La Justicia al aula: Dos jueces federales con los estudiantes de la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano.

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Los jueces federales Hugo Vaca Narvaja y Jaime Díaz Gavier en el Manuel Belgrano. Foto, Mechi Ferreyra.

 

Por Marta Platía.

 

Los jueces federales Jaime Díaz Gavier y Miguel Hugo Vaca Narvaja están por estos tiempos, y por distintos motivos, a la vanguardia de la Justicia cordobesa: Díaz Gavier ha presidido el Tribunal Oral Federal N°1 de cuatro de los cinco juicios por delitos de lesa humanidad que se han llevado a cabo en Córdoba desde 2008 contra Menéndez, Videla y decenas de represores de la última dictadura cívico-militar. Vaca Narvaja por su parte, fue querellante en tres de esos juicios; pero desde el 20 de noviembre de 2014 es el titular del Juzgado Federal N°3 que, en las últimas semanas, le puso freno a “la otra mitad” del tarifazo del gas cuando falló a favor del recurso de amparo que presentó la Asociación de Pequeñas y Medianas Empresas (Apyme).

 

Ambos fueron invitados a una conferencia por Francisco Ferreyra, el director de la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano, en el auditorio de la institución que depende de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). La sala estuvo colmada por los alumnos del séptimo año: “Somos más de 200 chicos y chicas de entre 18 y 19 años”, explicó Sofía Donalisio. El Manuel Belgrano es uno de los colegios secundarios que más padeció la “Noche de los lápices” en esta provincia; junto al Monserrat y al Deán Funes.

 

Poco antes del golpe de Estado de 1976, el interventor Tránsito Rigatuso le entregó al represor Luciano Benjamín Menéndez, una lista con 19 nombres de alumnos de la Escuela que él consideraba “subversivos”. De ellos, 11 fueron secuestrados, torturados y desaparecidos. En el Megajuicio La Perla-Campo de La Ribera -cuyos fundamentos del fallo se conocieron el lunes 24 de octubre- quedó establecido que todos ellos fueron vistos en los campos de concentración poco antes de ser asesinados: Pablo Schmucler, Silvina Parodi, Graciela Vitale, Daniel Bacchetti, Claudio Román, Gustavo Torres, Walter Magallanes, Raúl Castellano, Fernando Avila, Jorge Nadra y Oscar Liñeira fueron las víctimas. Y sus nombres están grabados en la memoria y en los muros del colegio, en Barrio Alberdi.

 

“Nosotros estamos muy honrados con la invitación”, dijo el juez Jaime Díaz Gavier. “En las audiencias pudimos escuchar los testimonios por esos jóvenes que tenían algunos años más que ustedes y otros incluso eran más chicos. Sufrieron los peores episodios de una represión que, efectivamente, como adelantó el doctor Vaca Narvaja, no tenía otro propósito que establecer un sistema político social y económico que favorecía y cuidaba los intereses de ciertos sectores sociales en detrimento de las necesidades y las privaciones de la gente. Ustedes tienen la dicha de haber nacido, crecido y vivido en Democracia. Puede parecerles que fue hace mucho tiempo, pero en términos históricos es todo muy reciente. Y la democracia puede estar llena de defectos y de altibajos, pero es la única manera en que los seres humanos podemos vivir en una comunidad justa y organizada. Una comunidad en la que nos cuidemos y protejamos entre todos”.

 

 

Padre de una alumna del Belgrano, el juez Hugo Vaca Narvaja arrancó la conferencia con un raconto de cómo se llegó a los juicios que se han convertido en el rostro jurídico de Córdoba “no sólo aquí, en el país, sino en el mundo, a partir de haber hecho un recorrido histórico y semántico de lo que nos pasó: desde los primeros juicios pasamos de ´dictadura militar´ a ´dictadura cívico-militar´. Desde los juicios a los Comandantes en 1985, de la llamada “Causa 13″, donde los testigos casi ni se animaban a admitir que habían militado. Estaba todavía muy vigente aquello que instaló la dictadura y su propaganda: el por algo será, el algo habrá hecho; a estos últimos juicios en los cuales los sobrevivientes de los campos de exterminio reivindicaron su militancia. Está claro ahora que nadie tenía derecho a torturarlos o matarlos por sus ideas. Pasaron años hasta que la sociedad y las mismas víctimas tuvieron conciencia de eso”.

 

Vaca Narvaja explicó con tono firme y calmo, que “además del exterminio, de la masacre de más de 30 mil desaparecidos, la dictadura dejó un saldo mucho más pesado a nivel social: la deuda externa del país saltó de 7 mil millones de dólares en 1976, a 45 mil millones en 1983. Se multiplicó por siete”. Aseguró que a partir de estos juicios se pudo esclarecer con precisión “la falacia que implica la teoría de los dos demonios. Acá el único demonio fue el Estado argentino que se convirtió en terrorista y torturó y masacró a gente que pudo haber juzgado. Tenían todos los medios para hacerlo, pero eligieron no hacerlo. Eligieron la desaparición. Hoy sólo algún trasnochado puede tratar de reflotar esa teoría, y desde la mala fe. Ya no hay dudas de que hubo un estado terrorista. El juicio de La Perla ha sido uno de los puntos más altos, más importantes de la historia de Córdoba y de nuestro país en ese tema. En este último juicio hemos llegado a conclusiones de enorme importancia histórica”.

 

Hugo Vaca Narvaja recordó agradecido a la penalista María Elba Martínez “ella fue una personalidad icónica en estos juicios. Alguien que los impulsó con su trabajo de años. Yo comencé en estos procesos trabajando con ella. María Elba, como el doctor (Rubén) Arroyo; (Claudio) Orosz; (Martín) Fresneda; (Miguel) Ceballos y Marité Sánchez, han sido fundamentales. Ellos han puesto todo su esfuerzo para que estos juicios fueran posibles.

 

 

Discutir apasionadamente

 

Con su voz de timbre grave y arenoso Jaime Díaz Gavier resaltó “el valor de esta política de Derechos humanos que surgió a partir de la presidencia de Néstor Kirchner primero y continuó Cristina Fernández de Kirchner después. Ellos la convirtieron en una política de Estado, y es lo que nos ha permitido y nos está permitiendo con todas las dificultades y contramarchas, lograr que nuestra Argentina sea un país donde los derechos humanos sean posibles, respetados, donde no tengamos miedo, e incluso podamos discutir acaloradamente. Eso es también la democracia: pelearnos buenamente. No matarnos. Pero sí discutir apasionadamente, sostener nuestras ideas con pasión”.

 

El juez repitió que “sin justicia no hay paz. Y sin paz ni trabajo, ni estudio, no hay paz posible. El Estado tiene que ser mejor que los individuos que lo constituimos. Por eso nos hemos sometido a su autoridad. El Estado está para permitirnos vivir con dignidad, para que nos de vivienda, justicia, trabajo… No para que nos mate, como se hizo durante la última dictadura. Como dolorosamente pasó”.

 

 

-¿Sufrieron presiones durante los juicios?, preguntó una docente desde el auditorio

-Jaime Díaz Gavier: Yo le diría que quizás que uno de los más importantes, aparte (de las leyes) del Indulto y la Obediencia debida; fueron los producidos por sectores de poder de la sociedad civil. Los mismos que fueron beneficiados por las medidas económicas del gobierno militar. Sectores que todavía subsisten. Todavía hay bolsones de resistencia a la realización de estos juicios. Lo que más costó fue eso. La dictadura no hubiese sido posible si no hubiera habido un importante sector de la sociedad civil, eclesiástica y empresarial de la sociedad civil que favorecieron el golpe o miraron para otro lado. Ellos fueron los que pusieron obstáculos. Y también algunos grupos judiciales.

 

 

-¿Este que se hizo fue el último juicio o habrá otros? ¿Cuál es el siguiente paso?, quiso saber un alumno.

 

-Jaime Díaz Gavier: Este juicio por sus dimensiones cuantitativas, por la cantidad de imputados, víctimas, querellantes, defensas, se ha constituido en una especie de juicio emblemático en el tema de los juzgamientos por crímenes de lesa humanidad. De ninguna manera será el último. Empezaron en el 2008. Este que terminó (el 25 de agosto con 28 condenas a prisión perpetua) no será el último. A medida que se van elevando los juicios, los haremos. Ahora precisamente en el juzgado del doctor Vaca Narvaja se está trabajando en la instrucción de otros juicios. Van a seguir mientras no se cambie la política de Estado. Esto importa un enorme esfuerzo para el Estado. Un Estado que ha sido capaz de juzgarse a sí mismo dando un ejemplo al mundo. Es único en su tipo. Porque por primera y única vez un Estado ha sido capaz de juzgarse a sí mismo, a mirarse al espejo. Esto que es tan difícil para los seres humanos y para el Estado también. Mirarse y reconocernos y decirnos qué se ha hecho mal. Qué somos capaces de reivindicar o no en nuestras conductas. Esperamos que el Estado los apoye. Si esto es así, continuarán. Y tienen que continuar. Estamos en medio de un proceso que tiene que continuar.

 

-Hugo Vaca Narvaja: Con respecto a lo que decía el juez, en el Juzgado  (Federal N° 3, que él preside) ahora se está instruyendo, investigando una causa con más de 700 víctimas. Los posibles autores hasta ahora son unas 250 personas, entre personal policial, de las fuerzas armadas y civiles. También pueden surgir nuevas causas.

 

-Jaime Díaz Gavier: Veo que el doctor Vaca Narvaja nos va a hacer trabajar mucho… (Hay risas en el auditorio).

 

-¿Cómo puede afectar el actual gobierno a los juicios?, interrogó otro estudiante.

