiménez. Así lo gritan, con fuerza de ley, las paredes de todos los barrios. Desde los más humildes a los más conchetos. Lo rubrican los dedos anónimos que lo escriben desde hace más de tres décadas sobre los vidrios sucios de los colectivos de mala muerte, y así lo aseguran los cordobeses de a pie, los que venden los diarios, los que sirven café y hasta los chicos fashion a bordo de sus último modelo.
Córdoba tiene un monarca al que todos llaman La Mona. Así, a secas y en femenino. Como corresponde a la más ortodoxa tradición mediterránea en materia de apodos. Un rey plebeyo y negrazón que se ganó el trono a cuartetazo limpio en una carrera que ya lleva 35 años, 65 discos grabados –el 66 sale en diciembre– y más de 3 millones de placas vendidas. Un hombre que está a punto de cumplir los 50 y que se define como “un chabón alegre y desafinadazo que canta con el corazón”.
Un señor cuyo DNI miente que La Mona se llama Juan Carlos Jiménez Rufino. Que nació en esta ciudad el 11 de enero de 1951, de padre tucumano y madre salteña.
Pero en Córdoba nadie le cree al documento. Es La Mona y listo. Y es difícil encontrar una pared en la cual esas cuatro letras no hayan dejado su marca. Como la Z del zorro. O como aquel famoso grito de guerra cordobés de la década del ’70: ¡Viva el Papo! que, con humor   Hortensia, se las ingenió para vivar a quien no se podía vivar.
Mona, dicen las puertas de los baños de los bares, y Mona las pocas calles pavimentadas de los barrios marginales. Eso sin dejar de lado a los cientos de chicos que, insatisfechos con llevar el rostro de su ídolo en una remera, se lo tatuaron en el pecho y en los brazos, y llevan a La Mona sobre la piel. Eso sin dejar afuera a las hinchadas rivales del fútbol local: las barras de Talleres y Belgrano, que sólo se funden en un solo grito cuando vivan su nombre.
A esta altura de su historia el tipo es una especie de prócer vivo que amenaza con elevar el ritmo cuartetero a la categoría de música folclórica local. Y parece tener con qué: ya hizo bailar a más de tres generaciones, a razón de 18 mil personas por fin de semana, con el ritmo del tunga tunga que, en 1943, creó la mano izquierda de Leonor Marzano. La primera dama del Cuarteto Leo: el primero de los cuartetos.
¿Por qué creés que te quieren tanto?, pregunto. Y él, sin respirar: “Porque soy como ellos. Hablamos el mismo idioma. Nos joden las mismas cosas y las mismas cosas nos cagan de gusto. Nos entendemos. Yo soy ellos y ellos yo”, dice La Mona sin dudar. Sosteniendo la mirada sin poses. Desprovista de hipocrócrita modestia.
Y tal parece que por allí va la cosa. El tipo les canta al oído y directo al corazón a los cabecitas negras, a las mujeres golpeadas, a los chicos de la calle, a los desocupados, a los linyeras, a las mujeres de la noche, a los tacheros, a los jubilados, a los obreros, a los presos y a los olvidados. A los ningunos y a los ninguneados.
Somos la colonia barataaa/ una rueda que gira, mata penas y bailaaaa…”, (des)entona con su voz cascada, inconfundible, de tipo que se sabe a varios años luz de Pavarotti, pero muy muy cerca del sudor que hace brotar, desde hace más de treinta años, de cientos de miles de cuerpos en frenética, apretada, promiscua, interminable danza.
Somos la colonia barataaaaa/ que tiene olor a pueblo/ y tiene murga de canchaaa/ Somos la colonia barataaa/ somos los cuarteteros/ y el cuarteto nos mataaa”. La letra de Colonia barata es su declaración de principios. De clase. De la vereda en que está parado. Del lado del mostrador del que atiende. De vida.
Fui descubriendo a Carlitos Jiménez sin querer. Sin buscarlo. En la calle. Haciendo notas. Lo conocía personalmente, pero no tenía dimensión del cordón umbilical de delirio que lo une a la gente. Había escuchado su música sin oírla durante toda mi vida. La caliente banda sonora de una Córdoba que baila sus alegrías y sus penas todos los fines de semana en clubes desvencijados, “los caballeros un peso, las damas gratis”.
Lo fui descubriendo de a poco. En miles de rostros anónimos. Como el de Juan Carlos: un linyera de cincuenta y tantos que vivía debajo del Puente Avellaneda junto a su perro Nerón (“un croto sin perro es más pobre que otros crotos”, me explicó con lógica irreprochable). El hombre, como toda decoración, tenía una foto de Jiménez en la puerta de cartón de su casucha. “Es para que me proteja y alegre”, me reveló con su sonrisa sin dientes, mientras acariciaba la imagen como a la de un santo.
También tropecé con Jiménez en las escuelas de alta montaña, donde los chicos cantan sus canciones en las clases de música. Lo encontré –siempre sin buscarlo– en un centro de recuperación para chicos delincuentes, en Río Cuarto, donde los pibes aprendían a leer con la letra de Tinta china y La novia blanca. Harta la maestra de que los textos escolares no surtieran efecto.
Intuí su sonrisa de Mona contenta en húmedas prisiones juveniles y sentí a los chicos animarse unos a otros aullando sus canciones como lobos enjaulados.
Me sorprendió en las cárceles donde los presos, al lado de las imágenes de Cristo y Maradona, tienen una de Jiménez. Y en los reformatorios, donde los chicos lo invocan para no sentirse tan solos.
Y en las villas de emergencia, donde su voz se mezcla con el barro y los gritos. Con el olor de la miseria. Y con el hambre: el omnipresente, eterno invitado en mesas paupérrimas.
Pero hubo tres de esos encuentros que me hicieron notar que muchos escuchaban algo que yo no había escuchado:
-Invierno de 1996. Tres de la madrugada de un viernes. Hacía un frío criminal. Los mocos congelados que colgaban como estalactitas de las narices de los chicos de la calle que fui a entrevistar, eran el mejor termómetro. Poco tiempo antes supe que, en bandadas y huyendo de la policía, había chicos que se refugiaban como las tortugas ninjas en las alcantarillas de la ciudad. En los oscuros túneles subterráneos a los que se accede descendiendo al lecho de La Cañada: el cauce de piedra del río Suquía que corta la ciudad en dos. Esa noche recorrí, con mi compañero Martín Sappia, las entrañas de la Córdoba profunda. En la oscuridad, “los chicos ninjas” tenían códigos. Jugaban, como bichitos de luz, con encendedores para desafiar tanta noche. Y cantaban. Cantaban canciones que les ayudaban a gambetear el frío. Todas eran de La Mona Jiménez. No fui a charlar sobre el cuartetero. Pero terminé haciéndolo. Miguelito, un morochito de apenas 6 años, ayudó a que entendiera quién era La Mona para ellos. Cuando se drogaba con fana (un pegamento), Miguelito sólo tenía un sueño. Unico. Recurrente. Que Jiménez lo rescataba de la oscuridad. Y de su vida. “La Mona llega toda brillante y me lleva a volar por el cielo lleno de estrellas. Hay estrellas arriba y abajo –contó con ojos de abismo, las manos repletas de desamparo–. Hay estrellas en todos lados. Entonces, viene La Mona me salva y soy feliz para siempre”.
-Primavera de 1998. Anochece. Media docena de jóvenes prostitutas del Parque Sarmiento me confían sus desventuras de trabajadoras de la calle. Todas son menores de edad. Expulsadas de sus hogares. Heridas de abandono. Violadas por sus familiares, regenteadas por fiolos. Desandan historias de humillación permanente. De desamor perpetuo. A todas la palabra esperanza les hace vomitar una carcajada que en segundos, se trastoca en amargura y lágrimas. Las dos horas pactadas pasaron “y hay que seguir laburando”, me advierten. Mientras nos despedimos, Marisa, la líder, recuerda que olvidaron hablarme de “algo”. Les hace un guiño a sus compañeras y entonces, todas a la vez, sacan una foto del bolsillo interior de sus camperas: La Mona Jiménez –implacable– me sonríe su sonrisa ancha, simiesca, desde un ramillete de uñas rojas. “El –juran– nos protege. Es nuestro santo patrono. No se olvida de nosotras. Y nos respeta”.
-Vísperas de Navidad de 1998. Dos de la tarde. El sol parte la tierra en el diciembre cordobés. La Casa de los Chicos de la Calle, en el barrio Observatorio de Córdoba está alborotada: La Mona Jiménez es el invitado de lujo. Una semana atrás, la veintena de pibes que duermen allí al cuidado de Luis Franchi Ferreyra, llamaron al programa de televisión en el que trabajaba con un pedido: “Doña, dígale a La Mona que le vamos a asar un chancho, unos pollos, que venga, por favor”. Sólo transmití el pedido. La Mona se prendió. Los manteles de papel, los platos descartables, un único tetrabrick de vino barato para La Mona y los pibes peinados al agua, de punta en blanco, mudos de emoción frente a su ídolo. Al cabo de un silencio de vértigo empezaron las preguntas. Que vos, Mona, te llamás así o tenés otro nombre; que dónde naciste; que por qué nos das bola; que…
Hasta que Rubén, un morocho de 16 años, con los nudillos tatuados con la palabra “mamá”, al mejor estilo Robert de Niro en Cabo de Miedo, habló. Se lamentó por no poder entrar a los bailes. “Bueno, pelotudo –saltó Jiménez con el enésimo pelotudo de la charla–, decíles a los canas que sos amigo mío y pasás. Yo les aviso”. Y el chico: “No, Mona –confesó– me cargué un guaso. Estuve preso por homicidio, no es tan fácil”. Todos se callaron. Jiménez le pidió a mi compañero Pepe Tobal que apagara su cámara digital y comenzó un insólito diálogo… de manos. El lenguaje carcelario, nos explicaron después. Rubén y La Mona hablaron sin verbalizar una palabra en medio de un silencio de iglesia durante más de diez minutos y a toda velocidad. Siempre con sus dedos. De vez en cuando, Jiménez abría grande los ojos, asombrado, y repreguntaba con señas frenéticas. A veces, uno que otro pibe participaba, siempre con esas manos ininteligibles para nosotros. Al final, todos aplaudieron. Jiménez dijo que la cámara podía volver a encenderse. Y uno de los chicos remató: “Era como pensábamos, che, este guaso es de los nuestros”. La Mona había aprobado el examen.
La historia, al vuelo, del “santo patrono”: hijo de Ricardo, un obrero de Epec (la empresa provincial de energía de Córdoba), Carlitos se crió trepado a los árboles en el barrio de Luz y Fuerza, un asentamiento obrero. Quería ser Tarzán. Pero sus amigos se reían: “Pero qué vai a ser Tarzán vó. Si vó soi la Mona Chita”, le decía. Y el crío lloraba envuelto en el delantal de cocina de mamá Esilda. A los diez años zapateaba malambo, a los 14 cantaba tangos y fox trots en cabarets impresentables, y a los 14 arrancó como cantante del Cuarteto Berna. Después vino el tiempo de su éxito con el Cuarteto de Oro, que lideraba su tío, Coquito Ramaló.
Bailaba como Elvis, como Sandro, como ninguno. Moviendo la pelvis, moviendo la manito así y así. Tirándose al piso, envuelto en lentejuelas, ante el estupor y alegría de todos. Hasta que un día La Mona casi no fue. En 1972, a la salida de un Talleres-Belgrano, le dieron un botellazo en la cabeza. Fue hasta su auto. Llegó a duras penas a su casa. Durmió un sueño de cuatro meses. Al despertar tuvo que “aprender a caminar, a hablar, a mear”, recuerda. Algunos meses después de su muerte y resurrección, conoció a “la Juana”. A Juana Delseri, su esposa desde siempre. Su ex esposa desde hace poco. La compañera omnisciente, inamovible, tozuda de ahora. Dice que la conquistó “con un beso en el cogote”. Se casó con ella vestido con un traje de raso rosa y un moño enorme y rojo. “Parecía el Gato Félix”, recuerda, mostrando una foto que haría morir de envidia a Pedro Almodóvar. Con Juana tuvieron tres hijos: Lorena, que ahora tiene 23 años; Carlitos, de19, y Natalia de 17. Y juntos subieron a cientos de colectivos para ir a cantar pueblo por pueblo. Cambiándose de ropa en los baños de las estaciones de servicio de cada lugar. Comiéndose un pancho y una coca “cuando alcanzaba”.
Con el Cuarteto de Oro. “Me sentía explotado. Maltratado. Sentí que había envidia”, se quejó Jiménez en muchas entrevistas. Hasta que en 1984 se fue, para siempre, con su hit, Cortate el pelo cabezón bajo el brazo. Y con Juana como manager. Desde entonces, La Mona y Juana. Juana y La Mona, construyeron un castillo de 65 discos que se vendieron –y se venden– como pan caliente.
Octubre de 2000. Anochece y la puerta de la casa de dos plantas de los Jiménez, en el Cerro de las Rosas, está rodeada. Adolescentes de varios colegios de la zona aguardan por un autógrafo de La Mona. Mientras esperan, le escriben declaraciones de amor en la vereda, en el sufrido poste de luz (tiene garabatos hasta los dos metros de altura), y hasta en el aire impregnado de jazmines y glicinas. De césped recién regado.
En la pequeña oficina de Jiménez que está pegada a la casa –sin otro lujo que una pileta de natación–, las paredes lo muestran junto a Goyeneche, a Maradona, a Charly García, a Calamaro y a una decena de famosos que parecen estar felices del abrazo del cordobés. Tito, el secretario de La Mona lucha para mantener a los chicos a raya y con una parva de cartas que se le caen del escritorio. La mayoría, como la que envió Beatriz Gómez, de Catamarca, piden ayuda: materiales de construcción, chapas, colchones, una bicicleta para ir a trabajar. Y casi todas, como la de Beatriz, asoman a la casa de la calle Fader 3523 sin siquiera anotar correctamente la dirección. Otros fans, ni siquiera se preocupan por ese nimio detalle postal: “La Mona Jiménez, Córdoba”, anotan en los sobres con letra infantil. Y las cartas llegan. Como todos los taxistas de esta ciudad si uno, simplemente, se sube a un coche y le pide “a la casa de La Mona, por favor”.
Unos minutos después de probar una ración del cóctel adolescentes aulladores del jardín + cartas increíbles, que Jiménez y los suyos beben en sesión continuada, me avisan que cruce el jardín. Que “el Carlos” me espera en la casa.
El mismo abre la puerta. Recién salido de la ducha. Me besa con los dos besos de rigor: “Dos a las minas y uno a los guasos”, según su costumbre y, de un golpe de vista, lo noto. La Mona está triste. El hombre que parece tener el monopolio de la alegría, la llave para disparar la euforia de multitudes, está muy triste. Nunca lo había visto así. Siempre, en las entrevistas, había hablado con La Mona. La, según él, “dicharachera” Mona que se ponía “el cassette” y me disparaba, con velocidad olímpica, su historias tantas veces contadas y, de yapa, un zapping vertiginoso de lo grosso que le estaba yendo.
Esta vez, el que me abre la puerta, el que me invita a que me siente en los sillones de su living recargado de muebles, es Juan Carlos Jiménez Rufino. El tipo del que habla el mentiroso DNI.
Este hombre que dice venir de “uno de los peores años” de su vida. Y es que en materia de problemas, la lista es larga: la reciente operación de un pólipo en su garganta que le hizo temer, a él y a sus fans, que tuviera un cáncer que no fue. La aparición en masa de seis supuestos hijos naturales y, en especial, la entrada en escena de Silvia: una joven mujer que logró que la Justicia cordobesa le diera el apellido Jiménez a su hijita de 3 años, luego de que La Mona se negara a una prueba de ADN. El divorcio con su esposa Juana Delseri, tan extraño como poco creíble para la mayoría de los cordobeses, puesto que ambos siguen viviendo bajo el mismo techo. Una deuda impaga con el Banco Social, que unió su nombre al de cientos de morosos vip de unos créditos, otorgados durante el gobierno de Eduardo Angeloz, tan blandos como imposibles de cobrar. Y Rodrigo: la supuesta pelea entre ambos y la muerte tan súbita como absurda, del chico del pelo azul.
Después de la tormenta Juan Carlos Jiménez Rufino habla. Y se defiende.
“Los primeros diez días después de la operación del pólipo fueron espantosos. No podía hablar. Escribía todo en un pizarrón y borraba. No podía levantar pesas y en vez de salir en la bici, como siempre –hace más de 50 kilómetros diarios–, usaba una fija. Un embole. Y yo no estoy acostumbrado al encierro. Me sentía muy solo. Encima, con todo el despelote con la Juana… Pero todo esto me hizo pensar mucho. En Juan Carlos, no en La Mona”.
-¿A qué conclusión llegaste?
-A que me tengo que cuidar más. A mí me duele que me caguen a palos como me cagaron a palos. Me duele que un chabón de un programa de chismes de Buenos Aires diga como si nada, que la Juana es la cornuda del pueblo. Tuve ganas de ir y cagarlo a trompadas. Yo no soy de piedra y las cosas me duelen. Mi familia lloró mucho. Hice llorar. Y yo también lloré.
-Hay quienes piensan que el divorcio con Juana es ficticio. Una maniobra para afuera. Para insolventarte y así pasar una modesta cuota alimentaria a la beba que ahora lleva tu apellido…
-No, no es así. Nos divorciamos porque algo se rompió. Y a la casa, que está sin terminar, se la regalé a Juana porque ella fue y es mi compañera. Ahora estamos mal, pero tengo la esperanza de que recuperemos lo que teníamos. Yo tengo tres hijos: la Lore, el Carli y la Nati. Ellos son mis hijos. No puedo hacerme cargo de la cantidad de pibes y tipos de hasta treinta años que caen ahora diciendo que son míos.
-¿Cómo es ahora tu relación con Juana?
-Vivimos en la misma casa. Yo arriba, y ella abajo. Pero a esta tormenta la vamos a pasar juntos. Somos más sabios de lo que la gente piensa que somos. Entendiendo la sabiduría porque los dos queremos cuidar el hogar y la familia que tenemos. Yo siempre fui un chabón que nunca cagó a nadie. Y he ayudado mucho. Tal vez me equivoqué, pero no soy un mal guaso. Quiero levantar los pedazos de lo que tenía. Con la Juana incluída.
-¿Te gustaría envejecer con ella?
-(Baja la cabeza ensortijada, la mirada triste). Claro –dice mirándose las manos, el anillo enorme que era de su padre–. Pero veremos qué dice ella. Yo quisiera tener nietos. Voy a cumplir 50 años el 11 de enero y mirá si ha sido bueno Dios conmigo. Yo me pregunto cómo puede haber gente feliz revolviéndole la herida a los demás. Todos tenemos problemas en la casa. Y si no, que venga el que no los tenga y levante la mano.
A pesar de su categoría de ídolo popular, a Carlos Jiménez le importa el qué dirán. Como a un vecino cualquiera. Y no le gusta que su familia “esté en boca de todos”. La fama, dice, no le endureció la cara como para que no le duelan los golpes. Tal vez ahí, en esa fragilidad de hombre común, resida otro de los secretos del ídolo: el cinismo no le ganó la partida a su sentimiento de vergüenza ante los demás. Ni a la vergüenza ni al pudor. Siente y sufre como cualquiera de sus “bailarines”, como él los llama. Y, por lo que parece, los bailarines la tienen clara. Y lo apoyan.
Juana llega con el pelo rubio recién planchado. Saluda. Tiene la boca hinchada por la anestesia de un tratamiento odontológico. Guiña un ojo, muda, y se va.
Tres días antes de la entrevista con La Mona, me repitió lo que le escucho desde siempre: que lo quiere. Así, a secas. Como “el chico dee 50 pirulos que es”. Que nunca dejó ni dejará de quererlo. Que jamás lo dejará solo. “Se moriría tirado por ahí si desaparezco”, afirma simple, convencida. Y los que conocen a los Jiménez le conceden la razón a esta especie de Yoko Ono cordobesa. Una mujer que no terminó la escuela primaria y que fue designada, el año pasado, como una de las empresarias top del marketing local. Una mujer omnipresente en la vida de La Mona. Su otra mitad. La que cuida de Jiménez como una madre a un hijo. Que lo baña, lo peina y lo tapa al acostarse como a un chico. Como a un chico agotado que vuelve de la escuela. Aunque el chico ahora duerma (¿en penitencia?) en el primer piso de la casa, y ella en la planta baja.
Nadie concibe al jocoso, hiperkinético, huracanado y siempre adolescente Carlos sin “la mano de la Juana”. Ella le ordena la casa y la vida. Sin ella –y él lo reconoce siempre–, tal vez la carrera de La Mona no hubiese llegado tan lejos. Ni él estaría tan bien físicamente.
La Juana. Una mujer cariñosa con los que quiere, y gélida cuando desconfía. Cuando recela. Una señora cuyo rostro era desconocido para la mayoría hasta este año borrascoso, cuando debió salir a defender a su hombre frente a las cámaras. Aún cuando, desgarrada, anunció su divorcio. “¿Alguna vez me escuchaste decir que ya no lo quier?”, me escudriña. No, contesto. Y sobra cualquier palabra ante su mirada de lágrimas contenidas.
“La noche tiene muchas trampas y ella lo mantiene vigilado”, desliza un asistente de La Mona.
Las trampas.
-Y… una cosa difícil –carraspea Jiménez– son las chichizonas… Mirá –se entusiasma explicando– a la mañana las chicas vienen acá, a la puerta, y tienen las caritas frescas, sin pintura. Me dan un beso y se van. Pero por la noche, se convierten en lobizonas. ¡Y qué lobizononas!. Yo como padre, como hombre maduro, a veces les digo: chicas, cordura… Paso como un viejo pelotudo, pero me da vergüenza. Tengo hijas grandes. Pero también soy un hombre y… a veces es muy difícil.
Las trampas.
-Sí, como todo el mundo probé drogas –admite Jiménez alisándose el ancho pantalón beige sobre las botas de color caleidoscopio–. Yo como cualquier chabón cometo y cometí errores. Pero ahora me cuido. A veces, cuando viene alguien a ofrecerme un saque, le miento: ya me dí, les digo. Como para dejarlos tranquilos. Tomo una copita de champán para entonarme antes del baile y después, leche Ades o Gatorade por las proteínas y el potasio. Ya sé que es un quemo, pero prefiero vivir. Cantar fresco ante el público. Hay mucho chamuyo con la droga y eso. Si me diera como dicen –desafía– ¿a vós te parece que andaría en bici todos los días 50 kilómetros como lo hago?”.
Los vecinos de Unquillo, Saldán, Villa Allende y La Calera – las localidades serranas que rodean a la capital cordobesa, por donde Jiménez pedalea– tienen la respuesta. A pesar de su disfraz de ciclista de competencia, las gafas y el casco aerodinámico. Todos lo reconocen y lo saludan. A la misma hora. Todos los días.
Pero el rey está triste. Y en un susurro y de una sola vez, me confiesa que pensó en suicidarse.
-Fue cuando hablaban de Rodrigo. De que nosotros ésto y aquéllo. Supe que él quería hablar conmigo y hablamos por teléfono. “Mona, tranqui que es márketing”, me decía. Y yo, “bueno, loco. Pero no tirés bosta para acá. Me cagan a pedradas la casa, pará un poco. La Juana no puede salir ni a hacer las compras”. Lo que pasa es que después de tanta pelea inventada, los tipos que lo manejaban querían que yo tocara con él. Ese iba a ser el final de la película. Los dos tocando juntos.
-Como para legitimizar que él también hacía cuarteto cordobés…
-Algo así. Querían a los “enemigos” juntos y tocando. Pero el pibe a veces se iba de mambo y se metía con la Juana. Le gritaba cosas por la televisión. Y yo decía, puta madre… me dolía. Le mandé a decir que parara. El seguía diciendo que era marketing. Pero a nosotros nos seguían cagando a pedradas la puerta de la casa. Después vino esa muerte de mierda… Todo fue tan triste. Tan triste. Fueron meses negros. Me caí en un pozo ciego, como dicen Los Fabulosos Cadillacs. Estaba todo oscuro.
Y después llovieron los misiles del préstamo del Banco Social: “Era para la casa y lo estamos pagando”, se defiende. Y la embestida de los supuestos hijos extramatrimoniales, y el divorcio de la mujer de su vida.
El suicidio según La Mona: “Pensaba tener un accidente con la bici. Meterme debajo de un camión. Pero cómo hacerlo sin que le echen la culpa al pobre guaso del camión… No podía. Hasta pensé que no. Que carajo, quería vivir. Que me caga de gusto cantar. Que mi familia me quiere y yo a ellos. Que los iba a destruir. Que todos los pibes míos, los que van a bailar son muy grossos. Y los padres de esos pendejos que también bailaron conmigo. Que se conocieron en mis bailes. Dejarlos así y darles ese ejemplo de mierda. De cobarde cagón… Entonces pensé que no se podía hacer eso. Que siempre vale la pena seguir. Que “El Flaco” está ahí arriba y siempre te tira una mano… Pensé que a mí me cascotean porque no me sé defender como esos tipos que hacen cosas terribles y tienen mucha labia. Que roban. Que le meten la mano en el alma a la gente y les sacan hasta la esperanza. Y yo doy esperanza y alegría con mis canciones. Ganas de vivir. Ya casi me morí esa vez del botellazo que me dieron y Dios me dio otra oportunidad. Bueno, ahora me tiró otra. Todo eso pensé. Hasta que, hace poco, undía me dije: No, no me muero nada y a la bosta”.
Termina. Casi sin respiración. Y resuella. Y se desparrama en el sillón de cuero claro con un suspiro hondo. Desde allí me mira. Intenso. Consciente de que, esta vez, desnudó luces y sombras. Los sueños y pesadillas de un tipo como cualquier otro. Aunque desde el jardín el insistente coro de aullidos no afloje. Entonces me sonríe con toda la cara. Aliviado. Con el alma despejada de nubarrones. Y ya no es Juan Carlos Jiménez Rufino, el que me abrió la puerta.
Es La Mona, que no se rinde.
Sábado, 2 de la mañana. El Súperdeportivo Atenas bulle sumergido en el caldo caliente, embriagante, de la respiración de más de cinco mil personas. Bulle y espera la segunda aparición de La Mona después del quirófano. Hierve sumergido en la niebla espesa del humo de los cigarrillos, la mezcla dulzona y penetrante de sudores y perfumes. Los efluvios fragorosos de las hormonas que, como dardos, se disparan desde los cuerpos casi desnudos de las chicas, a los torsos tatuados de los muchachos.
Es noche de baile, de apriete. De adiós, por cuatro horas, a una semana de subempleo y desocupación. A una semana de “sí jefe” y de “bueno, patrona”. De pequeñas y grandes humillaciones que se despedazan, una a una, bajo los pasitos cortos, invencibles del cuarteto: la música que acuna y alegra el alma de los cordobeses desde hace más de cincuenta años.
La Mona canta desde un disco, porque se está vistiendo. Todos lo saben  y lo esperan bailando. Dentro de una ensopada masa humana que gira, compacta, en el sentido opuesto a las agujas del reloj. Una gigantesca rueda en la que no hay lugar para la discriminación. Allí están: jóvenes y viejos, amas de casa y travestis, barrabravas, gordos y flacos. Villeros y obreros. Negros y blancos. Putas y estudiantes. Desocupados, chorros y empleadas domésticas. Todos respetando una coreografía que parece venir impresa en sus genes.
En este mundo con techo de zinc no hay bafles para que las pibas se suban a bailar solas. No hay histeriqueo. Se baila de a dos. O de a muchos. Nunca solos. Las manos apretadas. Los cuerpos pegados. Y nadie plancha. Las chicas no están preocupadas por la celulitis ni por los rollos de más. Lucen, en ropas brillantes, diminutas, sus cuerpos plenos de redondeces y abundancias. Los disfrutan y venden sensualidad. Esta es su noche y se vistieron para matar. Y ellos también: la mejor camisa, el mejor par de zapatillas. Y mucho gel en el pelo. El poco oxígeno que, a esta altura, logran atrapar los pulmones, huele a sexo.
Se encienden las luces del escenario. Las lobizonas se arremolinan alrededor de las tablas. Los ojos insinuantes, los labios –como los de todos– cantan, aúllan: “Oléee, oléee, oléee, oléee, Monaaaaa, Monaaaaa…”.
Y la historia de un instante: La mona aparece con los brazos abiertos. Con la sonrisa enorme. Y cabalga, durante segundos mágicos, sobre el rugido temible, abrumador de miles de personas que amenazan con hundir el suelo a fuerza de saltos. Lo vivan como si no lo hubieran visto desde hace años. Un espectador inexperto podría creerlo así, pero no. Todos los viernes, sábados y domingos desde hace más treinta años es igual. El mismo rugido. Los mismos saltos y la pasión: erizando el aire que tiene peso y ya se puede tocar.
El rito comenzó. Carlitos Jiménez, casi 50 pirulos canta, otra vez, como La Mona. Envuelto en su traje de cuerina celeste y amarillo. A bordo de sus botas flúo baila y se menea como si tuviera 20. Disfruta, como si tuviera 15. Transpira como si fuera el último día. “Mami, no me dejés soloooo…”, ruega, desde una tristísima letra que todos cantan a los gritos y bailan alborozados. Porque eso, también, es el cuarteto: letras crudas, repletas de desgracias cotidianas con ritmo de carnaval. Pero también es la alegría despreocupada de El agite, y de Quién se ha tomado todo el vino, o del Beso a beso. Y el orgullo de un ritmo propio: Buenos Aires tiene el tango,/ y La Rioja con la chaya./ Los salteños con la zamba,/ en Corrientes el chamamé./ En Santiago del Estero,/ gozan de la chacarera,/ y nosotros los cordobeses, cuarteteamo hasta morir./ Al tunga tunga tunga no lo van a sepultar…/, canta Jiménez con fuerza de proclama. Y la gente con él.
Los muchachos se paran sobre los hombros de otros muchachos y comienzan su interminable diálogo de señas con La Mona que no deja de nombrar a cada barrio, cada villa de emergencia con los dedos. Sangre y sol, Capullo de Esperanza, Alberdi, Comercial, grita con su voz y sus manos. La gente le contesta. Algunos no se conforman con lo del barrio y, entre tema y tema, le cuentan –como ocurrió en aquella mesa de vísperas de Navidad– sus historias de prisión con manos desesperadas. Eso hace El Loco, de barrio Zumarán: 17 años y tatuaje de La Mona en el pecho, sobre el corazón. “Poné que mis viejos me hicieron después de un baile de La Mona. Y poné que yo traje a mi bebé de 20 días a este baile” pide, y muestra al bebé y a su madre: una adolescente de 16 que me sonríe tímida.
Sobre La Mona llueven remeras, rosarios de cuentas de plástico, y hasta zapatillas. Jiménez los besa –o seca el sudor con las remeras– y vuelve a arrojarlos a su dueño. La policía saca del pelo y a los palos a los revoltosos. La Mona sigue cantando mientras putea que “portensé bien, pendejos, que después dicen que somos unos negros de mierda”. Canta y, de pronto, como una aparición, sube al escenario una nívea quinceañera que se escapó de su cumpleaños para bailar el vals con La Mona. Y la foto. Y los padres. Y el vestido blanco, vaporoso, llevándose gran parte del sudor de Jiménez en el abrazo asfixiante de la chica. No es la primera. Ni será la última. Desde hace años las quinceañeras lo eligieron como su padrino. Va un nuevo cuartetazo. Y las chicas haciendo fila para que La Mona les toque, una por una, la cola. Porque esa es la coreografía del Bum Bum que crearon juntos. Una fórmula explosiva que mezcla, en partes iguales, ingenuidad y sensualidad. Y quien no lo sepa, es un colado en un mundo que ni Ray Bradbury.
Y así toda la noche. Toda una febril, interminable noche donde la vida baila, portentosa, inflamada, una danza invencible. La de los de abajo. La de los que casi nunca tienen voz. Salvo esa noche. Donde todo puede suceder. Donde todo sucede.
Una danza que, en esta provincia, parió miles de historias de amores, odios y reencuentros, y que gestó el amor entre un hombre llamado Mona y tres generaciones de personas que eligieron bailar con él sus penas y pasiones.
La danza de un hombre alegre y vulnerable. Sombrío como el tiempo,  cuando hay mal tiempo. Un tipo espontáneo y sensible. Un hombre simple al que se le incendian cuerpo y alma cuando canta y baila.
Un hombre que tiene mirada y gesto de chico y que, en la cabeza, lleva una corona tan invisible como real.
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Lunes, 26 de noviembre de 2007.
La dura vida en Olivares de San Nicolás, Córdoba, que tiene fecha de remate.
“Acá, en este pueblo, lo único que falta es que nos caiga un meteorito”
El lugar peligra por un litigio entre privados. Sus 800 habitantes sólo esperan la cosecha de febrero.
Por Marta Platía.
Mire, si no tocaran la gente, las casas, al trabajo, pediríamos a gritos que se remate el olivar nomás. Si casi nunca les pagan. Y quién le dice, en una de ésas tenemos mejor suerte con otros dueños”, resopla don Ramón Contreras, el propietario de uno de los dos almacenes del pueblo. Y muestra las pruebas irrefutables de sus palabras: una pila de cuadernos estropeados en los que anota el fiado a unas setenta familias. Ramón sabe de lo que habla: hasta su despido en 2000, él también trabajó en la empresa que les da de sobrevivir desde que se creó Olivares de San Nicolás, al lado de la plantación, “allá por los 30, cuando los Tatas vivían”.
Ahora son las dos de la tarde en este pueblo hecho de sol y polvo que tiene fecha de remate para el 18 de diciembre. Un caserío signado por la miseria, y dividido en dos sectores, el viejo y el nuevo, en el que abundan jardines de piedras y cactus. Aljibes famélicos y gallinas desplumadas y fibrosas que se cruzan de un lado a otro buscando algo para picotear. De casas en ruinas y rajadas del techo a los cimientos, como si hubieran pasado por un terremoto. Pero no. No fue el sismo del 77. “Es por un río subterráneo que atraviesa la parte vieja, y las viene partiendo desde hace unos años”, le cuenta a Clarín el comisario del destacamento policial, que también entrará en el remate. Como el comedor de la monja africana Theresa Varela, la iglesia, el club, una de las dos escuelas, la cabina con el único teléfono del pueblo, y hasta el dispensario. El hombre se ríe con pena. O ternura. “Mire, acá, en este pueblo, lo único que falta es que nos caiga un meteorito”, bromea. Su oficina, adornada con un desgastado cuadro de un San Martín anciano y sepiado por el tiempo, es un muestrario de grietas donde lo único nuevo es un póster de la campiña austríaca, que alguien colgó tal vez para demostrar que hay otros mundos.
Mientras, en la cocina cuyo techo “ya se venía abajo”, un grupo de chaqueños “llegados del Impenetrable”, intentan reparar lo imposible con columnas de cemento. “Ellos también están esperando la cosecha de febrero. Esa que salvaría al empresario y al pueblo del remate -abunda el comisario-. Pero quién sabe. Aquí nunca nadie sabe nada”.
Afuera, los 45 grados le arden a la tierra blanca de la calle principal. Alberto Jaime llega a pasos lentos al almacén de Ramón, por el único lujo que se da cada mediodía: “Una cervecita fresca”. Su mano izquierda revela avatares de peón todo servicio. Un par de falanges perdidas y vendas recientes sucias de iodo. “A éstos los perdí en Córdoba”, cuenta seco. Sin quejas. “Fue una vez que acá no había cosecha, me fui, y me dieron un taladro para agujerear una calle”. La herramienta desconocida, en manos inexpertas saltó rebanándole índice y mayor. El conchabo duró lo que un suspiro. Le costó dos dedos.
Ahora, dice, es regador. Como lo fue su padre don Raúl, que ya murió. Y sus nueve hermanos. ¿Y la manguera? Mira como si le hablara en otro idioma. “¿Qué manguera?”. La que usa para regar. Achica los ojos y arruga la nariz. Niega. ¿El balde, entonces?. Peor. “No, doña, yo soy regador con pala”. Y explica. Cada día, a las siete de la tarde, sube a su yegua y se adentra en las 1.200 hectáreas de olivares, con dos perros. Dice que “les charla” mientras trabaja en la oscuridad. Que le hace surcos a la tierra con su pala de punta, para que por allí corra el agua de las acequias que atraviesan la plantación. Que a veces le proveen de una linterna que él se ata a la cabeza con un elástico que le da Mercedes, su mujer desde siempre.
¿Lo peor? Las noches oscuras. Esas donde no hay ni luna, y la batería de la linterna dice basta. Piensa. “No, doñita, no. En realidad lo peor son las víboras”. Es que en los huecos de los olivares, que tienen troncos con muchas ramas, “se escuenden las desgraciadas”. Y hacen los nidos en los yuyales de alrededor. Sí, las víboras son las que meten más miedo. “Pero por suerte Diosito les ha dado ese cascabel que hacen sonar cuando uno está cerca”. Alberto señala su pie derecho. “Ahí mismito tuve una la otra noche. Tenía un cascabel tan grande que me pegó en el pantalón. Parecía un cencerro”, se ríe nervioso. “Por suerte le di justo con la pala. ¿Si tuve miedo? Claro, mire si me picaba. No estaría contándole la vida”.
Su vida. Es que Alberto sabe, como los 800 habitantes de Olivares, que en el único puesto sanitario, donde el médico llega una vez por mes, no hay suero antiofídico. Adriana López, la enfermera, confirma: “Acá no tenemos ni una jeringa. Mire si vamos a tener antiofídico… No, ni un pobre decadrón hay”. Con cierta triste ironía, enumera un inventario vacío. “Es que con tanta víbora, los pobres tienen poco tiempo, y no les queda otra que salir corriendo, en auto o a caballo, al hospital de Cruz del Eje”, a 23 kilómetros por camino de tierra. Ahí sí tienen.
Son las cinco y media de la tarde y el calor desespera. En las calles, sólo las lagartijas dejan su rastro veloz en el polvo. Fredy abre el almacén de “la parte vieja”, y hace esfuerzos para no reírse. “No, doña, acá no vendemos. Los de la empresa lo venden en su finca a los turistas, o lo exportan. Trabajamos en el olivar, pero el aceite de oliva no es para nosotros”.
En los tinglados
“Los de los tinglados” son un pueblo aparte: parias hacinados en tres galpones donde cada familia tiene una pieza, y comparten un baño externo. A Rosa -31 años, cinco hijos- la miseria le robó hasta el deseo, como a muchas de sus vecinas. No ansía una casa con baño. Nunca la tuvo. Sólo Franco, uno de sus hijos, sabe de qué se trata: está pupilo en un colegio en San Marcos Sierra. “Ahí podés ir de noche sin salir de la casa”, le cuenta.
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Una historia de remate
El 18 de diciembre, a las 8, el juez Carlos Molina Portela remataría la empresa Olivares y Viñedos de San Nicolás S.A. que, además de la plantación de 100 mil olivos, incluye unas 60 casas en la que viven parte de los 800 habitantes de esa localidad, a 23 kilómetros al norte de Cruz del Eje.
El remate es por una deuda de US$ 1,2 millón de su dueño, Jorge Pierrestegui, con el Banco Francés.
El banco se comprometió a “dejar el pueblo fuera del remate y renegociar la deuda”, si Pierrestegui vende las casas a sus pobladores “a precio simbólico y les da los títulos de propiedad”.
Pierrestegui dijo que envió una carta documento con el compromiso de cumplir su parte. No recibió respuesta.
El fiscal de Estado se comprometió “a garantizar el derecho posesorio de los habitantes de sus viviendas, sin involucrarse” en la deuda.
El Banco Francés afirmó que esta semana “habrá novedades”.
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Revista Viva. Domingo 13 de enero de 2002.
Una historia del Holocausto.Pasajero de una pesadilla
Por Marta Platía.
Hace sólo quince años que Edgar Wildfeuer, de 74, dejó de soñar con la muerte. El único sobreviviente de Auschwitz que vive en la ciudad de Córdoba dice que sus noches sin pesadillas son su verdadera victoria. Su completo triunfo sobre el horror nazi que acabó con toda su familia y le borró la sonrisa por décadas enteras.
Ahora, en su apacible casa del barrio Alta Córdoba, parece un vecino más. Nada indica que detrás de la puerta blanca de la calle Cervantes al 700, se agazape, intacta, la historia de un hombre que logró arrancarle su vida a la muerte de los campos de concentración nazis de Plaszow –el mismo de La lista de Schindler— Auschwitz, Mauthausen, Melk y Ebensee.
Nada, salvo el desesperado abismo de sus ojos azules cuando recuerda esos años. Nada, si no fuera por  el número que todavía lleva grabado en su brazo izquierdo: 174.189. “Me lo tatuaron apenas entré a Auschwitz, en 1944”, resuella, y lo muestra con la dignidad sin abatir de su metro ochenta de estatura.
Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Edgar Marek era apenas un chico de 15 años. Su papá, Mauricio era un próspero ingeniero ferroviario en Cracovia, la antigua capital de Polonia, y nada faltaba en el hogar adonde los Wildfeuer –luego del nacimiento de Edgar, el 6 de mayo de 1924, en Czorsztyn—se habían mudado.
A don Edgar se le llenan los ojos de luz cuando se recuerda, niño y feliz, deslizándose con su trineo por la nieve, jugando al fútbol con sus amigos, o patinando, hasta caer rendido “y con las mejillas que latían coloradas”, sobre el hielo de los lagos helados.
“Mi familia no era muy religiosa, pero manteníamos las tradiciones judías. Cuando comenzó la discriminación, mi papá no pudo tolerar los malos tratos, las medidas antisemitas, y decidió escapar”.
El refugio, la casa de su abuelo en Podhuba: “Nos fugamos escondidos en una camioneta. Temblando de miedo de que nos descubrieran. Pero llegamos. Ahí tuvimos un tiempo de paz junto al abuelo, con una tía, su esposo y su hijo de 10 años. Estuvimos a salvo algunos años junto con mi madre –rememora Wildfeuer en su castellano de hierro–, pero todo eso se terminó el 13 de agosto de 1942”.
Ese día los alemanes tomaron la aldea y asesinaron a todos. “Cuando volví no quedaba nadie vivo. No puedo explicar todavía lo que sentí al ver a toda mi gente muerta. Yo también me morí ahí. Yo, o el que era hasta ese día”.
Edgar se salvó de la masacre porque había conseguido trabajo en una empresa que construía caminos. Sabía alemán y era joven. El capataz nazi lo consideraba útil para que le llevara la correspondencia y le trajera su comida. “Todos los días a las doce yo iba en su bicicleta al puesto de gendarmería a traerle su comida. En eso estaba cuando la patrulla de la SS que mató a todos me encontró en el camino. Para que el capataz no se queda sin comer y sin su bicicleta, no me asesinaron. Cuando pude volver a mi casa encontré a todos muertos. Pasó mucho tiempo hasta que fui consciente de lo que me había pasado: me había quedado solo en el mundo”.
Edgar huyó de los alemanes y se refugió con unos antiguos amigos de su padre en el guetto de NowyTarg. Pero el respiro no le duró mucho: los supuestos amigos lo enviaron al campo de trabajo de Rabka “para no tener problemas”. El muchacho se llenó de amargura y desconfianza: “La guerra tenía esas cosas y yo las estaba aprendiendo con la piel. Rabka terminaba con tus fuerzas. Pero yo era joven y podía trabajar picando piedras. Después, me trasladaron al ghetto de Cracovia y de allí, a Plaszow”.
-El campo donde estaban los judíos de Schindler…
-Sí, y donde el comandante Amón Goeth mataba por el gusto de matar. Era terrible y sanguinario. En la película (La lista de Schindler) Spielberg lo humaniza en su trato con la sirvienta. Y tal vez fue así con ella, pero en el campo era como un demonio: disparaba sin piedad y a cualquiera le podía tocar. Allí, como en los demás campos, sobreviví porque tuve suerte. Si hasta me dispararon y no salieron las balas.
-¿Cómo fue eso?
-Formaba parte de una cuadrilla que picaba rocas para pavimentar los caminos. Trabajábamos hasta 16 horas diarias con temperaturas bajísimas. Y un día, por el cansancio, el hambre y el frío, me dormí arriba de ese montón de piedras. Pasó un guardia y me gatilló varias veces en el cráneo. Ese sonido me despertó y pensé que ahí terminaba todo. Pero las balas no salieron. Parece que la pistola estaba congelada. Me pegó con el arma y se fue. Ese día volví a nacer.
-Primero la comida del capataz, luego un revólver atorado, es usted una sucesión de milagros…
-Es que para sobrevivir había dos cosas fundamentales: Tener suerte y querer vivir. Tener voluntad de no morirse. Y no deprimirse. Nunca.
-¿Pero cómo no deprimirse con semejante situación?
-Había que esforzarse. No pensar –dice firme, golpeándose las rodillas con las pesadas palmas de sus manos–. Pensar podía matarte. Yo creo que a mí tal vez me ayudó ser joven y estar tan solo. No era fácil de quebrar. Recuerdo a Auschwitz llegaban familias enteras de judíos holandeses. Les quitaban todo. Los separaban de sus seres queridos, y los llevaban a que miraran el humo que salía por las chimeneas de los crematorios. Y les decían: “¿Ves ese humo? Allí van tus hijos y tu mujer”. Entonces, lógico, esa gente caía en la desesperación, se deprimía y no tardaba mucho en morir.
En su tácito manual de sobreviviente, la mirada tiene todo un capítulo: “Era fundamental no mirar a los nazis. No mirarlos para no ser visto. Ser invisible. Todos esos años ser invisible fue una de mis obsesiones”, revela este hombre que recorrió todos los infiernos tratando de que los demonios no posaran sus ojos en él. Un hombre de rostro bello y mirada azul que parece saberlo todo sobre la vida y la muerte.
“Nunca, jamás mirar a los capos a los a los ojos. Tratar de no sobresalir. Mientras menos contacto y más desapercibido, mayores posibilidades de sobrevivir” repite como para sí mismo, y recuerda el caso de un compañero suyo. El chico amaneció con dolor de muelas y tuvo la peregrina idea de envolverse la cabeza con una bufanda. Cuando pasó el jefe del campo, el verlo y hacer tiro al blanco, fue todo uno.
Edgar contempla el horror en los ojos de esta cronista, pero no da tregua. El cree que nada de esto debe ser olvidado y por eso, dice, habla. Sin piedad. Ni siquiera para él.
“Es difícil describir lo que era Auschwitz –se esfuerza–. Era un mundo aparte. Una creación terrorífica. Como de ciencia ficción. Un lugar del que se salía únicamente por la chimenea del crematorio. La grasa humana convertida en jabón, y las cenizas de los cuerpos usada de pavimento en las calles…”.
Cuando los aliados comenzaron la ofensiva final, en enero de 1945, los alemanes decidieron evacuar Auschwitz. En el medio del caos por la evacuación, Edgar y sus compañeros se colaron en un depósito y lograron hacerse de algo de ropa y zapatos para soportar la que, intuían, sería una marcha agónica. “Yo agarré una frazada y dos zapatos de distintas hormas. No un par, sino dos zapatos. Me dijeron que uno era del ejército húngaro, y el otro del eslovaco. No sé si era cierto, pero me salvaron la vida”. Los zapatos de Edgar. Se mira los pies como si todavía pudiera verlos.
“Eran un asunto de vida o muerte –enfatiza con el rostro ensombrecido–. Todos sabíamos que los que no tuvieran un buen calzado moriría con los pies congelados. Era enero. Nevaba y hacía 20 grados bajo cero. Los nazis nos llevaron a punta de fusil a pie, durante cuatro días y cuatro noches rumbo a Austria. Después supimos que era a Mauthausen. En el camino nos bombardeaban los rusos. Yo iba casi al último y podía ver cómo las tropas de la SS iban matando a la gente que no podía seguir por sus pies congelados. El camino estaba sembrado de cadáveres. Muchos otros sólo tenían zuecos de madera y lona arriba. La nieve se les pegaba a la madera. Se ampollaban los pies. Se infectaban. Los asesinaban. Si yo no hubiera tenido esos zapatos, seguro que también me moría”.
Desde la marcha de la muerte, Edgar –que a esa altura pesaba un poco más de 40 kilos—llegó a Mauthausen, y de allí pasó a Melk: “Un campo infecto, lleno de piojos”, donde cavó túneles en las montañas bajo el bombardeo de la aviación aliada hasta que en abril del 45 los rusos tomaron Viena. Entonces el muchacho y sus dos zapatos (“uno tenía la punta redondeada; el otro, cuadrada”) fueron a dar a una barcaza de transporte de carbón que, por el Danubio, los dejó en Linz. Al desembarco le siguieron otros cuatro días de marcha forzada montaña arriba. Sin nada que comer. Con los fusiles nazis apuntando, matando a los más débiles, hasta que llegaron a Ebensee, en los Alpes austríacos.
“Allí viví el colmo del sufrimiento. Hacíamos túneles en las montañas de piedra con explosivos y, claro está, sin ninguna protección. Morían de a cientos. Por toda comida, cada día nos daban un litro de agua con cáscaras de papas y un octavo de pan que, como parecía aserrín, había que recogerlo con la gorra. Pero el miedo era insoportable. Nos dábamos cuenta de que ellos estaban perdiendo la guerra y que ya no les importaba nada. Nos decían, a cada rato, que nos matarían a todos”.
Edgar, el hombre que es ahora, habla como si esta cronista ya no estuviera a su lado. Relata en voz alta. Como si todas las imágenes del horror hubieran cobrado vida en el living quieto de su casa de puerta blanca.
Edgar recuerda: “Uno de los últimos días, mientras estábamos formados en la plaza, salió de las oficinas del campo un muchacho luxemburgués y nos gritó con toda su fuerza que no entráramos a los túneles ese día. Que los nazis pensaban volarlos con nosotros adentro. Ese chico nos salvó la vida. Lo mataron en el acto”.
El fin para los carniceros del Tercer Reich estaba cerca. Las tropas aliadas acampaban a pocos kilómetros y los guardias decidieron huir. “Una mañana nos levantamos y ya no estaban. Nos abandonaron. Estábamos solos, pero ni siquiera teníamos fuerzas para salir de allí”.
Es entonces cuando el día de la liberación resplandece en la memoria de Edgar. Recuerda que esa mañana entró al campo de Ebensee un tanque norteamericano y que, desde lo alto, se asomó el rostro de un soldado negro que miró aterrado la multitud de cadáveres vivientes que había parido la locura hitleriana. “Nunca voy a olvidarme que era 6 de mayo. El día de mi cumpleaños. Ya tenía 21, pero me sentía de 80. Ese día, mi regalo fue la libertad”, dice, y me sonríe la sonrisa más triste que jamás haya visto.
La liberación llevó los 45 kilos de Edgar Wildfeuer a los campos de refugiados que se montaron en Italia. Ya no tenía a nadie por quien regresar a Polonia. “Mi tierra estaba ensangrentada, tomada por los rusos, y ya no quería volver. No tenía a qué ni por quién”. En el taco de la bota del mapa italiano, en Santa María di Leuca, conoció a Sonia Schulman, una polaca de 18 años que, milagrosamente, se había salvado con casi toda su familia. Sólo uno de sus hermanos, León, murió en el campo de exterminio de Stutthoff. “Me enamoré apenas la ví. Ella tenía familiares en Argentina, en Córdoba, y no tardó en embarcarse hacia este país”.
Edgar vivió otros cuatro años de soledad. Se quedó en Italia acompañado por las cartas de Sonia que llegaban, todos los meses, desde las sierras que Edgar añoraba sin conocer. El muchacho aprendió el idioma del Dante e hizo la secundaria en dos años. Ingresó en la facultad de ingeniería y allí peleó sus siguientes batallas hasta que en noviembre de 1949, una carta de Sonia lo embarcó desde Génova a Buenos Aires. En los 14 días de océano, el enamorado se devoró un libro escrito en castellano: “Como ya sabía alemán, idish, italiano y ruso, el español no entró tan difícil”, explica Wildfeuer como si nada.
Córdoba lo recibió en la casa donde todavía vive. Cerca de la Plaza de Alta Córdoba, donde le pidió a Sonia que se casara con él. Por la que todavía hoy este ingeniero jubilado, altísimo y de sonrisa amplia, va a tomar el sol con siete nietos que le dieron sus tres hijos. Don Edgar, como le llaman sus vecinos, suspira largamente y espía la siesta cordobesa por la ventana de su casa nívea. Igual a todas las de la cuadra. Y cuando parece que ya lo ha dicho todo, confiesa que sí. Que sí, que cuando terminó la guerra tuvo vergüenza de haber sobrevivido. “Un enorme cargo de conciencia por vivir”, a pesar de que todos a quienes quiso murieron.
-¿Todavía hoy se siente culpable por estar vivo?
-No, ya no. Me he disculpado a mí mismo. Yo sólo quería sobrevivir. Y ni yo mismo puedo culparme por eso.
Entonces me mira aliviado. Sonriendo su sonrisa triste. Atisbándome desde el fondo de su historia con los ojos azules de ese otro Edgar. El muchacho que fue. Ese que ya no quiere ser invisible.
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Revista Viva. Domingo 26 de septiembre de 1999.
Una lección de solidaridad (Extraña Pareja).
La revolución es un sueño eterno
Por Marta Platía.
Andrés Rivera dice que hace muy buen café. Y es cierto. Con su voz de trueno  ofrece tostadas y luego se sienta a la mesa enorme de su cocina blanca. Después sale al patio tan lentamente como se lo permite un obstinado dolor de espalda que, desde hace algunos años, lo tiene gruñendo más que de costumbre.
Porque se sabe: el hombre es un rebelde eterno. Y, como todo rebelde, le encanta gruñir de vez en vez.
Vuelve con los ojos llenos del limonero. Su árbol. El único ser viviente del patio que cuida él mismo. “A las demás plantas –que son muchas y bostezan generosas en la mañana gélida— las cuida la Susanita”.
Así, bien a la cordobesa. Con el artículo incluido. “La” Susanita, como él la llama, es su mujer Susana Fiorito: una dama de pequeñísima estatura y voluntad de gigante que fundó, hace once años, una Biblioteca Popular en Bella Vista: un barrio marginal que crece al lado del cauce de La Cañada. A pocas cuadras del microcentro. El proyecto de ella “el último gran sueño de su vida”,  dice él,  lo ancló en Córdoba. Y ese destino parece no haberlo defraudado.
La Biblioteca queda a sólo tres cuadras de la casita blanca, sencilla y parecida a todas las de la cuadra donde viven Rivera y su mujer. Bella Vista es un barrio peligroso. De crónicas rojas y pronósticos negros. Con esquinas de navajas afiladas por las noches, policías de gatillo inquieto, “dealers” impunes que encuentran en los adolescentes a sus víctimas, y casas de cita media estrella en cuyos zaguanes, chicas de rimel y medias corridas, toman el sol de media-mañana  luego del jaleo nocturno.
Don Andrés –como lo saludan ni bien asoma su nariz a la calle— y Susana Fiorito, son los vecinos más respetados. No sólo porque son  “dos porteños locos que se vinieron a vivir a este barrio de mierda sólo para ayudar”, como le dice a VIVA Luisa, una ama de casa que intenta sacarle brillo a una imposible vereda de baldosas esporádicas; sino porque lograron integrarse a una comunidad desconfiada. Castigada por el desempleo y la delincuencia. Una comunidad que, al principio, los miraba “de reojo” y que luego terminó aceptándolos como parte de su paisaje. La fórmula de Fiorito-Rivera es simple, pero nada fácil: ojos y oídos abiertos ante la gente,  trabajo y  una obstinada permanencia por la que nadie,  apenas llegados, daba dos pesos.
