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Mineros de las salinas cordobesas:

 

 

                                                                                                   Vidas de sal

 

Son las cuatro de la mañana. Lo sé porque mi papá ha saltado de la cama como todos los días. Como un resorte, salta mi Viejo. Así dice, riéndose, mi mamá cuando le sirve ese café que a mí no me dejan tomar y él sorbe rápido, quemándose la lengua, cada día.

Chicos, dice mi papá, al trabajo no se llega tarde, al trabajo hay que cuidarlo.

Chicos, dice. Aunque todas seamos mujeres en la casa. Todas menos mi hermano, el Pablo. Que duerme en la cuna y que ya no toma leche, porque a mi mama se le retiró.

Nervios, dijo el médico.

Nervios, repitió mi Vieja cuando las dos fuimos al dispensario de paredes amarillas, en el centro de San José de las Salinas. El pueblo donde vivimos.

Ese día había mucha tierra en el aire por un viento que llegó del norte. Mucha tierra y el sol, que pica en el cuerpo cuando llega la época de la cosecha de sal. Ahí, donde trabaja mi Viejo con los demás.

Son tres meses de cosecha. Noventa días en los que a mi Tata le cambia la cara y la vida. Noventa soles de algo que hacer y de un pago que falta los otros nueve meses en el pueblo donde vivimos.

El se lava la cara en la palangana. Pero no se la lava como yo, como mi mamá o mis hermanas. Se la lava como los machos: a golpes de agua. Después se lava los sobacos. Y se los seca con la toalla ésa, de rayitas que me gustaba más cuando era de colores.

Entonces va a la cocina y escucho cuando se toma el café en el jarro que mi mama le prepara. Cuando me dice, como si yo fuera un hombre, que hay que cuidar el trabajo. Que es una bendición. Que es la única forma de salir de esto.

De esto.

¿Y qué es esto? ¿La casa? ¿El pueblo? ¿Las salinas?

¿Qué es esto, Viejo?

Lo miro desde la puerta del baño. Lo veo irse. Parece contento. Se nota esperanzado. Es cuando parece más vivo. Más hombre. Mi mama vuelve al catre. Porque no les dije antes que no hay camas en mi casa. Sólo catres. Tres — me gusta jugar con las palabras–, tres catres donde dormimos todos. Ellos, mis padres, en uno; la Ana y la Marcela en otro; la Antonia y yo en el tercero. El tres. Pablo, el bebé, por ahora se salva. Tiene cuna. Pero ya le va a llegar el tiempo de la lona fría debajo del cuerpo. Y la madera del borde pegando en el brazo o la cara, cuando uno se descuida y se duerme mal. Acá, en San José de las Salinas, el catre, como la cosecha en las minas, les llega a todos.

Me contó el Anselmo Benítez lo de la serpiente. Dijo que hay una víbora blanca que anda serpentiando sobre el desierto de las Salinas Grandes. Que ni se mueve, porque es de pura sal. Y que no la hizo nadie. O sí, que fue el viento del norte. “La armó él solito con el salitre y el tiempo que tiene de andar por acá”, me dijo el Anselmo, que es muy de palabras. No como los otros.

Y me dijo también que ahora la víbora es la mascota de los salineros. Que andan señalándola divertidos. Que se admiran de verla ahí, tiradita, como si fuera de veras. Y que como parece de verdad, andan jugando al juego de asustar a la única mujer que tienen a la vista, a doña Carmela, la que vive cerquita de la entrada de la mina y que ven cuando entra a llevarles un poco de agua, a eso de la mediamañana.

El Anselmo me cuenta que la asustan vuelta a vuelta. Aunque sepan que las mujeres como ella, de la ciudad, porque la Carmela llegó acá desde Córdoba hace como veinte años, no son de asustarse fácil.

Pero ya vieron cómo son los hombres, un poco bobos. O a mí me parece, no sé. Andan ahí, repitiendo el chiste todos los días y se ríen igual, aunque ya no tengan ganas. Creo que es para que los demás hombres no los piensen tan tontos de no entender que siempre es una gracia provocarle el susto a una mujer con una víbora que ni es cierta. A veces me parecen como los chicos, aunque ya les hayan crecido las manos y el cuerpo. Aunque de viejos, como a los 45 dicen en el pueblo, algunos hasta se mueran de tanto palear sal. Cuando se les endurece la respiración. Si hasta hay los que pierden la vista por lo blanco de la sal, como el padre del Anselmo. Y eso mismo es lo que les chilla también doña Carmela, como para vengarse de las asustadas que le hacen. Los maldice con esa boca sin dientes que tiene. Les grita que todos se van a morir de sol o de sal un mediodía de ésos, en los que el piso cruje y arde a más de 50 grados en el cuerpo. Uno de esos en que la asustan con la víbora blanca.

Mi Tata a veces nos cuenta, cuando viene para comer, con los 50 grados que le arden en el lomo. Cuenta de las malediciones de la Carmela por la serpiente. Y mi mamá le dice que no se preocupe. Que no la escuche. Ella misma, creo, tampoco lo escucha a veces.

Yo, mientras, me hago la que leo, pero escucho. Todo escucho. Mi mama dice que casi no duermo por escuchar. Que siente que mis ojos siempre la están mirando, siguiendo. No sé, puede ser. Yo soy, dicen las maestras en la escuela, la más despierta de los diez hijos que tuvo mi Tata. El se llama Martín. Martín Romero. Yo tengo 13 años y soy Alicia, la número siete.

…………..

-Ando paleando por acá desde que tenía once años, creo. Dice y duda, Martín Romero, 43 años, una mujer, diez hijos.

El hombre trabaja en la cosecha de sal con dos de ellos: Marcelo, de 23, y Sebastián de 21, “frutos” del primer matrimonio en el que, dice, le nacieron “cinco machitos”. Los demás esperan su turno que, nadie lo duda, vendrá con el tiempo.

Mientras toman un descanso, y para mostrar de dónde vienen, los tres señalan al este, “para el lado del pueblo, donde están las casas”, con las manos escondidas en guantes fabricados con trapos viejos para aguantar el paleo.

El pueblo es un caserío tapado en polvo de 653 habitantes según el último censo en 2001, y ahora, cinco años después, “muchos menos”, coinciden estos hombres que recuerdan en voz alta los nombres de los que se fueron para la ciudad, para Córdoba, “buscando changuear”. Los imaginan albañiles, zanjeros, peones de todo y nada. Jornaleros que, “encima”, se dan el lujo de ir a los bailes de La Mona todos los sábados.

Carlitos “La Mona” Jiménez es la estrella de todos. El cantante popular que los interpreta y el sueño unánime de un puñado de hombres que, después de algunos tímidos pasitos de cuarteto sobre la sal, y aferrados al mango de las horquillas con las que quiebran la superficie cristalizada, vuelven a los golpes rítmicos del oficio terrestre que les tocó en suerte. O en desgracia.

-Porque el trabajo en la salina es duro. Murmuran.

-Porque pagan poco. Apenas se quejan.

Mientras, los ojos atentos del capataz pasan caminando a lo lejos; confundida su figura maciza de tan envuelto en trapos que está. Imposible que escuche, inevitable que imagine.

Acaso así, con su improvisado turbante de beduino de desierto y salitre, él es también uno de ellos.

Los trapos de todos. En el cuello. En la cabeza. Para los que no tienen sombreros ni gorra. Los trapos en la cara, cubriéndola.

-Es que el sol, doñita. Explican.

-Es que la sal. Repiten.

El chirrido de la línea de pequeños vagones sin techo, los volquetes, llega obediente por la vía recién tendida y desvanece el grupo apenas compacto.

O lo convierte en lo que es: un casi ejército de cuarenta hombres que amontonan la sal al costado de los rieles. Midiéndola en parvas. Calculando si con eso será suficiente para llenar el volquete. Y con él, el bolsillo. La mesa.

Es tiempo de cosecha en San José de las Salinas, a 220 kilómetros al norte de  la capital mediterránea. De cosecha de sal.

Las Salinas Grandes son grandes yacimientos naturales que se extienden desde el norte de Córdoba y abarcan el suroeste de Santiago del Estero y sur de Catamarca.

Su suelo salado es un gigantesco desierto blanco que tuvo, según los geólogos, origen continental. Esto es que se formaron y cristalizaron a partir de aguas subterráneas o superficiales en las zonas áridas y deprimidas, hace millones de años. Las “Grandes” si bien son muy extensas, tienen una capa de poco espesor: unos diez centímetros, según el sitio. Durante casi todo el año su superficie está cubierta por unos siete u ocho centímetros de agua y sólo cuando el sol y el viento la evaporan, la sal de su fondo queda a merced de las empresas y los mineros que esperan para cosecharla.

En el lado cordobés, hay dos firmas grandes que las explotan: La Industrial Salinera, de Picatt, con sede en Jesús María; “Susy Sal”, de los Hermanos Blas de Deán Funes; y un par de otras pequeñas empresas familiares: como la de Enrique Luna, de San José de las Salinas, en la que ahora están conchabados los Romero. Sólo la de Jesús María cuenta con máquinas para la extracción, y con piletones secos o con agua, según les convenga, que les permiten almacenar el salitre todo el año sin preocuparse por el tiempo.

El resto, explota las minas con mano de obra artesanal. A pico, horquilla y pala.

La cosecha ocurre, casi siempre, los meses de septiembre, octubre y noviembre, cuando se retiran las aguas de los campos de sal.

-Son tres meses al año y hay que darle duro, porque después aquí no hay más nada que hacer, cuenta Lucho, un hombre de 69 años de piel oscura y gruesa, como la de todos.

-En una de ésas tenés suerte y te llaman para embolsar y son dos meses más”, calcula.

A su lado, Víctor Ledesma, de 34, que ha venido desde el pueblo “de enfrente”, Lucio V. Mansilla, a 28 kilómetros de allí, está casi seguro de que él será uno de los hombres elegidos de este año.

-Estoy joven todavía. Fuerte. Todavía no estoy tan gastado, se ufana.

Los de Lucio Ve , como le llaman a la pequeña localidad vecina de 850 almas, son un puñado considerable de obreros que, para llegar a la mina, hasta alquilan una chata.

Verlos llegar al amanecer a la “Santa Laura”, la mina más cercana al pueblo. Pura sombra. Puro silencio. Verlos a los de San José de las Salinas, parados todos en la caja de un vetusto camión Beresford al que la sal le devoró las puertas. Y a los de Lucio V., en su camioneta de alquiler destartalada. Esquivando los pozos del camino de tierra que entra desde la ruta, y patinando sus ruedas en estos guadales. Esta maldición en forma de polvillo seco que suelta la tierra como si fuera talco.

-Es que acá uno debería de venir sólo a lomo de camello, bromean.

Beduinos de tierra adentro.

A las seis en punto. Con el sol gigante y anaranjado en el horizonte blanco. Aromados ya por el viento cálido y salado que embriaga como si se hubiesen tomado toda una botella de vino. Ese viento de sal que alborota los sentidos y que hasta enloquece un poco.

Pero eso es sólo hasta que la pala y el dolor de los músculos apenas despiertos les amarran, otra vez, el alma a ese suelo de cristales que les da de sobrevivir.

………..

Me gusta mi casa. Y a veces pienso que me gusta porque es mi casa, nomás. Porque ni tiene ventanas. O sí, tiene, pero en realidad no de esas que se cierran con vidrios y uno puede ver desde adentro, como las de las casas que tienen más plata que nosotros. Mi papá dijo que iban a ser así, pero todavía siguen abiertas en la pared y con los ladrillos al aire. En el verano, no es tanto problema. Con mi mamá y mis hermanas les ponemos unas lonas para mantener oscurito y fresco adentro por el calor del día, y las sacamos a la noche. Pero en el invierno las colchas viejas que colgamos no alcanzan, y el frío pasa igual.

Y eso que ponemos las frazadas que ya no usamos para los catres, pero que si tuviéramos vidrios, seguro que también nos las pondríamos encima para taparnos. Y en una de esas, hasta nos salvaríamos de compartir los catres con el Colita y el Sultán, nuestros perros. Es que tienen la panza calentita y sirven para calentarnos los pies. Pero a mí no me gusta compartir la cama con el Sultán. Ronca y se rasca mucho por las pulgas y las garrapatas. No me gustan nada las garrapatas. Las odio.

Hoy la escuela estuvo aburrida. Mucha matemática. Y a mí me gusta leer. Por eso, creo, me llevo bien con el Anselmo, aunque él sea viejo y ya tenga 18. Como él le lee siempre a Don Antonio, el padre que está ciego, me acostumbré a escuchar y ahora yo también a veces le leo.

El Anselmo vive a dos casas de acá. No es nada mío. Aunque la Ana y la Antonia, mis hermanas grandes, anden diciendo que somos novios. No. El Anselmo no me gusta. Ni su nariz ganchuda ni la piel granienta que tiene. Pero sí me gusta que hable. No es como todos acá, que no tienen nada nunca para contar. El Anselmo habla y yo puedo ver en mi cabeza lo que dice. Lo que cuenta. Del trabajo en la mina. Del calor. De los hombres como mi papá. Y eso me gusta. Por eso lo ayudo con la limpieza de la casa de ellos. Y le leo al Viejo cuando él no está algunas tardes. Novelas de aventuras de esas que hay en la biblioteca de la escuela. Me gustan las de piratas. Las de Salgari. Con tigres, barcos, venenos y selvas. Me gustan los hombres valientes. Como Sandokán. O como el Zorro, que vemos en la tele a las cinco de la tarde cuando podemos agarrar la onda del Canal 12 con la antena. Porque no siempre podemos. El tele se raya y nosotros tenemos que adivinar con quién está hablando don Diego de la Vega. Eso me enoja, pero trato de tener paciencia porque si no, de la bronca, no escucho y es peor. A mis hermanas también les gusta el Zorro. Pero mucho más esas novelas donde los hombres tienen muchas novias y las mujeres lloran y se enamoran y tienen hijos. Como acá, en el pueblo. Pero a ellas también les encanta mirar las casas que tienen, llenas de cosas lindas. Los vestidos, los ojos pintados y los collares de las mujeres en las novelas. A mí menos. No lo digo nunca. Ni al Anselmo. Pero yo quisiera ser el Zorro. Sí, ser hombre y ser el Zorro. Y salir de noche con mi caballo y hacer justicia, como él. A veces, antes de dormirme, imagino que por fin soy el Zorro y que galopo con Tornado por las salinas. Siento el perfume de la sal, el aire fresco de la noche y me río fuerte de alegría. Veo la luna grande y mi sombra negra y la del caballo sobre el suelo de sal blanca. Lo que más me gusta es cómo vuela mi capa. Cómo siento que yo vuelo, y cómo, al fin, soy libre. Pero cuando vuelvo de ese sueño que en realidad no es sueño, porque estoy despierta y yo me lo he imaginado todo como yo quiero, no como en los sueños de verdad, donde uno no puede decidir nada, como pasa en la vida, en este pueblo; siento que el Zorro que soy yo debería hacer algo. Que debería ir con su espada a la casa de los patrones y decirles que paguen más. Que sean más buenos. Que mi papá se emborracha cuando se queda sin trabajo. Que si no hacen algo, volveré cada noche a buscarlos en sus camas. Como hace el Zorro en la tele. Por eso es mi héroe. Por eso quiero ser él.

Pero carajo, por tanto andar pensando casi se queman las papas. Ojalá la Ana y la Antonia no le acusen a la mamá cuando vuelva. Es que mientras ellas lavan la ropa en el patio, hoy a mí me tocaba cocinar el puchero y vigilarlo al Pablito que duerme en la cuna. Puchero, eso comemos casi toda la semana. Pero siempre los martes y los jueves, como hoy, cuando mi mamá, la Reinalda, como le dicen todos acá, se va en el ómnibus para Deán Funes.

Es que mi mama tiene problemas para hacer pis. Casi no puede sola. Los riñones, dicen los médicos. Así que ella tiene que lavarse la sangre en una máquina de un hospital de Deán Funes, a una hora de ómnibus de acá. Veintiocho kilómetros, creo. Una sola vez la acompañé. Pero cuando entré y empezó lo de la sangre, todo se me puso negro y me caí redonda al piso. Diálisis me dijeron que se llama lo que le hacen. No me gusta la sangre. No me gustó ver a mi mama con su sangre dando vueltas en esas mangueras. Ni el olor del hospital. No fui más. Pobre Vieja. Ahora va sola porque mis hermanas tampoco se animan. Además no se quieren perder esa novela en la que hay besos con hombres de traje y auto y mujeres que gritan y lloran.

El puchero parece que ya está. Mucha papa, una zanahoria, tres cebollas, un pedacito de zapallo. Y mucha agua, eso sí, para que nos alcance para todos. Y un solo hueso de caracú para mi papá, que es el hombre de la casa y tiene que tener fuerzas para trabajar. El le chupa la grasita que hay en el huequito del hueso y se pone feliz. Hace mucho ruido y nosotras nos reímos. El a veces cae con huevos que le da la Carmela, que tiene gallinero. Me gustan los huevos. Y la verdura, cuando hay. Porque acá en San José, la tierra no da verduras. Es seca y a las verduras hay que traerlas de Deán Funes o desde Jesús María, que es una ciudad más grande que Deán y queda más lejos. Si yo pudiera elegir, comería tomates todo el día. Y lechuga, y naranjas. Me encantan las naranjas. La maestra dice que son buenas para la salud. Que uno se resfría menos. Yo le creo, pero todavía no he comido muchas naranjas. Así que en el invierno a veces levanto fiebre. Una vez hasta ví que había conejos grises y marrones subiendo por las paredes de mi pieza. Muchos conejos grandes y chicos. Yo gritaba que los agarraran para que los hiciéramos en guiso. Pero nadie los podía ver. Nadie los agarraba. Mi mama me dijo después que eran visiones por la calentura. Me puso papeles planchados en el pecho y un trapo mojado, frío en la frente. Y así varios días. Lo único bueno, es que tuve el catre para mí sola. La Antonia se tuvo que dormir con la Marcela y la Ana en el catre de ellas. Todas juntas. Para no contagiarse. Pero era invierno y, creo, el frío hace que no moleste tanto dormir juntas. Al otro día, la que se quejó fue la Ana. Tenía una de las maderas del catre marcada en la cara. Le duró como un día la marca. Ella, que es tan linda. La más linda. Lloraba porque creía que no se le iba a salir nunca. Que el Jorge, ese novio que tiene, no la iba a querer más. Así de tonta es. Si no, no lo hubiera elegido al Jorge, que parece mudo y, cuando habla, solamente es de fútbol y de Boca, su cuadro favorito.