 

-Jaime Díaz Gavier: Creo que a partir de diciembre del año pasado está abierto un cambio muy claro de políticas de toda índole. Todos lo estamos sufriendo a partir de los tarifazos y otras posiciones, pero de todas maneras me parece que en materia de derechos humanos el tema está tan incorporado y está tan organizado el cuerpo social, que creo que ya no puede salir a decirse que todo esto no es importante. Por el momento, sólo hay cuestiones económicas. Pero por ahora venimos bien. Hay que asumir una enorme cantidad de gastos, es real. Pero espero que no se modifique una política de Derechos Humanos que está siendo ejemplo en el mundo. Nosotros seguimos trabajando.

 

 

-¿Qué piensan sobre lo dicho por el presidente de la Nación sobre la cantidad de los desaparecidos y la teoría de los dos demonios?, preguntó otro joven.

 

-Hugo Vaca Narvaja: “Recuerdo, y seguro el juez Díaz Gavier también, cuando en una de las audiencias en el juicio de 2010, uno de los imputados, (Enrique) Mones Ruiz, nos explicó con pizarra, puntero y láser, que en 1976 sólo quedaban 1.500 subversivos. En algún momento llegaron a existir en nuestro país unas 4 mil a 5 mil personas catalogadas como guerrilleros armados. Pero cuando dan el golpe, con el pretexto de controlar a esta “guerrilla”, quedaban 1.500… Ustedes se darán cuenta que fue una falacia. Que el exterminio fue un pretexto para llevar adelante un plan económico que beneficiaba a ciertos sectores. También recordábamos ayer con unos amigos que en una publicación del diario la Nación (en 2006) cuando citan los archivos desclasificados de los Estados Unidos, (los militares) admitieron que en 1978 ya habían matado a 22 mil personas… Así que cuando se vuelve a poner en duda la cantidad de los desaparecidos, de los 30 mil desaparecidos, eso obedece a la ignorancia, o directamente a la mala fe. Ya no se puede desconocer el número. Poner en duda si son 30 mil desaparecidos es gravísimo. Digo que no son 30 mil porque estoy agrediendo una verdad establecida, a una bandera que es la que llevan miles de personas que están luchando por la verdad histórica, por los derechos humanos desde la dictadura hasta ahora. Solamente desde la ignorancia o la mala fe se pueden sostener estas posturas”.

 

 

-¿Y cuánta gente involucra hacer un juicio como el de La Perla?

 

-Jaime Díaz Gavier: Es una tarea enorme. En este juicio declararon casi 600 testigos, hubo un cuerpo de psicólogos que los asistían, personal de protección de los testigos, los empleados judiciales, los equipos de filmación y grabación de todas las audiencias… Cada audiencia había que montar y poner en movimiento, además de los imputados que eran muchos y que había que traerlos desde (la cárcel de) Bouwer y sus domicilios… Ellos también tienen derecho. El Estado debía cumplir con sus derechos. Nosotros teníamos la obligación de hacer justicia. No se trataba aquí de consentir ni convalidar ningún tipo de medida de venganza. Me parece que es importante que en un país lleno de gente que ha sufrido tanto, no hayan reclamado nada más que justicia. No los han agredido nunca. Cualquiera lo hubiera hecho tal vez si hubiesen sufrido lo que ellos (habla de los Familiares de las víctimas, las Abuelas, las Madres, los HIJOS), pero no. Ellos asistieron a cada una de las audiencias, a casi cuatro años de juicio (tres años, nueve meses y 27 días) respetando el ámbito de la justicia y comprendiendo que lo único necesario era llegar a un final de sentencia fundada en la ley y en el derecho, y no como expresión de un espíritu de venganza o revancha. Fue un enorme trabajo montar todos los días cada audiencia con el trabajo de no menos de cien personas o tal vez más. Aparte del trabajo de la prensa, que cubrieron el trabajo con mucho esfuerzo. Porque hubo medios que intentaron tapar estos hechos; pero hubo otros periodistas con presencia permanente que estuvieron allí con mucho esfuerzo y compromiso personal. Esa fue una colaboración muy importante.

 

-¿Cómo se hace para presenciar testimonios como los que escucharon y ser objetivos con los derechos de los imputados?

 

-Hugo Vaca Narvaja: las audiencias de este tipo de causas son sumamente duras. Por la cantidad de cosas que uno tiene que escuchar y que son difíciles de imaginar. Por la crueldad a la que puede llegar un ser humano… No. No son animales. Son personas que dieron rienda suelta a sus más bajos instintos. Hay que tener una fortaleza interior muy grande. Hasta admirable. Y en eso ha sido ejemplo el juez Díaz Gavier en estos últimos cuatro años.

 

-Jaime Díaz Gavier: Gracias. Ha sido una experiencia desde el punto de vista personal y humano sumamente intensa y por momentos absolutamente desgarradora. Pero también estimulante de lo que un juez no puede perder nunca que es la objetividad. Recién les decía que muchos de los alumnos del Manuel Belgrano fueron víctimas de estos delitos. Fue muy duro porque eran muchachos y chicas muy jóvenes como son ustedes… Ellos lo único que querían era cumplir el sueño de vivir en una sociedad más justa, más equitativa, más solidaria… Hubo muchos episodios de angustia y tensión… Los jueces somos seres humanos. No podíamos escapar a la angustia y al dolor de quienes sufrieron esto durante más de 40 años. Creo que estos juicios aparte de su valor jurídico y procesal, de restablecer un orden jurídico alterado, han tenido -y deben tener también- un valor de alguna manera terapéutico. Alguien tenía que escuchar alguna vez a gente que había sufrido tanto. El Estado tenía que decirle alguna vez a esa gente, lo voy a escuchar. Esa fue otra de las funciones del Estado. Eso nos tocó en estos juicios. Y nos tocará en los que se están preparando. No se pueden dejar de hacer, aún al costo personal que tienen. A veces uno llegaba a la noche a la casa y no podía comer porque el estómago estaba cerrado. Pudimos presenciar en estos juicios los abismos de crueldad; pero también actitudes de coraje, de entereza, de voluntad de lucha, de la capacidad infinita que tenemos los seres humanos de sublimarnos y brindarnos al otro. Pero cuando tuvimos una duda sobre la culpabilidad de alguien, absolvimos. Teníamos que absolver. Garantizar la justicia es también eso.

 

-Considerando que fue el Estado el que con su aparato represivo torturó y secuestró, y salvando las diferencias con el actual, ¿qué consejo se puede dar con respecto a lo que pasó con los chicos de la Garganta Poderosa, que fuerzas federales los secuestraron y torturaron?

 

-Hugo Vaca Narvaja: Hay que tener absolutamente conciencia de que vivimos en un Estado de Derecho. Cualquier tipo de apartamiento de las fuerzas del Estado de este sistema de derecho, debe ser denunciado. Desde mi juzgado, hemos hecho varios pronunciamientos: uno fue en 2014, sobre las celdas de castigo en las prisiones. A una persona se la mantenía privada de su libertad 23,45 horas en una celda de castigo, y se lo sacaba sólo 15 minutos en todo el día. Se le preguntaba si quería ir al baño a bañarse o hablar con su familia. El hombre elegía hablar con su familia por teléfono y así pasaba días sin bañarse. Eso fue atendido en un hábeas corpus y se dictó un fallo en el que se prohibió este tipo de comportamiento. De castigo. Si hubo en este caso que planteás, policías que estuvieron golpeando y torturando a una persona, deben ser denunciados, investigados por un fiscal y, eventualmente, juzgados.

 

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Los jueces Jaime Díaz Gavier y Hugo Vaca Narvaja en el auditorio del Manuel Belgrano. Foto, Mechi Ferreyra.

 

 

El delator delatado

El interventor del Manuel Belgrano Tránsito Rigatusso entregó antes del Golpe de Estado de 1976, una lista con los nombres de 19 alumnos de ese colegio al represor Luciano Benjamín Menéndez. Once de ellos están desaparecidos. Entre ellos, la hija embarazada de la Abuela de Plaza de Mayo Sonia Torres, quien aún busca a su nieto nacido en cautiverio. En 2002, Rigatuso amparado por la impunidad y su propio cinismo, acusó ante la justicia a Sonia Torres. Lo hizo por “calumnias e injurias”, ya que la Abuela lo había llamado “delator” en una entrevista que le dio al diario La Voz del Interior en 1998. El juez que intervino en uno de los procesos judiciales más absurdos e indignantes que se han vivido en Córdoba, determinó que “la acusada” Sonia Torres había tenido razón cuando lo llamó delator. Que no había cometido delito alguno. El juez Rubens Druetta contó para eso con el testimonio del entonces segundo de Menéndez, el coronel Emilio César Anadón; quien dijo en su declaración ante el tribunal que él había estado presente cuando Rigatuso le entregó la lista a su jefe. El tiro por la culata. Anadón se suicidó de un balazo durante su prisión domiciliaria en 2004. Tránsito Rigatuso murió en 2008, con el rótulo de delator como sinónimo de su nombre.

 

 

Esta es la versión castellana de la nota aparecida este 11 de agosto de 2016 en Der Freitag, de Berlín, Alemania.

Der Freitag, Berlín, Alemania. Jueves 11 de agosto de 2016.

El presidente argentino Mauricio Macri sigue un rumbo económico, sin ser verdaderamente dueño de su poder

 

                                      Lo seguro es sólo su inseguridad

 

Nota-retrato de Macri en Der Freitag, de Berlín, Alemania. Jueves 11 de agosto de 2016.

Nota-retrato de Macri en Der Freitag, de Berlín, Alemania. Jueves 11 de agosto de 2016.

 

 

Por Marta Platía. 

Un empresario siempre debe ser oficialista para estar cerca del poder y beneficiar a sus empresas, solía repetir como un mantra Franco Macri, el padre del actual presidente argentino. Apenas desembarcado en la presidencia, el hijo le dio una vuelta de tuerca superadora al axioma: tomar el poder y beneficiarlas directamente y sin intermediarios políticos. Así, integró su gabinete casi en su totalidad con ex (y muy recientes) Ceos de multinacionales como la Shell, el JP Morgan, IBM o HSBC, entre otras.

