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febrero 7, 2011

Blog de lectura en construcción/ Blog under construction/ Blog im Aufbau

 

Bienvenido, Willkommen, Bienvenue, Wellcome stranger, Hier schreibt Marta Platía. Viel Glück, liebe grüße

e-mail:    martaplatia@yahoo.com.ar

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Crónica boliviana:

 

Evo en Omereque

Con Morales, la mayoría indígena enfrenta acaso la última oportunidad para refundar al país.

Evo Morales

 

 

Por Marta Platía

Foto: Roland Brus

Javier maneja como vive: a mil y masticando coca sin parar. Como lo ha hecho toda su vida, dice. O mejor: toda la vida desde que su amigo y compañero cocalero, Evo Morales, entró en campaña y llegó a la Presidencia de Bolivia con el 54 por ciento de los votos “a pesar del odio que le tienen los blancoides del sur de La Paz y de los cambás de Santa Cruz de la Sierra”.

Aún cuando había sido expulsado del Parlamento el 22 de enero de 2002, y pese a que la Historia, ésa que en su país escribieron siempre poderosos y cipayos, parecía no tenerlo en sus planes.

En una camioneta todo terreno que parece una nave espacial, Javier acelera sin piedad alguna por los estómagos de los argentinos que vamos en el asiento de atrás: justo justo donde, se ufana, “se sienta el Evo cada vez que vamos a algún acto”.

Pero hoy el primer Presidente indígena en 500 años de dominación, va a una celebración en Omereque: una pequeña población a 200 kilómetros al sureste de Cochabamba, en un helicóptero.

Morales vuela en un aparato militar venezolano que le envió, con pilotos y todo, su socio-protector del Eje del Mal: Hugo Chávez. Un eje que completa, preside, ¿creó?, Fidel Castro; y del que Evo Morales se reconoce como “el hermanito menor”.

Es que a sus 48 años, este hombre nacido en Orinoca, en el departamento de Oruro, tiene muchos enemigos.

Demasiados hasta para un veterano en batallas sindicales en plena selva del Chapare. Para un aymara que jugó al gato y al ratón con los halcones de la DEA y los paramilitares y mercenarios de toda laya que provee, con atenta generosidad y sin que nunca falten, “los gobiernos gringos” del Norte.

-¿A qué le tiene miedo, Presidente?

El rostro cobrizo, casi inexpresivo del líder de Movimiento al Socialismo, el MAS, se le descompone sólo por unos segundos, y la comisura de los labios le traza una desconfianza que no intenta disimular:

-A nada. A nada. Si yo estuve en muchos peligros. Harto sería contarle… Si a veces salvamos la vida porque las balas quedaron en una pared. A nada, señora, a nada.

Repite. Contesta. Se molesta. Desconfía.

Es que el periodismo y los periodistas, para Morales, son un continuo combate de esgrima. Por eso los evita. Los recela. Los ralea, y piensa cada palabra antes de lanzarla al poco oxígeno de las alturas bolivianas con su tono monocorde, campechano.

Es que en un país de enormes riquezas, de saqueos interminables, Morales es el “Excelentísimo señor Presidente” para las comunidades indígenas; pero también es “ese indio de mierda, inculto y cocalero” que detestan y al que insultan a los gritos y sin vergüenza alguna en las zonas burguesas de La Paz y Santa Cruz de la Sierra. Y con ellos, no pocos dueños de los grandes medios de comunicación del país.

Pero hoy hay fiesta en Omereque y son miles los pies que están firmes y esperándolo. Seis mil pares de sandalias, usutas y mocasines en ruinas, los que montan guardia desde el amanecer en un pueblo polvoriento, sin bares, baños públicos, odontólogos ni enfermeras; pero con dos médicos para toda urgencia por si acaso.

Un pueblo lleno de flores y de muchachas hermosas que no tienen conciencia de su belleza.

De miles de chicos que ensayan sus pasos de desfile ante el escenario construido palo a palo, tela a tela, silla a silla, apenas minutos antes de la llegada del “primer presidente boliviano que los honra con su presencia”, anuncia el locutor.

En la plaza principal, y a sólo un metro veinte centímetros del piso, Nati Rocha Amés, de 10 años, repite una poesía dentro de su guardapolvo blanco.

Con seriedad de adulta, cuenta que casi no durmió. Es que sabe que lo suyo “no es de todos los días”. Que le recitará un poema al presidente. A su lado, orgulloso hasta la sonrisa en una cara que no parece habituada a ese gesto, su abuelo, un anciano de sólo 42 años, le ayuda a memorizar.

A su alrededor, las mujeres de trenzas negras interminables esperan a Morales tejiéndole collares de flores. Peinando a sus hijas y nietas. Limpiándoles las usutas a los chicos que sólo están uniformados de los pies para arriba.

“Es que el Evo es nuestro”, murmura Eleuteria. Nuestro, repite su madre, una campesina medio ciega de edad incalculable aún para ellas, que se enredan en una discusión sin resultados.

Los periodistas sufren el estrés de sus cámaras atascadas por la nube de tierra que levantan a su paso los ensayos de los que van a desfilar.

Pasan los chicos de los jardines, los de la primaria, los de la única secundaria y hasta un regimiento de marineros en un país sin salida al mar que, desde la llegada de Morales y su flamante cercanía con Michelle Bachelet, espera que Chile le devuelva lo perdido y arrebatado en la Guerra del Pacífico.

Marineros de tierra adentro y de uniformes que parecerían un mal chiste, si no fuera por la esperanza que se nombra en quechua, guaraní, aymara y castellano; y que ansía los puertos al océano que añoran desde 1884.

Estamos en la Bolivia Año Cero. O Año uno, según los seguidores de Juan Evo Morales Ayma, así, con todos sus nombres: el primer jefe espiritual “de todos los pueblos andinos” que se ungió en Tiwanaku después de más de mil años.

Son las dos de la tarde en Omereque. El sol enceguece. Las naranjas y las mandarinas se terminaron. Los helados de agua son un recuerdo pringoso en las manos de los chicos, y las hojas de coca en acullicos de inusual ansiedad se pasean de un lado al otro de las mejillas de los adultos.