En 1990, con ahorros propios,  préstamos de los amigos y  el dinero que aportó una ONG sueca, Susana recicló un viejo granero en la esquina de  las calles José de Iriarte y Rufino Zado. Lo llenó de estantes y a los estantes de libros. Los propios y los de Andrés. Y una tarde, llena de sol,  ambos se sentaron a esperar “a los lectores”.
– La primera en asomar la nariz –cuenta Susana—fue Isabel Miranda. Una mujer muy de barrio que, después de asombrarse por nosotros y por  “la cantidad” de  libros, se encargó de contárselo a todos los vecinos que pudo.
A más de diez años de aquella tarde,  la biblioteca se convirtió en un Centro Cultural. Un sitio de contención para los chicos, adolescentes y mujeres que le pelean a la pobreza desde esa trinchera hecha de 14 mil libros, y talleres de  oficios y recreación.
Todas las tardes, las mesas con manteles de hule de  la Biblioteca se llenan de chicos que van a hacer los deberes. La razón: en sus casas no tienen manuales,  ni otros libros de consulta. Entre  canastitas de pan criollo y tazas de  mate cocido azucarado, los pibes hacen sus tareas apoyados por  maestras que, en su mayoría,  asisten sin cobrar un peso.
También funcionan, desde hace años, talleres de poesía,  costura, tejido,  gimnasia, música,  lectura, cine y hasta una huerta comunitaria – en un terreno baldío a una cuadra de la biblioteca–  en la que  los chicos siembran verduras que, una vez cosechadas, van a parar a la olla familiar.
“Ella es el motor de este mundo en el que vivimos. Yo sólo soy un espectador que escribe”, le gusta decir a Rivera de Susana Fiorito. La hacedora. Y compara voluntades como para que no queden dudas: “Susana dejó de fumar después de cuarenta años de tabaco sólo porque se lo propuso. Y no. Yo no soy como ella”, sonríe, detrás del humo de su segundo Malboro en menos de diez minutos.
La ama. Lo dice. Se le nota. Y la respeta en cada gesto. Ella lo retribuye sonriendo y paseándose por la casa con una energía que él admira.
La rutina de ambos está ligada a esas pasiones.
-Con la Susy nos levantamos entre siete y siete y cuarto. Desayunamos mirando el patio en penumbras. Ella trabaja aquí atendiendo a las mamás que tienen hijos presos, a las que tienen adolescentes embarazadas, escucha a la gente. Esto se vuelve algo así como `la casa del Pópolo` hasta que se va a la Biblioteca. Y yo, como decía Carlos Guido y Spano, ´Argentino hasta la muerte, he nacido en Buenos Aires´. Soy un porteño. Me siento porteño. Pero vivo acá. En esta casa que me gusta y que disfruto. Pero lo mío es más doméstico”, arguye, en un intento de desdibujar su presencia de escritor enorme.
La vida del porteño Andrés Rivera cambió a partir de 1992, cuando un jurado decidió otorgarle el Premio Nacional de Literatura por “La revolución es un sueño eterno”. Después llegaron “El verdugo en el umbral”, El Farmer”, “La lenta velocidad del coraje” y, hace pocas semanas, “Hay que matar”.
-Hasta “La Revolución…”, yo trabajaba como corrector de estilo. Habida cuenta de que cobraba 800 pesos por mensuales, y el premio equivale a 709,50 por mes, decidí dejar de trabajar allí y dedicarme a escribir.  Eso me permitió disponer de tiempo.
Da otra bocanada a su cigarrillo rubio. La cadencia de su charla está matizada con una especie de suspiro-resuello que deja escapar de cuando en cuando y que,  tal parece, le sirve para atisbar a su interlocutor sin dejar de mirarle jamás a los ojos.
-Mi vida cambió –repite como para sí mismo–. Desde entonces pude leer con más tranquilidad y pude trabajar un poco más lo que yo escribía. No mejor ni peor que antes. Pero con una atención más concentrada. Me recluí en esta casa. En este país que te acostumbra a exilios internos por su monotonía. Su desigualdad. Donde uno sale a la calle y el único tema es el dinero…
-Le doy otro, la inseguridad…
-Que también tiene que ver con el dinero. Mire, yo siento que este país nos obliga a exilios. Sarmiento, San Martín y otros hombres con los que por favor no me compare, debieron irse. Pero ojo: yo vivo acá, en la Argentina. Y hago lo que puedo. Y una de esas mejores cosas es acompañar a Susana Fiorito en su proyecto que, los dos sabemos, es su último proyecto de vida.
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Susana Fiorito. Un metro cuarenta y siete de  explosiva energía. Setenta y tres años de una historia de vida trazada  sólo por los golpes del timón de su voluntad.
Hija de Alberto Antonio Fiorito, un acaudalado terrateniente italiano de la provincia de Buenos Aires  – “la villa Fiorito donde nació Maradona era un loteo de mi familia”, revela Susana–  se devoró la biblioteca paterna y se fue de la casa a los 18 años. Todo un escándalo para esa época. Y más aún, “en una familia de burgueses que sólo querían que me casara bien”, como acostumbraban las chicas de esos círculos sociales.
Susana no se casó bien. Es más, se casó bastante mal. Su primer marido, un estudiante de Ciencias Químicas de 1,96 de estatura, descargaba su furia sobre ella cada vez que podía. “Había tenido meningitis –recuerda Fiorito–. Los médicos dijeron que una de las secuelas era la violencia que se le había instalado en el carácter”.  Susana dio un nuevo portazo. Su próxima estación fue el escritor Ismael Viñas (hermano mayor de David). La pareja duró diez años.
En esa época Susana ya militaba en agrupaciones de izquierda y conoció a Celia de la Serna, la mamá de Ernesto “Che” Guevara.
-Era una mujer que amaba profundamente a ese hijo que parecía ser su único hijo. Con ella fuimos a Chile, a un congreso donde también conocí a Aleida March (la esposa del Che). Celia era mayor. Podía ser mi madre (de hecho, Susana nació en 1928, como Ernesto). Pero fuimos buenas amigas.
Fiorito no quiere hablar del tema. No quiere “darse aires” con ese pasado. Aunque esa historia incluya pasajes desconocidos, para la mayoría, de la muerte de Celia. Susana le cerró los ojos. Le puso su prótesis dental. La vistió. La acompañó hasta el final.
-¿Y cuándo entró Andrés en su vida?
-En 1968. Yo militaba en el Malena repartía Liberación y tenía muchos contactos con el Sindicato de Prensa. Allí estaban Emilio Jáuregui, Eduardo Jozami y Andrés.
Susana recuerda el momento en que  Rivera, separado de su primera mujer,  comenzó a fijarse en ella: “Discutíamos mucho. A él lo habían expulsado del P.C. junto a Portantiero y Juan Gelman”.  Claro que no todo era debate: “Yo tenía, además de este cerebro y este carácter,  unas medias negras, de red. Y una minifalda”, dice, y una carcajada estalla en su cara de piel blanquísima.
-Recuerdo que hacía frío –continúa zumbona–. Salimos a comer y después caminamos. Caminamos desde su departamento,  en Corrientes y Uruguay,  hasta el Puerto.  Cuando regresamos, a eso de las cinco de la mañana, me invitó a tomar mate. Nunca más me bajé de ese departamento.
Susana y Andrés no tuvieron hijos juntos. En su pareja anterior,  Rivera tuvo dos: Carlos (que murió en 1974,  a los 17 años, de un cáncer linfático que le consumió la vida en pocos meses), y Jorge: que hoy tiene 40, es mago y usa el verdadero apellido de su padre: Ryvak.
Ella da las razones: “En esa época había que decidir: o militabas o eras madre”. Yo opté. No me arrepiento. Dice. Y se dice.
En mayo del `69, el Cordobazo marcó a la pareja. Se enamoraron profunda, irremediablemente de la insurrección mediterránea. De la provincia que eligieron para vivir. Del estallido revolucionario que fue el principio del fin del derrocamiento de Juan Carlos Onganía: uno de los tantos dictadores militares que esparcieron sombras, muerte y corrupción a manos llenas.
Córdoba era la meta. Llegaron en 1970. Tuvieron que regresar a Buenos Aires en el ´74 cuando Carlos enfermó. Pasaron la larguísima noche del Proceso en Buenos Aires. El trabajando como obrero textil. Como corrector en algunos diarios. Como periodista. Hasta 1990, cuando se instalaron en la casita blanca de Bella Vista. Hasta la tarde en que, en vez de heno y alfalfa, llenaron un granero con libros. Y se sentaron a esperar, pacientes, la llegada del primer lector. Para contagiarle la esperanza. Y la rebeldía.
………………
Cotidiano. El momento elegido para escribir, la mañana. “Porque las pocas neuronas que me quedan las tengo frescas”, arguye irónico Rivera en su personaje de antihéroe.
Su  mesa de trabajo: un escritorio pequeño en una habitación mínima con muchos libros.
– Cuando llega una historia para contar, como decía Hemmingway, escribo todos los días. A mano. En un cuaderno como ése (y señala el de la cronista: pequeño y con espirales). Escribo con lapicera, no con birome. Y luego paso a máquina. Sé que es anacrónico, pero me he negado a la computadora.
-¿Cuáles son los motivos?
– Porque para mí, hay una relación, como diría el señor Di Tella, “carnal” entre la lapicera que uno empuña y lo que escribe. Y a eso no lo tengo con la computadora.
-¿Y después del trabajo de la mañana?
-Duermo la siesta, porque es una de las pocas tradiciones provincianas que respeto. Y luego leo. Y después suelo mirar televisión. Algunas series norteamericanas que son muy buenas. Me gustan los thrillers. Los thrillers hablan mejor que otra descripción de lo que es Norteamérica.
-Después se da una vuelta por la Biblioteca…
-Sí, ando de observador. Camino las tres únicas cuadras de este barrio que conozco para llegar.
-¿Sólo conoce tres cuadras?
-Sí, no me interesa nada más. No quiero conocer más. “Argentino hasta la muerte, he nacido en Buenos Aires…”.
Repite, deleitándose en esa especie de letanía que le hace sonreír la mirada mientras retira las tazas de café.
Pero su declamada indiferencia se le vuelve indignación cuando habla de las muchas, viejas, pobres casas de ese barrio que quiere a pesar de su corazón porteño. Casas que se están hundiendo sin remedio succionadas por pozos negros. Saturados. Negrísimos.
“Una vez fui a una reunión de vecinos en la municipalidad cordobesa. Chéjov quedaba pálido al lado de los funcionarios. Llenaron el aire de palabras vacías. Funcionarios de barbita prolija, traje elegante y la mano por el jopito, como para que  los admiraran sus secretarias. Sólo perdimos el tiempo”.
Su indignación crece tanto como su voz de tormenta: “Entre tanto, las casas se hunden, los pozos ciegos rebozan y cada vez hay más agujeros en las esquinas”.
La indignación: “A partir del privilegio que gozo, de vivir de la escritura, de lo que me gusta, no logro enterrar una indignación que me viene desde la cuna. Hijo de una familia obrera, sé algo de la injusticia, de la desigualdad.  De cómo el ser humano, no la mujer, puede prostituírse.  En este barrio que se degrada merced al trafico de la droga y cuyas víctimas son los chicos. Esos chicos que no conocen eso que antes se conocía y mucho. Que se practicaba y mucho, que es la solidaridad. No soy un nostálgico, pero el sistema la hizo desaparecer. Los chicos se delatan. Se fanean, como ellos dicen. Prefieren la campera y las zapatillas adidas. Después comen nada toda la semana.. La mía –insiste Rivera—es una indignación impotente que encuentra una vía de escape en la escritura”.
Pero también se indigna por  los funcionarios menemistas y de los otros que se enriquecieron y se enriquecen en sus cargos públicos. De  lo reservado de los fondos reservados.
Y, al fin,  se indigna consigo mismo. Porque, “¡carajo!”, cómo él va a volver a indignarse una vez más “con esos malditos lugares comunes” para los que nadie tiene respuesta. Lugares comunes que dice odiar. Carajo.
De vaqueros y camisa celeste. Un saquito de lana gris, Andrés Rivera camina despacio. Deslizando su dolor calle abajo, rumbo a la Biblioteca. Es mediodía. Lo saludan los vecinos y él contesta. Con su voz de trueno, refunfuñante. Como para asustar. Como para alejar. Pero no tanto.
Le compra frutas a un verdulero que, en sus manos, lleva un arcaico balancín.  De esos que sólo se ven en los pueblos. En los barrios pobres, paupérrimos. Como éste.
…………………….
La escena es en la esquina,  frente a la Biblioteca.  Rodrigo Leyría, 13 años, cámara en mano, entrevista a  “don Andrés”. Con su aspecto de pichón desplumado, los ojos inmensos y el micrófono que le tiembla entre las manos, el chico  es uno de los diez adolescentes que asisten al taller de cine.
Rodrigo y sus compañeros están haciendo un documental sobre el barrio. Un trabajo que piensan estrenar en la sala de Microcine de la Biblioteca. La salita en la cual, todos los viernes al anochecer, los vecinos se reúnen a ver películas. Rivera es uno de los encargados de la programación y el coordinador de los debates que se arman cuando el proyector se apaga. Los chicos del taller sueñan con ver en la pantalla su obra.
“Primero hicimos dibujos –cuenta Félix Gamarra,  un  chico peruano de 14 años, considerado “el mejor dibujante” por sus compañeros— después aprendimos a sacar fotos  y ahora ya sabemos filmar”.
El proceso, demoró meses. Los profesores le dieron una cámara descartable a cada uno para que  fotografiaran lo que más les llamara la atención del barrio o su familia. María Maidana, cabellera oscura, 14 años,  tomó como modelo a su “Nona”. La viejita aparece inmóvil, sentada en su cama de frazadas tan gastadas como su  mirada. A su alrededor, un enjambre de  mocosos le sonríen a la cámara, junto al escuálido perro de la casa, que tampoco quiso perderse la foto.
Gisella Portela, de 12 años, fotografió las esquinas y las placitas del barrio, y Yael Pereyra, de 13, los muros de La Cañada –el cauce de piedra que divide a la ciudad en dos, por donde corre el río Suquía –. En esos paredones grises, la nena le apuntó a las pintadas de los chicos de la calle que se refugian en las alcantarillas, las declaraciones de amor a Carlitos “La Mona” Jiménez,  los “viva Talleres y Belgrano”, y los mensajes de  rencor y venganza  hacia “la cana, la yuta, la policía, bah”, aclaran los chicos.
Para el “docu”  –como bautizaron este trabajo que aún no tiene un nombre definido— el grupo decidió hacer todo: los carteles de presentación,  el guión y hasta la música: que será a base de percusión y canciones escritas por ellos mismos.  La trama mezclará las fotos con las cintas grabadas en cada rincón del barrio, y  los testimonios que los flamantes cineastas les hicieron a sus familiares, a los vecinos y hasta los presos que, muchos de ellos, tienen en las cárceles cordobesas.
-Don Andrés –arranca el pequeño Rodrigo– ¿Cómo era usted cuando era chico?
Serio, como si hablara con un reportero de la CNN, Rivera contesta: “Me gustaba jugar en la calle, pero como era un chico enfermo, leía. Me gustaban mucho las historietas y las novelas”.
-¿Y su papá? ¿Cómo era?
-Mi papá fue un obrero toda la vida. Trabajaba en una fábrica de caramelos. Gastaban mucho en remedios para mí. Alquilábamos una piecita y una cocina por 30 pesos al mes. Ellos siempre fueron muy cariñosos conmigo. Mi papá nunca me levantó la mano.
Rodrigo, ojos enormes de pichón desplumado, mira a sus compañeros buscando aprobación. María, la camarógrafa, lo felicita. Le dice que todo salió bien.
Corten. Se imprime. Además, ya es hora de ir a comer.
El grupo se desparrama presuroso. Andrés Rivera entrecierra los ojos y  me sonríe con los labios apretados. Desanda las únicas tres cuadras que conoce acompañado por una certeza que le derrumba, por momentos mágicos,  los muros de rabia e indignación  que construyó su implacable lucidez. Por un instante, volvió a sentir que no todo está perdido.
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Andrés Rivera y Susana Fioritoson una extraña pareja.
Desde  que se encontraron, desde que se  enamoraron de  la provincia que dio a luz el Cordobazo –uno de los gritos de rebeldía y de dignidad más significativos de Latinoamérica–  nunca bajaron ni sus brazos. Ni sus banderas. Ni sus sueños. Aunque suene anacrónico. Aunque el pragmatismo, que parece haber ganado todas las batallas, estalle en carcajadas desde su trono tapizado del color del dinero.
Todos los días, esta pareja que bien podría estar disfrutando de la placidez abúlica de la Recoleta o Barrio Norte,  le pone el cuerpo a las calles de fuego de un barrio que, en vez de  paquetas señoras paseando a su perro de peluquería, abunda en tiros, puntazos, desocupación y hambre. Un sitio en el que  cientos de mujeres intentan sacar su hogar adelante. A pesar de la falta de trabajo. De la desesperación.  De la humillación de abismo de sus hombres, desocupados full life.
Don Andrés y Susana son una extraña pareja. Una que no terminó, como millones de otras, pensando como viven; sino que, todos los días, abre sus ojos al mundo para vivir como piensa.
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Revista Viva, domingo 26 de septiembre de 1999.
En la falda, Córdoba, entre el fantasma de Hitler y el brillo de la alta sociedad.
Hotel Edén
Los gozos y las sombras
Por Marta Platía.
“Verlo ahora, es como mirar a un elefante dormido”, dice, en un susurro y sin miedo a las frases hechas,  don Atilio Pereira : 94 años, traje dominguero y un pasado de mozo “de los de antes” que, con sólo mencionarlo,  le devuelve centímetros a su espalda de hombre serrano.
Y lo dice bajito. Como para no despertar a esa criatura con costillas de columnas y vientre de ladrillo que él sigue llamando como entonces: “Eden Hotel”. Así, en ese orden y sin el acento en la e. Una criatura que todavía le arranca respetos, nostalgias y alguno que otro rencor.
“Aquí crecí y me hice hombre”, confiesa tímido, mientras camina por la barriga desnuda del edificio.
Como Jonás lo hizo por la de aquella ballena en aquella historia. Salvo que aquí no hay agua. Sólo polvo, paredes descascaradas  y uno que otro caballo atrevido que perdió el rumbo y deambula sobre las baldosas en ruinas “del comedor”.
Un enorme salón que,  hace siete décadas,  Atilio recorría –de guantes blancos y con bandeja en mano– sirviendo mesa por mesa a la más rancia oligarquía argentina.
“¿Quién podría decir ahora que aquí comieron príncipes, presidentes y hombres riquísimos? ¿Quién podría?”, se pregunta, desolado, Atilio.
El puede. El puede porque es un testigo. Uno de los pocos testigos vivos del esplendor del viejo Hotel Edén de la localidad cordobesa de La Falda.
Un sitio cuya fama trascendió a tal punto fronteras afuera del país, que las cartas venían desde Europa con sólo una dirección “Eden Hotel, Argentina”. Y llegaban.
Un edificio que vivió una fragorosa primavera en las décadas del ´20 ,´30 y parte del ´40.
Un edificio de cien habitaciones donde durmieron príncipes y poetas, presidentes y millonarios. Actrices, directores de cine  y los jerarcas estancieros de la Argentina rica, ganadera,  de principios de siglo.
Si hasta Albert Einstein apoyó su despeinada melena en las almohadas bordadas en hilo finísimo, blanquísimo del Edén.
Pero no todo fue tan níveo.
También es un sitio con puntadas en hilo negro, negrísimo. Con capítulos de una intensa oscuridad que tuvieron como protagonista al mismísimo Adolf Hitler. ¿La razón? Simple: sus dueños más famosos, los alemanes Ida y Walter Eichhorn, eran amigos personales del führer, y se sabe que, no poco dinero de las arcas del Edén, sirvió para solventar la campaña de ascenso a la cancillería de Hitler, en 1934.
Pero esa es una historia que merece más detalle.
Ahora es invierno, el sol se cuela por las persianas desdentadas, y Atilio prefiere callar. Calla y camina por las entrañas famélicas de la criatura que lo crió.
El viejo elefante refunfuña con voz de tablones bajo las pisadas del mozo. “Tal vez no le guste que lo molestemos mientras duerme”, se anima, poético, el hombre. Tal vez.
Cuentan que un coronel alemán, Robert Blake, fue el primero en soñarlo. Una tarde de primavera de 1895, el germano andaba a caballo por la serranía, tal vez un poco aburrido,  y se le ocurrió que ese  era un sitio estupendo para hacer un hotel y quedarse allí, para siempre.
Con el sueño a cuestas, el Blake viajó a Buenos Aires, logró que el grupo financiero Tornquist lo apoyara en la causa y la mole comenzó a emerger de la sierra verde. Fue en 1897. Tardó un año en nacer.
Claro que el alemán –el primero de la serie— tuvo una invalorable ayuda: hacía apenas cinco años –el 24 de diciembre de 1892—el primer tren había llegado desde Córdoba a La Falda. Y en él viajarían todos los materiales para levantar sus muros que resisten, hasta hoy, el paso del tiempo.
Y la rueda comenzó a andar: La Falda, que hasta entonces era un puñadito de casas de adobe, comenzó a crecer a partir del ramal ferroviario y, por supuesto,  del Edén.
Con Balhke de regreso a su patria, el hotel pasó a manos del grupo Tornquist, luego a las de María Krantner, quien lo explotó durante ocho años, hasta llegar, por fin, en 1912,  a las de los Eichhorn.
Cuando arribaron desde Alemania, Walter y Bruno Eichhorn tenían 35 y 37 años cuando pisaron La Falda por primera vez. Bruno estaba casado con Gretel. Walter, con Ida, una mujer que, poco a poco, los superaría en liderazgo y se convertiría en el alma mater del hotel.
Ida había llegado a la Argentina en 1909 a bordo del barco “Koning Friedrich August” con una niña en sus brazos: Sigune Vitze. Tres años después se casó con Walter y opacó a sus tres socios. Se puso al frente del lugar. Y de la historia.
Durante su reinado, el Edén fue todo lo que el coronel Bahlke soñó que fuera. Y Arau Ida, fue la responsable.
“Doña Ida era una mujer hermosa. Hermosa y temible”, recuerda acariciándose su espesa cabellera blanca Héctor Montoya, un médico de 71 años. Su papá fue el primer cartero del pueblo. Montoya se recuerda a sí mismo, pequeño, de la mano de su padre y de punta en blanco para ir a saludar a “Tante (tía) Ida”, como todos la conocen por aquí.
“Era altísima, tenía unos ojos azules profundos, una cara redonda y su presencia imponía respeto. Yo la quería. Me acuerdo que me pasaba la mano por los rulos, me decía ´Hola, negrito´ y abría un cajón de su escritorio. De allí sacaba una latita octogonal con unos bombones con los que yo soñaba día y noche. Se imagina. ¿De dónde, un chico como yo, hijo de un cartero de pueblo, podía sacar esos bombones finísimos? Mi infancia, cuando la recuerdo, tiene ese sabor”, rememora.
Montoya habla con fruición de su anfitriona. La admira y lo dice. Pero también siente pasión por el  hotel: “Me acuerdo que los cristales eran europeos, cincelados. Que había mármol de Carrara en las escaleras y, a la entrada, un espejo que no deformaba nada. Yo recuerdo mi imagen en ese espejo. El hotel, todo,  era espléndido. Un castillo encantado para un chico como yo”.
Y lo era: una especie de ciudad- estado con estilo art-noveau que se autoabastecía. Contaba con dos plantas, 100 dormitorios, 38 baños, un enorme salón comedor con capacidad para 250 personas, un comedor auxiliar para los chicos y las niñeras, un salón para fiestas con piso de parquet, salas de lectura y un escritorio octogonal de caoba para escribir cartas (en un cuarto que aún hoy permanece tal como era). También florecía un jardín de invierno, varios bares, terrazas, una pileta de natación olímpica que era toda una novedad para la época y  un campo de golf de 18 hoyos. El esplendor se completaba con canchas de tenis, y hasta un teatrino al aire libre donde actuaron, entre los más conocidos, Berta Singerman y Hugo del Carril.
La estadía mínima era de dos meses y medio. La máxima, de dos años y cada familia llegaba, desde Buenos Aires o Europa, con sus choferes, criados y niñeras.
Los chicos y sus nanas, eran alojados en un anexo del hotel –situado a la izquierda de la mole– justo al lado del Teatrino, y no en el casco principal, adonde no se permitía el ingreso de niños.
Los empleados varones, en cambio, dormían en el ala derecha de una construcción similar, cerca de las caballerizas y los establos, con prohibición de cruzarse al izquierdo.
Vestidas con trajes largos, guantes hasta los codos de terciopelo en invierno y de seda en verano, las damas sólo podían entrar a cenar acompañadas de señores con smoking.
La noche costaba unas 8 monedas de oro –unos 150 pesos actuales–. Precio que no incluía ni el desayuno ni las comidas.
Así y todo, y tal vez por eso, lo más granado de la sociedad argentina era feliz en medio de la cristalería biselada, los manteles de hilo y los muebles europeos que Ida ordenó traer en fatigosos viajes en barco.
En su hotel sólo se consumía vino del Rin y productos manufacturados en el propio Edén.
Atilio Pereira recuerda –como muchos por aquí–  que “nada se compraba afuera, salvo ese vino”. El agua llegaba desde las vertientes. Las frutas y verduras eran de las huertas propias. La leche y los quesos de sus tambos, la  electricidad de un generador importado por los alemanes. Si hasta tenían corrales con animales donde faenaban y hacían sus propios chacinados.
Por las habitaciones del “Eden” desfilaron el Duque de Saboya, el príncipe de Gales, el poeta Rubén Darío, los presidentes Julio Argentino Roca y Figueroa Alcorta y hasta Albert Einstein que, en una fotografía de 1925, sonríe bajo un chambergo blanco con cinta negra, desde las cinematográficas escalinatas del Hotel.
Más tarde estalló la Segunda Guerra Mundial. La hight society de Austria y Alemania  comenzó a llegar en dulce montón alimentando con prestigio -y dinero- la prosperidad del hotel.
Como bien puede suponerse, esa situación repercutió en la sociedad Argentina cegada con los brillos del Viejo Mundo y espantada con las contiendas.
Así, apellidos como los de los  Anchorena, Aleman, Bunge, Blaquier y demás representantes de la oligarquía nacional, pusieron sus firmas en los registros de pasajeros y se vieron obligados a suspender sus habituales vacaciones en Europa. Pusieron proa a La Falda. Empacaron sus cosas en autos y trenes –incluidas, como bien se sabe, las vacas familiares para la leche de los chicos–, las mucamas y los chóferes (como aún les llama el doctor Montoya), y desembarcaron en el floreciente Camelot de los Eichhorn.
Allí los esperaba Ida. O frau Ida — como también la recuerdan en aquí–. Con sus severos ojos azules que se llenaban de brillo cuando mostraba su jardín: pleno de las flores de Transilvania y los pinos alemanes cuyos bulbos ella misma traía en sus valijas cada vez que visitaba Europa. La mujer había trasplantado, literalmente, un parque alemán a las sierras cordobesas a fuerza de la nostalgia que le caía encima cada vez que escuchaba la música de su tierra.
Pero no fue lo único que Ida trajo de su querencia. Con ella, su marido y su cuñado, llegó también una inquietante amistad con un oscuro cabo austríaco: Adolf Hitler, que se mantendría durante años. Y hay prueba escrita de ello. Hace unos tres años un documental de la televisión alemana reveló el contenido de la correspondencia entre Hitler y los Eichhorn.
Es más, el propio nieto de Ida, Toni Ceschi de la Santa Croce –quien vive en La Falda, muy cerca de Verena, la otra nieta—no niega la relación.
En diálogo telefónico con VIVA –prefirió evitar una entrevista personal— dijo que sí, que “es innegable, que es cierto” que sus abuelos eran amigos del führer y los justifica: “Ellos creyeron en Hitler como toda Alemania lo hizo luego de la vergüenza de Versalles y de la crisis económica por la que pasó Alemania. No fueron los únicos”, alega.
El historiador del pueblo, Carlos Panozzo, en cambio, no es tan indulgente: “Eran nazis. Se carteaban con Hitler y hay documentos que así lo demuestran. Tante Ida era amiga de Hitler desde su juventud. Pero no sólo de él, sino también de Rudolph Hess y Joseph Goebbels. Es más –asegura Panoso—existe una fotografía de todos ellos tomando el té, juntos,  en Berlín y en Bertchesgaden, el bunker alpino de Hitler”.
Una de los relatos más conocidos en La Falda, es el del médico de cabecera de Ida Eichhorn, don Argentino Vivas. El relata que poco antes de morir la mujer, en 1964, se animó a preguntarle por fin por la fotografía de una familia que ella tenía sobre la mesa de luz, y que a él  siempre le había llamado la atención.
Con un gesto melancólico, Ida le contó  a Vivas que la familia de la foto no era otra que la de Goebbels.  La alemana había quedado muy impactada cuando supo que el jefe de la propaganda nazi –a quien tanto ella había ayudado con sus contribuciones monetarias—ante la caída del Reich había asesinado a sus seis hijos, y luego se había suicidado.
“El retrato está ahí en su homenaje”, concluyó, ante el estupor del médico.
Se dice que las cartas entre el jefe del Tercer Reich y los Eichhorn están en los archivos de la familia Ceschi. Así como las fotos. Entre ellas, el retrato autografiado que el propio Hitler le envió de regalo al matrimonio cuando, en mayo de 1937,  cumplieron sus bodas de plata. Ellos se niegan a responder a la prensa sobre el asunto. Muy gentil pero firme, Tony Ceschi prefiere el teléfono a un encuentro personal: “Una muy fuerte gripe –asegura-. Y, por el sonido de su voz, su gripe es real. Pero de entrevista cara a cara, “no, mejor no”, dice y calla.
Lo cierto es que las famosas cartas, de puño y letra de Hitler, aparecieron en las imágenes del documental de la televisión alemana, al que VIVA tuvo acceso.
Una de las más significativas, es la fechada el 13 de febrero de 1933: “Querido señor Eichhorn: gracias por sus felicitaciones a causa de mi elección como canciller. En este momento histórico aprovecho para agradecerles su actuación en todos estos años en el movimiento. Los viejos amigos son los responsables como yo de esta victoria. Con saludo alemán, Adolf Hitler”.
En otra, el jefe del Reich les escribe: “Querido señor Eichhorn y querida señora: me permito otra vez en este momento agradecerles por la ayuda financiera que otorgan y que me quita y alivia una parte importante de mis preocupaciones”.
Panozzo cuenta que, en mayo de 1935, los Eichhorn fueron invitados especiales de la Cancillería del Reich, en Berlín. Allí, Hitler en persona los condecoró y recibieron un diploma de su puño y letra que decía: “Querido camarada Eichhorn, desde su ingreso en 1924 usted junto con su esposa ha apoyado al movimiento nacional-socialista con enorme espíritu de sacrificio y acertada acción, y a mí personalmente, ya que fue su ayuda económica la que me permitió -en el verdadero significado de la palabra- seguir guiando a la organización”.
El doctor Héctor Montoya, aún cuando la recuerda con cariño, recuerda que Tante Ida en sus frases de deseo, en vez del clásico “Si Dios quiere” o “Dios mediante”, decía, con toda naturalidad, “Adolf mediante”. Y también admite que, detrás de su escritorio, esta mujer altísima, imponente, tenía un enorme retrato de su amigo el führer.
Durante las épocas más cruentas de la Guerra, los Eichhorn organizaban, en su hotel, funciones donde proyectaban noticieros sobre la marcha alemana por Europa y las actividades de Hitler.
El historiador recuerda que “los comerciantes eran gentilmente invitados. “No había presión aparente pero, convengamos, quien no iba, podía sufrir un perjuicio económico real, ya que el Edén era el más importante cliente para todos los pequeños negocios”.
El desastre de la caída del Reich no tardaría en arrastrar a sus dueños y, también, al hotel.
A principios de 1945, cuando Argentina le declara –tardíamente—la guerra al Eje, el Edén fue expropiado.
Ida y Walter se fueron a vivir a un chalet llamado “El Casco”,  en un cerro de espaldas al Edén, desde donde gozaban de una vista privilegiada. Tanto de sus antiguas posesiones, como del hotel.
Los cien cuartos resplandecientes, las sábanas de hilo, fueron ocupadas por los huesos de los diplomáticos japoneses y de  los sobrevivientes del acorazado de bolsillo Graf Spee, que fuera hundido en el Río de la Plata en enero de 1939.
Pasados los años y la guerra, el estado les restituyó el Edén a los Eichhorn.
Los japoneses y los marineros no fueron benévolos con el edificio. Los Eichhorn, lo padecieron y tomaron una decisión: lo vendieron.
A partir de allí, sociedades anónimas de todo tipo y pelaje firmaron sus escrituras. Pero también lo hizo, entre otros propietarios fugaces, Juan Duarte, el hermano de Eva Perón.
Ida y Walter siguieron en “El Casco”.  Y allí murieron. Walter en 1961, Ida en 1964. Sus tumbas están en el cementerio de Valle Hermoso –un pueblo a 7  kilómetros de La Falda–. Junto a ellos está enterrado el otro binomio propietario del hotel: Bruno y Gretel.
En diciembre de 1998, la municipalidad de La Falda decidió rematar el viejo edificio: estropeado por el paso del tiempo, la historia, la política,  y  los más pedestres saqueos que lo descuartizaron y desplumaron como a un pajarito.
En el remate, la comuna se quedó con la titularidad y se espera que, en poco tiempo más, algún oferente resucite al viejo elefante y lo convierta en un casino o — en el mejor y más anhelado de los casos– un hotel.
Luis Simes, el intendente local, asegura que hay interesados ingleses y canadienses. La ciudad, en tanto, espera. Espera la resurrección de su propio Camelot.
El despertar de un elefante que, como repite el viejo mozo Atilio, duerme un sueño profundo del que “es muy difícil que despierte”.
Sin embargo, Atilio dice no perder las esperanzas. Quiere verlo iluminado. Otra vez. Como antes. Como cuando él mismo era un muchachito morocho, “burbujeante como el champán que les servía a los señores” y deseoso de aprender alemán para sorprender a su jefa.
Pero el sol se congela en el frío de la tarde y los años de Atilio se le quejan en los huesos.
“Tengo frío, mejor vuelvo a casa”, dice, y se desliza  respetuoso, despacito, fuera del vientre de mampostería que, repite, “me enseñó todo lo que fui”. Es entonces cuando el elefante dormido se agita, bosteza y – cree– hasta se ríe un poco.
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Revista Viva. Domingo 13 de febrero de 2000.
La historia de Geoff y Nancy
De aquí a la eternidad.
Por Marta Platía.
Nancy Lawrence y Geoffrey Bridger son ricos. Seres inmensamente ricos y poderosos. Son los dueños de un amor que abarca los 74 años de sus vidas. Un amor de esos en que el nombre de uno es sinónimo instantáneo del nombre del otro. Un amor que aseguran, en un susurro que le teme al alarde ante los que tal vez nunca vivamos el milagro que ellos respiran todos los días, “vivirá hasta que nosotros ya no tengamos más vida”.
Nancy y Geoff, como ella le llama, atienden una deliciosa posada en Loma Bola: una localidad a 250 kilómetros de la capital cordobesa, y a sólo 17 kilómetros de San Luis. Pero éste de hoy, es el final de una historia que comenzó hace más de siete décadas.
El germen, la llegada de un barco “de vela” que trajo a la joven Phyllis Austin desde Inglaterra. Ella venía para ser el ama de llaves de su propio tío, un británico contratado por el gobierno argentino a principios de la década del ´20, para construir las redes de aguas corrientes de Buenos Aires. En la zona del puerto,  Phyllis conoció a Harold Bridger. Un inglés alto y de mirada transparente que después de la locura de la Primera Guerra Mundial, desembarcó con sus pesadillas en el barrio de La Boca. El amor y los hijos llegaron pronto. Y entre ellos, el pequeño Geoffrey, un 25 de octubre de 1924.
Pocos días después la familia se mudó para trabajar en una estancia en Achiras, en el noroeste de la provincia de Córdoba.
La vida de Nancy comenzó a 75 kilómetros de allí, en Villa Mercedes, San Luis,  el 5 de noviembre de ese mismo año, hija de Cecil Lawrence –un ingeniero civil— y Ana Emilia Peres, una francesa de origen vasco, que parió otros tres vástagos. Ellos también trabajaban, como sus vecinos Bridger, en una hacienda. El destino de inmigrantes no tardó en juntarlos. Y a sus hijos.
“Nos conocimos con los primeros balbuceos”, recuerda Nancy. Esta Nancy que hoy tiene 74 años, la cabellera blanquísima, los ojos que recuerdan cuán celeste puede ser el celeste, y un acento inglés que nunca perdió. Cuando fuimos creciendo, nuestros padres pagaban a una institutriz inglesa para que nos diera clases. Todo fue bien hasta la terrible década del `30, cuando el mundo se vino abajo para todos”.
Pero el mundo ya estaba en pedazos en la casa de Geoff. Su padre, veterano de una guerra de crueles trincheras, se había transformado en un hombre brutal.
-Mi padre había entretejido él mismo un rebenque de cueros para castigarme –confía Geoff, con una tristeza que le dura en la mirada de acero que, a veces, esconde bajo las manazas de piel de gringo—.
La niñez con él no fue fácil.
Con cinco años, la pequeña Nancy convertida a esa altura en la mejor y única amiga de Geoffrey, se interponía en los castigos: “Le pateaba las pantorrillas con todas mis fuerzas. Las palizas a Geoff eran mi mayor sufrimiento. El padre nunca me pegó a mí. Y mis patadas tal vez no le dolían. Pero sabía que no era fácil meterse con nosotros”, desafía aún ahora, y los ojos vuelven a ser los de aquella nena que le gritaba en una mezcla de inglés y castellano.
Geoffrey fue “boyerito” de campo desde los tres años. Obligado a buscar su propia comida, ya que el padre también se negaba a darle alimento, el pequeño salió desde los 6, a cazar vizcachas y perdices para comer.
-Cazábamos de noche –rememora con su acento inglés–. Como Nancy vivía casi todo el tiempo en mi casa, nos escapábamos a la noche a buscar bichos. Siempre andábamos armados. Teníamos rifles calibre 22 desde antes de medir un metro. Eso sí: cuando entrábamos en casa, había que dejar las armas en un rincón y las balas en un estante.
-Yo me acuerdo bien de esas noches –asegura ella–: los pastizales eran más altos que nosotros. Pero no le teníamos miedo a nada cuando estábamos juntos. A la madrugada él se quedaba en el monte y  me daba las vizcachas para que las llevara a casa. Yo me las ponía al hombro y volvía sola, uno o dos kilómetros, en la oscuridad.
Se ríen. Vuelven a mirarse como dos chicos traviesos y, por un momento, me descubro intrusa, incómoda, mientras se escarban el alma con los ojos.
Recuerdan los tiempos en que al comando de una desvencijada carreta, se dedicaban a pasear a los hijos de los diplomáticos para que Geoff pudiera estudiar en una escuela que nunca podría haber pagado. O la vez que improvisaron una cama de heno en pleno campo, y los caballos decidieron cenarles el precario colchón, con una mordida “de traste” incluida para Geoff.
-Fuimos felices –dice ella—Mucho. Nunca hubo sexo entre nosotros ni aún adolescentes. Nos amábamos con el alma, con el corazón. Sabíamos desde siempre que estábamos hechos para estar juntos.
La tormenta llegó con la partida de Geoffrey a la Segunda Guerra Mundial. Se enroló como voluntario: “Era la única forma de crecer, de tener algo. En el campo, no había futuro para mí. Y el contrato como voluntario del Ejército Inglés era para salir de la esclavitud de los campos”, explica.
Con 17 años Geoffrey fue artillero en un buque en Gibraltar, en 1941. “Le escribía a Nancy todos los días”. Pero la guerra fue larga. Y para la joven las cosas tampoco fueron fáciles: “Mi padre enfermó de cáncer y se moría –retoma ella- así que quería dejarme acomodada, como se decía antes. Con Geoff habíamos decidido casarnos y vivir juntos para siempre, pero él seguía en la Guerra y mi padre moría. Le prometí que me casaría con un empresario norteamericano que él veía con buenos ojos. Me dejé convencer. Se llamaba Herbert Cooper. Era y es un gran hombre. Nunca hubo amor entre nosotros. Pero en ese tiempo no se les desobedecía a los padres.
La fecha de la boda estaba fijada para principios de 1948. Pocos meses antes, en setiembre del ´47, Geoffrey volvió a la Argentina. Nancy, desesperada, habló con su padre: “No puedo casarme con Herbert –le dijo—He visto a Geoff y sé que nunca podría casarme con otro”. Pero todo resultó inútil: la palabra estaba empeñada.
-Fue lo peor que nos pasó en la vida –recuerda ella– lo hablamos con Geoff y nos separamos. Fue desgarrador. Lloré meses de un dolor que no puedo describir y que me dolió por décadas. Hoy, cuando me acuerdo, todavía duele.
Para él, la separación fue aún más dramática: “En la India, cuando trasladaron a mi división contraje una fiebre mortal, el Dam Dam. Una peste parecida al dengue. Me descompuse y fue como morir. Estuve nueve meses delirando. Inconsciente. Los superiores me dieron la baja sin esperanzas de vida. Me subieron a un barco para devolverme a Inglaterra”. El barco se llamaba Corfú, y Geoffrey se despertó de su agonía de nueve meses justo cuando atravesaban Gibraltar: “Miré por un ojo de buey y pregunté qué hacía ahí, si yo estaba en la India. Me contaron la historia. Y también me dijeron que me iba a morir en menos de un año con el hígado destrozado, como habían muerto otros compañeros. Tiré todos los papeles con los diagnósticos por la borda. Pasé a despedirme de Inglaterra y me volví para morir en Argentina”.
-Justo cuando Nancy estaba a punto de casarse…
-Sí, fue tan… doloroso. Pero yo la amaba y me estaba muriendo. ¿Cómo pedirle que no me dejara si yo tenía los días contados? No le dije nada. Herbert era un buen partido. La iba a cuidar. Yo no tenía ni vida para ofrecerle.
-¿Y usted, Nancy, cuándo supo que él estaba enfermo?
-Veinte años después. Si él me lo hubiera confesado entonces, jamás me hubiera casado. Nunca.
Porque la quería, dejó que se fuera. Porque la quería, decidió no atarla a sus 23 años condenados a muerte. Ella se casó y se fue a vivir a los Estados Unidos. No supo más de ella, hasta veinte años después.
-¿Cómo fue que se curó, Geoffrey?
-Gracias a los consejos de un médico hindú.
En la India, además de contraer la fiebre mortal, el joven Bridger fue custodio del mismísimo Mahatma Gandhi. “Era tan ridícula la situación –sonríe aún incrédulo-: custodiábamos a un hombre que no tenía ni la menor voluntad de escaparse. Era maravilloso. Y sabio. Yo había aprendido algo de hindú y él hablaba inglés perfectamente. Me deslumbraba este hombrecito que era el jefe espiritual de toda esa gente. Fue generoso conmigo. Siempre me aconsejaba y me decía que no debía odiar. Que todo se paga. Que los enemigos pagan sus deudas sin que uno se las cobre. Aquello de siéntate en la puerta a ver pasar a tu enemigo… Pero después vino la fiebre y esa muerte de meses…
Y la receta de la curación.
-Un  médico hindú me aconsejó algo que ahora puede dar risa, pero que dio resultados conmigo. Medio kilo de dulce de membrillo por día y leche de magnesio. Mi hígado volvió a la vida.
Años después de la fiebre y el dolor por la pérdida de Nancy, Geoff se casó con Mary Cowlyshaw, una mujer que también había sido desahuciada y a quien conoció en un hospital, mientras ambos estaban enfermos. Nancy tuvo tres hijos. Geoff y Mary, cuatro. Pasaron 25 años de silencio. Lo único que tenían uno del otro eran dos retratos. Nancy guardaba una foto de Geoff en su libro de oraciones. El esposo nunca se lo reprochó. Ella sabía que el hombre comprendía ese pobre amor que no pudo ser. Geoffrey, por su lado, colgó sin culpa alguna  un retrato de la bella Nancy en su cuarto matrimonial. Mary conocía la desdichada historia de su marido y, aún cuando padeció los celos, aprendió a convivir con esa imagen que era la otra mitad de Geoff.
“Mi madre se enfermó en 1973 –retoma Nancy—estaba muriendo y quería verme. Yo me había divorciado. No podía más con el recuerdo de Geoff. Me acuerdo que cuando entré a casa a ver a mi mamá, escuché la voz de él en otro cuarto. Fue devastador para mí. Toda mi infancia se vino encima. El había enviudado, yo lo sabía y tal vez eso hizo que yo decidiera volver. Cuando volvimos a mirarnos, fue como volver a casa, a nuestro hogar”, susurra hasta que el aire parece terminársele.
Geoff la mira como tal vez la miró entonces. Le dice, tierno: “¿Te acordás? Yo temblaba. Pero todavía tenía tanto dolor por la separación, que nos costó recomenzar. Pero sabíamos que era para siempre”.
Nancy y Geoff se casaron por fin el 26 de junio de 1975. Desde entonces, comparten sus días al pie de las Sierras Grandes cordobesas en un paraje de paraíso llamado Loma Bola, donde atienden su posada como los anfitriones ingleses que son.
Pero la historia no concluyó ahí. En 1977, Fern, una de las hijas de Nancy, se enamoró de Harold, uno de los hijos de Geoffrey. La pareja se casó y hoy, Nancy y Geoff, tienen dos nietos “en común”: Christian, de 15, y Marina, de 13.
“Es que nosotros estamos hechos con una sola alma dividida en dos –afirma Nancy—somos una sola persona con dos nombres. Es difícil de explicar, porque sabemos que esto no es común. Sabemos que somos afortunados”.
Al pie de esas montañas azules, el amor de Geoff y Nancy está hecho de placeres intensos como saber que el otro sonríe cerca, que huele los mismos perfumes y se acuesta bajo el mismo cielo. Un amor hecho de siestas compartidas durmiéndose con la música cálida de la respiración acompasada del otro. Hecho de miradas que se asoman al alma sin necesidad de palabras ni de gestos.
“¿Sabe qué pasa? Es que nos esperamos tanto…”, explica él, como si de verdad hiciera falta.
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Revista Viva. 2001.
Historias de vida.
Por amor a Celeste
Por Marta Platía
Hacía calor. Celeste, que por entonces no se llamaba Celeste, se tambaleaba sobre sus pasitos de 18 meses en el bochorno de una siesta campesina saturada de sol y soledad. Sus padres, peones rurales en un tambo cerca de Arroyito (140 kilómetros al este de la capital de Córdoba) estaban trabajando, y sus cinco hermanitos correteaban a lo lejos. Celeste tenía sed. De pronto la vió. La botella de plástico, cortada a la mitad. El agua parecía fresca… la nena bebió a borbotones, como beben los chicos sedientos en una tarde de sol. Fue en ese momento cuando su vida cambió para siempre: el agua que parecía agua, no era otra cosa que soda cáustica. El líquido ardiente le quemó el esófago, parte del estómago y le pobló de llagas la boca. Ese fue el último día en su casa. El último sol entre esos hermanos que correteaban lejos.
Un mes después, los médicos debieron extirparle el esófago y colocarle sondas para alimentarla. Una, conectada a sus intestinos. La otra, desde su garganta hasta una fístula que emergía del lado izquierdo de su cuello. Su función: que Celeste, a pesar de que la conexión entre su boca y los intestinos había desaparecido con su esófago, pudiese masticar los alimentos y sentirles el gusto aún cuando la comida hiciera un trayecto tan corto como ficticio.
En los meses que siguieron, la nena conoció el infierno del dolor. Y también el del abandono. Sus padres, que de inmediato la llevaron a un hospital de Arroyito, la visitaban cuando el trabajo o sus demás hijos se lo permitían. Al fin y al cabo, Celeste se había convertido en un problema de una dimensión inabarcable para ellos. La nena era muy pequeña y tal vez (pensaron) no sobreviviría. Quizá por eso la fragilidad del lazo con la niña terminó de soltarse cuando Celeste fue trasladada hasta el Hospital de Niños de la capital cordobesa. Desde entonces, las visitas paternas fueron aún más esporádicas. Hasta que se esfumaron del todo cinco meses después. Celeste dejó de hablar; dejó de sonreír… y al borde del autismo, posó sus ojos secos de llanto en alguna región misteriosa del techo de su cuarto de hospital. En esa cuna, y sin responder a casi ningún estímulo, la nena se sumergió en un limbo que duró casi un año de soledad con sus días y noches.
– Cuando me llamaron -cuenta Marta Alejandra Ramos, una muchacha soltera que por entonces tenía 34 años- Celeste ya tenía dos años y medio y sólo 6 kilos de peso. Era como un pichoncito caído del nido. Yo me había anotado en el Programa Nazaret (que aglutina a familias sustitutas que cuidan a niños en riesgo mientras encuentran un hogar) y apenas la ví, me enamoré de su carita. De esos ojos que me miraban como desde el fondo de un pozo… Nunca más me separé de ella – rememora.
Contra la opinión de su mamá y la de su novio de entonces, Marta abandonó sus estudios de pediatría, y hasta su trabajo en una oficina para dedicarse a Celeste. También recuerda los reproches de su madre:
– Nena, ¿para qué te metés en semejante lío? Vos sos joven, podés tener tus propios hijos. La resistencia de la mujer se evaporó cuando Marta la llevó a visitar a la pequeña. El novio de Marta, en cambio:
– Se fue un buen día y no volvió más. Decía que competir con mi amor hacia Celeste era demasiado para él -recuerda la muchacha, sin rencores.
El 12 de noviembre de 1998, pocas semanas después de conocer a Celeste, Marta logró que un juez le entregara a la nena en guarda con fines de adopción.
– Nunca me voy a olvidar de la primera vez que nos vimos. Yo me acerqué a su cuna. Ella dormía. De pronto, abrió los ojos, me miró y me tiró los bracitos. La alcé y se me prendió al cuello. No despegaba su cara de mi mejilla. En ese momento sentí que la parí. Fue el mejor día de mi vida -susurra Marta intensa, la sonrisa ancha y los ojos húmedos.
Desde ese momento, la esperanza y la batalla de la flamante madre, apuntó a una cirugía para reconstruir el esófago de la pequeña. Luego de esperar que la nena tuviera más de ocho kilos, los médicos del Hospital Infantil Municipal le injertaron un pedazo de su propio intestino grueso, y suturaron un borde del estómago que fue quemado por la soda cáustica. La intervención fue un éxito.
– A los 15 días estábamos en casa. Al mes pudo comer como una nena normal -acota la abuela.
Primavera de 2001. Celeste corretea bajo el sol de Villa Allende, una localidad a poco menos de 30 kilómetros al oeste del microcentro cordobés. Habla hasta por los codos, ensaya pasitos de tango y come una galletita tras otra. En su cuello se ven, claras, algunas de las cicatrices que le dejó aquella tarde de sed y tragedia. Las otras, las que no se ven, a veces se asoman en su modo de reaccionar ante el dolor: trata de no llorar. Sabe que si lo hace, su garganta tiende a cerrarse. Así que, con sólo 5 años, Celeste conoce las sutilezas de quienes aprendieron a convivir con su enfermedad.
El 18 de setiembre pasado, un juez le otorgó la adopción definitiva de Celeste a Marta Ramos. A la hora de firmar el acta, la nena sorprendió a todos cuando pidió estampar su flamante firma.
– Puso Celeste Ramos, y después nos dibujó a mí, a la abuela y a la gata -cuenta Marta orgullosa.
Las tres, y la gata, viven en una humilde, minúscula casa blanca que el Programa Nazaret les presta hasta que puedan alquilar una propia. Mientras la nena se ríe a carcajadas con Alf (cuya imagen se esfuerza en adivinar frente a un vetusto televisor) Marta sueña con un trabajo que le permita vivir mejor sin descuidar a Celeste, la abuela prepara la cena. Milanesas con puré, ordenó la dictadura de la casa. Y, ambas lo saben, a ese metro diez de vitalidad y ojos oscuros, no se le desobedece.
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Dylan en Córdoba
Marta Platía.
Con la mirada fija en el hombre-leyenda, unos tres mil cordobeses podrán contarle a sus amigos, conocidos y hasta a sus nietos que sí: que una vez vieron a Bob Dylan aquí, y que lo escucharon dar, en una cálida noche de marzo de 2008,  una cátedra del más genuino rock and roll que ha parido la historia musical del Siglo XX.
También les contarán que ya no quedaba nada del timbre de voz de aquél muchachito de Blowin’ in de wind; sino que se dieron de narices con un Dylan que ha mezclado en su garganta, sabio, al Tom Waits –Rendfield del Drácula de Cóppola; con un Joaquín Sabina del que vaya uno a saber si sabrá de su existencia. Pero eso a quién le importa. El resultado es hipnótico y el show que presentó aquí, el mismo de Chile. Arrancó sin decir agua va con Leopard –Skin Pill –Box Hat; siguió con  Lay Lady Lay, Like a Rollling Stone y Masters of War en versiones totalmente nuevas.
Vestido de negro, camisa azul eléctrico, sombrero de vaquero folck  y pantalón con rayita al costado del ejército norteño de la Guerra de la Secesión; el señor nacido Robert Zimmerman hace 66 años y al que John Lennon quería parecerse en todo, hasta en la armónica, cautivó a un auditorio saturado de intelectuales, jueces, políticos, periodistas, ex hippies, y hasta jóvenes que mamaron de ellos las historias de Dylan. Esas que lo cuentan en Woodstock; en el recital de George Harrison por Bangladesh, apenas nacía el estado Bangla; el pibe de rulos revueltos que aparece en blanco y negro en la tapa del Seargent Peppers Lonely Hearts Club Band de sus amigos Los Beatles. El tipo que ganó un premio Príncipe de Asturias;  el que se casó y descasó con Joan Báez, y el que protestó del derecho y del revés contra Vietnam. El mismo que no te dice ni hola ni chau. Que toca, pide respeto para sus cinco músicos, y te deja ahí, aplaudiéndolo  y contradiciendo nada menos que al  Lennon de God. Sí, perdón John: I do believe in Zimmerman.