Así, en sólo seis meses el resultado de semejante restauración de derecha ultraconservadora y neoliberal – la primera que llega a la presidencia sin ayuda de un golpe militar- está a la vista y se padece día tras día: tarifazos de hasta un dos mil por ciento de aumento en los servicios públicos como el gas; sueldos sin aumento; una ola de despidos que arrancó en diciembre y ya arrasó con más de 160 mil puestos de trabajo en el Estado y en el sector privado; apertura hacia el dólar, las importaciones y la más escandalosa transferencia de riquezas hacia los sectores privilegiados agrícolo-ganaderos, industriales y mineros que se ha visto en los 200 años de historia del país. Su promesa de campaña, “pobreza cero” está a años luz de la realidad: en el primer semestre de su mandato hay 4,5 millones de nuevos pobres.

Hace un par de semanas y sin ponerse colorado, Macri dijo: “Si yo decía lo que iba a hacer me votaban, pero para internarme en un manicomio”. Los argentinos evocaron de inmediato una frase similar, aunque dicha con más gracia, del ex presidente Carlos Menem cuyo mandato de una década de privatizaciones y saqueo del Estado, dejó al país en ruinas y al borde de lo que sucedió poco después: el estallido social y la caída de la Argentina del 2001.

Clarín da, Clarín quita

Si bien Macri carece del humor de su antecesor ideológico, lo que sí tiene en común con él es la naturalización y hasta la soberbia con la que ambos desmerecen los delitos de evasión fiscal o de corrupción que se les atribuyen y hasta se les han comprobado. Sobre el escándalo internacional de los Panamá-Papers, en el que se le descubrieron hasta siete empresas off shore -más otras tantas a miembros de su gabinete-, Macri se negó a responder ante la prensa local y, cuando lo hizo, se limitó a acusar a su propio padre. El tsunami informativo que originó la investigación del Süddeutsche Zeitung que se llevó puesto al llevó puesto al primer Ministro de Islandia y manchó sin remedio al Premier británico David Cameron; a Macri parece no haberle hecho mella, acorazado como está por la protección del ala derecha del sector judicial y del férreo blindaje mediático del Grupo Clarín que lo prohijó en su campaña al poder. Un monopolio que el mismo día del balotaje con el kirchnerista Daniel Scioli, le marcó la cancha al ex dueño de Boca: publicó una nota sobre su esposa, Juliana Awada, en la que mencionó que los talleres textiles de su propiedad y en los que fabrica ropa para niños, están acusados de emplear “mano de obra esclava”.

En la Argentina se sabe: Clarín da y Clarín quita. Es Héctor Magnetto, la poderosa mano derecha de la reina del imperio, Ernestina Herrera de Noble, quien decide quien se va y quien queda. Su frase, cuando le preguntaron si quería ser presidente, es toda una definición: “puesto menor”, desechó Magnetto. Macri lo sabe, pero por ahora es el elegido. En estos meses el blanco del grupo –como lo es Dilma Rousseff de la gigantesca O Globo en Brasil- está en la ex presidenta Cristina a quien quieren ver en prisión. La clara persecución judicial que padece, sumada al acoso mediático por parte de Clarín y La Nación -más el de todas sus radios y repetidoras en el país- es pavoroso.

En su faz de provocador, Macri le ha dado la espalda al Mercosur y coquetea con la Alianza del Pacífico en su afán por volver a las “relaciones carnales” con Estados Unidos. En el aniversario de los 40 años del Golpe Militar de 1976 invitó a Barack Obama, presidente del país que diseñó el Plan Cóndor, responsable de millones de muertos en toda Latinamérica. Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo se negaron a compartir con ellos acto alguno. Pero la avanzada del “Pibe” no se quedó ahí: para el 9 de julio, el día en que se celebraron los 200 años de la Independencia Argentina del imperio español, invitó ¡al (decadente) Rey emérito de España! Juan Carlos de Borbón: de la misma estirpe contra la que pelearon los máximos héroes nacionales San Martín, Manuel Belgrano y Martín Miguel de Güemes. En el acto central Macri hizo una libre interpretación de “la angustia” que, según él, habrían sentido los patriotas “al separarse de España”, mientras llamaba a su invitado “querido Rey”. Algo que indignó a la población. Advertidos del comportamiento pro-imperialista de Macri, ningún presidente sudamericano viajó a la Argentina para la ceremonia.

Claro está, sus decisiones no caen lejos del árbol de su formación ideológica: hijo de Alicia Blanco Villegas, una aristócrata ultraderechista de estirpe patricia, y de padre empresario y extranjero, Mauricio Macri creció mirando con admiración todo lo que fuese norteamericano o europeo en detrimento de la simiente popular y fuertemente peronista de “los negros de mierda” o “los cabecitas negras” como llaman despectivas las clases altas a los sectores obreros y pobres que conforman la mayoría argentina. La mayoría peronista.

En la biografía del actual presidente que escribió la periodista y diputada Gabriela Cerruti y a la que tituló “El Pibe”, hay numerosas escenas en las que ese padre padrone, no se privaba de insultarlo o ningunearlo frente a propios y extraños mientras lo forjaba para que lo sucediera en sus empresas y holdings.

Insultado por su padre

Nacido en Roma en 1930, Franco Macri, llegó como un albañil de 18 años a la Argentina y aquí forjó su inmensa fortuna. Temido y respetado por su poder económico y su habilidad para negociar con cuanto gobierno civil o militar haya pasado por la Casa Rosada (la sede del gobierno argentino), Macri es uno de los cofundadores de la llamada “patria contratista” o “patria financiera”: un verdadero estado paralelo dentro del Estado. En su apogeo armó y desarmó empresas y se alzó con la mayoría de las obras públicas más importantes de los últimos cincuenta años en todo el país. Amigo personal de Giovanni Agnelli, el dueño de la Fiat; y siempre cercano a la logia mafiosa P2 de su paisano Licio Gelli, Franco Macri llegó a ser el titular de la Fiat-Sevel en la Argentina. Una posición que habría perdido por la impericia de su hijo Mauricio, al cual culpó públicamente por ése y otros desastres financieros en Estados Unidos.

Así fue que escapando de ese progenitor feroz y de sus propios fracasos como empresario, el joven Mauricio llegó a la presidencia del Club de fútbol Boca Juniors en el que hizo sus primeras armas hasta el desembarco como alcalde de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA). En Boca tuvo que vérselas con el astro Diego Maradona quien, para definirlo, solía decir de él “Macri tiene menos calle que Venecia”.

Macri no cuenta ni por asomo con la brillante verba de Cristina de Kirchner, una estadista capaz de exponer ideas y hechos durante horas sin escrito alguno, no sólo en la Argentina sino también ante foros internacionales como las Naciones Unidas. Tampoco posee ni el gracejo ni la cintura política de Menem. No. Macri balbucea, duda y hasta tartamudea en sus discursos. Su evidente inseguridad le impide hilvanar frases con independencia de los papeles que le escriben sus colaboradores. No es un secreto para nadie que ha llegado a depender para casi todo de su asesor de comunicación, el ecuatoriano Jaime Durán Barba: un confeso admirador de Adolf Hitler y una especie de Rasputín marquetinero que fue el creador del slogan “Cambiemos” con el que ganó la presidencia.

Durán Barba es quien lo aconseja y dirige hasta en las poses fotográficas. Las dos muestras que salieron a la prensa mundial fueron las escenas armadas con su esposa Juliana y la hijita de ambos en su despacho de Gobierno, emulando las legendarias imágenes en el salón Oval de la Casa Blanca del “Camelot” de John Fitzgerald Kennedy, Jacqueline Bouvier y los pequeños Caroline y John-John. O la que montaron en la fallida audiencia con el Papa argentino -y peronista- Francisco I, quien lo recibió con absoluta frialdad, y a la que la esposa del presidente acudió vestida de pies a cabeza como Jackie Kennedy en su momento con el Papa Pablo VI: misma mantilla e idéntico peinado.

Admirador hasta el delirio de Freddie Mercury, el líder de Queen, Macri insiste en imitarlo y bailar como él apenas puede. Aún en el histórico balcón de la Casa Rosada al que se asomaban Juan Domingo Perón y Evita. Es que el Pibe, el hijo del empresario sin escrúpulos que negoció con las dictaduras y la mafia internacional, no parece registrar talentos definidos: mal canta, mal baila, mal habla y, por ahora, aunque en la plenitud de su era y a poco más de seis meses de su mandato, salvo su inseguridad, nada es seguro.

Ricardo Lorenzetti, el presidente de Corte Suprema de Justicia, estuvo parado junto a Macri durante su asunción el 10 de diciembre de 2015.y, para felicitarlo, hasta le palmeó la espalda como un padre lo haría con un hijo. Sólo que de juez de la Corte a presidente recién asumido, la caricia tornó en un cuasi abrazo de oso: un gesto que ardería en cualquier protocolo. Pero ese trato de hombre experimentado a “joven recién llegado”, a novato protegido, no es algo que Macri no conozca de toda la vida.

(Marta Platía, periodista argentina. Escribe en el Página/12 de Argentina y está cronicando desde 2008 los juicios por delitos de lesa humanidad que se cometieron en la última dictadura cívico-eclesiástico-militar de ese país).

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(Destacados de la edición alemana):

 

-En el club Boca Macri tuvo que llegar a un arreglo con Maradona.

-El Papa lo recibió muy reservado.

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febrero 7, 2011

Blog de lectura en construcción/ Blog under construction/ Blog im Aufbau

 

Bienvenido, Willkommen, Bienvenue, Wellcome stranger, Hier schreibt Marta Platía. Viel Glück, liebe grüße

e-mail:    martaplatia@yahoo.com.ar

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Crónica boliviana:

 

Evo en Omereque

Con Morales, la mayoría indígena enfrenta acaso la última oportunidad para refundar al país.