Entonces ocurre lo esperado: el helicóptero que trae a Morales aparece en el cielo. El grito de alegría estalla en cada rincón del pueblo. El presidente aterriza en un claro en el monte, detrás del caserío de tejas en ruinas, y un gigantesco hongo de tierra nos tapa a todos.

Apenas minutos después, ocurre la historia que todos contarán desde ahora y para siempre: vestido con un traje negro y su clásico saco con guardas de colores, Evo Morales camina, por primera vez como presidente, la calle principal de Omereque.

Hombres y mujeres inmóviles lloran por lo que jamás soñaron ver.

Lo hacen en silencio.

Con las manos en alto ellas; con sus sombreros en el pecho los campesinos. Son tomateros, paperos, trigueros, cocaleros. Los que tienen trabajo y hasta mueven la economía de una zona casi próspera, en comparación con la aridez de las comunidades que habitan el altiplano al oeste del país.

Y una de las ceremonias tradicionales de los pueblos indígenas cae sobre Evo: le llenan el pelo papelitos azules y blancos. “Le echan de misturas”, explica Wenceslao Rocha, un campesino achaparrado, mínimo, que ya lo ha hecho dos veces y se siente el héroe del pueblo por unos minutos. “Al Evo” le regalan ponchos, sombreros y collares de flores. Con esas ofrendas le desean suerte. Y mucha. Porque lo saben, lo creen, lo esperan: la bienaventuranza de él será la también la de ellos.

La orquesta intenta una marcha militar que no logra dar con el significado ni los dones de la afinación. Aún así, las bastoneras más tímidas del mundo, pasan luciendo su belleza quinceañera envuelta en trajes caseros de raso rojo y rosa. En sus cabelleras brillantes y negras, resplandecen miles de plumas de vaya uno a saber qué pájaros del monte. Desfilan con el andar temeroso de que sus polleritas revelen bombachas que nadie debe ver.

“Ahora, los viejos y viejas del pueblo”, anuncia el locutor. Ellos también marcan el paso. Marchan lentos, con las espaldas vencidas, pero con sus ponchos y sombreros cepillados y limpios. Los ojos encharcados. Fijos y llenos de la imagen de Evo Morales. Incrédulos de ver en vida lo que ni se atrevieron a imaginar en sueños: a un campesino, como ellos, con la banda amarilla, roja y verde de la presidencia. Algunos hasta se limpian, a manotazos, lágrimas que jamás quisieran haber mostrado.

Es entonces cuando Evo Morales les habla.

Les cuenta lo que significa para él, “para ellos, para el país, la nacionalización de los hidrocarburos”. Les explica el significado de la palabra superávit. Les relata la toma del Campo de San Alberto, de Petrobrás que dejó a Brasil y al resto del mundo con la boca abierta ante el atrevimiento del exótico presidente de pulóveres coloridos.

Del 82 por ciento que se llevaban Repsol YPF, Shell y demás compañías extranjeras, y del 18 que les quedaba. De la inversión de esos números y esas reglas que parecían un destino trazado, escrito, sellado; y que ahora dejarán ganancia para los bolivianos. “Un pueblo de mendigos sentados en una silla de oro”, como dicen los más viejos.

Los antiguos. Los reales dueños de la tierra, aunque no de sus riquezas.

Los que padecieron el saqueo de la plata del Potosí desde 1545.

Una extracción que dejó ocho millones de muertos en el Cerro Rico de una ciudad que, en el siglo XVI tenía, escribió Eduardo Galeano en “Las venas abiertas de América Latina”, más habitantes que Londres y París.

Un caudal de plata tan inconmensurable que, con él, según calculan museólogos, arqueólogos y expertos en minas: “Hasta se podría hacer un puente desde Bolivia hasta España”. Y aún más: una explotación humana que se llevó –y aún se lleva– la vida de tantísimos mineros “que con sus huesos podrían construirse otros dos puentes: uno de ida y uno de vuelta”, revela Sheila Beltrán, experta en Potosí, a esa Europa que se enriqueció con el Cerro que “devora hombres” y le valió la gloria y la decadencia a una ciudad a 4 mil metros de altura, que hoy está sembrada de palacios repletos de nada.

El saqueo siguió con el estaño de Oruro. Con el salitre que les costó la salida al mar; y continuó con el gas que provocó la guerra en El Alto y terminó de desbarrancar a Gonzalo Sánchez de Lozada: un presidente al que todos llaman “el Goni” y del que, dicen con amargura y cierta tristeza, “hablaba y pensaba en inglés”.

Morales continúa su discurso bajo el sol blanco de Omereque.

Como telón de fondo, se ven las sierras achaparradas y pedregosas donde los chicos –previsores– aguardan la partida del presidente en el primer helicóptero que muchos de ellos han visto en su vida.

Morales no promete más de lo que hizo.

Dice que habrá más. Que habrá sorpresas. Pero prefiere callar.

Pero todos saben lo que calla. O creen saberlo. Alguien lo dice en voz baja. Y las palabras saben a un viejo sueño latinoamericano: la reforma agraria. Es que “no se dicen para afuera los deseos más grandes”, susurra Josefa, una maestra joven. No se nombra lo sagrado, repite, y su certeza atraviesa como un rayo.

Otra vez el revuelo.

Es Evo, que se va.

El pueblo entero corre tras su camioneta. Pero la superan.

Corren riéndose los chicos y adolescentes, mientras voltean para saludarle.

Llegan antes al improvisado helipuerto, y se sientan a su alrededor: como en un rito religioso. A una distancia prudente de las hélices que comienzan a moverse.

-¿Después de la nacionalización de los hidrocarburos, cuál es la siguiente reforma, presidente Morales?, alcanzo a preguntar, ante los motores que ya rugen.

-Guerra anunciada es guerra perdida, pues… No hay que avisar nada a los que seguro que no quieren que suceda. Pero habrán más medidas.

En criollo, el primer mandatario indígena de América no quiere avivar giles.

-¿No cree que puede pedir indemnización por todo el saqueo a su país?, pregunta un colega alemán ante el gesto asombrado del presidente.

Evo duda. Lo escruta y desestima: “Demasiados años para reclamar. Tenemos mucho por hacer. Creemos que no son justos los muros y las visas cuando antes nosotros estuvimos abiertos a sus problemas. Y ahora es cuando”, dice, citando una frase de campaña, antes de que el helicóptero venezolano genere con sus aspas una atroz nube marrón de la que todos salen con los dientes sucios de tanto reír tierra.