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Domingo, 12 de abril de 2009.
Murió en Córdoba François Chiappe, inspirador del filme “Contacto en Francia”.

El silencioso adiós del mafioso más legendario de los años 70

Foto, Daniel Cáceres. Chiappe, en 1997. El corso, en una entrevista con Clarín el día que cumplia 77 años. Fue en La Falda.

Por Marta Platía.
François Chiappe, el capomafia corso que inspiró la película Contacto en Francia; el hombre que traficaba hachís, mujeres, dinero y armas; que fue torturador en la guerra sucia de Francia contra Argelia; que se robó 68 millones de pesos de un banco de la Nación Argentina en Buenos Aires, y que salió de la cárcel de Devoto caminando entre los presos políticos, los montoneros y los militantes del ERP amnistiados por Héctor Cámpora en la noche del 26 de mayo de 1973, murió en las sierras cordobesas el 2 de febrero.
Tenía demencia senil y su azarosa existencia se apagó sin pena ni gloria entre los ancianos de un geriátrico del Valle de Punilla donde fue internado el 12 de diciembre. Su viuda, Margarita Naval, con quien vivió en La Falda en las últimas décadas, le contó de su muerte a José Hernández, corresponsal de La Voz del Interior, y fue él quien publicó la noticia.
Once años atrás, Francois Chiappe tenía una carcajada potente. Una que retumbaba entre las paredes claras de su luminoso chalet de La Falda , en el barrio que rodea al Eden Hotel (Ver Recuadro), donde Clarín lo encontró el 15 de mayo de 1997: justo el día en que cumplía 77 años.
“No, don Francois no está en casa”, le respondió una y otra vez a esta cronista detrás del mosquitero de una ventana;   mientras que con tonada italiana insistía en que era “Alfredo, un amigo de Francois”. Media hora después, y en medio de una charla tan insistente como desordenada en la que alternaba la primera y la tercera persona, el supuesto Alfredo equivocó la ruta de su identidad. ¿Qué cómo es don Francois? “Soy un tipo simple” soltó, junto a una risotada que, sabía, lo dejaba al descubierto. Enseguida llegó la invitación a su living, la presencia de Margarita Naval, con quien ya convivía en los `70, y un té con strudell. Se notaba que disfrutaba de caminar al borde del abismo. Saberse descubierto y, al mismo tiempo, célebre en lo suyo. Pero quería blanquearse. Decía que “al fin” había encontrado “su lugar en el mundo” y que no quería perderlo. Negaba con énfasis, hasta con enojo pertenecido a la Legión Extranjera “porque no soy un mercenario”; y repetía el estribillo de haber sido indultado “durante el gobierno de Cámpora porque me consideraron un preso político, ya que tuve problemas con los militares”. Pero, era consciente, la historia lo desmentía. Si bien primero se creyó que el corso aprovechó la confusión del indulto para ganar la calle, Chiappe no era ni preso político ni común, y sus métodos en Argelia eran los mismos que las organizaciones de izquierda denunciaban. Sin embargo, su nombre sí estaba en la lista de los indultados. Algunos opinan que pudo ser un error, pero para otros, la cuestión no está tan clara. O sí. El corso estaba por robo a mano armada y, al fin y al cabo, había unos 68 millones en algún lugar. Los jefes de la cárcel fueron relevados. Pero también se cree que, a través de ellos, Chiappe colaboró con la Triple A, a la que  proveyó de armas. Era su metier y hubo quienes no estuvieron dispuestos a desaprovecharlo.
Lo cierto es que “Marcel el corso” o “Labios gruesos”, algunos de sus alias, estaba hasta la coronilla de acusaciones en Europa y   Estados Unidos, donde lo condenaron a 20 años por tráfico de armas y sólo cumplió 13.
A la Argentina llegó como polizón en un barco en 1965. Había pertenecido a la mafia corsa que se había enfrentado nada menos que a la siciliana Cossa Nostra; y ejerció de sicario. Se enroló en la Organización Armèe Secrète (OAS), de ultra derecha que torturó en Argelia; y, a tres años de su llegada a Buenos Aires con documentos falsos, asaltó la sucursal de Boedo del Banco Nación, llevándose con otros tres socios unos 68 millones de pesos.
Décadas después, Chiappe murió temiendo una extradición que nunca llegó, y se llevó con él nombres, fechas y conexiones que hicieron de su nombre y su fama un símbolo de la impunidad.

Un refugio muy especial.
Francois Chiappe había elegido muy bien el barrio de La Falda para pasar sus últimos años de guerrero en reposo: el que rodea al legendario Eden Hotel que fuera propiedad de Ida y Walter Eichhorn: una aristocrática pareja alemana que fue amiga personal de Adolf Hitler, y hasta le ayudó a solventar su ascenso al poder en 1934. Un loteo sembrado de primorosos chalets de estilo alemán rodeados de verbenas, pinares y secretos que hombres y mujeres que llegaron luego de la Segunda Guerra Mundial sólo le confían a sus silencios. A pocos kilómetros de allí, por ejemplo, Clarín entrevistó en dos oportunidades al capitán Friedrich Wilhelm Rasenack: nada menos que el oficial que ayudó, en la noche del 17 de diciembre de 1939, al capitán Hans Langsdorff a dinamitar y hundir el acorazado de bolsillo alemán Admiral Graf Spee, en el Río de la Plata, para que no cayera en manos de la marina inglesa.
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Publicada en la revista Ñ.
Muestra de Sara Facio en Córdoba

Julio Cortázar

Marta Platía.
Federico Leloir empuñando lapicera y cerebro a través de sus  anteojos de carey en 1971; Astor Piazzolla piel unánime con su bandoneón, contemplando en un encendido, angélico fuera de foco, al Polaco Goyeneche que en primer plano lee vaya uno a saber qué letra de qué tango en 1982; la  mirada de un melancólico René Favaloro antes del tiro final; o la siempre belleza de ese gran hombre-pintor-maestro que es Carlos Alonso. Y las sonrisas del Quino y su Mafalda en 1988: ellos son la primera pincelada de  de “Sara Facio Antológica”, la muestra en Córdoba de la ya mítica fotógrafa argentina que reúne, en una de las salas del  museo Emilio Caraffa, retratos y fotografías del período 1960-2005.
El viaje a través de ese universo de rostros, gestos, miradas e historia, resulta tan apabullante e inasible, que la mayoría de las personas que la visitan concluyen “esta muestra no se puede ver de una sola vez, hay que venir dos, tres, varias veces para digerirla, disfrutarla, gozarla”, le dijo a Ñ Claudio Fantini, un reconocido analista de política internacional.
Es que en el níveo salón la Leica de la Facio, quien fuera asistente de la alemana Annemarie Heinrich, logró atrapar la eternidad de “Brujos y Hechiceras”, de “Escritores de América Latina”, de la historia argentina en los momentos aquéllos del Perón que volvía; de los Muchachos Peronistas; la de un “Humanario” –tales las secciones en que se divide la exposición– que irrumpen en el alma de los visitantes a primera vista y luego anidan estallando, según la edad y la historia personal de cada espectador, en alegría, zozobra o sorpresa; cuando no  escarban sin pedir permiso alguno en la memoria colectiva de un país, de una Latinoamérica atravesada por el talento, las dictaduras, el dolor y la muerte.
Allí está un Borges arrodillado frente a los libros en la Biblioteca Nacional en 1968; conviviendo con el esplendor de ese Julio Cortázar del pucho apagado entre los labios. Ese Julio que le gustó tanto al mismísimo Julio. Y la incombustible apostura de Adolfo Bioy Casares en 1968, cerca del sobretodo negro del mexicano Octavio Paz caminando por un parque. Y Gabriel García Márquez haciendo carpita con sus manos para encender un cigarrillo en 1967, apenas parida su Cien años de Soledad. El mismo que escribía, en “Retratos y Autorretratos”, aquél libro de la Facio y Alicia D´Amico, editado por la Revista Crisis en 1973, aquéllo tan inverosímil leído entonces y a la distancia: “En mi caso el ser escritor es un mérito descomunal, porque soy muy bruto para escribir”. El colombiano junto a un Juan Carlos Onetti, en Chile del ´69, y antes de meterse definitivamente en su cama uruguaya.
La iluminación y el silencio acogedor de la sala permiten, si se está dispuesto, imaginar el murmullo del mar de Isla Negra donde un Pablo Neruda de poncho y gorra posa para la maga Facio. Escuchar la voz de una desafiante, hermosa María Elena Walsh del `65, que lo dice todo y a todos desde uno de los más inquietantes retratos de la exposición. Y entre las mujeres, las hechiceras Magdalena Ruiz Guiñazú y Mercedes Sosa y una muy joven China Zorrilla. Y la brillante dulzura de Norma Aleandro; y los párpados verdes de una Jeanne Moreau de labios rojos. Rojo Moreau. Rojo Catherine. Rojo Jules et Jim.
Pero hay una mirada ante la cual no queda más que rendirse. Es la de Juan Rulfo. La de Pedro Páramo. La que mira esa Comala donde arden, aman y odian vivos y muertos que deambulan para siempre por un desierto eterno. La intensidad de un escritor que luego de su poderosa, perfecta novela se llamó a silencio. El misterio sus labios apretados, sellados, en una muestra-universo que, como bien definió Rodrigo Alonso, “es mirada y huella”.
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Miércoles 6 de diciembre de 2006.
Un juez dejó sin acusados la causa por la voladura de Río Tercero
Ocurrió en noviembre de 1995, murieron 7 personas, hubo más de 300 heridos y la ciudad quedó semidestruída.
Horror. Un campo de batalla. Eso parecía Río Tercero la mañana del 3 de noviembre de 1995. (Foto: Marcelo Cáceres)
-Son seis militares que enfrentaban cargos por estrago doloso. Todos fueron sobreseídos. Se sospecha que la explosión intentaba destruir pruebas de la venta ilegal de armas
Por Marta Platía
La indignación se podía respirar ayer en el aire de Río Tercero cuando sus 343 mil habitantes supieron que la Justicia Federal sobreseyó a los únicos seis militares imputados por la voladura de la Fábrica Militar que mató a siete personas, hirió a más de trescientas y destruyó gran parte de la ciudad el 3 de noviembre de 1995. Según esta decisión, no queda ningún acusado del desastre semejante a un bombardeo en el que llovieron miles de proyectiles de guerra sobre una población indefensa: también hubo diecinueve mil evacuados y más de veinticinco millones de dólares en daños.
El fallo firmado por el conjuez de Río Cuarto, Diego Estévez, libera de culpa y cargo a Jorge Cornejo Torino, Carlos Franke, Marcelo Diego Gatto, Oscar Quiroga, Edberto González de la Vega y Juan Carlos Villanueva, quienes ocupaban puestos de conducción en Fabricaciones Militares, en Buenos Aires, y en la planta industrial de la empresa estatal en Río Tercero. Todos estaban acusados de “estrago doloso”, un delito que el código penal condena con 12 a 20 años de prisión.
Sin embargo, tres de ellos: Cornejo Torino, Franke y González de la Vega, siguen acusados en la Justicia Federal de Buenos Aires por la venta ilegal de armas a Croacia y Ecuador.
En cuanto al sobreseimiento de la justicia federal cordobesa, será apelado por la única querellante que queda: la abogada Ana Gritti, quien perdió a su esposo, Hoder Francisco Dalmasso, cuando una bomba lo alcanzó en su auto.
Acostumbrada a las marchas y contramarchas de una pelea que jamás abandonó, Gritti le dijo a Clarín que “lo del conjuez Estévez no me sorprende para nada. Este hombre, ni siquiera trabaja en el juzgado: retira material y trabaja en otro lado. Se lleva prueba escogida y no tiene la objetividad de un juez, sino la subjetividad de un defensor”.
Gritti señaló que Estévez “trata de desacreditar las pruebas”; y agregó que “hasta trata de justificar lo injustificable, como tapar los cráteres, porque dice que así se restablece la seguridad de la población y que no es una maniobra para ocultar pruebas”.
La Fábrica Militar de Río Tercero estalló apenas pasadas las 9 del viernes 3 de noviembre de 1995, y desde entonces la abogada Gritti intenta demostrar que se trató de una explosión provocada, y no accidental.
Desde los primeros años de la investigación, se sospecha que con la voladura de la fábrica se intentó destruir pruebas de la venta de ilegal de armas a Croacia y a Ecuador, realizada durante el gobierno de Carlos Menem.
Ayer tanto Gritti como el diputado Horacio Viqueira, recordaron que “pasaron siete años hasta que el juez Luis Rodolfo Martínez aceptó investigar la hipótesis del atentado. Luego, otros dos hasta las pericias técnicas y químicas que se hicieron por orden del Tribunal Oral Nø 2 (a las que Clarín asistió), donde quedó demostrado no sólo que la voladura fue intencional, sino que hasta se planeó la dirección de su impacto, para evitar que estallaran también la fábrica química que está a pocos metros. Cuando se devolvió la causa a Río Cuarto para que se instruya como un hecho doloso, el juez Martínez se apartó y, en marzo de 2005, llegó Estévez.
En su fallo el conjuez apuntó: “(…) El fuego inicial, el incendio y las explosiones que siguieron, tuvieron lugar porque estaban dadas todas las condiciones para que los hechos ocurrieran en la forma como ocurrieron”. La pregunta es: ¿cómo ocurrieron? ¿Por qué estaban dadas todas las condiciones para la tragedia?
En 1995, cuando el estallido, Cornejo Torino era director de la fábrica. González de la Vega fue gerente de Coordinación de Fabricaciones Militares y, por 15 días luego del desastre, director de la planta volada. Franke, en cambio, fue director Producción de Fabricaciones Militares. Los otros tres militares involucrados en las explosiones: Gatto, Quiroga y Villanueva, tenían cargos “menores” en la fábrica.
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Impresiones.
Recuerdos de un día de horror
“Ustedes tienen la obligación de decir que esto fue un accidente, no un atentado”, repitió el entonces presidente Carlos Menem, ante un centenar de periodistas a las 5 de la tarde de aquel 3 de noviembre, flanqueado por el gobernador cordobés Ramón Mestre, y el intendente local Carlos Rojo, que asentían como autómatas. Todavía la fábrica estaba en llamas y no sabíamos si había o no muertos, o si las bombas habían envenenado el aire que respirábamos al caer en la industria química cercana. Recuerdo que el periodista Antonio Fernández Llorente, le replicó cómo podía saberlo, y Menem le contestó que el que dijera lo contrario era “un subversivo”.
Recuerdo el estruendo de las bombas y las esquirlas incrustándose en las casas como si las paredes fueran de manteca. Casi una Guernica. Recuerdo que el fotógrafo Marcelo Cáceres trataba de fotografiar una bomba gigantesca incrustada en el pavimento, cerca de la fábrica. “¡Tiene la espoleta, va a explotar!” le grité como si de verdad supiera algo de bombas. Corrimos. Y a la media cuadra, la explosión nos hizo volar como si fuésemos de papel. Con los brazos lastimados, despertamos a otra realidad de delirio: las casas estaban desnudas de sus frentes, como si fueran casas de muñecas.
Recuerdo que contestamos decenas teléfonos que sonaban entre los escombros. Era gente que preguntaba por su gente. Que buscamos heridos en cuartos destrozados. Que vimos perros y gatos infartados. Recuerdo el aire caliente en la piel y el miedo ardiendo en la cabeza. Y por la tarde, cuando las bombas se callaron, el silencio aterrador de todos los pájaros muertos.
Marta Platía
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28 de agosto de 2010

Quejas de las querellas por la voladura de la Fábrica Militar en 1995

Desprocesaron a Menem por la explosión de Río Tercero

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

La Cámara Federal de Apelaciones de Córdoba le dictó falta de mérito al ex presidente Carlos Menem en la causa por la voladura de la Fábrica Militar de Río Tercero, y lo  dejó a un paso del desprocesamiento. También le revocó el embargo de 200 mil pesos sobre sus bienes, y  liberaron de culpa y cargo a Heriberto Baeza González.

Los camaristas Ignacio María Vélez Funes, Roque Ramón Rebak y Ricardo Bustos Fierro rechazaron en forma unánime el procesamiento de Menem que había dictado el 15 de agosto de 2008 el juez Federal riocuartense Oscar Valentinuzzi, quien lo imputó por “estrago doloso agravado por la muerte de personas”. La Cámara consideró que “no hay prueba suficiente” para confirmar su procesamiento.

Hasta ayer, Menem era el principal responsable de volar la Fábrica de Río Tercero el viernes 3 de noviembre de 1995: un estallido que mató a siete personas, hirió a otras 300 y destruyó casi un tercio de ésa localidad, a unos 100 kilómetros al sur de ésta capital. Durante el bombardeo cayeron miles de proyectiles de guerra sobre la población indefensa, aunque unos 37 mil no explotaron, y quedaron incrustados en las casas, jardines y calles de la ciudad.

Consultado por Clarín, Horacio Viqueira –uno de los abogados de la única querellante, Ana Gritti– afirmó que presentarán un recurso ante la Cámara Nacional de Casación Penal. “Creemos que el fallo de la Camara de Apelaciones es infundado y contradictorio con pronunciamientos anteriores; ya que ellos ya habían aceptado que la voladura fue un hecho doloso y planificado; y que hubo confluencia de voluntades para encubrir el tráfico de armas a Croacia y Ecuador.  De modo que el presidente de la Nación   no podía quedar al margen”.

En cuanto a los tiempos de la Cámara Nacional de Casación Penal, el abogado planteó sus resquemores: “Lamentablemente, es como poner las cosas en un freezer”. De hecho ésa es la Cámara que tiene en su poder las cuatro condenas a cadena perpetua por delitos de lesa humanidad de Luciano Benjamín Menéndez –la primera de julio de 2008–, ninguna de las cuales aún está en firme. Eso posibilitó que la semana pasada el ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército de  la última dictadura,  recobrara el beneficio de la prisión domiciliaria.

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3 de noviembre de 2010.

A 15 años de la voladura de Río Tercero,  sin detenidos


Marta Platía. Córdoba. Corresponsal

Hoy se cumplen 15 años desde que Río Tercero vivió el día que partió en dos su historia: aquél 3 de noviembre de 1995, poco después de las 9 de la mañana, cuando la Fábrica Militar que hasta entonces les daba de vivir, estalló descargando más de 80 mil proyectiles de guerra sobre la indefensa ciudad a 110 kilómetros al sur de ésta capital.

La voladura, que el juez Federal de Río Cuarto Oscar Valentinuzzi, consideró“intencional para borrar los rastros del tráfico de armas a Ecuador y Croacia”; mató a siete personas, hirió a otras 300 y dejó en ruinas un tercio de la localidad. Por la voladura están imputados cinco militares y un civil: Norberto Emanuel, Carlos Franke, Edberto Gonzalez de la Vega, Jorge Cornejo Torino, Oscar Quiroga y Marcelo Gatto.

En tanto que el ex presidente Carlos Menem y Jorge Baeza González, quien fuera su subsecretario de Defensa, el 26 de agosto pasado fueron desvinculados de la causa “por falta de mérito”, por la Cámara Federal de Apelaciones de Córdoba encabezada por Ignacio María Vélez Funes.

“Todo parece estar muy parado pero no es así: seguimos con el planteo penal”, le dijo a Clarín Horacio Viqueira quien, con Aukha Barbero y Ricardo Monner Sans, representan a Ana Gritti: la única querellante que tiene la causa. Una mujer que perdió a su esposo en el estallido y que está padeciendo una grave enfermedad.

“El delito que les atribuimos al ex presidente Carlos Menem, Carlos Baeza González y a los otros seis imputados, es el de estrago doloso seguido de muerte”, explicó. “En cuanto a Menem –siguió Viqueira— si bien la Cámara cordobesa lo desprocesó, hemos apelado a la Cámara Nacional de Casación penal para que, en el lapso de dos meses resuelva. O lo vuelva a imputar, ya que consideramos que al ser el entonces presidente de la Nación y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, pesa sobre él lo que se llama responsabilidad mediata, y le cabe lo que se conoce como la teoría de dominio del hecho” —esto es la del alemán Claus Roxín que sentó precedentes en el Juicio a las Juntas y en las cuatro condenas a cadena perpetua que recayeron sobre el represor Luciano Benjamín Menéndez—. O confirme la falta de mérito”, concluyó el defensor. A todo esto, los habitantes de Río Tercero hoy harán una marcha a las seis de la tarde y pondrán flores en un monumento que levantaron a los muertos por la voladura producidas 8 meses después de que Clarín reveló el escándalo de las armas.

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Sábado 9 de abril de 2011.

La causa por la voladura de Río Tercero podría cerrarse

Por Marta Platía. Córdoba. Corresponsal

Ana Gritti, la única querellante penal de la causa por la voladura de la Fábrica Militar de Río Tercero, murió ayer a los 65 años víctima del cáncer.

Como abogada, Gritti –quien perdió a su esposo en el estallido del 3 de noviembre de 1995, cuando murieron otras 6 personas y más de 300 resultaron heridas— logró demostrar que la Fábrica fue volada intencionalmente y no de modo accidental, como aseguró pocas horas después del desastre y cuando aún la planta seguía en llamas, el entonces presidente Carlos Menem: uno de los principales implicados en la causa.

Menem y otros siete militares y funcionarios de la Fábrica, están sospechados de haber programado la voladura para borrar los rastros de la venta de armas que, de modo ilegal, enviaron a Croacia, Bosnia, Perú y Ecuador cuando el país se había comprometido a no hacerlo. Conflictos a los cuales, incluso, hasta mandaron fuerzas de paz: los cascos blancos.

Gritti, a quien sus familiares y amigos llamaban “Coca”, vivía con sus dos hijas y un nieto, y se había convertido en una de las personas más admiradas de Río Tercero: una localidad a 100 kilómetros al sur de ésta capital. Aunque ése prestigio no le había sumado compañeros de lucha: “Ella estaba muy sola –le dijo a Clarín Horacio Viqueira, uno de sus tres abogados patrocinantes—. Tenía fe sobre el triunfo final de su causa, pero sabía que se le acortaban los tiempos”, lamentó.

Por su parte otro de sus litigantes, Ricardo Monner Sans, afirmó que para él el de ayer fue un día de “duelo cívico y personal”; y calificó a Gritti como “una luchadora incansable que quería llevar a prisión a los canallas que hicieron explotar la Fábrica. Me honró al designarme como uno de sus abogados en la causa que se tramita en Córdoba y que hoy se encuentra a estudio de la Corte Suprema de Justicia de la Nación porque varios procesados por aquella explosión quieren ampararse en la prescripción para eludir condenas”, agregó Monner Sans.

En una causa que lleva ya 16 años y en la que Menem está a punto de quedar sobreseído ya que en agosto de 2010 le dictaron un “falta de mérito”; la Justicia ahora discute si el caso está o no prescripto.

Los patrocinantes de Gritti —y ella misma, hasta su último aliento— pretenden que se considere a la voladura como “un delito de lesa humanidad, ya que se trató de un verdadero bombardeo a una población civil”, señalaron en uno de sus escritos.

Es que en aquella mañana del 3 de noviembre se desplomaron sobre Río Tercero más de 38 mil proyectiles de guerra que dejaron a la ciudad destruida en un 30 por ciento: una Guernica que aún espera por una justicia que, como lamentó Gritti en la última entrevista que brindó a un diario local, “si llega, lo hará muy tarde”.

Ayer, Río Tercero guardó un día de duelo por su solitaria, única luchadora en esta causa. “Sin querellante, todo puede quedar en la nada –admitió con pesar Viqueira—. Pero tal vez algún otro damnificado tome la posta que dejó Ana. Eso sería lo ideal. Si no, es un deber de los fiscales de la Nación continuar el trabajo que Ana Gritti nunca abandonó”.

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Abril, 2010

Ignacio Ramonet en Córdoba.

La crisis, en la mirada de Ignacio Ramonet

Por Marta Platía.
Ignacio Ramonet, el ex director del Le Monde Diplomatique, consultor de la ONU , promotor del Foro Mundial de Porto Alegre, entrevistador y biógrafo de Fidel Castro, entre otras figuras políticas; y uno de los periodistas más respetados del mundo estuvo en esta ciudad invitado por la Universidades Nacional  y la Católica de Córdoba.
Cálido y predispuesto, este español nacido en Pontevedra hace 67 años, presentó su último libro: La catástrofe perfecta: crisis del siglo y refundación del porvenir ante  un auditorio que se quedó con ganas de más.
Pero la charla-río de Ramonet fue ocurriendo a lo largo de un miércoles pleno de entrevistas y conversaciones al paso. Explicó que el título de su libro tiene puntos de contacto con el de la película “La tormenta perfecta”:  una metáfora que utiliza términos meteorológicos, “ya que se está produciendo una conjunción de elementos que normalmente, se dan por separado, y ahora los tenemos juntos –enumeró–: el cambio climático; la bomba de la pobreza y el hambre; el fin del petróleo; la siempre amenaza nuclear, y también la del quiebre de Estados por la crisis financiera sistémica provocada por la especulación y la codicia”.
En un futuro para nada perfecto, el autor vislumbra –y menciona—el derretimiento de los glaciares andinos y con ellos la escasez del agua potable para poblaciones enteras, y el surgimiento de una nueva clase de desplazados: los refugiados climáticos. Se refirió neoliberalismo “desde los Chicago boys, al dios Mercado como alfa y omega: como un autorregulador que elimina a los Estados y juega un partido sin árbitro”. Cuestionó a la canciller alemana  Angela Merkel, quien pidió al FMI que intervenga en la crisis griega: “Eso habla de la falta de solidaridad de ese club del Euro. Hoy son los griegos; mañana puede tocarles a los italianos o a los españoles”.
Su fluido estilo didáctico-informativo cautivó a las cientos de personas que le escucharon y tomaron notas.
Ramonet le apuntó a los “latifundios mediáticos” que están al servicio de su propia economía y no al de la noticia, ni ejercen su deber cívico. Habló del concepto del quinto poder para controlar a esos medios. De Latinoamérica como reservorio de nuevas tendencias socio-ambientales.
Con respecto al bioetanol, se preguntó si el maíz debe servir para alimentar a la gente o a los autos; y cuestionó la distribución de la riqueza: “Una vaca europea recibe una subvención de 5 dólares por día, mientras que el 40 por ciento de la población mundial vive con menos de 2 dólares. Es decir, una vaca europea vale más que una persona pobre en el mundo”.

(Nota al pie: Ver el enlace http://avesdeprensa.blogspot.com/2007/09/ramonet-en-crdoba.html).
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Espectáculos, Lunes, 14 de junio de 2010.
Charly García en Córdoba, un regreso emotivo
Marta Platía
Saquen una hoja y anoten la fecha: el sábado 12 de junio de 2010 quedará para la historia. Al menos para los cordobeses que tuvieron la suerte de vivir el doblete: los dos dioses vivos más geniales, sucios, rebeldes, desmesurados y amados de nuestro Olimpo argentino están de regreso.
Sí, los que tantas veces hospitales, velas, rezos y aguantes. Los que nos inyectaron su arte vía intravenosa, y ya están impresos en nuestro ADN.
Por la mañana Diego Maradona entró al Mundial de Sudáfrica por la puerta grande, triunfo incluido. Yvade retro aquélla maldita imagen del ´94, cuando esa enfermera rubia, grandota, se lo llevó de la mano al corte de piernas. Por la noche, en el Orfeo cordobés 9.500 fieles aclamaron a Charly García: el que murió sin morir y volvió en el mejor Charly. Uno que ni se nos hubiera ocurrido imaginar hace algunos años, cuando estaba abrazado al dolor y la autodestrucción.
El Mozart del rock nacional ofreció un concierto –porque fue más que un recital— de más de dos horas sentado al trono de su piano negro de cola. En la banda, con cinco musicazos, brilló como el diamante que es, la voz y el talento desbordante de Hilda Lizarazu: “Una reina”, la nombró Charly, resignificando un calificativo que en tiempos de banalización del lenguaje, se le aplica a cualquier colagenada vestida con la marca de moda. Su majestad Lizarazu, pareció flotar sobre el escenario con su performance de hada, de una Alicia que sí, con Charly al comando, estaba en el País de las Maravillas.
Así volvieron a sonar las Rejas electrificadas de Pubis AngelicalPromesas sobre el bidetCerca de la Revolución ; la psicodélica Pasajera en Trance; y un nuevo tema cuyo nombre –dijo– no tiene decidido, La medicina del amor o la medicina del doctor”, con versos bien García Moreno: “aunque no pierdo la esperanza/ a veces con vivir no alcanza”. El manifiesto de un sobreviviente que podría dormirse en sus laureles pero que, como el Diego, vuelve por más.
El Charly que le dedica todo el sol de Rezo por vos a Gustavo Cerati, alternando el teclado con el gesto de sus manos juntas y los ojos cerrados. Córdoba disfrutó de un García intenso, feliz y generoso. De regreso con ése, su caminar de ave zancuda. Un tanto frágil, sí; pero que como buen zorro viejo que es, patea un micrófono por una cuestión de honor y ríe: “¿Creyeron que me había vuelto bueno?”.
Llegados los bises, canta el Himno –el suyo—, la bandera atada como la capa de un superhéroe. “Me la mandó el Diego” dice, y antes de partir, arranca delicado, solo y a capella con aquél “hubo un tiempo que fue hermoso y fui libre de verdad…”. Nos deja. Somos casi diez mil gargantas de tres generaciones cantando de amor, de nostalgia, de alegría, de bienvenida a este hombre que regresa de su tonto fulgor. Un mar de nuevas y viejas olas que, a los gritos, le desean “al gran Charly, argentino salud”.
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Lunes 6 de octubre de 1997

Silvio Rodríguez volvió a cantar en Córdoba

Por Marta Platía

Silvio Rodríguez cantó aquí después de 13 años. La cálida noche del sábado subió al escenario del Club General Paz Juniors y unas 6.500 personas –entre ellas muchísimos jóvenes–, volvieron a emocionarse con sus canciones. Pasa que no pocos de esos chicos heredaron de sus padres el amor a este hombre que, sólo con su guitarra, su voz pequeña y dulce y sus versos enormes, sigue fiel a sus ideas políticas y a la belleza que le fluye imparable a la hora de componer.

En claro contraste con un público que se deshizo en declaraciones amorosas y consignas de solidaridad con la situación que vive Cuba en este octubre caliente en que se mezclan atentados, con homenajes al Che Guevara a 30 años de su muerte, Silvio apareció serio y hasta parco. Vestido con un buzo verde de algodón, jeans y mocasines marrones, el hombre se dedicó a lo suyo durante 23 canciones, entre las cuales habló poco y nada. Cuando lo hizo, sólo pidió que le permitieran desahogar su necesidad de presentar sus nuevos temas porque en 13 años -dijo- he hecho algunas cosas que necesito expresar, así que no podré cantar todo lo que me piden, se disculpó. Aunque haya dejado afuera al mismísimo unicornio azul.