Evo Morales

 

 

Por Marta Platía

Foto: Roland Brus

Javier maneja como vive: a mil y masticando coca sin parar. Como lo ha hecho toda su vida, dice. O mejor: toda la vida desde que su amigo y compañero cocalero, Evo Morales, entró en campaña y llegó a la Presidencia de Bolivia con el 54 por ciento de los votos “a pesar del odio que le tienen los blancoides del sur de La Paz y de los cambás de Santa Cruz de la Sierra”.

Aún cuando había sido expulsado del Parlamento el 22 de enero de 2002, y pese a que la Historia, ésa que en su país escribieron siempre poderosos y cipayos, parecía no tenerlo en sus planes.

En una camioneta todo terreno que parece una nave espacial, Javier acelera sin piedad alguna por los estómagos de los argentinos que vamos en el asiento de atrás: justo justo donde, se ufana, “se sienta el Evo cada vez que vamos a algún acto”.

Pero hoy el primer Presidente indígena en 500 años de dominación, va a una celebración en Omereque: una pequeña población a 200 kilómetros al sureste de Cochabamba, en un helicóptero.

Morales vuela en un aparato militar venezolano que le envió, con pilotos y todo, su socio-protector del Eje del Mal: Hugo Chávez. Un eje que completa, preside, ¿creó?, Fidel Castro; y del que Evo Morales se reconoce como “el hermanito menor”.

Es que a sus 48 años, este hombre nacido en Orinoca, en el departamento de Oruro, tiene muchos enemigos.

Demasiados hasta para un veterano en batallas sindicales en plena selva del Chapare. Para un aymara que jugó al gato y al ratón con los halcones de la DEA y los paramilitares y mercenarios de toda laya que provee, con atenta generosidad y sin que nunca falten, “los gobiernos gringos” del Norte.

-¿A qué le tiene miedo, Presidente?

El rostro cobrizo, casi inexpresivo del líder de Movimiento al Socialismo, el MAS, se le descompone sólo por unos segundos, y la comisura de los labios le traza una desconfianza que no intenta disimular:

-A nada. A nada. Si yo estuve en muchos peligros. Harto sería contarle… Si a veces salvamos la vida porque las balas quedaron en una pared. A nada, señora, a nada.

Repite. Contesta. Se molesta. Desconfía.

Es que el periodismo y los periodistas, para Morales, son un continuo combate de esgrima. Por eso los evita. Los recela. Los ralea, y piensa cada palabra antes de lanzarla al poco oxígeno de las alturas bolivianas con su tono monocorde, campechano.

Es que en un país de enormes riquezas, de saqueos interminables, Morales es el “Excelentísimo señor Presidente” para las comunidades indígenas; pero también es “ese indio de mierda, inculto y cocalero” que detestan y al que insultan a los gritos y sin vergüenza alguna en las zonas burguesas de La Paz y Santa Cruz de la Sierra. Y con ellos, no pocos dueños de los grandes medios de comunicación del país.

Pero hoy hay fiesta en Omereque y son miles los pies que están firmes y esperándolo. Seis mil pares de sandalias, usutas y mocasines en ruinas, los que montan guardia desde el amanecer en un pueblo polvoriento, sin bares, baños públicos, odontólogos ni enfermeras; pero con dos médicos para toda urgencia por si acaso.

Un pueblo lleno de flores y de muchachas hermosas que no tienen conciencia de su belleza.

De miles de chicos que ensayan sus pasos de desfile ante el escenario construido palo a palo, tela a tela, silla a silla, apenas minutos antes de la llegada del “primer presidente boliviano que los honra con su presencia”, anuncia el locutor.

En la plaza principal, y a sólo un metro veinte centímetros del piso, Nati Rocha Amés, de 10 años, repite una poesía dentro de su guardapolvo blanco.

Con seriedad de adulta, cuenta que casi no durmió. Es que sabe que lo suyo “no es de todos los días”. Que le recitará un poema al presidente. A su lado, orgulloso hasta la sonrisa en una cara que no parece habituada a ese gesto, su abuelo, un anciano de sólo 42 años, le ayuda a memorizar.

A su alrededor, las mujeres de trenzas negras interminables esperan a Morales tejiéndole collares de flores. Peinando a sus hijas y nietas. Limpiándoles las usutas a los chicos que sólo están uniformados de los pies para arriba.

“Es que el Evo es nuestro”, murmura Eleuteria. Nuestro, repite su madre, una campesina medio ciega de edad incalculable aún para ellas, que se enredan en una discusión sin resultados.

Los periodistas sufren el estrés de sus cámaras atascadas por la nube de tierra que levantan a su paso los ensayos de los que van a desfilar.

Pasan los chicos de los jardines, los de la primaria, los de la única secundaria y hasta un regimiento de marineros en un país sin salida al mar que, desde la llegada de Morales y su flamante cercanía con Michelle Bachelet, espera que Chile le devuelva lo perdido y arrebatado en la Guerra del Pacífico.

Marineros de tierra adentro y de uniformes que parecerían un mal chiste, si no fuera por la esperanza que se nombra en quechua, guaraní, aymara y castellano; y que ansía los puertos al océano que añoran desde 1884.

Estamos en la Bolivia Año Cero. O Año uno, según los seguidores de Juan Evo Morales Ayma, así, con todos sus nombres: el primer jefe espiritual “de todos los pueblos andinos” que se ungió en Tiwanaku después de más de mil años.

Son las dos de la tarde en Omereque. El sol enceguece. Las naranjas y las mandarinas se terminaron. Los helados de agua son un recuerdo pringoso en las manos de los chicos, y las hojas de coca en acullicos de inusual ansiedad se pasean de un lado al otro de las mejillas de los adultos.

Entonces ocurre lo esperado: el helicóptero que trae a Morales aparece en el cielo. El grito de alegría estalla en cada rincón del pueblo. El presidente aterriza en un claro en el monte, detrás del caserío de tejas en ruinas, y un gigantesco hongo de tierra nos tapa a todos.

Apenas minutos después, ocurre la historia que todos contarán desde ahora y para siempre: vestido con un traje negro y su clásico saco con guardas de colores, Evo Morales camina, por primera vez como presidente, la calle principal de Omereque.

Hombres y mujeres inmóviles lloran por lo que jamás soñaron ver.

Lo hacen en silencio.

Con las manos en alto ellas; con sus sombreros en el pecho los campesinos. Son tomateros, paperos, trigueros, cocaleros. Los que tienen trabajo y hasta mueven la economía de una zona casi próspera, en comparación con la aridez de las comunidades que habitan el altiplano al oeste del país.

Y una de las ceremonias tradicionales de los pueblos indígenas cae sobre Evo: le llenan el pelo papelitos azules y blancos. “Le echan de misturas”, explica Wenceslao Rocha, un campesino achaparrado, mínimo, que ya lo ha hecho dos veces y se siente el héroe del pueblo por unos minutos. “Al Evo” le regalan ponchos, sombreros y collares de flores. Con esas ofrendas le desean suerte. Y mucha. Porque lo saben, lo creen, lo esperan: la bienaventuranza de él será la también la de ellos.

La orquesta intenta una marcha militar que no logra dar con el significado ni los dones de la afinación. Aún así, las bastoneras más tímidas del mundo, pasan luciendo su belleza quinceañera envuelta en trajes caseros de raso rojo y rosa. En sus cabelleras brillantes y negras, resplandecen miles de plumas de vaya uno a saber qué pájaros del monte. Desfilan con el andar temeroso de que sus polleritas revelen bombachas que nadie debe ver.

“Ahora, los viejos y viejas del pueblo”, anuncia el locutor. Ellos también marcan el paso. Marchan lentos, con las espaldas vencidas, pero con sus ponchos y sombreros cepillados y limpios. Los ojos encharcados. Fijos y llenos de la imagen de Evo Morales. Incrédulos de ver en vida lo que ni se atrevieron a imaginar en sueños: a un campesino, como ellos, con la banda amarilla, roja y verde de la presidencia. Algunos hasta se limpian, a manotazos, lágrimas que jamás quisieran haber mostrado.

Es entonces cuando Evo Morales les habla.

Les cuenta lo que significa para él, “para ellos, para el país, la nacionalización de los hidrocarburos”. Les explica el significado de la palabra superávit. Les relata la toma del Campo de San Alberto, de Petrobrás que dejó a Brasil y al resto del mundo con la boca abierta ante el atrevimiento del exótico presidente de pulóveres coloridos.

Del 82 por ciento que se llevaban Repsol YPF, Shell y demás compañías extranjeras, y del 18 que les quedaba. De la inversión de esos números y esas reglas que parecían un destino trazado, escrito, sellado; y que ahora dejarán ganancia para los bolivianos. “Un pueblo de mendigos sentados en una silla de oro”, como dicen los más viejos.

Los antiguos. Los reales dueños de la tierra, aunque no de sus riquezas.

Los que padecieron el saqueo de la plata del Potosí desde 1545.

Una extracción que dejó ocho millones de muertos en el Cerro Rico de una ciudad que, en el siglo XVI tenía, escribió Eduardo Galeano en “Las venas abiertas de América Latina”, más habitantes que Londres y París.

Un caudal de plata tan inconmensurable que, con él, según calculan museólogos, arqueólogos y expertos en minas: “Hasta se podría hacer un puente desde Bolivia hasta España”. Y aún más: una explotación humana que se llevó –y aún se lleva– la vida de tantísimos mineros “que con sus huesos podrían construirse otros dos puentes: uno de ida y uno de vuelta”, revela Sheila Beltrán, experta en Potosí, a esa Europa que se enriqueció con el Cerro que “devora hombres” y le valió la gloria y la decadencia a una ciudad a 4 mil metros de altura, que hoy está sembrada de palacios repletos de nada.