Ahora: ésa es la clave y la palabra favorita de los indígenas bolivianos.

Los descendientes de quienes no fueron incluidos ni invitados a la primera fundación de Bolivia, el 6 de agosto de 1825.

La palabra elegida de los que, desde que el 22 de enero de 2006, cuando Morales juró como presidente, se sienten identificados con un cocalero que los representa. Uno en quien confían. El primero en tantísismos años de sometimiento y resignación.

Uno que intenta retejer los sueños de libertad de Túpac Katari, destrozado por cuatro caballos que no pudieron borrar su memoria; y de Ernesto “Che” Guevara, a quien asesinaron en su suelo, y por quien los bolivianos sienten una agridulce mezcla de culpa y gratitud.

Un Morales que, sienten y repiten en los barrios pobres de La Paz, El Alto, Oruro, Potosí y Villazón, entre otras muchas comunidades, sí los invitó a la segunda fundación de Bolivia.

Una oportunidad que, todos lo saben, puede ser la única y la última.


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Córdoba, 17 de julio de 2010

Sobre la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo.

Los curas Tercermundistas no se rinden

Por Marta Platía

El padre Nicolás Alessio y curas del Grupo Enrique Angelelli.

Foto: Roland Brus.

Luego de que el lunes 12 de julio, el Arzobispo de Córdoba, Carlos Ñáñez le iniciara un juicio canónico al padre Nicolás Alessio por estar a favor de la ley de Matrimonio entre personas del mismo sexo, y le prohibiera dar misa;  el sábado 17 de julio, y a pesar de la prohibición, “el Nico”, como le llaman los feligreses de la iglesia San Cayetano, en el barrio Altamira, concelebró una misa frente a su parroquia, a la intemperie y con un frío difícil de soportar, junto al Grupo Enrique Angelelli y el Grupo de curas casados.

Más de trescientas personas le pusieron el cuerpo al viento helado para acompañar a su párroco de más de 27 años. También asistieron diputados, concejales, representantes de agrupaciones de Derechos Humanos y de las comunidades homosexuales de Córdoba.

Antes del discurso de Alessio, el cura casado Adrián Vitali, resaltó que “a Nicolás le prohíben dar misa y lo someten al Tribunal Eclesial, pero la Iglesia oficial (dirigida por el Cardenal Jorge Bergoglio) protege y permite dar misa a curas que hay sido condenados por abuso sexual de menores, como el padre (Julio) Grassi; el ex obispo de Santa Fe, monseñor (Edgardo) Storni (que vive en La Falda, bajo la protección de Ñáñez); y hasta curas, como (Christian) von Wernich, acusados por delitos de Lesa Humanidad que colaboraron durante la dictadura militar, que da misa en el Penal donde está recluído. Se castiga a quien piensa distinto, no a quien obra distinto de lo que debería según lo indica la moral de la Iglesia”.

Va la transcripción del discurso de Nicolás Alessio, quien piensa resistir en su parroquia, a pesar de que en los próximos días llegaría “el relevo” de la curia cordobesa. Una decisión que, claro está, tiene la venia del Cardenal Jorge Bergoglio.

“Si ustedes tienen frío, no saben lo que es acá arriba. Pero acá estamos, para pelearla… Como yo soy mucho más obediente de lo que el Obispo cree, voy a leer y hacer algunos comentarios, algunas preguntas.

Voy a leer el comunicado con el que desata todo este conflicto.

“El señor Arzobispo de Córdoba, Monseñor Carlos José Ñáñez –quiero aclarar que en lo personal soy amigo de Carlos Ñáñez. En lo personal. Y tal vez por eso entiendo menos esta actitud que tomó como Obispo-. El señor Arzobispo Carlos José Ñáñez manifiesta claramente que luego de haber agotado todos los medios de solicitud pastoral –le agradezco la solicitud pastoral—para que el presbítero José Nicolás Alessio se enmendase y retractase públicamente…”.

Primer comentario: ¿De qué me tengo que enmendar, de qué me tengo que retractar? Y lo voy a decir en plural, porque yo soy uno más en el medio de éste torbellino. Nada más, uno más.

¿De qué nos tenemos que enmendar? ¿De  qué nos tenemos que retractar?

¿De querer ser libres? De apostar por la vida en la diversidad maravillosa de un arco iris, de un Dios de muchos rostros, ¿de una naturaleza de muchos perfumes? ¿De qué nos tenemos que enmendar? Enmendar es corregirse. ¿De qué nos tenemos que corregir? ¿De buscar ser felices? ¿De ser coherentes con lo que uno piensa? ¿De soñar con un mundo distinto? ¿Con una sociedad argentina distinta que acepte la diversidad y repare un daño histórico a la comunidad homosexual? ¿De qué nos tenemos que enmendar y corregir?

Si el señor Arzobispo me lo pudiera explicar, y yo lo pudiera entender, estaría dispuesto a corregirme, a retractarme. Pero pedirme que nosotros nos corrijamos de buscar ser coherentes o felices, que me retracte de lo que pienso, es como si me pidiera que mienta. Eso no lo puedo y no lo podemos hacer.

“Que se enmendase y retractase públicamente de las declaraciones realizadas por él mismo”. Obvio, por él mismo, yo mismo. Pero hay un pequeño error, Carlos, no soy yo. Somos todos. Bueno, tal vez no todos, hay algunos que tal vez piensan como vos. Pero somos muchos… (“y muchas”, agrega a los gritos una mujer). Las feministas son tremendas (risas). Somos muchos y muchas. Lo que pasa es que yo no digo muchas, porque después dicen cosas de mí (risas). Son muchas y muchas los que pensamos distinto. Diverso. Y no sólo un párroco de una humilde barriada. Lo han dicho teólogos, biblistas con mucho más autoridad que yo y que el Grupo Angelelli. Con mucha mayor autoridad técnica, científica. Entonces no soy yo, Carlos, solo. Que me “enmendase y retractase públicamente de las declaraciones realizadas por él mismo” y por muchísimos otros… y otras, y acá viene una perlita: “Realizadas por él mismo las declaraciones a favor del presunto matrimonio entre personas del mismo sexo”. Lo del presunto, Monseñor, no va más. No va más. No va más.