Durante una hora y cuarenta y cinco minutos, Rodríguez se dedicó, y con éxito, a convocar con sus dotes de hechicero diplomado, fantasmas de amor que flotaban visibles en los ojos húmedos de la gente: Rabo de nube, El dulce abismo, La canción de las sillas, El necio (a esta altura todo un manifiesto, su manifiesto, y el primer tema que coreó todo el estadio), Pequeña serenata diurna y temas nuevos, que entonó ante el silencio y la posterior aceptación del público. Uno de ellos, que cuenta la extraña historia de un hombre que acostumbraba a besar todo, desde la gente hasta los muebles y las rejas de su propia prisión, y que al morir se convierte en los labios de la tierra en que lo siembran, fue uno de los más aplaudidos. También conmovió con Te recuerdo Amanda, de Víctor Jara, y Hasta siempre, de Carlos Puebla. ¿Hará falta decir que el fantasma del Che estuvo presente durante toda la noche?.

Firme en su postura de esquivar sus hits más recordados, Rodríguez desencantó al final del concierto a gran parte de la gente, ya que su último tema no fue propio, sino del filipino Luis Eduardo Aute, uno de los artistas con los que subirá al escenario de Ferro el miércoles, en el homenaje al Che. La bella Dentro, tan delicada como intimista, no conformó a la platea que, aún cuando Silvio abandonó el escenario definitivamente, se quedó de pie y cantando Ojalá a los gritos: con sus disparos de nieve, palabras precisas y sonrisas perfectas. Más allá de las intransigencias de este artista cubano tan terco como respetado, por estos días todo el viento de Córdoba sopló en su dirección: la de un hombre que desde hace tiempo, eligió el raro oficio de barredor de tristezas.

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Bicentenario argentino

Opiniones desde Córdoba

Desde nuestra provincia y con las fotos de Daniel y Marcelo Cáceres; más Daniel Cáceres (h), que filmó y con quien edité el sonido de las entrevistas, aportamos al diario Clarín los testimonios de Susana Fiorito, creadora de la Biblioteca Popular de Bella Vista; Sonia Torres, presidente de Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba; el Crist; Rubén “Corcho” Goldberg, a quien nombraron el Librero del Año 2010, aunque para muchos cordobeses es el librero de nuestras vidas; el de Alvaro Izurieta, pintor y escultor que vive en Unquillo; las palabras de Carlitos “La Mona” Jiménez, el rey del cuarteto cordobés;  las de don Melitón “Tito” Sequeira, ladrillero desde hace más de 32 años;  la herrera Angela Sabando, del barrio Los Cigarrales, en las Sierras Chicas; y la visión de Paloma López, de 14 años, que va al IPEM Agustín Tosco de Villa Ani Mí.
Este es el vínculo para entrar:
http://www.clarin.com/diario/2010/05/20/conexiones/home.html


Y éstas son algunas fotos sacadas luego de las entrevistas:

Sonia Torres y Marta Platía en Tribunales I. Mayo 2010.

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Marcelito, Daniel y Marcelo Cáceres, Crist y Marta Platía. Mayo 2010.

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Rubén Goldberg y Marta Platía.  Mayo 2010.

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Clarín, domingo 10 de diciembre de 2006.

Historia de vida: Johana Mercado tiene 11 años y camina 30 cuadras para ir a la escuela.

Fue escolta de la bandera y vive abajo de un puente 

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

Abajo de un puente en pleno centro cordobés, y a merced de las crecidas del río Suquía, vive Johana Mercado, de 11 años: la primera escolta de la escuela Grecia de esta capital, y una de las más admiradas desde que un canal de tevé la mostró el viernes en su acto escolar.

La pequeña tiene el segundo promedio más alto de su camada, sueña con ser abogada y sabe, con una certeza que impacta cuando se mira el fondo de sus ojos oscuros, que “la escuela es el único modo de salir de todo és to”. ¿Y qué es ésto? Johana señala el cielo protector de un puente sobre el río. O mejor: de un pedacito del puente Maipú, donde “un señor” dejó que la nena, su papá lustrabotas, la mamá y sus otras cuatro hermanitas, se queden “por un tiempo”.

Los Mercado fueron cayendo desde la pobreza a la miseria desde un impreciso “mucho tiempo” hasta un certero hoy: abajo de esa construcción que los malprotege del frío, del sol, del viento, de las lluvias.

Para ir a la escuela, en barrio Müller, Johana camina treinta cuadras de ida y otras treinta de vuelta. Dice que no le gusta faltar. Aún cuando las zapatillas número 33 pidan tregua por tanto andar, y ambas sean del mismo pie. Luego de tomar el té con pan —”si ese día no nos falta el pan”, acota sin autocompasión y sólo como un dato más de la realidad—, Johana hace meteorología antes de ir al colegio: “Miro el cielo para ver si viene tormenta. Si veo que ya llueve, espero a que pase. Pero si veo que me va a dar tiempo para llegar antes de que se largue, me apuro. Meto el cuaderno y la carpeta en una bolsita de plástico, y salgo”. ¿Y si te alcanza en el camino? “Me saco las zapatillas y las pongo en la misma bolsita del cuaderno y la carpeta. Y sigo”.

Y sigue, Johana. La hermosa Johana de pelo negro, brillante, lavado con agua fría aunque sea invierno. La que no tiene ni mochila. Ni cartuchera. Ni Internet. Ni televisión. La que a veces, sólo a veces, duerme en la única cama de la familia. Cuando le toca “el turno”. Pero, claro, no siempre. “Ahí tengo una colcha en el piso, una almohada, y me tapo con otra colcha. A veces tengo miedo. Pero es más el frío. ¿Viste que hace llorar el frío a veces?”, pregunta.

Por suerte es ella la que sigue. Cuenta que le gusta leer. Que una vez hasta encontró “un pedacito” de Harry Potter. Y que como libros no hay, es ella misma la que se escribe sus propios cuentos “cuando hay papel”. De ciencia ficción, policiales, de misterio. ¿El último que escribió? “Uno de un policía que busca una perla, pero que no puede encontrarla todavía”, sintetiza, con la preocupación de una escritora que aún no ha podido darle el final a su obra.

Cuentos que Johana tiene “prohibido” contarles a las hermanitas en la oscuridad de la noche, antes de dormir, “porque se asustan, lloran y tienen pesadillas”, interviene la madre. Una mujer de 39 años ajados, y que parece estar a años luz del alma de esa hija que brilla como un diamante aún debajo de ese puente donde el olor de la miseria envuelve al mundo entero.

Uno donde por las noches reza para que no crezca el río, y sueña “con una casa digna, con techo y paredes”. Y con ser abogada, claro. Pero no porque lo vio por televisión, porque no tiene. Sino porque “una vez le hicieron pasar el parto a mi mamá y murió mi hermanita. Yo quiero defender a las mujeres como ella”, murmura. Y otra vez el puñal de esa mirada de insondable inteligencia bajo ese puente que es refugio y a la vez infamia.

En el cuento inconcluso de Johana, el del policía y la perla, habría que avisarle a ese pobre tipo que ya no la busque. Y que la perla es ella.

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Clarín, Agosto de 2010.

Johana Mercado

La joven que vivía debajo de un puente y pudo salir

Johana Mercado, agosto de 2010. Foto: Marcelo Cáceres.

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

Aunque ya cumplió los 16, Johana Mercado se sigue pareciendo tanto a ésa nena de 12 que era la escolta de su colegio. Sí, a esa chiquita que sobresalía en su clase, aún cuando maldormía con sus cuatro hermanitos y sus padres debajo de un puente en pleno centro cordobés. Esa Johana cuya historia se conoció a fines de 2006, cuando este diario publicó la odisea cotidiana de caminar treinta cuadras hasta la escuela con dos zapatillas del mismo pie; con una bolsita de nailon como toda mochila; su angustia por los fríos nocturnos y el miedo a las lluvias y a las crecidas de un río en el que cada mañana, lavaba su pelo negro, casi tan brillante como ella.

Cuando pocas semanas después, el gobernador José Manuel de la Sota le entregó las llaves de una casa “de verdad, con paredes y techo donde uno puede dormir sin tener frío ni miedo de que llueva”, Johana dijo sentirse “una princesa en su propio castillo”. La nena que a falta de libros de cuentos escribía relatos policiales “cuando había papel”; apenas podía entender que su tesón de cada día para arrebatarle la propia vida a la miseria, había logrado dar un vuelco total para ella y su familia. La casita tenía una fachada rosa escándalo y así, en colores, se le aparecían los días que siguieron. No más el negro del barro maloliente del puente Maipú, ni la omnipresente humedad que hacía llorar de frío cuando no le tocaba “el turno” para dormir sobre el único colchón que tenía la familia.

El sueño duró algunos meses felices. Pero algo ocurrió. La madre que según Johana “había quedado mal después de un parto” en el no la habrían atendido a tiempo y “le dejaron morir al bebé”, enloqueció de furia.  Y Johana pareció convertirse en su principal blanco. Hubo golpes. Intentos de  asistentes sociales y médicos para recuperarla. Parecía que tal vez su alma volvería. Pero no. Más golpes, corridas, y una noche hasta un cuchillo que casi le alcanza la espalda y aún le relampaguea en las pesadillas.

Fue Sandra Luna, la celadora de la escuela secundaria  “Domingo Faustino Sarmiento” –donde la becaron para que pueda hacer todo el ciclo– quien supo de sus pesares y le dio albergue en su casa. Y un juez autorizó su guarda con fines de adopción. Ahora, con 16 años, hace más de tres que Johana comparte sus días y avatares con otros tres adolescentes. Los hijos de Sandra: una de ésas mujeres-hogar que le dan calidez a lo que tocan. “Con mi esposo estamos separados, pero tenemos una buena relación. Y él, como los chicos, han aceptado a Johana como una más de la familia”, asegura.

¿Lo que más le costó? “Avisar lo que iba a hacer –me dice y le dice-. Acostumbrada como estaba a tomar decisiones, porque había que tomarlas, Johana se manejaba sola. Era una adulta prematura. Pienso que sigue siéndolo. Pero aquí en casa, intentamos aliviarle el peso a la carga que trae”.

Johana cuenta que cada fin de semana visita a sus hermanitos y al padre, pero duerme “en la casa de Mercedes”: una vecina del barrio Villa Boedo que la cuida por decisión del juez de menores. Repite que los extraña, pero que entiende que ya no puede vivir con ellos.

Después sonríe con los labios apretados. Y pide, de pronto, “sólo una cosa”: que le agradezcan a Claudio Lema Posse, de Buenos Aires, “que ahora está en Dubai y trabaja para la Unicef”, porque nunca ha dejado de ayudarla: “Con los cospeles, con los libros del colegio. Nunca”. El único de un centenar de lectores que, con sus cartas, contribuyeron a cambiarle el destino a una adolescente que, claro, ya no mira como aquélla niña.

Qué va. Ahora, hoy, en éste momento, hay tanta duda, tanto viejo dolor y también tanta esperanza que se mezclándose en ésos ojos.

Me despido. La miro y siento que las tormentas no sólo ocurren en el cielo. También relumbran en la mirada de quienes, como Johana, se saben en tránsito. En el puente de su vida.

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Clarín, domingo 2 de Agosto de 2009

Fabiana Vega nació ciega, sorda y sin posibilidades de caminar, pero no se rinde suma progresos día a día.

Los 15 años de una nena puro coraje

Los vecinos de Unquillo, donde vive, le organizaron la fiesta de cumpleaños en un castillo.

Por Marta Platía. Córdoba, Corresponsal.

Hija de la madre Naturaleza, cuando en la naturaleza hubo mal tiempo, Fabiana Vega festejó ayer sus 15 años. Su cuerpo se gestó mientras una rubéola congénita le azotaba las células: los ojos bajaron las persianas aún antes de abrirlas, y los oídos dejaron de escuchar los sones de mar del vientre materno. Una mamá que no pudo con la tempestad, y se la entregó a Isabel Salussolia, la abuela, para que se hiciera cargo del bebé que jamás caminaría.

Desde ese 27 de julio de 1994, cuando sintió el frío de un mundo que nunca vería ni oiría, la vida de Fabiana es un naufragio constante donde sólo hay un madero del que aferrarse: el cuerpo macizo de “La Gringa”, como la llaman todos en Villa Forchieri: una barriada obrera y polvorienta de Unquillo, a 35 kilómetros de la capital cordobesa.

Una mujer que amasa pan y lo vende, casa por casa, cuando el magro subsidio provincial le permite comprar harina y leña para encender el horno de barro de la casita que alquilan, y cuyo dueño amenaza ahora con aumento o desalojo. Antes de la fiesta de ayer, la pediatra Graciela Aymar regresó en el tiempo: “Cuando las vi por primera vez, le dije a la abuela que la rubéola provocó microcefalia, parálisis cerebral, malformaciones, ceguera y sordera. Que Fabiana no tenía chances de nada. Sería un vegetal en una cama. Caminar era imposible. Y ahora, cuando las veo, no puedo más que emocionarme por los progresos. Con su amor, la abuela logró que Fabiana se comunique a través del tacto y se pare sobre sus piernas”.

Aymar sigue y relata lo que muchos en Unquillo saben: que a falta de cochecito, la abuela sentaba a la nieta en un cajón de manzanas que aferraba a su cintura con una cuerda. Y que así, tirando con su cuerpo, la llevaba consigo cantándole y hablándole, día tras día. Cuenta cómo los vecinos vieron a la mujer, durante años, cargando a su nena rumbo a una escuela para chicos discapacitados: “Primero como a un monito en la espalda; y después en brazos, cuando la Fabi fue creciendo y le sobraban las piernas por todos lados”. Las imágenes abundan: la Gringa, haciendo rifas para conseguir audífonos que, soñaba, le darían de oír a la nieta. Cambiando panes por boletos de micros. Haciendo filas interminables con números sacados de madrugada en reparticiones públicas. Y la siempre fugaz aparición de una madre biológica que va y viene según la marea de su propia vida.

En la escuela Sullai -esperanza en mapuche- adonde asiste, Aurea María Sosa detalló que “en su caso, los logros esenciales son comer sola, controlar esfínteres y aprender el lenguaje con manos, ya que tacto y olfato son sus únicas ventanas al mundo”.

Por eso los peluches de regalo en el festejo de los 15, en el castillo que prestó la comuna. Un edificio tan imponente por fuera como vacío por dentro, que conoció tiempos fastuosos, y ahora parece un rehén en medio de la pobreza del barrio. Al mediodía, más de un centenar de vecinos llegaron con sus platos y pagaron 10 pesos la tarjeta. Sabían que la Gringa, a quien siempre le desean “que no se muera nunca”, preparó empanadas, y hasta le compró a Fabiana un buzo rosa. No hubo vestido. Sólo amor para la hija de la madre Naturaleza.

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Repercusiones de la nota sobre Fabiana Vega y su abuela la Gringa

Hija de madre naturaleza

Fabiana Vega y su abuela Isabel Salussolia, agosto 2010. Foto: Daniel Cáceres.

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

Víctima de una rubéola congénita que la depositó en un mundo que nunca verá ni oirá, Fabiana Vega “es un regalo del Cielo” para su abuela Isabel Salussolia y su principal razón de vivir desde hace 16 años.

Pocos días después de aquél 27 de julio de 1994, cuando la mamá decidió dejarla para siempre en sus brazos, el diagnóstico de la pediatra fue desolador: “Microcefalia, parálisis cerebral, malformaciones, ceguera y sordera”. No había mucho para hacer. Sería “un montoncito de carne en una cuna. O en una cama, si llegaba”, recordó la médica Graciela Aymar.

Ahora, cuando vé a la abuela caminando del brazo con la nieta, dice que no puede con su alma. Aymar está convencida de que “sólo con su amor, con su dedicación, “ la Gringa ” –como todos le llaman a Isabel–  logró que Fabiana se comunique a través del tacto y se pare sobre sus piernas. Algo que parecía imposible”.

Amasando panes en un horno de barro, y poniéndose –literalmente—a la pequeña sobre sus hombros para vender por las calles de tierra de Villa Forchieri –en Unquillo, donde ambas viven– la Gringa le peleó a la vida un día tras otro.

Quienes las conocen desde siempre, cuentan “la ocurrencia” de la abuela: como no podía quedarse al lado de la cuna todo el tiempo, ponía a la bebé en un cajón de manzanas que ataba con una cuerda a su cintura. Y así, como un buque insignia, arrastraba el improvisado coche con su tesoro dentro. Cantándole, hablándole, riéndole, a esa nieta que se le fue “convirtiendo en hija”, dice.

Esa Fabiana que no escucha, que no ve, que no habla y que sólo entiende “el idioma del tacto”. Uno que fueron aprendiendo juntas, y que más tarde y todavía, le enseñan en la escuela especial “Sullay”, que en quechua significa esperanza.

“Querida Familia: hoy Fabi estuvo tranquila. Trabajamos en el baño, el lavado de cara y manos, merendó bien, cocinamos torta. Después, en el aseo personal, usó una colonia que le gustó, por eso va muy perfumada”, le escribe la maestra a la abuela: el único miembro de la querida familia a quien dirige cada día, después de las clases, las cartas con los progresos de la nieta. Para los chicos como Fabiana, comer solos, peinarse o cepillar sus dientes, es el abecé de la escuela.

Pero el último motivo de alegría para ambas pasa, ahora, por la propia casa: una a la que se mudaron hace pocos meses, mitad bloques, mitad pre-fabricada, y que le ayudó a comprar el gobierno de Juan Schiaretti, poco después de que Clarín publicara que, sin recursos para el alquiler, tenían fecha de desalojo.

“Ellos nos ayudaron muchísimo, los bendigo todos los días. Pero claro, no podían con todo –justifica la Gringa , con temor de sonar desagradecida–. Todavía me faltan veinte cuotas de 600 pesos para que este techo sea nuestro del todo”. Entonces pide que apunte que “el intendente de Unquillo, Germán Jalil”, ha prometido ayudarla “con dos o tres cuotas”.

Es ahí cuando aparece el nombre de otra abuela, Isabel de Antollini, de Azul, provincia de Buenos Aires: “ La Isa no es rica. Pero me empezó a ayudar cuando salió la nota (en agosto de 2009), y me llama casi todas las semanas. Ojo, mucha gente nos ayudó y  nos envió cosas. Pero ella es la que nos ha seguido enviando (a una cuenta del Banco Nación) para que no nos falte para la cuota y la comida. Nos hemos hecho amigas por teléfono y hasta ha venido de visita”, relata con una sonrisa que se repite en la nieta.

Mientras charlamos en la cocina del nuevo hogar, Fabiana tiene sus dos manos apoyadas en la espalda de la abuela. ¿Le siente las vibraciones de la voz? ¿La risa constante? ¿Los latidos del corazón? ¿El alma?

Sólo Dios sabe.

La abuela la acaricia y no para de hablar. Le prueba una y otra vez una capa blanca, peludita, que está tejiendo para ella. “Es como la de una reina, y está hecha de lana mono”, me explica orgullosa de su obra. “Por ella y por mí, me he convertido en una araña: tejo y tejo día y noche”, revela, al tiempo que acerca el sol de noche  “para ahorrar electricidad”. De su flamante oficio son fruto las frazadas de las camas: pulóveres viejos despanzurrados y cosidos entre sí. “No, no pasamos frío, pero cada vez que nos damos vuelta hay que pedirle permiso a la colcha de tan pesada”, cuenta y ríe a carcajadas. Desde las paredes, Sandro y Susana Giménez ríen con ella.

La reconversión laboral de la Gringa tiene sus razones: “Como acá donde nos mudamos –sólo a cuatro cuadras de la calle donde vivían— hay una viejita que amasa pan para vivir, yo no le puedo andar robando los clientes. Por eso ahora tejo, lavo y plancho para afuera”. Lo dice sin aspavientos. Con la certeza de que la solidaridad tiene sus códigos. Y ella podría dar cátedra de eso.

Salimos al patio para ver la otra fuente de prosperidad “porque ahora somos ricas”, bromea guiñandome un ojo como para que entienda que la cosa va muy en serio. Abre los brazos ante la huerta en el fondo: “Yo misma la puntée. Tengo cebollitas de verdeo, papas, zanahorias, lechuga, zapallitos y con eso ¡sopa todos los días!”. Allí también, en un ángulo del fondo, armó un mínimo gallinero: “Seis ponedoras y un gallo para que me las pise”, enumera con tono de inventario, la nieta pegada a su espalda.

Cuando saludan en el portón de Los Talas 461, las manos en alto, ya es noche y las estrellas parecen de hielo.

Antes de partir, y en el revoltijo de sentimientos que provoca pasar apenas un par de horas con Fabiana y la Gringa –tan dos, tan una– hay que espantar el inevitable, súbito miedo por lo que vendrá. Y agradecer que Isabel siga llevando, amarrado a su cuerpo, aquél cajoncito de manzanas: uno que ahora tiene la forma y el tamaño de una casa.

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La serie de notas que siguen son parte de la cobertura de los tres juicios a los represores de la última dictadura militar argentina que se llevaron a cabo en Córdoba en 2008, 2009 y 2010.

Todas pueden leerse, más ordenados, en la sección Juicios al Terrorismo de Estado de éste blog.


Jueves 24 de julio de 2008.

Condena histórica: perpetua para Menéndez en una cárcel común

Lo dispuso el Tribunal Oral Federal Nº1 de Córdoba. Es por el secuestro, tortura y muerte de cuatro militantes en 1977. Más temprano, el represor justificó los crímenes cometidos por la dictadura. Y dijo: “Los guerrilleros de los 70 están en el poder”. Además, otros cuatro acusados recibieron perpetua y tres, penas que van de 18 a 22 años de prisión.

LECTURA. Menéndez, hoy, horas antes de ser condenado. (Foto: Daniel Cáceres).

Audio: Un luminoso día de Justicia. Por Marta Platía, corresponsal de Clarín en Córdoba.

http://www.clarin.com/diario/2008/07/24/um/m-01721936.htm

El represor Luciano Benjamín Menéndez fue condenado esta tarde a prisión perpetua por el secuestro, tortura y muerte de cuatro militantes, ocurridos en 1977. De acuerdo al fallo, dictado por el Tribunal Oral Nº1 de Córdoba, el ex jefe del III Cuerpo de Ejército deberá cumplir la pena en una cárcel común, tal como había reclamado la querella.

Menéndez, quien más temprano había defendido con énfasis la represión durante la dictadura, escuchó el veredicto en silencio. Como reflejo de la enorme expectativa que había generado el proceso, la lectura fue seguida por el gobernador de la provincia, Jorge Schiaretti; su vice, Héctor “Pichi” Campana, el secretario de Derechos Humanos de la Nación, Eduardo Luis Duhalde; el Defensor del Pueblo de la Nación, Eduardo Mondino; y la titular de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, entre otros integrantes de organismos de derechos humanos.

Además de Menéndez -cerebro de la represión ilegal en Córdoba- otros cuatro represores también deberán cumplir prisión perpetua en un penal común. Se trata de Luis Alberto Manzanelli, Carlos Alberto Díaz, Oreste Valentín Padován y Ricardo Alberto Ramón Lardone. Además, Hermes Oscar Rodríguez y Jorge Ezequiel Acosta fueron sentenciados a 22 años de cárcel, mientras que Carlos Alberto Vega fue sentenciado a 18 años.

Todos fueron condenados por los crímenes de Hilda Palacios, Humberto Brandalisis, Carlos Lajas y Raúl Cardozo, militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), ocurridos en 1977.

La sentencia fue recibida con alegría por los militantes de derechos humanos, que desde bien temprano se concentraron frente a los Tribunales de la capital cordobesa. Allí se instaló una pantalla gigante que transmitió en directo las alternativas del veredicto.

En sus últimas palabras antes del veredicto, Menéndez había justificado la represión llevada adelante por la dictadura, al manifestar que se trataba de “una guerra” con las organizaciones ERP y Montoneros. Su discurso, en el que citó a Lenin y Gramsci, se interrumpió por los insultos de un grupo de familiares de víctimas, que terminaron desalojados.

“Los delincuentes subversivos ensangrentaron el país durante 10 años, en los cuales asesinaron a 1.500 personas”, lanzó el represor, al tiempo que se quejó porque “este es el primer país que juzga a sus soldados victoriosos que lucharon y vencieron por orden de y para sus compatriotas”. Y agregó: “Los marxistas no conciben la armonía y la concordia sino el conflicto permanente”.

Dentro del recinto se vivieron algunos momentos de tensión: promediando el discurso, Menéndez recibió insultos. El presidente del Tribunal lo interrumpió y a los gritos le pidió a la Policía que desalojara a un grupo de personas. Hubo forcejeos y más discusiones, pero el discurso pudo continuar.

Menéndez repitió varias veces la palabra “guerra” y remató su discurso con un mensaje político. “Antes los terroristas estaban en la ilegalidad, ahora pretenden ser ciudadanos atados a la Constitución. Confío en que los guerrilleros del 70 ahora en el poder no puedan imponer su régimen autoritario“, disparó.

La condena a Menéndez estuvo a tono con lo solicitado por la Fiscalía y la querella. La defensa del represor, al reclamar su absolución, había denunciado en su alegato “inseguridad jurídica”, reivindicando las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. El argumento fue rechazado de plano por los integrantes del Tribunal.

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Viernes 25 de julio de 2008.

Fallo histórico contra el cerebro de la represión ilegal en Córdoba y otras diez provincias

Condenaron a Menéndez a cadena perpetua en una cárcel común

Lo dispuso un tribunal oral, mientras cientos de personas festejaban afuera.

Foto: Daniel Cáceres. Condenados. El capitán Acosta (de barba), el teniente coronel Rodríguez, y Menéndez ayer en la audiencia.

Por Marta Platía.

Una utopía. Nunca pensé que íbamos a lograr esto. Parece un sueño, pero es por fin la Justicia que llegó”, le dijo a Clarín con el rostro bañado en lágrimas Sonia Torres, la presidente de Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba, cuando la ovación de una multitud de jóvenes la recibió a la salida de los Tribunales.

Ayer, poco después de las cinco de la tarde, había ocurrido lo impensable hace pocos años: el general Luciano Benjamín Menéndez escuchó, con el rostro inexpresivo y los párpados entrecerrados, la sentencia del Tribunal Oral Federal N° 1 que lo condenó por unanimidad a cadena perpetua en una cárcel común, revocándole el arresto domiciliario del que gozaba en su coqueta casa del barrio Bajo Palermo.

Con sus 81 años, Menéndez y los otros siete represores, durmieron anoche,por primera vez en la cárcel común de Bouwer del servicio penitenciario de la provincia.

El atronador grito de alegría mientras el juez Jaime Díaz Gavier daba a conocer las sentencias, compitió con los aplausos y el llanto que estallaron incontenibles en una sala en la que apenas se podía respirar por la cantidad de gente que no quiso perderse el final de este histórico juicio.

Nadie estuvo a salvo de la emoción -ni de la sorpresa- que produjo la decisión de la prisión común para los militares acusados por delitos de Lesa Humanidad. Así se sintieron el intendente Daniel Giacomino, el radical Mario Negri, la titular de las Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto y el secretario de Derechos Humanos y también testigo en este juicio, Luis Eduardo Duhalde. Una de las Abuelas, Nelly Llorens, que mañana cumplirá 88 años, llegó a duras penas a su silla y festejó cada sentencia blandiendo su bastón por el aire. Llorando y riendo “como una chica de 15”, repetía.

Díaz Gavier, acompañado por sus colegas José Vicente Muscará y Carlos Otero Alvarez, tuvo que hacer esfuerzos para continuar con la lectura de las condenas paso a paso por los gritos de alegría. Menéndez fue encontrado culpable de “coautor mediato de los delitos de privación ilegítima de la libertad calificada, por tratarse de un funcionario público, agravada por el uso de violencia; imposición de tormentos agravados por la condición de perseguidos políticos de las víctimas, y homicidio doblemente calificado por alevosía, y por la pluralidad de partícipes”.

Igual condena recibieron los represores Oreste Valentín Padován, Ricardo Alberto Ramón Lardone, Carlos Alberto Díaz, y Luis Alberto Manzanelli.

En los casos de Hermes Oscar Rodríguez y Jorge Exequiel Acosta, ambos fueron condenados a 22 años también en prisión común; en tanto que a Carlos Alberto Vega le impusieron 18 años.

Con estas penas, los jueces atendieron lo solicitado por la querella y la fiscalía del llamado caso “Brandalisis”, en la cual se los encontró culpables por el secuestro, tortura, asesinato y desaparición de: Humberto Brandalisis, Hilda Flora Palacios, Carlos Lajas y Raúl Cardozo, a quienes mataron en 1977 fingiendo un “enfrentamiento” armado.

Parafraseando el título del cuento de Rodolfo Walsh, el escritor y periodista desaparecido en los setenta, el de ayer, aquí en Córdoba, fue un luminoso día de justicia.

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Ultimo alegato de Menéndez antes de la condena:

“Los guerrilleros de los años 70 están hoy en el poder”

Foto: Marcelo Cáceres. Rechazo. Madres de Plaza de Mayo escuchan, ayer por la  TV a Menéndez.

En su alegato final Luciano Benjamín Menéndez reivindicó la represión ilegal que ejerció sobre más de diez provincias argentinas cuando era el jefe del Tercer Cuerpo de Ejército.

Con su tono marcial aunque un tanto más apagado en el el discurso que leyera el 28 de mayo pasado; Menéndez repitió sus argumentos de que “se trató de una guerra para evitar el asalto de la subversión marxista” y hasta hizo una errónea comparación con lo sucedido entre el Estado italiano y las Brigadas Rojas.

A poco de empezada la lectura, una joven abogada del público, comenzó a gritarle. “¡Genocida!”, y el presidente del tribunal Díaz Gavier, ordenó que la Policía la retirara. Menéndez continuó con aquéllo de que “este es el único país que condena a su ejército victorioso”.

También atacó al gobierno nacional: “Confío en que los guerrilleros del 70, hoy en el poder, no puedan consumar su propósito de imponernos un régimen autoritario”; lo que provocó algunas risas contenidas en el público.

Los otros siete represores se declararon inocentes de todo y dijeron no haber torturado ni matado a nadie, ni conocer a ninguno de los jóvenes del caso Brandalisis.

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Cómo era el principal centro clandestino de detención en Córdoba.

La Perla, sinómimo del horror

Todavía pueden verse sus muros y su torre rojiza alzándose a la derecha del camino hacia Carlos Paz, frente a la localidad de Malagueño y a 12 kilómetros del centro cordobés, sobre la ruta nacional 20.

Este complejo militar fue construído hacia fines de 1975. Lo constituyen cuatro edificios, tres de ellos comunicados entre sí por una galería. Dos eran utilizados por oficiales y suboficiales como dormitorios y oficinas; el tercero, la cuadra, para prisioneros. El cuarto se usó como garage. La sala de torturas se instaló en un galpón cercano. Cuando la mañana del miércoles 11 de junio los miembros del Tribunal recorrieron el ex campo de concentración junto a cinco de los sobrevivientes; se constató que todo está como era entonces, sólo que algunas de las paredes fueron repintadas. Teresa Meschiatti, Liliana Callizo, Ana Mohaded, Susana Sastre y Piero di Monte, lo reconocieron palmo a palmo. Salieron de la cuadra, desandaron el patio en diagonal y allí está todavía la sala de tortura: un cuartucho mínimo de techos bajos, que los represores llamaban “Sala de Terapia Intensiva. No se admiten enfermos”. En sus paredes y en las de algunas oficinas del edificio principal, todavía hay rastros de sangre.

La Perla está rodeada por un alambrado. A sus fondos se ven los campos y “la Mezquita” una especie de santuario donde los represores iban a rezar. En ese vasto territorio, habrían fusilado y enterrado a sus víctimas. Así lo aseguraron el ex gendarme Carlos Beltrán y el arriero José Julián Solenille, quien declaró ante la CONADEP.

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Los testimonios de dolor de los pocos sobrevivientes

Por:  Marta Platía

A lo largo de un juicio en el que por momentos el infierno pareció abrir una sucursal en la sala de audiencias, nadie que haya escuchado los testimonios de los sobrevivientes y testigos del campo de exterminio de La Perla, podrá olvidarlos fácilmente.

Sus voces recordando la muerte de los compañeros. El martirio que se corporizaba en las manos y las risotadas de los torturadores que disfrutaban atormentando cuerpos a picana y golpes. Allí estuvo Teresa Meschiatti: “Durante un mes mi vagina olió a carne podrida”, detalló; y la lúgubre lotería, en medio de la noche, de los traslados que no eran otra cosa que el asesinato planificado por bala o tortura y la desaparición de los cadáveres en fosas comunes.

¿Cómo olvidar, entonces, a Cecilia Suzzara, cuando relató que luego de días de picana y submarinos la obligaron a guiarlos a la casa de su amiga Silvina Parodi, embarazada de ocho meses? Silvina y su esposo Daniel Orozco todavía están desaparecidos, y Sonia Torres, la mamá de Silvina, todavía busca a su nieto nacido en cautiverio.

¿Y cómo hizo usted para seguir con la vida?, le preguntó un abogado. “Yo no pude volver a vivir. Yo me morí en La Perla”, contestó la mujer quebrada por el dolor y una culpa que jamás la abandonó, y que sus cancerberos parecen desconocer.

O a María Victoria Roca, una todavía hermosa mujer que contó cómo, por su belleza, la desnudaron y la torturaron entre 20. O el relato de la insoportable escena de la muerte en directo de Falik de Vergara, “una chiquita rubia, muy joven” que le obligaron a ver a Liliana Callizo: “No, nunca me voy a poder olvidar del chisperío que salía de las picanas. El cuerpo de Falik se arqueaba y se sacudía en la mesa de torturas. Hasta le tiraban baldazos de agua para matarla más rápido. Es que era Navidad y todos querían terminar para irse a sus casas”.

Y la voz segura, clara, acusadora de Meschiatti cuando le dijo al Tribunal, a pesar de vivir hace más de 24 años en Suiza: “No señores, pueden pasar varias vidas, pero de la tortura no se vuelve jamás”.

O el testimonio de José Adolfo Caro: el morguero que ayudó a localizar las fosas comunes del Cementerio de San Vicente. Caro, un hombre que puede leer en los cadáveres y hasta reconocerlos en sus parientes vivos. “En el ’81 llegó una mujer rubia, con una cicatriz en la pierna que buscó a su hijo por todo el país, y yo la miré y le dije: Señora, ¿por casualidad su hijo era igual a usted pero con el pelo corto? Y ella lloró, y yo pensé qué bruto, cómo se lo dije así, pero le desenterré el cuerpo del chico porque yo me acordaba bien de su cara y de que lo había enterrado una noche que llovía

Y a Soledad Chávez, la hija mayor de Hilda Flora Palacios, cuando explicó lo que significaba crecer con “una mamá que era una foto en un cartel. Una cara sonriente, atemporal, que no envejece, ni se ríe ni llora”.
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Schiaretti lloró en la audiencia

El gobernador cordobés, Juan Schiaretti,  rompió en llanto ayer una vez leída la sentencia que condenó a Menéndez a prisión perpetua. Schiaretti, que en los 70 se exilió en Brasil, al contrario de su antecesor, José Manuel de la Sota, quien en una ocasión le había recriminado a las Madres de Plaza de Mayo “no haber cuidado” a sus hijos, impulsó políticas de derechos humanos tales como la apertura de los archivos policiales. “Hoy es un día histórico porque la democracia ha condenado a quienes cometieron delitos de lesa humanidad”, dijo ayer.

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Comparación

Por Daniel Santoro.

El general Menéndez comparó ayer el accionar de las Brigadas Rojas en Italia con el de Montoneros y el ERP en la Argentina en la década del setenta. Dijo que mientras la organización guerrillera italiana llegó a sumar menos de 1.000 efectivos y concretó 300 atentados, los grupos armados argentinos treparon a “40 mil y cometieron 21 mil ataques”. Más allá de la inexactitud de las cifras, la comparación se completa con su interpretación según la cual la República y las fuerzas policiales habían sido sobrepasadas por el aparato militar guerrillero y por eso debieron actuar las Fuerzas Armadas y de la forma ilegal que lo hicieron. Lo que omite Menéndez es que en 1978 cuando las Brigadas Rojas secuestraron a Aldo Moro, alguien sugirió torturar a un guerrillero detenido para localizar al primer ministro de Italia. El jefe de la Policía, general Carlo Alberto Dalla Chiesa, respondió “Italia puede permitirse perder a Aldo Moro pero no implantar la tortura”. Moro fue asesinato e Italia derrotó a ese grupo guerrillera sin violar la ley. La Argentina, no.

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Perfil de un símbolo del ala dura del Proceso Militar.

Un hombre aferrado a la daga y al verbo “aniquilar”

Comandó el Tercer Cuerpo de Ejército. Nunca se arrepintió de su accionar.

Foto Enrique Rosito. Amenaza. En 1984 Menéndez saca un cuchillo cuando le gritan asesino.

Por Pablo Calvo.

Enrique Rosito disparó tres veces su cámara y se quedó sin rollo. Si levantaba la tapa para poner una película nueva, la escena iba a velarse. Decidió volver al cuarto oscuro de la agencia DyN, para salvar lo que tenía. En su retirada, alguien le gritó: “Sacá fotos, maricón”.

La había sacado: Luciano Benjamín Menéndez empuñaba un cuchillo de 22 centímetros de acero, dispuesto a hundírselo en el cuerpo a un manifestante que le acababa de gritar “asesino”. Fue el 21 de agosto de 1984, en la puerta de Canal 13, luego del programa de Bernardo Neustadt y Mariano Grondona.

La escena le habló al mundo de lo que era capaz este general. No hay fotos de lo que fue capaz en la dictadura, pero es posible imaginarlo. El informe “Nunca Más” le atribuye el apodo de “La Hiena”, aunque también lo llaman “El Cachorro” o “El Chacal”.

Nació en 1927, cuando los golpes de Estado no existían, entró al Colegio Militar en 1943 y ascendió a coronel en 1966, época a la que se remontó en su alegato de ayer para hablar de los orígenes de la “guerra revolucionaria”, con un énfasis en las erres que daban a la frase el sonido de las ametralladoras.

Fue uno de los duros del régimen. Entre los setiembres de 1975 y 1979 comandó la represión en la zona 3, de las 5 en las que se dividió el país para el plan de exterminio de opositores. Se asentó en el Tercer Cuerpo de Ejército, pero tuvo influencia en las 10 provincias que van de Córdoba hacia la Cordillera de los Andes y hacia la frontera con Bolivia. Carlos Menem lo indultó en 1989.

Felicitó las matanzas de guerrilleros en Tucumán, donde actuaba su amigo Antonio Domingo Bussi. En 11 días, Menéndez y Bussi serán juzgados allí por la desaparición de un ex senador. Un escrito que se usará para la defensa de ambos, pudo saber Clarín, cita la definición del Pequeño Larousse Ilustrado de la palabra “aniquilar”, incluida en los decretos de Isabel Perón que los represores usaron después para violar derechos humanos. Aniquilar, recuerda la presentación, es “Reducir a nada. Destruir por entero”.

En 1977, Menéndez propuso un decálogo para actuar contra la subversión, que recomendaba a los ciudadanos la delación de cualquier sospechoso. Uno de esos mandamientos proponía: “Desenmascarar y señalar a los delincuentes subversivos, que tras el disfraz de profesor o alumno, desarrollan propaganda o acción subversiva”. Otro: “No confiar en quienes estén alejados de sus padres, no creen en Dios y excitan contra todo tipo de autoridad”.

-¿Pero “La Perla”, existió?- le preguntó la revista Gente en 1984.

-Sí. Era un lugar de reunión de detenidos, no una cárcel clandestina, contestó.

En 37 años de carrera activa, que finalizó en 1979 con un levantamiento contra Roberto Viola, recibió unas 50 sanciones y arrestos, motivados por opiniones políticas. Criticó aspectos del ‘Proceso’ y el manejo del conflicto del Beagle en 1978, cuando le adjudicaron la frase: “Voy a lavarme las bolas en el Pacífico”.

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Junio de 2008.

Hilda Flora Palacios:

Historia de la desaparecida que puede condenar al represor Menéndez

Marta Platía.

No están, no existen, no son. Los desaparecidos no están ni vivos ni muertos, están desaparecidos”, dijo Jorge Rafael Videla en diciembre de 1977 a un grupo de periodistas extranjeros.

Desde el lunes pasado, en Córdoba, los restos de Hilda Flora Palacios, una joven de 26 años secuestrada, torturada y asesinada en un supuesto enfrentamiento junto a su pareja y dos amigos, lo desmienten. Y acusan a Luciano Benjamín Menéndez y a otros siete represores que, por primera vez, están sentados en el banquillo de los acusados por la llamada “Causa Brandalisis” que investiga los secuestros, torturas y la muerte de ella y de Humberto Brandalisis, Carlos Lajas y Raúl Cardozo.

“Los restos de Hilda Flora estaban cerca de la gran fosa común, pero en una tumba individual NN”, detalló a Clarín Anahí Ginarte, del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) que, liderado por Darío Olmo, trabajó desde 2002 a 2004 en exhumar 140 cadáveres arrojados en las fosas comunes del Cementerio de San Vicente.

Esas fosas comunes se hallaron gracias a la valentía de un grupo de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, que “el 2 de noviembre de 1982, y aún durante la dictadura, nos animamos a entrar confundidos con los que van a visitar las tumbas el Día de los Muertos”, relató la abogada María Elena Mercado, esposa del también desaparecido Eduardo “Tero” Valverde. El relato es parte del documental “Sr. Presidente”: una investigación dirigida por Liliana Arraya y Eugenia Monti que nació de una insólita carta que enviaron morgueros y sepultureros al mismísimo Videla en 1977, quejándose por las “condiciones laborales insalubres”, y por la cantidad de cuerpos para enterrar que llegaban cada noche, “en la convicción de que el Presidente” no sabía lo que ocurría en Córdoba.

En el documental, el por entonces enterrador José Adolfo Caro, quien ayudó a localizar las fosas, da cuenta de cómo asentaba en los libros de la morgue la llegada de cada cargamento de jóvenes acribillados. “A veces por curiosidad, cuando venía muy ‘baleáo’, nos sentábamos a contarle los balazos. A uno llegamos a contarle setenta y pico”. Caro aún se pregunta “cómo fue que se les escaparon” a los represores, los restos de Hilda Flora. Ella es una de los 14 desaparecidos identificados por el EAAF, y restituidos a sus familiares por la Justicia federal cordobesa. En su caso, la entrega ocurrió el 11 de noviembre de 2004 en el Juzgado Federal Nø 3 a cargo de Cristina Garzón de Lascano y la fiscal Graciela López de Filoñuk.

Hilda, Hugo Brandalisis y Carlos Lajas, fueron secuestrados por las huestes de Menéndez el 6 de noviembre de 1977. A Raúl Cardozo le tocó dos días después. Todos fueron llevados a La Perla: el mayor campo de concentración de Córdoba, donde los torturaron hasta el 15 de diciembre, cuando los acribillaron. Luego trasladaron los cuerpos a una esquina de la ciudad y los acomodaron dentro de un auto para simular un enfrentamiento.

El modus operandi continuaba en el Hospital Militar donde les tomaban las huellas digitales -los sepultureros dan cuenta de los dedos manchados de los cadáveres- y luego iban a la morgue del Hospital Córdoba. Desde allí, directo a las fosas del San Vicente.

En esa carta a Videla, los morgueros se espantaban: “Es inenarrable, Sr. Presidente. Los móviles de la Policía alumbraban las fosas donde fueron depositados los cadáveres identificados a veces por números”. Desde el lunes, uno de esos números, el que enterraron “el 3 de agosto de 1978 en la fosa B326” señala a sus verdugos 31 años después. Como reza la placa del Memorial donde estuvo la fosa común, “quien deja huellas jamás desaparece”.

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Los testimonios que más comprometen a Menéndez

Marta Platía.

En las quince jornadas del histórico juicio a Luciano Benjamín Menéndez y a otros siete represores que comenzó el 27 de mayo y podría tener sentencia entre el 21 y el 26 de julio, ya se escucharon los testimonios de 21 personas entre las que hubo 8 sobrevivientes de La Perla: el mayor campo de concentración cordobés en el que el ex Jefe del Tercer Cuerpo de Ejército fue el dueño de la vida y de la muerte. Un lugar de tormentos del que sólo salieron con vida 17 de las más de 2.300 personas que pasaron.

Cuando este martes declaren los dos últimos testigos previstos, el Tribunal Oral Federal Nº 1 iniciará un cuarto intermedio de diez días hábiles hasta que comience la etapa de los alegatos.

¿Qué es lo que más ha comprometido hasta ahora a Menéndez y los demás acusados?

La respuesta es vasta y, según uno de los abogados de la querella, Martín Fresneda, “lo es más porque hay que partir que éste proceso no se puede tomar como un juicio penal común en cuanto a la valoración de la prueba. Aquí no se trata únicamente del nombre del quien empuñó el arma homicida o del que torturó; ya que los delitos se encuadran en lo que fue un plan sistemático de exterminio perfectamente organizado. De delitos de lesa humanidad y por lo tanto imprescriptibles”.

De allí que los distintos testimonios se valoran en, por lo menos, dos categorías: los generales, que describen con detalle cómo funcionaba la verdadera maquinaria de muerte instalada en La Perla , y los que van directo a la llamada “causa Brandalisis”: que investiga el secuestro, la tortura y el fusilamiento de cuatro jóvenes del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), en un operativo que se intentó disfrazar como un enfrentamiento armado. Humberto Brandalisis, su mujer Hilda Flora Palacios, el joven Carlos Lajas y Raúl Cardozo, fueron vistos por varios de los sobrevivientes en La Perla y, aunque los tres hombres permanecen desaparecidos, los restos de Hilda no sólo fueron localizados cerca de una fosa común del Cementerio de San Vicente; sino que  fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense, y entregados a sus dos hijas. Son precisamente esos huesos los que pueden condenar a Menéndez y al resto, ya que son una prueba poderosa, irreprochable en su propia naturaleza jurídica: “el cuerpo del delito”.

A lo largo de estas quince jornadas en las que el infierno pareció abrir una sucursal en la sala de audiencias presidida por Jaime Díaz Gavier, los testimonios que más complicaron a los jerarcas de la Perla fueron los de:

-Teresa Meschiatti. Esta sobreviviente contó con precisión cómo funcionaba el campo: la llegada de la gente vendada y atada de pies y manos en camiones o autos; el paso de los prisioneros por “la sala de terapia intensiva”, como se llamaba a la sala de tormentos: un hueco infecto en el que el grupo comandado por Luis Alberto Manzanelli y Jorge Acosta, entre los principales cabecillas,“daban la vida o la muerte”; y la “preparación” de los detenidos que eran “pozo” que, en el lenguaje de La Perla , significaba la muerte por fusilamiento y la desaparición.