El saqueo siguió con el estaño de Oruro. Con el salitre que les costó la salida al mar; y continuó con el gas que provocó la guerra en El Alto y terminó de desbarrancar a Gonzalo Sánchez de Lozada: un presidente al que todos llaman “el Goni” y del que, dicen con amargura y cierta tristeza, “hablaba y pensaba en inglés”.

Morales continúa su discurso bajo el sol blanco de Omereque.

Como telón de fondo, se ven las sierras achaparradas y pedregosas donde los chicos –previsores– aguardan la partida del presidente en el primer helicóptero que muchos de ellos han visto en su vida.

Morales no promete más de lo que hizo.

Dice que habrá más. Que habrá sorpresas. Pero prefiere callar.

Pero todos saben lo que calla. O creen saberlo. Alguien lo dice en voz baja. Y las palabras saben a un viejo sueño latinoamericano: la reforma agraria. Es que “no se dicen para afuera los deseos más grandes”, susurra Josefa, una maestra joven. No se nombra lo sagrado, repite, y su certeza atraviesa como un rayo.

Otra vez el revuelo.

Es Evo, que se va.

El pueblo entero corre tras su camioneta. Pero la superan.

Corren riéndose los chicos y adolescentes, mientras voltean para saludarle.

Llegan antes al improvisado helipuerto, y se sientan a su alrededor: como en un rito religioso. A una distancia prudente de las hélices que comienzan a moverse.

-¿Después de la nacionalización de los hidrocarburos, cuál es la siguiente reforma, presidente Morales?, alcanzo a preguntar, ante los motores que ya rugen.

-Guerra anunciada es guerra perdida, pues… No hay que avisar nada a los que seguro que no quieren que suceda. Pero habrán más medidas.

En criollo, el primer mandatario indígena de América no quiere avivar giles.

-¿No cree que puede pedir indemnización por todo el saqueo a su país?, pregunta un colega alemán ante el gesto asombrado del presidente.

Evo duda. Lo escruta y desestima: “Demasiados años para reclamar. Tenemos mucho por hacer. Creemos que no son justos los muros y las visas cuando antes nosotros estuvimos abiertos a sus problemas. Y ahora es cuando”, dice, citando una frase de campaña, antes de que el helicóptero venezolano genere con sus aspas una atroz nube marrón de la que todos salen con los dientes sucios de tanto reír tierra.

Ahora: ésa es la clave y la palabra favorita de los indígenas bolivianos.

Los descendientes de quienes no fueron incluidos ni invitados a la primera fundación de Bolivia, el 6 de agosto de 1825.

La palabra elegida de los que, desde que el 22 de enero de 2006, cuando Morales juró como presidente, se sienten identificados con un cocalero que los representa. Uno en quien confían. El primero en tantísismos años de sometimiento y resignación.

Uno que intenta retejer los sueños de libertad de Túpac Katari, destrozado por cuatro caballos que no pudieron borrar su memoria; y de Ernesto “Che” Guevara, a quien asesinaron en su suelo, y por quien los bolivianos sienten una agridulce mezcla de culpa y gratitud.

Un Morales que, sienten y repiten en los barrios pobres de La Paz, El Alto, Oruro, Potosí y Villazón, entre otras muchas comunidades, sí los invitó a la segunda fundación de Bolivia.

Una oportunidad que, todos lo saben, puede ser la única y la última.


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e-mail: martaplatia@yahoo.com.ar

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Córdoba, 17 de julio de 2010

Sobre la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo.

Los curas Tercermundistas no se rinden

Por Marta Platía

El padre Nicolás Alessio y curas del Grupo Enrique Angelelli.

Foto: Roland Brus.

Luego de que el lunes 12 de julio, el Arzobispo de Córdoba, Carlos Ñáñez le iniciara un juicio canónico al padre Nicolás Alessio por estar a favor de la ley de Matrimonio entre personas del mismo sexo, y le prohibiera dar misa;  el sábado 17 de julio, y a pesar de la prohibición, “el Nico”, como le llaman los feligreses de la iglesia San Cayetano, en el barrio Altamira, concelebró una misa frente a su parroquia, a la intemperie y con un frío difícil de soportar, junto al Grupo Enrique Angelelli y el Grupo de curas casados.

Más de trescientas personas le pusieron el cuerpo al viento helado para acompañar a su párroco de más de 27 años. También asistieron diputados, concejales, representantes de agrupaciones de Derechos Humanos y de las comunidades homosexuales de Córdoba.

Antes del discurso de Alessio, el cura casado Adrián Vitali, resaltó que “a Nicolás le prohíben dar misa y lo someten al Tribunal Eclesial, pero la Iglesia oficial (dirigida por el Cardenal Jorge Bergoglio) protege y permite dar misa a curas que hay sido condenados por abuso sexual de menores, como el padre (Julio) Grassi; el ex obispo de Santa Fe, monseñor (Edgardo) Storni (que vive en La Falda, bajo la protección de Ñáñez); y hasta curas, como (Christian) von Wernich, acusados por delitos de Lesa Humanidad que colaboraron durante la dictadura militar, que da misa en el Penal donde está recluído. Se castiga a quien piensa distinto, no a quien obra distinto de lo que debería según lo indica la moral de la Iglesia”.

Va la transcripción del discurso de Nicolás Alessio, quien piensa resistir en su parroquia, a pesar de que en los próximos días llegaría “el relevo” de la curia cordobesa. Una decisión que, claro está, tiene la venia del Cardenal Jorge Bergoglio.

“Si ustedes tienen frío, no saben lo que es acá arriba. Pero acá estamos, para pelearla… Como yo soy mucho más obediente de lo que el Obispo cree, voy a leer y hacer algunos comentarios, algunas preguntas.

Voy a leer el comunicado con el que desata todo este conflicto.

“El señor Arzobispo de Córdoba, Monseñor Carlos José Ñáñez –quiero aclarar que en lo personal soy amigo de Carlos Ñáñez. En lo personal. Y tal vez por eso entiendo menos esta actitud que tomó como Obispo-. El señor Arzobispo Carlos José Ñáñez manifiesta claramente que luego de haber agotado todos los medios de solicitud pastoral –le agradezco la solicitud pastoral—para que el presbítero José Nicolás Alessio se enmendase y retractase públicamente…”.

Primer comentario: ¿De qué me tengo que enmendar, de qué me tengo que retractar? Y lo voy a decir en plural, porque yo soy uno más en el medio de éste torbellino. Nada más, uno más.

¿De qué nos tenemos que enmendar? ¿De  qué nos tenemos que retractar?

¿De querer ser libres? De apostar por la vida en la diversidad maravillosa de un arco iris, de un Dios de muchos rostros, ¿de una naturaleza de muchos perfumes? ¿De qué nos tenemos que enmendar? Enmendar es corregirse. ¿De qué nos tenemos que corregir? ¿De buscar ser felices? ¿De ser coherentes con lo que uno piensa? ¿De soñar con un mundo distinto? ¿Con una sociedad argentina distinta que acepte la diversidad y repare un daño histórico a la comunidad homosexual? ¿De qué nos tenemos que enmendar y corregir?

Si el señor Arzobispo me lo pudiera explicar, y yo lo pudiera entender, estaría dispuesto a corregirme, a retractarme. Pero pedirme que nosotros nos corrijamos de buscar ser coherentes o felices, que me retracte de lo que pienso, es como si me pidiera que mienta. Eso no lo puedo y no lo podemos hacer.

“Que se enmendase y retractase públicamente de las declaraciones realizadas por él mismo”. Obvio, por él mismo, yo mismo. Pero hay un pequeño error, Carlos, no soy yo. Somos todos. Bueno, tal vez no todos, hay algunos que tal vez piensan como vos. Pero somos muchos… (“y muchas”, agrega a los gritos una mujer). Las feministas son tremendas (risas). Somos muchos y muchas. Lo que pasa es que yo no digo muchas, porque después dicen cosas de mí (risas). Son muchas y muchas los que pensamos distinto. Diverso. Y no sólo un párroco de una humilde barriada. Lo han dicho teólogos, biblistas con mucho más autoridad que yo y que el Grupo Angelelli. Con mucha mayor autoridad técnica, científica. Entonces no soy yo, Carlos, solo. Que me “enmendase y retractase públicamente de las declaraciones realizadas por él mismo” y por muchísimos otros… y otras, y acá viene una perlita: “Realizadas por él mismo las declaraciones a favor del presunto matrimonio entre personas del mismo sexo”. Lo del presunto, Monseñor, no va más. No va más. No va más.

En el próximo comunicado, o decreto o sanción, porque voy sumando penas, no va más lo del presunto, Monseñor. Ya un país libre y soberano a través de su Congreso Nacional dijo que son matrimonio. Que no es nada presunto. Son matrimonio. Y entonces hay que aceptarlo, Monseñor. Salvo, que la jerarquía de la Iglesia quiera desobedecer a un Estado libre y soberano que con todas sus instituciones democráticas en plena vigencia de sus atribuciones, dijeron esto no es más presunto. Dijeron esto es ley. Son matrimonio. La misma palabra, los mismos derechos. La misma palabra, la misma dignidad.

Después sigue que “todo esto por ser contrario a la enseñanza y magisterio de la Iglesia, y habiendo el antedicho (que soy yo) negado toda posibilidad de modificación de su obrar, ha decidido (el Obispo) el proceso eclesiástico correspondiente en el Tribunal”.