En el próximo comunicado, o decreto o sanción, porque voy sumando penas, no va más lo del presunto, Monseñor. Ya un país libre y soberano a través de su Congreso Nacional dijo que son matrimonio. Que no es nada presunto. Son matrimonio. Y entonces hay que aceptarlo, Monseñor. Salvo, que la jerarquía de la Iglesia quiera desobedecer a un Estado libre y soberano que con todas sus instituciones democráticas en plena vigencia de sus atribuciones, dijeron esto no es más presunto. Dijeron esto es ley. Son matrimonio. La misma palabra, los mismos derechos. La misma palabra, la misma dignidad.

Después sigue que “todo esto por ser contrario a la enseñanza y magisterio de la Iglesia, y habiendo el antedicho (que soy yo) negado toda posibilidad de modificación de su obrar, ha decidido (el Obispo) el proceso eclesiástico correspondiente en el Tribunal”.

¡Qué feo que me sonó! Yo no les puedo contar lo feo que fue cuando me dijeron que tenía que bajar a notificarme al Tribunal, casi una metáfora del infierno, ahí en la curia, tenía que bajar ahí al Tribunal. Y yo le dije “Monseñor…Carlos, no puedo yo creer en esto de tribunales, sentencias, abogado defensor, creo que tengo como unos veinte días para buscar un abogado, si por ahí anda uno bueno… Digo, Carlos yo no puedo creer en esto. Me hace acordar a la escena de Jesús frente al Sumo Tribunal del Semedrín con Pilatos cuando lo condenaron. Y eso que yo, lejos, lejísimo de ser como Jesús, pero tribunales, sentencias, proceso, delito, abogado defensor, juicio… Le digo, Carlos, guardá todos tus papeles, porque yo creo en el Evangelio y no puedo creer, no puedo creer en esta burocracia tan leguleya, romana. (La gente lo aplaude)

Y entonces dice el texto “para que toda esta actuación se realice conforme frente al derecho eclesial vigente –como si no fuera poco ya, dice– estableciendo entonces una medida cautelar…–cautela, prudencia, vamos a ver cuál fue la medida de prudencia—en la que formalmente le prohíbo el ejercicio público del ministerio sacerdotal”. Yo le dije: Carlos, hasta podría someterme al juicio, pero aceptar que mientras el juicio se sustancie, creo que dicen así los abogados ¿no?, se sustancia, se sustancie—que me prohíbas estar con mi comunidad compartiendo la mesa de cada domingo, eso es cortarme las manos, es absolutamente desmedido y profundamente antievangélico. Antes que obedecer semejante desmesura, que no tiene nada de cautela, ni de cauto ni de prudencia, yo voy a obedecer mi sagrado deber de estar con mi comunidad celebrando la mesa del pan de la vida.

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Juicio a Videla y Menéndez en Córdoba

Morir por todo y nada en la UP1

Marta Platía

Entre marzo y noviembre de 1976 dentro de la Unidad Penitenciaria Nº 1, un paquete de sal, un cigarrillo debajo de la cama o que se cayera  de un bolsillo en una requisa;  un apellido ilustre; ser judía y, encima, mujer; o quedar con el cuerpo descalabrado luego de una sesión de tortura: todo podía llevar a la muerte.

Prueba de ello son las  declaraciones corales sobre el estaqueamiento del doctor René Moukarzel, a quien el entonces teniente Gustavo Adolfo Alsina encontró recibiendo sal de un preso común a través de una reja. El fusilamiento de Pablo Balustra, a quien dejaron cuadripléjico a golpes con la excusa de haberle encontrado un pucho debajo de  su camastro de la celda 1del Pabellón 6. O el de Raúl Bauducco –el crimen con más testigos en la historia cordobesa–baleado a quemarropa por el cabo Miguel Angel Pérez, con la venia de Enrique Mones Ruiz, porque no se levantó luego de un palazo en la cabeza, y “se le había caído un cigarrillo cuando lo desnudaron en el patio del penal” junto a otros 300 presos.

Otro pecado imperdonable: la portación de apellido. Como en el caso de Miguel Hugo Vaca Narvaja –hermano de la embajadora en México, Patricia Vaca Narvaja y de Fernando, uno de los líderes Montoneros– a quien golpeaban “hasta dos y tres veces más que al resto”, según contó su ex socio: el testigo y sobreviviente Enrique Asbert, justo el día en que el juez español Baltazar Garzón estuvo en el juicio. La jornada en la que los 31 imputados, con Jorge Rafael Videla y Luciano Benjamín Menéndez como mascarones de proa, abandonaron en masa la sala de audiencias en señal de repudio.

Tampoco hubo chances de salvación para Diana Fidelman. “No sé qué la comprometía más: si ser joven, ser judía, o ser mujer. Creo que todo eso marcó su suerte”, atestigüó la médica pediatra María Waisman, quien estuvo sentada a su lado antes de que la llevaran al muere.

Ser madre era otro plus de sufrimiento –o de muerte–, como contó el ex detenido José Martín Nitzschmann: “A mi lado, en la D-2 , había una chica con un bebé en brazos. El Gato (el torturador Miguel Angel Gómez, que gustaba darse a conocer ante sus víctimas) había atado una cuerda a los testículos del bebé. Así, cada vez que tiraba y el chiquito aullaba, le gritaba la madre: ¡Ahora sí vas a hablar, vas a hablar!

El capítulo de los chicos en la cárcel junto a sus madres ha sido motivo de revulsión dentro de la sala: ex detenidas contaron cómo los desnudaban junto a ellas en las  requisas, aún en las que se hicieron simulacros de fusilamiento. Graciela Galarraga declaró –con una entereza que sólo se comprende por el deber autoimpuesto de dar testimonio– que “más allá de las violaciones sistemáticas en las celdas de castigo y las palizas; las que sufrieron muchísimo más fueron las que acababan de dar a luz. Como no les traían al bebé, levantaban fiebre y la leche se les infectaba en los pechos. No teníamos cómo ayudarlas. A una de ellas hasta  tuvieron que cortarle los pezones para pararle la infección”.