– Liliana Callizo, quien contó cómo irrumpía la banda de Acosta en el momento de los seceustros de la gente: “Reventando puertas y ventanas de las casas, disfrazados con pelucas y a los gritos. Se decían la Patota y parecían disfrutarlo como en un circo siniestro” . La mujer dio fe de las violaciones sistemáticas a las que eran sometidas todas la mujeres que caían, y de cómo se ensañaban con ellas.

– Piero di Monte, un italiano al que no mataron “para no tener problemas internacionales”, y a quien picanearon junto a su esposa embarazada de cinco meses. El hombre relató como violaron hasta matar a una adolescente de 17 años, hija del por entonces presidente de la DAIA ,  y vio cómo se llevaban al muerte a un chico que, antes de irse, le confesó que “nunca había hecho el amor”. El hombre demolio el discurso del propio Menéndez sobre “el ejército valeroso” al que aludió el propio jerarca ante los jueces en la sala.

– Mirta Iriondo. Esta sobreviviente es fundamental en cuanto a los cuatro jóvenes del caso Brandalisis: la pusieron a ayudarle a la cocinera, así que los conoció, los trató, los ayudó a ir al baño, a mitigar sus heridas y los vió moribundos por la brutalidad de la tortura.

Héctor Kunzman, quien fuera pareja de Iriondo y hasta tuvieron una hija en cautiverio, también los conoció y detalló dónde estaban en “la cuadra”, que era el galpón donde todos permanecían tirados en colchonetas.

Susana Sastre, como casi todos los  sobrevivientes, afirmó haber visto a Luciano Benjamín Menéndez recorriendo “la cuadra” e inspeccionando hasta los baños “al menos dos veces”. La presencia de Menéndez hacía que los represores del campo ordenaran a los prisioneros a hacer tareas extras de limpieza. Menéndez fue visto incluso en “la sala de terapia intensiva”.

-Pero uno de los más fuertes y comprometedores fue el testimonio de un ex gendarme, Carlos Beltrán. Humildísimo, llegado desde Orán, en Salta, este hombre fue testigo del modus operandi de los fusilamientos, y hasta fue echado de la fuerza por negarse a matar a una pareja al pie de una fosa. Beltrán es la negación en carne y hueso de la obediencia debida. El ejemplo vivo de que siempre se puede decir que no. Con palabras sencillas que conmovieron desde su transparencia, contó cómo Manzanelli “el del cogote torcido”, le ordenó que les disparara. Pero el muchacho se negó diciendo que él no había entrado a la Fuerza para matar gente, que no era ésa su “doctrina” aún sabiendo que eso podía costarle su propia vida. Loco de ira, Manzanelli les disparó a las víctimas a la cabeza. “Primero al muchacho, al que le habían echo cavar el pozo y después a la chica que estaba embarazada y tenía una panza como de ocho meses –relató Beltrán–. Fue horrible porque ella volvió a levantarse y él la remató a tiros”, describió Beltrán. Luego contó cómo los rociaron con combustible, los quemaron y los taparon con tierra en la oscuridad de los campos que rodean a La Perla.

-Otro de los testimonios más incriminantes para los represores,  fue el del morguero José Adolfo Caro, quien pintó un cuadro dantesco del último engranaje de la maquinaria de muerte que montó el Terrorismo de Estado en esta provincia: al hombre le llegaban hasta doscientos cadáveres por semana para enterrar. Sus heladeras llegaron a saturarse de cadáveres y gusanos. “Todos tenían los dedos manchados de tinta, ya que les tomaban las huellas digitales en el Hospital Militar, y nos los hacían  arrojar por las noches a las (cuatro) fosas comunes que abrieron en el Cementerio de San Vicente. Un detalle se les escapó a los asesinos: Caro y su gente siguieron llevando los libros de la morgue y asentaron con prolijidad burocrática, todos los cuerpos N.N. que enterraron con fecha y número. Libros que se han convertido en otra prueba clave y que permitieron, por caso, ubicar el cuerpo de Hilda Flora Palacios.

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Sábado, 12 de diciembre de 2009.

Justicia y Derechos Humanos: continuará alojado en una cárcel común.

Menéndez sumó otra condena a perpetua por torturas y asesinatos

Ya había recibido dos sentencias iguales. Tiene otros juicios pendientes.

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

Foto: Marcelo Cáceres. En el jucio, César Cejas, Luis Calixto Flores (absuelto) Cayetano Britos y Luciano Benjamín Menéndez. Ayer.

En un juicio que comenzó con la noticia del suicidio de un testigo, y en el que se ventiló la terrible castración de un subcomisario a manos de la “D2” -la policía cordobesa durante la dictadura militar- Luciano Benjamín Menéndez, el ex Jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, fue condenado ayer por segunda vez en esta provincia a cadena perpetua en cárcel común. El ex dueño de la vida y de la muerte en diez provincias argentinas entre 1976 y 1979, continuará así en la prisión de Bouwer, donde está recluido desde la tarde del 24 de julio de 2008.

El Tribunal Oral Federal Nº 1 presidido por Jaime Díaz Gavier lo sentenció por unanimidad, junto al ex coronel Rodolfo Campos, quien era el titular de la policía en aquéllos años (ver aparte); y los ex agentes Armando Cejas y Hugo Cayetano Britos. Todos fueron encontrados culpables de los delitos de “privación ilegítima de la libertad calificada por tratarse de un funcionario público; homicidio calificado por ensañamiento, alevosía y por una pluralidad de partícipes”. En el caso de Menéndez y Campos, los querellantes y el fiscal apelaron al principio de la “responsabilidad mediata”: la teoría del alemán Claus Roxin, que ya sentó jurisprudencia en el Juicio a las Juntas.
El tribunal le dio 16 años (y no 23, como pidió el fiscal Gonella) al ex D2 Miguel Angel Gómez, un hombre al que apodan “el Gato”; y absolvió a Luis Calixto Flores.
Durante la mañana, cada uno de los reos tuvo oportunidad de dar su última palabra. Menéndez aprovechó entonces para sentarse en el escritorio de sus defensores y leer su tan largo como remanido discurso sobre “la Guerra contra el marxismo” en la Argentina, mirando al público de vez en vez. Repitió que “los guerrilleros están ocupando puestos en el Gobierno, en el Congreso y en la Justicia”, y que “hoy estamos sufriendo una guerra desatada por el comunismo internacional”. Volvió a cometer el error histórico de comparar el plan represivo del que formó parte con lo hecho por el gobierno italiano con las Brigadas Rojas en 1978, aún cuando se sabe que en en ése año,  y con el primer ministro Aldo Moro secuestrado, el jefe de la policía, Carlo Alberto Dalla Chiesa, se negó a torturar para obtener información. “Italia –dijo– puede permitirse perder a Aldo Moro; pero no implantar la tortura”.
La novedad de su diatriba tuvo un nombre y apellido inesperados: Abel Posse. Menéndez utilizó, para justificar sus crímenes de lesa humanidad, una nota publicada por el flamante ministro de Educación de Mauricio Macri. “Abel Posse bien recuerda -citó con su tono marcial¿que ningún país repudió a su ejército por lo que le exigieron sus gobiernos: ni Francia por lo de Argelia; ni Alemania por la matanza de Rusia; ni Rusia por la masacre de Polonia y Berlín; ni Estados Unidos por Hiroshima”.
A su turno, Rodolfo Aníbal Campos, quien vio todo el juicio desde Buenos Aires por un sistema cerrado de televisión, ya que obtuvo permiso del cuerpo médico forense de la Corte Suprema de Justicia por su estado de salud, siguió la línea del dictador Jorge Rafael Videla para ampararse. Aquello de “los desaparecidos no están ni muertos ni vivos, están desaparecidos”. El reo lanzó: “¿Hay delito si no hay cuerpo del delito? ¿Y dónde está el cuerpo?”, en referencia al del subcomisario Ricardo Fermín Albareda: un hombre que fue castrado con un bisturí, desangrado hasta morir y desaparecido en septiembre de 1979. La condena a perpetua en cárcel común para Rodolfo Campos fue la sorpresa del día, ya que pocos esperaban que se le revocara la prisión domiciliaria de la que gozó hasta ayer.
La sala del Tribunal Federal estuvo repleta. Abuelas de Plaza de Mayo, Familiares de Desaparecidos, políticos, público y periodistas siguieron cada palabra durante la jornada y estallaron en aplausos ni bien el juez leyó cada una de las sentencias. Al final, los condenados se retiraron en fila india, con la cabeza gacha y aturdidos por los cantos de la gente. A lo largo de veinte audiencias, ninguno esbozó arrepentimiento alguno ni se disculpó por nada.
En febrero, junto a Bussi
A sus 82 años, Luciano Benjamín Menéndez seguirá durmiendo en la prisión de máxima seguridad de Bouwer adonde fue condenado, con otros siete represores, el 24 de julio de 2008. Esta es su tercera condena a cadena perpetua. La otra fue en Tucumán, junto al represor Antonio Bussi, el 28 de agosto de ése mismo año, por la desaparición del legislador Guillermo Vargas Aignasse. En febrero deberá comparecer, nuevamente junto a Bussi, por la desaparición de 17 personas. Durante el 2010 en Córdoba lo espera otro proceso por el “D2”, con Miguel Angel Gómez (quien ayer fue condenado a 16 años), Calixto Flores (el único absuelto), Carlos Yanicelli y Yamil Jabour, entre otros. Le seguirá el proceso judicial por la desaparición de Silvina Parodi, la hija de Sonia Torres, presidente de Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba, quien logró que procesaran al ex Jefe del Tercer Cuerpo por el robo del bebé de Silvina, nacido en cautiverio, y a quien todavía está buscando. La otra causa que despierta expectativa es la llamada “UP1”, por el fusilamiento de 31 presos políticos en la penitenciaría de barrio San Martín, en la cual compartirá el banquillo con el dictador Jorge Rafael Videla. Es la única causa que Videla tiene abierta en esta provincia.

Campos, por TV, se enteró de la sentencia
Desde la pantalla al lado del estrado de los jueces, el ex coronel Rodolfo Campos no pudo ocultar su sorpresa ante el veredicto que cayó sobre él como un rayo. Fue evidente que no se esperaba que le revocaran el beneficio de la prisión domiciliaria. Durante toda la mañana no se había cansado de agradecer “a todos” la posibilidad de seguir el juicio desde Buenos Aires, y la sentencia le transfiguró el rostro. Los jueces Jaime Díaz Gavier, Sergio Grimaux y José Quiroga Uriburu lo encontraron responsable, como a Menéndez, de crímenes de lesa humanidad.

Campos fue el jefe de la D2, la Gestapo cordobesa, durante 1979 y 1980: un cuerpo represivo que funcionaba en un ala del Cabildo Histórico de Córdoba, a pocos pasos de la Catedral. Ese fue el eje operativo y el escenario de los crímenes por los que fueron condenados: el secuestro, martirio, muerte y desaparición del subcomisario Fermín Albareda, un hombre al que le cortaron los testículos con un bisturí y lo desangraron hasta morir; y la tortura de otras nueve personas que lograron sobrevivir. Entre ellos, el albañil Raúl Ernesto Morales y Carlos Jacinto Moyano. Las tres causas se unificaron y culminaron en el proceso que terminó ayer. Fue el primero para la policía cordobesa de la dictadura, y el segundo que se le hizo a Luciano Benjamín Menéndez después de la causa “Brandalisis”. “Es un paso más de Justicia. El juicio a la D2, a cómo funcionaba, hace a la reconstrucción de la memoria”, dijo Carlos Vicente, el viceintendente local.

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Sábado, 3 de julio de 2010.

El ex dictador volvió a sentarse en el banquillo de los acusados después de 25 años

Arrancó el juicio a Videla y Menéndez por 31 fusilamientos

Videla y Menéndez. Foto: Daniel Cáceres.

Marta Platía.

Córdoba. Corresponsal.

A casi 25 años del histórico Juicio a las Juntas, el ex dictador Jorge Rafael Videla volvió a sentarse ayer en el banquillo de los acusados. Esta vez lo acompaña el represor Luciano Benjamín Menéndez –quien ya sumó tres condenas a prisión perpetua– y otros 25 cómplices.

El ex presidente de facto que derrocó el gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón el 24 de marzo de 1976, deberá responder por las torturas y el asesinato de 31 presos políticos a quienes se les aplicó lo que llamaban “ley de fugas” en la cárcel del barrio San Martín de ésta ciudad –conocida como Unidad Penitenciaria N° 1 (UP1)– entre abril y octubre de 1976; tres de los cuales fueron asesinados en la D2: el equivalente a una Gestapo local.

De traje azul oscuro y visiblemente nervioso, Videla de 84 años, se sentó al lado de su otrora subordinado, el siempre pétreo y más ducho en juicios Luciano Benjamín Menéndez, de 83, con quien no se veía desde 1979, cuando el ex Jefe del Tercer Cuerpo de Ejército intentó un golpe dentro del gobierno de facto, y fue detenido en un regimiento de Curuzú Cuatiá.

Contra lo que se podía esperar, ambos se mostraron codo a codo: Videla incluso, le habló a Menéndez al oído casi sin parar durante veinte minutos, mientras en la sala familiares de desaparecidos, representantes de organismos de derechos humanos y un miniejército de abogados defensores y querellantes, intentaban acomodarse en las butacas designadas.

En esta oportunidad y a diferencia de los dos juicios anteriores, es tal la cantidad de acusados: 27 personas dentro de la “jaula de cristal”, que el tribunal se vio obligado a replantear la ubicación de algunos asientos y reducir la entrada del público.

La lectura de la acusación, seguida por Luis Eduardo Duhalde, el intendente Daniel Giacomino y su vice Carlos Vicente, además de Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, llevó toda la primera jornada.

La voz monocorde del secretario del juzgado, detallando los “trece hechos” de fusilamientos mientras los familiares de las víctimas intentaban contener los sollozos, por momentos se pareció estremecedoramente a un Vía Crucis.

Ni bien concluyó, el ex presidente de facto levantó la mano como un alumno aplicado y pidió la palabra: “No, señor Videla. Ahora no. Tendrá que esperar su oportunidad”, negó serio, tajante, el juez Jaime Díaz Gavier, titular del Juzgado Federal Oral N° 1. Hubo un murmullo en la sala. Es que a nadie le pasó desapercibido el impacto de volver a ver –y escuchar– a quien fuera el jefe de la dictadura más sangrienta de la historia Argentina y –claro– verlo luego acatar la orden del juez, calladito y sin chistar.

“Por la gran cantidad de testigos y acusados, pensamos que el juicio se extienderá hasta fin de año”, le dijo a este diario el fiscal Maximiliano Hairabedián. Mientras transcurra, Videla, Menéndez y los otros 25 represores, seguirán presos en el pabellón “MD2” de la cárcel de Bouwer– destinado a criminales de lesa Humanidad — en las afueras de la ciudad de Córdoba.

Todas las víctimas de la ahora llamada “Causa Videla” fueron detenidas y encarceladas en la D2 ó en la UP1 aún antes del golpe Militar y estaban a disposición del Poder Ejecutivo. Los fusilamientos comenzaron en abril y siguieron hasta noviembre de 1976. Los primeros en ser asesinados fueron Eduardo Daniel Bártoli, Víctor Hugo Chiavarini y María Eugenia Irazuzta. Les siguieron el 17 de mayo Diana Beatriz Fidelman, Eduardo Alberto Hernández, Miguel Angel Mozé, José Alberto Svagusa, Luis Ricardo Verón y Ricardo Alberto Yung. El 28 fusilaron a José Angel Pucheta y a Carlos Alberto Sgandurra. El 19 de junio les tocó a Mirta Noemí Abdón de Maggi, María Esther Barberis, Miguel Angel Barrera y Claudio Aníbal Zorrilla. El 30, a Marta del Carmen Rossetti de Arquiola y José Cristian Funes. El 5 de julio fue asesinado Raúl Augusto Bauducco: le dieron un balazo en la nuca en el patio del penal. Un crimen que los reclusos pudieron ver desde las ventanas de sus celdas. Y el 15 de ése mes, torturaron hasta la muerte al médico José René Moukarzel (Ver recuadro).

El 12 de agosto mataron a Gustavo Adolfo Breuil (obligaron a su hermano Eduardo a presenciar el crimen) y terminaron con la vida de Miguel Hugo Vaca Narvaja e Higinio Arnaldo Toranzo, en un descampado cerca del Chateau Carreras. Les siguieron Ricardo Daniel Tramontini y Liliana Felisa Páez de Rinaldi. Los últimos fusilamientos de éste período ocurrieron el 11 de noviembre: las víctimas fueron Miguel Angel Ceballos, Pablo Alberto Balustra, Florencio Estéban Díaz, Jorge Oscar García, Marta Juana González de Baronetto y Hugo Oscar Hubert.

La audiencia, donde se estima que tanto Videla como Menéndez hablarán, continuará el lunes.

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Impresiones

Cuarto intermedio. El público y casi todos los acusados abandonaron la sala por quince minutos. Jorge Rafael Videla decidió quedarse. Estaba solo. “¿Es que no tiene amigos adentro? ¿Menéndez no quiere ni verlo?”, se preguntaban algunos observadores desde las butacas. Allí abajo en el fondo de la sala, el hombre que antes parecía altísimo, impune, ya no lo es tanto. No sabe qué hacer con su tiempo. Camina con la ansiedad de un animal enjaulado. No tiene el paso de un anciano ni mucho menos. Hiperkinético, limpia el asiento de su butaca con la mano, acomoda papeles, se abrocha y desabrocha el saquito de lana debajo del saco, se peina el pelo gris con sus larguísimas manos. Y nunca deja de mirar. Aún ahora, desde abajo, todavía desafiante. Junto a Carlos Paillet, un colega de La Voz del Interior, nos acercamos. “¿Señor Videla, se arrepiente de algo?”, alcanzo a preguntarle. El hombre salta de su asiento presto a contestar. No ha escuchado, dice. Pide en un gesto que le repita la pregunta. Da la impresión que tiene ganas de hablar. Con quien sea. Es entonces cuando dos guardaespaldas reaccionan y cierran el paso y el ex dictador también parece darse cuenta. Niega con la cabeza. Rechaza la inquisitoria. Y el arrepentimiento.

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Los asesinatos a sangre fría de los presos políticos Raúl Augusto Bauducco, un estudiante de periodismo de 28 años, y del médico José René Moukarzel, de 26, son casos emblemáticos de la historia negra del penal de barrio San Martín. A Bauducco, luego de desmayarlo de un palazo en la cabeza, el cabo Miguel Angel Pérez lo fusiló de un balazo en la nuca enfrente de los demás presos, previo pedirle consentimiento a su superior de entonces, el teniente Enrique Mones Ruiz. Ambos están sentados entre los 27 acusados. Lo ocurrido al doctor Moukarzel es conocido por la crueldad del castigo infligido: el teniente Gustavo Adolfo Alsina (también procesado), lo habría encontrado dialogando con otro preso y, con la venia de su jefe Emilio Juan Huber, lo mandó a estaquear desnudo en el patio de la cárcel. Fue en la noche del 14 de julio de 1976. Le pusieron piedras bajo la espalda y le echaron agua fría hasta provocarle la muerte. Por su asesinato también está imputado el médico José Felipe Tavip, quien firmó un certificado de defunción que habría ocultado las causas reales de la muerte.

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Miércoles, 7 de julio de 2010.

Videla y Menéndez, dormidos en el juicio por la represión en Córdoba

Videla y Menéndez duermen durante el juicio. Foto: Marcelo Cáceres

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.Profundamente dormidos. Así se quedaron, uno junto al otro y  hombro contra hombro, el ex dictador Jorge Rafael Videla y el represor Luciano Benjamín Menéndez. Ocurrió en un tramo de la audiencia de ayer, mientras un ex policía cordobés intentaba hacer su descargo por las torturas y los asesinatos que se le imputan.

“Si uno los ve así, hasta parece que no tienen la culpa de nada”, bromeó un reportero gráfico, mientras registraba la insólita imagen que se quebró abruptamente cuando a Videla se le cayó una carpeta que tenía en el regazo, y ambos se despertaron sobresaltados. Menéndez le ayudó a levantar los papeles del piso.

El sueño de los represores no fue una sorpresa: en las audiencias previas, los cuerpos de ambos acusaron el cansancio. Sólo que el ex Jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, más entrenado en juicios (éste es el quinto desde 2008), parece haber desarrollado su propia técnica: cuando no le toca declarar o no le interesa escuchar, adopta una actitud paquidérmica de tal economía de movimientos, que se se diría que alcanza un casi estado de vida latente.

Poco después del incómodo despertar, Menéndez partió rumbo a Tucumán, donde mañana le leerán el veredicto en el juicio que se le lleva por los asesinatos cometidos en la Jefatura de Policía de ésa provincia. De allí que las audiencias cordobesas se reanudarán recién el próximo martes.

Hasta ayer, además de Videla, quien reivindicó el Terrorismo de Estado que se llevó a cabo desde 1976; y Menéndez, quien volvió a justificar los crímenes de lesa Humanidad que se les atribuyen en “la avanzada del comunismo internacional” y hasta llegó a afirmar “que como Ejército nunca atacamos a civiles; habían declarado 20 de los 31 imputados (25 corresponden a la causa Videla ó UP1, y 6 por la “Gontero ó Menéndez”).

Los militares asentaron sus argumentos en el cumplimiento de órdenes y la obediencia debida: “A mí me pidieron que trasladara presos y eso hice”, dijo Osvaldo César Quiroga, uno de los acusados, junto a Pablo D´Aloia, de fusilar a Miguel Hugo Vaca Narvaja, Armando Toranzo y Gustavo de Breuil.

Por su parte, los ex policías del D2, la Gestapo cordobesa, intentaron echar culpas sobre la Justicia Federal de aquéllos años. Yamil Jabour, a quien se le atribuyen 9 homicidios, dijo que “por orden del Juzgado Federal Nº2, todos los detenidos debían permanecer esposados y con los ojos vendados”.

Sin embargo, por error o a propósito, quién sabe, este acusado no tuvo contemplaciones con uno de sus ex jefes, Carlos Yanicelli, a quien en Córdoba se conoce con el apodo de “El Tucán” (Ver recuadro). Lo responsabilizó por “el estado calamitoso de (Luis Ricardo)  Verón que venía sumamente golpeado y debió ser trasladado” a un hospital. La víctima era correntino, estudiaba Derecho en Córdoba, y tenía 27 años cuando lo asesinaron en un supuesto intento de fuga.

En el nombre del padre. En diálogo con Clarín, el querellante  Miguel Hugo Vaca Narvaja, quien además del caso de su progenitor representa a los familiares de otras víctimas, relató que “durante el traslado” que el teniente Osvaldo Quiroga y Francisco D´Aloia, entre otros, hicieron de su padre y de otras tres víctimas desde la UP1 “en el camino los militares tiraron la moneda para ver a cuál de dos hermanos dejaban vivo para que contara lo sucedido. Fue así que Alfredo de Breuil salvó su vida”. Después del fusilamiento perpetrado cerca del Chateau Carreras en la noche del 12 de agosto de 1976, el muchacho fue obligado a ver los cuerpos sin vida de Miguel Hugo Vaca Narvaja, Arnaldo Higinio Toranzo y el de su hermano  Gustavo. El sobreviviente será uno de los más importantes testigos de este juicio.

Los apodos, una clave para identificar a torturadores.

Cuando en la segunda audiencia  el presidente del Tribunal Oral Federal Nº1 Jaime Díaz Gavier preguntó a cada uno de los imputados por su nombre completo, ocupación y demás datos personales, hubo un rubro, el de los apodos, que tuvo una particular importancia. De los 31 acusados, sólo uno, el ex sargento Miguel Angel Gómez, admitió que le llaman “El Gato”. La negativa generalizada de los acusados, tiene una razón poderosa: en los campos de concentración las víctimas por lo general estaban vendadas o, si veían a los torturadores, éstos se hacían llamar por su alias. “Yo soy el Gato. Mirame bien que soy tu torturador”, declaró una mujer que le dijo éste hombre, ya condenado en diciembre de 2009; cuando lo reconoció en juicio. De allí que cuando le tocó el turno al ex jefe de la policía Carlos Alfredo Yanicelli –un hombre a quien en Córdoba se lo conoce como “El Tucán” y que fue nombrado como Director de Inteligencia Criminal por Oscar Aguad cuando era ministro de Gobierno de Ramón Mestre– la fricción con el juez fue inevitable. Es que Yanicelli adelantándose a la pregunta afirmó no tener alias. El público en la sala no pudo evitar reírse. Rápido, el presidente del tribunal le espetó que no contestara hasta no escuchar la pregunta, y le recordó que en una declaración previa él mismo había admitido que le llaman “Tucán”. El otro episodio sobre este punto lo protagonizó la única mujer que está en el banquillo de los acusados: Mirta Graciela Antón, una ex policía de 56 años, a quien se conoce como “la Cuca”. Con tono burlón, le aseguró al juez tener “muchísimos” apodos: “Cheli, Chichula, Cachula, Chechu…” ¿Y Cuca no?, inquirió Díaz Gavier. “No, ése no”, negó sin inmutarse. Cerca de ella, los represores a quienes se conoce como “El Cachorro” (Menéndez); el “Salame” (Rodríguez); y “el Turco” Yabur, entre otros, guardaban silencio.
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Martes  13 de julio 2010.

Crimen de Raúl Bauducco

Un asesinato con 40 testigos, clave en el juicio contra Videla.

Marta Platía.

Córdoba. Corresponsal.

“No doy más”, alcanzó a decirle Raúl Augusto Bauducco a su asesino antes de que lo fusilara en el patio de la cárcel de San Martín. El crimen de este muchacho de 28 años, estudiante de periodismo, tiene una particularidad: más de cuarenta personas atestiguarán en el juicio haberlo presenciado.

“Es el crimen con más testigos que registre la historia de esta provincia”, afirmó el abogado querellante Miguel Edgardo Martínez, quien representa a Diego Bauducco, el hijo de la víctima nacido en cautiverio, y a Dora, su ex esposa. “Lo de Raúl Bauducco fue emblemático de lo que ocurría en la UP 1 (Unidad Penitenciaria del Barrio San Martín). Cómo se maltrataba y luego se  fusilaba a la gente”.

El muchacho había nacido en Río Cuarto, era estudiante en la Universidad Nacional de Córdoba y militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) cuando, en 1975, fue detenido junto a su mujer embarazada.

“Diego nació en la prisión el 6 de marzo de 1976, pero lo anotaron recién el 16 –sigue el abogado–. A la madre la trasladaron a Devoto y de allí, salió exiliada a Venezuela. Al bebé se lo dieron a unos familiares hasta que ella pudo recuperarlo. En la actualidad, tanto Dora, como Diego, viven fuera del país. Dora en España, y Diego en Estados Unidos”.

Las últimas horas de Raúl Bauducco, el 5 de julio de 1976, serán reconstruidas en el juicio a Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros 29 represores, por una multitud de testigos inédita.

“A mi criterio está más que comprobado lo que ocurrió –dice el abogado Miguel Edgardo Martínez— . Fue un asesinato con muchísimos ojos mirando. Es más, el cabo (Miguel Angel) Pérez confesó en los Juicios de la Verdad, pero claro, todo deberá volver a revisarse, ya que eso no cuenta y nadie puede declarar en su contra”.

Algunos de los testigos que cita el expediente coinciden: en una requisa de presos, en el patio de la cárcel, les habrían ordenado desvestirse y pararse desnudos con los brazos contra la pared. El cabo Miguel Angel Pérez –un hombre aún joven, totalmente pelado y con anteojos que ahora está sentado en la primera fila, cerca de Videla y Menéndez– pasó golpeándolos con un bastón de goma. Cuando le llegó el turno, Bauducco padeció un demoledor golpe en la cabeza y cayó desvanecido. Ensañado, Pérez le gritó varias veces que se levantara porque si no, lo mataría. El muchacho hizo varios intentos mientras el cabo siguió amenazándolo y, con la mirada, buscó la aprobación de su superior, el entonces teniente Enrique Pedro Mones Ruiz (también enjuiciado). Ni bien recibió la venia, Pérez le disparó un balazo a quemarropa en la cabeza. Decenas de presos políticos y comunes vieron el fusilamiento.

Pero la historia que se escribió desde la dirección de la Cárcel de ése momento fue muy distinta. Hasta apareció en un diario local: “Mientras se realizaba un control de rutina, el interno subversivo Raúl Augusto Bauduco trató de avalanzarse y a la vez arrebatarle el arma al Cabo Miguel Angel Pérez, quien repelió la agresión haciendo fuego dando muerte al citado interno”. Un clásico de las crónicas de la época: asesinatos a sangre fría trasvestidos en intentos de rebelión o fuga.

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Miércoles 14 de julio de 2010

Juicio a Videla: un represor acusó de “buchón” a un juez.

Marta Platía

En la cuarta jornada del juicio al máximo jerarca de la última dictadura militar, Jorge Rafael Videla, el represor Luciano Benjamín Menéndez y otros 29 cómplices –entre los que se encuentran ex agentes de la “D-2”, la Gestapo local– ocurrió lo que se esperaba: los ex policías continuaron echándole la la culpa de todo lo ocurrido en ése centro de tortura a la Justicia Federal cordobesa de aquéllos años.

Ayer, la punta de lanza de esta estrategia fue el ex comisario Carlos Yanicelli, alias “El Tucán”, quien afirmó que “el señor (Luis Roberto) Rueda desde que era pinche (en la Justicia) trabajaba para los servicios de inteligencia”. Rueda no es otro que el presidente de la Cámara Federal de Apelaciones de Córdoba, quien más tarde salió a desmentir lo dicho por el reo (ver Recuadro).

Yanicelli, acusado de secuestrar, torturar y asesinar a presos políticos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN) tanto en la D-2 como en la UP1; pretendió refrendar sus dichos exhibiendo una foto en colores en la que aparece un joven Rueda, junto al “vicecomodoro Amedei; el vicecomodoro Trillo y el doctor Víctor Trillo”, detalló. Sobre éste último, dijo que “ahora es un funcionario de (Juan) Schiaretti y ha sido de toda la vida del Servicio de Inteligencia aeronáutico”. Por la tarde, desde la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia negaron que el abogado ocupe “ningún cargo ni cumpla función alguna en el gobierno”.

El imputado le solicitó al juez Jaime Díaz Gavier ser “careado con los funcionarios judiciales y demás personas que me acusan”–entre ellos un ex detenido que reside en Londres, Charlie Moore–; y aseguró que “el D-2 nunca fue un centro clandestino, porque ellos (la justicia federal) conocían el movimiento de todos los detenidos esposados y vendados porque ésas eran las directivas impartidas”.

Yanicelli –quien en plena democracia fue nombrado como Director de Inteligencia Criminal por el actual diputado Oscar Aguad cuando era ministro de Gobierno de Ramón Mestre– fue la punta del iceberg de un ataque a la Justicia que continuaron cimentando sus colegas.

Es que blanco sobre negro, en este proceso por el fusilamiento de 31 presos políticos a disposición del PEN, mientras que la estrategia de los ex militares es abrazarse a la obediencia debida –con excepción de Videla, quien reivindicó el Terrorismo de Estado y se responsabilizó por sus tropas, y Luciano Benjamín Menéndez–; los ex D-2 le cargan todas las culpas a la Justicia Federal de entonces.

Los que aceptaron declarar, se autodefinieron, por poco, como simples “empleados de 7 a 14” que oficiaban de “comisionados en traslados” y “cumplían tareas administrativas”.

Casi al final de la jornada, y con la intervención de dos de los abogados defensores, la estrategia culminó en un claro movimiento de pinzas: pidieron que se indague “ampliamente” a la ex Jueza Federal N° 3, Cristina Garzón de Lascano. Argumentaron que ya que “ella fue quien instruyó esta causa” todo podría estar viciado “de su parcialidad” por lo que pedirían “la nulidad de todo lo actuado” y, por lo tanto, del juicio.

En ese intento de encerrona, quien le hizo un flaco favor a sus pares fue el defensor Jorge Agüero –un penalista que se hacía llamar “El Mesías” en afiches callejeros en los que aparecía armado– quien citó “testimonios”, entre ellos el del “capitán Acosta” que aseguran que la ex jueza “habría torturado a un masculino (sic) con picana”. Un argumento tan descabellado que sólo mereció gestos de fastidio colectivo en la sala. El juicio continuará mañana con los primeros cuatro testigos de los fusilamientos.

Rueda negó la acusación del ex policía.

“El doctor Luis Rueda ingresó a la Justicia Federal recién en abril de 1977, y los hechos del juicio que se está tramitando ocurrieron (entre abril y noviembre de) 1976. Así que los dichos de Yamil Jabour y de Carlos Yanicelli, son falsos desde su cronología. Rueda no existía en el fuero Federal cuando ocurrieron los crímenes”, afirmó a Clarín José D´Antona, el abogado que designó el Camarista. D´Antona aseguró que “en 1985, cuando fue nombrado Fiscal Federal, tuvo el consentimiento de la CONADEP”. Según su relato: “En 1988, cuando (Luciano Benjamín) Menéndez era otro y no se quedaba dormido en los juicios, Rueda le atribuyó más de 35 delitos, entre ellos la tortura y fusilamiento de Marta Baronetto (una de las 31 víctimas de la UP1). ¿Y por qué Yanicelli lo ataca? “Es que en 1993, cuando este hombre era jefe de Toxicomanía de la Policía, lo metió preso por haber robado droga”. Sobre la foto, explicó que “Rueda fue amigo y compañero durante toda la primaria y secundaria de Víctor Trillo. Así que de ése tipo de fotos, con ambos hermanos (uno de ellos, el mayor era de la Aeronáutica) debe haber varias”.

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Jueves, 15 de julio 2010

Declaró el primer testigo en el juicio a Videla en Córdoba.

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

La declaración del primero de los testigos en el juicio contra los represores Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros 29 acusados por crímenes de lesa Humanidad, fue tan extensa como reveladora.

La hizo Luis “Vitín” Baronetto, el actual secretario de Derechos Humanos de la Municipalidad local, quien es a la vez es testigo y víctima.

En la noche del 15 de agosto de 1975 lo secuestraron junto a su esposa embarazada, Marta Juana González, una de los 31 presos políticos fusilados en la cárcel de Barrio San Martín. El logró sobrevivir, y lo liberaron recién en 1983, desde la cárcel “del fin del Mundo”, en Rawson.

Baronetto, quien era un líder barrial y militaba en el “Peronismo Auténtico” relató que “esa madrugada un grupo asaltó nuestra casa en barrio Libertador, nos pusieron capuchas, nos tiraron en autos y nos llevaron a la D-2. Lo supimos por las campanadas (de la Catedral cordobesa, que está a pocos metros). Cuando llegamos, nos torturaron”. El hombre identificó, entre sus verdugos, a ex policías presentes en la sala: Ricardo Cayetano Rocha y al ex comisario Carlos Yanicelli, conocido como “el Tucán”, quien en la jornada previa acusó a un camarista de “servicio de inteligencia” y aseguró “no haber torturado nunca a nadie”.

Sin autocompasión y con abundantes detalles y nombres, la exposición de Baronetto fue la de un viejo militante que habló siempre en plural de sus “compañeros de prisión”, y que a pesar de haber sufrido torturas en carne propia y haber perdido a su mujer –al hijo nacido en cautiverio lo dieron a unos familiares– se mostró preocupado en no dejar a nadie, ni víctimas ni torturadores, fuera de su memoria.

Contó cómo las condiciones de su encierro se endurecieron con el arribo a la jefatura de policía de (Juan Bautista) Sasiaíñ, y cómo este militar “llegó un día vestido de civil y nos dijo: ´Están todos condenados a muerte. Pero no se pongan contentos porque los vamos a matar lento como a las ratas, para que se arrepientan de haber nacido´. Nosotros pensamos que era una bravuconada, pero no”. Lo que siguió fueron los “trece hechos” de fusilamientos de los que Baronetto y sus compañeros se iban enterando por los que lograban sobrevivir, lo que contaban los carceleros y por “una radio que teníamos encanutada debajo del piso de la celda”. El testigo también apuntó a “complicidad” de la Justicia Federal: nombró en varias oportunidades al juez (Adolfo) Zamboni Ledesma, y a su entonces secretario, el ex juez federal Carlos Otero Alvarez, quienes lo visitaron en la cárcel, escucharon sus reclamos pero habrían hecho poco y nada para ayudarle.

La noticia del asesinato de su mujer le llegó a su celda “la número 2” de parte de un preso que le escribió “una larga carta en un rollo de papel higiénico”. Un artículo de lujo en las condiciones infrahumanas a las que tanto él como sus compañeros de tormento fueron sometidos.

Pese a que se creía que tanto Videla como Menéndez se retirarían de la sala a partir de los testimonios –los asiste el derecho de ver todo en la pantalla de una sala contigua hasta el día del veredicto– ambos permanecieron en sus butacas. Y esta vez no se durmieron.

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Viernes 16 de julio de 2010

Más relatos familiares en el juicio contra Videla y Menéndez

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

“Cuando fui a buscar el cuerpo de mi esposo a la morgue, sentí cómo cortaban huesos. Yo había visto una sierra de carnicería. Me lo entregaron en un cajón cerrado. No sé si lo cortaron en pedazos, pero durante años no pude ir ni pasar por el frente de una carnicería”, contó como pudo Rosario Rodriguez, la esposa del fusilado Pablo Balustra.

Ayer, en la sexta jornada del juicio por crímenes de Lesa Humanidad contra los represores Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros 29 sicarios de la última dictadura militar; a la palabra la tuvieron cuatro mujeres. Y los jerarcas prefirieron seguir el juicio en una sala contigua.

Un nombre se repitió en tres de los testimonios: el del ya muerto Cardenal Raúl Francisco Primatesta, y al que acudieron por ayuda, aunque sin ningún resultado. ¿Otro punto en común? Cadáveres mutilados devueltos “a cajón cerrado” que los familiares abrieron.

Por la mañana declaró María Cristina Díaz, hija del sindicalista Florencio Esteban Díaz — de activa participación en el Córdobazo, el 29 de mayo de 1969–, y luego, ella misma, presa política. “Mi hermano fue el que lo reconoció cerca de una pila de cadáveres. Tenía varios balazos, lo habían castrado y le faltaba un brazo completo. Parece que antes del fusilamiento, el 11 de octubre de 1976, lo torturaron”. Un año después de que lograron enterrarlo, la hija fue a visitar la tumba del padre en el cementerio de San Vicente. “Los militares estaban por todos lados. Rodeaban una zona cerca de lo que hoy es el crematorio”. La mujer, que poco después fue secuestrada y torturada en el D-2 (la Gestapo cordobesa), está convencida de que “abajo del crematorio, debe haber otra fosa común” aún sin descubrir.

Ya en la tarde, luego de Marta Díaz, la esposa de Daniel Bártoli; y antes de Miriam Funes, hermana de José Cristian, un obrero metalúrgico asesinado a los 24 años; declaró Rosario de Balustra.

Su testimonio fue de los más duros que se hayan escuchado.  A Pablo Alberto Balustra –según contó Luis Baronetto el miércoles– lo habían dejado cuadripléjico en una violentísima sesión de tortura. La mujer debió hacer varias pausas para poder relatar su historia. Recordó que la última vez que vio a su esposo vivo, “estaba atado a la cama del hospital de un brazo y una pierna” a pesar de que el médico que lo atendía “dijo que tenía una hemiplejía irreversible”. Cuando vio su cadáver en la morgue “tenía los pelos llenos de pasto y arena, la barba sucia y lo peor es que le faltaba el ojo izquierdo.”, sollozó. La conclusión todavía le resulta intolerable: el 11 de octubre de 1976, aún destruido físicamente, lo llevaron con otros cinco presos de la UP1 a algún baldío de la ciudad para fusilarlo y simular las fugas que jamás existieron.

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Miércoles 21 de julio de 2010.

Crudo relato en el juicio a Videla del asesinato de los Vaca Narvaja

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

Alfredo de Breuil tiene ahora 60 años. Ayer, ante la mirada de reojo del represor Jorge Rafael Videla contó los últimos momentos de la vida de Gustavo de Breuil, su hermano menor; deHiginio Toranzo , un militante del PJ, y de Miguel Hugo Vaca Narvaja: hermano de la ex diputada y designada embajador en México Patricia Vaca Narvaja, y de Fernando, uno de los líderes de Montoneros.

Alfredo le debe su vida a un juego perverso: los fusiladores arrojaron una moneda al aire para ver a cuál de los hermanos dejaban vivo. ¿La idea? Que volviera a la cárcel y les contara a los presos políticos lo que les sucedería.

Ocurrió el 12 de agosto de 1976: “Nos sacaron de la penitenciaría (la UP1) en dos autos, esposados, amordazados y atados los pies (…). Cuando llegamos al lugar –estima que es un sitio cercano al actual estadio del Chateau Carreras— a mí no me bajan. Sí a los otros. Se sienten infinidad de disparos… El “Capitán” (según la acusación sería el entonces teniente primero Osvaldo Quiroga) dice que los desaten, y recojan las vainas. Alguien me desata los pies, me bajan. Uno que parecía estar muy nervioso, me toma del brazo y me dice que me va a sacar la venda y la mordaza. Que no diga nada. Que siempre mirara hacia abajo. Lo primero que veo es el cuerpo de Vaca Narvaja.

Después el de Toranzo, y por último el de mi hermano Gustavo… Todos estaban boca arriba”.

De la escena y el momento del crimen puede dar fe del nombre de otro de los imputados: Francisco Pablo D´Aloia, a quien uno de sus subordinados nombró preguntándole si jugaría al fútbol ese fin de semana. “Imbécil ¿no ves que acá tenemos terroristas subversivos?”, reprendió, el hoy imputado, furioso de que lo hayan identificado.

De Breuil recordó que “antes de que nos trasladaran, el que llamaban Capitán habló mucho. Nos dijo que era “un mal día” para nosotros y dijo cosas muy feas del padre de Vaca Narvaja. Recuerdo que él lo defendió con una enorme dignidad”.

Miguel Hugo Vaca Narvaja tenía sólo 35 años cuando lo detuvieron en la escalinata de los tribunales de Córdoba cuando había concurrido a defender a un preso político. Había ocupado un cargo en el gobierno de Ricardo Obregón Cano y era papá de tres hijos: Miguel Hugo, que hoy es uno de los abogados querellantes; Hernán, director de una revista de Río Cuarto, y Carolina. A su vez, el padre del fusilado, Hugo Vaca Narvaja, ex ministro del Interior de Frondizi, había sido secuestrado un par de semanas antes de la detención del hijo.

Lo decapitaron y su cabeza apareció tirada en una bolsa de nailon. Luego de todo esto, la familia debió exiliarse en México.

Los fusiladores devolvieron a De Breuil a la UP1, donde contó lo sucedido. Entre los presos estaba Jorge, otro de sus hermanos. “De la violenta redada que hicieron en mi casa; mi hermana se salvó de que se la llevaran gracias a mi madre: es que ella tiraba de un brazo y uno de los militares del otro hasta que otro le dijo: “Má sí, dejále la chinita”.

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Jueves, 22 de julio de 2010.

El policía que se negó a picanear y fue torturado por sus colegas

Se trata de Luis Urquiza. Relató cómo lo secuestraron y luego se exilió.

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal

Aunque dormitaba de a ratos, el represor Jorge Rafael Videla escuchó ayer el testimonio completo de un ex policía que fue torturado por sus propios colegas. El hombre reconoció en la sala a cinco de sus verdugos: Carlos Yanicelli, alias “Tucán”; Yamil Jabour; Mirta Antón, apodada “la Cuca”; Gustavo Salgado y a Miguel Angel Gómez, a quien le gustaba identificarse ante sus víctimas como “el Gato”.

“Para todos ellos yo era zurdo sólo porque estudiaba psicología en la Universidad. Encima, no compartía su concepto de ser policías”, contó Luis Alberto Urquiza, un ex agente que, como otros seis compañeros, fue secuestrado y torturado por sus camaradas del Departamento de Informaciones, el siniestro “D-2”;  luego llevado a al Campo de la Ribera –el segundo en jerarquía luego de La Perla– y finalmente a la UP1, donde quedó a disposición del PEN.

Entre otras cosas, el entonces joven policía se negó a atormentar prisioneros y, por caso: “A llevar dos armas, tal como nos habían indicado: una era para dispararles a los sospechosos; y la otra para dejársela al cadáver, si no estaba armado y así simular un enfrentamiento”.

Urquiza ya tiene 54 años y vive en Dinamarca, adonde partió exiliado en 1978, aunque regresó con “la Democracia en el ´84”, y luego vivió tres años en Córdoba: “Desde el 94 al ´97 cuando tuve que volver a exiliarme ya que Oscar Aguad que era ministro de Ramón Mestre, me dijo que no podría garantizar mi seguridad”.  Esto motivó que María Elba Martínez, de la querella, solicitara al juez que cite al diputado nacional como testigo.

Su historia forma parte de la llamada causa “Menéndez-ex Gontero”, en la que está acusado Luciano Benjamín Menéndez como principal responsable. El ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército escuchó a la víctima desde una sala contigua. Urquiza fue secuestrado el 12 de noviembre de 1976, junto a su esposa embarazada. “Nos llevaron al D-2 –relató– y ahí Yabour, Yanicelli me pegaban en la cabeza con una pelota de arena. Cuando me caía, me levantaban de los pelos”. Uno de sus jefes, Gontero, “me vio tirado en un pasillo, me gritó ´traidor hijo de puta´y me disparó tres veces. Yo sentí una cosa caliente en mi rodilla. Era un balazo. Me hizo parar y con un cuchillo, me rompió el pantalón y me metió el dedo en la herida y después hasta una lapicera. Me decía que no era nada. Y que si me caía, me remataban en el piso”.

Uno de los peores tormentos para este hombre, que luego fue trasladado al penal de San Martín, fue cuando le permitieron ir al velorio de su madre: “Mi familia conocía al padre Luchesse, que era el capellán de la cárcel. El consiguió el permiso. Yo hubiera preferido no ir. Me llevaron encadenado, coparon la casa donde la velaban y la de los vecinos. Antes, un militar me dijo que si veían cualquier cosa sospechosa barrían con todos”.

El testigo hizo un croquis detallado de cómo eran las dependencias de la D-2 frente al juez Jaime Díaz Gavier, y recordó con amargura sus fallidos intentos de volver a vivir en el país: “Volví en el ´84, ya no tenía el lazo con mi mujer. De vuelta en Dinamarca, me volví a casar y tuve a mis dos hijas. En el ´94, logré hacer una casa en Villa Allende, pero en el ´97 tuve que volver a exiliarme. Vi con desesperación que los que me torturaron estaban sueltos y tenían altos cargos en la policía, y las autoridades no pudieron o no tuvieron voluntad política para protegerme”. Su historia está en el libro “La sombra azul”, del periodista cordobés Mariano Saravia a quien, ni bien lo publicó en 2005, también amenazaron de muerte.

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Viernes 23 de julio de 2010.