Mi papá no lo quiere. Es que mi papá es de River. Si hasta tenemos un escudo de River al lado de la puerta de mi casa. Así nos conocen: como la casa de River o la del Martín Romero.

A mí me gusta el fútbol a veces. Y creo que es cuando mi Viejo grita de felicidad en el patio, con la radio en la oreja. Me gusta ver feliz a mi papá. Entonces mi mama se le acerca, se le sienta en la falda y se abrazan. Esas son las únicas veces que los veo así. Porque todos los días son muy distintos. Y sé que todos los días son la vida real, como dice el padre del Anselmo. Que lo otro es un momento. Un gol. Es River que ganó.

……………

El sol está tan alto sobre las cabezas de los mineros que ya casi mediodía. Pero casi. Todavía no.

-El trabajo es hasta pasadas las dos de la tarde. Más allá de eso no nos podemos quedar. El calor supera los 50 grados y parece que te derretís, explica Quico Mamonde, de 61 años. El “Abuelo” de los mineros. El más viejo. Casi un prodigio de supervivencia en este crepitante mar de sal.

Protegido por unos anteojos oscuros del reflejo del sol contra el suelo níveo, Quico se recuerda de pibe, “a los 10 años”, caminando esos mismos campos con su padre y su abuelo.

Ahora es su turno. El hombre dice que tiene “cinco bocas para alimentar”. Y que casi lo logra.

-Cobro unos 300 pesos por quincena, informa.

Después de la cosecha, lo que todos. Quico es “tantero”. Trabaja hachando leña, alambrando, zanjando. Lo que venga. Y así desde siempre.

Rubén Farías, de 18, lo escucha y luego habla. Parece que tiene ganas. Algo poco usual entre sus compañeros mayores a los que hay que arrancarles cada frase.

Es él quien explica el mecanismo de la mina.

Que primero se tienden las vías, tramo por tramo, para que los volquetes lleguen hasta la carga que todos amontonan el centro del mar blanco.

Que esos ramales se arman y desarman a mano, “tornillo por tornillo” y con un trazado distinto todos los días. Uno según el camino de los vagones. El que marca la propia sal, según se la vaya paleando y cargando.

Cuenta que los compañeros que montan esos rieles “saben mucho de eso, y por eso cobran mejor”. Y que, a veces, tal vez demasiadas veces, un problema en las vías, un engranaje que salte por oxidado, por viejo o porque haya que reponerlo, demora la llegada de los dos trencitos de veinte volquetes vacíos hasta los obreros con sus palas.

Y eso hace que pierdan la carga. Y tiempo. Y dinero. Y puntos en la libretita de “los puntos trabajados” que marca a lápiz, prolijo, el capataz.

Ese capataz que recorre, envuelto en trapos, volquete por volquete y anota, carga por carga, la autoría de cada palada.

Cuando los vagones comienzan su regreso hasta las parvas de sal que como pirámides monumentales y truncas, flanquean el ingreso de la mina Santa Laura, abierta al cielo despejado, todos vuelven a la horquilla, a la pala y, claro, a la pausa necesaria del agua de los bidones de doña Carmela. Que si no, nada sería posible.

Es entonces cuando, por unos breves minutos mágicos, se arrancan los pañuelos de sus caras de bronce sin tiempo. El momento en que se miran sin los anteojos negros, el que los tiene.

Minutos de ojos oscuros que se revelan con las pestañas blancas del viento salino.

Las patillas de los anteojos están hechas, en abrumadora mayoría, con cintas de elástico. La razón es práctica y poderosa: retenerlos pegados a la cara mientras se trabaja. Otra, porque muchas de esas patillas se quebraron, y ése fue el urgente, único placebo de costurero de mujer que encontraron de una vez y para siempre.

Los más pobres, que los hay, ni siquiera tienen plástico o cristales: sólo pedazos de radiografías viejas que unidas con elástico, les ofrecen una protección que saben indispensable y sospechan deficiente.

-Nadie te lo va a querer conversar, dice Cacho Moyano, de 41 años, pero todos sabemos de los viejos ciegos por la sal y el reflejo del sol. Lo que pasa es que da un poco de miedo. Un poco de superstición decirlo. Es de mal agüero. Porque todos sabemos que alguna vez nos puede tocar si uno no se cuida ahora. Advierte y calla.

Los viejos ciegos o casi ciegos de sol y sal de San José de las Salinas son el espejo en el que temen mirarse. Como en el don Antonio Benítez.

-¿Salir alguna vez de este trabajo de esclavo?, se pregunta en voz alta un hombretón de 50 que no quiere dar su nombre. Levanta la cabeza y suspira: Yo ya no pude. Pero en una de esas los chicos que vienen se dan cuenta. A la larga la sal te comió los pulmones, la vista, la vida. Hay que irse.

-¿Pero adónde, Viejo, adónde?, le grita, tal vez cansado de escucharle el argumento, un pibe de 21.

No hay respuesta.

Tampoco hay tiempo. El tren parece que se mueve –¿o está detenido?– en el horizonte en llamas de la mina. El espejismo es bocado fácil de las apuestas.

A lo lejos, ven apearse al empleado que lo maneja, y revisar algo en el tendido de la vía.

Nada, lo saben, que no se resuelva con paciencia.

Nada que no se solucione esta noche, en el boliche de Doña Teresa: la dueña del único billar del pueblo.

…..

Yo sé ir a la mañana al almacén de doña Teresa. O a la tarde. A comprar yerba para hacer el mate cocido. Y, cuando andamos con plata, hasta azúcar blanca podemos comprar. Porque durante todo el año, usamos de la negra. Sí, mi mamá le sabe hacer al Pablito la mamadera con eso y agua. Quiero decir, pone en la hornalla un jarrito con la azúcar negra, la derrite un poco y le agrega agua caliente. Eso se les da a los bebés por acá cuando la mamá no tiene leche en los pechos y cuando tampoco hay plata para comprar leche de vaca, como nos ha pasado a nosotros. Le llaman el café de los bebés. Siempre, cuando voy a lo de doña Teresa, mientras espero que me atienda miro las paredes blancas de cal, los cuadros con las fotos de los perros y gatos en canastas, y los techos altos de vigas de maderas y ladrillos, para que no pase el calor. No como en mi casa, que son de chapa y que, como tienen algunos huequitos, las pocas veces que llueve acá tenemos que poner los baldes. Miro los palos del billar que son como cinco y están ajustados con dos maderas a la pared. Ella es vieja y lenta. Me hace el paquete con papel madera, y yo sigo mirando lo que hay en los estantes: siempre hay fósforos, aceite mezcla, flit para las moscas, espirales para los mosquitos, harina suelta, tabaco, jabón blanco.

Me gusta mucho tocar la tela suave, verde, peludita de la mesa de la billa, que así le dice mi papá a este juego. En verano, de siesta, cuando me mandan a comprar y justo doña Teresa abre la heladera grande, blanca y grande como una pieza, me pongo cerca para sentir el frío. Tiemblo un poco, pero ese ratito me alcanza después para caminar con todo el sol hasta la casa casi sin sentir calor.

Esas tardes de noviembre, de cosecha, y cuando mi mamá está, son las mejores. Ella prepara el yerbeado y le cambia a doña Lucía, que amasa pan, una o dos tortillas de grasa por algunos huevos de doña Carmela. Cuando tengo mi taza de mate cocido y un pancito en la mano, siento que no me falta nada. Más cuando llega mi papá y estamos todos. El no quiere entrar con el olor que trae del trabajo y le pide a mi mamá una toalla para lavarse la cabeza, el cuello y los brazos en la canilla del patio. Es que adentro, en la casa, no tenemos caños de agua. Hay que ir afuera y cargar los baldes. Tenemos dos buenos y uno malo. El peor es para tirar agua en el baño, atrás de la casa. Y los dos buenos son uno para lavar los platos y la ropa, y el otro para lavarse la cara y llenar el tacho grande, donde guardamos agua para cuando no llega al pico.

Mi papá se peina mirándose al espejito que está clavado en el árbol. Entonces sabemos que se pondrá la camisa de salir y se irá para el billar de doña Teresa. A mi mama no le gusta mucho que se vaya, pero sabe que a un hombre no se lo puede tener encerrado. Eso dice ella y todas las vecinas. Que hay que dejar que tengan sus cosas. Después bajan la voz. Pero yo sé que esas cosas son otras mujeres. Me lo contó el Anselmo, que les dice putas. Y otras palabras más que ni quiero escuchar. En el pueblo hay una casa vieja, pintada de azul, donde viven unas mujeres de pelo teñido de rubio que fuman a la mañana sentadas al sol, mientras todas las demás limpian sus casas o hacen las compras. Las miro a veces. Pienso también, a veces, cuál de ellas le gustará más a mi papá. O al Anselmo que se hace el que no las ve pero también las debe de mirar. Sí, no son como mi mamá. Pero tampoco son muy diferentes a otras mujeres que he visto.

Ahora mi Tata se va. Mi mamá lo mira irse. Se queda muda, empacada debajo del árbol del espejo. Pone una silla y ahí se sienta un rato sin querer ni vernos. Creo que en ese momento nos odia. O se odia, no sé. Por haber tenido tantos hijos. Por estar enferma. Porque está gorda. No sé. Pero veo el odio en su cara. Entonces me voy para lo de don Antonio a leerle. Los piratas del libro de Salgari hacen que me sienta afuera del pueblo y de mi casa. Además, como don Antonio ni me ve y el Anselmo también se fue a lo de doña Teresa, puedo hacer gestos como si yo misma fuera cada pirata. A veces hasta soy Mariana, la mujer de Sandokán. Pero ya lo dije, a veces preferiría no ser mujer acá. Yo no quiero llenarme de hijos. No quiero terminar como mi mamá, sola abajo del árbol cuando el macho se le va con otra hembra. Mis hermanas sí quieren casarse y tener cría. Yo no. Una noche tuve una pesadilla, y dice la Antonia que la desperté con un grito. No le conté nada por miedo a que se cumpla. Porque todos saben que si uno cuenta un mal sueño antes del desayuno, o después, no sé bien esa parte, se le cumple. Así que no le conté a la Antonia lo que había soñado y me hizo gritar. Pero ahora han pasado tantos días y desayunos y hasta un invierno, creo, que me animo. Era sobre mi panza. Estaba llena de bebés como la de una perra, que tienen como ocho cachorros a veces. Y estaba sola y nadie me ayudaba. No me dolía nada, pero yo sabía que algo estaba muy mal y que me tenía que doler, porque las mujeres chillan de dolor cuando tienen la panza como yo la tenía en el sueño. Entonces empezaban a salir los chicos. Y todos eran varones y a veces aparecía una nena. El Anselmo me miraba de lejos y ni se movía para ayudarme. Yo no quería ni que se me acercara. Y gritaba sin ruido.

Una vez me contaron de la Mabel, la hija de doña María que vive en Quilino, a unos 70 kilómetros de acá, para el sur. Un domingo de mayo de 1998, cuando yo todavía era muy chiquita, la Mabel estaba por parir. Cuando le empezó a doler, con doña María fueron al hospital de Quilino y de ahí les dijeron que fueran al de Deán Funes. El bebé se le había cruzado en la panza y se la tenían que abrir. Como en los dos hospitales no había anestesia o faltaban médicos o camas, no sé muy bien; a la pobre Mabel la llevaron hasta Jesús María. Ahí tampoco la quisieron ver. Ni la bajaron de la ambulancia. Le dijeron que el hospital estaba lleno, que no había ni un catre para ella. Las mandaron en una ambulancia hasta Córdoba. Y desde Córdoba las mandaron a otro hospital muy lejos. En las sierras del oeste. En Villa Caeiro, creo. Como a trescientos kilómetros de acá. (1)

Dicen que la Mabel llegó desmayada de tanto que gritó de dolor. Pero el bebé ya se le había muerto en la panza, en el camino. Claro, el crío había querido salir como a las diez de la mañana y ya eran como las nueve de la noche cuando llegaron a Caeiro, me contó mi mamá. Desde ahí que me quedé con terror de tener hijos. Y también desde ahí pienso que cuando uno es pobre, mejor ser hombre que mujer. Eso seguro. Por lo menos ellos no tienen que andar cargando con los chicos, hacer el guiso o el puchero todos los días, y encima, se van a la noche a jugar a las cartas o al billar, como mi papá.

Cuando la maestra me dice que yo puedo ser doctora, o maestra como ella, siento que puedo respirar mejor. Que no tengo que ser como mi mamá o mis hermanas. A las maestras, a las doctoras, las respetan.

Deben ser como las doce de la noche, porque el papi ya volvió. Le escucho los pasos en el patio y el Colita y el Sultán salieron a recibirlo. Me hago la dormida. Como siempre. Pero siento que camina entre los catres tratando de no golpearse las rodillas. Siento el olor al vino y al tabaco que trae. Tiene que dormirse rápido para poder aguantar el trabajo de mañana en la sal. Escucho que le dice algo a mi mamá que está dormida. No sé muy bien qué le pide. Porque cuando le habla siempre le pide algo.

Después los golpecitos del catre de ellos contra el de la Marcela y la Ana. Un rato así. De golpes de maderas y patas que parece que se van a romper. Ahora él respira muy fuerte. Hace un sonido como de puma que le sale de la garganta. Y nada más.

Mi mamá se levanta y toma agua del jarro que siempre deja sobre la mesa, donde pone una vela y una caja de fósforos por si se corta la luz. Se sienta en el catre, en la oscuridad, y piensa no sé qué.

Ella sabe que yo la miro, pero hace como que no me ve. Pero después, con una voz casi sin fuerza me reta. Dormite, che, mocosa de mierda, que mañana hay que levantarse temprano, me dice. Me duele un poco el reto y hago como que me duermo. Y después, nunca sé muy bien cuándo, me duermo de verdad.

Hasta las cuatro. Cuando el café del jarro le quema la lengua a mi Viejo que se va a la mina casi corriendo para no hacer esperar a los demás en el camión.

Me corro un pie de la Antonia de la cara y casi sin despertarme, pienso que la sal nos trae suerte. Que la cosecha lo tiene al Tata ocupado. Y lejos del vino. Por lo menos hasta la noche, cuando se emborracha como todos. A veces no sé qué haríamos sin la salina. Pero no quiero pensar en eso. Además, hoy tengo prueba de matemáticas.

………..

No hay cifras oficiales sobre las principales causas de muerte en los pueblos que rodean las Salinas Grandes. Pero lo que sí se sabe, es que el salitre no es lo único que mata. El otro peligro surge, como en todo el norte de la Argentina, de un insecto: la vinchuca. Su picadura, cuando está infectada con el Trypanosoma Cruzi, y sus heces que penetran en la sangre cuando la persona se rasca, y provocan una enfermedad que se conoce como el Mal de Chagas-Mazza: en honor al médico brasileño que la descubrió, Carlos Chagas. Y Mazza, por el médico argentino Salvador Mazza, que obtuvo un suero para combatirla a principios del siglo XX. Generaciones enteras perdieron su salud bajo los ranchos infectados; como otras la dejaron en los campos de sal. Hugo Francisco Rostagno, un médico especialista en medicina del trabajo de la ciudad de Córdoba, afirmó que los problemas en los ojos son los primeros en aparecer. El intenso reflejo de la luz solar sobre la superficie blanca provoca cataratas “de distintos grados de gravedad”; en tanto que “abundan las conjuntivitis crónicas” y hasta crece “en la conjuntiva una malformación carnosa que el organismo usa primero para protegerse de la agresión conjunta de la luz y la sal; pero luego perjudica al globo ocular, porque genera úlceras”. Los pulmones son las siguientes víctimas de este trabajo: “Se inhalan tantas partículas de sal dispersas en el aire y durante tanto tiempo, que endurecen y lesionan al pulmón hasta que, en el peor de los casos, lo inutilizan”, explicó Rostagno.

El perjuicio más leve hace foco en la piel: la constante exposición de las partes del cuerpo que quedan a la intemperie del sol, la sal y el viento, terminan enfermándose de queratodermia. Esto es: un irritamiento permanente que provoca engrosamiento del epitelio y, a veces, úlceras que terminan lastimándose.

Por su parte, el doctor Horacio Manduca, ex presidente de la Sociedad de Medicina del Trabajo de la Provincia de Buenos Aires, se pregunta el porqué de la desidia y el atraso en materia de protección de la salud de los trabajadores “a diez años de la puesta en vigencia de la Ley 24.557 de Riesgos del Trabajo”. Manduca afirma que “en nuestro país tenemos demasiadas materias pendientes en la prevención de enfermedades del trabajo”. Y lo atribuye a “una inequidad manifiesta entre los seis millones de trabajadores del país cubiertos por la Ley, y los que no están comprendidos en este universo para el que son no registrados o, directamente, desocupados”.

En San José de las Salinas hay un único dispensario para los 632 habitantes. Y una evidente zona liberada en cuanto al control de los inspectores del Ministerio de Trabajo. En lo que les compete a las empresas explotadoras de la sal, existe un escaso interés de proteger a los mineros con lo más elemental, como ropas adecuadas, guantes, botas, mascarillas, gorras y anteojos para defender su salud y su vida mientras tratan de ganársela.