Los 48 testigos que declararon hasta el momento tampoco parecen haber recibido consuelo de los capellanes de la cárcel: “Algo habrán hecho y tienen que resignarse”, aseguró  Graciela Galarraga que les lanzó un religioso cuando le pidieron ayuda. Otra vertiente de humillación llegó directamente de algunos miembros de la justicia Federal de entonces. Al menos media docena de jueces y abogados fueron señalados –por víctimas y victimarios– de  convalidar los métodos represivos por acción u omisión. ¿Lo más impactante en ése sentido? Por el momento la frase del abogado Eduardo Luis Molina en mayo de 1976 a la entonces detenida María Teresa Sánchez: “Mirá, si vos no querés hablar y encima no te querés bajar la  bombachita, así no te vas a ir más”.

Carlos Avila, un ex preso político, sintetizó con su tono campechano un concepto que se repite en la mayoría de los testimonios: “No eran hombres. Eran mentes asesinas vestidas con uniformes militares. Querían destruirnos como personas. Hoy se hacen los viejitos que sufren y tienen muchos años. Quieren irse a la casa. No es justo. No corresponde. Cuando se comete un delito, el lugar para pagar es la prisión”.

Sin embargo, y por los resquicios que dejan los tiempos judiciales –los de la Cámara Nacional de Casación Penal, por ejemplo– un reo como Luciano Benjamín Menéndez que ya sumó cuatro condenas a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad (la primera en julio de 2008), está de regreso en su hogar.

¿La razón? Más allá del diagnóstico médico que esgrimieron sus defensores, “neumonía pulmonar doble” –una dolencia según la cual dos profesionales consultados por este diario “debería estar en terapia intensiva”–, ninguna de ésas sentencias aún está en firme.

Historia de amor frente al pelotón de fusilamiento

En su testimonio, Enrique Asbert rememoró una escena con un gendarme que calificó de kafkiana, y que podría culminar en el primer caso de falso testimonio de este juicio.

“Imaginen a trescientos tipos desnudos en el patio de la cárcel con las manos contra la pared. Hacía un frío bábaro y teníamos mucho miedo. Se me acerca un alférez de la gendarmería y me dice: Estuve con Charito, tu esposa. Ella es amiga del amor de mi vida, Ana María. Me quiero casar con ella, pero ella no me quiere”. A pesar del tiempo transcurrido, el testigo pareció no haber salido de su asombro: “Nosotros no sabíamos a quién fusilarían esa noche. Estábamos aterrados y este tipo hablándome de su amor frustrado…”. Asbert contó también que cuando los pusieron a todos cuerpo a tierra, “este gendarme (Carlos Omar) Farías, tuvo un buen gesto: me tapó los ojos poniéndome suavemente el borceguí encima de la cara, para protegerme de ver lo que vendría”. Y lo que vino fue un disparo. La víctima: Raúl “Paco” Bauducco. En ése punto del relato, Asbert aseguró recordar un diálogo inédito en lo que va del juicio: “¿Qué pasó?, preguntó una voz de mando. Se me escapó un tiro, contestó uno más joven. No –sentenció el superior– El intentó arrebatarle el arma”. Los protagonistas habrían sido el entonces  teniente Enrique Mones Ruiz y el cabo Miguel Angel Pérez.

A su turno, el  ex gendarme Carlos Omar Farías negó ante el juez Jaime Díaz Gavier todo lo dicho por Asbert. Dijo no conocerlo, y ni siquiera haber entrado a la UP 1. Pero cuando el fiscal Maximiliano Hairabedián lo interrogó acerca de cómo Asbert conocía tanto detalle de su angustia por la pasión no correspondida, el hombre no supo qué decir. Treinta y cuatro años después, y por el amor de una mujer, Farías podría convertirse en el primer condenado por falso testimonio.

El juicio comenzó el 2 de julio de 2010, por los delitos de lesa humanidad cometidos  durante la última dictadura en la Unidad Penitenciaria UP1, actual cárcel de San Martín. Se juzga al ex dictador Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros 29 represores. Todos están acusados por el fusilamiento de 31 presos políticos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN) en la cárcel conocida como UP1(actual cárcel del barrio San Martín), entre abril y octubre de 1976. También están imputados por la tortura a seis policías de la ex D-2, la Gestapo local, que se negaron a cumplir órdenes del Terrorismo de Estado.

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Sábado, 11 de septiembre de 2010.


Justicia

Por Manuel Rivas

Hace muy poco, en el 2001, Argentina era un país desahuciado. Si en Europa hoy hablamos de crisis, lo que vivió ese país fue una joda total. Millones de familias perdieron los ahorros. Los viejos que entregaron sus pensiones a fondos privados, animados por los loros del neoliberalismo mágico, se encontraron de repente en la indigencia. La pasta de los más ricos, avisados, emigró como las golondrinas. Los barrios del Gran Buenos Aires se autoorganizaron para dar de comer en ollas populares. Hoy Argentina levanta algo más que la cabeza, pese al mangoneo de una oligarquía prepotente, bendecida por una curia pendiente de exorcismo. Trazos cavernícolas que se prestan, sí, a un paralelismo con la España del Último Día. Sería recomendable que unos y otros viesen Tatuaje, donde se lleva a la escena la vida de Miguel de Molina, el cantor torturado por esbirros de Franco y que encontró refugio en América, con la ayuda de Evita. Por cierto, pocos países en el mundo tienen el pulso cultural que hoy tiene Argentina, donde también se está escribiendo el mejor periodismo literario. Agarren, si pueden, Frutos extraños, de Leila Guerriero, y Si me querés, quereme transa, el último de Cristian Alarcón. En el renacer después de la ruina, algo habrá tenido que ver la presidenta Cristina Fernández, denostada por la derecha como una bruja. Pocos países en el mundo de hoy han avanzado tanto en el campo de los derechos humanos. No he llegado a esta conclusión por birlibirloque. Lo pienso al salir de un juzgado en Comodoro Py, donde he podido asistir, como un ciudadano cualquiera, al juicio a la plana mayor de la ESMA, el centro de la Armada que la dictadura convirtió en un matadero. Y me ratifico al leer la resolución de la Cámara Federal, que se dispone a investigar el genocidio franquista si no lo hace la Justicia española. Gracias, Argentina.