Involucran a un ex carapintada en la represión en Córdoba

Se trata del “Nabo” Barreiro. Un testigo reveló que lo vio en un centro de tortura.

Mirada. El ex dictador Jorge Videla, ayer en el juicio que se le sigue en Córdoba por los crímenes de la cárcel de San Martín y la D-2. Foto: AP.


Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

Jorge de Breuil reveló ayer en el juicio contra los represores Jorge Rafael Videla y Luciano Benjamín Menéndez, haber visto al ex mayor del Ejército, Ernesto Guillermo Barreiro, alias “el Nabo”, en el Campo de la Ribera, que era el segundo en jerarquía luego de centro clandestino de torturas de La Perla.

Barreiro fue el primero que se levantó en Campo de Mayo en la Semana Santa de 1987, rebelión que lideró el ex teniente coronel Aldo Rico.

Hasta ahora Barreiro no figura como imputado en la causa Videla-UP1, y es la primera vez que se lo menciona en este juicio oral y público.

Jorge de Breuil es hermano de Eduardo, quien el martes contó cómo se salvó de ser fusilado junto a Miguel Hugo Vaca Narvaja e Higinio Toranzo, porque los militares arrojaron una moneda para decidir si lo mataban a él o a Gustavo.

El tercero de los de Breuil relató que “desde la UP1, el 7 de septiembre nos trasladaron al Campo de la Ribera”. Según recordó, fue torturado durante horas, siempre con los ojos vendados.

“Al día siguiente, me sacan de la celda y me tiran a un patio de tierra, Ahí alguien me pregunta qué me había parecido la orgía de sangre que hicieron con mi hermano Gustavo y con Vaca Narvaja ; y que iban a hacer lo mismo con mi padre”.

Miguel Vaca Narvaja era el hermano de la embajadora en México Patricia Vaja Narvaja y del ex líder montonero Fernando Vaca Narvaja.

Cuando la víctima intentó levantarse, se le corrió “la venda de trapo que tenía en los ojos” y pudo ver la cara de Ernesto “Barreiro y su insignia de capitán”.

Sus declaraciones, en cuanto a los tormentos sufridos en la UP1, tuvieron muchos puntos de contacto con los del testigo de la tarde, Fermín Rivera: un hombre que fue detenido en 1974, acusado de participar en el copamiento de la fábrica de Armas de Villa María; y liberado recién en 1983.

Rivera y De Breuil vieron con sus propios ojos el fusilamiento de Raúl “Paco” Bauducco a cargo del entonces cabo Miguel Angel Pérez, y con la venia de Enrique Mones Ruiz. También reconocieron a Gustavo Adolfo Alsina como el “estaqueador” de José René Moukarzel.

Fermín Rivera, fue testigo de ése crimen de un modo muy particular: él mismo estaba hemipléjico por una feroz paliza en la enfermería del penal, y desde allí podía escuchar “un ronquido terrible, un estertor muy fuerte en el patio. Moukarzel era un tipo que medía casi dos metros, era asmático y en el silencio de esa noche de invierno podíamos escucharlo en el patio”.

Rivera describió que “entrada la noche, llegaron con su cuerpo y lo tiraron en una camilla cerca de la mía. Un enfermero, Fonseca, que era un hombre piadoso, le quiso ayudar. Pero Alsina lo golpeó y le gritó: Dejalo que se atienda solo, total es médico”.

En estos centros de tortura, tanto Alsina, como el cabo Pérez, y el “Gato” Miguel Angel Pérez, eran “famosos por su crueldad”, coincidieron.

Según afirmó Rivera, “los propios conscriptos contaban cómo por cualquier falta, Alsina disfrutaba estaqueando gente. Y que incluso, llegó a hacerlo con una presa de la UP1”.

El testimonio de Aguad

Uo de los fiscales del juicio contra Videla y Menéndez, Maximiliano Hairabedián, afirmó ayer que el testimonio del diputado nacional de la UCR, Oscar Aguad en la causa “no es útil ni pertinente”. Además, consideró que la petición de la abogada del ex policía Luis Urquiza, María Elba Martínez, para que se cite a Aguad como testigo en el juicio, “no debería ser admitido por el tribunal”, que todavía no se pronunció. Urquiza en su testimonio del miércoles había señalado a Aguad como responsable de haber mantenido en la policía de la provincia a Carlos “Tucán” Yanicelli, uno de sus torturadores del D-2. Aguad dijo ayer “nunca protegimos a nadie” como ministro del gobernador Ramón Mestre.

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Miércoles 28 de julio de 2010.

Adulteran carteles de La Perla

Foto: Daniel Cáceres.

Es la primera manifestación concreta en contra del Juicio a los represores Jorge Rafael Videla y Luciano Benjamín Menéndez: ayer, ni bien amaneció, los carteles de ruta que llevan al Museo de la Memoria del ex campo de Concentración de La Perla, el más grande centro de tortura de ésta provincia, donde asesinaron a más de 2.300 personas; aparecieron adulterados. Manos prolijas, dedicadas, sepultaron bajo látex opaco las palabras “memoria” y “ex centro clandestino”, de modo que sólo se lea, en letras blancas, La Perla. “No tenemos dudas, con ésto intentan intimidarnos, borrar la memoria. Pero quienes sean los responsables, ya deberían saberlo: es demasiado tarde para volver atrás”, le dijo a Clarín Emiliano Fessia, director del Museo de la Memoria de La Perla que se inauguró el 24 de marzo de 2009.

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Viernes, 30 de julio de 2010.

Tres muertes clave marcan el juicio a Videla y Menéndez

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

Hay tres crímenes que son clave en el juicio que se les lleva a los represores Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros 29 cómplices, por fusilar a 31 presos políticos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN) en una cárcel cordobesa entre abril y noviembre de 1976.

Son los de Raúl Bauducco; Miguel Hugo Vaca Narvaja, acribillado junto a dos compañeros; y el del médico santiagueño René Moukarzel.

De forma más o menos detallada, los 15 testigos que ya se sentaron frente al tribunal que preside Jaime Díaz Gavier, se refirieron a ellos; así como echaron sombras –y acusaciones directas– sobre la actuación durante la dictadura, de algunos funcionarios de la Justicia Federal, y del ya muerto Cardenal Raúl Francisco Primatesta.

¿Qué distingue a estos asesinatos? La saña con la que fueron cometidos y la cantidad de testigos que sobrevivieron para contarlos.

En el caso de Bauducco hay más de cuarenta personas –entre presos comunes y políticos—que pueden dar fe de su asesinato a quemarropa en una requisa en el patio de la cárcel de San Martín. En el de Vaca Narvaja, Higinio Toranzo y Gustavo de Breuil, al hermano de éste último, Eduardo, lo dejaron vivo sólo para que contara, al regresar a la prisión, el destino que les esperaba a todos. En cuanto al crimen del doctor Mouzarkel, la crueldad y el modo que eligió el verdugo para matarlo: lo estaqueó desnudo en el patio del penal en pleno invierno.

En las últimas jornadas, un coro de voces ha reconstruído las últimas horas de este hombre cuyo suplicio algunos vieron por las rendijas de las ventanas, y otros escucharon desde la oscuridad de sus celdas.

“Lo estaqueó (Gustavo Adolfo) Alsina el 14 de julio (de 1976). Moukarzel era un hombre de unos dos metros de estatura y, como era solidario y encima médico, lo respetaban desde los presos hasta la gente del servicio penitenciario”, contó Fermín Rivera, un ex detenido político al que habían dejado hemipléjico luego de una sesión de torturas, y oyó sus quejidos desde una camilla de la enfermería. “Era terrible. Como era asmático, se podían oír sus estertores, su lucha por respirar en el silencio de la noche”. ¿La falta? Le había aceptado una bolsa con sal a un preso común. Alsina se había ocultado para pescarlo in fraganti: los detenidos tenían prohibido comunicarse o intercambiar cosas.

“Le habían puesto piedras debajo de la espalda y le echaban baldazos de agua para que se muriera congelado”, contó el enfermero de la cárcel, Julio Eduardo Fonseca, quien recordó el miércoles frente al juez que “a la tarde Alsina me llamó y me pidió que lo vea. Lo estamos matando a Moukarzel, me dijo”.

Cuando al anochecer lo llevaron a la enfermería mediomuerto, Fonseca intentó ayudarlo: “No pude. Alsina me empujó contra una pileta. Que se atienda solo, total es médico, me dijo”. El hombre –quien admitió que aún tiene miedo por todo lo que vio desde su puesto– coincidió con lo dicho por Rivera, que fue el otro testigo directo. “Alsina estaba como loco con él. Le saltaba encima y aún después de muerto le siguió pegando patadas y se mataba de risa. La pagaste, hijo de puta, le gritaba”.

Cuando el abogado defensor del imputado le preguntó a Fermín Rivera si estaba seguro de que se trataba de su cliente y no de otra persona, el ex detenido le respondió: “Mire, pasaron treinta y cuatro años. Hay cosas que no recuerdo con precisión; otras que incorporé como propias de compañeros que me las contaron; pero hay otras de las que no me puedo olvidar, y una de ésas es al teniente Alsina”.

Luego de esto, un ex compañero del militar que pidió reserva para su nombre, le confió a Clarín que “él siempre ha disfrutado de estaquear gente. Lo hacía con los conscriptos a su cargo”.

A propósito de este crimen, al menos cuatro testigos revelaron que días después, Alsina, autodefinido como veterano de la Guerra de Malvinas, “estaqueó a una mujer en el mismo penal”.  La víctima sobrevivió y es una de los 128 testigos que están esperando para declarar en el juicio más grande y trascendente de la historia cordobesa.

Rafael Videla y Luciano Benjamín Menéndez, en tanto, cuando no se duermen en sus butacas –algo que se les ha vuelto hábito– escuchan impertérritos los delitos cometidos por los subordinados de lo que ambos coincidieron en definir como su “ejército victorioso”.

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Una ex detenida enfrentó a Videla en el juicio oral

Soledad García le reclamó cara a cara por su compañero desaparecido

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

Por primera vez en lo que va del juicio, una mujer enfrentó cara a cara a  Jorge Rafael Videla y lo confrontó su sentencia de 1977, cuando el entonces dictador dijo ante un grupo de periodistas extranjeros, aquéllo de “los desaparecidos no están, no existen, no son. No están ni vivos ni muertos, están desaparecidos”.

Soledad García, ex presa política y una de las principales dirigentes del gremio de los maestros de Córdoba, le espetó: “No señor. No son una entelequia. Ellos tenían vida y ustedes se las quitaron.  Tenían proyectos y ustedes los llevaron a la muerte. Ahora, que ya que nada puede reparar lo que pasó, que no les puedo pedir coraje civil, ni humanidad, por lo menos demuestren que les queda algo de honor y dígannos dónde están sus cuerpos. Dónde están los datos. Devuelvan los nietos a las abuelas que están vivas. Devuélvanme el cuerpo de mi compañero (Eduardo Requena). Muestren un resto de humanidad”, le reclamó. Videla no dejó de mirarla aunque, incómodo, se revolvía en su butaca.

Reconocida en esta provincia por su firmeza y militancia, Soledad García recordó cómo la secuestró una patota de unos doce hombres de civil el 9 de marzo de 1976, cuando iba a una reunión en su Citroën que “fue interceptado cerca de la Fiat , en Ferreyra”. Cómo la torturaron en la D-2 , y las condiciones de terror que vivió en la cárcel de San Martín, donde 31 presos políticos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN) fueron asesinados en supuestas fugas.

En el pabellón de mujeres, “el 14”, García detalló cómo — junto a otras presas– fue sometida a tormentos, “requisas vejatorias” y al menos en dos oportunidades, las sacaron al patio, las desnudaron y simularon fusilamientos.

“Yo ví cómo torturaron a (René) Moukarzel; y cómo se ensañaron con Diana Beatriz Fidelman, por ser judía. La insultaban y la amenazaban de muerte todo el tiempo”, detalló. También contó acerca de los partos de sus compañeras en la prisión,  y citó los de Marta del Carmen Rosetti de Arquiola, y Marta Juana González de Baronetto, cuyos bebés “gatearon en los pisos de la cárcel”. Ambas fueron asesinadas. “Con Marta (de Baronetto) cantábamos para darle ánimos a las demás, de celda a celda. La poesía fue para mí un arma para sobrevivir”, remarcó.

Por la tarde declaró Gloria Alicia Di Rienzo, otra ex presa, quien coincidió con ella en los tormentos sufridos. Entre sus torturadores reconoció a la única mujer entre los 31 acusados, Mirta “Cuca” Antón, quien trabajaba en el D-2, “y tenía especial predilección por retorcerme los pezones”, acusó.

Di Rienzo y Soledad García precisaron los detalles del traslado a la cárcel de Devoto “en un avión muy frío, atadas, tiradas en el piso, nos gritaban que en cualquier momento nos iban a tirar al río”.

En  su testimonio, Di Rienzo se emocionó –y a la gente en la sala– cuando recordó las últimas horas del doctor René Moukarzel: “El estaqueador (Gustavo Adolfo Alsina) quería que él gritara viva el ejército, muera Cuba. El no lo hizo. Pasaron horas y horas. No dijo nada. Llegó la noche y se escuchaban sus quejidos… Qué triste es la victoria para un verdugo cuando la víctima no se rinde”.

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Domingo 8 de agosto de 2010.

Juicio a Videla y Menéndez

Las mujeres hablan, los represores se esconden

Soledad García Quiroga. Foto: Marcelo Cáceres.

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

Nada es lo mismo cuando una testigo mujer aparece en la escena del juicio. Luego de los reconocimientos de rigor, la mayoría de los represores piden al juez ejercer su derecho de pasar a una sala contigua y observar por un circuito cerrado de televisión.

Y tienen porqué. A diferencia de los hombres, las ex detenidas les enrostran dolores y delitos, como hizo la líder docente Soledad García ante el mismísimo Jorge Rafael Videla: “Los desaparecidos no eran una entelequia –como él declaró en 1977– tenían vida y ustedes se las quitaron”. O Stella Grafeuille, que en la audiencia del miércoles se paró frente al represor Enrique Mones Ruiz, y le obligó: “¡Míreme, por favor!”, cuando el reo se empeñaba en mantener la cabeza baja, la cara semioculta en una de sus manos.

No debe ser fácil enfrentarlas, ni aún para quienes parecen convencidos y no expresan –o demuestran– arrepentimiento alguno.

Según coinciden los testimonios de las cuatro sobrevivientes de la causa que declararon hasta ahora, las mujeres de la UP1 parían esposadas a la cama, los ojos vendados, como Marta González de Baronetto; a quien fusilaron el 11 de octubre de 1976; y habían torturado poco después de dar a luz. “Mientras la picaneaban –afirmó su esposo y ex detenido– le hacían tocar unos dedos. Le decían que eran de la manito que le habían cortado al bebé apenas nacido”.

Las mujeres de la UP1, eran vejadas: “Nos desnudaban y hacían simulacros de fusilamiento en el patio de la cárcel. Nos manoseaban”, declaró Gloria Alicia Di Rienzo. Y a diferencia de las celdas de los hombres, cuyas puertas y ventanas fueron selladas para que no vieran lo que ocurría afuera; a ellas hasta les abrían los postigos de par en par para que observaran los tormentos. Así, Stella y Gloria vieron cómo torturaban al médico René Moukarzel, a quien estaquearon hasta la muerte. “(Gustavo Adolfo) Alsina me dijo que eso pasaría con nosotros. Yo no lloré porque sabía que si lo hacía, me podían matar”, recordó Grafeuille. “Yo ví cómo se llevaban a Marta Rosetti de Arquiola –declaró Gloria–. Cuando iba por la mitad del patio, y aunque ella sabía que la iban a matar, volteó la cabeza y me sonrió. Esa sonrisa dio fuerzas para resistir. Fue un deber para sobrevivir”.

Las mujeres de la UP1 se cantaban de celda a celda para darse ánimos. “Tú no puedes volver atrás porque la vida ya te empuja/ como un aullido interminable/ interminable./ Nunca te quedes ni te apartes/ junto al camino nunca digas/ no puedo más y aquí me quedo/ y aquí me quedo/”, Soledad García había elegido Palabras para Julia, del poeta Juan Goytisolo. Y las que podían la acompañaban. Una canción que en medio del horror viajó hasta el campo de concentración de La Perla, según contó años después otro detenido, Eduardo Porta, a la periodista María Rosa Grotti. Las jóvenes prisioneras que llegaban desde la UP1 la llevaban consigo como único equipaje y consigna.

Las presas de la UP1, cuando les daban permiso para ir al baño, “5 minutos por día”, debían elegir entre ducharse o usar el inodoro: “Y preferíamos bañarnos, así nos sentíamos más vivas, más seres humanos”, explicó Norma San Nicolás.

Las mujeres de la UP1, dicen, resistieron pensando en las que mataron –como a Diana Fidelman “con quien se ensañaron por ser judía”; en los hijos, “algunos gatearon en el penal”; en el compañero y en las de afuera. Las que “patalearon en los cuarteles, rogaron ante la Iglesia, o le dieron vueltas a la Plaza”, como Rosario, la esposa de Pablo Balustra que antes de terminar su testimonio –uno de los más estremecedores que se hayan escuchado– agradeció “la oportunidad de hacer el duelo y creer en la Justicia”. ¿Los imputados? Con Videla y Menéndez a la cabeza, sólo se atrevieron a verla por tevé.

La causa. Los represores Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros 29 cómplices, están imputados por el fusilamiento de 31 presos políticos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN) en la cárcel cordobesa de San Martín entre abril y noviembre de 1976; y por las torturas a seis policías en la D-2.

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Jueves 5 de agosto de 2010.

Córdoba: el Juez Garzón asistirá al juicio a Videla

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

Baltazar Garzón, el juez español que abrió el dique a los procesos judiciales contra los represores argentinos en su país cuando aquí las leyes de Obediencia Debida y Punto Final los volvían imposibles, asistirá el martes al juicio que se le sigue a los represores Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros 29 cómplices por delitos de lesa humanidad.

Será la tercera vez que Garzón visite Córdoba. Antes lo hizo en 2003, cuando le entregaron el título doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Córdoba, y en 2008 cuando, acompañado por el gobernador Juan Schiaretti, recorrió el campo de concentración de La Perla , hoy Museo de la Memoria.

En diálogo con Clarín, Claudio Orosz, uno de los querellantes en el actual juicio al ex dictador Jorge Rafael Videla –y en los dos que condenaron a perpetua en cárcel común a Luciano Benjamín Menéndez– le dijo a Clarín que “además de que su sola presencia  engalana la ciudad, fue esencial para que en Argentina se tomara conciencia que esto se había transformado en una gran cárcel para los represores. Si salían de las fronteras, sabían que automáticamente iban a ser detenidos y deportados a España, porque tenían captura librada por la Interpol. Esto ayudó a que nuestros funcionarios comprendieran que había que cumplir con nuestra obligación internacional de juzgar a tamaños criminales”.

En esta oportunidad, Baltazar Garzón llegará acompañado por el secretario de Derechos Humanos de la Nación, Eduardo Luis Duhalde, con quien ya compartido en las últimas semanas, varios actos. Entre ellos, el homenaje a las víctimas del atentado de la AMIA.

Aunque goza de un gran prestigio internacional, el juez Garzón fue suspendido por la Justicia de su país por “presunta prevaricación al investigar crímenes cometidos por el franquismo”. Una medida que le ha valido a la justicia española, el repudio interno y externo, ya que ha sido interpretada como una excusa para no revisar el pasado y a los responsables vivos de los asesinatos perpetrados por las huestes del dictador Francisco Franco Bahamonde desde 1939, hasta noviembre de 1975.

Consejo

Sorpresa en la sala. Ocurrió ayer ni bien comenzó la audiencia en el juicio a Rafael Videla. Uno de los imputados, Gustavo Adolfo Alsina, acusado entre otros crímenes de estaquear hasta la muerte a un médico, intentó hablar por tercera vez. En las dos anteriores, se había extendido durante horas. Ayer, ni bien se disponía a arrancar, la mayor parte del público y los abogados querellantes se levantaron de sus asientos y se retiraron de la sala. Abochornado, el reo desistió “por consejo de su defensor”.

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Miércoles 11 de agosto de 2010.

Entre vivas a las falanges fascistas del dictador Francisco Franco

Seguidores de Menéndez insultan a Garzón en Córdoba y hubo incidentes

Baltazar Garzón en el juicio a Videla. Foto: Daniel Cáceres.

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

“Intenso”, fue la palabra que eligió el juez español Baltazar Garzón para calificar su paso por Córdoba. Y el adjetivo pareció más que acertado, ya que en pocas horas el hombre que con sus investigaciones desde 1996 le abrió el cauce a los juicios por crímenes de lesa Humanidad en la Argentina, recogió aplausos y homenajes; se reunió con el gobernador Juan Schiaretti; padeció el repudio –silencioso, masivo– de los represores; y hasta los insultos y gritos de una pareja simpatizante de los reos. Uno de los cuales hasta le pegó a un periodista.

A las diez de la mañana, acompañado por el secretario de Derechos Humanos de la Nación, Eduardo Luis Duhalde, el juez Garzón se sentó en una butaca detrás de la jaula de cristal que protege al ex dictador Jorge Rafael Videla, al represor Luciano Benjamín Menéndez y a otros 29 cómplices acusados de fusilar en una cárcel a 31 presos políticos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN) durante la última dictadura.

Ni bien el testigo del día, el diputado provincial Enrique Asbert, terminó con la formalidad del reconocimiento; los represores solicitaron el derecho a retirarse a una sala contigua.

Fue así que, por primera vez en las 16 audiencias que lleva el juicio, los 31 imputados, con Videla y Menéndez a la cabeza, abandonaron la sala en masa. El juez español los miró irse sin un gesto de sorpresa, aunque la imagen de la jaula vacía resultó impactante.

Luego, y ya en conferencia de prensa, Garzón aseguró: “Yo no sé si salieron por mi presencia, pero es un derecho que tienen los acusados. En España suele ocurrir con bastante frecuencia. No, no me produce ninguna sensación el que se queden o se retiren. Sus defensas están presentes y sus derechos garantizados”.

Sobre los juicios que se están llevando a cabo en Córdoba, Capital Federal, Mendoza y La Pampa, el juez no ocultó su satisfacción por haber dado “el puntapié inicial”, y afirmó que “Argentina está dando un ejemplo al mundo entero. Demuestra que no se rompe una sociedad por estos juicios, sino que se refuerza”.

Consultado acerca de una “posible cooperación con la justicia” que le habría propuesto el canciller Héctor Timerman, Baltazar Garzón señaló: “Me he reunido con él más como amigo. Es cierto que me lo ha pedido, pero no hay nada concreto aún”. En cuanto a la postulación de las Abuelas de Plaza de Mayo para el Premio Nobel de la Paz, consideró que “ya está ganado, suceda lo que suceda”.

Minutos antes de la conferencia que se desarrolló en la Biblioteca del Juzgado Federal, dos personas aprovecharon su paso por el hall para agredirlo. Se trató de Liliana Rafe de Fernández Cutielo, viuda de un militar muerto en el ataque al cuartel de La Tablada en 1989 –integrante del grupo de Cecilia Pando– y de Alberto Aprea, un hombre que desde hace años se autodenomina “secretario del general Menéndez”. Mientras ella le espetó que se “vaya a juzgar a los terroristas de la ETA”; Aprea optó por insultarlo y vivar a “los falangistas” del dictador Francisco Franco.

Cuando Aldo Omar Blanco, un periodista de Radio Nacional Córdoba, intentó tomar fotos de ambos, Aprea le lanzó manotazos a la cara, uno de los cuales le dio “debajo de uno de los ojos” a Blanco. Esto motivó la reacción de HIJOS y de integrantes de agrupaciones de Derechos Humanos que cantaron consignas contra los represores; hasta que la policía hizo entrar a la pareja en una oficina.

Por la tarde, las voces de repudio se multiplicaron. El propio gobernador Schiaretti dijo “repudiar con todas mis fuerzas las agresiones que sufrió el Juez Baltasar Garzón”, e incluyó “las agresiones a un periodista. Los nostálgicos de la dictadura no nos van a intimidar”.

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Viernes 13 de agosto de 2010.

Presiones sobre la prensa

Los periodistas que cubren el juicio presentaron una nota al presidente del Tribunal, Jaime Díaz Gavier y al presidente de la Cámara Federal de Córdoba, Luis Rueda en la que manifestaron “preocupación” por la presencia de Alberto Aprea, el hombre que el martes agredió al periodista de Radio Nacional Aldo Blanco durante la visita del juez español Baltazar Garzón, y ayer increpó al fotógrafo de Clarín, Daniel Cáceres, para que la corresponsal Marta Platía “corrija” la nota en la que crónico los incidentes.

En el escrito, los trabajadores de prensa acreditados mencionaron que “Alberto Aprea es habitual concurrente a las audiencias del juicio”. En la nota también relataron que Aprea al día siguiente de agredir a Blanco, “se apersonó en la sede de Radio Nacional buscando al periodista” quien no se encontraba, ya que estaba radicando la denuncia penal en tribunales. “Sepa usted comprender nuestra inquietud sobre la presencia de este sujeto, y la posibilidad de que genere alguna nueva situación”. Por último, enviaron copias a la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación , la Provincia , la Municipalidad , la Legislatura y el Concejo Deliberante.

Aprea es un hombre que, desde hace años, se ufana de ser “el secretario privado de (Luciano Benjamín) Menéndez” y, en ésa supuesta función, ha asistido a los dos juicios anteriores –en 2008 y 2009– y no se pierde audiencia del actual, en el que se vuelve a juzgar su jefe y al represor Jorge Rafael Videla por los fusilamientos de 31 presos políticos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN), durante abril y octubre de 1976.

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Jueves, 19 de agosto de 2010.

Conceden a Menéndez la prisión domiciliaria

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

La Cámara Nacional de Casación Penal le devolvió ayer el beneficio de la prisión domiciliaria al represor Luciano Benjamín Menéndez que está preso en la cárcel de máxima seguridad de Bouwer desde el 24 de julio de 2008, cuando fue condenado por la causa “Brandalisis”.

El ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército que tuvo a su cargo más de diez provincias argentinas durante la última dictadura, está siendo juzgado en ésta capital junto al ex dictador Jorge Rafael Videla, por el fusilamiento de 31 presos políticos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN).

¿La razones de la vuelta a su casa del barrio Bajo Palermo?: ninguna de las cuatro condenas a cadena perpetua que ha sumado por delitos de lesa Humanidad: dos en Córdoba: en 2008 y 2009, y dos en Tucumán; aún están firmes, por lo que la Cámara le devolvió el privilegio de la prisión domiciliaria de la cual gozaba antes de ésos procesos judiciales. Las otras: la edad del imputado, “más de 70 años” –en junio cumplió 82– y su estado de salud  ya que, según informó su  defensor, Alejandro Cuestas Garzón, presenta “un diagnóstico de neumonía pulmonar doble con riesgo de muerte”.

En rigor, Luciano Benjamín Menéndez compartió pocas noches en la prisión de máxima seguridad de Bouwer con su ex jefe Jorge Rafael Videla, desde que comenzó el actual juicio el 2 de julio. Su dolencia lo tuvo internado, sólo “para dormir y los fines de semana”, en el Hospital Militar, desde donde lo trasladan todos los días para que presencie el juicio. Y si bien se lo nota algo desmejorado, su aspecto cotidiano  no deja ver los signos de la gravedad que mencionó su defensa; y nunca faltó a las audiencias.

Pasadas las ocho de la noche,  y durante la manifestación de repudio  que realizaron la agrupación HIJOS  y organizaciones de Derechos Humanos cerca de su casa de calle Ilolay al 3.200 –a la sazón rodeada de casetas con vigilancia permanente– Menéndez volvió a su casa en una ambulancia custodiada por tres móviles policiales.

Pocas horas antes y en Tribunales Federales, el abogado querellante Claudio Orosz opinó que “el árbol no nos tiene que tapar el bosque: que él regrese a prisión domiciliaria no significa que no hayamos avanzado muchísimo”. Orosz cuestionó “los tiempos” de la Cámara Nacional de Casación Penal: “Con Martín Fresneda (su colega) presentamos dos prontos despachos que fueron rechazados. La primera de las sentencias fue el 24 de julio de 2008, y todavía esperamos. No dudo de la legalidad de ésta medida, pero sí de su legitimidad”.

Otros juristas que pidieron reserva para su nombre, deslizaron ante Clarín que “aquí de lo que se trata es prolongar, dilatar las cosas hasta el fin de la vida de este hombre. Y el porqué es muy claro: si cualquiera de las sentencias llegara a quedar firme, él perdería su grado militar de general. Y, por lo que se sabe, eso es lo único que le preocupa a esta altura de las cosas”.

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Jueves 26 de agosto de 2010.

Vejaciones a prisioneras en Córdoba.

Videla: denuncian complicidad judicial

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

“Mirá, si vos no querés hablar y encima no te querés bajar la bombachita, así no te vas a ir más”. La que podría ser la frase de uno de los tantos torturadores de la cárcel de San Martín; fue pronunciada en mayo de 1976 por el abogado Eduardo Enrique Molina, según contó ayer María Teresa Sánchez: la testigo 43 del juicio que se les lleva al ex dictador Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y a otros 29 represores en los tribunales Federales de Córdoba por el fusilamiento de 31 presos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN).

“Marité” Sánchez, como aquí se la conoce, es abogada de las Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba y en su testimonio no sólo describió las crueldades de los verdugos; sino también la complicidad en la que incurrieron funcionarios judiciales durante la última y más sangrienta dictadura militar.

Desde el comienzo de éste proceso, el 2 de julio, tanto los imputados como las víctimas coincidieron en una media docena de nombres de jueces, fiscales y penalistas que habrían colaborado con el Terrorismo de Estado, ya sea por acción u omisión de sus deberes públicos.

A Sánchez la detuvieron embarazada y junto a su esposo el 24 de febrero de 1976. A ambos los torturaron en la D-2. Marité contó que a su esposo “que no tenía militancia alguna”, le habían dibujado “una esvástica con birome en el pecho”, y que Miguel “el Gato” Gómez, les hacía gritar “heil Hitler” entre paliza y paliza.

La abogada fue una de las tantas prisioneras que parió a su hija “tabicada, con ambas manos esposadas a una cama” en la Maternidad Provincial, “y con fórceps por lo que mi hija nació con sufrimiento fetal”.

Por la tarde, y en otro estremecedor testimono, Graciela Galarraga, de Río Cuarto, cómo sus torturadores la llevaron a declarar ante el “juez Federal de Río Cuarto” vendada y con las manos atadas a la espalda. “No, no le ví nunca la cara a ése juez. No sé quién era. Además, no pude decir nada. Los que hacía unos minutos me habían dado una paliza, estaban atrás mío, en la misma sala”.

La mujer fue también testigo directo del estaqueamiento hasta la muerte del médico santiagueño René Moukarzel; y de María del Rosario Muñoz, quien sobrevivió y daría su testimonio en las próximas semanas.

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Viernes 19 de septiembre de 2010.

Videla: “Fuimos crueles, nadie lo dude, pero no sádicos”

Mirada fija. El dictador Videla observa ayer al fotógrafo de Clarín en el juicio que se le sigue en Córdoba. Foto: Marcelo Cáceres.

Por Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

El ex dictador Jorge Rafael Videla volvió a reivindicar el terrorismo de Estado. Con tono desafiante remarcó ayer: “Que fuimos crueles, nadie lo dude. Lo hicimos en el marco de crueldad que impone toda guerra por su propia naturaleza. Pero no fuimos sádicos ni integramos una asociación ilícita”.

Videla habló nuevamente ayer –ya lo había hecho el martes— para defenderse y a los otros 30 represores que están acusados junto a él, y a Luciano Benjamín Menéndez, por delitos de lesa humanidad en la Unidad Penitenciaria N 1 (UP1).

En un segundo intento de deslegitimar el juicio -el martes habló de un hipotético renacer de los Montoneros- ahora salió en “defensa” del Ejército.

En su alocución tachó de “inconstitucional” al Tribunal Oral Federal que lo juzga desde el 2 de julio; y afirmó que “no hay un ejército bueno y un ejército malo. Ejército es uno solo”. De allí pasó sin escalas a comparar “el de las guerras de la independencia” con el del “Proceso de Reorganización Nacional” que comandó durante la dictadura más sangrienta de la historia argentina.

Denunció “una campaña sistemática de desprestigio del Ejército con vistas a su destrucción como institución de la República, objetivo intermedio para subvertir la Nación al mejor estilo de (Antonio) Gramsci”, el pensador comunista italiano que pregonaba la revolución cultural antes que el uso de la violencia.

Y negó que las tropas a su cargo hayan tenido nada que ver con la represión dentro de la UP1. Según afirmó, “no es cierto que el personal del Ejército cumpliera tareas permanentes allí y que le permitiera dar golpizas (…) Ni la Justicia lo hubiera tolerado, ni el Ejército consentido”, desestimando así los demoledores testimonios de los sobrevivientes de la cárcel de San Martín donde torturaron y fusilaron, aplicándoles lo que llamaban la “ley de fugas”, a 31 presos políticos entre abril y octubre de 1976. Nada menos que el motivo central del juicio.

Según Videla, el Ejército “sólo fue apoyo del servicio penitenciario que se vio desbordado” y fue llamado para que “colaborara esporádicamente en requisas con su presencia disuasoria”. Hasta llegó a decir que “los presos políticos continuaban, dentro de sus celdas haciendo tareas de entrenamiento de combate, adoctrinamiento y planeamiento”.

En otro tramo también elogió —sin nombrarlo— al teniente Gustavo Adolfo Alsina —el estaqueador del médico René Moukarzel y de Rosario Muñoz: una mujer que logró sobrevivir al suplicio— “por su valentía y coraje” en el fallido “incidente de recusación del juez” José María Pérez Villalobo. A diferencia del martes, su voz fue recobrando su volumen y tono marcial. Para el remate de su arenga citó la frase de un militar, Nicolás Rodríguez Peña, que colaboró con San Martín en la liberación de Chile: “Que fuimos crueles, ¡vaya con el cargo! Mientras tanto tienen ustedes la Patria (…) Nosotros seremos los verdugos, sean ustedes los hombres libres”.

Ese fue el pie que le llevó a admitir ante el juez Jaime Díaz Gavier: “Señor presidente, que fuimos crueles, nadie lo dude. Pero no fuimos sádicos ni integramos una asociación ilícita”. Un concepto que, en el Juicio a las Juntas de 1985, rebatió su ex colega Alejandro Agustín Lanusse, cuando dijo que no era su ejército el que “salía disfrazado por las noches a secuestrar y desaparecer gente”.

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Sábado 18 de septiembre de 2010.

Córdoba: los respresores denuncian falta de seguridad.

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

“Inseguros y con temor por sus familias”. Así reiteraron sentirse ayer –sólo que esta vez por escrito y ante la Justicia Federal–, el ex dictador Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y los 29 represores que están siendo juzgados en ésta capital por delitos de lesa humanidad; en la continuación de la clara maniobra que ejecutan para descalificar el proceso judicial que se les lleva aquí desde el 2 de julio.

La fiscal Federal Nº 3, Graciela López de Filoñuk, fue la encargada de recibir el documento que firmaron todos los reos en el Tribunal Oral Federal Nº 1 que los juzga.

Este, por ahora, fue el corolario de la denuncia verbal que hizo el martes pasado el propio Videla, cuando pidió la palabra para afirmar que, a raíz de una reunión de ex Montoneros en Córdoba, en la cual se habría dicho que “las armas no están enterradas”; temía por  su seguridad, la de sus “camaradas”, y la de su familia.

Ni bien terminó de hablar, la jaula de cristal que comparte con los otros 30 imputados, se llenó de manos en alto adhiriendo al reclamo.

La reunión que le dio pie al discurso de Videla — quien está sentado en el banquillo de los acusados por primera vez desde el Juicio a las Juntas en 1985—, ocurrió el viernes 10 y tuvo como protagonistas a los ex montoneros Roberto Cirilo Perdía y Guillermo Martínez Agüero.

Fue éste último quien habría dicho la frase “no hemos enterrado las armas aunque no es el momento para ellas”. Manifestaciones que fueron rechazadas por el penalista  Miguel Hugo Vaca Narvaja “por desubicadas, inoportunas, además de contribuir a abonar la teoría de los dos demonios de la cual ahora se toman los imputados”.

A ése discurso de Videla, le siguió otro más virulento el jueves por la tarde, cuando el ex dictador volvió a reivindicar el Terrorismo de Estado y admitió ante el juez Jaime Díaz Gavier la crueldad con la que actuó el ejército bajo su mando: “Fuimos crueles pero no sádicos” afirmó, aunque las 65 víctimas que ya declararon han refrendado –también — el último calificativo de modo aplastante.

Ordenan un arresto por amenazas

Córdoba. Corresponsal.

La Justicia Federal ordenó ayer el arresto de un hombre acusado por haber amenazado de muerte a Claudio Orosz: uno de los abogados querellantes en el juicio a los represores Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros 29 cómplices.

El fiscal Federal Nº 1, Enrique Senestrari, le dijo a Clarín que “la esposa del padre de Orosz había recibido un llamado de amenaza el 5 de julio pasado. Averiguamos el origen de la llamada, la propia casa del ahora imputado,  y la mujer le reconoció la voz”.

¿La amenaza? “El general Menéndez dice que en vez de 30 mil tendrían que haber matado 5 mil más, y entre ellos a Claudio   que debería estar mirando crecer las margaritas desde abajo”, contó a éste diario el propio Orosz.

El detenido se llama Carlos Sonzini y es empleado de la Fuerza Aérea en la Fábrica Militar de Aviones.

Claudio Orosz fue uno de los pilares de la querella en los dos juicios en los que Luciano Benjamín Menéndez resultó condenado a cadena perpetua en cárcel común.

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Lunes 20 de septiembre de 2010.

Videla, como una sombra en la cárcel de Córdoba

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

“Es curioso lo que pasa con Videla. Está ahí, pero no está. Es como un fantasma. No tiene la onda agresiva que destila Menéndez, ni tampoco su cara de piedra. Es más, cuando algo lo sorprende durante el juicio, hace algún que otro gesto como diciendo eh, pero cómo pudieron hacer eso … Como si recién se enterara y no tuviera la culpa de nada de lo que pasó…”.

El que habla es un empleado judicial de los tantos que desde el 2 de julio –cuando comenzó el juicio a Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros, acusados por la tortura y el fusilamiento de 31 presos políticos– tienen que “lidiar con esta enorme banda de acusados” en la que se mezclan militares y policías.

Videla cumplió 85 años el 2 de agosto en la prisión cordobesa de Bouwer, una cárcel de máxima seguridad , ubicada a 20 kilómetros al sur de esta capital. Su celda es la “primera de la derecha” del pabellón MD2. Allí, en un espacio de dos metros por tres, Videla tiene un camastro de metal beige empotrado a la pared, una mesita del mismo material y, cerca de la única ventana –cubierta por una chapa cribada por pequeños orificios–, un inodoro y un lavabo grises. ¿Su paisaje cotidiano? Con voluntad, y la nariz pegada a la chapa, la nada de un descampado que se lleva el viento.

“Se porta muy bien. Es solidario, respetuoso con los demás. Eso sí, mantiene su distancia.

Pero no es altanero y mandón como Menéndez que por ejemplo, hasta que lo dejaron volver a su casa, agarraba el control remoto de la tele, y dale con los partidos de polo”, deslizó uno de los guardias del penal. Eso sí: aún encerrados, mantienen la verticalidad de sus jerarquías. Cuando Videla llegó a Bouwer, Menéndez le cedió la cabecera de la mesa en la que todos comen y lo recibieron cuadrándose, haciéndole la venia.

“Videla no molesta. Toma mate cocido, camina, es educado y hasta se lo ha visto barriendo . ¿Menéndez? No, él no toca la escoba…”, contó otro guardia. Es más, se sabe que el ex jefe del Tercer Cuerpo llegó a tener “su propia oficina” en una de las celdas vacías. Por su antiguedad en Bouwer, o por la vieja rivalidad con Videla, sería él quien manda en lo que los guardias y presos llaman “el D3”.

Según algunos de los defensores, si bien el ex presidente de facto no acepta notas con periodistas, sí “ha recibido a jóvenes o a personas que pidieron visitarlo y lo admiran”. Incluso, aceptó que su defensora de oficio sea una mujer nacida en los 70.

Su esposa y dos de sus seis hijos lo visitan a menudo. Cada semana le llegan “los medicamentos oncológicos para su tratamiento de próstata”. Lee “libros religiosos” y, una vez cada siete días, “lo va a ver un capellán del Tercer Cuerpo de Ejército”, a quien prefirió en lugar del de la prisión.

“Cierto, no son presos comunes, pero no tienen privilegios”, aseguró a Clarín un funcionario penitenciario, aunque admitió que “por la edad y los achaques de algunos, hay que cocinarles dietas especiales y estar atentos con los médicos”.

Un preso que tuvo que ir a declarar a los tribunales, lo refutó quejoso: “¿Que somos todos iguales? Pero no… Si ellos comen pollo y otras cosas ricas, y a nosotros nos dan esas sopas con un fideo de vez en cuando”.

En las últimas semanas, Videla ya no se duerme en el juicio. Dicen que ha decidido retirarse a la sala contigua “para evitar el papelón de dormirse de nuevo y salir fotografiado en los diarios”.

Moviéndose como una sombra y en la parábola de su vida, el hombre cuyo régimen desapareció a miles de personas, intenta ahora ser invisible.

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Miércoles 29 de septiembre de 2010.

Videla: cuentan cómo detuvieron a De la Sota

Ex carceleros cuentan cómo se llevaron a Vaca Narvaja para fusilarlo.

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

Es extraño cómo las rejas pueden dividir el olvido del recuerdo. Mientras que barrotes adentro todos se acuerdan de cada detalle; para afuera, la mayoría parece haberlo olvidado todo”, reflexionó ante éste diario, Natalia Brusa, de los Tribunales Federales.

En la jornada de ayer, ex empleados administrativos de la Unidad Penitenciaria N 1 (UP1) abonaron su tesis; aunque hubo dos carceleros que a pesar del “miedo” que declararon padecer aún hoy, se animaron a hablar.

Entre accesos de llanto, José Pascual Castillo, “de casi 80 años”, repasó la tarde en la que “se llevaron a (Miguel Hugo) Vaca Narvaja”, el hermano de la actual embajadora en México.

“Eso todavía me duele. Era un chico. Me abrazó y me dijo: Don Castillo, don Castillo, me van a matar. Era un chico. Se lo llevaron con los De Breuil (Alfredo y Gustavo) y uno de los Toranzo (Higinio). A la vuelta, llegó uno solo de los De Breuil (Alfredo). Llorando me contó que los habían matado a todos y que lo dejaron a él para que les cuente a los presos lo que habían hecho”.

Según Castillo, el recuerdo de ésos días todavía lo enferma. “Yo les daba agua. Quedaban hechos mierda, pobre gente. No quiero acordarme”. El hombre ha sido nombrado por varios de los sobrevivientes como “alguien humanitario”.

Poco antes de él, su colega Nisemio Santos Camino, aunque no tuvo la misma predisposición al relato, sí se explayó en su “conocimiento” de presos políticos célebres como el penalista “Carlos Hairabedián, detenido en el Pabellón 10”; y el ex gobernador José Manuel De la Sota. “A de la Sota lo tuvimos una semana. Me acuerdo que cada día lo sacaba del Pabellón 8. El me preguntaba muy serio: ¿Qué, me llevan para matarme? Y yo le contestaba, no sé doctor, no sé. Y lo llevaba adonde me pedían los militares. Por suerte a él no lo mataron”.

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Martes 12 de octubre de 2010.

“Charlie” Moore, el testigo más enigmático del juicio contra Videla

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

Quebrado, traidor, una víctima más de la tortura, un paria, un sobreviviente. Así, y según de quien se trate, definen en Córdoba a Carlos Raimundo “Charlie” Moore: el testigo más enigmático que ha declarado en el juicio que en esta ciudad, se les lleva a los represores Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros 29 cómplices acusados por delitos de lesa humanidad.

Por video-conferencia, el testimonio de Charlie Moore fue uno de los más esperados. ¿Las razones? El hombre (sobre) vivió en la D-2, desde el 13 de noviembre de 1974 cuando fue secuestrado; hasta su fuga a  Brasil: el 12 de noviembre de 1980.

Sobre su declaración hecha el 14 de noviembre de ése año ante el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), se ha basado gran parte de éste juicio: en especial en lo que se refiere a la llamada causa “Gontero-Menéndez”, sobre las torturas en la sede de la D-2 donde incluso, se atormentó y asesinó a policías que se negaron a cometer crímenes.

A lo largo de su cautiverio, el hombre recolectó datos “en la memoria y en papelitos de cigarrillos para armar” y los “fue filtrando” a los familiares y amigos.

“Jamás pensé que iba a poder contar mi historia”, dijo un  Moore de 59 años, todavía pelilargo y atropellado en su verba, desde el consulado argentino en Londres. Miembro del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), Moore fue secuestrado por la patota del D-2, acusado por el copamiento a la Fábrica Militar de Villa María. “Apenas llegamos nos molieron a palos en el patio. Ahí supe que Mónica, mi mujer que no estaba en nada, había sido chupada el día antes. Ella se aguantó todas las torturas hasta las seis de la mañana porque pensaba que yo me iba a ir de la casa donde estaba. Pero me dormí y me agarraron”. Tan simple, tan desolador como eso. Moore recordó que luego de golpearlo lo metieron en un “bañito donde me orinaban encima de las heridas” y donde permaneció “rodeado de cucarachas y ratas” durante semanas. Allí presenció “tres violaciones” y supo que a Mónica “la hicieron abortar a patadas”. Uno de los hechos más traumáticos, quizás fundadores de lo que luego vendría, fue lo que él llama “el asesinato de la pendejita judía”: una adolescente de unos 17 años que habían detenido en la calle por averiguación de antecedentes. No había nada en su contra, pero la mataron igual: “Le reventaron el cráneo”. Una de las primeras tareas de Moore, fue “recoger con sus manos los restos encefálicos y meterlos en un balde”, le contó a Clarín el policía de Homicidios Miguel Robles: un hombre que viajó hasta Inglaterra el año pasado para entrevistarse con Moore.

Robles creció convencido de que a su padre –también policía– lo habían matado los Montoneros. Cuando empezó a investigar, su meta fue llegar a Charlie Moore “el hombre que más sabe” de la Gestapo cordobesa. Él le despejó las dudas: “Lo mató del D-2. Eso es un hecho”, le dijo por teléfono y lo desafió a que lo visite en Inglaterra. Fruto de las más de 16 horas de entrevista, Robles escribió “La Búsqueda, un reportaje a Charlie Moore”: un libro de escritura ágil, precisa, de sólo 100 ejemplares, y que se agotó el mismo día que fue presentado en la Feria del Libro y que se reeditará en las próximas semanas.