……………

Son las seis de la tarde y Alicia mira, junto a sus hermanas, una novela en el televisor en blanco y negro de la casa. Todo un esfuerzo de imaginación, si uno se detiene en el estado terminal del aparato que domina el comedor. Ninguna sabe qué quiere ser cuando sea grande. Sólo ella.

A las demás, los sueños parecen habérseles esfumado en esa mesa donde no siempre abunda el pan.

Claro que van a la escuela: el pueblo tiene ciclo primario y uno de preparatoria. Pero a juzgar por el poco entusiasmo de las hermanas de Alicia y algunas de sus vecinas que llegaron a la casa del escudo de River sólo para ver la novela; alguien, quién sabe quién, olvidó incluir en la currícula educativa la materia de los sueños.

-No, yo no sé qué me gustaría ser cuando sea grande. Repiten, uno a uno, un ramillete de adolescentes al sol en una canchita de fútbol resquebrajada por la sequía.

Parece que ni al deseo se le animan.

A esa hora, el pueblo con sus 170 casas y sus ranchos parece muerto. El calor derrite hasta las intenciones y las calles de tierra blanca esperan el regreso de los hombres.

Para el mate. Para el lavado rápido del cuerpo en la ducha, los que tienen, o “en el pico del patio”, casi todos.

Para que transiten limpios el rito ansiado y repetido del anochecer de vino y billar. Un rito que los dignifica, dicen, como el trabajo.

-Aunque no lo crea, nosotros somos felices en esos momentos –asegura Martín Romero–. Sabemos que hay trabajo. Que al otro día, si no llueve, volvemos a la sal. Si por unos meses, hasta uno parece que puede darse vuelta con la vida.

Martín y todos los demás saben que la lluvia es el límite.

Que cuando llegue, el mar crecerá aún más infinito y sin costas de lo que ya se ve y seguirá así, cubriendo la sal, hasta la próxima primavera.

Alicia le alcanza la toalla que antes tenía colores. No dice nada. Ella también sabe que no falta mucho para eso.

Que será en diciembre.

Que entonces, ya nada será como ahora.

Ni la serpiente.

Marta Platía.

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(1) Se refiere al caso de Mabel Jaime, una mujer que perdió su bebé por falta de atención médica y a quien el gobierno de Córdoba deberá indemnizar.

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Este relato ganó una mención especial en un concurso en Córdoba.

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Nota publicada en La Voz del Interior, el domingo 26 de septiembre de 2004

 

Sonia Torres. Memoria: a dos años del primer juicio que se le hizo en la Argentina a una Abuela de Plaza de Mayo.

 

 


Juicio en el país del revés

 

 

 

 

“Hay que aprender a resistir.

Ni a irse ni a quedarse. A resistir.

Aunque es seguro

que habrá más penas y olvidos”

 

Juan Gelman

 

 

Por Marta Platía

Sonia Torres dejó de sentir la tierra bajo sus pies y caminó, con los huesos convertidos en esponjas, los 80 metros que la separaban del juez que acababa de dejarla en libertad hacia la calle Duarte Quirós, donde unos 300 adolescentes la esperaban para abrazarla.

Sus 51 kilos y sus entonces 73 años rehechos en la fragua del dolor habían sido declarados inocentes en uno de los juicios más absurdos de que se tengan memoria en la Argentina.

Sonia, una de las Abuelas de Plaza de Mayo, fue acusada de “calumnias e injurias” nada menos que por Tránsito Rigatuso: el hombre que entregó a su hija Silvina Parodi, de 21 años y a otros 11 jóvenes a los verdugos de la dictadura militar argentina en 1976.

Sonia llamó “delator” a Rigatuso en una entrevista concedida a “La Voz del Interior”, el diario de mayor tirada y prestigio en Córdoba, en junio de 1998.

Él la querelló. Y un tribunal aceptó llevar a juicio el desatino.

La víctima, acusada por su victimario. Ella, a quien le arrancaron una hija y le robaron a un nieto nacido en cautiverio, fue la primera de las Abuelas que tuvo que soportar lo insoportable: sentarse en el banquillo de los acusados señalada por su propio verdugo.

Un sitio en el cual miles de esos torturadores cebados por la sangre, la muerte y la impunidad nunca se sentaron. Ni se sentarán.

“Sonia Torres queda absuelta”, sentenció, sin embargo, el juez Rubens Druetta. Y la sala estalló en aplausos. En gritos de alegría y cantos de alivio.

Fue el 13 de agosto de 2002.

Y ocurrió en Córdoba.

Ese martes, este país castigado por la corrupción, la violencia y el hambre de una crisis de abismo, vivió uno de sus días más brillantes.

Un día de justicia.

…..

Tránsito Rigatuso, el acusador de Sonia, es un hombrecillo torvo, de traje gris y 79 años que entre 1974 y 1976, ocupó el cargo de director del Colegio Comercial “Manuel Belgrano” dependiente de la Universidad Nacional de Córdoba: una de las dos más antiguas de América.

Llegó a ese puesto no por sus méritos académicos; sino por la mano armada del golpe que la derecha peronista le asestó al entonces gobernador de Córdoba  Ricardo Obregón Cano, también peronista, pero de izquierda.

Se sabe: en esos años tumultuosos, Perón había muerto y la caja de Pandora de su movimiento era una perpetua batalla campal entre quienes aspiraban a quedarse con el poder. A sangre y fuego, las hordas de derecha encolumnadas detrás de la Triple A, la versión argentina de la Gestapo, prepararon el camino a los militares que tomaron el poder el 24 de marzo de 1976. Durante 8 años se quedaron para imponer “la paz y el orden” a fuerza de desapariciones, centros de tortura y fosas comunes.

La idea: acabar con “la avanzada comunista”, e imponer un plan económico liberal que benefició a unos pocos y comenzó a arrojar a la pobreza a millones. Un estado de situación que no era otra cosa que la exitosa consumación del “Plan Cóndor” con el que Estados Unidos, con Henry Kissinger a la cabeza, sembró de cadáveres y presos políticos toda Latinoamérica. Y que Rodolfo Walsh detalló con precisión en su Carta a la Junta Militar a un año del golpe.

Tránsito Rigatuso, el acusador de Sonia Torres, también pertenecía a la derecha peronista y se caracterizó por su devoción a sus jefes. Uno más de los tantos alcahuetes de civil que se prosternaban ante los asesinos de uniforme. Durante su mandato en el “Manuel Belgrano” confeccionó listas con los nombres de los alumnos rojos –desde el Centro de Estudiantes intentaban conseguir un boleto escolar– y se las entregó a las huestes de Luciano Benjamín Menéndez, con quien se reunió al menos una vez y a quien le regaló una bandeja de plata. La imagen rediviva de una invertida Salomé, entregando cabezas adolescentes al Herodes local de botas y charreteras.

“El Cachorro” Menéndez, como lo conocen sus compañeros de armas, fue uno de los hombres fuertes de la dictadura argentina, y el titular del III Cuerpo de Ejército con asiento en Córdoba.

Durante 7 años fue el dueño de la vida y la muerte de miles de personas. Visitaba personalmente el campo de concentración de La Perla –a pocos kilómetros de la capital cordobesa– y es uno de los tantos genocidas que fueron perdonados por las leyes alfonsinistas de Punto Final –que puso una fecha límite a las denuncias por violaciones a los derechos humanos– y de Obediencia Debida, que limitó la responsabilidad judicial de los militares acusados. Luego llegaría el “Indulto” menemista: que liberó a los pocos jerarcas militares que estaban presos desde 1985.

Estas leyes no tuvieron como objetivo “pacificar el país” o “permitir la gobernabilidad” como justificaron los ex presidentes Raúl Alfonsín y Carlos Menem –cada uno a su turno–;  sino permitir la mezquina realización de sus proyectos políticos.

Ambos perdieron la oportunidad histórica de un castigo ejemplar a lo Nüremberg. Ambos priorizaron sus ambiciones personales, antes que ejercer la justicia con los responsables del terrorismo de Estado que desaparecieron para siempre a 30 mil personas.

Y las consecuencias de esos “errores” reverdecen en cada gatillo urgente de cierta policía que mata, tortura o secuestra; cuando no suicida muchachos estrangulándolos contra las rejas de las celdas en calabozos de todo el país.

Institucionalizada como está la impunidad en un país que comete el pecado permanente de perder (o negar) la memoria,  el ex director del “Manuel Belgrano”, Tránsito Rigatuso, creyó poder cambiar su propia historia de delación.

Acusó a su víctima y la historia se le convirtió en un bumerang envenenado. Ahora hasta sus conocidos le repiten, no sin cierta sorna: “Sos el único delator al que la justicia le puso un cartel en la frente”.

-Sonia ¿por qué cree usted que Rigatuso la denunció aún cuando él sabía que fue el responsable de la desaparición de su hija Silvina?

- No lo sé. No lo entiendo. Tal vez porque es un tipo maquiavélico.

-Se pueden esbozar otras posibilidades: mera estupidez, soberbia, o porque se supo y se sintió impune todo ese tiempo…

-Pienso fue es por soberbia. Ocupó muchos cargos (públicos). Fue diputado de la nación… Tal vez se sintió intocable. Está en el ocaso de su vida y tiene una gran carga negativa. Tal vez se quería blanquear.

-¿Qué siente por él?

-Un poco de bronca, nada más. No rencor, ni odio. No me formé en esos valores. Las Abuelas necesitamos tener el corazón libre de odio para seguir con fuerzas para buscar a los nietos. Pero sí, siento la impotencia de no poder entender, después de todo este tiempo, porqué hizo lo que hizo. Porqué mandó a esos chicos a la muerte.

Esos chicos, además de Silvina Parodi, fueron Miguel Arias, Gustavo Torres, Jorge Nadra, Graciela Vitale, Daniel Bachetti, Oscar Liñeira, Pablo Schmucler, Fernando Avila, Raúl Castellanos, Walter Magallanes y Claudio Román.

Esos chicos eran o habían sido alumnos del “Manuel Belgrano” y, según los abogados de Sonia y los familiares de los entonces adolescentes, “casi todos desaparecieron entre el 7 y el 8 de abril”, lo que alimentó desde siempre la sospecha –ahora confirmada—de que estaban en una misma lista.

Sólo Silvina fue secuestrada antes: el 26 de marzo de 1976, dos días después del golpe.

Durante el proceso judicial, al que asistieron observadores de Amnistía Internacional, el juez escuchó el testimonio de los padres de los alumnos desaparecidos que contaron cómo, desde su oficina de director del Colegio,  Rigatuso les “advertía” que cuidaran a sus hijos.

“Les efectuaba la advertencia de mandar esas listas a los servicios de seguridad, y luego –concluyó Druetta en los fundamentos de su sentencia— se da la coincidencia de la persecución y posterior desaparición de esos alumnos”.

Hasta un militar retirado, César Anadón, ex jefe de inteligencia de Menéndez reconoció, entre balbuceos nerviosos, haber “elevado los informes de Rigatuso” a sus superiores. Sin desearlo, pero sabiéndose a salvo y amparado por los indultos, Anadón daba en el corazón del proceso judicial contra Sonia Torres: desvelar si habían existido o no, las listas negras confeccionadas por Rigatuso que derivaron en la desaparición de los chicos.

Y, por consiguiente, aclarar si existió la delación: palabra que le valió a la Abuela la querella por calumnias e injurias.

Y otro calvario hecho de pesadilla y muerte. Pero esta vez, también de resurrección.

……..

Sonia tiene en el rostro los rasgos de sus antepasados indígenas. La mirada en paz y la determinación de quien concentra todas las energías de su vida en una sóla idea: encontrar a su nieto.

Habla con gratitud de “alguien” que tuvo piedad de su búsqueda. “Una persona” que le regaló el instante más feliz y terrible de su vida. Ese alguien que tocó a su puerta y desgranó, como maíces, las palabras que la mantuvieron y la mantienen en pie hasta hoy.

Le dijo que su nieto nació varón. Que fue a principios de julio de 1976. Y que una débil Silvina lo parió en una gélida prisión para mujeres en centro de la ciudad de Córdoba.

Nada menos que eso y otro puñadito de detalles que prefiere resguardar para el juicio. Uno que tiene en marcha por el robo de ese bebé con el que sueña “todo el tiempo, todas las noches”.

Un “bebé” que ahora debe tener 27 años cumplidos y al que, como todas las Abuelas de la Plaza de Mayo, buscó primero en los rostros de  todos los niños en los jardines de infantes y que, ahora, cree ver en cada joven que tiene una sonrisa parecida a la de su hija.

Sonia relata sin ira.

“Se la llevaron el 26 de marzo de 1976, dos días después del golpe. Fue a las seis de la tarde. Los vecinos de Alta Córdoba, el barrio donde vivía con Daniel Orozco, su marido, dicen que pudieron escuchar sus gritos de dolor. Que la sacaron tapada el cuerpo con una frazada. Tal vez para evitar que se le viera la panza de embarazada. Que también escucharon los gritos de Daniel. Y que los tipos, que la metieron a uno de sus cuatro autos, amenazaron con sus armas a todos los que salieron a ver”.

-¿Cuándo fue la última vez que usted la vio?

-Un día antes del golpe. Yo tenía miedo por ella, porque militaba en el Centro de Estudiantes de la Universidad (Silvina, recién egresada del “Manuel Belgrano”, estudiaba Ciencias Económicas). También con su esposo militaban en el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo, la corriente de izquierda del Peronismo). Pero Silvina me dijo: “Quedate tranquila, mami.  Yo no tengo ningún miedo. No hice nada malo. Quedate tranquila”.

La mujer recuerda la última sonrisa. El pelo castaño de su hija suelto sobre los hombros. Su risa y su panza de casi siete meses de embarazo. Le sonríe, a su vez, a ese recuerdo y suspira largo: “Ahí empecé a ser Abuela”.

Como miles de mujeres, Sonia –con sus otros dos hijos Luis y Giselle, de quienes tuvo a su vez otros cinco nietos– vivió la transformación de “simple ama de casa” a desafiar a la dictadura militar.

Una metamorfosis que la llevó desde la placidez de su hogar y el mostrador de su farmacia, a formar parte del ejército más valiente, compacto y combativo que ha dado la Argentina. Con sus “cachorros” arrancados de sus camas y de sus brazos, las Madres y las Abuelas le perdieron el miedo a todo.

O a casi todo.

El único miedo que les queda es ese “tan humano” que definió José Saramago: “El de no vivir bastante, el de morir antes de tiempo”. Antes de encontrar esos nietos en quienes piensan recuperar una parte de su propio cuerpo.

Ese mandato vital –y también tan humano– de volver en los hijos.

Y en los hijos de los hijos.

Mientras un país entero hacía de cuenta que miraba sin ver, o espiaba aterrorizado detrás de las celosías o de las consignas cómplices, obscenamente efectivas del “algo habrán hecho” ó “por algo será”, esta legión de hembras heridas enfrentó a los genocidas. A sus caballos, sus burlas y sus balas.

“Las locas de Plaza de Mayo”, las bautizaron los asesinos que arrojaron, desde la rapacidad cobarde de sus aviones nocturnos, miles de personas vivas y muertas al Río de la Plata.

Siniestros seres de odio que, con rigor nazi, los enterraron debajo de las autopistas. Que los picanearon, los violaron, redujeron a escombros su dignidad y los amontonaron en fosas comunes sin nombre, rastro ni piedad.

“Las locas de la Plaza”, las llamaron.

Mientras –y no sin cierta preocupación— los dictadores Jorge Rafael Videla, Eduardo Massera y sus secuaces, las miraban desafiarlos en sus narices: dándole vueltas a la Pirámide de la Plaza de Mayo, justo enfrente de la Casa de Gobierno que habían usurpado.

Cuando nadie osaba levantar la voz, ellas se atrevieron a todo y comenzaron sus rondas que, hasta hoy, nunca cesaron: todos los jueves desde el 30 de abril de 1977. Ahí se escuchó el primer grito de libertad de la Argentina, en 1810. Y desde ese abril, como escribió Osvaldo Bayer: “Esa Plaza ha recuperado su sentido sólo por ellas”.

Por esas “locas” heridas y de memoria invencible.

Esas que siguieron su marcha rebelde aún cuando los militares secuestraron y asesinaron, el 10 de diciembre de ese año, a Azucena Villaflor, una de las primeras Madres que desafió al régimen.

Con sus hijos convertidos en sombras, en apenas una foto en blanco y negro se volvieron inmunes la peste de amnesia de un país que en muchas ocasiones aceptó olvidar por decreto.

Aún hoy, cuando el tiempo se las está llevando una a una, y cuando tienen la certeza de que esos hijos ya no volverán, pelean por recuperar a sus nietos. Cientos de chicos convertidos en botín de guerra, y privados de su verdadera identidad por los galgos terribles de la dictadura.

Sin embargo, y a pesar de tanta muerte, no eligieron la violencia para combatir la violencia. José Pablo Feinmann, uno de los filósofos y escritores más lúcidos de la Argentina, refiriéndose a ellas apuntó: “Las Madres, las Abuelas, jamás buscaron responder la violencia con violencia. Porque no se lucha contra los tiranos con las armas de los tiranos. Y porque cuando se elige el terreno de lucha de los tiranos, fatalmente ganan ellos, que lo conocen mejor”.

……..

Sonia Torres se sentó en el banquillo de los acusados 7 días de infierno. Durante ese tiempo, soportó el dedo acusador del abogado de Rigatuso, Mariano Arbonés: un hombre de carácter autoritario que también simpatizó con el régimen y que hasta firmó una solicitada ponderando los logros de la Junta Militar de Jorge Rafael Videla, en 1986, suscitando un gran escándalo en el ámbito universitario cordobés del que formaba parte.