¡Qué feo que me sonó! Yo no les puedo contar lo feo que fue cuando me dijeron que tenía que bajar a notificarme al Tribunal, casi una metáfora del infierno, ahí en la curia, tenía que bajar ahí al Tribunal. Y yo le dije “Monseñor…Carlos, no puedo yo creer en esto de tribunales, sentencias, abogado defensor, creo que tengo como unos veinte días para buscar un abogado, si por ahí anda uno bueno… Digo, Carlos yo no puedo creer en esto. Me hace acordar a la escena de Jesús frente al Sumo Tribunal del Semedrín con Pilatos cuando lo condenaron. Y eso que yo, lejos, lejísimo de ser como Jesús, pero tribunales, sentencias, proceso, delito, abogado defensor, juicio… Le digo, Carlos, guardá todos tus papeles, porque yo creo en el Evangelio y no puedo creer, no puedo creer en esta burocracia tan leguleya, romana. (La gente lo aplaude)

Y entonces dice el texto “para que toda esta actuación se realice conforme frente al derecho eclesial vigente –como si no fuera poco ya, dice– estableciendo entonces una medida cautelar…–cautela, prudencia, vamos a ver cuál fue la medida de prudencia—en la que formalmente le prohíbo el ejercicio público del ministerio sacerdotal”. Yo le dije: Carlos, hasta podría someterme al juicio, pero aceptar que mientras el juicio se sustancie, creo que dicen así los abogados ¿no?, se sustancia, se sustancie—que me prohíbas estar con mi comunidad compartiendo la mesa de cada domingo, eso es cortarme las manos, es absolutamente desmedido y profundamente antievangélico. Antes que obedecer semejante desmesura, que no tiene nada de cautela, ni de cauto ni de prudencia, yo voy a obedecer mi sagrado deber de estar con mi comunidad celebrando la mesa del pan de la vida.

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Juicio a Videla y Menéndez en Córdoba

Morir por todo y nada en la UP1

Marta Platía

Entre marzo y noviembre de 1976 dentro de la Unidad Penitenciaria Nº 1, un paquete de sal, un cigarrillo debajo de la cama o que se cayera  de un bolsillo en una requisa;  un apellido ilustre; ser judía y, encima, mujer; o quedar con el cuerpo descalabrado luego de una sesión de tortura: todo podía llevar a la muerte.

Prueba de ello son las  declaraciones corales sobre el estaqueamiento del doctor René Moukarzel, a quien el entonces teniente Gustavo Adolfo Alsina encontró recibiendo sal de un preso común a través de una reja. El fusilamiento de Pablo Balustra, a quien dejaron cuadripléjico a golpes con la excusa de haberle encontrado un pucho debajo de  su camastro de la celda 1del Pabellón 6. O el de Raúl Bauducco –el crimen con más testigos en la historia cordobesa–baleado a quemarropa por el cabo Miguel Angel Pérez, con la venia de Enrique Mones Ruiz, porque no se levantó luego de un palazo en la cabeza, y “se le había caído un cigarrillo cuando lo desnudaron en el patio del penal” junto a otros 300 presos.

Otro pecado imperdonable: la portación de apellido. Como en el caso de Miguel Hugo Vaca Narvaja –hermano de la embajadora en México, Patricia Vaca Narvaja y de Fernando, uno de los líderes Montoneros– a quien golpeaban “hasta dos y tres veces más que al resto”, según contó su ex socio: el testigo y sobreviviente Enrique Asbert, justo el día en que el juez español Baltazar Garzón estuvo en el juicio. La jornada en la que los 31 imputados, con Jorge Rafael Videla y Luciano Benjamín Menéndez como mascarones de proa, abandonaron en masa la sala de audiencias en señal de repudio.

Tampoco hubo chances de salvación para Diana Fidelman. “No sé qué la comprometía más: si ser joven, ser judía, o ser mujer. Creo que todo eso marcó su suerte”, atestigüó la médica pediatra María Waisman, quien estuvo sentada a su lado antes de que la llevaran al muere.

Ser madre era otro plus de sufrimiento –o de muerte–, como contó el ex detenido José Martín Nitzschmann: “A mi lado, en la D-2 , había una chica con un bebé en brazos. El Gato (el torturador Miguel Angel Gómez, que gustaba darse a conocer ante sus víctimas) había atado una cuerda a los testículos del bebé. Así, cada vez que tiraba y el chiquito aullaba, le gritaba la madre: ¡Ahora sí vas a hablar, vas a hablar!

El capítulo de los chicos en la cárcel junto a sus madres ha sido motivo de revulsión dentro de la sala: ex detenidas contaron cómo los desnudaban junto a ellas en las  requisas, aún en las que se hicieron simulacros de fusilamiento. Graciela Galarraga declaró –con una entereza que sólo se comprende por el deber autoimpuesto de dar testimonio– que “más allá de las violaciones sistemáticas en las celdas de castigo y las palizas; las que sufrieron muchísimo más fueron las que acababan de dar a luz. Como no les traían al bebé, levantaban fiebre y la leche se les infectaba en los pechos. No teníamos cómo ayudarlas. A una de ellas hasta  tuvieron que cortarle los pezones para pararle la infección”.

Los 48 testigos que declararon hasta el momento tampoco parecen haber recibido consuelo de los capellanes de la cárcel: “Algo habrán hecho y tienen que resignarse”, aseguró  Graciela Galarraga que les lanzó un religioso cuando le pidieron ayuda. Otra vertiente de humillación llegó directamente de algunos miembros de la justicia Federal de entonces. Al menos media docena de jueces y abogados fueron señalados –por víctimas y victimarios– de  convalidar los métodos represivos por acción u omisión. ¿Lo más impactante en ése sentido? Por el momento la frase del abogado Eduardo Luis Molina en mayo de 1976 a la entonces detenida María Teresa Sánchez: “Mirá, si vos no querés hablar y encima no te querés bajar la  bombachita, así no te vas a ir más”.

Carlos Avila, un ex preso político, sintetizó con su tono campechano un concepto que se repite en la mayoría de los testimonios: “No eran hombres. Eran mentes asesinas vestidas con uniformes militares. Querían destruirnos como personas. Hoy se hacen los viejitos que sufren y tienen muchos años. Quieren irse a la casa. No es justo. No corresponde. Cuando se comete un delito, el lugar para pagar es la prisión”.

Sin embargo, y por los resquicios que dejan los tiempos judiciales –los de la Cámara Nacional de Casación Penal, por ejemplo– un reo como Luciano Benjamín Menéndez que ya sumó cuatro condenas a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad (la primera en julio de 2008), está de regreso en su hogar.

¿La razón? Más allá del diagnóstico médico que esgrimieron sus defensores, “neumonía pulmonar doble” –una dolencia según la cual dos profesionales consultados por este diario “debería estar en terapia intensiva”–, ninguna de ésas sentencias aún está en firme.

Historia de amor frente al pelotón de fusilamiento

En su testimonio, Enrique Asbert rememoró una escena con un gendarme que calificó de kafkiana, y que podría culminar en el primer caso de falso testimonio de este juicio.

“Imaginen a trescientos tipos desnudos en el patio de la cárcel con las manos contra la pared. Hacía un frío bábaro y teníamos mucho miedo. Se me acerca un alférez de la gendarmería y me dice: Estuve con Charito, tu esposa. Ella es amiga del amor de mi vida, Ana María. Me quiero casar con ella, pero ella no me quiere”. A pesar del tiempo transcurrido, el testigo pareció no haber salido de su asombro: “Nosotros no sabíamos a quién fusilarían esa noche. Estábamos aterrados y este tipo hablándome de su amor frustrado…”. Asbert contó también que cuando los pusieron a todos cuerpo a tierra, “este gendarme (Carlos Omar) Farías, tuvo un buen gesto: me tapó los ojos poniéndome suavemente el borceguí encima de la cara, para protegerme de ver lo que vendría”. Y lo que vino fue un disparo. La víctima: Raúl “Paco” Bauducco. En ése punto del relato, Asbert aseguró recordar un diálogo inédito en lo que va del juicio: “¿Qué pasó?, preguntó una voz de mando. Se me escapó un tiro, contestó uno más joven. No –sentenció el superior– El intentó arrebatarle el arma”. Los protagonistas habrían sido el entonces  teniente Enrique Mones Ruiz y el cabo Miguel Angel Pérez.

A su turno, el  ex gendarme Carlos Omar Farías negó ante el juez Jaime Díaz Gavier todo lo dicho por Asbert. Dijo no conocerlo, y ni siquiera haber entrado a la UP 1. Pero cuando el fiscal Maximiliano Hairabedián lo interrogó acerca de cómo Asbert conocía tanto detalle de su angustia por la pasión no correspondida, el hombre no supo qué decir. Treinta y cuatro años después, y por el amor de una mujer, Farías podría convertirse en el primer condenado por falso testimonio.

El juicio comenzó el 2 de julio de 2010, por los delitos de lesa humanidad cometidos  durante la última dictadura en la Unidad Penitenciaria UP1, actual cárcel de San Martín. Se juzga al ex dictador Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros 29 represores. Todos están acusados por el fusilamiento de 31 presos políticos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN) en la cárcel conocida como UP1(actual cárcel del barrio San Martín), entre abril y octubre de 1976. También están imputados por la tortura a seis policías de la ex D-2, la Gestapo local, que se negaron a cumplir órdenes del Terrorismo de Estado.

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Sábado, 11 de septiembre de 2010.