Es que en sus 300 páginas, el ex guerrillero describe minucioso lo que esperó contar a lo largo de 34 años.

“Cuando ocurrió el primer juicio a Menéndez, supe que algo cambió en el país. Allí volví a tener esperanzas”, afirmó Moore en la teleconferencia durante el juicio.

En un relato vertiginoso, Moore contó cómo se ganó la confianza de los verdugos de la D-2,  “convirtiéndome en un esclavito: yo cebaba mate, tipeaba muy bien, y así accedí a todos los archivos. Viví en una celda con mi mujer. Y  esperé”.

Contó también cómo los represores “ponían bombas en noviembre de 1975 por toda Córdoba, para que creyeran que eran los Montos”. Reveló que el torturador Miguel Angel “el Gato” Gómez y Alberto “cara con rienda” Lucero, “pusieron una bomba en Cinerama en noviembre de 1975, aún sin que Menéndez la hubiera autorizado. A todas las armaban en las mesas del patio de la D-2, mientras yo les cebaba mate. Como me iban a matar, no se cuidaban para nada cuando hablaban”.

Contó cómo torturaban con “más saña” a las mujeres y especialmente si eran judías. “Una noche ví al Gato achurando a una mujer grande y al marido le habían pintado una esvástica en el pecho”. Destacó que durante un asado en uno de los patios de la D-2, “se burlaban de lo boludas que eran algunas mujeres de militares” por no preguntar de dónde les llegaban los bebés. Y que allí se enteró de que “los bebés de las presas que nacían en el Hospital Militar iban para las mujeres de ellos que no podían tener chicos; y a los del Policlínico Policial, los vendían”.

En su declaración de más de cinco horas, reveló que “hasta montaron una financiera, en la Avenida Colón al 100, con la plata y las cosas robadas a los detenidos”; y que “a veces me usaban de psicólogo: Todos estaban afectados en sus relaciones sexuales con sus propias mujeres. Sólo podían con prostitutas. El más complicado era (Carlos) el Tucán Yanicelli. Ese sí que tenía una tara durísima, pero mejor me la reservo” deslizó. Y en el tono de su voz quedó claro que todavía siente el poder que da el conocimiento profundo del otro. Sin embargo, confesó que ni él mismo “nunca pudo recuperarse”  de lo que vio y que su vida sexual “también quedó afectada para siempre”.

Como varios testigos del juicio lo señalaron como colaborador en las torturas, Moore se defendió: “Ellos estaban tabicados y los torturadores usaban mi nombre, como usaron el de otros compañeros. Yo nunca torturé a nadie. Incluso ante (Luis) Baronetto, cuando cayó en 1976, tuve que montar un show: le grité que no me iba a ir del D-2 hasta que no quedara ni un solo perretista (integrante del PRT). Pero no podía hacer otra cosa –se justificó–: tenían amenazada a mi familia y yo sabía que tenía que resistir”.

Lo concreto es que luego de seis años de cautiverio, Moore se fugó y lo primero que hizo fue la declaración más amplia y detallada que se conozca sobre el accionar del D-2 en Córdoba.

En diálogo con éste diario, Miguel Robles lo definió como “un sobreviviente. Eso es para mí Charlie Moore. Un hombre que convivió con el horror que todavía no lo ha abandonado. Como los de los campos de concentración de los nazis. Para la entrevista fuimos a una cabaña, lejos del lugar donde vive. Y por las noches, era muy difícil tenerlo cerca. Grita dormido, llora, se sacude. Creo que se ha quedado detenido en el tiempo. Que todavía, aún cuando está lejos, sigue encerrado en el D-2” .

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Miércoles 20 de octubre de 2010.

Internaron a Videla y a Menéndez en Córdoba

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal

Internados en el hospital Militar. Así permanecían al cierre de esta edición los represores Jorge Rafael Videla y Luciano Benjamín Menéndez, de 85 y 83 años de edad respectivamente. Ambos están siendo juzgados en Córdoba junto a 29 cómplices, por delitos de lesa humanidad.

“Videla amaneció con moretones en todo el cuerpo por los anticoagulantes que debe aplicarse por una afección coronaria. No es grave, pero está en observación al menos por dos días” –explicó a este diario uno de sus defensores– y aclaró que esta “esto no tiene que ver” con el cáncer de próstata que padece desde hace un par de años, y por el que recibe medicación oncológica en el penal de Bouwer, donde está alojado desde el 29 de junio.

Por su parte, Luciano Benjamín Menéndez ingresó a la terapia intensiva del mismo hospital el miércoles pasado: “Su neumopatía se agravó, es crónica y es un pronóstico difícil, casi terminal para un hombre de su edad”, aseguró con tono grave su abogado Alejandro Cuestas Garzón.

Lo concreto es que ninguno de los dos estuvo ayer presente en la audiencia, por lo que los defensores plantearon que los testigos que tenían que declarar sobre la causa “UP1-Videla”, se pospusiesen para cuando el ex dictador regrese al banquillo. Una petición que fue aceptada por el juez Jaime Díaz Gavier.

En la recta final de las testimoniales –ayer se tomó declaración al testigo 101 de los 110 previstos– una de las exposiciones más impactantes la de María Cristina Tobares, de 59 años, esposa de Nelo Antonio Gasparini, un gremialista desaparecido.

La mujer que tuvo que huir a Brasil con su hija de 4 años en 1977, contó que declaró ante el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) que funcionaba en el “edificio de la curia de San Pablo” y que, como no quiso asilarse ni en Suecia ni en Holanda, se “fue quedando en Brasil” y estableció lazos con otros refugiados argentinos y el arzobispo (Paulo) Evaristo Arns: un religioso que habría recibido una carta de su colega cordobés Raúl Francisco Primatesta. “Recuerdo que fue en una Navidad. Arns dijo ´me acaba de mandar una nota el Arzobispo Primatesta, pidiéndome que me deshaga de ustedes, que deje de albergar subversivos en la curia´. Nosotros nos quedamos asombrados de que él nos dijera eso. Después supimos que era real, que Primatesta le pedía que no albergara subversivos”, refrendó la mujer y agregó que poco después el sacerdote brasileño les recomendó no volver al país.

Por la mañana declaró el periodista y escritor Mariano Saravia, director de Radio Nacional Córdoba y autor del libro “La sombra azul”, sobre la historia de Luis Urquiza: el policía del D-2 que fue baleado y torturado por sus propios compañeros por negarse a inflingir tormentos. Un hombre que ya dio su testimonio en éste juicio. Saravia detalló los lazos que unieron al imputado Carlos “Tucán” Yanicelli, de la Gestapo cordobesa, con el entonces ministro de gobierno de Ramón Mestre, Oscar Aguad, quien lo había nombrado jefe de la policía en 1994. A raíz de la publicación del libro en el que precisó el modus operandi de la policía local durante la dictadura, Saravia fue amenazado e intimidado en varias oportunidades al punto de, entre otras cosas, tener que cambiarse de casa.

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Viernes 22 de octubre 2010

Nuevas denuncias contra jueces en el juicio oral a Videla

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

Luis Reinaudi, un reconocido abogado de esta provincia, aportó otra mancha a la actuación de la justicia Federal cordobesa durante la última dictadura, en el juicio que aquí se les lleva a los represores Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros 29 acusados por delitos de lesa humanidad.

Reinaudi fue defensor de José Cristian Funes, un obrero metalúrgico de 24 años que fue fusilado en la UP1, el 30 de junio de 1976, en un supuesto “intento de fuga”, junto a Marta Rosetti de Arquiola. Dos años después, el propio Reinaudi fue secuestrado, torturado y llevado al campo de concentración de La Perla.

“Ejercí una defensa dolorosamente ineficaz, porque lo mataron”, afirmó con pesar el testigo, y contó su propio trajín “de joven abogado” desde la cárcel UP1, donde Funes estaba detenido e incomunicado, y el Juzgado Federal Nº 1 de aquél entonces. “Los policías no me dejaban hablar con Cristian. Repetían que estaba incomunicado. Y en el juzgado me aseguraban que no pesaba sobre él incomunicación alguna”. Reinaudi pidió varias veces en el juzgado que le extendieran un certificado o que, incluso, lo acompañaran a la prisión para que los carceleros accedieran a que tuviera contacto con el detenido. “A este muchacho lo deben estar matando”, alegaba. Pero “la entonces secretaria civil (y ex jueza Federal) Cristina Garzón de Lascano, “que entraba y salía del despacho del juez (el ya muerto Adolfo Zamboni Ledesma) me dijo que “nada podían hacer”.

La insistencia de Reinaudi logró que el 15 de marzo, le tomaran declaración a su defendido en el juzgado. Allí otro bochorno: “No estaban presentes ni el juez, ni el secretario (Carlos Otero Álvarez); sino un escribiente de apellido Giraudo que, ni siquiera pudo convencer a los policías de la custodia que le sacaran las esposas a Funes para que firmara su propia declaración”.

Fue el padre del preso político quien, meses después, llegó una tarde al diario Córdoba   donde Luis Reinaudi era periodista, el que le avisó que habían matado a Cristian.

Miembro del Colegio de Abogados de Córdoba, y afiliado al Partido Comunista, el 21 de septiembre de 1978 Luis Reinaudi fue secuestrado por una patota que asaltó  “revolvió y saqueó mi casa frente a mis dos hijos y a mi esposa”. Lo llevaron a La Perla. Reinaudi fue interrogado por “un tal Vega” (Héctor Vergés) y por (Guillermo) Barreiro. Una semana después lo cargaron en un camión esposado y tabicado y le anunciaron que iba “al pozo, al muere”. No fue así: lo llevaron a la UP1, donde se encontró con varios de sus colegas, también defensores de presos políticos: Salomón Gerchunoff, Roberto Yankilevich y Carlos Hairabedián.

Meses más tarde y en “un vuelo espantoso, esposados a una cadena,  tabicados y hacinados en la panza de un Hércules que llegaron a abrir para simular que nos iban a tirar”, llegaron a La Plata. Lo liberaron en Caseros el 6 de septiembre de 1979.

Cuando uno de los fiscales le preguntó qué había hecho el Colegio de Abogados por él y sus colegas, Reinaudi afirmó que “el entonces presidente (Enzo) Bearzotti hizo gestiones individuales ante Menéndez y (el arzobispo) Raúl Primatesta, pero nada como institución.  No lo cuestiono a él, sino a su criterio. “Creo que hizo mucho más la valentía del entonces director del diario La Voz del Interior Jorge Remonda, que publicó de inmediato nuestros secuestros”.

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Miércoles 10 de noviembre de 2010.

Militares rompen el pacto de silencio por un crimen

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal

“Hago responsable de haberme arruinado la vida a los 20 años al Ejército Argentino que me envió a un lugar (la UP1) para el cual yo no estaba preparado (…) También digo, escuchando las declaraciones del (teniente Pedro) Mones Ruiz, que la responsabilidad no se delega, se asume. Que el cabo no es culpable de todo”.

Así, de un tirón, y con los nervios de punta, el cabo Miguel Ángel Pérez, el hombre que fusiló de un balazo a quemarropa en la cara al estudiante de periodismo Raúl “Paco” Bauducco el 5 de julio de 1976, frente a otros 300 presos políticos, le respondió a su otrora “superior” quien, en audiencias anteriores y ayer mismo en una recorrida por la cárcel de San Martín –ex UP1– le echó todas las culpas del crimen con más testigos de la historia de Córdoba. Mones Ruiz repitió una y otra vez que él no estuvo en el patio en el momento del asesinato.

Sin embargo, más de cuarenta testigos que declararon en el juicio dieron fe de que ése día, el propio Mones Ruiz, le habría dado “la venia” para que matara a Bauducco cuando éste no podía levantarse del piso luego de un atroz golpe en la cabeza que lo dejó casi desvanecido.

Quebrado y nervioso Pérez se defendió de la acusación diciendo que “se le escapó un tiro por accidente” –una hipótesis que abonó su ex jefe y el también militar Vidente Meli–; y que todo este tiempo mintió “sobre éso de que Bauducco me había querido arrebatar el arma porque así me dijeron que lo diga. Pero no es justo seguir con eso: encima de víctima, lo quieren hacer culpable de algo que no había hecho”, argumentó intentando aliviar una eventual condena a cadena perpetua.

Algunas horas antes de la declaración de Pérez, tres penalistas adelantaron a Clarín “la bronca” del imputado quien, cuando Mones Ruiz “lo dejó pegado diciendo que él no dio la orden de muerte porque no estaba en el patio”, separó su defensa de la de su ex teniente.

“A mí me arruinaron la vida. Y mi situación en la cárcel es distinta a la de ellos que sí son los responsables de lo que pasó en el país”, recriminó; haciendo más visibles las grietas que, al calor del final del juicio, se vienen abriendo entre los superiores y sus subordinados. El caso de Mones Ruiz y Pérez es emblemático: el primero en romper el pacto de silencio es un teniente; en tanto que el cabo se hunde sin el piso de una obediencia debida hecha añicos.

Otro dato: Pérez pidió perdón a la familia de la víctima. “Quiero perdirle perdón a Diego y a la señora Dorys de Bauducco por haberles arruinado la vida”, dijo, convirtiéndose en el primer represor que lo hace en los tres juicios por delitos de lesa humanidad que se han desarrollado en Córdoba desde 2008.

Mientras, y desde el banquillo de los acusados, el ex dictador Jorge Rafael Videla, quien asumió “todo lo hecho” durante el Terrorismo de Estado, y hasta llegó a jactarse admitiendo: “Fuimos crueles, pero no sádicos”; está viendo saltar por los aires las esquirlas de la obediencia debida que aún le quedaban a su “ejército victorioso”.

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Miércoles 17 de noviembre.

En el juicio a Videla comienzan los alegatos

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal

En el clima de sálvese quien pueda previo al comienzo de los alegatos del juicio contra el ex dictador Jorge Rafael Videla y otros 30 imputados, el represor Luciano Benjamín Menéndez pidió la palabra para desautorizar un documento militar que lo incrimina y que –el 14 de septiembre– publicó Clarín en exclusiva.

“Se me adjudican expresiones que no son mías. Se trata de un escrito en un papel sin membrete”, dijo, refiriéndose a dos fojas del Comando en Jefe del Ejército (CJE) de junio de 1978, en el cual se relata cómo el entonces teniente Gustavo Adolfo Alsina estaqueó hasta la muerte al médico René Moukarzel el 14 de julio de 1976.

Según Menéndez, “en el centro de ese papel, dice que ´elteniente Alsina al preso lo estaqueó, lo mojó y luego falleció´.Yo nunca he dicho eso. Siempre consideré al Teniente Alsina ajeno a la muerte de Moukarzel”, lo defendió.

La breve argumentación del ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército tiene su eje en la importancia del documento: es nada más ni nada menos que la confirmación militar de que el crimen existió. De hecho,  a Alsina le dieron tres meses de suspensión por el asesinato.

Según dijo a este diario el fiscal Maximiliano Hairabedián, “ese documento es una de las pruebas más contundentes que existen por los crímenes cometidos en la ex UP1”.

Si bien los reos están acusados de haber torturado y fusilado a 31 presos políticos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN), hay tres asesinatos que se destacan por la cantidad de testigos presenciales, la saña con que fueron cometidos,y de los cuales ahora todos están tratando de despegarse: el de Raúl “Paco” Bauducco que presenciaron más de 300 presos en el patio de la prisión, el 5 de julio de 1976, y por el cual se rompió el pacto de silencio cuando el ex teniente Pedro Mones Ruiz acusó al cabo Miguel Angel Pérez; el fusilamiento de Miguel Hugo Vaca Narvaja, Higinio Toranzo y Gustavo de Breuil –a cuyo hermano, Alfredo, dejaron vivo “para que lo cuente en la prisión”–; y la matanza de Moukarzel.

El martes 23  los abogados querellantes María Elba Martínez y Hugo Vaca Narvaja iniciarán la etapa de los alegatos.

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Miércoles, 24 de noviembre de 2010.

Córdoba: Arrancaron los alegatos

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal

Aún cuando a cada rato se dormía sobre su silla, el ex dictador Jorge Rafael Videla escuchó ayer los primeros alegatos en su contra; mientras que el represor Luciano Benjamín Menéndez dio un nuevo parte de enfermo –“neumopatía doble”, según el  diagnóstico– y sólo regresará para los alegatos de los fiscales.

Los querellantes María Elba Martínez  y Hugo Vaca Narvaja, ocuparon toda la jornada: ambos representan 13 víctimas de la UP1, y a Luis Urquiza, el policía que fue torturado por sus propios compañeros, en la D-2, la Gestapo cordobesa, entre otros.

Nombre por nombre, Martínez fue desgranando las pruebas aportadas por los 110 testigos en las 51 jornadas del juicio que comenzó el 2 de julio. “Cada salida de la UP1 era una muerte abstracta”, dijo la penalista, en referencia a los fusilamientos que llamaban “ley de fugas”. Sobre este punto, destacó que  “a los militares les desestabilizó la naturaleza de los crímenes” de Raúl Bauducco, fusilado a quemarropa ante más de 300 testigos; y el estaqueamiento del médico René Moukarzel, torturado hasta la muerte en el patio de la cárcel, “porque desvirtuaba” lo que ellos querían hacer creer: que los presos políticos morían en supuestos enfrentamientos armados cuando sus compañeros querían rescatarlos.

Así, se escucharon las historias de vida y el final común de Luis Verón, Ester “Tati” Barberis –quien tenía sólo 19 años–,  Mirta Abdón de Maggi y Luis Verón. La abogada se quebró y debió pedirle ayuda a Vaca Narvaja para leer la carta de Rosa, la novia de Claudio Zorrilla, uno de los fusilados, en la que contó su última noche con él: “Oíamos a los presos comunes que cantaban mientras hacían el pan. De pronto el mundo se paralizó cuando la marcha militar quebró el silencio. El comunicado número 1. No dormimos en toda la noche, teníamos el presentimiento de que nunca más nos veríamos. Nunca más íbamos a compartir nuestros sueños. El último abrazo, chau´. Esta fue la última vez que un familiar vio con vida a Claudio, lo asesinaron el 19 de junio de 1976 y tenía sólo 21 años”, leyó el abogado.

Con el peso de su historia, fue Hugo Vaca Narvaja quien protagonizó uno de los momentos más estremecedores de ayer: en nombre de su propio padre Miguel Hugo Vaca Narvaja, fusilado el 12 de agosto de 1976; trazó un perfil de su progenitor y señaló a los dos principales imputados por el crimen: Osvaldo César Quiroga y Francisco D´Aloia. Vaca Narvaja padre tenía sólo 35 años cuando lo mataron junto a Higinio Toranzo y a Gustavo De Breuil. La prueba sobre su fusilamiento es demoledora: los asesinos dejaron vivo a Alfredo De Breuil, hermano de Gustavo,  “para que volviera y lo contara en la cárcel”. Cosa que no sólo hizo entonces; sino ahora, ya que fue uno de los principales testigos de este juicio.

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30 de noviembre de 2010

Los fiscales piden hoy la condena de Videla

Córdoba. Corresponsal.

“Seguramente se pedirán condenas duras, ya que los hechos están probados y acreditados”, le dijo ayer a Clarín, Maximiliano Hairabedián, uno de los dos fiscales que alegarán hoy en el juicio que se lleva adelante en Córdoba a los represores Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros 29 cómplices por la tortura y el fusilamiento de 31 presos políticos.

“Videla y Menéndez han asumido la responsabilidad ; y ningún imputado ha negado seriamente que los hechos se hayan producido”, dijo. El fiscal agregó que “se ha acreditado incluso el estaqueamiento, castigo y muerte de un preso, René Moukarzel, por parte de (el ex teniente Gustavo Adolfo) Alsina. La prueba sobre este asesinato, como en el caso de (Raúl) Bauducco (el crimen con más testigos de la historia de Córdoba), es abrumadora”.

A su turno, los abogados querellantes solicitaron “cadena perpetua en cárcel común” para el máximo jerarca de la última dictadura militar. En uno de los pasajes más incómodos para Videla desde que comenzó el juicio, el abogado Elvio Zanotti aludió a las palabras que pronunció el represor cuando igualó a su “ejército victorioso” con el sanmartiniano: “Estoy convencido señor juez, de que si San Martín los hubiese juzgado los hubiese fusilado”.

Con tono suave pero firme, el querellante siguió: “Afortunadamente ya no hay pena de muerte, este es un tribunal civil y San Martín descansa en paz sin haber derramado sangre argentina, como sí lo hizo el ejército comandado por este hombre”. Irritado, con el rostro descompuesto,Zanotti fue al último querellante al que Videla escuchó en la sala.

Antes, la penalista María Elba Martínez -quien lleva causas contra el terrorismo de Estado desde hace 28 años-, acompañada de Hugo Vaca Narvaja (h) -cuyo padre fue torturado y fusilado en la UP1-, todavía pudieron mirarle a la cara cuando solicitaron perpetua para él, Menéndez, otros once militares y siete policías.

Por su parte, Claudio Orosz -quien ya ha recibido dos amenazas de muerte durante el juicio- citó a Hanna Arendt en su libro sobre Eichmann: “Estos  delitos fueron cometidos en masa no sólo en víctimas (…) el grado de responsabilidad aumenta a medida que nos alejamos de quien sostiene en sus manos el instrumento fatal”.

El veredicto se conocerá el 21 de diciembre.

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Martes 30 de noviembre de 2010. Clarín on-line  17:32

Juicio a Videla: el pedido de condena recién se conocera el jueves

Se debe a que uno de los abogados defensores no pudo estar presente en la audiencia de hoy debido a la muerte de un familiar. El fiscal anticipó que “se pedirán condenas duras, ya que los hechos están probados y acreditados”.

Por Marta Platía, corresponsal en Córdoba

Por la muerte de un familiar de un abogado defensor que no pudo estar presente en la audiencia, los pedidos de condenas de los fiscales Maximiliano Hairabedián y Carlos Gonella, se concretarán recién el próximo jueves y no hoy, como estaba previsto.

En tanto, y a poco de su exposición, el fiscal Hairabedián le adelantó a éste diario que “la prueba que se ha recibido demuestra que los hechos existieron, están probados y por lo tanto se solicitarán penas duras. Tanto es así que Videla y Menéndez han asumido la responsabilidad; y ningún imputado ha negado seriamente que los hechos se hayan producido”.

Hairabedián apuntó que “se ha acreditado incluso el estaqueamiento, castigo y muerte de un preso, René Moukarzel, por parte de (el ex teniente Gustavo Adolfo) Alsina. La prueba sobre este asesinato, como en el caso de (Raúl) Bauducco (el crimen con más testigos de la historia de Córdoba), es abrumadora”.

La megacausa que ha entrado en su fase final, y cuya sentencia sería el 21 de diciembre; tiene como protagonistas a los represores Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros 29 cómplices, que están acusados de torturar y fusilar, aplicándoles lo que llamaban “ley de fugas”, a 31 presos políticos a disposición del Poder Ejecutivo en una cárcel cordobesa entre mayo y octubre de 1976. A lo largo de 51 jornadas en las que declararon 110 testigos, estos son algunos de los testimonios que más comprometen a los represores:

Enrique Asbert. Actual legislador provincial. Era uno de los 300 prisioneros presentes en la requisa en la que el cabo Miguel Ángel Pérez, con el asentimiento de Pedro Mones Ruiz, fusiló a quemarropa a Raúl Bauducco, el 5 de julio de 1976. Contó además cómo fingió una enfermedad para que lo llevaran con un médico de la prisión que era amigo de su esposa. En su boca llevaba “un caramelito”—en la jerga carcelaria un mensaje envuelto– que le deslizó en un bolsillo para que su mujer se lo entregase a Monseñor Francisco Primatesta. Ese mensaje atravesó los muros del penal y llegó, incluso, a manos de Rodolfo Walsh, quien denunció el fusilamiento de Hugo Vaca Narvaja en su legendaria “Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar”. Walsh, incluso, había dado a conocer el asesinato de Bauducco en un cable de su Agencia de Noticias Clandestina, ANCLA, de fechado en Buenos Aires el 27 de agosto de 1976.

Luis “Vittín” Baronetto. Entre otros crímenes, fue testigo junto a Enrique Asbert, de la golpiza que dejó cuadripléjico a Pablo Balustra a quien luego fusilaron aduciendo que quiso fugarse. A la esposa de Baronetto, Marta Juana González, la asesinaron poco después de parir a su bebé en cautiverio.

Fermín Rivera. Hizo uno de los testimonios más completos del juicio. Lo habían dejado hemipléjico en una sesión de tortura, y desde su camilla de la enfermería del penal, pudo ver cómo Alsina le negó al enfermero Fonseca asistir a Moukarzel, y cómo “lo remató a culatazos”.

Julio Fonseca, enfermero. Contó que Alsina le dijo en la mañana del 14 de julio de 1976: “Venga que estamos matando a Moukarzel”, y que lo torturó durante todo el día. Dio fe de cómo “le saltó encima del pecho hasta rematarlo mientras se reía como un loco”.

Rosario Miguel Muñoz  “Charo”. Describió cómo fue estaqueada y torturada por Alsina pocos días antes de que éste hiciera lo mismo con Moukarzel. La mujer denunció que la sodomizaron en la D-2, e hizo una presentación aparte en la Justicia.

Eduardo Alfredo De Breuil. Relató cómo en un “traslado” por el cual están imputados los ex militares Osvaldo César Quiroga y Francisco D´Aloia, los represores tiraron una moneda al aire para ver si lo dejaban con vida a él o a Gustavo, su hermano menor. Luego del fusilamiento, Alfredo fue obligado a ver los cuerpos acribillados de Hugo Vaca Narvaja, Higinio Toranzo y el de su hermano, “para que vuelva a la cárcel y cuente que eso nos iba a pasar a todos”.

Carlos Esteban, coronel retirado. Declaró, ante el estupor de Videla y Menéndez, que él “nunca supo de ataques a los convoyes donde se trasladaba a los prisioneros”, derrumbando así una de las principales coartadas de los represores, que siempre sostuvieron que los presos políticos morían en las balaceras que se producían cuando supuestos comandos guerrilleros intentaban rescatarlos.

A estas voces se suman en la valoración de los fiscales, los testimonios de Soledad García –que increpó cara a cara a Videla cuando le tocó declarar–; Gerardo Otto, quien enfrentó a Mones Ruiz en la recorrida de la UP1 ni bien éste intentó negar su participación en el crimen de Bauducco; y el de Roberto Aballe, actual ministro de Juan Schiaretti, y de Rosario de Balustra, la esposa de Pablo Balustra, a quien le aplicaron la “ley de fugas” aún cuando lo habían dejado cuadripléjico; entre otros.

-Algunos de los aspectos que quedaron al descubierto en éste juicio, fue la complicidad de algunos funcionarios de la Justicia y miembros de la Iglesia católica. En el plano judicial,  fueron reveladores los testimonios de la abogada María Teresa Sánchez, a quien su defensor de entonces, Eduardo Luis Molina, le pedía favores sexuales a cambio de representarla; y el del también abogado Luis Reinaudi, quien denunció cómo mientras defendía a Cristian Funes, uno de los fusilados en la UP1, no fue auxiliado por el entonces juez Adolfo Zamboni Ledesma. Pocos meses después de que mataron a Funes, el propio Reinaudi fue detenido y torturado por la dictadura militar.

http://www.clarin.com/politica/Juicio-Videla-condena-conocera-jueves_0_381562107.html

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Miércoles, 1º de diciembre de 2010.

Polémica por el pedido de absolución de un militar

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

Aunque se esperaba que los fiscales Maximiliano Hairabedián y Carlos Gonella pidieran ayer duras condenas para los represores Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros 29 imputados por crímenes de lesa humanidad; la muerte de un familiar de uno de los abogados defensores que no pudo estar presente en la audiencia postergó el pedido de la fiscalía para este jueves.

De todos modos, Hairabedián adelantó en su detallada, prolija exposición, que pedirá duras condenas para los militares, y hasta una absolución “por falta de certeza” para el militar Francisco D´Aloia: uno de los dos imputados, junto a Osvaldo César Quiroga, del asesinato de Miguel Hugo Vaca Narvaja, Higinio Toranzo y Gustavo De Breuil, el 12 de agosto de 1976.

Hernán Vaca Narvaja, uno de los hijos de Hugo –quien tenía 35 años cuando lo fusilaron– le dijo a Clarín que la acusación de la fiscalía le pareció “un bochorno, a-histórica y hasta contradictoria, ya que el propio Hairabedián afirmó en su alegato que el testimonio de Eduardo Alfredo de Breuil, que sobrevivió a la matanza de mi padre y dos compañeros, era lógico y contundente. Y él ubicó a D´Aloia en la escena del crimen. Ahora esperamos que el Tribunal no comparta su criterio”.

El fiscal comenzó su alegato señalando “las responsabilidades” del ex dictador Jorge Rafael Videla “asumidas por él mismo en este juicio”. Su rol en “la estructura del terrorismo de Estado” y apuntó que “no existen dudas en cuanto al plan estructurado de eliminación de opositores”. También encuadró jurídicamente los delitos cometidos durante ése período, como de “lesa humanidad”.

Hairabedián remarcó “las falacias sobre las comunicaciones oficiales de los fusilamientos”, en los que se los quería hacer pasar por “enfrentamientos armados con guerrilleros”, cuando se trataba de asesinatos a personas “atadas de pies y manos, tabicadas, y sin posibilidad de defensa alguna”. Se creían dioses y reducían a la nada a los detenidos. “Esa es la esencia del totalitarismo” dijo, citando a Hanna Arendt.

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Martes, 7 de diciembre de 2010.

Juicio a Videla: nuevas amenazas contra los testigos

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

“Antes de la sentencia del 21, nos vamos a liquidar a uno”, amenazó una voz en el teléfono a un testigo y ex preso político del juicio que se le sigue en Córdoba a los represores Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros 29 cómplices del terrorismo de Estado.

Esta nueva amenaza se sumó a las dos padecidas por el abogado querellante Claudio Orosz, y hasta al mismísimo secretario de Derechos Humanos de la provincia, Raúl Sánchez. De allí que ayer el gobernador Juan Schiaretti mantuviera una reunión con entidades de Derechos Humanos y varias de las personas intimidadas, y prometiera “refuerzos en las custodias, mayor protección”, y continuar “con el compromiso con los Derechos Humanos como política de Estado”. Schiaretti aseguró además que “profundizará la investigación” en cuanto a las amenazas que se suceden desde que comenzó el juicio, el 2 de julio.

En diálogo con Clarín, Raúl Sánchez fue mucho más directo: “Nosotros como gobierno hemos hecho tareas de inteligencia y estamos en condiciones de afirmar que uno de los principales responsables de las amenazas es Carlos (“Tucán”) Yanicelli, quien fuera segundo jefe de la policía cordobesa hasta mitad de los ´90”. De hecho, Yanicelli debió renunciar en medio de un escándalo en 1997, cuando el ex policía Luis Urquiza –torturado durante la dictadura y testigo en este juicio– lo denunció como integrante del D-2.

Yanicelli había sido ascendido como Jefe de Inteligencia por el entonces Ministro de Asuntos Institucionales de Ramón Mestre, el actual diputado Oscar Aguad.

Siempre en esa línea, Sánchez denunció que “Yanicelli sigue conspirando, actuando desde la cárcel, ya que todavía tiene adeptos entre las filas policiales”. Por su parte, Claudio Orosz contó a este diario que “a los mensajes que le dejaron a mi padre –una  amenaza de muerte el 5 de julio y un panfleto nazi hace tres semanas— ahora me dejaron volantes en la playa de estacionamiento donde guardo el auto. Parece claro: ante la proximidad de una sentencia condenatoria muy fuerte, reaccionan como ellos saben, con violencia”.

El juicio a Videla continuará hoy con los alegatos de los abogados defensores.

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Jueves 9 de diciembre, 2010.

Videla: las defensas apelan a la teoría de los dos demonios

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

La desacreditación de los testimonios de los sobrevivientes; la revitalización de la llamada “teoría de los dos demonios”; la negación de que los crímenes cometidos durante el terrorismo de Estado sean delitos de lesa humanidad; o la directa negación de que esos crímenes hayan sido cometidos, son el denominador común de los alegatos de los defensores en el juicio al ex dictador Jorge Rafael Videla.

Ernesto Gaudín, el penalista que representa entre otros, a Carlos “Tucán” Yanicelli –ex miembro de la D-2, la Gestapo cordobesa– fue paradigmático. Según su hipótesis, su defendido no cometió delitos de lesa humanidad, sino “delitos comunes que ya prescribieron por el tiempo transcurrido”. De allí que pidió la nulidad de la imputación y la absolución del reo. También adujo –a pesar de lo abrumador de la prueba– “falta de certezas”.

Julio Deheza, el defensor de los represores Víctor Pino Cano y Juan Húber, se ocupó de desacreditar lo dicho por los 110 testigos que pasaron por el juicio desde el 2 de julio. Deheza afirmó que “la mayoría de los testimonios son inverosímiles”; y hasta se preguntó si “realmente han existido estos hechos en la UP1”, provocando murmullos y malestar en la sala donde estaban presentes algunos de los sobrevivientes de las torturas en ésa cárcel, entre abril y octubre de 1976. Mientras, Videla dormía, ajeno y placido, con la cabeza echada hacia atrás como si estuviera en el living de su casa ante una película aburrida.

El defensor, como viene ocurriendo con casi todos sus colegas, pidió entonces la absolución para sus clientes en un rápido punteo: “Primero, no participaron en lo que se les imputa. Segundo, no existieron los hechos. Y tercero, si existieron, se trató de severidad en el tratamiento carcelario y no de tormentos”. ¿Vejaciones a las mujeres? Admitió que sí, que “pudieron haber ocurrido”, pero no las enmarcó como torturas.

Tanto él como los defensores Leguiza y Gaudín, coincidieron en tachar de “quebrado, colaboracionista y mendaz” al testigo Carlos Raimundo “Charlie” Moore: el hombre que sobrevivió seis años en la D-2, y declaró por videoconferencia desde Londres. Una figura clave que, en su momento, el fiscal Carlos Gonella se encargó de definir –y defender– como “una víctima a la que se quebró mediante la tortura, y cuyo testimonio es tan válido como el de cualquier víctima”. Adelantándose a lo que esgrimirían las defensas, el fiscal razonó: “Si el hombre fue quebrado en su voluntad, es que fue torturado. Y si fue torturado, hubo quienes lo hicieron”.

Ayer Osvaldo Viola –quien representa a Carlos Poncet y al estaqueador Gustavo Adolfo Alsina– aportó su particular visión de la “teoría de los dos demonios” que durante décadas ha intentado negar el terrorismo de Estado: “Para mí no son dos demonios sino uno con dos manos. Con la izquierda, el demonio disuelve; con la derecha, consolida” dijo, ante el estupor de la audiencia.

Los defensores también pusieron en tela de juicio, la teoría del dominio del hecho del alemán Claus Roxin en la cual se basaron las sentencias del Juicio a las Juntas de 1985, y los cuatro procesos que se le llevaron a Luciano Benjamín Menéndez aquí y en Tucumán.

Una teoría que esgrimió el jueves pasado el fiscal Maximiliano Hairabedián, cuando pidió cadena perpetua para Videla, Menéndez y otros 16 imputados. Sólo que Hairabedián tuvo un argumento extra: las propias declaraciones del ex dictador cuando, durante éste juicio, se atribuyó “la responsabilidad por todo lo actuado” durante la última dictadura militar: nada más ni nada menos que la admisión de una culpabilidad que hasta ahora, jamás había expresado.

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Para hoy y mañana, respectivamente, están previstos los alegatos de Natalia Bazán, la defensora oficial del ex dictador Jorge Rafael Videla; y Alejandro Cuestas Garzón: el abogado del represor Luciano Benjamín Menéndez. Bazán es una joven profesional nacida en La Rioja en 1975. Fue designada por la Defensoría General de la Nación, ya que Videla, al desconocer a la Justicia civil para su juzgamiento, no contrató defensor particular. Una actitud que, en su momento, tuvo también Menéndez a quien en el juicio de 2008, por la causa “Brandalisis”, lo representó de oficio también una joven abogada, Mercedes Crespi. Pero tal vez la primera de sus –ya cuatro– condenas a prisión perpetua en cárcel común, lo llevó a revalorizar la Justicia Federal, y en los dos últimos juicios en ésta provincia contrató al reconocido penalista Cuestas Garzón.

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Jueves 9 de diciembre, 2010.

Videla: las defensas apelan a la teoría de los dos demonios

Videla, en Córdoba, escuchando el alegato de los defensores

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

La desacreditación de los testimonios de los sobrevivientes; la revitalización de la llamada “teoría de los dos demonios”; la negación de que los crímenes cometidos durante el terrorismo de Estado sean delitos de lesa humanidad; o la directa negación de que esos crímenes hayan sido cometidos, son el denominador común de los alegatos de los defensores en el juicio al ex dictador Jorge Rafael Videla.

Ernesto Gaudín, el penalista que representa entre otros, a Carlos “Tucán” Yanicelli –ex miembro de la D-2, la Gestapo cordobesa– fue paradigmático. Según su hipótesis, su defendido no cometió delitos de lesa humanidad, sino “delitos comunes que ya prescribieron por el tiempo transcurrido”. De allí que pidió la nulidad de la imputación y la absolución del reo. También adujo –a pesar de lo abrumador de la prueba– “falta de certezas”.

Julio Deheza, el defensor de los represores Víctor Pino Cano y Juan Húber, se ocupó de desacreditar lo dicho por los 110 testigos que pasaron por el juicio desde el 2 de julio. Deheza afirmó que “la mayoría de los testimonios son inverosímiles”; y hasta se preguntó si “realmente han existido estos hechos en la UP1”, provocando murmullos y malestar en la sala donde estaban presentes algunos de los sobrevivientes de las torturas en ésa cárcel, entre abril y octubre de 1976. Mientras, Videla dormía, ajeno y placido, con la cabeza echada hacia atrás como si estuviera en el living de su casa ante una película aburrida.

El defensor, como viene ocurriendo con casi todos sus colegas, pidió entonces la absolución para sus clientes en un rápido punteo: “Primero, no participaron en lo que se les imputa. Segundo, no existieron los hechos. Y tercero, si existieron, se trató de severidad en el tratamiento carcelario y no de tormentos”. ¿Vejaciones a las mujeres? Admitió que sí, que “pudieron haber ocurrido”, pero no las enmarcó como torturas.

Tanto él como los defensores Leguiza y Gaudín, coincidieron en tachar de “quebrado, colaboracionista y mendaz” al testigo Carlos Raimundo “Charlie” Moore: el hombre que sobrevivió seis años en la D-2, y declaró por videoconferencia desde Londres. Una figura clave que, en su momento, el fiscal Carlos Gonella se encargó de definir –y defender– como “una víctima a la que se quebró mediante la tortura, y cuyo testimonio es tan válido como el de cualquier víctima”. Adelantándose a lo que esgrimirían las defensas, el fiscal razonó: “Si el hombre fue quebrado en su voluntad, es que fue torturado. Y si fue torturado, hubo quienes lo hicieron”.

Ayer Osvaldo Viola –quien representa a Carlos Poncet y al estaqueador Gustavo Adolfo Alsina– aportó su particular visión de la “teoría de los dos demonios” que durante décadas ha intentado negar el terrorismo de Estado: “Para mí no son dos demonios sino uno con dos manos. Con la izquierda, el demonio disuelve; con la derecha, consolida” dijo, ante el estupor de la audiencia.

Los defensores también pusieron en tela de juicio, la teoría del dominio del hecho del alemán Claus Roxin en la cual se basaron las sentencias del Juicio a las Juntas de 1985, y los cuatro procesos que se le llevaron a Luciano Benjamín Menéndez aquí y en Tucumán.

Una teoría que esgrimió el jueves pasado el fiscal Maximiliano Hairabedián, cuando pidió cadena perpetua para Videla, Menéndez y otros 16 imputados. Sólo que Hairabedián tuvo un argumento extra: las propias declaraciones del ex dictador cuando, durante éste juicio, se atribuyó “la responsabilidad por todo lo actuado” durante la última dictadura militar: nada más ni nada menos que la admisión de una culpabilidad que hasta ahora, jamás había expresado.

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Para hoy y mañana, respectivamente, están previstos los alegatos de Natalia Bazán, la defensora oficial del ex dictador Jorge Rafael Videla; y Alejandro Cuestas Garzón: el abogado del represor Luciano Benjamín Menéndez. Bazán es una joven profesional nacida en La Rioja en 1975. Fue designada por la Defensoría General de la Nación, ya que Videla, al desconocer a la Justicia civil para su juzgamiento, no contrató defensor particular. Una actitud que, en su momento, tuvo también Menéndez a quien en el juicio de 2008, por la causa “Brandalisis”, lo representó de oficio también una joven abogada, Mercedes Crespi. Pero tal vez la primera de sus –ya cuatro– condenas a prisión perpetua en cárcel común, lo llevó a revalorizar la Justicia Federal, y en los dos últimos juicios en ésta provincia contrató al reconocido penalista Cuestas Garzón.

http://www.clarin.com/politica/Videla-defensas-apelan-teoria-demonios_0_386961336.html

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Viernes, 10 de diciembre de 2010.

En Córdoba pidieron la absolución de Videla


Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

A exactos 25 años de que se lo condenara a cadena perpetua en el histórico Juicio a las Juntas, la defensora de oficio de Jorge Rafael Videla pidió su absolución “de todos los delitos que se le acusan” apelando al principio de “cosa juzgada” que, según argumentó, ocurrió cuando el ex dictador fue condenado junto a los otros ex comandantes.

Vestido con un saco claro, camisa rosada y una corbata roja, el represor no perdió palabra de la joven penalista Natalia Bazán –designada por la Defensoría General de la Nación— quien hizo una prolija, ajustada defensa técnica.

Bazán arrancó admitiendo la inminente, eventual condena de su defendido –de hecho los fiscales y las querellas pidieron cadena perpetua—, por lo que se apuró a plantear la supuesta “inconstitucionalidad de la prisión perpetua”. Dijo que “si bien en la Argentina no existe la pena de muerte; por la edad que tienen (los reos) se los está condenando hasta que se mueran”.

La abogada no negó que en la dictadura liderada por Videla haya existido “un plan sistemático de exterminio, lo que integra un delito continuado”; pero de inmediato se amparó en las causa 13 del Juicio a los Comandantes, “la causa Bártoli” en la cual Videla fue absuelto, para esgrimir “la cosa juzgada”.

En cuanto al hecho principal por el que Videla está sentado en el banquillo de los acusados en Córdoba, el secuestro, tortura y fusilamiento de 31 presos políticos a disposición del PEN entre abril y octubre de 1976, cuando él era el presidente de facto, Bazán optó por la negación y la traslación de la culpa.

Afirmó que “no es tan así que estuviesen a disposición del PEN (ergo, de Videla); sino que hubo algún grado de participación de la Justicia (Federal) en todo eso”. En este punto, la defensora prefirió seguir la misma cómoda, trillada senda de varios de sus colegas y no pocos imputados: echarle la culpa a la desidia –cuando no complicidad— de gran parte de la justicia Federal de entonces; y liberar así de culpa y cargo a quien era el jefe del Poder Ejecutivo.

Ayer fue un día extraño para Videla: a 25 años del Juicio a las Juntas —y con 85 sobre el cuerpo—, una mujer nacida a mitad de los ´70 bregó por su absolución designada por la Justicia de un gobierno democrático.

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Sábado, 11 de diciembre de 2010.

Reclamaron la absolución de Menéndez en Córdoba

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal

El abogado defensor de Luciano Benjamín Menéndez pidió la absolución del represor por “la violación al derecho de su juez natural”; la supuesta “direccionalidad de la instrucción del juicio” (por parte de la ex jueza Cristina Garzón de Lascano); “el principio de cosa juzgada, y la prescripción de la acción penal por el paso del tiempo” ya que –al igual que sus colegas– consideró los crímenes cometidos en la UP1, como “comunes” y no de lesa humanidad.

El ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército –quien no asistía a la audiencia desde el alegato del fiscal Maximiliano Hairabedián el jueves pasado–, lo escuchó hombro a hombro con el ex dictador Jorge Rafael Videla.

Ambos asintieron cuando Cuestas Garzón arguyó que “existe contra mi defendido una verdadera persecución judicial”, y calificó a la Argentina “como un país zigzagueante en el que no podemos tener seguridad jurídica. A mi defendido y a todos los imputados les cambian las leyes en medio del mar”. El penalista alabó el “Indulto del gobierno de Carlos Menem” que benefició a un Menéndez que, desde el 24 de julio de 2008, ya ha sumado cuatro condenas a cadena perpetua en Córdoba y Tucumán. Y culpó a Néstor Kirchner por “la reapertura de estos juicios”.

Como ya hicieron sus colegas y algunos de los imputados –especialmente los ex policías de la D-2— cuestionó la actuación de la Justicia Federal durante la dictadura: “Ellos sabían perfectamente adónde iban los presos desde la UP1, el campo de La Ribera o la D-2” acusó; e hizo blanco de sus dardos a la ex jueza Cristina Garzón de Lascano, quien instruyó los llamados “Juicios de la Verdad” y gran parte de los tres últimos, incluido el actual.

Entre otras cosas, le achacan haber sido secretaria del polémico y ya muerto juez Adolfo Zamboni Ledesma, en 1976. Un cargo que desempeñó sólo durante un mes, en reemplazo de Carlos Otero Alvarez. La estrategia no es nueva y ha sido repetida por todos los defensores: pedir la nulidad del juicio, en virtud de la intervención de la ex jueza por el supuesto “direccionamiento de la causa para encubrir y encubrirse”.

El pedido de absolución de Menéndez, se sumó a idénticas solicitudes para la totalidad de los imputados que hicieron, en masa, los defensores en esta última semana. Las sesiones se reanudarán recién el martes 21, cuando los acusados ejerzan el derecho a pronunciar sus últimas palabras antes de que –el miércoles 22– el Tribunal Oral Federal N° 1, presidido por Jaime Díaz Gavier, pronuncie el veredicto.