Arbonés, sin embargo, no pudo contra las pruebas más que contundentes que presentaron Elvio Zanotti y Marité Sánchez, los abogados de Las Abuelas.

-Cuando estás ahí, acusada por decir la verdad se siente tanta impotencia, tanta bronca por la impunidad de un hombre que sabe que hizo lo que hizo y sin embargo tiene el descaro de acusarte, que hay que hacer un enorme esfuerzo interior para no caer en la desesperación.

-¿Y eso cómo se logra?

-No tenés que permitirte pensar. Hay que despojarse de todo lo que se relaciona con la desaparición, el secuestro y la muerte de los hijos para estar aplomada y no fallar, no llorar. Pero es un martirio. Porque uno sabe que es una injusticia y a mí la injusticia me saca de quicio. Todas las injusticias me vuelven loca. Pero traté de estar serena. Puse todas mis fuerzas en demostrar que estaba fuerte.

Eso, dice, es sólo una partecita del “aprendizaje del dolor”. Armarse hasta los dientes de la fortaleza que le creció paralela al desgarro. Y seguir. Ganarle la batalla a los profesionales de la mentira y la muerte.

“El dolor te hace débil –explica como si hiciera falta–. Por eso hay que dejarlo en la puerta de Tribunales. Y no darles el gusto de que te vean llorar. De que nos vean llorar”.

El plural le aparece a cada frase. Sonia dejó de ser una para ser “nosotras” cuando empezó a buscar a Silvina y fue conociendo a sus “compañeras de esperanza y lucha” en hospitales, comisarías, juzgados y, años después, a la salida de las escuelas donde se plantaban hasta secárseles los ojos intentando reconocer, en la carita de los chicos, los rasgos de los hijos desaparecidos.

El mediodía del 13 de agosto de 2002, el juez cordobés Rubens Druetta,  absolvió a Sonia de los cargos de “calumnias e injurias”.

En un fallo que los analistas calificaron de “ejemplar”, el magistrado determinó que si bien hubo injuria, “quedó probado con certeza la conducta atribuída”. Es decir, la delación. Así que acusar a alguien de delatar es injuria, pero no es punible si es verdad.

Eso no fue todo. Druetta continuó: “Ha quedado acreditado con el grado de certeza que las listas existieron y fueron remitidas por Rigatuso a los servicios de seguridad (…) Además, es de público conocimiento que las denuncias en ese período no se hacían en forma oficial, sino que se había institucionalizado la cobardía y la delación. (…) En nombre de la salvación de la Patria de y de sus valores occidentales y cristianos, se cometieron horrorosos crímenes”.

Sonia se paró entonces sobre sus piernas que apenas le obedecían y navegó, en medio de un mar de brazos que querían tocarla, hasta la puerta de los Tribunales.

Había ganado una batalla más.

“Tuve miedo desmayarme de emoción. Cuando salí y ví a todos esos chicos del “Manuel Belgrano” saltando de alegría… Entonces lloré. En ese momento, después de tantos años de soñarla, ansiarla, extrañarla, sentí que me reencontré con mi Silvina”.

La abuela lloró un llanto silencioso. De esos que limpian por dentro y por fuera.

Parada ante las caras frescas de los estudiantes que la vivaban, volvió a pedir que la ayuden a encontrar a su nieto.

Ese “ya hombre que debe andar por algún rincón del mundo”. Que tiene 28 años y, tal vez, la sonrisa y “los ojos brillantes de animalito salvaje” que tenía su hija.

Les pidió que no tengan miedo. Que quienes tengan dudas sobre su identidad, vayan a las oficinas de las Abuelas. Que nadie los arrancará (nuevamente) de sus hogares ni de sus padres adoptivos de buena o mala fe.

Pero rogó (en ese plural que las acompañará hasta el fin) que no las dejen solas.

-Después de tanto tiempo ¿realmente tiene usted esperanzas de encontrar al hijo de Silvina?

-Claro que sí. Estoy segura de que voy a encontrarlo. Todos los días me despierto con la esperanza. A veces, en la calle, sigo a los chicos de esa edad. Les pregunto cómo se llaman, dónde nacieron… A veces explico que soy de Abuelas. Otras no. Diran ¿y ésta vieja loca? Pero a mí, a nosotras, eso no nos importa. Los vamos a buscar hasta el último minuto de nuestras vidas.

Sonia también está convencida de que muchos de los bebés y niños que fueron robados por los militares y sus sicarios “pueden estar viviendo en Europa, especialmente en España”. Y se esperanza con la paradoja que la vida les ha planteado: “Ahora, son ellos los que pueden encontrarnos a nosotras y, encontrándonos, encontrar su verdadera historia, su identidad. La historia se ha revertido”.

Durante todo este tiempo, las Abuelas lograron identificar y restituir a 79 chicos. Aún faltan unos 220, “porque esas son las familias que están buscándolos”. Pero estiman que debe haber “más del doble” que todavía no se han presentado a reclamar.

Otro de sus principales logros es el Banco Nacional de Datos Genéticos que funciona en el Hospital Durán de Buenos  Aires, donde se analiza el ADN. Un servicio que no sólo es para quienes se sospechen hijos de desaparecidos, sino para todos los jóvenes que tienen dudas sobre su verdadera identidad.

“Hasta el último día de mi vida voy a buscar a mi nieto. Y sé que si me voy antes, otros lo buscarán por mí. A Silvina ya la encontré. La tengo conmigo”, dice Sonia.

Y vuelve a sonreir con toda la luz que sus ojos le permiten.

Entonces recita para ella misma unos versos de Rubén Blades que, dice, le abrigan los pasos:

“Cuándo vuelven los desaparecidos?

-Cada vez que los trae el pensamiento

¿Y cómo se le habla al desaparecido?

-Con la emoción apretando por dentro”.

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En la Argentina las Abuelas tienen un teléfono al que se puede acudir en cualquier momento del día: 011. 4867-1212.

El correo electrónico de las Abuelas en Córdoba, es: abuelascba@yahoo.com

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Nota al pie: Tres días después de que el diario La Voz del Interior publicara este reportaje, César Anadón fue encontrado muerto en su departamento del centro cordobés. Se suicidó disparándose un tiro en la cabeza mientras gozaba del beneficio de prisión domiciliaria. La pregunta del millón la formuló tiempo después — durante el primer juicio a Luciano Benjamín Menéndez de mayo-julio de 2008–  el abogado querellante Claudio Orosz: ¿Cómo un prisionero podía tener un arma?

El de Anadón fue el primer suicidio de represores detenidos o a punto de declarar. Le siguieron el de Héctor Febres, en una cárcel bonaerense. Se tragó una pastilla de cianuro a la usanza de los nazis en la Berlín tomada por los rusos. Y el de otro represor, Paul Alberto Nabone, en Ascochinga. Nabone estaba a punto de comparecer en Entre Ríos por el robo de bebés. Ya en 2009, el segundo juicio a Luciano Benjamín Menéndez se abrió con el suicidio de Jesús González, un miembro de la D-2 que tenía que declarar como testigo en el caso del asesinato del comisario Ricardo Fermín Albareda.

En marzo de 2006, y a treinta años de la desaparición de su hija, Sonia fue atacada por tres hombres que entraron a la casa de su hija Giselle. Uno de ellos simuló un fusilamiento y le gatilló un arma en la sien varias veces. Luego la arrastraron hasta el baño de la casa y allí le abrieron el cuero cabelludo a culatazos. Al huir, los atacantes sólo se llevaron el bolso de una adolescente que estaba en la casa. Lo abandonaron intacto a pocas cuadras. Sólo le habían agregado una pistola, la misma con la que la golpearon. El gobierno peronista de José Manuel de la Sota, ordenó custodia, pero  nunca detuvo a nadie por este ataque.

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28.07. 2009

Brasilianischer Pädagoge Paulo Freire

Wider die “Bankiers-Erziehung”

Schüler sind keine Gefäße, in denen man Wissen wie Spareinlagen deponiert. Pädagogik ist mehr, als sich im Kreis aufzustellen: Bildung heißt Freiheit ausüben. VON MARTA PLATÍA

“Den gegenwärtigen demokratischen Frühling in Lateinamerika gäbe es nicht ohne Paulo Freire”, sagte Frei Betto. “Lula, Chávez, Morales erklären sich auch dank ihm. Er war es, der den Unterdrückten Selbstbewusstsein einschärfte, indem er lehrte, dass niemand kultivierter sei als andere, sondern dass es verschiedene Kulturen gibt.” Betto war ehemaliger Bergwerkskumpel und Kollege von Freire.

Marcelo Mateo fügt hinzu: “Man muss klarstellen, Freire ist nicht bloß eine Erziehungsmethode”, sagt der Direktor des Zentrums für Kommunikation und Rechtsberatung (Cecopal), einer renommierten Nichtregierungsorganisation Argentiniens. “Für Freire ist Bildung Ausübung von Freiheit. Ein Modus der Befreiung der Unterdrückten. Er selbst definierte sich als ein Mann, der als Substantiv politisch sei – und als Adjektiv Erzieher.”

Mateo ergänzt: “Es geht nicht bloß darum, Tische im Kreis aufzustellen. Die Befreiungspädagogik geht weit über diesen szenischen Rahmen hinaus. Sich in seiner eigenen Wirklichkeit zu verordnen. Ich begreife, also lerne ich. Auf diese Weise kann man Realität modifizieren.”

Geboren wurde Paulo Freire 1921 in Recife, im Norden Brasiliens, in einem Arbeiterviertel, in dem Analphabetismus die Regel war und Sklaverei kurz zuvor noch legal. Ein Universum aus Männern und Frauen, die ihr Wissen nicht auf Buchstaben zu gründen wussten, auf deren Schultern Jahrhunderte aus Unterwerfung und Passivität im Angesicht des Unrechts lasteten. So die Ausgangssituation, die der junge Freire beschloss mit Bildung zu bekämpfen – nachdem er 1959 in Philosophie und Geschichte promoviert hatte.

Paulo Freires Idee: das Schweigen aufzubrechen, einen neuen Menschen zu schaffen, einen fragenden und kritischen. Einige seiner Prämissen: dass Wissen sich nicht vermittelt, sondern sich aufbaut. Dass Schüler keine Behältnisse sind, in denen Lehrer ihr Wissen wie Spareinlagen deponieren: wie in der “Bankiers-Erziehung” – so nannte er das klassische Bildungssystem -, sondern dass beide, Lehrer und Schüler, sich wechselseitig erziehen.

Freire war davon überzeugt, dass die Bankiersmethode ein Unterdrückungs-Instrument darstellt. Von daher dürfe sich die Politik nicht aus diesem Prozess fernhalten. Bewusstseinsbildung gelte es denjenigen zukommen zu lassen, die glaubten, nichts von ihrem Wissen zu wissen. Lernen solle am Anfang von der umgebenden Realität ausgehen. Man müsse die eigene Kultur wertschätzen, um so zur Entkolonialisierung zu gelangen.

Freire war Mitglied des ersten staatlichen Bildungsrates in Pernambuco, leitete die nationale Alphabetisierungskampagne im brasilianischen Norden und erlangte erste große Bekanntheit, als er 300 Landarbeitern in anderthalb Monaten Lesen und Schreiben beibrachte. Dies trug ihm jedoch auch die Ablehnung der Oligarchie und der konservativsten Kräfte innerhalb der katholischen Kirche ein, die ihn als politischen Agitator brandmarkten. Freire war tief religiös und unterstützte die Prinzipien der Befreiungstheologie.

Der Militärputsch 1964, der sich über 21 Jahre hinziehen sollte, brachte ihn ins Gefängnis, angeklagt als “Revolutionär”. Nach seiner Befreiung, 70 Tage später, flüchtete er nach Bolivien, kurz darauf nach Chile. Dort arbeitete er unter der christdemokratischen Regierung von Eduardo Frei an Bildungsprojekten. 1967 erschien “Erziehung als Praxis der Freiheit”, 1968 der Klassiker “Pädagogik der Unterdrückten”. Die Harvard-Universität machte ihn zum Gastprofessor und der Weltkirchenrat in Genf zum Sonderberater in Bildungsfragen.

1980 kehrte Freire nach Brasilien zurück. Die Unesco ehrte ihn mit dem Preis für Friedenserziehung. Im Lauf seiner Karriere unterstützte Freire reformpädagogische Projekte in ehemaligen portugiesischen Kolonien Afrikas. Er starb 1997 in São Paulo.

“Seine Spuren haben ihren Abdruck in ganz Lateinamerika hinterlassen und sind weiterhin lebendig. Auch wenn in den Neunzigerjahren sein Einfluss vom Zusammenbruch der Nicaraguanischen Revolution beeinträchtigt wird”, meint Marcelo Mateo von Cecopal. “Es ist so, dass der Triumph der Sandinisten 1979 stark mit der Methode Freires und der Befreiungstheologie verknüpft war. Die Enttäuschung produziert eine Art von Abwertung der Befreiungspädagogik. Heute, mit dem Zusammenbruch des Neoliberalismus, lebt sie hingegen wieder auf.”

Dies liege vor allem an der erneuten Lektüre des Freireschen Werkes und Adaptierung seiner Ideen an den sozio-ökonomischen und politischen Kontext des 21. Jahrhunderts. “Freire spricht von Erziehung in der jeweiligen Situation, die hier und jetzt gelebt wird.”

Von dieser Renaissance und Aktualität zeugen die indigenen Gemeinden der Zapatisten im mexikanischen Bundesstaat Chiapas, die Freires Methoden in den Schulen und autonomen Bezirken der sogenannten “Caracoles”, der Schneckenhäuser, anwenden. Die Bewegung der Campesinos in Bolivien, der Aymaras, Quechuas und Guaranis, die Evo Morales an die Macht verhalfen, auch wenn sie, so Mateo, “vielleicht Freires Lehre bereits praktizierten, lange bevor es Freire gab”. Oder die sogenannte “Wander-Universität” in Argentinien, deren Lehrer mit einem Omnibus-Klassenzimmer in die entlegensten Winkel reisen. “Doch am emblematischsten ist der MST in Brasilien, der Freire in Theorie und Praxis kontinuierlich anwendet.” Ein unerlässliches Forum, so der Experte, ist die Multiversidad Franciscana in Montevideo, Uruguay. Hier kann man es gar zu einem Diplom in Volksbildung bringen, hier finden die fruchtbarsten Debatten über Freire statt.

Ob denn manche der neuen linken Regierungen das Ruder der Befreiungspädagogik übernehmen dürfen? “Da gibt es verschiedene Positionen, aber grundsätzlich ist es kein Widerspruch, wenn man vom Staat aus versucht, kritische Menschen heranzubilden, die mit ihren Erziehern diskutieren. Denn Freire ist nun mal das Gegenteil einer Indoktrinierung.”

Dies sind nur wenige Beispiele für den Einfluss eines Mannes, der an die transformative Macht der Pädagogik glaubte. Der überzeugt war, dass “Bildungsprozesse sich nicht einzig in einem Unterrichtsraum abspielen” und “Alphabetisierung etwas mehr ist als Lesen und Schreiben lernen”.

Übersetzung aus dem Spanischen: Roland Brus

http://www.taz.de/nc/1/zukunft/wissen/artikel/1/wider-die-%5Cbankiers-erziehung%5C

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Deutschland.

08.08.2008

Wahlkampf vor dem Referendum

Morales verteidigt sein Amt

Kurz vor der Volksabstimmung über seinen Verbleib im Amt macht Präsident Evo Morales nochmal kräftig Werbung für sich selbst. Vor allem auf dem Land. VON MARTA PLATÍA

 

Bolivien macht Fortschritte mit Evo – das findet zumindest ein Teil der Bevölkerung.    Foto: reuters

Javier fährt, wie er lebt: volle Kanne und ohne Unterlass Koka kauend. So wie er es sein ganzes Leben gemacht hat. Oder besser: sein Leben, seit sein Freund und Compañero-Kokabauer Evo Morales in den Wahlkampf trat und mit 54 Prozent der Stimmen die Präsidentschaft in Bolivien gewann. In einem Geländewagen, der einem Raumschiff ähnelt, beschleunigt Javier ohne Erbarmen für die Mägen der Argentinier und des Deutschen, die auf dem Rücksitz Platz genommen haben – just dort, wo “sonst immer der Evo sitzt, wenn es zu irgendeiner Veranstaltung geht”.

Das Referendum

Am 10. August entscheiden die Bolivianer in einer Volksabstimmung über den Verbleib im Amt von Staatspräsident Evo Morales, seines Stellvertreters Álvaro García Linera sowie der neun regionalen Präfekten. Das Land ist ökonomisch und politisch in einen reichen Westen und einen armen Osten gespalten. Diewohlhabenden Provinzen des “Media Luna” haben durch Autonomie-Referenden erfolgreich versucht, gegen die Zentralregierung aufzubegehren. Sie fürchten Morales Reformeifer und eine mögliche Bodenreform. Landesweit verfügt Morales aber über breite Unterstützung gerade bei der indigenen Bevölkerung, die in Bolivien etwa 72 Prozent ausmacht. Seine Amtsenthebung am kommenden Sonntag gilt daher als unwahrscheinlich. Sie könnte nur mit mehr als den 53,7 Prozent der Stimmen erfolgen, mit denen Morales am 18. Dezember 2005 zum Präsidenten gewählt worden war.

Heute aber nimmt der erste indigene Präsident Boliviens den Helikopter zu einem Festakt in Omereque, einer kleinen Ortschaft 200 Kilometer südöstlich von Cochabamba. Morales fliegt mit einer venezolanischen Militärmaschine, die ihm, samt Piloten und allem, sein Genosse-Beschützer von der Achse des Bösen bereitgestellt hat: Hugo Chávez. Die Sache ist die, dass Evo Morales, in Orinoca, im Bezirk Oruro geboren, mit seinen 48 Jahren viele Feinde hat. Zu viele selbst für einen alten Gewerkschaftskämpfer wie ihn.