(Publicado en el diario El País, de España, el 11 de septiembre de 2010)

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Septiembre, 2010

Juicio a Videla y Menéndez

De crueldades y sadismo

Por Marta Platía.

El ex dictador volvió a pararse sobre sus pies y lanzó: “Fuimos crueles, pero no sádicos”. La aseveración no surgió de la nada: ambos adjetivos fueron el denominador común en más sesenta testimonios –de los 149 previstos– en el juicio que se le lleva en Córdoba por delitos de lesa humanidad.

En el diccionario de María Moliner, el adjetivo cruel “es aplicado a personas capaces de hacer padecer a otros, o de ver padecer sin conmoverse o con complacencia”; en tanto que señala como sádico a alguien afectado de “una perversión psíquica de carácter sexual que consiste en experimentar placer con el padecimiento de otra persona”.

Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y los otros 29 imputados por las torturas y el fusilamiento de 31 presos políticos en una cárcel cordobesa; deberían preguntarse entonces si fue cruel o sádico, por ejemplo, que un grupo de soldados  “encabezados por el cabo (Carlos Hibar) Pérez”,  violaran durante toda una noche en una celda de castigo a Graciela Galarraga, lastimándola al punto de dejarla inconsciente durante varios días. “Cuando desperté, estaba ensangrentada. Me habían metido un cuchillo en la vagina y me habían dejado la funda de cuero adentro”.  Galarraga, entre otras secuelas, tuvo una infección que casi la mata.

¿Será un acto cruel o sádico el de Miguel Angel “el Gato” Gómez, de la D-2, quien antes de violar a sus víctimas gustaba de sacarles la venda y presentarse: “Mirame bien, yo soy el Gato, tu torturador”?

¿Habrá sido cruel o sádico, sodomizar y estaquear a Rosario “Charo” Muñoz? “El 10 de julio de 1976, (Gustavo Adolfo) Alsina se enfureció conmigo porque una celadora me había llevado un plato de comida. Yo estaba castigada y hacía ocho días que me tenían a pan y agua. Como no quise decirle el nombre de la persona que había tenido un gesto humanitario conmigo, me llevó al patio, me hizo desnudar y me estaqueó. Hacía mucho frío y viento”.

El ex militar que Videla calificó de “valiente y corajudo”, se dedicó entonces a tirarle baldazos de agua a la mujer inmóvil en el piso de cemento. Pero eso no le pareció suficiente: “Me quemó el cuerpo con cigarrillos y obligó a algunas de mis compañeras a que me arrojaran agua fría. Para ellas fue terrible y para mí también. Una no podía, así que miré su cara de horror y le grité: “Hacé lo que él te dice”.

Charo logró sobrevivir. El médico René Moukarzel, cuatro días después, no soportó el mismo tormento. ¿Por su asma tal vez? ¿Por las piedras bajo su espalda desnuda? ¿Habrá sido el frío? ¿O porque ya en la enfermería, el teniente Alsina no dejó que nadie lo auxiliara y lo remató a golpes con la culata de su fusil? “Cuando ya estaba muerto, le seguía saltando encima del pecho mientras se reía como un loco y lo insultaba”, describió todavía aterrado, Eduardo Fonseca, un enfermero de entonces.

Tal vez el máximo jerarca de la última dictadura argentina, debería reconsiderar si fue cruel o sádico decirle a Marta González de Baronetto, mientras la picaneaban poco después de que haber parido a su bebé, esposada y tabicada: “Esos deditos que estás tocando son del nene. Le cortamos una mano apenas nació”. O que el ex carapintada Ernesto “Nabo” Barreiro le preguntara a Jorge De Breuil en el campo de concentración de la Ribera, “qué me  había parecido la orgía de sangre que hicieron con mi hermano Gustavo y con (Hugo) Vaca Narvaja; y que iban a hacer lo mismo con mi padre”.

¿Fue cruel o sádico, atar una cuerda a los testículos de un bebé y tirar de ella para hacer hablar a su madre, tal como contó el ex detenido José Martín Nitzschmann? ¿Y arrojar ratas en la celda de las mujeres; o torturar hombres hasta dejarlos cuadripléjicos, como a Pablo Balustra, a quien aún discapacitado –o quizás por eso– después asesinaron en un  supuesto intento de fuga? ¿Y sacar hombres y mujeres a un patio, “hacerles tacto” a ellas y  vejarlos a ellos, para después simular fusilamientos o –directamente– balearlos a quemarropa como le ocurrió a Raúl Bauducco, a quien asesinaron  frente a unos 300 testigos?

Crueles sí, sádicos no, dijo Videla. De un calificativo se jacta. Al otro lo niega.

Del arrepentimiento, ni vestigios.

Mientras –y frente a los jueces de varias provincias– los que padecieron los crímenes de su “ejército victorioso”, no necesitan de ningún diccionario para saber de qué están hablando.
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14 de julio de 1976.

Relato coral de la muerte de Moukarzel

Por Marta Platía

René Moukarzel tenía 29 años y era médico. Culpable para sus torturadores de haber recibido un paquete de sal de manos de un preso común, fue castigado por el entonces teniente Gustavo Adolfo Alsina, quien ordenó estaquearlo en la mañana del 14 de julio de 1976. La temperatura mínima de ése día fue de 2 grados bajo cero.

Moukarzel permaneció todo el día estaqueado y desnudo en el patio del Pabellón 14, donde estaban alojadas las presas políticas, muy cerca de la enfermería, y a la vista de otros pabellones con presos comunes.

Su torturador le arrojaba agua con un balde que llenaba en una canilla cercana –u ordenaba que otros lo hicieran–  para que muriera congelado. El castigo duró todo el día. A pesar de su asma, el hombretón de casi dos metros que era Moukarzel, resistió el suplicio hasta la una de la madrugada del 15 de julio.

Cada testigo, desde su lugar de cautiverio, aportó su voz en este coro griego que reconstruyó durante el Juicio, la agonía de un hombre.

“Le habían puesto piedras debajo de la espalda y le tiraban baldazos de agua para que se congelara. Le ordenaban que gritara ¡Viva el Ejército, muera Cuba! El no lo hizo. Creo que no quiso desanimarnos. Qué triste victoria la de los verdugos, cuando la víctima no se rinde”. Graciela Di Rienzo.