Justicia

Por Manuel Rivas

Hace muy poco, en el 2001, Argentina era un país desahuciado. Si en Europa hoy hablamos de crisis, lo que vivió ese país fue una joda total. Millones de familias perdieron los ahorros. Los viejos que entregaron sus pensiones a fondos privados, animados por los loros del neoliberalismo mágico, se encontraron de repente en la indigencia. La pasta de los más ricos, avisados, emigró como las golondrinas. Los barrios del Gran Buenos Aires se autoorganizaron para dar de comer en ollas populares. Hoy Argentina levanta algo más que la cabeza, pese al mangoneo de una oligarquía prepotente, bendecida por una curia pendiente de exorcismo. Trazos cavernícolas que se prestan, sí, a un paralelismo con la España del Último Día. Sería recomendable que unos y otros viesen Tatuaje, donde se lleva a la escena la vida de Miguel de Molina, el cantor torturado por esbirros de Franco y que encontró refugio en América, con la ayuda de Evita. Por cierto, pocos países en el mundo tienen el pulso cultural que hoy tiene Argentina, donde también se está escribiendo el mejor periodismo literario. Agarren, si pueden, Frutos extraños, de Leila Guerriero, y Si me querés, quereme transa, el último de Cristian Alarcón. En el renacer después de la ruina, algo habrá tenido que ver la presidenta Cristina Fernández, denostada por la derecha como una bruja. Pocos países en el mundo de hoy han avanzado tanto en el campo de los derechos humanos. No he llegado a esta conclusión por birlibirloque. Lo pienso al salir de un juzgado en Comodoro Py, donde he podido asistir, como un ciudadano cualquiera, al juicio a la plana mayor de la ESMA, el centro de la Armada que la dictadura convirtió en un matadero. Y me ratifico al leer la resolución de la Cámara Federal, que se dispone a investigar el genocidio franquista si no lo hace la Justicia española. Gracias, Argentina.

(Publicado en el diario El País, de España, el 11 de septiembre de 2010)

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Septiembre, 2010

Juicio a Videla y Menéndez

De crueldades y sadismo

Por Marta Platía.

El ex dictador volvió a pararse sobre sus pies y lanzó: “Fuimos crueles, pero no sádicos”. La aseveración no surgió de la nada: ambos adjetivos fueron el denominador común en más sesenta testimonios –de los 149 previstos– en el juicio que se le lleva en Córdoba por delitos de lesa humanidad.

En el diccionario de María Moliner, el adjetivo cruel “es aplicado a personas capaces de hacer padecer a otros, o de ver padecer sin conmoverse o con complacencia”; en tanto que señala como sádico a alguien afectado de “una perversión psíquica de carácter sexual que consiste en experimentar placer con el padecimiento de otra persona”.

Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y los otros 29 imputados por las torturas y el fusilamiento de 31 presos políticos en una cárcel cordobesa; deberían preguntarse entonces si fue cruel o sádico, por ejemplo, que un grupo de soldados  “encabezados por el cabo (Carlos Hibar) Pérez”,  violaran durante toda una noche en una celda de castigo a Graciela Galarraga, lastimándola al punto de dejarla inconsciente durante varios días. “Cuando desperté, estaba ensangrentada. Me habían metido un cuchillo en la vagina y me habían dejado la funda de cuero adentro”.  Galarraga, entre otras secuelas, tuvo una infección que casi la mata.

¿Será un acto cruel o sádico el de Miguel Angel “el Gato” Gómez, de la D-2, quien antes de violar a sus víctimas gustaba de sacarles la venda y presentarse: “Mirame bien, yo soy el Gato, tu torturador”?

¿Habrá sido cruel o sádico, sodomizar y estaquear a Rosario “Charo” Muñoz? “El 10 de julio de 1976, (Gustavo Adolfo) Alsina se enfureció conmigo porque una celadora me había llevado un plato de comida. Yo estaba castigada y hacía ocho días que me tenían a pan y agua. Como no quise decirle el nombre de la persona que había tenido un gesto humanitario conmigo, me llevó al patio, me hizo desnudar y me estaqueó. Hacía mucho frío y viento”.

El ex militar que Videla calificó de “valiente y corajudo”, se dedicó entonces a tirarle baldazos de agua a la mujer inmóvil en el piso de cemento. Pero eso no le pareció suficiente: “Me quemó el cuerpo con cigarrillos y obligó a algunas de mis compañeras a que me arrojaran agua fría. Para ellas fue terrible y para mí también. Una no podía, así que miré su cara de horror y le grité: “Hacé lo que él te dice”.

Charo logró sobrevivir. El médico René Moukarzel, cuatro días después, no soportó el mismo tormento. ¿Por su asma tal vez? ¿Por las piedras bajo su espalda desnuda? ¿Habrá sido el frío? ¿O porque ya en la enfermería, el teniente Alsina no dejó que nadie lo auxiliara y lo remató a golpes con la culata de su fusil? “Cuando ya estaba muerto, le seguía saltando encima del pecho mientras se reía como un loco y lo insultaba”, describió todavía aterrado, Eduardo Fonseca, un enfermero de entonces.

Tal vez el máximo jerarca de la última dictadura argentina, debería reconsiderar si fue cruel o sádico decirle a Marta González de Baronetto, mientras la picaneaban poco después de que haber parido a su bebé, esposada y tabicada: “Esos deditos que estás tocando son del nene. Le cortamos una mano apenas nació”. O que el ex carapintada Ernesto “Nabo” Barreiro le preguntara a Jorge De Breuil en el campo de concentración de la Ribera, “qué me  había parecido la orgía de sangre que hicieron con mi hermano Gustavo y con (Hugo) Vaca Narvaja; y que iban a hacer lo mismo con mi padre”.

¿Fue cruel o sádico, atar una cuerda a los testículos de un bebé y tirar de ella para hacer hablar a su madre, tal como contó el ex detenido José Martín Nitzschmann? ¿Y arrojar ratas en la celda de las mujeres; o torturar hombres hasta dejarlos cuadripléjicos, como a Pablo Balustra, a quien aún discapacitado –o quizás por eso– después asesinaron en un  supuesto intento de fuga? ¿Y sacar hombres y mujeres a un patio, “hacerles tacto” a ellas y  vejarlos a ellos, para después simular fusilamientos o –directamente– balearlos a quemarropa como le ocurrió a Raúl Bauducco, a quien asesinaron  frente a unos 300 testigos?

Crueles sí, sádicos no, dijo Videla. De un calificativo se jacta. Al otro lo niega.

Del arrepentimiento, ni vestigios.

Mientras –y frente a los jueces de varias provincias– los que padecieron los crímenes de su “ejército victorioso”, no necesitan de ningún diccionario para saber de qué están hablando.
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14 de julio de 1976.

Relato coral de la muerte de Moukarzel

Por Marta Platía

René Moukarzel tenía 29 años y era médico. Culpable para sus torturadores de haber recibido un paquete de sal de manos de un preso común, fue castigado por el entonces teniente Gustavo Adolfo Alsina, quien ordenó estaquearlo en la mañana del 14 de julio de 1976. La temperatura mínima de ése día fue de 2 grados bajo cero.

Moukarzel permaneció todo el día estaqueado y desnudo en el patio del Pabellón 14, donde estaban alojadas las presas políticas, muy cerca de la enfermería, y a la vista de otros pabellones con presos comunes.

Su torturador le arrojaba agua con un balde que llenaba en una canilla cercana –u ordenaba que otros lo hicieran–  para que muriera congelado. El castigo duró todo el día. A pesar de su asma, el hombretón de casi dos metros que era Moukarzel, resistió el suplicio hasta la una de la madrugada del 15 de julio.

Cada testigo, desde su lugar de cautiverio, aportó su voz en este coro griego que reconstruyó durante el Juicio, la agonía de un hombre.

“Le habían puesto piedras debajo de la espalda y le tiraban baldazos de agua para que se congelara. Le ordenaban que gritara ¡Viva el Ejército, muera Cuba! El no lo hizo. Creo que no quiso desanimarnos. Qué triste victoria la de los verdugos, cuando la víctima no se rinde”. Graciela Di Rienzo.

“A nosotras, las mujeres, nos abrieron las ventanas para que lo viéramos morir. El propio teniente Alsina nos amenazó: Esto les va a pasar a todos. No lloré. Sabía que si lo hacía, me iban a matar”.  Stella Grafeuille.

“Alsina me llevó de un brazo a la ventana para que lo viera. Era muy largo, sólo ví su torso, la mitad de su cuerpo. Así van a morir todos, me dijo. Norma San Nicolás.

“Yo ví con el periscopio (una carga de birome vacía con una hojita de afeitar en la punta que pulían como un espejo) cómo Moukarzel fue atrapado cuando recibía un paquete de sal de un preso común”. Luis “Vittín” Baronetto.

“Cuando se hizo de noche, en el silencio, podíamos escuchar cómo hacía fuerza para respirar. Moukarzel era asmático”. Soledad García.

“Ví cuando lo trajeron mediomuerto a la enfermería. Ya era de noche. Lo tiraron sobre una camilla. Yo estaba ahí, hemipléjico, después de una sesión de tortura. El enfermero (Julio Eduardo) Fonseca lo quiso ayudar, ponerle oxígeno. Pero Alsina lo empujó. Que se atienda solo, total es médico, gritó. Después le pegaba en el pecho y hasta le saltó encima para rematarlo”. Fermín Rivera.

“Cuando el hombre murió, se mataba de risa, le saltaba sobre el pecho y le gritaba, ¡Hijo de puta, al fin me las pagaste!. Julio Eduardo Fonseca.

“Lo habían tirado patio y lo cubrieron con una capa verde, de ésas que usaba el Ejército. Dos horas después, llegó un camión y lo tiraron en la parte de atrás, envuelto en la capa. Nos dijeron que era un médico santiagueño”. Roberto Aballe, actual ministro del gobierno cordobés, que por entonces cumplía con su servicio militar.

“Más tarde, Alsina entró a las celdas mostrando como un trofeo en alto los lentes ensangrentados de Moukarzel. Gritaba:Esto es todo lo que quedó de él, coincidieron Baronetto, Rivera, García y Jorge De Breuil.

El martes 9 de noviembre de 2010, treinta y cuatro años después de que lo vio vivo por última vez, Marta Moukarzel, una de las hermanas del médico asesinado, pudo pararse por primera vez sobre el lugar exacto donde mataron a su hermano.