Herr Präsident, wovor haben Sie Angst?

Das kupferfarbene, so gut wie ausdruckslose Gesicht des Anführers des Movimiento al Socialismo (MAS) löst sich für nur wenige Sekunden auf, die Mundwinkel zeigen ein Misstrauen, das er nicht zu verstecken sucht.

Vor nichts. Vor nichts. Ich war in vielen Gefahren. Es wäre ermüdend, davon zu erzählen. … Einige Male retteten wir unser Leben, weil die Kugeln in den Mauern stecken blieben. Vor nichts, Señora, vor nichts.

Wiederholt er. Antwortet er. Ärgert sich. Argwöhnt. Die Sache ist die, dass Journalismus und Journalisten für Evo Morales ein fortwährendes Duell darstellen. Daher meidet er sie. Hält sie auf Abstand und bedenkt jedes Wort, bevor er es in den dünnen Sauerstoff der bolivianischen Höhen entlässt, in seinem monotonen ländlichen Tonfall.

Die Sache ist die, dass Evo Morales in einem Land von außerordentlichen Reichtümern, endlosen Plünderungen für die indigenen Bevölkerungsgruppen der “exzellente Herr Präsident” ist. Aber eben auch “dieser Scheiß-Indio und unkultivierte Kokabauer” für jene aus den bürgerlichen Wohngegenden von La Paz und Santa Cruz de la Sierra, die ihn verachten und ebenso schamlos wie lauthals beleidigen.

Aber heute ist Fiesta in Omereque, und Tausende sind unterwegs. Sechstausend Paare Sandalen, Latschen und ruinierte Mokassins, die seit Sonnenaufgang Wache schieben in einem staubigen Dorf, ohne Bars, öffentliche Toiletten, Zahnärzte, nicht einmal Krankenschwestern gibt es hier, aber zwei Ärzte für Notfälle.

Ein Dorf voller Blumen und wunderschöner Mädchen, voll von hunderten von Jungs, die ihre Schritte für den Umzug vor der Bühne üben, welche man Balken für Balken, Stoffbahn für Stoffbahn, Sitz für Sitz aufbaut. Die zehnjährige Nati Rocha Amés übt ein Gedicht. An ihrer Seite, stolz, ihr Großvater, ein Greis mit nur 42 Jahren, der ihr beim Auswendiglernen hilft. Ringsum warten Frauen mit endlos schwarzen Zöpfen auf Morales, während sie für ihn Halsbänder aus Blumen flechten, ihre Töchter und Enkelinnen frisieren, den Jungs die Latschen säubern.

“Der Evo ist einer der Unsrigen” murmelt Eleuteria. Der Unsrigen, wiederholt ihre Mutter, eine halbblinde Landarbeiterin von unschätzbarem Alter. Die Journalisten erdulden die Verschmutzung ihrer Kameras, die von der Staubwolke der für die Parade Übenden aufgewirbelt wird. Es ziehen Kleinkinder, Grundschüler, Schüler der einzigen Sekundarschule vorüber, ja sogar ein Regiment Marinesoldaten, und das in einem Land ohne Zugang zum Meer.

Wir befinden uns in Bolivien im Jahre null. Oder im Jahre eins, meinen die Anhänger von Juan Evo Morales Ayma, wie sein vollständiger Name lautet: das erste spirituelle Oberhaupt “aller andinen Völker”, das nach mehr als tausend Jahren in Tiwanaku gesalbt wurde.

Es ist zwei Uhr mittags in Omereque. Die Sonne sticht und blendet. Die Wassereisstangen in den Händen der Kinder sind ein klebriges Andenken, und die Kugeln aus Kokablättern bei den Erwachsenen wandern mit ungewohnter Unruhe von einer Wange in die andere. Da geschieht das Erhoffte: Der Helikopter mit Morales erscheint am Himmel. Ein Freudenschrei bricht über der gesamten Ortschaft aus. Wenige Minuten später vollzieht sich die Geschichte, die jeder von nun an und in alle Ewigkeiten erzählen wird: Gekleidet in eine schwarze Tracht und seinem klassischen Sakko mit farbiger Bordüre aus Inkamotiven, spaziert Evo Morales zum ersten Mal als Präsident über die Hauptstraße von Omereque. Regungslos weinen Männer und Frauen aus sich heraus, was sie niemals zu träumen wagten. Sie tun es schweigend. Mit erhobenen Händen die Frauen; mit den Hüten vor der Brust die Landarbeiter. Eine der traditionellen Zeremonien der indigenen Völker ergießt sich über Evo: Blaue und weiße Papierschnipsel füllen sein Haar. “Sie werfen Misturas auf ihn”, erklärt Wenceslao Rocha, ein gekrümmter winziger Landarbeiter, der bereits zweimal zur Tat schritt und sich für einige Minuten wie der Held des Dorfes fühlt.

Sie schenken “dem Evo” Ponchos, Hüte und Blumengirlanden. Das Orchester versucht einen Militärmarsch, der weder der Bedeutsamkeit noch der Gabe der Tonabstimmung begegnet. Dennoch ziehen die schüchternsten Stäbe schwenkenden Mädchen der Welt vorüber, gehüllt in selbstgemachte Trachten aus rotem und rosa Satin. In ihrem schwarzglänzenden Haar schimmern tausende von Federn. Sie marschieren mit zaghaftem Gang, dass ihre Kleidchen keine Schlüpfer enthüllen.

“Jetzt kommen die alten Männer und Frauen des Dorfes”, verkündet der Ansager. Auch sie schreiten aus. Marschieren langsam, mit heruntergezogenen Schultern, aber mit säuberlich gebürsteten Ponchos und Hüten. Die Augen feucht, starr und erfüllt vom Bild des Evo Morales: eines einstigen Landarbeiters wie sie, mit der gelb-rot-grünen Schärpe des Präsidenten.

Morales spricht zu ihnen. Er erzählt ihnen, was “für sie, für das Land, die Nationalisierung der Rohstoffe” bedeutet. Er erklärt ihnen die Bedeutung des Wortes Haushaltsüberschuss. Er schildert ihnen die Inbesitznahme des Ölfeldes von San Alberto, von Petrobrás, die Brasilien und den Rest der Welt zum Staunen brachte, angesichts der Dreistigkeit des exotischen Präsidenten mit seinen bunten Pullovern. Er spricht von den 82 Prozent, die Repsol, YPF, Shell und andere ausländische Firmen einnahmen, und von 18 Prozent, die verblieben. Von der Umkehrung dieser Zahlen und dieser Regeln, die einem besiegelten Schicksal glichen; und dass sie heute Gewinne für die Bolivianer lassen. “Ein Volk aus Bettlern auf einem Thron aus Gold”, wie einige Ältere sagen. Die Alten. Die wahren Besitzer der Böden, wenngleich nicht seiner Reichtümer.

Morales setzt seine Rede unter der weißen Sonne von Omereque fort. Man sieht die gekrümmten und steinigen Hügel, wo die Kinder – vorausschauend – die Abreise des Präsidenten abwarten, im ersten Helikopter, den viele von ihnen in ihrem Leben gesehen haben. Morales verspricht nicht mehr, als er gemacht hat. Aber es werde Überraschungen geben. Aber noch zieht er es vor zu schweigen.

Alle wissen, über was er schweigt. Oder glauben es zu wissen. Manche sagen es mit leiser Stimme. Und die Worte schmecken nach einem alten lateinamerikanischen Traum: Landreform. Es ist nämlich so, “die größten Wünsche spricht man nicht aus” flüstert Josefa, eine junge Lehrerin. “Man benennt das Heilige nicht”, wiederholt sie, und ihre Bestimmtheit durchfährt einen wie der Blitz.

Wieder Durcheinander, da Evo nun aufbricht. Das gesamte Dorf rennt hinter seinem Geländewagen her. Und einige überholen ihn. Lachend rennen Kinder und Erwachsene vorbei, sie treffen an dem improvisierten Landeplatz ein und setzen sich im Kreis: wie bei einem religiösen Ritus. In vorsichtigem Abstand zu den Rotoren, die sich zu bewegen beginnen.

Nach der Nationalisierung der Rohstoffe, was wird die nächste Reform sein, Präsident Morales?, gelingt mir zu fragen, die Motoren dröhnen schon. Angekündigter Krieg ist verlorener Krieg, folglich … Man darf jenen nichts ankündigen, die sicher nicht wollen, dass etwas geschieht. Aber es wird weitere Maßnahmen geben. Zu Deutsch: Der erste indigene Amtsträger will keine schlafenden Hunde wecken.

Glauben Sie, Entschädigungen für all die Plünderungen in ihrem Land einfordern zu können?, fragt ein deutscher Kollege den erstaunten Präsidenten. Evo zweifelt. Er prüft und verwirft. Es ist zu lange her. Wir haben viel zu tun. Wir meinen, dass Mauern und Visa uns gegenüber nicht gerechtfertigt sind, wo wir damals für ihre Probleme offen gewesen sind. Außerdem: Jetzt ist der Moment, sagt er, zitiert einen Satz aus dem Wahlkampf, bevor der venezolanische Helikopter mit seinen Propellern eine ungeheuerliche braune Wolke erzeugt, aus der alle auftauchen mit schmutzigen Zähnen vom vielen Lachen.

Jetzt – das ist der Schlüssel und das Lieblingswort der bolivianischen Indigenen. Die Nachfahren derjenigen, die zur ersten Gründung Boliviens am 6. August 1825 weder aufgenommen noch eingeladen wurden. Das auserwählte Wort jener, die seit dem 22. Januar 2006, als Morales seinen Eid als Präsident ablegte, sich mit einem Kokabauern identifizieren. Einem, dem sie vertrauen. Dem Ersten in so vielen Jahren von Unterwerfung und Resignation. Ein Morales, so empfindet und wiederholt man in den Armenviertel von La Paz, El Alto, Oruro, Potosí und Villazón, neben vielen anderen Gemeinden, der, ja, sie eingeladen hat zur zweiten Gründung Boliviens. Eine Chance, die, alle wissen es, die einzige und letzte sein kann.

Aus dem Spanischen: Roland Brus

http://www.taz.de/1/politik/amerika/artikel/1/morales-verteidigt-sein-amt

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Semana Santa en Chiapas. 1998:

La misa de los santos inocentes

Por Marta Platía

Fue como estar en la misa de los santos inocentes, si es que los santos inocentes existen. Y si existen, andan descalzos o apenas con unas sandalias que, por raídas, bien podrían catalogarse como metafísicas.

La catedral de San Cristóbal de las Casas, en Chiapas, estuvo repleta: indios tzeltales, tojolabales, tzotziles, chamulas y hasta un grupo de lo más granado de los coletos, como le llaman a la burguesía local, se pusieron sus mejores y más coloridos trajes para asistir al servicio del Jueves Santo.

Las velas que unos y otros llevaron en sus manos, iluminaron el atrio donde don Samuel Ruiz García,  o el Tatic Samuel – que significa padre, en varias lenguas indígenas – rezó la misa custodiado por los ojos de todos y las armas de cuatro guardaespaldas que lo siguen a sol y a sombra desde que en noviembre pasado, las balas de un escuadrón paramilitar intentaron asesinarlo.

La emboscada le costó al sacerdote dos amigos heridos y la certeza que su hora aún no había llegado, porque Dios -  o los esbirros de la feroz contrainsurgencia desatada desde los más duros sectores del gobierno central – le dieron una oportunidad más.

Señalado por algunos como el verdadero padre ideológico del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, don Samuel – o el obispo rojo, como también le llaman en México – sabe que su cabeza tiene precio. Sin embargo, a pesar del temor y las amenazas, continúa abriendo él mismo la puerta de la curia que lo tiene como jefe máximo desde hace más de 37 años.

“No se puede vivir con miedo siempre, el miedo paraliza”, dice, y su hermana María de la Luz, una mujer bajita con su misma sonrisa e idéntica parquedad , asiente en silencio. Aún cuando a ella los martillazos furiosos de un comando paramilitar la dejaron casi muerta, en la casa parroquial, pocos días después del ataque al obispo, y apenas unos días antes de la masacre de Acteal, que se les cayó encima  el 22 de diciembre.

Pero es tiempo de Semana Santa y los sobrevivientes de ese y de otros pueblos están, vela en mano, en la misa que Samuel reza en una catedral amarilla que contiene la fe y los miedos de todos.

La carta del apóstol Pablo, que insta a los cristianos a resistir las presiones y los embates del imperio romano, convierte en innecesaria cualquier explicación. El obispo no tiene que reeditar los viejos hits del evangelio para llegar a la gente. El mensaje surge fresco y no necesita de aggiornamientos. Al fin y al cabo un centenar de soldados del ejército mexicano toman el sol en la plaza principal, al costado de la iglesia,  y otros 70 mil patrullan el resto del estado de Chiapas. A nadie se le escapa que los leones de los que habla Pablo se entremezclan en una frontera difusa con los integrantes de una docena de agrupaciones paramilitares que acechan sin necesidad de escondites.

La Secretaría de Defensa Nacional admite que existen cerca de 250 instalaciones militares y unos 50 retenes diseminados por toda la geografía chiapaneca.

Los organismos de derechos humanos, por su parte, denuncian que ese número crece mes a mes, y que todos los días las bandas de paramilitares se dedican a asolar unos 50 municipios filozapatistas. Con nombres tan engañosos como “Paz y Justicia”, los paramilitares se cobraron, desde la matanza de Acteal, más de treinta muertes.

Desde el 13 de marzo, el mismo día que Zedillo anunció su iniciativa de la ley indígena, aviones y helicópteros sobrevuelan las cabeceras municipales rebeldes y se intensificaron los controles militares.

“Pasan tan bajito que hasta les vemos las caras a los pilotos”, jura Zebedeo, un tojolabal de apenas un metro y medio de estatura, antes de entrar a la iglesia.

El muchacho no levanta los ojos oscuros y pequeños para hablar, pero relata, en un castellano ríspido, que mientras los chicos lloran, los más grandes tiran piedras al cielo, como si de verdad pudieran herir de muerte a los helicópteros.

Sin armas para defenderse, los indígenas aprovechan los días de lluvia para sembrar los campos con estacas de palo, para evitar que los aparatos militares aterricen. La iniciativa no resulta de lo más efectiva : sólo causa risas entre los pilotos y un puñado de bromas en algunos periódicos oficialistas.

En la ceremonia religiosa, en tanto, los extranjeros cuchichean y algunos hasta lloran. Por más que lo intentan, no pueden sacarse de la cabeza la imagen de ese otro cura : monseñor Romero, de El Salvador. Aquel que fue asesinado en un altar como el de este Chiapas de guerra sucia, masacre y muerte.

Samuel Ruiz García sabe lo que piensan. “Siempre lo hacen cuando entran en el templo”, comprende, y les habla con su voz de hombre sin miedo.

Afuera, la primavera de la colonial San Cristóbal de las Casas rezuma el ambiente cargado de las tensiones que desembocarían, pocas horas después, en la extradición de doce extranjeros – norteamericanos, españoles, belgas y canadienses – a sus países de origen, acusados por el gobierno de intervenir en asuntos internos.

Convocados vía internet por el Subcomandante Marcos para oficiar de observadores internacionales en la creación de un municipio autónomo – según lo establecido en los acuerdos de San Andrés Larráinzar firmados en febrero de 1996 entre el gobierno nacional y el EZLN, y cuya validez negó después el propio presidente Ernesto Zedillo – , los frustrados veedores fueron expulsados del suelo mexicano en una avanzada de xenofobia que intenta romper el escudo humano que es, por ahora, la única y frágil garantía con la que cuentan el ejército insurgente y sus seguidores.

Los otros extranjeros, los del perpetuo “zapatour”, los que tal vez se alarmarían si viesen caminar un encapuchado a las orillas del Sena, continúan imperturbables comprando artesanías y remeras con la imagen del subcomandante Marcos. Un Marcos cada día más acorralado en la selva Lacandona y en las veredas de San Cristóbal donde, por sólo un dólar y medio, el enjambre de turistas franceses, alemanes e italianos, compra el muñequito de trapo y sus “warriors” de riguroso pasamontañas.

Mientras, en la catedral repleta de oraciones en castellano y en lenguas mayas, Samuel Ruiz García les lava los pies a sus fieles obediente al rito religioso, y repite, después, que hay que resistir. A pesar de todo y de la muerte. Esa presencia tan fuerte como tangible en la cultura de los pueblos indígenas. Una muerte voraz a la que, asegura, muchas veces tienen sentada a la mesa. Y la vida, reza don Samuel, es la única conjura, el único antídoto.  Esas palabras, que pueden sonar triviales a miles de kilómetros de distancia, estallan enormes, indelebles, contra los muros de la catedral pintada de amarillo furioso.

Sólo entonces los santos inocentes – si es que existen – apagan sus velas y se santiguan, presurosos, antes de volver a hundir sus huellas descalzas en la memoria de la selva.

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Cuentos

Palabras iniciales

 

Por Roberto Fontanarrosa.

“Puto el que lee esto.”

Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato.

Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.

Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross MacDonald.

Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ése es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.

No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf… el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar: “Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos”. Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.

El lector no es mi amigo. El lector es alguien que le debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. “Puto el que lee esto.” Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.

“Es un golpe bajo”, diría algún crítico amanerado, de ésos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos a Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor —les contesto—, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien, mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir “me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribí, no los molesto más con mi producción”, no. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.

Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo. Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto. “Me voy, me muero, cagué la fruna —podría ser el postrer anhelo—. Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches.” Que los quemen, qué tanto. Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro, señor lector. Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar cómo forrar una lata de bizcochos. Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos. Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y de esclarecimiento. Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podrían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Pirlimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprescindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano.