“A nosotras, las mujeres, nos abrieron las ventanas para que lo viéramos morir. El propio teniente Alsina nos amenazó: Esto les va a pasar a todos. No lloré. Sabía que si lo hacía, me iban a matar”.  Stella Grafeuille.

“Alsina me llevó de un brazo a la ventana para que lo viera. Era muy largo, sólo ví su torso, la mitad de su cuerpo. Así van a morir todos, me dijo. Norma San Nicolás.

“Yo ví con el periscopio (una carga de birome vacía con una hojita de afeitar en la punta que pulían como un espejo) cómo Moukarzel fue atrapado cuando recibía un paquete de sal de un preso común”. Luis “Vittín” Baronetto.

“Cuando se hizo de noche, en el silencio, podíamos escuchar cómo hacía fuerza para respirar. Moukarzel era asmático”. Soledad García.

“Ví cuando lo trajeron mediomuerto a la enfermería. Ya era de noche. Lo tiraron sobre una camilla. Yo estaba ahí, hemipléjico, después de una sesión de tortura. El enfermero (Julio Eduardo) Fonseca lo quiso ayudar, ponerle oxígeno. Pero Alsina lo empujó. Que se atienda solo, total es médico, gritó. Después le pegaba en el pecho y hasta le saltó encima para rematarlo”. Fermín Rivera.

“Cuando el hombre murió, se mataba de risa, le saltaba sobre el pecho y le gritaba, ¡Hijo de puta, al fin me las pagaste!. Julio Eduardo Fonseca.

“Lo habían tirado patio y lo cubrieron con una capa verde, de ésas que usaba el Ejército. Dos horas después, llegó un camión y lo tiraron en la parte de atrás, envuelto en la capa. Nos dijeron que era un médico santiagueño”. Roberto Aballe, actual ministro del gobierno cordobés, que por entonces cumplía con su servicio militar.

“Más tarde, Alsina entró a las celdas mostrando como un trofeo en alto los lentes ensangrentados de Moukarzel. Gritaba:Esto es todo lo que quedó de él, coincidieron Baronetto, Rivera, García y Jorge De Breuil.

El martes 9 de noviembre de 2010, treinta y cuatro años después de que lo vio vivo por última vez, Marta Moukarzel, una de las hermanas del médico asesinado, pudo pararse por primera vez sobre el lugar exacto donde mataron a su hermano.

A pocos metros, el estaqueador Gustavo Adolfo Alsina no negó el crimen. Inmerso aún en su lógica asesina, y enterrándose a sí mismo en cada palabra dicha, trató de demostrar, señalando paredes, árboles y ángulos inverosímiles, que nadie pudo ver lo ocurrido en ese patio.

Nada más ni nada menos que la muerte artesanal de un hombre al que ejecutó con sus propias manos.

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Lunes 15 de noviembre de 2010

Comienzan los alegatos en el juicio a Videla

Marta Platía.

El juicio al ex dictador Jorge Rafael Videla entra en sus tramos finales: después de 110 testigos, esta semana comenzarán los alegatos de los abogados querellantes. El veredicto se espera para el miércoles 22 de diciembre.

Previo al primer alegato, a cargo de los doctores María Elba Martínez y  Hugo Vaca Narvaja, tendrán oportunidad de hacer sus descargos el represor Luciano Benjamín Menéndez y otros cuatro imputados.

En estos últimos días, Videla y Menéndez observaron con gesto  grave cómo se rompió el pacto de silencio en cuanto a algunos de los crímenes de lesa humanidad cometidos en la ex UP1, donde sus subordinados  torturaron y asesinaron a 31 presos políticos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN) entre abril y octubre de 1976.

Así, el ex teniente Pedro Mones Ruiz acusó del fusilamiento de Raúl Bauducco al cabo Miguel Ángel Pérez, quien a su vez se defendió diciendo que “fue un accidente”, que se le “escapó un tiro” y que el “teniente también es responsable”. Los resquebrajamientos en la línea de mando continuaron con Víctor Pino Cano, quien reveló a través de su defensor y ante el estupor de los reos, haber “recibido en 1987” una carta del también imputado Osvaldo César Quiroga –acusado entre otros crímenes de haber trasladado a la muerte a Miguel Hugo Vaca Narvaja, Higinio Toranzo y Gustavo de Breuil—, en la cual le indicaba lo que debía declarar en caso de que la causa llegara a juicio, como de hecho ocurrió.

“Si bien lo que entendemos desde siempre como pacto de silencio en cuanto a que nos digan dónde están los desaparecidos no se ha roto aún; estas traiciones entre ellos ante una eventual condena son un comienzo, y la primera vez que ocurre en juicios de esta naturaleza”, le dijo a este diario Hugo Vaca Narvaja.

Otro de los hitos de la última semana fue la recorrida de los miembros del Tribunal Oral Federal Nº1 por la cárcel de San Martín (ex UP1), con los represores Gustavo Adolfo Alsina, Pedro Mones Ruiz, y dos de sus víctimas que lograron sobrevivir: Gerardo Otto y Norma San Nicolás.

La tensión estuvo presente a cada paso, y la imagen de Alsina, colgado de las rejas de una ventana a  casi dos metros de altura para demostrar que los presos políticos no hubiesen podido verlo desde allí, como aseguran los sobrevivientes, fue una de las mas impactantes.

A Alsina se lo acusa, entre otros crímenes, de estaquear hasta la muerte al médico René Moukarzel.

Ese día y a pocos metros de él, Marta, una de las hermanas de la víctima, no podía quitarle los ojos de encima. “Que no se caiga, lo necesitamos sano para que la Justicia lo mande a la cárcel”, le susurró Rosario, la esposa de Pablo Balustra, otro de los fusilados en ésa cárcel.

Por primera vez, y con el matador de su hermano caminando a pocos metros de ella, Marta pisó el patio del penal donde Alsina lo estaqueó el 14 de julio de 1976.  Abrazada a Norma San Nicolás, quien le señaló “el lugar exacto, cerca de una canilla de donde sacaban agua y le tiraban para que se congele”, Marta lloró larga, silenciosamente.