A pocos metros, el estaqueador Gustavo Adolfo Alsina no negó el crimen. Inmerso aún en su lógica asesina, y enterrándose a sí mismo en cada palabra dicha, trató de demostrar, señalando paredes, árboles y ángulos inverosímiles, que nadie pudo ver lo ocurrido en ese patio.

Nada más ni nada menos que la muerte artesanal de un hombre al que ejecutó con sus propias manos.

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Lunes 15 de noviembre de 2010

Comienzan los alegatos en el juicio a Videla

Marta Platía.

El juicio al ex dictador Jorge Rafael Videla entra en sus tramos finales: después de 110 testigos, esta semana comenzarán los alegatos de los abogados querellantes. El veredicto se espera para el miércoles 22 de diciembre.

Previo al primer alegato, a cargo de los doctores María Elba Martínez y  Hugo Vaca Narvaja, tendrán oportunidad de hacer sus descargos el represor Luciano Benjamín Menéndez y otros cuatro imputados.

En estos últimos días, Videla y Menéndez observaron con gesto  grave cómo se rompió el pacto de silencio en cuanto a algunos de los crímenes de lesa humanidad cometidos en la ex UP1, donde sus subordinados  torturaron y asesinaron a 31 presos políticos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN) entre abril y octubre de 1976.

Así, el ex teniente Pedro Mones Ruiz acusó del fusilamiento de Raúl Bauducco al cabo Miguel Ángel Pérez, quien a su vez se defendió diciendo que “fue un accidente”, que se le “escapó un tiro” y que el “teniente también es responsable”. Los resquebrajamientos en la línea de mando continuaron con Víctor Pino Cano, quien reveló a través de su defensor y ante el estupor de los reos, haber “recibido en 1987” una carta del también imputado Osvaldo César Quiroga –acusado entre otros crímenes de haber trasladado a la muerte a Miguel Hugo Vaca Narvaja, Higinio Toranzo y Gustavo de Breuil—, en la cual le indicaba lo que debía declarar en caso de que la causa llegara a juicio, como de hecho ocurrió.

“Si bien lo que entendemos desde siempre como pacto de silencio en cuanto a que nos digan dónde están los desaparecidos no se ha roto aún; estas traiciones entre ellos ante una eventual condena son un comienzo, y la primera vez que ocurre en juicios de esta naturaleza”, le dijo a este diario Hugo Vaca Narvaja.

Otro de los hitos de la última semana fue la recorrida de los miembros del Tribunal Oral Federal Nº1 por la cárcel de San Martín (ex UP1), con los represores Gustavo Adolfo Alsina, Pedro Mones Ruiz, y dos de sus víctimas que lograron sobrevivir: Gerardo Otto y Norma San Nicolás.

La tensión estuvo presente a cada paso, y la imagen de Alsina, colgado de las rejas de una ventana a  casi dos metros de altura para demostrar que los presos políticos no hubiesen podido verlo desde allí, como aseguran los sobrevivientes, fue una de las mas impactantes.

A Alsina se lo acusa, entre otros crímenes, de estaquear hasta la muerte al médico René Moukarzel.

Ese día y a pocos metros de él, Marta, una de las hermanas de la víctima, no podía quitarle los ojos de encima. “Que no se caiga, lo necesitamos sano para que la Justicia lo mande a la cárcel”, le susurró Rosario, la esposa de Pablo Balustra, otro de los fusilados en ésa cárcel.

Por primera vez, y con el matador de su hermano caminando a pocos metros de ella, Marta pisó el patio del penal donde Alsina lo estaqueó el 14 de julio de 1976.  Abrazada a Norma San Nicolás, quien le señaló “el lugar exacto, cerca de una canilla de donde sacaban agua y le tiraban para que se congele”, Marta lloró larga, silenciosamente.

A todo esto, la jornada del viernes se vio alterada por una nueva amenaza de muerte al abogado querellante Claudio Orosz. Es la segunda en lo que va del juicio. La primera ocurrió el 5 de julio cuando un hombre llamó a la casa de su padre “de parte de Menéndez”.Ahora, una carta de fuerte contenido nazi volvió a cargar contra Oroszen el domicilio de su progenitor. La denuncia fue radicada en la fiscalía de Gustavo Vidal Lascano.

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Viernes, 3 de diciembre de 2010

Pidieron perpetua para Videla y Menéndez

Por Marta Platía

En la jornada más importante antes de que en la semana del 20 se lea el veredicto, los fiscales pidieron “cadena perpetua e inhabilitación absoluta perpetua” para el ex dictador Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros 16 represores por los delitos de “imposición de tormentos agravados; tormentos seguidos de muerte; 30 homicidios calificados;  y privación ilegítima de la libertad”.

Maximiliano Hairabedián y Carlos Gonella solicitaron también la absolución de un ex militar, Francisco D´Aloia, y tres ex policías: Luis Rodríguez, Luis Merlo y Ricardo Cayetano Rocha.  Para los demás, pidieron condenas que van desde los 25 a los 9 años de prisión.

Los fiscales basaron sus piezas acusatorias en la teoría del dominio del hecho, del alemán Claus Roxin, y consideraron autores mediatos de “todos los crímenes” a Videla y Menéndez: “Ni Hitler ni Himmler apretaron el gatillo o abrieron las llaves de las cámaras de gas, pero fueron responsables de todo”, recalcó Gonella.

Además de la solicitud de absolución  de D´Aloia –imputado por el fusilamiento de Hugo Vaca Narvaja, Higinio Toranzo y Gustavo de Breuil — “por falta de certeza”; otra de las condenas que provocaron polémica ni bien se  conocieron, fueron los 25 años por “tormento seguido de muerte” para el ex teniente Gustavo Adolfo Alsina, acusado por el estaqueamiento y asesinato del médico René Moukarzel. “Si bien por la bestialidad de ése hecho que repugna a la conciencia humana merecería más; 25 años es lo que indica el Código Penal. De todos modos, el Tribunal deberá decidir”, argumentó Hairabedián, arrojando la definición al ámbito de los jueces  encabezados por Jaime Díaz Gavier.

En uno de los pasajes más sobresalientes de todo el juicio, el fiscal Carlos Gonella acusó de  complicidad con el Terrorismo de Estado al ya muerto Cardenal Raúl Francisco Primatesta: “Más allá de que en esta causa no se ventilen sus responsabilidades penales, creo que si Primatesta estuviera vivo estaría sentado aquí”. Sus palabras resonaron en toda la Provincia.

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Festival de Folclore de Cosquín, 2011.

La coplera que llegó del norte

Mariana Carrizo, la vengadora


Por Marta Platía

De los ojos oscuros saltan chispas cuando se recuerda, “coplera” en el Tren de las Nubes: “Es difícil explicárselo a alguien que no lo vivió. Pero yo cantaba con mi cajita de vagón en vagón, mientras que por las ventanas pasaban los cerros de los que habían nacido esos versos. Era todo uno, y yo era feliz” dice, amarrada con las dos manos a su gruesa trenza negra.

Da vértigo al revés charlar cara a cara con Mariana Carrizo, la coplera salteña que se robó el corazón de Cosquín ni bien llegó en 2004: pequeñísima, de  apenas un metro cuarenta y dueña de una timidez muy difícil de sortear, no hay quien no se sorprenda al conocerla en persona. Y las razones son claras: sobre el escenario es otra. “Ahí arriba veo el mundo de otro modo. Me transformo, me animo. Me pongo pícara. Digo cosas que yo creo que le ayudan a las mujeres a no quedarse calladas, a liberarse por un rato”.

Nacida en Angastaco, un pueblo de los Valles Calchaquíes, Mariana creció en el enclave de San Carlos: “Nadie me enseñó a cantar, canté desde siempre. Cuidaba ovejas y cantaba. Iba a la escuela y cantaba. Creo que a los 8 años fue la primera vez que una maestra me dejó cantar para todos”. Y de allí a la imagen de Mariana, corriendo al viento, “porque traía la música de Pavarotti, o de Edith Piaf” que ponían con altavoces en el pueblo. O la de su tesón, haciendo dedo de pueblo en pueblo, para recopilar coplas aún cuando su papá la quería monja. La joven que crió sola a sus dos hijos. La coplerita, durante ocho años, del Tren de las Nubes “haciendo diez funciones por día, porque eran diez vagones”. Mariana.

Cosquín, tres de la madrugada del lunes. Una mínima Carrizo sin tacos, sube al escenario de la peña de Los Manseros Santiagueños. Cuando se prepara para dar el primer golpe a su caja, un hombretón de rostro envilecido  se para frente a ella, a todos, y lanza dos sonoros bostezos. Hay sorpresa y bronca en el público. La artista es la única que no se inmuta.

Y canta: “El doctor me ha recetado, un mozo que tenga 30. Conseguí dos de quince, sólo así me da la cuenta”/ “A los hombres hay que quererlos y no darles de comer, porque comiendo se olvidan, muertos de hambre quieren bien”/.

De allí directo a los versos que dedica a los hombres “cuando la naturaleza los abandona”, a los yuyos “mágicos” como la muña-muña; y a los “pata de lana”.

Las mujeres atronan el lugar con sus carcajadas. Y no son risas inocentes: son risotadas estentóreas de brujas malvadas. Burlonas. Hay tipos que hasta se tapan la cara ante el fuego cruzado que se ha desatado, sin preaviso, desde arriba y abajo del escenario. “¡Que bajen a esa chiquita!”, grita uno que se anima, antes que su propia compañera le pegue con la palma abierta en un brazo.

Mariana, convertida a esa altura en una verdadera vengadora, tiene plena conciencia del efecto que causa. Y también ríe.

“El machismo ha hecho que nuestra gente se defienda así –explica después—. Los hombres son muy machistas pero a veces la mujer lo es más. Y a eso hay que tratar de cambiarlo. Pero este arte no está hecho sólo de eso. Nosotros contamos nuestra vida, nuestros pesares, las picardías y las historias de los que ya no están. Somos como periodistas pero en coplas”.