Allí, a ese mar de palabras, adjetivos, verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones. Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva. Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno a una mesa de saldos o novedades con paso tardo, distraído, pasando apenas la yema de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acertado, una faja más prometedora. Finge. El lector finge. Finge erudición y, quizás, interés. Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea frívolamente el último best-séller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda. Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano.

Y el libro está solo, feroz y despiadadamente solo entre los tres millones de libros que compiten con él para venderse. Sabe, con la sabiduría que le da la palabra escrita, que su tiempo es muy corto. Una semana, tal vez. Dos, con suerte. Después, si su reclamo no fue atractivo, si su oferta no resultó seductora, saldrá de la mesa exclusiva de las novedades VIP diríamos, para aterrizar en algún exhibidor alternativo, luego en algún estante olvidado, después en una mesa de saldos y por último, en el húmedo y oscuro depósito de la librería, nicho final para el intento fracasado. Ya vienen otros —le advierten— vendete bien que ya vienen otros a reemplazarte, a sacarte del lugar, a empujarte hacia el filo de la mesa para que te caigas y te hagas mierda contra el piso alfombrado.

No desaparecerá tu libro, sin embargo, no, tenelo por seguro. Sea como fuere, es un símbolo de la cultura, un ícono de la erudición, vale por mil alpargatas, tiene mayor peso específico que una empanada, una corbata o una licuadora. Irá, eso sí, con otros millones, al depósito oscuro y maloliente de la librería. No te extrañe incluso que vuelva un día, como el hijo pródigo, a la misma editorial donde lo hicieron, y quede allí, al igual que esos residuos radioactivos que deben pasar una eternidad bajo tierra, encerrados en cilindros de baquelita, teflón y plastilina para que no contaminen el ambiente, hasta que puedan convertirse en abono para las macetas de las casas solariegas.

De última, reaparecerá de nuevo, Lázaro impreso, en la mano de algún boliviano indocumentado, junto a otros dos libros y una birome, como oferta por única vez y en carácter de exclusividad, a bordo de un ómnibus de línea o un tren suburbano, todo por el irrisorio precio de un peso. Entonces, caballeros, no esperen de mí una lucha limpia. No la esperen. Les voy a pegar abajo, mis amigos, debajo del cinturón, justo a los huevos, les voy a meter los dedos en los ojos y les voy a rozar con mi cabeza la herida abierta de la ceja.

“Puto el que lee esto.”

John Irving es una mentira, pero al menos no juega a ser repugnante como Bukowski ni atildadamente pederasta como James Baldwin. Y dice algo interesante uno de sus personajes por ahí, creo que en El mundo según Garp: “Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia”. Buena, John, me gusta eso. Te están contando algo, querido lector, de eso se trata. Tu amigo Chiquito te está contando, por ejemplo en el club, cómo al imbécil de Ernesto le rompieron el culo a patadas cuando se puso pesado con la mujer de Rodríguez. Vos te tenés que ir, porque tenés que trabajar, porque dejaste la comida en el horno, o el auto mal estacionado, o porque tu propia mujer te va a armar un quilombo de órdago si de nuevo llegás tarde como la vez pasada. Pero te quedás, carajo. Te quedás porque si hay algo que tiene de bueno el sorete de Chiquito es que cuenta bien, cuenta como los dioses y ahora te está explicando cómo el boludo de Ernesto le rozaba las tetas a la mujer de Rodríguez cada vez que se inclinaba a servirle vino y él pensaba que Rodríguez no lo veía. No te podés ir a tu casa antes de que Chiquito termine con su relato, entendelo. Mirás el reloj como buen dominado que sos, le pedís a Chiquito que la haga corta, calculás que ya te habrá llevado el auto la grúa, que ya se te habrá carbonizado la comida en el horno, pero te quedás ahí porque querés eso que el maricón de John Irving decía con tanta gracia: querés saber cómo termina la historia, querido, eso querés.

Entonces yo, que soy un literato, que he leído a más de un clásico, que he publicado más de tres libros, que escribo desde el fondo mismo de las pelotas, que me desgarro en cada narración, que estudio concienzudamente cómo se escribe y cómo se lee, que me he quemado las pestañas releyendo a Ezra Pound, que puedo puntuar de memoria y con los ojos cerrados y en la oscuridad más pura un texto de setenta y ocho mil caracteres, que puedo dictaminar sin vacilación alguna cuándo me enfrento con un sujeto o con un predicado, yo, señores, premio Cinta de Plata 1989 al relato costumbrista, pese a todo, debo compartir cartel francés con cualquier boludo. Mi libro tendrá, como cualquier hijo de vecino, que zambullirse en las mesas de novedades junto a otros millones y millones de pares, junto al tratado ilustrado de cómo cultivar la calabaza y al horóscopo coreano de Sabrina Pérez, junto a las cien advertencias gastronómicas indispensables de Titina della Poronga y las memorias del actor iletrado que no puede hacer la O ni con el culo de un vaso, pero que se las contó a un periodista que le hace las veces de ghost writer. Y no estaré allí yo para ayudarlo, para decirle al lector pelotudo que recorre con su vista las cubiertas con un gesto de desdén obtuso en su carita: “Éste es el libro. Éste es el libro que debe comprar usted para que cambie su vida, caballero, para que se le abra el intelecto como una sandía, para que se ilustre, para que mejore su aliento de origen bucal, estimule su apetito sexual y se encame esta misma noche con esa potra soñada que nunca le ha dado bola”.

Y allí estará la frase, la que vale, la que pega. El derechazo letal del negro Monzón en el entrecejo mismo del tano petulante, el trompadón insigne que sacude la cabeza hacia atrás y hacia adelante como perrito de taxi y un montón de gotitas de sudor, de agua y desinfectante que se desprende del bocho de ese gringo que se cae como si lo hubiese reventado un rayo. “Puto el que lee esto.” Aunque después el relato sea un cuentito de burros maricones como el de Platero y yo, con el ángelus que impregna todo de un color malva plañidero. Aunque la novela después sea la historia de un seminarista que vuelve del convento. Aunque el volumen sea después un recetario de cocina que incluya alimentos macrobióticos.

No esperen, de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar. Porque digo que es puto el que lee esto y lo sostengo. Y paso a contarles por qué lo afirmo, por qué tengo autoridad para decirlo y por qué conozco tanto sobre su intimidad, amigo lector, mucho más de lo que usted nunca hubiese temido imaginar. Sí, a usted le digo. Al que sostiene este libro ahora y aquí, el que está temiendo, en suma, aparecer en el renglón siguiente con nombre y apellido. Nombre y apellido. Con todas las letras y hasta con el apodo. A usted le digo.

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De Un kilo de oro.

NOTA AL PIE

Rodolfo Walsh

(De un kilo de oro).

In Memoriam Alfredo de León

† circa 1954

Sin duda León ha querido que Otero viniera a verlo, desnudo y muerto bajo esa sábana, y por eso escribió su nombre en el sobre y metió dentro del sobre la carta que tal vez explica todo. Otero ha venido y mira en silencio el óvalo de la cara tapada como una tonta adivinanza, pero aún no abre la carta porque quiere imaginar la versión que el muerto le daría si pudiera sentarse frente a él, en su escritorio, y hablar como hablaron tantas veces. Un sosiego de tristeza purifica la cara del hombre alto y canoso que no quiere quedarse, no quiere irse, no quiere admitir que se siente traicionado. Pero eso es exactamente lo que siente. Porque de golpe le parece que no se hubieran conocido, que no hubiera hecho nada por León, que no hubiera sido, como ambos admitieron tantas veces, una especie de padre, para qué decir un amigo. De todas maneras ha venido, y es él, y no otro, el que dice: –Quién iba a decir, y escucha la voz de la señora Berta que lo mira con sus ojos celestes y secos en la cara ancha sin sexo ni memoria ni impaciencia, murmurando que ya viene el comisario, y por qué no abre la carta. Pero no la abre aunque imagina su tono general de lúgubre disculpa, su primera frase de adiós y de lamento.*

*Lamento dejar interrumpida la traducción que la Casa me encargó. Encontrará usted el original sobre la mesa, y las ciento treinta páginas ya traducidas.

1.-

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Es que no ganan con eso una ínfima parte de lo que ambos hubieran ganado conversando, y tiene de pronto la oscura sensación de que todo viene dirigido contra él, que la vida de León en los últimos tiempos tendía a convertirlo en testigo perplejo de su muerte. ¿Por qué, León?

No es un placer estar ahí sentado, en esta pieza que no conocía, junto a la ventana que filtra una luz ultrajada y polvorienta sobre la mesa de trabajo donde reconoce la última novela de Ballard, el diccionario de Cuyas editado por Appleton, la media hoja manuscrita en que una sílaba final tiembla y enloquece hasta estallar en un manchón de tinta. Sin duda León ha creído que con eso ya cumplía, y ciertamente el hombre canoso y triste que lo mira no viene a reprocharle el trabajo interrumpido ni a pensar en quién ha de continuarlo. Vine, León, a aceptar la idea de su muerte inesperada y a ponerlo en paz con mi conciencia.

De golpe el otro se ha vuelto misterioso para él, como él se ha vuelto misterioso para el otro, y tiene su punta de ironía que ignore hasta la forma que eligió para matarse.

–Veneno –responde la vieja, que sigue tan quieta en su asiento, envuelta en sus lanas grises y negras.

Y cruza las manos y reza en voz baja, sin llorar ni siquiera sufrir, salvo de esa manera general y abstracta en que tantas cosas la apenan: el paso del tiempo, la humedad en las paredes, los agujeros en las sábanas y las superfluas costumbres que hacen su vida.

Hay un rectángulo de sol y de ropa tendida en el patio, bajo la perspectiva de pisos con barandas de chapas de fierro donde emerge como un chiste un plumero moviéndose solo en una nubecita de polvo, un turbante sin dueña desfila, y un viejo se asoma, y mira y escupe.

Otero ve todo esto en una instantánea, pero es otra la imagen que quiere formarse en su mente: la elusiva cara, el carácter del hombre que durante más de diez años trabajó para él y la Casa. Porque nadie puede vivir con los muertos, es preciso matarlos adentro de uno, reducirlos a imagen inocua, para siempre segura en la neutra memoria. Un resorte se mueve, una cortina se cierra, y ya hemos pasado sobre ellos juicio y sentencia, y una suave untura de olvido y perdón.

La vieja parece que acuna el espacio vacío que miden sus manos.

–Siempre pagaba puntual,

 

 

 

 

El resto no ofrece dificultades y espero que la Casa encuentre quien lo haga. Infortunadamente, he tenido que pasar por encima de sus últimas reconvenciones.

2.-

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y el recuerdo del muerto emerge en magras anécdotas: lo mal que comía y el ruido que hacía de noche escribiendo, y cómo después se enfermó, se vino triste y huraño, y ya no quiso salir de su pieza.

–Después se volvió loco.

Otero casi sonríe al oír la palabra. Resultaba fácil ahora decir que León acabó en la locura, y el sumario tal vez lo diría. Pero nadie iba a saber contra qué enloqueció, aunque sus rarezas estuvieran a la vista de todos.

Así, en los últimos meses, se empecinaba en escribir a mano arguyendo vagos contratiempos con su máquina, y él se lo permitió a pesar de las protestas de la imprenta, como dejó pasar otras cosas porque sentía que no iban dirigidas contra él, que eran parte de la lucha del suicida con algo indescifrable.

En algún cajón de su escritorio ha de estar todavía esa carilla suelta que apareció intercalada en el último trabajo de León. No tenía más que una palabra – mierda– repetida desde el principio hasta el fin con letra de sonámbulo.

La mujer averigua quién va a pagar los gastos de entierro, y el hombre contesta:

–La Casa.

 

 

No pude rescatar la máquina de escribir y ese texto, como el anterior, le llegará manuscrito. Hice la letra lo más clara posible, y espero que no se irrite demasiado conmigo, considerando las circunstancias.

3.-

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que debe de ser la empresa en que León trabajaba.

Ya con esto aclarado, se siente más libre y se lleva un pañuelo a los ojos y enjuga un hilo escaso de llanto, en parte por León, que al fin era pobre y no molestaba, y en parte por ella, por todas las cosas que en ella se han muerto, en tantos años de soledad y de duro trabajo entre hombres mezquinos y ásperos.

La mirada de Otero vaga entre palmeras grises de un enorme oasis donde beben los camellos. Pero es una sola palmera, repetida hasta el infinito en el empapelado, un solo camello, un solo charquito, y el rostro del muerto se embosca en los arcos del ramaje, lo mira con el ojo sediento del animal, se disuelve por fin dejándole el resabio de un guiño, el resquemor de una burla. Otero sacude la cabeza en su necesidad de no ser distraído, de recuperar la verdadera cara de León, su boca enorme, sus ojos, ¿negros?, mientras oye en el hall la voz del oficial que llama por teléfono y dice “Juzgado”, y cuelga, y disca e inquiere, “¿Juzgado?”, y cuelga, y se pasea con las manos a la espalda, entre lúgubres percheros y macetas de bronce.

 

 

 

¿Recuerda usted la sinusitis que tuve hace dos meses? Parecía una cosa de nada, pero al final los dolores no me dejaban dormir. Tuve que llamar al médico, y así se me fueron, entre remedios y tratamientos, los pocos pesos que me quedaban.

4.-

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Tal vez el gesto de León quiso decir que su vida era dura, y no es fácil desmentirlo viendo las paredes de su pieza sin un cuadro, el traje de franela de invierno y verano colgado en el espejo del ropero, los hombres en camiseta que esperan su turno en la puerta del baño.

Pero de quién no es dura la vida, y quién sino él eligió esa fealdad que nada explicaba y que probablemente él no veía.

Quizá no sea el momento de pensar estas cosas, pero qué excusa se daría si en presencia de la muerte no fuese tan sincero como siempre ha sido. ¿Lo fue el suicida con él? Otero sospecha que no. Ya desde el principio detectó bajo su apariencia de jovialidad esa veta de melancolía que apuntaba como el rasgo esencial de su carácter. Hablaba mucho y se reía demasiado, pero era una risa agria, una alegría echada a perder, y Otero a menudo se preguntó si muy subterráneamente, inadvertido incluso para León, no había en todo eso un dejo de burla perversa, una sutil complacencia en la desgracia.

–No tenía amigos –dice la vieja–. Eso cansa.

 

 

 

Por eso empeñé la máquina. Creo que ya se lo conté pero en los doce años que llevo trabajando para la Casa a mutua satisfacción siempre traté de cumplir, con las salvedades que haré más adelante. Este trabajo es el primero que dejo inconcluso, quiero decir inacabado. Lo siento mucho pero ya no puedo más.

5.-

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El visitante ya no la escucha. Se interna en caminos de antigua memoria, buscando la imagen perdida de León. Y lo encuentra siempre encorvado, menudo, con ese aire de pájaro, picoteando palabras en largas carillas, maldiciendo correctores, refutando academias, inventando gramáticas. Pero es todavía una cara sonriente, la cara del tiempo en que amaba su oficio.

Hacía falta alguna perspicacia para adivinar un potencial traductor en aquel muchacho salido de una estación de servicio, ¿o era un taller mecánico?, con su castellano pasable y su inglés empeñoso averiguado por carta. Descubrió poco a poco que traducir era asunto distinto que conocer dos idiomas: un tercer dominio, una instancia nueva. Y después el secreto más duro de todos, la verdadera cifra del

arte: borrar su personalidad, pasar inadvertido, escribir como otro y que nadie lo note.

–No entres –dice la vieja.

Otero se para, recibe el pocillo que le tiende la chica, y se sienta, y toma el café.

 

 

 

-Ciento treinta carillas a cien pesos la carilla, son trece mil pesos. ¿Sería usted tan amable de entregarlos a la Señora Berta? Diez mil pesos cubren mi pensión hasta fin de mes. Temo que el resto no alcance para los gastos que han de originarse. Tal vez rescatando la máquina y vendiéndola se consiga algo más. Es una muy buena máquina, yo la quería mucho.

6.-

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Otra ráfaga amable del tiempo pasado ilumina su cara: el gesto de asombro de León aquella mañana en que vio la primera novela traducida por él. Al día siguiente apareció con corbata nueva y le regaló un ejemplar dedicado: testimonio de cierta innata lealtad. Otros pasaron por la Casa, aprendieron lo poco o lo mucho que sabían y se fueron por unas monedas de diferencia. Pero León en algunos momentos, acaso en muchos momentos, llegó a intuir la misión de la Casa, captó oscuramente el sacrificio que implica editar libros, alimentar los sueños de la gente y edificarles una cultura, incluso contra ellos mismos.

Sobre la mesa de luz el despertador se ha puesto a sonar trepidando en sus patas de níquel, y a su lado tiembla una foto en su marco, la efigie impúdica y plebeya de una muchacha sacudida de risa, y también baila el vestido floreado, las anchas caderas.

– ¿Mujeres?

–Ya no –y el reloj tiene otro acceso de alarma, la foto otro ataque de baile y de risa.

 

 

El único defecto es el teclado de plástico, que se gasta, pero en general creo que ya no se fabrican máquinas como la Remington 1954.

También dejo algunos libros, aunque no creo que se pueda sacar mucho por ellos. Hay otras cosas, una radio, una estufa. Le suplico que arregle los detalles con la señora Berta. Como usted sabe, no tengo parientes ni amigos, fuera de la Casa.

7.-

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Otero suspira, confiesa perdido en el tiempo el día en que León empezó a ser otro; el punto de la Serie Escarlata, el tomo de la Colección Andrómeda (alineados en el único estante como un calendario secreto) en que este hombre dijo que no, olvidando incluso el orgullo infantil que le daban sus obras:

– ¿A que no sabe cuántas fichas tengo en la Biblioteca Nacional? –la cabeza ya casi calva hundida entre las solapas del traje.