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Revista Ñ, viernes 24 de diciembre de 2004.
Música Popular

Entre cuarteto y folclore

Por Marta Platía
Folclore y cuarteto. Cuarteto y folclore. Esos y no otros son los ritmos que les hacen bailar el alma a los cordobeses. La banda musical de la vida de una provincia que canta desde su tonada y su humor, los andamios y los taxis. Los patios de tierra y los festivales de Cosquín y Jesús María. Y en los bailes populares de todos los fines de semana.
¿Boleros, tangos, rock, melódicos? Sí, claro, con mucho gusto. Pero para lo que de verdad cuenta, para festejar a los amigos y a la familia, para casarse —y en algunos casos, hasta para morirse— eligen los sones de la guitarra en zambas y gatos. Las palmas de las chacareras. Y el contoneo sensual y promiscuo de los cuartetos.
Y si es La Mona Jiménez, mejor. Y si Los Chalchaleros o Los Carabajal, ni hablemos. El una que sepamos todos aquí, cuando las reuniones van amaneciendo, aún las más copetudas, se desliza sin discusión hacia esos dos caminos.
En el caso del cuarteto, la historia arrancó por culpa de la mano izquierda de una mujer: la de Leonor Marzano, que en el verano de 1943, se le reveló en un baile campo afuera. Ni ella supo explicar por qué, pero empezó a machacar un tunga-tunga sobre las teclas del piano impresentable que arrastraban de pueblo en pueblo. Su papá y líder del Cuarteto Leo lo escuchó, y lo supo enseguida: la nena había descubierto algo grande.
Cuentan que para nacer, las canciones del Cuarteto Leo se aparearon con los pasodobles de los abuelos españoles y las tarantelas de los nonos gringos. Que se mezclaron también con las milongas camperas y con uno que otro acorde tanguero. Y que, como les pasó al fandango de los negros y al mismísimo tango, en sus orígenes, el cuarteto fue la abominación de ojos y oídos “cultos” que lo resistieron con recelo y a lo lejos.
Pasadas seis décadas, los cuartetos y sus adoradores se multiplicaron y crecieron. Cada fin de semana unas cien mil personas celebran en los clubes barriales el ritmo que supieron conseguir. Forman –¿sin saberlo? — un coro infinito que canta y baila en una rueda humana gigante, compacta, envuelta en sudor y sexo. Un coro que le da fuerza a las letras que hablan de pobreza, de marginalidad, de cárcel, de amores y desocupación.
Mientras tanto, no son pocos los políticos que tratan de captar a los líderes de las bandas. Los invitan a sus campañas y hasta les ponen sus nombres a los barrios —tal el caso del gobernador José Manuel de la Sota con Carlitos “La Mona” Jiménez— porque, certeros, saben de su poder sobre la gente. Un poder (al menos el político) del cual esos artistas parecen aún no tener conciencia.
La otra mitad del corazón mediterráneo es para el folclore. Y los festivales de Cosquín y Jesús María, cada enero desde hace más de cuarenta años, el momento de probar y refrescar ese amor.

Es que Córdoba, reunida en la Plaza Próspero Molina de Cosquín, vio a Jorge Cafrune llevar de la mano a la imponente Mercedes Sosa cuando los festivales recién nacían. Y cuando Mercedes subió, también de la mano, a Charly García, en el tumultuoso verano del 95.
Y a Horacio Guarany, en su infinito canto de animal festivalero, cuando presentó a su “sucesor natural”, el Chaqueño Palavecino. O al mismísimo cuarteto cruzarse con el folclore en una noche violenta de 1988, cuando los seguidores de La Mona desbordaron la Plaza.
Como cronista, viví los festivales de los últimos once años. Y compartí en Cosquín la emoción de todos cuando Los Hermanos Abalos se despidieron a pura chacarera en una noche mágica. Agitando pañuelos. En su ley.
Vi también las caras de asombro de Ariel Ramírez y Domingo Cura cuando, en una carpa de enero de 1996, una Soledad de dieciséis años sacudía por primera vez su poncho de huracán.
Y a Julio Mahárbiz (cuando todavía era Márbiz), presentando y reinando.
Y a Los Nocheros, en sus primeras noches de luna plena; y al maestro Mariano Mores, volando su risa sobre su piano de tangos inmortales. Y a Daniel Toro, desnudo de su voz de trueno, pero volviendo en su hijo.
Escuché el fraseo de Alfredo Abalos diciendo las chacareras como ninguno. Y a la dinastía Carabajal. Y el charango de Jaime Torres, profano y santo. Y a don Sixto Palavecino, con su alma quichua de violín de monte.
Sentí la alegría del baile de Juan Saavedra y el canto agreste, casi de prepo, de Gerardo López. Y, sobrevolando toda miseria y talento, la profunda sabiduría de los versos de Atahualpa Yupanqui y del Cuchi Leguizamón.
El complejo espíritu de un Cosquín que, muchas veces (¿o será siempre?), tiene las costumbres del interior de una bolsa de gatos. De gatos enojados.
Que se goza y se padece.
Pero los folcloristas lo saben: Córdoba es la plataforma para saltar al país. Aquí está el público que nunca los ha dejado solos. Que los celebra y les renueva las fuerzas. Las radios que difunden su música todos los días del año. Las peñas aromadas de empanadas y vino, y los cientos de festivales de pueblo que florecen en las sierras a cuento de todo y nada.
Sólo para escucharlos.

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Festival de Folclore de Cosquín 2011

Miércoles 2 de febrero de 2011.

Fin de fiesta

Roberto Cantos y Julio Paz, el Dúo Coplanacu en el final de Cosquín.

Marta Platía.  Córdoba. Corresponsal.

En su fin de fiesta postergado por la tormenta eléctrica del domingo, Cosquín 2011 se despidió con el fervor de peña que generó el Dúo Coplanacu, y el regalo inesperado de Dulce Pontes: la maravillosa artista portuguesa que fascinó a la Próspero Molina con su canto y su danza.

No estuvieron Los Nocheros y los Tekis –tal como se había anunciado en el momento de la suspensión del cierre– porque ambos grupos optaron por  volverse a la costa marplatense donde están presentando un espectáculo. La decisión generó malestar entre sus seguidores que se quejaron  por las radios: “Ellos deberían haberse quedado aquí. Son lo que son por Cosquín”, repetían.

El vacío que provocaron sus ausencias se notó en el comienzo de la noche: hubo que soportar por lo menos a dos cantantes de ésos a los que uno les rogaría, incluso en una fiesta familiar, que se dediquen a otra cosa. El resto siguió en ésa senda, hasta la llegada de la Delegación de España. Con la dirección del argentino Juan Carlos Cambás, tiñeron las cosas de negro a blanco con sus muñeiras, chacareras y malambos entretejidos en piano, acordeón y gaita.

Esa bella lusitana que es Dulce Pontes llegó entonces para cantar Lela: “El tema de un autor gallego que se estrenó en Buenos Aires en 1941”, explicó Cambás; y un Sólo le pido a Dios, de León Gieco, en el cual su armónica fue reemplazada por la gaita de Daniel Bellón.

En una perfecta mixtura del fado con el flamenco; la voz de Pontes parece brotar de la suma de todas las melancolías del mundo. Con su vestido anaranjado, descalzos sus pies y cascabeles atados a sus tobillos, danzó y cantó un tema del folclore portugués que envolvió a la gente en un aplauso que supo a agradecimiento.

Sencillos y de alpargatas, y con la autenticidad y la tranquilidad que son su sello distintivo, Roberto Cantos y Julio Paz, del Dúo Coplanacu, le abrieron la puerta a las chacareras y escondidos bien criollos y sin estridencias.

Alma chayera, La flor azul, Zamba alegre y Amor en las trincheras, animaron a bailar en una plaza de lunes en la que espacio era lo que sobraba. Además, como este año los “Copla” no montaron la peña que en estos últimos quince festivales se ha convertido en la favorita de los jóvenes estudiantes y músicos, el baile de la última luna, tuvo el sabor del desquite.

Una de las últimas sorpresas de este Cosquín, fueron Las cantoras del alto sol, una agrupación integrada por la Bruja Salguero, la mendocina Mónica Abraham, y Angela Irene. Deliciosas.

A la hora de los números, a la edición 51º le fue muy bien: se vendieron unas 57 mil entradas. Sólo 10 mil menos que en la fiesta del cincuentenario, y obtuvieron ganancias. Un saldo positivo en el que los subsidios nacionales y provinciales tuvieron su (gran) parte.

Gracias a la gente, y a pesar de sus propios yerros y tropiezos organizativos, el Festival más amado, odiado y deseado de ésta parte del mundo, parece latir más vivo que nunca.

Una fiesta con pros y contras

En el balance artístico, sobresalen los chilenos de Inti Illimani; el crecimiento vocal e interpretativo de Raly Barrionuevo; la portuguesa Dulce Pontes; la nobleza y solidez de artistas como León Gieco, Peteco Carabajal, Alfredo Abalos, Raúl Barboza, Luis Salinas, Teresa Parodi, Víctor Heredia, Jairo y Juan Falú. Los dúos Baglietto-Vitale, Coplanacu y Orozco-Barrientos.

Los instrumentistas de tríos como Goldman-Alvarez- López ; los cordobeses de MJC; y el armoniquista Franco Luciani. A las voces ya consagradas de Melania Pérez y Mariana Carrizo, se sumaron las de Paola Bernal, Juan Iñaki y el grupo Aymama.

La fuerza festivalera de Jorge Rojas; la simbiosis Nocheros-Tekis, el Chaqueño Palavecino y la siempre carismática Soledad Pastorutti.

-El buen nivel de los ganadores del Pre-Cosquín: un certamen que se afirma por su seriedad, y el  público de la Plaza: con sus oídos y corazón abierto ovacionó a sus ídolos de siempre, pero también supo escuchar y aplaudir –a diferencia de los primeros años de la década del ´90– a artistas y ritmos que van más allá el folclore tradicional.

-El saldo negativo corrió por cuenta de solistas y agrupaciones sobre los que cuesta explicar –fuera de  toda suspicacia— cómo llegaron al escenario folclórico más grande de Latinoamérica. A veces, menos es más.

-La extensión horaria de la fiesta y la falta de información: con unos veinte grupos por noche, artistas como el Chaqueño Palavecino, León Gieco, Illapu o Los Olimareños, subieron a las cuatro o cinco de la mañana. Para evitar que el público se convirtiera en rehén de una espera desgastante, hubiese bastado un simple gesto: que la Comisión organizadora informara a qué hora entraba cada quien.

-Infraestructura. Al Festival de Cosquín la ciudad le ha quedado demasiado chica: su hotelería, salvo excepciones, es poco menos que penosa, y este año hasta se temió por la falta de agua potable. Dos temas pendientes y en los cuales invertir parte de lo recaudado.

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Lunes 31 de enero de 2011.

La consagración de Jorge Rojas


Por Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

A seis años de su separación de Los Nocheros, Jorge Rojas se consagró el sábado como el artista más convocante del Festival de Folclore de Cosquín: más de 12 mil personas llenaron la Plaza Próspero Molina sólo para verlo.

El salteño afincado en Córdoba salió al ruedo como los grandes rockeros: acompañado desde el camarín con una cámara que lo siguió por escaleras y pasillos hasta llegar al escenario.

Vestido de negro –sólo el cuello de la camisa era blanco–, Rojas arrancó con su selección romántica: “No saber de ti” y “Sin memoria” y siguió, acompañado por el talento de sus hermanos Lucio y Alfredo, a pura chacarera y zamba. Se lució con “Para cantar he nacido” y zapateó “La sin corazón” con Lucio “el Indio” Rojas: el hermano en el que parece apoyarse para resistir el peso de la apuesta.

Visiblemente feliz, el artista parece haber llegado –por fin– a la otra orilla de un río que comenzó a cruzar, solo y a nado,  cuando en 2005 y lleno de incertidumbre, se bajó de la cumbre de Los Nocheros, que por entonces eran el grupo más exitoso y  taquillero del folclore.

Ahora, y con todas las sombras disipadas, Jorge Rojas cantó y bailó con la sonrisa de oreja a oreja; prometió un disco con sus hermanos; invitó a artistas como Gustavo Patiño, el vientista de Tilcara, y Dalmiro Cuéllar, de Bolivia, a compartir escenario, y brilló en una noche que no cualquiera.

Afuera y rodeando el gigantesco ómnibus que lo lleva de gira por todo el país, cientos de fanáticas esperaban para el autógrafo o la foto. Cosquín latía a su paso.

Mariana Carrizo, la coplera salteña fue quien le puso el pecho a la hazaña de salir después del vendaval Rojas. Uno que incluso, casi la deja sin micrófonos: “Este que tengo aquí abajo es para la caja. El otro, el del alto cielo, debe ser para Mercedes Sosa que querrá cantar conmigo desde allá” se quejó,  entre tierna y zumbona, ya que sólo mide 1,40 metro y el micrófono estaba varias cabezas más arriba.

Armada con su caja bagualera, Carrizo se apoyó en su propio carisma y las coplas chispeantes nacidas en la soledad de los cerros norteños. Para el final, cantó con Micaela Chauque, de Iruya, una refrescante versión de Doña Ubenza: el huayno que habla de una pastora de ovejas, como alguna vez lo fue ella misma.

Don Alfredo Abalos “el gran cantante, el cantor de chacareras”, como lo sabía nombrar Mercedes Sosa, enriqueció oídos y corazones con sus interpretaciones de Santiago es un chango moreno  y Quemando sueños; poco después de que Los Cuatro de Córdoba ofrendaran los clásicos locales Luna cautiva, del Chango Rodríguez, y la chacarera Del Norte cordobés.

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Festival de Cosquín. Domingo 30 de enero de 2011

Auténtico clima de peña

Raúl Barboza

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

Con la memoria del folclore impresa en sus genes, Facundo Toro logró lo que pocos: con la calidad y calidez de su concierto, consiguió que en la Plaza se viviera un clima de peña como hace mucho tiempo que no se veía.

El hijo del legendario Daniel Toro convocó en la octava luna, a Los Nombradores del Alba –a su vez  hijos de Los Nombradores, que actuaban con su padre a fines de los `60 y principios de los `70—, y juntos les rindieron un homenaje que conmovió al público.

Con su fina estampa y su larga cabellera negra, Facundo cantó valsecitos criollos, chacareras y zambas, y hasta sacó a bailar a señoras de la platea que no podían con su felicidad.

“Esta noche canta salta” y “Serenata otoñal”, fueron algunas de las elegidas para un espectáculo de una hora que dejó ganas de más. En medio de la fiesta, y desde las pantallas gigantes, llegó el saludo con la mano en alto, del autor de Zamba para olvidar: un Daniel Toro sonriente en el mirador del Cerro San Bernardo, y con la ciudad de Salta a sus pies. “En el hijo se puede volver, nuevo”, dice la letra de la Zamba para no morir de Hamlet Lima Quintana. Y pocas cosas son tan ciertas.

Raúl Barboza, con su acordeón y su inmenso talento, fue la cumbre artística la noche. Quien fuera nombrado Caballero de las Artes y las Letras de Francia, eligió “Gaúcho de Porto Alegre”, “Tren expreso” y “San Luis Gonzaga”, para su paso por este Cosquín.

Luego de él, fue todo tedio y espera del joven Luciano Pereyra, salvo las honrosas excepciones de Néstor Garnica con su violín, y del Quinteto Tiempo.

Hubo multitudinarias delegaciones de provincias que parecen contentarse en la cantidad de gente y no en lo creativo de sus propuestas; artistas que, más que cantar, perpetran temas archiconocidos o tan ignotos como ellos; y no faltaron los que parecen más preocupados en exhibir los fondos de pantalla con sus fotos-Facebook, o la dirección de sus páginas web.

Ya eran casi las tres y media de la mañana, cuando un grupo de Chaco obtuvo de la Comisión Organizadora la venia de ¡seis temas!, cuando a todas luces lo que presentaban no alcanzaba el piso del nivel del Festival. Lamentable. Más cuando a un artista de los quilates de Raly Barrionuevo se le concedieron sólo cuatro y, para el quinto, el público tuvo que rogarle a un locutor demasiado temeroso de sus jefes detrás de bambalinas.

A las cuatro de la mañana Luciano Pereyra subió, por fin, al Atahualpa Yupanqui. De traje negro, camisa blanca y corbata prolijamente desanudada, lo recibió un monolítico coro de aullidos femeninos. “Si algo le voy a agradecer a Dios y a la Virgen de Luján, es estar vivo”, dijo el muchacho que en 2010 padeció una enfermedad que hizo temer por su vida.

Como se esperaba, Pereyra les dio el gusto a sus fanáticas con su repertorio de canciones plenas de miel, sábanas y fuegos que nunca se apagan.

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Festival de Cosquín. Sábado, 29 de enero de 2011.

Soledad, para muchos

Soledad Pastorutti en Cosquín 2011

Por Marta Platía.

La hermosa mujer en la que se ha convertido Soledad Pastorutti festejó sus “15 años de  cosquines” con un encendido recital en el que repasó su repertorio “desde aquél enero de 1996”, y presentó temas de su nuevo disco: Vivo en Arequito.

“Ay –suspiró pasada la medianoche—déjenme respirar un poco. No hay nada más difícil que subirse a este escenario”. El público de la Plaza, como antes, como siempre, la recibió de pie y con sus ponchos en alto.

Con una capa a lo torero, negra y  con rosas rojas bordadas; corset de brocato carmín; pantalones oscuros ceñidos y altísimas botas de charol, la nena mimada de un Festival que la vio crecer, invirtió sus cartas y arrancó A don Ata:  el tema de Mario Alvarez Quiroga con el que, por años, cerró sus aeróbicas faenas. Esta vez fue un colorido ballet el que bailó y revoleó ponchos por ella, que sólo se dedicó a cantar.

Con soltura de conductora de tevé, Soledad fue la anfitriona de su propia fiesta que tuvo su pico emotivo con la entrada de don Orlando Veracruz: “El primer artista que me dio oportunidad de subir a un escenario grande”, recordó. Juntos cantaron “Pilchas gauchas”, un tema emblemático del santafesino quien, en el medio y casi al borde del llanto, interrogó: “¿Saben lo que es una mañana, tener ganas de cantar en una escuelita de camino a Córdoba, y encontrar entre esos guardapolvitos blancos a una niña llamada Soledad Pastorutti?”. A los dos les costó seguir. Poco después y en el largo, fuerte abrazo que se dieron, ella le susurró al oído un “te quiero, muchas gracias” que apenas pudo pronunciar, y que la gente leyó en sus labios a través de las pantallas gigantes.

Vaso con agua y después, la artista de Arequito siguió con Amarraditos; chacareras furiosas  y un par de vertiginosos chamamés que coronó con la Agitando pañuelos, la zamba de los hermanos Abalos; y Perfume de Carnaval, de Peteco Carabajal, a dúo con su hermana Natalia.

Mirándola, era imposible no volver a aquélla tarde de verano del `96, cuando César Isella avisó: “Vengan a ver lo que tengo en mi carpa”. Las caras absortas de los maestros Ariel Ramírez y Eduardo Falú, que compartían una mesa, cuando desde el fondo apareció ella: toda torbellino y frescura, para dividir la historia del Festival en un antes y un después. La pequeña, gran Soledad, armada hasta los dientes con el arma infalible de su carisma a prueba de tiempo.

Mientras la esperaban, el público aplaudió a Argentino Luna, que entonó sus clásicos “Mire qué lindo mi país paisano”, y la más reciente “Gallito del alba”; y a la Delegación de Salta que trajo entre sus representantes la hermosísima voz de Melania Pérez.

Insomnes, los peregrinos de esta Meca del folclore que es Cosquín,  siguen sin pegar un ojo al ritmo de las peñas y los guitarreros de cada esquina, al tiempo que palpitan la despedida con Los Nocheros y los Tekis al comando.

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Festival de Cosquín. Viernes 28 de enero de 2011.

Mariana Carrizo, la vengadora

Mariana Carrizo, la coplera. Foto: Daniel Cáceres

Por Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

De los ojos oscuros saltan chispas cuando se recuerda, “coplera”, en el Tren de las Nubes: “Es difícil explicárselo a alguien que no lo vivió. Pero yo cantaba con mi cajitade vagón en vagón, mientras que por las ventanas pasaban los cerros de los que habían nacido esos versos. Era todo uno, y yo era feliz” dice, amarrada con las dos manos a su gruesa trenza negra.

Da vértigo al revés charlar cara a cara con Mariana Carrizo, la coplera salteña que se robó el corazón de Cosquín ni bien llegó en 2004: pequeñísima, de  apenas un metro cuarenta y dueña de una timidez muy difícil de sortear, no hay quien no se sorprenda al conocerla en persona. Y las razones son claras: sobre el escenario es otra. “Ahí arriba veo el mundo de otro modo. Me transformo, me animo. Me pongo pícara. Digo cosas que yo creo que le ayudan a las mujeres a no quedarse calladas, a liberarse por un rato”.

Nacida en Angastaco, un pueblo de los Valles Calchaquíes, Mariana creció en el enclave de San Carlos: “Nadie me enseñó a cantar, canté desde siempre. Cuidaba ovejas y cantaba. Iba a la escuela y cantaba. Creo que a los 8 años fue la primera vez que una maestra me dejó cantar para todos”. Y de allí a la imagen de Mariana, corriendo al viento, “porque traía la música de Pavarotti, o de Edith Piaf” que ponían con altavoces en el pueblo. O la de su tesón, haciendo dedo de pueblo en pueblo, para recopilar coplas aún cuando su papá la quería monja. La joven que crió sola a sus dos hijos. La coplerita, durante ocho años, del Tren de las Nubes “haciendo diez funciones por día, porque eran diez vagones”. Mariana.

Cosquín, tres de la madrugada del lunes. Una mínima Carrizo sin tacos, sube al escenario de la peña de Los Manseros Santiagueños. Cuando se prepara para dar el primer golpe a su caja, un hombretón de rostro envilecido  se para frente a ella, a todos, y lanza dos sonoros bostezos. Hay sorpresa y bronca en el público. La artista es la única que no se inmuta.

Y canta: “El doctor me ha recetado, un mozo que tenga 30. Conseguí dos de quince, sólo así me da la cuenta”/ “A los hombres hay que quererlos y no darles de comer, porque comiendo se olvidan, muertos de hambre quieren bien”/.

De allí directo a los versos que dedica a los hombres “cuando la naturaleza los abandona”, a los yuyos “mágicos” como la muña-muña; y a los “pata de lana”.

Las mujeres atronan el lugar con sus carcajadas. Y no son risas inocentes: son risotadas estentóreas de brujas malvadas. Burlonas. Hay tipos que hasta se tapan la cara ante el fuego cruzado que se ha desatado, sin preaviso, desde arriba y abajo del escenario. “¡Que bajen a esa chiquita!”, grita uno que se anima, antes que su propia compañera le pegue con la palma abierta en un brazo.

Mariana, convertida a esa altura en una verdadera vengadora, tiene plena conciencia del efecto que causa. Y también ríe.

“El machismo ha hecho que nuestra gente se defienda así –explica después—. Los hombres son muy machistas pero a veces la mujer lo es más. Y a eso hay que tratar de cambiarlo. Pero este arte no está hecho sólo de eso. Nosotros contamos nuestra vida, nuestros pesares, las picardías y las historias de los que ya no están. Somos como periodistas pero en coplas”.

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Festival de Cosquín. Jueves, 27 de enero de 2011.

El Chaqueño se lució

El Chaqueño Palavecino en Cosquín 2011. Foto: Daniel Cáceres.


Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

“¿Pero qué le pasa a Tatita Dios? ¿Creerá que somos porotos?”, bromeó El Chaqueño Palavecino a eso de las cinco y media de la madrugada de ayer, mientras un chaparronazo –en rigor, otro más– se descargaba sobre el público que sí: a esa altura, parecía y estaba en remojo.

El sucesor de Horacio Guarany se hizo esperar hasta las cuatro en punto de la mañana, cuando subió al Atahualpa Yupanqui de a pie, y totalmente vestido de blanco. “Nos salvó la lluvia –se aliviaba un fotógrafo–. Uno nunca sabe cómo va a entrar. Si el año pasado lo tuvimos que correr varias cuadras detrás de su caballo desde la otra plaza (coscoína) hasta acá”, recordó.

La Próspero Molina rugió cuando el ex colectivero le puso primera a su concierto y no paró hasta dos horas y media después: “Juan de la calle”, “La yapa”, “A don Amancio”, y la legendaria “Recuerdos salteños” desataron la euforia de una plaza que, a pesar de tanta agua y tanto refucilo, se las arregló para bailar hasta el final.

Conocedor de las críticas por su tardía salida, el Chaqueño justificó: “Esto es un festival. En Cafayate a veces salíamos a las 6 de la mañana y había quinientos machaos (borrachos), y para nosotros estaba bien. Nosotros decimos que a los aplausos se los junta de a uno y se los pierde de a dos”, arengó con su tono de macho campero. Y, sin respirar, siguió con “la fórmula” de cómo “quedar empapao hasta los huesos” y luego recuperarse: “Llévense una gordita al catre, un café con un whisquicito, o una cafiaspirina”, recetó. Hombres y mujeres de entre cuarenta y sesenta lo aprobaron, cómplices, bañándolo en piropos y aplausos.

Valsecitos, un homenaje a Juan Balderrama “una peña que el 29 de marzo cumple 58 años” –avisó–; canciones acarameladas “para las damas”; y un combo de chacareras y chamamés furiosos que coronaron una actuación que, a pesar del mal tiempo, le fue más que propicia.

En su Plumas Verdes don Horacio Guarany, el monstruo festivalero por excelencia, debería sentirse orgulloso de su heredero: casi tan desmesurado y carismático como él.

La única gran crítica recae sobre  los organizadores: en ningún momento, desde el comienzo del espectáculo, le dijeron a la gente a qué hora subiría El Chaqueño. Un necesario, mínimo gesto de respeto por quienes fieles a su ídolo, y aún con semejante clima, ni siquiera querían salir a comer por esperarlo. Dalinda Muñoz y su compañero Salvador Lescano, de La Rioja –consultados por Clarín— estaban convencidos que cantaría “a la una”. Muy cerca de ellos, Chiquita y Orlando, una pareja de Pergamino, se declararon “furiosos” por la espera y amenazaron con pedir el reintegro de la entrada. “Cuando las compramos nos dijeron a las doce, doce treinta”, se quejaron.

El la larguísima –y no tan dulce espera de una velada pasada por agua— brillaron sin embargo la voz y la guitarra de don Carlos Di Fulvio: el artista de Tulumba que con justicia, puede nombrarse como a uno de los auténticos continuadores del arte de Atahualpa Yupanqui. El exquisito punteo de su guitarra y su voz clara, profunda, deleitaron con “Coplitas para mi muerte”.  Le siguió en intensidad la pampeana Angela Irene, quien hizo una sentida interpretación de “Arriba quemando el sol”, del chileno Víctor Jara; y el dúo integrado por los jóvenes Luna Monti y Juan Quintero.

A la mitad del Festival, la caldera de Cosquín ya está que arde, y se estima que el clímax llegará el sábado con Jorge Rojas, quien ya lleva vendidas el 90 por ciento de las entradas.

Raly Barrionuevo tuvo una de sus mejores noches en Cosquín: el santiagueño afincado en Córdoba fascinó al público con sus versiones “a la antigua” de zambas y valsecitos criollos. La dulzura de su voz –que porta lágrima en la garganta— parece hecha para temas entrañables como Luna cautiva, del Chango Rodríguez; o La pulpera de Santa Lucía. El crecimiento de Barrionuevo, como intérprete y compositor sigue en ascenso, y supera con creces lo que ocurre con otros artistas de su generación. Deslumbrante.

Invasión cruzdelejeña. Jairo y su coterráneo Cacho Buenaventura, cerraron la madrugada del jueves. El humorista despertó a la Próspero Molina con sus relatos costumbristas y sus canciones. Con los dientes secos de tanto reír, la gente le agradeció con una de las mayores ovaciones del Festival. Poco después, Jairo fue el dueño absoluto hasta la salida del sol. Además de su repertorio compuesto a dúo con el poeta Daniel Salzano, homenajeó a Atahualpa Yupanqui y sorprendió cuando, con todo su grupo y al mejor estilo “Opus 4”, cantaron “El Huachito”. Una perla. Antes habían pasado Juan Falú, Antonio Tarragó Ros y Suna Rocha.

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Festival de Cosquín. Miércoles 26 de enero de 2011.

La cuarta luna fue de Los Nocheros

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

Afiatados en su nueva formación después del alejamiento de Jorge Rojas, Los Nocheros lo hicieron de nuevo: encendieron la fiesta en la Plaza con su repertorio de folclore romántico, buenos arreglos musicales y el estilo que los ha llevado a la cumbre festivalera del país.

Aún cuando una tormenta eléctrica caía impiadosa sobre la capital cordobesa  y amenazaba el cielo coscoíno, la Próspero Molina tenía un setenta por ciento de sus butacas cubiertas.

“Señal de amor” fue la canción elegida para comenzar la velada. Kike, Mario y Alvaro Teruel, más la joya del grupo: la voz del “Negro” Rubén Ehizaguirre, presentaron temas de su último disco: “La otra luna”; hicieron su propia versión de la bellísima “Ayer te ví”, de Víctor Heredia, y pusieron a cantar a la gente con “Dejame que me vaya”: una de las chacareras más exitosas de Cuti Carabajal, “y grabó La Negra Sosa” recordaron, a modo de un homenaje que continuó con “Balderrama” del Cuchi Leguizamón, que ella cantó –y resignificó– como ninguna.

En su día libre de las tablas marplatense –donde están presentando un espectáculo junto a Los Tekis– dio la impresión de que a Los Nocheros Cosquín  se les ha convertido en una visita en la que –saben– tienen todo por ganar.

¿Su talón de Aquiles? El fantasma de un Jorge Rojas que –aún hoy– se extraña en temas emblemáticos del grupo, como “Roja Boca”, “No saber de tí”, “Entre el gris y el azul” y “La canción del adiós”. Demasiada carga para el joven Alvaro, más allá de sus visibles progresos sobre el escenario.

Así como Cacho Tirao –memoraron– los invitó a ellos al Cosquín de 1994; el grupo devolvió la gentileza convocando a: Los Izquierdos de la Cueva, un conjunto de su tierra, con quienes culminaron su show a puro carnavalito y diablada puneña.

Los Opus 4 fueron la siguiente escala de una –siempre difícil—noche de lunes coscoína. Con altas dosis de talento y experiencia, pasearon sus sólidas voces por los socavones peruanos del siglo XVII con “A la mina no voy más”; y  rindieron homenaje a Ariel Ramírez. Junto a Javier Rodríguez, quien cantó diez años con Ramírez, entregaron una dulcísima, estremecedora  “Alfonsina y el Mar”: el clásico de Félix Luna que musicalizó el maestro.

Teresa Parodi tuvo una de sus mejores veladas en Cosquín: calma y profunda, la artista gozó de  una intensa comunicación con la platea, a diferencia de otros años en los que su arte parecía disociado del público festivalero. Dedicó su concierto a Mercedes Sosa y a María Elena Walsh, y conmovió con “Como la cigarra”. Su decir de los versos “y a la hora del naufragio y de la oscuridad/ alguien te rescatará, para ir cantando”, sonaron a nuevo en la emoción de una Parodi gigante, que cerró con “Todo cambia” y “Esa Musiquita”.

Con la amenaza de la lluvia que al fin no llegó, la cuarta luna se regocijó en el linaje de chacarera de Los Carabajal; el talento del joven cordobés Juan Iñaki; Silvia Lallana, y la murga uruguaya Falta y Resto que, con la grilla de horarios insólitos de éste Cosquín, actuaron pasadas las cinco de la mañana.

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Festival de Cosquín. Martes 25 de enero de 2011.

León Gieco

Todos en la madrugada

León Gieco en Cosquín 2011

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

Como ha ocurrido y, parece, seguirá ocurriendo, la polémica no está ausente en Cosquín. Los increíbles horarios de las tres, cuatro o cinco de la mañana para artistas de la talla de Los Olimareños, César Isella y León Gieco, provocaron una lluvia de críticas sobre la organización en la propia Plaza y en las radios.

Un malestar que se acrecentó cuando se supo que el Chaqueño Palavecino comenzaría a cantar poco antes de la salida del sol de mañana.

El intendente coscoíno, Marcelo Villanueva, se defendió a través de un –por lo menos— curioso comunicado en el que  justificó grillas que le dan  buenos espacios de tiempo a algunos artistas ignotos  cuando no impresentables, diciendo que  “Cosquín quiere abrir las puertas a nuevas figuras”; y agregó sin ponerse colorado que, “sin polémica, Cosquín no sería Cosquín”.

Mientras escribo esto, por ejemplo, son las cinco y media de la mañana del lunes y León Gieco  acaba de cantar Puentecito de mi río, de don Antonio Tormo, ante una platea que lo esperó tan muerta de sueño como entusiasta. Sigue con “Cuando llegue el alba”, y ya emocionó con La Memoria, Sólo le pido a Dios y Como la cigarra, en homenaje a María Elena Walsh. “El periodista de los músicos” como le llamó Charly García, le pone el corazón y su arte a una presentación tan vibrante como conmovedora que dedicó a “las mujeres luchadoras”; así como ofrendó su ya entrañable Cinco siglos igual, al presidente de Bolivia, Evo Morales.

Antes que él, la tercera luna había dejado el regalo del dúo integrado por Juan Carlos Baglietto y Lito Vitale que brillaron con sus interpretaciones de dos tangazos: Naranjo en flor y Como dos extraños; y pusieron a temblar a la plaza con El Témpano. Fue en ése tema del rosarino Jorge Fandermole, que la voz cristalina de Baglietto arrancó de muchas bocas ese “cada día canta mejor” que, claro está, no es para cualquiera.

La velada se condimentó además  con Los Tekis y la fiesta de sus carnavalitos; un inspirado Rafael Amor; el arte de Roxana Carabajal, y la energía de Abel Pintos.

La del sábado, en cambio, fue una noche de excelentes  instrumentistas. Desde el principio los chilenos Inti Illimani le arrancaron los mejores acordes a su charango, guitarras, piano y hasta a un rallador de queso robado vaya uno a saber de qué cocina. El legendario grupo interpretó ritmos y canciones de su tierra, de Bolivia, Venezuela, Colombia y de los esclavos negros peruanos y, sin dudas, son de lo mejor que ha pasado por el escenario en lo que va del Festival.

A ellos se les sumó la incuestionable calidad del Trío Goldman-Alvarez- Lobo; Los jóvenes cordobeses de MJC, que se destacaron con su versión de La Olvidada, de los hermanos Díaz; y un Luis Salinas que parece no haber tocado su propio techo.

El guitarrista bonaerense susurró las coplas de Piedra y Camino, de Atahualpa Yupanqui, en una versión de tal entrega y delicadeza, que le hicieron honor al decir profundo de un maestro que detestaba gritos y artificios en el sagrado arte del canto.

Víctor Heredia cerró la noche arropado con un puñado de sus mejores canciones: Ojos de cielo, Bailando con tu sombra, Sobreviviendo y, “para la Negrita Sosa”, su Razón de vivir. La cantó a dúo con la propia Mercedes que revivió, con su voz inigualable, en las pantallas gigantes. “Para descartar esta sensación de  perderlo todo/ Para estar con vos sin perder el ángel de la nostalgia”, desgranaron a su turno, una y otro. Fue entonces cuando todo fue emoción: la plaza entera de pie en un aplauso inmenso. Por los dos. Pero más, claro, por ella: por la Negra, la eterna.

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Festival de Cosquín. Domingo, 23 de enero de 2011.

La fiesta empezó con luna llena

Peteco Carabajal. Foto: Marcelo Cáceres.

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

Ya está. El hechizo de Cosquín se echó a rodar de nuevo. Con sus consagrados y la inyección de energía de los jóvenes que llegan de todo el país guitarras al hombro. La edición 51 de la fiesta folclórica más importante de Latinoamérica lanzó su grito de bienvenida en la remozada Plaza Próspero Molina y bajo una luna llena que, de tan perfecta, parecía irreal.

Un festival que es huella y recuerdo y que por eso, le pide “permiso” a los que “se fueron de gira” para iniciar su faena. Así, ese impecable maestro de ceremonias que es Marcelo Simón, nombró a Miguel Angel “Uro” Gutiérrez –el anterior conductor del Festival que murió hace pocos meses–, a Ariel Ramírez, al poeta pampeano Juan Carlos Bustriazo Ortiz, y hasta le pidió la venia al bandoneón blanco del “Negro” Rubén Juárez.

Mucho antes de que Peteco Carabajal encendiera la noche con su violín del monte, fue la voz de un keniano, Ayub Ogada, la primera que se escuchó en la Plaza y le dio arranque al cuadro de baile con fondos del Valle de la Luna , y que culminó con el Himno cantado en toba, por el coro Chalaap Lapi (“Banda de zorzales”) y los chicos del coro de lenguaje de señas del colegio Enrique Brizio de Cosquín. La puesta en escena y la iluminación están a cargo de Juan Carlos Baglietto, y eso se nota.

¿El traspié de la noche? Un cuadro de baile “acuático” que, aunque se anunció con intenciones ecológicas, no terminó de cuajar ni sobre el escenario ni en el público. Su despliegue se pareció (demasiado) a los “aquadance” tinellianos.

Ya entrada la música, fueron Los Guitarreros, el grupo consagración del año pasado, quienes se llevaron los primeros grandes aplausos del Festival. Con arreglos a lo “Nocheros”, esta nueva camada de salteños tienen todo para ser taquilleros y lo saben: buenas voces –aunque hay que rogarle al tenor que no abuse de su registro: por momentos escucharlo era como hacerse una resonancia magnética–, energía y carisma sobre el escenario.

La sanjuanina Claudia Pirán volvió a encantar con la belleza de su voz, si bien se extrañaron en su repertorio más zambas en vez de las pringosas baladas que –desde hace un tiempo– parece preferir al folclore profundo. Otra artista que se destacó fue Mariana Cayón: salteña y de Cafayate, la flautista fue dueña absoluta de su espacio, antes de invitar a un delicioso ballet del altiplano que parecía volar sobre sus pies.

La cumbre artística de los Carabajal le hizo honor a su linaje: Peteco y su violín triangular lograron que todo el viento de Cosquín soplara en su dirección. “Aquí se cuecen los días/ de alegrías y de espantos”, cantó el hombre-chacarera y a quien Marcelo Simón calificó lisa y llanamente como “un verdadero renovador, un capo”. ¿La única objeción? el horario. El autor de “Perfume de carnaval” subió al Atahualpa a las dos de la madrugada. Esta laxitud horaria perjudicó aún más al dúo Orozco-Barrientos, que actuó pasadas las cuatro de la madrugada, y a Los Olimareños, que atisbaron sol de las cinco y media.

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Clarín, 7 de octubre de 2009.

Festival

Propuestas de Alemania y Perú “Máquina Hamlet” y “Los ríos profundos”, puntos altos del 7º Festival Internacional del Mercosur.

Regalo de dos noches de belleza

Por Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

La feroz, restallante lucidez que compartieron sin jamás conocerse el escritor alemán Heiner Müller y el indigenista peruano José María Arguedas, regalaron al Festival del Mercosur dos noches de intensidad y belleza en las que el público nadó en sus cosmovisiones, ardores existenciales y vidas entretejidas en obras que marcaron al siglo XX.
Müller desde el Norte y su monólogo de Máquina Hamlet hecho a cincel y bisturí: “Yo fui Hamlet. De pie ante la costa conversaba con el oleaje, bla bla, detrás de mí yacían las ruinas de Europa/ Como una joroba, arrastro el peso de mi propio cerebro/ Soy el payaso suplente en la primavera comunista/ Hail, Coca Cola/ Mi reino por un asesino/ Los lobos de Zhivago/ La esperanza no se cumplió”. Un Müller que gestó un gigantesco, aterrador cadáver exquisito en el que arrojó, como en una máquina de moler carne, al príncipe danés de Shakespeare, con las esquirlas de la Segunda Guerra, las rebeliones, su propia desazón política, referencias a Charles Manson, el asesino de Sharon Tate Polanski; alusiones a Boris Pasternak y a un Muro de Berlín que se haría pedazos.

La puesta en el Teatro Real del director y actor búlgaro Dimiter Gotscheff fue todo lo minimalista que reclama un texto que brilla por sí mismo y que él interpreta como ninguno: mastica cada palabra, la murmura arrojándola al silencio en un suministro casi intravenoso, sin tregua.

Con subtítulos, el público siguió cada línea de la obra que el director interpretó en alemán, declinando -por momentos- en búlgaro e inglés. Ofelia y dos presentadores lo siguieron en castellano y portugués. Pensamientos como panzers en una pieza que Müller escribió tomando retazos de clásicos y de mundana trivia, a la manera de un Andy Warhol en blanco y negro. La post historia y la muerte de la utopía.

Desde el sur, los peruanos del elenco Cuatro Tablas, fueron el reverso de esa medalla: la vitalidad preñada de esperanza de los textos de José María Arguedas, un autor “casi tabú por lo que Sendero Luminoso se atribuyó de él”, explicó el director Mario Delgado, trasladaron el paisaje del Cuzco y la selva peruana a la Ciudad de las Artes.

La obra Los ríos profundos que presentaron es la primera parte de una trilogía que el elenco está preparando con una minuciosidad que, aunque loable, por breves momentos atenta contra el ritmo de la historia. Se trata la niñez de Ernesto, que no es otro que el alter ego del propio Arguedas, quien vivió trashumante y huérfano de madre, con su papá abogado.

Los tejados del Cuzco, la Plaza de Armas, la catedral que los españoles levantaron sobre el palacio arrasado del Inca, las piedras que todavía cantan y el descubrimiento del mundo a través de los ojos un chico de 11 años que ve cómo su padre es rechazado por terratenientes que se apropiaron de la tierra. La sonoridad del río Urubamba y los pájaros de los pueblos se entrelazan con los juegos y los dolores de Ernesto; mientras emerge una incipiente conciencia de clase y etnia que sería indeleble en la obra del autor que se suicidó en 1969, y que es considerado uno de los escritores indigenistas más importantes de Latinoamérica.

En el elenco, integrado por el propio director-apuntador-dramaturgo, se destaca la voz espléndida de Flor Castillo Alama, un diamante que los cordobeses no se cansaron de aplaudir. El estreno peruano, en la madrugada del martes, tuvo un extra que maravilló y valió todo un festival: los actores y el director convocaron a los mozambiqueños Lucrecia Paco y Chenywa Gune, y juntos ofrecieron una batucada en la cual los ritmos de los tambores y las danzas africanas, se mixturaron con las del Perú.

Es el Tercer Mundo que se celebra en el placer de existir, hecho de baile, canto y maravilla.

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Miércoles, 14 de octubre de 2009.

Terminó el 7º Festival Internacional del Mercosur.

Fin de Fiesta

Marta Platía. Córdoba. Corresponsal.

A contraviento y a contracrisis, el domingo terminó la 7º Edición del Festival Internacional del Mercosur que, como ocurre cada octubre desde 1984, florece en aplausos, polémicas, trasnoches y las inevitables comparaciones con lo que fueron aquellos festivos, pioneros encuentros de la primavera democrática.
Sin embargo, y aún con un sesgado presupuesto: “Un millón doscientos mil pesos y los precios por las nubes”, admitió Raúl Sansica, el director del encuentro; los gremios estatales en la calle, paros cotidianos, incendios en las sierras, y una ciudad cuya limpieza no goza de buena salud; al Festival lo salvó su esencia hecha de arte y pasión.

El capítulo internacional lució con la perla siciliana Mishelle Di Sant´Oliva; la mozambiqueña Mulher asfalto; la interpretación de Heiner Müller del búlgaro-alemán Dimiter Gotscheff en Máquina Hamlet; los uruguayos de La Divina Comedia Humana; los peruanos de Cuatrotablas; y los paraguayos de Haras, con Cenizas, sobre la guerra Chaco-Paraguaya.

No le fue tan bien al Bertolt Brecht que intentaron los franceses de Theatre de Nénéka. Su Jean La Chance no la tuvo, al menos por tres problemas. El cartel de los subtítulos: estaba tan alto que el público tuvo que elegir entre leer y ver a los actores. Los anuncios: se la promocionó como “casi una ópera rock”. Ni una ni otra cosa, y el híbrido resultante deslució tanto al texto de Brecht, como al esfuerzo de los actores. La fallida elección de la sala: si se la programaba en la Ciudad de las Artes (un ámbito universitario), y no en el Teatro del Libertador (el Colón cordobés), el público hubiera sido más flexible de cuello y más dispuesto al rock.

Los que no necesitaron subtitulado alguno fueron los temas predominantes de esta edición: la política, la globalización del trabajo esclavo, y la necesidad de encontrar una ruta de escape a una feroz realidad que (con sonrisa plastificada de gerente de recursos humanos) se lleva puesta a cualquier cordura. Para muestra (y remedio) nada mejor que los uruguayos de BCG, con La Divina Comedia Humana: “nueve locos” imprescindibles que con su humor a lo Les Luthiers, aunque vestidos a lo Alex en La naranja mecánica, ejercieron un refinado, cruel absurdo contra el consumismo, religiones, abogados, sectas, militares, libros de autoayuda y discursos de congresales repletos de vacío. “Ser, no ser, ¿o qué ser?”, se preguntaban. Y ahí nomás, candombe incluido, el desafío: “Ser una orquídea en un mundo que te exige ser una banana”.

De allí y sin escalas a los Hoteles de mierda, el trabajo del cordobés Marcelo Massa con su correcta puesta de la obra del alemán René Pollesch. Eso incluyó los ingredientes de la marca registrada del dramaturgo y director germano: gritos perturbadores y seres crispados que, como los androides del Blade Runner de Ridley Scott (película a la cual Massa apeló en breves intermezzos) deben prestar servicios de todo tipo, representar emociones auténticas a cambio de dinero, y ofrecen hasta la “destercerización del hogar” en un hotel en el que se cuestiona toda supuesta normalidad. Ambientada en el modernísimo “Paseo del Buen Pastor”, actrices y público tuvieron que luchar con un hípertexto tan gélido y estentóreo, como despiadado.

Esa misma noche, la contracara y tal vez la mejor obra de todo el festival, ocurrió a pocas cuadras de allí, en el teatro La Cochera de Paco Giménez: Carnes tolendas, retrato escénico de un travesti, de la jovencísima directora María Palacios, quien se recibió en abril con esta puesta como tesis. Una ópera prima que indaga en el testimonio poderoso, profundamente humano de la actriz Camila Sosa Villada que cuenta su historia “desde que era un chico de 11 años”. Un bello, terrible monólogo que, a la manera de una Madame Butterfly, desnuda sentimientos capa por capa; y los intercala con deliciosas dosis de Federico García Lorca. De principio a fin no hay en el público quien se resista al embrujo de este joven que pasa del español castizo de las Bodas de sangre y el Romancero gitano; a la tonada de Traslasierra de sus padres cuando, “para enderezarlo”, lo castigaban, le rogaban y hasta lloraban para que no fuese lo que ya era de pequeño: “Alguien que nunca sería feliz. Un ser que lucha cada día contra su cuerpo de hombre”. Sosa Villada entra y sale de su personaje escénico con la ductilidad de quien ya es lo que parece: un artista deslumbrante, “un artista del engaño, que es lo que somos en realidad todos los actores”. Uno digno del aplauso más largo y emotivo de los que se hayan se prodigado en este Festival.

El fin de fiesta le tocó al maestro Paco Giménez con sus Peligran los vasos: un poético caos de relojería en el que una de sus criaturas sintetizó la inquietud omnipresente: “Nosotros naturalizamos la opresión porque tenemos miedo de quedarnos sin estructuras”. Nada más ni nada menos que la confesión de la angustia existencial de millones de seres humanos de a pie, en las arenas movedizas de un mundo en crisis.

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