A todo esto, la jornada del viernes se vio alterada por una nueva amenaza de muerte al abogado querellante Claudio Orosz. Es la segunda en lo que va del juicio. La primera ocurrió el 5 de julio cuando un hombre llamó a la casa de su padre “de parte de Menéndez”.Ahora, una carta de fuerte contenido nazi volvió a cargar contra Oroszen el domicilio de su progenitor. La denuncia fue radicada en la fiscalía de Gustavo Vidal Lascano.

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Viernes, 3 de diciembre de 2010

Pidieron perpetua para Videla y Menéndez

Por Marta Platía

En la jornada más importante antes de que en la semana del 20 se lea el veredicto, los fiscales pidieron “cadena perpetua e inhabilitación absoluta perpetua” para el ex dictador Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros 16 represores por los delitos de “imposición de tormentos agravados; tormentos seguidos de muerte; 30 homicidios calificados;  y privación ilegítima de la libertad”.

Maximiliano Hairabedián y Carlos Gonella solicitaron también la absolución de un ex militar, Francisco D´Aloia, y tres ex policías: Luis Rodríguez, Luis Merlo y Ricardo Cayetano Rocha.  Para los demás, pidieron condenas que van desde los 25 a los 9 años de prisión.

Los fiscales basaron sus piezas acusatorias en la teoría del dominio del hecho, del alemán Claus Roxin, y consideraron autores mediatos de “todos los crímenes” a Videla y Menéndez: “Ni Hitler ni Himmler apretaron el gatillo o abrieron las llaves de las cámaras de gas, pero fueron responsables de todo”, recalcó Gonella.

Además de la solicitud de absolución  de D´Aloia –imputado por el fusilamiento de Hugo Vaca Narvaja, Higinio Toranzo y Gustavo de Breuil — “por falta de certeza”; otra de las condenas que provocaron polémica ni bien se  conocieron, fueron los 25 años por “tormento seguido de muerte” para el ex teniente Gustavo Adolfo Alsina, acusado por el estaqueamiento y asesinato del médico René Moukarzel. “Si bien por la bestialidad de ése hecho que repugna a la conciencia humana merecería más; 25 años es lo que indica el Código Penal. De todos modos, el Tribunal deberá decidir”, argumentó Hairabedián, arrojando la definición al ámbito de los jueces  encabezados por Jaime Díaz Gavier.

En uno de los pasajes más sobresalientes de todo el juicio, el fiscal Carlos Gonella acusó de  complicidad con el Terrorismo de Estado al ya muerto Cardenal Raúl Francisco Primatesta: “Más allá de que en esta causa no se ventilen sus responsabilidades penales, creo que si Primatesta estuviera vivo estaría sentado aquí”. Sus palabras resonaron en toda la Provincia.

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Festival de Folclore de Cosquín, 2011.

La coplera que llegó del norte

Mariana Carrizo, la vengadora


Por Marta Platía

De los ojos oscuros saltan chispas cuando se recuerda, “coplera” en el Tren de las Nubes: “Es difícil explicárselo a alguien que no lo vivió. Pero yo cantaba con mi cajita de vagón en vagón, mientras que por las ventanas pasaban los cerros de los que habían nacido esos versos. Era todo uno, y yo era feliz” dice, amarrada con las dos manos a su gruesa trenza negra.

Da vértigo al revés charlar cara a cara con Mariana Carrizo, la coplera salteña que se robó el corazón de Cosquín ni bien llegó en 2004: pequeñísima, de  apenas un metro cuarenta y dueña de una timidez muy difícil de sortear, no hay quien no se sorprenda al conocerla en persona. Y las razones son claras: sobre el escenario es otra. “Ahí arriba veo el mundo de otro modo. Me transformo, me animo. Me pongo pícara. Digo cosas que yo creo que le ayudan a las mujeres a no quedarse calladas, a liberarse por un rato”.

Nacida en Angastaco, un pueblo de los Valles Calchaquíes, Mariana creció en el enclave de San Carlos: “Nadie me enseñó a cantar, canté desde siempre. Cuidaba ovejas y cantaba. Iba a la escuela y cantaba. Creo que a los 8 años fue la primera vez que una maestra me dejó cantar para todos”. Y de allí a la imagen de Mariana, corriendo al viento, “porque traía la música de Pavarotti, o de Edith Piaf” que ponían con altavoces en el pueblo. O la de su tesón, haciendo dedo de pueblo en pueblo, para recopilar coplas aún cuando su papá la quería monja. La joven que crió sola a sus dos hijos. La coplerita, durante ocho años, del Tren de las Nubes “haciendo diez funciones por día, porque eran diez vagones”. Mariana.

Cosquín, tres de la madrugada del lunes. Una mínima Carrizo sin tacos, sube al escenario de la peña de Los Manseros Santiagueños. Cuando se prepara para dar el primer golpe a su caja, un hombretón de rostro envilecido  se para frente a ella, a todos, y lanza dos sonoros bostezos. Hay sorpresa y bronca en el público. La artista es la única que no se inmuta.

Y canta: “El doctor me ha recetado, un mozo que tenga 30. Conseguí dos de quince, sólo así me da la cuenta”/ “A los hombres hay que quererlos y no darles de comer, porque comiendo se olvidan, muertos de hambre quieren bien”/.

De allí directo a los versos que dedica a los hombres “cuando la naturaleza los abandona”, a los yuyos “mágicos” como la muña-muña; y a los “pata de lana”.

Las mujeres atronan el lugar con sus carcajadas. Y no son risas inocentes: son risotadas estentóreas de brujas malvadas. Burlonas. Hay tipos que hasta se tapan la cara ante el fuego cruzado que se ha desatado, sin preaviso, desde arriba y abajo del escenario. “¡Que bajen a esa chiquita!”, grita uno que se anima, antes que su propia compañera le pegue con la palma abierta en un brazo.

Mariana, convertida a esa altura en una verdadera vengadora, tiene plena conciencia del efecto que causa. Y también ríe.

“El machismo ha hecho que nuestra gente se defienda así –explica después—. Los hombres son muy machistas pero a veces la mujer lo es más. Y a eso hay que tratar de cambiarlo. Pero este arte no está hecho sólo de eso. Nosotros contamos nuestra vida, nuestros pesares, las picardías y las historias de los que ya no están. Somos como periodistas pero en coplas”.