– ¿Cuántas, León?

–Sesenta. Más que Manuel Gálvez.

–Qué maravilla.

–Psh. Falta la mitad.

O bien:

–Esta traducción es única. Mil palabras menos que el original.

– ¿Las contó? La risa burlona:

–Una por una.

 

 

 

 

Me duele mucho abusar de usted en esta forma, venir a modificar a último momento una relación tan cordial, tan fructífera en cierto sentido. Cuando el asunto de la máquina, por ejemplo, pensé que si yo le pedía algún dinero adelantado, la Casa no se negaría. Pero en doce años no lo había hecho, imaginé que tal vez usted me miraría de un modo particular, que algo cambiaría entre nosotros, y por último no me decidí.

8.-

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Después –pero ¿cuándo?– un resorte escondido saltó. Es preciso admitir que en los últimos tiempos no recibía a León con placer. Le llenaba la oficina de problemas, de preguntas y lamentos que a veces ni siquiera tenían nada que ver con él, sino con la generalidad de las cosas, los bombardeos en Vietnam o los negros del Sur, temas sobre los que a él no le gustaba discutir, aunque tuviera ideas formadas.

Por supuesto León terminaba por mostrarse de acuerdo con ellas, pero en el fondo era fácil advertir que disentía, y ese disimulo no se sobrellevaba sin mutuas violencias. Cuando se iba daban ganas de barrer con una escoba toda esa escoria de tristeza, de pretextos. ¿Qué le pasaba, León?

–No sé –la voz sollozante–. Es que el mundo está lleno de injusticias.

La última vez, Otero lo hizo atender por la secretaria.

 

 

 

 

Desearía que usted se quedara con el Appleton. Es una edición algo vieja, y está bastante manoseada, pero no tengo otra cosa con qué testimoniar mis sentimientos hacia usted. Se traba una singular intimidad con los objetos de uso cotidiano. Creo que últimamente lo conocía casi de memoria, aunque no por eso dejaba de consultarlo, sabiendo en cada caso lo que iba a encontrar, y las palabras que de antemano es inútil buscar. Tal vez usted sonría si le confío que, literalmente, yo hablaba con Mr. Appleton.

9.-

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Es inútil de todas maneras recordar ese mínimo episodio, oponerlo al constante interés que mostró por las cosas de León, aun por detalles triviales:

–Este mes tradujo dos libros. ¿Por qué no cambia de traje?

Era lo mismo que pedirle un cambio de piel, y Otero olvidó el proyecto secreto de invitarlo algún día a comer, presentarle al gerente, ofrecerle un empleo estable en la Casa. Se resignó a dejarlo en su abulia, sus vagos ensueños, las horas de ocio que engendran ideas malsanas, llegando a envidiarlo porque podía levantarse a cualquier hora, decretarse un día feriado, mientras él se desvelaba en los remotos planes de la Casa. Tal vez su bondad estuvo mal colocada, quizá no debió permitir que León se enfrentara solo con las fantasías de una inteligencia que –mejor admitirlo– no era demasiado vigorosa.

 

 

 

Yo decía por ejemplo:

–Mr. Appleton, ¿qué significa prairie dog?

–Aranata.

–Ajá. ¿Y crayfísh?

–Lo mismo que crabfísh.

–Bueno, pero ¿qué quiere decir crabfish?

–Cabrajo.

–No le permito.

–Oh, no se ofenda. Puede traducirlo por bogavante de río.

–Ahora sí. Gracias.

10.-

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Pero es difícil fijar el límite de los propios deberes con el otro, invadir su libertad para hacerle un bien. ¿Y qué pretexto invocar? Una o dos veces por mes, León venía, entregaba su pila de carillas, cobraba, se iba. ¿Es que él podía pararlo, decirle que su vida era errada? En ese caso, ¿no debería hacer lo mismo con el medio centenar de empleados de la Casa?

Otero se levanta, camina, se asoma a la puerta del hall, la luz cegadora del patio, escucha los ruidos que el muerto tal vez escuchaba: metales, canillas, escobas.

Como si nunca hubiera existido, porque nada se para. La sopa en la olla, el jilguero en su jaula –ese canto impávido en un bosque de chapas- y la voz de la vieja diciendo que ya son las once y ojalá el comisario esté por llegar.

 

 

 

 

¿Cómico, verdad? Uno llegaba a saber cómo se dice una cosa en dos idiomas, y aun de distintos modos en cada idioma, pero no sabía qué era la cosa.

En los dominios de la zoología y la botánica han pasado por mis páginas rebaños enteros de animales misteriosos, floras espectrales. ¿Qué será un bowfin?, me preguntaba antes de largarlo a navegar por el río Missisipi y lo imaginaba provisto de grandes antenas con una luz en cada punta deslizándose en la niebla subacuática. ¿Cómo cantará un chewink? y escuchaba las notas de cristal subir incontenibles en el silencio de un bosque milenario.

11.-

……………………………………………………………………………………

Por un momento el visitante comparte ese deseo, porque muchas cosas lo aguardan en la oficina, presupuestos a resolver y cartas que contestar, y hasta una llamada de larga distancia, sin contar el almuerzo con Laura, su esposa, a quien tendrá que explicar lo ocurrido. Pero antes debe saber cómo era León, y por qué se ha matado: antes que llegue el comisario y destape la sábana y le pregunte si eso era

León.Tal vez el misterio estuviera en su infancia, en viejos recuerdos de humillación y pobreza. ¿Alguna vez le dijo que no conoció a sus padres? Quizá por eso se sintió despojado y ya no pudo amar el orden del mundo. Pero salvo ese incidente fortuito, que él sin duda exageraba, nadie lo había despojado.

 

 

 

 

 

No he olvidado nunca que todo ese mundo nuevo se lo debo a usted. La tarde en que bajé la escalera de la Casa, apretando contra el pecho la primera novela que me encargó traducir, está probablemente,  perdida en su memoria. En la mía es siempre luminosa, rosada. Recuerdo, fíjese, que temía extraviar el libro, lo aferraba con las dos manos, y el tranvía 48 que se internaba en el crepúsculo por la calle Independencia se me antojaba más lento que nunca: quería penetrar cuanto antes en la nueva materia de mi vida. Pero inclusive ese barrio de casas bajas y calles largas y empedradas me parecía hermoso por primera vez.

12.-

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La Casa fue siempre justa con él, a veces generosa. Cuando dos años atrás, sin obligación alguna, decidió conceder medio aguinaldo a uno solo entre sus diez traductores, ese traductor era León.

Es verdad que en los últimos tiempos mostraba una curiosa aversión, una fobia, por cierto tipo de obras –las que al principio más le gustaban– e inclusive un secreto (y risible) deseo de influir en la política editorial de la Casa. Pero aun este último capricho estaba por cumplirse: pasar de la ciencia-ficción a la Serie Jalones del Tiempo.

Un paso sin duda arriesgado para un hombre de una cultura mediana, hecha a los tumbos, llena de lagunas y de prejuicios.

 

 

 

Subí corriendo a mi pieza, abrí el libro de tapas duras, con esas páginas de oloroso papel que en los cantos se volvía como una pasta blanquísima, una crema sólida. ¿Recuerda ese libro? No, es improbable, pero a mí se me quedó grabada para siempre la frase inicial: “Este, dijo Dan O’Hangit, es un caso de un tipo que fue llevado a dar un paseo. Estaba en el asiento delantero de cualquier clase de auto en que estuviera, alguien del asiento trasero le pegó un tiro en la nuca y lo empujaron a  Morningside Park…”

Sí, admito que hoy suena un poco idiota. La novela misma (ésa del actor de cine que mata a una mujer que descubre su impotencia) parece bastante floja, a tantos años de distancia.

 

 

13.-

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Nada bastó, era evidente. León no llegó a comprender su verdadero estatus dentro de la Casa: el traductor policial mejor pagado, más considerado, al que nunca se escatimó trabajo ni siquiera en los momentos más difíciles, cuando algunos pensaron que toda la industria editorial se venía abajo.

Otero no ha visto llegar a los hombres de blanco que charlan afuera con dos pensionistas, la camilla apoyada en la pared ocre del patio, chorreada de lluvias y soles y ropa secada a tender. El oficial de las manos a la espalda mete la nariz en la pieza y anuncia, como una confidencia en voz baja:

–Ya viene,

 

 

 

 

Lo cierto es que mi vida cambió desde entonces. Sin pensarlo más, dejé la gomería, quemé todas las naves. El patrón, que me conocía desde chico, se negaba a creerlo. Les dije que me iba al interior, resultaba difícil explicarles que yo dejaba de ser un obrero, de pegar rectángulos de goma sobre pinceladas de flú.

Nunca, nunca les había hablado de las noches que pasaba en la Pitman, mes tras mes, año tras año. ¿Por qué elegí inglés, y no taquigrafía, y no contabilidad? No sé, es el destino. Cuando pienso todo lo que me costó aprender, concluyo que no tengo ninguna facilidad para los idiomas, y eso me da una oscura satisfacción, quiero decir que todo me lo hice yo, con la ayuda de la Casa, naturalmente.

 

 

14.-

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que es la forma verbal del comisario.

Confrontado con esa inminencia, Otero vio de golpe las cosas más claras. El suicidio de León no era un acto de grandeza ni un arranque inconsciente. Era la escapada de un mediocre, un símbolo del desorden de los tiempos. El resentimiento, la falta de responsabilidad anidaban en todos; sólo un débil los ejercía así. Los demás frenaban, rompían, atacaban el orden, ponían en duda los valores. La destructividad que León volvió contra sí: ésa era la enfermedad metafísica que corroía el país y a los hombres hechos para construir les resultaba cada día más difícil enfrentarla.

 

 

 

No los vi. Más, nunca. Aún hoy, cuando paso por la calle Rioja, doy un rodeo para no  encontrarlos, como si tuviera que justificar aquella mentira. A veces lo siento por don Lautaro, que hizo de verdadero padre para mí, lo que no quiere decir que me pagara bien, sino que me quería y casi nunca me gritaba. Pero salir de allí fue un progreso en todo sentido.

¿Necesito hablar del fervor, del fanatismo casi con que traduje ese libro? Me levantaba tempranísimo y no me interrumpía hasta que me llamaban a comer. Por la mañana trabajaba en borrador, tranquilizándome a cada paso con la idea de que, si era necesario, podría hacer dos, tres, diez borradores; de que ninguna palabra era definitiva. En los márgenes iba anotando variantes posibles de cada pasaje dudoso. Por la tarde corregía y pasaba en limpio.

15.-

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Es inútil que Otero siga buscando. No quiere encontrarse culpable de ninguna omisión, desamor, negligencia. Y sin embargo es culpable, en los peores términos, en los términos que siempre le reprocha Laura: demasiado bueno, demasiado blando.

Atrapado por fin, se retuerce, defiende, responde. No es que sea bueno, es que no tuvo que esperar a que se inventaran las relaciones humanas para dar el trato que merece a la gente que trabaja, que es al fin la que hace lo que puede existir de grandeza en el país, en la Casa.

 

 

 

 

Ya aquí empezó mi relación con el diccionario, que entonces era flamante y limpio en su cubierta de papel madera:

–Mr. Appleton, ¿qué quiere decir scion?

–Vástago.

– ¿Y cruor?

Fastidiado:

– ¡Cruor quiere decir crúor!

Pero qué, si hasta las palabras más simples le consultaba, aunque estuviera seguro de su significado. Tanto miedo tenía de cometer un error… Esa novela de Dorothy Pritchett, esa, digámoslo francamente, pésima novelita que se vendía en los kioskos a cinco pesos, la traduje palabra por palabra. Le aclaro que entonces no me parecía pésima, al contrario: a cada instante encontraba en ella nuevas profundidades de sentido, mayores sutilezas de la acción.

16.-

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¿Pero con León falló, Otero? Sí, con León fallé, debí intervenir, reconvenirlo a tiempo, no dejar que siguiera ese camino. La admisión estalla en un suspiro final, y ya León va dejando de moverse en las palmeras de papel, las evidencias de su oficio terrenal, los saturados circuitos de la memoria. Es la hora, en fin, de sentir por él un poco de piedad, de recordar lo flaco que era y humilde de origen, y entonces la vieja asombrada le oye decir:

–Demasiado.

 

 

 

Llegué a convencerme de que la señora Pritchett era una gran escritora, no tan grande como Ellery Queen o Dickson Carr (porque yo ahora leía furiosamente la mejor literatura policial, que usted me recomendaba) pero bueno, estaba en camino.

Cuando la traducción estuvo lista, volví a corregirla, y a pasarla en limpio por segunda vez.

Ese mecanismo explica cómo pude tardar cuarenta días, aunque trabajaba doce horas diarias, y aun más, porque hasta dormido me despertaba a veces para sorprender a alguien que dentro de mi cabeza ensayaba variaciones sobre un tiempo de verbo o una concordancia, fundía dos frases en una, se deleitaba en burlonas cacofonías, aliteraciones, inversiones de sentido. Todas mis potencias entraban en esa tarea, que era más que una simple traducción, era –la vi. mucho después– el cambio de un hombre por otro hombre.

17.-

……………………………………………………………………………………

Cuando llegó el comisario, no fue siquiera preciso que mirara las cosas del cuarto. Las cosas parecieron mirarlo a él en esa fracción de segundo en que todo estuvo abarcado, catalogado, comprendido. Tampoco necesitó presentarse, el sobretodo azul, el sombrero gris, la ancha cara y el ancho bigote. Simplemente abrió la mano a la altura de la cadera, y Otero tendió la suya.

– ¿Esperó mucho?

 

 

 

 

 

¿Qué tiene de extraño que ese trabajo resultara finalmente defectuoso, pedante, esclerosado por la pretensión de llevar la exactitud al seno mismo de cada palabra? Yo no podía verlo, estaba encantado y hasta me sabía párrafos de memoria.

Temblaba y sudaba el día en que fui a llevarle el manuscrito. Mi destino estaba en sus manos. Si usted rechazaba el trabajo, me esperaba la gomería. En mi desmesura, fantaseaba que usted leería ahí mismo la novela, mientras yo esperaba el tiempo que fuera necesario. Pero apenas le echó un vistazo y la guardó en el interior del escritorio.

–Venga dentro de una semana –dijo.

¡Qué semana atroz! Pasaba sin tregua de la esperanza más enloquecida a la más completa abyección del ánimo.

-Mr. Appleton, ¿qué significa utter dejection?

-Significa melancolía, significa abatimiento, significa congoja.

 

 

18.-

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–No –dijo Otero.

El comisario estaba recién afeitado y, tal vez, recién levantado. Bajo la piel oscura se transparentaba un rosado de salud, y aunque los tres pasos que dio en dirección a la cama y el muerto fueron rápidos y precisos, en el respirado aire de la pieza quedó una estela de cansancio, de tedio, de cosa ya vista y sabida.

 

 

 

Volví. Usted hojeaba pausadamente el manuscrito en su escritorio. Espié con un sobresalto las nutridas correcciones en tinta verde. Usted no hablaba. Debí estar pálido porque de pronto, sonrió.

–No se asuste –dijo tendiéndome la pila de carillas nuevamente ordenadas–. Ahí tiene una mesa. Estudie las correcciones.

Eran casi todas justas, algunas indiferentes, unas pocas me hubiera gustado discutirlas. Con un golpe de sangre en la cara, aprendí que actual no quiere decir, actual, sino verdadero. (Sorry,Mr. Appleton.) Pero lo que me llenó de bochorno fue la implacable tachadura del medio centenar de notas al pie con que mi ansiedad había acribillado el texto. Ahí renuncié para siempre a ese recurso abominable.

Todo dicho, usted vio en mí posibilidades que nadie habría adivinado. Por eso acaté sin resentimiento aquella admonición final que, en otras circunstancias, me habría hecho llorar:

–Tiene que trabajar más.

19.-

………………………………………………………………………………………….

La mano del comisario tomó una punta de la sábana y dio un tirón descubriendo el cuerpo pequeño, azulado y desnudo. La señora Berta no desvió los ojos, quizá porque ya lo había visto así al acudir a despertarlo en días de verano, quizá porque en su mundo sin esperanzas y sin sexo estaba más allá de pequeños pudores.

Usted firmó la orden de pago: 220 carillas a dos pesos. Menos de lo que sacaba por cuarenta días de trabajo en la gomería pero era el primer fruto de una labor intelectual, el símbolo de mi transformación. Al salir llevaba bajo el brazo mi segundo libro.

– ¿Unspeakable joy, Mr. Appleton?

–Esa alegría que usted siente.

Trescientos pesos se me fueron en el mes de pensión. Cien, en la segunda cuota de la Remington. Me sumergí con encarnizamiento en Forty Whacks, esa historia de la vieja que matan a hachazos en la playa, ¿recuerda? Me sentí feliz cuando en la página 60 adiviné el asesino. Nunca leí con anticipación el libro que traducía: así participaba en la tensión que se iba creando, asumía una parte del autor y mi trabajo podía tener un mínimo de, digamos, inspiración. Tardé cinco días menos y usted debió admitir que había asimilado sus lecciones.

Desde luego el oficio sólo se hace en años y años, años de trabajo cotidiano. Se progresa insensiblemente, como si fuera un crecimiento, del cotiledón al Árbol de Navidad.

 

 

20.-

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Otero se encontraba al fin con lo que había estado esperando, y trató de aguantarse firme. Cuando quiso mirar a otra parte, tropezó con la cara del comisario.

— ¿Lo conoció?

Otero tragó saliva.

 

 

 

Comparando una carilla de hoy con otra de hace un mes, no se nota la diferencia, pero si uno se mide con el de hace un año, exclama con asombro: ¡Ese camino lo hice yo!

Claro que había cambios más importantes. Mis manos por ejemplo perdieron su dureza, se hicieron más chicas, más limpias. Quiero decir que era más fácil lavarlas, no había que luchar contra ese resabio de ácidos y costras y huellas de herramientas. Siempre he sido menudo, pero me volví más fino, delicado.

Con mi quinto libro (El misal sangriento), renuncié al segundo borrador y gané otros cinco días. Usted empezaba a estar contento conmigo, aunque lo disimulaba por esa especie de pudor que nace de la mejor amistad, delicadeza que siempre le admiré. Por mi parte, todavía no igualaba el sueldo de la gomería, pero me iba acercando.

Entretanto, ocurrió ese hecho extraordinario. Una mañana usted me esperaba con una sonrisa especial y la claridad que entraba por la ventana lo nimbaba, le daba una aureola paterna.

–Tengo algo –dijo– para usted.

–Sí –dijo.

21.-

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El comisario tapó el cadáver y el camino quedó abierto para frases de compromiso que nadie ensayó, consolaciones que ya estaban pronunciadas, gestos de superflua memoria.

Ya supe lo que era, fingiendo la misma excitación que sentía, que iba a sentir, mientras usted metía la mano en el cajón del escritorio y con tres movimientos que parecían ensayados ponía ante mis ojos la reluciente tapa bermeja y cartoné de Luna mortal, mi primera obra, quiero decir mi primera  traducción. La tomé como se recibe algo consagrado.

—Mire adentro —dijo.

—Adentro, ese relámpago.

Versión castellana de L. D. S. que era yo, resumido y en cuerpo 6, pero yo, León de Sanctis, por quien la linotipo había estampado una vez y la impresora repetido diez mil veces como diez mil veces tañen las campanas un día de fasto y amplitud, yo, yo… Bajé al salón de ventas. Cinco ejemplares me costaron 15 pesos con el descuento: tenía necesidad de mostrar, regalar, dedicar. Uno fue para usted. Esa noche compré una botella de cubana y por primera vez en mi vida me emborraché leyéndome en voz alta los pasajes más dramáticos de Luna mortal. A la mañana siguiente no pude recordar en qué momento había dedicado un ejemplar “a mi mamá”.

 

22.-

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León había dejado de moverse. El resorte se había disparado, la cortina estaba cerrada, la imagen lista para el archivo. Era una imagen triste, pero tenía una serenidad de la que careció en vida.

 

 

 

 

Mi situación mejoró de a poco. De una pieza de tres, pasé a una de dos. Pero no faltaban dificultades. A los demás les molestaba el ruido de la máquina, sobre todo de noche. Eran y son, como tal vez compruebe usted, obreros en su mayoría. Nunca trabé amistad con ellos: me recordaban mi pasado y supongo que me miraban con envidia.

En mayo de 1956 conseguí traducir en quince días una novela de 300 páginas. El precio había subido a seis pesos por carilla. Desgraciadamente, la pensión también se había triplicado.

Las buenas intenciones de la Casa siempre fueron anuladas por la inflación, la demagogia, las revoluciones.

Pero yo era joven y estaba aún lleno de entusiasmo. Todos los meses aparecía uno de mis libros y mi nombre de traductor figuraba ahora completo. Cuando salí por primera vez en una gacetilla de La Prensa, mi alegría se colmó. Conservo ese recorte y los muchos que siguieron.

Según esos testimonios mis versiones han sido correctas, buenas, fieles, excelentes y, en una oportunidad, magnífica. También es cierto que otras veces no se acordaron de mí, o me tildaron de irregular, desparejo y licencioso, según los vaivenes temperamentales de la crítica.

23.-

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Otero saludó para irse. A último momento recordó el sobre en su bolsillo.

–Hay una carta –dijo–. A lo mejor usted…

 

 

 

 

¿Confesaré que entré en el juego de la vanidad? Me comparaba con otros traductores, los leía con ojo insomne, averiguaba sus edades, número de obras. Recuerdo sus nombres: Mario Calé, M. Aliñan, Aurora Bernárdez. Si eran peores que yo, los desestimaba para siempre. A los otros me prometía superarlos, con tiempo, paciencia. A veces mi fantasía me llevaba lejos: soñaba con emular a Ricardo Baeza, aunque cultivábamos géneros distintos y al fin me resigné a dejarlo solo en su vieja gloria. Empezaba a leer otras cosas. Descubrí a Colerídge, Keats, Shakespeare. Tal vez nunca los entendí del todo pero algunas líneas se me quedaron grabadas para siempre:

The blood is hot that must be cooled for this.

O bien.

The very music of the name has gone.

Cuando le pedí que me probara en otras colecciones de la Casa, usted se negó: es más difícil traducir novelan policiales que obras científicas o históricas, aunque se pague menos. El elogio implícito en esa reflexión me consoló por un tiempo. El cambio producido en esos cuatro años era ya espectacular, definitivo. Unos tenaces dolores de cabeza me llevaron al oculista. Al verme con anteojos, pensé con insistencia en el taller de don Lautaro.

24.-

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Pero al comisario le bastaba la que el difunto León de Sanctis escribió y firmó para el juez.

 

 

 

 

 

La transformación más grande era interna, sin embargo. Una dejadez, un desgano me invadían insidiosamente. Ni yo mismo podía notarlo de un día para otro pausado como el tedio de la arena cayendo en esos antiguos relojes. ¿No es uno un pavoroso reloj que sufre con el tiempo? A mí alrededor nadie pudo comprender la naturaleza verdadera de mi trabajo. Había conseguido ya esa habilidad que me permitía traducir cinco carillas por hora, me bastaban cuatro horas diarias para subsistir. Me creían cómodo, privilegiado, ellos que manejan guinches, amasadoras, tomos. Ignoraban lo que es sentirse habitado por otro, que es a menudo un imbécil: recién ahora me atrevo a pensar esa palabra; prestar la cabeza a un extraño, y recuperarla cuando está gastada, vacía, sin una idea, inútil para el resto del día. Ellos prestaban sus manos, yo alquilaba el alma. Los chinos tienen una expresión curiosa para designar a un sirviente. Lo llaman Yung-jen, hombre usado. ¿Me quejo? No. Usted siempre me favoreció con su ayuda, la Casa nunca cometió la menor injusticia conmigo.

La culpa debía de estar en mí, en esa morbosa tendencia a la soledad que tengo desde que era chico, favorecida quizá por el hecho de que no conocí a mis padres, por mi fealdad, por mí timidez. Aquí toco  un punto doloroso, el de mi relación con las mujeres.

–Esa es suya –dijo.

Creo que me ven horrible y temo su rechazo. No las abordo y así transcurren los meses, años, de abstinencia, de desearlas y aborrecerlas. Soy capaz de seguir a una muchacha cuadras y cuadras juntando coraje para decirle algo, pero cuando llego a su lado paso de largo agachando la cabeza. Una vez me decidí, estaba desesperado. Ella se volvió (no olvido su cara) y me dijo simplemente “Idiota”. Ni siquiera era linda, no era nadie, pero podía decirme idiota. Hace tres años conocí a Celia. Le lluvia nos juntó una noche en un zaguán. Fue ella la que habló. Es tonto, pero en cinco minutos me enamoré. Cuando paró la lluvia la traje a mi pieza y al día siguiente arreglé para que se quedara. Una semana todo anduvo bien. Después se aburrió, me engañaba con cualquiera en la misma casa. Un día se fue sin decirme nada. Eso es lo más parecido al amor que puedo recordar.

A menudo discutí con usted si fue la caída del peronismo lo que acabó con el fervor por las novelas policiales. ¡Tantas buenas colecciones! Rastros, Evasión Naranja: arrasadas por la ciencia-ficción. La Casa como siempre previsora al crear la Serie Andrómeda. Nuestros dioses se llamaban ahora Sturgeon, Clark, Bradbury. Al principio mi interés se reanimó. Después, fue lo mismo. Paseando por los paisajes de Ganímedes sintonizando la Mancha Roja de Júpiter, veía el espectro sin colores de mi pieza.

No sé en qué momento empecé a distraerme, a saltear palabras, luego frases. Resolvía cualquier dificultad omitiéndola. Un día extravié medio pliego de una novela de Asimov. ¿Sabe lo que hice? Lo inventé de pies a cabeza. Nadie se dio cuenta. A raíz de eso fantaseé que yo mismo podía escribir. Usted me disuadió, con razón. Saqué la cuenta de lo que tardaría en escribir una novela y lo que cobraría por ella: estaba mejor como traductor. Después hice trampas deliberadas, mis carillas tenían cada vez más blancos, menos líneas, ya no me tomaba la molestia de corregirlas. Mr. Appleton me miraba tristemente desde un rincón. Ahora no lo consultaba casi nunca.

–What is the metre of the dictionary?

–Esa no es una pregunta.

 

 

25.-

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Aquí tal vez usted espere una revelación espectacular, una explicación para lo que voy  a hacer cuando termine esta carta. Y bien, eso es todo. Estoy solo, estoy cansado, no le sirvo a nadie y lo que hago tampoco sirve. He vivido perpetuando en castellano el linaje esencial de los imbéciles, el cromosoma específico de la estupidez. En más de un sentido estoy peor que cuando empecé.

Tengo un traje y un par de zapatos como entonces y doce años más. En ese tiempo he traducido para la Casa ciento treinta libros de 80.000 palabras a seis letras por palabra. Son sesenta millones de golpes en las teclas. Ahora comprendo que el teclado esté gastado, cada tecla hundida, cada letra borrada. Sesenta millones de golpes son demasiados, aun para una buena Remington.

Me miro los dedos con asombro.

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ESA MUJER

Rodolfo Walsh

(De Los oficios terrestres, 1966).

 

El Coronel elogia mi puntualidad. -Es puntual como los alemanes -dice.

-O como los ingleses.

El Coronel tiene apellido alemán.

Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.

-He leído sus cosas -propone-. Lo felicito.

Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.

Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del no. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.

El Coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.

Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aun no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.

Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mi, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzaran, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.

El Coronel sabe donde esta.

Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Canton. Sonrfo ante el Jongkind falso, el Figari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quien fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.

El bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.

-Esos papeles -dice. Lo miro.

-Esa mujer, Coronel. Sonríe.

-Todo se encadena -filosofa.

A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal esta rajada. El Coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.

-La pusieron en el palier, Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.

-¿Mucho daño? -pregunto. Me importa un carajo.

-Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce arios -dice.

El Coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.

Entra su mujer, con dos pocillos de café.

-Contale vos, Negra.

Ella se va sin contestar; una  mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.

-La pobre quedo muy afectada -explica el Coronel-. Pero a usted no le importa esto.

-¡Cómo no me va a importar!… Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia esas después de aquello.

El Coronel se ríe.

-La fantasía popular -dice-. Vea como trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen mas que repetir.

Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.

-Cuénteme cualquier chiste -dice. Pienso. No se me ocurre.

-Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostrare que estaba inventando hace veinte anos, cincuenta anos, un siglo. Que se uso tras la derrota de Sedan, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.

-¿Y esto?

-La tumba de Tutankamon -dice el Coronel-. Lord Carnavon. Basura.

El Coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.

-Pero el mayor X tuvo un accidente, mato a su mujer.

-¿Que mas? -dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.

-Le pego un tiro una madrugada.

-La confundió con un ladrón -sonríe el Coronel-. Esas cosas ocurren.

-Pero Pero el capitán N…

-Tuvo un cheque de automóvil, que lo tiene cual-quiera, y mas el, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.

-¿Y usted, Coronel?

-Lo mío es distinto -dice-. Me la tienen jurada. Se para, da una vuelca alrededor de la mesa.

-Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.

-Me gustaría.

-Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero si ante la historia, ¿comprende?

-Ojalá dependa de mí, Coronel.

-Anduvieron rondando. Una noche, uno se animo. Dejo la bomba en el palier y salió corriendo.

Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.

-Mire.

A la pastora le falta un bracito.

-Derby -dice-. Doscientos años.

La pastora. se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El Coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.

-¿Por que creen que usted tiene la culpa?

-Porque yo la saque de donde estaba, eso es cierto, y la lleve donde esta ahora, eso también es cierto. Pero ellos

no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.

El Coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.

-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.

-¿Que querían hacer?

-Fondearla en el rió, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuanta basura tiene que oír uno! Este país esta cubierto de basura, uno no sabe de donde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.

-Todos, Coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.

-Y orinarle encima.

-Pero sin remordimientos, Coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo levantando el vaso.

No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan: azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueno. El Coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.

-Esa mujer -le oigo murmurar-. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.

El Coronel bebe. Es duro.

-Desnuda -dice-. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamo, y no me acuerdo quien mas. Y cuando la sacamos del ataúd -el Coronel se pasa la mano por la frente-, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso…

Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del Coronel es casi invisible. Solo el whisky brilla en su vaso,  como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierro mas cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas. Y ahora el Coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie, y regresa despacio, arrastrando la metralleta.

-Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.

Se sienta, mas cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el Coronel divaga nuevamente sobre  aquella gran escena de su vida.

-… se le tiro encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire -el Coronel se mira los nudillos-, que lo tire contra la pared. Esta todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?

-No.

-Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor. Vuelve a servirse un whisky.

-Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.

Bruscamente se ríe.

-Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra. Repite varias veces “Eso le demuestra”, como un juguete mecánico, sin decir que es lo que eso me demuestra.

-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llame a unos obreros que había por a hi. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, que se yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.

-¿Pobre gente?

-Si, pobre gente. -El Coronel lucha contra una escurridiza cólera interior.- Yo también soy argentino.

-Yo también, Coronel, yo también. Somos todos argentinos.

-Ah, bueno -dice.

-¿La vieron así?

-Si, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo…

La voz del Coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez mas remota encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o que. Yo también me sirvo un whisky.

-Para mi no es nada -dice el Coronel-. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el ’39. Yo era agregado militar, dese cuenta.

Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas mas hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da… Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.

-A mi no me podía sorprender. Pero. ellos…

-¿Se impresionaron?

-Uno se desmayo. Lo desperté a bofetadas. Le dije: “Maricón, ,;esto es lo que haces cuando tenes que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo”. Después me agradeció.

Miro la calle. “Coca” dice el letrero, plata sobre rojo. “Cola” dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, circulo rojo tras concéntrico circulo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. “Beba.”

-Beba -dice el Coronel. Bebo.

-¿Me escucha?

-Lo escucho.

-Le cortamos un dedo.

-¿Era necesario?

El Coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.

-Tantito a si’. Para identificarla.

-¿No sabían quien era?

Se ríe. La mano se vuelve roja. “Beba.”

-Sabíamos, si. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?

-Comprendo.

-La impresión digital no agarra si el dedo esta muerto. Hay que hidratarlo. Mas tarde se lo pegamos.

-¿Y?

-Era ella. Esa mujer era ella.

-¿Muy cambiada?

-No, no, usted no me entiende. Igualita. Parecía que iba a hablar, que iba a… Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controlo todo, hasta le saco radiografías.

-¿El profesor R.?

-Si. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacia falta alguien con autoridad científica, moral.

En algún lugar de la casa suena, remota, entrecorta-da, una campanilla. No veo entrar a la mujer del Coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable:

-¿Enciendo?

-No.

-Teléfono.

-Deciles que no estoy. Desaparece.

-Es para patearme -explica el Coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.

-Ganas de joder -digo alegremente.

-Cambie tres veces el numero del teléfono. Pero siempre lo averiguan.

-¿Qué le dicen?

-Qué a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.

Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.

-Hice una ceremonia, los arengue. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.

El Coronel esta de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre el como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.

-La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiendo-la, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tape con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban que era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.

Ya no se donde esta el Coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.

-Llueve -dice su voz extraña.

Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.

-Llueve día por medio -dice el Coronel-. Día por me-dio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.

Donde, pienso, donde.

-¡Esta parada! -grita el Coronel-. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!

Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lagrimas le resbalan por la cara.

-No me haga caso -dice, se sienta-. Estoy borracho.

Y largamente llueve en su memoria. Me paro, le toco el hombro.

-¿Eh? -dice-. ¿Eh? -dice. Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.

-¿La sacaron del país?

-Si.

-¿La saco usted?

-Si.

-¿Cuantas personas saben?

-Dos.

-¿E1 Viejo sabe? Se ríe.

-Cree que sabe.

-¿Dónde? No contesta.

-Hay que escribirlo, publicarlo.

-Si. Algún día.

Parece cansado, remoto.

-¡Ahora! -me exaspero-. ¿No le preocupa la historia? ;Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, Coronel!

La lengua se le pega al paladar, a los dientes.

-Cuando llegue el momento…, usted será el primero…

-No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera. Se ríe.

-¿Dónde, Coronel, donde?

Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quien soy, que hago ahí.

Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras se que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del Coronel me alcanza como una revelación:

-Es mía -dice simplemente-. Esa mujer es mía.

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Diario del Cerdo

Nunca escribió dos frases memorables, pero los domingos juega al tenis con el jefe. Eso le permite revolotear escritorios haciendo sentir lo refractario de un poder que hereda por el sólo hecho de reír cuando debe, asentir siempre, y casi derramarse en orgasmo cada vez que el Supremo al que reverencia le palmea la testa como a la servil mascota en que se ha convertido. Porque, algunos dicen, no siempre fue así. Que hubo otra época en la que no le llamaban como ahora, el Cerdo. Este ahora en el que integra las filas de una especie de policía interna de escuchas telefónicas. Una que no pierde letra ni de la trivia, ni de lo urgente, mecánico, burocrático o –para eso está él ahí–  brutales quejas que destilan redactores, productores y subjefes caídos en desgracia. Le gusta vestir bien. O eso intenta. Y bien para él significa tiradores, camisas inmaculadas y algún otro detalle que le haga parecer el intelectual que nunca será. Tal vez ya lo sabe: es el Salieri devaluado –o ni siquiera eso—de otros a los que llegó para reemplazar porque así se lo habían prometido. Pero el tiempo pasa y sabe que ha entrado en el descuento…

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